Justo como predijo, el lunes no comenzaba bien para Obito y aún ni había llegado a la oficina. Parado detrás del Toyota Hiruko color burdeos de Sasori, Obito esperaba a que la puerta del garaje terminase de abrirse. Se concentró en el suave tic tic del intermitente para no pensar en encontrárselo afuera y que lo primero que hiciese fuese preguntarle por Deidara.
Estaba dispuesto a evitar esa conversación tanto como pudiera.
Soltó un poco el freno y giró el volante cuando por fin Sasori comenzó a descender la rampa. Condujo hasta su plaza de garaje y maniobró hasta dejarlo entre las líneas. Tras eso echó el freno de mano.
Por el retrovisor observó a Sasori hasta que entró al ascensor y este se cerró. Solo entonces se animó a salir del auto. Si tuviera si quiera un poco de suerte, entraría a su oficina sin tener que ver a nadie. Pero como ya iba siendo costumbre en su vida, Obito no iba a tenerla. No llevaba ni diez segundos esperando el ascensor cuando oyó la puerta del garaje volver a abrirse, acompañado del sonido de una motocicleta.
Dejándose llevar por su instinto preso de un repentino pánico, Obito corrió a las escaleras y comenzó a subir, ganándose miradas extrañas cada vez que se cruzaba con alguien. A mitad de camino, la fatiga en sus piernas comenzaba a notarse, pero él no se detuvo hasta llegar a su planta, jadeando y con el cuello y las manos sudadas, pero a salvo. Lo ideal habría sido quedarse en casa, pero habiendo estado de baja hace poco, no se pudo permitir pedirse más días. También se le pasó por la cabeza que Deidara podía haberse puesto enfermo y no ir a trabajar. Aunque visto que acababa de mudarse a Amegakure tampoco era que se lo pudiera permitir. Podría haber ido a trabajar enfermo, vista la cantidad de agua que le debió caer encima mientras se iba a su casa.
¿Tanto se empeñaba en detestarlo, que prefería empaparse a soportar su presencia unos minutos más? Obito comenzó a ponerse de mal humor.
—¿Han llegado los vídeos de Anko? —le preguntó a Zetsu, sin saludar.
—Buenos días, Tobi. Yo estoy bien, gracias. ¿Y tú? —dijo, con su tono más animado.
—Bien, gracias —pasó de largo, ignorando el reproche y aún jadeando un poco. Zetsu lo siguió sin borrar de su cara esa irritante sonrisa—. ¿Han llegado o no?
—Aún no. Pero Itachi te ha mandado un correo sobre la interfaz de primavera de la aplicación. Hay que hacer el cambio el veinte de este mes, así que mejor pones a Deidara a trabajar cuanto antes.
Oír ese nombre hizo que sufriera un pequeño infarto.
—De acuerdo —casi le pidió que le reenviara el documento con las instrucciones a él, pero tras pensarlo mejor, puede que no le conviniese que Deidara pensase que le tenía miedo—. En un momento le echo un vistazo.
Zetsu no se movió de ahí mientras él prendía la computadora e iba a servirse un vaso de agua.
—¿Por qué no tomaste el ascensor?
—Lo llamé pero nunca bajó. Alguien debía tenerlo abierto en un piso superior.
En respuesta, él se encogió de hombros y procedió a comentar con él las tareas del día. Obito reenvió a Deidara el correo de Itachi tras leerlo y cerró la aplicación de correo como si hubiera esperado que de un momento a otro, el chico se asomase por la pantalla. Después se citó con la organizadora del desfile de la Semana Dorada.
Lo primero que hizo al quedarse libre otra vez fue mirar su correo. Tal vez Deidara le había mandado un mensaje de confirmación como señal de que había recibido y leído su correo. No había nada, y algo en su interior se agrió. Al menos podría haberle notificado por chat interno. Una simple palabra habría bastado. No había llegado la hora de su descanso, pero puede que debiera tomárselo. Tenía un poco de hambre. Levantándose, tomó su bento del maletín y salió a la cocina a por un café.
—Verde—Sasori se asomó a su pantalla para ver como coloreaba lo que iba a ser el fondo del menú principal—. Estás de broma. ¿Verdad?
—¿Qué tiene de malo el verde? En las instrucciones dice color primaveral, hm. ¿Qué hay más primaveral que eso?
La idea de Deidara era escoger un tono pastel de verde. Poner unas cuantas flores sonrientes en una esquina, unas abejas en la otra y una fuente desenfadada en tonos suaves.
—El rosa pálido, por supuesto. Y las letras no denotan seriedad. Deberías hacerlas blancas y delineadas en gris. Una rama de cerezo en la esquina y una mariposa azul para hacer contraste y quedará perfecto.
—Qué clasicón, hm —se burló Deidara—. Una pena que el diseñador gráfico aquí soy yo.
—Vas a echarlo todo a perder —respondió Sasori, entrecerrando los ojos—. Sólo evito que te obliguen a deshacerlo después para hacerlo bien. De nada.
Deidara no sabía lo que creer y lo que no de Sasori. Ya lo había engañado antes con esa excusa para hacer las cosas como él decía, hasta el punto de que ya no sabía cuando lo intentaba manipular o aconsejar. Bloqueó su portátil y se levantó. No iba a desaprovechar la hora de su descanso hablando de trabajo ya que no era tiempo remunerado.
—Vale. Vale. Lo pensaré cuando vuelva —dijo para hacerlo callar—. Flores de cerezo. Se pasan de típicas. Qué aburrido.
Sasori lo siguió.
—Al menos es más elegante que tu diseño sacado de algún anime para niños pequeños. ¿Crees que esa es la imagen que Akatsuki quiere dar?
Al pasar a la cocina vio que Obito estaba ahí, lo cual sintió que le crispaba los nervios aún más. ¿Es que no podía dejar de encontrárselo por todos lados ni un segundo? Al menos podía sumergirse en su discusión con Sasori y pasar de él.
—El verde simboliza el renacer de las hojas y la hierba en primavera y todas esas cosas —fue hasta la máquina expendedora, sacó una moneda de su bolsillo y la echó a la ranura—. Es "el" color primaveral, hm.
Tras presionar los botones correspondientes, el muelle comenzó a girar y una lata de refresco cayó al compartimento inferior.
—El verde carece de clase y estilo. No combina con nada.
—El rosa pastel carece de originalidad. Me hace bostezar.
Mientras Sasori sacaba de la máquina su agua mineral, la cual podía obtener gratis de cualquier dispensador si es que él se fiase de beberla, Deidara fue a la despensa a por un pote de ramen instantáneo. Estaba harto de comer mal, pero al no tener cocina tenía que apañarse.
—Puede que debamos preguntarle al señor Uchiha su opinión, ya que está aquí.
No se tomó muy bien su tono de guasa, pero ya se quejaría de eso cuando estuvieran a solas. Deidara no lo miró ni contestó. Sólo fue al dispensador de agua hirviendo y tras tirar la tapadera de plástico a la basura, puso en el recipiente la cantidad de agua necesaria.
—No sabía que tenía que supervisarles esas minucias también. Para eso bien podría yo hacerlo todo y no emplearlos a ustedes —lo oyó decir. Deidara se atrevió a mirarlo de rojo, pero él estaba de espaldas. No había bronca ninguna, él iba a seguir con su idea—. Pero el rosa pastel me parece más apropiado para la interfaz.
Por supuesto.
Por supuesto que el suyo iba a ser el peor. La idea era ponerse contra él, no buscar la mejor solución. Salió de la cocina con la cabeza bien alta y la certeza de que él seguía teniendo la razón ya que la opinión sesgada de Obito no le valía. ¿Que no le había pedido perdón el sábado?
Abrió la lata de refresco y le dio un gran trago. Luego sacó los palillos del cajón y probó el ramen. Momento en que Sasori entró de nuevo a la oficina. Deidara no tenía que mirar para saber que en su rostro había una sonrisa de triunfo.
—Te lo dije.
—Estoy comiendo ahora, deja de hablarme de trabajo, hm —contestó con malos modos.
Sonaba a perdedor ardido, pero Deidara no consideraba que hubiera perdido. Sasori ya no parecía tan interesado en discutir tampoco. En cuanto acabó el descanso, quitó el fondo verde. No iba a poner el tono de rosa de Sasori, no iba a darle esa satisfacción, así que lo dejó de un tono marfil. No puso ramas de cerezo ni mariposas, sino flores de colores y abejas. Informal, pero no tan infantil como su compañero programador afirmaba que era, y definitivamente no tan muermo.
A Obito se le había pasado el hambre.
No podía ser real que se encontrase a Deidara en todas partes cuando lo único que quería era evitarlo.
—Dile a todo el mundo que no estoy disponible. Y no me pases llamadas en la siguiente media hora —dijo por el intercomunicador.
—Oki-doki —canturreó Zetsu.
Si averiguar que no se había dignado a confirmar el mensaje le había molestado, que no hiciera el ademán de reconocer su presencia en la cocina le había ofendido aún más. No era que la idea de Sasori le gustase más, tal vez lo había hecho como pequeña venganza por dejarlo tirado el sábado. Al principio, a Obito le había aliviado algo de resentimiento el darle esa respuesta, y ahora estaba ahí, obligándose a meterse el nigiri sushi en la boca. Obligándose a masticar. Obligándose a tragar cuando en realidad sentía el estómago lleno de esos venenosos nervios que habían surgido con sus pensamientos.
Todo últimamente giraba en torno a Deidara y Obito estaba agotado. Agotado de tener que soportar su terquedad y energía. Agotado de no poder ni por un minuto sacarlo de su cabeza.
Deidara era joven aún, un chico recién graduado con un primer empleo que no lo llenaba. Y cuyos sueños no iban a cumplirse. Obito ya sabía lo perra que era la vida. Es más. El prospecto de que nunca se cumpliesen lo hacía sentir cierto confort, era la prueba de que las cosas caían por su propio peso. Él no tenía que ser el único que sufriera siempre. En ese mundo de mierda, cuanto más alto vuela uno más daño se hace al caer.
¿Y por qué no se había resfriado? Deidara se veía tan irritante como siempre, eso también lo enervaba. Aunque puede que aún estuviera incubando algo que se manifestaría después. Obito tomó con los palillos un tamago sushi y se lo metió en la boca de una. Deidara se lo habría buscado por salir corriendo de él. Y Obito iba a entretenerse mucho viéndolo por ahí arrastrando los pies con fiebre, tos y nariz bloqueada.
Dos teorías se le ocurrieron el sábado como razón a por qué Deidara rechazaba sus intentos de ser amable. Una era que el chico se pasaba de orgulloso y quería una disculpa. Obito se disculpó, pero estaba comenzando a pensar que era la segunda. La que hubiera preferido descartar y en la que él prefería seguir en malos términos para tener una excusa para meterlo en problemas. Seguro era esa.
Ni cinco minutos después, la culpabilidad y el remordimiento por haber pensado tales cosas eran mayores que el malestar que sentía antes de haberlas dicho.
¿En qué clase de desgraciado se había convertido como para encontrar consuelo en la desgracia ajena y en desear enfermedad a la gente? Obito retiró todo lo dicho, todo, cuando sintió como si la imaginaria hacha del karma se apoyase en su nuca, lista para darle el golpe de gracia. Una cosa era la indiferencia y otra eso. Deidara no merecía tanto desdén sólo por despreciar su amabilidad. Sí era verdad que aún le dolía en el orgullo pensarlo, pero de ahí a merecerlo había un trecho. Además, no tenía tanta evidencia de que Deidara quería permanecer a malas con él por esos motivos. Estaba pensando lo peor de él.
Obito quería pensar que no había caído tan bajo. Y cuando llegó el correo con el primer borrador de la interfaz, se puso a prueba no indignándose cuando vio que el pedido era diferente a lo hablado. No era verde, pero no era rosado tampoco sino un tono crema. Tal vez. Obito no estaba seguro de como describirlo pero no quedaba mal. Ahora solo quedaba adaptar el resto de los menús.
Le escribió de nuevo para darle el visto bueno y decirle que tenía tres días de plazo para lo otro.
Antes de irse a casa comprobó si le había contestado. Su bandeja de entrada estaba vacía y Obito trató de que no le molestase. Ni que le doliera.
El martes no lo vio, al menos. Dejó en manos de Zetsu el comunicarse con Deidara y Akasuna. No se lo encontró en el garaje. Tampoco en la cocina. Un día tranquilo.
Demasiado tranquilo. Fue lo que pensó Obito, asomándose a la ventana tras oír el ruido de la moto de Deidara salir del garaje. No le constaba que se hubiera resfriado, tenía buenas defensas. Aunque dejaría de tenerlas si seguía comiendo ramen para almorzar. Menos mal que ese día tenía que hacer horas extra. Al menos así no tendría que seguir pensando memeces.
Tan tranquilo como lo fue el miércoles. Él había marcado las distancias y Deidara las estaba respetando. Era Obito quien no respetaba su propio límite. Lo hacía molesto, porque a pesar de ser su jefe no se le ocurría tener ninguna excusa para hablarle tras haberle relegado la tarea a Zetsu, alegando que estaba muy ocupado.
Por una razón o por otra, estaba condenado a pasarse la vida de mal humor. Al menos, al día siguiente sí tendría excusa pues era la fecha plazo para entregar la versión primaveral de la aplicación de Akatsuki.
Aún había esperanza. Sintió una agradable presión en su pecho cuando pensó en esa nueva oportunidad de conversación.
Lo que no supo, o no quiso explicar, era por qué eso lo alegraba tanto.
El jueves a primera hora Obito se encontró los vídeos de Anko en su bandeja de entrada y procedió a verlos. Tuvo que dar marcha atrás para repetir la escena unas cuantas veces, para estar seguro de lo que veía. Con rapidez pasmosa, Anko tomó al tipo del brazo y se lo retorció, luego aprovechó que el dolor lo había paralizado para asestarle dos puñetazos en la cara. Tras un rodillazo en el estómago, lo derribó al suelo con un barrido.
No quedaba lugar para dudas, Anko se había excedido. Y podía acabar incluso en prisión, aunque con Kisame Hoshigaki de abogado, lo dudaba. El problema ahí era el impacto que sus acciones tendrían en la reputación de Akatsuki. El afectado a exagerar sus lesiones eso ya lo daba por hecho, y Obito podía escribir un informe favorable y facilitarle a Hoshigaki material para defenderla mejor, o podía darle un escarmiento y redactar con objetividad lo que había visto. No era como si no se lo mereciese. Era cierto que habían estado en la misma clase en el instituto, cuando ambos aún vivían en Konoha, pero Obito no le debía ningún favor. De hecho, no le debía favores a nadie, y a él le habían debido demasiados antes del accidente que le cambió la vida. No tenía por qué mover un dedo por ella. Ya no era el cabeza hueca que un día fue.
Como fuera, tenía un plazo de dos semanas para redactar el informe, así que no tenía que ponerse manos a la obra aún. Pensaría qué hacer mientras tanto.
Un sobre comenzó a parpadear en la esquina superior izquierda de la pantalla. Al mirar el remitente, vio que era Deidara. El corazón empezó a latirle notablemente más rápido, ante la primera comunicación con él que habían tenido en días. Movió el cursor despacio, le daba algo de miedo averiguar qué era lo que contenía el mensaje.
Asunto: "Interfaz primavera"
Oh cierto, los botones y marco de la aplicación de Akatsuki. El plazo era ese día, aunque Obito no lo esperaba tan temprano. No había ningún otro mensaje adjunto más que lo estrictamente necesario. El breve momento de agitación dio paso a la decepción. La tendencia de esa nueva forma de interactuar iba camino de extenderse definitivamente. No tenían por qué seguir en malos términos, pero Obito sabía reconocer una señal cuando se le ponía delante. En realidad no podía hacer nada si Deidara no estaba interesado en un trato más cercano, menos frío. Ya estaba harto de tener que repetirse eso último.
Debería sentirse aliviado pero no lo estaba. Cada día que pasaba, esa actitud lo molestaba, lo hería un poco más.
Presionó el botón de responder, dispuesto a escribir algo amable que tal vez lo llevase a contestarle e iniciar así una conversación. Dos minutos después y más frustrado aún, sólo tenía un escueto "gracias" escrito. Lo envió de todos modos, arrepintiéndose de ello tras varios segundos. Quizá debió seguir pensando, hablarle del tiempo (había salido el sol ese día), o acompañar el agradecimiento con algún elogio a su trabajo. Esa respuesta era muy seca. Incluso hubiera sido mejor no enviar nada.
Tomó aire con fuerza, mordisqueando distraídamente el bolígrafo en su mano, mirando a la nada.
Porque había estado evitando ponerle un nombre a las reacciones que estaba teniendo por culpa de su subordinado.
Gay. Que él supiera, no era gay. Pero luego, lo que Deidara despertaba en él no era demasiado heterosexual tampoco. En las escasas ocasiones en las que había empezado a sentir algo por alguien, Obito no había tenido problema en reprimir y hacer desaparecer esos sentimientos. Ya comenzaba a tener la sospecha que la patética condición para que surgieran sentimientos más sólidos por su parte era que lo rechazasen y evitasen.
¿Por qué no sólo no era capaz de ponerle fin esta vez, sino que cada día se volvía más complicado? ¿Qué pensaría Deidara si se enterase de los detalles del caso de Anko, si es que él decidía ponérselo difícil? ¿Importaba eso ahora? ¿Era Deidara masoquista de verdad?
Abrió el navegador, hizo click en el icono del buscador y comenzó a escribir "cómo saber si alguien es masoq". Se detuvo. ¿Era ese el más importante de sus problemas en ese momento?
Borró las tres últimas palabras para corregir la frase.
"Como saber si" Obito se detuvo, la mirada fija el cursor intermitente antes de continuar. No sabía ni como se le había pasado por la cabeza. Puede que estuviera confundiendo las cosas. Pero aún con esas dudas lo escribió: "soy gay".
Sintiendo el acelerón en su pulso, presionó intro.
El primer resultado provenía de una famosa página de preguntas y respuestas y la había formulado un tal Hiroshi16. Sí, dieciséis años parecía como una edad razonable para alguien haciéndose esas preguntas. Obito ya pasaba de la treintena. Ser consciente de eso lo hizo sentir avergonzado. ¿No sería que si de verdad era gay se lo hubiera cuestionado mucho antes?
Pero volviendo a las respuestas, la más votada no ayudaba demasiado.
«Si eres hombre y te atraen los hombres, eres gay.»
Buen comienzo señalando lo obvio. Aunque quizá era su culpa por esperar que un desconocido en Internet le despejase las dudas. ¿Le atraían los hombres a él? Comenzó a recapitular y a pensar en hombres cercanos a él, pero lo dejó casi de inmediato. No. No parecía ser el caso.
Segunda respuesta: «Lo que dice el de arriba.» Obito rodó los ojos. Tal vez debería dejarlo.
Tercera respuesta: «La homosexualidad es pecado y te vas a ir al infierno.»
Definitivamente debía dejarlo. ¿De verdad había gente que aún pensaba así? Un intenso sentimiento de repulsión corrió por sus venas al releer el comentario. Aunque quizá, el ingenuo era él por pensar que la intolerancia iba camino de la extinción.
La cuarta respuesta era tan contundentemente ofensiva y homófoba que de un enérgico click de ratón la cubrió abriendo una pestaña nueva. Lo único que lo consoló fue verla acribillada a votos negativos.
Mientas tecleaba la dirección del buscador, Obito pensó que ya no le apetecía tanto averiguar si a Deidara le iba el sado o no. No era como si le fuera a dejar a él ponerle el culo rojo a cintazos necesariamente. Ya se le había pasado por la cabeza que si era cierto, y aparentemente, un masoquista obtenía gratificación sexual a través de un trato humillante... ¿Significaba eso que si seguía queriendo que él lo tratase mal era porque Obito lo ponía caliente? Después de todo, lo odiaba. Dejarse azotar y humillar por alguien odiado parecía algo bastante masoquista.
No. Le estaba dando demasiadas vueltas. Deidara le estaba tomando el pelo, no iba a admitir un fetiche de ese calibre tan fácil.
Un gruñido de exasperación se le escapó. Vale, quizá que por un momento lo excitara pensar en Deidara siendo azotado por él fuera un impulso obviamente gay. Obito acababa de encontrar la respuesta a si lo era o no, o al menos, no tan hetero como siempre pensó.
Lo que más le sorprendió no fue eso, sino su obvia disposición a probar algo que nunca se le había pasado por la cabeza. En lo que se refiere a sexo, siempre se consideró convencional y vainilla, pero sobre todo, su idea del mismo nunca estuvo desligada de los sentimientos. Nunca. Obito había caído en eso del sexo sin afecto antes, y se había sentido culpable por semanas. Tal vez meses. Tal vez aún lo estuviera si se ponía a recordar.
Si era atracción lo que sentía por Deidara, podía lidiar con eso a su manera. Lo que le preocupaba no era la reacción de su cuerpo en sí, la cual podría ser normal dentro de lo que significaba saciar esa necesidad de forma manual durante tanto tiempo. Era que Deidara no dejaba de ser su subordinado. Esos pensamientos podrían meterlo en un lío, de enterarse alguien.
Tecleó: «Atracción hacia compañero de trabajo.»
Sólo quería saber si podría afrontar con éxito lo que implicaba. Podría ser un encaprichamiento pasajero, pero temía que pudiese no serlo.
Primer resultado: «Diez señales de que tu compañero de trabajo está loco por ti.»
Hizo girar la rueda del ratón hacia arriba. Deidara no estaba loco por él ni lo estaría nunca. No necesitaba un artículo para recordarlo.
Segundo resultado: «Como un lío en el trabajo puede aumentar tu rendimiento.»
Obito se sonrojó, se abanicó el calor de más con un papel y siguió bajando.
Tercer resultado: «El fruto prohibido: como conseguir que tu pareja no se entere de tu aventura en la oficina.»
Bajando más aprisa...
Cuarto resultado: «Amor y trabajo: nunca los mezcles.»
Obito decidió no entrar ahí.
Quinto resultado: «Afrontar la atracción indeseada por alguien a quien tenemos que ver a diario.»
Ese sí le llamó la atención, aunque Obito no se sintiera identificado con muchos de los consejos. Cierto que sería mejor y más fácil no sentir nada por Deidara, tal y como el artículo decía, pero por otro lado, le tentaba abandonarse a esa sensación de ingravidez tan agradable como molesta que empezaba a sentir cada vez que pesaba en él. A las burbujitas y los cosquilleos que cada vez con más fuerza aparecían cuando él irrumpía en su cabeza sin pedir permiso.
No todas las sensaciones eran positivas, Obito ya estaba demasiado familiarizado con ese dolor de recibir indiferencia o sentirse rechazado. Que no le interesase pasar más allá con él no significaba que no se diese. Pero era irrelevante cuanto intentase abordar el asunto de manera racional si ni él mismo quería escucharse.
Quizá el masoquista era él.
Por eso abrió otra pestaña, porque aunque buenos, sabía que no iba a aplicar esos consejos, en especial el que decía «No busques en redes sociales». Obito no se había planteado hacerlo hasta ese mismo instante, y esa fue la dirección que escribió después, la de la red social más famosa que conocía.
Lo encontró a la primera, tras escribir su nombre no sin cierta culpabilidad. Su corazón latía cada vez más rápido, avergonzado pero curioso, incapaz de llevar el cursor a la equis de la esquina superior derecha del navegador. En su fotografía de perfil se estaba cubriendo la boca con una mano, mostrando la palma a la cámara en la cual se había dibujado una boca abierta que mostraba la lengua.
Obito comenzó a ser consciente de que tenía más cosas que hacer cuando ya había pasado casi un minuto desde que se quedó mirando a Deidara. Pero aún tenía mucha información por mirar y no era capaz de dejarlo para luego.
Leyó cosas que ya sabía, de Iwa, residente en Amegakure, licenciado en Bellas Artes, soltero e interesado en hombres.
Que esas dos últimas líneas le hubieran hecho sentir un fugaz subidón de euforia no era algo que se pudiese considerar hetero con ninguna excusa posible. Obito ya no iba a negar eso, la temporal pérdida de control le asustó por otras razones.
Releyó las líneas varias veces. Deidara estaba soltero e interesado en hombres. Obito era hombre y estaba interesado en... Deidara. Mierda, estaba sonriendo sin poder contenerse.
Con un suspiro, se obligó a salir de ahí para ver sus fotos. Pocas eran de él, aunque Obito las miró bien. En varias estaba sacando la lengua y el se encontró sonriendo otra vez, pensando que le gustaría ver ese gesto en persona. Sólo para él.
La mayoría de fotos eran de creaciones suyas, hechas en arcilla blanca. Todas de animales, Obito notó. Así que esa era su afición. Tal vez él se lo hubiera dicho ya. Aquella noche cuando se conocieron, antes de que él empezase con su ebrio y vergonzoso atracón autocompasivo. Deseó haberle prestado más atención a lo que le dijo sobre él.
Si pudiera volver atrás esa noche sería muy distinta. Hubiera bebido menos, y lo habría escuchado más, y le habría preguntado miles de cosas. Lo habría invitado a Akatsuki él y no Itachi y serían cada día más cercanos.
O tal vez no. Porque no sonaba a algo que él haría a pesar de estar fantaseando con ello.
Obito ya no sabía lo que pensar sobre nada.
Curioseando por las publicaciones recientes vio que lo habían etiquetado en algunas fotos de ese fin de semana. No reconocía a la mayoría de ellos, aunque sí a Suigetsu Hozuki, el asistente de Kisame; Karin Uzumaki de mercadotecnia y uno de los vigilantes de la empresa cuyo nombre no recordaba. Deidara iba vestido con la ropa con la que lo vio aparecer el sábado, parecía que se lo estaba pasando bien. Era normal comenzar a hacer amigos tras mudarse a una nueva cuidad, supuso. Su filosofía de vida en ocasiones lo hizo desdichado, pero siempre pensó que se estaba quedando con el mal menor.
Ahora se sorprendía pensando en cosas que se podría estar perdiendo. Ojalá alguien lo detuviera antes de que comenzase a ahondar ahí.
Como escuchando sus plegarias, el teléfono sonó unos segundos después y Obito pudo olvidar el rumbo al que se dirigían sus pensamientos para sumergirse en la planificación de la visibilidad de la marca en un evento deportivo que Akatsuki iba a cubrir.
En mitad de la conversación, Zetsu se asomó tímidamente a la puerta, haciéndole señas. Obito se disculpó con su interlocutora para ver qué es lo que quería.
—¿Puedo buscar algo en tu computadora un momento? La mía se está reiniciando —susurró.
Obito asintió y reanudó su conversación sólo para recordar un segundo después que había permitido a Zetsu acceso a su navegador mientras en él había una pestaña con una búsqueda dudando de su heterosexualidad, otra con consejos sobre cómo lidiar con un encaprichamiento no deseado en el trabajo y otra con el perfil de Deidara en una red social. Con el corazón dándole un vuelco, se echó sobre su asiento y giró la pantalla al lado opuesto en el que Zetsu estaba para cerrar las pestañas con rapidez y borrar el historial.
Su asistente lo miró escandalizado, él se disculpó con la cliente por esa nueva interrupción y lo ignoró.
Eso era lo que haría si volvía a salir el tema.
A Deidara le resultaba extraño tener las tardes tan libres siendo que se había pasado las últimas semanas visitando viviendas. Tenía mucho que pensar al respecto y tomar una decisión antes de que terminase el mes que tenía prepagado en el hostal. No pensaba ver ni una más, ya estaba harto. Escogería de ahí, y aunque ninguna de las que había visto le convencía del todo, Deidara necesitaba más espacio.
Mirando su celular, pasaba foto tras foto, esperando o deseando poder ser capaz de tomar una decisión de una vez y olvidarse de eso.
—¿Aún buscando?
Sasori se había asomado por encima de su hombro mientras esperaba a que sus fotocopias estuvieran listas.
—Tienes que dejar de hacer eso —respondió molesto.
No le había gustado saber que Sasori había sabido la contraseña de su computadora todo ese tiempo fijándose en como la tecleaba. Según él, jamás la usó, no era como si fuera a servirle de algo de todos modos, Deidara no tenía ahí nada comprometedor, pero visto que necesitó usarla el sábado anterior para enviar a Obito su trabajo, eso le había dado a él una excusa para argumentar que en realidad, que la tuviera para cualquier emergencia no era algo malo.
—¿Qué cosa?
—Meterte en lo que no te incumbe —espetó guardando otra vez el teléfono.
—Tal vez me incumba más de lo que crees —dijo, perdiendo el intereses en él otra vez.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Deidara, tomado por sorpresa.
Sasori se tomó unos segundos en responder, mientras tomaba las hojas de la impresora.
—Tengo un negocio que ofrecerte.
No supo si preocuparse o no. Deidara no sabía lo que esperar de tal afirmación.
—¿Qué negocio? —dijo, no del todo seguro.
—He estado pensando estos días... Me vendría bien algo de dinero extra. ¿Sabes? Mis aficiones no son baratas. Cuando me mudé de Suna aquí no quise dejar sola a mi abuela, así que la traje conmigo. La casa donde vivo fue dividida en dos, los anteriores dueños la reformaron para que pudiesen vivir dos familias independientemente. Era perfecta para mi situación, así que vendí la casa que heredé de mis padres en Suna y la compré. Si te interesa, puedo dejarte el alquiler a buen precio.
—¿Cómo de bueno? —preguntó con precaución.
—Ochocientos ryo al mes facturas incluidas.
—Hmm...
Eran cuatrocientos cincuenta ryo menos de lo que le costaría el alquiler más barato.
—Tendrás toda la privacidad que busques ya que yo no tengo que pasar ahí a menudo, viene con baño y cocina amueblados y la decoración no está tan anticuada. Al menos mi abuela tiene sentido de la estética.
—¿Y ella, como es que ya no vive ahí?
Sasori rodó los ojos.
—Nunca se acostumbró a este clima lluvioso. Se volvió a aquel erial en menos de un año.
En parte podía entender eso. Para él también fue un cambio brusco, no tanto como de Suna a Amegakure, pero se extrañaba en ocasiones la luz del sol casi siempre presente.
—¿Cómo que esperaste tanto para decirme? —dijo Deidara ocultando su fastidio, podría haberse ahorrado muchos quebraderos de cabeza.
—Yo también tenía que pensarlo bien. Uso esa parte de la casa para almacenar mis creaciones. Debía pensar si a pesar de los ingresos extra me conviene tenerte como inquilino.
—¿Y eso que significa, hm?
—No sé, eres extrovertido, fiestero, yo les tengo cariño a mis obras... ¿Cómo sé que no te va a dar por destruirlas como haces con las tuyas?
Ya habían hablado de dicha afición. Sasori compraba maniquíes viejos y los restauraba. Deidara siempre le encontró algo de siniestro a la forma en que describía su hobby, tanto como él lo era, supuso.
—Espera un momento... ¿Voy a tener que dormir rodeado de muñecas gigantes que me miran?
Ya podía imaginarse tratando de pegar ojo mientras veía las siluetas de los maniquíes a contraluz rodeando la cama.
—Tampoco son tantas, unas siete u ocho, y no están en el dormitorio. Pero deberás ser cuidadoso, no podré reacomodarlos todos en mi lado de la casa. Esa es una de mis condiciones.
Alquiler barato, convivir con muñecos tamaño real. Deidara ya empezaba a ver la otra cara de la oferta.
—¿Hay más condiciones?
— Los fines de semana iré a limpiar mis creaciones. Y nada de fiestas. Eso será lo que implique un alquiler barato.
—Serías un buen carcelero —se burló Deidara—. Bah, olvídalo, es demasiado.
No le gustaba esa falta de libertad. Aunque sí que podría aceptarlo para ganar tiempo mientras conseguía otra cosa. Ya no aguantaba más estar ahí.
—He hecho una valoración de los problemas que te podría causar tener mis pertenencias ahí y te lo he descontado. Me parece un trato justo. Piénsatelo, luego te envío fotos.
Deidara resistió las ganas de rechazar la oferta y decidió considerarlo más detenidamente como una opción más. Podía ahorrarse mucho dinero si dejaba a un lado el detalle de las muñecas.
—Sólo espero que sean maniquíes normales y no salidos de una película de terror, hm.
—Tengo de todo un poco. Lo que me viene a la inspiración.
En ese punto, Deidara dejó el tema. Prefería no seguir hablando de maniquíes potencialmente diabólicos, y prosiguió con sus tareas hasta la hora de salir. Tras despedirse de Sasori, este le recordó que le mandaría las fotos de la casa en breve.
Siempre se apresuraba a llegar al garaje de los primeros para evitar los autos de todos los empleados que volvían a casa también. Odiaba tener que esperar.
—¡Deidaaaaaraa! —escuchó a Suigetsu canturrear tras él—. ¿Dónde vas con tanta prisa? Mira lo que tengo aquí.
Deidara miró lo que le mostraba en cuanto lo alcanzó, era una revista de trajes de baño. Su nuevo amigo señaló a un modelo vestido nada más que con un bañador de estampado leopardo que marcaba todo.
—¿Y esto?
—He tenido una idea para ayudarte a conquistar a Obito. Te lo compras, vas a su oficina cuando no esté, te lo pones y lo esperas tirado en la mesa. No se podrá resistir.
Sólo con imaginar la escena un segundo, sintió el calor despertar en su bajo vientre. En su imaginación, Obito lo miraba con el ansia de un depredador hambriento, a punto de quitarse el cinturón mientras avanzaba hacia él. Quizá lo hiciera cuando ya se hubiera hartado de todos y quisiese salir despedido por todo lo alto.
—Dilo más fuerte creo que Zetsu no se ha enterado, hm —le reprochó, mirando hacia atrás.
—Ah, ¿lo imaginas?. No le veríamos fin al chisme. De todos modos vine a decirte que no voy a poder ir a la Villa del Sonido el sábado.
—¿Y eso?
—Ha habido un cambio de planes. Me voy a Kirigakure con Kisame el viernes y no volveré hasta el martes. Habla con Karin, ella sí va a ir. Habrá música en vivo y Tayuya tocará con su banda.
—¿Tayuya está en una banda?
—Así es. Lo mencionó en mi casa. ¿No recuerdas?
—Hay cosas que no recuerdo —respondió—. ¿Y Kisame, para qué va a Kiri?
—No sé qué procedimiento administrativo. No me hagas bostezar. Ya que soy su asistente tengo que ir, al menos iremos a las islas del sur a surfear un poco antes de venir, eso es lo único que lo hace interesante. Y bueno... Imagino que también veré a mi hermano, quiera o no —dijo, apretando el botón del ascensor.
—¿Tu hermano trabaja aquí?
—¿No sabías? La oficina en Kiri era una empresa de seguridad independiente antes de la fusión hace año y medio. La fundó mi abuelo.
Las puertas se abrieron y ambos pasaron al interior del ascensor.
—No sé de este lugar más que lo suficiente —contestó apoyándose en la pared del fondo.
Suigetsu pulsó el botón del garaje.
—Sí, no te culpo... —en ese momento vio a Obito doblar la esquina del pasillo, rumbo al ascensor, Deidara dio gracias a que las puertas se estuvieran cerrando ya, lo había conseguido evitar con éxito al menos martes y miércoles y tenía intención de que siguiera siendo así—. ¡Uups! ¡Un momento! ¡Ábrete Sésamo! ¡Ábrete Sésamo!
Suigetsu pulsó el botón para que las puertas se abrieran de nuevo.
—¡Suigetsu! ¿¡Qué haces!? ¡No! —le susurró con disimulada furia, ocultando su nerviosismo de Obito, que estaba cada vez más cerca.
—No vamos a dejar al Uchiha favorito de todo el mundo esperando al siguiente ascensor. Qué falta de consideración —dijo en tono teatral, lo suficientemente alto como para que él lo oyera.
—Muy gracioso, Hozuki —dijo Obito con sequedad.
Deidara y él se miraron por una fracción de segundo, apartando la visita simultáneamente. Desde su rincón, Deidara se fijó en un punto en el suelo, dispuesto a ignorar el caos interior de tener a Obito a menos de un metro de distancia.
— ¡Suigetsu, esperen por mí! —exclamó Karin en la distancia, caminando deprisa.
—¡No, no, no, no, no! ¡Ciérrate Sésamo! ¡Ciérrate Sésamo! —gritó, apretando compulsivamente el botón para cerrar las puertas.
—¡Suigetsu, te voy a...!
El golpeteo de sus tacones aumentó en rapidez e intensidad, y llegó al ascensor antes de que las puertas se cerrasen.
—¡Agh! ¡Cuánta violencia! ¡Sálvenme de esta bruja! —se quejó cuando recibió un carpetazo en la cabeza.
—¡Es menos de lo que mereces, idiota! —gritó, y Deidara estuvo de acuerdo.
Para entonces ya habían llegado más empleados. El ascensor comenzaba a llenarse.
—Vamos, vamos pasen todos, hay espacio —dijo Suigetsu.
Obito se vio obligado a acercarse más a él. Era tan consciente de la presencia de su cuerpo que casi le parecía sentir su calor. O puede que fuera el efecto que le causaba tenerlo tan cerca. Deidara puso todo su empeño en aparentar normalidad cuando en realidad el corazón le latía como loco y las sensaciones placenteras en su bajo vientre eran constantes.
Más gente entró al vagón, y los de delante empujaron a los del fondo. Más rápido de lo que pudo asimilar, Obito invadió su espacio personal y cuando se vino a dar cuenta, estaba aprisionado entre la pared y su cuerpo. Deidara pensó que se iría a correr ahí mismo. Pudo sentir como empezaba a sudar, su cuerpo entero estaba increíblemente caliente. En un inutil intento por poner distancia, se pegó tanto a la pared que pensó que la iría a atravesar.
Otro empujón. Sintió todo su cuerpo pegado al suyo por un breve momento. Obito pegó las manos a la pared, haciendo fuerza hacia atrás en un intento por separarse de él. Pero no había sitio. Varias personas se quejaron.
—¡Deja de empujar, Karin! ¿No ves que estás aplastando a la gente? —dijo Suigetsu.
—¡Eres tú el que está empujando! —gritó ella.
Obito giró la cabeza.
—¡Hozuki! ¿¡Es que no ves que no cabemos todos!? —dijo con notable exasperación.
—Ah, ah. Hay que tener más fe, Obito. Por supuesto que cabemos todos si sólo ponemos de nuestra parte.
Por fin las puertas pudieron cerrarse, Deidara echó las caderas hacia atrás, tan apartadas de Obito como pudo.
—Lo siento... —le susurró él dándose por vencido.
—Está bien, hm —respondió Deidara.
—N-no lo hago a posta —insistió.
Tragó saliva con dificultad cada una de sus palabras, susurradas muy cerca de su cuello causando una devastadora oleada de calor en su cuerpo.
—Lo sé -consiguió articular.
Por supuesto que no lo hacía a posta, pensó.
Una parte de él deseaba que el ascensor se averiase, la otra quería huir de ahí a la velocidad del rayo. Al final se resignó a tener su cuerpo pegado, consciente de cada mínimo movimiento. Quizá nunca tuviera otra oportunidad así, mejor aprovechar.
Fue Obito quien salió disparado del ascensor nada más llegar a la planta baja, junto con Karin y algunos más. Deidara se quedó camino al sótano con el resto. Con disimulo, se puso contra la esquina, dejó su erección paralela a su cuerpo para atraparla con el cinturón y sacó su camisa por fuera del pantalón. No se atrevía a darse la vuelta en caso de que alguien se hubiera dado cuenta de lo que estaba haciendo.
Ya podía oír la risa de Suigetsu mientras bajaban. Deidara estaba demasiado afectado como para que le importase.
—¡Deidara! ¿Qué pasó ahí? ¿Por qué estás tan rojo?
—¿Te divierte todo esto, hm? A mí no.
Pronto alguien se daría cuenta si seguían así. Obito se daría cuenta y todo iba a ser mucho más incómodo de lo que ya era.
—Eso fue mucho mejor de lo que imaginé —dijo, haciéndole aire con el catálogo de ropa de playa—. Un buen refriegue homo de calidad. Espero que lo hayas disfrutado.
No le respondió. Aún no podía pensar en condiciones. Nunca había ido en moto empalmado, pero parecía que siempre había una primera vez para todo. Sólo esperó que no fuera doloroso. O que sí lo fuera y se le quitaran las ganas de repetir. Suigetsu dejó de abanicarlo y colocó una mano en su hombro. Podría decir que incluso se veía preocupado.
—Vete a tu casa, Dei. Y pajéate pensando en Obito hasta que te salgan llagas en la mano. Te dejo, tengo que hacer la maleta, nos vemos la semana que viene —dijo antes de irse de nuevo al ascensor.
¿Planeo que estos dos tengan una muerte por dolor de bolas?
Tal vez.
;_;
Seis capítulos es lo mejor que pude hacer antes de que se me cayera al abismo gay. Mi Obito siempre cae así de repente, mira que lo he intentado hacer progresivo, pero esto es todo lo progresivo que puedo. xD
Arekusa gracias por los comentarios esa app falla a veces pero me llegaron ambos ^^ Obito ese sábado vio a Dei vomitando y con la cara blanca como el papel y tuvo que sentir al menos un poco de compasión por él. Es un avance sí, aunque con la forma equivocada. Dei se dejó manejar un poco mientras estuvo hecho polvo xDDD Pero en cuanto espabiló un poco dijo que ya no. Me dio pena escribirlo porque Obito de verdad se estaba esforzando. Espero que se puedan ir de cena alguna vez :D
Lybra, me hizo reír mucho eso de que ni con el trío le dan la hora a Anko. xD No había pensado eso de juugo como androide 16 pero siii le pega mucho, amante de los animales y la paz, alto, fuertote. También apuesto por Naruto o Juugo. Por supuesto si es Karin quien gana, ella sería seme y le daría con un strap-on. :D En la serie se la pasa diciendo que tiene un chakra puro -_- aunque podría ser, puramente insulso. No especifica qué clase de pureza es. Me alegra que se sienta bien el ritmo. Aclaro que con Suigetsu no pasó nada, ambos estaban hablando y se durmieron. Lo cambiaré para que se haga más evidente ese punto. Estoy segura que Obito algún día recordará esa escena de Dei con caramelo escurriéndole barbilla abajo y llorará. Quiero pensar que ya van por mejor camino aunque aún haya malentendidos. T_T Ya me muero por escribir esos azotes. *-*
Hablaré del accidente de Obito pronto, lo prometo. No he tenido ocasión pero no quiero que se sienta como que lo meto ahí sin venir a cuento, o como si me lo estoy guardando demasiado. Como dije, me gustaría que Deidara se entersase por Obito cuando pueda ser y no por otras personas. Pero seguro puedo meter algo antes. Pensaré como hacerlo.
¡Saludos y gracias por leer!
