Ino vio la selfie que había posteado Deidara, le dio al corazoncito y sonrió mientras escribía.

"Pásalo muy bien por mi tierra!"

Un par de horas después, cuando Deidara respondió, quedó congelada en el sitio mientras leía su respuesta.

"Lo intentaré, aunque sea cosa de trabajo."

—¿Qué pasa, Cerda? Deberías ver la cara que estás poniendo.

Ino repasó de principio a fin toda la conversación que había mantenido con Obito. Luego tomó aire y exhaló pesdamente, tratando de asimilar la conclusión a la que acababa de llegar.

—Hace un tiempo un nuevo paciente entró a mi consulta. Nada más saludarlo puso una excusa barata y se fue. Volvió en menos de dos minutos discúlpándose. Siempre pensé que fue por miedo a abrirse a alguien después de haber estado guardándoselo todo durante mucho tiempo. Ahora entiendo mejor.

Sakura ladeó la cabeza.

—¿Qué quieres decir? Sé que no puedes contarme en detalle por lo de la confidencialidad pero si ese paciente te está dando problemas...

Ino apuró su té y se levantó.

—Tengo que hacer una llamada, ahora vuelvo.


Ahí estaba de nuevo Aqua Fahrenheit. Le tomó dos segundos ser consciente de lo que estaba pasando después de abrir los ojos. Se había quedado dormido en el hombro de Obito, cuya cabeza estaba apoyada en la suya. El rostro de Deidara ardió. Estar así era como un sueño que nunca creyó que cumpliría y Obito obviamente no se había dado cuenta. De lo contrario habría adoptado otra postura que no implicara tener que tocarlo.

Tuvo que dejar de leer la historia de Konan porque leer la escena de sexo mientras Obito pegaba su rodilla con la de Deidara, le había hecho pasar vergüenza. Y ahora estaba ahí, con la cabeza encajada en el hueco de su hombro y sin poder moverse sin que Obito detectase el movimiento.

Deidara consideró el dilema más a fondo. Si fuera por él se quedaría así hasta llegar a Konoha, pero dudaba que a Obito le hiciera gracia. No que fuera su culpa tampoco, pero su cuerpo iba a reaccionar como siempre lo hacía cuando se trataba de él.

Y como si se lo hubiera enviado por telepatía, Obito se puso recto y juntó las piernas. Deidara aprovechó para cambiar de postura.

—Uh... Lo siento. No fue mi intención caer sobre ti. Debí dormirme sin querer. Lo siento —dijo Obito.

Eso era precisamente lo que Deidara había estado tratando de evitar. Giró la cabeza hacia la ventana, porque ni en sus sueños más locos iba a dejar que viera que se había sonrojado por él.

—Dormiste mucho, hm —respondió Deidara, con una sonrisa que Obito se perdió—. Debiste haber estado cómodo.

—Eh —la sonrisa de Deidara se amplió. Hubiera dado cualquier cosa por verle la cara en ese momento—... Estaba muy cansado. Dormí poco anoche. Pero ya estoy mejor.

Deidara por fin se atrevió a mirarlo.

—¿Entonces mi hombro está cómodo o no?

—Pues —dijo Obito tras una pequeña pausa—... Tú también te quedaste dormido, pero te veías cansado y no quise despertarte.

—Oh —mierda, se había dado cuenta—. ¿Estás seguro? ¿Qué hora es?

Obito miró el reloj en su muñeca.

—La una y tres minutos. Y sí, estoy seguro, mi hombro debe ser cómodo también —dijo levantándose—. Voy a estirar las piernas un poco.

Deidara no pudo evitar las ganas de insistir en el tema.

—Más que una almohada, hm.

Obito lo miró con una pequeña sonrisa antes de alejarse. Cuando vio su débil reflejo en el cristal de la ventana, se dio cuenta que él también lo estaba haciendo. Deidara suspiró. Los nervios volvían a su estómago cuando pensaba en el momento en que le dijese por fin lo que le estaba pasando. Sólo dos días más. Se lo repitió varias veces para acallar su impaciencia. Seguro encontrabala oportunidad de lograr el mayor impacto posible.

Además, cada vez con más fuerza, Deidara pensaba que tal vez Obito pudiera darse a sí mismo una nueva oportunidad. Y que esa nueva oportunidad fuese con él. Eso significaría que todo el mundo iba a enterarse, si es que Obito insistía en seguir las reglas de la empresa. Posiblemente lo cambiasen de departamento, pero a Deidara eso ya no le importaba si significaba tenerlo para él el resto del tiempo.

Obito aún no volvía y el paisaje afuera había cambiado demasiado desde que salieron de aquel túnel aún en Amegakure. El cielo despejado y un sol que se le figuró demasiado brillante encontrándose con onduladas colinas cubiertas de verdor y valles por cuyo fondo corría un serpenteante cauce azulado. Deidara apoyó la cabeza en la ventana, determinado a dejar la mente en blanco por una hora más.


—Esto no es un hotel.

Deidara se rezagó, mirando el edificio al que estaban a punto de entrar.

—No hay necesidad de ir a un hotel cuando podemos quedarnos en mi apartamento —dijo Obito, buscando en su bolsillo—. ¿Esperabas un hotel?

—Bueno, no me dijiste nada, hm.

Si lo hubiera sabido, Deidara habría dejado de darle vueltas a si Obito iba a reservar una habitación para ambos o habitaciones separadas.

—No pensé que fuera importante —pasaron al vestíbulo, saludaron al conserje y montaron en el ascensor. Deidara iba considerando las nuevas posibilidades. Iban a vivir juntos, aunque sólo fuera por unos días. La idea, la proximidad con él, le estaban fundiendo el cerebro. O eso fue lo que a él le pareció—. Sé que podría haber reservado un buen hotel con todo incluido a costa de la empresa, pero me siento más cómodo en casa.

—Mh —fue lo más complejo que pudo responder, aún sin asimilar lo de vivir juntos y tener toda la privacidad del mundo.

—Lo siento, quizá debí haberte preguntado antes de tomar esa decisión —dijo Obito.

—No. Cualquier cosa está bien, hm.

Deidara se preguntó si, al igual que él, Obito se estaría acordando de aquel día cuando quedaron aplastados contra la pared del ascensor. Se preguntó también si no se le notaría lo caliente que se estaba poniendo.

—Me alegro —respondió, su brazo apoyado en la pared—. El único inconveniente será que no podremos cocinar, pero puedo ir hoy al supermercado y traer algo para desayunar y cenar. O podemos comer fuera.

—Sí —en su fuero interno, Deidara se maldijo.

Obito enarcó una ceja.

—¿Sí a cual de las dos opciones?

—Podemos... Decidirlo sobre la marcha, hm —improvisó.

—De acuerdo, iré a comprar más tarde de todos modos. Ve pensando en cosas que necesites para ponerlas en la lista.

No sólo vivirían juntos, también sonaban como una pareja. Deidara sólo murmuró. Distraído, Obito se pasaba la mano por el pelo. Él tragó en seco. Daría cualquier cosa por repetir lo de aquel día.

En cuanto el ascensor se detuvo, Deidara dio un empujón a la puerta y salió al pasillo para evitar asfixiarse en sus propias hormonas. Comprendió que esto iba a ser inútil cuando sintió el peso y el calor de la mano de Obito en su hombro.

—Hey, por ahí no es.

—Ya —a Deidara le daba la impresión de que sólo estaba balbuceando estupideces—. ¿Y por dónde es?

Obito lo miró en silencio. Deidara había visto esa expresión preocupada antes. Más concretamente, el día en que le pidió que se pusiera casco.

—¿Qué te pasa?

Si Deidara le contestaba que no pasaba nada, Obito sabría que le estaba mintiendo.

—Hablar de comida me dio hambre, hm —sólo le quedaba seguir improvisando.

Obito asintió despacio.

—Si tienes cualquier otro problema, cuéntamelo con total confianza —Deidara deseó que su jefe dejara de mirarlo con tanta intensidad—. Tienes la cara roja. Espero que hayas traído ropa más fresca, como ves aquí hace mucho más calor.

Se volteó por fin y Deidara agradeció no tener que inventarse una excusa para eso también.

—Vine preparado, hm. Si me das algo de beber estaré bien —dijo mientras lo seguía.

Obito se detuvo frente a una de las puertas. Las llaves tintineaban mientras él escogía la correcta.

—Hay agua corriente. Pero como ya te dije, para la comida habrá que esperar —dijo—. ¿Tienes mucha hambre?

Parado junto a Obito, los ojos de Deidara se desviaron hacia su entrepierna.

—Mmm... Me comería lo que fuera.

—Podemos pedir algo a domicilio —Obito giró la llave en la cerradura y empujó la puerta—. En cuanto nos pongamos cómodos.

Su jefe se apartó para dejarlo pasar primero. Deidara se quitó los zapatos y levantó la maleta en peso para bajar el escalón mientras Obito se descalzaba.

—¿Dónde puedo dejar el equipaje, hm? —preguntó Deidara.

—Puedes dejarlo donde quieras. Voy a conectar la nevera primero, luego te enseño donde dormirás —Obito dejó la maleta a la entrada del salón comedor, Deidara dejó la suya al lado y lo siguió hasta la zona de la cocina. Los sofás tenían una sábana por encima, pero todo lo demás parecía estar limpio y no olía a polvo—. Si lo hacemos ahora, podremos meter cosas luego.

A Deidara le dio otro sofoco cuando vio a Obito agarrar la nevera y con un gruñido, dar marcha atrás. El suéter se le había levantado, mostrando una fracción de su espalda. Quizá debería dejar de mirarlo. Y definitivamente no debía sacarle una foto.

Al final siguió mirando porque no hacerlo le parecía un desperdicio. Aún a costa de su cordura.

En el fondo, Deidara no podía evitar sentirse un pervertido.

—¿Cómo es que aún conservas tu casa aquí?

No era una pregunta más inspirada que podía hacerle, pero de alguna manera debía rellenar aquel silencio antes de que Obito le preguntase otra vez si le pasaba algo.

—La heredé de mis padres —respondió él—. No he vivido aquí desde que era un niño pero cada vez que pienso en venderla algo me lo impide.

Obito abrió la nevera y asintió al ver que tenía luz. El rumor de los motores no tardó en escucharse.

—¿Necesitas ayuda para volver a empujarlo? —preguntó Deidara, con la esperanza de rozarse un poco más contra él.

—Voy a dejarlo así para no tener que volver a sacarlo en dos días. El domingo lo pondré en su sitio —Obito cerró la nevera y dejó el agua del grifo correr mientras sacaba un par de vasos—. Ahora a beber. Tienes cara de tener mucha sed.

Deidara se tuvo que morder la lengua para no decir un disparate.


—Esta será tu habitación —Obito cruzó el dormitorio y corrió las cortinas. Deidara miraba la cama de dos plazas—. En ese armario empotrado hay sábanas limpias. Vamos a dejar la cama lista para esta noche.

Aunque lo que Obito se moría por decir era que prefería ayudarlo a deshacerla, estaba feliz por estar haciendo aquello con Deidara. Era como si el chico formase ya parte de su vida, a pesar de que técnicamente estaban en un viaje de negocios. No tardaron mucho, pero disfrutó cada segundo de tener que coordinarse para encajar la sabana baja y extender tanto la de arriba como el edredón.

—¿Dónde vas a dormir tú? —preguntó Deidara, enfundando una de las almohadas.

—En la habitación al otro extremo del pasillo.

Obito señaló a una puerta entreabierta al fondo. Deidara tiró la almohada a la cama recién hecha y se asomó. La pared azul marino contrastaba con la pintura blanca del resto de la casa. Tal vez fuera esa la razón por la que Deidara salió al pasillo y Obito fue tras él. Al pasar a la que solía ser su habitación, notó como sus ojos azules se abrían mucho, mirando las estrellas naranjas pegadas a la pared y la pequeña cama cuyo edredón combinaba con la decoración.

—¿¡Vas a dormir ahí!? ¿¡En esa cama de niño!?

Obito consideró gastarle una pequeña broma.

—Era mi habitación, tiene sentido que duerma en ella, ¿no? —dijo como si fuera un hecho.

—Lo tiene si te gusta dormir con los pies colgando del borde, hm —replicó Deidara—. Quédate la cama grande.

Obito reprimió un suspiro tras reponerse del agradable burbujeo en su estómago. No podía no querer a aquel chico. No esperó que se preocupase por él así, hasta el punto de querer intercambiar camas con él. Aunque prefería pensar que lo estaba invitando a dormir con él. Obito tendría que ser muy cuidadoso con lo que dijera para no meterse en problemas.

—Gracias otra vez por la oferta —dijo, con la conversación de la noche anterior en mente—. Como invitado mío, no me perdonaría que no durmieras en la cama más cómoda.

—Pero —Deidara se calló, frunció el ceño e hizo un adorable puchero—. Agh, está bien. Haz lo que quieras, hm —Cuando Obito rió sin poder contenerse Deidara separó los labios—. ¡Te estás riendo de mí!

—Dormiré aquí, pero no en esta cama, obviamente. Debe haber un futón de sobra por ahí.

—¿Sabes qué? Retiro mi ofrecimiento —dijo Deidara, y a pesar de su tono indignado, Obito supo que no iba en serio—. Cada vez me sorprendes más.

—Oh, ¿En serio?

Obito ya había dejado de intentar que sus labios no se curvasen hacia arriba cada vez que Deidara decía ese tipo de cosas. Estaba en una nube de la que no quería bajarse. Pero al mirar la hora en su teléfono y ver varias llamadas perdidas de Ino y un mensaje pidiendo que la llame cuanto antes, tuvo que hacerlo.

Le devolvió la llamada y se llevó el teléfono al oído. Tras un par de tonos en los que no paraba de darle vueltas al motivo de la llamada, Ino contestó.

—¡Obito!

—¿Qué ocurre? —dijo él.

—¿¡Esa persona con la que estás ahora mismo es Deidara-kun!?

Su mandíbula se aflojó y por unos segundos, su cerebro sufrió un cortocircuito. La primera reacción de Obito fue mirar a Deidara, para asegurarse de que no había escuchado.

¿Deidara-kun? ¿Exactamente de qué se conocían?

—¿Obito? ¿Me escuchas?

—Te escucho, te escucho —se volteó otra vez hacia Deidara, que por alguna razón lo estaba fulminando con la mirada—. Disculpa.

No tenía tiempo para pensar en la razón, pero no podía dejar de hacerlo. Quizá Deidara no quería estar allí en realidad. Quizá estaba fingiendo. Ino estaba hablando, pero Obito no era capaz de prestar atención.

—Un momento, por favor.

Al llegar a la cocina, Obito se apoyó en la encimera y apoyó la frente en la palma de su mano.

¿Y cómo se había enterado Ino? ¿Quién más lo sabía? ¿Deidara lo sabía? ¿Era por eso que lo había mirado así? Su pulso aumentaba junto con su dolor de cabeza cuantas más vueltas le daba. Hasta que Obito recordó que se suponía que debía dejar de sacar ese tipo de conclusiones con tan poca información. Ino ya le había dicho varias veces que la explicación más probable de las cosas no tenía nada que ver con él. Tampoco con algo que él hubiera dicho o hecho. Obito se recordó que se había prometido a sí mismo confiar en su palabra.

—¡Obito! ¿Estás ahí o no? —insistió Ino.

—Sí —respondió él. Tomó aire con fuerza y lo soltó despacio—. ¿Qué me estabas diciendo?

—Deidara-kun me contó esta mañana que se iba a Amegakure de viaje por trabajo. Sabía que él trabaja en Akatsuki lo que nunca imaginé fue que él era... Bueno, él.

Obito boqueaba como un pez fuera del agua.

—L-lo siento —balbuceó, caminando de un lado a otro por la estrecha cocina—. No... Lo sabe él... ¿Cierto?

—Sabes de sobra que todo lo que hablamos es confidencial, sabes también la única excepción a eso y que está en el contrato que ya firmamos.

El tono de voz de Ino le hizo saber que no era momento de esas cosas. Obito recordó como reaccionó la primera vez que la vio. Nada más que pensar en que ella hubiera podido atar cabos, le hacía querer colgar y arrojar el teléfono por el balcón para luego salir corriendo al lugar más remoto del mundo.

—Lo siento —repitió, Obito se cubrió los ojos con la mano libre.

—Deidara necesita saber por qué está ahí en Konoha —Obito contuvo la respiración—. Debes decírselo cuanto antes.

Ino tenía razón.

—No puedo —dijo, negando con la cabeza. Y contrastando con sus miedos, la idea de que Ino lo tenía que llevar siempre de la mano con el tema. Como un bebé que no termina de sostenerse sobre sus piernas—. No aún. Pero lo haré. No voy a encontrar una oportunidad mejor para construir esa base sólida de la que hablamos en la mañana. Lo sé.

Se volteó al oír un ruido. Desde ahí podía ver que Deidara había apartado las cortinas para salir al balcón.

—Bien —dijo Ino—. Deidara es alguien a quien aprecio.

Y a Obito le pareció pillar el mensaje oculto.

—No le haré sufrir —dijo en voz baja, a pesar de estar seguro de que Deidara no podía oírlo.

—Ni a ti tampoco —respondió Ino, con voz más calmada.

—Ni a mí tampoco.

Tras colgar, Obito se quedó en la cocina un rato más a planear su siguiente movimiento. La hora había llegado.


Una mujer.

Deidara no había conseguido pillar nada de lo que había dicho pero la había oído hablar. Tampoco pintaba bien que Obito se hubiera ido de allí para tener privacidad. Quedó ahí plantado un rato aguantándose las ganas de golpear algo. Estaba en la casa de Obito, no podía desahogarse con sus muebles.

Al darse cuenta que la voz de aquella mujer iba a seguir interrumpiendo sus intentos por calmarse, Deidara caminó hasta el salón comedor a grandes zancadas. Obito estaba en la cocina aún hablando por teléfono.

—No puedo —oyó decir a Obito.

Deidara se negaba a escucharlo hablar con quien quiera que fuera la tipa. Caminó hasta las cortinas y las empujó a un lado de un tirón. La puerta del balcón la corrió con más suavidad, tras darse cuenta de que se había pasado de bruto. Si un poco de aire fresco no le bajaba los humos, Deidara no sabía qué hacer ya.

Desde ahí no se podía ver el monumento de las caras de piedra, pero en la lejanía pudo reconocer la Torre de la Hoja, rodeada de otros rascacielos más bajos. Deidara hubiera querido subir hasta ahí con Obito. Pero lo lógico sería que Obito quisiera ir con su estúpida novia nueva y no con su subordinado.

Deidara se agarró a los barrotes, a los que les iba haciendo falta una mano de pintura. Lo peor era saber que al final no iba a ser capaz de hacer nada de lo que se le pasaba por la cabeza cada vez que era consciente de que estaba ante un rival que no podría vencer. No iba a cambiar el billete de vuelta a más tarde, ni iba a buscarse un ligue por ahí.

Porque en el fondo sabía que lo iba a dejar más satisfecho que Obito le roce la pierna por accidente que una noche con alguien a quien no iba a volver a ver. Y porque con cada una de esas esporádicas sonrisas que veía cada vez con más frecuencia, sus fuerzas flaqueaban.

Aflojó el agarre cuando oyó el sonido de la puerta corrediza.

—Disculpa por abandonarte así —dijo Obito.

Y Deidara deseó que alguna vez lo compensase por todas esas disculpas.

—¿Va todo bien? —preguntó, no iba a dejar pasar la oportunidad de saber más.

—Creo que sí —Obito se apoyó en la barandilla a su lado—. Me llevé un tirón de orejas pero con suerte todo estará bien.

—Mmm —si las cosas iban mal en esa presunta relación, entonces mejor.

—Pensé que era más temprano, pero he mirado la hora y no voy a poder pasar mucho tiempo contigo —dijo Obito. Deidara apoyó el mentón en su mano, tapando su mejilla con los dedos—. Tengo que reunirme con los organizadores del evento y voy a terminar tarde.

—Otra vez será, hm —respondió, el entusiasmo por saber que Obito tenía planes para ambos contrarrestando la decepción porque no iban a poder ser.

Obito asintió.

—Voy a cambiarme. Recuerda, si quieres que te traiga algo del supermercado, envíamelo al teléfono. No sé a qué hora llegaré, pero si te entra hambre puedes cenar sin mí. Sólo recuerda guardar el ticket para que nos reembolsen el dinero.

Deidara se irguió con una sonrisa.

—¿Entonces tengo un cheque en blanco para pedir comida?

—No te pases —Obito rió—. A menos que no te importe aguantar un sermón de Kakuzu.

Así era como debía ser. Ellos dos y nadie más. Deidara se olvidó de los temas que lo atormentaban hasta hace escasos minutos.

—¿Quieres que pida algo para ti? —preguntó Deidara.

—No, gracias —Obito se despegó de la barandilla—. Tal vez a la noche. En caso de que te interese, he descubierto que hay infusiones en la alacena de la última vez que estuve aquí.

—¿Y están caducadas?

Obito sacudió la cabeza.

—Aún están bien —respondió—. Voy a cambiarme.

—¿Quieres que...? —Deidara se detuvo antes de ser capaz de preguntarle si necesitaba ayuda con eso. Obito lo miraba con atención— ¿Te haga una infusión?

—Una manzanilla, por favor. La tetera eléctrica debería estar por ahí en algún cajón.

Al quedarse solo, Deidara caminó hasta la cocina riendo. En el fondo no tenía planeado hacerse una infusión pero ahora tendría que preparar un par. Encontrar tanto la tetera como las bolsitas y las tazas fue una aventura. Enchufar la televisión y encontrar el mando a distancia fue algo más fácil. Finamente se sentó en el sofá, dejando en la mesita una manzanilla y un poleo menta.

Para cuando Obito salió ya había pedido una ración de udon picante y unas empanadas. En la televisión, unos tipos casi desnudos, con las partes íntimas cubiertas por globos bailaban una extraña coreografía.

—He dejado un juego de llaves en tu cama por si te apetece salir —dijo Obito apoyado en el respaldo.

Deidara miró hacia atrás. Iba vestido con su atuendo diario. Lo reconfortó no verlo más elegante de lo normal o con algún detalle nuevo.

—Gracias. ¿A qué hora te vas?

—Debería irme ya —respondió Obito—. Pero antes de eso hay algo importante que debo decirte.

Los ojos de Deidara se abrieron mucho. Obito se veía muy serio de repente.

—Pues dímelo, hm.

—Mejor... —Obito rodeó el sofá y se sentó a su lado—. Mejor sentado.

Deidara enarcó una ceja.

—¿Es algo malo?

Tras unos segundos de silencio, Deidara tragó saliva.

—Eso te dejaré decidirlo a ti. Hay una razón por la que quería traerte conmigo a este viaje y ya va siendo hora de que la sepas.

El ruido procedente del televisor volvió a adueñarse de la escena. Deidara tomó el control remoto y la apagó. Hubiera preferido que Obito fuese más directo. No le gustaba andar jugando a las adivinanzas.

—¿Qué razón?

—Verás —Obito de aclaró la garganta—, hace unos meses comencé a ir a terapia. Era algo que debí haber hecho hace mucho y por fin me decidí a dejar de evitarlo.

Obito lo miró, como esperando su opinión. Deidara comenzaba a comprender algunas cosas.

—Te ha sentado bien, hm —respondió, y los hombros de Obito parecieron destensarse un poco—. Pero aún no sé qué tiene que ver conmigo.

Era raro de ver, por eso Deidara no podía perderse que Obito hubiera decidido no vigilar su lenguaje corporal. Su mirada intensa parecía haberlo atrapado.

—Bueno, es el siguiente paso empezar a acercarme más a otras personas. Quería intentarlo contigo puesto que no empezamos con buen pie —Deidara prefería no saber como de rojo estaba su rostro en ese momento. Esa sensación cálida y acogedora que llevaba rato sintiendo en su interior acababa de aumentar de golpe—. Entonces significaría que estoy progresando.

Deidara necesitaba seguir oyéndolo decir esas cosas.

—¿Entonces no es más que un ejercicio que te han puesto en terapia? —preguntó.

—No. Por supuesto que no. Una vez dijiste que no teníamos por qué ser amigos, pero lo cierto es que tampoco tenemos por qué no serlo.

Esa frase. Deidara había olvidado si quiera que la dijo el día en que Obito se disculpó.

—Oh, ¿Eso crees? —Deidara sonreía sin pudor.

—¿Tú no?

—Hmm... —murmuró, mientras pensaba la manera de sacarle algún cumplido— bueno, es cierto. Nos podríamos haber llevado bien si no nos hubiéramos peleado a la primera. ¿Pero por qué no Zetsu o alguno de tus primos, hm?

—Conozco lo suficiente a Zetsu como para fiarme lo justo de él —respondió Obito, cuyo semblante parecía haberse agriado un tanto—. Deidara... Sólo quería que este viaje fuera el comienzo de esta nueva oportunidad que me estoy dando.

Deidara podría abrazarlo. Ni le importaba que Obito no hubiera mencionado a sus primos.

—Has hecho bien. Es una mierda vivir amargado hm.

—Eso es verdad —dijo Obito, con un tono animado que sólo le había escuchado en contadas ocasiones.

Esa era su oportunidad para despejar la incógnita que lo había estado amargando a él. Dejarlo para otra ocasión no era una opción.

—¿Con quién hablaste antes?

La sonrisa de Obito se transformó en confusión.

—Eh... Con mi psicóloga. La llamé esta mañana para una consulta de última hora y después estuvo intentando contactarme porque descubrió que me había guardado cierta información.

A Deidara se le escapó una carcajada. Y después se echó a reír. Obito Uchiha estaba soltero. El muy maldito estaba soltero y él ahí amargándose como un idiota. Deidara rió tanto que empezó a dolerle el estómago y a faltarle el aire. Intentó recuperar la compostura, principalmente porque Obito no se perdía detalle del numerito.

Pero no importaba, porque Obito Uchiha estaba soltero.

—¿Has terminado? —preguntó Obito, mirándolo divertido.

A Deidara le volvió la risa, pero ya le salía cansada. Se limpió las lágrimas y miró a Obito.

—¿Le mientes a tu psicóloga? —la inspiración le vino sola.

—No era una mentira. Era una omisión y no pensé que fuera importante —se defendió Obito y luego se puso en pie—. Hora de irme, no puedo llegar tarde esta vez. Hasta luego.

—Hasta luego —aún exhausto por el ataque de risa, Deidara lo miró alejarse—. Hey -su jefe se volteó-. Me gusta más el nuevo Obito.

—Bien —respondió, con la sonrisa más amplia que jamás le había visto.

Y Deidara tuvo la vaga sensación de que tal vez, sólo tal vez, Obito no era una batalla perdida de antemano.


Obito bajaba las escaleras a paso rápido. Al salir de casa se le había olvidado que el ascensor existía y cuando lo recordó, decidió seguir por ahí. Deidara había dicho que le gustaba más el nuevo Obito y a él le había sonado casi como si le hubiera dicho que le gustaba de ese otro modo.

Al llegar a portal se vio de reojo en un espejo y a penas se reconoció. Le pareció increíble lo mucho que cambiaba uno con cada nueva impresión.

Era un tonto. Siempre lo fue. Pero esa vez era un tonto feliz.

Se montó en el taxi que lo estaba esperando y le indicó la dirección de las oficinas de la organizadora del evento. Luego sacó el teléfono y llamó al hospital donde trabajaba Rin. Sentía la tentación de dejarlo para otra ocasión, pero sabía que no era lo más conveniente.

El corazón le latía en la garganta con cada tono de llamada y cuando alguien, para su desgracia, contestó, le dijeron que Rin libraba aquel día pero que al siguiente terminaba a las seis de la tarde.

Obito consultó la agenda en su teléfono. Podría hacerse un hueco para ir a esperarla y ver qué pasaba. Deidara estaría ocupado a esas horas y si ocurría algún incidente sólo tendrían que llamarlo y con suerte tendría tiempo de decirle todo lo que quería decirle.

Para recuperarse mejor del pequeño mal trago, se fue directo al chat con Deidara pensando en que si él quería, no tenían por qué descartar el plan inicial de ir a ver algo por Konoha. Aunque sólo fueran un par de horas.

[15:26] Obito: "El domingo podemos madrugar e ir a donde tú quieras"

Deidara respondió de inmediato. Posiblemente estaba aburrido.

[15:27] Deidara: "A la Torre de la Hoja?"

Obito se fue directo a la página web del rascacielos para reservar la entrada. Era un buen plan. Ir a la última planta con Deidara, sacar fotos a las vistas y almorzar en el restaurante.

Y tal vez... Dejar por fin de vivir de fantasías. Obito mantuvo el dedo a un par de centímetros del botón de aceptar antes de pulsarlo. Ni un minuto después ya le había llegado un correo electrónico con los detalles de la reserva.

Esa situación en la que estaban no lo iba a llenar nunca. Cuando estuvieran ahí arriba, le confesaría el resto de las cosas que se había guardado. Entonces por fin podría estrecharlo entre sus brazos hasta que ambos se quedaran sin aire o bien comenzar a olvidarse de él.

Sus mejillas ardieron cuando recordó que ese edificio era popular entre parejas que iban a proponerse matrimonio.

No. No podía empezar a imaginarse arrodillado ante Deidara, abriendo una caja de joyería con un anillo de compromiso dentro. No. No. No. Nunca iba a aprender. Tenía que dejar de engañarse así. El domingo. El domingo lo tendría todo o no tendría nada. Cualquiera de las dos cosas era mejor para él que estar así.


[15:30] Obito: "Ya está la reserva hecha"

Deidara sólo proponía pero resultó que Obito se lo había tomado en serio. Siempre le gustó sentirse consentido, pero que lo hiciera él... Que lo hiciera Obito estaba a otro nivel.

Entonces pensó que la visita coincidía con sus planes de confesarle todo el domingo. Decidido, lo haría allí. Le envió una carita riendo y cambió al chat de Suigetsu.

[15:31] Deidara: "Se lo voy a decir"

No lo leyó aún. Una pena, Deidara esperaba su reacción. Dejó el teléfono en el sofá y fue a su maleta a buscar unas papas que había traído mientras no llegaba su pedido. Más tarde podría salir a comprar algo. Deidara a ratos se sentía optimista y a ratos como si estuviera a dos días de hacer una locura que pusiera fin a su empleo. Y cualquiera de las dos cosas era mejor para él que estar así.


Deidara estaba recostado en el sofá medio dormido cuando oyó el sonido de la llave entrando a la cerradura seguido por el de la puerta al abrirse.

—Ya he vuelto —lo oyó decir desde la entrada.

Revisó el teléfono y vio que eran más de las once y media. ¿Se había quedado dormido de verdad? Era bastante tarde.

—Bienvenido —dijo Deidara en voz alta mientras escuchaba como se quitaba los zapatos.

Unos instantes después apareció en el salón, dejó una bolsa del supermercado sobre la mesita y se sentó en un sillón.

—No he dicho esa frase en años.

Obito se veía contento y Deidara no podía dejar de mirarlo.

—Es bastante tarde. Se debe haber enfriado lo que te pedí, hm.

—No pasa nada, se puede calentar. ¿Qué es? —preguntó Obito.

—Udon de curry. Me gustó lo que pedí a medio día así que volví a llamar para la cena —dijo Deidara, estirando los brazos y las piernas a la vez que se aguantaba un bostezo—. Está bueno.

Una pena que aquella vida en común fuera a durar tan poco.

—Gracias. Pensé que iríamos a acabar más temprano pero todo se alargó y no tuve ocasión de avisarte —Obito se levantó—. ¿Hiciste algo interesante?

—Poca cosa, hm —Deidara siguió hablando mientras Obito pasaba al rincón de la cocina—. Salí por la tarde, vi un cine y entré a comprarme palomitas grandes y un refresco. Después volví y me dio tiempo a cenar y ver Kagemasa 1 y 2. Iba a ver la trilogía entera pero creo que me dormí.

—Bueno, podría haber sido peor —dijo Obito, sus palabras amortiguadas por el zumbido del microondas—. Si estás cansado deberías irte a dormir.

A Deidara empezaban a pesarle los párpados. Necesitaba un sueño de calidad, nada de siestas rápidas en cualquier parte.

—No es mala idea —bostezó otra vez al ponerse en pie—. Voy a deshacer la maleta primero.

Si se quedaba mientras Obito cenaba le iba a entrar hambre otra vez. En realidad, Deidara no pensaba deshacerla tanto o iba a tener que volver a meter todo el domingo. La abrió y sacó de ella ropa de andar por casa, el neceser de baño y el secador. Tras una ducha rápida se secó, se cambió y se sentó en la cama. El agua caliente lo hacía sentirse más relajado y con ganas de dormir pero aún tenía que cepillarse los dientes y despedirse de Obito.

Al abrir uno de los cajones de la mesita para dejar el neceser, Deidara vio que ya había unas cuantas cosas dentro. Varios documentos viejos, cables y un par de álbumes de fotos. Se mordió el labio, aguantándose la tentación de mirar. No le gustaba la idea de fisgar en las cosas de Obito pero la curiosidad fue demasiada y apartó el cable para tomar uno de ellos.

No parecían ser fotos de Obito y los colores algo desteñidos, ropa y peinado de quienes aparecían en ellas le hicieron saber que eran bastante antiguas. Dedujo finalmente que se trataba de sus padres. El hombre se le parecía mucho, sobre todo en los ojos y el pelo aunque su cara era más alargada. En cuanto a la sonrisa de ella, la reconoció al instante. La había visto con frecuencia esos días.

Pasó la página y vio varias fotos grandes de la boda de la pareja, ella de blanco y él con smoking mientras pétalos rosados caían sobre ellos. Varias páginas adelante, ambos salían con un bebé. Deidara sonrió al reconocer a Obito. Tenía bastante pelo para ser tan pequeño.

Después, el hombre dejó de salir. Obito debía haber tenido un año o así. La última foto era una grande de él en la escuela con el uniforme y un gorrito amarillo, seguida de un puñado de páginas vacías.

Estaba siendo un invitado grosero. Deidara dejó el álbum de fotos en su lugar y puso los cables encima. Luego se levantó y terminó de asearse. Se preguntó mientras si Obito no se habría ido a dormir, ya que se había quedado bajo la ducha un buen rato.

Dispuesto a averiguarlo, Deidara se levantó y salió al pasillo. La luz del salón estaba apagada.

—¿Obito?

La puerta a sus espaldas se abrió y Obito apareció en la puerta. Deidara dio un salto hacia atrás al verlo en ropa interior.

—Lo siento. ¿Te he asustado?

Tragó en seco. Lo tenía ahí a menos de dos metros de distancia y casi sin ropa. Y estaba al borde de perder la pelea consigo mismo por no desviar la mirada hacia abajo.

—No —Deidara sacudió la cabeza—. ¿Ya te vas a dormir?

—En un rato, sí —dijo Obito—. ¿Por qué? ¿Necesitas algo?

—Oh. Sólo quería darte las buenas noches.

El cepillo de dientes que Obito llevaba en la mano cayó al suelo. Deidara se agachó a recogerlo, contento de tener una excusa para echar una mirada al cuerpo de Obito. Se arrepintió de inmediato, cuando notó que estaba en posición de hacerle una felación. Se puso en pie mientras su imaginación se disparaba y su abdomen desnudo se grababa en su memoria a fuego.

Le ofreció el cepillo, obligándose a no mirar más.

—Lo siento, soy un torpe —dijo Obito al tomarlo.

—¿En serio? Qué cosas —Deidara soltó lo primero que se le vino a la cabeza.

Pensar era difícil cuando se tenía a Obito en calzoncillos al lado. La temperatura de su ingle subía cada segundo y tenerlo tan cerca sin poder tocarlo era casi doloroso.

—Más de lo que crees —respondió Obito—. Buenas noches, que descanses bien.

—Gracias, tú también, hm.

Deidara aprovechó que Obito apartó la vista un momento para darle otro repaso. Después se dio media vuelta y se alejó.

—Si necesitas algo, ya sabes donde encontrarme.

A Deidara se le escapó una carcajada seca. Lo único que necesitaba era a Obito en su cama, pero dudaba mucho que eso entrase en el ofrecimiento.

—Digo, está bien. Lo mismo digo.

Tras una mirada seductora que se desvió hacia abajo en el último segundo, Deidara se metió en el dormitorio. Maldijo a Obito mientras se dejaba caer en la cama. Sus manos hormigueaban por la necesidad de tocar aquel torso. Deidara imaginó su tacto liso y firme. El peso de Obito en su cuerpo sobre el suyo. Sus erecciones frotándose, a penas separadas por dos capas de tela elástica.

Aunque en la realidad, el único que estaba duro era Deidara. Meses atrás se hubiera mofado de cualquiera que le hubiera contado que durmió en la misma casa que el tipo más atractivo que había visto en mucho tiempo y al final fue su mano quien le sirvió de alivio y no el otro. Patético.

Deidara había comenzado a restregar la palma de su mano en su erección, pero paró de hacerlo en un arrebato de orgullo. Chasqueó la lengua al comprender que sólo se estaba provocando más a sí mismo y que esa noche tampoco iba a descansar bien.

Estúpido, estúpido y sensual Obito.

Ignorando el cada vez más fuerte impulso de entrar al baño, Deidara se acostó. No se tocaría mientras Obito estuviera ahí afuera tarareando algo. No mientas estuviera en su casa.

Esa amarga sensación lo ayudó a calmarse y al final logró dormirse pensando en tonterías como mudarse al futón con Obito.

Su teléfono marcaba las cinco menos cuarto cuando se despertó, tras haber soñado que se masturbaba en el baño y Obito lo descubría. El alivio de darse cuenta de que no era real se desvaneció en cuanto notó la humedad pegajosa en su ropa interior. Refunfuñando soeces se levantó y se fue a buscar ropa limpia.


Hola otra vez. Espero que estén todos bien en estos tiempos turbulentos.

Ya voy acercándome a donde quiero ir y ellos también. Algunos malentendidos se están arreglando y se tienen más confianza. Creo que va bien, aunque el cuerpo a veces les traicione. Deidara ya está considerando de hace un rato que su gaydar no está roto y bueno, aún tienen el fin de semana por delante! :D Aunque el sábado lo pasen separados porque ambos tienen cosas que hacer.

Arekusa, iba a quedarse largo largo si hacía eso. O tal vez sea yo la que va despacio pero me parece importante que vayan paso a paso. Tienes razón en eso de que se dejaron llevar jajaj. No se puede embotellar todo, van a explotar si lo hacen. Me dio pena eso que dijiste de Dei inseguro, porque es la verdad y que se ponga a pensar que cualquier chica le gana solo por ser chica. Visto lo a punto que está Dei de explotar, creo que si lo de la llamada de Ino hubiera ido un poco más lejos, habría besado a Obito de sorpresa, porque no creo que se de por vencido sin hacerlo, al menos una vez. Y entonces Obito se habría dejado y eso iría en contra de mi plan de que sea Obito el que le vaya detrás y haga todo el trabajo jajaja. Me alegra que te guste tanto, un abrazo!

No sé cuanto abarcaré en el siguiente, pero ahí nos vemos junto con otra parte del viaje. ^^ Cuidense y gracias por estar ahí.