Señales divinas

La noche del accidente, apenas pude dormir. Llegué a los barracones de madrugada, cuando reinaba la calma y mis hermanas estaban en sus camas.

A la mañana siguiente el sacerdote Raris me dijo que no hiciese la meditación del amanecer, que fuese directamente al comedor a esperar el desayuno. Cuando mis hermanas llegaron, se sentaron cuchicheando como siempre, pero todas hicieron como si yo no estuviera allí, ¡como si fuese transparente!

—He preguntado al maestro Kagel por Dúa —informó Penta —se recupera bien de sus heridas.

—¿Qué es lo que tiene? —preguntó Huna.

—No lo sé…

—Un brazo roto —intervine.

—Como he dicho, no lo sé. Ya nos informarán —insistió Penta.

Al parecer también iban a ignorarme aunque les hablase directamente. No necesitaba eso para sentirme peor de lo que ya me sentía. No es solo que yo fuese alguien que estaba en un sitio en el que no encajaba, que sentía que no tenía ningún sentido que yo formase parte de las Hijas de Hylia… era que no podía perdonarme a mí misma por lo que le había pasado a Dúa.

Mis hermanas acabaron el desayuno y se marcharon con Raris, que vino a buscarlas.

—Tú no —me detuvo —tú ve a la torre del maestro Uthef. Te espera allí.

—¿Podré ver a Dúa más tarde?

—Ve con Uthef ahora.

Atravesé la plaza central un poco apresurada. Todos los guardianes estaban allí a excepción de sir Warden. No quería tener que pasar por la angustia de tener que cruzarme con ellos, no quería cruzarme con nadie en realidad, pero no me quedaba más remedio que hacerlo para ir a la torre. Agaché la cabeza y me miré los pies, si solo veía mis pasos no tendría que aguantar la mirada de ninguno de ellos.

—Menudo peligro anda suelto… —dijo Kylan a mi paso. Revali soltó una carcajada.

Cuando llegué a la entrada de la torre noté que se me habían escapado un par de lágrimas, ¿cómo podía ser tan boba? Era normal que se burlasen de mí por mi inconsciencia, no debería afectarme lo más mínimo. Me recompuse antes de subir las escaleras y golpear la madera de la puerta de Uthef.

—¿Maestro Uthef?

—Salgo enseguida.

No había nada distinto en su semblante, así que me resultó imposible adivinar qué tipo de castigo me tocaría esta vez. La verdad es que esperaba que me hicieran pasar varios días arrodillada en el centro de la plaza central, pero como nadie me había dicho nada de eso ya no sabía a qué atenerme.

Ascendimos hasta el nivel tres de la torre, nunca había estado allí. La puerta crujió cuando Uthef la abrió. Dentro había una estantería con libros cubiertos de telarañas y un catre.

—Quédate aquí hasta que te avisemos. Te traeré comida.

—Un momento, ¡espere maestro! ¿Voy a quedarme encerrada? ¿Es ese el castigo? —la idea empezó a angustiarme tanto que mis ojos se desviaron hacia la ventana, si pudiera, volaría desde ahí.

—El castigo está decidiéndose. Esperarás aquí.

—¿Y Dúa? ¿No puedo verla? ¿Y Urbosa?

Uthef resopló y no dijo nada más, sólo repitió que me traería el almuerzo y la cena cuando correspondiese.

Por la ventana no se veía el patio, las vistas de esa estancia daban al sur, al mundo infinito que se extendía a los pies de la Meseta. No podía ver ningún movimiento de los sacerdotes ni de los guardianes desde ahí, era el lugar ideal para mantenerme aislada. Yo… no terminaba de comprenderlo, había obrado mal, pero no era una amenaza para mis hermanas ni para nadie salvo para mí misma.


Cuando Uthef vino con la cena, pudo comprobar que el plato del almuerzo seguía intacto. Sólo me mojé los labios en agua porque no me quedó más remedio, pero me sentí incapaz de probar bocado. Él dejó la cena al lado de los demás platos.

—Lady Urbosa quiere hablar contigo —informó —te espera al pie de la torre. Puedes bajar un tiempo, pero luego has de volver aquí.

Asentí y me marché escaleras abajo. Al fin alguien querido me hablaría y me diría qué iba a pasar. Sólo pensaba en arrojarme a sus brazos, pero la encontré seria y con los brazos cruzados sobre el pecho.

—Acompáñame, demos una vuelta.

Vi que nos dirigíamos al borde, no sé por qué, igual era porque a veces nos habíamos sentado allí juntas, en alguna de sus visitas. Quise preguntarle si estaba enfadada, si había podido ver a Dúa, pero el nudo en mi garganta me impidió decir nada. Cierto… yo había provocado una situación insegura, pero que ese pino enorme cayese no era mi culpa… jamás querría hacerle ningún daño a mi mejor amiga, era una de las personas más importantes para mí, ¿cómo podían culparme por completo de eso?

Al llegar al borde vi que Urbosa se sentaba y me invitó a hacer lo mismo. Estuvimos un rato mirando al frente sin decir nada. No sabía qué era lo que se esperaba de mí, tan sólo quería poder tener voz en algún momento para decir que no era una traidora ni nada de eso.

—Un planeador… —murmuró al fin.

—Es una tontería, lo sé —respondí de inmediato, esperando ver a mi Urbosa de siempre —no lo hice para escaparme. Sólo… La única forma de sentirte libre es saber que lo puedes ser.

—He intentado hablar con los sacerdotes y no he podido hacer nada al respecto —suspiró —mañana serás llamada por el maestro Aurus, van a expulsarte.

—¿Expulsarme?

—No ha sido una decisión fácil.

—Pero… ¡no es culpa mía! ¡Yo quiero a Dúa, es mi mejor amiga! —se me saltaron las lágrimas —¡ojalá ese pino me hubiera aplastado! Hice muchas cosas mal, muchas, pero ¡no es mi culpa que el pino cayese!

—Tranquila, lo sé —al fin me rodeó con el brazo y pude llorar un poco sobre su regazo.

—Ojalá no fuese como soy —gemí, tragando lágrimas —no quiero hacerle daño a nadie, pero parece como si sólo por estar aquí mi existencia fuese una ofensa para los demás.

—No digas eso, vamos, hay que levantarse y seguir.

Dejé el regazo de Urbosa para tomar aire con fuerza. El frío de la noche llenó varias veces mis pulmones y eso logró serenarme un poco.

—Mi padre nunca debió enviarme aquí, menos aún con un título falso. Sólo he causado daño a los demás.

—¿Qué? ¿Crees que estás aquí por eso?

—Bueno, y por el día en que nací o algo así.

—Estás aquí por tu madre —aseguró.— Tu madre era especial, ya te lo he dicho muchas veces. De ahí que resulte tan difícil decidir si debes ser apartada de las Hijas de Hylia o no. En el fondo, algunos sacerdotes temen tomar una decisión equivocada contigo.

—Y a pesar de eso ya la han tomado —murmuré —¿me llevarás al desierto?

—Zelda no… no puedo.

—¿Por qué? No desobedecería jamás, he aprendido la lección, lo juro —nuevas lágrimas se escaparon a mi control, no esperaba algo así.

—Necesita pasar cierto tiempo, yo sigo estando asignada a la vigilancia del desfiladero. Las gerudo saben lo que ha pasado, de momento no te ven preparada para ser un miembro de la tribu.

—¿Entonces qué pasa conmigo?

—Lo mejor es que vuelvas a Mabe, con tu padre y tus hermanos.

—Yo… no puedo volver. No así. ¿Qué van a pensar de mí? Soy un fracaso absoluto, papá va a casarme con cualquier leñador viejo, lo sabes, sabes que en Mabe no puedo vivir yo sola, la vida para las mujeres no es igual que en tu tribu…

—Tranquila, no tiene por qué ser así. Buscaremos alguna solución.

Después de nuestra conversación, los abrazos de Urbosa no consiguieron aliviarme lo más mínimo. Los sentía lejanos, como si una corriente de aire helado me envolviese.

Volví a mi torre, seguí sin poder tocar la comida, así que me tumbé en el catre y estuve con los ojos abiertos, fijos en las estrellas que podía ver por la ventana, hasta quedarme dormida.

A la mañana siguiente, Uthef me llamó temprano. Me trajo unas ropas que no había visto nunca, me daba la impresión de que debían pertenecer a alguna vecina de la Meseta. Se trataba de una falda larga de color gris oscuro y una blusa que debió ser blanca algún día, pero amarilleaba incluso más que mi túnica habitual.

—¿Me quito el brazalete?

—Aún no —dijo, y me hizo un gesto para que le siguiese escaleras abajo.

Todas las Hijas de Hylia teníamos un brazalete de oro que llevábamos en la muñeca derecha. Era como un objeto de compromiso, tenía un significado similar a un anillo de matrimonio. Nosotras nos habíamos casado con la causa, éramos la promesa viviente de que un poder enorme podría ser manejado por una de nosotras para salvar a todo el mundo.

—Despojarla de su túnica me parece pasarse de la raya —murmuró Urbosa a Uthef, cuando nos vio aparecer a las puertas del Templo del Tiempo.

En el interior del templo había una sala principal con techos tan altos que parecían tocar el cielo y ventanas alargadas de cristaleras de colores. La efigie de piedra de la Diosa Hylia presidía en el fondo de la sala, justo en el centro. Allí estaban los Siete, los sacerdotes de la Orden de la Luz. Mis hermanas formaban una fila en un lateral, a su derecha, y los guardianes estaban a la izquierda. Urbosa se colocó al lado de ellos y yo me quedé sola, en el centro de la sala. El maestro Aurus me hizo un gesto para que avanzase y así someterme a una especie de juicio. Era parecido a cuando algún mandatario venía de visita con alguna petición.

Mientras avanzaba vi a Dúa, tenía el brazo vendado y atado con una tira de tela al cuello. Quise ir hacia ella, pero me hizo un gesto que me hizo entender que no era el momento. Al mirar al otro lado vi a Link. Sus fríos ojos de hielo estaban fijos y no se inmutaron a mi paso, apuntaban a algún hueco vacío como otras veces.

—Bien, podemos empezar ya —dijo el canciller.

Al entrar no había visto a cara de oveja, pero por supuesto, tenía que estar presente. Por suerte, fue Aurus el que llevó las riendas de la conversación, juicio, ceremonia o lo que fuese eso.

—Tetra, Hija de Hylia. Hemos estado reunidos debatiendo sobre cuál es el mejor modo para resolver el incidente del Festival de la Cosecha. Los Siete hemos debatido y también hemos recabado alguna información de tus hermanas y de los guardianes.

Volví la cara hacia ellas, pero sólo Dúa me sostuvo la mirada. En fin, sólo esperaba algo positivo de ella, y estaba segura de que no me guardaba rencor por lo sucedido.

—Siempre has tenido un espíritu algo rebelde, algo hasta cierto punto comprensible en una joven de tu edad. Pero el hecho de encontrar ese artefacto… es algo que va más allá de una simple rebeldía. ¿Acaso pretendías fugarte en algún momento?

—No, señor. Sólo era un experimento, juro que sólo era una idea tonta. A veces tengo ideas tontas como esa, pero no pretendía escaparme, no en serio.

—¿Por qué lo fabricaste entonces?

—Sólo para ver si era posible, para… Me daba tranquilidad pensar que de ser necesario, algún día podría tomar una decisión por mí misma —admití. Apreté los puños para no derrumbarme, si había un momento en el que mantenerme fuerte era este.

—Tu hermana Dúa nos ha dicho que acudió a ayudarte por voluntad propia, que no influiste de ningún modo en su decisión. Te libera por tanto de esa culpa.

—Yo… le pedí que me acompañase. Tal vez la presioné demasiado, a veces soy demasiado pesada e insistente. Pero no fue con mala intención.

—Los Siete y yo admitimos que ha sido un accidente desafortunado que podría haber tenido un final y unas consecuencias mucho peores.

Suspiré y clavé los ojos en mis pies. Me sudaban las manos, me sentí nerviosa y expuesta. No sabía qué más podía decir si ellos ya conocían la verdad.

—No obstante —prosiguió Aurus —hemos observado que este comportamiento, esa idea de crear objetos extraños y esconderlos puede estar conectada con algo más.

—¡No soy una traidora! Jamás traicionaría a mis hermanas —dije, sin poder contenerme.

—No lo eres —sonrió Aurus —eres fiel a ti misma. Y por algún motivo, sabes que no perteneces a este lugar. Aunque el maestro Uthef me asegura que eres una alumna brillante y que posees pasión por el conocimiento, no ocurre lo mismo en otros campos, como el de la meditación, el rezo y la devoción a nuestras diosas. Eso te hace rebelarte, llegar tarde a estas actividades y según he podido saber… sentirlas como una burla.

Abrí la boca para quejarme, pero me arrepentí al instante. Seguro que alguna de mis hermanas le habría contado algo así. No es que me burlase, es que no le encontraba sentido. Son cosas diferentes.

—En todo este tiempo has mostrado algunos dones, algunas señales que nos han hecho creer que debías seguir aquí. Ser tenaz, imaginar que otros caminos son posibles… esas son virtudes que podrían haber pertenecido a la heredera de la diosa. No obstante, es difícil interpretar las señales. Podríamos llegar a pensar que el incidente es una señal más clara, que el puente se derrumbó por obra de las diosas para indicarnos que una de las hijas debe abandonar el camino. ¿Por qué si no algo así ha de suceder? ¿Lo comprendes?

—Sí, maestro Aurus.

—Te hemos acogido aquí durante casi diez años, Tetra. Pero quizás ha llegado la hora de que sigas creciendo y continúes tu vida en otro lugar. Guarda en tu corazón esos dones que sin duda tienes, aunque no seas la Elegida, sí cuentas con cierto favor de las diosas y eso, lo creas o no, es una bendición.

—¿Ya hemos terminado? —dijo el canciller. Sudaba y parecía cansado de estar de pie.

—No —dijo Aurus, frunciendo el ceño —como he dicho, cada cual interpreta las señales de un modo diferente. Hemos de votar. Los hermanos que piensen que Tetra debe seguir siendo una Hija de Hylia levantarán su mano con honradez, a la vista de todos y sobre todo ante los ojos de nuestra Diosa.

Sólo Uthef y el propio Aurus levantaron la mano. No lo esperaba del maestro Aurus, pero tal vez sabía de sobra el resultado de la votación y sólo levantó el brazo para reconfortarme un poco.

—Ahora debes devolver el brazalete, Tetra —me dijo.

Me lo quité y lo dejé en su mano. En sus ojos había una calidez extraña, y me sentí agradecida hacia el maestro Aurus, por todo, por haberme acogido durante diez años, por ser casi como un segundo padre de todas nosotras.

—Ahora sí —dijo el canciller —que las niñas vuelvan al barracón y los guardianes a sus puestos. Lady Urbosa, como habéis solicitado podéis quedaros conmigo y los Siete para decidir el mejor modo de devolver a la cría a su familia.

Urbosa me hizo un gesto con la cabeza y todos abandonamos el templo, los guardianes y yo por la puerta principal y mis hermanas por el lateral hacia los barracones.

—Un momento, ¿podré despedirme de ellas? —pregunté, mientras una angustia repentina me rodeaba el pecho. No podía irme sin hablar antes con Dúa.

—Por supuesto, tranquila —sonrió Aurus, con su paciencia habitual —más tarde podrás despedirte de todo el mundo.


Estuve dando tumbos por la plaza central esperando a Urbosa, pero la reunión de los sacerdotes duraba más de lo esperado. Me sentí perdida, sin saber bien qué hacer. Por primera vez en mi vida nadie me decía "ve a rezar" o "es hora de meditar" o "vuelve a la torre". Era como si al soltar el brazalete ya no le importase a nadie que deambulase sola o me acercase al borde. No podía volver a los barracones porque ya no era mi casa. No tenía más pertenencias que las túnicas, pero había tenido que devolverlas. No tenía nada que me perteneciese y yo ya no pertenecía a nada. Era muy raro.

No servía de nada que me estuviera torturando a mí misma con todo eso, ¿para qué? Lo mejor era pensar en cómo despedirme de Dúa, necesitaba decirle lo mucho que la quería y todo lo que significaba para mí. Tal vez podría hacerle la promesa de poder volver a verla algún día. No sabía ni cómo. A lo mejor mi padre me casaba con algún comerciante, los comerciantes sí podían acceder a la Meseta de vez en cuando. O tal vez podría volver alguna vez a ayudar a Uthef con la biblioteca, como una especie de favor por los viejos tiempos. Me dejarían pasar si lo pedía, ¿no? Urbosa tenía permitido el paso, ella me ayudaría de ser necesario. Era realmente absurdo, tanto tiempo soñando con ver el mundo exterior, y ahora que eso era una realidad no me sentía capaz de dejar mi Meseta.

—Oye.

Di un respingo al oír su voz. No tenía ni que darme la vuelta para saber que era Link. Estaba allí con su capa y su ballesta, pero sus ojos no eran los mismos que vi en el templo, durante mi juicio.

—Sólo quería dar un paseo mientras espero a Urbosa —me justifiqué, a la defensiva —no iba al borde. Puedo volver ahora mismo a las puertas del templo, no quiero molestar.

—No, eso no es… —frunció el ceño y pareció apartar alguna idea de su cabeza —quiero enseñarte algo.

—¿Ahora?

Asintió y echó a andar sin esperar ninguna respuesta más. Miré a ambos lados, estaba empezando a oscurecer.

—No vamos a tardar —dijo, adivinando mis pensamientos.

Lo seguí por un pequeño sendero interior del bosque, y no tardé demasiado en darme cuenta de que era un atajo hasta el ascenso al Pico Nevado. Conforme más nos acercábamos al lugar del accidente, más aumentaba mi perplejidad.

—¿Por qué me traes aquí? —dije, deteniéndome. Sabía que él no pretendía nada malo, tras lo ocurrido con Dúa había descartado por completo que fuese un espía enemigo. De alguna manera confiaba en él, pero aun así…

—Quiero que veas esto.

El puente seguía destrozado, la corriente y los rápidos de agua saltaban y se desbordaban a su alrededor, siguiendo su curso natural. Pero Link se desvió hacia la montaña, ascendió por la ladera llena de árboles, alejándose del acceso al puente. Olisqueó el viento como ya le había visto hacer otras veces, y entonces se agachó. Se quedó mirándome hasta que me acerqué e hice lo mismo que él.

—¿Lo ves? —preguntó, señalando a un tocón a sus pies.

—Es lo que queda del pino que cayó sobre el puente.

—Exacto.

No sabía si me estaba tomando el pelo y me disponía a protestar cuando entonces comprendí lo que quería decirme. El tocón que estábamos observando estaba rasgado por una zona, pero había cortes precisos y calculados por otra. La marca indudable de un hacha. Se trataba de un árbol fuerte y sano y jamás habría caído de no ser por aquellos cortes.

—¿Por qué? —pregunté, sin más.

—Para provocar una distracción, ya te lo dije —suspiró, entrecerrando los ojos. Eran tan azules como las demás veces, pero ya no me daban miedo.

—¿Sabían que Dúa y yo vendríamos aquí?

—No lo sé, puede que no. Podríais haber sido vosotras o cualquiera de las otras. Quien sea que lo hizo, buscaba distraer a todo el mundo. Aprovechó el festival, igual que vosotras, para montar el revuelo.

—¿Qué pretendía?

—Aún no lo sé. Pero lo importante ahora es que hablemos con el maestro Aurus lo antes posible, él parece de fiar —aseguró.

—No sé qué puede hacer Aurus con esto, más bien deberías hablar con sir Warden. Urbosa dice que es un soldado noble y muy valiente, alguien de fiar.

—No es eso, si le decimos al maestro Aurus que alguien cortó el pino no tendrás que marcharte. Sabrán que no es un accidente, ni una señal de las diosas, ni nada tan absurdo.

—¿Qué? —me puse en pie, sintiendo una especie de nervios repentinos.

—Es injusto que te hayan expulsado, podemos arreglarlo de inmediato —también se puso en pie, hablaba con tanta convicción que asustaba.

—No… no creo que me hayan expulsado por lo de la señal, Link. Querían hacerlo, a muchos les valía una excusa.

—Pero ahora puedes demostrar que se equivocan —insistió.

Miré a otro lado, incapaz de enfrentar esa determinación tan extraña. ¿Qué más le daba a él eso?

—No lo sé. Sólo Uthef me quiere aquí, y Aurus por compasión.

—No puedo creer que digas eso ahora —gruñó —tú, que te pasas el día luchando contra las injusticias, ahora no eres capaz de luchar por esta. No tienes por qué marcharte.

—Podemos intentarlo, pero es tarde y no sé si después de lo ocurrido me conviene seguir aquí, ¿lo habías pensado?

—Prefieres irte y que tu padre te venda a un leñador viejo, ¿es eso? Es injusto y puede arreglarse, vamos, aún estamos a tiempo.

Echó a andar deshaciendo el camino, ya había oscurecido casi por completo.

—¿Qué? ¿Me has vuelto a espiar?

Se detuvo en seco y por primera vez desde que lo conocía lo vi titubear.

—No lo pretendía —admitió, desviando la mirada —pero soy el vigilante del borde. Te vi con lady Urbosa y no quise molestar.

—No quisiste molestar pero te quedaste a espiar la conversación.

—De acuerdo, estuvo mal —admitió —pero me di cuenta de que no eras culpable de nada de lo que ha pasado y de que es injusto. Te preocupas por Dúa, incluso por las demás aunque te traten mal. Tú eres la única que se ha revuelto contra todas estas normas tan extrañas.

—Si piensas así, ¿por qué diablos no me has dicho nada de esto antes?

—Porque teníamos prohibido… —vaciló un instante —ser cercanos con las Hijas de Hylia. Pero ya no lo eres y puedo decirte la verdad.

—Oye, no sé si-

No pude terminar la frase. Se oyó un enorme estallido a lo lejos, tan fuerte que me zumbaron los oídos y durante unos segundos un pitido llenó mi cabeza.

—Tetra, ¿estás bien?

—Sí —al fin desapareció el estruendo de mis oídos y pude reaccionar —¿qué ha pasado?

—Es el Templo del Tiempo. Creo que alguien ha hecho que estalle en pedazos.


Notas:

Lena-kun, gracias por el review! Jajajaja, mi imaginación es el trol número uno del mundo, así que si te da por pensar que Link usa la paravela de papel higiénico tampoco me parece tan raro xD En el capítulo 1 (creo) Tetra dice algo como "todas somos Zelda aquí", por lo que se asumiría que todas se llaman Zelda. Pensándolo, no tiene por qué ser así exactamente, puede que hay con ese nombre y que las hayan nombrado numéricamente "por protocolo", así que puedes imaginar si quieres que el nombre real de Dúa es Mipha. En mi cabeza se llama "Mipha Zelda" xDD la gente de la realeza se pone varios nombres y en este caso podría ser algo así. Un abrazo! -J.

Mimi Usagi, ¡gracias por darle una oportunidad al fanfic! Espero que te sigas animando a leerlo :) Un abrazo, -J.

Sakura, ¡hola de nuevo! Espero que te encuentres muy bien, me da alegría al volver a leerte por aquí. Gracias a ti por ser follower fiel y seguir todas mis historias :) Un abrazo grande! -J.