Todos los personajes pertenecen a Stephenie Meyer. La historia es completamente mía, queda prohibida cualquier adaptación. Todos los medios de contacto se encuentran en mi perfil.


¡Ah! lo maravilloso de una casa no es que ella nos abrigue, que nos caliente, ni que uno sea dueño de sus muros. Sino más bien que haya depositado lentamente en nosotros estas provisiones de dulzura. Que ella forme, en el fondo del corazón, ese macizo oscuro del cual nacen los sueños como aguas de manantial.

Antoine de Saint-exupery

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Desperté sola. Me espabile el sueño y bostece, sentándome en medio de la cama. Las colchas se encontraban igual que anoche, excepto por la manta con la que Edward nos había cubierto.

Me pregunte silenciosamente, ¿fue acaso un sueño? ¿Edward volviendo a buscarme y metiéndose por la ventana de mi habitación? ¿Cantándome en susurros para arrullarme? Tarare la melodía de la hermosa canción que me canto. En ella, llevaba un tinte melancólico, pero tanto amor.

Me mordí el labio inferior con aprensión y alcance la almohada en la que se recostó ayer por la noche.

La acerque a mi rostro e inhale el olor.

Olía exactamente como a él. Algo de limón, madera y sol. Respire una y otra vez. ¿Sería raro si quitara la funda de mi almohada y guardara para siempre?

Nudillos tocando a mi puerta me hicieron salir de mi estúpida ensoñación.

—¿Bella? ¿Estas despierta? —era Renne.

Talle mi rostro para espantar el rubor de mis mejillas.

—Sí.

—El desayuno está listo, podemos desayunar juntas. Tú padre se marchó temprano en la mañana y no creo que tus hermanos vengan. —ofreció— Podemos aprovechar para ver los últimos detalles de la boda. Entre ellos tu vestido.

Me levante a por mí neceser.

—Tomare un baño rápido y puedo estar conmigo en cinco minutos.

—¡Estupendo! —respondió alegré.

La escuche alejarse y bajar las escaleras.

Me desvestí, dejando caer mi pijama que consistía en una camisetilla de franela y unos shot cortos para dormir. Levante mi cabello en una coleta alta y lo envolví con mi gorro de baño.

Lejos, escuche mi celular repiquetear. Envolví una toalla a mí alrededor rápidamente y salí corriendo para alcanzar.

Una llamada y el nombre de "Edward" me hicieron contestar inmediatamente, sin pensarlo mucho.

Su hermoso rostro se pintó por toda mi pantalla en una video llamada.

—¡Oh! —chillé, aventándolo el celular a la cama.

Qué vergüenza.

Quite el ridículo gorro de flores de mi cabeza y solté mi cabello, dejándolo caer por mis hombros.

Buenos días, dormilona. Déjame verte.

Me senté en la cama y volví a coger el celular.

—¿No podías simplemente hacer una llamada normal? —refunfuñe.

Quería ver a mí prometida a la cara, por otra parte, ese gorro me encanta. —me miró brevemente e hizo un mohín— ¿Por qué lo quitaste?

Pateé el gorro sobre el piso.

—Es horrible.

Te veías encantadora, ahora mismo estoy muy arrepentido de no haberte tomado una foto. Sería mi nuevo fondo de pantalla favorito.

Me deje caer en la cama.

—Deja de ser un cretino.

Bella. —paro un momento en lo que sea que estaba haciendo y me miró— Estarías hermosa hasta con una bolsa de basura.

—Espera a que me veas recién levantada. —amenace.

Sonrió de lado con es bonita boca suya.

Ya lo hice, ¿lo olvidas?

Me gire sobre la cama boca abajo y levante las piernas. La toalla se abrió y dejo ver hasta el borde de mis senos. No me esforcé por ocultar la piel extra y seguí hablando.

—Te fuiste —lo acuse— antes de que despertara.

Lo vi ponerse un casco amarillo. Miré más de cerca y decidí ser yo quien le sacara una captura a la pantalla de mi celular. Se veía tan sexy y guapo.

¿Por eso estas de mal humor? —pregunto, moviendo algo que sonó como plástico— Uno pensaría que te podrías feliz porque llamé.

—Estoy feliz. —sonreí de manera exagerada— ¿Lo estás mirando?

Sus ojos conectaron con todo, menos con mis ojos. El vientre bajo me hormigueo y se me supo pesado. Estaba segura de que esos fueron mis ovarios, suplicando por él.

Lo siento, nena. —acaricio el borde de sus labios con el pulgar— Todo lo que puedo mirar son tus fantásticas tetas.

Me hice un poco tonta. Me encantaba haberlo pescado con mi pequeño truco. Me gusta saber que la inminente atracción que sentir por él iba de ambos lados.

—¿Hablas de mis nenas? —las señale.

Gimió.

Desearía, de verdad desearía tener una conversación sobre tus tetas y otras tantas partes de tu cuerpo, pero tengo algo aquí. Quiero que me acompañes esta tarde, es importante.

Acerque el celular más a mi rostro.

—¿Dónde estás?

Cerró los ojos en una línea fina, pero sus ojos brillaron traviesos.

No puedo decirte.

—¿Hasta esta tarde? —indague.

Hasta esta tarde, te enviare un mensaje contándote más. —alguien le dijo algo que no entendí muy bien— Te quiero, nena.

La llamada se cortó y yo me quede quieta, sin saber muy bien que hacer. Trague saliva y los ojos se me llamaron de lágrimas. Él dijo: Te quiero. Me reí llorosa por lo tonta que estaba siendo. Revise el calendario de mi celular y me di cuenta que pronto me llegaría mi periodo. En dos semanas, pero las hormonas ya las tendría revolucionadas con la ovulación. Agradecí a la naturaleza que no fuera por los días de la boda.

Revisando, me quede duvitada al darme cuenta que faltaban tres días. Tres días para la boda.

Sentí el corazón a toda velocidad dentro de mi pecho.

Isabella Cullen.

-—¿Bella? —mi madre toco a mi puerta de nuevo— Date prisa, cariño.

Me levante de un salto.

—¡Voy! Lo siento, me entretuve hablando con Edward.

Por el ruido del piso, dio un brinco.

—Ustedes dos son tan adorables, me recuerdan a tu padre y yo cuando jóvenes. Tu padre no siempre ha sido el hombre duro que es ahora mismo, era tan galante y adorable que no llevábamos una semana de conocernos cuando tuvimos sex…

—¡Mamá! —grite, tapándome los oídos.

No quería esas imágenes mentales en la cabeza. Prefería sacarme el cerebro y lavarlo con legía. Estaba segura que mis padres seguían manteniendo una vida muy actividad en el dormitorio, pero definitivamente no era de mi incumbencia.

—No seas mojigata, Bella. ¿Edward y tú no tienen sexo? Oh, se están esperando al matrimonio. Espero que no sea así, porque una chica tiene que saber cómo le gusta que su hombre la complazca. —aconsejo.

Pensar en Edward y yo teniendo sexo me hacía querer ronronear.

—Edward y yo lo llevamos bastante bien. —exclame.

—Perfecto, no se olviden de usar condón, aunque no estaría mal tener un nieto. Ya tengo tres, pero mi sensible corazón quiere al menos una decena.

—¡Mamá!

Se rio y con una carcajada breve más, se alejó.

Camine hacia el baño de una vez por todas, con imágenes mentales de pequeños Edwards o Bellas de pelo cobrizo o chocolate, pero definitivamente con ojos verdes. Bonitos ojos verdes.

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Espere afuera de casa. Mi madre se había ido a cuidar a los hijos de Alice y Jasper porque ellos tenían una junta importante.

Me había decidido por vestirme de manera simple y relajada. Anoche, los pies me habían quedado destruidos por los tacones. Y el vestido, dejo marcas rojas en mi pecho y cintura.

Abroche la simple chaqueta café larga por la que me decidí, debajo de ella llevaba unos jens térmicos y una blusa de manga larga azul. El gorro de felpa en mi cabeza era de color azul con una pompa blanca.

El ruido de las llantas sobre la nieve me hizo levantar la vista.

Metí las manos enguantadas en los bolsillos de mi chaqueta y me puse de pie.

La camioneta de Edward apareció por el camino de entrada. El resplandor del rojo de su camioneta con la nieve era alucinante.

Me saludo desde adentro y estaciono. Bajo de un salto del asiento del piloto y camino hacia mí trotando.

—Hola, dulce. —apenas me di tiempo de responder cuando me jalo hacia sus brazos— Esta bajando la temperatura, entra al auto antes de que te enfermes.

Me regalo un pequeño besó en los labios y me guio hasta el asiento del copiloto. Me ayudo a subir con sus manos en mi cintura, levantándome en vilo, abrocho mi cinturón y cerró la puerta.

En la parte de atrás de la camioneta, se encontraba una canasta de picnic y una manta.

Entro al auto y cerró la puerta. Se giró hacia el asiento de atrás y tomó la manta. El cabello lo llevaba lleno de copitos de nieve, así que me estire y los sacudí fuera de su cabeza.

—Gracias. —tendió la manta sobre mis piernas— Para ti, no quiero que te vayas a resfriar.

Quite mis guantes y metí las manos en mi regazo para ganar un poco de calor en mis dedos congelados.

—Gracias. —hice una seña con mi barbilla al asiento de atrás— ¿Planeas un picnic en la nieve?

—No exactamente.

La curiosidad me pico.

—¿Cómo así?

—Te lo dije, es una sorpresa.

—Eso dijiste en la mañana. —me queje.

Se rio y echo la cabeza para atrás.

—Déjame adivinar, no te gustan las sorpresas. —dijo.

Me recosté en el asiento y lo miré.

—Adivinaste, sabelotodo.

—Touché.

Arrancamos, saliendo de mi calle. Pasamos por el centro del pueblo y por el camino de entrada hacia la carretera.

"Jingle Bells" sonaba en la radio y con la calefacción encendida, la camioneta se había convertido en un pequeño espacio cómodo y reconfortante.

Me estire y subí el volumen.

Jingle bells, jingle bells. Jingle all the way. Oh what fun it is to ride. In a one-horse open sleigh. —comencé a tararear.

Moví la cabeza de lado a lado.

Dashing through the snow. In a one-horse open sleigh. Through the fields we go. Laughing all the way. Bells on bob-tail ring. Making spirits bright. What fun it is to ride and sing. A sleighing song tonight. —continuo él.

—Me encana esta canción. —dije, con las mejillas a punto de rompérseme por la gran sonrisa en mis labios.

Estuvo de acuerdo con la cabeza, sin dejar de mirar a la carretera.

—Tengo un par de cuerdos de Nessie cantándola en navidad. No pasamos muchas navidades felices, pero me gusta atesorar los recuerdos de la dulce niña que fue cuando niños.

Subí las piernas en el asiento y me recargue en el costado de mi asiento.

—¿Cómo es ella?

Sonrió de lado.

—Debe llevar el pelo largo por la cintura del mismo color que el mio. Los ojos azules, lo más azules que nunca he conocido en otra persona, como los de Anthony. Le gusta usar ropa holgada, nada de ropa apretada o presuntuosa y era extremadamente tímida, casi retraída. Tiene… este horrible vicio que consiguió cuando adolescentes, no puede dormirse sin fumar un pitillo. Es amante de la lectura y tiene una voz extraordinaria. De estar aquí, probablemente estaría en el negocio de la música.

Estire mi mano y acaricie su brazo, delineando con la punta de mis dedos los diseños de sus tatuajes que se alcanzaban a ver libres.

—Tienes recuerdos muy bonitos de ella.

Atrapo mi mano con la suya y me besó la palma de la mano.

—Trato de mantener su recuerdo limpio tanto para mí como para Anthony. Con él es un poco difícil, puesto que resiente su abandono, pero es algo que tiene que trabajar por él mismo.

Dejo ir mi mano. El camino se volvió de tierra y giro sobre una cuerva entre los árboles.

—¿Es aquí cuando me secuestras?

Siguió por el camino.

—No me des ideas.

Estaciono frente a una casa. De dos pisos y hecha de piedra pura con granito. Se hacía un camino de empedrado hasta la entrada, donde se abría puerta de doble puerta, el porche de la puerta tenía un techado y se sostenía de dos grandes vigas

—Es…. hermosa. —le dije, con un temblor en la voz que no quería que notase.

—Quiero que la veas por dentro.

Salió del auto. No espere a que viniera por mí, así que abrí la puerta por mí misma y salí.

—¿Qué es exactamente aquí? —pregunte.

Me espero al frente de la camioneta. Me tendió una mano y espero a por mí. Acepte su invitación y entrelazo nuestros dedos.

Me hizo caminar por enfrente de él. Entre más me acercaba, más bonita se veía la casa en medio del bosque.

—Ya lo veras.

Saco unas llaves de su bolsillo y procedió a abrir la puerta. La cerradura hizo un suave clic y lo siguiente que supe es que me estaba haciendo entrar a una sala de estar.

No había muebles, pero era amplia y de espacios abiertos. Había grandes ventanales y más allá, la entrada a una cocina.

Edward me libero y me dejo ir por mí misma.

Con curiosidad, seguí investigando. Entre a lo que sería la cocina, donde una encimera cruzaba casi por completo, la cocina era de acero inoxidable con grandes alacenas y todo lo necesario para tener una cocina en grande.

La cocina tenía una puerta trasera que daba a un pequeño jardín en ala parte de atrás de la casa, donde se habría una alberca techada y por un lado, un jacuzzi.

Deje la puerta abierta y regrese sobre mis pasos. Edward se encontraba sobre el tercer escalón de las escaleras.

—Hay más en el piso de arriba.

Pase a su lado, sinceramente emocionada. Las escaleras se doblaban a la mitad y saben a un segundo piso. En medio de las habitaciones, había una sala de estar abierta, donde imagine un sillón en L y una gran pantalla plana donde una familia completa podría echarse a ver películas.

—Una habitación. —me señalo.

Eche un vistazo y asome la cabeza. Era amplia y tenía un medio baño con regadera.

Luego otra, otra y otra. Hacia el final de pasillo, había una puerta más, Edward me guiño un ojo.

—La habitación principal.

Entre, en ella había una chimenea grande y espaciosa para largas noches frente a ella. No había cama, pero si un sofá de terciopelo verde grande y de tres plazas. De lado derecho se abría un gran armario para compartir, porque nadie tendría tanta ropa para llenarlo. Excepto Alice. Si seguías por delante, estaba el área del baño con dos tocadores y una bañera.

Di una vuelta completa en la habitación.

Edward se colocó frente a mí y me atrajo desde la cintura. Besó mi nariz y acaricio con sus pulgares mis mejillas.

Corresponde a su beso, todavía estupefacta.

—¿Esta casa es…? —pregunte, tenía una leve sospecha, pero no quería hacerme ilusiones.

Me dio esa sonrisa torcida que me derretía el corazón.

—Es nuestra…

—¿Y el picnic es aquí?

Pego sus labios a la piel sensible de mis mejillas.

—Frente a la chimenea. Pensé que te gustaría pasar la tarde conmigo y comer un poco.

Me colgué de su cuello para abrazarle.

—¡Dios! Eres el mejor.

—Eso pensé. —levanto mis muslos e hizo que envolviera mis piernas en su cadera.

—Bésame.

Me coloco en uno de los tocadores y me aferre a sus hombros.

Acerco sus labios a los míos lentamente, como si quisiera que fuera yo la que hiciera el primer movimiento. Así lo hice. Jale su chaqueta y lo besé. Emocionada y extasiada, por todos esos detalles que me daba sin motivo alguno, pero que me hacían creer que esto realmente funcionaria.

Sus labios lucharon con los míos, a la par. Su aliento se colaba por mi boca y su respiración trabajosa acariciaba mis mejillas. Una de sus manos me tenía tomada por la nuca, apretando ligeramente, exigiendo que me entregara por completo.

—Trae ese picnic aquí, antes de que me adelante a la noche de bodas y la comida se quede para otro día.

Se rio entre dientes y se alejó.

—Sí, señora.

Apoye mis manos en el borde del tocador hecho de granito y sin poder evitarlo, comencé a reírme. Esperaba que Jacob y Leah la estuvieran pasando de puta madre, porque yo estaba a punto de casarme con el mejor hombre del mundo.

Quien sabe, tal vez les mandaría una de esas bonitas canastas que mi madre hacía, solo para agradecerles.

Porque joder, les debía un maldito monumento. Con Edward… me había ganado el cielo sin saberlo. Y no se trataba de nada material, sino del amor que poco a poco estaba floreciendo en mi corazón. Lo amaba y estaba segura que si me presionaba lo suficiente, lo terminaría soltando sin poder contenerme.


¡Hola, hermosas! Lunes de capitulito y aquí estamos de nuevo. Apostaba a que Edward se quedaría con Bella hasta la mañana pero no fue así, de todos modos, supongo que se fue desde temprano para tener su sorpresa lista. ¡Una casa para comenzar su familia! Y Bella no puede creer que este hombre que acaba de conocer haga tanto por ella, ¿pero será realmente así? Cada vez nos acercamos más hacia el final y no puedo evitar sentirme algo nostálgica. Empecé esta historia a principios de noviembre y aquí estamos, a punto de terminarla con cinco capítulos más y dos Outtakes. Sin más que decir, nos vemos en el siguiente capítulo el miércoles. ¡Besos a la distancia!

Las leo en sus reviews siempre (me encanta leerlas) y no lo olviden: #DejarUnReviewNoCuestaNada.

Ariam. R.


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