Un mal día

Se decía que los sheikah poseían la biblioteca más grande del mundo. Y lo mejor: era secreta. Excavada en las profundidades de la roca, había miles de galerías donde no sólo almacenaban sus libros, sino también mapas, experimentos y todo tipo de artilugios. Combinaban propiedades mecánicas con energías mágicas para conseguir instrumentos que facilitasen la vida a los demás, puede que también máquinas de guerra para proteger el reino. Pero siempre trabajaban ocultos, en las sombras.

Algunos creían que la Gran Biblioteca Subterránea se hallaba en las entrañas del Monte Daphness, en el borde oeste de la Llanura de Hyrule. Otros decían que estaba en Akalla, en el nordeste. Cuando pensaba en ello, imaginaba que en realidad siempre se ocultó en el Monte Oscuro, en Lontania. Aldea Mabe estaba a los pies de ese monte, el lugar donde me crie, esa tierra de nadie. Al norte del Gran Bosque, al este de Eldin y al oeste de Hebra. Una porción olvidada del mundo… ¿qué mejor escondite podía haber?

Esa mañana tampoco llegué a tiempo a la meditación del amanecer. Había trasnochado uniendo las piezas del rompecabezas, intentando averiguar cosas sobre la Biblioteca Secreta. Quería indagar tanto como pudiese antes de intentar sonsacar algo a Kylan, el guardián sheikah. Llegué arrastrándome al desayuno, seguramente nadie se había dado cuenta de mi ausencia, así que me deslicé al lado de Dúa, como otras veces. Las demás parecían alteradas, había un cacareo bastante agitado en nuestra mesa.

—¿Me he perdido algo? —susurré a Dúa.

—Nada —dijo, con las mejillas encendidas.

Ah, eso. Levanté la cabeza y descubrí que Dúa se sonrojaba por el tema de conversación.

Desde que llegaron los guardianes, no se hablaba de otra cosa. Es verdad que apenas había jóvenes en la meseta, ni hombres ni mujeres. Los aldeanos eran todos mayores, enviaban a sus hijos a buscar trabajo al mundo "real" en cuanto tenían edad suficiente. Los adultos y ancianos se quedaban viviendo de sus huertos, de lo que proporcionaba el bosque y de sus animales. Generaban lo suficiente para que el Templo del Tiempo y sus habitantes subsistiesen, pero la Meseta no era un lugar para que unos hijos se buscasen el porvenir. Así, que la llegada de los guardianes sí resultó ser una especie de distracción para algunas. También para mí, pero no en el mismo sentido que mis hermanas. Estaba segura de que el rey Rhoam había cometido un inmenso error enviando a chicos tan jóvenes, llegué a plantearme que tal vez lo hizo como una especie de entrenamiento para ellos. Eran unos críos, no los soldados experimentados que había insinuado Urbosa. El sheikah había sobrepasado la veintena en un par de años y el guardián sureño sólo contaba diecinueve. Y no sólo los más jóvenes tenían las atenciones de las demás, Penta se pasaba el día poniendo como ejemplo a sir Warden, y Tría con los ojos en el cielo, en busca de ese pájaro arrogante.

—Ayer se bañaron en el río —dijo Tría, con la boca llena —los vi mientras entrenaba mi don.

—No debiste mirar, pensarán que no tienes modales —intervino Huna fingiendo ser adulta, pero escondiéndose detrás de la servilleta.

—Los vi sin la túnica —prosiguió Tría.

—¿Y cómo eran? —pregunté. De repente todas me miraron a mí —¿qué? Habláis de ellos como si fueran seres de otro mundo. ¿Tenían escamas o pelo bajo la túnica? ¿Eran verdes?

—No tiene gracia, Tetra… —dijo Penta, pero Tría soltó una carcajada.

—Son muy atractivos, un espectáculo digno de ser admirado —sonrió Tría.

—Huna tiene razón, no debemos espiar. Recordad: nada de esto debe alterar nuestra preparación —dijo Penta, haciéndose la digna.

—Pero si tú te pasas las horas persiguiendo a sir Warden. Un día de estos se te van a salir los ojos de tanto mirar —espetó Tría. Esta vez le reí la gracia, y más al ver que Penta se ponía roja como un tomate.

Ellas siguieron cuchicheando un rato más, confiadas al ver que ninguno de ellos estaba esa mañana en la sala de desayuno.

Al principio enviaban a Kylan a sustituir a Raris, el sacerdote encargado de la comida. Fue entonces cuando descubrí que Kylan era muy simpático, siempre saludaba y le encantaba conversar, y eso era una enorme ventaja porque si era accesible, podría terminar ganándome su confianza. Cuando los sacerdotes vieron que ninguna probábamos bocado al pasarnos todo el tiempo de cháchara, empezaron a enviar al sureño, que era justo lo contrario. Una estatua pegada en la pared habría mostrado más emociones y empatía que él. Por algún motivo su silencio también resultaba ser una distracción, así que los sacerdotes volvieron a la rutina de siempre, y Raris ocupó su lugar en los comedores, aunque se ausentaba a menudo, cosa que yo agradecía. Una cosa es educar o guiar, y otra es tener unos ojos vigilando todo el tiempo, como si fuéramos unas criminales.

—Tú no piensas todas esas tonterías, ¿verdad? —pregunté a Dúa, en voz baja.

—Son muy apuestos —dijo, con una sonrisa tímida —y Link es muy gentil, el otro día vi cómo salvó a un pájaro que se había caído del nido. No tenía por qué hacerlo, pero dejó su posición de guardia en el patio para trepar al árbol y devolverlo a su hogar. Es tímido, pero tiene buen corazón. Y creo que es-

—Por favor… —me llevé las manos a la cara —¿tú también?

—Tú… tú te pasas el día hablando de Kylan.

—Pero es distinto —dije, sufriendo una oleada de indignación —yo pretendo averiguar dónde está la Biblioteca Secreta, no mirar el torso desnudo de un chico, eso puedo verlo siempre que desee en cualquier libro de anatomía. Sin embargo, seguro que en esa Biblioteca hay libros que hablan sobre otras formas pasadas de Ganon. Y puede que otras cosas interesantes inventadas por los sheikah.

—No deberías hacer eso, Tetra —frunció el ceño —sabes que los sacerdotes no aprueban ese tipo de… magia.

—No es magia. Se trata de cuestionar lo que no somos capaces de explicar. La Orden de la Luz lo justifica todo con la meditación y los rezos. ¿Y a dónde te ha llevado eso?

—¿A mí?

—Exacto. A ninguna parte.

Cuando acabamos el desayuno nos dirigimos al observatorio. Teníamos clase de astronomía, una de las pocas actividades que disfrutaba, pero el sacerdote Uthef nos detuvo en el pasillo.

—Dúa, puedes ir con tus hermanas a la clase, apresúrate —dijo.

—¿Y Tetra?

—Vamos o llegarás tarde.

Negué con la cabeza a Dúa, para que se marchase y para hacerle saber que yo estaba bien. No sabía qué tripa se le habría roto a Uthef, pero era inofensivo y era de los pocos sacerdotes con los que tenía una buena relación.

—Acompáñame.

Me encogí de hombros y lo seguí en silencio. Atravesamos la plaza central y llegamos por ahí hasta el Santuario de Poniente, cerca de la laguna de meditación. Por el camino vimos a Pintus y a Raris, que estaban comprando patatas a uno de los aldeanos. Doblamos por el sendero empedrado de la derecha y subimos hasta la torre, donde estaban las aulas de estudio de los sacerdotes y donde también nosotras estudiábamos. Uthef me llevó hasta la biblioteca que había en el segundo nivel de la torre.

—¿Y bien? ¿Algo que declarar?

—Nada —dije. Bueno, me había saltado la meditación de por las mañanas algunos días, pero eso era asunto de Pintus, no de Uthef.

—¿Conoces esta sala?

—Sí, claro.

No sabía a qué clase de estúpido juego estaba jugando Uthef.

—No se pueden sacar libros de esta sala.

—Sólo quería consultar unas cosas, los iba a devolver esta misma mañana. No han pasado ni un día al completo fuera de las estanterías, no es un crimen. Y están en perfecto estado.

—No se pueden sacar.

—No lo sabía —admití. Nunca nadie me había dicho nada de los libros, de hecho, mi interés por la lectura era una de las pocas cosas que satisfacía a los sacerdotes.

—Esta biblioteca es la de los Hermanos de la Luz. Nunca se os ha dado permiso para entrar y menos para sacar libros de aquí.

—No explícitamente.

Uthef resopló y se sujetó el puente de la nariz con dos dedos. A mí también me desquiciaban todas esas normas secretas, así que en realidad estábamos empatados en cuanto a indignación se refiere.

—¿Qué buscabas aquí? ¿Acaso no tienes suficiente con los más de diez mil tomos que hay a vuestra disposición en la primera planta?

—Buscaba algo sobre Lontania —dije. No mencioné nada de la Biblioteca sheikah.

—A ver si te parece explícito esto: te prohíbo que saques, toques o mires ningún libro de aquí. Mejor aún, no pongas el pie en la segunda planta a menos que sea yo o uno de los hermanos quienes te lo pidamos. ¿Entendido?

—Maestro Uthef, no pretendía-

—Silencio. Algunos hermanos se quejan a veces de tu comportamiento, pero yo siempre he creído en ti y te he defendido. Me decepciona mucho que hayas hecho esto sin pedirme permiso.

—Lo… lo siento de veras —balbuceé, sintiendo un nudo en el estómago. Cierto que a veces me saltaba las normas, pero esta vez había sido sin querer.

Me quedé a la espera, mientras Uthef suspiraba y miraba por la ventana de la torre. Me iba a perder gran parte de la clase de astronomía.

—Tengo que castigarte, al parecer llevas varias faltas acumuladas —dijo sin mirarme —no soy partidario de los castigos, ya lo sabes.

Tragué saliva. Hacía un calor demencial, demasiado para tratarse de la Meseta. No quería que me enviase a arrodillarme en la plaza central.

—Si con un castigo consigo ganarme su confianza de nuevo… —murmuré.

—No queda agua fresca en las barricas del cobertizo. Las llenarás y no pararás hasta que no estén todas llenas.

—Pero… el río está lejos de ahí, ¿cómo voy a llevar el agua? Nunca he manejado un carro —respondí, hilando con rapidez cómo podría hacerme cargo de eso. Siempre se transportaban las barricas en carro hasta la orilla y luego se devolvían a su sitio.

—Hay dos cubos vacíos a la salida de la torre.

—¿Cubos? ¡Tardaré una eternidad!

—Un castigo no sirve de nada si no supone una lección —refunfuñó —mientras llenas los cubos pensarás por qué has tomado algo que no te pertenecía sin preguntar.

—Sí, maestro.

El castigo podría haber sido peor, en realidad. La humillación de la plaza central suponía estar a la vista de todo el mundo, mientras que si iba con cubos de agua de un lado a otro podría parecer que estaba ayudando en una tarea, no siendo castigada. Tenía que subir una pequeña colina y atravesar un tramo de árboles para llegar del río al cobertizo, y en el segundo viaje ya empezaron a dolerme las manos y los brazos.

En el tercer trayecto al río, vi a los guardianes. A lo mejor se habían reunido allí para darse un baño como nos había contado Tría. Estaban todos a excepción de sir Warden, les habría dado un rato de descanso. Porque imaginaba que en algún momento tendrían que descansar.

—¡Hola! —me saludó Bakoron. También él era muy simpático y siempre parecía de buen humor.

—Hola —sonreí, mientras me agachaba a llenar otro cubo.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Oh, no. Es… es un trabajo que tengo que hacer yo, estoy ayudando a los Hermanos de la Luz —titubeé. Una gota de sudor me bajó por la frente e intenté secarla tan rápido como si eso no hubiera pasado.

—Tardarías menos si traigo aquí los barriles del cobertizo —dijo Bakoron —puedo traerlos y los llenarás antes, no pesan nada para alguien como yo.

—Sí, seguramente, pero no puede ser, gracias —sonreí.

—No es molestia, de verdad.

—De nuevo gracias, pero-

—Está castigada, cabeza hueca —intervino el orni.

Sentí tanta vergüenza que clavé la vista en el suelo y salí de allí tan rápido como pude. A lo lejos pude oír un "lo siento" de Bakoron. Lo malo era que tendría que volver allí otra vez para seguir llenando los cubos. Esperaba que ese pájaro idiota sugiriese ir a otro lado, pero para mi desesperación, a mi vuelta se habían sentado en la hierba verde de la orilla contraria. Di un rodeo por el bosquecillo para poder alejarme de ellos corriente arriba. No quería que Kylan me viese sudando ni llevando agua como una mula de carga.

—¡Ey!

Mierda, ¿no podían seguir tumbados al sol o haciendo lo que demonios estuviesen haciendo y dejarme en paz?

—No queríamos molestarte, si te alejas así tardarás mucho más en completar ese trabajo que dices —dijo la voz de Kylan, a pocos metros de mí. Yo era incapaz de levantar la vista del suelo. No era así como se suponía que debía conseguir su amistad.

—El agua aquí es más fresca —inventé al vuelo.

—¡Qué va! —carcajeó él —venga, deja que te ayudemos, los sacerdotes no tienen por qué enterarse de nada.

—Esos viejos siempre se terminan enterando de todo —repuse y Kylan soltó otra carcajada. Esta vez sí me atreví a mirar, los otros se habían levantado para acercarse también. Se aburrían como ostras en la Meseta, estaba claro. Necesitaban una ocupación real.

—No creo que la idea de Bakoron de traer aquí los barriles sea buena —reflexionó Kylan, sosteniéndose la barbilla con la mano —puede que aguante su peso a la ida, pero una vez llenos pesarían demasiado incluso para un titán como él. Sin embargo, si Revali lleva y trae cubos de agua volando no tardaríamos nada en acabar.

—A mí no me metas en tus asuntos —gruñó el orni.

—Gracias sir… lord… —balbuceé.

—Kylan, sin más. Ni siquiera os han dicho cómo referiros a nosotros, es horrible.

—Bueno, gracias. Es que-

—Estás incomodando a esta niña —intervino Revali —lo mejor es dejarla en paz. Vamos a bañarnos a donde el otro día, no quiero problemas. Y si no eres capaz de ver que la estás molestando no mereces ser llamado sheikah.

—¿Es cierto? ¿Te molesto? —preguntó Kylan. Sentí que me ardía la cara y no pude decir ni media palabra —en ese caso te dejamos en paz. ¿Nos vamos, muchachos?

Al fin pasaron a mi lado, pero yo seguí agachada fingiendo que llenaba el cubo de agua hasta que dejé de oír sus pasos. "Sólo son unas crías" repitió el odioso orni a lo lejos, pero Kylan y los demás le dieron la razón. Eso me molestó incluso más que el hecho de que me hubieran descubierto siendo castigada, ¿quién demonios se creía que era él?

Acabé mi tarea mucho más tarde, y cuando llegué a los comedores hacía tiempo que había pasado la hora del almuerzo.

—¿De dónde vienes con esas pintas? —gruñó Raris al verme aparecer.

—El maestro Uthef-

—Ya no queda comida para ti. Debes aprender a respetar las normas de una vez. Te las apañarás con las sobras.

Sólo quedaba un trozo de pan duro del día anterior y algo de arroz hervido. Mi estómago se retorcía de hambre después del calor y del esfuerzo del trabajo, pero tendría que esperar a la cena para saciarme.

Por la tarde tocaba meditar en la laguna. Cuando llegué todas mis hermanas ya se habían sumergido hasta la cintura y recitaban sus mantras frente a los ojos ciegos de la estatua de la Diosa. Intenté meterme en el agua haciendo el ruido mínimo, pero Kylan y los demás volvían a estar allí para vigilar y pude notar sus cuchicheos.

Cerré los ojos e intenté que la meditación sirviese para olvidar la vergüenza que había pasado. Era una tontería, totalmente absurdo, no sé por qué me había avergonzado por algo tan tonto. Sin embargo, mi mente se esforzaba en repetirme una y otra vez que ahora el sheikah sólo me vería como una niña tonta y desobediente y jamás querría tratar ningún tema serio ni de interés conmigo. De todos los días en los que llevaba viviendo en la Meseta, Uthef tenía que haber elegido precisamente ese para enfadarse conmigo. Me sentía mal y me estuve flagelando un rato más hasta que un ruido me distrajo del ejercicio.

Huna había perdido el equilibrio y se había sumergido por completo en el estanque. Los sacerdotes empezaron a hacer aspavientos, como si un milagro hubiera sucedido allí mismo. Por un momento mis hermanas y yo nos miramos con preocupación, nunca se sabe cuándo un don puede aparecer. Resultó que Huna sólo se había escurrido.

Kylan saltó al interior del estanque y sacó a Huna en brazos, envolviéndola con su capa.

—Lo ha fingido, seguro —susurré.

—¡Tetra! No digas eso… —dijo Dúa a mi lado, no pensé que me hubiera oído.

—En siete años que llevo viviendo aquí, jamás nadie se ha escurrido ni mareado en el estanque —sonreí, pero Dúa seguía sin encontrarle gracia a mi broma.

—Por cierto, ¿dónde has estado?

—Haciendo un trabajo que me ha mandado Uthef. Me ha llevado más de lo que pensaba —escondí las manos tras mi espalda. Había transportado tantos cubos que me habían salido ampollas y algunas de ellas habían estallado. Parecía una carnicería.

Acabada la meditación, los sacerdotes nos dieron un rato libre. A última hora de la tarde teníamos que practicar tiro con arco, pero me sentía tan agotada que ni siquiera eso logró levantarme el ánimo. Conseguí que Dúa me acompañase para sentarnos un rato en el prado, cerca de la plaza central.

—Dúa, no nos toman en serio —murmuré.

—Los sacerdotes tienen costumbres muy diferentes. Creo que se trata de esas diferencias las que los puede hacer parecer distantes a veces, pero nos respetan y creen en nosotras.

—Me refiero a los guardianes. A Kylan y los demás.

—¿Por qué crees eso? ¿Ya no quieres preguntarle nada sobre Ganon? —bromeó, intentando animarme. —El otro día me hiciste pasar un rato embarazoso cuando nos paseamos delante de él durante su guardia.

—Da igual.

—Vamos, anímate. Sólo estás teniendo un mal día, pero pronto pasará.

—Una mala racha, dirás.

—Pronto volverás a ver a Urbosa y eso te alegrará.

—Tal vez si mejoro el tiro con arco… —dije, con una media sonrisa.

—Eso es. Es un buen día para demostrarlo. Cuando vuelva Urbosa podrás decirle cuánto has mejorado, después de todo sólo Tría puede ganarte —me guiñó un ojo y justo en ese momento se oyó un trueno a lo lejos. El cielo había empezado a cubrirse de nubes.

—Me sigo sintiendo rara —admití.

—¿Esa sensación otra vez?

—Sí, está aquí ahora mismo. Está por todas partes en realidad, desde el día en que llegaron ellos. No lo entiendo.

—Bueno, ellos han cambiado muchas cosas.

—No me refiero a eso, a mí los chicos me dan igual —gruñí.

—Ya, claro…

—Hablo en serio. Es una sensación, como si supiera que algo está muy cerca, a punto de pasar. Es como cuando hay tormenta y casi puedes sentir en la piel la electricidad antes de que caiga un rayo. Pero… Da igual. No soy capaz de saber qué es, así que dejaré de tratar de entenderlo. O… a lo mejor resulta que tienes razón y sólo estoy así por los chicos…

—Seguramente es eso —carcajeó Dúa.

El cielo estaba encapotado y los truenos rugían a nuestro alrededor cuando el sacerdote Onorim colocó las dianas de práctica en la plaza central.

Agarré mi arco y con sólo ponerlo en la palma de mi mano sentí como si una cuchilla me hubiera atravesado desde ahí hasta la columna. Se me habían olvidado las ampollas y como le había ocultado la verdad a Dúa, no pude pedirle que me ayudase a curar con su don.

Para colmo de males, el tal Revali resultó ser un experto arquero. Así que ese día no recibiríamos la clase de Onorim, fue él quien vino a darnos "instrucciones", acompañado de los demás guardianes. Tras su charla teníamos que disparar en orden. Todas a excepción de Huna, que se había retirado a descansar tras su incidente en la meditación. Ella podía librarse de todo y los sacerdotes siempre la creían sin cuestionar nada.

Algunas gotas calientes de tormenta caían cuando Tría disparó y llegó mi turno. Forcé una sonrisa al acercarme a Revali, pero él levantó el pico en un gesto de condescendencia. ¿También tenía que aguantar eso de él?

—Intenta no dispararte en un pie —dijo, cediéndome el arco.

Grandes ánimos y motivación, ¿ese era el nuevo maestro? Maldito pájaro. Podría largarse a su nido y llevarse a los demás con él.

Yo era buena, era la mejor de allí. Puede que no tuviese otros dones, pero llevaba disparando a cosas desde niña, mis hermanos y yo fabricábamos tirachinas para ahuyentar a las alimañas, e incluso de niña era mejor que ellos. Sólo tenía que demostrarlo, si demostraba algún tipo de habilidad a lo mejor conseguía redimirme ante Kylan. Me dispuse a tensar el arco y el dolor volvió a atravesarme por completo. Apreté los dientes, sólo tenía que aguantar un poco y soltar la flecha. Mis ojos estaban en el blanco, centrada, pero justo en el último segundo sentí un nuevo latigazo de dolor y mi flecha salió muy desviada. Tanto, que habría matado a cualquiera que se hubiera situado tras la diana.

—Bien, el próximo día practicaré contigo blancos más fáciles, no queremos poner a nadie en peligro, cuando se es tan inexperta hay que ir paso a paso —dijo Revali.

Resoplé y arrojé el arco a sus pies. Por suerte, un enorme aguacero cayó de repente, igual al del día en que ellos llegaron a amargarnos la existencia, y todas nos retiramos a cenar.

Durante la cena estaba enfadada. No era culpa mía, era muy buena tiradora, sólo había tenido un mal día. Un día horrible y para olvidar. Debía estar de tan mal genio que Dúa sólo se atrevió a hablar conmigo una vez acabamos de cenar. Había cesado la lluvia y fui directa hacia mi escondite secreto a buscar la capa.

—Tetra, espera —dijo, a mi espalda —ya ha oscurecido, las tardes son cada vez más cortas, no vayas por ahí a esta hora.

—Necesito un momento a solas —refunfuñé.

—Podemos leer tranquilas en el salón antes de dormir. Verás cómo te sientes más tranquila.

—Sólo voy al borde un rato, necesito respirar.

—Si no estás a tiempo a la hora de dormir puede que te castiguen.

—Ya me da igual.

Sabía que ella no era la culpable de mi mal humor, pero precisamente por eso necesitaba alejarme. Necesitaba asomarme al borde, pensar en el planeador y ver al menos una estrella para saber si mi familia seguía bien o no. Sólo eso.

Me quité las sandalias para sentarme en el borde de la Meseta y el viento fresco tras la tarde de lluvia me acarició las plantas de los pies. Eso era mil veces mejor que meditar con el agua a la cintura. Cerré los ojos y casi pude oler el huerto de papá, tenía un olor especial cuando la tierra oscura se mojaba. Después, Toren encendería un fuego y toda la casa sería cálida y agradable. Habría silencio, uno distinto al que hay en el templo. El silencio del templo suena hueco, vacío. Sólo necesitaba cerrar los ojos y soñar que dormía una vez más en mi cama del pajar.

—¡Alto! No te muevas.

—Diosas, esto no puede estar pasándome —me lamenté.

—He dicho que no te muevas, descúbrete.

—Relájate, no soy un asesino de princesas ni de niñas indefensas —resoplé. Como aún podía imaginar su ballesta apuntando a mi cabeza, al fin cedí para encararle y quitarme la capucha. Había intuido bien por la voz que el que me apuntaba era Link, el guardia sureño. Ni siquiera en mi borde podía librarme de ellos.

—¿Qué diablos haces tú aquí? —me miró perplejo, bajando la ballesta.

—No es asunto tuyo.

—No irías a- —miró con espanto hacia el precipicio.

—¿Qué? ¡No! Aún no he llegado al punto de querer arrojarme por el borde, aunque no me faltan ganas.

Él también se quitó la capucha y así pude ver cómo fruncía el ceño y miraba alrededor. Olisqueó el viento como si buscase algo o a alguien más. Al descubrir que sólo era yo con mi capa artesanal puso el seguro a su ballesta y se la colgó a la espalda.

—Vuelve al templo, es peligroso.

—No, no lo es —dije, volviendo a sentarme en el borde. Hizo un gesto extraño, a lo mejor le daba vértigo.

—No puedes estar por aquí, ha oscurecido.

—¿Y qué haces tú aquí?

—Vigilo el perímetro.

—¿No es tu amigo el pájaro el que vigila el perímetro? —él no dijo nada, sólo vi que se apretaba su mandíbula —además, no hay nada que vigilar aquí. Un precipicio nos protege, no hay peligro alguno.

—Me han dicho que nadie puede estar aquí —reiteró —que sea esta la última vez que vienes aquí.

—Ya, imagino tus órdenes. Pero he venido aquí miles de veces y lo seguiré haciendo —desafié, poniéndome en pie —sólo porque unos extraños hayan venido a molestarnos no voy a dejar de hacer lo que llevo haciendo desde hace años.

—Si no regresas ahora, yo-

—Vale, ya lo sé. Me marcho. Avisa a quien quieras, a sir Warden, al pájaro o a los sacerdotes. Ni siquiera puedo respirar. Tal vez me salves esta noche de un enemigo imaginario, pero si sigo encerrada terminaré muriéndome por falta de aire —protesté —puede que te vea mañana en el río, cuando vuelvan a castigarme. Avisa a tus amigos para que no se pierdan el espectáculo.

Me di media vuelta y me eché la capucha por encima. Sentí unas ganas repentinas de llorar, pero eso era lo último que quería hacer delante de los guardianes.

—Espera.

Detuve el paso sin darme la vuelta, no me apetecía seguir allí ni un segundo más.

—Dile a alguien que te cure las manos.

—¿Qué? —me giré sorprendida.

—Fallaste el tiro. Te hiciste daño trabajando en el río y debe doler bastante. Dile a alguien que te las cure.

Volvió a agarrar la ballesta y lo vi alejarse en la oscuridad, bordeando con calma el perímetro.


Nota:

Gracias por vuestros review!

Bargo, yo siempre he shippeado a Urbosa con la madre de Zelda, desde el principio de los tiempos, pero nunca lo había escrito en ninguno de mis fanfics, así que me apetecía hacerlo esta vez.

G, ¡gracias! La verdad, siempre escribo pequeñas biografías de mis personajes para darles un carácter y una "vida" (imagino su pasado, sus lazos familiares, su personalidad, etc.).

La historia irá transcurriendo a un ritmo relativamente pausado, al ser AU me gusta crear atmósfera hasta que el lector cree un vínculo con la historia. Esto no suele ser necesario en otros fanfics que están más basados en los argumentos conocidos de los juegos.

Saludos!

-Juliet.