Gracias Thing-Senpai por recordarme que hay gente esperando y gracias a quienes esperaron, les dedico este capítulo. Llevo mucho tiempo procrastinando con Intruso, y hoy me dije que no se, tal vez hoy sea buen día para arreglar el capítulo, tal vez le alegre el día a alguien.
Deidara miró a Obito a los ojos, preguntándose si no habría oído mal. También que si eso era verdad, habría tenido la oportunidad de acabar con esa situación hace mucho. Pensó en todas las preocupaciones y angustia que se habría ahorrado y le entraron ganas de reír.
Obito le devolvía la mirada como esperando una reacción, una palabra. Deidara abrió la boca pero su mente estaba bloqueada. Tal vez para Obito estaba bien declararse en un taxi con un desconocido mirando y Deidara se sorprendió pensando que a la mierda todo. Lo iba a besar ahí y en ese momento aunque todo Akatsuki estuviera delante. Se fijó en el conductor a través del retrovisor central. No les estaba prestando atención y no parecía probable que los hubiera escuchado susurrar, pero Deidara de buena gana lo tiraba del auto andando. Miró abajo. Su mano estaba pálida, agarrando la de Obito como si pretendiera estrujarla.
Aún así, pensó, si tardaba en responder, tal vez Obito pensase que lo estaba rechazando.
—¿Yo te...? —preguntó Deidara, señalándose a sí mismo.
Obito le sonrió, asintió y rehuyó su mirada. Un par de veces a Deidara le pareció que intentaba soltarse, pero lo tenía tan bien agarrado que no lo consiguió.
—Pare aquí —dijo Obito y ahí lo dejó ir para que sacase la billetera.
Deidara se sentía como flotando entre nubes, nada similar le había pasado nunca. Esa era la realidad. Su realidad. Obito lo correspondía y él aún no entendía en qué momento se convenció de que era un imposible. Deidara esperó con el corazón a mil a que Obito pagase al taxista mientras pensaba qué era lo que iba a pasar a continuación. No tuvo que esperar mucho para saberlo, Obito le ofreció su mano con una leve sonrisa que parecía estar luchando para no volverse más grande. Deidara se la tomó y lo siguió fuera del taxi.
—Ya había olvidado cuanto calor hace en esta ciudad en esta época del año —dijo Obito.
A Deidara esa frase le dio más calor aún. Cerró la puerta del auto y echó a caminar cuando Obito lo hizo, demasiado afectado por la situación como para ser capaz de responder. Justo cuando pensaba en como romper la tensión entre ellos, tropezó con el borde de la acera. Deidara cayó y Obito dio un fuerte tirón de su brazo que le dio el tiempo suficiente para apoyar una rodilla en el suelo y estabilizarse.
—Cuidado —Obito se dobló sobre él sin soltarle la mano—. ¿Estás bien?
Deidara no lo pudo aguantar más. Lo tomó del cuello, tiró de él y lo besó. No le sorprendió en realidad cuando Obito le correspondió el beso. Las piernas de Deidara temblaban, como si su cuerpo entero fuera a derretirse en ese momento. Obito lo abrazó y Deidara se sintió tan malditamente bien que se le escapó un pequeño suspiro. Había imaginado la textura y el sabor de esos labios, tantas veces que Deidara no quería dejar de besarlos nunca, aunque esa fuera la postura más incómoda del mundo. Para cuando por fin asimiló la situación y se atrevió a rozar la lengua por un breve instante con la de Obito, un auto que circulaba por la carretera hizo sonar la bocina al pasar por su lado.
Ambos miraron hacia atrás, conscientes de repente de que se estaban besando agachados en la acera y de que llevaban varios minutos así. Se pusieron en pie y Obito pasó un brazo por su espalda y le rodeó la cintura. Deidara sentía la presión de sus dedos en su costado que lo atraía a su cuerpo. Tragó saliva y sin previo aviso, Obito tiró de él, lo hizo girarse y lo apoyó en la fachada del edificio junto al portal. Deidara no se detuvo a preguntar antes de lanzarse a su boca de nuevo. Se abrazó a sus hombros y Obito lo aprisionó contra la pared. Ninguno de los dos parecía tener suficiente de aquellos besos, tan dulces como breves. Estaba tan cómodo que podría haberse quedado así por horas, sin prisa por dar un paso más allá y meterle la lengua hasta la garganta como tantas veces se había imaginado haciendo.
Besar a Uchiha Obito era adictivo.
Sus lenguas se tocaron y Deidara continuó descubriendo esa textura rugosa como si fuera el primer beso que daba en su vida. La boca de Obito se movía despacio contra la suya y Deidara decidió que no tenía prisa. Apretó los brazos aún más alrededor del cuello de Obito y así quedaron un largo rato. Pegados. Ignorando el resto del mundo.
Obito fue quien se retiró antes, tomó sus mejillas con ambas manos y lo miró sonriente. Deidara creyó que le iba a explotar el corazón.
—Vamos a tardar mucho en llegar arriba a este paso —dijo Obito.
—Ya pensaba que querías quedarte aquí —respondió Deidara.
Los pulgares recorrían su piel, haciéndole cosquillas.
—Tengo muchas cosas que decirte.
—Yo también, hm —Deidara lo soltó y Obito lo dejó ir despacio, casi a regañadientes—. Vamos arriba.
Subir en un ascensor abrazado a Obito no era algo que hubiera pensado alguna vez. Su imaginación siempre fue mucho más atrevida, pero mientras se miraba al espejo y veía como sus brazos rodeaban el cuerpo de Obito, Deidara pensó que todo estaba saliendo como tenía que salir. Al menos hasta que se dijeran todo lo que ambos parecían llevar dentro.
Una vez en el apartamento, Obito se descalzó deprisa y fue al salón. Deidara lo vio desde ahí quitar el paño que cubría una lámpara de sobremesa y tomar el cable para enchufarla. Se acercó a su ritmo y llegó junto al sofá a la vez que Obito encendía la lámpara.
—Esta luz da mejor ambientación.
Deidara esbozó una sonrisa y se sentó en el sofá esperando que Obito termine de preparar su ambientación ideal. Su cabeza era una mezcla de repasar todas y cada una de las conversaciones que tuvieron, avergonzarse por haber ignorado las señales y pensar en cómo actuar en una situación en la que nunca había estado ni imaginó que estaría.
Obito tomó asiento a su lado tras apagar todas las luces excepto la de la pequeña lámpara.
—Le estás poniendo empeño, hm —dijo Deidara para rebajar un poco la tensión.
Obito sonrió un poco y tomó aire. Tardó unos segundos en responder.
—No sé por donde empezar.
—Por donde sea. Da igual —respondió Deidara.
—Lo que sí sé es que es hora de empezar a hablarte claro —dijo y hubo una segunda pausa. Deidara lo miró, la mezcla de emociones que se anudaba en su estómago lo hacía querer explotar algo—. Antes en el taxi, cuando me dijiste que me iba a arrepentir de esto mañana te veías tan... Yo... Odiaría hacerte daño.
Deidara se sintió expuesto y una parte de él se arrepintió de haber bebido.
—Pues vas a hacérmelo si experimentas tu heteroconfusión conmigo —respondió Deidara, consciente en cuanto terminó de decirlo, de que le había expuesto en bandeja la intensidad de lo que sentía por él. Ver a Obito desviar su mirada sonrojado hizo que valiera un poco la pena.
—N-no. No tengo dudas. No estoy confundido —dijo y lo miró otra vez—. Eso fue al principio.
—Dijiste que sí, hm.
Obito suspiró y se pasó la mano por el pelo.
—Ah, soy un idiota —dijo, más para sí que para Deidara—. No sabía cómo te ibas a tomar que te dijera que hace mucho que no puedo sacarte de mi cabeza. No sabía si te ibas a asustar.
Deidara rió, sacudiendo la cabeza.
—Necesitas más que eso para asustarme a mí.
Obito sonreía y Deidara no podía dejar de mirarlo.
—Ten en cuenta que no me he estado comportando de la forma más profesional en este viaje. Quizá no me estaba intentando acercar a ti de la forma adecuada.
—No me conoces si crees que eso me asusta. Si me molestase la falta de profesionalismo ya te lo habría dicho —Obito pareció relajar sus tensos hombros. Deidara lo observó y suspiró. Llevaba un rato haciéndolo mucho.
—Lo que dijiste antes es cierto. Si te hubiera invitado algún día a tomar algo después del trabajo todo habría sido más fácil —dijo Obito—. Si no lo hice fue porque imaginaba verte cada día después de ser rechazado. Después imaginaba a todo el mundo enterándose... Y después decidía que era una pésima idea.
—Bueno, no puedo decirte nada ahí. Me pasó lo mismo, hm —admitió Deidara y levantándose un poco, se sentó pegado a Obito. Este lo abrazó y se apoyó en el respaldo del sofá arrastrándolo con él. Deidara cerró los ojos y se dejó caer en su hombro envuelto en su calidez con un toque de Aqua Fahrenheit—. Lo que no sé es cómo no te he saltado ya encima —Obito no contestó pero sus brazos se tensaron y a Deidara le pareció divertido imaginarlo sonrojado—. ¿Desde cuándo? Necesito saber cuánto tiempo llevo haciendo el ridículo.
—Hm. Pues... Poco después de aquel día, cuando saliste huyendo de mi oficina.
—¿Qué? —Deidara se volvió a mirarlo—. Eso es mucho tiempo —Obito le respondió con una sonrisa tímida—. No me digas. El día del ascensor.
—¡N-no! Fue... Fue un poco antes de eso —respondió Obito—. ¿Y qué hay de ti?
—Ya te dije, desde el primer momento en que te vi con aquella mirada emo te habría dicho que sí a cualquier cochinada que me hubieras pedido, hm —Deidara le dio un codazo—. Eso no quita que me parecieses un imbécil. Hasta que dejaste de comportarte como uno, entonces...
Obito le apartó el pelo de la cara y acarició su mejilla.
—Entonces... ¿Cuándo dices que pensabas decirme?
—¡Pensaba que eras hetero! ¡Todo el mundo lo pensaba! —exclamó Deidara—. ¿Y tú? ¿Cuándo pensabas decirme tú si no llegas a beber de más esta noche?
—Mañana —respondió y Deidara enarcó una ceja—. ¡En serio! Durante la visita a la Torre Hokage. Tenía hasta las palabras pensadas.
—Yo también te lo pensaba decir mañana —respondió Deidara y se echó a reír.
La mano de Obito subió por su espalda, Deidara se estremeció y la risa se cortó en un pequeño gemido.
—Vaya. Imagina intentar confesarnos el uno al otro —dijo Obito mientras lo acariciaba—. Tengo algo que decirte. Yo también. Tú primero. No, tú primero.
Deidara deseó que esa mano nunca se detuviese.
—En verdad no pensaba decirte. Te lo iba a demostrar, hm.
Obito lo miró con curiosidad. Sonriendo, Deidara se abrazó a sus hombros y se inclinó hacia delante hasta que los labios de ambos se encontraron. El toque de los mismos ya no se sentía como algo que ocurre en un sueño. El calor era ya sofocante, el burbujeo en su estómago, la lengua de Obito buscando la suya, todo era real. Deidara pasó la mano por su torso y siguió hacia su abdomen, planeaba hacerle todo lo que siempre quiso y nunca pudo.
—Deidara —Obito se echó hacia atrás y él lo siguió, prolongando el beso que se volvió más salvaje, las manos de Deidara recorrían su camisa, sus uñas arañaban la tela, buscando rasgarla. Obito lo tomó de las mejillas y lo miró con deseo, pero entre el deseo había algo más, algo que le hacía fruncir ligeramente el ceño—. Quiero asegurarme que ambos queremos lo mismo. Voy en serio contigo.
—No estaría aquí si no fuera en serio, hm.
La pose de Obito se relajó un tanto y al siguiente segundo ya se estaban atacando de nuevo. Deidara se sentó en su regazo, empujándolo contra el respaldo del sofá. Obito repasaba su espalda despacio mientras Deidara le deshacía la corbata. Cariño, lujuria, no le cupo duda de que ambas cosas se habían mezclado. Deidara sentía que estaba por derretirse entre esos brazos.
—Nngh...
Se arqueó contra Obito cuando este bajó a cubrir su cuello con besos. Su piel ardía por donde él pasaba. Su entrepierna dura y caliente presionó contra la de él y ambos gimieron. Obito estaba duro por él. Deidara echó a reír pero la boca ajena no se despegó de su piel. Sus manos se perdieron en su cuero cabelludo y por un rato, lo masajeó, disfrutando el tacto de aquellos mechones cortos y gruesos mientras Obito lo devoraba.
El botón inferior de su camisa acabó desabrochado y poco a poco, el siguiente y el siguiente. Deidara gruñó al deshacer el nudo de la corbata y le quitó un par de botones superiores. Las caderas de ambos empujaban como ensayando lo que iría a pasar luego de un rato. Deidara quedaba sin aliento con cada roce de sus erecciones.
Obito terminó de abrirle la camisa y la mirada que le dedicó a su torso lo estremeció. Sus manos recorrieron su pecho descubierto y su boca fue detrás dejando besos y suaves chupones. Mucho mejor que en su imaginación. Cada toque hacía saltar chispas en su piel. Deidara respiraba con pesadez, jadeando al compás de pequeñas mordidas y ver a Obito con la corbata deshecha colgada en su cuello y varios botones medio rotos lo hacía lubricar. Apoyó todo el peso de su cuerpo en la dura entrepierna y se frotó despacio ahora que nada le impedía no hacerlo.
Después Deidara lo tomó del mentón y lo besó. Fue corto, porque pronto Obito dejó al descubierto su hombro derecho y bajó a besarlo mientras su camisa se deslizaba brazos abajo. Un poco de su pecho asomaba por la ropa semi abierta de Obito. Deidara necesitaba más, pero ser observado de arriba a abajo como si fuera una obra maestra lo tenía en trance.
—Dijiste que me ibas a enseñar el tatuaje y nunca lo hiciste —dijo Obito, pasando sus dedos por el dibujo.
—¿Disculpa? Esta mañana te abrí la puerta sin camisa y no te dignaste a mirarlo —replicó Deidara.
—Mm, sí lo miré.
—Y por eso te diste un golpe en la puerta.
Obito se sonrojó y besó el tatuaje, luego le terminó de arrancar la camisa que colgaba de sus brazos y la arrojó lejos. Su lengua dio unas cuantas vueltas alrededor de su pezón derecho y Deidara gruñó y destrozó los botones que quedaban. Las yemas de sus dedos recorrían la piel recién descubierta y cuando rozó la dureza en su pantalón, cerró los dedos alrededor de la erección y la acarició con ávida torpeza.
—¡Ngh...! —gruñó Obito y al siguiente segundo, la espalda de Deidara impactó contra el asiento del sofá.
Un par de ojos negros lo estaban devorando y Deidara se estremeció, lo agarró de la nuca y tiró de él. Las piernas de Deidara rodearon la cintura de Obito, los labios de ambos se unieron y sus lenguas se buscaron la una a la otra carentes del pudor inicial. Deidara tiró de la corbata y la dejó caer. Obito se irguió, se terminó de quitar la camisa y la arrojó a un lado. Menudo cuerpazo. Deidara no podía dejar de verlo mientras peleaba con la hebilla del cinturón ajeno. Sus torsos desnudos se encontraron cuando Obito se echó de nuevo sobre él.
—Obito —susurró contra su boca.
A su jefe debió gustarle, porque lo embistió con tanta fuerza que consiguió arrastrarlo un poco. Deidara mordió el labio de Obito mientras acariciaba su espalda con ambas manos. Por fin sus dedos estaban en contacto con la piel con la que tanto habían soñado.
—Lo que daría por una mesa de billar ahora mismo —le dijo Obito al oído.
—Hay una mesa de té aquí... Y podemos usar la imaginación.
Cuando Obito lo sujetó con fuerza y se levantó, su cuerpo entero se estremeció. Deidara apretó las piernas alrededor de su cintura, los torsos desnudos de ambos pegados. La piel de Obito estaba caliente, casi febril de deseo. Una bolsa sobre la mesa acabó en el suelo y Deidara la reemplazó, la fría superficie en contacto con su espalda sudorosa.
Obito se inclinó sobre él sin darle tregua. La presión de su cuerpo, el roce de sus dedos, todo le sabía a gloria. Obito lo embestía despacio mientras sus bocas se unían una vez más. Escuchó el ruido de una cremallera al abrirse y la hebilla del cinturón golpear el suelo. Deidara aprovechó para deshacerse de su propio pantalón, el cual Obito le terminó de sacar, junto con su ropa interior en cuanto se hubo ocupado del suyo.
—Deidara —susurró Obito y cuando le acarició la mejilla, sintió sus dedos temblar.
También sintió su erección descubierta pegarse a la suya. Deidara quería ver. Necesitaba ver esa verga que tanto había imaginado, pero el ángulo no era el apropiado. Tendría que conformarse con sentirla, dura y caliente, contra su cuerpo.
Deidara sonrió, porque en el fondo, había empezado a pensar que eso podría pasar no hace demasiado e iba a disfrutar de aquella deliciosa fricción mientras pudiera. Obito se quedó mirando su sonrisa y algo en la forma en que lo miraba lo llenó de calidez, haciéndolo suspirar.
Entonces, Obito tomó su erección y la empezó a acariciar despacio. Deidara soltó un largo gemido y se arqueó, casi le suplicó que fuera más deprisa. Así no iba a correrse y lo necesitaba, lo necesitaba tanto que le rasguñó la espalda mientras se dejaba torturar. Su primer polvo con Obito no podía acabar tan pronto.
La punta de su dura verga se coló entre sus nalgas y conectó, firme y ardiente, con su agujero trasero. Deidara separó las piernas en un acto reflejo y Obito se detuvo.
—No vine preparado —susurró.
—Yo sí —respondió Deidara—. Traje condones y lubricante.
Obito abrió la boca, sonriendo un poco. Después bajó a dejar un beso en su mentón.
—Así que —dijo, besando su cuello—... Te sueles traer condones y lubricante a viajes de negocios.
Llenó su pecho de besos y Deidara se dejó mimar.
—¡Ah...! Ha valido la pena ser optimista, hm. —Al sentir que Obito lo soltaba, Deidara le agarró la muñeca—. No pares.
—Estoy a tus órdenes aquí —Obito subió de nuevo y lo besó en los labios—. Tú eres el jefe esta noche.
Deidara sintió su cuerpo calentarse y embistió contra la mano cerrada de Obito que cada vez parecía moverse más lento. Estiró el brazo, a tientas buscó su verga y la agarró. Obito se echó sobre él y le mordió el hombro. Deidara lo masturbó, restregando la dura verga por entre sus nalgas. Se colgó a su cuello y comenzó a morderlo también. Quería hacerle todo lo que había pensado hacerle esa misma noche, pero también quería tener esa erección clavada en su culo lo más pronto posible. Quería que Obito le diera rápido y duro, explotar con él, al fin.
Deidara sacudía su muñeca con más y más violencia, empujando sus nalgas contra la verga de Obito.
—¿Voy yo a por los condones o vas tú?
Obito se intentó levantar. De un posesivo agarrón, Deidara lo volcó sobre él.
—No.
—¿Estás seguro? —preguntó Obito.
—Quiero que te quedes y me folles.
Deidara no supo si lo estaba besando o mordiendo. Obito gimió en su boca y su erección conectó tan fuerte con su entrada trasera que la punta se clavó en ella. Un alarido de placer y dolor brotó de su boca y sus uñas arañaron los omoplatos de Obito. Deidara se preguntó si era posible desmayarse de calentura. Sabía que se iba a arrepentir al día siguiente de meterla en seco y sin dilatar pero era un problema que estaba dispuesto a solucionar cuando llegara y no en ese momento.
Obito tuvo más cordura que él. Escupió en su mano varias veces, lo extendió entre sus nalgas y sus dedos se introdujeron en él sin apenas resistencia. Era como si su esfínter se hubiera abierto solo, por la mera necesidad de cogerse a Obito. Deidara lo tomó de la nuca y hundió sus dientes en su cuello. Un gruñido vibró en sus oídos. Deidara succionó la piel y rodeó con su pierna derecha la cintura de Obito. Él volvió a escupirse en la mano y tres dedos juntos invadieron su interior. Gimiendo junto a su oído, Deidara empujó, disfrutando la forma en que aquellos dedos lo llenaban. Se estremeció entero en el momento en que Obito retiró los dedos y lo vio escupir en su erección. Dura y redondeada, la punta de aquella verga comenzó a penetrarlo.
—Te la quería chupar, hmm —gimió. Obito se detuvo y lo miró. A Deidara le pareció que, en la tenue luz de la lámpara, su rostro había enrojecido más aún. La verga de Obito cabeceó dentro de él—. Necesito comértela.
Obito volvió a empujar.
—La noche es larga —dijo y bajó a besar su frente.
—Me gusta como piensas, hm.
Deidara rió, pero la risa se atoró en su garganta cuando la recia erección de Obito siguió abriéndose camino en su interior con cada pequeña embestida. Tomó aire, sus piernas bien apretadas alrededor de la cintura de Obito y sus talones empujando contra sus nalgas. Acarició y tiró de su corto cabello negro con ambas manos mientras Obito mordía, chupaba y dejaba ardientes besos en su cuello y clavícula.
Deidara se sintió lleno como hace mucho no se sentía. Apretó el esfínter y se abrazó a la espalda de Obito, mientras las emociones lo asaltaban.
—Obito... —balbuceó Deidara.
—Te deseo tanto... Te he deseado tanto...
Obito empujaba despacio. Deidara notaba que se estaba conteniendo pero igual, cada nuevo milímetro que alcanzaba en su interior dejaba a Deidara queriendo más. Agarrado a su espalda, gemía al ritmo de sus caderas.
—Tócame —dijo, falto de aliento.
Obito se escupió en la mano y agarró su erección. El fuego se avivó en su bajo vientre.
—D-dios —Obito se mordió el labio, apoyó la mano libre en su hombro y se aseguró que estaba bien sujeto antes de embestir con fuerza—. Si te aprietas así yo... Nghh...
Deidara gemía agarrándose a la mesa mientras esas poderosas caderas lo golpeaban una y otra vez.
—¡Más...!
La verga de Obito era grande. Lo ensanchaba como hace tiempo nada lo hacía. Cada vez que se la metía del todo, Obito se detenía un momento, como si no quisiera sacarla más de ahí pero a la vez no pudiera contenerse para seguir moviéndose.
—Mierda... Eres lo más hermoso que he visto en mi vida.
Algo se encendió en su pecho, agradable e intenso. Obito fue inclinándose conforme sus embestidas se volvían más duras y rápidas. Deidara soltó la mesa y se aferró a su espalda, sus uñas clavándose en la piel. Jamás le habían dicho algo así durante el sexo y Deidara no pudo pensar una respuesta, lo único que tenía en la cabeza era que quería más y más de aquello. Más de aquellos jadeos, más de aquellos gruñidos, más de la forma en que Obito lo miraba, tan ardiente, tan intensa. Deidara lo tomó de la nuca y lo empujó hacia él.
Cuando sus bocas chocaron, Deidara volvió a sentir que todo era un sueño, pero la deliciosa oleada de deseo recorriendo sus venas era demasiado realista como para serlo. También los rugosos y maltratados labios de Obito atrapados entre sus dientes, la rudeza de sus lenguas. Su cuerpo respondía a cada embate de la cadera de Obito con un sincronizado empujón. De su garganta salían sonidos que sólo parecen aumentar su calentura, jadeos entrecortados, suspiros encendidos. Las duras embestidas de Obito iban a partirlo en dos.
El orgasmo lo sorprendió de pronto. Sacudió e incendió cada nervio en su cuerpo. Deidara gimoteó y se aferró a Obito, intentando respirar. El semen caía sobre su abdomen y su erección palpitaba en la mano ajena. Sus piernas a penas tenían fuerza ya para seguir enlazadas en la espalda de Obito. Entonces sintió que lo soltaba y metía los dedos en los charcos de corrida. Deidara vio a Obito erguirse un poco y llevárselos a la boca. Lo observó lamerse la mano y sin decaer el ritmo, le ofreció un poco a él. Deidara pasó la lengua por sus dedos. Los jadeos de Obito se volvían más guturales, más salvajes. Deidara a penas podía respirar. El orgasmo no parecía haberlo saciado, sólo lo dejó con ganas de más y cuando escuchó el largo gemido ronco y desesperado, su erección cobró un poco de dureza. La verga de Obito se sacudía dentro de él. Deidara se mordió los labios mirando la mueca de éxtasis en su cara.
Obito salió de él tan pronto como su orgasmo acabó, a Deidara no le gustó sentirse vacío pero no le dio tiempo a protestar antes de que Obito bajase a devorar su vientre.
Deidara veía su lengua recorrer su piel y lamer cada gota de semen que encontraba a su paso. Obito succionó con fuerza, como intentando no dejarse nada. Lo dejó limpio y luego bajó y se metió la punta de su verga en la boca. Deidara no podía creer lo que estaba viendo. Su erección seguía a la mitad y le cabía entera sin problemas.
Tras dejarla limpia, se irguió y ambos se miraron sonriendo. Deidara no podía pensar en algo para decir, pero no importó. Siguió tocando su torso, pasando las manos despacio por su costado, su cadera y vuelta hacia arriba, como intentando convencer a una parte de él que no se creía del todo lo que estaba sucediendo. Obito hacía lo mismo. Deidara tragó en seco, temiendo que aquella conexión entre los dos casi mágica que parecían tener se cortase si dejaba de mirarlo.
—¿Tienes sed? —susurró Obito al fin.
Deidara asintió y Obito se levantó y fue para la cocina. Él lo miró alejarse, esa ancha espalda, sudorosa y llena de arañazos lo hizo relamerse. Deidara esperaba poder verla ahora siempre que quisiera. Se calentaba sólo de pensarlo. Escuchó el sonido de la nevera abriéndose y luego cerrándose, después el crujir de una bolsa de plástico. Obito volvió junto a él con un botellín de agua y un paquete de pañuelos.
—Gracias, hm.
Tras desenroscar el tapón, Obito le pasó la botella y Deidara bebió. Era consciente de lo atento que estaba de él, mirándolo como si quisiera grabar ese momento en su memoria. Al sonreír, un poco de agua helada se le atragantó. Deidara le pasó la botella a la mitad a Obito, tosiendo un poco.
—¿Has terminado? —preguntó él.
—Obviamente —respondió Deidara rodando los ojos.
Obito tomó la botella.
—Tal vez sólo estabas siendo cortés.
—Bebe, hm —Obito obedeció. Deidara se abanicó, esperando a que terminara—. Qué calor.
—¿Una ducha? ¿Un baño?
La forma en que lo miró y el tono de su voz le dejaron claro a Deidara que Obito se refería a ambos. Un par de ideas se le pasaron por la mente.
—¿Esa sonrisa significa que sí? —preguntó Obito.
—Supongo, porque me acaba de dar más calor aún.
Ni bien Deidara se levantó, Obito le agarró el brazo y de un tirón lo sentó en sus piernas.
—Eres hermoso vestido —dijo, su mano recorriendo su muslo mientras lo repasaba con su mirada candente—. Pero desnudo...
Deidara pasó sus brazos por la nuca de Obito y se inclinó sobre él hasta casi besarlo.
—Me moría por verte mirándome así.
La mano se movió de su muslo a su trasero. Obito capturó sus labios en un beso tosco. Deidara respondió con igual fiereza, disfrutando las salvajes mordidas. Obito estrujaba su nalga como si estuviera amasando pan. El aire caliente y húmedo, la temperatura de sus cuerpos sudorosos era casi insoportable pero Deidara se negaba a parar. Entonces Obito lo apartó.
—Ducha —murmuró Obito, su respiración tan agitada como la propia.
Deidara agradeció el aire fresco corriendo entre ellos. Los labios de Obito estaban hinchados y enrojecidos, brillantes de su saliva. Antes de que no pudiese resistir el volver a besarlo, Deidara se puso en pie, tomó su muñeca y tiró de él. Atravesó la casa guiando a Obito hasta el cuarto de baño que daba al cuarto donde había dormido y una vez allí abrió el grifo de la ducha.
—¿Cómo de fría te gusta el agua?
Parado detrás de él, Obito rodeó su cintura con sus brazos y besó su hombro.
—Templada —dijo Obito. Deidara cerró los ojos al sentir sus labios subiendo por su cuello—. No me gusta fría del todo, ni siquiera en verano.
Deidara se dejó mimar un rato por aquellas caricias y besos. Los dedos de Obito recorrían su torso, pellizcaban sus pezones arrancándole fuertes jadeos. Al abrir los ojos, vio la mirada cargada de deseo de Obito reflejada en la mampara espejada. Entonces se separó de él, tiró de su brazo y cerró el cubículo. Obito no perdió el tiempo en aprisionarlo contra la pared mojada mientras gotas de agua caían sobre ellos. Deidara podía notar la necesidad por él en cada caricia, en cada beso. La idea de pasar una pierna por su cintura y entregarle su culo otra vez era fuerte, pero Deidara ya no tenía tanta prisa.
—¿Me pones crema, hm? —preguntó, pasando una mano por sus pectorales—. Se me seca mucho la piel si no me la pongo antes de ducharme.
—Me encantaría —susurró Obito.
Deidara salió y buscó dentro de su neceser. Al sacar la pequeña botella, sintió que era hora de confesar algo.
—No sabes cuantas pajas me hice pensando en este momento —dijo, tendiéndole la botella con una sonrisa.
Obito la tomó riendo nerviosamente, su rostro completamente rojo. Destapó la botella e hizo una señal a Deidara para que se diera la vuelta. Después se pegó mucho a su espalda y susurro en su oído:
—Espero que sea mejor que en tu imaginación.
Un cálido hormiguero recorrió su bajo vientre.
—Ya lo es —respondió Deidara y su cuerpo se calentó en anticipación al escuchar a Obito frotarse las manos.
—Empezaré por la mejor parte.
Los dedos de Obito delinearon la curva de sus nalgas y la respiración de Deidara se aceleró. Pronto dejó la delicadeza de lado y empezó apretar, como si quisiera exprimirlo. Obito subió a sus caderas y su baja espalda, Deidara se apoyó en la pared, disfrutando las caricias con los ojos cerrados. Las manos subieron más, siguiendo su columna, hasta parar en sus hombros.
—¿Te gusta? —preguntó Obito.
Deidara volteó el cuello y sus ojos se encontraron.
—Mmm, no pares.
Vio a Obito dar un gran suspiro. Poco a poco, como hipnotizado por aquella mirada que parecía decir tantas cosas, Deidara fue girándose, atrayendo a Obito hacia él. Sus labios se rozaron en un beso lento y dulce que paradójicamente lo hizo sentir como una bomba que recién estalló, unos fuegos artificiales iluminando todo el cielo nocturno. Las manos de Obito bajaron por sus brazos y al llegar a sus manos, Deidara las tomó. Sus dedos se entrelazaron. Al separarse de él Deidara vio la cicatriz en su labio. Su memoria lo transportó a aquel día, cuando le plantó cara camino de la oficina de Konan. La rozó sin miedo, tomando nota de su textura.
—Me dijiste que podría verte sin ese maquillaje.
Obito suspiró y él se preguntó si no lo estaría presionando de más.
—No tiene por qué ser ahora, hm —agregó Deidara.
—Confío en ti.
Obito tomó sus mejillas y le dio un beso en la frente. Después se secó un poco y salió del cuarto de baño. Deidara aprovechó para admirar su espalda y trasero. Eran tal y como siempre los imaginó. A partir de ahora, se iba a hartar de tocarlos. Obito no tardó mucho en volver. Tenía una botella azul en una mano y un algodón empapado en la otra. Al entrar a la ducha, tomó su mano, puso el algodón azulado en ella y la cerró, sosteniéndola.
—Sólo frota mi cara con esto y el maquillaje se irá.
Deidara tomó su nuca y lo hizo doblarse un poco. Empezó por el mentón, ahí se insinuaba la línea vertical que conectaba con su labio inferior. La trazó con el algodón y el agua de la ducha hizo el resto. Ahora se veía con más claridad la hendidura rosada de bordes irregulares. Siguió pasando el algodón por el lado derecho de su cara y mientras el producto hacía su efecto, sus dedos recorrieron la mejilla de Obito, sintiendo cada imperfección. El agua resbalaba por su cara y caía al suelo, el remolino color beige claro yéndose por el desagüe. Eran muchas, no estaba exagerando. Deidara podía ver que le resultase incómodo que llamasen la atención de todos, sobre todo a alguien como Obito.
—Gracias —susurró Deidara.
Obito lo abrazó. Deidara se dejó sostener, abrazándolo de vuelta, piel mojada contra piel mojada.
—Cuando uno no se acepta, no concibe que otros puedan hacerlo —dijo Obito.
A Deidara le pareció que esperaba algún tipo de opinión de su parte.
—Son parte de quien eres. Sobreviviste y ahora estás aquí para contarlo. Además, me gusta haber sido el primero en verlas.
Se sintió privilegiado y eso lo hacía sonreír. Esperó que Obito se hubiese sentido más vulnerable pero cuando se apartó y vio su cara, más bien se veía como si se hubiera quitado un peso de encima. La mano de Deidara recorrió sus pectorales. Obito tomó la esponja, puso gel en ella y frotó hasta hacer espuma, entonces él se la arrebató.
—Yo primero, hm. Dijiste que yo era el jefe hoy.
Deidara descubrió que le encantaba ver el agua caer sobre la piel de Obito, también su pelo mojado pegado a su frente. El olor de ese gel, fresco y masculino, le sentaba bien. Después se agachó, frotó su ingle y muslos. Se tomó su tiempo para limpiarlos, antes de tomar su pene y limpiarlo con delicadeza. Escuchó a Obito gemir y poco a poco, la erección fue despertando, creciendo en su mano hasta quedar completamente dura. Era hipnótico verla cambiar ante sus ojos. Deidara tiró la esponja y con suavidad, comenzó a masturbarlo. Su sentido del tacto se concentró en la firmeza y textura, intentando memorizar cada vena, cada surco. La respiración de Obito se volvió pesada. El agua seguía deslizándose por su cuerpo, ambos envueltos en vapor caliente.
—Deidara —lo escuchó susurrar.
La punta de la verga de Obito se veía apetitosa, tan rosada y húmeda. Miró hacia arriba mientras le daba un lametón. Obito acariciaba su cabello mojado. Las ganas de metérsela entera hasta atragantarse con ella no se iban, pero Deidara se obligó a ir poco a poco, dejando pequeños besos, dando chupadas cortas. El sabor salado del precum lo llevó al fin a metérsela más y succionar hasta que Obito gimió. Sentía su cuerpo temblar, seguro él también se estaba aguantando las ganas de ser más brusco. La simple idea lo hizo gemir con la boca llena, mientras se imaginaba a Obito batiendo las caderas contra su boca.
Deidara acabó por metérsela entera, relajando la garganta sin sufrir arcadas. Cada suspiro de Obito provocaba un pequeño eco en el tubo de la ducha. Deidara se quedó así un rato, sintiendo su grosor, su largura y dureza en su boca. Luego dio marcha atrás. Un hilo de saliva quedó conectando su boca con el glande un instante más antes de romperse.
Pudo notar que a Obito le había gustado verlo ahí arrodillado ante él así que repitió la acción varias veces. Se metía su verga empapada de baba en la boca hasta que su vello púbico le hacía cosquillas en la cara y se quedaba así un rato antes de dar marcha atrás. Después pasó a chupadas más cortas y rápidas. Los cambios en la respiración pesada de Obito lo ayudaban a elegir el ritmo.
Entonces él le acarició el pelo. Obito parecía no atreverse a soltarse más de momento y Deidara decidió darle un pequeño empujón. Se aferró a sus muslos y cambió el ángulo de su cuello. Se detuvo. La verga de Obito quedó a la mitad dentro de su boca. Pasaron unos segundos hasta que Obito empezó a mover las caderas. Deidara soltó un gemido de aprobación mientras dejaba pasar aquel pedazo de carne.
Obito siseó cuando quedó enterrado del todo en él y dio marcha atrás. Le sujetó con más firmeza el pelo mientras seguía embistiendo, las vibraciones de sus gruñidos parecían gustarle y pronto aumentó la velocidad. Los ojos de Deidara estaban ya lagrimeando, saliva se escurría por entre sus labios barbilla abajo. Obito gemía cada vez más alto, su voz se había vuelto ligeramente ronca. Deidara tragaba con ganas todo el precum cada vez más abundante que caía, salado y delicioso, en su lengua. Lo rozó un poco con sus dientes para ver como se lo tomaba Obito. Entonces sintió sus dedos apretarse más en su cabello y darle un doloroso tirón. Deidara tomó su dura verga y se masturbó, casi sin aliento ya. Su respiración se volvió trabajosa, sus rodillas temblaban, Obito no le daba descanso.
—Levanta —susurró Obito entre jadeos.
Lo tomó del brazo y tiró hacia arriba. Sus piernas parecían gelatina. Se limpió los ojos y tomó aire con ganas. Obito lo giró contra la pared mojada y se pegó a su cuerpo, presionándolo como si intentase fundirse con él.
—Mmmm.
Deidara se mordió el labio cuando Obito estrujó sus nalgas con ambas manos. Separó un poco las piernas y empujó hacia atrás. El roce de su agujero con la punta de su verga lo volvió loco.
—Sigues dilatado para mí —dijo Obito y lo mordió en el cuello, cerca de la oreja.
—¡Nggh! —El gemido sonó más lascivo de lo que hubiera imaginado—. ¿Y a qué esperas, hm?
Obito se enterró de golpe en su trasero. Deidara soltó otro alarido. Incluso con el dolor y todo, aquella era la mejor sensación del mundo. Sentirse aprisionado contra la pared con la dura erección de Obito incrustada en él, ardiendo como brasa. Contrajo los músculos, apretándola fuerte. Pegado a su oído, Obito hacía los más obscenos sonidos. Movió las caderas despacio, como si quisiera saborear cada momento. Salió de él y volvió a la carga, su brazo derecho bien sujeto alrededor de la cintura de Deidara. Entonces la mano bajó por su ombligo y le agarró la erección. La espalda de Deidara se arqueó y sus dedos arañaron en vano los azulejos de la pared. El placer subía por su vientre y se extendía al resto de su cuerpo, tensando cada uno de sus músculos.
Se quedó así con los ojos cerrados hasta que Obito acabó dentro de él por segunda vez y apoyó la cabeza en su hombro, ambos en silencio.
—Hay tantas cosas que quería decirte y esto es lo que hicimos —murmuró Obito tras un rato.
—Tenemos mucho tiempo para hablar —respondió Deidara.
Se quedaron ahí abrazados bajo la ducha templada, tan sólo sintiendo la cercanía del otro hasta que se decidieron a salir. Incluso mientras se secaban y se arreglaban en el baño, Deidara notó que tanto él como Obito no podían dejar de sonreír, mirándose de vez en cuando.
—Supongo que no me dejarás dormir en mi cama de niño esta noche —dijo Obito.
Deidara rió.
—Ojalá te hubiese arrastrado a la otra anoche.
—No me habría resistido nada.
Obito salió del baño y Deidara terminó de peinarse y secarse el pelo. Tras terminar su aseo salió al dormitorio y lo encontró recostado en la cama, aún desnudo. La ventana estaba abierta y una agradable brisa fresca se colaba por ella.
—Quizá el ruido del tráfico sea molesto pero al menos la temperatura será soportable —dijo Obito.
Deidara se acercó a la cama, mirándolo con una media sonrisa.
—¿En serio estás pensando en dormir, hm? —dijo y gateó por el colchón hasta ponérsele encima.
—Mmm tienes razón. —Obito le devolvió la sonrisa, atrayéndolo a su cuerpo y los labios de ambos se volvieron a encontrar.
Pocos capítulos me han costado más en mi vida como me costó este. Recuerdo que empecé a escribirlo a tiempo, era septiembre 2020 y después decidí hacer una pausa por la Tobidei Week 2020. La Week pasó y seguí escribiendo, pero en diciembre todo cambió, el confinamiento me llevó a muchos cambios en mi vida que me llevaron a a penas tener tiempo para relajarme o escribir, después pasé el covid y me mudé de casa. Pensé que la mudanza me traería más inspiración para intruso pero no fue así. En Abril 2021, ya instalada en la nueva casa, comencé un meme de "mándame un número y escribiré un beso" el cual tuvo más éxito del esperado. Pensé que la gente me pediría unas poquitas historias pero me llegué a juntar con más de 15 pedidos! Eso me dejó agotada en cuanto a Tobidei se refiere y empecé a procrastinar con literamente cualquier cosa. Así que hasta que Thing-Senpai no me dijo no fui realmente consciente de que aún hay gente esperando e hice un esfuerzo.
Miru, ha pasado una eternidad, espero que estés bien. Esta escena del taxi la he revisionado tantas veces en mi cabeza desde que se me ocurrió allá en 2017 que no sé como no la gasté ya jajaja fue mágico escribirla T.T. Viva Sasori señora chismosa de barrio! Sabe los secretos de todo el mundo y te extorsionará con ellos.
Arekusa, gracias a ti también por toda la paciencia y las bonitas reviews que siempre me dejas, y siii admito que escribir a Dei así medio inseguro es interesante jajaja Obito tiene este lado dramático sí, para él arriesgó su vida, y no ganó nada, y Kakashi salió bien, y él se quedó con la cara arruinada para siempre y con su amigo rompiendo la promesa. Es resentimiento puro. Y bueno ya viste las respuestas a todas esas preguntas. Pensé mucho también en la conversación, en lo que pasaría, quería que fuera perfecto pero sentía que este capi sólo era una bola de plastilina en mi mano y yo no paraba de estrujarla buscando la forma adecuada. Quizá no hay forma adecuada, y quizá ellos hagan cosas bien, cosas mal, cosas que debieron hacer hace mucho tiempo, cosas para las que se están precipitando, pero tengo fe en que funcionen. Espero que sigas ahí y que estés bien.
Ray Sonnen, sorry sorry sorry y gracias si sigues ahí. jajaja
SAW, gracias por no olvidarte de intruso, ha tardado pero yo tampoco me olvidé y tenía esa espinita clavada ahí.
Thing-senpai, respondido arriba ^^
Bueno, queda poco ya, fin del viaje, y vuelta a la rutina y conclusión. Ya casi se me cerró el conflicto principal, así que no queda demasiada tela para cortar más que atar pequeños cabos sueltos y ver lo que van a hacer en el futuro!
Aprecio la fidelidad de quienes me leen, saludos y nos vemos en el siguiente.
