—Veo que ya has hecho amigos por aquí —dijo Obito en cuanto bajaron del taxi.
—¿Te refieres a Sai? —preguntó Deidara, tomado por sorpresa por el tema de conversación—. Sí, se sentó a mi lado y estuvimos juntos todo el día. Luego algunos organizaron para ir a tomar algo al salir, pero yo ya tenía planes así que dije que no, hm.
Las puertas automáticas del restaurante se abrieron para dejarlos pasar.
—Estás muy solicitado —dijo Obito—. Menos mal que yo llegué primero.
El metre se acercó a ellos y los saludó. Tras tomar un menú cada uno, los acompañó a la mesa que habían reservado.
—Me habías hablado tan bien de este lugar, que no habría podido irme en paz si no lo probase al menos una vez —respondió Deidara, y se sentó frente a Obito.
La mesa no era muy grande y de nuevo Deidara le rozó el pie con el suyo, aunque para su decepción, Obito pronto lo echó hacia atrás.
—¿Y qué plan te gustaba más?
Deidara levantó la vista del menú y sonrió.
—Hmmm...
Obito le estaba poniendo en bandeja unas oportunidades de oro. Deidara consideró si debería activar el modo seductor al máximo.
—No es buena señal si te lo tienes que pensar tanto —agregó Obito.
—Sí, este me parecía mejor plan —dijo Deidara—. Así que impresióname.
—¿Quieres que te impresione? —preguntó Obito, abriendo el menú—. Pide shoyu tonketsu especial Ichiraku.
Deidara le echó un vistazo al resto de la carta de todos modos. Los entrantes no estaban nada mal.
—¿Eso es lo que vas a pedir tú?
—Por supuesto —dijo Obito—. Me gusta dejar mis favoritos sólo para ocasiones especiales, pero esta lo es.
Cada vez que Obito decía algo así, Deidara experimentaba un pequeño momento de euforia. Era consciente de que Obito sólo se refería a estar ahí de nuevo en un lugar que había formado parte de su vida en el pasado. Pero por otro lado, podría haberse ido solo o aprovechar para ver a algún viejo amigo, pero se lo había llevado a él.
—Yo siempre elijo mis favoritos. Cuando algo me gusta mucho, quiero comerlo a todas horas, hm —Deidara iba a empezar con insinuaciones sutiles, después vería como seguir.
Obito levantó el menú, tapando la mitad de su cara.
—Entonces hacemos justo lo contrario —dijo Obito, concentrado en la carta—. ¿Qué más quieres pedir?
Deidara entrecerró los ojos, maldiciéndolo en su interior mientras echaba un vistazo a los entrantes.
—Gyoza, hm. Y chips de loto. Paga la empresa. ¿No?
—En teoría sí, pero esta cena corre a mi cuenta —dijo Obito.
—¿Qué? ¿Por qué? —preguntó Deidara.
—Porque yo lo prefiero así —respondió él—. Quiero que esto sea algo entre nosotros y no parte de un viaje de negocios.
Deidara no podía creer que estuviera a punto de sonrojarse cuando normalmente era él quien le sacaba los colores a los tipos con los que quedaba.
—Tch, qué tendrá que ver. Comida gratis es comida gratis.
—Lo sé. Pero igual prefiero hacerlo así.
Obito dejó el menú a un lado, apoyó la cabeza en su mano y le sonrió. Deidara reprimió un suspiro.
—Haz lo que quieras entonces, pero me sigue pareciendo una tontería.
La camarera vino a llevarse los menús y tomar nota.
—¿Algo de beber? —preguntó la chica.
—Una botella de sake, por favor —dijo Obito.
Deidara rió y esperó a que se fuera para hablar.
—Así que no quieres que en Akatsuki se enteren de que intentas emborracharme, hm.
Obito abrió mucho los ojos, a Deidara se le aceleró el corazón.
—B-bueno, sólo pensé que sería un buen cambio. Tal vez debí preguntarte antes.
—Así está bien —dijo Deidara—. ¿Un buen cambio? ¿A qué te refieres?
—Nada —respondió Obito—. No tiene importancia.
—No. Ahora me lo tienes que decir, hm —dijo Deidara y su sonrisa se hizo más amplia cuando Obito dejó escapar una risa nerviosa.
—Creo que es mejor si no lo digo.
—¡Eso sólo me da más curiosidad! —se quejó Deidara.
La camarera volvió con una bandeja, puso los entrantes en la mesa, luego los pequeños vasos de sake, que rellenó antes de dejar la botella también. Tras darle las gracias, Obito se volvió hacia Deidara.
—No quería arruinar el ambiente —dijo—. Lo decía porque solía beber solo en casa.
—Hmm —Deidara deseó no haber preguntado—. Esos problemas personales de los que me hablaste... ¿Tan malos son?
—Ya he dejado de hacerlo —dijo Obito y se bebió el vasito de un trago—. De hecho, hace mucho que no he probado el alcohol.
—Te está sentando bien la terapia, hm —respondió Deidara—. Pero no creas que no me he dado cuenta que has esquivado mi pregunta.
Deidara también bebió y de inmediato, Obito llenó los vagos de ambos.
—Puedo contarte otro día. No quiero arruinar más el ambiente —dijo Obito sonriendo—. Pero sí que me gustaría contarte sobre otra cosa más agradable.
Deidara tomó un chip de loto del plato y le dio un bocadito.
—Al menos son buenas noticias, hm. ¿Qué es?
—Bueno —Obito se aclaró la garganta—... Ya sabes que gracias a mi psicóloga mi mentalidad está cambiando. Así que decidí hacer algo que debí haber hecho hace mucho tiempo y aprovechando que venía a Konoha, fui a ver a Rin.
A Deidara le habría sentado mejor que le tirasen un cubo de agua helada a la cabeza. Miró a Obito y su estúpida sonrisa, preguntándose como pudo ser tan idiota para creer que aún no pensaba en ella, que algunos de sus gestos podrían ser insinuaciones o que se había vestido tan elegante para él.
Por supuesto. Por supuesto que se había vestido así para una tipa insípida cualquiera. Por supuesto estaba esperando con ansias ese viaje, pero no para estar con él sino para verla a ella. Deidara no se reconoció a sí mismo en la situación que estaba, hablando de otra con el hombre del que estaba enamorado. Su mandíbula se apretó hasta doler y una sensación desagradable se expandió por todo su pecho.
—Tenía muchas dudas —prosiguió Obito—, pero no me arrepiento de haberlo-
Deidara resopló, su puño haciendo añicos el chip de loto.
—¡Cállate! —gritó, frunciendo el ceño. Obito perdió la sonrisa mientras lo miraba confundido—. ¡Estoy harto de esa Rin y estoy harto de ti! ¡Te dije aquel día que no me la mencionases más y lo primero que haces es hablarme de ella!
—¡No! —Obito miró a las mesas cercanas. Todos los estaban mirando—. ¡Dei-!
—¡No quiero oír nunca más de Rin! ¿¡Te enteras!?
Obito hizo un gesto conciliador con los brazos.
—Deidara, déjame hablar un-
—¡Ni de ti tampoco! —Deidara se levantó—. ¡Quieres mi renuncia por escrito o con esto te vale!
Hora de recuperar la cordura. Alejarse de la mesa en dirección a la salida parecía ser lo más liberador que había hecho últimamente, pero cuando estaba a medio camino, Obito le cortó el paso y le agarró los brazos.
—No te vayas.
Deidara había visto esa expresión desesperada antes. Aquel día cuando discutieron y Deidara se fue tras él. Pero ya no le iba a conmover. No era su asunto. Intentó liberarse, pero Obito lo estaba agarrando con fuerza.
—¡Suéltame!
—No.
—¿Qué...? Ya se te subió el trago de sake que te acabas de beber si crees que me voy a quedar aquí contigo —escupió Deidara.
—Un minuto. Sólo te pido un minuto. Necesito contarte esto, Deidara. Necesito que me escuches. Después puedes irte. No te detendre —Obito susurraba cerca de su oído, como si quisiera compensar por los gritos que él estaba dando.
—¿Por qué quieres que te escuche? —preguntó Deidara.
—Porque —Obito suspiró—... Porque eres parte de esta historia. Una parte importante. Y no podía dejarte al margen de ella no haciéndote saber que alcanzó por fin una conclusión.
Deidara le dedicó su mirada más hostil.
—No soy parte de ninguna historia en la que tú estés envuelto, hm —dijo entre dientes.
—Sí lo eres —sentenció Obito—. Desde el momento en que me hiciste darme cuenta de lo miserable que era y de como estaba esparciendo esa miseria como la plaga, lo eres.
Deidara se calmó un tanto, pero desvió la mirada de la de Obito antes de que se fuera a ablandar más.
—Por favor, vuelve a la mesa. Será rápido. Es lo último que te pediré.
A su alrededor, la gente murmuraba.
—Está bien —dijo a regañadientes—. La última cosa y serás rápido.
A pesar de haberse salido con la suya, Obito no pareció animarse. Volvió a la mesa y se llenó el vaso de sake dos veces. Deidara lo imitó y de repente todo le pareció terminante. Estaba ahí sentado con Obito pero en un rato iba a salir por la puerta y ya no iba a estar más en su vida. Deidara se echó un tercer trago de sake, lo que fuera con tal de aplacar un poco aquellas sensaciones de mierda. Obito lo igualó y por unos segundos ninguno de los dos dijo nada.
—Incluso si no hemos podido conectar, no me arrepiento de haberte conocido. Me hiciste aprender mucho —mierda, Obito sabía cómo dar justo en el punto adecuado. Deidara tragó saliva—. Voy a extrañarte.
—Definitivamente ya se te subió el sake.
Obito siguió viéndose miserable y a Deidara se le figuró, al borde de las lágrimas.
—Hoy quedé con Rin. Hicimos las paces. Yo me disculpé por haber sido injusto con ella de tantas maneras y durante tanto tiempo. Ahora estamos en paz. Y yo estoy listo para empezar a mirar hacia delante —Obito fue a llenarse el vaso de nuevo pero sólo salió de la botella un fino hilo de sake que pronto se extinguió. Deidara se volvió a sentir como un idiota, esa vez por haber sacado conclusiones precipitadas—. Aquella vez cuando te hablé de ella, sabía que acabaste harto. Lo que no imaginé fue que te había afectado tanto. Lo siento.
Deidara se mordió el labio.
—Tampoco sabía que estabas harto de mí —prosiguió Obito—. No entiendo por qué, pero puedes irte ya si no quieres quedarte más. O me puedes explicar la razón antes. Me gustaría saber qué he hecho mal.
—¿Sigues enamorado de ella? —preguntó Deidara.
Obito parpadeó. Luego negó con la cabeza.
—No —dijo—. Mis sentimientos por ella forman parte de una etapa que acabó y me costó superar. Nada más.
—No estoy harto de ti —Deidara sintió algo de alivio, pero la sensación de pesadez no se fue del todo—. Sólo me cabreó el tema y lo dije sin pensar, hm.
—Debió enojarte mucho —respondió Obito—. Pero me alegra oír eso.
La camarera estaba de vuelta con sus pedidos.
—¿Está todo bien por aquí? —preguntó, dejando los tazones frente a cada uno de ellos.
—Perdón por el pequeño alboroto. Sí, está todo bien —dijo Obito.
—Muy bien. Disfruten de la comida —dijo antes de irse.
Ambos le dieron las gracias. Deidara miró su humeante tazón. La panceta a un lado y dos mitades de huevo al otro y los fideos asomando entre pequeños champiñones y cebolleta cortada. Sus ganas de irse no se habían ido del todo, pero Deidara no iba a esconder la cabeza, ni tampoco iba a perderse aquel manjar. Obito estaba pendiente de él, esperando una reacción.
—¿Buen provecho? —preguntó algo inseguro.
Obito sonrió un poco.
—Buen provecho, hm —respondió Deidara y tomó los palillos.
Por un rato comieron en un silencio ennervante, pero cuando sintió el alcohol hacer su trabajo, dejó de importarle. Excepto porque a Obito parecía haberle resultado inexplicable su exagerada reacción y tal vez estaba sacando conclusiones sobre él.
—Oye —dijo Deidara. Obito levantó la vista—. Disculpa por lo de antes. Fue un malentendido.
—¿Crees que te lo tendría en cuenta después de todo lo que me has aguantado? —preguntó Obito—. Además, estábamos progresando mucho. No podemos tirar todo a la basura por un malentendido.
Deidara asintió y el siguiente bocado de fideos, le supo mejor. Se acordó de aquel día en que Obito pensó que se había mudado a vivir con Sasori porque eran pareja. No podía evitar pensar que ambas situaciones desprendían la misma energía. Tal vez con un poco más de alcohol podría reunir el valor para preguntarle a su jefe si se había puesto celoso. Deidara comenzó a reír.
—¿Qué ocurre? —preguntó Obito.
—Recordé una cosa, hm —respondió y se bebió el resto del caldo que se había quedado al fondo—. Me ha gustado, gracias.
—También. Aunque lo habría disfrutado más sin incidentes.
—Hm —Deidara asintió—. ¿Pedimos más sake?
Obito sonrió, luego rió un poco y se giró a buscar a la camarera.
—¿Quién es el que quiere emborrachar a quien ahora? —preguntó, también se le notaba más desinhibido.
Deidara le obsequió con su mirada más inocente.
—No sé qué insinúas —canturreó. El plan seguía en marcha, pero esa vez Deidara sería cuidadoso—. Oye... Hace rato que quiero preguntarte qué es lo que pasó exactamente con Rin.
Obito enarcó una ceja.
—¿En serio quieres saber? Pensé que no querías que te la nombrase más.
La botella llegó y los platos vacíos se fueron. Deidara aún no había probado el gyoza así que tomó uno con los palillos y lo mojó en salsa de soja.
—Ahora no importa —dijo antes de comérselo de un bocado.
Ahora que sabía que ya había dejado a la tipa en el pasado.
—¿Por qué no importa? —preguntó Obito.
—No me gusta que haya temas tabú ahí, hm.
Deidara se enorgulleció de su propia habilidad para producir respuestas convincentes.
—Tienes razón —Obito asintió y llenó ambos vasos—. Nunca hablé de mi vida a nadie, pero después de ir a terapia me tuve que acostumbrar. Te lo contaré si te quedas en Akatsuki.
—¿Qué clase de chantaje es ese? —preguntó Deidara—. Igual algún día tendré que irme. No es lo que quiero hacer con mi vida, hm.
—Pero de momento te quedarás —Obito parecía estar reprimiendo un pequeño puchero. Verlo así lo hizo reír—. ¿No?
Deidara esperó a calmarse antes de responder.
—Si me lo pides con esa cara...
Obito era divertido después de beber un poco pero Deidara se acabó preguntando si no sería contraproducente dejarlo beber más y arriesgarse a que se pusiera triste. El tema que iban a tratar no era agradable.
—No sé de qué cara hablas. Pero si ha funcionado, entonces se lo agradezco —Obito tomó aire—. Ya debes haber oído hablar de Kakashi. Él era mi mejor amigo y nos gustaba la misma chica. Esa sería Rin. Ella correspondía a Kakashi, pero él decidió no salir con ella. Dijo que la amistad de nosotros tres era demasiado importante para él como para estropearla.
—Pero la estropeó, hm —dijo Deidara—. Según me contaste.
—Kakashi no tenía familia —Obito miraba a la nada. Deidara se esforzaba, a pesar del ligero mareo del alcohol, en seguir de cerca todas sus expresiones faciales. Se echó sobre la mesa para estar más cerca de él. Sus rodillas se rozaron—. Él siempre decía qué... Que éramos su familia. Nosotros y sus perros.
—Pero cuéntame el lío de una vez, hm.
Algo no cuadraba. El tal Kakashi no parecía el tipo de persona que traicionaría a un amigo. Obito sonrió con tristeza.
—Qué impaciente. Te estoy poniendo en situación —dijo Obito—. El padre de Kakashi era muy amigo de un hombre llamado Minato Namikaze. Después de morir, el señor Namikaze quiso responsabilizarse de Kakashi... Aunque nunca consiguió que se mudara permanentemente con él y su esposa. Aún así, solía celebrar sus fiestas de cumpleaños a lo grande. Ese año, nos llevó a los tres al País del Hierro.
Deidara recordó todo lo que sabía del incidente, decidiendo que era mejor fingir que no tenía ni idea. Mejor que Obito no supiera que ya había estado cotilleando de él con Sasori.
—¿Qué hay ahí a parte de geisers y gaviotas? Vaya cumpleaños, hm —dijo y tragó en seco. Fingir así no era lo suyo.
—La mejor estación de esquí del continente —Obito bebió—. No nieva muy a menudo en el País del Fuego. Kakashi solía ir allí todos los años con su padre, así que el señor Namikaze nos llevó a los tres a esquiar. Yo no había visto nieve en la vida y Rin tampoco y teníamos muchas ganas de ir. El problema era... Que Kakashi era un experto esquiando y nosotros necesitamos una lección antes de que nos dejasen ir por nuestra cuenta. Al final, Kakashi se aburrió de esperar y se fue por ahí a dar una vuelta. Yo y Rin nos quedamos atrás hasta que no logramos mantenernos en pie y movernos con algo de soltura.
Obito calló y Deidara supo que ese era el momento en que todo fue mal.
—Nos dijeron que si el tiempo comenzaba a cambiar, volviéramos. Rin y yo no nos fuimos muy lejos porque aún éramos unos principiantes, pero no me importó. Yo estaba feliz por pasar tiempo con ella.
Deidara apretó los puños.
—Oye, no tienes por qué estar recalcando a cada momento cuánto te gustaba tu amiga, ya me hice una idea —espetó, dejando que el repentino amargor en su garganta hablase por él.
—Vale. Lo siento. Sólo que fue un día divertido, al menos hasta que el viento empezó a soplar y volvimos a la base. Allí nos enteramos que Kakashi aún no había llegado. Rin y yo nos preocupamos pero nos tranquilizaron, diciendo que Kakashi seguro estaba a punto de llegar. Afuera nevaba y el viento soplaba más fuerte que antes. Los minutos pasaban y Kakashi no llegaba. Tampoco la patrulla de rescate, que ya había salido afuera a buscar a alguien más. Ahí me puse histérico y como todos seguían diciéndome que no había nada que hacer más que esperar, hice una tontería y salí yo mismo a buscar a Kakashi. No conocía el terreno, pero me fui por la dirección en la que lo vi marcharse y seguí el rastro en el suelo antes de que la nevada lo borrase del todo. Para cuando lo encontré, era casi imposible ver más allá de los copos de nieve que el viento helado te soplaba en la cara. Kakashi estaba refugiado bajo un grupo de abetos, tiritando y abrazado a sí mismo. Le di el termo con té caliente que robé de la base y la manta. Pensé que entre los dos, podríamos lograr llegar, pero la nieve había borrado ya el rastro y lo único que hicimos fue perdernos más. Luego pisé donde no debía, la nieve cedió y tuve una caída de varios metros. En la primera visita que Kakashi me hizo al hospital, me fue a anunciar que después de ver la muerte tan de cerca había decidido seguir lo que le dictaban sus sentimientos.
—Y ahí estabas tú, herido y hospitalizado y pensando que pese a tus nobles intenciones, te llevaste la peor parte de todo.
Obito asintió despacio. De repente se veía cansado.
—Cuando las secuelas son físicas... Es difícil reunir el valor hasta para mirarse al espejo —dijo con lentitud—. Y hasta que no di con este maquillaje cubre cicatrices, odiaba hablar con la gente y ver como sus ojos siempre se desviaban a la parte derecha de mi cara. Podía hasta sentir su lástima...
Deidara recordó el día en que fue a la oficina de Konan y encontró a Obito por el camino.
—Creo que las noté una vez, hm —dijo.
—Debió ser uno de esos días en los que me lo apliqué con prisas. Normalmente no se nota a no ser que te acerques mucho, mira.
Obito se levantó y se inclinó sobre la mesa, su cara a pocos centímetros de la de Deidara. Su corazón golpeó su caja torácica. Deidara no estaba listo para aquello y por unos segundos se olvidó de respirar. Su imaginación le hizo pensar que iba a besarlo y ahora estaba medio aliviado y con la sensación de que acababan de estafarlo, todo a la vez.
Ahí estaban las marcas, a penas unas líneas del grosor de un cabello y casi del mismo color que la piel. Su brazo se movió solo pero antes de que sus dedos pudieran rozar el rostro de Obito, logró detenerse.
—Puedes tocar —dijo Obito.
—¿Uh? —balbuceó Deidara, detestando no poder dejar de actuar de forma tan patética delante de él.
—Pensé por un momento que querías tocar —respondió.
La mano de Deidara avanzó hasta que las yemas de sus dedos rozaron la mejilla izquierda de Obito. Tragó en seco, intentando sentir el tacto de sus cicatrices pero no lo consiguió.
—Está liso, hm —dijo y siguió tocando antes de que Obito se alejara de él.
Deidara se preguntó si podría culpar al alcohol de su sonrojo.
—Es cara, pero me he acostumbrado a no salir de casa sin ella —Obito volvió a su sitio—. Se supone que no se debe llevar más de ocho horas, para que la piel respire y todo eso. Y viene con un tónico especial para limpiarla.
—Me gustaría verte sin ella —dijo Deidara, el tacto de la piel de Obito aún cosquilleaba en su mano.
Su jefe rió tanto que le dio tos.
—No, no, no. No quieres. Te lo aseguro. A nadie le favorecen las marcas en la cara —dijo.
Deidara alzó las cejas. Quería sacarle más información a ese Obito ebrio.
—¿Significa eso que te preocupas de cuidar tu apariencia para mí, hm? —lo molestó.
—Pfft... Qué tontería. ¡Claro que me preocupo! ¿Por qué iba a querer que me vieras hecho una ruina? —exclamó, frunciendo el ceño.
Deidara nunca había visto su rostro tan expresivo. Le pareció un regalo del cielo.
—Es una suerte que a mí eso no me importe —dijo Deidara—. Quiero verte sin esa crema, hm.
Obito apretó los labios y pasó los dedos por la parte maquillada de su rostro.
—Nadie me ha visto sin él en años —murmuró y Deidara juraría que se veía asustado—. Nadie.
Cuando lo miró a los ojos, Deidara tomó aire con fuerza.
—¿Quieres ser el primero? —agregó, con una solemnidad que le aceleró el pulso.
Deidara a penas logró no atragantarse con su propia saliva.
—¡Es un trato! —exclamó, más alto de lo que le hubiera gustado.
—Es un trato —repitió Obito, tendiéndole una mano que Deidara le estrechó sin pensar.
Al soltarlo comprendió que no había sido una buena idea. Ahora una cálida presión se comenzaba a acumular en su ingle. Lo suyo iba de mal en peor, Deidara pensó. El siguiente paso sería correrse en los pantalones cuando Obito le diese los buenos días. Su mano extrañó estar enlazada en la de Obito y un silencio se estaba formando entre ellos. Deidara decidió ocuparse de eso primero.
—Y no vale arrepentirse, hm.
—No lo haré —dijo y suspiró con fuerza mientras se pasaba una mano por el pelo.
—¿Nervioso? —le preguntó Deidara.
—Un poco —admitió—. Cuando lleguemos a casa y me lo quite te enseñaré.
—Si no querías hacerlo no lo hubieras propuesto —lo molestó Deidara—. Ahora es tarde.
—Si te lo he propuesto es porque quiero —replicó Obito—. Solo que es difícil.
—¿Por qué? —Deidara apoyó los codos en la mesa, sin preocuparse por sus modales—. ¿Crees que vas a tener menos posibilidades conmigo si te veo las cicatrices?
Deidara esperó al menos avergonzarlo un poco, pero Obito sonrió. Tuvo la sensación de que algo raro estaba pasando.
—Tal vez... ¿Quién sabe?
A Deidara le dio un vuelco el corazón, seguido de la euforia que siempre sentía cuando la caza iba bien y la presa estaba a punto de caer en sus garras. Pronto se obligó a bajar de nuevo a la tierra. Ese era Obito, estaba algo borracho y lo más seguro era que estuviera bromeando.
Aunque tenía que admitirse que haberse enamorado de un hetero al que no le daban miedo las bromas gays era un premio de consolación medio aceptable. Deidara le respondería como le hubiera respondido a cualquier tipo que hubiera conocido en una aplicación de citas.
—¿Tan superficial crees que soy? Me ofendes, hm —respondió Deidara—. Además, estás dando por hecho que no te voy a encontrar atractivo.
Obito alzó ambas cejas.
—Así que no es un sueño imposible...
La mandíbula de Deidara cayó. No tenía ni idea de lo que estaba pasando. Al principio le había hecho gracia, pero ahora empezaba a dolerle.
—Je. Al no eres uno de esos tipos que se creen menos hombres por hacer bromas gays —dijo Deidara.
—Tal vez no estoy bromeando —dijo como si fuera un hecho. Y Deidara rió sin ganas, deseando que parase.
—Oye, ya me ha quedado claro, hm.
—Y cuando digo que tal vez no estoy bromeando —Obito estiró su brazo y le agarró la mano—, quiero decir que no estoy bromeando.
Deidara se tensó, sus ojos abiertos de par en par y su cuerpo encendiéndose como una cerilla. En un acto reflejo, retiró la mano y la expresión seductora y sonrisa ebria de Obito desaparecieron para dejar paso al pánico.
—¿Qué está pasando aquí, hm? —preguntó Deidara.
—¡Lo siento! —exclamó Obito—. Lo siento. No debí hacer eso.
La sobriedad parecía haber vuelto de golpe para ambos. Obito colocó una mano en su sien, mirando a la nada.
—¿Y por qué lo hiciste? —preguntó Deidara. Obito tardó tanto en responder que Deidara se empezó a impacientar.
—Hay algo que no te he contado —dijo al fin.
—Algo más que no me has contado —lo corrigió Deidara—. ¿Cuántas cosas más te estás guardando?
Obito se dobló sobre la mesa, escudándose en las palmas de sus manos juntas como en un rezo.
—Lo siento —murmuró.
—Menos disculpas y más empezar a hablar, hm.
Poco a poco, Obito se incorporó. A Deidara no le habría latido el corazón tan fuerte si hubiera corrido una maratón.
—Verás... Desde hace un tiempo...
—¿ Desde hace un tiempo, qué? —insistió Deidara, viendo que su jefe se empeñaba en mantener la intriga o algo.
Obito boqueó, balbuceando algo ininteligible.
—Desde hace un tiempo he estado teniendo dudas.
—Dudas —repitió Deidara y tal vez fue por la entonación de sus palabras pero entendió qué tipo de dudas eran esas e iba a ser que el tonto lo tenía ahí pensando que es hetero. No. Obito no era el tonto. El tonto era él—. ¿Desde cuándo?
—No sé... Tal vez desde siempre. No sé —Obito pareció calmarse un tanto—. Estaba demasiado amargado como para notar... Quizá te esté pareciendo una tontería a mi edad.
Deidara aún no había asimilado la noticia.
—No es una tontería. ¿Por qué me iba a parecer una tontería? Es un tema serio, hm.
Obito dejó escapar un suspiro hastiado.
—Porque no es común ver tipos de más de treinta teniendo dudas. La mayoría de jóvenes pasan por esa fase en la adolescencia.
—Eso no tiene importancia —dijo Deidara, parecía como si Obito estuviera repitiendo algo que había leído por Internet y lo había hecho sentir inseguro—. No es lo usual, pero eso no significa que sea menos válido.
—B-bueno... Esa era la otra razón por la que quería traerte a este viaje —dijo Obito.
—Así que pensaste que tonteando conmigo se te iban a aclarar las dudas —Deidara no sabía por qué estaba enojado.
—Discúlpame por eso. Fue inapropiado —dijo Obito—. Jamás lo hubiera hecho de no haber bebido. Sólo quería hablar contigo del tema. Llevo desde que llegamos buscando el momento.
Deidara debería estar llorando de felicidad. Esa era la confirmación de que Obito no era un imposible. Tal vez, si fuera capaz de dejar de pensar en lo ciego que había estado. Él que se vanagloriaba de tener un radar oculto de detectar gays reprimidos.
—No es así como se hacen las cosas, hm —respondió, porque regañar a su propio jefe tenía un punto satisfactorio.
—Lo sé —Obito agachó la cabeza.
—¿Qué trabajo te costaba pedirme una tarde para tomar café juntos y hablar del tema?
—¿Y arriesgarme a que me digas que no después de que te fueras corriendo aquella noche?
Deidara se cruzó de brazos.
—Ya supera eso —espetó—. ¿No estoy aquí contigo ahora?
—Viniste por los seminarios, no a pasar tiempo conmigo —Obito negó con la cabeza—. No cuenta.
—Y aún así podría haber aceptado el plan de la gente que conocí en el curso de ir todos a tomar algo por ahí. Podría haberte pedido que me trajeras de vuelta al piso pero estoy aquí con un tonto que no sabe hablarme claro.
Obito estaba de nuevo apoyando su frente en su mano. Deidara no podía verle la cara. Quizá no debería pagar con Obito su enojo consigo mismo, pero en el fondo, él se lo merecía. Al menos un poco. Deidara respiró hondo.
—Hey.
Obito levantó la visita.
—¿Podemos quedar? Alguna tarde de la semana que viene si no tienes nada que hacer —dijo.
Deidara sonrió con lo fácil de leer que era después de beber. Ese miedo que veía, esa esperanza en su mirada, casi podía palparse.
—Cualquier tarde, me viene bien cualquier día, hm. No me esperaba que fueras a pedírmelo.
—Alguna vez tendré que dejar de ser un tonto que no sabe hablar claro —respondió Obito.
Deidara tapó la botella de sake. Quedaba un poco, pero mejor si ambos se plantaban ahí o no se haría responsable de sus actos. Obito le importaba ya demasiado como para arruinarlo todo así. Incluso si él quisiera acostarse con él, puede que eso no fuera lo que les conviniera en ese momento.
—¿Y dices que no conoces a nadie para hablar del tema?
—Tú eres en quien más confío —dijo Obito.
—¿Te cuesta aceptarte? ¿Qué te dijo tu psicóloga?
—Al principio puede que sí —Obito jugueteaba con una servilleta. Deidara se dio cuenta que lo había visto hacer cosas así antes varias veces—. Pero es un pensamiento del que no puedes huir, de lo contrario lo único que hace es volver con más fuerza. No he tocado el tema con mi psicóloga aún pero sé que pronto me va a preguntar.
Deidara era incapaz de controlar su propia curiosidad.
—Pero... Algo debió pasar para que te dieras cuenta. Alguien debió atraerte... ¿No?
—Hm... Hubo algo hace tiempo. No fue exactamente atracción, fue algo que no supe explicar. Pero me tienes que prometer que no vas a decir nada —dijo Obito.
Deidara resopló.
—Que Sasori sea un chismoso no significa que yo lo sea —dijo Deidara—. Cuenta, hm.
—Fue hace años, cuando Akatsuki se fusionó con una pequeña empresa de seguridad del País del Agua. Hozuki tal vez te haya hablado de como acabó aquí. Era de su abuelo.
—Algo me dijo, hm.
—Tras la venta, hubo una fiesta en Kiri con los ejecutivos de ambas compañías. La fiesta terminó muy tarde y todos nos empezamos a ir poco a poco. Pasé por el baño antes de irme y cuando salí empecé a escuchar alaridos e insultos. ¿Sabes de quién eran?
—¿Cómo lo voy a saber si no sé quién fue? —Deidara rió—. ¿Y de quién eran?
—De Hidan. Me asomé y Kakuzu de contabilidad estaba, en fin —Obito se puso rojo, Deidara abrió bien los ojos para no perderse detalle—... Ya me entiendes. Encima de la mesa de billar. No sé cómo no los escuchó nadie más.
Una mesa de billar. Deidara notó como su cara se calentaba. Acababa de descubrir que una de sus fantasías era coger en una mesa de billar.
—Oh... Entonces los espiaste —dijo Deidara.
—¡No! Me fui con cuidado para que no supieran que estaba ahí —respondió Obito—. No pareces sorprendido.
Hidan y Kakuzu. Deidara los había visto interactuar antes. Siempre le dio la impresión de que no se llevaban bien.
—Imagino que los que se pelean se desean, hm —respondió Deidara y de inmediato se acordó de sus discusiones con Obito, cuya cara seguía roja. No había entrado en sus planes hablar de sexo con su jefe. Y ahora se estaba imaginando que eran ellos sobre la mesa de billar. Su melena rubia desparramada por el tapete verde, manos agarradas al borde mientras Obito le daba sin piedad—. Al menos esa vez no fuiste tú el que la cagó esa vez.
Deidara se dijo que no era el momento de pensar en eso. Lo dejaría para otra ocasión, o lo pondría en práctica, ahora que sabía que Obito estaba heteroconfuso, tarde o temprano caería en sus garras.
—Y no fue por falta de ocasión —respondió Obito.
Deidara parpadeó.
—¿Qué quieres decir? ¿Alguien coqueteó contigo? —preguntó, apoyándose en la mesa.
—Sí, pero hice como que no me enteré. No tiene importancia, fue hace mucho.
—¿Quién fue? —insistió Deidara, haciendo como que no había escuchado nada.
Obito le sonrió.
—Pensé que dijiste que no eras un chismoso.
—No puedes soltarme algo así y luego dejarme con la intriga, hm. Dime quien fue.
—No la conoces. Es de la sucursal de Kiri. Hermana de la presidenta Terumi.
—Mh, es cierto no la conozco —con disimulo, Deidara sacó su teléfono y escribió Terumi Kirigakure en el buscador. El primer resultado era el sitio web de la oficina de Akatsuki en el País del Agua. Al entrar en ella, vio la foto de una hermosísima mujer de largo cabello cobrizo y ojos azules. Terumi Mei. Antigua presidenta de Hozuki Seguridad. Varias fotos más abajo, entre las cuales había una de un tipo casi idéntico a Suigetsu, estaba la hermana, Terumi Mako. Otra belleza de pelo rubio platino.
—¿Qué haces? —preguntó Obito.
Deidara volteó el teléfono.
—¿Rechazaste a esta tipa? —Deidara estaba a punto de reír a carcajadas.
—Hey —la sorpresa en la cara de Obito era mayúscula—. Deja de espiar, detective.
A Deidara sólo le venía una palabra a la cabeza. Gay. O más bien dos. Muy gay.
—Es bueno que haya confianza, hm —dijo Deidara—. Tu mismo lo dijiste.
—Además, no la rechacé, sólo ignoré sus avances. No es lo mismo.
—Bueno, el mensaje fue claro —respondió Deidara.
—Y no es bueno involucrarse sentimentalmente en el entorno laboral —agregó Obito—. Imagina todos los problemas que vengan después para ambos.
La euforia de Deidara se esfumó de un plumazo.
—Sí —murmuró, casi en un susurro—. Eso es verdad.
Otra vez aquel silencio. Deidara estaba cansado de él y cada vez se hacía más difícil. Debía hablar seriamente con Obito sobre lo que sentía. Lo haría cuando tuviera la cabeza despejada. Unos instantes después ambos suspiraron a la vez.
—Deberíamos irnos ya —dijo Obito, él también se veía como si necesitara un buen descanso.
—Hm —Deidara asintió y esperó mirando a la nada mientras Obito pedía la cuenta y pagaba.
Cantó victoria muy pronto. Obito iba a ignorarlo, tal y como le hizo a la tipa de Kirigakure. No fue hasta que no salieron a la calle y el aire fresco le dio en la cara, cuando se dio cuenta del problema.
—No hemos llamado al taxi —dijo Deidara.
—Mierda —masculló Obito y señaló a su derecha—. Mira por ahí, yo miraré por este lado.
Deidara asintió y se separó de Obito para buscar un taxi entre el escaso tráfico que pasaba por la avenida. Dio el alto a un par de ellos, pero ninguno se detuvo. Tras insultarlos a gritos, encontró otro, agitó el brazo y el vehículo aminoró la marcha.
—¡Obito! —gritó.
—¡Por aquí! —exclamó él, señalando hacia el lado opuesto.
—Ahí hay un tax-
Obito agarró su mano y tiró de él.
—Rápido.
Deidara se dejó llevar, sin dudar ni un segundo de lo roja que debía estar su cara. Esa era la segunda vez en la misma noche que Obito le tomaba la mano y Deidara ya no tenía fuerzas para soltarse. Aunque tampoco es como si quisiera.
Obito abrió la puerta trasera del taxi y pasó adentro. Deidara lo siguió sin soltarlo. Quería comprobar algo. Cerró la puerta y esperó a que Obito le dijese la dirección. Cuando el auto se puso en marcha, sus manos seguían unidas y su corazón latía como un loco. Instantes de silencio transcurrían, largos como siglos. Deidara era consciente hasta del más minúsculo movimiento de los dedos ajenos que le sostenían la mano con firmeza, como si no lo quisiera dejar escapar.
—Deidara —susurró Obito cerca de su oído y él creyó que su pecho explotaría de un momento a otro.
La curiosidad lo llevó a girarse despacio. Obito estaba más cerca de lo que pensó, a penas unos centímetros los separaban. Harto de luchar contra sus propios sentimientos, Deidara se arrimó más a él, cerró los ojos y Obito acabó con la distancia entre ellos.
Fue un breve roce de labios, pero a Deidara lo sacudió como un temblor de tierra. Acababa de besarlo. Acababa de besar a Obito y le había parecido incluso una tortura que durase tan poco.
Deidara se recordó que estaban en un taxi, que el conductor estaba presente y que Obito tan sólo tenía unas dudas sobre su sexualidad que estaba desesperado por despejar. Apretó los labios y se separó de Obito, que lo miraba casi con temor.
—Vas a arrepentirte de esto mañana —susurró Deidara, pensando en cuanto le iba a doler.
Obito no respondió, sólo siguió mirándolo. Los segundos pasaban sin que hubiera novedades y cuando por fin las hubo, Deidara se dio cuenta de lo idiota que había sido todo ese tiempo.
—Eres tú quien me confunde —dijo Obito.
En el pecho de Deidara, aquella bomba por fin estalló.
Aquí vengo con un capi más. Lo terminé hace un par de semanas pero mientras planifico el resto de la historia, quería tomarme un tiempo. Puede que no haya más actualización hasta al menos noviembre, porque en septiembre voy a empezar con los fics de la Tobidei Week (tobideiweek punto tumblr punto com). Pero más o menos eso sigue habiendo entre actualizaciones, creo xD tengo un par de cosas que considerar con esta historia.
Y bueno, esta fue posiblemente una de las primeras escenas que se me ocurrieron y tenía tantas ganas de escribir este momento, que no me creo que de verdad haya pasado. T_T Aunque la mayoría de las ideas de los capis anteriores son posteriores, no quería descartar esta. Soy consciente que aún tienen cosas de las que hablar, pero pueden ir haciéndolo por el camino y aprender juntos. Sobre todo Obito.
Miru, pues no me había fijado en lo de Sasori pero lleva el desmadre a donde va, al menos hasta que le descubran los cuerpos del huerto (okno). Y lo de Itachi bueno xDDD me gusta en el fondo frustrarle los planes a Obito, un poco solo y ver como se las apaña y probar que no quiere darse por vencido aunque su instinto sea el de verlo todo negro. Te vi por AO3 y me alegra verte por aquí también :D Nooo, solo voy lento porque tengo muchos fics empezados porque no soy yo si no me cargo de más jajaja. Gracias por la paciencia ^^
Arekusa, es tortuoso pero es adictivo. Eso sí, siento que ya llegó el momento justo y alargarlo más le iba a quitar impacto. He visto con fics que me gustaban mucho mucho como se iba arrastrando hasta la eternidad y no quiero eso. Ya se me descuidaban y decían cualquier cosa, cada vez más descarada. Oh! Pues no sabía lo de Sai! Me hacía gracia el personaje, y me da pena su historia. Konoha tiene cosas de las que avergonzarse. Y en cuanto a lo de las cebollas, me gustó esa frase, y me imaginé a Obito diciendo "a la gente no le gustan las cebollas" XD Gracias por estar siempre ahí.
Lybra, quiero ver a Suigetsu invntando los títulos de las pelis porno jajaj. Sería toda una declaración. Obito se desmaya. Imagina que el audio va rulando hasta que llega a Obito por otra vía. Obito podría haber puesto de excusa el tatu para mirar a Dei, bueno, ya verá el tatu hecho de un dibujo que él elogió (? Más que por el dinero, Obito no quiere desperdiciar, y comprar un bote entero que no se iba a usar. Un buen morreo siempre es una buena declaración. Puede que Dei lo hubiera hecho así, cuando hubiese llegado el momento. Él ya no se iba a retirar sin su beso. Pero aunque me frustra a veces, como dices, la forma de hacer las cosas de Obito me parece mona. Se nos vuelve a desmayar de pensar en besarlo, Dei hazle primeros auxilios xD. Que bien que te gustó el reencuentro con Rin, estaba nerviosa. Me gustó eso de siempre hay mas drama en la cabeza que afuera, qué verdad. En el fondo Obito tenía ganas de deshacerse de todo eso, pero así son los Uchiha, antes montan una guerra (? Está en camino de pasar página, al menos, pero también tiene que mirar con ilusión su cita con Dei. Puede que Obito vuelva a eso en algún momento de inactividad pero ya se verá qué pasa. Sai te amamos como eres. Obito ofc que quería tomarle la mano a Dei, lleva soñando con eso muchos capítulos. Con alcohol empezó todo (aunque mal) y con alcohol terminó (no quería darle todo el mérito a la ebriedad, pero creo que aunque uno beba, hay cosas que te hacen bajar al suelo). Gracias por todo el apoyo *_*
Posiblemente nos leamos después de la week. ¡Hasta entonces!
