¡Buenas a todos! ¿Qué tal vamos? Yo intentando no pasar calor, pero hay momentos en los que no es posible.
Hoy he actualizado tarde porque llevo una semana muy loca y se me ha ido de la cabeza (sí, casi se me olvida), así que os dejo directamente con el capítulo.
¡A pasarlo bien!
Capítulo 91: En el bando equivocado
Neila resopló cansada cuando divisó, por el rabillo del ojo, la figura de Impmon en el salón. Él y los demás digimons del grupo de tamers se habían instalado en el castillo de Seraphimon, cerca de ellos para brindarles su apoyo cuando lo necesitasen. Sin embargo, al contrario que los demás, Impmon era el único que se dejaba caer por el Cuartel casi a diario.
—¿Otra vez aquí?
—Cualquiera diría que te molesto —contestó con una gran sonrisa.
—Bueno, ayer te dedicaste a meter en líos a más de uno, cargándoles las culpas a los Crossedmons —respondió la chica cerrando su libro y volteándose para encarar al pequeño demonio —. ¿Qué has hecho esta vez?
—Tan directa y desconfiada como siempre —chasqueó la lengua —. Simplemente, no me hace ni pizca de gracia que os larguéis así sin avisar a nadie, dejándonos a los ángeles ruidosos con excusas baratas, a buscar problemas.
—¿Y qué sugieres que hagamos? ¿Pediros permiso a los mayores? —apareció BlackGatomon —. Deja de incordiar a Neila. Necesita estudiar para los exámenes.
—Bah, qué aburrido… En el pasado molabas más, BlackGatomon —dijo cruzando las manos tras la nuca y siguiendo su camino al exterior —. Siguiendo normas sin sentido… Pues vaya, cómo has acabado…
—¿Qué quiere decir? —preguntó Neila.
—Ignórale —negó la gata.
—¿Tú sabes algo?
—No —negó con calma —. Si es algo del pasado, debería saber que no somos conscientes de ello.
Contando hasta diez, Neila volvió a centrarse en sus estudios, dejando que la gata negra volviese a alejarse, muy seguramente a lo que ella decía "vigilar a Tailmon". Tan absorta estaba en sus estudios que no se fijó de la entrada, algo cojeante, de Ignitemon. El digimon, viéndola tan centrada, decidió seguir su camino por el lugar hasta dar con otra de las chicas humanas.
—Esto… hola —dijo casi sin voz.
—¿Va todo bien, Ignitemon? —preguntó Aelita.
—Yo… he tropezado —dijo bajando la vista avergonzado —. Me duele el pie.
—Lunamon, ayúdame a llevarlo hasta una silla, por favor —pidió volteándose hacia la digimon.
—¿Quieres que vaya a por el botiquín también? —preguntó mientras se ofrecía de apoyo para el otro digimon.
—Sí, por favor.
Un instante después, la conejita digital salió corriendo, dejando a la pelirrosa examinando el pie de Ignitemon.
—¿Cómo te has hecho esto?
—Yo… He chocado con Timy —dijo —. Ella jugaba a la pelota y… No me di cuenta.
—¿No jugabas con ellos?
—Es que…
—Cuéntamelo —pidió justo cuando Lunamon regresaba con el botiquín.
—Hecho de menos a mi hermana —dijo —. ¿De verdad la ha atrapado ese ser malo?
—Tu hermana es Mervamon, ¿verdad? —preguntó Lunamon mientras Aelita preparaba las vendas. El digimon asintió tímidamente —. Ahora es nuestra enemiga, pero lograremos rescatarla, ya lo verás.
—¿De verdad?
—¡Por supuesto! Te hemos liberado a ti también, ¿verdad? —preguntó la pelirrosa.
—Sí —asintió con una sonrisilla.
—Bueno, esto ya está —dijo asegurando la venda —. ¿Podrás llegar al comedor tú solo?
—Creo que sí —dijo dando media vuelta —. Muchas gracias.
—No hay de qué —respondió lista para volver a las tareas que estaba haciendo.
—¿Creéis que Xana-Lucemon le estará haciendo algo malo a Alex? —preguntó de repente Ignitemon.
—Bueno… Puede que lo haya convertido también en nuestro enemigo —dijo pensativa Lunamon —. Pero tanto si es nuestro enemigo como si está retenido, le salvaremos.
—¿Como a mi hermana? —preguntó. Digimon y humana asintieron sonrientes —. ¡Oh! ¿Y después podremos buscar a su hermana?
—¿Su hermana? —preguntó Aelita —. ¿Hay otra niña elegida a demás de Alex?
—Tu padre no nos lo ha dicho —dijo Lunamon. Los puños de la pelirrosa se apretaron con fuerza.
—Alex me dijo que su mama le dijo que tenía una hermana mayor, pero nunca la ha visto porque él nació en otro país —dijo —. Aunque no lo entiendo…
—¿No se conocen? —preguntó la pelirrosa.
—No. Su mamá le dijo que vivía lejos, con su papá —respondió el digimon —. Pero vosotros podréis encontrar a su hermana, ¿verdad?
—Bueno…
—Podemos intentarlo —dijo Lunamon —. Les podéis pedir ayuda a los adultos. Quizás ellos pueden encontrar a la familia de Alex.
—Sí, tienes razón —asintió Aelita —. Luego le enviaremos un mensaje a Izzy para preguntarle si pueden hacer algo.
—Alex se pondrá muy feliz —sonrió Ignitemon —. ¡Voy al comedor!
—Ten cuidado.
...
Xana-Lucemon tamborileaba los dedos sobre el brazo del trono. El grupo había regresado sin Ignitemon, aunque esa pérdida no es que le causara demasiado dolor al ángel caído. El único problema que veía a aquella baja era la posibilidad de que el digimon se fuese de la lengua y hablase más de la cuenta.
—Esperamos órdenes, amo —dijo Minervamon.
—Retiraos. Por ahora id a descansar para el siguiente encuentro con esos malnacidos y sus mascotas digitales —dijo sacudiendo una mano.
En silencio, los cinco marcharon. En la puerta, Myotismon esperó hasta que el último de ellos salió para acceder a la sala y dirigirse al trono en el mayor de los silencios.
—Odio a esos niñatos de las narices —dijo Xana-Lucemon con aburrimiento —. No hacen más que tocar las pelotas de mala manera y por más que quiero, no mueren… Son mala hierba de verdad, esos mocosos de parvulario…
—¿Qué planea hacer ahora, mi señor? —preguntó prudentemente el vampiro.
—Por ahora, no tentar demasiado a la suerte —respondió sin ganas —. Aunque como se pasen de la raya, pienso cargármelos de la forma más cruel posible. Y entonces, el mundo entero deseará que los Guardianes no hubiesen nacido nunca.
Con un suspiro, Myotismon se volvió hacia una ventana, parcialmente cubierta y bloqueando la molesta luz solar. La actitud tan cambiante de Xana-Lucemon era algo muy normal en la Rosa de las Estrellas y, aunque de todos era sabido, la causa era el continuo fracaso de sus ataques, el vampiro no hacía otra cosa que culpar a la existencia de los niños, incluso cuando lo que hundía a su amo no era algo directo del grupo de Guardianes renacidos.
...
El lugar era oscuro, aunque agradable e incluso acogedor en cierta medida. Caminaba con tranquilidad y elegancia, como si nada importase, aunque sus sentidos estaban totalmente alerta a cualquier cosa. El sonido de un motor fue lo que la llevó a dejar su caminar para voltearse a ver al recién llegado.
—Sólo eres tú —dijo cruzándose de brazos.
—¿Quién esperabas que fuese? —preguntó Beelzemon, bajando del vehículo y acercándose a ella —. Oh, él.
—No hay ni rastro aún —dijo con un suspiro.
—¿Preocupada?
—Poco me importa —dijo mirándolo con cierto asco.
—Algo que sólo yo sé. Tu encantador confidente —dijo con una amplia sonrisa que se mereció un empujón de la digimon —. Bueno, bueno… ¿Sabes a dónde ha ido al menos?
—¿A dónde crees? A eliminar a los Guardianes, por supuesto —dijo cantarina.
—¿Otra vez? ¿Acaso no aprende?
La digimon se encogió de hombros y se volteó para responderle, pero sus ojos captaron movimiento a la espalda del demonio. Cambiando la expresión de su rostro al instante, pasó junto a Beelzemon con la cabeza bien alta y se detuvo, dejando al demonio a su espalda. Lucemon acababa de descender a varios metros de ambos, la furia claramente dibujada en su rostro.
—Ya estoy harto… ¡Esos malditos ángeles no van a eliminar ese estúpido club de los Guardianes! —chilló con rabia.
—Y otra vez lo tenemos que escuchar nosotros —murmuró Beelzemon, volteándose y situándose junto a la digimon —. Nosotros tampoco aprendemos, Lilithmon —otra vez, la digimon le regaló un imperceptible codazo.
—¿Qué excusa te han puesto ahora, Lucemon? —preguntó Lilithmon con suavidad.
—¡Que es bueno tener un grupo que funcione como "policía" del Digimundo! ¿Os lo podéis creer? —preguntó visiblemente molesto —. ¡Digimons sin relación alguna que está claro que no ven la justicia como la veo yo! ¡Sólo causarán molestia!
—Tienes razón. Sólo tu gran mente puede poner orden en este lugar. Tu palabra es la ley, nadie se atrevería jamás a desobedecerte —dijo, con cierta dificultad, la digimon.
—¿Sabéis qué es lo peor? ¡Que tienen a esos tres Guardianes siempre pegados a sus culos! ¡Dichosos ángeles ciegos! —protestó —. Ni cuando dices "a solas" desaparecen… He de deshacerme de ellos para siempre si quiero dominar el mundo entero…
—Oh, venga, Lucemon —dijo Beelzemon despreocupadamente —. ¿Qué no lo ves? Esos Guardianes están ahí con la misión de eliminarte. Es inútil que vayas a por ellos tú mismo. ¡Deja que se encargue otro!
El silencio inundó el lugar al tiempo que el ángel caído, ahora por delante de ambos y de espaldas a ellos, se detenía completamente. Preocupada, Lilithmon lanzó una mirada llena de odio a Beelzemon, alzando su garra corrupta al tiempo que el demonio retrocedía con pasos cortos.
—Tienes razón —dijo con la voz grave Lucemon. Ambos se relajaron algo, aunque aún no se sentían fuera de peligro —. Les haré fracasar terriblemente. Demostraré que esa tan necesaria policía de los ángeles no es suficiente para proteger este bello mundo. Que sólo yo puedo cuidar de todo y todos…
—¿Cómo? —se atrevió a preguntar Lilithmon.
—Debo llamar a unos amigos para ello. Pero lo veréis, amigos míos. Estaréis en primera fila, conmigo, viendo la caída de los Guardianes con vuestros propios ojos.
Dicho aquello, dio media vuelta y salió por donde había llegado, dejando a Beelzemon suspirando aliviado por librarse de la muerte tras sus palabras y a Lilithmon pensativa y preocupada en partes iguales.
...
—¡Despierta, Neila! —chilló Aelita.
—¿Ae…li…ta? —preguntó vacilante.
—Al fin vuelves en ti —suspiró la pelirrosa —. ¿Te encuentras bien?
—S…sí…
—Por eso no estudio yo —dijo la voz de Odd, sobresaltándola por la proximidad del rubio —. Bastantes dolores de cabeza me da la situación en el Digimundo como para encima meterme ecuaciones e historias que no interesan —dijo dándose golpecitos en la cabeza.
—Sí… Me estoy esforzando demasiado… Perdón por preocuparos —dijo con una falsa sonrisa la chica.
—Estás muy pálida —dijo Lunamon con un vaso de agua en las manos que no dudó en ofrecerle —. ¿Qué tal si vas a descansar?
—Sí… Creo que iré —asintió tomando el vaso y caminando hacia las escaleras —. Perdonad el susto…
—Nada, nada —rió Odd —. Aunque el único que se ha asustado ha sido Ignitemon.
Neila pasó la mirada al digimon. El pequeño estaba sentado en un sofá, con el pie vendado y una expresión preocupada en su rostro. Por un momento, la chica estuvo a punto de cambiar la dirección de sus pasos para interesarse por su pie, pero un temor en el fondo de su mente la obligó a seguir la primera dirección tomada.
—¡Dejadme tranquila! —oyeron. Por la puerta exterior, BlackGatomon entraba seguida por Dracomon y Mikemon —. Os he dicho que simplemente era una cabezadita.
—Pero es que no respondías… Y…
—Esa posición era dolorosa, la he imitado —dijo el dragoncito.
—Mira que eres bobo… Los gatos somos muy flexibles —dijo volviendo la vista hacia Neila —. ¿Te importa si te robo la cama?
—Iba ahora. He… estado estudiando demasiado —dijo con una sonrisilla.
—Me quedaré en una esquina —aseguró.
Ignorando las voces de los otros dos digimons, BlackGatomon pasó junto a Neila escaleras arriba hasta el dormitorio. En cuanto la digimon pasó, la chica cerró la puerta con pestillo y la atrancó con una silla.
—Lo has visto tú también, ¿verdad? —preguntó la gata negra. Neila asintió lentamente —. Era un recuerdo de nuestra vida pasada.
—Ese digimon era Lucemon, ¿verdad? El enemigo al que Takuya y los otros se enfrentaron…
—Sí —asintió —. Y nosotras… —dijo, apretando las garras con rabia —. No debemos quedarnos aquí. Supongo que lo entiendes, ¿verdad?
—Sí, pero… No vamos a poder irnos tan fácilmente…
—Con que pensando en escapar, ¿eh? Parece que ha quedado algo de la vieja Lilithmon —dijo una voz en un rincón.
Ambas se voltearon para encontrar a Impmon, apoyado contra la pared. El digimon las miraba con una sonrisa que provocaba escalofríos en ambas, aunque no se movía de donde estaba.
—¿Qué haces en mi dormitorio? —preguntó Neila.
—¿No te han enseñado jamás que no te puedes meter en el cuarto de otras personas?
—Pues eso no es lo que me decías, BlackGatomon. Es más, a veces me empujabas para que entrase más rápido y todo —respondió.
—¿Qué estás diciendo?
—Más bien qué decís vosotras. ¿A dónde queréis iros vosotras dos solas? ¿Acaso no sabéis lo peligroso que es el Digimundo? —preguntó con una gran sonrisa.
—Me da igual —declaró la chica acercándose al digimon —. Cualquier sitio será mejor que este.
—Oh, así que vais a abandonar a los Guardianes —dijo con lo que ambas identificaron como falsa sorpresa —. Me encantará ver cómo os persiguen.
—No lo harán porque tú no dirás nada —dijo BlackGatomon, la garra ante la cara del pequeño demonio —. Ni una palabra a nadie.
Encogiéndose de hombros, Impmon se apartó y las dejó pasar hacia la ventana. Un vistazo al exterior les bastó para asegurarse la fuga. Cambiando la digievolución a Witchmon, la bruja digital ayudó a Neila a sentarse tras ella en la escoba y abandonaron el lugar por la ventana.
—Os equivocáis de lleno, chicas —dijo Impmon a la nada antes de dirigirse perezosamente hacia la puerta.
