Muchas gracias a todos por los likes, estrellitas, kudos, comentarios y reviews en las distintas plataformas. Se los agradezco de corazón.
Este capítulo es especial y se lo dedico a quienes me dejaron comentario o review en el capítulo anterior. Muchas, muchas, muchas gracias. E igual espero sea del agrado de todo el que lo lea.
Solo dire: disfruten :P
—David. —Regina lo llamó bajito para no asustarlo, pero sobre todo para no despertar a Charlotte. Era la mitad de la noche y no podía dejar de pensar en algo que necesitaba decirle—. David —insistió sacudiéndolo de un brazo. No dejó de hacerlo hasta que vio que despertaba.
—¿Pasa algo? ¿Estás bien? ¿Charlotte? —preguntó tan pronto como tuvo algo de lucidez.
—Estamos bien —sonrió enternecida y enamorada al notar la preocupación del Rey por ella y su hijita. Él asintió adormilado en señal de entendimiento—. Estaba pensando —empezó a contarle mientras se acurrucaba contra él.
—¿En qué? —preguntó en medio de un bostezo.
—En que es posible que Azul este detrás de lo que Snow está haciendo.
David, con ojos cerrados, soltó un muy largo suspiro. Le costaba trabajo pensar por el sueño que tenía, pero la estaba escuchando.
—No creo —balbuceó—. Y, ya habíamos hablado de esa posibilidad. ¿Por qué te preocupa de nuevo? —La envolvió entre sus brazos.
—Porque no quiero tomarlo a la ligera.
—Bueno, no olvidemos que tienes tu magia de vuelta. Puedes patearle el trasero sin problema —sonrió al escucharla reír.
—Lo haría sin dudar —suspiró largamente mientras pasaba los dedos por el torso y pecho de David.
—Piensa que es mejor tomar el mando y no dejar el Reino Blanco a merced de las hadas.
—Y de Maléfica —puntualizó—. No olvidemos que al menos Azul está aliada con ella —dijo con resentimiento y es que aún le dolía el hecho de que la que se suponía era su única amiga la hubiera traicionado de esa forma. Aunque claro, entendía que Mal debía estar muy molesta con ella por haberle quitado la Maldición Oscura, pero de eso a aliarse con el hada. Le seguía pareciendo demasiado bajo.
—Con mayor razón debemos prevenir que se apoderen de estas tierras —bostezó de nuevo—. Y lo más importante de todo es que estaremos juntos, que yo las voy a cuidar y a proteger de todo —dejó un beso largo y protector en la frente de Regina quien suspiró.
—Saber que estarás a mi lado hace que todas mis dudas desaparezcan. Por ti y por Charlotte estoy dispuesta a enfrentar lo que sea.
—Me gusta oírte hablar así, Majestad. —Le sonrió y Regina, quien le miraba a los ojos, le regresó la sonrisa. Llevó una mano hasta la tersa mejilla izquierda y la besó en los labios con puro e infinito amor que poco a poco se fue tornando en un beso lleno de pasión y deseo—. Nuestro pedacito bello duerme. No podemos dejar pasar la oportunidad —bromeó mientras cambiaba posiciones haciendo que la reina, quien reía divertida, quedara debajo de él.
Un par de días después Snow llegó de nueva cuenta al Castillo Oscuro. Esta vez fue recibida con cordialidad e invitada a ingresar al Palacio pues, a diferencia de la vez anterior, ahora había sido convocada por la reina Regina.
A medida que recorría los pasillos los recuerdos de su infancia y adolescencia que tenía en ese lugar vinieron a ella. Incluido su tiempo con Regina, las cosas que hizo, la forma en la que se comportó. La pequeña corte de guardias que la escoltaba se detuvo a las puertas del salón del trono y fue cuando regresó a la realidad.
—Su Majestad, la reina Regina, le espera en el salón junto con su real Majestad, el Rey David, y la princesa Charlotte —anunció uno de los caballeros oscuros que procedió a abrirle la puerta.
Charlotte. Ese era el nombre de la niña que Regina había traído al mundo. La niña que tuvo con David. La que supuestamente ella debió tener…
Esos pensamientos se agolparon en su mente y se arremolinaban como si fuesen una nube oscura perturbando todo, haciéndole un recordatorio de que necesitaba irse lo antes y lo más lejos posible.
En cuanto entró se encontró con una imagen que jamás pensó que llegaría a presenciar. Regina, en su elegante e imponente porte la miraba de pie desde el trono que perteneció a su padre. A su lado, y sosteniendo en brazos a la bebé, estaba David, también mirándola, pero con reproche.
Sintió que el estómago se le revolvía. Eso era demasiado. Tanto tiempo luchando contra la Reina Malvada para que al final Regina se quedara con lo que debía ser su final feliz.
Snow se detuvo cuando llegó al pie de los escalones que llevaban al trono. Fijó su mirada en la de la reina que le veía con altivez y sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Regina nunca fallaba en hacerla sentir inferior con su imponencia. Era algo que la ex princesa no podía explicar, pero por alguna razón y sin importar qué hiciera cada una, Regina siempre terminaba por ser mejor que ella.
—Habla antes que me arrepienta de recibirte —presionó Regina, haciendo evidente el fastidio que le causaba tener que soportar su indeseable presencia.
—Necesito que te hagas cargo del reino.
—Hay algo que no entiendo, querida. —Descendió un par de escalones y vio con satisfacción que Snow retrocedía—. ¿Por qué piensas que tengo la obligación de arreglar los errores de tu ineptitud?
—Lamento lo que pasó entre nosotras.
—Calla —advirtió con dientes y manos apretadas.
—Siento haberme comportado como lo hice cuando vivimos juntas —ofreció.
—¿Viniste hasta acá a decirme eso? —preguntó con fastidio y reproche. Era lo último que necesitaba escuchar de ella.
—Vine porque el reino está en peligro y ya no hay nada que yo pueda hacer —vio que Regina negó con la cabeza—, pero tú sí. David debe desconocerme como esposa. Ustedes tomarán el reino legítimamente y yo podré irme a ser feliz con Lancelot y mi hijo.
—Eres una maldita egoísta. Eres la misma princesa caprichosa a la que no le importa nada más que ella misma.
Snow la miró con resentimiento porque muy en el fondo sabía que Regina tenía la razón. Toda una vida bajo el cobijo de su padre, pidiendo y siendo complacida hasta en el más mínimo detalle. Incluso cuando se trataba de Regina, en cómo debía vestir, qué debía hacer y un sin fin de caprichos que su padre no dudo nunca en conceder y a ella, jamás le importó lo que Regina pudiera pensar o sentir al respecto.
Sin embargo, no estaba ahí para humillarse ante la reina y además, ya se había disculpado. ¿Qué más quería Regina?
—George y Midas están planeando un nuevo ataque —le contó. Buscó en el morral que llevaba y le extendió las cartas que recibió hacía apenas un día.
Regina movió una de sus manos para aparecer los papeles frente a ella. Lo tomó y los leyó mientras que David se acercaba para leer también. Las cartas llevaban el sello de los reinos y estaban firmadas por sus gobernantes. En ellas, declaraban la guerra abiertamente al Reino Blanco bajo el argumento de traición y engaño.
—Estoy seguro que Abigail no está de acuerdo —comentó David escandalizado por la seriedad del asunto y preguntándose cómo es que el problema había escalado tanto.
Regina torció los ojos porque importaba poco si la princesa esa estaba de acuerdo o no con lo que su padre estuviera haciendo. No era como que les sirviera de algo. El problema era la declaración de guerra y la postura de Midas.
—Puedo preparar todo para lo antes posible. El hecho de que me desconozcas como esposa hará que paren sus planes por algunos días —le dijo a David.
—O podrían aprovechar para atacar —argumentó Regina. Ella mejor que nadie sabía de esas estrategias. Cualquier momento de distracción era ideal para un ataque sorpresivo.
—Estaremos preparados —aseguró Snow.
—No te molestes, querida —Regina le dedicó una falsa sonrisa—. Iremos allá, David te desconocerá como legítima esposa y entonces el reino dejará de ser tu responsabilidad.
—Te estaré eternamente agradecida por esto, Regina —le sonrió con bondad y se abstuvo de decirle que la perdonaba por asesinar a su padre. Después de todo, ella había hecho lo mismo con el príncipe Henry, aunque nunca fue su intención.
—Sólo quiero algo de ti —dijo Regina descendiendo el par de escalones restantes para estar al nivel de la ex princesa que se alertó con su cercanía—. Que me asegures que esto no es cosa de Azul, y por tu bien espero que me digas la verdad Snow, porque si esto es una trampa te juro que me encargaré de que el resto de tus días sean miserables.
Snow tragó pesado por la amenaza, pero no era momento de flaquear. Tenía que enfrentar lo que fuera con tal de conseguir lo que quería.
—Te juro por la vida de mi hijo que Azul no tiene qué ver. Ella dejó de ayudarme bajo el argumento de que no puede interferir en estos asuntos.
—Muy conveniente —masculló Regina, cruzándose de brazos.
La ex princesa asintió y después fijó su mirada en la bebé que al parecer había despertado porque movía los bracitos y piernitas mientras emitía pequeñas quejas.
Vio cómo Regina subía los escalones y se acercaba a David para calmar a la hija de ambos. Intercambiaron un par de palabras y se notaba el amor que sentían el uno por el otro, así como también el amor que tenían por la niña.
Si tan solo ellos supieran…
Sabía que debías decirles, pero no iba a hacerlo hasta que cumplieran con hacerse cargo del reino. No quería darles motivos para arrepentirse.
Ese mismo día Snow hizo las gestiones necesarias para la ceremonia oficial. Lo hizo con la ayuda de Lancelot que estaba igual de entusiasmado que ella porque todo eso terminara y poder irse lejos a vivir felices por siempre.
Mientras, Regina y David se estuvieron preparando para lo que vendría. Él estaba muy ansioso porque le emocionaba la idea de hacer lo suyo con la reina algo oficial y legítimo. Tenía planeado hacerlo apenas tomara el mando del reino. Quería aprovechar que estarían presentes Reyes, Reinas, miembros de la nobleza y aldeanos.
Por su parte Regina seguía sin estar del todo convencida. No le parecía justo tener que volver ahí por la incompetencia de Snow, pero no quería vivir con el peligro de guerras y ataques, y tampoco concebía la idea de ser una fugitiva. Charlotte merecía una vida tranquila y llena de felicidad, y sabía que ella y David podían darle esa estabilidad si se hacían cargo del Reino.
Se puso de pie con Charlotte en brazos y la meció mientras se acercaba al amplio balcón de la habitación. Sin embargo, había una punzada en su corazón porque, al final, estaría haciendo aquello que su madre anhelaba: volvería a ser la Reina del Reino Blanco y ya tenía una heredera al trono.
No le gustaba pensar en eso, pero no lo podía evitar.
—Pero no será como tú querías, madre —prometió con coraje, porque David seguiría siendo Rey. No le permitiría abdicar para darle el trono bajo el argumento de que legítimamente le pertenece a ella.
Además, era lo mejor. Nadie en su sano juicio la querría como Reina absoluta después de su paso por la oscuridad y del terror que causó durante ese tiempo. Y no cabía duda que el amor lo cambiaba todo, porque poco le importaba si el pueblo la quería o no, pero no deseaba que Charlotte fuera señalada por ser hija suya tal cual lo fue ella por ser hija de Cora. Así que haría el intento por enmendar un poco el daño que causó, aunque estaba consciente que nada sería suficiente.
—Haré lo mejor por ti, pedacito bello. Solo por ti —le prometió a su pequeñita que había aferrado una manita a uno de sus dedos.
El tan esperado día llegó. David arribó en su caballo acompañado de la caravana real. Regina decidió simplemente aparecer con su magia dentro del Castillo y con Charlotte en brazos.
Iba con un vestido azul muy oscuro, casi negro, entallado, de mangas y falda larga. Tenía un escote pronunciado y un sutil bordado en esa área que le daba un toque brillante a la prenda. El cabello lo llevaba en un elegante recogido hacia un lado y optó por un maquillaje tenue.
De inmediato constató que la servidumbre estaba al tanto de su llegada y muy seguramente de lo que sucedería. Cuando la veían hacían la debida reverencia, incluso un par de doncellas se pusieron a su servicio y luego procedieron a derretirse de amor por Charlotte y, para fortuna de Regina, no intentaron acercarse.
Al Palacio arribaron también miembros de la realeza, nobleza y el pueblo. Aldeanos del reino y de reinos vecinos, entre ellos, los ex aliados del Reino Blanco. Se reunieron en el salón del trono, en el mismo sitio donde se había oficiado la boda ante el Reino. Snow aguardaba en su traje elegante de bandida, el cabello suelto y algo alborotado. A su derecha, en la primera banca estaba Lancelot sosteniendo en brazos al hijo de ambos.
Las puertas se abrieron para dar paso a David quien vestía pantalón negro y una elegante camisa del mismo color del vestido de Regina. Portaba además una capa oscura y su espada enfundada. Caminó hasta el mismo sitio donde contrajo nupcias con la ex princesa que le esperaba ahí mismo. Se miraron a los ojos cuando estuvieron de frente y Snow asintió, indicando que siguiera adelante con la ceremonia.
Cuando el rito terminó, Snow corrió a los brazos de Lancelot y David decidió hacer su tan anhelado anuncio:
—El día de hoy comienza mi reinado. Tengan por seguro que velaré por el reino y que haré hasta lo imposible por preservar la paz y prosperidad —comenzó a decir —, pero no es algo que lograré solo. Tomaré mi lugar como Rey con Regina a mi lado. —Lo dijo con tanto orgullo que las exclamaciones de sorpresa no se hicieron esperar a pesar de que no era ningún secreto que estaba con ella y que tenían una hija—. En los próximos días se hará la presentación oficial de nuestra hija como Princesa Real del Reino Blanco —anunció y hubo más murmullos que hacían difícil identificar si estaban de acuerdo o no.
Granny se puso de pie y, mirando a David fijamente, exclamó:
—¡Larga vida al Rey David!
Ruby de inmediato se le unió, así como los aliados hasta que casi todo el lugar exclamaba incesante la frase.
Después de ello, David se retiró del lugar para reunirse con Regina. Camino con calma, pero en cuanto cruzó las puertas corrió hasta el salón de asuntos reales donde acordaron que le esperaría. Abrió la puerta de golpe causando un sobresalto tanto en la reina como en la pequeña Charlotte que en ese momento se alimentaba.
—La asustaste —lo acusó—. Sssh, mi amor, es solo el poco sutil de tu padre. —La ayudó a retomar su comida.
David se acercó a ellas, que estaban en el sillón, y se colocó en cuclillas, no sin antes besar la cabecita de Charlotte.
—Perdón, pedacito bello —murmuró con cariño.
—¿Cómo te fue? —preguntó la reina.
Él le sonrió ilusionado y se levantó para besarla con el amor puro e infinito que le profesaba.
—Ya soy todo tuyo, solamente tuyo —sonrió coqueto.
Regina también le sonrió y ahora fue ella quien lo besó. Después, con los ojos cerrados bajó un poco el rostro y David le besó la frente.
—Anuncié que mi reinado será a tu lado y que Charlotte será presentada como Princesa Real del Reino Blanco. Tal cual acordamos.
—¿Lo tomaron bien? —se hizo hacia atrás para mirarlo y David volvió a tomar su posición inicial.
—No hubo quejas, aunque tampoco me quedé a escuchar opiniones.
—David, debiste quedarte con los miembros de la realeza —dijo un tanto escandalizada. Acababa de tomar el reino y eso podía malinterpretarse.
—Era más urgente venir a verte. A verlas —corrigió—, y contarte.
Regina le miró de reojo, con una sonrisa tenue en los labios. Era inexplicable lo maravilloso que David le hacía sentir al demostrarle que era su prioridad. Era inevitable no notar el contraste con lo que vivió con Leopold.
—¿Por qué no vas a ver si te están esperando? Quizá sea una buena oportunidad para mediar los conflictos del Reino.
—Pero te necesito para eso.
—Esperemos un poco a que comience a involucrarme formalmente. Será lo mejor.
—Está bien —accedió algo a regañadientes. Luego, fijó su atención en la bebé—. Termina de comer, pedacito bello para que me des un tiempo con tu mami —sonrió enternecido por la bella imagen de su hija alimentándose.
—Anda ve. —Regina negó con la cabeza mientras sonreía por la ocurrencia de David. Él asintió. Se puso de pie, le dio un prometedor beso y salió del lugar.
Cuando Charlotte terminó, Regina la colocó sobre su hombro para darle palmaditas en la espalda. Se puso de pie observando el lugar que, por casualidades del destino, volvía a pertenecerle.
Cerró los ojos, pensando en hacer cambios con su magia y, para su sorpresa, esta respondió sin que la invocada, materializando todo aquello que pensó para el salón.
Regina se sorprendió e incluso se alertó un poco porque su magia jamás había respondido de esa forma, pero podía sentirla fluir con la misma naturalidad de siempre. Aunque no era igual, la sentía y veía diferente. La magia se manifestaba como pequeñas estelas brillantes que iban de aquí a allá cambiando todo. Si por alguna razón pensaba en algo distinto de como estaba quedando, la magia lo modificaba de nuevo.
Besó la cabecita de su bebé y se acercó al escritorio que ahora tenía un fino acabado a su gusto. Se sentó en la cómoda silla y comenzó a revisar los papeles que había ahí encima.
Un suave llamado a la puerta la interrumpió. Volteó hacia ese lugar, sabiendo que no era David pues él entraría sin tocar. Pensó brevemente que debía ser un caballero, alguna doncella o miembro de la servidumbre.
—Adelante —indicó, volteando a ver a su bebé que había abierto los ojitos, tenía el pequeño ceño fruncido y parecía mirarle.
—No queremos interrumpir —dijo Granny y de inmediato tuvo la mirada fija de la reina sobre ella.
—¿Qué desean? —preguntó con seriedad mas no denotó fastidio como comúnmente lo hacía. Era genuino su interés, aunque no se confiaba.
—Traemos otro regalo para la princesa —sonrió la vieja lobo, alzando un poco una cobijita tejida, de color blanco con listón morado y el nombre de la bebé bordado.
A Regina le tomó por sorpresa el gesto. Era un estilo de tejido, bordado y color que se usaba para la realeza. Se puso de pie y, caminando con elegancia, se acercó. Agarró la cobijita comprobando la suavidad. Soltó el aire de golpe, miró a los ojos a Granny mientras luchaba contra su propio orgullo pues sabía que debía agradecer el gesto. Charlotte aprovechó el momento para quejarse y lloriquear incómoda.
—Todo está bien, mi amor. —Ruby agarró la cobijita para dejarle las manos libres a Regina. No logró calmarla. Eso la puso ansiosa pues no entendía qué sucedía y la frustración amenazaba con apoderarse de ella ante la impotencia de no saber qué era lo que su hijita necesitaba.
Y desde luego, fue algo que notaron las presentes.
—De seguro tiene gases. —Granny se acercó a ellas.
—Se los saqué hace un momento —dijo mientras colocaba a Charlotte sobre el sillón para revisarle el pañal que resultó estar limpio.
—Quizá le quedaron unos cuantos —comentó la vieja lobo, pero la reina negó con la cabeza.
—Ya, pedacito bello. —Volvió a alzarla, la colocó sobre su hombro y procedió a darle palmaditas en la espalda de nuevo, pero eso no parecía ayudar.
—Intenta otra posición —sugirió. Regina la miró por un par de segundos en los cuales Granny le sostuvo la mirada con gesto amable y paciente. La pequeñita empezó a llorar otra vez, la reina miró a su bebé y después le regresó la mirada un tanto desesperada a la vieja lobo—. Siéntate y colócala sentada sobre tu regazo. De lado. Así. Sostenle el pecho y la cabeza con una mano. Procura que su barbilla esté apoyada en tu palma.
—¿Así? —preguntó Regina y Granny asintió.
—Ahora sí, dale palmaditas en la espalda.
La reina hizo lo indicado y casi de inmediato Charlotte eructó, así que no pasó mucho tiempo para que su incomodidad pasara.
—¿Te sientes mejor, princesita? —Le preguntó Regina, dándole un par de besitos en la cabeza. Recargó apenas su mejilla contra la cabecita de Charlotte y cerró los ojos, aliviada por haber logrado calmarla.
—Aquí dejaré la cobija —ofreció Ruby, dejando el regalo perfectamente doblado sobre el sillón enseguida de la reina.
—Es muy bonita. Gracias. Por todo —dijo Regina mirando a la joven lobo y después a la mujer mayor con sincero agradecimiento.
David escuchó quejas, reclamos y consejos respecto a la situación. Los Reyes estaban ofendidos por el engaño, saber que Regina fue quien estuvo detrás de las estrategias y negociaciones los tenía indispuestos al diálogo.
Sin embargo, estaban ahí, a sabiendas que Regina volvería a estar al mando del Reino Blanco pues no pretendía engañar haciéndoles creer que sería él quien estaría detrás de los asuntos reales. Al parecer, no estaban tan en desacuerdo como querían aparentar. Lo único que molestaba a David era la supuesta preocupación que mostraban porque Regina tenía su magia de nuevo.
Les aseguró que la reina no tenía intención alguna de volver a la oscuridad, les recordó del beso de amor verdadero, puntualizó que se amaban, que tenían una hija que era motivo más que suficiente para no recaer. Eso pareció convencerles y se atrevió a solicitarles apoyo para detener a George y a Midas quienes no estuvieron presentes en la ceremonia a pesar de que se les invitó.
Cuando la reunión terminó, David les acompañó a la salida donde encontró a Snow, Lancelot y Johanna con el bebé, listos para partir. La ex princesa se acercó a él.
—Gracias, David —sonrió con su bondad habitual. Extendió la mano derecha mostrando en su palma el anillo de la madre del Rey—. Te lo devuelvo.
David no dudó en tomarlo. Era lo único que le quedaba de su madre después de que Snow perdiera el amuleto. Asintió en señal de agradecimiento, pero se mantuvo serio.
Snow lo miró a los ojos y por un momento dudó en si decirle o no, pero al final desistió. No quería poner a Lancelot y a su hijo en peligro. Después de todo, Regina ya tenía magia y podía lidiar con el problema sin dificultad. O al menos, eso pensaba. Se despidió con cordialidad de él y se marchó a su nueva vida.
David ingresó al Castillo y se apresuró de nueva cuenta al salón de asuntos reales. Esta vez entró con cautela para no asustarlas de nuevo. Se encontró con que Regina leía papeleo y Charlotte dormía en una pequeña cuna enseguida de ella.
—Snow ya se fue —cerró tras él y caminó hacia el escritorio—. ¿La necesitabas para eso? —preguntó.
—Estorbara más de lo que podría ayudar. Además —volteó a verlo—, ya hizo suficiente —alzó el papel que tenía en la mano—. Es un verdadero desastre —soltó la hoja, apoyó los codos sobre el escritorio y cubrió su rostro con las manos donde soltó un pequeño reniego.
Tenían la soga al cuello gracias a la idiota princesa.
—No será fácil —comentó, recargando ahora la barbilla en sus manos.
David asintió, rodeó el escritorio, le tendió una mano que Regina tomó. La jaló para levantarla del asiento, se sentó y la invitó a sentarse sobre su regazo. La reina lo hizo y le abrazó por el cuello mientras le besaba en los labios.
—Juntos podremos. Estoy seguro —susurró con cariño. Acarició la nariz de Regina con la suya. Una delicada mano se posó sobre su mejilla izquierda.
—Admiro la fe y esperanza que tienes en nosotros.
—¿Cómo no tenerla? Si estamos juntos —la besó con ternura—, nos amamos —habló contra los tersos labios que besó de nuevo—, tenemos un pedacito bello a quien los dos queremos darle todo. —Los labios de Regina sobre los suyos le obligaron a parar con su discurso. Abrió la boca para permitirle introducir la lengua y él no demoró en responder con la suya.
—Te amo —suspiró, pegando su frente contra la de él—. También estoy segura que juntos podemos. —Está vez lo besó con lentitud, saboreando el exquisito roce con los labios de David quien sonrió en medio de la sutil caricia. Se fundieron de nuevo en un beso intenso.
—Por cierto, me gusta lo que hiciste con este lugar —comentó el Rey.
—Perfecto porque pienso hacer lo mismo con todo el Palacio. No quiero conservar nada —dijo mirándole fijo—. No quiero recuerdos de la vida que tuve aquí. Quiero que todo sea nuevo, como nuestro amor, y que me ayudes a llenar este lugar con recuerdos felices.
—Te prometo que así será —dejó un beso tierno en la mejilla izquierda de la reina—. ¿Qué te parece si empezamos por hacer el amor aquí para estrenar la remodelación? —preguntó y le alzó ambas cejas, sugestivo.
—Eres imposible —rio Regina, pero terminó accediendo.
Puso el debido hechizo de insonorización en la pequeña cuna y se fueron juntos al sillón donde hicieron el amor con entrega, pasión y deseo. Disfrutaron el uno del otro sin parar hasta que quedaron sudorosos, jadeantes y satisfechos. Abrazados, desnudos, con piernas enredadas, tiernas caricias y suaves besos sobre el sillón.
David fue el primero en despertar esa mañana. Estaban en la habitación que fuera de Regina anteriormente y que ahora compartían.
Era el mismo lugar donde convivieron durante el embarazo, donde todo comenzó entre ellos. Sin embargo, ya no era como la recordaba. Regina había cambiado todo, inclusive la posición de los muebles y había agregado la cuna que les obsequiaron los ex aliados del Reino Blanco.
Se apoyó en uno de sus codos, acomodándose de lado para ver a Regina dormir. Estaba hermosa, con la expresión relajada, los apetitosos labios entreabiertos, la respiración apacible y cabello acomodado. Era increíble que hasta dormida se viera tan perfecta.
Escuchó balbuceos y se levantó de inmediato para ir a la cuna donde Charlotte bostezaba y se estiraba todo lo que su cuerpecito podía. Después encogió piernitas y bracitos mientras seguía emitiendo sonidos adorables que lo hacían suspirar porque estaba loco de amor por su pequeña hija.
La bebé abrió los ojitos y David decidió levantarla en brazos, envolviéndola en la cobijita blanca con listones morados que Granny le regaló.
—Buenos días, pedacito bello —le dio un besito en la diminuta y regordeta mejilla.
La llevó hasta el balcón que Regina había ampliado y puesto una cómoda silla. El sol de la mañana alcanzaba a acariciar el paisaje. Empezó a mecerla con suavidad, sonriendo enternecido al ver que a Charlotte se le cerraban los ojitos que al parecer luchaba por mantener abiertos. Algo que no duró mucho porque la pequeñita lloriqueó molesta varias veces mientras pataleaba.
—Está bien. Está bien. Vamos a despertar a mamá —le dijo acercándose a la cama. Se inclinó para darle un beso en la sien izquierda—. Belleza —la llamó y volvió a besarla en ese punto—. Nuestro pedacito bello tiene hambre —susurró con cariño cerca de su oído.
Regina inspiró profundo y después soltó el aire. Se alzó para acomodarse, David le ayudó a colocar algunas almohadas detrás para que se recargara. Después, le entregó a Charlotte y la reina de inmediato la empezó a amamantar.
—Buenos días —saludó el Rey sonriéndole a quien ahora era el amor de su vida.
—Buenos días —saludó de vuelta con voz adormilada. David se inclinó de nuevo para besarla en los labios.
Cuando Charlotte terminó de comer, él la tomó en brazos para sacarle los gases.
—Recuerda lo que sucedió ayer —dijo Regina pues le había contado el consejo que Granny le dio.
—Vuelve a dormir. Yo me haré cargo —aseguró mientras mecía ligeramente a Charlotte y le daba palmaditas en la pequeña espalda.
No hizo falta que dijera nada más. Regina se acostó de nuevo y no tardó nada en quedarse dormida. David se lo debía porque durante la noche fue ella quien se estuvo levantando para atender a la bebé y lo dejó dormir.
—Alguien necesita un cambio de pañal —susurró David.
Cuando lo consiguió, tomó a Charlotte y salió de la habitación cerrando con cuidado para no perturbar el sueño de Regina.
—Princesita, vas a ser mi cómplice —anunció a su bebé que tenía expresión seria y parpadeaba en repetidas ocasiones, como tratando de reconocer el espacio en el que estaba.
La llevó consigo hasta el salón de asuntos reales y, aprovechando que había una cuna, la dejó ahí. Tomó papel, tinta, pluma y se dispuso a redactar.
En medio del bosque, Ruby, que llevaba su capa roja y una canasta, recogía bayas por mandato de su abuela. La envío en una pausa de la importante plática que sostuvieron esa mañana con los enanos y Geppetto: Pensaban seriamente en establecerse cerca del Castillo Blanco ahora.
No todos estaban de acuerdo, pero al menos ella y Granny lo tenían decidido. Su abuela no contemplaba la idea de vivir tan apartada de Charlotte. La pequeñita le había robado el corazón al igual que David y, aunque jamás lo mencionara, sabía que Regina también. Lo presenció esa última vez.
Era difícil explicar el sentimiento que la envolvía por ello. Entendía a la perfección el amor natural por Charlotte, era una bebé y hasta ella estaba encariñada. También lo entendía con David. Ellas lo juzgaron, lo rechazaron, lo culparon en defensa de Snow que terminó siendo peor.
Pero con Regina. Con ella no lo entendía y no era que juzgara solo el sentir de su abuela, era ella misma, su propio pensar y sentir con relación a la reina. Ya no había rencor, ni repudio, ni odio. Menos cuando era testigo del amor que Regina sentía por la bebé y David. No cabía duda alguna que la reina había cambiado. Era algo que no se podía negar, pero no era tan fácil aceptarla abiertamente y olvidar el terror que causó. Ese era su conflicto.
Tan pronto como consideró que las bayas recolectadas eran suficientes, emprendió rumbo de vuelta. No fue muy lejos, pero sí se alejó algo con toda la intención de escuchar sus pensamientos y reflexionar.
Un cuervo que salió de la nada casi logra que Ruby suelte la canasta, aunque no pudo evitar que algunas bayas salieran volando.
—¿Qué te pasa? —reclamó al ave, ahuyentándola con una mano y ceño fruncido. Se agachó para recoger los frutos regados. El cuervo se paró frente suyo y fue cuando la joven lobo se percató que llevaba un pergamino enrollado con un listón y el anillo que perteneció a la madre de David.
Los tomó de inmediato y el ave emprendió vuelo sin demora. Desató el listón para recuperar el anillo y abrió el pergamino que no era más que una carta de parte de David. Leyó con premura, se puso de pie con canasta en mano y corrió a casa.
Regina lo cambió todo en el Castillo Blanco. No dejó rincón alguno que se asemejara a lo que fue anteriormente. Si por ella fuera habría cambiado de ubicación el Palacio. Ahora paseaba tranquila con Charlotte en brazos en uno de los bellos jardines que creó en las habitaciones de Leopold. No le interesó conservar el lugar, prefirió usar el espacio para transformarlo en algo que no le recordara lo que un día fue.
En unos días sería la presentación de Charlotte ante el Reino como lo que era: la legítima heredera del Rey. Sonrió irónica pensando en lo que diría su madre si la tuviera enfrente. Seguro estaría orgullosa de ella, como siempre quiso que lo estuviera y que por más que se esforzó jamás lo logró.
—Sin importar lo que decidas hacer con tu vida estaré orgullosa de ti, mi amor. Siempre, siempre serás suficiente para mí —prometió a su hija y, mientras le daba un beso largo en la pequeña frente, se juraba a sí misma que no repetiría los errores de su madre.
—Aquí están, mis bellezas —David se hizo notar tan pronto como entró en uno de los hermosos jardines que Regina creó recientemente como parte del nuevo comienzo del Reino Blanco.
Mientras se acercaba alzó una hoja para que la reina la notara. Era el nuevo escudo del Reino, el de su reinado, y quería que Regina le diera el visto bueno pues la idea que estuviera listo para la presentación de Charlotte.
—Por favor, no me digas que es una oveja —sonrió divertida de medio lado ante su propia broma.
—Muy graciosa, Majestad —fingió estar ofendido, pero no demoró en mostrarle el bosquejo—. ¿Qué te parece?
Era un escudo. En la parte superior estaba la empuñadura de la espada de David, la cual se convertía en la silueta del escudo que se rodeaba de laureles y en el centro, una corona que no reconoció.
—Debo admitir que hiciste un buen trabajo —lo miró entre las pestañas.
—¿Eso quiere decir que lo apruebas? —Regina asintió.
—Aunque la corona no me es familiar.
—Pero te gusta. —La miró esperando una confirmación.
Por respuesta, Regina torció los ojos que después cerró, inhaló profundo y negó con la cabeza mientras una tenue sonrisa se dibujaba en su bello rostro. Abrió los ojos de golpe cuando sintió un beso en los labios.
—Amo que seas tan orgullosa.
La tomó del rostro con la mano libre y capturó los tersos labios de nuevo en un beso apasionado que, para infortunio de Regina, no duró mucho tiempo. David dejó sus labios y se alejó retrocediendo mientras se mordía el labio inferior.
—Seguiré con los preparativos. —Se dio la vuelta y se marchó.
La reina inhaló profundamente, tratando de calmar sus ganas y es que nada le haría más feliz que follar con David en ese preciso lugar. Sin embargo, de momento, había un reino que salvar.
Los siguientes días fueron de frustración y mucha rabia para Regina. La mayoría de los gobernantes estaban renuentes y ni hablar de George y Midas que seguían amenazando.
Tanta era la presión por la situación que tuvo una discusión acalorada con David pues quería aplazar la presentación de Charlotte hasta que ese par desistiera. Le parecía un evento que podría poner en peligro a su bebé y el Rey pensaba que era otra oportunidad para mediarlo todo.
—A ellos no les importa Charlotte, David. Para muchos nuestra hija representa un futuro peligro.
—¿Por ser la heredera del Reino Blanco? —preguntó escéptico.
—Por ser hija mía. Charlotte podría tener magia y es mucho más fácil deshacerse de ella ahora.
—Tendrían que matarme antes de poder acercarse a ella siquiera.
—Lo sé —se abrazó a sí misma y fue rodeada por los fuertes brazos de David que besó su mejilla izquierda con cariño.
El frío de la noche les daba de lleno en el balcón donde estaban. Regina recargó su peso en David quien ahora enterró el rostro en su cabello y le besó el cuello repetidas veces.
—Mandaré a la horca a todo aquel que juzgue a Charlotte por ser tu sangre —escuchó la suave risa de Regina y entrelazaron sus manos con las de ella—. También a quien te siga señalando.
—Tú no harás nada —advirtió apretando las manos de él. Jamás permitiría que se manchara las manos por ella. Sintió ahora pequeños besos en el hombro.
—La presentación de Charlotte y nuestro matrimonio le dará más estabilidad al reino. Estoy seguro.
Regina, muy a pesar, asintió, porque en eso David tenía la razón. La solidez de su relación y familia le daría solidez al Reino Blanco, por ende, sería más fácil obtener el apoyo de los reinos vecinos. Y si bien estaba preparada para defender el reino de cualquier ataque era preferible evitarlos.
—Nada me haría más feliz que ser tu esposo —le habló con una mezcla de dulzura, emoción y deseo al oído. Desenlazó una de sus manos de las de Regina quien había cerrado los ojos al sentir el tibio aliento—. Mi bella Majestad, ¿aceptas casarte conmigo? —preguntó con suavidad.
La reina sonrió. Abrió los ojos y se encontró con que, frente a ella, David sostenía un anillo.
El diseño era elegante, fino y al mismo tiempo sobrio. Tenía varios diamantes de varios tamaños que simulaban un poco la figura de una corona.
Sin duda era una pieza hermosa. Mucho más bella de lo que alguna vez imaginó, pero lo más hermoso era que David le estaba pidiendo matrimonio oficialmente y era algo tan diferente a las veces anteriores. Ella le pidió matrimonio a Daniel en un momento desesperado y después, con Leopold, ni siquiera fue ella quien respondió a la horrible petición.
No podía explicar lo maravilloso que se sentía saber que era libre para elegir y que además, quien le pedía matrimonio era el hombre que amaba, su amor verdadero y el padre de su pequeña hija.
—Sí —respondió mientras asentía entusiasmada y con ojos anegados en lágrimas porque, después de la muerte de Daniel, juró que ese día nunca llegaría pues pensaba que jamás se volvería a enamorar.
David la hizo girar hacia él, se arrodilló sobre la rodilla izquierda, tomó la mano izquierda de Regina y le colocó el anillo. Llevó esa mano hasta su boca para besarla, se puso de pie, tomó el bello rostro de la reina y la besó con el amor más puro, profundo y verdadero.
—Sí quiero ser tu esposa, David —susurró Regina contra los labios de él.
De un momento a otro estuvieron devorándose el uno al otro sobre la cama. La excitación que ambos sentían era incontenible y no ansiaban nada más en ese momento que unirse en cuerpo y alma.
David bajaba regando besos por todo el bello cuerpo. Aferraba a Regina por la estrecha cintura mientras le besaba el vientre y rozaba la tersa piel con los dientes ocasionalmente.
La boca se le hacía agua por la anticipación de probarla, pero esa noche quería tomarse su tiempo. Algo que supo no podría hacer cuando las delicadas manos le empujaron hacia abajo.
—Te necesito —jadeó la reina con esa misma necesidad que habló.
David sonrió contra la piel del vientre de Regina, descendió un poco más alcanzando a olerla y no pudo evitar gemir bajito, pero justo cuando la iba a probar Charlotte empezó a llorar a todo pulmón.
La reina usó su magia para vestirlos a ambos y se apresuraron a ver a su hijita que pataleaba sin parar de llorar.
—Mi amor. —Regina la levantó en brazos y comenzó a mecerla mientras regresaba a la cama.
—Nos ganó —comentó David riendo.
—Eres muy oportuna, pedacito bello —dijo Regina a su bebé mientras le daba pecho y la pequeñita mantenía los ojitos abiertos.
—Espero se duerma en cuanto quede satisfecha.
—Lamento decirlo, pero está muy despierta.
—Puedo esperar —dijo muy convencido, aunque su miembro no pensaba lo mismo—. Por cierto —hizo una pausa hasta que Regina alzó la mirada para verle—, Charlotte fue mi cómplice. —Tocó con cuidado la manita derecha de la bebé que la aferró a su dedo—. Era la única que sabía del anillo. ¿Verdad que sí, pedacito bello? —movió un poco su dedo moviendo la manita de Charlotte consigo—. Supo guardar muy bien el secreto —le sonrió divertido.
Regina cerró los ojos y negó mientras reía con suavidad por la ocurrencia.
En menos tiempo del que esperaban Charlotte volvió a caer rendida, tendida en medio de sus padres sobre la amplia cama. La levantaron con cuidado y la depositaron en la cuna de la misma forma.
—Ahora sí, ¿en qué estábamos? —preguntó David, envolviendo a Regina entre sus brazos, apoderándose de los exquisitos labios.
—En que ibas a darme placer, encantador —respondió la reina mientras retrocedía y él le seguía.
—¿Tendré la fortuna de desnudarte de nuevo? —Regina asintió así que tomó la fina tela de seda que la cubría y la subió hasta sacársela por la cabeza dejándola desnuda.
Se recostaron entre besos y caricias que fueron subiendo de intensidad hasta que retomaron el punto donde se quedaron.
Esta vez David no se lo pensó. Se fue de lleno a devorar el sexo de Regina que se retorció sobre la cama ante la deliciosa sensación.
Los gemidos y jadeos no se hicieron esperar. Resonaban por la habitación como música para los oídos de David que se esmeraba en hacerla llegar al orgasmo. Lamía a lo largo, trazaba círculos con la lengua alrededor de la entrada y después la penetraba, intentando llegar hasta lo más profundo posible y acariciar todo a su paso.
Regina se agarró de los antebrazos de David que la sujetaba por la cintura. Se arqueó y abrió un poco más las piernas. Estaba cerca, tan cerca que su cuerpo empezaba a sufrir ligeros espasmos.
Lloriqueó de placer cuando las atenciones se concentraron en su clítoris que fue acariciado por la ávida lengua y chupado por la cálida boca. Fue ese justo momento donde se tensó, arqueó más la espalda y encajó las uñas en la piel de David que no dejó de estimular.
Sollozó al principio, mientras temblaba presa del orgasmo y después pudo gemir alto, con la respiración violenta y sensación insoportable por la sobreestimulación. Apartó a David, se colocó de lado, cerró las piernas que dobló un poco y que apretó para perpetuar el orgasmo.
—¿Todo bien? —preguntó él.
Regina sintió un beso en el hombro izquierdo y asintió como respuesta. Se giró para quedar de espaldas al colchón y permitirle a David ponerse sobre ella.
Se besaron. Las manos de Regina acariciaron los hombros, cuello y pecho de David mientras que las de él le acariciaban el rostro, los senos sensibles que tocaba con delicadeza. Las manos bajaron hasta su cintura, caderas y se metieron por debajo para agarrarle el trasero.
Lo vio erguirse, la agarró de las caderas para acercarla más a su entrepierna y no demoró nada en sentir la caliente cabeza del miembro contra su sexo y después empujar para entrar en ella.
Se alzó en los antebrazos para ver el punto donde se unían. El mismo donde David tenía la vista clavada. Era tan erótico y excitante que la sola imagen hacia encendía el fuego ardiente desde sus entrañas. Sentía que se quemaba.
El Rey se inclinó hasta poder pegar su cabeza con la de la reina que irradiaba deseo puro y ardiente.
—No tienes idea lo mucho que te amo —le habló ronco al oído por la misma excitación que sentía. Siseó gustoso al sentirla apretarse a su alrededor.
Regina alargó un brazo que pasó por detrás del cuello de David y luego hizo lo mismo con el otro. Se abrazó a él, enterrando el bello rostro en el hombro que besó.
—Es tu oportunidad de demostrarlo —lo retó y sonrió traviesa.
El Rey buscó sus labios y le dio un beso mezclado de amor y deseo. Hizo la cadera hacia atrás, extrayendo algunos centímetros de su miembro y volvió a empujar para introducirse de nuevo. Regina no tardó en seguir el ritmo con sus propias caderas.
El vaivén era suave, amoroso y delicioso para ambos. El placer les tenía con la piel erizada y ardiente.
—¡Oh! —Regina gimió con sorpresa cuando David cambió el ángulo y ahora cepillaba ese punto especial dentro de ella cada que entraba y era absolutamente delicioso.
—Te gusta —afirmó con una sonrisa socarrona que la reina no podía ver.
—Obviamente, pastor —respondió con dientes apretados y sin duda le habría torcido los ojos si no estuviera en la posición que estaba.
Lo siguiente que supo fue que David la sujetó por las caderas con firmeza y la recostó sobre la cama. Angulo la cadera para que la cabeza del miembro estimulara ese punto. Lo hizo una y otra vez, repitiendo el movimiento.
—¡Ah! Oh, Dios. —Regina gimió y se mordió el labio inferior mientras sentía que los ojos se le llenaban de lágrimas por el exquisito placer que atacaba su cuerpo sin tregua alguna.
—Soy David —sonrió divertido. Regina rio y él se contagió.
—Eres un idiota.
—Sí, pero soy tu idiota.
La reina asintió con prisa dándole la razón.
—Sólo sigue porque si no lo haces vo… ¡Aaaah!
David empezó a embestirla mientras gemía desde la garganta por la sensación placentera que el sexo de Regina le daba. Su pecho era inundado por el maravilloso sentimiento de saber que pronto se casarían, que se unirían en matrimonio y que muy pronto comenzarían a vivir su final feliz.
Regina fue la primera en venirse gritando el nombre de David con tanta fuerza que con seguridad el castillo entero la escuchó.
A ninguno de los dos le importó. La reina siguió gritando, gimiendo y jadeando, disfrutando su orgasmo mientras una hermosa sonrisa de gozo absoluto se dibujaba en su bello y sonrojado rostro cuando David eyaculó en su ardiente interior.
—Amo sentirse así —se empujó contra él al tiempo que se apretaba con fuerza a su alrededor, intentando extraer toda la semilla que pudiera depositar en ella.
David se precipitó sobre su pecho y Regina le recibió con brazos amorosos, dejándole besos en la sudorosa frente mientras se sentía la mujer más dichosa y feliz sobre la tierra.
