Muchas gracias a todos por leer y comentar.

Espero les guste y puedan perdonar cualquier error…


Tan pronto como Snow desapareció, Regina se apresuró de vuelta al salón y David fue tras ella. Los invitados se sorprendieron al verla entrar alterada.

La Reina no lo notó. Lo único que quería en ese instante era tener a su hija en sus brazos. Llegó con Granny quien sin preguntar nada, le entregó a la bebé.

—Pedacito bello —sonrió con ternura al ver la hermosa carita de Charlotte. Le acarició el fino cabellito con una mano y después le besó la pequeña frente.

—Nos vamos a retirar —anunció David a la lobo mayor. Puso una mano en la espalda baja de Regina—. Sigan con la fiesta y háganse cargo de todo. Por favor —pidió. Granny asintió y el Rey volvió su atención hacia su esposa e hija.

—¿Sucedió algo? —preguntó la lobo con cautela. Era obvio que algo grave pasó con la princesa que los dejó visiblemente preocupados. Se tensó cuando Regina volteó a verle.

—Lo evidente cuando se trata de Snow —respondió la Reina con voz sombría.

—Después te cuento —susurró David.

Regina no esperó nada más. Aferró bien a Charlotte en sus brazos y lideró el camino hacia la salida entre miradas y murmullos de los presentes.


Llegaron a la habitación que compartían. David cerró empujando la puerta con su espalda y se recargó ahí.

Regina mecía a Charlotte a quien miraba mientras le decía que todo estaba bien, que nada pasaría. La arrulló con todo el amor del mundo y la pequeñita no tardó en quedarse dormida. La llevó hasta la cuna, usó su magia para ponerle ropita cómoda y la arropó.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó David a su ahora esposa. Lo que dijo Snow no era algo que se podían tomar a la ligera.

—Si el Oscuro se atreve a algo se las verá conmigo. Y no le gustará —respondió confiada.

Sentía seguridad en sus propias palabras pues las cosas eran muy distintas a como solían ser. Ahora tenía una hija y un esposo, que era su amor verdadero, por quienes pelear a muerte de ser necesario.

—Regina. No —pidió espantado cuando el pensamiento de que se atreviera a matarlo asaltó su mente. Se acercó a ella preocupado. La Reina volteó a verlo.

—No voy a matarlo —aclaró Regina ante la absurda insinuación. Por supuesto que no se arriesgaría a ser el Oscuro. No era tan idiota—. Pero si llega a intentar algo contra nosotros deberé encontrar una forma de deshacerme de él.

Se suponía que era imposible que Rumpelstiltskin escapara de la celda, e incluso Snow se aseguró que seguía encerrado antes de ir a arruinarles la boda. Así que no lograba entender del todo cuál era el peligro. ¿A qué se refería con que si todo salía mal sería culpa de ella?

—¿Crees que debemos llamar a Azul? —preguntó David. La ansiedad se había apoderado de él.

El Oscuro predijo que él tendría una niña con Snow, que sería la Salvadora y derrotaría a la Reina Malvada. Pero en cambio la princesa tuvo un niño con Lancelot y él, efectivamente tuvo una niña, pero con Regina, la Reina Malvada a quien la supuesta Salvadora debía vencer.

—No voy a llamar a la polilla. —Caminó hacia él, deteniéndose justo cuando lo tuvo enfrente.

—Tal vez es por esto que te dijo que acudirías a ella y que te ayudaría —le recordó, angustiado por lo que todo eso pudiera significar para Charlotte.

—David —lo llamó y le tomó del apuesto rostro con sus manos al verlo preso de la angustia—. Vamos a estar bien —aseguró, pero él negó con la cabeza y le agarró las manos con las suyas.

—Escuchaste lo que dijo Snow. —Regina asintió y David llevó las manos de ambos hasta su propio pecho—. Eso significa que Charlotte no…

—No. Lo. Digas. —advirtió con los dientes apretados y ojos vidriosos. Sabía lo que diría y no quería escucharlo—. No me importa lo que el Oscuro haya dicho. Me importa un carajo si tú debías tener una hija con Snow para derrotarme. Te amo y me amas. Nos acabamos de casar. Somos amores verdaderos y tenemos una hija que está aquí, con nosotros… —Le fue imposible seguir hablando porque David soltó las delicadas manos y le agarró del rostro para darle un beso profundo, lleno de esa angustia que lo invadía.

—Esto es real —susurró David contra los rojizos labios de Regina quien asintió mientras esbozaba una tenue sonrisa.

—Tengo mi magia. El Oscuro no podrá contra mí —aseguró de nuevo.

El Rey volvió a besarla. Esta vez lo hizo con intensa desesperación. Un sentimiento que no recordaba haber experimentado jamás. Se suponía que debía ser un día feliz y terminó por convertirse en un episodio de angustia.

No dijeron nada más. Se desvistieron apresurados porque ambos necesitaban del otro. Apenas tocaron la cama unieron sus cuerpos en la forma más íntima en que dos amantes podían haberlo.

La piel de Regina se erizó poco a poco conforme la dura erección fue entrando en ella. Suspiró al tiempo que se estremeció cuando su centro se apretó sobre el miembro en su interior.

—Te amo —gimió David apoderándose de los labios de Regina una vez más, procurando enterrarse hasta lo más profundo en ella. La envolvió entre sus brazos y la Reina respondió enredándole los suyos en el cuello—. Lo eres todo para mí —susurró amoroso mientras retiraba su miembro para volver a empujarse, introduciéndose con firmeza hasta volver a alcanzar el punto más profundo que le era posible.

—También lo eres para mí —jadeó la Reina cuando David repitió la acción sintiendo cómo se deslizaba con más fácil con cada ir y venir. Su piel seguía erizándose con el delicioso vaivén de las penetraciones que eran dulces y amorosas.

Se volvieron a besar con más pasión y arrebato provocando que ambos incrementaran el ritmo. David siendo más rápido y Regina moviendo las caderas para encontrarse con él, logrando muy pronto una sincronización perfecta.

—Por favor no pares —pidió Regina con un hilo de voz porque en ese momento el Rey cambió el ángulo dando justo en ese punto que la hacía estremecer de placer cada vez que era estimulado. Se acomodó apoyándose sobre sus antebrazos.

—No pienso parar nunca —respondió a modo de promesa. Y es que no se refería al acto, sino a no detenerse jamás de amarla, protegerla y preocuparse por ella y por Charlotte. Le besó el cuello con arrebato, disfrutando de los hermosos gemidos y jadeos que Regina soltaba.

Se alzó de nuevo para poder la ver y llenarse ella. Las delicadas manos aferrando las sábanas sobre las que estaba tendida mientras hacían el amor. El hermoso cuerpo de Regina era sacudido por cada firme estocada que daba. El bello rostro contorsionado por el placer y el ardor que sentía, la vena en la frente saltada por el esfuerzo, los pezones duros, las mejillas encendidas, la apetitosa boca entreabierta y los ojos, esos preciosos ojos en los que adoraba perderse, lo miraban con deseo y entrega.

Dios… Su mente se vio nublada por el pensamiento de que había hecho algo mal en tener sexo con ella en el bosque, en haber concebido a Charlotte y traerla al mundo, en haberse enamorado de la que fuera la Reina Malvada. Apretó los ojos con fuerza mientras se concentraba en lo que hacía guiándose por los gemidos ahogados de Regina.

—Sí —dijo con voz ronca al sentir la ardiente intimidad de la Reina estrechándose alrededor de su hinchado miembro que no tardaría ya mucho en descargarse y quería hacerlo dentro de ella.

Metió con rapidez una mano entre medio de sus cuerpos. Alcanzó el erecto clítoris y besó la frente de Regina cuando ésta lanzó un grito placentero y se sacudió con fuerza bajo él.

La Reina apretó los ojos, echó la cabeza hacia atrás y gritó al venirse. La sensación era exquisita. Atacaba su cuerpo con oleadas de placer que la hacían estremecer, tensarse y apretar con excesiva fuerza el miembro en su interior por momentos que fueron haciéndose más seguidos hasta que se dejó caer sobre la cama mientras el cuerpo se le tensaba por completo. Las delicadas manos buscaron desesperada algo a qué aferrarse. Le agarraron los brazos primero, después de los hombros de donde alcanzó a sostenerse en el justo momento en que se arqueaba por completo, lanzando un fuerte grito que resonó por todo el lugar.

—Oh, mi bella esposa. —David lanzó un gemido gutural. La envolvió entre sus brazos y empezó a llenarla con su ardiente semilla. Esa misma que un año atrás había conseguido lo impensable. Gimió al oído de Regina mientras ella le envolvía con las esbeltas piernas por la gruesa cintura.

La Reina soltó un largo suspiro cuando todo cesó, experimentando la dicha post orgásmica y fue entonces cuando él sollozó y se sacudió entre sus brazos. La preocupación la asaltó de pronto. Buscó el apuesto rostro con sus manos para obligarlo a mirarla.

—David… —se conmovió al verlo afectado y se le hizo un nudo en la garganta. Acababan de hacer el amor así que no entendía qué sucedía.

—Tengo miedo. Miedo de perderlas. De que todo esto esté mal. De que hayamos hecho algo malo al decidir amarnos —confesó. Relamió sus labios al verla fruncir el ceño y siguió hablando, anticipándose a que Regina tuviera la idea incorrecta—. No me arrepiento. Soy inmensamente feliz contigo y no me cabe la felicidad en el pecho cada vez que veo a Charlotte. Son mi mundo entero, pero me llena de terror pensar que algo pudiera pasarles por mi culpa.

—Nada malo va a pasarnos. Mucho menos por culpa tuya —aseguró Regina y le acarició la sudorosa frente—. Confía en mí —pidió, jalándolo hacia abajo para poderle dejar ahora un beso en la frente—. Estaremos bien.

David salió del interior de Regina para poderse acurrucar en su cálido pecho. Cerró los ojos, concentrando en escuchar el acelerado latir del corazón de su esposa.

Quizá hizo algo indebido en el bosque, pero recordaba con claridad que ambos lo desearon y que, a pesar de las circunstancias, no se sintió totalmente incorrecto. Y ahora menos que nunca pensaba que fue un error, por el contrario, ese momento entre ellos en el bosque lo cambió todo, escribiendo así un nuevo comienzo.

Regina acarició la espalda de David con una de sus manos, mordió su labio inferior, cerró los ojos e invocó su magia para hacerlo caer en un profundo sueño. Lo levitó antes de que todo el peso del masculino cuerpo le cayera encima y lo recostó a un lado de ella. Después se levantó, usó su magia para vestirse. Un elegante vestido largo y negro con zapatillas del mismo color. El cabello acomodado en un moño alto. Se acercó a la cuna para asegurarse que Charlotte siguiera durmiendo tranquila.

Inhaló profundamente e invocó su magia viéndose envuelta en una nube de humo morado que la hizo desaparecer de la habitación.


Apareció dentro de las minas, donde alguna vez ya lo había hecho en forma de un pequeño roedor, pero esta vez, lo hizo en su propia forma pues no tenía qué esconderse de nadie. Era la Reina legítima de ese lugar nuevamente.

—Oh, cielos. —La escalofriante voz del Oscuro se escuchó desde el fondo de la celda—. No esperaba tu visita… tan pronto —terminó al tiempo que se acercaba a la reja para que ella le viera—. Estas muy cambiada —dijo esbozando una fingida sonrisa que aparentaba ser inocente.

—Dime todo sobre la profecía de la que le hablaste a Snow —exigió Regina acercándose un poco más, pero no lo suficiente como para que pudiera agarrarla como la última vez.

—¿Acaso sigues siendo la Reina Malvada, querida? —preguntó con intriga y después empezó a reír como demente—. ¡No! —gritó enfurecido, arrojándose de lleno contra la reja que resonó por la cueva. La Reina retrocedió un poco por la impresión—. Tenías que lanzar la Maldición Oscura. Tenías que hacerlo. Tenías que hacerlo...

—Dime por qué tenía que lanzarla —demandó Regina con el ceño fruncido por el extrañamiento que la situación le provocaba.

Pero no obtuvo respuesta. Rumpelstiltskin siguió repitiendo la frase sin cesar y, por más que intentaba hacerlo hablar, no parecía haber forma de sacarlo del trance. No tenía idea de si era una treta o simplemente había perdido la cabeza por completo. En determinado momento, el Oscuro comenzó a gritar la frase.

—¡Majestad! —Los guardias llegaron enseguida, tan pronto como escucharon la furia del Oscuro. Hicieron una leve reverencia y con un gesto la invitaron a salir del lugar a fin de ponerla a salvo a pesar de que sabían que no lo necesitaba.

Regina no volteó. Siguió con la mirada fija en el Oscuro, tratando de ver si había alguna forma de hacerlo hablar. Rumpelstiltskin pareció adivinar su pensamiento porque por fin se detuvo, alargó una mano hacia ella y dijo:

—Te vas a arrepentir de enredarte con el príncipe y de haber traído a esa niña al mundo —sentenció con maldad y, tan pronto como terminó de decir eso, el cuello se le apretó y el aire dejó de llegar a sus pulmones.

Se quejó, intentando respirar y buscó con la mirada a Regina quien era la causante de su falta de oxígeno. Esbozó una malévola sonrisa, disfrutando al sentir que le apretaba con más fuerza, casi al punto de asfixiarlo. Debía estar verdaderamente asustada como para perder el control así.

—Majestad, deténgase —pidió uno de los guardias, preocupado porque la Reina se veía muy determinada a acabar con el Oscuro.

Regina despertó del pequeño trance en el que cayó por las provocaciones de Rumpelstiltskin. Dejó de torturarlo, dejando que el cuerpo del diablillo se estrellara con fuerza en el frío y húmedo suelo de la oscura celda.

—Mantén a mi hija fuera de tu inmunda boca —ordenó con desprecio. Y, sintiéndose segura con el hecho de que el Oscuro no podía escapar de la celda puesto que de ser posible ahí mismo lo habría hecho, se volvió hacia los guardias que la miraron algo asustados—. Ni una sola palabra de esto al Rey, ¿entendido?

—Sí, Majestad —respondieron al unísono e hicieron una debida reverencia mientras que Regina invocaba su magia para desaparecer de ese lugar.


David despertó cuando el primer rayo de sol le dio de lleno en el rostro. Lanzó un gran bostezo mientras se estiraba sintiéndose muy descansado. Recordó entonces la boda, a Snow, que hicieron el amor, que él le confesó a Regina que se sentía asustado y nada más.

Volteó hacia el lado de la cama donde la Reina dormía y se sentó de golpe al no verla ahí. Soltó el aire y cerró los ojos sintiéndose aliviado al verla sentada en la pequeña mesa, con el desayuno servido y Charlotte en brazos degustando su propio desayuno.

—¿Pasó algo? —preguntó levantándose de la cama en su gloriosa desnudes. No era común que se quedara tan profundamente dormido como para no darse cuenta que Regina se levantaba de la cama. Siempre la sentía y escuchaba a Charlotte. Ella negó como respuesta con una tenue sonrisa en los labios perfectos que en ese momento se le antojo besar.

—Te estoy esperando, querido —informó cambiando a su pedacito bello de su seno derecho al izquierdo para que siguiera comiendo.

David se puso con rapidez los pantalones, acercándose luego a ellas. Se inclinó para besar a Regina en los labios. Lo hizo despacio, sin ninguna prisa, simplemente disfrutando del bello momento. Luego descendió más para besar la cabecita de su princesa.

—¿Cómo amanecieron? —preguntó aun adormilado.

—Con mucha hambre —respondió Regina, con una divertida sonrisa de medio lado.

—Eso veo —sonrió de la misma forma pues sabía que la Reina se refería a Charlotte.

—¿Tú?

—De hecho, me he despertado muy bien —respondió extrañado mientras tomaba asiento—. Huele delicioso —dijo, pero no empezó a comer.

—Charlotte está por terminar —informó, sabiendo que el Rey no empezaría a comer sin ella. Nunca lo hacía. Era muy considerado y era algo que Regina amaba de él.

Él asintió y se quedó mirándolas, enamorado de la bella imagen que tenía enfrente y de la cual, era muy afortunado de poder presenciar. Las amaba con cada fibra de su ser y estaba convencido que haría hasta lo imposible por mantenerlas a salvo.

Unos minutos después, la bebé estaba llena. David se levantó para ser él quien la tomara y la recargara sobre su hombro para sacarle los gases. Le besó la cabecita repetidas veces mientras le daba palmaditas en la espalda y se paseaba por la habitación susurrando palabras de amor a su hijita.

—¿Qué harás hoy?

Se detuvo en seco al escuchar la pregunta de Regina. Pasó saliva y se volvió hacia ella, avanzando hasta sentarse en la mesa de nuevo, acomodando a Charlotte en su brazo izquierdo para poder usar el derecho.

—Nada. Hoy soy todo de ustedes.

Ambos rieron divertidos por el comentario y empezaron a comer.

—¿Me quedé dormido anoche?

—Ajá —respondió Regina con fingida despreocupación, disimulando estar concentrada en el desayuno cuando lo cierto era que no quería decirle que usó su magia para dormirlo y poderse ir a ver al Oscuro.

El Rey frunció el ceño. Jamás se quedaba dormido así tan de pronto después de hacer el amor. Quizá fue una reacción por el estrés y la preocupación que la visita de Snow les generó. Sin mencionar que había sido un día muy ajetreado por la boda.

—Lo siento —se disculpó al reflexionar en ese detalle—. Era nuestra noche de bodas. No se suponía que me debía quedar dormido.

—Fue perfecta —dijo Regina en cuanto tuvo oportunidad para que dejara de disculparse por algo que ni siquiera había sido culpa de él.

David asintió pensativo, recordando que lo último que escuchó fue que Regina le pidió que confiara en ella, asegurando que todo estaría bien. Volteó a ver a su bebé que balbuceaba y movía los bracitos, juntando de pronto las pequeñas manos que terminaron en su boquita haciéndolo soltar una pequeña risa. Alzó la mirada para ver a su esposa.

—Recuerdo lo de anoche y quiero que sepas que sí. Confío en ti.

Regina esbozó una bellísima sonrisa que hizo suspirar a David de puro amor. Casi de inmediato la Reina cambió su expresión por una seria, concentrada y pensativa.

—David, prométeme que no harás nada sin consultarme.

—¿Algo como qué? —frunció el ceño.

—Como buscar a la polilla.

El Rey se sorprendió porque sí, la idea de acudir a Azul rondaba su cabeza. Estaba seguro que ella debía tener respuestas a esas preguntas que los preocupaba. Miró fijo a su esposa que se veía ansiosa por escuchar esa promesa. Tal vez podría convencerla, pero de momento no quería mortificarla por lo que decidió acceder.

—Está bien —fue su respuesta porque no podía hacer la promesa.

Regina asintió aliviada. Se levantó de su asiento, lo tomó del rostro con las manos y lo besó hasta que quedaron sin aliento.


Poco después de que la noche cayó, Regina, luego de meditar mucho el tema, decidió dejar a Charlotte con Granny y Ruby de nuevo. El primer pensamiento que le cruzó por la mente luego de lo que Snow les dijo, fue no volver a separarse de su hija para asegurarse que nada malo le sucediera. Había sido un pensamiento arrebatado e irracional, pero dadas las circunstancias, nadie podía juzgarla.

Sin embargo, esa preocupación se desvaneció al constatar con sus propios ojos que Rumpelstiltskin seguía encerrado y que, tan no podía escapar, que tuvo la oportunidad de acabar con él y este no se pudo defender. Y aunque no se atrevería jamás a hacer algo así por las implicaciones no podía negar que la idea cruzó por su mente cuando el Oscuro se atrevió a nombrar a su hija.

—La llevaré con ustedes tan pronto le de hambre —aseguró Granny al recibir a la pequeñita que pareció alegre de verla. De inmediato le hizo cariñitos y gestos graciosos que llamaron la atención de la bebé.

—Gracias. —Regina acomodó la manta en la que Charlotte estaba envuelta para arroparla un poco. Después le dejó un beso en la cabecita—. Ruby —llamó a la joven lobo que adoptó una actitud atenta al escuchar su nombre—. Prométeme que cualquier cosa que suceda mantendrás a Charlotte a salvo y me buscarás lo más pronto posible.

—Cuenta con ello —asintió, reafirmando con ello sus palabras. Desde el incidente de Granny se sentía fiel a la Reina y se había prometido a sí misma cuidar de Charlotte con su vida.

Regina hizo un gesto de agradecimiento con la cabeza y después avanzó con elegancia hacia la salida. Abrió la puerta y la cerró tras ella encontrándose con David de ese lado.

—Tenemos solo un par de horas —sonrió divertida.

Él Rey se acercó a ella con porte seductivo. La agarró por la estrecha cintura y la pegó a él. Rozó con su nariz la de Regina un par de veces, jugando a provocarla. Colocó sus labios justo sobre los de ella y aguardó hasta que abrió los ojos, fijando la hermosa mirada en él.

—Horas que emplearé en compensarte por quedarme dormido en nuestra noche de bodas, Majestad —prometió sugestivo.

Se apoderó de los tersos labios e irrumpió en la tibia boca que lo recibió sin restricciones. Masajeó cada rincón con su lengua, sincronizando movimientos con la de ella. La Reina gimió en su boca cuando le agarró las nalgas que luego apretó a su antojo.

—Haz que valga la pena, encantador —demandó Regina, jadeante, ansiosa y muy, muy caliente.

David asintió, la tomó de una mano y la llevó con él. Recorrieron los pasillos del castillo entre risas, manos traviesas, besos candentes y palabras atrevidas que no hacían más que llenarlos de ganas y deseo.

Terminaron en el jardín que solía ser la habitación de Leopold. Regina se sorprendió de que David la llevara hasta ahí y de incluso ver que, en el fondo del lugar, hacia donde se dirigían, había mantas tendidas en el suelo.

Se detuvieron al pie del sitio que claramente el Rey había elegido para esa noche que acordaron darse.

—¿Aquí? —preguntó Regina riendo por la ironía. Lo cierto era que ella también deseaba hacerlo ahí por simple placer, pero nunca pensó que él tuviera la misma idea.

—Sí —respondió David. La agarró de la cintura con una mano, la pegó a él y con la otra le tomó el bello rostro para besarla con pasión—. Aquí —susurró contra los tersos labios que sonrieron.

Volvieron a besarse. Las manos del Rey no tardaron en empezar a desvestir a su esposa. Dejaron de besarse y se miraron a los ojos mientras que él se tomaba el tiempo de deslizar con lentitud el elegante vestido por el bello cuerpo hasta quedar tendido a los pies de la Reina.

El fresco aire de la noche hizo que la piel de Regina se erizara al rozarla y que su largo y ondulado cabello danzara ligeramente.

Escuchó a David inhalar profundo, con excitación pura al verla y darse cuenta que no llevaba ropa interior. Intentó agarrarla, pero ella se hizo hacia atrás y le tomó de los brazos.

—Espera —sonrió divertida al ver lo ansioso que estaba.

Los azules ojos se posaron en los de ella reflejando la urgente necesidad que David tenía.

—Sé paciente, encantador —dijo seductora, posando sus manos contra el amplio pecho donde se recargó para alzarse de puntas y darle un prometedor beso en los labios—. No —dijo riendo, al sentir las manos del Rey acariciando su trasero.

—Estoy… —pasó saliva—. No me tortures así —suplicó y ella, su bella esposa, solo sonrío engreída, poderosa, hermosa como la Reina que era.

—Te amo —suspiró enamorada y él, cerró los ojos esbozando una encantadora sonrisa. Le besó despacio mientras lo despojaba de la ropa que llevaba.

A pesar de sentirse muy necesitado, David decidió dejar que Regina hiciera lo que quisiera con él. Estaban contra el tiempo, pero nada les impedía un poco de juego previo.

—Joder —gimió ahogado y apretó los ojos cuando Regina apresó su miembro con una de sus delicadas manos tan pronto estuvo desnudo.

—Estás muy duro —habló contra la piel del cuello de su esposo mientras masajeaba la erección—. No puedo esperar a tenerlo dentro.

Sin previo aviso, las grandes manos la agarraron de las nalgas con firmeza y la alzaron. Regina enredó sus piernas alrededor de la gruesa cintura y los brazos al cuello para no caer.

—¿Qué haces? —preguntó emocionada con la frente pegada a la de él. El pulsante y caliente miembro entre sus cuerpos, contra su estómago, era suficiente para que esa extraña sensación se concentrara en su vientre reclamando por la liberación.

—Hacer que valga la pena.

David la aferró muy bien de los muslos, se arrodilló sobre la manta y después la recostó. Se besaron otra vez, moviendo sus cuerpos para crear una erótica fricción que encantó a los dos.

Fue él quien rompió el contacto, alzándose para hincarse en medio de las esbeltas piernas que agarró por los muslos y empujó hacia arriba para abrirla más. Se inclinó hasta que tuvo el caliente sexo frente su rostro y el cual observó con detenimiento.

—Tan mojada, Majestad. Y ni siquiera te he tocado —dijo y, sin esperar respuesta, sopló sobre la intimidad de su esposa. Sonrió al escuchar el gemido sorpresivo y verla estremecer.

Dio una larga lamida que la hizo inhalar entrecortadamente. Repitió la acción, procurando que los hermosos pliegues se abrieran por completo ante él.

—Tu sexo es tan hermoso —murmuró tragando luego la saliva que se acumuló en su boca la cual posó de lleno ahí, sacó la lengua y empezó a trabajar.

—Mmmnhh —gimió Regina al sentir la lengua estimulando con ímpetu su sexo. Acariciando por fuera, por los bordes de su entrada que de pronto penetraba.

Su vientre se contrajo con fuerza al pensar que ahora estaba haciendo el amor con su esposo, su amor verdadero, el padre de la pequeñita que pensó que jamás tendría.

Jadeó pesado cuando el Rey gimió contra su sexo, creando placenteras vibraciones que la acercaban más y más al clímax. Se retorció y emitió un gemido desde la garganta cuando acarició su clítoris. Cerró los labios sobre el mismo, chupó con fuerza y mordisqueó con cuidado. Luego regresó a penetrarla con la lengua.

Cerró los ojos, mordiendo su labio inferior, disfrutando del trabajo que su esposo hacía cuando de pronto, el muy maldito dejó su sexo, dedicándose ahora a repartir besos húmedos y pronunciados desde ese punto hacia arriba, por su estómago, torso hasta llegar a sus sensibles senos.

Envolvió con su boca uno de sus pezones al tiempo que usaba una mano para tocar su sexo. Oh, Dios… el placer que la doble estimulación le causó fue casi delirante por lo que sus caderas cobraron vida, creando más fricción con su intimidad y los dedos que rodeaban su clítoris y lo presionaban haciéndola jadear.

—Oh, sí —gimió apenas Regina, cerrando los ojos cuando David cambió de pezón e introdujo un dedo en su intimidad. Lo metió y sacó un par de veces.

Agregó otro e hizo movimientos de tijera dentro de ella. Los rosados labios subieron por su clavícula, pasearon por su cuello hasta llegar a su mentón que mordisqueó con cariño.

—Te amo tanto —susurró excitado por los preciosos gemidos y la erótica expresión de placer que tenía su esposa.

—Hazme venir —exigió con voz ardorosa—. Joder, joder… —apretó ojos y gimió con dificultad porque David presionó el pulgar sobre su clítoris sin dejar de estimular con precisión su interior. Fue cuando lo sintió: había llegado al punto de no retorno —. Oh, Dios… oh, Dios… ¡Aaaah!

—Eso es —elogió al verla tensa y temblorosa. Siguió estimulándola durante el orgasmo con la mirada fija en ella. Llenándose de placer al verla en medio del clímax.

Lo agarró del rostro y lo jaló para besarlo apasionadamente. David sacó sus dedos y Regina alzó las caderas, buscando contacto con la entrepierna de su esposo.

—Te necesito dentro, encantador —jadeó pesado, volvió a besarlo, segura que él no podría más y la penetraría de una vez.

Grande fue su sorpresa cuando David la giró, dejándola contra la manta. Le alzó las caderas, Regina de inmediato se apoyó en las rodillas y manos colocándose en cuatro. Posición que no mantuvo casi nada porque el Rey le agarró las nalgas y volvió a atacar su intimidad con la boca por lo que dejó caer su torso sobre la manta. Y gimió, oh, por supuesto que lo hizo.

—Dios, no puedo dejar de saborearte —dijo con voz apasionada y siguió degustando la evidencia del orgasmo de Regina.

Bebió todo lo que encontró. Después subió, mordisqueando cada nalga y recorrió la espalda con tiernos besos que erizaban la piel que acariciaba. Se colocó sobre ella, con su miembro descansando entre las bellas nalgas. Enredó los brazos en la estrecha cintura y, al tiempo que movía las caderas, le besó la nuca con descaro haciéndola estremecer.

Regina podía sentir lo caliente, palpitante y pesado que estaba el miembro de David, haciendo que la necesidad de tenerlo dentro se volviera vital en ese momento.

Se alzó, el Rey le ayudó a levantarse hasta que ambos quedaron en sus rodillas. Regina llevó una mano hacia atrás para tomar a David de la nuca, giró su rostro y lo besó mientras movía las caderas porque ahora el miembro estaba acomodado bajo su sexo que volvía a reclamar por atención.

La mano libre la llevó hasta la dura erección que ella misma empujó contra su sexo que siguió restregando ahí.

—M-me voy a venir —gimió necesitado el Rey sin dejar de jalar del vientre a Regina contra él, buscando más de esa maravillosa estimulación que lo tenía a punto de venirse.

La Reina entonces se dio la vuelta, lo empujó del pecho, indicándole que se recostara. Se trepó sobre él cuando estuvo tendido. Se inclinó hasta alcanzar los rosados labios que besó mientras tomaba el miembro, alzaba las caderas y colocaba la punta contra su entrada.

Empezó a bajar, permitiendo que la gruesa erección la penetrara. David la agarró de la cintura por reflejo. Descendió poco a poco, disfrutando de sentir como su interior se ensanchaba alrededor de él.

—Amo sentirte dentro de mí —dijo con la nariz enterrada en la mejilla del Rey que gemía y jadeaba pesado, necesitado y muy, muy excitado.

Regina se alzó, se apoyó con las manos en el estómago de David, comenzando a subir y bajar por la gruesa longitud que en esa posición lograba llegar más profundo en ella.

A pesar de que esa noche no había luna, Regina se veía bellísima mientras lo montaba bajo el manto de estrellas que los cubría como único testigo de su amor en ese momento.

La Reina echó la cabeza hacia atrás mientras movía con más ímpetu las caderas. El Rey la agarró de las muñecas, intentando aguantar, aunque fuera un poco más, pero le estaba resultando imposible por lo placentero que se sentía y estaba ya muy cerca del orgasmo.

La jaló hacia él, dejándola recostada contra su pecho, la apresó entre sus brazos, se apoyó en los pies y movió las caderas con rapidez y fuerza.

—Voy a venirme —dijo con esfuerzo contra el cuello de Regina que había alzado la cabeza.

—Sí… Lo quiero dentro —gimió con sensualidad—. Vente dentro de mí. ¡Lléname de ti David, por favor! —gritó porque la excitación la sobrepasó.

El Rey empezó a eyacular gimiendo guturalmente. Se empujó lo más dentro que le fue posible mientras que Regina llegaba también, estrechando su miembro con fuerza, una y otra vez, ayudándolo a descargar su semilla por completo, hasta que no hubo más.

Se quedaron abrazados intentando regular la respiración. Los dedos de David acariciaban la espalda de Regina mientras ella soltaba un largo suspiro acomodada en su pecho.

—¿Logré complacerla, Majestad? —preguntó juguetón y rio divertido cuando ella repartió tiernos besos en su pecho. Después se movió, haciendo que su erección abandonara la tibia intimidad. Se recostó a su lado y él volteó a verla.

—Sí —respondió sonriente. David la besó con puro amor y ella respondió del mismo modo.

—No quiero que esta noche termine —susurró con ojos cerrados, rozando con su nariz la de ella en un gesto cariñoso.

—Tendremos muchas más —dijo ella acariciando los rubios cabellos.

Hubo otro corto tiempo de absoluto silencio, donde las palabras no eran necesarias pues se decían todo con los besos y caricias que se daban.

—Gracias, David —susurró Regina de pronto. Abrió los ojos encontrándose con la mirada azul fija en ella—. Siempre soñé con vivir una vida feliz, rodeada de amor, cariño y compresión. Es lo que más deseo para Charlotte y es por eso que no dudé en casarme contigo. Te elegiría a ti. —Lo besó en los labios—. Una —le dio otro beso—, y mil veces.

—Te amo, Regina.

—Tengo algo para ti —dijo ella sonriendo y mordió su labio inferior.

—¿Qué es? —preguntó David y ella lo urgió a sentarse.

—Cierra los ojos —pidió. Él lo hizo —Extiende tus manos —se las tomó para colocarlas como las necesitaba: listas para recibir algo. Invocó su magia y colocó la sorpresa en las manos de su esposo. Aguardó emocionada por la reacción.

David abrió los ojos en cuanto sintió que le daba algo y, en cuanto vio lo que era, alzó la mirada sorprendida mirando el bello rostro de su esposa que sonreía.

—Regina…

—Fue necesario un pequeño hechizo para rescatarlo —explicó, viendo como David observaba fascinado el amuleto de su madre.

—Dame tu mano —pidió extendiendo la suya.

La Reina estrechó los ojos. No creía que un simple amuleto pudiera predecir absolutamente nada, pero era algo significativo para él y no se podía negar. Le dio la mano mostrando su palma y David colocó el amuleto encima.

Vio ansioso cómo empezaba a moverse, recordando la forma en que lo hizo aquella vez, tomando en cuenta que, según lo dicho por la princesa, habrían tenido una hija.

Frunció el ceño cuando el amuleto se movió en círculos perfectos.

—¿Y bien? —preguntó algo impaciente.

—Se supone que si se mueve de norte a sur será niño, si lo hace de este a oeste, niña. Pero no sabemos de los círculos —comentó pensativo.

—Tal vez sea el clima. Podemos intentarlo mañana —ofreció.

—O tal vez pueda significar que tendremos muchos hijos —sonrió divertido al ver la expresión de Regina. La agarró de la mano y la jaló hacia él. Le plantó un sutil beso—. Niñas y niños corriendo de aquí para allá por todo el castillo, llenando nuestras vidas de risas y mucho, mucho amor.

Regina lo besó de nuevo cuando terminó.

—En algún tiempo de mi vida fue mi mayor sueño. Tener muchos hijos con mi amor verdadero —confesó con algo de vulnerabilidad y él asintió comprensivo.

—Es un sueño hermoso que podemos cumplir.

Ella asintió y se refugió en los brazos de David que la rodearon con amor.

—También puede significar que tendremos gemelos —bromeó, aunque no era algo descabellado, sino algo muy posible dado que él era gemelo.

La expresión con la que su esposa lo miró lo hizo reír a carcajadas y recibir un pequeño empujón.


Al día siguiente David se despidió muy temprano de Regina y de Charlotte ya que debía asistir a algunas diligencias en las aldeas cercanas.

—Volveré al anochecer —prometió a su esposa e hija que lo vieron partir.

—Tú y yo vamos a pasear un rato pedacito bello —dijo a su bebé mientras la llevaba al jardín para que le diera el sol como Granny se lo recomendó.

La lobo mayor, como casi siempre, la ayudó mientras trabajaba en los asuntos reales y llamó su atención que Ruby no apareciera por ningún lado.

—¿Dónde está tu nieta?

—Salió. Conoció a alguien, un tal Graham que vive con lobos y ofreció mostrárselos. Ya sabes, cosas de lobos —le contó.

—Graham… —murmuró pensativa el nombre del cazador.

—Uff, alguien necesita cambio de pañal —se puso de pie con la bebé en brazos—. Volvemos enseguida —dijo saliendo del salón.

La mente de Regina se vio asaltada por la duda.


—Granny —David interceptó a la vieja lobo que salía de la habitación con Charlotte en brazos.

—Regresaste mucho más temprano —dijo sonriente mientras mecía a la bebé.

—Lo sé. Dámela —pidió y Granny la depositó con cuidado en sus brazos—. Hola, pedacito bello —saludó a su bebé—. Iré con Regina. Gracias por cuidar de Charlotte —se dio la vuelta.

—¿Te sientes bien? —preguntó la mujer mayor. La actitud del Rey le parecía sospechosa.

—Sí —respondió—. Estoy un poco afligido porque visité la tumba de mi madre —explicó, aunque era mentira.

—Oh, lo siento tanto.

—Gracias —se dio la vuelta y emprendió camino.

Sentía su cuerpo apoderado por esa misma angustia que conoció hacía apenas dos días. Abandonó el Castillo por una de las puertas de servicio. Se subió al caballo con ayuda de un confundido guardia y urgió a su corcel a salir a todo galope hacia el bosque.


Rato después, Regina salió del salón en búsqueda de Granny. Le pareció que se estaba tardando demasiado para un cambio de pañal. Llegó a su habitación encontrándola vacía por lo que se dirigió hacia la de las lobo. Entró sin anunciarse, aunque sabía que era algo grosero, pero estaba preocupada.

—¿Y Charlotte? —preguntó al no ver a su hija.

—Se la di a David. Dijo que iba contigo.

—No, David no ha llegado —dijo presa de la angustia.

Salió apresurada de la habitación, recorrió los pasillos interrogando a todo caballero y doncella que veía, hasta que hubo uno que contó haberlo visto llegar, ayudarlo a subir de vuelta con Charlotte en brazos e irse.

—¡¿De qué demonios me estás hablando?! —preguntó furiosa, no queriendo creer lo evidente, que algo muy malo sucedía.

—¡Regina! —Snow llegó galopando y casi cae del caballo. Se bajó con torpeza y se echó al suelo a llorar desconsolada.

—Habla —pidió a punto de perder el control—. ¡Dime o te arrancare el corazón, Snow White!

—¡Lo mató! ¡Está muerto! ¡MUERTO!

Regina sintió que el corazón se le detenía.


~ Horas antes ~

David llegó a la mina. Dejó su caballo e ingresó con sigilo guiado por los guardias que lo llevaron hasta lo más profundo donde estaba la celda del Oscuro.

—Hola, principito —se burló.

—Soy el Rey —aclaró.

—Seguro, seguro. Su Majestad. —Hizo una reverencia con gracia.

—Déjenos solos. Esperen por mi afuera de la mina —ordenó a los guardias y aguardó hasta que se retiraron por completo—. Háblame sobre la hija que iba a tener con Snow, por qué iba a ser la salvadora, qué significa eso para mi hija y para mi esposa, Regina.

—Rrrrregina.

—Sí, ella. Dime —exigió.

—La Salvadora… iba a salvarnos a todos de la Maldición Oscura que iba a lanzar la Reina Malvada. Algo que no hizo porque un día decidió follar contigo —rio burlesco—. Y trajo al mundo una niña que nunca debió nacer —siseó entre dientes.

David sacó su espada y la apuntó contra Rumpelstiltskin que emitió una singular risa como de gozo.

—No te metas con mi hija. Ni con Regina —advirtió convenciéndose que fue una pésima idea ir a buscarlo. Estaba desquiciado, seguramente por el encierro y la falta de magia—. Vas a pasar el resto de la eternidad detrás de estas rejas. Incapaz de seguir haciendo daño.

Se dio la vuelta, empezando a caminar hacia la salida, pensando que no tenía nada que temer puesto que el Oscuro estaba encerrado.

De pronto, escuchó un murmullo que lo hizo detenerse. Parecía algo que se repetía una y otra vez. Siguió andando, seguro que era Rumpelstiltskin, divagando.

Y entonces, lo escuchó más claro.

—Emma, Emma, Emma —repetía incesante el nombre de la supuesta salvadora.

En determinado momento escuchó el nombre demasiado cerca. David giró de imprevisto con la espada empuñada encontrándose con el Oscuro de frente.