[Darlene Love - Christmas (Baby Please Come Home)]
Diciembre 2007, Ciudad Mapache.
La época de fiestas ha llegado a la ciudad y ya se va sintiendo el ambiente navideño. Debe ser el frío que va en aumento ya veces es acompañado por la caída espontánea de algunos copos de nieve extraviados. Los mapachenses no están acostumbrados a ver mucha nieve, ni siquiera en estas fechas y menos con este clima, pero algunos expertos se han atrevido a hacer interesantes pronósticos este año que han avivado las esperanzas infantiles.
En este mes las personas suelen ir más apuradas por la calle que de costumbre. Quieren terminar los pendientes del trabajo, comprar los regalos perfectos y llegar a casa a tiempo para estar con la familia, por lo que el estrés muestra cuotas extras, pero cuando en alguna esquina chocan entre sí y confunden los paquetes insultarse sino que se excusan con el espíritu navideño. Y eso que todavía falta dos semanas para nochebuena.
El pistoletazo de salida lo dan las campañas publicitarias, cada año más prematuras. Cuando las grandes empresas se tiñen de rojo y verde para emular la festividad, cada tienda de dulces, juguetería, minimarket, licorería y hasta los bares más mundanos, cambian su decoración con impresionante sincronía y dejan oír por sus puertas abiertas algún villancico campanario, del ayer u hoy. Entonces, los edificios públicos e incluso los parques adquieren nuevos arreglos y como una capa de mágico barniz. Y así, poco a poco, los contornos de las casas en cada barrio se salpican de luces de colores cándidas. Todo esto convierte la vieja costumbre de pasear por tu ciudad en una experiencia nueva y reconfortante.
También está ese aroma en el aire, aquel que comienza a dejarse escapar de cada hogar, cada cocina, cada horno, cada panadería, restaurante o supermercado. Es el olor al pastel de frutas, el ponche, el pavo horneado, el champan y toda clase de viandas hogareñas o procesadas. Y no podrían faltar los cascabeles, que tintinean sin descanso todo el tiempo como sonido de fondo, en reemplazo del cantar de las aves o el claxon de los autos.
Cuando uno siente todo eso solo entonces puede estar seguro que la navidad ha comenzado.
Sin embargo, al estar Raccoon bajo la amorosa sombra de Umbrella Corp, su navidad suele estar caracterizada por aquel resaltante margen de peculiaridad ya para todos normalizado. ¿Qué duda cabría de ello? El año pasado cambiaron su logo de rojo y plateado a un rojo-verde bastante empalagoso. Este año han optado por un diseño menos chillón, solo rodeando el octágono con un escueto collar de pino acompañado de finos copos dorados. Aquello ha otorgado un aire más fresco a la fiesta, algo más conservador e irónicamente visionario. El 2008, en sus propias palabras, se percibe como un gran año, de un estilo inigualable.
El tranvía se desplaza, silenciosamente, y Jill Valentine observa el Río Circular medio crecido, brioso y tentador. Luego dirige su mirada al mosaico irregular de comercios encantados, y reconoce la figura tendenciosa del momento. Ahora los niños adoran a , la adorable mascota que busca levantar los ánimos y recordar una época tan buena como un sueño febril. Ha hecho varias visitas ya al Orfanato Saint Mary, repartiendo regalos a los chicos que frotan sus chimuelas sonrisas contra su felpudo traje, pidiéndole solo una cosa. Esta navidad, cada niño quiere un Megaman bajo su árbol.
Jill cruza la calle. Un gran árbol de papel maché se alza desde el Parque Central, con luces abrazándolo en vueltas infinitas, regalos gigantes a sus pies, y toda clase de turistas recordando el momento con sus cámaras y celulares. Las tiendas han desempolvado sus cintas y muérdagos y sacado a pasear animales eléctricos como renos u oseznos a dar la bienvenida con sus narices irradiantes.
—¿Dónde están los elfos? —Sale el señor Rothstein, con un saco de rojo intenso y solapas verdes esperanzadas, fumando un puro y chasqueándole los dedos a un muchacho con una falda de cascabeles.
—Están allí atrás, señor.
—¿Y qué hacen allí atrás? Tráelos aquí adelante, diablos, a los niños les encantan, con razón están comprando menos. Préndete, muchacho, préndete.
Las casas del barrio pudiente han exportado unas decoraciones minimalistas en ocre y púrpura que los barrios obreros no pretenden imitar. Una vez a la semana se encaminan a una peregrinación masiva. Familias enteras de muchos colores se amalgaman al recorrer tiendas para encontrar lo que no han estado buscando. Papá, mamá, hijo e hija, un modelo habitual pero cada vez más extraño de encontrar, se pasean los unos a los otros para degustar los placeres sensitivos de las fiestas, deleitarse con los olores del papel plastificado y verse reflejados en la brillante bisutería. Todo parte de una serie de rituales encandiladores, y todavía sigue siendo una tradición llevar a los niños a sentarse en las rodillas del Santa de turno en el Centro Comercial de Raccoon.
Los niños no lo saben, pero el que te levante una encantadora muchachita que no pasa las dos décadas, de cabello rojizo más encima, la punta de la nariz como una delicada escultura de hielo, y con unos encajes navideños reveladores para el deleite de los padres, es un privilegio que se va extinguiendo con cada estiramiento anual.
—A ver, niñito, ¿qué quieres que te regale Santa para Navidad? —se menea en sus rellenas formas un joven que fuerza una voz que envejeció con la dulzura como marca. La criatura que sostiene, no más grande que un elfo, frunce el ceño.
—Soy niña, bobo —contestó la pequeña clavándole una mirada dura y oscura bajo esas pobladas cejas arqueadas—, y quiero un camión de bomberos.
—Jo-Jo, ese no es juguete para niñas, ¿no preferirías una casita de muñecas?
—Agrega una grúa de demolición y es trato hecho, gordo.
Y se dieron la mano, cerrando el negocio. Aún queda buena parte de la jornada.
Para Chris Redfield no hay tanto ritual. Apenas está acabando el primer cigarrillo, aunque Marvin ya se comió como 3 donas. Está atento, con la mirada pegada en una casa modesta con una decoración poco esmerada. Del interior llegan los rumores de una intensa batalla.
—Joder, ¿qué mierda es esto? Trabajo todo el puto día y todo lo que pido es una comida decente y me traes este montón de basura, ¿Qué pasa contigo? ¡No me lo quites, ¿qué no ves que me lo estoy comiendo?! Demonios, eres una maldita inútil, ¿y por qué has decorado tan feo? Carajo, debería irme con mi mamá, ella sí decora bonito...
Chris se apresura a terminar su cigarrillo. Un grupo de vecinos que van de calle en calle cantando villancicos se acercan alegremente a la casa frente a la que espera el agente Redfield. El quiebre de varios platos es la señal que necesita Chris, que se baja y se encamina con fuertes pasos mientras Marvin toma la radio y llama a Central. Chris sube por el pórtico y golpea en la puerta con tres golpes secos. Su llamada silenció la unilateral gresca interna. Las luces se apagaron. Siguió a ello la estrepitosa caída de los platos y un inventivo improperio. Chris no esperó más y abrió de una patada. Los felices vecinos cantores que detienen en seco en mitad de la acera, inmóviles ante la escena que se produce ante ellos.
[Brenda Lee – Rockin Around The Christmas Tree]
—¿Qué carajos haces en mi sala?
—¿Cuál tu sala, eh, cuál tu sala?
—¡¿Qué es lo quiere aquí?! —Gritó la mujer, quebrada—, ¡No tiene derecho!
Tras un encontronazo, la caída de los cuadros en la pared y el sonido de algunos platos y adornos rotos, Chris sacó a rastras al hombre hasta el pórtico, rodando por las escaleras donde lo pateó un poco. Se aferró a la baranda, donde el agente Redfield lo esposó con facilidad y lo siguió castigando, ante la atónita mirada de los cantantes ambulantes.
—¡Ya déjelo en paz! ¡Me lo va a matar y solo tengo uno! —gritó la mujer, descamisada desde la puerta. La tenue luz de la puerta cortaba su rostro marcado.
Chris se despidió con unos golpes más, bien dados y le habló a la mujer antes de regresar al auto.
—Espere adentro, señora. Una patrulla llegará pronto. —decía mientras mostraba su placa a los vecinos, quienes prefirieron alejarse de la escena.
Chris se retira, campante. Marvin lo mira como un juez, antes de meterse también a la patrulla.
—Eres increíble, Redfield —dijo, pero no como halago.
—Disculpa, pero es que no los soporto.
—Ya, claro —Marvin ya conduce—, aún no has dado tu parte para los tragos.
—Cuando lleguemos, Marv. Cuando lleguemos.
Las calles adquieren una iluminación curiosamente cándida en esos días de tarifas altas y multas condonadas. Los tenderos abren hasta tarde y los coros se reúnen en los parques a ambientar las situaciones, donde los desplazados pueden deleitarse con el chorro digno de sus voces. Las multitudes, rondando alrededor del gran árbol del Raccoon Mall se deslizan de una tienda a otra, donde chicos de caras pintadas y adoloridas por una eterna sonrisa dan una efusiva bienvenida.
—Bien, que venga el siguiente niño. Vamos, vamos, que Santa no tiene todo el día. —exclamaba Santa jocosamente.
La señora Burton, Linda, era la siguiente en la fila, acompañando a su pequeña hija, Polly, quien vestía un abrigo, guantes y botas rojas, pantalones negros y un gorro de lana blanca. Pero lo que le resultó singular a Santa fue que esa niña ocultaba su rostro tras una máscara de plástico de Papa Noel, es decir, él mismo. Linda animó a su hija a dar los pasos finales y la chica vestida de elfa la tomó del cuerpo para colocarla en las piernas del gordo hombre de rojo y barba blanca.
—¿Y bien, niña? ¿Qué quieres esta Navidad? —no obtuvo respuesta. La niña lo observaba a través de esos pequeños agujeros en la máscara y luego miraba a su madre, quien asentía dándole confianza. Santa acercó su oreja a la boca de la jovencita y trató de escuchar su deseo. —Uhmm, ya veo. Bien, Santa hará su trabajo.
Las elfas compartieron su extrañeza con sus miradas cruzadas. Entonces el alto silbato del poste rayado sonó.
—Oh, bien, parece que eso ha sido todo por hoy —Bajó a Polly de sus piernas y se la devolvió a su madre—. ¡Feliz Navidad! Jojojo. —les decía entre risas mientras madre e hija se alejaban.
Santa se puso de pie con un tronido de sus huesos no natural, mientras que la elfa asiática con traje verde (a la que le decían Yuki pero que en realidad se llamaba Yoko) clausuraba el pase con una cinta roja y otra, de busto más elevado, y al son de un aplauso, declaraba que era todo por ahora. Ya el público se dispersaba, niños en brazos se despedían de un Santa que se preocupaba más en recoger su bolsa e ir hacia la oficina a cobrar su cheque diario.
—… ¿Qué es esta mierda? —suelta Santa al leer los dígitos en su cheque.
—Se llama remuneración salarial, cretino, y se le da al trabajador cuando termina su trabajo.
—No me jodas. Trabajé todo el día con esos mocosos ¿y me das este cheque de 10 pesos? ¿Qué crees que soy, un puto mexicano? Me limpio el culo con este cheque.
—Bueno, entonces devuélvemelo...
—Vete a la mierda, es mi cheque —y se lo guardó en el cinturón de plástico encuerado mientras salía. Recorrió las tiendas para echarle un vistazo a las bicicletas. Llegó al estacionamiento trasero y fumó su cigarrillo, viendo los camiones retirarse. Un niño se le acercó, con una carta en las manos que quiso entregar con una sonrisa encantadora e inocente—. El show acabó, mocoso. Lárgate de aquí.
El niño se fue corriendo.
—Sí, sí, busca a Larry, él empieza a las 8.
El sol era un disco incandescente que se ocultaba lento en las montañas Arklay, bajo unas nubes densas y algo oscurecidas que la luz disipaba, tras escuálidas torres eléctricas que entrelazaban sus cables invisibles, y bajo ellos, los árboles acercaban sus ramas como si acercaran sus manos una serie de hombres petrificados intentando huir de la soledad.
Tiró la colilla y volvió para adentro, cuando salía la elfa principal, ya cambiada.
—Adiós, Harry.
—Adiós, Beck.
Una vez superados los trasteros, y sobre el reluciente piso de marca, revisó su reloj una última vez. Era la hora y el tipo estaba en el lugar acordado. Lo vio sin mirarlo, y empezó a cruzar el hall. Apenas si rozaron un hombro, pero el paquete fue depositado en el saco de Santa. Atravesó el departamento de tiendas de moda y tras cruzar un húmedo y largo pasillo, llegó hasta el almacén. Al abrir la pesada puerta metálica, los Santas congregados alrededor de una mesa jugando un conmovedor póker apenas si reaccionaron.
—¿Listo, muchachos?
Marvin subía unas cajas de botellas a la patrulla, mientras Chris se entretenía conversando con Cindy la camarera.
—¿Sabes lo que dicen de las lindas camareras? Que siempre saben más de lo que deberían, tal vez debería llevarte a interrogar, no sé, tal vez estés en peligro, ¿no crees? Podría darte protección —Chris interpretaba bien el papel de chulo.
—¿Cómo está Barry? —preguntó ella, que salía de una risa informal.
—Eh, como siempre. No para de hablar de su familia. Estas fechas lo ponen sentimental, creo —intentaba contestar, con mucha idea realmente.
—Es un buen hombre.
—...Lo es.
—Redfield, ¿me echas una mano? —llama Marvin desde la puerta.
—Sí, claro, claro —asiente Chris—, bueno... Creo que ya nos veremos.
—Como usted diga, agente —sonríe Cindy antes de volver a atender labores de bar, donde es muy solicitada en las mesas.
Chris iba a recoger la última caja cuando Marvin le llamó la atención.
—Hey... ¿Esa no es Valentine?
Chris se giró para reconocerla frente a una boutique. Era ella, aunque se veía diferente con esa ropa, ante esa luz comercial, como poco inspirada. Chris se acercó, como por automático.
—Eh, Jill.
Jill se giró. Lo vio venir. Sonrió amigablemente, con lo que Chris se llenó de confianzas y alzó la mano y puso una cara todavía más vistosa.
—¿Qué haciendo por aquí, eh, Valentine?
—¿Quién eres? —Chris casi resbaló. Habían secado mal la acera, parece ser—Disculpa, Chris. No te reconocí a lo lejos.
—No estaba tan lejos —susurró él, recomponiéndose—, ¿Vas a la RPD?
—¿Me llevan?
Los tres se montaron, y aunque Chris y Marvin bromeaban mucho y Marvin y Jill tenían una amistad cómoda, entre Jill y Chris no hubo mayor interacción que la indirecta, la desfasada o la despintada. Llevaban cervezas, pero también mucho ron y varios tipos de whisky, y en el viaje de vuelta tintineaban dulcemente.
En las grandes pantallas de las tiendas y en Central Square, Bob Bardas detallaba los recientes casos de hogares asaltados por Santas que habían cambiado la clásica chimenea por una ruda palanca y que en lugar de dejar regalos llenaban sus bolsas con estos. El reportaje concluía con una irónica frase sobre el aguinaldo, o algo así.
—Voy por 2.
Santa llevaba perdiendo tres juegos seguidos, pero se había propuesto recuperarlo todo, incluido el anillo de su mujer, duplicando la apuesta con una mano considerable.
—Pues qué mierda —exhaló el Santa contrario una gran bocanada, y a punto de mostrar sus cartas esbozó una sonrisa dorada cuyo destello se confundió con un gran estruendo de fierros y humos que dio paso a una invasiva luz.
—¡No se muevan, malditos desgraciados!
Por inercia los Santas saltaron, tiraron la mesa, confundiendo las apuestas y los tragos, y se arrojaron por los rincones. Las figuras recortadas por el humo y la luz ingresaron, rígidas y gritonas, sosteniendo grandes armas. El portón metálico se corrió apenas lo necesario. Una sirena chillaba a lo lejos, alguien hablaba por un altavoz.
—Deténganse inmediatamente, hijos de perra.
La mayoría quedó reducida a su suelo húmedo y cochino. Los pocos alcanzaron el estacionamiento, donde los recibieron las luces policiales.
—¡Llegó su trineo, perras! —exclamó Kenneth Sullivan desde el interior de la bestia mecanizada. Los miembros de campo de Bravo irrumpieron y saltaron sobre los pobres Santas que no pudieron reaccionar.
El Capitán de Bravo Enrico Marini se paseó por el campo de Santas reducidos. Los agentes reunían el material incautado en sacos grandes, rasgaban los envueltos y desmontaban las piezas en busca de pruebas hasta quedarse sin ojos.
—Positivo, Capitán —le mostraron el plástico barato y el sello casi derretido.
—Vaya —se entusiasmó—, perdieron idiotas. Vender basura china, ¿no tienen vergüenza? ¿No tienen honor, eh, estúpidos?
—¡Lo único que hacemos es intentar llevar comida a nuestras mesas, malditos, pero cerdos como ustedes que defienden a su papi Luthor nunca lo entenderían!
—¿Qué dijiste, basura? —Marini lo tomó de las solapas—, ¡Kenneth, una bolsa! —el morenazo se apresuró a cubrir la cabeza del Santa con una bolsa negra. El Santa pataleó y gritó, pero lo subieron al camión—, ¡Me encierran a esa basura!
—Así que era verdad —comentó un Santa con el rostro pegado al cemento—, que los STARS son todos unos maricas que se esconden tras sus armas y sus placas. —Una bota presionó su guante blanco—, ¡Mi mano, maldito!
—Ya no tienes ganas de dar tu opinión, ¿verdad? —era Kevin Dooley, conocido hijoeputa.
—No seas brusco, Dooley —ordenó el Capitán Marini—, después están jodiendo.
—Este tipo insultó a los STARS, Capitán. Nos llamó maricas.
—¿Eso hizo? —se indignó—, trae a ese malnacido.
David lo levantó del saco rojo y lo empujó contra la verja, donde los alcanzó el Capitán para encajarle un derechazo de los conservadores. Algún Santa reaccionó, pero fue rápidamente nulificado.
No había sido un día precisamente tranquilo en la RPD. Los novatos y los de limpieza debieron correr para terminar las decoraciones, colgaron luces y más de uno se jugó la espina para encajar el último copo de los candelabros. Chris y Marvin entraron cargando dos cajas de licores, como viejos obreros, para ser recibidos por un ensordecedor concierto de aplausos de sus colegas.
—Malditos ebrios —blofeó Chris, mientras los muchachos subían las botellas. Algunos llevaban bebiendo en el salón de conferencias desde las 4.
—Los atraparon —llegó Rita, emocionada—, los están trayendo.
Ni ellos ni los demás pudieron contener las ganas de disfrutar la surreal escena de los Santas bien esposados desfilando por el pasillo de los reos, formados en la pizarra de alturas. Kenneth llegó con cajas de confiscaciones.
—¿Qué pasó, fueron de compras?
Apareció Barry comiéndose un sanguchito. Jill se limitó a robárselo, para decir, con la mejilla hinchada como una ardilla: Vamos a joder la puta Navidad.
Ya algunos grababan la jocosa situación, haciendo comentarios y chistes malos como Santa se ha portado muy mal este año y Miren qué dejaron bajo el árbol, y otros se tomaban selfies con ellos, sabiendo que no se podían negar. Tras la ficha de registro, fotografiarlos y sacar sus huellas, los bajaron a las carceletas, donde el resto de los presos los saludaban y silbaban y reclamaban regalos nunca entregados.
—Hey, Santa, ¿dónde está mi bicicleta? Te la llevo pidiendo 26 años, viejo…
—Sí sabes que no soy Santa, ¿verdad? —se detuvo uno de ellos.
—¡Púdrete, quiero mi bicicleta, quiero Mi Bicicleta! —y lo atrapó del cuello a través de las rejas, y el oficial Ryman se apresuró en encajar golpes con la punta de la cachiporra, dándole una en el ojo al tipo y otra justo encima de los dientes.
—¡Hey, sepárense, malditos hijos de perra!
Esto solo avivó las contenidas llamas del chanchullo, las patadas se dieron desde el resguardo de las celdas, cargadas de rencores navideños, y los Santas respondieron con las enormes botas, escupiendo e insultando como en las peores noches del Polo Norte, y con los policías en medio solo era cuestión de tiempo para que golpearan a uno y reaccionara mal, y como nunca falla, Ryman fue el escogido para repartir golpe.
—¡Joder! —Chris se arrojó para sacar a Ryman, pero alguien le golpeó desde un ángulo ciego, y eso solo lo hizo estallar—. ¡Hijo de perra! —y el desastre fue general.
Los empujones y tires fueron suficiente para que los picados saltaran como canguros a la gresca, con todo el poder de su borracha autoridad.
Fueron a pegar, sin más, sin censura.
—Esto se va a ver mal —asiente el oficial Marvin.
Un Santa se deslizaba por las rejas. El traje rojo camuflaba el líquido vital que se le escurría por entre unas costillas. Y por esas cosas de la vida, en la estación se encontraba un periodista que terminaba de cumplir un día de detención por invasión a la propiedad privada, falta que había cometido para hacerse con unas fotos bochornosas de un par de famosos. Precisamente le acababan de devolver sus cosas, entre ellas su cámara fotográfica, cuando la batalla contra los Santas comenzó. La tomó rápidamente y corrió hacia las escaleras de las celdas subterráneas, levantó su instrumento de trabajo esperando capturar el momento perfecto. Flashes empezaron a ir y venir.
ESTRELLAS DE NAVIDAD
Aquello rezaba el encabezado. Una única fotografía devoraba la plana. En ella, los policías, ejerciendo una oscura y poderosa autoridad, daban rienda suelta a su dominio golpeando un mar de Santas rodeados por los reclamos de los presos. La fotografía estaba acreditada a Ben Bertolucci.
