—Hay unas cuantas preguntas más que quiero hacerte.

Ino se distrajo mirando a la pantalla de su computadora portátil. Se preguntó si estaría consultando toda la información que le había dado la vez anterior.

—De acuerdo.

—Debes estar pensando que es una lata. La buena noticia es que pronto terminaremos —Obito sólo asintió. No se equivocaba. La entrevista se sentía como un interrogatorio—. Me hablaste de tu trabajo, de lo que normalmente haces, de tu familia y circunstancias personales actuales. También un poquito de ti.

La otra vez, Ino le pidió que definiera su forma de ser en pocas palabras. Obito había pensado blien la respuesta. No iba a decirle "amargado", a pesar de que eso mismo se sentía que era. En su lugar dijo "discreto y distante". Ella le preguntó si no quería agregar una más y Obito respondió que no. Dos palabras con la cantidad justa de inocuidad que escogió con cuidado.

Y aún así se sentía como si Ino pudiera leerle la mente con solo mirarlo.

—¿Qué es lo que te hizo decidirte a venir aquí?

Al parecer, esa iba a ser la sesión de las preguntas difíciles. Obito se esforzó por no hacer ningún gesto que delatara su incomodidad.

—Mi secretario insistió.

—Zetsu insistió —se escuchó el suave sonido del tecleo—. ¿Y tú pensaste que llevaba razón?

—De vez en cuando lo sugería. Sólo quería hacerlo callar de una vez.

Obito no pudo evitar decirlo, aún sabiendo que no ayudaba. A veces le costaba ser cien por cien sincero.

—¿Hay algo en particular que tuviera a Zetsu preocupado por ti?

Pero quizá debiera serlo.

—Cuando era niño un accidente cambió mi vida. Eso me hizo ver el mundo y las personas como realmente son. Las cosas malas del mundo sobrepasan con creces las buenas. La gente es egoísta por naturaleza. Zetsu cree que esa forma de pensar no es buena para mí y quiere conseguir que actúe como si yo todavía lo ignorase.

Ino seguía apuntando todo.

—¿Cómo afectó ese cambio a tu día a día?

—Ya que todo el mundo sólo piensa en sí mismo, yo también empecé a ponerme a mí mismo primero. Socializar dejó de interesarme y lo evito siempre que es evitable. Tomarle cariño a la gente sólo sirve para darles el poder de hacerte daño —Obito pasó el dedo por la parte derecha de su cara—. Temo que la historia se repita.

—Han pasado muchos años de eso. ¿Cuál es la razón por la que decidiste hacerle caso a Zetsu esta vez?

Obito pensó en Deidara y lo que fuera que estaba a punto de decir se atoró en su garganta. Ino lo miraba esperando una respuesta. Mierda. Era casi idéntica a él. Tragó en seco y respiró hondo.

—He conocido a alguien.

Ino sonrió. Las manos comenzaron a sudarle y Obito rezó porque no le preguntase por Deidara.

—Háblame sobre el viejo Obito.

Obito apartó la mirada y apretó los puños. Por años detestó el crío ingenuo e inutil que fue, aunque también en quién se convirtió. A Obito rara vez le gustaba algo de sí mismo. La pesadez en su pecho dolía. Ino esperaba la respuesta. Él sacudió la cabeza.

—No.

—¿Quieres que saltemos a la siguiente pregunta?

—No —repitió, sacudiendo la cabeza. La miró de nuevo—. Voy a hacer esto.

Y Obito comenzó a desenterrar cosas que por mucho tiempo deseó haber olvidado.


Obito no estaba en su oficina.

Lo había llamado ahí hacía rato pero Deidara no había podido ir de inmediato teniendo a Sasori a su lado quejándose porque no podría seguir trabajando hasta que él terminara su parte. Decidió quedarse antes que aguantar su mal humor por el resto del día.

Mientras esperaba, tomó un bolígrafo del lapicero de Obito y empezó a hacer garabatos en el sobre en blanco con los trabajos que le había pedido imprimir. Unos ligeros nervios se habían apoderado de su abdomen; Deidara detestaba sentirlos. Deseó que Obito llegase pronto para poder salir de allí y dejar de reaccionar así ante su presencia. O ante la incertidumbre de no saber cuando iría a aparecer.

Deslizó el bolígrafo distraídamente por el papel, trazando líneas rectas y curvas y algunas volutas, sin pensar demasiado en ello. Al sentir la puerta abrirse, dejó con rapidez el bolígrafo en la mesa, que rodó hasta casi caerse por el lado opuesto.

—Disculpa por haberte hecho esperar.

Nada más oír su voz, Deidara sintió la sangre subir a su rostro. Maldito. Una parte de él quería de vuelta al Obito amargado. Eso tal vez matase aquellas reacciones junto con todo lo que sentía.

—Está bien, se agradece el descanso extra si es que esto no cuenta— contestó.

—Por supuesto que no cuenta —Obito se asomó por encima de su hombro, la mano que apoyó en el respaldo de su silla rozaba un poco su espalda. Deidara contuvo el aliento. Ojalá su jefe no se diera cuenta de sus vergonzosas reacciones—. Es un buen diseño. ¿Qué es?

Por ese cumplido Deidara podría haberlo besado.

—Nada en especial, hm. Sólo garabateaba un poco mientras no venías.

—Me gusta.

Sonaba tan tristemente parecido a "me gustas".

—Gracias —contestó y esperó haber ocultado bien aquella mezcla de nervios y anhelo insoportable—. Es mi talento natural.

Todo su cuerpo estaba en tensión, respondiendo a la cercanía de su cuerpo a pesar de que no se estaban tocando. Obito rodeó el escritorio para sentarse.

—Gracias por arreglar la fotografía como te pedí —Obito consultó algo en su teléfono, luego le mostró la pantalla. La fotografía que había arreglado estaba ahí enmarcada—. Ahora la pared está mucho mejor.

—De nada, hm —a Deidara le hubiera gustado decirle que aceptaba aquella cena con él que rechazó como agradecimiento. Se quería tirar del cabello cada vez que lo recordaba. Por unos segundos intentó vivir en una realidad alternativa donde Obito era gay y no estaba mal visto flirtear con el jefe de uno—. Aquí estoy para cualquier otra cosa.

Deidara se aseguró de dejar pasar tan sólo un ligero toque sugerente a sus palabras.

—Miraré si tengo más fotos para que me arregles. Es hora de que le de a mi casa un nuevo look.

—Voy a tener que empezar a cobrar.

Una última indirecta, una y no más.

—Por supuesto, puedes negarte. No quisiera abusar.

El siguiente paso en el manual de seducir de Deidara hubiera sido asegurarse de que se vieran fuera del trabajo. Por primera vez en su vida, estaba en blanco.

—Lo haré como agradecimiento por aprobar los días libres que pedí, hm —respondió al fin.

Obito jugueteaba con el bolígrafo que había rodado hacia su lado. Parecía nervioso y Deidara se preguntó por qué.

—No hay nada que agradecer, es mi obligación.

—Pero no avisé con antelación de tres semanas.

Fue una idea de última hora el regalarse algunos días libres por su cumpleaños. Deidara rellenó el formulario creyendo que Obito jamás se los aceptaría tan cerca de la fecha. Pero lo hizo.

—Es verdad, pero tampoco hay nada urgente en esos días y es por una buena razón. ¿Tienes algo planeado?

—Poca cosa —vio a Obito echarse un poco hacia adelante y apoyar los codos en la mesa—. Salir por ahí a cenar con amigos, invitarlos a algo. No mucho más, hm.

Su jefe lo miraba con atención ennervante.

—Bueno. Si no te vuelvo a ver antes del día, te deseo un feliz cumpleaños.

Imaginando que Obito nunca había pronunciado las tres últimas palabras, Deidara no respondió inmediatamente. Sonrió distraído, pensando en la parte que más le había interesado de la frase.

Te deseo.

Sonrió sin poder contenerse.

—Gracias. No me extrañes demasiado, hm.

Quería a Obito dentro de su pastel de cumpleaños gigante.

—Lamentablemente voy a estar ocupado —Obito sonaba fastidiado, bebió un trago del vaso de agua en su escritorio y continuó jugueteando con el bolígrafo con más nerviosismo que antes—. También planeo tomarme un día o dos, pero necesito ese tiempo para atender otras cosas.

¿Y si Obito había conocido a alguien más? ¿Y si por eso estaba tan feliz últimamente? Deidara se sintió patético pensando en cómo le dolería verlo con alguien más. Se resignó erróneamente en su día a que había algo entre él y Anko, y ahí notó lo mucho que empeoró lo que sentía por él.

El día en que viese llegar a cualquier clon insípido de Rin a traerle el almuerzo, sería el día en que saliese por esa puerta para no volver. Tal vez así conseguiría ser otra vez el Deidara que no sufría porque el tipo hetero con el que se había obsesionado había superado a su antiguo interés amoroso con alguien que no era él.

—Oh, entonces no vas a tener tiempo para extrañarme, hm —Deidara ya no pensaba ni en lo que estaba diciendo.

—Tal vez pueda hacer un hueco en mi agenda —Deidara se irguió en su asiento, abriendo mucho los ojos tras el pequeño infarto que creyó sufrir. Antes de que pudiera si quiera procesarlo, Obito estaba mirando el reloj en su muñeca—. Lo siento, tengo cosas que hacer. Mejor si me pongo a ello. Disfruta de tus días libres, Deidara. Te veo la semana que viene.

Deslizó el sobre que contenía su trabajo del día impreso por el escritorio hasta dejarlo frente a Obito.

—Espero que puedas hacer un hueco en tu agenda.

Eso. Eso era lo que iba a hacer. Fue lo que pensó Deidara al salir de la oficina. Contestó distraído a la despedida de Zetsu mientras su cabeza se centraba en ese nuevo plan. Así podría dejar escapar algo de presión mientras que a la vez, incomodaría a Obito. La inmensa mayoría de los hombres hetero temblaban ante cualquier insinuación gay. Cuanto antes viera ese lado de Obito, antes podría empezar a convencerse de que de estaba infinitamente mejor no sintiendo nada por él. Y esos días libres en los que no lo tendría que ver ayudarían también.

Sí. Deidara estaba de buen humor ese día. Entró tarareando a su oficina y no discutió con Sasori ni una sola vez.

—Voy a ir al centro comercial antes de pasar por casa —dijo cuando llegó la hora de irse—. Veré si hay algo que me puedo regalar.

—Por cierto —dijo Sasori—. ¿Has avisado ya a Obito sobre tu nueva dirección?

—Mierda —Deidara se dio un golpe en la frente, llevaba días con eso en la cabeza—. Aún no. Lo haré cuando vuelva, unos días más o menos no van a cambiar nada.

Su compañero de trabajo sacudió la cabeza.

—Parece mentira que no hayas aprendido ya. Cuantos menos motivos le des para que la pague contigo, mejor. Ve y díselo ahora antes de irte.

—Bah, Obito y yo ya estamos bien. Ya superamos esa etapa, hm.

—Lo que tú digas —fue lo último que escuchó de él antes de salir por la puerta.

Deidara no supo lo mucho que había necesitado aquel descanso hasta que no salió por la puerta. Sonrió ampliamente, sintiéndose libre por fin mientras bajaba por las escaleras para no tener que esperar las colas del ascensor camino del garaje donde estaba su moto.

Hacía bastante calor y no había ni una nube en el cielo, algo que no ocurría a menudo en Amegakure. Después de varios días de viento frío y llovizna intermitente, el cambio había sido brusco como siempre solían serlo, pero Deidara lo agradecía igual.

Aparcó la moto en el garaje del centro comercial, levantó el asiento y guardó ahí las dos chaquetas, la corbata y la camisa sin importarle estar en público. Buscó entre la ropa una camiseta de manga corta que siempre llevaba ahí por si acaso y se la puso.

¿Qué podía regalarse? Deidara pensó qué capricho podría darse esa vez. Pasó media hora en la tienda de música, otra media en la de ropa y mientras estaba buscando la de manualidades en aquel pasillo lleno de escaparates, se detuvo ante el de un negocio de tatuajes.

—Hmm...

Miró interesado las fotos expuestas, desde símbolos sencillos a cosas más complejas. Ese iba a ser su regalo a sí mismo. Sin darse más tiempo para pensar, entró.

—Hola, vengo a pedir cita.

La mujer de cabello verde muy corto dejó el libro que leía sobre el mostrador.

—He tenido una cancelación. Si no es nada muy elaborado, puedes pasar ya.

—Oh —Deidara no esperó aquello, pero así se ahorraba el tiempo de tener que volver—. Mucho mejor. Me interesa.

Se sentó en la silla que ella le indicó al otro lado del mostrador.

—¿Estás seguro? —preguntó.

—Sí, hm.

Ella asintió.

—¿Y qué tienes en mente?

Desde el momento en que tomó la decisión, Deidara había tenido algo aquel garabato que hizo en el sobre en la cabeza. Obito le había hecho darse cuenta que en realidad era un buen diseño. Las mejores cosas surgían sin ser planeadas. Era el tatuaje perfecto para la ocasión.

—¿Tiene un papel y un bolígrafo? —preguntó.

Y cuando ella se lo dio, empezó a dibujar.


Tercer día sin ver a Deidara y aún le quedaba el fin de semana por delante. Mientras se tomaba un descanso posterior al almuerzo, Obito revisaba el perfil de Deidara en el que salía el evento de su fiesta de cumpleaños esa misma noche en la Villa del Sonido. Nunca había estado ahí, ese tipo de ambiente alternativo nunca fue lo suyo pero deseó haber estado invitado.

Tras haberlo deseado, le pareció una idea ridícula. Tanto que se sintió incómodo al imaginarse allí, viendo como Deidara le prestaba atención a todo el mundo menos a él. La gente no invitaba a sus jefes a sus cumpleaños, no importaba lo buena que fuera su relación. Allí estaría fuera de lugar. Acabaría bebiendo de más y arruinándole la fiesta otra vez.

Se conformaría con ver las fotos. Obito echó un vistazo a la lista de invitados. Konan estaba ahí, también Karin y Juugo y varias personas que no conocía. No vio a Suigetsu e investigando un poco más vio que iba a estar demasiado ocupado asistiendo Kisame y haciendo horas extra. Deidara bromeaba con él en una de sus publicaciones, preguntando si no se iría a escapar con su nuevo ligue en lugar de ir a su fiesta.

Fue la mejor noticia de toda la semana para Obito. De inmediato sintió como se quitaba un peso de encima. Se cubrió la boca con el puño para ocultar su sonrisa, a pesar de estar solo en casa. Siempre pensó que Suigetsu sería su rival, así como lo había sido Kakashi. Obito había notado que la historia se estaba repitiendo en muchos aspectos. Ambas veces su imaginación se disparaba cuando veía imágenes de parejas haciendo cosas juntos, como desayunar en la cama o pasear por la playa. Luego detectaba un obstáculo ahí en el horizonte y su estado de ánimo decaía hasta el punto de perder el apetito o el sueño.

En otras ocasiones, malinterpretaba gestos o frases de Rin, o mejor dicho, su cabeza las interpretaba como más le convenía a él. Una mirada acababa pareciéndole demasiado afectuosa. Una sonrisa demasiado bonita como para darla en vano. Eso también le quitaba el sueño. No quería que fuera así con Deidara, por eso se propuso no darle demasiadas vueltas a esa frase que dijo antes de salir de su oficina y que lo había llevado a sonreír como un idiota hasta que Zetsu pasó a su oficina cinco minutos después y lo bajó a la Tierra otra vez. Lo más probable es que fuera una broma sin más.

Esa vez por suerte no había rivales en el horizonte, de momento. Obito no iba a rendirse tan fácil, seguiría su plan. Flirtearía con él sutilmente, hasta el viaje al menos. Ahí podría averiguar mejor como de altas eran sus posibilidades.

Con tan solo pensar en ello su corazón latía con fuerza. No se sentía listo pero mejor empezaba a esforzarse por estarlo. El viaje era pronto e iba a llegar quisiera él o no. De momento, tenía un testamento escrito por Kisame que leer.


Sonaba un famoso tema de rock indie. Deidara estaba ya sintiendo el efecto desinhibidor de su primera copa, pero esa vez no quería pasarse bebiendo. Sentada a su lado en la zona de los sofás, Karin se había volcado más en su cumpleaños que él mismo. Incluso Suigetsu, vestido con el traje del trabajo, se pasó un momento a felicitarlo antes de volver a irse.

De alguna manera todos acabaron hablando sobre anécdotas de enfermedades y huesos rotos. Tema que Kimimaro acaparó luego de un rato contando su experiencia con la leucemia cuando era niño. Y mierda, pasar por sesiones de quimioterapia a los cinco sí que debía ser duro, a Deidara siempre le pareció que se veía como alguien de salud delicada. Ahora lo entendía.

Llegado un momento, la música se paró y Deidara escuchó algunos gritos. Al mirar atrás vio a los de VICKINGΔ subiendo al escenario. No iban disfrazados como la otra vez, sino con la ropa que ya llevaban puesta. Karin había sacado el teléfono y estaba grabando la escena.

—¡Esto va por Deidara! —dijo Tayuya al micrófono—. ¡Vamos a desearle todos un feliz cumpleaños!

Deidara no se había esperado aquello. Miró boquiabierto al grupo empezar a tocar la introducción de una versión black metal de cumpleaños feliz. Todo el mundo cantaba, alzando sus bebidas al aire, incluso los desconocidos que no tenían nada que ver con él. Al terminar el estruendoso final de la canción, Deidara aplaudió junto con todos los otros, los de VICKINGΔ hicieron una reverencia y bajaron del escenario.

—¡Feliz cumpleaños! —Tayuya le dio una fuerte palmada en la espalda.

—¡Feliz cumpleaños Dei! —Sakura se acercó a darle un breve abrazo.

—¡Feliz cumple, gemelo perdido! —dijo Ino.

De camino a reunirse con Karin, Deidara fue agradeciendo cada una de las felicitaciones. Le costó un buen rato llegar hasta donde estaba su amiga.

—¿Has organizado esto tú sola? —preguntó impresionado—. Nunca me esperé nada así.

—Me gustan estas cosas —contestó ella—. Y las sorpresas aún no se han acabado.

Karin le guiñó un ojo y en ese instante, la voz del barman salió de los altavoces.

—¡Quien quiera pastel de cumpleaños, que venga a la barra!

Todo el mundo le cantó cumpleaños feliz de nuevo mientras le abrían paso a la barra. Había alguien sosteniendo el pastel, alguien a quien conocía demasiado bien a pesar de no haberla visto en meses.

—¡...te deseamos Dei, cumpleaños feliz!

Deidara miró incómodo a Kurotsuchi, consciente de lo desagradable que había sido su última conversación. No tenía ganas de sacar ese tema, no en su cumpleaños. Pero ahí estaba.

—Vamos, sopla —dijo ella.

Todos lo miraban espectantes. Deidara no creyó que armar un número ahí mismo fuera lo mejo, así que sopló y el local entero aplaudió.

—¿Has pedido un deseo?

—Mierda, se me ha olvidado —Deidara apretó la mandíbula—. Tu culpa por meterme prisa para soplar.

—Pero seguro que iba a ser hacer las paces con tu mejor amiga y mira qué bien. Se va a cumplir igual —dijo Kurotsuchi.

—Iba a pedir pasar una noche loca con mi jefe, pero de acuerdo —contestó Deidara.

Kurotsuchi le obsequió con una de sus sonrisas burlonas.

—Así que Deidara ahora necesita milagros para seducir a un hombre. Interesante.

Directo a su ego.

—No necesito milagros para nada. Y metiéndote conmigo no vas a conseguir que arreglemos nada, hm —pero lo dijo sonriendo, porque en el fondo la había extrañado aunque todo hubiera sido muy repentino.

Eso era cosa de Karin seguro.

—De todos modos... ¿Cómo has estado?

Kabuto le pasó un cuchillo y Deidara hizo el primer corte en el pastel de chocolate y fresas.

—Bien —cortó una porción y notó que el bizcocho de dentro era terciopelo rojo. Ahora comprendía por qué Karin le preguntó cuáles eran sus dulces favoritos—. Aunque el tiempo es una mierda. ¿Y tú?

—No me quejo. Y tampoco me parece tan malo el tiempo, llevo aquí dos días y ni rastro de una nube.

Deidara pasó el plato de cartón a una persona al azar a su espalda y empezó a cortar otro. Ni de broma iba a cortar el pastel entero para todos. Esa porción sería para él y luego se iría y los dejaría servirse ellos mismos.

—Ha sido casualidad que se ponga a hacer calor justo cuando llegaste, hm.

—Debe ser que el buen tiempo me ha seguido hasta aquí —Kurotsuchi asentía para sí misma—. ¿Y no vas a ofrecerme pastel?

Se llevó su porción a la boca y le dio un mordisco.

—Mm, ahí tienes —dijo con la boca llena—. Sírvete tú misma.

Su amiga resopló y se puso a la cola y él buscó a Karin en la barra para pedirle explicaciones.

—No me dijiste que la habías invitado —le recriminó Deidara.

—¿Cómo se supone que va a ser una sorpresa si te lo digo? —dijo como si fuera lo más obvio del mundo.

—Es un tema serio, no me apetece abordarlo precisamente hoy, hm.

No quería ser desagradecido, pero no sabía cómo iba a arreglar el ambiente enrarecido.

—Pues yo creo que es el mejor momento —respondió, Deidara abrió la boca para protestar pero ella lo cortó—. Escucha, desde que me contaste el problema con Kuro he pensado en hacer esto. La busqué, la contacté y aceptó venir. Se está quedando en mi casa. Ella también quiere hacer las paces, así que no seas bruto. Además, me gusta su aura. Es como respirar hondo en un bosque lleno de árboles centenarios.

—¿Cómo se puede sentir algo tan específico? —Deidara no estaba de humor, pero no quería aguarse la fiesta—. Aún así debiste haberme dicho.

Karin colocó la mano en sus hombros con algo más de fuerza de la necesaria.

—Confío en ti y en que podrás manejarlo, Dei. Llévala arriba a la terraza, es un buen lugar para hablar.

Alguien tiró de su oreja en ese momento. Supo sin mirar que era Kurotsuchi.

—¿Meses sin verme y ya me dejas plantada?

Deidara le agarró la nariz. Su amiga siempre decía que la aliviaba no haber heredado la nariz de su padre o su abuelo. Quizá si la estiraba, se la podría dejar igual. Ambos se soltaron a la vez después de unos segundos.

—Pensaba volver donde estabas y de paso me llevo un poco más de pastel.

—Ya no queda —rió Kurotsuchi.

Genial. Era su pastel y se lo comían otros. Con un suspiro de resignación, le hizo una seña para que lo siguiera al piso superior.

—Si tan importante es para ti, puedes comerte lo que queda de mi parte.

Kurotsuchi le ofreció la porción de pastel mordida. Él no se lo pensó dos veces a la hora de tomarla.

—Sí, gracias —dijo antes de zampársela.

En medio de las escaleras y del camino de todo el mundo, Kurotsuchi lo miraba comer.

—No has cambiado nada —sonrió, negando con la cabeza.

—Mmhh... Terciopelo rojo —Deidara se chupó los dedos untados de migas de bizcocho rojas y crema de queso. Mejor apurar todo lo que pudiera aquel delicioso sabor—. ¿Y por qué iba a cambiar? Me gusta como soy.

—A veces la gente madura, bobo. Y sigue subiendo, estamos molestando aquí —dijo antes de propinarle una sonora palmada en el trasero.

—Ay. Oye, ¿De qué vas? ¡No soy un caballo, hm! —exclamó mientras subía.

Fue curioso como habían caído tan rápido en la dinámica de siempre, dejando las tiranteces de lado.

Deidara y ella pasaron a la terraza y se sentaron en sendos sillones de mimbre frente a una mesa larga. Kurotsuchi se pidió un bloody mary, Deidara no pidió nada.

—¿Y cómo va todo por Iwa? —preguntó Deidara.

—Como siempre —Kurotsuchi removía su bebida con la cañita—. Allí sí que no cambia nunca nada.

—¿Sigue vivo el viejo Onoki?

Ella rodó los ojos.

—Más que nunca. Se sigue quejando de la espalda, pero no deja de moverse. A veces creo que es más cuento que otra cosa.

Deidara soltó una carcajada.

—Es cierto que nada ha cambiado.

Kurotsuchi se llevó la cañita a los labios antes de hablar otra vez.

—¿Te gusta Amegakure? Lo que he visto de momento no ha estado mal.

—Bueno, ya te he dicho. La ciudad se ha puesto de gala para ti.

—No me refiero a eso. Si llueve me llevo un paraguas y asunto arreglado. Me refiero a que hay otro ambiente completamente distinto, más abierto y animado. En Iwa no hay nada y lo sabes. ¿Cuándo nos van a poner a nosotros un bar gay? El siglo que viene con un poco de suerte.

Deidara tragó saliva sintiéndose culpable. En el fondo comprendía a Kurotsuchi. Siempre lo hizo. Tenía que tener esa mala costumbre de decir las cosas en caliente.

—Eso es verdad —Deidara se mordió distraídamente el labio inferior.

—Estaba enojada cuando te dije que eras un traidor —dijo ella.

—Yo también lo estaba cuando te dije que ojalá te pudrieras para siempre en ese lugar de mierda, hm.

—Supongo que una cosa cancela la otra.

En realidad, Deidara se hubiera sentido igual en esa situación. Todos yéndose mientras él se tenía que quedar ahí.

—Sabes que no tienes por qué hacerlo si no te gusta, hm. Haz las maletas y vete a ver mundo.

Kurotsuchi miraba en silencio a la nada. Pasaron unos segundos antes de que le respondiera.

—En realidad sí me gusta. También me gustaría ver mundo pero de momento no pueden ser ambas.

—¿Y qué vas a hacer?

—Me quedaré en Iwa. No todo el mundo tiene esa suerte. Estando en el partido podré aprender y después tal vez me surja alguna oportunidad interesante.

—Suerte conquistando el mundo —bromeó Deidara.

—Pero tienes que prometer que vendrás a visitarnos más a menudo. Te extrañamos —dijo ella—. A cambio yo vendré a verte también ahora que he hecho otra amiga por aquí.

Deidara resopló.

—Eso será si no me harto antes de este lugar.

Kurotsuchi lo miró como si estuviera loco.

—¿Cuándo se te acaba el contrato?

—Es indefinido. Pero eso no me importa, todo el mundo me recuerda lo buena que fue esta oportunidad pero tenía en mente otro tipo de trabajo, hm.

—Bueno. Suerte con eso a ti también, aunque yo me quedaría al menos un par de años.

—¡Eso es mucho! Preveo que me voy a hartar mucho antes.

A no ser que despidieran a Obito, Deidara tenía claro que con cada día que pasase, la posibilidad de drama sería mayor. No se reconocía actuando así, era territorio inexplorado y desconocía cuanto tiempo iba aguantar aquel asqueroso sentimiento frustrado sin tomar una decisión drástica.

—¿No estás a gusto en Akatsuki? —preguntó Kurotsuchi—. Karin me ha dicho que te iba bien y habías hecho amigos.

Deidara pensó en ellos y en si valía la pena renunciar a todo sólo por Obito. Tampoco le sonó bien. Él no era de los que huían de los problemas. Actuase como actuase, nunca iba a quedar satisfecho del todo. Pero Kurotsuchi no tenía por qué saber.

—Como te dije, profesionalmente me interesa ir en otra dirección —optó por decir, lo cual no era mentira.

—¿Y qué prisa hay? —ella se encogió de hombros.

—Me gustaría que fuera cuanto antes, hm.

—Qué impaciente... En eso tampoco has cambiado. ¿Y qué era eso que dijiste de la noche loca con tu jefe? —sonrió de repente, dándole un codazo.

—Oh —Deidara nunca aprendería a morderse la lengua—. Está para comérselo entero. Por desgracia es... De esos. A los que sólo les van las chicas.

—¿Y cuándo ha sido eso un impedimento? Recuerda aquel tipo que juraba ser hetero, lo convenciste de darte una probadita y luego no te dejaba en paz pidiendo más. Ah y ese otro que dejó a su novia porque se volvió loco por ti ahora es el más gay de Iwa. ¿Qué le pasó al gran Deidara convertidor de heteros?

—No lo conoces. Este es muy hetero —Kurotsuchi lo miró como si no lo conociera de nada—. Espera... Sí lo conoces. Es el tipo con el que me peleé en mi fiesta de graduación. El primo de Sasuke.

—¿¡El idiota aquel que estaba en la friendzone!? —Kurotsuchi olvidó cerrar la boca después de hablar.

—¡Ese mismo! -exclamó Deidara.

—Hmm —murmuró, dándose unos golpecitos con el dedo en el mentón—... ¿Y dices que lo tienes imposible? Yo creo que te lo puedes ligar.

—Habría intentado algo si no tuviera nada que perder —replicó Deidara—. Pero es mi jefe.

—Al Deidara que yo conozco eso no lo detendría —indignado de repente, él abrió la boca pero se detuvo antes de decir algo que dejase su reputación en peor lugar—. E igual dices que estar ahí no es lo tuyo. Aclárate.

—Tch... El día que me harte y a este paso será pronto, sacaré toda mi artillería pesada de ligue y me prepararé para firmar mi despido.

—¿Estás muy pillado?

Deidara abrió mucho los ojos. Miró a su amiga con expresión demente, intentando ocultarle lo humillado que se sentía.

—¿Yo? ¿Pillado? —echó las manos hacia atrás, indignado—. Menuda estupidez. Como si no me conocieras de sobra. Ellos lloran por mí, no al revés... ¡No puedo creer que se te haya pasado por la cabeza si quiera, hm! ¡Viniste a disculparte y me ofendes más aún! Pillado dice...

No estaba funcionando. Aquellas vacaciones sólo estaban haciendo que lo extrañase más. Deidara rechinó los dientes, clavando sus dedos en el brazo del asiento hasta sentir dolor.

—Me equivoqué... Has cambiado más de lo que pensé.

—Vale, ya te pasas de lista, Kuro. La semana que viene me voy a un viaje con él. Llevaré condones y los pienso gastar todos, bien con él o con cualquiera que me encuentre por ahí. Va a ver como el otro acaba rogando por un poquito más de mí. Si no se anima a probar así entonces...

—Lo mandas a la mierda.

—Eso —ver que había algo de esperanza para él hizo que viera el problema más liviano.

—Quiero hacerte un regalo —dijo Kurotsuchi—. No te traje nada porque quería regalarte algo práctico en lugar de tonterías.

—Nah. Ya debiste gastar suficiente en venir.

—No demasiado —insistió—. Así que dime si hay algo que necesites.

Pensando en Obito y en todo lo que le quería hacer, Deidara recordó la queja de Sasori.

—¿Qué tal sábanas? Mi casero no quiere que use las suyas por si se las mancillo para siempre trayendo ligues a casa.

—Puede ser. Me quedo hasta el domingo. Mañana nos vemos y vamos a comprarlas.

—¿Nunca has pensado que a la gente a la que le regalas prefiera que todo sea sorpresa? —se burló Deidara.

—Yo hago las cosas así —apurando las últimas gotas de su bebida, Kurotsuchi dejó el vaso de nuevo en la mesa—. Voy a comprarte esas sábanas. ¡Y más te vale mancillarlas pronto!

Deidara se apartó un mechón de pelo de la cara.

—Vas a ver, hm —dijo con una sonrisa arrogante.


—Monta. Te llevo al trabajo hoy —dijo sabiendo que el otro iba a negarse.

El lunes por la mañana Deidara montó en su moto a la misma vez que Sasori salía de casa.

—No gracias, aprecio mi vida. Además, seguro que conduces de forma más temeraria sólo porque estoy yo.

—¿Por qué haría eso? —preguntó con fingida inocencia.

—Puedes venir conmigo y aprender como se conduce.

—Ya sé como se conduce. Pero está bien, quiero ver qué tan bien dices hacerlo.

Deidara se bajó de la moto, abrió la puerta del copiloto del auto de Sasori, se montó y se puso el cinturón. Mientras arrancaba, revisó la temperatura en su teléfono. Casi veinte grados y no eran ni las nueve. La ola de calor parecía haber llegado para quedarse y la humedad no ayudaba, todo el mundo estaba hablando de ello. Deidara se había quitado la chaqueta en cuanto salió de casa y el aire caliente lo abofeteó en la cara. Al menos en la oficina tendrían aire acondicionado. No entendía por qué, pero tenía ganas de volver aunque sólo fuera para encontrarse con Obito otra vez. Se sintió como un yonki enganchado a cualquier sustancia cuando comenzó a pensar en excusas para ir a su oficina a verlo.

—No te olvides de llevarles tu nueva dirección hoy mismo —le recordó Sasori con la vista en la carretera.

—Buena idea, hm.

Deidara sonrió. Esa era la excusa perfecta para verlo y hablar un rato con él antes de empezar el día.

—¿Por qué sonríes? ¿Qué tramas? —preguntó Sasori.

—Sólo recordé algo —dijo él.

—Siempre que sonríes así tramas algo.

—¿No puedo estar de buen humor sin más? He tenido unas buenas vacaciones. Te tengo que enseñar el vídeo del mini concierto de VICKINGΔ en mi honor, por cierto.

—Luego me lo enseñas —Sasori comenzó a descender la rampa del garaje.

Deidara apoyó el codo en el borde de la ventanilla.

—Va a ser una buena semana. Lo sé. Y encima me voy de viaje, hm.

Sasori no habló mientras aparcaba. Un pitido que venía de su teléfono se escuchó y su compañero chasqueó la lengua.

—¿Qué quieren? Ni he llegado aún y ya la cagaron.

—¿Cómo sabes que la cagaron? —preguntó Deidara.

—Nueve de cada diez veces es eso.

Después de salir del coche y activar el seguro, Sasori leyó el mensaje. Deidara tuvo otra brillante idea, escribiría la nueva dirección en un postit y lo pegaría a su corbata tal y como hizo en su primer día. Le pondría el teléfono también aunque él ya lo tuviera en su ficha de empleado. A Deidara lo único que se le ocurrían eran ideas para flirtear con él y lo peor era que no sabría si podría contenerse antes de soltarle alguna.

La puerta del ascensor se abrió.

—Vale, al parecer estamos sin Internet por las obras de la quinta planta, voy a revisar si se puede restablecer, al menos parcialmente. Ve a llevarle eso a Obito, te llevo advirtiendo días.

—Ah, qué pesado, ya sé —se quejó—. Y yo te contesté que Obito y yo nos llevamos bien ahora.

—Lo conozco mejor que tú y te digo que te has confiado demasiado con él. E insisto porque seguro que te vas por ahí a hablar con Suigetsu en lugar de hacer lo que tienes que hacer —le soltó, guardando su teléfono otra vez.

Deidara se rascó la barbilla.

—Sí, iré a decirle hola a Suigetsu también, hm. Hasta luego.

Dejó a su compañero esperando el ascensor y subió por las escaleras hasta recepción donde pidió un postit y un bolígrafo. Mientras escribía, Deidara canturreaba algo. También al subir a su planta, pensando en la reacción de su jefe cuando le pegase el papel en la corbata.

—Necesito ver a Obito, hm —le dijo a Zetsu.

—Oh. Buenos días a ti también Deidara —le reprochó él con una sonrisa—. Obito no ha llegado aún. Ya sabes... que a veces suele tardar un poquito más.

Deidara frunció el ceño, arrugando el postit en su puño. ¿Cómo se atrevía a llegar tarde después de todo lo que lo había extrañado?

—-Vale, regreso más tarde entonces.

Zetsu miraba el papel en su mano.

—¿Hay algo en lo que pueda ayudarte?

Deidara se resignó a que el plan no iba a salir como él quería. Estúpido Obito y su estúpida impuntualidad. Ya no tenía ganas de tontear con él. Le tendió el papel arrugado con una sonrisa forzada.

—Dale esto de mi parte. Es mi nueva dirección, para actualizar la base de datos, hm.

—En realidad —dijo Zetsu tomando el papel— soy yo quien se encarga de esos temas y no Obito así que es bueno que no haya llegado aún. Al jefe no le gusta que lo molesten por minucias así. Para eso me tiene a mí.

—Pues a trabajar entonces —Deidara se volteó para marcharse. Ni se molestó en ocultar su descontento.

—¡Que tengas un buen día también, Dei! —lo oyó decir.

El día no empezó como él había imaginado, pero podía arreglarse. En lugar de volver a la oficina, llamó al ascensor para ir a la de Kisame. Ver a Suigetsu lo animaría. Tenían que ponerse al día sobre los fines de semana de cada uno.


Obito se miró en el pequeño espejo de mano por centésima vez desde que llegó. Respiró hondo en un intento por calmar sus nervios. Vería a Deidara después de muchos días y no podía esperar a tenerlo delante de él.

El bochorno tampoco ayudaba. En la calle no se podía estar. No con esa ropa al menos. Era día de vestir de manga corta y no de traje. ¿Era él o hacía demasiado calor ahí dentro? Seguro era él.

Al llegar al garaje y no ver la moto de Deidara aparcada, se alarmó. Pero cuando comprobó que había fichado a su hora volvió a relajarse un tanto. No había ido a arreglarse el pelo en vano y eso descartaba que Deidara pudiera estar enfermo o le hubiese pasado algo.

Era algo que siempre le molestó de sí mismo, pero Obito nunca podría dejar de preocuparse más de la cuenta.

Navegó desde su teléfono hasta el perfil de Deidara a ver una vez más las fotos nuevas. Le hubiera gustado probar aquel pastel y también al cumpleañero. En el pie de foto decía que era de sus sabores de pastel favoritos. Sonrió al hacer la nota mental, imaginando como lo llevaba a merendar cupcakes de terciopelo rojo y batido.

A veces Obito prefería pensar que podía llegar a él. Otras, como esa, le parecía inalcanzable. Como pretender alcanzar una estrella estirando los brazos.

Pero ahí estaba, con su mejor traje, recién salido del estilista y pensando en excusas para llamarlo a su oficina. Al llegar al final de las fotos, Obito las volvió a pasar hacia atrás. Qué hermoso era. Daría lo que fuera por proteger esa sonrisa.

La puerta se abrió sin avisar. Obito cerró la pestaña y borró el historial.

—¡Ah, el amor está en el aire, Tobi! ¿No lo sientes?

Obito se llevó el susto de su vida.

—¿¡De qué hablas si puede saberse!? —dijo alzando levemente la voz.

No podía ser, tenía que ser otra cosa. Rezó porque fuera otra cosa. Desde el día del hentai siempre había sido extra cuidadoso con Zetsu.

—Tengo noticias jugosas —canturreó su secretario. Obito se relajó, un lío en la empresa, qué aburrido—. Pero dudo que te guste saber que los muy pájaros no han notificado pensando que no nos íbamos a enterar. Pero yo lo sé todo.

A Obito no le pareció tan grave. Hablaría con ellos para deshacer el malentendido y asunto resuelto.

—¿De quién se trata?

—Oh, no lo vas a creer. Deidara y Sasori. ¡Aquí mismo delante de nuestras narices!

—¿Qué? —espetó.

El shock inicial anuló cualquier reacción que pudiera tener durante los primeros segundos, pero pronto un dolor sordo floreció en su pecho, dificultándole la respiración.

—Lo sé, lo sé. Yo tampoco podía creerlo pero se han mudado juntos y sólo me he enterado cuando Deidara me ha pasado el papel con su nueva dirección y ver que coincidían —Zetsu suspiró—. Y yo que pensé que Sasori era completamente hetero. Supongo que el roce hace el cariño. Pasar tanto tiempo ahí encerrados...

No podía ser. Todo ese tiempo mirando con lupa Suigetsu y preguntándose si no serían más que amigos. Cuando en realidad alguien ya se lo había llevado. A saber cuando empezó todo y él ahí como el estúpido de siempre haciéndose ilusiones.

—Esta mañana han venido juntitos al trabajo y todo. Qué monos.

La mandíbula de Obito estaba tan firmemente apretada que pronto le empezarían a rechinar los dientes. El pecho le dolía cada vez más y las manos casi le temblanan de rabia contra el mundo y contra él mismo. Se recordó que estaba delante de Zetsu y debía mantener su expresión y lenguaje corporal lo más neutro posible. Eso si las emociones no terminaban por desbordarlo a pesar de sus esfuerzos.

Observó la sonrisa burlona de Zetsu. Tenía que hacer algo para desahogarse pronto. Parecía que cualquier persona en el mundo era mejor que él. Le daba náuseas.

—Dile a Deidara que lo quiero ver ahora mismo en mi oficina —dijo con gélida calma.

La sonrisa de Zetsu se amplió ante el prospecto de drama en el horizonte.

—Sabía que no te gustaría. Ahora mismo vengo —dijo antes de desaparecer.

Obito se sujetó la cabeza con ambas manos, se agarró el cabello y dejó escapar un suspiro entrecortado. Ya no importaba como se viese. Un perdedor con el pelo arreglado seguía siendo un perdedor. Como lo era él.

Mierda, mierda y más mierda.


—¿¡Por qué hace tanto calor!? —lloriqueó Suigetsu—. Voy a derretirme, Dei no voy a llegar vivo a las cinco.

—Es cierto. Hace demasiado, hm. ¿No está puesto el maldito aire acondicionado?

Suigetsu había estado ocupado cuando fue a verlo, así que Deidara volvió a su oficina y él lo fue a ver después de desocuparse para hablar largo y tendido. Sasori aún no había llegado de donde quiera que se hubiera ido, de lo contrario ya habría surgido una pelea entre él y su amigo.

Con la parte superior de su cuerpo tirada sobre su escritorio, Suigetsu emitía lamentos exagerados.

—Ya me harté —dijo, comenzando a quitarse la chaqueta—. Me dan igual los estándares de vestuario, si no quieren que me la quite que hagan algo.

—Haces bien, hm.

Deidara ni se había molestado en ponerse la suya. Luego también se quitó la corbata y se remangó. No importaba como se viera, no iba a salir de ahí de todos modos. Mejor estar cómodo que cociéndose dentro de tantas capas de ropa.

Alguien llamó a la puerta.

—Adelante, psicópata asesino en serie —dijo Suigetsu.

—Nah, él no llamaría a su propia oficina.

Suigetsu se impulsó con el pie para hacer la silla rodar hasta la puerta y abrir. Zetsu se asomó.

—Hola chicos. No esperaba verte aquí, Suigetsu.

—Para eso están los descansos. Dei y yo nos estamos poniendo al día —dijo él.

—Estoy seguro que tienen muuuchas cosas que contarse y odio ser un aguafiestas, pero Deidara encanto, Obito quiere hablar contigo ahora mismo. No lo hagas esperar.

En cuanto Zetsu se fue, Suigetsu lo miró con la boca y los ojos bien abiertos.

—¡Dei! ¡Lo tienes en tus redes!

El momento que había estado esperando todo el día había llegado. Algo más temprano de lo que imaginó pero mejor así. Volvió a su estómago ese aleteo de mariposas que sentía antes de ver a Obito.

—Déjame verte, tienes el pelo algo enredado —Suigetsu lo peinó con los dedos y le soltó un botón de la camisa—. Y si no muestras la mercancía no vas a poder darle el toque de gracia. ¿Y el aliento? ¿Lo tienes bien? ¿Quieres una mentita?

—Cállate, hm —dijo, pero a la vez sonreía.

Ambos salieron de la oficina y se detuvieron frente al ascensor antes de separarse.

—Imagina que te acorrala contra la cristalera y se va acercando más y más hasta besarte y tú me rechazaste la mentita. Tu única alternativa sería abrirle el pantalón, arrodillarte y chupársela, así no tienes que besarlo.

—Mmm, sí —a Deidara se le hizo la boca agua.

—- Imaginé que eso te gustaría más. Ve a enseñarle ese tatuaje nuevecito que te has hecho. Déjalo seco, Dei.

Suigetsu pasó al ascensor y este se cerró. Con esas nuevas imágenes mentales en su cabeza, Deidara esperó no sentársele encima cuando lo tuviera delante después de casi una semana sin verlo. El corazón le martilleaba en el pecho con cada paso que daba. Le dio la impresión que Zetsu sonreía mucho cuando pasó por su lado pero no le dio importancia, su mente ocupada en no ponerse duro con sólo ver a Obito delante de él.

—Buenos días —dijo su jefe.

Con los codos apoyados en el escritorio y las manos entrelazadas delante de su rostro, a Deidara le recordó más al Obito de sus primeras semanas en Akatsuki.

—Hola jefe, hm —avanzó hasta el asiento algo desconcertado.

Obito no se movió ni un poco.

—Debes saber, ya que lo dice en el contrato que firmaste, que cualquier relación sentimental entre empleados debe ser notificada a la empresa.

—Sí. Ya lo sé —Deidara cada vez entendía menos de qué iba la cosa—. ¿Por qué lo dices? ¿Me estás proponiendo algo? —sonrió incapaz de contenerse.

—No es un buen momento para tomarme el pelo, Deidara —Obito clavó en él una mirada inexpresiva y sombría. Deidara tomó aire con fuerza—. ¿Por qué ninguno de los dos me lo ha hecho saber? Podría esperarlo de ti, pero Akasuna siempre ha sido un empleado ejemplar.

Deidara entrecerró los ojos.

—Espera... ¿¡Qué!?

—Te mudas con él, vienen juntos a trabajar y ni aún así dices nada. Como si no fuera a darse cuenta nadie tarde o temprano.

—Ew —a Deidara se le empezaba a revolver el estómago, toda la excitación previa se había esfumado—. Menuda película te has montado. ¡La casa de Sasori está dividida en dos y él me alquiló una de las partes! Es mi casero pero... Ugh —Después de meterle esas imágenes indeseables en la cabeza, a Deidara le costó seguir—. ¡Cada uno vive en su parte de la casa! ¿¡Entiendes!?

La expresión de Obito pareció suavizarse. Bajó los brazos y los cruzó sobre la mesa. Deidara seguía confundido.

—Prométemelo —dijo con contundencia.

—¿No te vale lo que te acabo de decir? ¿¡Crees que te estoy mintiendo!? ¿¡O que porque sea gay me tienen que atraer todos los hombres del mundo!? ¿¡A caso te gustan a ti todas las tipas!? Primero das cosas por supuestas...

—Deidara...

—¡Luego me tratas como si fuera un mentiroso!

—Deid-

—¿¡Y encima tengo que esforzarme porque me creas cuando me defiendo de tus acusaciones de mierda!?

—Está bien —Obito hizo un gesto conciliador—. Te creo. No hace falta que me lo prometas. Te creo. Ha sido todo un malentendido y no volverá a ocurrir.

—Bien porque te lo voy a prometer te guste o no. ¿Alguna cosa más? —preguntó con tirantez.

—No.

Aún furioso, Deidara salió sin despedirse.


Ni la promesa de que seguía soltero, ni esa pequeña broma que le gastó al llegar hicieron que Obito se sintiera mejor.

Lo había arruinado todo. Justo cuando Deidara empezaba a sentirse más a gusto frente a él y a bromear tal y como lo hacía con los demás, Obito tenía que arruinarlo todo con su ineptitud superlativa. Había sido su objetivo desde que leyó aquel mensaje dirigido a Konan y por fin lo había logrado.

Pero ahora no importaba.

Primero pensó en culpar a Zetsu y sus ansias de chisme, pero no. La culpa era suya por creerlo. Suya y de nadie más.

De lo único que tenía ganas era de esconderse y no salir nunca. ¿Cómo iba a poder mirar a Deidara a la cara otra vez? Tenía que disculparse y no podía hacerlo la semana próxima, ni el día siguiente. Tal vez Deidara no quisiera verlo, pero debía intentarlo. Se lo debía.

Además, necesitaba verlo otra vez.

Obito se puso en pie, dispuesto a arreglar las cosas antes de que la persona que amaba lo odiase más.


Deidara se detuvo un rato en la puerta de la oficina antes de pasar, de lo contrario iba a romper más de una cosa para descargar su furia.

¿Por qué se enojaba de todos modos? Eso era lo que había estado pidiendo desde que empezó a sentir aquello por Obito. Una prueba más de que aquel amargado odioso seguía ahí y se manifestaría tarde o temprano. Bien. Ahora lo sabía pero no sintió el alivio que pensó que sentiría. Más bien al contrario.

—Meh.

Deidara abrió la puerta y por un momento, pensó que había acabado en una sauna o algo así. Su oficina daba al este y el sol apuntaba justo a las cristalerascreando un efecto invernadero que si bien se agradecía en días fríos, no era el caso.

Sasori ya había vuelto. Él también se había quitado la chaqueta y jamás antes lo había visto remangado y sudando así. Decidió no decirle nada. Demasiado incómodo y demasiado innecesario.

—Veo que no tolera tan bien el calor el señor de Suna, hm —se burló.

—Odio el calor. ¿Por qué te crees que vine aquí? ¿Sabes lo malo que es el sol para la piel? El frío conserva, el calor destruye.

Deidara se apoyó sobre su escritorio, sin ganas de ponerse a trabajar en su lista de tareas.

—Por fin llegas. ¿Dónde te habías metido?

—Intentando restablecer la conexión que los albañiles se habían cargado al mover el cableado. ¿Y tú de donde sales? No me digas que has estado toda la mañana por ahí.

—Precisamente vengo de discutir con Obito.

—¿Te dije que se iba a enojar? ¿O no te lo dije? Una vez más tengo razón —dijo triunfante. Deidara resopló con hastío—. ¿Cuándo te has hecho ese tatuaje?

—Oh —Deidara miró el hueco en su camisa por el que se asomaba el extremo de su nuevo tatuaje—. La semana pasada. Ayer le quité el plástico pero aún no le puede dar mucho el sol, hm. ¿Quieres verlo? Lo diseñé yo.

—¿Por qué no? —Sasori se encogió de hombros—. Veamos ese tatuaje.

Deseoso de presumir su creación, Deidara se desabotonó la camisa. Ambos miraron a la puerta cuando esta se abrió. Era Obito.

—Ahora veo lo mucho que vale tu palabra —dijo avanzando hacia él—. Estás en la oficina no en un club de striptease.

—Mierda —masculló Deidara—. ¡Y sigues montándote películas! ¡Sólo le estaba enseñando mi tatuaje nuevo!

Con ademán brusco, Obito le abrochó un botón de la camisa, la dejó coja, pero siguió cerrando un par más.

—Y por alguna razón pensaste que era apropiado hacerlo aquí en la oficina —Deidara ya no podía con su propia indignación—. Vengo a pedirte una disculpa y me encuentro con que me has mentido en la cara.

—¡No te he mentido, estúpido! ¡Está todo en tu cabeza!

—Sí. Puede que sea un estúpido por querer creer que las promesas de la gente tienen un mínimo de valor. Pensé que tú no eras así.

—¿De qué va el dramón este? —dijo Sasori, mitad desconcertado, mitad entretenido.

Obito se volteó hacia él.

—Y usted, Akasuna. Las reglas de vestuario están para cumplirlas. Uno no puede venir aquí como le de la gana.

—Esta habitación parece un horno, vamos a asarnos si no suben el aire acondicionado —contestó Sasori sin inmutarse demasiado.

—Me es indiferente —Obito tomó la chaqueta de Sasori de la percha y se la lanzó, cubriéndole la cabeza—. Vístase bien, Akasuna. Tú también Deidara. No están en lugar de pedir concesiones después de ver lo en serio que se toman sus obligaciones.

Con una última y fugaz mirada hacia él, Obito se fue. Deidara quedó ahí parado contando hasta diez porque si no lo hacía iba a estrangularlo.

—¿Qué mierda es esta? ¿Qué le has dicho para que se ponga así? Obito no me había regañado nunca antes. ¡Era el único empleado al que nunca había regañado! —Deidara lo escuchó sin hacerle mucho caso, sus ojos fijos en la puerta—. Tú lo cabreas y él la paga conmigo. Muchas gracias, Deidara.

No pensó demasiado lo que estaba haciendo cuando se fue corriendo detrás de Obito. Lo vio de espaldas caminando a su oficina. Cuando llegó a su altura, Deidara lo agarró del brazo y lo obligó a encararlo.

—¡Escúchame bien, maldito...! —hicieron contacto visual y Deidara olvidó como seguía la frase—. Mierda —murmuró al ver la expresión desdichada y los ojos vidriosos de Obito. De alguna manera inexplicable, la compasión que vibraba en su pecho rebajó la furia—... ¿Estás bien?

Obito lo miró en silencio unos segundos antes de sacudir la cabeza.

—No. No estoy bien. Hay... —Aún lo tenía agarrado del brazo y Deidara no se atrevía a moverse ni un ápice, él dejó escapar un suspiro entrecortado— muchas cosas en mi cabeza últimamente y hoy me sentí desbordado, pero no es culpa tuya. Tú no has hecho nada mal, yo sí.

—¿Me crees? ¿O prefieres seguir pensando que te estoy mintiendo? —Deidara apretó más su mano alrededor del brazo de Obito.

—Nunca debí si quiera pensarlo. Pero me temo que abrirse la camisa en la oficina sigue siendo inapropiado. No puedes hacerlo y no importa la razón.

—Justo tuviste que entrar en ese momento.

—Dejando eso a un lado, no he actuado bien contigo y te ruego que me perdones —Obito se cubrió los ojos con su mano libre y volvió a sacudir la cabeza—... Ya ni sé lo que estoy haciendo.

—¿Mucho trabajo?

—En parte. También asuntos personales.

Deidara quería saber cuáles eran esos asuntos.

—¿Hay algo que pueda hacer? —preguntó y Obito lo miró con una triste sonrisa.

—No. No puedes pero gracias por interesarte. Significa mucho —agregó casi en un susurro.

—Vamos. Algo habrá que se pueda hacer, hm.

—Dudo que eso sea así. Este asunto no tiene solución.

Lo primero que pensó Deidara fue en enfermedades. Todo lo que les estuvo contando Kimimaro volvió a su cabeza. ¿Y si era eso?

—No te estarás muriendo o algo -dijo, levantando un poco la voz.

Obito soltó una carcajada seca.

—Mi salud está bien. No le des más vueltas, no llevará a ninguna parte —a Deidara le dio un vuelco el corazón cuando Obito alzó la mano. Por un instante pensó que iba a acariciar su mejilla pero en el último tramo cambió de trayectoria, o tal vez su intención desde el principio había sido ponerla en su hombro—. Espero con ansias el viaje del viernes.

Uno de los dedos en su hombro se movió hacía su clavícula. Deidara sintió su vientre incendiarse y Obito debió notar algún tipo de reacción porque la retiró de inmediato. A regañadientes, él también le soltó el brazo.

—Yo también, hm.

A veces a Deidara le daba la impresión de que algo estaba pasando entre ellos.

—¿Me dejarías compensarte esta vez por tener que aguantar a este idiota como jefe?

—Sí —dijo de inmediato—. Compénsame todo lo que quieras.

Aquella conversación, aquella situación pareció volverse un poco más gay.

—Sólo no te vayas huyendo como aquel día.

—Uh —Deidara quedó en blanco. No habían hablado de eso desde que pasó—. Me gusta más como lo pediste esta vez, así que no me iré, hm.

Iba a ser como una cita. Obito sonreía, más calmado que antes.

—Te llevaré a mi sito favorito, hace años que no voy y tengo ganas de volver —se estaban mirando con demasiada intensidad. De haber sido cualquier otro hombre, Deidara hace rato que lo habría empujado contra la pared y lo habría besado. Tragó saliva cuando su mirada cayó hacía sus labios. Quería hacerlo. Necesitaba tanto estar pegado a él—. El viernes por fin.

—Sí —Deidara salió del encantamiento. Detestaba resistirse a sus deseos. Mejor irse—. Hasta luego, hm.

Obito asintió.

—Hasta luego.

Ambos se voltearon, pero él no comenzó a caminar de inmediato.

—Deidara —oir su nombre de sus labios lo iba a volver adicto. Deidara giró la cabeza—. Todo sigue bien... ¿Verdad?

Obito se señaló a sí mismo, luego a él y finalmente a sí mismo otra vez.

—Mm —Deidara sólo pudo reunir la voluntad para asentir un poco.

Porque no estaba bien. Y seguiría sin estar bien mientras tuvieran orientaciones sexuales incompatibles. Pero luego vio que su respuesta hacía sonreír a Obito y caminar por aquel suplicio se volvió más fácil.

O más complicado. Según se mirase.


Primero, perdón por el parón. Atender los fics de la Tobidei week me llevó tiempo y eso se notó.

Estas escenas las tenía tiempo planeadas. Mucho. Excepto la de Kurotsuchi pero pensé que era momento de reconciliarlos. Este fic iba a ser originalmente parte de la Tobidei week 2017 para el prompt de mundo moderno. Busqué una lista de elementos de una novela con el tema "del odio al amor" y pensé en escribir 12 pequeños fragmentos de más o menos 500 palabras con cada punto de la lista.

Mientras más pensaba, más y más ideas se me iban ocurriendo y pensé que si quería que fuera para la week tendría que acortar y no quería. Estas escenas tienen dos años en mi cabeza y por fin las escribo. Además una de ellas fue el primer sueño obidei que tuve, aunque está algo cambiada xD Y bueno, dolió, pero por algún lado tenía que salir toda la presión que llevan encima T_T a la mezcla se le sumaron traumas viejos de Obito y fiesta xD Y además quería ver como solucionaban un conflicto que pidiera surgir.

Arekusa, espero que en este capítulo se haya notado más el lado más sentimental de Dei. Él no es alguien que aguante el estar sufriendo así, a diferencia de Obito que es un sufrido jajaja así que tuve que pensar mucho en razones para que se reprimiese, pero ya empiezan a hacer aguas y creo que todo ha ido a peor. Dei celosito es lo más lindo *_* xD Ya se nota que está muy pillado si le dan celos y cuanto más se pille más se notará. Siento que el límite de Dei está cerca. Obito podría pasarse años enamorado en secreto. Dei no o se va a volver loco jajaja. Es como tener una bombita de relojería en las manos sin saber cuanto le queda para explotar. Me está gustando escribir las sesiones con Ino. He escrito un par adelantadas para ver por donde las quiero llevar y como las puedo dosificar. Oh, y la historia ya completa de Obito se viene pronto!

Viaje en el próximo :D Gracias por leer!