Gracias a todos por leer, especialmente a los que me han dejado comentarios y reviews, y también a quienes han dejado estrellitas, kudos y likes. Me hace saber que hay quienes siguen la historia y están interesados en ella jeje.
Lamento la larga espera. Hay situaciones fuera de mis manos que en estos momentos no me permiten avanzar en las historias como normalmente lo hago. Sepan que ninguna de las historias activas quedará sin su respectivo final. No importa que me tarde una eternidad jaja.
Espero que el capítulo les guste y creo que es importante decir que estamos ya cerca del final de este fic.
La conmoción dejó a Regina paralizada. Era casi como si el frío le calara los huesos sin permitirle el movimiento. Había gritos, sollozos, palabras de desespero y angustia, pero ella parecía no estar presente o al menos, no se sentía ahí. Su mente en blanco, nublada por el aturdimiento, como si todo hubiese sido borrado y no existiera nada más que el vacío sin fin que la invitaba hacia la conocida oscuridad. Esa de donde era casi imposible salir.
El trance terminó tan pronto como asimiló lo que Snow decía con torpeza entre llantos:
—Era mi verdadero amor —se soltó a llorar con un dolor tan profundo que le llegaba hasta al alma, dándole la sensación de ser algo insoportable, reafirmando el pensamiento de que sería imposible vivir así.
—¿Quién lo hizo? —demandó Regina con brusquedad. El sufrimiento de Snow no la conmovía. La historia entre ellas y la urgencia por encontrar a su esposo e hija la mantenía impasible. No se podía quebrar.
—El Oscuro —respondió Snow con atropello al no ser capaz de controlar el llanto que la sacudía con violencia.
La Reina, al confirmar sus sospechas, no esperó más. Desapareció en una nube de magia, alcanzando a escuchar que Granny la llamaba angustiada.
Apareció a las puertas del Castillo del Oscuro. Fueron años bajo la tutela de ese diablillo que le permitieron conocerlo tan bien que sabía era ese el lugar donde la esperaba. Oh, porque desde luego que debía estarla esperando. Usó magia para abrir y entró, dispuesta a todo con tal de recuperar a su esposo e hija.
—¿Dónde están? —preguntó tan pronto como llegó al salón principal donde se encontraba Rumpelstiltskin, como siempre, en una rueca, convirtiendo la paja en oro.
—Hola, querida —saludó con un dejo de burla, confiado en que tenía el control de la situación.
—¡No te estoy pidiendo una estúpida charla! ¡Devuélveme a mi hija y a David! —exigió furiosa.
Invocó una bola de fuego que le arrojó sin miramiento. El Oscuro desapareció justo antes de ser impactado.
La ira recorría cada parte del cuerpo de Regina que miraba incesantemente a su alrededor en espera de una nueva oportunidad para atacar con otra bola de fuego en la mano. La arrojó tan pronto como Rumpelstiltskin hizo su no tan sorpresiva aparición. Era algo que la Reina esperaba que sucediera.
Un par de veces más de ese juego el Oscuro contraatacó, intentando frenar a Regina que atacaba sin tregua. Jamás la había visto tan firme, decidida y agresiva, ni siquiera cuando aceptó aprender magia oscura de su mano. Había algo nuevo y diferente en ella contra lo que no podía luchar, y sabía perfectamente lo que era: Amor. Y no uno cualquiera, sino amor verdadero.
Siseó de dolor al ser alcanzado por la magia de Regina y apenas en ese momento se dio cuenta de lo distraído que estuvo debido a sus pensamientos. Sostuvo su brazo intentando mitigar el agudo dolor.
—Si sigues así no volverás a ver a tu hija —amenazó entre dientes, con mirada fría y retadora.
Tuvo que desaparecer al instante porque, por respuesta, Regina lanzó otra bola de fuego que iba directo a su rostro. Harto de la situación, invocó las ramas doradas del tapiz que adoraban las paredes e intentó usarlas para sujetarla, algo que fue inútil pues ella, acostumbrada a ese tipo de situaciones gracias a su madre, ni siquiera se dejó intimidar.
Rumpelstiltskin desapareció de nuevo. La Reina esperaba por él, lista para vencerlo de una vez por todas. Lo sintió aparecer tras ella y, antes de tener la oportunidad de reaccionar, escuchó:
—Dulces sueños.
Todo se volvió negro.
Una mano acariciando su cabello fue lo que poco a poco la despertó del profundo sueño en el que estuvo sumergida. De inmediato entró en estado de alerta a pesar de la somnolencia que la aquejaba. Tenía la cabeza apoyada en las piernas de esa persona. Alzó un brazo intentando ahuyentar la mano, parpadeó un par de veces intentando enfocar, hasta que lo consiguió.
—David —dijo su nombre en voz baja en cuanto lo distinguió y por un momento sintió que el alma le volvía al cuerpo.
Se incorporó arrojándose a los brazos de su esposo que no dudó en envolverla en un abrazo lleno de desesperación y sufrimiento. Regina pasó saliva tratando de deshacerse del nudo en la garganta que se formó por la angustia. Sin esperar nada colocó la mano derecha sobre el pecho de David y confirmó sus sospechas. Buscó la azul mirada que la veía de vuelta con arrepentimiento. Él asintió y el apuesto rostro se llenó de profundo dolor.
David no tenía su corazón y esa era la respuesta a todas las preguntas de Regina. Excepto a una que él respondió sin necesidad de que hiciera.
—Charlotte está bien —informó como el Oscuro le indicó hacerlo.
—¿Dónde está? —preguntó en alerta de nuevo al ser consciente del lugar donde se encontraban.
Era una celda fría y poco acogedora. Se puso de pie e invocó su magia con la intención de derribar la puerta. Sin embargo, nada sucedió. Miró sus manos preocupada.
—Es inútil —dijo el Rey—. Tu magia no funciona aquí.
—No —sonrió con amargura, negándose a aceptar ese hecho que era más que evidente. Lo intentó de nuevo obteniendo el mismo resultado.
—Regina.
—Debe haber una forma de salir —insistió acercándose a la puerta. Sabía, por obvias razones, que él no había hecho ni el más mínimo intento.
—Regina, escúchame —pidió y la vio tensarse. Estaba de espaldas a él, pero fue notorio el cambio en ella. Si tuviera su corazón en el pecho este se le habría apretado. Dolía verla así, saber lo que sucedía y no poder hacer nada. Lo peor era que, en esas circunstancias, maldecir a Rumpelstiltskin hasta el cansancio no servía de mucho.
La Reina apretó los puños a sus costados. Moría de rabia pues sabía bien que lo que escucharía a continuación serían palabras del Oscuro y no de David.
—Él te devolverá a Charlotte y a mí, intactos, si haces lo que necesita.
—¿Qué quiere? —preguntó tajante, girando la cabeza sobre su hombro para mirar a David que seguía de pie tras ella a unos cuantos pasos.
—Ir a la tierra sin magia. —Regina soltó una pequeña risa irónica.
—Eso no será posible.
—De no hacerlo Charlotte cumplirá con aquello a lo que estabas destinada.
Ante la mención de su hija Regina se giró, caminando hacia David con porte amenazante y ojos anegados de lágrimas. Miró a su esposo con coraje, injustamente. Sabía que él no tenía la culpa, que no eran sus palabras, que era Rumpelstiltskin el causante de ese sufrimiento. No aguantó el sentimiento de impotencia y se abrazó a él que correspondió una vez más.
—¿Por qué tenías que ir con él? —preguntó reclamando, aferrando con fuerza en sus manos la camisa de David.
No importaba que no tuviera su corazón, David sentía con fuerza su amor por Regina. También estaba angustiado, preocupado y furioso, pero no le era posible expresarlo pues el maldito Oscuro lo controlaba.
—Lo siento tanto —dijo él, aferrándola más entre sus brazos, dejándole un amoroso beso en la coronilla. Decirle que estaba arrepentido sería poco. Jamás imaginó que eso podría ocurrir. Sin embargo, ya no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Sufría pensando que Regina tendría que enfrentar sola la situación.
—Te juro que encontraré la forma de sacarlos de aquí —prometió, separándose un poco de él para tomarlo del rostro con ambas manos y besarlo. Él le acarició la espalda con dulzura y después la aferró por la cintura.
—Sé que no tengo mi corazón, pero lo que siento por ti sigue intacto dentro de mí. Daría la vida por ti sin dudarlo. Te amo.
—También te amo.
Volvieron a fundirse en un beso prometedor y lleno de esperanza. Cuando les hizo falta el aire se separaron y juntaron sus frentes cerrando los ojos.
—Pero nadie tiene por qué sacrificarse. Voy a recuperarlos —prometió Regina con firmeza.
—Por favor ten cuidado —susurró el Rey, alzando el rostro para depositar un beso largo en la frente de Regina quien asintió. Se separó con lentitud de David que buscó su mano izquierda con una de él, negándose a soltarla y dejarla ir.
—¡Rumpelstiltskin! —llamó Regina a su antiguo mentor. No quería dejarlo, pero necesitaba saber de Charlotte. Necesitaba respuestas que solo el Oscuro podía brindarle y se negaba a que siguiera siendo a través de David.
La puerta se abrió al instante y la Reina, sintiendo un profundo dolor, soltó la mano de David a pesar de no querer hacerlo. Había algo de temor por no volver a verlo, pero no podía quedarse ahí. Necesitaba llegar a Charlotte. Dio la vuelta, caminando decidida hacia la puerta. En cuanto la cruzó sintió su magia volver. Se giró mirando a su esposo que asentía con los ojos llenos de lágrimas.
Regina invocó su magia usando ambas manos y arrojó las bolas de fuego contra la entrada, tratando de derribar el hechizo que claramente había, pero no lo consiguió. Lo intentó de nuevo, escuchando a su esposo pedirle que parara repetidamente.
—Estaré bien —aseguró, acercándose a la puerta.
—Volveré por ti —prometió una vez más.
Dio vuelta marchándose y, a pesar de que le dolía el corazón por tener que dejarlo, no volvió a mirar atrás, sabiendo que si lo hacía le sería aún más difícil irse sin él.
Después de recorrer innumerables pasillos oscuros del Castillo, Regina entró de nuevo al salón principal encontrándose con una escena inesperada: el Oscuro sostenía a su hijita en brazos. Por un momento se paralizó por la impresión.
—Ah, ah, Majestad —chasqueó los dientes al verla invocar una bola de fuego. Volvió el rostro hacia ella y le sonrió con maldad mientras aferraba a la pequeñita.
—Devuélvemela —exigió Regina, ignorando el escalofrío que le recorrió el cuerpo al verlo esbozar una sonrisa retorcida que se convirtió en una risa maniática que la dejó helada. Temía por la vida de Charlotte.
—Oh, querida. La tendrás de vuelta —aseguró con fingida empatía, meciendo a la bebé que comenzaba a inquietarse al escuchar la voz de su madre—. Tan pronto como aceptes hacer un trato conmigo.
—Nunca —aseguró a pesar del miedo que amenazaba con hacerla cometer un error. Era aterrorizante ver a su pequeña en brazos de ese monstruo.
Impulsada por la angustia se fue sobre Rumpelstiltskin quien soltó una carcajada burlesca antes de desaparecer. Regina, con la visión un tanto borrosa por las lágrimas, vio como a su alrededor se levantaban innumerables espejos donde se podía ver a Belle, con Charlotte en brazos, en cada uno de ellos.
Se fue contra el primer espejo donde vio a su hija, intentando traspasarlo como si fuese un portal. Probó varias veces con espejos distintos hasta que, presa de la desesperación por no poder llegar hasta Charlotte, lanzó un grito de rabia mientras un halo de magia blanca salía expulsada con gran velocidad hacia los espejos que cayeron en millones de pedazos revelando en un punto del salón a Belle y a la bebé que lloraba asustada por el estruendo. La doncella la miró entre asustada y molesta.
—¡Charlotte! —exclamó Regina con preocupación, apresurándose hacia ellas.
Alcanzó a dar un par de pasos cayendo de pronto en un abismo profundo que parecía no tener fin.
Cayó y rodó un par de veces en el húmedo suelo del bosque. Se puso de pie con rapidez adoptando una posición de ataque, segura que en cualquier momento Rumpelstiltskin aparecería.
Notó al instante que se encontraba en el Bosque Infinito. Lo conocía bien gracias al mismo Oscuro que desarrolló la costumbre de enviarla ahí cuando fallaba en sus lecciones de magia. Era uno de sus tantos castigos. Así que, sabiendo bien lo que tenía qué hacer, recorrió un tramo del bosque lleno de conocidos pinos, arbustos, flores y césped que, a pesar de ser naturaleza pura, se veían lúgubres y tenebrosos ya que, en realidad, no llevaban a ningún lado.
Un pergamino apareció frente a ella de pronto provocando que se detuviera en seco. Rumpelstiltskin apareció después, sosteniendo el flotante papel y extendiendo una pluma con la otra mano hacia ella.
—Hagamos un trato, Regina. Tú firmas, lanzas la maldición con el corazón de David y te regreso a tu hija —ofreció con voz áspera, regodeándose en sus propias palabras al ver la angustia y la rabia reflejadas en los ojos de su antigua alumna.
—Dijiste que los tendría de vuelta. A los dos —le reprochó con coraje.
—Lo siento, querida. A veces es necesario un sacrificio para obtener un poco de felicidad.
—Eres un maldito monstruo.
—¡Igual que tú! ¿O acaso ya olvidaste que ibas a usar el corazón de tu padre para lograr tu venganza?
—¡No puedo matar a David! —reviró al borde del llanto al sentirse entre la espada y la pared, acorralada y presionada a tomar una difícil decisión.
—Por supuesto que puedes. Si quieres volver a ver a tu hija, lo harás.
Regina empezó otro duelo de magia contra Rumpelstiltskin. Muy en el fondo sabía que esa lucha era inútil, pero tenía que intentarlo. No había forma de vencerlo más que matándolo y era algo que jamás se atrevería a hacer. Se quejó de dolor al impactar de espaldas contra un tronco. El fuerte golpe la dejó sin aire. Llevó una mano hasta su frente constatando que sangraba.
—Me estoy impacientando, Regina. Si no aceptas el trato tu hija crecerá en compañía de su padre. Me encargaré de convertirla en la Reina Malvada y sabes muy bien qué corazón usará para lanzar la maldición.
—Deja a mi hija fuera de esto —advirtió con dientes apretados y el otro río divertido.
—Estoy seguro que David está dispuesto a sacrificarse para que vuelvas a estar con Charlotte.
El más puro de los odios se vio reflejado en los ojos de Regina y Rumpelstiltskin pasó saliva. Era así como la necesitaba. Llena de odio y de ira, desesperanzada y sin salida. Orillada a cometer una atrocidad con tal de tener a la pequeña de vuelta.
En la mente de Regina solo existía un pensamiento: La daga. Necesitaba la maldita daga para controlarlo y terminar con eso de una vez por todas.
—No podrás encontrarla —siseó el Oscuro, sabiendo en lo que su antigua alumna pensaba. Lo podía leer en ese furioso semblante—. Acepta el trato, Regina. Ya te dije lo que sucederá si no aceptas. Y tú, te quedarás por la eternidad en este lugar. Deambulando, sabiendo que Charlotte perderá toda esperanza de ser feliz, que la empujaré una y otra vez a la maldita oscuridad hasta que ¡sacrifique a David para obtener su venganza!
Abrió los ojos enormes al sentir la ausencia de oxígeno. Regina le apretaba con excesiva fuerza por la garganta mientras lo miraba llena de ira. La mano temblando por el esfuerzo. Apenas podía enfocar y le encantaba lo que veía. Como pudo, logró esbozar una retorcida sonrisa porque no importaba cuánto apretara, era imposible matarlo. Cayó estrepitosamente al húmedo suelo y río con maldad a pesar de la tos que le aquejaba.
Regina veía a Rumpelstiltskin con impotencia. Lo vio incorporarse poco a poco hasta que quedó de pie, diciendo:
—Te dejaré para que lo pienses, querida.
—¡No! —exclamó Regina, apresurándose hacia el Oscuro que desapareció dejándola ahí. Sola y sin posibilidad de salir.
Su mente perturbada por los escenarios posibles no le permitía pensar con claridad. Eran una nube gris de pensamientos en los que, de una forma u otra, terminaba perdiendo. Caminó, alejándose de ese punto. Necesitaba aire fresco, respirar para poder pensar. Lo inaudito era que, a pesar de ser un bosque, se sentía asfixiada hasta el punto de flaquear.
Las lágrimas resbalaron por sus mejillas mientras que Regina se deslizaba hasta quedar en el suelo donde se permitió llorar. La angustia y la desesperación hacían sus estragos en ella que solo pensaba en su hija y en David. No podía creer que, después de encontrar el amor verdadero y un nuevo comienzo, estuviera de nueva cuenta en esa situación.
Matar a David le parecía inconcebible e injusto, pero no podía abandonar a Charlotte y sabía que lo que el Oscuro dijo era cierto: David se sacrificaría sin pensar con tal de que su bebé estuviera a salvo y con ella.
Volvió a ser sacudida por el llanto. No podía creer que perdió a Daniel a manos de su madre y ahora perdería a David, pero esta vez, tendría que ser ella quien acabara con él.
Ruby llegó corriendo al interior del Castillo con Graham tras ella. Él decidió acompañarla hasta ahí a pesar de que sabía que no era bien recibido. La felicidad que sentían por el día ameno que pasaron se esfumó tan pronto como notaron que algo malo sucedía.
Los rostros de todos eran de conmoción y preocupación. También estaba Snow envuelta en una manta, llorando e intentando beber una taza de té sin mucho éxito.
—¿Qué sucedió? —preguntó la joven lobo a su abuela que tenía un semblante angustiado. Algo nada habitual en ella.
—El Oscuro logró escapar. Mató a Lancelot y pensamos que tiene a David y a Charlotte en su poder —explicó.
—¿Y Regina? —preguntó angustiada al escuchar lo sucedido. Fijó su mirada en la figura desolada de Snow.
—Se fue a buscarlos —respondió, cerrando los ojos con un rictus de dolor en el rostro—-. Todo es mi culpa —se lamentó.
—No Granny. —Ruby la contradijo de inmediato.
—¡Lo es! Yo le entregué a Charlotte a David y no me di cuenta que algo malo sucedía.
La joven lobo abrazó a su abuela que soltó un par de lágrimas por el remordimiento y la angustia. Si algo le llegaba a pasar a alguno de ellos jamás se lo iba a perdonar.
—Iré a buscarlos —irrumpió Graham el emotivo momento—. Seguramente Regina necesitará ayuda.
—Iré contigo —dijo Ruby.
—Es mejor que vaya solo con mi lobo.
—Yo soy un lobo —aclaró ella, dejando al cazador sin argumento para debatir.
—Deben ir —dijo una voz apagada.
Los tres voltearon a ver a Snow que parecía ausente. Giró el rostro hacia ellos, dejándoles ver el deplorable estado en el que se encontraba.
—No hay esperanza. El Oscuro los matara a todos y nadie vendrá en nuestro auxilio —dijo con coraje al recordar que llamó desesperada a Azul y el hada no respondió.
—Ve con cuidado, mi niña.
Granny besó la mejilla de su nieta y les entregó la capa roja.
El tiempo en el Bosque Infinito era relativo. No había nada que indicara una posible hora del día. Así que Regina desconocía cuánto tiempo llevaba ahí. Llamó a Rumpelstiltskin varias veces, pero este no se mostró. Sabía que lo hacía para atormentarla más y hundirla en la desesperanza para obligarla a tomar una decisión.
Era imposible escapar del Bosque. No había otra forma. Tenía que acceder a las exigencias del Oscuro y hacer un trato con él.
—Rrrregina.
Se sobresaltó al escucharlo y volteó hacia el lugar de donde provenía la voz. Ahí estaba el maldito diablillo. Sonriente, con aire triunfador, sosteniendo el pergamino hacia ella. Invitándole a firmar. Seguro de que lo haría.
—Necesito la Maldición Oscura y el corazón de David —dijo, al momento de encararlo.
—La Maldición está de nuevo en posesión de tu querida amiga Maléfica. Y el corazón te lo daré una vez que sea lo único que necesites para lanzarla.
—Quiero el corazón de David. Ahora —demandó.
—¡No estás en posición de exigir nada, querida! Firma ahora o me iré y jamás regresaré —amenazó. Apareció la pluma en seguida de Regina. Solo necesitaba tomarla y plasmar algo de tinta en el pergamino.
Belle, con Charlotte en brazos, inhaló profundo e ingresó a la celda. David de inmediato se puso de pie, corriendo hacia ellas para tomar a la bebé entre sus brazos.
—Pedacito bello —dijo con voz quebrada. Le dio un beso en una de las rosadas mejillas y no puedo evitar sollozar al colocarla contra su pecho.
—Él no está. Vendré por ella cuando vuelva.
David asintió agradecido a la doncella.
Debía existir alguna forma. Extrañamente, Regina tenía fe y esperanza en ello a pesar de que le fastidiaba pensar así porque sentía que se parecía a Snow. Alargó la mano para tomar la pluma. Lo hizo titubeante. Tanto, que el pulso le tembló. Rumpelstiltskin acomodó el pergamino, acercando el papel un poco más a ella.
—Entonces, querida. ¿Tenemos un trato? —preguntó, impaciente y ansioso por igual.
Regina lo miró a los ojos. Bajó la mirada para leer lo que firmaría. Era mucha palabrería, pero lo importante era el compromiso: ella debía lanzar la maldición y a cambio él le entregaría a Charlotte sana y salva.
Ambos contuvieron el aliento cuando Regina acercó la pluma al amarillento papel y firmó. Al instante el pergamino se enrollo y desapareció junto con la pluma mientras Rumpelstiltskin aplaudía y reía tontamente, festejando su gran hazaña.
—Nos estaremos viendo, Regina.
Desapareció y la ilusión del bosque infinito lo hizo junto con él. La Reina supo de inmediato que se encontraba en el Bosque Encantado. No perdió tiempo y se dirigió hacia la Fortaleza Prohibida.
—Belle —llamó Rumpelstiltskin a su doncella —¡Belle! —vociferó molesto cuando no apareció.
A los pocos segundos, llegó apresurada, con la bebé en brazos que lloraba por el ajetreo.
—Cállala —ordenó.
De inmediato Belle se puso a arrullarla y cantarle una tierna canción infantil. El Oscuro vio la escena fascinado por la bella imagen, cayendo en el vago recuerdo de sí mismo con Baealfire en brazos. Era casi como si pudiera tocarlo.
Era un bello recuerdo que se veía desvanecía ante la cruel realidad. Habían pasado cerca de trescientos años sin él y poco más de doscientos esperando por Regina para poder reunirse de nuevo con su hijo.
Regina tenía que lanzar la Maldición Oscura. Era su destino. Él movió hilos incluso para que su concepción sucediera y no iba a escapar sólo porque decidió enamorarse e incluso tener a esa pequeñita.
Sí, le dijo a Regina que usaría a Charlotte solo por orillarla a lanzar la Maldición, pero lo cierto era que no podía esperar más años. Tenía que suceder ya. Era el tiempo correcto que marcaba su visión en donde era Regina, y solo ella, quien lanzaba la Maldición Oscura.
Jamás imaginó que se encontraría con esa realidad: Maléfica. Su amiga de años. La misma que la traicionó y ayudó a dejarla sin magia, tenía una pequeña que Regina miraba dentro de la cuna.
Era apenas una bebé. Un par de meses más grande que Charlotte quizá y con un cierto parecido a Maléfica en las facciones.
—Aléjate de ella —advirtió la hechicera al encontrarse con la Reina en la habitación de Lilith.
Regina volteó a verla. Maléfica golpeó el suelo con su báculo y ambas desaparecieron para aparecer a las afueras de la Fortaleza Prohibida.
—No voy a permitir que uses a mi hija o a mi unicornio para que te entregue la Maldición Oscura. No de nuevo.
—Mal, la necesito —dijo con ligera súplica. No deseaba luchar contra ella. Mucho menos caer tan bajo como para amenazarla con la seguridad de la bebé. Tal cual Rumpelstiltskin lo hacía con ella.
—No. Eres mucho más inteligente que eso, pequeña Reina.
Alzó los brazos mirando hacia el cielo mientras invocaba su magia verde, haciendo brotar ramas con espinas que fueron creciendo y creciendo hasta cubrir el lugar, protegiéndolo.
Regina fue quedando atrapada por las feroces ramas. Le fue imposible escapar. Las espinas le rasgaron las vestiduras y la piel haciéndole daño en casi todo el cuerpo. Apretó los ojos por el dolor, el coraje y la impotencia, concentrándose en la desesperación y la esperanza de recuperar a su hija.
De nueva cuenta el halo de luz salió de ella, extendiéndose con fuerza y rapidez, deshaciéndose de las espinas que la tenían enganchada y de las que aún lastimaban su piel. Cuando todo cesó, se dio cuenta que se había abierto un camino hacia Maléfica que desesperada intentaba recuperar la Maldición Oscura que se perdió al momento en que su báculo explotó.
La Reina invocó las ramas, desapareciendo las espinas y las usó para sujetar a Maléfica que gritó de impotencia al no poderse liberar.
—¡Regina no lo hagas! ¡No de nuevo! —exclamó al ver que la Reina recuperaba fácilmente el pequeño pergamino. Se sorprendió de verla usar magia blanca y ver que ella parecía no darse cuenta o no darle importancia.
—Lo lamento —se disculpó lo mejor que pudo.
—Pequeña Reina, escúchame —pidió—. No tienes que hacerlo.
Regina le sonrió con tristeza e invocó su magia para desaparecer del lugar.
El lobo del cazador aullaba sin descanso mientras corría por el Bosque Encantado seguido de Ruby en su forma de lobo con Graham siguiéndoles lo más cerca que le era posible.
Se internaron en lo más profundo del bosque, buscando el Castillo que le pertenecía a Rumpelstiltskin, seguros que ahí encontrarían a Regina, a David y a Charlotte.
Regina apareció en medio del Castillo Oscuro. Trastabilló un poco cuando empezó a caminar por los pasillos. Mientras andaba, su magia, sin necesidad de invocarla, curó sus heridas y restauró las rasgaduras que las espinas causaron en su vestimenta. Frunció el ceño extrañada, reparando en que también fue esa magia la que sin esfuerzo le entregó la Maldición Oscura.
Aun así, no se detuvo. No le dio importancia porque esa misma magia no le sirvió para vencer al Oscuro y recuperar al menos a Charlotte. Además, no tenía idea de cómo utilizarla y no tenía cabeza para pensar en ello en ese momento.
Siguió andando hasta dar con las puertas de la cripta donde se encontraba su padre. Abrió y se apresuró hacia la tumba donde se echó a llorar, soltando todo el sentimiento y la angustia que cargaba en el alma.
Apretó los ojos y los puños con fuerza, deseando con el corazón que hubiera una forma de recuperar a David y a Charlotte sin tener que perderlo a él. Rogó por una respuesta a su padre, por una señal que le mostrara el camino. Estaba tan desesperada que hizo aquello que se juró a sí misma que jamás haría:
—Azul —pronunció el nombre del hada entre sollozos.
