Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.


Actualización 12/05/21: Corrección de errores menores, y reescritura de algunos párrafos para hacerlos más claros. Los cambios son menores, y no implican alteraciones para la trama general de la historia.


Libro II

Capítulo 17


Dragón de la Luz y la Oscuridad

[Dragón/Efecto/LUZ/Nivel 8/ATK 2800/DEF 2400]

Mientras esta carta está boca arriba en el Campo su Atributo se trata también como OSCURIDAD. Una vez por Cadena, durante el turno de cualquier jugador, cuando es activada una Carta Mágica/de Trampa, o el efecto de un monstruo: esta carta pierde exactamente 500 ATK y DEF y esa activación es negada. Cuando esta carta es destruida y mandada al Cementerio: selecciona 1 monstruo en tu Cementerio (si es posible); destruye todas las cartas que controles, y también Invoca ese monstruo (si existe) de Modo Especial.


Sentí como si la temperatura se desplomara diez grados de golpe, al tiempo que la luz de la tarde se desvanecía. Las sombras parecieron tragarse el callejón, hasta que todo lo que nos rodeaba era una especie de espacio vacío en una muestra clara de que el Cubo Cuántico nos había trasladado a otro plano o dimensión diferente.

Judai, todavía sosteniendo a Rei en sus brazos, comenzó a ver a su alrededor con actitud desesperada. Hice lo mismo y fue que los noté: una gran cantidad de personas, la mayoría niños y adolescentes, aunque también había algunos adultos jóvenes, no mayores de treinta, asumo. Por sus ropas y rasgos físicos, me quedó claro que venían de todas partes del mundo. La única razón por la que sus rasgos eran discernibles en medio de las sombras que nos envolvían, era por los triángulos de sus frentes, que resplandecían en un color dorado, además de sus ojos, los cuales brillaban con una intensidad que rivalizaba con la del cubo del hombre a quien identifique como Diva.

Yubel apareció detrás de Judai, extendiendo sus alas de forma protectora.

La sonrisa de Diva se ensanchó al ver al espíritu.

—¿Así qué tú eres el Guardián?

—Tú eres un esclavo de la Luz —escupió Yubel.

—¿Esclavo? —preguntó Diva con burla—. Tú renunciaste a tu humanidad para convertirte en un dragón al servicio de la Oscuridad, ¿y dices que yo soy el esclavo?

Las otras entidades, ya que no estaba seguro de si podía considerarlos humanos, dentro de las sombras comenzaron a acercarse hacia nosotros. Se sentía como estar en una película de zombis, con todos esos seres con forma humana y miradas muertas avanzando lentamente en nuestra dirección.

—¿Quiénes son ustedes? —le preguntó Judai furioso, con Rei temblando contra su pecho.

—La Prana —respondí por él.

Los ojos dorados de Diva se posaron sobre mí, y no pude reprimir un escalofrío. Había algo aterrador en esos ojos, como si fueran los de un depredador. Sentí la necesidad de apartar la mirada, pero algo me lo impidió.

—Así que conoces nuestro poder. —Su voz era un susurro bajo y con un tono de deleite malsano que me hizo sentir náuseas.

El ceño de Diva se frunció con extrañeza.

—Qué curioso —dijo—, se supone que sólo hay un Heraldo de la Oscuridad, ¿por qué tu alma hiede a ella?

Sentí las miradas de todos esos seres fijarse sobre mí en el momento en que Diva dijo esas palabras. El deseo de retroceder creció hasta volverse desesperación. Fue allí que la Oscuridad tomó control de mi cuerpo.

—¿Por qué el heredero de la Prana está aliado con la Luz de la Destrucción? —le devolví la pregunta, infundido con el valor que la Oscuridad me daba.

Diva pareció furioso por un instante, antes de que sus facciones se relajaran.

—Al parecer entiendes lo que somos, ¿pero de verdad conoces nuestro poder?

—Sé que la Prana es un poder que iba a crear una utopía. Un mundo donde no habría más odio y sufrimiento. Un poder que te fue confiado por tu maestro, Shadi Shin, para hacer realidad su sueño de un mundo de paz.

—Es cierto —admitió él—. Pero esa utopía no será alcanzada hasta que la Oscuridad sea desterrada de este mundo. Y la única forma de desterrar a la Oscuridad es asegurar que la Luz gane esta guerra.

—Por eso atacaste a Rei —deduje—. ¿Qué paz puede venir de atacar a una niña inocente?

Los ojos de Diva brillaron con malsana diversión.

—Necesitamos duelistas fuertes. Rei Saotome consiguió la victoria en un nacional en la categoría junior con solamente siete años. La duelista más joven en ganar ese torneo. Un talento como ese no debe ser desperdiciado.

Miré a los otros seres que nos rodeaban con más detenimiento. Muchos de ellos portaban discos de duelo.

—Duelistas fuertes —repetí—. Estás formando un ejército.

Activé mi propio disco de duelo.

—Todo en este mundo se resuelve con un duelo —dije más para mí mismo.

—Oh, ¿me desafías?

—Sí —le respondí.

Diva sonrió, al tiempo que su Cubo Cuántico brillaba con una intensidad mayor. El triángulo en su frente y el brillo de sus ojos cambió a un blanco intenso, lo cual me hizo pensar en Aang entrando al Estado Avatar.

—No estoy interesado —dijo—. ¿Por qué perder mi tiempo enfrentándote en un duelo cuando simplemente puedo desaparecerte? Ya que pareces saber tanto sobre nosotros, te dejaré experimentar de primera mano el maravilloso poder de la Prana.

Sentí un cosquilleó en la punta de mis dedos. Alcé mis manos y confirmé lo que pensé tras escuchar sus palabras: me estaba desintegrando en pequeñas partículas doradas. Fue una sensación extraña, por lo que recordaba de la película, habría pensado que sería algo doloroso.

—¡Basta! —gritó Judai con desesperación.

—Paciencia, pequeño Heraldo, tú eres el siguiente.

Judai dejó a Rei al cuidado de Yubel, quien en este plano parecía tener un cuerpo físico, o tal vez Judai estaba dándoselo sin darse cuenta, mientras se levantaba y activaba su propio disco de duelo.

—¡Detente ahora! —le exigió.

Sentí a la Oscuridad salir de él en oleadas con una intensidad que hasta ese día sólo había sentido en Haou. Ese era el verdadero poder de Judai como Heraldo de la Oscuridad.

Mi mano había desaparecido por completo, y podía sentir que el cosquilleo ahora estaba en mis pies y se expandía con gran rapidez desde allí a todo mi cuerpo.

—Oh, veo que la Prana no te afecta como a tu amigo.

Volví mi atención a Judai al escuchar esto, quien parecía estar repeliendo una especie de hilos dorados que salían del Cubo Cuántico y trataban de envolverlo.

«Así es como funciona», pensé.

El cosquilleo ahora se sentía por todo mi cuerpo y mi vista comenzó a perder foco. Me concentré en mis memorias. Eso fue lo que salvó a Jonouchi en la película, junto con una oportuna intervención de Atem. Si lograba eso…

—No podrás —escuché la voz de Diva retumbando a mi alrededor—. Nadie puede resistirse al poder de la Prana, mucho menos ahora que la Gloriosa Luz lo ha perfeccionado.

Las sombras a mi alrededor fueron reemplazadas por una especie de dimensión de blanco absoluto, casi como la Habitación del Tiempo en Dragon Ball.

—Puedes aferrarte a tus memorias todo lo que quieras, pero, tarde o temprano, serán borradas. Vas a desaparecer aquí, porque sin memorias, no eres nadie.

Yo sabía eso a la perfección, y por eso no podía permitirme perderlas. Citando al Joker: «Si renuncias a tus memorias, renuncias a tu identidad».

—No —me sorprendió escuchar otra voz.

—¡Hiede a Oscuridad! —replicó Diva.

—Quiero hablar con él, déjanos solos.

Hubo un silencio, el cual interpreté como una duda por parte de Diva.

—Muy bien —dijo por fin—. Si es lo que deseas.

La sensación de cosquilleo desapareció. Seguía atrapado en ese lugar de perfecta y enfermiza blancura, pero, por algún motivo, sentía como si la Prana se hubiera retirado. En su lugar quedó otra fuerza, una mucho más abrasiva y dominante. Podía sentir como intentaba entrar en mi mente, lo que hizo que la Oscuridad en mí automáticamente entrara en una especie de modo defensivo, haciendo todo lo posible para repeler la invasión, fallando hasta cierto punto.

La cosa que me rodeaba consiguió entrar y aferrarse a mis memorias más superficiales, aun luchando por entrar más profundo en mi mente.

—Finalmente nos conocemos, Kenichi Satou.

Fruncí el ceño extrañado cuando la Luz se dirigió a mí. ¿Sabía mi nombre? Ahora sonaba como Meridia en Skyrim: un tono imperativo, pero a la vez dulce, como si fuera una especie de madre muy estricta. Tuve que recordarme que esta no era una diosa que representara la vida como lo era Meridia en el lore de The Elder Scrolls; sino todo lo contrario, se trataba de una fuerza que sólo buscaba traer la muerte.

—No puedo decir que es un placer —le respondí.

La Luz se rio. Una risa fría y aterradora.

—Yo podría enviarte de vuelta a casa —me ofreció de inmediato para comenzar a negociar—. Despertarías en tu cama, de vuelta en tu mundo. Todo esto sería como una pesadilla que olvidarías pronto. Sólo tienes que renunciar a la Oscuridad y abrazar la Luz.

Oh, allí estaba: tratando de tentarme con uno de mis más grandes anhelos. Igual que tentó a DD con la fama, a Edo con la justicia, y a Saio con su deseo de crear un mundo mejor, uno donde otros no sufrieran lo que él y su hermana tuvieron que padecer. Pero la Luz siempre mentía, como Satanás en los dogmas cristianos.

Por supuesto, no me gustó que supiera esos detalles. Todavía podía sentirla, como una mano, tratando de robar información directa de mi cerebro, mientras la Oscuridad intentaba proteger los conocimientos más profundos de mi mente, dejando a la merced del enemigo mis pensamientos más superficiales.

—Ese es tu más profundo deseo, ¿verdad? Volver a casa, lejos de este mundo absurdo donde un juego de cartas puede definir quien vive y quien muere.

—¿A dónde volvería? —le espeté con amargura—. Yo morí. Los muertos no deben volver.

—Pero estás aquí, porque la Oscuridad te trajo. Te arrebató la paz. Yo puedo devolvértela.

—¿Estás confirmando que quieres matarme? Porque, siendo sincero, no necesitaba confirmación.

La risa hueca y fría de la Luz volvió a resonar a mi alrededor.

—No entiendes la verdadera forma en la que funciona este mundo. Todo lo que viste a través de una pantalla no es más que una sombra de la realidad. Estás en medio de algo que no puedes comprender. Desperdicias tu vida en una batalla que no es tuya en primer lugar. Te ofrezco una salida de eso.

Tengo que admitirlo, la Luz es buena metiéndose con las inseguridades. Quizá si hubiera intentado esto años atrás, cuando solamente era un niño asustado que miraba a su alrededor negándose a creer que de verdad estuviera en este mundo, hubiera funcionado. Pero, durante los últimos cinco años, conocí a muchas de las personas que antes eran sólo un dibujo en una página de manga o una animación en el televisor. Y esas eran personas reales.

Judai, por ejemplo, no era únicamente el estudiante flojo y extrovertido que lo único en lo que piensa era en los duelos. Sí, le costaba concentrarse en sus clases, pero también se esforzaba para superar sus limitaciones y tratar de sacar la mejor nota que podía. No por él, ni siquiera por sus padres (a quienes, de hecho, parecía darles igual como le iba en sus clases, algo atípico en una pareja japonesa), lo hacía por su hermano y por sus amigos, para no quedarse atrás y poder seguir avanzando al lado de todos nosotros. Es decir, no era un personaje de una o dos dimensiones, era alguien más complejo. Un amigo que comprendía que a veces no estaba de humor para el duelo, y hacía a un lado el juego que tanto amaba para sentarse conmigo y jugar una partida en un videojuego.

Las personas en este mundo no eran personajes de un anime, eran… personas, valga la redundancia. Seres de carne y hueso. Amaban, odiaban; reían, lloraban; podían estar felices, tristes o enojadas. Incluso tenían problemas que iban más allá de vencer al personaje genérico del episodio, o al duelista Oscuro en turno que quería matarlos mediante un juego de cartas para niños. Tenían problemas familiares, de menor o mayor grado; problemas en la escuela, con amigos o con sus intereses románticos, como cualquier persona que estuviera viviendo. Y los adultos se preocupaban por cosas mundanas como pagar las cuentas y conservar un nivel de vida aceptable para ellos y sus familias.

Porque, a final de cuentas, incluso en un mundo que es un shonen de cartas, la vida está en los pequeños detalles, no en las batallas épicas contra las fuerzas del mal.

—Lo entiendo muy bien —dije—. Tal vez en, digamos, la Tierra A-200 algo, el Duelo de Monstruos era sólo un juego. Cierto, allá no podías apostar tu alma en un Juego de lo Oscuro. No había fuerzas como tú o el Maestro Haou, al menos no que yo conociera. No sé si el dios, el diablo, los ángeles o los santos en los que creía durante mi primera infancia, debido a mi crianza católica eran reales o no. Pero eso no significa que no comprenda este mundo, al menos en parte…

—Un mundo que no es el tuyo…

Negué con la cabeza.

—Es mi mundo. He vivido en él casi la mitad del tiempo que viví en mi otra vida. Cierto, al principio, a veces —negué con la cabeza—, muchas veces, quise morir y me negaba a aceptar que este mundo era real. Pero, carajo, amo a mi familia. Miyuki y Kensuke Satou son mis padres, Kouji Satou es mi tío. Y sí, también Yugi Muto es mi tío y junto con el abuelo Sugoroku y la tía Megumi son mi familia.

Solté una carcajada sin gracia.

—Tal vez sea un cliché de shonen, y me haga parecer como un Naruto genérico, pero ¡qué importa! Son mi gente preciosa, por quienes no debo dejarte ganar. Por ellos, y porque si tienes éxito destruirás a Judai, y luego los matarás a ellos también, a todos mis amigos, a todas las personas inocentes que ni siquiera tienen idea de que esta lucha está sucediendo. No puedo permitirte hacer eso.

La Luz se agitó llena de furia.

—No entiendes nada, Kenichi Satou. Sólo eres un esclavo que vaga por este mundo cegado por la oscuridad, tomando las migajas de falsa amabilidad que uno de tus amos te tira para mantenerte controlado. Sabes perfectamente de lo que es capaz la Oscuridad. Lo has visto: vidas destruidas, duelistas asesinados para crear una carta capaz de acabar con todo. Esa es la Oscuridad a la que sirves.

—¿Y qué me dices de apoderarte de un arma de destrucción masiva y tratar de destruir el mundo con ella?

—No entiendes lo que trato de hacer. Tu visión está sesgada. La purificación es necesaria. Mediante la destrucción de este planeta, de su corrupta civilización construida en torno a los dioses falsos de la Oscuridad, el mundo renacerá de nuevo. Las almas de esas personas preciosas que dices proteger serán libres por fin. Nacerá un nuevo mundo, uno libre de la Oscuridad. La vida, la verdadera vida, se abrirá paso. Y todas esas almas podrán renacer de nuevo en ese mundo de Luz, igual que tú renaciste en este mundo.

Y allí estaba, el clásico discurso de «los otros están mal, yo soy quien tiene la razón».

—¿Alguien de verdad se traga tus mentiras? —pregunté con el mayor tono de burla del que fui capaz—. O, mejor dicho, ¿tú misma te las crees? Por qué, si lo dices en serio, entonces déjame reír más fuerte.

Sentí a la Luz agitarse dentro de mi cabeza, intentando ir más profundo en mis pensamientos, seguramente buscando como retorcer mis creencias y doblegar mi voluntad.

—No tienes idea de nada…

—Y allí vas de nuevo. No, no la tengo. Y, en realidad, no quiero entenderte. Sé lo suficiente sobre ti: en este mundo has provocado guerras, matanzas y toda clase de atrocidades. Manipulas y usas a las personas con ese propósito.

—¿Y tu preciado Rey no lo hace? El mundo era un lugar hermoso, lleno de luz, dónde las personas vivían en un paraíso. Hasta que ese Rey a quien sirves lo destruyó. Tu venerada Oscuridad aplastó con fuego, acero y magia ese mundo lleno de vida y armonía.

A mi alrededor comenzaron a surgir imágenes. Bosques llenos de vida, ciudades de edificios blancos, donde personas, monstruos y espíritus hacían su vida cotidiana en paz. Un mundo sin guerra, sin enfermedad y sin muerte, en el cual todo ser vivo, físicos o espirituales, convivían en armonía.

Y luego vi a Judai… a Haou-Judai, dirigiendo sus ejércitos de monstruos y demonios. Ciudades arrasadas, almas robadas, todo para completar «Súper Polimerización». También vi a mis amigos y compañeros, al resto de los personajes de GX a quienes no había conocido todavía. Llevaban armaduras blancas, relucientes con el poder de la Luz. Jun, Sho, Ryo, Hayato, Asuka, Fubuki, Edo, Johan, Rei, Kenzan, Jim y O'Brian, todos enfrentando a Judai y cayendo ante él. Hasta que al final no quedó pueblo o ciudad en pie: cada reino destruido, cada bosque, selva y llanura quemados hasta ser desiertos de cenizas. Haou no perdonó a nadie, ni siquiera a los demonios, hechiceros y soldados de la oscuridad que arrasaron y aniquilaron todo lo que se puso en el camino de su maestro. Al final, únicamente quedaba él, con «Súper Polimerización» en su mano.

El Rey Supremo destruyó el mundo de paz y luz, y de sus cenizas nació un nuevo mundo, uno donde la Oscuridad era la fuerza que lo gobernaba todo.

Jadeé cuando la visión terminó.

—Esa es la Oscuridad a la que sirves —repitió la Luz.

—Estás mintiendo —dije en voz baja.

—Eres tú quien se engaña a sí mismo. ¿Dejarás a un lado tu libre albedrío para servir a la Oscuridad?

—Eres hipócrita, ofreciendo intercambiar una esclavitud por otra.

La Luz volvió a reír.

—Admites que eres un esclavo, pero rechazas la libertad.

Sentí como se arremolinaba con más fuerza sobre mí. La siguiente vez que habló, su voz se escuchó en mi oído y no como algo que parecía venir de todas partes a mi alrededor.

—Puedo romper los grilletes que te atan. Puedo devolverte los recuerdos que buscas con tanta desesperación. Sólo tienes que responder una simple pregunta: ¿aceptas mi bendición?

«Un trato con el diablo», pensé. A pesar de la Oscuridad dentro de mi alma, de mi discurso anterior, una parte de mí quería hacerlo, quería decir .

Cerré los ojos y apreté los puños. Entonces recordé a Judai: hablando con desesperación de como dejó a sus amigos a merced de la Luz. Recordé el rostro de Asuka en el anime: frío, carente de cualquier emoción, al grado de que incluso desconocía a su propio hermano… el mismo a quien buscó durante años, por quien estaba dispuesta a darlo todo para tenerlo de nuevo a su lado. La Oscuridad al menos me dejaba pensar por mí mismo, la Luz se llevaba todo lo que hacía a una persona ser ella misma, hasta convertirlas en meras marionetas sin emociones ni voluntad.

—No —respondí—. Sé lo que pasa con quienes aceptan someterse a ti.

—Eres un tonto, Kenichi Satou.

—Tal vez, pero soy un tonto que hará todo lo que esté en sus manos para derrotarte, para que no vuelvas a tocar a mis amigos. Nunca más tendrás a Asuka, ni a Johan…

—Johan Andersen ya no me es de utilidad —me interrumpió la Luz—. Ahora mismo solamente hay una cosa que quiero. Te quiero a ti, y todo el conocimiento que tienes de otros mundos y del cual, hasta ahora, sólo he vislumbrado pequeños atisbos.

Eso no podía ser bueno.

—Te lo prometo, Kenichi Satou, un día te arrodillarás ante mí como mi fiel vasallo.

Algo cambió.

Sentí una nueva fuerza acercándose. La Luz pareció sentirla también, ya que se alejó. Ya no la sentía tratando de hundir sus garras en mi cabeza. La habitación blanca a mi alrededor comenzó a resquebrajarse, como si estuviera hecha de cristal.

La Oscuridad en mi interior se agitó en confusión. Esta nueva fuerza parecía ser una mezcla de Luz y Oscuridad en perfecto equilibrio.

Y entonces lo vi: primero fue una silueta, que poco a poco fue ganando nitidez. Al cabo de un minuto, frente a mí había un enorme dragón, mitad negro, mitad blanco.

Volví a sentir aquel cosquilleo provocado por la Prana, al tiempo que reaparecía en el plano de sombras que generó el cubo de Diva. El dragón no sólo había ahuyentado a la Luz, sino que anuló el poder del Cubo.

—¿Qué es esto? —exigió saber Diva furioso.

Los otros seres de la Prana a nuestro alrededor gritaron, al tiempo que se desvanecían mientras las sombras que nos rodeaban comenzaban a disiparse.

—Buen trabajo, compañero —escuché decir a una voz infantil que estaba seguro me era familiar.

Me giré y vi a quien menos esperaba encontrar allí, aunque el dragón era prueba suficiente de que no podía ser otra persona que él. Jun Manjoume, vestido con un yukata verde esmeralda y rodeado por el trío Ojama, los cuales temblaban de miedo, pero no se apartaban de su lado, caminaba hacia nosotros.

El enorme Dragón de la Luz y la Oscuridad rugió.

—¿Quién eres? —le exigió saber Diva al niño de doce años.

Manjoume hizo un sonido de fastidio.

—Soy Jun Manjoume —dijo con el tono más badass que le fue posible con sus cuerdas bocales de niño entrando a la pubertad—, ¡el Trueno Negro que desterrará a la Luz de la Destrucción de este mundo!

Diva gruñó al tiempo que mostraba su Cubo Cuántico. Estaba claro que intentaba atrapar a Manjoume con la Prana.

El dragón volvió a rugir.

Diva maldijo en otro idioma, posiblemente árabe o egipcio, y luego desapareció, al parecer expulsado por el poder del dragón, o más bien lo que había dentro del dragón.

Las sombras de la Prana desaparecieron por completo, y de nuevo nos encontramos en el callejón. Judai volvió a sostener a Rei, quien había perdido el conocimiento. Manjoume nos miró uno a uno, con el inmenso dragón que apenas si cabía en el callejón detrás de él, antes de chasquear la lengua y fulminar a Judai con la mirada.

—En serio, inútil, siempre tengo que salvar tu trasero.

Judai soltó una carcajada nerviosa.

—Lo siento —dijo—. Me tomó con la guardia baja.

Manjoume volvió a chasquear la lengua con fastidio.

—Típico de ti. No sé cómo te las arreglas para que no te maten.

Judai se puso serio.

—Gracias por venir a ayudarnos.

—Cómo si fuera a dejar que la Luz te destrozara antes de tener mi oportunidad de una revancha. —Su mirada pareció suavizarse un poco—. Entonces, ¿recuerdas?

—No todo, aún hay muchos espacios en blanco. Quizá nunca se llenen.

—Que fastidio —gruñó Manjoume al tiempo que se cruzaba de brazos.

Escuché a Yubel resoplar, claramente molesta porque alguien se atreviera a hablarle así a Judai, incluso cuando ese alguien acababa de salvarnos la vida.

—Qué alivio —dijo Ojama Amarillo haciendo un movimiento con su mano, como si se limpiara el sudor de la frente.

—Por un momento pensé que no lo lograríamos —agregó su hermano Verde.

—Yo no dudé ni por un momento que el Jefe ganaría —se jactó Negro.

—Eres el que más temblaba —le espetó Verde, mientras Amarillo sacudía la cabeza con fuerza de arriba abajo mostrándose de acuerdo.

Manjoume se veía cada vez más molesto, al grado que una clásica vena de furia de los animes apareció sobre su cabeza.

—¡Quieren callarse los tres! —gritó—. Les dije que se quedaran en sus cartas.

—Pero, Jefe, no íbamos a dejarte solo —se quejó Ojama Amarillo y sus hermanos asintieron con fuerza detrás de él.

Manjoume bufó con molestia.

—Como si necesitara de ustedes, montón de basura.

Los tres Ojamas quedaron petrificados en el aire.

No pude reprimirla más, y solté una carcajada, mitad nerviosa mitad de alivio.

—¿Te parece divertido? —gruñó Manjoume en mi dirección.

—Lo siento, necesitaba disipar la tensión —me excusé—. Gracias por ello, pequeños Ojama. Si les sirve de algo, yo creo que son geniales.

Los tres Ojama salieron de su petrificación y me miraron con ojos brillantes, como niños a quienes acababa de decirles que iríamos de vacaciones a Disneylandia.

—¿De verdad? —preguntó Verde.

—Entonces te los regalo —agregó Manjoume chasqueando la lengua, lo cual hizo que los Ojama se petrificaran de nuevo.

—No podría aceptarlos. Es claro que esos tres te aman, y seguro tú también los quieres.

Manjoume resopló con molestia, pero no lo negó. Los tres Ojama parecieron entenderlo, y comenzaron a danzar a su alrededor.

Fuimos interrumpidos por un quejido de Rei, mientras volvía a recuperar la consciencia.

—Lo siento —dijo con voz baja—. Te metí en problemas.

Judai sonrió mientras le apartaba los mechones de la frente.

—Está bien, Rei. El hombre malo ya se ha ido.

—¿Lo derrotaste?

—No, el cobarde no se atrevió a enfrentarnos en duelo —le aclaró Judai.

Rei asintió.

—No es un duelista normal… Hizo esa cosa rara, y sus monstruos eran… Daban mucho miedo.

—¿Deberíamos llevarla a su casa? —preguntó Judai dirigiéndose a mí y a Manjoume.

—Pidamos ayuda a Yugi —sugerí. No me gustaba tener que hablarle dos veces para resolver otro problema relacionado con los duelos en menos de veinticuatro horas, en especial porque el tío Kouji estaba actuando con sospecha, pero, ¿a quién más podíamos recurrir para asegurarnos de que Rei estaría bien?

—Muy bien, entonces me voy —dijo Manjoume.

El poderoso dragón rugió una vez más, antes de desvanecerse.

—Gracias de nuevo, Manjoume.

—Cómo sea, inútil. Trata de no meterte en otro problema de estos por lo menos hasta la Academia.

Podía decir, por la forma en que lo dijo, que él mismo no creía que eso fuera a suceder. Con Diva rondando y además aliado con la Luz, no podía ser de otra forma.

—Por cierto, es un increíble dragón ese que tienes —comentó Judai—. No recuerdo que lo tuvieras antes.

Manjoume se detuvo, se giró lentamente, y miró a Judai con una intensidad que, de haber sido dirigida a mí, me habría hecho apartar la mirada.

—Las cosas están cambiando —declaró—. No puedes confiar en lo que sabes. Hay otras fuerzas agitándose, y están sucediendo cosas, cosas que no sucedieron antes.

—¿El Ma'at? —me atreví a preguntarle.

Manjoume me miró con el ceño fruncido, mitad sorpresa y mitad intriga. Luego, tras asentir con dureza, dio media vuelta y siguió con su camino.

—¿Qué es el Ma'at? —me preguntó Judai.

—El equilibrio del antiguo Egipto —le respondí—. Como una diosa, era la hija de Ra. También era la pluma con la que el dios Osiris pesaba los corazones, o el Ib, de los muertos en su juicio después de la muerte.

Rei volvió a quejarse, todavía en brazos de Judai. Se había sumido en un estado de semiinconsciencia y su cuerpo temblaba mucho.

—Está ardiendo —dijo Yubel posando su mano sobre su frente.

Asentí, al tiempo que sacaba mi teléfono y le marcaba a Yugi. Ya tendríamos tiempo de discutir sobre el Ma'at más tarde. Había que conseguir ayuda para Rei de inmediato.

Yugi acordó enviar a alguien lo antes posible. Kaiba era capaz de rastrearnos con los discos de duelo, así que nos pidió que no abandonáramos ese lugar.

Mientras esperábamos, recogí las cartas de Rei y las guardé en su estuche, el cual procedí a ajustar en mi cinturón, junto a mi propio deck, para no perderlo.

Diez minutos después, apareció Jonouchi.

—Yugi me dijo que estaban aquí —nos dijo. Su mirada se desvió hacia Rei—. Bien, la llevaremos.

Cargó a la niña al estilo nupcial, y se apresuró hacia fuera del callejón. Lo seguimos de cerca.

En la calle nos esperaba Mai, a bordo de su convertible rojo. Jonouchi subió al asiento trasero para cuidar de Rei.

—Gracias —dijo Judai, pero ninguno de los dos subimos al coche, sabiendo que no ayudaríamos nada yendo con ellos, además de que sólo había un asiento libre.

—No hay de qué —respondió Mai guiñando un ojo, antes de arrancar y salir a toda velocidad sin molestarse en conducir con cuidado.

Judai mantuvo la vista en el coche hasta que se perdió de vista.

—Estará bien —le dije—. Kaiba tiene a los mejores médicos para estas cosas.

Judai asintió de forma distraída.

—Lo sé, pero… —apretó los puños—. ¿Estoy fallando? Primero Johan, ahora Rei, y tú casi desapareces frente a mí. Ese tipo usó ese cubo extraño para enviarte a otro lugar, y no pude hacer más que quedarme mirando. Si Manjoume no recordara, si no hubiera tenido a ese dragón.

No supe qué decir para animarlo.

—Hay que advertir a todos —dije por fin—. Es decir, a Yugi, a Kaiba y al señor Pegasus. A Fubuki también. Aprovechemos que todos están en la ciudad para contarles lo que sabemos. Todo lo que yo sé ahora.

Me di cuenta de que las manos me temblaban y, a pesar de que intenté disipar la tensión al reír de las payasadas de los Ojama, sentía el peso del miedo en mi estómago.

La Luz estaba tras de mí. Siempre supe que sucedería en algún punto. La información que guardaba era muy valiosa para cualquiera de los bandos, y eso se traducía en poder. Además, nuestra lucha principal era en su contra. Haou no me dejaría estar en otro lugar que no fuera el frente de batalla. Aun así, saber que no quería destruirme, no por lo menos ahora, sino arrebatarme la voluntad que me quedaba…

Joder, ¿cómo se supone que la detendría cuando el remanente de la Oscuridad que había en mi interior fue incapaz de repelerla por completo?

—¿Qué sucedió? —me preguntó Yubel, quien había regresado a su forma espiritual ahora que el peligro parecía haber pasado.

Me mordí el labio.

—La Luz habló conmigo. —Decidí que lo mejor era ser honesto. No tenía motivos para ocultar eso, la Oscuridad no me dejaría hacerlo.

Yubel pareció inusualmente comprensiva.

—Volvamos, debemos hablar con Haou —dijo sin preguntar nada más.

Judai no pareció muy conforme de escuchar eso. Por mi parte, estuve de acuerdo. De cualquier forma, la noche ya estaba cayendo y era mejor volver a casa. No era conveniente estar donde Diva podría decidir atacar de nuevo. Por supuesto, con el poder de la Prana, el cual le permitía tele transportarse a donde quisiera, al grado de ir y venir entre Egipto y ciudad Domino en cuestión de minutos, no parecía haber un sitio donde pudiéramos estar seguros.

Eso me trajo una cuestión: ¿sería posible crear escudos anti-aparición como en Harry Potter? La magia era real en este mundo, tal vez había una forma de hacer eso. Bueno, en la película Kaiba pudo anular el poder de la Prana con su tecnología, y dado que en este mundo consiguió crear el mismo modelo de disco de duelo que mostró allí, era fácil asumir que eso no sería un problema para él.

Por otro lado, la presencia de Diva traía muchas preguntas. Si recordaba bien, Diva se movía por dos motivos: su deseo de venganza contra Bakura, por más que fue Zorc quien asesinó a Shadi y no el pobre niño poseído por la Sortija Milenaria; y su miedo a perder el poder que le heredó su maestro al saber que Kaiba estaba tratando de traer de nuevo al Faraón.

¿Eran los mismos motivos los que alimentaban su rabia ahora? ¿O acaso la Luz lo encontró por coincidencia y decidió usarlo?

Comenzaba a volverse molesto que sucedieran cosas como esta. Además de la forma loca en que los diferentes cánones parecían estarse mezclando. Podía lidiar con la línea del tiempo de Duel Monsters-GX-5D's, pero, si a eso se le sumaba los mangas, y hasta El lado oscuro de las dimensiones… Joder, alguien de verdad debía odiarnos.

Me despedí de Judai en su puerta, prometiéndole que nos veríamos después de la cena, para hablar sobre lo que ocurría y sobre como contaríamos esto a los demás involucrados en lo que se podría llamar «operación arregla el desmadre en que se convirtió la línea del tiempo».

—Estoy en casa —anuncié mientras me quitaba los zapatos y me ponía las pantuflas.

El tío Kouji se asomó desde la sala.

—Solo estamos nosotros —me dijo—. Fueron al aeropuerto a recoger a mis padres.

Los abuelos se habían atrasado por una nevada en Sapporo, algo poco común en mayo, pero que sucedió ese año, así que llegarían esa noche a pesar de que hubieran querido estar toda la Golden Week con nosotros.

Fruncí el ceño, notando el hecho de que el tío Kouji se refirió a ellos como sus padres en vez de mis abuelos.

—Llegarán más o menos en otras dos horas.

Asentí con la cabeza.

—Ahora tenemos tiempo de hablar —dijo mientras señalaba el sillón individual indicándome que me sentara allí.

—¿Es sobre Johan? —me atreví a preguntarle.

El tío Kouji asintió con dureza.

—Sobre eso, y sobre otra cosa. —Sus ojos no eran visibles debido al brillo de sus anteojos redondos, lo cual no era una buena señal en ningún anime que hubiera visto en mi otra vida—. Anoche escuché una conversación muy interesante entre tú y Judai…

Oh, Joder, ¿por qué Manjoume no dejó que la Prana me desapareciera?