Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.


Libro I

Capítulo 5


Visiones del Futuro

[Carta Mágica/Campo]

Cuando un monstruo es Invocado de Modo normal, retira del juego a ese monstruo. Durante la próxima Standby Phase del jugador que Invocó a ese monstruo, devuélvelo al Campo en Posición de Ataque boca arriba.


Me fue imposible descansar el último fin de semana de las vacaciones de verano. Cuando Haou decide convertirse en una especie de mentor para ti es raro que haya momentos de relajación, así que uno aprende a apreciar los pocos respiros que pueda obtener. El aumento en la intensidad del entrenamiento dejó en claro que pretendía recuperar todo el tiempo que su viaje del fin de semana le restó a nuestro entrenamiento. El que ahora tuviera el Tapete de Duelo lo motivó a aumentar la intensidad en los Juegos de lo Oscuro. Nada que dejara marcas permanentes: se limitó solamente a causar pequeños choques eléctricos, como jugar con una caja de toques.

Al menos eso mantuvo mi mente ocupada y me impidió pensar en lo que Yugi reveló unos días atrás.

Hablando de eso, no tuvimos noticias sobre Yugi durante esos días. Lo más probable era que ya hubiera regresado a Tokio para retomar sus clases en la universidad. Personalmente, no me causaba conflicto el que esto fuera así. Todavía me sentía un poco enfadado por lo que él, Kaiba y su otro socio hicieron. ¿Cómo reponerse a revelaciones como las que hizo en mi fiesta de cumpleaños?

Me esforcé intentando entender los motivos que los llevaron a ejecutar un plan como ese… Pero, cualquier empatía que pude sentir se esfumó cuando las pesadillas regresaron con gran intensidad.

Entre más pensaba en eso, más me sentía como si ellos hubieran interrumpido algo muy importante que debía terminar a como diera lugar. Ni hablar de la sensación de algo filoso cortando mi garganta. Durante esos días descarté la hipótesis de mi muerte en un accidente. En cambio, comencé a pensar en una posibilidad más… ¿Cómo decirlo? Estilo Temporada 0.

Suspiro.

Los gemelos celebraron su octavo cumpleaños el último domingo de las vacaciones. Sus padres optaron por trasladar la fiesta al día anterior debido a que el ciclo escolar se retomaba el martes primero de septiembre, justo al día siguiente a su cumpleaños.

Le obsequié a cada uno un nuevo set de herramientas para duelo: una caja de accesorios que incluía dados, monedas, cuentas de cinco colores diferentes –rojo, azul, negro, blanco y verde– para representar contadores y varias Fichas de Monstruos. El set de Haou era de una elegante temática egipcia (supongo que es un pequeño guiño de Pegasus al origen de su versión del Duelo de Monstruos), mientras que el de Judai era de Héroes Elementales.

Por lo demás, la celebración se redujo a comer tarta y helado únicamente conmigo y Osamu como invitados.

El martes siguiente por fin llegó el primer día de clases en mi nueva escuela.

La mañana del primero de septiembre me encontré de pie frente a la puerta del aula 2-5 de la Escuela Primaria Pública Número 4 de Ciudad Domino. Pude escuchar las voces entusiastas de mis nuevos compañeros de clase desde el otro lado de la puerta. Era el alboroto esperado en niños de esa edad tras reencontrarse con sus amigos luego de las vacaciones.

Me recargue en la pared junto a la puerta mientras esperaba a que se presentará la profesora del grupo.

Mi profesora apareció justo un minuto antes de que la campana sonará indicando el comienzo de las clases. Era una mujer joven, posiblemente alrededor de sus veinticinco años. Llevaba su larga cabellera oscura recogida en un moño y vestía un traje formal de color granate. Su rostro me resultó un poco familiar, aunque no podía recordar dónde lo había visto.

—Debes de ser Kenichi —me dijo con tono alegre—. Es un placer conocerte. Soy Midori Hibiki. Desde hoy seré tu profesora de segundo grado.

—Mucho gusto, profesora —le respondí haciendo una leve reverencia y tratando de que no se notara mucho mi nerviosismo.

Al escuchar su nombre supe de inmediato por qué su rostro me resultó tan familiar. Esta era Midori Hibiki: la directora del dormitorio Osiris, y una gran amiga de Judai en el manga. Debo confesar que nunca lo leí completo, por lo que todo lo que sabía sobre su historia provenía de artículos de la Wiki de Yu-Gi-Oh!. Debido a esto último, no sabía muy bien qué esperar con respecto a su presencia allí.

La profesora debió notar mi nerviosismo, ya que me sonrió para tranquilizarme.

—Entiendo que es difícil comenzar en una escuela nueva, pero tómalo con calma, ¿vale?

—Lo intentaré. Gracias, profesora.

Asintió levemente sin dejar de sonreír.

Cinco segundos después escuché el sonido del clásico timbre de escuela japonesa al que ya me había acostumbrado.

La profesora Midori entró en el aula. Escuché el sonido de las sillas al ser arrastradas cuando mis nuevos compañeros volvieron a sus asientos asignados, y el posterior eco de la clase cuando saludó a su maestra con un «buenos días», aunque sus voces sonaron un poco apagadas.

—Lo sé, lo sé —dijo la profesora con clara diversión en la voz—, es molesto regresar a clases luego de las vacaciones, así que vamos a tratar de subir esos ánimos.

A través del cristal de la puerta pude ver como la profesora tomaba un poco de tiza y comenzaba a escribir en la pizarra, seguramente los Kanji que conformaban mi nombre: 研 (Ken) de Estudioso y 一 (Ichi, uno) por ser el primer hijo.

Volví a concentrarme en la voz de la profesora Midori:

—Hoy no solamente comenzarán el trimestre número dos de su segundo año de primaria, sino que conoceremos a un nuevo amigo. Desde hoy un estudiante se une a nuestra clase. —Se asomó por la puerta y me sonrió de nuevo, mientras los murmullos llenaban el aula—. ¿Quieres pasar y presentarte?

Respiré profundamente para relajarme, luego entré en el aula.

Las miradas de todos estaban fijadas en mí, lo que me hizo sentir nervioso. En mi escuela anterior había hecho todo lo posible para mantener un perfil bajo, por lo que no estaba muy acostumbrado a ser el centro de atención en un grupo formado por treinta niños de primaria. Debido a esto, me sentí como ese día en el área de juegos de mi edificio, poco más de un mes atrás: carne fresca en medio de tiburones.

Debido a la situación particular que es mi existencia, siempre he sido alguien demasiado peculiar. Destacar de esa manera solo me complicaría las cosas en mi infancia. La sociedad japonesa no acepta a nadie que se atreva a ser diferente: el clavo que sobresalga se encontrará con el martillo.

Pude ver a Judai en el centro del aula dándome una sonrisa alentadora. A su derecha, Haou lucía una expresión en extremo aburrida. Habría considerado estar en su mismo grupo una coincidencia, pero sabiendo que Kaiba arregló mi llegada a la ciudad, era muy poco probable que eso fuera así. Considerando que Kaiba puede hacer y deshacer cualquier cosa dentro de Ciudad Domino, no es una idea tan descabellada. Corporación Kaiba es Ciudad Domino lo que Shinra es a Midgar.

Respiré, adopté una actitud falsa de relaciones públicas y procedí a presentarme ante la clase:

—Mucho gusto, soy Kenichi Satou. Mi familia se mudó a Ciudad Domino este verano. Por favor, sean amables conmigo —terminé e hice una pequeña reverencia como lo demanda el protocolo social japonés.

Los niños comenzaron a murmurar, mientras que la profesora Midori recorría el aula con su mirada.

—¿Veamos?, ¿dónde podrías sentarte…? Sí, eso es: hay un asiento libre junto a Sho. ¿Quieres levantar la mano para que Kenichi te vea?

Un niño de aspecto nervioso levantó una mano temblorosa desde la penúltima fila. De inmediato reconocí el cabello tupido de color celeste y los anteojos de lentes redondos. No había duda: ese era Sho Marufuji.

Parpadee un par de veces con desconcierto. No esperaba eso. Se suponía que Sho conocería a Judai al ingresar a la Academia de Duelos. ¿Por qué estaba en su grupo de segundo grado de primaria?

Volví a respirar profundamente para despejar mi mente y caminé en dirección a la silla vacía. Estaba en la penúltima fila, a un asiento de distancia de la ventana. En mi camino hacia allí pasé junto a Judai, quien me dedicó un pulgar arriba en señal de apoyo. Él se sentaba tres líneas por delante de mí, en la misma fila que Sho.

—Mucho gusto, seamos amigos —dije a Sho cuando me senté junto a él.

—Eh, claro —tartamudeó él—. Soy Sho Marufuji.

—Kenichi Satou.

Abrí mi maletín escolar y me preparé para un aburrido día de escuela. Del temario de segundo grado lo único que encontraba interesante era la historia de Japón, que obviamente desconocía en un noventa por ciento, además de la geografía local. Nunca está de más conocer el país en el que estás viviendo. Cabe destacar que mi fuerte en la escuela siempre han sido las ciencias sociales, en especial la historia.

La clase comenzó con matemáticas, que en esta ocasión se trataba de geometría muy básica. Siendo el caso, me permití dejar a mi cerebro en lo que llamaba «modo automático» y dediqué parte de mis pensamientos a otras cosas, en especial a meditar sobre lo diferente que parecía ser este mundo respecto a lo que recordaba del anime. En menos de cinco minutos me encontré con un personaje exclusivo del manga, quien resultó ser mi profesora de segundo grado de primaria, y con el futuro mejor amigo de Judai, quién según todo lo que sabía no debería de estar en la misma escuela primaria que él.

«Bueno», razoné con respecto a Sho, «también podría ser que compartieron clases un par de años y luego dejaron de verse».

No obstante, esa hipótesis era tan débil que se desmoronaba por todas partes. Considerando las acciones de Yubel y la reputación de Judai, Sho tendría que haberlo reconocido cuando se encontraron en la Academia. Eso sin tomar en cuenta lo hiperactivo que podía llegar a ser el niño con cabellera de Kuriboh.

Dejando eso de lado, el niño Sho junto a mí me parecía incluso más nervioso de lo que recuerdo de los primeros capítulos del anime. ¿El éxito de su hermano le pasó factura desde una edad tan joven? Tal vez debía corregir eso cuanto antes.

De inmediato mi mente gritó: «¡No!». Meterse con la línea del tiempo, todavía más, únicamente podría empeorar las cosas…

«¿Empeorar qué?», preguntó otra parte de mí. «¿El futuro condenado del que habló Yugi?».

Internamente, hice una mueca ante esos pensamientos.

No quería pensar en Yugi y lo que sus acciones significaron para mí. La paz que obtuve en la muerte era algo que, cuando no mantenía mi mente ocupada, me llamaba de forma insistente. Una paz que ellos me arrebataron. Los muertos no quieren volver a la vida. Ahora puedo ver porque Buffy estaba más que dispuesta a bailar hasta la muerte en Una vez más, con sentimiento.

Recorrí el salón con la mirada, deteniéndome en la cabellera de Judai que destacaba tres filas por delante de mí. En el anime, Judai impulsó a Sho a salir de la sombra de su hermano, seguro también podría ser así en esta realidad. Y si lo hacía antes de tiempo, de paso ganaríamos un activo valioso para la guerra que se avecinaba.

Me mordí el labio con frustración. ¡Dioses! Este Sho era un niño de siete u ocho años. No debería de estar pensando en arrastrarlo a la guerra contra la Luz… Al menos no todavía.

A veces de verdad el fin justifica los medios… La misión siempre debe ser lo primero.

Mi frustración creció debido a ese pensamiento tan sombrío. ¿Qué misión…?

Volví a conectarme con la realidad al escuchar a la profesora Midori preguntarme sobre cómo calcular el área de un cuadrado. Le respondí de la misma forma automática en que funcionaba mi cerebro durante casi todas mis clases. A pesar de lo aburridas que eran las clases de segundo de primaria, decidí concentrarme en ellas para no volver a pensar en cosas terribles.

El resto de las clases, hasta el almuerzo, transcurrieron de la misma manera, así que me permití analizar el día a día de mi nuevo entorno.

En varias ocasiones vi a Sho anotando en su cuaderno las indicaciones de la pizarra de manera casi desesperada. Parecía que no le estaba yendo bien en clases. Eso, o en su familia lo estaban presionando para que fuera tan bueno como, muy probablemente, lo era Ryo. Cualquiera que fuera el caso, era claro que necesitaba algo de ayuda.

El timbre que indicaba el comienzo del almuerzo sonó.

Guardé mis cosas en el compartimiento de libros del escritorio y me estiré para sacudirme la pereza. La profesora Midori se ausentó para ir a recoger los bento con los almuerzos de los alumnos. En Ciudad Domino la Fundación Kaiba donaba los almuerzos escolares a todas las escuelas públicas. Mientras la maestra se ausentó, el aula se sumió en el parloteo bullicioso de una docena de conversaciones infantiles sucediendo al mismo tiempo.

De un momento a otro, me vi asediado por un montón de niños curiosos. Tuve que responder toda clase de preguntas infantiles similares a las que contesté un mes atrás en el área de juegos de mi edificio: ¿dónde vivías antes?, ¿es cierto que en Tokio hay bandas de Cazadores de Cartas que merodean los barrios peligrosos?, ¿te gustan los videojuegos?, ¿compraste el nuevo manga de Las aventuras del Bebé Dragón?, ¿eres duelista?, ¿cuál es tu monstruo favorito?, ¿quieres luchar conmigo?

Suspiré con alivio cuando la profesora Midori regresó con el carrito de los bento y comenzó a repartirlos. Era un almuerzo escolar típico japonés: arroz, verduras, pescado y sopa, acompañado con un paquete de leche. Mucho más nutritivo que el paquete de galletas y la caja de leche con chocolate que daban en la escuela pública a la que asistí en mi vida anterior. Recuerdo que las galletas eran de avena barata, ni siquiera de una marca reconocida, y la leche muchas veces estaba echada a perder. Nadie lo extrañó cuando el gobierno decidió simplemente desaparecer el programa de desayunos escolares sin molestarse en instaurar algo mejor.

Después del almuerzo siguió la clase de educación física, por lo que había que dirigirse a los vestidores del gimnasio y luego al campo de atletismo de la escuela.

Antes que cualquier otro de mis compañeros pudiera acercarse a mí, me puse de pie y caminé a donde Judai.

—Vaya, te volviste popular —me dijo él de manera alegre, aunque no pude evitar notar algo de tristeza en el fondo.

—Es la novedad. Una hora más y seguro van a aburrirse.

Estaba ansioso por volver a mi perfil bajo. La popularidad no era algo con lo que me gustaría lidiar en el día a día. A diferencia de cómo pasaba en las escuelas de las sitcoms de adolescentes de Estados Unidos, las escuelas públicas a las que asistí en mi vida anterior nunca tuvieron una clasificación social entre populares y no populares. Dicho concepto, para mí, resulta de lo más innecesario y solamente parecía ser una fuente de estrés adicional para chicos que de por sí ya tienen mucho en su plato.

—Kenichi —me llamó un grupo de niñas—. No deberías hablar con Judai. ¡Es peligroso!

Noté a Judai tensarse al escuchar eso.

—Niñas, por favor, sean amables —las regañó la profesora Midori, quien iba escoltando al grupo en dirección a los vestidores del gimnasio.

Por el rabillo del ojo, vi a Sho: caminaba un par de pasos junto a nosotros y, al escuchar eso hizo amago de apartarse, pero se encontró acorralado entre otros niños y la pared. Me sorprendió que Sho hubiera creído esos rumores producto de tonterías infantiles. «Solamente que no son tonterías de niños», me recordé a mí mismo. Yubel de verdad estaba lastimando a las personas. Habría que arreglar eso cuanto antes. No podíamos perder a uno de nuestros mejores duelistas por algo tan absurdo como los celos de un espíritu de duelo.

Volví a suspirar. No podía estar pensando en un niño como un peón en una guerra futura.

Desde la conversación con Yugi la semana anterior, me encontré pensando cada vez más en las batallas que vendrían, y en lo importante que era reunir a nuestros aliados más valiosos lo antes posible. En mi interior sabía que era eso o paralizarme de terror ante la perspectiva de enfrentar a la Luz de la Destrucción.

No puedo evitar el terror que me causa pensar en entes cósmicos de caos y destrucción. Y la Luz de la Destrucción ni siquiera es la punta del iceberg de lo que hay allá afuera, de los verdaderos horrores sin nombre que…

Suspiro.

Durante el transcurso de la clase de educación física, cada vez que Judai no estaba cerca y la profesora no estaba mirando, algunos niños me advirtieron sobre lo peligroso que era ser amigo de Judai. Por supuesto, hice caso omiso a todos ellos. Cuando la clase terminó y volvimos a nuestro salón de clases, estaba más que harto de todo el asunto. No sé cómo Judai aguantó todo eso durante meses y me extrañó que Haou no hiciera nada al respecto.

No, no engaño a nadie: por supuesto que Haou preferiría no intervenir. A decir verdad, no me sorprendería si los viera como molestias, y el que Judai sufriera un poco de su discriminación como un precio justo por deshacerse de ellos. Fue algo que dejó claro para mí: me toleraba porque era una herramienta útil para él.

¿Qué garantía tenía de que no pensaba exactamente lo mismo sobre Judai? «Unas pocas», me respondí a mí mismo, y de inmediato traté de dirigir mis pensamientos hacia una dirección más amable.

Fue un alivio cuando la campana sonó anunciando el final del primer día de clases de ese trimestre. No estaba muy feliz de volver a una rutina escolar tan aburrida. Casi no podía esperar a la Academia de Duelos. Por lo que había escuchado de su currículo, era un colegio de lo más exigente en lo que respectaba a su nivel académico. Tomando en cuenta el tipo de educación que recibió Seto Kaiba, no me sorprendía en realidad que fuera así.

Noté que ni Judai ni Haou se movieron de sus lugares. Además de ellos, también permaneció en el salón el grupo de alumnos que harían limpieza esa tarde, la profesora Midori –quien había sacado una laptop y parecía concentrada en algo en su pantalla– y, para mi sorpresa, Sho.

Mientras el grupo de limpieza se ocupaba de sacudir los escritorios más alejados de Judai, Sho no paraba de enviar miradas nerviosas en mi dirección.

—¿Pasa algo? —le pregunté finalmente.

Sho dio un respingo en su asiento, como si en vez de una pregunta hubiera saltado frente a él gritando: «¡Bu!».

—No, no es nada —me respondió con nerviosismo.

—Ya es tarde. ¿No piensas ir a casa?

—Yo… —Sho dudó un momento—. Hasta mañana.

Se apresuró a recoger sus cosas y luego salió del salón lo más rápido que se atrevió, sin romper la regla de no correr dentro de los edificios.

Recogí mis propias cosas y fui a donde Judai.

—¿Esperamos algo? —le pregunté.

—A Haou no le gusta salir en medio de la multitud.

Podía entender eso: era más que obvio que, si Haou tuviera opción, ni siquiera se molestaría en acudir a clases. En ese sentido, él y yo éramos iguales, aunque por motivos muy diferentes. Para mí era aburrido, para él simplemente era una molestia verse forzado a convivir con niños de siete y ocho años.

Luego de otros diez minutos, por fin Haou se puso de pie y se dirigió a la puerta sin decirnos nada. Las niñas del grupo de limpieza se despidieron de él, y luego pasaron a reírse como bobas mientras cuchicheaban entre sí. Haou ni se molestó en mirarlas.

Suspiré resignado. Por supuesto: el niño serio y de actitud fría tiene que tener fangirls, por si necesitaba otro recordatorio de que estaba en un mundo de anime shonen.

Seguimos a Haou por los pasillos de la escuela, rumbo a la salida. Pronto nos quedamos atrás, entretenidos por nuestra conversación sobre la Liga Profesional de Ciudad Domino, cuya temporada de otoño comenzaba esa noche en Kaibalandia.

Cuando llegamos al patio noté que Sho estaba sentado en una de las mesas de almuerzo y un chico mayor, creo que de sexto grado, se encontraba frente a él. Al parecer acababan de tener un duelo.

Por mera curiosidad me detuve a mirar. Judai dejó de caminar y se giró para verme, cómo cuestionando que pasaba. Yo simplemente le señalé a Sho y al chico mayor con un gesto de la cabeza. Tenía un mal presentimiento.

—Te gané, ahora dame tu carta más rara —escuché decir al niño mayor.

—No —le respondió Sho vacilante.

—Aceptaste la apuesta, ahora no puedes echarte atrás.

—Pero… Usaste una «Ciber Jarra»: ¡esa es una carta prohibida! El duelo no cuenta.

No había muchas cartas prohibidas en este mundo. En general, la mayoría de las cartas tocadas por la banlist eran aquellas muy fuertes y de rareza baja… como a veces pasaba en Duel Links.

—¿Quién lo dice? Soy mayor, puedo hacer mis propias reglas.

—¿No tienes honor de ser un duelista? —se me escapó.

El niño mayor se giró para verme, mientras que Sho se sobresaltó asustado y casi se cayó del banco.

—¿Quién lo dice?

—Jugar con cartas prohibidas es de cobardes —agregó Judai.

Asentí con la cabeza. Los duelos eran una parte tan importante de este mundo, que la banlist era vista casi como algo sagrado e intocable que todo duelista con un mínimo de honor respetaba.

Por mi parte, añadí:

—Además, las utilizas para aprovecharte de los niños de grados menores. No eres duelista, solamente un vulgar matón de patio.

Tenía un especial rencor a esa clase de abusivos desde que cierta vez alguien me robó mi mazo en la secundaria en mi vida anterior. ¡Lo peor es que el cabrón ni siquiera jugaba! Estoy cien por ciento seguro de que lo cambió por cigarros o algo parecido.

De regreso a mi historia, mis palabras hicieron que el niño mayor saltara enfadado y apretando los puños. Además, puedo jurar que, por un momento, una vena exageradamente grande palpitó en su frente, como para recordarme (otra vez) que estaba en un mundo de anime.

—¿Y qué piensan hacer al respecto? ¿Ir llorando con sus madres? ¡Él aceptó la apuesta!

—Entonces lo justo sería que a Sho también le hubieras permitido usar cartas prohibidas —le dije—. Pero, si tienes algo de honor como duelista, entonces demuéstralo.

—¿Me desafías?

Asentí con la cabeza.

—Si ganas, te daré no solamente mi carta más rara, sino mi mazo entero.

Judai me miró con horror.

—¿Estás seguro de eso? ¡Esas cartas son muy valiosas para ti!

—Y por eso no puedo perder.

Era la hora de abrazar las ventajas de ser un personaje de anime shonen. Eso y que estaba seguro de que el propio Judai eventualmente habría soltado él mismo un desafío. Si Judai hacía eso, lo más probable era que Yubel decidiera hacer uno de sus trucos, lo cual asustaría a Sho. Es decir, más de lo que ya estaba.

Despejamos la mesa y nos sentamos uno frente al otro para el duelo.

El matón escolar usaba un mazo básico sin arquetipo, aunque al menos sabía combinar sus cartas para hacer buenos combos. Durante el duelo empleó tres cartas que de hecho estaban prohibidas en el formato actual. Por fortuna, mi mazo zombi estaba mejor construido que el suyo y en cuanto comencé a llenar mi campo con mis hordas de muertos vivientes –todos ellos de dos mil puntos de ataque hacia arriba–, fue claro que no podía ganarme. A pesar de eso, decidí alargar un poco el duelo únicamente para ver qué haría.

—¡Toma esto! ¡Activo «Raigeki» para destruir todos los monstruos en tu campo! —me gritó desesperado.

—«Raigeki» está prohibida desde la primera edición Ciudad Batallas. Con esta van cuatro cartas prohibidas que utilizas.

—¿Y qué piensas hacer al respecto?

Me limité a sonreír.

—Activo mi Carta Trampa de Contraefecto: «Juicio Solemne». Gracias a su efecto niego la activación de tu «Raigeki» pagando la mitad de mis Puntos de Vida.

El niño apretó los puños. Me quedó claro que estaba perdiendo la batalla contra la frustración, porque al instante se levantó hecho una furia. Al ver que no podría ganar con sus cartas, decidió hacerlo mediante sus puños.

—¡Basta! —gritó una voz masculina.

El chico se detuvo en seco y se giró en dirección de la que había venido la voz.

Nos giramos en dirección a la voz. Un joven caminaba hacia nosotros desde el otro lado del patio. Debía tener alrededor de unos veinte años. Su cabello oscuro me recordó al de la profesora Midori.

—Es suficiente —repitió—. El duelo ha terminado. No hay modo de que puedas vencerlo, incluso con cartas prohibidas.

—¿Estaba viendo nuestro duelo? —le pregunté.

Él asintió con la cabeza en respuesta. Fruncí el ceño con sospecha. ¿Cómo lo había visto estando tan lejos?

No pude preguntarle, ya que siguió hablando:

—Iba a intervenir cuando intentó aprovecharse del niño más joven. —Sho pareció querer encogerse sobre sí mismo hasta desaparecer—. Pero luego vi que ustedes intervinieron y decidí ver qué harían. Aun así, me quedé por aquí por si las cosas se salían de control.

Su mirada se centró en el niño de sexto.

—Es mejor que lo dejes. Ya debes haberte dado cuenta: no ganarás nada haciendo trampa.

El pequeño matón al menos tuvo la decencia de verse avergonzado. Estoy seguro de que, al igual que yo, se había dado cuenta de quién era ese joven: no era otro que Koyo Hibiki, el duelista profesional. No era raro que estuviera en la ciudad, ya que inauguraría la temporada de Liga de Ciudad Domino esa noche en un duelo contra DD. Por un momento me estremecí pensando en la posibilidad de que la Luz amañara ese duelo para controlar a Koyo. Tendríamos muchos problemas si un duelista del nivel de Koyo caía bajo su influencia.

—Está bien —dijo el matón a regañadientes. Colocó su mano sobre su mazo para indicar que se rendía.

—¿Sabes? —le comentó Judai con su usual sonrisa amistosa—, lo estabas haciendo bien, y posiblemente hubieras superado los zombis de Kenichi si no hubieras perdido la paciencia.

El niño parpadeó sorprendido.

—Es cierto —Koyo confirmó lo dicho por Judai—. Te aconsejo que busques alternativas para las cartas prohibidas y repases tus combos. Se nota que aprendiste algunos y te pegas a ellos sin siquiera hacer el intento de combinar tus cartas de otras maneras, incluso cuando son muy evidentes.

—No puedo renovar el mazo —dijo en un suspiro—. Las cartas son muy caras. ¡Gasté los ahorros de toda mi vida en ellas! Es frustrante ver que mis mejores cartas fueron prohibidas y no puedo permitirme otras.

Podía entenderlo. Era muy común que algún novato gastara sus ahorros en una carta poderosa, para que a los pocos meses Konami terminara prohibiéndola. Además, muchas veces era evidente que la decisión se tomaba con base a las ventas. Pegasus al menos es un poco más mesurado al respecto, aunque el que su banlist se base en que tan accesible es una carta tampoco es que sea tan bueno. Pero, en un mundo donde un mirror match en un torneo grande es tan probable como ganar la lotería, supongo que tiene sentido que únicamente se limiten las staples baratas.

Koyo asintió y sonrió de forma tranquila.

—Puedo entender eso. Sin embargo, todavía eres un niño. No necesitas tener una baraja de nivel profesional. Una que funcione y con la que te diviertas al jugar es suficiente. Además, hay alternativas igual de baratas para reemplazar tus cartas prohibidas.

—Pero…, ¡esas cartas generalmente son de doble filo!

—Si eres un duelista sabrás como usar eso a tu favor —replicó Judai—. Sin embargo, no puedes renovar tu mazo robando las cartas de otros.

—Muy bien —Koyo terminó la discusión—. Si este asunto está resuelto, mejor que vayan a casa. Sus padres deben estar preocupados.

Esto hizo que Sho saltara asustado de nuevo.

—¡Ah, tenía que reunirme con mi hermano hace media hora! Va a estar muy molesto conmigo por llegar tarde.

Fruncí el ceño. ¿Ryo asistía a otra escuela? Considerando que no lo veía por allí, seguro iba a un colegio privado. Eso no me dejó buen sabor de boca. ¿Por qué pagar una escuela privada para su hijo mayor y enviar a Sho a una pública?

—No te preocupes, iremos contigo y le explicaremos la situación —le ofreció Judai.

Noté la duda y el miedo reflejados en el rostro de Sho. Judai al parecer también se dio cuenta, ya que la sonrisa falsa con la que pretendía ocultar el dolor apareció en su rostro.

—Si está enfadado entonces asumiré toda la culpa —le aseguré a Sho—. Después de todo, si no hubiera alargado el duelo a propósito no se te habría hecho tan tarde.

Esto convenció a Sho de dejarnos ir con él.

Nos despedimos de Koyo y fuimos a reunirnos con Ryo, el futuro Kaiser de la Academia de Duelos.

En el camino reanudamos nuestra charla ociosa sobre la Liga Profesional. Hice todo lo posible para incluir a Sho en nuestra conversación, pero la mayor parte del tiempo solamente nos respondía con monosílabos.

—¿Crees que haya una posibilidad de que veamos los nuevos Héroes Elementales esta noche? —me preguntó Judai.

Un par de semanas atrás, Ilusiones Industriales había celebrado un torneo privado para presentar sus nuevas cartas. El rumor decía que un nuevo set completo de Héroes únicos había sido entregado al ganador. Eso me sonaba sospechosamente parecido al modo en el que, según recordaba, Koyo Hibiki obtuvo el «Kuriboh Alado» en el manga. Y si había nuevos Héroes, bien podrían ser los del manga.

—Es posible —admití—. ¿Koyo Hibiki no juega una baraja de Héroes?

—¡Es cierto! ¿Consideras que debí preguntarle? Seguro él tiene esas cartas nuevas.

Me encogí de hombros. Dudaba que nos hubiera dicho algo.

Pasamos frente a la escuela secundaria de la zona y seguimos caminando. Decidí utilizar eso como excusa para sacarle algo de información a Sho.

—Por cierto, Sho, ¿tu hermano no va en secundaria? Ya que no asiste a nuestra escuela, asumí que iba varios grados por delante de nosotros.

—Eh, no. Ryo es dos años mayor que yo. Está en cuarto grado.

—¿Por qué no asiste a la misma escuela que nosotros? —le preguntó Judai curioso por ese detalle.

Sho dudó un poco antes de responder en voz baja:

—Él…, bueno, en su primer año ganó un torneo infantil de una asociación de dojos de Duelistas, así que obtuvo una invitación para formar parte de una escuela especial para futuros duelistas profesionales.

Eso en realidad tenía mucho sentido. Había leído al respecto en una revista de duelos: la importancia cada vez mayor del Duelo de Monstruos hizo que comenzaran a surgir los dojos de duelistas (en algunos casos eran solamente dojos de artes marciales ordinarios que comenzaron a usar el duelo en conjunto con sus estilos de lucha). Y luego, con base a ellos y tras la apertura de la Academia de Duelos Central en 1996, se organizaron las primeras escuelas privadas que incluían el duelo como parte de su currículo académico.

Por otro lado, fue un alivio el haberme equivocado en mis suposiciones anteriores. Si Ryo no asistía a la escuela pública con su hermano se debía simplemente a que obtuvo una matrícula en una escuela prestigiosa debido a sus habilidades como duelista, y no a una negligencia por parte de sus padres. Tampoco es que las escuelas públicas sean malas, sino todo lo contrario, aun así, una escuela privada tiene sus ventajas sobre una pública.

—Guau, tu hermano debe ser realmente bueno —dijo Judai.

—¡Es el mejor! —El tono de Sho fue mucho más confiado al asegurar eso, dejando ver lo mucho que admiraba a su hermano.

—¿Crees que quiera un duelo conmigo?

La confianza se fue en un segundo tras escuchar la pregunta de Judai. De hecho, se detuvo en seco y miró a Judai como si acabara de leerle una sentencia de muerte.

—Tal vez —respondió en voz baja.

Suspiré. De verdad teníamos que hacer algo sobre Yubel. Ese asunto se estaba saliendo de las manos. Aunque tampoco podíamos hacer algo tan drástico como enviarlo al espacio. Estaba seguro de que Haou nos asesinaría si permitíamos que eso pasara… Bueno, al menos a mí. No puedes pasar tanto tiempo alrededor de él sin notar como su rostro se suaviza cada vez que Yubel está cerca, o cuando Judai hace algo particularmente infantil.

Tras caminar unos diez minutos, llegamos a un moderno edificio de construcción claramente reciente. A través de la reja pude ver a varios estudiantes en un patio. Vestían uniformes de artes marciales y practicaban el robar cartas usando discos de duelo de práctica como si fueran katas de artes marciales.

Tengo que decirlo: a veces todavía me sorprenden lo ridículas que podían llegar a ser algunas cosas por aquí.

El guardia de la puerta nos miró con el ceño fruncido, hasta que notó que Sho venía con nosotros. Nota aparte: el guardia no era otro que un Tetsu Ushio alrededor de sus veinticinco años. (Imaginé que, en algún lugar, alguna entidad se estaba divirtiendo a costa mía. ¿A cuántos otros personajes secundarios del anime o el manga iba a conocer ese día?) Supongo que cuidar la puerta de una escuela de duelistas es buena práctica para su futura carrera como duelista de seguridad; por si ser una especie de monitor de pasillos abusador en preparatoria no fue suficiente entrenamiento.

—Tu hermano fue a esperarte a la biblioteca —Ushio le dijo a Sho—. Les avisaré que ya estás aquí. —Tomó un teléfono y oprimió un botón. Imaginé que se comunicó a la recepción o a la dirección de la escuela.

Era claro que Ushio estaba acostumbrado a ver a Sho allí. Esto me hizo fruncir el ceño de nuevo. Ryo debería ser quien fuera a recoger a Sho a la salida de la escuela y no al revés. ¿Allí nadie tenía un poco de sentido común?

—Bueno, mientras esperamos, ¿qué tal un duelo?

Sho se tensó tras escuchar a Judai.

—¿Guerreros o Zombis? —le pregunté. Era una buena oportunidad para demostrarle a Sho que no pasaba nada por tener duelos con Judai.

—Zombis —respondió y ambos nos sentamos sobre nuestros maletines para tener el duelo en el suelo.

—¿De verdad vas a jugar contra Judai?

Me giré en dirección a Sho y le sonreí.

—¡Claro! No pasa nada. No creas lo que escuchas por allí. —Le guiñé el ojo y vi como Judai sonreía con torpeza—. Judai y yo jugamos mucho durante el verano.

Judai tomó el primer turno, lo cual me vino de maravilla, puesto que tenía una copia de «Llamada de la Momia» y a «Señor de los Vampiros» en mi mano inicial. Si Judai no realizaba alguna Invocación de Fusión tendría una buena ventaja para empezar a destruir su mazo con el efecto de mi monstruo.

Sonreí satisfecho al notar que Sho se fue relajando a medida que el duelo avanzaba y no ocurrían ninguna de las cosas que se rumoreaba pasaban cuando Judai tenía duelos. Vi a Yubel aparecer detrás de Judai con el ceño fruncido. Me limité a sonreírle alegremente, lo cual lo molestó aún más.

La verja de la escuela por fin se abrió. Ryo apareció justo a tiempo para ver como en el último segundo Judai conseguía invocar al «Héroe Elemental de la Llama Wingman» fusionando desde el cementerio con «Fusión Milagrosa» y lo usaba para atacar a «Señor de los Vampiros», terminando el duelo con mi derrota.

—Llegas tarde —Ryo regañó a Sho.

—Lo siento —murmuró el hermano menor agachando la mirada y encogiéndose en su lugar.

Me puse de pie con un salto, luego hice una pequeña reverencia ante Ryo Marufuji.

—Quería disculparme. Sho no pudo estar a tiempo por mi culpa.

Ryo enarcó una ceja.

—¿Es así? —preguntó a su hermano. Sho asintió levemente y esto hizo que Ryo se relajara—. Por un momento pensé que te había pasado algo. Dime la verdad: ¿te han vuelto a molestar después de la escuela?

—¿Qué? ¡Entonces no es la primera vez que pasa! —exclamó Judai mirando a Sho con preocupación.

Solté un suspiro de derrota. La mirada de Ryo se endureció de nuevo.

—Entonces, ¿qué fue esta vez? ¿Perdiste otra carta en un duelo de apuesta?

—Yo…

—No perdió nada —intervine de nuevo—. Logré vencer al matón y recuperé su carta. —Volví a ver a Sho y le pregunté—: ¿Es por esto que no querías salir del salón de clases de inmediato cuando sonó el timbre de salida?

El niño asintió, claramente estaba avergonzado.

—¿Desde cuándo? —lo cuestionó Judai.

Sho se mordió el labio antes de contestar:

—Un par de veces por semana… desde el trimestre pasado.

Las señales de acoso eran tan evidentes ahora, que me regañé a mí mismo por no haberlo notado antes en el salón de clases. Sho estaba haciendo tiempo para evitar a su acosador. Si Sho tenía que caminar un trayecto de diez o quince minutos desde la escuela primaria hasta este lugar todos los días, los matones fácilmente podían emboscarlo. Me estaban dando tremendas ganas de buscar a los padres de Sho y pegarles un puñetazo. ¿Quién deja que su hijo menor de ocho ande por allí solo? Sé que Japón tiene un índice muy bajo en delincuencia, pero igual pueden pasar toda clase de accidentes.

—¡Ya sé! A partir de hoy caminaremos contigo después de la escuela —le ofrecí.

—¡Tú no decides esas cosas! —me gritó Yubel, no obstante, lo ignoré.

—¡Oye, esa es buena idea! —aceptó Judai para el disgusto del espíritu—. Tal vez incluso Haou quiera unirse a nosotros.

—Antes se congela el infierno —murmuré.

—¿De verdad lo harían? —preguntó Sho esperanzado.

—¡Claro! Somos amigos, ¿no? —le respondió Judai rascándose la nuca.

—Si de verdad pueden hacerlo, tendré una gran deuda con ustedes —nos dijo Ryo con un tono de voz más tranquilo. Esta versión infantil dejaba ver más sus sentimientos que su versión fría y calculadora del futuro, y no parecía ser un sádico como Hell Kaiser.

—No es nada, de verdad —le aseguré.

—Entonces, supongo que nos veremos mañana —terminó Ryo y, junto con Sho, comenzó a caminar en la dirección contraria a la que nosotros tomaríamos para volver a casa.

—Es muy noble de su parte hacer eso.

Me sobresalté un poco. ¡Me había olvidado por completo que Ushio estaba allí!

—Eso hacen los amigos, ¿no? —comentó Judai encogiéndose de hombros.

—Sí, definitivamente. —Tetsu soltó una carcajada.

—Entonces, nos vemos mañana —le dije—. Que tenga una tarde agradable, señor guardia de la puerta.

—Vayan con cuidado, niños.

Mientras caminábamos de regreso a casa, no pude evitar suspirar internamente. Me sentía como si acabara de participar en la trama de uno de esos episodios de anime de lo que yo llamo «relleno Pokémon»: un protagonista de Shonen que se encarga del matón escolar para ayudar a un personaje secundario.

«De verdad, debes dejar de comparar la realidad con el anime que viste», me regañé a mí mismo.

No habíamos avanzado ni tres calles, cuando Haou emergió frente a nosotros desde un callejón. Mi corazón dio un vuelco en mi pecho por el susto. ¡Puedo jurar que se materializó frente a nosotros desde las sombras de los edificios!

—¿Algún motivo en especial para desviarse de esa forma sin pedir mi permiso? —nos cuestionó con voz fría.

Sentí como se me secaba la garganta. A pesar de eso, apreté los puños y me armé de valor:

—Lo siento. Considere oportuno prestar ayuda a un posible aliado que podría ser muy valioso en el futuro.

Haou enarcó la ceja.

—Sho Marufuji es en estos momentos posiblemente uno de los peores duelistas que haya conocido en cualquier vida —puntualizó—. A menos que pienses que su hermano puede ayudar a nuestra causa.

Noté algo inusual en la manera en la que Haou dijo todo eso, aunque la sensación se esfumó tan pronto como apareció.

—De hecho, hablaba sobre Sho —contesté con sinceridad—. Pero concuerdo que Ryo también es un aliado importante.

—Supongo que eres más estúpido de lo que creía —escuché la voz burlona de Yubel.

—Yubel, por favor… —lo regañó Judai.

—Explícate —me exigió Haou.

Me di cuenta de que el tiempo estaba detenido, como en el duelo entre Yugi y Haou. Respiré profundamente y decidí abrir la lata de gusanos:

—En el canon, Sho al final consiguió superar a Kaiser, su hermano, y convertirse en uno de los duelistas más fuertes de la historia. Y antes de eso, fue una pieza clave para detener a la Luz de la Destrucción en sus avances para invadir la Academia de Duelos Central y apropiarse de un arma de destrucción masiva.

—¿El canon? —me preguntó Judai obviamente confundido.

Suspiré con cansancio. Ya había dado el primer paso para revelar otro de mis secretos, aunque tal vez debí buscar un mejor momento. No podía echarme atrás ahora. En las historias isekai que he leído, ocultar conocimientos como estos suele terminar mal, ya que esto por lo general era motivo de pérdida de confianza en momentos críticos de la historia. Sin contar el estrés que conlleva cargar con secretos como esos. Por supuesto, no se podía decir todo de golpe, había que encontrar el momento adecuado.

—Tal vez sea mejor hablar de esto en otro lugar —les pedí—. No es algo que debería discutirse en la calle.

Para mi sorpresa, Haou pareció aceptarlo de inmediato.

El tiempo volvió a moverse y los tres, más el espíritu, regresamos a nuestro edificio en silencio. Había mucha tensión en el aire, ya que cada quien iba metido en sus propios pensamientos, así que me centré en ir escogiendo las palabras para explicarlo todo.

Veinte minutos más tarde, estábamos los tres sentados en la sala del departamento de la familia Yuki. Osamu no llegaría hasta dentro de otros quince minutos, más o menos. Aunque, por precaución, Haou detuvo el tiempo en la habitación.

—Habla —me ordenó Haou.

Inhale aire profundamente, lo cual se estaba volviendo una especie de salvavidas para no volverme loco.

—Antes dije que, en mi mundo, el mundo donde nací antes de este, el Duelo de Monstruos era un juego llamado Yu-Gi-Oh!, publicado por una empresa de nombre Konami.

Judai asintió, mientras que Haou permaneció impasible.

—Lo qué no les dije fue cómo es que se les ocurrió crear el juego en primer lugar. En ese mundo no había tablas de piedra que se pudieran usar como base para idear el Duelo de Monstruos. Hasta donde sé, no había nada místico en las cartas. Y es porque la base del juego nació de las ideas de un hombre llamado Kazuki Takahashi quien, en 1996, comenzó a publicar un manga titulado Yu-Gi-Oh! en la revista Shonen Jump.

Esperé un poco, aprovechando para respirar y aclarar mi mente.

—Ese manga contaba la historia de un chico de preparatoria llamado Yugi Muto, quien una noche consiguió resolver el Puzzle Milenario que le obsequió su abuelo. A partir de ese momento una segunda personalidad despertó en Yugi y se manifestaba cada vez que él o sus amigos estaban en peligro. Esta personalidad resultó ser el alma de un antiguo Faraón, quien estaba atrapado dentro del Puzle Milenario, y quien es capaz de invocar el poder de los Juegos de lo Oscuro para castigar a las personas que hacen daño a Yugi y a sus amigos.

»En un principio, el manga era una especie de historia de horror, en la que se veía como el espíritu castigaba a sus enemigos con brutales penalizaciones que, a veces, les costaban la vida. Los Juegos de lo Oscuro, de hecho, eran de lo más variados, la mayoría de las veces algo improvisado o algún juego de moda en el momento. Fue así hasta que, varios volúmenes más tarde, hace aparición un juego de cartas: Magic and Wizards, más tarde renombrado Duelo de Monstruos.

Vi a Judai abrir la boca con sorpresa.

—Sí, justo como en este mundo —le respondí.

Respiré profundamente una vez más y luego continué mi explicación:

—A partir de ese punto, la historia se dirigió a lo que seguro ya saben: Yugi venció a Pegasus en el torneo del Reino de los Duelistas (en la versión del manga Pegasus luego de esto es asesinado por el Ladrón de Tumbas) y consiguió el título de Rey de los Duelistas. Después de eso ocurrió el torneo de Ciudad Batallas y aparecieron las cartas de dioses. Finalmente, el Faraón sin Nombre tuvo que enfrentar el Juego de lo Oscuro definitivo para detener al Ladrón de Tumbas, en realidad una entidad llamada Zorc.

—¿Dices que este mundo era una historia de ficción en el tuyo? —me preguntó Yubel con incredulidad.

—Sí. Sé que suena ridículo, pero… En la Liga de la Justicia, un show de superhéroes de mi mundo, hay un capítulo donde hablan de cómo algunas personas podrían tener, sin saberlo, una conexión psíquica con otros mundos. Lo que pensamos son simples cuentos, novelas, cómics y películas, bien podrían ser solo el resultado de esa conexión creando ventanas para ver lo que ocurre en otras realidades.

Me mordí el labio inseguro de cómo seguir.

—Por otro lado, había un autor de apellido Tolkien. Él escribió una serie de libros de fantasía: una mitología para Inglaterra, como decía. Sus historias hablaban de elfos, hombres, enanos, orcos, señores oscuros, y la lucha de la Luz contra la Oscuridad. Esto puede parecer que no es importante, salvo que él declaró en cierta ocasión: «Estas historias nacían en mi mente como si fueran cosas que me hubieran dado, y a medida que iban llegando, de forma separada, los vínculos empezaban a crecer también. Siempre he tenido la sensación de que no hacía sino registrar lo que ya estaba ahí, en alguna parte, y no inventarlo».

Esperé un poco, dando tiempo de que asimilaran la posibilidad de esa hipótesis.

—Dejando eso de lado, leí ese manga y vi las series de anime que se derivaron de él. Es por eso que sé cosas que no debería saber. Por eso sé que Sho tiene el potencial para ser uno de los más grandes duelistas que este mundo ha conocido. O el hecho de que es muy posible que en el futuro la Luz de la Destrucción intentara apoderarse de la Academia de Duelos Central.

—Podrías estar inventando eso —replicó el espíritu.

Demostré mi exaspero con una mueca. Bajé la mirada y pensé en que podría decirle a Yubel para que me creyera.

—Haou te prometió que únicamente te amaría a ti por la eternidad, como pago por el sacrificio que hiciste al convertirte en un dragón.

Un silencio tenso llenó la habitación.

—¿Cómo…? —comenzó Yubel.

—¡Por qué lo vi en un anime cuando iba en preparatoria! —lo interrumpí casi gritando.

Respiré profundamente para calmarme. Después lo expliqué:

—Luego del éxito de Yu-Gi-Oh!, y de su juego de cartas, se produjeron varias series de anime que ampliaron la historia. La primera de ellas fue Yu-Gi-Oh! GX. Contaba la historia de un joven duelista llamado Judai Yuki, quien ingresaba en la Academia de Duelos Central. Allí conoció a buenos amigos y juntos se divirtieron teniendo duelos, hasta que deben enfrentarse a la parte menos divertida del Duelo de Monstruos. Primero, un grupo de Duelistas Oscuros que se hacían llamar las Siete Estrellas Asesinas; y, más tarde, la invasión de la Sociedad de la Luz, controlada por la marioneta de la Luz de la Destrucción.

Yubel frunció el ceño, obviamente debatiendo en su interior si debía o no creerme. Haou no dijo nada, aunque fue claro que estaba sumido en sus pensamientos.

—¿Yo era un protagonista de anime? —me preguntó Judai sorprendido.

Asentí con la cabeza.

—¡Vaya, eso es genial! —dijo riendo—. Y dime, ¿de verdad tenía muchos amigos?

La forma en la que su voz se tambaleó entre la esperanza y el temor a que todo pudiera ser una mentira fue desgarradora. ¡Dioses, Yubel! ¿Cómo no te dabas cuenta de que a quien estabas dañando más era al propio Judai?

Lo único que pude hacer fue darle mi mejor sonrisa sincera antes de responder:

—Los mejores. No podrías pedir un grupo mejor de amigos con quienes pasar el rato. Bueno, puede que Jun Manjoume fuera algo gruñón, pero para lo importante siempre podías confiar en él. Quizá por eso fue al primero a quien la Luz manipuló para ponerlo en tu contra.

La sonrisa de Judai se apagó al escuchar lo último.

—Entonces, no hay que dejar que la Luz logre llegar a él —dijo con una determinación que resultaría inusual en un niño de ocho años que no fuera Judai.

Me limité a asentir de acuerdo.

—Dime, ¿qué pasó con Haou en ese anime? ¿Él también hizo amigos?

Me mordí los labios ante esa pregunta sin saber cómo responder.

—¿Recuerdas lo que Yugi nos dijo? —Asintió afirmativamente—. Pues bien, creo que la línea del tiempo que él conoció, donde todo salió mal, puede ser como la que yo vi en la serie, o al menos eso espero. En caso contrario, es posible que lo que sé no sirva de nada. —Sacudí la cabeza para volver al punto—. Yugi dijo que fue una sorpresa que tú y Haou fueran dos personas separadas.

—Yo era solamente la vida pasada de Judai —dedujo Haou. Su voz era monótona, como si no resultara una sorpresa para él. Puedo imaginar que ha reencarnado suficientes veces antes como para que eso no sea una novedad.

Judai, por su parte, no lo tomó tan bien como su gemelo. Miró a Haou con miedo, como si esperara que en cualquier momento fuera a desaparecer.

—Sí —confirmé—. Solamente que Judai no fue consciente de eso hasta la tercera temporada del show. Durante unos capítulos usted tomó el control de su cuerpo e inició una cruzada sin piedad para completar la «Súper Polimerización».

Yubel hizo una mueca desagradable.

—Nadie ha completado el ritual. Necesitas un grupo particular de almas de duelistas para crearla, y una cantidad absurda de energía para cargarla correctamente.

¿Crear una carta con almas y cargarla? Preguntas para más tarde.

—Haou lo consiguió —le aseguré. Bueno, en realidad Brron lo comenzó y Haou solamente concluyó el proceso, pero no era momento de profundizar en esos detalles.

—No veo porque necesitaría una carta como esa —replicó con voz fría.

Me resultó curioso, considerando que «Súper Polimerización» es una staple imprescindible para todo mazo centrado en fusiones que se respete, al menos en los mazos modernos al ser menos rígidos respecto a sus Materiales de Fusión.

—No recuerdo si la serie dejó eso del todo claro —admití—. Aunque, tal vez, había un motivo más allá de querer usarla. Quien plantó la idea de crear la carta en la mente de Judai en un principio fue el Yubel de ese mundo. Es posible que Haou pretendiera usarla como señuelo para forzarlo a salir. Tendría sentido, considerando que se había mantenido en las sombras moviendo los hilos de lo que estaba pasando en el Mundo Oscuro.

—Eso es absurdo. ¿Por qué me escondería de Judai en primer lugar? Además, lo haces sonar como si estuviera conspirando contra mi amor.

Volví a suspirar con cansancio.

—Fue consecuencia de lo que haces ahora: lastimar a las personas para que se alejen de Judai.

—¡Esos mocosos no son dignos siquiera de ver a mi rey! —espetó con furia.

Sentí ganas de arrancarme el cabello por lo exasperante que me resultaba su actitud. Al parecer para que entendiera únicamente había una forma: ser completamente honesto de lo que podría pasar de seguir así.

—Tarde o temprano alguien va a atar los cabos sueltos —le expliqué con la voz más calmada que pude—. En el anime sucedió después de que atacaste a Osamu. —Vi como Judai se estremecía ante esa posibilidad. Para él Osamu era su hermano mayor tanto como lo era Haou—. Lo enviaste a un coma profundo. Debido a eso, los padres de Judai se asustaron y te enviaron lejos en la primera oportunidad que se les presentó.

Yubel me dirigió una mirada, mitad furia, mitad consternación. Judai se dejó caer en su asiento, con la mirada tan apagada que me recordó a la que tenía en el anime cuando estaba atrapado dentro de su propia alma debido a las acciones de Haou y Yubel. El mismo Haou no se veía mejor. Por primera vez vi en sus gestos algo más que furia e indiferencia cruel: miraba a Yubel de la misma forma en que Judai lo había visto antes a él; únicamente que los sentimientos parecían ser más profundos. Su mirada reflejaba una tristeza tan grande que dolía de solo verla.

—Pero él regresó al final, ¿verdad? — Judai me preguntó con voz quebrada y al borde de la desesperación—. ¡Dijiste que Haou creó una carta que podría hacerlo volver!

—No exactamente así —le respondí—. Yubel fue enviado al espacio en un cohete de la Corporación Kaiba, con la promesa de que, cuando estuviera mejor, lo traerían de vuelta. Solamente que esa no pareció ser nunca la intención real de tus padres. A los pocos meses, y tras un extenso tratamiento médico experimental, suprimieron todos tus recuerdos sobre Yubel.

Judai no pudo más: se echó a llorar mientras Yubel, ahora completamente físico, lo abrazaba.

—¡No! —gritó Haou apenas reprimiendo su furia—. ¡No dejaré que me alejen de ti de nuevo! Yubel, ya no más juegos mentales, por favor…

A medida que Haou continuó hablando, su voz fue perdiendo intensidad. Cuando pronunció la última palabra, pensé que en cualquier momento iba a romperse de la misma forma que Judai lo hizo. Fue sorprendente ver a Haou así de vulnerable, puesto que él siempre pareció alguien incapaz de perder la compostura hasta ese punto.

—¿Qué sucedió después? —quiso saber Yubel.

Me atreví a ver al espíritu a los ojos. Estos reflejaban desesperación.

En esos momentos me pareció imposible sentir la antipatía que le tenía a Yubel en el día a día. Quizás fue por qué, por primera vez, veía que de verdad era capaz de sentir arrepentimiento, aunque fuera únicamente por el temor de ser alejado de quienes más amaba en el mundo.

Recordé que de hecho Yubel pagó el precio más alto en el nombre de ese amor. Qué ese sacrificio fuera tomado y retorcido por el enemigo debía ser lo peor que podría pasarle.

—¿Cuánto estás dispuesta a pagar?

—Lo que sea…

—¡Cuida tus palabras! Los compromisos no se toman a la ligera…

Sacudí la cabeza para volver al presente. Mientras, ese recuerdo fugaz desapareció de nuevo en las brumas de mi memoria.

Aspiré aire y confirmé lo que intuía Yubel ya sospechaba: todo lo que ocurrió en ese otro mundo o línea del tiempo fue a causa de su gran enemigo.

—Mientras estabas en el espacio, la Luz de la Destrucción te encontró. No pudo ponerte por completo contra Judai, pero sí retorció tu cabeza hasta el punto que pensaste que, para demostrarle tu amor, debías lastimarlo. Así que, cuando volviste, atacaste a los amigos de Judai. Hiciste que él presenciara sus supuestas muertes y luego lo manipulaste para despertar el poder de Haou y completar la «Súper Polimerización».

»De alguna manera, pretendías usar la carta para hacer el trabajo sucio de la Luz de la Destrucción: mediante sus poderes intentaste destruir el Mundo de los Espíritus y el Mundo Humano. Ibas a fusionar las Doce Dimensiones en una única dimensión que sería únicamente para ti y para Judai.

—Nada podría sobrevivir a eso —murmuró el espíritu—. Ni siquiera estoy seguro de que pudiéramos lograrlo empleando el poder de la Oscuridad Gentil. Eso sería… —Sacudió la cabeza.

—Eso no pareció importarte —dije seriamente.

Judai volvió a sollozar, mientras que Haou bajó la mirada, supongo que para ocultar sus propias lágrimas.

—Por fortuna —proseguí tratando de que mi voz no se quebrara—, Judai recordó la promesa de Haou a tiempo. Se las arregló para cambiar los materiales de fusión después de que la carta fuese activada por ti: eligió fusionar su propia alma con la tuya para así desterrar toda influencia de la Luz de la Destrucción de tu mente y cumplir además su promesa. El Guardián y el Rey Supremo nunca volverían a estar separados, aunque eso destruyera la propia esencia de Judai en el proceso.

Yubel cerró los ojos, mientras mecía entre sus brazos a un Judai completamente roto por el dolor y la tristeza.

—¿Sobrevivió? —se atrevió a preguntar con voz entrecortada.

—Sí. —Vi como el alivio inundaba sus ojos—. Volvió a la Academia para enfrentar una última amenaza: Darkness. Pero, después de la graduación, y de un enfrentamiento posterior contra un enemigo llamado Paradox, la historia no volvió a decirnos que pasó con ustedes. El siguiente anime de Yu-Gi-Oh! se centró en otros duelistas, viviendo sus propias aventuras en un futuro no muy distante.

Me quedé en silencio después de eso. Haou no levantó la mirada. El único sonido eran los, cada vez más distantes, hipidos de Judai.

—Quiero todos los detalles —dijo Haou luego de un rato. Su voz no se había repuesto del todo—. Cada pequeño detalle que puedas recordar… Haz notas de todo esto. Entrégamelas a mí, a nadie más, y no debe haber ninguna otra copia. Se destruirán después de que las hayamos discutido a profundidad.

Estuve de acuerdo.

—Deberíamos… —intervino Judai por fin apartándose de Yubel—. Deberíamos decirle a Yugi.

Creo que debió notar lo poco que eso me agradaba, porque de inmediato agregó:

—¡No es nuestro enemigo! Podemos confiar en él. Lo sentí cuando nos conocimos: él está tan comprometido con esto como nosotros. Tal vez en…, en la historia de ese otro Judai haya una clave para salvarlos a todos de la Luz, y él podría descubrirla.

A regañadientes tuve que admitir que eso era verdad. Yugi ya había enfrentado a la Luz de la Destrucción antes.

Además, tener al Rey de los Duelistas de nuestro lado era lo mejor que podía pasarnos en ese punto, en especial porque él conocía detalles que no estaban en el anime. Quizás no fuera una carta de triunfo tan infalible como pudiera parecer, pero no es considerado el mejor duelista de la historia por nada. Definitivamente, que Yugi «Trampas Locas» Muto se involucrara antes en todo ese asunto haría una gran diferencia.

«En última instancia, al menos podría activar "Invierno Ruso" para retrasar a la Luz de la Destrucción como en los memes», pensé con amargura.

Haou parecía haberse recuperado de la conmoción que fue enterarse del posible futuro que podría guardarle a su amante y me miró con dureza.

—Ahora, Kenichi Satou, vas a jurarnos lealtad.

Tras escuchar eso, Judai alzó la cabeza con tanta rapidez que pudo hacerse daño.

Volví a respirar profundamente. Tras ese mes de conocernos, estaba claro que tarde o temprano iba a pasar algo así. Haou no era alguien que dejaba cabos sueltos, y sin duda no dejaría correr por allí a alguien que tuviera información que le concernía. Tal vez, si pudiera, haría lo mismo con Yugi y Kaiba.

—¡Hermano, no puedes…! —comenzó a quejarse Judai.

—Es necesario —le respondió Haou.

Recordé la conversación que tuvimos en mi cumpleaños luego de que Yugi se hubiera ido. En esa ocasión me referí a Haou de forma sarcástica como maestro, ahora el tiempo para eso había acabado.

Desde ese día, a pesar del entrenamiento, Haou no insistió mucho al respecto, tal vez dándome tiempo de pensar en lo que significaba realmente entrar a su servicio (dadas las circunstancias, no parecía que me fuera a dar la opción de una alianza de otro tipo). El tiempo de eso había pasado: era unirme a él o… Tomé mi decisión.

—¿Exactamente qué tengo que hacer?

Judai intentó ponerse de pie, pero Yubel lo detuvo.

—No existe un juramento de lealtad como tal —me explicó Haou—. Es el honor de cada duelista el que define la forma en la que hará el juramento de lealtad a su Maestro. Como duelista, debes concentrarte en el Corazón de tus cartas y dejar que, a través de ellas, sea tu propia alma la que hable.

¿El Corazón de las Cartas? Al parecer tiene un significado mucho más allá de robar la carta correcta en el momento indicado. Pero ¿qué clase de juramento podía hacer? Mi mente vagó a un anime que veía en mi vida anterior en el canal de televisión Animax Latinoamérica, Los doce reinos. Por un momento imaginé que mi aspecto en ese instante debía de ser como el de un Kirin jurando lealtad ante su Rey.

Antes de que fuera del todo consciente de la situación, apoyé las manos sobre el suelo y la frente sobre el pie derecho de Haou, el cual estaba ligeramente adelantado y mi boca se abrió y pronuncié el juramento:

—Ahora juro que nunca abandonaré a su Alteza, obedeceré sus órdenes y siempre seré su fiel sirviente.

Nada más terminé de decir la última palabra, sentí como si estuviera envuelto en llamas. Esa fue la primera vez que fui consciente de la llamada Energía de Duelo, mientras esa energía salía de mi cuerpo como un vendaval de fuego. Entonces, sentí otra energía más poderosa proveniente de algún lugar frente a mí. A diferencia de la mía, esta se sentía gélida como una tormenta invernal. Envolvió mis llamas y lentamente las sofocó hasta que sólo eran brasas. Ese fue el momento en que mi Espíritu de Duelista se sometió al poder de la Oscuridad.

—Judai —Haou llamó a su hermano.

—Esto no es correcto —repitió el niño.

Escuché como Haou caminaba hacia él. Quise alzar la cabeza para ver qué estaba pasando, pero una fuerza misteriosa me impidió hacerlo.

—Esto es para nuestra protección. —La voz de Haou sonó inusualmente suave.

—No podemos hacer esto, no luego de que Kenichi nos advirtiera…

—Judai, no discutiremos esto. Se tomó la decisión, ahora haz tu parte.

Los pasos volvieron a moverse en mi dirección.

—Lo siento —se disculpó Judai.

—No importa —le dije, tratando de que mi voz fuera lo más tranquila posible. Procedí a hacer el mismo juramento.

—Ahora de pie, Kenichi Satou —me ordenó Haou—. Es momento de que aprendas cuáles son tus deberes.

La fuerza que me mantenía en el suelo desapareció por completo.

—Sí… Maestro Haou —respondí y procedí a obedecer.

Judai me miró un segundo, antes de apartar los ojos en un gesto de vergüenza y culpa.