Gracias por el apoyo a la historia. Aprecio mucho cada like, estrellita, kudo, comentario y review. Muchas gracias a quien me pidió actualización porque me recordó que debía agilizar el proceso para poder publicar jeje.

Espero les guste el capítulo y puedan perdonar cualquier error.


Regina descubrió que ver a David con Charlotte la hacía muy feliz. El Rey, que fuera no hace mucho solo un pastor, se desvivía por la hijita de ambos. Cumplía con sus obligaciones como gobernante del reino y tan pronto como le era posible se hacía cargo de la bebé para permitir que ella hiciera su parte con los asuntos reales.

En pocos días Regina logró que Midas desistiera. Todo lo contrario a George. Con él no había manera. El hombre se aferraba a la traición cometida por Snow y David, y, según lo que informaba, no le importaba prescindir de los beneficios que ser aliado del Reino Blanco le podía proveer al suyo. El punto era seguir en pie de guerra, aferrado a la idea de hacer justicia y reclamar el reino. Algo que desde luego no decía abiertamente, pero para Regina era más que evidente.

Con la confirmación de paz por parte de Midas en mano se dieron a la tarea de preparar la presentación de Charlotte ante el reino. Era algo que no podía esperar más. La pequeñita pasaría a ser oficialmente una Princesa Real y la legítima heredera al trono del Reino Blanco. David prefería casarse primero con Regina mientras que ella argumentaba era mejor presentar a Charlotte antes pues de esa forma sería mucho más fácil que se aceptara una boda entre ellos. Eran cosas de la realeza que David no entendía, que le parecían absurdas, pero que aceptaba y no discutía porque Regina sí sabía y confiaba ciegamente en ella.

Y fue así como el día llegó. Tal como en la destitución de Snow, a la presentación fueron invitadas la realeza, la nobleza y el pueblo del Reino Blanco, los reinos vecinos y los no tan cercanos.

Regina optó por un vestido rojo con detalles dorados. El escote era pronunciado, enmarcaba a la perfección sus senos y bajaba un poco por su torso. Las mangas largas eran semitransparentes y en la cintura se ceñían un par de guirnaldas en tono dorado que resaltaban a simple vista. El cabello, lo llevaba suelto, pero acomodado. Caía como cascada por su espalda en ondas perfectas denotando elegancia y, entre medio del cabello, llevaba algunos destellos dorados.

Soltó el aire por la nariz mientras se veía al espejo, evaluando su apariencia. Le gustaba, iba acorde a su personalidad. No iba a fingir ser algo que no era ante nadie. Tal vez ya no era malvada, pero tampoco era la misma Regina que fue antes de caer en la oscuridad.

—Dios.

David la sacó de sus pensamientos. Dio un saltito involuntario, se dio la vuelta y lo vio mirarla como si fuera una aparición. Incrédulo y con la boca abierta. El Rey llevaba una túnica roja con una banda dorada, pantalones y botas negros.

—Te ves… —Pasó saliva y tomó aire por la boca que sintió seca al instante—. Regina, eres fuego puro —dijo y después avanzó hacia ella que sonreía de medio lado, engreída y oh, tan, tan hermosa.

La tomó por la cintura y empezó a besarla con pasión desbordada porque se sentía incapaz de contenerse. Se veía espectacular, sensual, seductiva y tentadora.

—Detente, encantador —solicitó jadeante y divertida por el poco control que el Rey mostraba.

—Es que… —Trató de debatir. Sentía unas ganas incontenibles de hacerle el amor en ese momento.

—Estarémos tarde si follamos. —Le dio golpecitos en los brazos para que la soltara. Cerró los ojos, alzó el rostro con altivez y giró para empezar a caminar hacia la cuna.

David se llenó de impotencia al verla andar con elegancia y sensualidad. La muy malvada contoneaba las caderas con la única intención de provocarlo. Lo sabía bien porque la conocía. A veces podía llegar a ser cruel. Llevó la mano hasta su entrepierna y apretó su miembro un poco a fin de bajar la excitación.

Algo que consiguió tan pronto como Regina alzó en brazos a su pedacito bello que portaba un hermoso y elegante ropón blanco. La reina giró hacia él con la bebé en brazos.

—Estamos listas —anunció con coquetería.

David estaba seguro que la presentación sería todo un suplicio pues tendría que esperar a que todo terminara para poderla tener.


La presentación pasó sin mayores disturbios, aunque la guardia blanca se mantuvo en alerta por si George decidía atacar. Los asistentes miraron a Regina con sorpresa y admiración. Les sorprendía verla tan normal con la bebé en brazos, pero no podían dejar de verla por lo enigmática y elegante que se veía. David no podía estar más orgulloso de que los presentes supieran que estaba con él por lo que le encantaba que la admiraran. Si hubo alguna mirada indecente, ninguno de los dos lo notó. El Rey no se preocupó por ello pues sabía que si Regina se daba cuenta se encargaría de esa persona sin dudar.

Charlotte fue presentada como hija legítima de David, el Rey del Reino Blanco, y de Regina, la antigua y futura Reina del Reino Blanco. Por lo cual Charlotte fue reconocida como legítima heredera al trono y se convirtió, oficialmente para los reinos, en Princesa Real del Reino Blanco.

Cuando la ceremonia concluyó hubo un banquete para los presentes en el Salón de eventos, también le fue ofrecido un banquete a los presentes que no pudieron ingresar.

La mayoría de los ex aliados del reino estuvieron y se hicieron presentes en el lugar, sobre todo Granny que no perdió oportunidad de acercarse a felicitarlos en cuanto fue posible.

Regina optó por mantener distancia. No quería generar rencillas a pesar de que se suponía que todos, excepto George, estaban de acuerdo con su regreso al mando del Reino Blanco. Observaba a David desenvolverse con los gobernantes y se sorprendió de lo bien que lo hacía, aunque aún le faltaba experiencia.

Hubo un momento en el que a Charlotte le molestó el ruido en exceso por lo que Regina decidió retirarse. Sin embargo, fue abordada por uno de los monarcas antes de lograr salir del salón por una de las puertas no oficiales.

—Majestad —saludó el hombre con una leve inclinación de cabeza, mostrando su respeto.

—Stefan. —Lo miró con seriedad y a la defensiva, lista para proteger a su bebé. El hombre muy bien podría estar resentido por el asunto de las maldiciones de dormir y ciertamente no lo podía culpar.

—Felicidades por tu hija —sonrió bonachón, con las manos juntas en la espalda. Se balanceó sobre sus pies, esperando la respuesta de Regina.

—Te lo agradezco. —Intentó rodearlo para seguir adelante, pero el Rey se movió, poniéndose frente a ella para impedirle seguir. La reina aferró a la bebé en sus brazos y le miró amenazante, provocando que Stefan sintiera un escalofrío que le recorrió la columna vertebral—. Apártate —ordenó de la misma forma en que lo miraba, sintiendo la magia cosquillear en las manos, lista para actuar.

—Lamento que te sientas amenazada. —Volvió a sonreír, notando la incomodidad en la reina—. No es mi intención.

—Entonces, ¿qué quieres? —preguntó desconfiada. Stefan asintió con lentitud.

—Regina, he venido a ofrecerte mi entera lealtad y la de mi reino. Te prometo que trataré de persuadir a George para que desista de su enemistad con el Reino Blanco.

—¿A cambio de qué? —preguntó, a sabiendas de que ese ofrecimiento no era gratuito.

—Eres astuta —afirmó complacido, comprobando que Regina no era la misma joven que conoció cuando desposó a Leopold. Había mucho más en esa fría mirada—. Quiero que me prometas que defenderás a mi familia de cualquier amenaza mágica.

—Te refieres a Maléfica.

—Exacto.

Regina asintió pensativa. No se veía luchando contra Mal de nuevo. A pesar de que su amiga estaba aliada con Azul no deseaba tener que llegar a esas instancias. Mucho menos si el ataque no era contra ella y su familia. Sin embargo, sabía que una alianza de ese tipo con otro reino que ostentaba poder, era benéfica. Además, les sería de mucha ayuda si Stefan intervenía políticamente en el conflicto con George a favor de ellos.

—Bien —respondió tajante.

Stefan inclinó la cabeza en señal de agradecimiento, emprendió camino de regresó a la mesa y Regina salió del salón.

Cuando todo terminó, David llegó a la habitación encontrándose con Regina arrullando a Charlotte. Se acercó a ellas con cautela, aunque haciendo notoria su presencia para no asustar a la reina que le sonrió en cuanto lo vio.

—Se quedó dormida —le informó.

—Lástima porque le tengo un regalo. —Tal como lo predijo Regina volteó a verlo extrañada.

Sacó una pequeña caja y la abrió revelando el contenido. Era un collar con una medalla plateada con el símbolo del reino en ella y, en medio del corazón iba una pequeña piedra verde. Ansioso, David se relamió los labios antes de hablar.

—Está hecha con el anillo de mi madre. El que le di a Snow y me regresó. Si no quieres que nuestra hija porte la medalla lo respetaré y lo en…

—Es preciosa. —Regina lo interrumpió. David la miró con ojos grandes, sorprendidos, vulnerables. La reina alargó una mano para acariciarle la mejilla izquierda y él de inmediato llevó una mano hasta la de ella. Cerró los ojos, rendido ante el cariñoso gesto—. Por supuesto que quiero que Charlotte la porte. —Y es que cómo iba a estar en desacuerdo. No importaba que Snow lo hubiera usado, era el anillo de la madre de David. Lo único que le quedaba de ella y decidió transformarlo en algo para su pedacito bello. No lo iba a privar de esa intención.

David abrió los ojos, asintió agradecido y la besó con amor.

—Gracias —susurró, con su frente pegada a la de ella. Colocó una mano sobre la cabecita de Charlotte y se inclinó para dejarle un beso en la pequeña frente.


Al siguiente día, Regina estuvo inmersa en los asuntos reales. Tenía que preparar todo para el acuerdo que llegó con Stefan y urgirlo a cumplir con su palabra de persuadir a George de la absurda guerra. Durante la noche se presentaron disturbios en algunas aldeas a las afueras del Reino Blanco que David fue a atender a primera hora.

Y ahora estaban reunidos en el salón de asuntos reales, pues David se dirigió hacia allá en cuanto llegó. Dialogaron sobre la labor de él, la de ella y el día que Charlotte tuvo. Después, el silencio reinó mientras Regina trabajaba y la pequeñita dormía en la cuna junto al escritorio.

—¿Por qué estos asuntos de la realeza tienen que ser tan complicados? —preguntó él, renegando. Lo que Regina hacía era muy importante para el reino, pero sentía que les estaba robando buena parte del tiempo que tenían para estar juntos.

—Porque si no lo fueran cualquiera podría hacerlo y ya sabemos que no es así —dijo, obviando lo evidente. Alzó la mirada, lo vio asentir con lentitud y boca torcida, pensativo—. ¿Qué ocurre? —preguntó.

—Lo mismo de todos los días —respondió y Regina sonrió, cerrando los ojos por un momento. David se puso de pie, rodeó el escritorio y se acercó a ella. Se inclinó apoyándose con una mano sobre el escritorio y otra en la ostentosa silla. La reina volteó a verlo—. No puedo esperar por nuestra boda.

El semblante de Regina se tornó comprensivo. Esbozó una pequeña sonrisa, alargó las manos para tomarlo del rostro y lo jaló hacia sí para besarlo, despacio, con ternura.

—Pronto —susurró con su frente pegada a la de él y los ojos cerrados, acariciando el apuesto rostro.

—Te amo —suspiró el Rey, capturando los rojizos y tersos labios. Subió de intensidad el beso, Regina respondió y su miembro despertó.

—Necesito terminar ésto —dijo la reina tan pronto como supo las intenciones de David.

—Está bien —respondió resignado, alzándose—. De todas formas, Charlotte nos va interrumpir —comentó viendo a su pedacito bello dormir en la pequeña cuna—. Estoy seguro que sabe cuando vamos a hacer el amor y espera el momento justo para llorar.

—Tú y tus exageraciones —rio con suavidad y negó con la cabeza por la ocurrencia de David.

—Oh, pero así te encanto y me amas.

—Sí, David —torció los ojos y después fijó su mirada en él—. Te amo.

Regina regresó a su labor y, un par de horas después, David dormía profundamente en el largo sillón y Charlotte decidió despertar exigiendo atención por lo cual, la reina optó por usar su magia para sacarlas de ahí y no despertar al Rey.

Aparecieron en el jardín principal y Regina revisó que no necesitara cambio de pañal o tuviera hambre. Empezó a pasear tranquila por el jardín con su hijita en brazos mientras su magia ponía un hechizo para mantener el sitio a una temperatura agradable para Charlotte puesto que el sol se estaba ocultando.

A veces le seguía pareciendo increíble que ella estuviera ahí, tan perfecta y pequeñita. Sonrió enternecida al ver que Charlotte luchaba por mantener los ojitos abiertos.

—Vuelve a dormir, princesita —susurró con amor y le acarició el fino cabellito con delicadeza mientras la noche caía.

La paz y tranquilidad se vieron perturbadas por el súbito alboroto que se dejó escuchar, haciendo que Charlotte se quejara por el sueño interrumpido.

—Sssh, mi amor. —La meció—. No pasa nada —aseguró a pesar de que no se dejaba de escuchar que algo serio sucedía.

Algo intrigada y molesta usó su magia para trasladarse hacia el lugar de donde todo ese alboroto provenía.

—¡Majestad!

Los caballeros y doncellas hicieron la debida reverencia al verla aparecer, pero la atención de Regina fue consumida por la escena que tenía enfrente: era un lobo que arrastraba a una malherida Granny. Y no necesitaba ser adivina para saber que se trataba de Ruby.

La lobo no permitía que nadie se acercara a auxiliar. Mantenía una actitud amenazante y miraba fijo a Regina que se acercó, apresurada y algo perturbada pues llevaba a Charlotte en brazos.

Ruby le permitió acercarse. Soltó a Granny y se alejó un poco, manteniéndose alerta por si alguien intentaba algo. La sangre se detuvo en cuanto la reina tocó a la vieja lobo y después revisó el estado de la inconsciente mujer.

—Está viva —dijo a Ruby que aulló al escucharla, perturbando a la bebé que rompió en llanto.

Regina divisó la capa roja entre las cosas que la lobo arrastró hasta allá y, conociendo cómo es que funcionaba, usó su magia para echarla encima de Ruby que se convirtió en humano en seguida y, tan pronto como eso ocurrió, la reina las llevó al interior del castillo con su magia.

Aparecieron en una de las habitaciones, ellas en medio del lugar y Granny sobre la cama. Ruby se apresuró hacia su abuela y el lugar resonó con el llanto de Charlotte que tenía la carita rojita, mojada por las lágrimas, pataleaba y agitaba las manitas.

—La veo muy mal —sollozó la joven lobo con fuerza. Volteó a ver a la reina y suplicó ahogada en llanto—. Por favor.

Regina sabía que no era momento de pensar sino de actuar. Así que, ignorando su orgullo y desconfianza, le entregó a Ruby a Charlotte para revisar el estado de salud de la vieja lobo. Tenía el pulso débil, el semblante pálido y la ropa empapada en sangre, pero la hemorragia estaba detenida. Fue cuando se percató que aún tenía el arma incrustada en el cuerpo.

—¿Qué ocurrió? —preguntó extrañada pues se suponía que ninguno de ellos tenía enemigos que quisieran dañarlos. La puerta se abrió de golpe y David entró apresurado.

—¡¿Qué pasó? —preguntó angustiado al ver el semblante pálido de Granny.

—Perdió mucha sangre —informó Regina mientras usaba su magia para sacar la daga del cuerpo de la vieja lobo. Al sacarla procuró cerrar la herida.

—¿Va a estar bien? —preguntó Ruby sin dejar de mecer a la bebé que estaba más calmada, pero seguía sollozando e inquieta.

—Sí, pero lo mejor es que un sanador la vea —dijo la reina acercándose a la joven lobo para tomar a Charlotte de vuelta.

—No te preocupes, Ruby. Granny va a estar bien —aseguró David para luego retirarse en búsqueda del sanador.

—Gracias. No sabía a quién más recurrir. —Se sinceró con Regina quien asintió pensativa—. Fue un hombre. Estaba enojado porque Granny te estaba defendiendo y simplemente se dejó ir sobre ella—contó. La reina no hizo gesto alguno, pero se le notaba en el semblante que esperaba algo—. Tengo entendido que anda por ahí, predicando por las aldeas que sigues siendo la Reina Malvada, que no hace mucho lo heriste de muerte en el bosque.

—Aldeanos —masculló, dándose la vuelta con la intención de salir de la habitación pues sentía que ya no tenía nada que hacer ahí.

—¿Es cierto? —preguntó Ruby, dándose la vuelta para quedar de frente, tras ella. Se dio cuenta que Regina detuvo su andar.

—Sí —respondió con voz sombría. Quiso salir sin dar explicaciones, pero el voltear a ver a su hijita la hizo desistir.

Era fácil seguir dejando que la gente pensara que era Malvada, pero Charlotte no se merecía eso. Además, lo que el hombre decía era mentira. Tomó aire y giró para quedar frente a la joven lobo. Se sorprendió al no encontrar acusación o reproche en los ojos de Ruby. Estaba expectante por la explicación y eso, lejos de alimentar su orgullo y de las ganas de dejarla con la duda, la animó a hablar.

—Me encontró en el bosque, sola, sin magia, embarazada. Intentó asesinarme y simplemente me defendí —argumentó, altiva y orgullosa. La joven lobo asintió, la puerta se abrió dando paso al sanador con David detrás y Regina se dio la vuelta para salir del lugar.

Casi una hora más tarde, el Rey se reunió con la reina en la habitación que ahora compartían. Charlotte estaba despierta y Regina jugaba con ella.

—¿Todo bien? —preguntó al verlo entrar. Se veía agotado.

—Sí. Como dijiste estará bien. El sanador ha dado algunas indicaciones, recetado mil tes de hierbas, reposo, sol, tranquilidad. —Se sentó en la cama para sacarse las botas—. Espero no te moleste que se queden en el Castillo en lo que Granny se recupera.

—Será lo mejor —respondió con tranquilidad pues estuvo anticipando que David le planteara esa posibilidad. Agarró una manita de Charlotte, la movió con suavidad y se inclinó para darle un besito ahí.

—Ruby me contó lo que le dijiste. —La vio tensarse y dejar la manita de su bebé—. ¿Por qué no me habías dicho? —preguntó preocupado de que alguien se atreviera a llegar tan lejos. Recordaba haberla encontrado con sangre y ella aseguró que no era suya, pero después nació Charlotte, recuperó su magia y todo eso quedó en el olvido.

—Porque no tenía importancia. Hasta hoy. —Mordió su labio inferior y miró a David con una muy ligera culpa mientras que la pequeñita balbuceaba.

—Me haré cargo —aseguró, poniéndose de pie para ir a cambiarse de ropa.

Regina cerró los ojos y soltó el aire largamente. Concentró su atención de nuevo en su bebé, aguardando por él. Cuando David regresó, la reina lo abordó. Discutieron un poco respecto a lo que era correcto hacerse en esos casos, llegaron a un acuerdo, acostaron a Charlotte en su cuna y se dedicaron a hacerse el amor hasta quedar rendidos.


—Aquí están. —dijo Granny efusiva, entrando al salón de asuntos reales después de que Regina le autorizara ingresar, acercándose con apremio a la reina y a la princesita que estaban en medio del lugar.

Charlotte andaba inquieta. Lloraba cada vez que la recostaba en la cuna haciendo evidente que quería que la tuvieran en brazos todo el tiempo. La vieja lobo murió de amor al ver que la bebé estaba envuelta en la última mantita que le obsequió.

—Veo que estás mucho mejor —comentó Regina. Era la primera vez que veía a la lobo fuera de la cama después del incidente. Intentó dejar a Charlotte en la cuna, pero la levantó de inmediato por el súbito llanto que la bebé soltó.

—Puedo cargarla un momento por ti —ofreció muy amable.

—No lo necesito —aseguró, aunque lo cierto era que ya tenía los brazos cansados de cargar a Charlotte. Encima necesitaba redactar algunas cartas y David estaba en una diligencia.

—Tonterías —debatió, intentando tomar a la bebé de los brazos de la reina que se mostró indignada ante su atrevimiento. Aun así, Granny no desistió. Le sostuvo la mirada, amable y comprensiva, sin presión.

La reina se quedó con la mente en blanco por unos momentos, desarmada en su totalidad por la firmeza con que la vieja lobo le ofrecía ayuda a pesar de todo.

—Será solo hasta que te desocupes —dijo buscando convencerla. Dando un paso más hasta estar tan cerca que le fue posible pasar sus brazos por debajo de los de Regina. Lista para recibir a la bebé.

La reina dudó. Por supuesto que lo hizo. No era fácil confiar, mucho menos en las lobo que fueran aliadas de Snow. Cerró los ojos un momento mientras tomaba aire profundamente. Sabía que Granny adoraba a Charlotte, que no le haría nada, que podía confiar en que la cuidaría bien.

Soltó el aire, abrió los ojos y colocó a su pedacito bello en los brazos de la mujer mayor que se alegró. La acunó con cariño y de inmediato le hizo cariños.

—Intentaré no tardar —dijo extrañada de no ser ella o David quien se hiciera cargo de su bebé. La vio tomar asiento en el sillón y ponerse cómoda.

—Pierde cuidado. Tómate tu tiempo. Estaremos aquí y estaremos muy bien.

Y Regina, con ceño fruncido y aún extrañada ante esa nueva situación, se fue a sentar tras el escritorio.

Horas más tarde David arribó. Regina y Charlotte le esperaban en el comedor. Besó los labios de la reina, la frente de su pedacito bello y la tomó en brazos. La servidumbre empezó a entrar para servir la cena.

—¿Cómo les fue? —preguntó el Rey, mirando a su hijita sin dejar de sonreír.

—Bien —respondió tajante.

David alzó la mirada para ver a Regina quien le miró de vuelta. Un par de segundos de incómodo silencio que eran suficientes para el Rey.

—Conozco esa mirada. Dime qué pasó —pidió.

—No pasó nada, encantador.

—Dime —insistió. Regina torció los ojos—. Anda —suplicó poquito, buscando convencerla.

—Granny —renegó y exhaló con fuerza—. Llegó al salón de asuntos, me ofreció ayuda con Charlotte y yo…

—¿Aceptaste?

—Sí —se lamentó, incrédula de haber sido capaz de dejar a su pedacito bello al cuidado de la lobo. La amplia sonrisa encantadora que David esbozó iluminó el comedor ante los ojos de Regina, que tan pronto como se dio cuenta que estaba embelesada recobró la compostura—, pero no la dejé salir del salón. Fue ahí, frente a mí —aclaró altiva.

—¡Ya tenemos niñera! —exclamó efusivo, alzando con su mano una pequeñita de Charlotte para agitarla ligeramente en señal de alegría.

—Por supuesto que no —dijo Regina, ofendida. David se inclinó y la besó en los labios con amor repetidas veces hasta que la hizo sonreír—. Basta —dijo con una amplia sonrisa y los ojos cerrados—. Sigo sin aceptar.

David se levantó de golpe porque Charlotte se inquietó dada la posición que adoptó para poder besar a Regina.

—Lo siento, pedacito bello. Estoy convenciendo a tu mami para que Granny cuide de ti de vez en cuando. ¿Verdad que sí quieres? —preguntó a su bebé que se chupaba la manita izquierda. Le hizo gestos graciosos, emocionado por ver los bellos ojitos grises fijos en su rostro—. Dice que sí —le dijo. La suave risa de Regina inundó sus oídos llenando su pecho de eso que estaba seguro era felicidad pura. El Rey sonrió fascinado—. ¿Existe alguna forma en que pueda convencerte? —preguntó sugestivo.

—Puede ser —sonrió de medio lado y le miró de reojo, volviendo su atención al plato de comida frente a ella.

Horas más tarde Regina inundaba la habitación con gritos de placer mientras que David, con el rostro enterrado en su sexo, le daba uno de los mejores orgasmos de su vida, dejándola exhausta pues la había hecho venir por tercera ocasión así, solo con su boca. Jadeaba buscando aliento y de pronto lo tuvo sobre ella.

—¿Qué dices, entonces? —preguntó, acariciando con su afilada nariz la de Regina. Las delicadas manos le sostuvieron por el rostro.

—Sí —respondió, jalándolo hacia abajo para unir sus labios con los de David.


No le fue fácil a Regina acostumbrarse a la habitual presencia de Granny y de Ruby. A la joven lobo casi no la veía, pero a la mujer mayor era de casi todo el tiempo. Por supuesto que apreciaba la ayuda porque le permitía trabajar con más agilidad y no negaba que disfrutaba poder tener sexo con David con más regularidad, aunque una parte de ella se sentía culpable por dejar a su pedacito bello al cuidado de alguien más. Era algo con lo que luchaba día con día pues, como bien lo decía el Rey, en realidad no había nada de malo en permitirse tiempo para ella.

Aparentemente la intervención de Stefan tuvo frutos. George envió una carta donde se comprometía a no atacar siempre y cuando David asegurara que, ni Regina ni Charlotte, representarían amenaza alguna para el bosque. Eso enfureció al ex príncipe. Le hacía hervir la sangre saber que consideraban a la reina y a su hija un peligro latente. Jamás imaginó que llegaría a sentir tanto odio por alguien como el que ahora sentía por ese hombre.

Regina logró calmarlo. A ella también le llenaba de rabia saber que George veía a Charlotte como una amenaza y todo por llevar su sangre. Al final estaba sucediendo aquello por lo que estuvo temiendo, pero bajo ninguna circunstancia se iba a doblegar ante ese idiota.

—Si me da motivos, por supuesto que voy a responder y no le va a gustar —sentenció. Y, contrario a lo que esperó, que David le dijera que no, recibió de él aprobación.

Después de eso se dedicaron a seguir con los preparativos de la boda. Regina aun no creía que volvería a casarse y que esta vez lo haría por amor. Le parecía un sueño, uno hermoso e increíble del que normalmente temería despertar, pero, despertar al lado de David y ver la hermosa carita de Charlotte todos los días, la convencían de que era más que real.


El tan anhelado día para ambos llegó. Las mimas personas que estuvieron en la presentación de Charlotte estaban presentes en el Salón del Trono. David ya estaba ahí, vistiendo de gris oscuro. La parte superior estaba estampada con figuras plateadas dándole un elegante toque a la prenda. Portaba además una banda plateada cruzándole el pecho y, del lado izquierdo, una insignia del nuevo escudo del Reino Blanco.

Las puertas del salón del trono se abrieron para dar paso a una pequeña corte conformada por doncellas y algunos guardias, tras ellos, venía Granny con Charlotte en brazos vistiendo de plateado también. Después de ellas entró Regina. Llevaba un vestido de novia espectacular. Era blanco, pegado al cuerpo hasta la cintura donde se ensanchaba suavemente y empezaba una abertura en el centro que hacía lucir un poco las piernas al caminar. El escote era pronunciado, con mangas que empezaban abajo del hombro y se abrían a la altura del medio brazo para caer casi hasta el suelo. El vestido estaba lleno de las elegantes figuras plateadas de la vestimenta de David y por la espalda la cual terminaba en una cola no tan larga. El cabello lo llevaba en un medio recogido adornado por plateadas guirnaldas.

Entró elegante, altiva e imperturbable y frenó la risa que le provocó ver a David con la boca abierta. Cada paso que daba, resonante en el lugar, la acercaba a él. El corazón le latía con fuerza en el pecho y el cuerpo se le llenaba de anhelo por la anticipación de casarse con él, de ser su esposa y empezar a vivir no un final feliz como siempre pensó debía ser, sino un nuevo comienzo.

Fue mágico el momento en que llegó hasta él. David sonrió con su característico encantó y se sorprendió de verle los ojos anegados en lágrimas.

—Te ves hermosa. Mucho más bella y perfecta de lo que te imaginé —susurró conmovido. Estaba que no cabía de felicidad de pensar que estaba nada de casarse con Regina y por fin ser su legítimo esposo.

—Gracias —sonrió enamorada y suspiró de la misma forma—. También te ves muy guapo —se acercó hasta su oído —, esposo —murmuró seductora.

David cerró los ojos al escucharla y sentir el tibio aliento en su oreja. Se mordió muy sutil el labio inferior y miró a Regina con fingido recelo al ver la expresión divertida en el bello rostro. La muy malvada sabía perfectamente lo que hizo.

—¿Estás lista? —preguntó él. Llevando las manos de la reina hasta sus labios para besarlas con fervor.

—Más que lista.

—Te juro por mi vida que me esforzaré por ser mejor para ti. Te amo por encima de todo. Sin importar nada.

Hizo un intentó por besarla en los labios, pero la persona que oficiaría la unión se aclaró la garganta ruidosamente a fin de detenerlo.

—En cuanto los declare marido y mujer podrá hacerlo, Majestad —dijo el clérigo y, sin esperar nada más, comenzó a oficiar la ceremonia.

Tan pronto como los declararon unidos en legítimo matrimonio, se besaron emocionados y sobre todo enamorados ante la presencia de esas personas a pesar de que sabían bien que muchos no aceptaban esa unión.

Acto seguido procedieron a coronar a Regina. Esta vez se percibió algo de tensión en el ambiente por la expectativa. El hombre que ofició la ceremonia llevó un cofre que contenía la corona que de ahora en adelante debería portar como legítima Reina. Se la ofreció a David, él giró un poco para tomarla, se volvió al frente con la elegante pieza en la mano y fue cuando Regina se dio cuenta que esa corona era la misma del nuevo escudo. El Rey la colocó sobre su cabeza nombrándola como Reina legítima del Reino Blanco.

Se tomaron de la mano y giraron hacia los presentes que estaban de pie e hicieron una reverencia mostrando su respeto al tenerlos de frente. Bajaron los pequeños escalones y se dirigieron al salón de eventos donde estaba todo dispuesto para el banquete.

Se colocaron en medio del lugar e iniciaron su primer baile oficial como esposos. Ambos se sorprendieron de lo bien que bailaba el otro, sobre todo Regina pues David no había sido criado en la realeza.

—Eres muy bueno bailando para ser un pastor, encantador.

—Tengo algunos trucos escondidos —alardeó galante y la Reina rio alegre.

Se deslizaron por la pista con agilidad, entre palabras amorosas y algunas risas discretas. Lo demás siguió transcurriendo en calma y todo iba muy bien hasta que Snow se hizo presente. Todo ruido cesó tan pronto como se dieron cuenta de su presencia generando un incómodo silencio. Aun así la princesa se acercó muy digna a ellos.

—Felicidades —dijo tan pronto como estuvo frente a los nuevos Reyes. Y, a pesar de que ella misma pidió por ello, no lograba controlar la molestia que la situación le causaba pues al final Regina había asesinado a su padre para quedarse con el Reino y ahora no solo lo tenía de vuelta, sino que encima de todo, se quedó con su amor verdadero y su final feliz.

—Gracias —respondió tajante el Rey y solo por cordialidad pues no deseaba crear un altercado frente a los presentes—. ¿A qué viniste? —preguntó, pues desde luego que la princesa no fue invitada a la boda y era sospechosa su presencia.

—A decirles algo. —Regina torció los ojos.

—Vamos a otro lugar —sugirió David. Salieron del salón del trono y entraron en un sitio apartado para asegurar privacidad.

—¿Qué quieres? —presionó la Reina de inmediato y es que Snow parecía que no perdía oportunidad para arruinarlo todo. Como siempre.

—No se los dije antes porque no quería que desistieran de hacerse cargo del Reino —comenzó a decir con evidente nerviosismo—. Mientras estuve embarazada fui a ver a Rumpelstiltskin.

—Por supuesto —dijo Regina entre dientes con una falsa sonrisa dibujada en el bello rostro.

—¿Que hiciste qué? —preguntó David, incrédulo.

—Estaba asustada y preocupada —empezó a justificarse—. Él me dijo que mi bebé sería el salvador, que lograría derrotar a la Reina Malvada y sabía que sería una niña.

—¿Cómo que una niña? —El Rey estaba muy confundido.

—Tú y yo, íbamos a tener una niña según el amuleto de tu madre —habló con añoranza y sonrisa triste—. Se iba a llamar Emma. Se lo dije porque él me lo pidió.

—¿Qué más te dijo? —presionó la Reina, preocupada por las implicaciones que eso pudiera tener—. ¿Te amenazó?

—¡Sí! —estalló desesperada y los ojos se le llenaron de lágrimas—. Dijo que, si algo salía mal, lo que sucedería sería culpa mía.

—¡¿Y pensaste que lo mejor era no decir nada cuando viste que era niño y que no era de David?!—preguntó Regina con evidente enojo. No podía creer la ineptitud de la princesa.

—No le vi importancia porque está encerrado —explicó.

—¿Cómo es que dices lo que no debes y lo que debes no eres capaz de decirlo? —reclamó la Reina.

—Antes de venir fui a verificar. Sigue en la celda —aseguró.

—¿Por qué hasta ahora vienes a decirlo? —preguntó David, mirándola con reproche.

—Porque es lo correcto.

—Claro —se burló Regina.

—Yo… en verdad los felicito. Siento haber interrumpido la celebración —se disculpó, aunque muy en el fondo había disfrute en haber aparecido en la boda como Regina lo hizo en la suya. Fijó después su mirada en David—. El amuleto de tu madre. —Él abrió los ojos enormes al escuchar la mención del collar—. Lo arrojé por la ventana hacia el mar porque sabía que deseabas usarlo en Regina y eso me enojaba. Saber que ella en verdad esperaba un hijo tuyo y que era muy posible que yo no.

—Fuera de aquí —dijo David con la voz cargada de rencor y dolor.

—Lo siento en verdad.

—Lo dudo tanto —dijo con impotencia—. Anda, que ya no eres nada ni nadie aquí.

—Ya escuchaste, Snow. Largo de nuestro Castillo —ordenó la Reina con frialdad—. Este es un nuevo comienzo para nosotros y nadie lo va a arruinar. Mucho menos tú.

Snow se llenó de rabia instantánea al escucharla. Apretó las manos en puño y abrió la boca, lista para reprochar. Sin embargo, no pudo hacerlo pues en cuanto Regina vio sus intenciones, invocó su magia para mandarla lejos.