Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.
Actualización 17/04/21: Corrección de errores menores, y reescritura de algunos párrafos para hacerlos más claros. Los cambios son menores, y no implican alteraciones para la trama general de la historia.
Interludio A
Última Voluntad
[Carta Mágica]
Si un monstruo de tu Campo sea enviado a tu Cementerio este turno, puedes Invocar mediante una Invocación Especial 1 monstruo con un ATK de 1500 puntos o menos de tu Deck, una vez este turno. Luego baraja tu Deck.
Una chispa de consciencia unida a una carta. Eso fue todo lo que quedó de la Oscuridad Gentil y su Heraldo. Esto fue el resultado de la derrota de la entidad cósmica responsable de la creación del mundo como era ahora.
En realidad, esta no era la primera vez que ocurría ese resultado. Su batalla contra su hermana se había repetido ya tantas veces que ni siquiera recordaba si hubo un mundo original, antes de que ese ciclo interminable comenzara. Luz y Oscuridad se habían intercambiado el papel de Creadora y Destructora tantas veces que en realidad ya daba igual.
Y cómo siempre sucedía, tarde o temprano, la Luz ganó. Ahora destruiría el mundo que creó la Oscuridad. Las almas volverían al seno de Horakhty a espera que la Luz creara su propio mundo para poder reencarnarse. En ese nuevo mundo, la Oscuridad volvería a estar sola, alejada de todas las personas que amaba. Alejada de Yubel, de su corte y sus caballeros, de sus amados y leales espíritus. La Luz los tomaría y los volvería contra ella de nuevo… O al menos a tantos como pudiera. Sin importar que pasara, Kuriboh Alado y los Elementales siempre volvían a ella y a su Heraldo. Y, si hacía las cosas de forma correcta, Yubel también vendría, al igual que Johan. Aunque era muy posible que al último tendría que forzarlo a ver las cosas a su manera, no sería la primera vez.
Esa breve esperanza, no mitigaba el dolor causado por la anticipación del sufrimiento que pasaría y haría pasar a otros para recuperar lo que era suyo. ¿Cuántas veces había hecho ya esto? ¿Cuántas veces la Luz forzó a la Oscuridad a asesinar a quienes amaba? ¿Cuántas veces envenenaría sus almas para volverlos contra ella y su Heraldo?
¿Cuántas veces tú hiciste lo mismo?
¡No! Simplemente recuperé lo que es mío.
Por supuesto, esta era la primera vez en que la Luz no consiguió aplastarla del todo. La primera vez en que su consciencia permaneció después de lo que fue sin duda la confrontación final. Quizá porque también fue la primera vez que su alma humana, aquella que eligió para ser su encarnación mortal hace incontables eones, se fusionó con el espíritu de una carta. Y no con el de cualquier carta, sino con el espíritu de Yubel, el ser que más había amado en cualquier encarnación.
Ahora Yubel se había ido. Su consciencia destruida por la Luz. Se sacrificó para darle una última oportunidad. Y lo poco que quedó de Haou-Judai ahora residía en la carta que una vez perteneció a Yubel.
La Luz no pareció darse cuenta. O si lo hizo fue muy tarde. Mientras su Avatar elegido festejaba la caída de su enemigo, una poderosa Energía de Duelo apareció en el campo de batalla, distrayéndola e impidiendo que se percatara de que todavía quedaba un vestigio de la consciencia de su enemigo en el plano mortal.
Incluso en su estado lamentable, Haou se permitió una sonrisa. Yugi Muto estaba allí, tarde, pero finalmente allí.
¡Ah!, que anomalía tan extraña era Yugi Muto. No pertenecía a la Luz, pero tampoco a la Oscuridad. Estaba en medio, el equilibrio perfecto. Por esto mismo, sin importar que pasara, siempre apoyaría a la vida. Quizá por eso Horakhty no siempre le permitía reencarnar. Tenía suerte que en este ciclo haya estado allí. Sin embargo, incluso con él, sin la Oscuridad que había creado el mundo actual sería imposible repeler a la Luz para frenar la inminente destrucción. Yugi sólo podría retrasarla algún tiempo, quizá hasta que su vida mortal se agotara, y luego vendría el reinicio del ciclo.
Con eso en mente, la Oscuridad, agotada y abrumada por el dolor de sus pérdidas, se retiró al interior de la carta que una vez fue de su amado, deseando que los brazos siempre cálidos de Yubel le recibieran, para encontrar solamente el frío y la soledad.
- GX -
Fue la Chica Maga Oscura quien acudió a él y lo despertó. Le contó lo que Pegasus pretendía. ¿Un alma externa? Sí, había otros mundos más allá de los límites de su propio universo. Antes de todo, cuando todavía era un niño pequeño, o lo más cercano que podía ser un ente como la Oscuridad a un niño pequeño, lo aprendió de su madre, Horakhty. Pero nunca nadie había intentado llegar a esos mundos. ¿Podía ser posible traer un alma desde allá? Si era así, ¿eso rompería el ciclo?
Desde que su madre los puso a competir para ver quién podría crear el mundo más hermoso, ningún factor externo había alterado el eterno ciclo. La Oscuridad y la Luz creaban los mundos, y su madre les daba las almas para llenarlos de vida. La Oscuridad, quizá por ser un poco más egoísta, comenzó a amar a algunas de esas almas, y en cada nuevo mundo que creaba se aseguraba de estar cerca de ellas. La Luz, por ser más propensa a envidiar a su hermana, siempre trataba de arrebatárselas, a veces rompiéndolas y otras envenenándolas para que se pusieran en contra de la Oscuridad y su Heraldo.
Pero nunca, ninguna de esas fuerzas supremas, intentó ver qué pasaría si traían un alma desde afuera.
Y ahora eran los humanos quienes demostraban una vez más que estaban dispuestos a todo con tal de salvarse. A veces la Oscuridad se preguntaba qué harían si supieran que en realidad no importaba cuantas veces murieran, el mundo simplemente se reiniciaría y ellos volverían a vivir. Por supuesto, no de la misma forma, pero sí con suficientes similitudes, a veces tan descaradamente iguales que incluso una fuerza del cosmos como ella se preguntaba si el destino tenía alguna especie de sentido del humor extraño o sólo muy poca imaginación. Si los humanos supieran que la reencarnación trascendía la misma creación y destrucción del mundo, ¿se esforzarían por preservarlo tanto como lo hacían?
Si llegaran a ese punto, ¿a quién manipularían como los peones de su juego? De todas las especies en el universo, en cualquiera de las Doce Dimensiones y del mismo plano mortal, siempre eran los humanos quienes tomaban la iniciativa y estaban más dispuestos a escuchar.
Sus amigos eran prueba de esto.
Edo siempre luchaba como un héroe, a veces guiado por la venganza, otras porque se sentía responsable por algo que, en realidad, nunca estuvo en sus manos cambiar. Johan siempre trataba de hacer lo correcto por su propia conciencia, por sus amigos y por su familia. Ryo, generalmente, acababa por sucumbir a sus deseos de poder; pero siempre encontraba su camino de vuelta para hacer lo que creía justo, sin importar que sus métodos fueran considerados inadecuados. Y Sho, a pesar de sus inseguridades, estaba dispuesto a todo con tal de volver a llevar a su hermano por el camino correcto. Haou lo había demostrado una y otra vez: elimina a Sho de la ecuación, y Ryo jamás podrá emerger de las entrañas de Hell Káiser. Y no iba a mentirse a sí mismo, cuando convenía a sus planes, se ocupaba de que fuera así. Los humanos tenían un dicho: «todo se vale en la guerra».
Y así podría seguir recordándolos a todos ellos y esas peculiaridades que los definían una y otra vez, sin importar dónde y cuándo nacieran. Por eso los amaba, por eso eran su familia, aunque tuviera que herirlos. Al parecer, sin importar cuanto quisiera negarlo, sí era su culpa que Yubel pensara que el dolor era la forma más pura de demostrar amor.
La Chica Maga Oscura le explicó pacientemente cuál era el plan, esperando a que Haou saliera de las ausencias de pensamientos que lo abrumaban por momentos.
No estaba acostumbrado a ser el espíritu de una carta, a no tener un cuerpo físico que limitara sus pensamientos. Por eso la Oscuridad eligió encarnarse en forma humana en primer lugar. Como una fuerza del cosmos, su mente no tenía límites. Iba y venía entre recuerdos de todas las eras, de todos los ciclos, sin poder concentrarse adecuadamente. Esa fue una de las razones por las que eligió renacer siempre con una forma mortal. También, porque se dio cuenta de que era más fácil luchar contra la Luz interactuando directamente con los seres vivos y los espíritus, y no únicamente como una voz distante que los guiaba
Tal vez por eso a la Luz le costaba tanto configurar sus planes, porque no tenía un cuerpo físico que limitara su razonamiento permitiéndole centrarse en lo que se suponía debía hacer. Y por eso, cuando era su turno de ser el destructor, era una fuerza imparable que como un tsunami arrasaba todo a su paso con tal de volver a recrear el mundo que la Luz le había arrebatado el ciclo anterior. Incluso cuando sabía que nunca podría crear un mundo igual. Y su familia no necesariamente lo recordaría.
Haou esbozó una sonrisa cuando la Chica Maga Oscura dijo que el plan había sido formulado por Pegasus. ¡Ah, si pudiera salir de la carta y verlo una vez más! Podría contarle todas las cosas que quiso decirle en aquel ciclo anterior, cuando fue su padre, y que por el ir y venir de la vida humana jamás pudo decirle. Pero este Pegasus no era el mismo hombre que desinteresadamente le dio una nueva familia luego de que la Luz matara a sus padres. Este Pegasus no sabía nada de eso. Es más, si ahora mismo no estuviera en esta situación, de ser mero espíritu sin carne alguna, él tampoco lo sabría.
Haou se permitió descansar de nuevo. El plan todavía no estaba configurado del todo. Y no había garantía de que funcionara. Por lo que supo de las palabras de la Chica Maga Oscura, ya habían intentado muchas cosas para evitar este fin del mundo, el nuevo plan bien podía ser el intento mil o un millón. Si funcionaba, quizá sería el fin del ciclo; si fracasaba, bueno, siempre habría otra vida después de que la Luz tomara los fragmentos del mundo para reconstruirlo de nuevo. Y, dependiendo que tan complacida estuviera Horakhty con ese nuevo mundo, él llegaría tarde o temprano para arrasarlo todo y reclamar el universo de las manos de su hermana.
Pero, antes de que cualquiera de esas cosas pasara, Horakhty debía dar su permiso a los humanos para intentar este nuevo desarrollo. Secretamente deseaba que fuera así. Luego de tantos ciclos de creación y destrucción, agregar algo nuevo podría hacer las cosas más interesantes.
- GX -
La siguiente vez que Haou despertó lo hizo de golpe. No estaba más atrapado en una carta. Era un espíritu libre, a la deriva en algo que parecía el espacio exterior y a la vez no lo era. Seres extraños de naturaleza indescifrable se arrastraban a su alrededor. Algunos pocos le observaban, quizá curiosos de verlo allí. Aunque la mayoría eran indiferentes y seguían en lo suyo, lo que fuera que hicieran en ese extraño espacio carente de orden.
¿Dónde estaba? ¿Qué eran esas cosas?
—Estás en los Espacios Entre los Mundos —escuchó la voz de su madre—. Más allá de los límites del cosmos ordenado, donde ningún sueño puede llegar. Y estas son las larvas de los dioses. Es decir, cada una de estas cosas, tarde o temprano, creará su propio universo. Tal vez incluso más.
—¿Qué debo hacer?
—Ya lo sabes, solamente estás un poco aturdido.
¿Ya lo sabía? Se concentró, tratando de ignorar a las cosas amorfas y sin nombre que se movían a su alrededor. El rostro de la Chica Maga Oscura destelló en su mente. Lo recordó.
—Cuando estés listo —siguió su madre—, te traeré de nuevo junto con el hijo que robaremos a otro Dios.
Haou se permitió una sonrisa cruel. La Luz y la Oscuridad no eran muy diferentes a su madre. Después de todo, fue ella quien les puso a competir entre sí. E incluso, cuando pensaba que el juego se estaba estancando demasiado, enviaba a su otro hermano, El Vacío, a intentar robarles el mundo sólo para ver qué harían. No fue una coincidencia que Darkness se tomara personal el que Judai y Yubel se fusionaran. «¿Cómo se atrevían a contaminar la esencia de su hermana la Oscuridad?»
Sin duda su madre estaba tan emocionada como él por este nuevo desarrollo. Nunca antes habían entrado nuevas piezas al tablero de juego. A los dioses de su universo les encantaban los juegos. No era coincidencia que una y otra vez usaran el Juego de Cartas para pelear su guerra. ¿Qué cambios traería esto? No podía esperar para verlos. Si elegía correctamente, el juego se volvería más interesante.
Haou lo entendió de forma instintiva. Tenía que encontrar un mundo donde existiera el Juego de Cartas. Daba igual que nombre tuviera en ese mundo, si Duelo de Monstruos como en muchos de los ciclos creados por la Oscuridad, o un nombre completamente diferente. Mientras el Juego existiera, podría encontrar un alma que podría funcionar en su mundo.
Con ese razonamiento, Haou empezó su camino por los Espacios Entre los Mundos. La soledad era abrumadora —incluso cuando estaba rodeado de esos entes que se arrastraban por los espacios a su alrededor—, alejado de Yubel, de Johan, de toda su familia. Los vería de nuevo, por supuesto; y entre más pronto cumpliera su misión, más pronto volvería a estar en los brazos de Yubel, y más pronto podría reír con Johan disfrutando de un buen duelo sólo por diversión. Y todos harían una enorme fiesta, con suficientes camarones fritos para comer en una vida entera.
—Voy en camino. Esperen por mí.
- GX -
Haou descubrió que el planeta Tierra era una constante en muchos universos. Pero ninguna de esas Tierras era la suya. Por mínimas que fueran las diferencias entre una y otra, o incluso cuando fueran abismales, no se sentían como casa. En especial porque hasta el momento no había encontrado una en la que existiera el Juego de Cartas.
Vio mundos con héroes, tan similares a los Elementales e incluso a los Neo-Espaciales; y aunque esos mundos lo hicieron sonreír con nostalgia, no eran el suyo.
Se sintió abrumado cuando notó un cúmulo de doce universos muy particulares, y al acercarse reconoció detalles de ese manga que su última encarnación tanto amó de niño, Dragon Ball, se llamaba. Fue interesante descubrir que existía. ¿Qué otros mundos que conoció a través de mangas, la televisión, el cine o los libros también era reales?
Mientras exploraba, descubrió que el suyo no era el único mundo donde había una lucha entre la Luz y la Oscuridad; pero esos otros mundos se sentían equivocados. Incluso cuando habían luchado durante incontables eones, la Luz siempre sería su hermana. Sólo cumplían los papeles que les fueron asignados por su madre, como en un juego de pilla-pilla eterno. En estos otros mundos, la guerra era únicamente un dogma en el que ambas fuerzas eran absolutas, y eso se sintió mal. Nada debería ser absoluto, ni siquiera la Creación y la Destrucción.
Apartó la mirada de esos mundos, sintiéndose malhumorado. Incluso cuando en uno de ellos encontró el Juego de Cartas, decidió pasar de él. No era la mentalidad que necesitaba agregar a su mundo. Necesitaba alguien que pudiera tomar sus propias decisiones y no dejarse llevar por los dogmas que se le impusieran. Claro, esto no quería decir que no se esforzaría por hacerle entender su propio punto de vista.
Estaba muy cerca de darse por vencido, creyendo que jamás encontraría un universo entre todos que le diera lo que necesitaba, cuando dio con algo que no estaba esperando: un mundo donde el Juego de Cartas existía, pero eso no era todo. De alguna forma, este mundo estaba conectado con el suyo. O al menos a una versión del suyo. Todo a través de un anime de entre todas las cosas. Por otro lado, después de descubrir que Dragon Ball era real en otro universo, quizás no debería haberse sorprendido tanto.
Los ojos de Haou brillaron con cruel diversión. Sí, eso funcionaría. Si encontraba un alma que conociera el juego y hubiera visto los programas televisivos, tal vez sería más fácil para ella aceptar la nueva realidad a la que pensaba arrastrarla.
—Cuidado —habló su madre. Su voz se escuchaba distante—. Una vez entres a ese mundo tendrás un límite de tiempo para cumplir el objetivo. De otra forma, tendré que traerte de vuelta y el ciclo simplemente se reiniciará.
Haou asintió de acuerdo. Era razonable.
—Bien, una vez dentro, aunque seguirás siendo un espíritu, viajarás como si fueras un mortal. Tienes sólo unos pocos meses para actuar antes de que tu energía se agote y debas volver. Entre menos tiempo tardes en encontrar el alma adecuada, más tiempo dispondrás para prepararlo todo para el viaje de regreso. Buena suerte, hijo mío.
- GX -
Tardó una semana en encontrar el alma correcta. Los primeros días en ese mundo fueron confusos. Estaba en una ciudad al otro lado del planeta, lejos de Japón. Se hablaba un idioma que nunca antes tuvo que usar. Y aunque su estatus como una especie de divinidad debería haberle permitido entenderlo, encontró que algo interfería. Al parecer el dios de ese mundo.
Una vez que logró pasar ese bache, vagó por las calles en busca de cualquier señal del Juego de Cartas sin encontrar nada. No era lo mismo estar dentro de ese mundo que verlo desde los Espacios Entre los Mundos. Allá afuera, cuando se encontraba con una de las burbujas que representaban a un universo, simplemente tenía que concentrarse en ella para captar señales de lo que ocurría dentro. A partir de allí era como sintonizar un canal de televisión: cambiaba la señal hasta que encontraba lo que buscaba, es decir, el Juego de Cartas; si tras una hora no encontraba nada, pasaba al siguiente. El juego, o el poder detrás de él, tenía que ser lo suficiente para destacar de alguna forma sobre otros aspectos de ese mundo. Lo suficiente para que las almas que lo practicaran tuvieran un mínimo de poder.
Ahora que estaba adentro y era imposible captar el eco psíquico del juego, se daba cuenta de que era mucho menos famoso en ese mundo de lo que era en casa. No había niños jugando con sus cartas en las calles. En los supermercados no había peluches, juguetes, Discos de Duelo o cartas a la venta. Al menos no en esa parte del planeta. Tal vez si hubiera caído en Japón habría sido más fácil encontrar lo que buscaba. Cuando captó la señal del juego desde fuera, las pulsaciones psíquicas en su mayoría estaban en japonés, y en menor medida en inglés.
Lo único que se le ocurría ahora era ir en busca de una tienda de juegos, o cualquier cosa similar a las tiendas de cartas que había en su propio mundo.
Eso hasta que vio a un hombre joven, en algún punto entre los veinte y los treinta años, sentado en la banca de un centro comercial jugando con su teléfono. No era extraño ver a la gente jugando con sus celulares en ese mundo, así que no fue eso lo que le llamó la atención; sino el sonido del juego. Acababa de escuchar claramente como una de las voces del juego nombraba al «Dragón Blanco de Ojos Azules».
Con curiosidad, se acercó para ver la pantalla del aparato. Era una versión simplificada del duelo, con sólo tres espacios para cartas de monstruos y tres para cartas mágicas y de trampas. De no ser por eso, y la falta de la Main Phase 2, el juego sería exactamente igual al de su mundo. Incluso las cartas eran sospechosamente similares. Ni hablar que el juego usaba a personas de su mundo como personajes.
Haou decidió seguir a ese hombre. Si no era un duelista como tal, al menos podría usarlo para encontrar pistas sobre dónde encontrar duelistas en su mundo. Calculaba que todavía tenía unos tres meses hasta que su energía se agotara. Si no era capaz de encontrar algo en esta ciudad en las próximas dos semanas, entonces trataría de llegar a Japón.
- GX -
Le tomó las dos semanas decidir que ese hombre era el alma que necesitaba. Aunque no era un duelista en el sentido estricto de la palabra, podía decir que amaba el juego. Lo vio disfrutar como un niño mientras veía la serie más reciente que retrataba su mundo —o uno similar, ya que nunca había escuchado sobre invocaciones de Enlace o XYZ, aunque sí que llegó a conocer la Invocación de Sincronía—, que al parecer en ese país lejano se emitía sólo mediante internet. También lo vio enfrentar a otros duelistas, a través de su computadora y su teléfono, con la suficiente pasión como para hacerlo desear tener sus propias cartas y un cuerpo físico para desafiarlo.
En general vivía una vida simple, en el sentido de que su casa era una pequeña propiedad de renta, la cual bien podría haber cabido en el departamento de sus padres humanos en ciudad Domino. Gastaba el sueldo que ganaba en su empleo de oficina, o más bien lo que le sobraba después de pagar las cuentas básicas, en videojuegos, libros y algunos mangas que seguía.
Respecto al duelo en su forma física, tenía una pequeña colección de cartas que en realidad sólo eran las que le gustaban por sus diseños o algunas cartas As de los protagonistas de las series de anime. En cierto sentido, fue chocante ver que su «Héroe Elemental Neos» se publicaba en grandes cantidades en vez de ser una carta única. Ni hablar de las diez versiones diferentes del «Dragón Blanco de Ojos Azules» que tenía en su carpeta, incluso una en rareza común —casi podía sentir la furia que Kaiba sentiría cuando se enterara de eso—. En general, aunque no jugara con ellas, las cuidaba lo suficientemente bien como para que se sintieran amadas (sin duda, de haber nacido en su mundo, habría espíritus deseosos de hacer un pacto con él). Ojalá más duelistas cuidaran así de sus cartas.
Arrancarlo de su mundo y llevarlo al suyo sería lo difícil. El reino espiritual de este mundo se regía por reglas muy particulares que no había en casa. Podía escuchar a su madre susurrarle instrucciones sobre qué hacer: «infestar… oprimir… poseer…» Pero su voz sonaba tan lejana que no era capaz de entender del todo como se suponía que debía proceder. Entendía que en ese mundo había que ser más sutil que en el suyo, especialmente para actuar a través del reino espiritual, algo que no era su fuerte: cuando quería algo simplemente lo tomaba.
Deseó tener a Yubel con él. Sin duda su amado sabría qué hacer.
Afortunadamente, la suerte parecía estar de su lado, pues mientras estaba allí llegó el mes de octubre, y un golpe fortuito le mostró el camino que debía seguir para lograr su objetivo: el hombre amaba el terror por sobre todas las cosas (la mayoría de sus cartas estaban relacionados con fantasmas y monstruos clásicos, tanto occidentales como orientales), y por esas fechas veía películas de horror casi todas las noches antes de dormir.
En una de ellas escuchó un diálogo muy interesante:
—Infestación. Susurros, pasos, la sensación de otra presencia, que se convierte en la segunda fase: opresión. La víctima es el objetivo de una fuerza externa que intenta someterla a su voluntad y da lugar a la tercera y última fase: posesión.
«!Oh, Yubel!», se dijo, «si sólo estuvieras aquí... Habrías amado esto.»
- GX -
Haou nunca pensó que llegaría el día en que tendría que comportarse como un fantasma ordinario. Aunque en realidad el término más adecuado sería «demonio». No es que no estuviera disfrutando de eso. Debía admitir que tal vez la tendencia de Yubel por asustar a otros se le pegó un poco. Tampoco podía decir que no estuviera divirtiéndose con esto. La vena traviesa de Judai Yuki estaba en él. Por supuesto, Judai jamás habría aprobado esas bromas tan crueles. Esa parte era completamente suya.
Los primeros días, el interactuar con los objetos físicos lo dejaba agotado, tanto así que debían pasar al menos veinticuatro horas antes de intentar algo más. Nada complicado realmente: ocultar las llaves o el control remoto durante la noche; apagar las luces en un momento inoportuno, o encender la televisión durante la madrugada.
El hombre intentaba convencerse de que todo era su imaginación, algún desperfecto eléctrico, sumado a la sugestión por ver tantas películas de miedo. Alguna vez, cuando uno de sus amigos fue a visitarlo, bromeó diciendo que había «duendes» en la casa.
Un par de semanas más tarde, comenzó a convencerse de que tal vez sí que estaba ocurriendo algo sobrenatural. Y eso le dio poder a Haou. Ahora podía hacer varias cosas a la vez sin agotarse, e incluso hacer que sus pasos resonaran por la casa durante la noche, golpear los cristales y las puertas, y arrojar los cubiertos al suelo. Una semana más tarde, comenzó azotar las puertas, a susurrar en su oído cuando estaba por quedarse dormido e incluso consiguió tocarlo lo suficiente para agitar su cama, despertándolo en las madrugadas.
Haou se sorprendió de cómo entre más se deterioraban los nervios del hombre a causa de su constante acoso —opresión, diría el personaje de aquella película—, más fuerte se volvía él. Al grado de que incluso podía hacerse visible por cortos periodos de tiempo. Siempre una sombra reflejada en algún espejo, en la pantalla del televisor cuando estaba apagado o incluso una figura detrás de las cortinas o de pie en un rincón.
Entre más asustado estaba el hombre, entre más volteaba a ver los rincones cuando entraba en su habitación, expectante a ver si el «fantasma» estaba allí, más fuerte se volvía. Casi como si absorbiera su vitalidad mediante un Juego de lo Oscuro.
Una noche, a comienzos de diciembre, el hombre se encontró presa de un sueño intranquilo. Haou se manifestó en el sillón que había frente a su cama, completamente nítido. Sus ojos dorados brillaron expectantes, mientras una sonrisa cruel se dibujaba en sus labios. No se había sentido tan poderoso desde antes de su último duelo contra la Luz.
El hombre se retorcía en la cama presa de pesadillas, sudoroso a pesar de que el clima estaba frío —menos de cinco grados centígrados—. En días recientes estaba tan pálido y ojeroso que incluso en el trabajo lo forzaron a tomarse unos días libres y visitar al médico.
Haou se levantó, caminó hasta la cama y se sentó en la orilla, con los ojos fijos en el hombre. Tocó su frente con su mano, como si pretendiera revisar si tenía fiebre, y sintió la vulnerabilidad de su mente. Sus nervios estaban completamente destrozados, su mente invadida de pesadillas.
—Pronto sabrás como se sintió Judai —susurró en voz baja. Atraparlo en su propia mente y tomar el control no sería muy difícil de hacer ahora.
Una semana más, estaba seguro de que era todo lo que necesitaba. Tal como en esa película de horror que viera el octubre pasado, había logrado infestar la vida del hombre hasta el punto de oprimir completamente su voluntad. Ahora solamente restaba apoderarse de él en cuerpo y alma para cortar sus ataduras con su mundo y llevarlo lejos.
El diálogo de la médium en otra de esas películas se repitió en su mente:
—Un espíritu opresor intentará obligarte a cometer el peor pecado… Asesinato, suicidio o ambos.
Haou no necesitaba que matara a nadie. Sólo cortar toda atadura con su mundo para poder llevarlo al suyo. Pero antes, tenía otra cosa que hacer.
Sus ojos se dirigieron al librero del hombre, en donde estaba la carpeta que contenía sus cartas. Como todas las cartas de duelo en ese mundo carente de los viejos rituales, sólo eran papel y tinta. Pero eso no significara que no fueran útiles. Muchas de esas cartas tenían sus iguales en su mundo, y las que no, siempre podían ser creadas por personas como Pegasus o Hayato.
—Descansa por ahora, tenemos una ardua investigación por delante.
Haou se permitió otra sonrisa cruel. Todo estaba marchando como debía. Tenía suficiente tiempo para aprender cuanto pudiera de las cartas de este mundo, e incluso otras que no existían, pero que aparecían en las series de anime. Todo ese conocimiento le daría la ventaja necesaria en su guerra. La Luz no sabría que la golpeó.
- GX -
La consciencia de Haou se estaba extinguiendo. Su madre le explicó que no podía existir al mismo tiempo que su yo pasado. Pero no tenía que preocuparse. La Energía de Duelo de Yugi, la cual estuvo durmiendo en su alma hasta que fue el momento de la posesión, sería suficiente para guiar al alma robada a donde debía estar para que todo funcionara. Igualmente, aunque su consciencia desapareciera, quedarían suficientes remanentes de la Oscuridad para proteger el alma hasta que pudiera darle un cuerpo en el cual reencarnar.
Haou no sabía mucho sobre cómo funcionaba el proceso de reencarnación. Él siempre dormía protegido por la oscuridad hasta que era momento de renacer de nuevo. Su madre le explicó que sería algo parecido: envolvería el alma en un capullo de oscuridad que lo haría dormir plácidamente hasta que fuera la hora.
—Hay veces que los bebés humanos nacen muertos sin ninguna causa aparente —le explicó su madre—. En realidad, eso ocurre porque esos cuerpos no estaban destinados a contener un alma. Hay una familia, muy cercana a Yugi biológicamente, que está destinada a uno de esos niños. —Una sonrisa compasiva se dibujó en su rostro—. Es hora de que los bendiga con un hijo sano.
Haou cerró los ojos. Sintió el cálido beso de Horakhty en su frente y luego se consumió en la Oscuridad misma.
La diosa de la creación sostuvo el alma de aquel hombre a quien Haou robó de su propio mundo. Sin perder la sonrisa amable de su rostro, fue cubriéndola con hilos de oscuridad, como una araña envolviendo a su presa con su telaraña.
—Descansa, hasta que sea el momento de nacer de nuevo —ordenó.
Hacía mucho que no se sentía así, como una madre nueva. No era extraño, habían pasado eones desde que hubo un alma tan joven en su Universo. Era curioso como aquel Dios, Yahveh se llamaba, podía dejar a su suerte a todas esas almas, las cuales se consumían sin la posibilidad de renacer cuando no se ganaban su derecho al paraíso. Ella jamás podría hacer eso a sus hijos. Prefería verlos luchar una y otra vez a dejar que desaparecieran.
Incluso Haou, quien acababa de desintegrarse frente a ella, no estaba realmente perdido. Simplemente su mente se había disipado, para no interferir con la nueva línea del tiempo que estaba naciendo. Oh, bueno, no interferir más de lo que ya había hecho. Como diosa creadora, podía ver la información que su hijo intentó ocultarle dentro de los remanentes de Oscuridad con los que transportó el alma de aquel hombre a su propio universo, nuevas cartas y algo un poco más personal para él.
Lo dejaría pasar, ella también estaba deseosa por ver esas nuevas cartas en acción. Sería una lástima que se perdieran sólo porque su hijo intentó hacer un poco de trampa. Además, siempre podía dar un empujón a sus otros hijos para equilibrar las cosas, incluso compartir unas pocas de esas cartas con ellos.
