A Deidara lo despertó un olor que le hizo la boca agua. Pan tostado y huevos fritos y puede que también carne. Su estómago emitió un rugido casi animal. Por ese perfecto desayuno, Obito se habría ganado el beso de su vida.
Se sentó en la cama y se desperezó con lentitud. Luego revisó su teléfono y vio que Suigetsu le había mandado un audio. Deidara recordó la conversación del día anterior donde su amigo intentó convencerlo para que no le dijera nada a Obito. Debía haber vuelto a la carga, pero Deidara ya había tomado una decisión y no iba a cambiarla.
Sentado en la cama, le dio al botón de play. Deidara entrecerró los ojos al oír a Suigetsu canturrear algo, su voz distorsionada con auto tune.
"¡Obitoooo... Uhhh...! ¡Obito, fóllame el cu-!"
Deidara detuvo el audio. Luego miró a la puerta con el corazón a mil. Sólo faltaba que Obito hubiera escuchado las tonterías de Suigetsu. O que le hubiera dado al play delante de él pensando que era un audio normal.
[08:42] Deidara: "Te odio"
Después bajó el sonido del teléfono cuanto pudo y se lo acercó al oído.
"Obitoooo... Uhhh...! ¡Obito, fóllame el culo por favorrrr! ¡Uhhh... Reviéntamelooo ohh, reviéntamelo como me ponesss! ¡Me gustan las vergas enormesss sí! ¡Jujuju jajaja ju ju! ¡Y por eso mandé a la mierda a Suigetsu cuando me presentó a sus amigosss los pichacortaaaaaAaaaaaAAaaaaAaaaa! ¡Pero Obito seguro la tiene enormeeeeEeeeEEEEee ay reviéntameEEee el culo!"
Deidara lo escuchó tres veces más, y acabó con lágrimas en los ojos y dolor en el estómago de tanto reír.
[08:47] Suigetsu: "No te ha gustado mi canción?"
[08:48] Deidara: "Vas a llegar lejos en el mundo de la música"
Deidara se imaginó un momento declarándosele a Obito con esa canción y se rió de su propia ocurrencia. Aunque una idea mejor que esa era dejar de perder el tiempo. Si el desayuno iba a estar listo pronto, mejor se arreglaba un poco. Deidara caminó hasta el baño, abrió el neceser y escarbó entre pequeñas botellas y maquillaje, buscando el peine.
En veinticuatro horas estaría soltándole la bomba a Obito, pensaba mientras desenredaba su melena. Si los pequeños detalles que Deidara había ido notando no eran imaginaciones suyas, puede que todo acabase bien. Eso fue en lo que decidió centrarse. Y aún esperando con ansias aquel momento, el corazón de Deidara se aceleraba cuando pensaba en ello. La voz de la razón, o tal vez de la cobardía le decía que no lo hiciera.
Pero iba a hacerlo, se recordó mientras se amarraba el pelo con una banda elástica.
Deidara se volteó al oír unos golpes en la puerta.
—¿Obito?
—¿Todo bien? Me pareció escucharte gritar antes —lo oyó decir al otro lado de la puerta—. Pensé que mejor me aseguraba de que todo estuviera bien.
Deidara miró su sonrisa estúpida en el espejo. También iba en ropa interior, pero Obito lo había hecho sufrir anoche enseñando su cuerpo y él no iba a taparse. Dejó el peine en el lavabo, salió del baño y abrió la puerta.
—Todo bien. Me despertó el olor del desayuno hace un rato, hm.
Deidara lo miró a los ojos para no perderse detalle de a donde estaban mirando. Obito no movió la vista de ellos.
—Oh, bien porque iba a llamarte para eso mismo —dijo Obito.
—Mmm —Deidara inhaló con fuerza—... Nadie me preparaba el desayuno desde que me independicé.
—Entonces no tardes mucho —Obito seguía mirándolo a los ojos. Deidara empezaba a ofenderse—. Todo está más rico recién hecho.
—En cuanto me vista salgo —Deidara no quería ni pestañear por si en ese preciso momento a Obito se le ocurría mirarlo.
—¿Quieres café o jugo de naranja? —preguntó Obito.
Deidara parpadeó.
—¿No compraste demasiadas cosas? Sólo vamos a estar aquí un día.
—Son sobres de café soluble, me los llevé de la cafetería para empleados del lugar a donde fui ayer. También me llevé sobres de azúcar y leche, así que si quieres... —ante la risa ahogada que se le escapó a Deidara, Obito siguió hablando—. No tenía sentido comprar un paquete entero para dos días. ¿No?
—No te estoy juzgando, hm. Es buena idea —respondió él—. Sólo no me lo esperaba. Es divertido conocerte más.
Obito le sonrió con los ojos exasperantemente fijos en los suyos.
—Mejor me sigues conociendo mientras desayunamos.
—Mmh —Deidara asintió—, jugo de naranja.
—Buena elección.
El maldito se dio la vuelta, sin ni siquiera apreciar lo que tenía delante de sus ojos. Deidara apretó los puños. Pero el enojo le duró lo que tardó la cabeza de Obito en golpear contra la puerta cerrada.
—Uh —Deidara hizo una mueca de dolor ante el sonido—. ¿Estás bien?
Obito se frotó la nariz.
—No te rías de mi torpeza —dijo, entrando al salón.
—No lo he hecho —contestó Deidara, subiendo el volumen un poco para hacerse oír.
Se dio prisa en ponerse cualquier cosa cómoda que tenía en la maleta. Desde ahí se escuchaba el sonido del exprimidor.
—¿¡Las naranjas también te las llevaste de ese sitio!? —gritó, asomado al pasillo.
—¡No, estas las compré! —llegó la respuesta desde la cocina.
Cuando Deidara por fin salió afuera y lo vio con un algodón manchado de rojo en su nariz, prefirió pensar que fue por él y no por el golpe.
Obito no debió haberse tomado aquellos cafés. Primero el reencuentro con Rin. Luego las dudas sobre la confesión que iba a tener lugar en menos de veinticuatro horas y ahora, haber visto a Deidara casi sin ropa. Sentía que podría bajar del edificio trepando por la pared.
Colgado en una percha estaba el traje que se pensaba poner esa noche para ir a cenar con Deidara. Debería pasar por casa luego de despedirse de Rin y dejar de mirar al pasado por fin.
Un futuro con Deidara podría ser posible si él quería. Y sino, un futuro con una mentalidad más sana.
Sentado en la que solía se su cama mirando sus zapatillas, Obito le daba vueltas a las palabras que iría a usar.
—Deidara —murmuró. Y por un momento, fingió que lo tenía en frente mirándolo con atención, esperando a que hablase. Obito se sonrojó. Debía evitar que le pasase delante de Deidara—... Hay algo que necesito decirte... Yo...
No mejor no titubear tampoco. Obito se dijo a sí mismo que para eso estaba ensayando. Una parte de él le susurraba que aún estaba a tiempo de dejar el tema.
Obito respiró hondo y lo intentó otra vez.
—Desde hace un tiempo he estado sintiendo...
Cerró los ojos.
—Cosas.
¿Qué basura de declaración era esa? Cosas. Obito resopló y negó con la cabeza. En realidad no sabía si sería capaz de expresar en palabras todo lo que sentía por Deidara.
—Desde hace un tiempo —sí, ese fragmento era bueno. Obito estiró el cuello para asomarse al pasillo en caso de que Deidara estuviera cerca—... Desde hace un tiempo no te puedo sacar de mi cabeza ni un momento.
No. Deidara se iba a asustar si le salía con algo así de intenso. Aunque si fuera al revés... Obito posiblemente se desmayaría de felicidad. Mierda, aquello era difícil. ¿Cómo se le declaraba uno a alguien sin hacer el ridículo? ¿Cómo lo hicieron los millones de parejas que existían en el mundo? Obito estaba de nuevo solo ante un enorme problema.
—Desde hace un tiempo tú... Has puesto mi vida entera patas arriba.
Obito aún no estaba seguro. Pero era lo mejor que tenía. Tal vez la inspiración se apiadase de él más tarde, cuando se calmase un poco.
Los golpes en la puerta entreabierta lo hicieron levantar la vista. Ahí estaba asomado el chico que había puesto su vida entera patas arriba.
—Ya estoy listo, hm.
—Yo casi estoy —contestó Obito.
Deidara pasó al cuarto, cuanto más cerca lo tenía, más cálido se volvía su pecho.
—¿Es esto lo que haces cada vez que llegas tarde? ¿Quedarte ahí sentado mirando el suelo? —dijo, sentándose a su lado—. Deberías dejar esos problemas de los que me hablaste de lado. Al menos hasta volver a Amegakure.
—Los problemas me persiguen, Deidara —y de inmediato pensó que no era bueno darle esa impresión de él—. Pero tienes razón. Al menos podré relajarme hoy en esa cena que me debes.
—Oh. ¿Te la debo? —preguntó él con falsa indignación—. Te recuerdo que eras tú quien quería arrastrarme al restaurante, hm. Ni siquiera me caías bien en ese entonces.
Obito sonrió.
—Es una suerte que ya no te caiga mal. Tú mismo lo dijiste ayer.
Deidara se puso en pie, obsequiándolo con una fugaz sonrisa.
—¿Y a donde vas a llevarme? —preguntó, tomando de la estantería un soldado de plástico.
A Obito se le encogió el corazón viendo como Deidara contemplaba un fragmento de su pasado, aunque no pudo decir exactamente por qué. Viendo que no contestaba Deidara lo miró.
—A Ichiraku. Era de mis lugares favoritos. Solía ser un puesto de ramen cuando era niño. Ahora es un restaurante enorme con varias salas —respondió Obito—. Tengo ganas de volver y enseñártelo.
—No puedo decir que no a ese plan, hm —dijo Deidara.
—A veces incluso hay música en directo o espectáculos de humor. No hay nada programado para hoy, ya he mirado.
Deidara le quitó al soldado la diminuta metralleta de las manos. Su dedo demasiado grande para entrar en el gatillo.
—Con cenar bien me basta —contestó—. ¿Te gustaban este tipo de juguetes?
—Casi todos me los regalaron mis tíos. Prefería los juegos de mesa —Obito señaló un par de cajas puestas una sobre la otra en lo alto del mueble—. Algunos fines de semana jugaba con mi madre... Aunque siempre tuve la sospecha de que me dejaba ganar. Me ponía a llorar si perdía.
Obito había querido compartir alguna anécdota con Deidara, pero de inmediato se dio cuenta del error que había cometido. Tal vez no estuviera listo para hablar con él de ciertas cosas. Tragó saliva, esperando que Deidara no hiciera preguntas.
—Yo no te voy a dejar ganar, hm —Deidara estiró el brazo para tomar una de las cajas. Los ojos de Obito se fueron directos a su firme trasero—. ¿Llorarás si te gano?
Miró de nuevo al suelo, regañándose por pervertido.
—No vas ganarme —afirmó sonriendo. Deidara colocó la caja entre ellos y Obito se movió hacia la derecha al ver el polvo en los laterales—. Ese es como un ajedrez, pero en lugar de hacer jaque al rey hay que ir conquistando terreno al enemigo.
—Te reto a una partida, hm —dijo Deidara.
—Y yo acepto ese reto —contestó Obito—. Pero ahora tenemos que irnos. Al volver podemos jugar.
Deidara se sintió importante al enseñarle al guardia de seguridad de la entrada el pase VIP para el evento que llevaba colgada del cuello. Detrás de él, Obito hizo lo mismo.
—Por desgracia tengo cosas que hacer, pero al menos te enseñaré donde está la sala de las conferencias. A menos que quieras quedarte un rato por aquí —dijo Obito.
El lugar no distaba mucho de cualquier otra convención en la que hubiera estado. Casetas formando hileras y una alfombra de cada color en cada pasillo, para ayudar a orientarse. Deidara quería curiosear, pero también quería llegar temprano a la primera lección maestra y Obito no parecía tener mucho tiempo libre para pasarlo con él.
—Nah. No tiene sentido hacerlo solo —respondió.
—Ojalá pudiera acompañarte —dijo Obito.
Deidara respiró hondo, enmascarando un suspiro.
—Seguro haré amigos por ahí con los que irme a dar un paseo, no estaré solo, hm —dijo, restándole importancia.
—Seguro que sí —Obito consultó el plano—. Aunque a mí también me hubiera gustado visitarlo.
Obito lo guió por unas escaleras hacia el sótano y se detuvo frente al mostrador de una recepción vacía.
—Es aquí. Para cuando salgas yo ya habré terminado. Te escribiré para preguntarte donde estás —dijo—. Disfruta del día y si necesitas algo no dudes en avisarme. No estaré muy lejos.
—Que te sea leve —respondió Deidara. Al ver que Obito no hacía el ademán de irse, permaneció parado donde estaba. Unos segundos después, enarcó una ceja—. ¿Estás esperando un beso de despedida o algo?
Deidara no estaba dispuesto a preservar la sensibilidad hetero de su jefe.
—Te estás arriesgando a que te diga que sí.
Pero una vez más Obito le demostraba que no le tenía miedo a ese tipo de bromas.
—Oh —Deidara se llevó la palma de la mano a los labios, le sopló un beso y se volteó antes de que lo viera sonreír como si le hubiera alegrado el día oírlo decir eso—. Entonces ahí lo tienes.
Y se metió en la primera sala que vio sin pensar a donde iba.
Obito subió las escaleras medio aturdido por aquel beso. Deidara le había mandado un beso y a él le había hecho el mismo efecto que si se lo hubiera dado de verdad. Casi como si hubiera viajado a través del aire a posarse en... ¿Sus labios? De poder elegir, ese sería el lugar donde fue a parar el beso. Obito se permitió conservar la sonrisa en su cara hasta que vio que se iba a cruzar con alguien en las escaleras. Entonces recuperó la compostura e intentó mantenerla mientras se dirigía a las oficinas de los organizadores del evento.
Concentrarse se fue haciendo más y más difícil conforme se acercaban las cinco y media. Obito temía aquel encuentro con Rin, pero no podría huír de eso por siempre, así que mejor hacerlo ya. Rechazó cortesmente la invitación al buffet de canapés y salió del edificio camino de la estación de metro. No podría comer aunque quisiera.
Una parte de su mente no podía quitarse de encima la idea de que Rin se iba a negar a verlo. No había podido contactarla y su única esperanza era que la persona con la que habló se acordase de decirle que la buscaba.
No era hora punta, pero en el metro no había asientos vacíos y Obito se tuvo que quedar de pie. Mientras esperaba a que llegase su parada, recordó el último día que vio a Rin, en aquella habitación de hospital. Y cómo les gritó a ella y a Kakashi que no le volvieran a dirigir la palabra.
Sí. No sería descabellado que Rin no quisiera verlo. Pero al menos él habría cumplido su parte de iniciar una reconciliación.
Eran las seis menos siete minutos cuando llegó al hospital. Obito se aseguró de tener los nervios bajo control y cruzó el recibidor, camino de la recepción. Dos minutos tardó el chico tras el mostrador en atender a la mujer con una niña pequeña que había delante de él. Obito no podía dejar de mirar el teléfono a cada momento. Su corazón latía demasiado rápido y había comenzado a sudar más de lo que planeó.
—Buenas tardes. ¿En qué le puedo ayudar? —dijo el recepcionista.
—Buenas tardes. Busco a Nohara Rin.
—¿De parte de quién?
—Uchiha Obito.
El chico sacó una pequeña máquina rectangular de su bolsillo.
—Un momento —dijo mientras tecleaba sin parar, concentrado en la minúscula pantalla.
—Gracias. Dígale que la espero afuera —Obito señaló a la puerta y se alejó.
Su reencuentro no iba a ser así, enfrente de sus compañeros de trabajo. El sol que empezaba a declinar seguía pegando fuerte en esa parte del edificio. A Obito le costó encontrar un lugar a la sombra. Lo único que faltaba era que se presentase ante Rin después de tantos años sudando más de lo que ya lo hacía. Tras varios minutos de consultar el teléfono y mirar a la puerta, la vio salir.
Ver a Rin siempre le había traído sentimientos muy intensos, tanto buenos como malos. De felicidad, pero también de rencor y celos. Después de su accidente sólo lo negativo permaneció, siempre se le cerraba la garganta y algo le oprimía el pecho. Últimamente su cambio de mentalidad había vuelto su recuerdo menos doloroso, pero en ese momento al verla de tantos años, todo le dio de lleno una vez más.
Rin se fijó en él y se cubrió la boca con ambas manos.
—¡Obito! —exclamó y cruzó el camino asfaltado hasta la hilera de árboles que separaba la entrada al edificio del aparcamiento.
Obito no tuvo tiempo a saludar antes de que ella tirase el bolso al suelo y lo abrazase. Él correspondió a su abrazo y antes de que se diera cuenta, estaba llorando. Todo el daño que le hizo al repetirle que ella no existía ya para él cada vez que lo trataba de contactar. Todos los malos deseos que formuló en su cabeza cada vez que veía una muestra más de que eran felices juntos después de que decidieran hacerle caso en eso de no contactarlo más.
Si Rin le hubiera dado una bofetada nada más verlo, al menos Obito habría sentido que estaba empezando a pagar su deuda con ella. Esa muestra de aprecio a pesar de todo sólo lo hizo sentir peor. Su antigua amiga temblaba en sus brazos, sus sollozos amortiguados por la tela de su ropa.
—Pensé que no volvería a verte nunca más —susurró Rin.
Él no supo qué contestar. Tampoco había esperado volver a verla. Y ahí estaba, haciéndola llorar una vez más.
—Lo siento —dijo Obito en voz baja.
Siento no aportar a tu vida más que cosas negativas.
Rin se soltó, limpiándose las lágrimas en sus ojos con el revés de la mano.
—Hace un par de días me acordé de ti —dijo Rin, riendo un poco entre lágrimas—. Y hoy estás aquí en la puerta de mi trabajo.
Obito sacó el paquete de pañuelos de papel de su bolsillo. Tomó uno y le pasó otro a ella.
—Ayer llamé a preguntar por ti. ¿No te dijeron que te estaba buscando?
Ella sacudió la cabeza.
—Nadie me dijo nada. Por eso no me lo creía cuando me llegó ese mensaje al busca —Rin se guardó el pañuelo en el bolsillo y lo miró, sus ojos aún cristalinos y enrojecidos—. Te ves bien.
—Con el maquillaje, sí —Obito pasó el dedo por la parte derecha de su rostro.
—No me refería a eso, Obito —Rin recogió su bolso y lo colgó de nuevo en su hombro—. ¿Quieres ir a alguna parte?
—Podemos dar un paseo —dijo él—. O entrar a alguna cafetería.
Rin comenzó a caminar y Obito la siguió.
—Ya sé. Hace poco volvieron a abrir uno de los parques donde solíamos jugar después de clase. Estuvo cerrado meses mientras lo remodelaban. ¿Quieres que vayamos ahí a sentarnos?
—Han remodelado eso también —aunque no había pasado tanto tiempo desde la última vez que fue a Konoha, Obito se sorprendía a sí mismo no reconociendo partes de la ciudad que antes eran familiares para él. Tiendas que ya no estaban y en cuyo lugar habían puesto otras nuevas. Casas derribadas en cuyo lugar hacían edificios. La sensación de que esa ya no era su casa cada vez era mayor—. Al final no van a dejar nada.
—Bueno, la zona infantil llevaba décadas así —respondió Rin—. Aristas oxidadas, pintura dañada por el sol... Y han cambiado el suelo de grava por otro de caucho. Mucho más seguro para los niños.
—Recuerdo haberme dejado las rodillas ahí. Aún no se me había curado una herida cuando ya me había hecho otra nueva.
Su amiga rió.
—Todos estábamos así. Pero es bueno que haya más seguridad para los niños y para sus rodillas.
Una vez fuera del recinto del hospital, Obito se preguntó como iban a llegar a su destino.
—¿Caminas hasta el trabajo? —preguntó.
—Normalmente uso el metro. Podemos tomarlo o podemos caminar, aunque nos va a llevar más.
Rin se detuvo. La boca del metro estaba del otro lado de la calle. Tras unos segundos de indecisión, Obito siguió de largo.
—No tengo ganas de bajar ahí abajo ahora. Mejor andando —dijo.
—Suena catártico —comentó Rin, poniéndose a su altura.
—¿A qué te referías antes cuando dijiste que me veía mejor? —preguntó Obito, aún dándole vueltas a lo que ella había dicho.
—Bueno. Vi unas cuantas fotos tuyas en alguna red social de la empresa donde trabajas. Siempre me pareció que no te veías feliz —respondió Rin—. Pero me pediste muchas veces que no te buscase más y decidí respetar eso. Ahora pienso que podría haberte contactado de todos modos a ver si todo iba bien.
Obito sacudió la cabeza.
—Siento haberte preocupado, pero hiciste bien no contactándome. Dudo que hubiera estado listo.
—Por eso lo dije que te ves bien —dijo Rin—. Me alegra que sea así.
—He empezado a ir a terapia. Después de ver algunos resultados me hizo preguntarme por qué no empecé a ir antes.
—Como tú dices, tal vez no estabas listo. Nunca es demasiado tarde.
El sol había bajado un poco más, pero seguía haciendo calor. Obito se arrepintió de haber hecho a Rin caminar. Desabrochó las muñequeras de su camisa y las remangó hasta los codos.
—Eso dice mi psicóloga. Debe tener razón, entonces —respondió Obito—. ¿Y qué es de ti? ¿Cómo has estado?
—Pues terminé de mudarme hace unas semanas. He estado tan ocupada que se siente extraño volver a tener tanto tiempo libre. De haber venido en abril en lugar de ahora lo habría tenido mucho más difícil.
Obito comenzó a abanicarse con la mano. Vivir en Amegakure estaba afectando a su resistencia al calor. En cambio, Rin parecía estar bien.
—¿Mudarte? ¿Cómo es eso?
—Bueno, cuando Kakashi y yo lo dejamos él me devolvió lo que había dado para la hipoteca y con ese dinero alquilé un apartamento para mí sola —Obito abrió mucho los ojos—. Es mucho más pequeño pero tiene sus ventajas.
—Espera... ¿Ya no estás con...? —Obito aún no se atrevió a pronunciar su nombre.
—¿No lo sabes? Pensé que ya te habrías enterado —respondió Rin.
—No —Obito no se había preparado para esa conversación—. Prácticamente he perdido el contacto con casi todo el mundo. Espero que estés mejor.
Obito y Rin salieron de la bulliciosa avenida para entrar en una calle con menos tráfico.
—No te preocupes. Llevábamos ya un tiempo en que parecíamos más compañeros de piso que novios. Símplemente, un día decidimos sentarnos a hablar sobre lo nuestro y coincidimos en que era lo mejor. Aún lo tengo presente en mi vida y seguimos quedando cuando podemos. Todo está bien.
La culpabilidad hizo acto de presencia, como si él con su pensamiento lo hubiera provocado. Tantas veces deseó que les fuera mal y ahora se hacía evidente lo egoísta que fue.
—Si tú estás bien, entonces eso es lo principal.
—Ambos nos quitamos un peso de encima. Además, la nueva chica de Kakashi es genial —dijo Rin—. Si quieres puedo decirle que estas aquí. Podemos quedar todos otra vez.
Obito no contestó y al entrar al parque, se fue directo a la heladería a por un par de granizados. Quizá algún día podría presentarse cara a cara ante Kakashi y arreglar sus diferencias. Pero ese día no sería pronto. De momento con Rin tenía suficiente.
—Tienes razón. Esto está irreconocible. No ha quedado nada —dijo Obito, recordando los frondosos árboles a los que se solía subir y que habían sido reemplazados por arbolitos jóvenes cuyo tronco tenía el grosor de un palo de escoba—. ¿Por qué tuvieron que cortar los árboles?
—Los árboles crecerán —dijo Rin.
—Tardarán décadas en quedar como estaban.
Tras pedir, el camarero les dio un número de mesa y fueron a sentarse.
—¿Recuerdas que este parque se hizo en honor de un militar que luchó en la guerra contra el País de la Tierra? —dijo Rin, colgando su bolso en la silla.
—El Relámpago Amarillo. Lo sé —respondió Obito—. Aunque todo el mundo lo llamaba el parque amarillo.
—Ya no se llama así. Ahora se llama el parque de la amistad. Todos estos árboles son especies autóctonas del País de la Tierra —Rin buscó algo en su teléfono y se lo mostró—. Y en Iwa han hecho otro con árboles de aquí.
Obito sonrió, pensando en Deidara y en cómo ellos también habían dejado de ser hostiles el uno con el otro.
—¿Quién lo iba a decir? —murmuró Obito—. Más de cien años de guerras y malas relaciones. Está bien que haya acabado.
—Y aquí estamos nosotros después de años sin hablarnos —dijo Rin—. En este mismo parque.
—Iwa y Konoha, amigos otra vez.
¿Abrazar a Deidara mejoraría entonces la relación entre ambos países? Si así era, Obito estaba dispuesto a ser un buen ciudadano.
—Antes también hacías eso —dijo Rin.
Obito la miró y vio que sus granizados ya estaban ahí.
—¿Qué cosa?
—Te quedabas callado, mirando a la nada. Es bueno ver que el Obito de siempre no se ha ido del todo —dijo Rin, dando vueltas a su bebida morada con la cañita—. ¿No te has planteado regresar aquí?
—No —Obito ni siquiera se lo tuvo que pensar—. No tengo ninguna razón para hacerlo. Hace mucho que dejé de considerar Konoha mi hogar.
Obito dio un trago. Su garganta agradeció algo de bebida helada.
—¿Y cómo es la vida en Amegakure? ¿Llueve tanto como dicen?
—Y más —Obito rió—. Y en esta época nunca se sabe. Un día estamos a diez grados y al siguiente a veinticinco.
—A ti no te gustaban los días lluviosos —respondió Rin.
Obito alzó una ceja.
—¿Cómo recuerdas eso? —preguntó y ella soltó una risita—. Supongo que no se puede tener todo. ¿No? Tengo más razones para quedarme que para irme.
El silencio posterior lo inquietó. Obito miró al suelo mientras Rin escribía en su teléfono.
—Imagino que si tu familia te dio esa oportunidad no ibas a decir que no. Pero temía que no fueras feliz allí —dijo Rin al fin—. Es admirable. Y valiente.
—Es cobarde —dijo Obito.
Ino lo regañaría por decir eso pero a Obito no le pareció que estuviera mintiendo.
—Empezar de cero no es fácil —replicó Rin.
—Y aún así, la mitad de mi familia acabó ahí —Obito pensó en cómo podría desviar la atención de sí mismo—. Los cuales trajeron a su vez a conocidos y amigos también.
—Nunca me pareciste un cobarde —dijo Rin—. Salir a buscar a Kakashi cuando estaba perdido... Eso fue lo más valiente que le he visto hacer a alguien.
Obito temía la llegada de ese momento pero a la vez, si lo dejaba sin tocar, no habría conseguido nada yendo a buscar a Rin.
—Fue temerario... Y a veces llegué a pensar que incluso innecesario —Rin lo miró con tristeza y Obito exhaló—... Era un crío sin idea de nada. Tuve que dejar a los adultos hacer su trabajo. Así tal vez la noche habría acabado bien para todos.
—O tal vez habría terminado peor y Kakashi no estaría aquí para contarlo. Nunca lo sabremos —respondió Rin—. A veces a Kakashi le costaba dormirse. Y no tenía que decirme que estaba pensando en aquel día, yo lo sabía —la brisa trajo a la mesa una hoja medio seca. Obito la tomó, aliviado de poder entretenerse con algo mientras Rin hablaba—. Pero él seguía empeñado en que tú tenías razón. En que lo salvaste y él te pagó traicionándote en ese tonto pacto que ambos tenían. ¿Y qué podía decirle si era un asunto vuestro? Lo único que podría haber hecho es buscarte y decirte un par de cosas.
Obito estrujó la hoja en su mano, deseoso de pasar ese mal trago.
—Fue egoísmo —dijo sin mirarla—. Sabía que no me corresponderías, pero tampoco quería perder la esperanza. Aunque aquellos sentimientos sólo me trajeran cosas malas —Obito se obligó a levantar la vista, soltando los fragmentos de hoja en su mano. Rin seguía triste—. Siento estar diciéndote todo esto, pero si algo he aprendido yendo a terapia, es que es mejor desahogarse.
—Siempre es mejor fuera que dentro —dijo Rin—. Somos adultos ahora, podemos dejar de sufrir por tonterías.
Obito se dio cuenta que había bebido tanto que ahora sólo quedaba hielo en el vaso. Rin seguía dándole vueltas a su granizado. Había que darle un giro a aquella conversación deprimente.
—¿Sabes que mi psicologa es de Konoha también? —dijo, y la atmósfera recobró la jovialidad.
Nada más entrar en casa, Obito se descalzó y se dejó caer en el sofá. Por un lado, el agotamiento mental lo estaba dejando clavado al asiento, sin ganas de pensar en nada. Por otro, el peso que se había quitado de encima lo hacía sentir como si hubiera rejuvenecido una década.
Hizo unas cuantas anotaciones en una aplicación de escritura para contarle mejor a Ino como había ido todo. Obito no sabía cómo agradecerle toda la ayuda que le estaba prestando y la paciencia que tuvo con él. Aunque Ino solía decirle que su voluntad de ser ayudado era lo principal.
Obito miró su teléfono para asegurarse de que nadie lo necesitaba. Se suponía que debía quedarse por si algo iba mal, pero no era como si no pudiera dar órdenes por teléfono. Se quedaría un rato más despejando su mente, luego una ducha rápida y se vestiría para impresionar. Si alguien notaba su cambio de atuendo, les diría que se había ensuciado el traje y tuvo que ir a cambiarse.
El tiempo parecía pasar despacio. Después de vestirse y acicalarse, no había pasado ni una hora. Quedaba una eternidad aún para ver a Deidara. Por suerte su teléfono sonó pronto. Uno de los trabajadores reportando las incidencias del día. Obito salió de casa para volver al recinto intentando concentrarse en la llamada telefónica. En su cabeza sólo había sitio para imaginarse a Deidara sentado frente a él, comiendo ramen mientras le contaba todo lo que hizo aquel día.
—Repítame lo último, por favor.
Pero de inmediato siguió pensando en Deidara y Obito se resignó a decir que si de vez en cuando a todo lo que le decían a través del teléfono.
Deidara se encontró con montones de mensajes cuando acabó el seminario. Casi todos del grupo en el que estaba con Suigetsu, Karin y Juugo. Alguno de Kurotsuchi y un par de Obito. Parecía que nadie podía dejar de hablar de la decisión que había tomado.
—¿A quién te le vas a declarar?
Deidara se giró, casi dándose un cabezazo contra Sai.
—¿¡Qué haces leyendo mis mensajes!?
—Lo siento. Sólo quería saber por qué te veías tan feliz.
El chico a cuyo lado lo sentaron en la mañana lo miraba avergonzado.
—¿Sueles curiosearles las conversaciones a tus amigos? —preguntó Deidara.
—No tengo muchos amigos —respondió Sai con naturalidad—. Pero si quieres podemos serlo.
—Si les curioseas las conversaciones privadas, no creo que te duren mucho, hm —replicó Deidara.
—Tomo nota —dijo él—. No lo haré más.
—Entonces sí. Seamos amigos.
Deidara se preguntó de donde había salido alguien tan peculiar como Sai.
—Oye... ¿No estarán buscando otro diseñador gráfico ahí donde trabajas por casualidad?
—Puedo preguntar, hm. Pero te advierto que el tiempo no es como aquí en Konoha. Con suerte hay un par de días de sol al mes —le advirtió.
—¡Me encanta la lluvia! Cuando llueve es cuando más me inspiro —exclamó Sai—. Además, Konoha es aburrida. M gustaría conocer otro lugar.
Deidara no podía darle la espalda a un compañero artista. Estaban ahí para ayudarse los unos a los otros.
—Dime tu número —dijo, abriendo la agenda del teléfono—. Te avisaré si me entero de algo.
Como se estaban empezando a quedar solos, Deidara y Sai salieron al pasillo tras intercambiar teléfonos.
—Gracias, nuevo amigo —dijo Sai mientras subían las escaleras.
Según los mensajes, Obito lo estaba esperando arriba.
—Ni lo menciones, hm —dijo Deidara—. ¿Estás subiendo tus dibujos a algún sitio?
—Tengo un blog. Si buscas "Tigres de tinta", lo deberías encontrar fácil. Apúntalo también.
Deidara examinó los alrededores al llegar arriba. Le costó ubicar a Obito con una ropa distinta a la que llevaba en la mañana pero ahí estaba, a varios metros de él.
—Nah —dijo y cuando sus ojos se encontraron con los de Obito, sonrió—. Lo recordaré.
—No me digas que ese es el tipo al que te vas a decl-
—¡LA, LA, LA, LA! —gritó Deidara y lo miró con furia—. ¿Y por qué iba a serlo?
—Porque te ha cambiado la cara en cuanto lo has visto —dijo Sai, bajando la voz—. Y por eso pensé, que te debiste alegrar mucho al verlo.
—Bueno, sí lo es. Así que ten cuidado que no te oiga, hm.
Sai se llevó un dedo a los labios.
—Te guardaré el secreto. No lo diré ni bajo tortura.
Deidara asintió. Pronto ya no importaría.
—Entonces, espero verte por Amegakure, hm —dijo como despedida—. Estamos en contacto.
—¡Hasta pronto, Dei! —dijo Sai y se alejó.
Deidara volvió toda su atención a Obito, pensando entusiasmado si no se habría cambiado por él.
—¿Dónde vas tan guapo, hm? —preguntó Deidara en cuanto llegó a su lado.
—Ensucié el otro y no me traje nada más. No iba a llevarte a cenar con cualquier cosa —dijo Obito—. Y arriesgarme a que me dejes plantado otra vez.
Le faltaba el ramo de flores en la mano. Deidara no quiso recrearse demasiado en la vista. Obito estaba para desnudarlo a tirones y saltarle encima. Pero él no tenía por qué saber eso.
—Ahora voy demasiado casual —dijo Deidara, cuando echaron a andar hacia la salida.
—No. Vas perfecto. Hay algo que importa más que eso ahora mismo —Deidara miró para el lado opuesto al notar que iba a sonrojarse—. Llevo años sin ir a Ichiraku.
Escucharlo decir lo último fue un alivio a la vez que una pequeña decepción.
—También tengo ganas de ir. Me lo has pintado tan bien que mis expectativas están altas, hm.
—Te garantizo que te va a gustar —Obito sacó el teléfono de su bolsillo cuando un mensaje lo hizo sonar—. Y... Acaba de llegar nuestro taxi.
Deidara siguió a Obito afuera. Aún no se acostumbraba a aquellos autos verdes y marrones. Deberían dejarlo a él diseñar algo mejor.
Obito no volvió a hablarle después de decirle al conductor el lugar de destino. Deidara pensó en un tema de conversación, pero era difícil con la tensión en el aire casi palpable. Esa vez sus piernas no estaban tan juntas como para tocarse como pasó en el tren, pero sus manos lo estaban. Deidara las observó una al lado de la otra, separadas por a penas un par de centímetros. Nunca tuvo tantas ganas de tomarle la mano a alguien, o de que alguien se la tomara a él.
¿Cuándo llegará el día en que pueda sostener tu mano en la mía?
Hasta el mundo se burlaba de él con esa canción que sonaba en la radio. Había pocas cosas que aburriesen más a Deidara que el pop cursi y comercial, pero en ese momento le pareció que la canción hablaba de ellos dos. Y la cercanía de su cuerpo. Y el olor de su colonia. Y cuando notó que los dedos de Obito se movían unos milímetros su cuerpo entero se encendió. Pero no era más que una falsa alarma. Por supuesto que su jefe no iba a tomarle la mano.
Deidara suspiró. El taxi paró en un semáforo y él sólo quería salir de ahí pronto o que acabase esa canción. La opción que llegase antes.
Tu mano en la mía.
El domingo se sentía más lejano que nunca.
Tengo que recordar que la escena de esta cena en Ichiraku fue una de las primeras que se me ocurrieron y la he repasado tantas veces en mi cabeza que se siente raro sacarla de ella. No sabía cuando lo empecé a escribir donde iba a ser el corte, pero ese me pareció un momento justo. La conversación con Rin me llevó demasiado. Le di muchas vueltas y hay algo que no termina de encajarme pero lo voy a dejar así.
Lybra, me está gustando mucho escribirlos aquí solos en este pequeño viaje. No sé si esperar le hubiera hecho bien a Obito. Ya vive sufriendo por su amor por Deidara y no quiero hacerlo sufrir más. Necesita una conclusión. Con las llamadas de Ino lo que quería hacer era que Obito esta vez actuara diferente a como siempre. En lugar de ilusionarse y sufrir y ponerse emo, prepararse para ser rechazado y poder pasar página de forma sana. Lo otro está bien, si ambos quieren. Lo que más problemas podría traer para mí es en el entorno laboral. Pero yo creo que eso a ellos no les importa. Bueno como te dije, esa última escena iba a ser con Deidara yendo a masturbarse al baño y Obito intentando entrar porque se olvidó dentro algo, pero por suerte iba a estar el cerrojo. No conseguí hacerlo porque Dei tiene baño en-suite y no tenía por qué salir al otro, ni Obito de entrar en el cuarto de Dei. Me alegra mucho saber que te ha gustado como he llevado el desarrollo lento. ^^
Arekusa, espero que te esté yendo bien la cuarentena y toda la locura de estos tiempos. Dei sí, ha alcanzado su límite jajaja. Se nota cuando lo escribo que ya cada vez le importa menos todo y a la vez, duda cuando Obito le sigue el juego sobre si está bromeando o no. Pero pronto ya no podré sostenerme en eso tampoco porque una broma gay o dos no significan nada, pero muchas pues... Dei no es Obito y ya lo va a ver xD También me encanta esta dinámica prácticamente de pareja que ha surgido, y aunque hace un día que han llegado, se siente que ha pasado más y me apena que vaya a ser tan corto. Quiero que Deidara sepa todo antes de que se líen, así si hay malentendidos, ocurren antes y no después. Hace poco decíamos Lybra y yo que Obito es como una cebolla, y no porque su historia haga llorar sino porque tiene capas y capas y más capas y le ha confesado algo pero se ha guardado mucho más. Con cada confesión parece que eso fue, pero siempre aparece algo nuevo, podre Dei jajaja. Así que sí. Falta algo más de comunicación el resto se puede mirar sobre la marcha.
Ray Sonnen, aww gracias por tu bello comentario. Me apena, pero por cosas así cada vez leo menos manga yaoi, y aunque haya algunos con trama bonita y prometedora, siempre tienen que tener alguna cosa rara que te deja mal sabor de boca. También está el género bara. Nunca he leído bara pero me llama la atención.
Ya por fin viene esta cena que tanto esperé T_T ¡Gracias por leer y hasta el siguiente!
