No supo por cuanto tiempo estuvo sonando el teléfono hasta que por fin se dio cuenta. Con un gruñido, se incorporó, sus náuseas incrementando. Era como si el cerebro se le hubiera encogido y estuviera colocándose contra el interior de su cabeza con cada leve movimiento.

Lo único que quería era que ese pitido infernal parase y dejase de clavarse en su cabeza. Sacó el celular del bolsillo trasero de su pantalón y consiguió presionar el botón tras varios intentos.

—¿Qué? —dijo, de mal humor.

—¿Deidara? ¿Dónde estás? —la voz femenina sonaba preocupada.

Entrecerró los ojos, intentando ubicarse. Aún no tenía ni idea de con quién estaba hablando. Al mirar la pantalla de su teléfono vio que era Konan, y que eran las once y dos minutos del sábado. Frente a él, Suigetsu dormía encogido en el sillón, la cabeza colgando por encima del brazo del mismo, boquiabierto y roncando como una morsa.

—Mnn... ¿Qué pasa?

—¿No recuerdas? ¡Te comprometiste a venir tres horas hoy!

Al menos el susto por la noticia consiguió despertarlo un tanto. Deidara dio un gran suspiro.

—Mierda... ¿No era la semana que viene?

—¡Era esta! Para el suplemento del periódico en el que nos anunciamos.

—Mierda, mierda, mierda...

¿Cómo pudo habérsele pasado?

—¡Deidara, necesito que vengas ya!

—No estoy en casa. Y voy aún con la ropa de anoche.

Mientras hablaba, se puso en pie y fue al baño.

—Eso da igual —le fue diciendo Konan—. El edificio estará cerrado hoy así que no tienes por qué seguir el código de vestimenta si no te viene bien. Solo ven cuanto antes, ya me contarás en otra ocasión qué hiciste anoche.

Se miró al espejo. Estaba pálido y llevaba los restos del delineador emborronado alrededor de sus ojos. Deidara se limpió con un pedazo de piel higiénico, lo cual no evitó que aún se viera como un mapache.

—¿Está Obito cabreado?

—El tampoco está aquí —contestó con repentino desdén—. Esa es la razón por la que te estoy llamando yo y no él. Si te das prisa podrás llegar antes que él y entonces no podrá decirte nada.

—Nnnnn... Hasta dentro de un rato... —dijo antes de colgar.

Bueno, ahora que se había despertado del todo el un tiempo récord era hora de irse. Ya vería como llegaba al trabajo.

—¡Deidara...! —gritó la lastimosa voz de Suigetsu desde el salón—. ¡Tráeme agua!

A pesar del malestar de la resaca, Deidara aún se sentía un poco ebrio. No debió excederse tanto.

—¡No tengo tiempo, hm! ¡Olvidé que tengo que ir al trabajo y ya voy tarde!

Aunque él también tenía sed. Pasó a la cocina y echó agua en dos vasos de tubo.

—¡Por fa, Dei! ¡Me estoy muriendo! ¡Ten piedad!

Volviendo al salón, lo dejó en la mesa a su alcance.

—No te estás muriendo, sólo tienes un poco de resaca.

Apuró el vaso en varios tragos, mientras Suigetsu se sentaba y tomaba el suyo.

—¿Cómo pudiste olvidarte de algo así?

—¡No me olvidé! ¡Me confundí de semana, eso es todo! ¡Le puede pasar a cualquiera, hm!

—Bueno, si Obito se molesta, y ten por seguro que lo va a hacer, puedes sobornarlo con un rapidito de cinco minutos en el sofá de su oficina.

Deidara lo miró de reojo, estaba de muy mal humor.

—No debí habértelo dicho.

—Qué gruñón estás esta mañana... Ya te dije que no se lo voy a decir.

—¡Y yo te dije que no busco nada!

¿Cuál era el punto con un tipo hetero?

—Hey, sólo bromeaba. Lo que necesitas es dormir más y comer algo para subirte ese ánimo. Seré bueno esta vez y no haré ningún chiste sobre comérsela a Obito.

Deidara se sonrojó, frunciendo el ceño mientras en contra de su voluntad, imaginaba esa escena.

—Pensé que estabas muriéndote, hm.

—Ya estoy mejor.

—¿Va a ser así a partir de ahora?

—Sip.

—Creo que ya entiendo a Karin.

Suigetsu se dobló sobre sí mismo, apoyando la cabeza en las piernas con un lloriqueo.

—En el cajón bajo el microondas hay galletas. Te las doy si me traes otro vaso de agua antes de irte.

A Deidara le pareció un buen negocio, así que accedió. A él le vendría bien hidratarse más.

—Si bajas por la calle de la izquierda hay una parada de bus frente a la cafetería. El número trece te dejará muy cerca del trabajo. Pasa cada media hora, si te vas ya no tendrás que esperar mucho por el de las once y media. Ugh... Creo que... me voy a dormir. Nos vemos por ahí. Cierra al salir.

Dejando el vaso vacío en la mesa, Suigetsu se fue escaleras arriba. Cuando iba a salir vio que alguien había colado una nota por el agujero de las cartas. Al desdoblarla, descubrió que era de Juugo. "Volví a por Deidara, pero nadie me abrió así que me volví a ir. Lo siento." Qué caligrafía tan pulcra tenía el tipo. Pero Deidara ya iba más de una hora tarde y no podía perder tiempo en tonterías. Desayunó mientras corría hacia la parada del autobús. El aire frío le dio algo de energía. Seguía enojado consigo mismo, no por haber actuado de forma tan patética delante de Suigetsu. En realidad, Deidara pensó, lo de Obito no era para tanto. No era el único tipo atractivo del mundo, aunque fuese el único al que tenía que ver a diario.

Esas escenas de anoche donde cerraban la puerta con llave y mancillaban juntos todos y cada uno de los rincones de su oficina fueron cosa del alcohol. Tenían que serlo pues no se habían dado antes.

El autobús se acercaba y Deidara se despegó de la pared de mala gana para darle el alto. Hora de dejar de darle vueltas. Obito se hacía de odiar. Estaba seguro que ese mismo día le daría una razón para ello.

Apoyó la cabeza en el respaldo delantero ni bien se sentó. Le pesaba como un quintal y el traqueteo del autobús no ayudaba con las náuseas.

—Avíseme cuando lleguemos a la avenida Rikudo —le dijo al pasajero de su lado antes de concentrarse nada más que en mantener en su estómago el escaso contenido del mismo.


Sasori se le quedó mirando en cuanto entró a la oficina. Deidara fue directo a sentarse, saltándose la parte de los saludos.

—Buenas tardes —le dijo su compañero con un toque de acritud—. Debí suponer que algún día te vería entrar por esa puerta con una camisa de cachemira granate arrugada y un pantalón de cuero.

—Al menos he llegado —contestó prendiendo el portátil. Fue una suerte que no se lo llevó con él el día anterior. Solía llevárselo con él los viernes, pero no se fiaba a dejarlo en el hostal si iba a salir por tanto tiempo.

—Y también se puede llegar más presentable. ¿De dónde sales?

Deidara suspiró, perdiendo la paciencia.

— ¡Konan dijo que quienes hacen horas extra los sábados no tienen por qué atenerse al código de vestimenta! ¡Y espero que sea la última vez que tengo que explicarle a alguien que me confundí de semana, hm!

—¿Oh? Alguien está de mal humor hoy. Espero que al menos mereciera la pena.

Contestó con un gruñido, por suerte tenía todas las instrucciones sobre lo que querían que hiciera y sólo tenía que seguirlas sin tener que pensar demasiado. Porque hasta eso le dolía.

—Mierda, olvidé tomar una aspirina... ¿Tienes algo por ahí?

Sasori rebuscó en uno de sus cajones.

—No tengo aspirina, pero tengo otro tipo de analgésicos.

—Bien. Dame un par.

—Sólo uno. Esta cosa es fuerte.

Le llevó un par de segundos recordar que quizá Sasori no era la persona más confiable del lugar a quien pedirle medicamentos.

—Pásame el prospecto primero.

—¿Por qué esa suspicacia? Las cápsulas vienen precintadas como puedes ver.

—Pá-sa-me-lo —repitió Deidara.

De mala gana, Sasori lo hizo.

—Tampoco es para tanto, sólo es un gramo de paracetamol.

Deidara desdobló el papel con torpeza. Notó que no tenía ningunas ganas de leer en cuanto vio la cantidad de letras diminutas del texto.

—Bah —dijo sacando una cápsula—. No creo poder estar peor de lo que estoy ya, hm.

Las náuseas hacía rato que eran más intensas, pero de momento Deidara había conseguido mantenerlas controladas.

Trabajó en el proyecto en silencio, poniendo en él toda su concentración para olvidarse de su malestar. Cuando estaba a punto de terminar el último borrador, sintió que le iban a dar arcadas, se levantó tan de repente que su sillón chocó contra la impresora de detrás. Sasori ya parecía haber entendido lo que pasaba y se apresuró a abrir la puerta. Si por ayudarlo o por no verlo vomitar en su oficina, Deidara no estaba seguro, pero se lo agradecía igual. Corrió a toda prisa hacia los baños, cubriéndose la boca con una mano mientras sentía que no iba a llegar.

Nada menos que Obito estaba ahí, de espaldas en el meadero. Definitivamente no era su día. Su jefe giró el cuello cuando pasó, dando un empujón brusco a la puerta y encerrándose en uno de los cubículos.

Y ahí se permitió por fin dejar de retener las arcadas. Vació en la taza del retrete todo lo que tenía en el estómago hasta que no quedó nada.

—Mierda... —masculló tosiendo.

No iba a beber nunca más.

Se limpió la boca y la nariz con un pedazo de papel higiénico antes de arrojarlo a la taza y tirar de la cadena. Por supuesto Obito seguía ahí, tomándose su tiempo en secarse las manos. El drama estaba por caer. Deidara lo ignoró mientras iba al lavabo a enjuagarse la boca y la cara.

—No tienes buena pinta —dijo Obito, rompiendo el incómodo silencio entre ellos.

—No me digas —replicó Deidara—. No me había dado cuenta.

Su reflejo en el espejo concordaba con ello también. Obito hizo una bola con la servilleta y la tiró a la papelera.

—Acompáñame a mi oficina.

Ahí estaba. Lo último que quería Deidara era escucharlo quejarse sobre si le paga para que apareciese a trabajar en ese estado.

—Tengo cosas que terminar.

—Deidara, a mi oficina.

Lo siguió, preparando en su cabeza lo que iba a contestarle. Eso lo haría perder aún más tiempo. ¿Y qué tema iría a sacar primero? ¿El de su ropa? ¿El de llegar tarde? ¿La resaca? Deidara apostó consigo mismo que comenzaría por la ropa. Él sólo quería irse a dormir.

Zetsu no estaba en su mesa. Como no era un día laboral no había demasiada gente en el edificio. Tras pasar a la oficina, Obito cerró la puerta y le señaló sin decir nada a la silla frente a su mesa. Deidara lo hizo.

Lo puso más nervioso aún ver que Obito no decía nada y sólo se limitaba a buscar en un cajón. Los papeles del despido quizá, o algún formulario para ponerle una sanción.

Tras sacar un vaso, lo llenó de agua en el dispensador junto a la pared, echó en él dos pastillas efervescentes y lo empujó hasta dejarlo a su alcance. Deidara parpadeó desconcertado, los acontecimientos iban más deprisa de lo que su cerebro podía procesar. Miró las pastillas deshacerse en la superficie del agua con un leve siseo, luego a Obito, cuya vista fija en él. ¿Qué le estaba dando? Parecía como si estuviera siendo amable con él aunque penas pusiese creerlo.

—Bebe.

—Ya he tomado una pastilla antes.

—Te he visto vomitar hace menos de cinco minutos. Te aseguro que lo que sea que hayas tomado no sigue ahí. Ahora bébete eso.

La orden fue tan contundente que Deidara comenzó a beber sin analizar la situación del todo. Cuando acabó, Obito volvió a llenar el vaso de agua. Tras vomitar, Deidara volvía a estar sediento así que tomó ese también, junto con el par más que le siguieron.

—Ya estoy bien —dijo cuando lo vio rellenarlo una quinta vez.

Obito lo puso ante él igualmente.

—Cinco vasos hacen un litro. Es posiblemente menos de lo que tu cuerpo ha perdido y necesita reponer. Pero por ahora bastará.

Como pasaron varios segundos y él aún no conseguía encontrar qué era exactamente lo que le irritaba de la situación, Obito alzó las cejas, agitando la mano en dirección del vaso. Mientras bebía, él habló de nuevo.

—Como has tomado medicamentos es mejor que comas algo.

—¿Te has levantado con el pie bueno esta mañana? —preguntó Deidara con sorna, dejando el vaso vacío de nuevo en la mesa.

—¿Has traído almuerzo?

—No.

Obito quedó pensativo unos instantes.

—Lo imaginé. No tengo demasiado aquí —dijo buscando bajo el escritorio—. Pero al menos tendrás algo en el estómago antes de que puedas conseguir una comida decente.

Se quedó mirando incrédulo el paquete envuelto en papel blanco con el logo de la pastelería de enfrente.

—¿De qué va todo esto? —espetó, haciendo que Obito se detuviera en su labor de romper las pegatinas del envoltorio.

—Konan me ha contado lo que te ha pasado esta mañana. No me pareció más que un incidente aislado que le puede pasar a cualquiera.

—He llegado tarde, con resaca y vestido de cualquier manera. ¿Por qué no me estás dando un sermón como haces siempre? ¡Otras veces te has puesto insoportable por cosas mucho más insignificantes! ¡Como cuando tú insistías en que el color que había usado no era turquesa sino aguamarina y al final tenía yo razón, hm! —dijo de carrerilla, hasta que se quedó sin aire.

El teléfono comenzó a sonar en ese momento. Obito se inclinó para ver quién era, luego descolgó y lo volvió a colgar. Su atención volvió a él.

—No es de mi incumbencia lo que hagas en tu tiempo libre mientras esto no se convierta en costumbre, Deidara. En ese estado en el que estás no vas a rendir —dijo Obito—. Y te necesito en forma para terminar el proyecto hoy mismo.

Desplegó el crujiente papel del paquete mostrando una bandeja con cuatro dulces dentro.

—Puedes tomar el que tú quieras.

Era consciente que sus ojos se estaban abriendo mucho, fijos en las delicias ante él. Deidara hubiera preferido mantener el orgullo intacto y rechazar su oferta, pero se le estaba despertando el apetito, y se sentía vacío. El pedazo de pastel de nata con una fresa encima estaba tentándolo a devorarlo. También los pastelillos de hojaldre de estilo extranjero. Pero el bakudan dulce eclipsaba a todo lo demás. La bomba calórica siempre fue su favorita. Una esfera de masa artísticamente recubierta de tres tipos de chocolate distintos y láminas de almendra muy finas. Algunos tenían salsa de chocolate por dentro, otros salsa de caramelo y otros ambas a la vez. A Deidara le gustaban todos, y hacía demasiado que no se comía uno. Cuando se fue a dar cuenta ya se había relamido. Mirando el bakudan. Delante de Obito.

—¿Es este tu almuerzo? —Deidara no sabía ni lo que estaba diciendo y se le figuró que tal vez el labio de Obito se había torcido hacia arriba en una sonrisa. Sólo tal vez.

A Deidara le estaba comenzando a molestar el estómago otra vez, y no por la resaca, ni por el hambre.

—Es el postre de mi almuerzo de los sábados. ¿Alguna queja al respecto? —preguntó, tomando el bakudan y dejándolo en la mesa sobre una servilleta. Tras hacerlo, asintió—. Sí. Toda esa azúcar te dará energía.

El teléfono volvió a sonar, Obito repitió el procedimiento anterior.

—¿Es esto parte de mi descanso?

Obito asintió.

—Tengo cosas que hacer, pero puedes quedarte aquí hasta que te sientas mejor para reanudar tu trabajo.

Dicho eso, dirigió su atención a la pantalla de la computadora. El teléfono sonó una vez más y esa vez Obito contestó.

Mientras atendía la llamada, Deidara dio un gran bocado al bakudan. La mezcla de chocolate y caramelo se desbordó del agujero y de un par de grietas en la masa, manchándole las manos. Su nariz y sus labios también se habían untado y Deidara no se sentía cómodo relamiéndose delante de Obito.

—... Sí... Mmm... Excepto festivos, eso es... La tarifa nocturna comienza a las diez en punto y acaba a las seis de la mañana.

Él no lo estaba mirando al menos. No parecía interesado en lo que hacía en lo más mínimo. Al final no le importó, y comenzó a chuparse los dedos uno tras otro. Era lo mejor que Deidara había probado en mucho tiempo y el pudor no iba a hacer que lo disfrutase menos. Una vez limpio y con algo en el estómago, Deidara se sintió más pesado que antes y le costaba mantener los ojos abiertos. Apoyó los brazos en la mesa y los usó de almohada. Descansaría cinco minutos y luego volvería a su oficina a terminar su tarea.

—Deidara, no te duermas ahí vas a lastimarte el cuello —era la voz de Obito, acompañada de un leve zarandeo en su brazo.

Le contestó con un gruñido antes de sumirse en la inconsciencia.


—Deidara, ¿me estás escuchando?

No obtuvo respuesta. Obito suspiró resignado, observando su melena rubia esparcida sobre su mesa. Estiró un brazo para sacudir su hombro y volvió a suspirar. Quizá le permitiese dormir los quince minutos restantes que quedasen de su descanso, pero definitivamente no en esa postura. Pasó un brazo por debajo de sus rodillas, con el otro sostuvo su cuerpo y lo levantó para recostarlo en el sofá. No era lo ideal, pero al menos ahí estaba más cómodo. Para que no se enfriase tomó su abrigo y se lo echó por encima. Tenerlo de baja por enfermedad no le convenía, era una época ajetreada.

Siguió con sus tareas por quince minutos. Deidara se veía tan cómodo durmiendo en su sofá que se dijo que lo dejaría ahí otros quince. Una siesta de media hora era mejor. Un cuarto era demasiado poco. Sí. Ese descanso le daría un poco de energía extra para terminar su trabajo en mejores condiciones.

Transcurrido el tiempo no obstante, se encontró a sí mismo marcando la extensión de la oficina que compartía con Sasori.

—No sé dónde se ha metido Deidara —dijo él en cuanto descolgó—. Se fue a vomitar y no ha vuelto.

—Lo sé —respondió Obito—. Necesito que me digas cuanto le queda para terminar su trabajo.

—Un momento —Obito oyó golpes al otro lado—. Parece que ya está casi. Ha terminado de arreglar cuatro de los cinco borradores y el último está a medias.

—De acuerdo. ¿Crees que podrás terminar ese por él y pasarme todo?

—Me llevará unos veinte minutos.

—Está bien.

— ¿Y Deidara? No lo habrás despedido —oyó decir a Sasori.

Obito se sintió algo ofendido ante el comentario. Cierto que era un jefe inflexible, pero no una basura de persona. Miró a Deidara que seguía durmiendo profundamente en el sofá cubierto por su abrigo.

—No —dijo con indiferencia antes de colgar.


Aqua Fahrenheit. Fue lo primero que notó al despertar.

El rumor de la lluvia cayendo afuera fue lo segundo. Después, el click del ratón y el sonido del tecleo.

Cuando abrió los ojos, sólo vio el respaldo de un sofá de cuero negro. Estaba recostado, Obito debió haberlo movido de la mesa y cubierto con su abrigo.

Había estado seguro aquella misma mañana que Obito le daría una razón para detestarlo antes de que acabase el día. Deidara se estaba esforzando por hacer de ese trato amable su razón. El sentido común le decía que seguir detestándolo era la única manera de evitar hacerse daño y le costaría hacerlo si dejasen esa negatividad de lado. Agarró el borde del abrigo y se tapó aún más con él. Seguía cansado pero no tanto como antes, y no comprendía como Obito no lo había despertado al final de su descanso.

Entonces recordó que aún tenía cosas que hacer y se incorporó de forma brusca.

—¿Qué hora es? —dijo al ver que no entraba demasiada luz de la calle.

—Las cinco y veinticinco. Has dormido varias horas.

Deidara comenzó a pensar que era algún tipo de treta para meterlo en problemas.

—Mierda. El proyecto...

—Akasuna ya se ha encargado de eso por ti así como le pedí. No es algo por lo que debas preocuparte.

Deidara intentó buscar el matiz de reproche en su voz, pero por más que se esforzó no consiguió encontrarlo. Y no venía preparado para una situación así con un Obito, tan carente de hostilidad.

—Entonces —comenzó a decir Deidara—... ¿Hay algo más que quieres que haga?

—Iba a despertarte justo ahora. Estaba a punto de irme a casa. Si tienes algo pendiente por aquí, será mejor que lo hagas ahora. Nos vamos en diez minutos.

Deidara entrecerró los ojos.

—¿Nos?

—Así es. No he visto tu motocicleta aparcada en el garaje, espero que no pensases ir caminando a tu casa bajo la lluvia.

Deidara debía ponerle freno a ese afán controlador. Sí, Obito estaba siendo amable, pero lo hacía de una manera desapegada y distante y aún no tenía claro del todo si era sincera o no. Además, había estado dándole órdenes desde que lo encontró en el baño. "Sígueme, siéntate, bebe, bebe más, come, descansa, he decidido que voy a llevarte a tu casa sin preguntarte si estás conforme..." En realidad le vendría bien que lo llevase, pero sus ganas de llevarle la contraria y no dejarse mandar en cosas que trascendían su puesto como superior suyo eran más poderosas.

—Me despejará, hm. Y tampoco llueve tanto, sólo unas gotas.

—Te resfriarás. Y aún no has cenado nada decente.

—¿¡Qué!? ¡Ya basta de órdenes! ¡Esto no tiene nada que ver con el trabajo y fuera de esa puerta no eres mi jefe!

Obito guardó silencio por unos segundos, mirándolo fijamente.

—Es como si no quisieras que fuera amable contigo.

—Exacto. Quiero que me trates mal, hm —dijo, obstinado.

Era más fácil así.

—¿Eres masoquista? —dijo Obito levantando una ceja.

—No sabía que se permite preguntar esas cosas a tus empleados —respondió con sorna.

Él pareció pensarlo mejor. A Deidara le gustó verlo avergonzado y se lo tomó como una pequeña victoria.

—Déjame plantearlo de otra manera... ¿Por qué quieres que te trate mal?

—Pse... La costumbre.

Deidara ni siquiera sabía lo que contestar a eso.

—Dame al menos una razón coherente, vamos. Alguna tiene que haber. ¿Cuál es?

Se negó a contestar. Lo único que quería era estar en cualquier parte menos en la oficina de Obito. Jamás le había pasado algo así en la vida.

—Ya veo —prosiguió tras respirar hondo, al ver que él no colaboraba—... Tengo dos teorías. Pero prefiero pensar que es una y no la otra.

—Sí, soy masoquista. ¡No tiene nada de malo, hm! —No era verdad, pero casi que prefería que pensase eso a que le estuviera dando vueltas y llegase a alguna conclusión más acertada.

El labio superior de Obito de curvó casi imperceptiblemente hacia arriba en un gesto que no le gustó nada. O mejor dicho, le gustó demasiado.

—Ahora te estás burlando de mí. Quieres una disculpa. ¿Verdad?

Una disculpa. Deidara no había pensado que pasaría pronto. Una disculpa sincera, y no pasivo agresiva como habría esperado. Ya era hora de que se pusiera al día con lo que estaba pasando. La ayuda ofrecida no era más que cuidados básicos para una resaca normal. Todo con la intención de que se centrase en su trabajo. En teoría, porque luego lo dejó dormir más y le pidió a Sasori que terminase su tarea. Deidara no sabía qué hacer con eso.

—Debí haber hecho esto mucho antes —oyó decir a Obito, sacándolo de sus pensamientos—. Pero mejor una disculpa a destiempo que una que nunca llega. Me disculpo por la forma en que te traté. Fue inmadura y poco profesional, más digna de niños de secundaria que de adultos. Además de eso, no debí aburrirte aquel día con mis asuntos personales. Es totalmente comprensible que te hartases de mi monólogo sobre un tema que a ti no te interesa. Fui un idiota.

Deidara recordó el asunto del laxante y se sintió peor que en mucho tiempo.

—Ambos lo fuimos —dijo y Obito asintió.

—Y ahora que no tenemos más razones para llevarnos mal, olvidemos todo.

—Tampoco tenemos por qué ser amigos, hm.

—Eso es verdad. Pero déjame al menos compensarte por esto. Déjame llevarte a casa.

Maldito. Deidara quería agarrarlo de la corbata y darle el beso de su vida.

—Deja de insistir.

Obito consultó el reloj.

—No digas tonterías, está lloviendo. Debo ir al piso de arriba a dejar algo. Prepárate —dijo antes de salir.

Por alguna razón, hacer las paces con Deidara lo había dejado de mejor humor. Y aún podían terminar de limar las asperezas entre ellos yendo a cenar juntos. Era lo que pensaba mientras bajaba las escaleras de nuevo.

—He decidido llevarte a cenar.

No. Obito se dio un imaginario golpe en la cabeza. Deidara no iba a tomarse bien que lo obligase a pasar tiempo con él. Ya lo había reprendido antes por eso y en realidad tenía razón. No era una buena forma de intentar limar asperezas.

Mierda, era tan complicado como pedirle salir a una chica.

Se detuvo cuando asimiló lo que se le acababa de pasar por la cabeza. No. No era lo mismo. Que dos compañeros de trabajo fueran a tomar algo juntos después del trabajo era normal.

Aunque tal vez no para él que siempre rechazaba esas propuestas. Que fuera él quien tomase la iniciativa para ver a alguien fuera del trabajo... Eso era nuevo.

Pero era necesario para comenzar de cero y con buen pie y le sentaría bien cenar algo consistente. Nada de comida rápida.

Con confianza renovada, Obito siguió caminando a su oficina.

—Siento haberte hecho esperar. He pensado que sería mejor si...

Se quedó sin habla, al ver que su oficina estaba vacía. Miró por toda la planta, pero era evidente lo que había pasado. Deidara había aprovechado que no estaba ahí para irse. Esa podría ser la señal que necesitaba para por fin darse cuenta que nunca debió cruzar esa línea que un día se impuso.

¿Cuándo fue la última vez que se lo recordó? Anteayer mismo, cuando llegó en mitad de su conversación con Anko. Y para el sábado ya lo había olvidado.
Obito subió a su coche con mal sabor de boca y una sensación desagradable en el cuerpo. Mantener las distancias era su lema, Deidara no tenía por qué querer ser más cercano a él, y a él no tenía por qué dolerle ese hecho.

Solo que sí lo hacía y el hecho lo dejaba furioso consigo mismo. En el fondo, esa necesidad de validación seguía ahí. Todo iba bien cuando era él quien apartaba a los demás. Pero cada vez que le hacían eso mismo a él, el dolor de ese rechazo se quedaba con él por días.

Obito ya supo de antemano, que no iba a poder dejar de darle vueltas. El resto del fin de semana no pintaba nada bien. Tampoco el lunes, cuando lo volviera a ver.


Quizá se arrepintiese cuando llegase a su casa goteando de pies a cabeza, aunque bajo los soportales estaba resguardo, no los tendria todo el camino. O quizá se arrepintiese cuando llegase cansado, pero no podría haberse quedado sin poner en orden su cabeza. Solo necesitaba mentalizarse para ese giro en la forma en la que se habían relacionado hasta ahora, por eso Deidara necesitaba correr, mojarse y quedar exhausto. Sería su desahogo para sacar todo lo que llevase en la cabeza. Después pediría una pizza, pasaría el domingo en cama viendo series de televisión y volvería el lunes a la oficina preparado.

Esa era la única decisión que podía haber tomado.


¡Y después de la fiesta llega la resaca! :D Ya empieza a cambiar la actitud de Obito. Creo que él no es malo en el fondo, aunque sí un resentido. Pero imaginé que al ver a Deidara así, vomitando y blanco como el papel, decidió ayudarlo y bueno. Una vez que empezó a ayudarlo ya tuvo que seguir jajaja. Al menos ya se han disculpado, pero pienso que Dei aún se resiste porque no quiere que lo que sienta vaya a más. Yo creo, que puede darle justo en lo homo si se lo propusiera, pero Deidara no sabe eso aún así que se resiste. :D

¡Gracias por leer y hasta el siguiente!