Disclaimer: Esta historia no me pertenece, los personajes son de Stephenie Meyer y la autora es fanficsR4nerds, yo sólo traduzco sus maravillosas palabras.

Disclaimer: This story doesn't belong to me, the characters are property of Stephenie Meyer and the author is fanficsR4nerds, I'm just translating her amazing words.


Thank you Ariel for giving me the chance to share your story in another language!

Gracias a Yani por ser mi beta en esta historia.


Treinta y tres: Edward

31 de octubre de 2022

Cambridge, Inglaterra

He estado todo el día en reuniones, una tras otra. Clases, charlas inesperadas con mis profesores, seguida de una reunión imprevista para discutir una investigación que se está realizando en Suiza. Se suponía que debía llegar a casa hace horas, pero en vez de eso ya oscureció y me encuentro apresurándome por las resbaladizas calles adoquinadas de Cambridge, rezando para que mi esposa no me mate.

Lleva semanas hablando de Halloween. Sé que es su festividad favorita y detesto llegar tarde hoy. Desde hace más de una semana que tiene preparados nuestros disfraces, y aunque no me atreví a usarlo en el campus, sé que terminará siendo una larga noche en cualquiera que sea el loco conjunto que Bella organizó.

Pero claro, lo haré por ella.

Está inesperadamente tranquilo afuera, a pesar de que ya está oscuro, y se me hunde el corazón cuando me doy cuenta de que en realidad no hay mucha gente en las calles pidiendo dulce o truco.

Para cuando llego al piso sé, incluso antes de abrir la puerta, que Bella estará probablemente de mal humor.

Miro las telarañas que ella colgó sobre nuestra puerta principal, se me contrae el pecho al pensar en lo que podría esperarme. Quito los seguros con mis llaves, sacudo la puerta y la golpeo con el hombro al abrirla.

Bella estará furiosa, lo sé. Le encanta molestar a los que piden dulce o truco, y he visto a muy pocos afuera.

Entro a nuestro piso y lo que veo me hace detenerme de golpe.

Bella está acurrucada en la entrada con una cubeta llena de dulces en su regazo y lágrimas cayéndole por las mejillas.

—¿Nena? —Caigo de rodillas junto a ella, me duele al hacerlo, pero no tanto como verla llorando—. ¿Estás bien?

Parpadea con fuerza, alza las palmas para limpiarse las manchas negras que tiene bajo los ojos. Eso solo hace que se embarre más.

—No —dice, negando con la cabeza.

Le quito la cubeta de dulces, que sigue llena, del regazo y la jalo con gentileza hacia mí.

—Cariño, habla conmigo. —¿De verdad esto se debe a las personas que piden dulces?

Bella suelta un sollocito.

—¿Por qué todo es tan diferente?

Frunzo el ceño.

—¿Qué es diferente?

Hipa.

—Estar aquí, mi cuerpo, mis jodidas hormonas. Todo es diferente.

Me siento culpable de inmediato.

—Yo soy diferente —digo en voz baja. No responde y mi culpa se incrementa—. Lo siento mucho, nena.

Sacude la cabeza junto a mi pecho.

—Cierra la boca —dice con debilidad. Eso casi me hace sonreír—. ¿Por qué nadie en este estúpido pueblo sale a pedir dulces?

Sonrío sobre su cabello.

—No saben de lo que se pierden.

Solloza.

—Extraño mi casa.

Se me estruja el corazón y aprieto mis brazos a su alrededor.

—Lo sé, nena. Yo también.

Es verdad. Me ha encantado estar aquí, me encanta la experiencia que estoy obteniendo, pero una parte de mí extraña LA.

Mi confesión parece calmar a Bella y ella respira profundamente.

—No sabía que lo extrañaras —dice después de un momento.

Frunzo el ceño. He sido un esposo de mierda.

—Por supuesto que lo extraño. Teníamos una gran vida allá. —Alzo la mano para frotarle la espalda—. Todavía se me antojan esos buñuelos que solíamos comprar en ese pequeño restaurante junto al mar, ¿los recuerdas?

Bella gime.

—Sí. Apuñalaría a alguien por uno de esos en este momento.

Me río entre dientes y vuelvo a besar su cabello.

—¿Te ayudaría si habláramos más seguido sobre cuando estábamos en casa?

Bella se queda callada.

—Tenía miedo de mencionarlo.

Hago una mueca.

—¿Por qué?

Suspira y se aparta de mí. Tiene las mejillas manchadas de negro, pero sigue viéndose hermosa.

—Porque pensé que si hablaba de casa, pensarías que no quería estar aquí y renunciarías a todo esto.

Admitiré que mi instinto natural es hacer todo lo posible para tenerla feliz, pero ahora veo el lado negativo de esto.

—¿Y quieres quedarte aquí? —pregunto, intentando asegurarme.

Bella asiente.

—Es difícil, y estúpido, pero necesitas estar aquí. Nosotros necesitamos estar aquí.

Me inclino para dejar un beso sobre sus labios. Saben salados a causa de sus lágrimas.

—Lo siento mucho, Bella. No quería hacerte pensar que no podíamos hablar al respecto. —Me aparto un poco de ella—. Prometo que ya no asumiré que quieres mudarte de regreso a casa. No a menos de que me lo digas de frente, sé que lo harás si quieres.

Resopla suavemente.

—Sí, te lo diré.

Asiento y el silencio que se posa a nuestro alrededor se siente como si nos hubieran quitado un peso de encima. No me había dado cuenta de lo difícil que había sido para ella no hablar más de casa.

—Entonces, ¿no vino nadie? —pregunto, moviendo la cubeta a nuestro lado. Bufa.

—Nadie.

Asiento, moviéndome debajo de ella.

—De acuerdo, solucionemos esto.

Me mira con confusión.

—¿A qué te refieres?

Nos pongo de pie y al hacerlo, veo que ella está usando una camiseta de calabaza. Sonrío.

—Dame mi disfraz, vamos a salir.

Tardo casi veinte minutos en ponerme la camiseta que Bella me consiguió porque no puedo, juro por mi puta vida, parar de reír.

Es tan simple y tan jodidamente brillante.

Es una camiseta anaranjada con un gafete que dice "Peter Peter".

—Peter, Peter, devora calabazas* —me dice Bella con una sonrisa presumida. Miro su atuendo de calabaza y vuelvo a carcajearme. Ella se ríe conmigo, estira la mano hacia mi mandíbula y rasca la incipiente barba que me pidió que me dejara crecer—. Mira, incluso tienes un poco de naranja en la cara.

No puedo respirar, carajo. Me estoy riendo con todas mis fuerzas.

Eventualmente nos calmamos y cuando ambos estamos vestidos, le añadimos una capa extra de abrigos, aunque los dejamos abiertos para que se puedan ver nuestros disfraces. Cada vez que veo mi reflejo empiezo a reírme otra vez.

Agarro la cubeta de dulces que Bella tenía en su regazo y, tomando la mano de mi esposa en la mía, salimos hacia la noche.

Nos detenemos a darle dulces a todos los que no llevan disfraz puesto, dulce o truco a la inversa. Bella empieza a interesarse de inmediato y me encanta ver su cara cuando le entrega dulces a extraños desprevenidos.

Eventualmente se nos terminan y después de una rápida parada en el supermercado para comprar otra bolsa, decidimos dirigirnos a la taberna para calentarnos con algo de beber y una cena.

La taberna está atiborrada de gente y Bella se deleita al ver unas cuantas decoraciones de Halloween colgadas por ahí. Yo encuentro una mesa mientras mi esposa vaga por la taberna, ofreciéndole dulces a la gente.

Es poco tradicional, un tanto raro, y muy a nuestro estilo.


"Peter Peter Pumpkin Eater" es una canción infantil en inglés.