Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, queda prohibida cualquier adaptación. Todos los medios de contacto se encuentran en mi perfil.
Fue una de esas ocasiones en las que sientes una sensación de pérdida, aunque no tuvieras nada en un principio. Supongo que esa es la decepción: una sensación de pérdida por algo que nunca has tenido.
—Deb Caletti
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Deshaciéndome en resoplidos, baje mi maleta por las escaleras del edificio. Si, las malditas escaleras de emergencia. Maldije una y otra vez a quien fuera allá arriba.
En serio este podía ser oficialmente el día más humillante de mi maldita vida.
Las ruedas de mi gigantesca maleta chillaron con cada escalón que baje, quejándose por el sobre esfuerzo al que estaba siendo sometida.
Maldita baratija de segunda mano.
La tuve que comprar de emergencia para poder empacar todas mis porquerías en ella.
Al principio, el año pasado me refiero, había comprado una pequeña maleta. Mi pequeña maleta naranja fosforescente. La amaba. De todos modos, fue la primera cosa que compre para mi viaje. Decidí viajar por el país para poder encontrarme a mí misma después de terminar la escuela de arte.
¡Ja!
Arte. Después de cuatro años estudiando una carrera que adoraba y mi familia odiaba, encontré mis pantalones y mande todo a la mierda. Mis padres, mis hermanos, mis amigos y toda la población de mi pueblo natal.
En una palabra... toda mi vida.
Me sentía asfixiada y ahogada. Todas las personas a mí alrededor se lamentaban por mi elección de una carrera... para vagos. Y eso fue todo.
Cuando termine la universidad, no pude pintar más. Mi mente estaba en blanco y mis dedos ya no picaban al sostener mis pinceles.
Fue como si algo me lo impidiera.
¿Cómo puedes ser una pintora y no pintar?
Absolutamente no lo sé.
Luego vino Charlie y Renne, mis cariñosos, pero muy sobreprotectores padres, hablando sobre la señora Cope y su increíble oferta de trabajo para ser mesera en la cafetería del pueblo. Amaba a la señora Cope y amaba a mis padres, pero fue inevitable que me sintiera insultada.
Nací y estudie para el arte, no para servir mesas. Me negaba a renunciar a mi sueño solo porque mi familia no creía en mí.
Me negué rotundamente y luego vino esta otra oferta directamente desde mi Instagram. Un viaje todo pagado por el país para una agencia de viajes. Solo tenía que tomar las fotografías para su sitio web. Gracias, taller de fotografía.
Se suponía que un guía que se encargaría de mostrarme cada uno de los lugares, tradiciones y maravillas de la infinita lista de ciudades emblemáticas. Eran jornadas duras, muchas fotografías y demasiados aviones, pero lo quería. Realmente quería hacerlo.
Gaste mis ahorros y pedí hospedaje para una persona extra.
Llamé a Alice, mi muy chispeante mejor amiga y cuñada para que me acompañara. Resulto que tenía una semana de vacaciones, lo que sería perfecto si al final el viaje resultara un fiasco o el guía era un total cretino, pero la semana paso, Alice regreso a Forks y yo me quedé.
Y no exactamente por el viaje.
Ojalá hubiera sido por el viaje y sus bonitas vistas.
Resulto que mi guía resulto ser un guapísimo moreno nativo americano de nombre Jacob.
El hombre media más de dos metros, enfundado en piel morena rojiza hermosa, ojos negros profundos, cabello del mismo color y una sonrisa calienta bragas.
No tardamos en hincarnos el diente.
Él me ponía creativa y yo lo ponía cachondo. Realmente me gustaba. Muchísimo. Y para cuando termino el viaje de un año por todo el país, después de juntar millones de recuerdos, fotos y haber soñado despierta por doce maravillosos meses, lo tenía que dejar.
Hasta que Jacob puso un anillo en mi dedo izquierdo. Había recibido una buena oferta de trabajo para un equipo de surf en Malibú.
Fue la pedida de mano más cursi del planeta, pero también la más hermosa, y dije que sí. ¿Cómo negarme? Pensé que teníamos algo firme y el matrimonio se veía como el siguiente paso a seguir.
Podía imaginarme pintando frente a la playa, mientras él montaba las olas y me lanzaba sonrisitas calientes desde su tabla de surf.
Pero los sueños son sueños, y después de aceptar mudarme a Malibú, sin casarnos primero, porque, y cito su palabras: "Tenemos mucho tiempo para planearlo, nena. Quiero que nuestra boda sea hermosa"
Hermosas mis tetas.
Caí como una estúpida. Creí en sus estúpidas palabras. Me deje freír el cerebro. Quien sabe por cuánto tiempo se estuvo follando a nuestra caliente vecina.
Leah.
Él siguió metiendo su polla en mí, mientras se cogía a Leah. Leah nuestra vecina. Leah la morena y alta de cabello tan negro como el de él. Leah que también es nativo americana y le encanta surfear.
¡El uno para el otro!
Y Jacob... esperaba que se le cayera la polla.
Gruñí entre dientes, dejando caer mi maleta en el último escalón. Ochenta y nueve escalones. Los conté. Uno a uno. Baje uno más. Ahora noventa.
Quite el cabello húmedo y pegajoso de mi cara. Pegajoso por el sudor que corría por mis sienes. Tal vez por eso me dejo Jacob. Por no ser más que una sudorosa llorosa deprimida.
Paul, el conserje del edificio, se puso de pie en cuanto me vio cruzar por la puerta. Sus ojos color avellana se llenaron de una lástima profunda cuando me enfocaron.
Entonces lo supe, él lo sabía.
¿Él y cuántos más?
¿Cuántos más se habían reído de la citadina engañada por el guapo sofista?
Estuve a punto de lanzar una rabieta por todo lo alto. Quería tomar la maleta y lanzarla al otro lado de la habitación. Quería chillar, gritar y patalear.
Quería subir, y hacer que Jacob y Leah sufrieran. Con mis propias manos si era posible.
Más sin embargo, me mordí la lengua para contener el comentario mordaz que pugnaba por salir de mi boca.
Paul no era más que un empleado. Un espectador de todo lo que sucedía en el edificio. De haber estado en su lugar, probablemente habría hecho lo mismo. Un conserje no va por ahí revelando los secretos de sus inquilinos. Aunque sus inquilinos sean unos completos idiotas.
Pase al lado de su escritorio, decidida a no mostrar ni un gramo más de debilidad.
Me podía quedar con un poco de mi dignidad, ¿verdad? Todavía podía salir con la cabeza en alto.
El que debía de sentirse avergonzado era Jacob. Tal vez Leah. No yo.
No fui yo la que fue descubierta follando en la misma cama donde dormía con mi prometido. No. Esa no fui yo. Yo fui la estúpida que abrió la puerta, solo para ver el peludo trasero de Jacob mientras se montaba encima de Leah de a perrito.
Que les den por culo.
Paul se quitó el sombrero de paja playero sobre su cabeza.
Agradecí internamente que no dijera nada mientras salía. No creía resistir si abría la boca. Era mejor así. Probablemente, terminaría llorando ante cualquier palabra.
Abrí la puerta de un tirón, jalando la maleta a mi espalda.
—Adiós, Paul. —dije simplemente, haciéndole saber que era la última vez que nos veíamos.
Su boca se torció al responderme.
—Adiós, señorita B.
Se me hizo un nudo en la garganta al escuchar el apodo cariñoso. Todos por aquí me decían así: Señorita B. Al principio no me gusto, porque me hacía sentir como si quisieran diferenciarme sobre los demás por no ser del lugar, pero con el tiempo me acostumbre y comenzó a gustarme.
Jacob solía bromear sobre el apodo todo el tiempo, solo para intentar irritarme. Luego se volvió un chiste privado entre nosotros, una excusa para besuquearnos.
Miré sobre mi hombro al edificio en el que me mude con la ilusión de que sería mi lugar feliz.
Malibú me ayudo a recuperar mi inspiración, pero Jacob rompió mi espíritu. De verdad creí que lo que teníamos era bueno. Algo que sería duradero. Se supone que en un par de semanas cumpliríamos dos años de conocernos, y entonces, finalmente viajaríamos hasta Forks para presentarle a mi familia y preparar los últimos detalles para nuestra boda.
En nuestra fecha especial.
El ruido del taxi entrando al área de estacionamiento me distrajo, regresándome a la realidad.
El conductor bajo para ayudarme a subir la maleta. Con un simple gesto abrió el maletero de su auto, cargo la maleta y la metió dentro.
Capte entonces el ruido de pies descalzos golpeando contra el pavimento.
Lo sentí incluso antes de que llegara a mí. Reconocería a Jacob en cualquier parte, incluso cuando se supone que nunca terminas de conocer a las personas, él y yo nos conocíamos muy bien.
El conductor dio una mirada sobre mi hombro y levantando una ceja en una pregunta silenciosa.
—Está bien. —susurre, sacando cincuenta dólares de mi billetera— ¿Puede esperar? No voy a tardar mucho.
Se encogió de hombros, jugueteando con un lasillo en su boca.
—Está bien. —tomó el dinero de entre mis dedos— Solo avíseme si su novio la convence de quedarse y ya no me necesita.
Apreté los dientes entre sí, tentada a darle un puñetazo mientras lo veía dirigirse a la puerta del conductor y entrar al auto.
—Gracias. —susurre sarcásticamente para mí misma.
Me guarde mi rabia, solo porque para enfrentar a Jacob necesitaría algo más que resistencia. Tomaría todo de mí no dejarlo convencerme de sacar mi maleta del maletero del taxi y volver al apartamento con él.
Me repetí una y otra vez, la imagen mental de Leah y él follando en nuestra cama.
—Nena. —sus manos tomaron mi cintura.
Al estar de espaldas todavía, le fue fácil llegar a mí.
Me gire sobre mis pies, alejándome de su toque como si quemara.
Dolió verle. Si es que no había sido suficiente hace unos minutos. Tenía el pelo negro revuelto apuntando a todas partes, la clara muestra de todas las veces que Leah había pasado sus dedos por allí. No llevaba camisa o pantalones. Estaba terriblemente imponente en solo unos bóxers negros.
Lo agradecí aunque doliera como la mierda.
Al menos así no podría olvidar que este hombre, el mismo hombre que había puesto un anillo sobre mi dedo, que me prometió una boda navideña y hermosos días de brillantes atardeceres, también me engaño.
—No. —puse una mano entre nosotros— No, Jacob.
—B, lo que viste no significa nada.
—¿Tú follando a la vecina sobre nuestra cama no significa nada? —pregunté— Creme, significa más de lo que crees.
Se paso las manos por el pelo en un gesto frustrado.
—¡Me equivoque!, y lo lamento. Perdón. —odie esa palabra en sus labios— Desearía poder decir otra cosa más que perdón, pero es todo lo que tengo. Te amo, B, y nos vamos a casar. Tienes que perdonarme. Soy humano, cometo errores.
¿En serio?
Me reí. Lo juro por Dios. ¿Siempre fue así? Ni siquiera estaba tratando de disculparse realmente.
—Terminamos.
—No. ¡Maldita sea! ¡Isabella! —dijo suplicante.
—Ser humano no te convierte en un completo imbécil. Si querías follar con Leah, haberlo dicho antes. Tú —apuñale su pecho con mi dedo indice— me engañaste.
Avancé hacia el taxi.
Su mano salió disparada sobre mi codo, anclándome sobre mi lugar.
Sus ojos negros me miraron angustiados. No funciono. Mi pecho se sentía frio y adolorido por su traición. Algo era seguro, ninguna maldita cosa haría que lo perdonara.
—Por favor, B...
—¡Suéltame! No me vuelvas a tocar. Hueles a ella. —me zafe de su agarré.
Sus rodillas impactaron contra el pavimento. Sus manos se aferraron a mis caderas y enterró la cabeza en mi estómago, apresándome de nuevo.
—Te amo. Perdón. Fue un error, Bells. Fue un error.
—Hubiera aceptado cualquier error, este no. —dije carente de emociones— Déjame ir, Jacob.
No me hizo caso.
Levanto la cabeza y me miró desde abajo.
—No te vayas. Podemos arreglarlo.
Un destello blanco llamó mi atención desde las alturas del edificio. En nuestro piso. Su piso. Era Leah con su exótica piel al desnudo cubierta por una sábana blanca bajo sus brazos.
Sus manos estaban aferradas al barandal, fulminándonos a Jacob y a mí con la mirada.
Comprendí algo en ese instante. Nunca seria ese tipo de mujer. El tipo de mujer que dejaba a su hombre pisotearla. Qué le perdonaría sus infidelidades y voltearía la cara hacia otro lado como si no pasara nada.
Di un paso firme atrás, forzándolo a soltarme.
Jacob cayó sobre sus muslos con las manos en el pavimento. Sus ojos abiertos como platos.
Así es pendejo, este barco ya zarpó.
—Arregla las cosas con ella —apunte a Leah en el balcón— y a mi déjame en paz. Lo nuestro se acabó, Jacob.
Por primera vez desde que los vi, las lágrimas hicieron acto de presencia. Dolía como la mierda dejarlo, pero me dolía mucho más por mí misma. Creí en él y me fallo de la peor manera posible. Al menos pudo respetarme, terminar conmigo y mandarme de vuelta a casa con una fractura limpia, no con un corazón roto.
Así es sobre los corazones rotos. Una vez que está roto, no hay vuelta atrás. La confianza, el amor y el compromiso se fueron por el caño desde el momento en que decidió serme infiel.
Abrí la puerta del taxi.
Solo espera…
Le enseñe el dedo medio a Leah, olvidándome sobre cualquier buena educación que mi madre me dio.
Antes de partir, miré por última vez a Jacob.
—Y este es mio. —levante la mano, enseñándole nuestro anillo de compromiso— Al menos así puedo mirarlo para nunca olvidar la imagen mental de Leah y tú follando sobre nuestra cama.
Su rostro se contrajo.
Miré al frente, esperando a que el conductor del taxi arrancará. Cuando finalmente lo hizo, y hacia el final de la calle, me solté a llorar.
No se supone que es así como terminaría.
¡Hola, nenas! No puedo creer que estemos por aquí. Llevo algún tiempo trabajando en esta historia para poder traérselas en fechas especiales. Amo la navidad y no podía soportar dejarla pasar en silencio. Este fue un capitulo introductorio, y debo mencionar, no es una historia muy larga. Es espontanea, con una pizca de drama, tres cucharadas de amor y muchoooooo romance. Espero que la disfruten en estas fechas tan especiales. No puedo creer que el año este por terminar, ¿ustedes si? El 2021 representa un buen año. Traje muchas adaptaciones, historias nuevas y el que se viene está mucho mejor. Eso sí. Lo quiero dedicar a las historias que ya tenga publicadas en tanto me concentro en ultimar detalles de algunas otras para tiempos futuros. En esta historia conocimos un poco de Bella, el fiasco de su relación con Jacob y como termina su relación en medio de un engaño, ya veremos qué pasa después. ¿Ustedes que piensan? ¿Tenemos Edward para el siguiente capítulo?
Las leo en sus reviews siempre y no lo olviden: #DejarUnReviewNoCuestaNada.
—Ariam. R.
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