La princesa de Hyrule

Sé que había algo muy importante entre Urbosa y mamá.

Papá nunca lo admitió, mamá ya no está aquí para contármelo y Urbosa evita hablarme de ella. Sé que aún le duele demasiado, no es fácil perder a quien se ama. Estoy segura de que ellas se amaban, pero no pudo ser. Y también estaba papá… hay tantas cosas de ellos que ignoro…

Sería genial que Urbosa decidiese contarme más cosas de mamá, a veces le pregunto y se hace la escurridiza. No quiero que me hable de su historia si no quiere, no soy tan impertinente como para meter la nariz ahí. Entiendo que era algo demasiado grande e importante, y también que los adultos se dedican a negar y esconder esas cosas de un modo ridículo, como si los demás no tuviésemos ojos en la cara. Yo sólo quiero saber cosas de mi madre. Cada vez la recuerdo menos y tan sólo quiero saber más, cuando la perdimos aún era una niña y quiero poder recordarla con más fuerza, aunque sea a través de los recuerdos de otra persona.

Desde que llegué a la Meseta, Urbosa viene de visita de manera regular. A veces viene por obligación, pero sé que otras veces sólo viene para asegurarse de que estoy bien. La quiero igual que si fuera otra madre, ojalá algún día se diese cuenta de que este no es mi lugar. Con las noticias extrañas que habían llegado desde el corazón de Hyrule tenía una oportunidad de oro para convencerla de que me llevase con ella y su ejército de amazonas al desierto, o a cualquier misión en la que estuviera metida.

No podía esperar al día siguiente para intentar encontrarme con ella, así que esa misma noche me escabullí cuando apagaron las luces del barracón. Las demás estaban dormidas, o lo aparentaban. Imaginaba que Huna y Penta estarían temblando de miedo en sus camas por si había algún gusano debajo, era suficiente con oír el ulular de un búho como para despertar a todas las demás muertas de terror.

Tras la cena los sacerdotes marcharon a reunirse, menos Pintus, que quedó de guardia nocturno. Quebrantar la vigilancia de Pintus resultó tan fácil como saltar por la ventana.

Lo malo era esquivar a la guardia gerudo, solían acampar en el borde del Bosque del Arce, a las afueras del templo. Allí podían encender sus hogueras y probar esa bebida negra que Urbosa me tenía prohibida. Poder burlar su seguridad era otro modo de demostrar que estaba preparada para unirme a ellas, así que salí con una capa y capucha oscuras, para poder camuflarme mejor en las sombras. Por supuesto era una prenda prohibida, que ocultaba en mi guarida secreta junto al proyecto de planeador. A las Hijas de Hylia se nos prohíbe vestir de ningún color que no sea el blanco, y sólo disponemos de dos túnicas: una para ocasiones especiales y la otra que… bueno. Digamos que la mía ya no es blanca y la he tenido que remendar tantas veces que parece como si fuera a desintegrarse en cualquier momento.

Logré evitar el ojo de Sadine, la mano derecha de Urbosa. Por sus carcajadas seguro que había bebido más de dos vasos de bebida negra. Las demás estaban distraídas bromeando en círculos alrededor de sus hogueras, o jugando a los dados. Si quisiera habría podido atacar a Urbosa por la espalda, sin duda necesita mejor vigilancia.

—Parece que se ha escapado un pajarito de su jaula.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? He hecho menos ruido que un gato…

—Me han avisado la guardianas.

—¿Qué?

Maldición, entre la sombras, escondidas tras unos árboles del bosque vi brillar las lanzas de otras dos mujeres que no sabía ni que estaban ahí. Tendría que seguir mejorando.

—No lo entiendo… había cubierto todos los flancos —dije, aún registrando en mi cabeza por qué diablos no se me había ocurrido que habría alguien en el bosque.

—Chicas, podéis ir con la demás, yo me quedo con el pajarito —rio Urbosa, haciendo un gesto con la cabeza a sus guardias. Ellas se alejaron con una sonrisa burlona —A ver, deja que te vea…

—No, no hace falta. —dije, sintiendo calor en la mejillas. Ya no era una niña y me fastidiaba que ella me siguiera tratando como tal.

—Oh, sí. Hace al menos tres meses que no pasaba por aquí. Necesito ver cuánto has crecido.

Dio un par de vueltas humillantes a mi alrededor, con esa especie de sonrisa burlona en la cara. También examinó mi capa de camuflaje y contuvo una carcajada.

—Se te da bien la costura —bromeó.

—La he hecho yo misma. Con trapos viejos que no querían los sacerdotes —dije, estirándome tanto como podía para parecer más alta. Por mucho que me estirase, jamás sería tan alta como Urbosa.

—A ver, a ver, mmm —agarró mi muñeca para levantarme el brazo, y luego hizo lo mismo con el otro —muy flaca.

—¿Qué? ¡No es mi culpa! El idiota de Raris nos tiene a base de arroz desde hace dos semanas. Y sé que ellos se atiborran de pan y mermelada, es tan injusto…

—Con esos brazos tan flacos jamás podrás manejar bien un sable.

—Pero… puedo intentarlo, me esforzaré y la próxima vez podré manejar un sable con cada mano.

—No sé, no sé…

—Entrenaré día y noche, levantaré un sable tan grande como la Cimitarra de la Luna. —insistí. De repente, ella soltó una carcajada.

—Anda, ven aquí, pajarito.

Abracé a Urbosa un rato. Me sentía tan bien cuando lo hacía, era como estar en casa, como volver a ser pequeña y dormir en mi cama de siempre, la más cercana al pajar, junto a los gatitos que había parido mi gata Stalfina.

—No debes escaparte, ya lo sabes —me invitó a que me sentase junto a ella en el fuego.

—Ya no soy una cría, y es ridículo que nos tengan encerradas de esa manera.

—Comprendo que tu juventud es una dura prueba, Zelda, y que esa mente inquieta tuya grita por poder decidir por sí misma. Pero también es símbolo de madurez el saber acatar las normas de convivencia. Todas mis mujeres lo saben, por eso la tropa permanece unida.

Resoplé, sintiéndome un poco desanimada por la reprimenda. Sabía que escaparme era cosa de crías, pero yo también sabía ser disciplinada, supongo. Lo sería sin dudarlo si las normas tuvieran algún tipo de sentido.

—Vamos, no seas tan dura contigo misma —sonrió, echando su brazo por encima de mis hombros para acurrucarme junto a ella.

—No lo soy, estoy bien.

—Ni hablar, sé que estás dándole vueltas a esa cabecita.

—Puede que un poco —admití de mala gana. Ella volvió a soltar una carcajada.

—Te echaba de menos, pajarito.

—Y yo a ti. Cada vez vienes menos —dije, intentando deshacer el nudo de mi garganta.

—Sí, cierto. Muchos asuntos me han tenido ocupada últimamente.

—¿Qué asuntos?

—Ajá. Por eso te has escabullido esta noche para verme…

—No es eso… te echaba de menos. Bueno, puede que lo de los asuntos también me interese un poco.

—Curiosa como un cervatillo —carcajeó de nuevo —sabes que no puedo hablar del mundo exterior.

—Lo sé. Otra estúpida norma más para la colección —bufé —no puedo saber si nos van a atacar, si arde Mabe, ni cómo están papá y mis hermanos. Es absurdo.

—Es un método de protección, ya lo sabes. Es el precio que se paga por la seguridad de la Meseta.

—¿Saben ellos al menos cómo estoy yo?

—Lo mínimo indispensable.

—¿Y cómo están ellos?

—Zelda… —resopló, soltándome.

—Sólo quiero saber si bien o mal.

—Están bien, tranquila. Sabes que prometí cuidar de ellos, jamás les faltará de nada.

Suspiré y miré hacia las estrellas. No sé por qué al mirarlas me sentía cerca de mi familia, me gustaba creer que bajo el mismo cielo ellos estarían bien, felices. Papá tendría ya canas en su barba castaña, y puede que Toren se hubiera casado. A lo mejor tenía un bebé y yo era tía sin saberlo. Sid sería tan alto como Urbosa, ya era alto cuando tenía doce años y nos separamos.

—También te echan de menos —dijo Urbosa, tanteando mi silencio.

—Gracias por decírmelo.

—De nada —sonrió, y apartó un cabello que me caía sobre la frente. Consiguió que dejase de apretar el ceño un poco. —Deberías volver, puede que Pintus note que falta la Zelda número cuatro.

—Pintus no se daría cuenta de que me he escapado ni aunque hubiera salido cantando y danzando por la puerta —carcajeé.

—Sí, la seguridad del templo es preocupante —murmuró, con la mente claramente en otro sitio.

—Por eso nos van a poner más niñeras —dije. Era mi oportunidad de sacar algo de información.

—Por Naboris… no vas a parar hasta que no te diga algo.

—Es que necesito saberlo. Ya te lo he dicho, he crecido, puedo digerir cualquier verdad o amenaza. Sé que puede que no te lo parezca porque estás demasiado ocupada andando de un lado a otro con tus misiones, salvando el mundo. Pero si de verdad te preocupa algo mi seguridad, sabrás que estaré más segura si sé a qué atenerme.

Ella masticó durante unos segundos esta idea y después suspiró, agitando la cabeza.

—No debería decirte nada…

—Mantendré la boca cerrada, lo prometo.

—Diosas… —se lamentó —en fin. Creo que tienes razón.

—Por supuesto que la tengo.

Si pudiera danzaría alrededor del fuego para anotarme esa victoria, pero eso destrozaría la imagen de seria responsabilidad que intentaba mantener ante Urbosa.

—Alguien entró en el castillo de Hyrule, es cierto.

—¡Imposible!

—Correcto. Es prácticamente imposible atravesar el foso y las tres murallas, es imposible llegar hasta el palacio real y es imposible acceder al ala Noroeste, donde se hallan las cámaras de la familia real.

—A menos que el enemigo ya estuviera dentro… —deduje.

—Curiosa como un cervatillo y lista como un zorro —sonrió —así es.

—¿Quién?

—Aún no se sabe. Pero quienquiera que fuese abrió una grave brecha en la seguridad. Jamás nadie ha llegado tan lejos, ni siquiera durante un asedio enemigo. El castillo de Hyrule es un misterio en sí mismo. Ha sido derrumbado y reconstruido miles de veces, y sus cimientos ancestrales están plagados de oscuras catacumbas y pasillos secretos. Alguien conocedor de estos secretos trazó un camino para dar paso al enemigo. Un grupo de moblins de la montañas penetró en el castillo y tiró abajo la puerta de la cámara de la princesa de Hyrule.

—No tiene ningún sentido —reflexioné —¿moblins de las montañas? Las criaturas más descerebradas del mundo. ¿Por qué hacer algo tan difícil como entrar en esa cámara para llenarla con seres que se chocan con las paredes?

—Para enviar un mensaje —dijo Urbosa.

—Oh.

El enemigo había mandado un mensaje al rey en forma de amenaza, eso es. ¿Ves? Puedo llegar hasta aquí, puedo llegar hasta donde quiera. Puedo descargar una maza sobre tu cabeza mientras duermes.

—El rey se ha asustado y ahora teme por la vida de su hija. Teme que esta Meseta ya no sea un lugar seguro. Y yo… bueno. Comparto en parte esa preocupación. Sus soldados de élite vendrán a custodiaros.

—¿Y si son ellos los que han dejado pasar al enemigo?

—El rey también ha pensado en eso. Por eso ha elegido a guardias de campo, son soldados que sirven a la corona pero viven lejos de la Ciudadela. Algunos de ellos han demostrado más que de sobra su valía, evitando que tropas enemigas quemasen aldeas y ciudades a lo largo del reino con pocos recursos. Son de fiar.

—La pregunta es, ¿son de fiar para ti? —dudé.

—Lo son, estoy segura.

—Nadie puede entrar en la Meseta —reflexioné —siempre que tú vigiles el paso del desfiladero estamos a salvo. No necesitamos más guardias.

—Es posible, pero el rey quiere que la princesa de Hyrule tenga una custodia permanente.

—Si tan valiosa es podría llevársela de aquí y custodiarla él mismo —sonreí al imaginar la cara de indignación de Huna si le hacían volver a casa arrastrándose y manchándose el borde de su túnica blanca.

—Zelda, no hables así.

—¿Zelda? ¿Te refieres a su alteza real?

—Bien, ahora sí es tarde —ignoró mi sarcasmo y se puso en pie —quiero que me prometas una cosa.

—Sí, que obedezca y todo eso… —resoplé, poniendo los ojos en blanco.

—No. Quiero que tú también cuides de su alteza real. Y del resto de tus hermanas. Es probable que el enemigo que mandó el mensaje sepa de sobra que os escondéis aquí, por eso amenazó tirando la puerta de una cámara vacía: la de la princesa de Hyrule. No es ninguna casualidad. Está bien que yo cuide del desfiladero, y que esos muchachos vigilen el templo y el perímetro. Pero el valor de mis tropas está en su unión. Una hermana cuida de otra hermana y no existe protección más fuerte que esa, ¿lo entiendes?

—No es que no quiera cuidar de ella… —gruñí. Maldita sea, no quería tener que hacerle caso a Huna y a sus aires de superioridad.

—Si algún día quieres formar parte de mis tropas tienes que demostrar que entiendes lo que significa trabajar en equipo —sentenció.

—Está bien —suspiré —supongo que puedo intentar ser… algo parecido a…

—Obediente.

—Respetuosa de la normas. Suena remilgado que lo de obediente.

—Amable.

—Comprensiva, mejor.

—Amistosa.

—Te cambio amistosa por mejor compañera, no puedo comprometerme a más. La amistad es una palabra demasiado importante como para usarla de cualquier modo.

Urbosa soltó otra de sus risas y me abrazó por última vez antes de enviarme de un puntapié a dormir.

Esa noche me sentí demasiado inquieta, por muy cansada que estuviese me costaba dormir.

Había humedad y hacía bastante calor, las noches en la Meseta siempre eran frías, era un lugar elevado y la altura hacía que el clima fuese templado y agradable en verano. Si hacía calor era porque el cielo se habría encapotado. Oí truenos, muy lejanos al principio, luego estaban tan cerca que tuve que hundir bien la cabeza en la almohada para ver si lograba pegar ojo. En plena madrugada un aguacero comenzó a descargar, sólo entonces conseguí quedarme dormida.

Abrí los ojos y aún había mucha oscuridad, parecía como si no hubiera amanecido. Pero las camas vacías de mis hermanas me hicieron saber que me había dormido y llegaba tarde. Me eché la túnica por encima y corrí hasta el salón de desayuno. No había podido llegar a tiempo a la meditación del amanecer.

—¿Por qué diablos no me has despertado? —reprendí a Dúa.

Me coloqué con rapidez a su lado en la mesa de desayuno. El sacerdote Raris me miró con condescendencia, pero había algo raro en su expresión y ni siquiera me regañó por llegar tarde. Me sirvió un plato de arroz hervido. Preocupación. Eso era lo que había en su cara.

—Lo siento, anoche llegaste muy tarde, pensé que necesitarías descansar —susurró Dúa.

—Lo sé. Yo también lo siento, estuve hablando con Urbosa.

—¿Qué te dijo?

—Pues-

—¡Basta de cuchicheos! —interrumpió Penta —en esta mesa nos sentamos todas a comer. Se ve que no te basta con llegar tarde, también susurras con Dúa para que las demás no podamos oír nada. Es tan ofensivo que no sé qué nombre poner a ese comportamiento.

—Supongo que conoces el concepto de conversación privada, ¿no? —Dúa me dio un codazo por debajo de la mesa —lo… lo siento. No hablaba de nada especial.

—Estuvo cazando serpientes nocturnas —se burló Tría —de las que vienen del desierto.

—Muy graciosa…

—Penta tiene razón —dijo Huna poniéndose en pie con tanta ceremonia que casi me atraganto con el desayuno —estamos en gran peligro y a ti no se te ocurre otra cosa mejor que escaparte en mitad de la noche. ¿Y si hubiera algún enemigo escondido en el bosque? ¿Y si te secuestran y te usan para llegar a alguna de nosotras?

En esa ocasión no pude reprimir la carcajada y me atraganté con el arroz.

—Por supuesto, porque para lo único que sirvo es como moneda de cambio para llegar a alguien más importante como tú, por ejemplo.

—Yo no he dicho eso —se sentó con la misma ceremonia con la que se había levantado.

—¡Por supuesto que sí lo has dicho! No nos tomes por estúpidas. Si tan valiosa te crees, tranquila, puedes quedarte a todos los guardias para ti sola.

—Y tú podrías dar gracias a mi padre por haberlos enviado.

Sonreí con disimulo, había conseguido hacerla enfadar.

—Sería más fácil si te llevasen al castillo con su majestad, el enemigo sabe que eres la Elegida, no nos necesita para hacer trueques por la princesa porque no servimos para nada.

—Puede que eso sea verdad para alguien como tú, alguien sin ninguna virtud y desobediente, pero no para el resto de las compañeras.

—Oye —apreté un puño y me puse en pie. Pero sentí que algo tiraba de mi túnica y al girar la cabeza vi los ojos de Dúa suplicándome para que me calmase —tienes suerte, te libras otra vez.

—Me largo —dijo Tría, agarrando una manzana —los sacerdotes han dicho que los guardianes llegarán esta misma mañana. No quiero perderme ese espectáculo y este lo tengo ya muy visto.

—¿Esta mañana? ¿Tan pronto? —se levantó Huna, haciendo aspavientos —Penta, ¿vienes?

—Sí, todas vamos. También Tetra y Dúa. Olvidemos estas tonterías, ya hablaremos más tarde.

Dúa asintió dándole la razón a Penta y yo no tuve más que poner los ojos en blanco e ir con todas.

—Vamos, no te quedes atrás —dijo Dúa, que me esperó en el pasillo. Por la ventana pude ver un relámpago dibujando el perfil de las montañas.

—No me encuentro bien —admití.

—¿Es por lo que ha dicho Huna? Sabes de sobra que no creo que seas una moneda de cambio.

—No, no es eso… si ha dicho eso es porque la he provocado adrede —sonreí —es que no sé… tengo una sensación rara en el estómago.

—Yo también estoy nerviosa, pero no pasa nada, es la novedad, supongo. No estamos acostumbradas a ver muchas caras nuevas por aquí.

—No estoy segura —negué con la cabeza —tengo una sensación muy rara, es todo. A lo mejor es por la falta de sueño y la tormenta.

O un extraño sentimiento de anticipación, como cuando sabes que va a pasar algo pero no sabes bien el qué. Tal vez eran los nervios de los que hablaba Dúa.

Cuando llegamos al final del pasillo nos encontramos con Pintus. Estaba más nervioso que Huna. Nos repitió varias veces que estuviéramos erguidas y en silencio, y que poco a poco iríamos aprendiendo las "nuevas normas". Nos llevó hasta el porche que había en la entrada al templo, cerca de la plaza central. Había oscuridad, un enorme aguacero caía sin descanso, una lluvia pesada que apenas dejaba pasar la luz del nuevo día.

—¡Hijas de Hylia! —dijo el canciller —os anuncio la llegada de la tropa enviada por el rey Rhoam. A partir de ahora todos estaremos mejor protegidos y seguros. Demos gracias a nuestro rey por enviarnos a estos valientes guardianes.

Tanto él como los siete sacerdotes estaban resguardados en el porche, pero nuestros nuevos guardianes aguantaban el diluvio en la plaza, como si fueran estatuas de piedra. Eran cinco, todos ellos encapuchados y grises como el día. Uno dio de ellos dio un paso al frente y asintió en silencio, aceptando un gesto del canciller que le dio permiso para hacer las presentaciones.

—Soy sir Warden, capitán de la guardia real del Bastión de Akalla. He sido designado por su majestad el rey Rhoam de Hyrule para comandar esta pequeña tropa de guardianes que se encargarán de vigilar y proteger la Meseta de los Albores ante la posible amenaza de enemigos. Es un gran honor para mí comandar esta misión.

Su voz me resultó agradable. No sonaba ni de lejos como la de cara-oveja. Se notaba que los militares tendían a dar instrucciones simples y precisas, y no titubeaban lo más mínimo.

—Tan pronto recibimos la orden del rey nos pusimos en camino —prosiguió —hemos intentado llegar lo antes posible. Este grupo de soldados ha sido designado personalmente por mí con la aprobación del rey de Hyrule. Todos pertenecen a distintas tropas y regiones, pero su experiencia militar está más que demostrada.

Las otras cuatro estatuas no se inmutaron. Por el rabillo del ojo vi que mis hermanas parecían tan inquietas y curiosas como yo, aunque tampoco eran capaces de ver nada.

—No quiero que la presencia de los guardianes suponga un problema en vuestras actividades, es crucial que podáis realizarlas sin ninguna molestia ni distracción. Si alguno de ellos interfiere en este sentido, los sacerdotes tienen órdenes estrictas de comunicármelo a mí. Espero que nada de eso sea necesario, pues el entrenamiento que han recibido es el mejor.

No sé de qué manera podrían interferir en nada unos guardianes, salvo en el hecho de que sólo su presencia era molesta y nos haría recordar que vivíamos dentro de una cárcel.

—Os presento a Revali, experto arquero del pueblo orni. Ha protegido la garganta de Tabanta contra los ataques de los pueblos nómadas de las Colinas.

El soldado más alto y delgado dio un paso al frente e inclinó la cabeza, pero de nuevo, llovía tanto que no pude ver nada. Ni siquiera habría sospechado que era un orni.

—También nos acompañará Link, de la región de Farone. Fue capaz de defender las aldeas de las cataratas de las hordas de monstruos del sur cuando apenas había terminado su formación de soldado.

Uno de los dos soldados bajitos dio su paso al frente e hizo la misma inclinación que el orni. No había conocido nunca a nadie que viniera de tan al sur. Y a muy pocos orni, en realidad.

—Del corazón de la Montaña de la Muerte proviene Bakoron, fiero guerrero del pueblo goron. Consiguió salvar incontables vidas durante la erupción de la pasada primavera, rescatando a niños y ancianos en medio de una lluvia de fuego y lava.

Vale, sí. Suponía que el grandullón sería un goron. Los guardianes eran mucho más interesantes de lo que habría imaginado. ¿Sería un zora el último guardián? Dúa debía de pensar lo mismo, porque no paraba de moverse a mi lado. No tenía pinta de zora, era bajito, como el guardia de Faron.

—Y por último os presento a Kylan, del pueblo sheikah. Proviene de la defensa de Kakariko y ha sido elegido personalmente por su majestad el rey Rhoam.

El sheikah dio un paso adelante e hizo su reverencia.

—¡Un sheikah! ¡Un sheikah! —susurré a Dúa, sin poder contener mi emoción. Eso sí era muy interesante.

—Shhh, calla o van a regañarnos, ya sé que estás emocionada, pero estoy segura de que el sheikah no tiene ni idea de qué estará hecho Ganon —murmuró Dúa, soltando una risita.

El capitán terminó su discurso y los sacerdotes nos hicieron marchar al interior del templo para evitar que nos enfriásemos. ¡Un sheikah! Sabiendo que había uno en la Meseta, tal vez podría resolver muchas de mis miles de preguntas. ¿Nos dejarían hablar con ellos? Esperaba que sí. Por primera vez en varios años, vivir en la Meseta no iba a ser tan aburrido.


Nota: Muchas gracias por los likes-follows! Y gracias Bargo por tu review! Un abrazo, -J.