Guardián del sur

No me delató.

Por algún extraño motivo, decidió no decir nada a sir Warden ni a los sacerdotes. Al principio pensé que sólo era Pintus el que no estaba al tanto. Pero ese día también estuve con Raris, Uthef, Onorim e incluso con el sacerdote Aurus, que ofició una ceremonia en el templo del Tiempo para celebrar la luna llena. No recibí ninguna reprimenda y eso es porque Link decidió cerrar el pico y no reportar que me encontró sentada en el borde de la Meseta, en plena noche.

Aún recordaba su cara de tensión, como si de verdad pensase que tenía pensado arrojarme al vacío.

Su cara habitual no expresaba nada parecido, parecía como si esa noche me hubiera topado con una persona diferente. Mientras hacía sus guardias estaba sereno, con su pose de estatua de piedra. Me di cuenta de que lo mandaban a hacer las peores guardias. Le asignaban cosas absurdas, como vigilar el patio a mediodía. Él no cuestionaba jamás las órdenes, y se cuadraba en pleno sol sin pestañear, hasta que el calor se volvía insoportable y entonces se retiraba unos pasos para cubrirse con la sombra de un parral que se enredaba en el porche exterior. Llevaba la espada al cinto como si algo fuese a atacar en cualquier momento. Ni siquiera sir Warden iba siempre armado. Y la espada debía pesar, más aún después de llevarla todo el día a cuestas.

Durante las meditaciones siempre vigilaban él y Kylan. Supongo que ver a cinco jóvenes rezando mantras con el agua a la cintura debe parecer como poco pintoresco. Kylan se movía a nuestro alrededor como un perro guardián, elevando la barbilla y mirándonos por si alguna solicitábamos que nos salvase con su capa, como hizo con Huna. Link se limitaba a olisquear el viento como hizo aquella noche en el borde. Fijaba la vista en algún punto del infinito y se volvía invisible, aun estando él allí. Confieso que me producía cierta satisfacción que ignorase los aspavientos y llamadas de atención de Huna. Kylan, sin embargo, siempre estaba a sus pies por si ella se asustaba de una hormiga y él tenía que acudir como un héroe a neutralizarla.

Cuando veía debatir a los guardianes a lo lejos él no manifestaba su opinión en ningún sentido y sólo lo vi sonreír una vez, cuando jugaba con Bakoron a salpicarse con el agua del río. Entonces me di cuenta de que tenía el pelo largo, no lo había notado porque siempre lo llevaba anudado con una cola. ¿Sería costumbre entre los hombres de Faron llevar el pelo así?

Tría decía que era aburrido, que una vez él estaba de guardia cuando ella estaba entrenando su fuerza del viento y que apenas abrió la boca salvo para preguntarle si tenía sed. "Creo que es medio mudo, o tal vez hable un idioma distinto y por eso no se entera de nada", bromeó.

Raris enfermó un par de días por culpa de su artritis y asignaron a Link para volver a vigilar el turno del comedor. Pensé que sería un buen momento para tantear por qué no mencionó el incidente en el borde. Ni habló a nadie de mi capa. Sería suficiente con un contacto visual con él para hacerme a la idea, suponía que existiría una especie de entendimiento invisible. O a lo mejor le apetecía comentarme algo al respecto. Así que me paseé por delante de él con mi plato de comida y con el corazón latiendo como si fuera de veras a arrojarme por el borde de la Meseta, pero él estaba mimetizado con la pared de piedra y dudo mucho que me viese. ¿Qué clase de persona era? Era desquiciante que se comportase de ese modo.

Saqué tres libros sobre la región de Farone de la biblioteca. Los sureños eran gente pacífica, grandes pescadores. Había ríos y rápidos que manaban de las altas montañas y discurrían entre los densos bosques. Construían kayaks y largas lanzas para la pesca, aunque también eran grandes cazadores. Rezaban a una deidad perdida llamada Dragón del Agua, y celebraban rituales frente a "El salto de Faron", una enorme catarata que se derramaba de las alturas hasta el bosque, alimentada por las aguas del Lago Hylia y otros muchos afluentes. Algunos sureños se habían establecido cerca del mar, allí vivían también de la pesca y de los mariscos. No solían comerciar demasiado, pues el bosque, los ríos y el mar hacían que la tierra fuese rica y llena de abundancia.

—No hay quien te reconozca —sonrió Dúa, asomando sus ojos dorados por el borde de mi libro —estás más centrada que la princesa de Hyrule.

—¿Estabas ahí? Pensé que te tocaba entrenar tu don con el sacerdote Buhel.

—Hemos terminado pronto —dijo, sentándose a mi lado.

Ese día había elegido un árbol cercano al cobertizo del agua para leer en relativa paz.

—No he traído más libros, así que no puedo prestarte nada —me encogí de hombros.

—No importa, sólo quiero saber si estás bien.

Me agarró las manos y examinó las palmas con cuidado. Al final terminé contándole lo de mis heridas y ella me curó con esa magia tan maravillosa. No quedó ni una cicatriz.

—Estoy perfecta, no te preocupes —sonreí.

—No has vuelto a hablar de la sensación rara, ni del borde, ni del planeador —insinuó, guiñándome un ojo.

—Pronto volveré a las andadas. Ten en cuenta que vivo convencida de que todo esto no es más que la calma que precede a la tempestad —bromeé, haciéndola reír.

—Es horrible que Uthef te hiciese eso. Lo habría esperado de Pintus o del maestro Onorim. Pero no de él —frunció el ceño.

—Cogí un libro que no debía.

—¿Y el sheikah? No has intentado preguntarle por la Biblioteca.

—Oye, ¿quién es la rebelde? Eres una mala influencia… —reí, contagiándola a ella —Kylan sólo está pendiente por si a la princesa le molesta el viento. Él estará ahí para protegerla con su capa de súper guardián.

—¿Sabes? Me preocupa que te cambien —murmuró, frunciendo el ceño —sé que siempre te digo que es mejor obedecer y que estés centrada y que esto puede parecer contradictorio. Pero no quiero que ese castigo de Uthef te haya cambiado, no quiero que eso apague tu luz habitual.

—¿Mi luz habitual? —carcajeé, pero ella permaneció seria —Eso no me ha cambiado —agarré su mano —sólo me estoy tomando un descanso. Estoy pensando en otras cosas. Pero esta misma noche lo voy a resolver y volveré a ser la de siempre.

—¿Cómo? Estás loca…

—Visitaré el borde. No voy allí desde el día del castigo.

—Ahora tenemos prohibido ir.

—Lo sé… jamás pensé que me quitarían lo poco que me queda de mi familia, pero se empeñan en conseguirlo.

—No deberías ir —dijo, moviéndose incómoda —el borde está vigilado. Ahora lo vigila Link.

El corazón me dio un vuelco. ¿Había Link descubierto a Dúa merodeando por el borde? A veces ella paseaba cerca o me buscaba allí cuando no daba conmigo.

—¿Cómo sabes tú eso?

—Me lo ha dicho él —respondió Dúa con timidez —Link es mi vigilante durante mis entrenamientos con Buhel.

—Ya veo, ¿te ha dicho algo más? ¿De qué has hablado? ¿Te ha contado algo?

—No, no —carcajeó —él no habla mucho, ya sabes. Más bien fui yo, le pregunté si estaba cansado y me dijo que no. Luego le pregunté si…

—¿Sí?

—Igual te burlas de mí, pero le pregunté qué solía hacer más tarde —Dúa se puso colorada como un tomate —Y me dijo que vigilar el borde.

—¿Sólo eso?

—Sí. ¿Qué más quieres que diga? Fue muy amable respondiendo a mi pregunta, no tenía por qué hacerlo.

Me sentí mal por no decirle nada a Dúa sobre mi encuentro con Link en el borde. Es que no había mucho más que decir, en realidad. Decirle que me encontró, me echó de allí pero no me delató no era nada relevante en realidad. Pero desde ese día no podía pensar en otra cosa, no sé por qué.

Estuve dándole vueltas durante toda la tarde sobre si ir al borde u olvidarlo por completo. A la hora de cenar nos cruzamos con Link cerca de la plaza y él pasó a nuestro lado como si ni Dúa ni yo existiéramos. Por encima de todo era un idiota, entiendo que a mí no me dijese nada, pero ¿y Dúa? Parecía existir cierto nivel de confianza entre ambos, debió saludarla o decirle algo, más aún cuando ella se preocupa por él. Un idiota así no merecía que yo le diese tantas vueltas al asunto del borde.

Con esta idea pude cenar tranquila. Después retomé una de las lecturas que había olvidado para leer sobre la región de Farone (libros que devolvería a la biblioteca a la mañana siguiente) y me fui a la cama en paz. Hacía una noche fresca y plácida y por la ventana del barracón sólo se colaba el canto de un grillo y el de un búho que silbaba en la oscuridad del bosque cercano.

Link era un desagradecido por tratar así de mal a Dúa. Una cosa es ser serio y poco hablador, y otra es tratar con desprecio a los demás. No éramos esclavas ni un objeto que custodiar. Me sacaba de quicio que fuese así. Revali tampoco me saludaba, pero era un estúpido y un estirado. Sólo hacía reverencias a su alteza real y se llevaba bien con Tría.

—Maldita sea —dije, apretando la almohada. Intenté ahuecarla pero estaba incómoda.

Conté hasta diez y todas esas estupideces que te dicen para que logres dormir. No hubo suerte. Me levanté malhumorada y salté por la ventana, evitando la no-vigilancia de Pintus. Saqué mi capa del escondite y me dirigí al borde.

Miré entre las sombras, la luna había estado llena unos días atrás, pero aún seguía teniendo un buen tamaño y alumbraba bastante. Tomé aire y me senté en el borde, como otras veces. Pensé en las estrellas, y en papá y mis hermanos, pero cualquier mínimo ruido me distraía haciéndome creer que era él, así que ni siquiera pude disfrutar de mi momento de intimidad. Ya había pasado un buen rato, tal vez Link ya había hecho su ronda por ahí y ahora merodeaba por otro sitio. Hacía frío, así que me envolví bien en la capa y comencé el camino de vuelta a los barracones. Tendríamos que ajustar cuentas otro día.

—Oye.

Me di la vuelta y ahí estaba, venía caminando entre los árboles del borde del bosque, con un farol en la mano y cara de pasmarote. Decidí hacer como él, seguí caminando como si no lo hubiera visto en absoluto, así probaría de su propia medicina.

—Oye, ¡para!

—Ah, estabas ahí —dije —pensé que eras invisible.

—I-invi… ¿qué?

—Nada —me di la vuelta e intenté marcharme pero él se interpuso esta vez en mi camino.

—No sé a qué juego estás jugando, pero estaba seguro de que volverías aquí —gruñó, con el ceño fruncido. No quedaba ni rastro del hombre-estatua.

—No juego a nada, eres tú el que se comporta de un modo absurdo. Ahora si no te importa quiero ir a dormir, el borde es muy peligroso, está lleno de asesinos y dragones que quieren acabar con nuestras valiosas vidas.

—Yo sólo cumplo órdenes, no entiendo nada.

—¿Sabes? Entiendo que me guardes cierto rencor, después de todo te puse un aprieto al estar aquí fuera de horario. Pero el hecho de que ignores a Dúa me resulta ofensivo. Es la mejor persona que conozco. Y por algún motivo que no alcanzo a comprender te tiene aprecio. Un saludo es lo mínimo que merece.

—Un saludo… —balbuceó.

—Me haces perder el tiempo.

—Yo… creo que Dúa es increíble y muy buena —admitió.

—Pues como mínimo deberías saludarla cuando te cruces con ella, ¿no crees?

—Ella te curó las manos, ¿verdad?

—No sé qué tiene que ver eso ahora —dije, sintiendo una especie de sacudida.

—¿Ha quedado alguna marca?

—No, están curadas del todo.

Como vi que no se movía del sitio intenté huir hacia el barracón, pero reaccionó volviendo a cerrarme el paso.

—No debes volver aquí más veces. Es peligroso.

—Eso ya lo has dicho. El único peligro es que se lo cuentes a los sacerdotes y vuelvan a castigarme, pero no lo has hecho, ¿verdad?

—Esto es algo que debo gestionar yo solo. Sir Warden confió en mí para eso.

—Entiendo. También competís entre vosotros, lo he notado.

—Más que una competición se trata de hacer bien nuestra parte. Si todos la cumplimos no debe pasar nada malo, pero tú no dejas de exponerte una y otra vez —protestó, agitando el farol.

—No sé de qué me hablas. Si sentarme ahí es exponerme seguramente es porque tienes vértigo y te da miedo. Pero te aseguro que es algo inofensivo.

—Llegas tarde al desayuno, sólo las diosas sabrán por qué, te duermes durante las ceremonias, robaste libros de la biblioteca privada de los sacerdotes y no dijiste nada de tus heridas en las manos a pesar de que eso te impedía manejar un arma con seguridad. Pudiste herirte o herir a alguien más. Te expones a que te castiguen una y otra vez. Además, guardas cosas extrañas en un agujero y te escapas en mitad de la noche para sentarte en el borde de un precipicio. Un paso en falso y todo acabaría mal.

—¿Quién te crees que eres para juzgar todo eso? —pregunté, sintiendo una oleada de calor y de ira brotar dentro de mí —primero eres amable conmigo y luego no tienes ni la dignidad de saludarme a mí ni a Dúa. Pasas a nuestro lado sin mirarnos a la cara, como si sólo fuésemos ganado al que mantener dentro de la cerca. Eres un impertinente por hurgar en mis cosas privadas, si tan peligrosas crees que son deberías quemarlas o entregárselas a tu superior en lugar de ocultarle todo esto como un cobarde.

—Sólo intento mantener la seguridad, es el motivo por el que me han traído aquí —replicó, rodeando la empuñadura de su espada —un soldado cumple órdenes, no importa si se trata de proteger a su majestad el rey o a unas…

—Niñas, ¿no?

—Márchate ahora mismo y deja de cometer imprudencias, o tendré que hablar con sir Warden.

—Hazlo. Así otro podrá llevar esta carga tan pesada y tú quedarás libre.

Me marché de allí acalorada, con ganas de romper algo. ¿Cómo diablos había dado con el escondite secreto? ¿A eso dedicaba el tiempo libre? Nos espiaba con esa cara de bobo sin expresión para luego seguirnos y hurgar en nuestras cosas. A lo mejor sólo era un perturbado, solían elegir a los jóvenes más descerebrados para el ejército, así obedecían órdenes sin cuestionar nada.


Después del incidente pasé días sin asomar la nariz fuera de la biblioteca.

Tuve la suerte de encontrar un nuevo trabajo que me mantuvo muy ocupada y alejada de las rutinas habituales de las Hijas de Hylia. Mi nueva asignación supuso una vía de escape, fue un alivio no tener que volver a encontrarme con él, fuese en el contexto que fuese.

El maestro Uthef buscó voluntarias para reorganizar nuestra biblioteca. Era una tarea odiosa y aburrida que nadie quería hacer, y menos cuando aún estábamos en verano y todas deseábamos aprovechar el buen tiempo antes de la entrada del otoño. Decidí presentarme voluntaria, me serviría para ordenar mis ideas y para congraciarme un poco con el maestro.

Trabajar con Uthef suponía librarme de las meditaciones y de todas las prácticas. Desde el amanecer hasta la hora de la cena mi vida consistía en vaciar estanterías, limpiar el polvo, reclasificar los libros, ordenarlos e irlos colocando en su nuevo lugar.

—Has hecho un buen trabajo, Tetra —me dijo Uthef una tarde —sólo quedan dos estanterías.

—Es una pena que el buen trabajo se acabe tan pronto —resoplé.

—¿Pronto? Llevamos casi dos semanas aquí encerrados —carcajeó —un día más aquí y acabaremos volviéndonos locos.

—¿Y no hay otro trabajo en el que yo pueda ayudar?

—No de momento —dijo, con aire pensativo —pero puede que quiera clasificar algunos mapas de mi archivo personal. Hay alguna información sobre Lontania que podrías consultar. ¿Cuento contigo para ello?

—¡Por supuesto!

—Bien. Es todo por hoy, puedes marcharte con tus hermanas.

—Pero… faltan las dos estanterías.

—Yo me encargaré de ellas. Tú puedes descansar. Quedan pocos días para el otoño, aprovecha antes de que el frío llegue a la Meseta.

Salí de la torre a paso ligero. El trabajo había resultado ser más liberador de lo que habría imaginado. Mientras trabajaba no pensaba en nada más. No me acordaba de mi familia, ni de Urbosa, ni de los guardianes perturbadores de la paz. Además, ahora poseía un enorme conocimiento sobre la biblioteca y había descubierto muchas cosas nuevas que deseaba leer. Sin ese trabajo escrupuloso jamás habría dado con esas joyas ocultas.

No sé por qué, mi primer impulso fue ir hasta el escondite.

Sabía que él no había dicho nada a sir Warden ni a los sacerdotes, si ellos hubieran sabido lo del escondite me habrían tenido dos días de rodillas en la plaza central.

Hurgué en mi agujero y no había nada. Ni el planeador, ni mis pergaminos con ideas de proyectos, ni mi capa. Tal vez Link me había hecho caso y había decidido prenderle fuego a todo, así yo dejaría de "exponerme" tanto. En fin, era una posibilidad que había imaginado. Comprobé con sorpresa que no me molestaba tanto, era una pérdida, pero si él había dado con el escondite era porque no era muy bueno en realidad, tendría que idear algo mejor.

—¡Tetra!

Dúa vino corriendo a abrazarme cuando me vio caminar hacia la entrada del templo.

—Cualquiera diría que llevas años sin verme —carcajeé.

—Han parecido años, la mayoría de los días sólo te he visto durmiendo en tu cama. ¿Habéis terminado?

—Hemos terminado —sonreí.

—Justo a tiempo para la fiesta de la cosecha.

—Oh, ¿aún celebramos ese aburrimiento? No se le puede llamar fiesta.

—¿Cómo que no? —rompió a reír. Me di cuenta de que había echado mucho de menos su risa esos días.

—No hay música, ni tabernas, ni cerveza, ni competiciones a ver cuál es la hortaliza más grande, no sé…

—¿Eran así las fiestas de la cosecha en Mabe? En el Dominio no celebramos nada parecido.

—Pues… no estoy segura.

—Te había echado mucho de menos, no vuelvas a desaparecer tanto tiempo detrás de los libros —dijo, tirando de mí con energía.

Mientras nos acercábamos al templo, vi que los guardianes salían a hacer su turno de vigilancia. Eran Kylan y Link. En fin, ya no me importaba nada de lo que había pasado. Lo percibía como un enfado lejano e infantil, no debió afectarme tanto todo lo que me había sucedido con él, y me había dado cuenta de que yo sola había hecho una montaña de algo muy tonto. Link era un guardián que estaba ahí para cumplir órdenes, él mismo lo dijo, no debía nada más a nadie y jamás debí obsesionarme tanto con todo el asunto.

Kylan se despidió de Link y marchó en dirección a la torre oeste. Link iría a hacer una ronda por el bosque, así que tendríamos que cruzar nuestro camino. Bueno, cuanto antes mejor. Ya no estaba enfadada, pero con cada paso que nos acercaba sentía como si hubiera un puño cerrándose dentro de mi estómago.

—Hola —saludó, al cruzarse con nosotras.

—¡Hola, Link! —respondió Dúa.

Yo miré al frente sin más. No es que le guardase rencor, es que las palabras se quedaron atrapadas dentro de mi garganta. Mejor así.