Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, queda prohibida cualquier adaptación. Todos los medios de contacto se encuentran en mi perfil.


Mentiras y roscones, cuanto más grandes, mejores.

Anónimo

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Anthony eligió ese momento para regresar. Su languino cuerpo tambaleándose. Venia cargando una bandeja con nuestras tazas de chocolate, su malteada y un plato con una gran rebanada de pay de manzana.

Le sonreí a Edward de manera nerviosa, alejando mis manos de su toque. No qué realmente quisiera alejarme esta vez, sin embargo me preocupaba confundir a Anthony.

Edward era su roca, algo más que solo su tío, algo más cercano a un padre y a un protector.

¿Cómo reaccionaría Anthony si Edward comenzaba a tener una relación formal?

Espera...

¿Pero qué estoy pensando? Acabo de conocer a este hombre, ¿y ya estoy hablando de relaciones? ¿Qué sigue? ¿Casarnos? ¿Tener hijos? La idea no me desagrado, pese a que se escuchaba como una completa locura. Culpe a Edward. Él fue quien le dijo a mi padre que era mi prometido, usurpando el lugar de Jacob.

No que a Jacob le fuera a importar. Seguro el idiota tenía las manos suficientemente llenas con Leah.

—Una taza para la señorita. —dijo Anthony con galantería.

Sonreí.

—Y uno para el caballero. —le entrego su taza a Edward.

—Vaya. Es bueno ver que te he educado bien.

Anthony dio un asentamiento, haciendo una seña arriba de su cabeza, como si estuviera inclinándose con un sombrero en la cabeza.

—¿Puedo sentarme por allá? —apunto a sus espaldas.

Edward echó un vistazo por arriba de su hombro.

—¿Alguna razón en especial?

Anthony se balanceo sobre los talones de sus pies.

—Hay un par de chicos que me invitaron a sentarme con ellos.

Di un vistazo yo también. Identifique rápidamente a los adolescentes. Jessica y Sofía Newton, las gemelas hijas de Ben y Ángela Newton. Vanessa, una chica de cabello rubio como el sol, hija de Esme Platt, mi profesora de Literatura en el Instituto. Carlisle II, el hijo del doctor del pueblo y...

Alec me dio la sonrisa torcida de mi hermano mayor.

Mi sobrino, hijo de Rosalie y Emmett. Levante la mano y le salude, no más. En mi opinión siempre fue un niño sumamente mimado, por no decir egocéntrico y grosero.

Rosalie no era tampoco mi persona favorita. Ni yo la suya. Así que procurábamos mantener nuestra distancia.

—Los conozco. —reconocí.

Edward dudo un poco.

—¿Ninguna razón para preocuparme?

Alce un hombro.

—El chico alto es Alec, mi sobrino. Hijo de Emmett. Es… él es él.

Edward lo examinó, atrayendo la atención de los demás chicos.

Vanessa levanto la mano para saludarme efusivamente. La conocía desde que era una bebé. Le sonreí cariñosamente, haciendo una nota mental de volver a conectar con ella mientras me encontrara en el pueblo.

Había pensado en quedarme indefinidamente, pero con las palabras de Charlie, me había quedado más que claro lo que me esperaba si me quedaba. Lo mejor sería seguir manteniendo mi espacio. Una vez que pasaran las fiestas Navideñas, podía buscar algo en Seattle.

—Sin problemas. —fue lo único que le advirtió Edward a Anthony.

—Sin problemas. —acepto este.

Edward asintió.

—Ve.

—Gracias.

Salió corriendo hacia la mesa de los chicos. Todos los recibieron de buena manera, mientras Alec le hacía un espacio en el asiento continuo a él.

Levante una ceja.

—¿Y bien? —Edward me atrajo de nuevo hacia él.

Deje de observar a los niños para concentrarme en el increíble hombre frente a mí. Cada vez que sus ojos y los míos se miraban directamente, todo lo demás perdía sentido.

—¿Con historia te refieres a...?

—A todo.

Lo miré incrédula.

—¿Es eso posible?

Apoyo su barbilla sobre sus manos, observándome a través de sus ojos verdes.

—Inténtalo.

Le di una sonrisa suave, ocultando lo nerviosa que me ponía realmente.

—No es tan complicado. —objete, comenzando a contar mi historia— Soy la hija menor con cuatro hermanos sobreprotectores que parecen creer que saben que es lo mejor para mi vida antes que yo. Charlie es... bueno, amo a mi padre, pero es una de las razones por la que es la primera vez en dos años que vuelvo a casa.

Levanto una ceja cobriza.

—¿Dos años?

Me encogí de hombros.

—Sí. Conseguí un buen trabajo fuera de este lugar luego de graduarme. Tengo una licenciatura en Artes Plásticas y Fotografía. Mi mejor amiga, Alice, es la esposa de mi hermano. Es una mujer... —sonreí deslumbrante al mencionar a Ally— sorprendente. Es algunos años mayor que yo, así que siempre la vi más como una hermana mayor, mientras solo fue la novia de mi hermano Jasper. Siempre la admire. Es una mujer profesional y una gran madre, con un poco de ansiedad y algo imperativa, pero no es algo con lo que mi familia no pueda lidiar. Ella lo rompió todo, el molde de esposa ideal de pueblo, me refiero. Quiero eso. No me niego a casarme ni a tener una familia, pero quería sentirme importante. Realizada, valorada...

—...escuchada. —completo por mí.

—Así es.

Su expresión se volvió amigable, llena de curiosidad.

—¿Lo lograste? —pregunto.

Algo en mi corazón dolió.

—En parte, pero a cambio… conseguí esto. —levante la mano, enseñándole mi dedo anular.

Su rostro se borró, drenando todas las emociones. Se enfrió, como un témpano de hielo. Estúpida. Había arruinado todo mencionando la mierda de mi ex compromiso. Gracias, Jacob.

—Mencionaste un prometido.

—Ex prometido. —enfaticé el "ex".

Se relajó visiblemente.

—¿Qué sucedió?

Jugueteé con el anillo en mi dedo.

—Es un imbécil.

—Obviamente es un imbécil. Cualquier hombre que te deje ir sería un imbécil, dulce.

Lo miré a través de mis pestañas

—¿En serio?

Ladeo la cabeza de un lado al otro y al final, me dio una sonrisa torcida. Una que provoco que mi estómago burbujeara.

—Más o menos, eres algo gruñona, irritante… por no mencionar la forma en la que me gritaste en el aeropuerto…

—Basta.

—Y como me fulminaste con esos bonitos ojos chocolates tuyos…

El fuego inundó mis mejillas al sonrojarme.

—Estas logrando avergonzarme.

Se inclinó sobre la mesa y acaricio con sus nudillos mi mejilla. La sensación de piel contra piel fue electrizante… estimulante. Y cuando digo estimulante, me refiero a la humedad acumulándose entre mis piernas.

—Me gustas avergonzada. Los ojos se te ponen como los de un ciervo asustadizo y tienes un rubor en las mejillas que me provoca…

A mí me provocaba que pusiera sus manos sobre otra parte de mi cuerpo. Preferiblemente adentro de mis pantalones y de bajo de mis bragas.

—¡Mi niña está de regreso en casa!

Abrí los ojos como platos y me aleje de su toque como si quemara.

Mi cabeza giro, o más bien dicho voló, hacia la voz. Mi madre. En todo su esplendor en la puerta de la cafetería. Pequeña y con el pelo chocolate libre, los ojos azules deslumbrantes y las mejillas regordetas.

Vestía una chaqueta de invierno que por poco la eliminaba por completo, dándole un aspecto adorable.

Los conocidos y desconocidos parlotearon en acuerdo con su emoción.

—¡¿Mamá?!

¿Qué demonios…?

Se sacudió la nieve restante de los hombros.

—No me mires con de esa manera, Isabella Marie. Ponte de pie y abraza a tu madre. —me puse de pie de un salto, ella siguió caminando hacia mí y me tomó en sus brazos— ¿Por qué no me dijiste que volvías a casa hoy? Los esperábamos hasta finales de mes. Cuando Katherine Stanley me llamó y me dijo que te vio entrando al pueblo con tu prometido….

—¿Mi prometido?

Creo que mi cerebro hizo corto circuito en ese preciso momento porque joder, no fui capaz de procesarlo todo lo suficientemente rápido.

—No e-entiend-do. —tartamudeé, apenas correspondiendo a su abrazo.

—¡Oh por todo lo sagrado! —chilló sobre mi hombro.

Su pequeño cuerpo se movió de arriba abajo conmigo todavía en sus brazos. La emoción emanaba como olas fuera de su cuerpo.

—¡Pero si es guapísimo! —me soltó.

Me quede con los brazos en el aire. MI madre por otro lado, me sostuvo de las mejillas y me besó la frente.

—Sabía que te crié bien.

¿Ella que?

Me abandono y siguió su camino, directamente hacia Edward. El hombretón levanto una ceja, mientras mi madre lo enfrentaba y le hacía una seña con la mano para que bajara a su altura. Con el uno cincuenta y cinco de mi madre, Edward era inmenso a su lado.

Él se señaló a sí mismo.

—¿Quién más si no, cariño? —gorgojeo— ¡Oh, pero si eres el hijo de Billy! Ven aquí y dele un buen saludo a la madre de tu futura esposa.

No.

¡No!

Error.

Todas mis alarmas se encendieron. Grandes y rojas. A todo volumen. Como las luces de la patrulla de mi padre cuando me sacó de aquella fiesta en la casa de Ben Newton…

Mierda, estoy divagado.

Edward abrió los brazos inseguro.

—¿Hola?

Renne lo abrazo con una sonrisa de mejilla a mejilla. Palmeo su pecho y le apretó una mejilla.

—¡Tú y mi hija se lo tenían muy bien guardado! Ahora entiendo porque te mantuvo oculto por tanto tiempo. —se giró y me guiño un ojo— Me ocuparé de tu padre, nena. En caso de que te moleste, tienes que avisarme. Tengo mis métodos. Tú sabes. —se puso la mano al lado de la boca, como si eso fuera suficiente para crear una barrera y que Edward no la escuchara— Basta con que deletreé "Bolas azules" para que se convierta en un cachorro esponjoso.

—¡Mamá! —dije escandalizada.

Papá y ella. No, gracias. No necesito esas imágenes rondando por mi cerebro en absoluto.

Renne rodo los ojos.

—Tú y Edward no son vírgenes. —sacudió la mano.

Seguro que no, pero él y yo no…

¡Por Dios! Mi madre creía que él era Jacob. Mi prometido. El hombre con el que me casaría en un par de semanas.

—Él no es…

—¡Bien! ¡Bien! —miró en reloj de su muñeca— ¡Pero si es tardísimo! Tengo mi club de lectura a las tres con Esme. ¡Me tengo que ir! —volvió a abrazar a Edward— No puedo creerlo. ¿Billy lo sabe?

Edward me miró en son de ayuda.

Levante las manos.

—Espera, no me lo digas. Me voy a enojar con ese viejo cascarrabias si lo sabía y no me lo dijo. ¡Tengo que llamar a tu padre y decirle que estas en casa! Lleva toda la semana hablando de lo mucho que te extraña y…

—Ya nos encontramos con papá.

—Oh. Oh. ¿Es eso cierto? ¿Y porque no me llamó?

Mis hombros se hundieron.

—Él… no… —mi voz se rompió.

—Oh, cariño. —se acercó de nuevo a mí y puso sus manos en mis hombros— Tu padre ha sido muy duro contigo. Debes disculparlo. Hablare con él antes de la cena de esta noche. Trae a tu prometido contigo, ¿está bien? ¡Invita a Billy también!

—Mamá, él no…

Me interrumpió.

—Lo va a aceptar, te lo prometo. Palabra de mamá super poderosa. ¿Me prometes que esta noche estarás en casa? —me miró a través de sus ojos azules con esa mirada capaz de quitarle un dulce a cualquier niño.

Deje salir el aire.

—Sí.

—Muy bien. Mami te ama. —me besó la frente y se alejó, acomodando el gorro de su chaqueta sobre su cabeza— No puedo esperar para que veas todo lo que he organizado para su boda. ¡Pasare por donde Jane Vulturi para poder poner el nombre de Edward en las invitaciones de la boda! En fin. —nos dio una sonrisita— Los veo en la cena de esta noche.

Y así como entro, se fue.

Me deje caer en la silla.

—¿Bella?

Miré de reojo a Edward.

—Creo que tenemos un problemilla. —canturreo.

—No me digas. —dije entre dientes.

No pude evitar darme cuenta también como muchos de los clientes de la cafetería, nos miraban con abierto interés y curiosidad.

Oficialmente estoy jodida.

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Camine de arriba a abajo sobre la nieve. Pisoteé, más bien dicho. Necesitaba pensar. ¡Con un demonio! ¿Cómo termine metida en toda esta mierda? Hasta el cuello. Tengo la mierda hasta el cuello y ahogándome.

—¡Es tu culpa! —gruñí.

Edward se acarició la barbilla.

—Tu madre saco sus propias conclusiones.

—Le dijiste a mi padre que eras mi prometido. ¡Usurpaste el lugar de Jacob! Y ahora que mi madre lo cree también, quien sabe cuentas personas más lo sabrán, y, y…

Sacudí las manos por todas partes.

—¿Y? —tuvo la osadía de parecer confundido.

—¡¿Y?! —miré a todas partes para comprobar que no hubiera nadie cerca, le había pedido salir de la cafetería para poder hablar a solas sin que nadie más nos escuchara y pudiera sacar conclusiones— ¿Cómo les explico que no tengo un prometido con el que casarme y que, aparte de todo, soy una bocazas mentirosa? ¿Sabes… lo que la gente va a decir?

Me puso mala cara.

—¡No me mires así!

—¿Y que se suponía que tenía que hacer? ¿Decirle yo mismo a tu padre que tu prometido es un idiota de mierda? Estaba siendo un pendejo.

Hice las manos puños.

—¡No puedes decir que mi padre es un pendejo!

Su expresión se volvió incrédula.

—Bueno… noticia de última hora, cariño. Si se comporta y habla como un pendejo. Es un pendejo.

Si lo dice de esa forma…

—¡Uhg! —grite— Tengo ganas de…

—¿Si?

—De… de…

—¿De qué, Isabella Marie? —se burló.

Era tan irritante. Tan guapo. Y esa estúpida sonrisa que sus besables labios dejaron al descubierto.

Embestí contra él y me colgué de su cuello. Sus manos me sostuvieron por el culo y me apretujaron la suave carne cubierta por mis pantaloncillos. Un gemido agudo se escapó desde el fondo de mi garganta.

—Pensé que estabas molesta. —susurro sobre mi aliento.

Mordí mi labio inferior.

—¿Qué me estás haciendo, Edward Cullen? ¿Qué es lo que quieres de mí? —recargue mi frente sobre la suya.

—No quiero herirte, dulce. Es mi culpa que tus padres piensen que soy tu prometido. ¡Demonios! Hable sin pensar y mira donde terminamos.

—¿En el callejón trasero de nuestra cafetería favorita conmigo montada sobre ti? —pregunte.

Se rio.

El retumbar de su pecho provoco que mis pezones se endurecieran.

—Con nosotros comprometidos.

—Espera, ¿qué? —sus palabras me dejaron con el cerebro frito.

Sus dedos acariciaron mi trasero.

—No creerás que te voy a dejar sola. A expensas de tu familia y lo que diga la gente del pueblo.

¿Está diciendo lo que creo que está diciendo? No puede ser. Seguro estoy soñando. ¿Es posible que todavía este en el asiento de mi avión dormida y toda la locura de las últimas horas sea una invención de mi cabeza?

—¿Dulce?

—Es una locura. —susurre.

Una completa locura.

Vi como sus verdes ojos se oscurecieron.

—No para mí.

—¿Y si nos descubren?

Comenzó a caminar hasta que mi espalda quedo recargada contra la pared. En otra ocasión me hubiera preocupado la suciedad del callejón, las personas del pueblo que nos podrían ver, Anthony, pero con Edward prácticamente sobre mí, lo único que podía hacer era seguir disfrutando la sensación de su cuerpo contra el mio.

—No lo harán.

—¿Cómo lo sabes?

Sus manos dejaron mi trasero. Subieron y una me sostuvo por la cintura, la otra fue hacia mi nuca y dejo cacicas hasta la parte posterior de mi nuca. Sus dedos se enredaron en mi cabello firmemente.

—Porque a cambio voy a ganar algo. Algo que he estado deseando por muchísimo tiempo.

Oh.

¿Hablaba de molestar a mi padre?

—¿Es por mi padre?

Sus largas pestañas acariciaron mis mejillas cuando besó mi barbilla.

—En parte, si eso te convence. —luego de sus labios, sus dientes mordisquearon la sensible piel.

—Mhmmm… —suspire.

Sus labios acariciaron mi mejilla.

—¿Dulce?

—Bésame.


¡Hola! ¿Les dije o no que en este capítulo se cerraban las apuestas? Todas aquí sabemos que Edward no la dejaría sola, ¿verdad? Además, algo me dice que nuestro chico no nos está contando todo. Ya lo veremos. Amo a Renne, se me hace un personaje taaaann adorable. Ya la conocerán, pero ya se los digo ya, ella lo da todo por su familia y ama a sus hijos con todo su corazón, sin olvidar que es la única que sabe cómo ponerle un estate quieto a Charlie hahaha. Este es uno de los capítulos que más he amado escribir. Gracias por su apoyo y sus rr. ¡Besos a la distancia y felices fiestas!

Las leo en sus reviews siempre (me encanta leerlas) y no lo olviden: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R


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