Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.
Actualización 12/05/21: Corrección de errores menores, y reescritura de algunos párrafos para hacerlos más claros. Los cambios son menores, y no implican alteraciones para la trama general de la historia.
Libro II
Capítulo 19
Sacrificio Común
[Carta de Trampa]
Actívalo solo durante tu Main Phase mientras tu adversario controla 3 o más monstruos. Manda al Cementerio 2 monstruos que controle tu adversario con el menor ATK. Invoca de Modo Especial 1 monstruo de Nivel 7 o mayor en tu mano.
No había tenido pesadillas tan aterradoras desde el día que recordé el momento exacto de mi muerte. La amenaza latente de la Luz, combinada con la Prana, las trajo de vuelta.
En mis sueños escuché a la Luz susurrar toda clase de ideas de lo más retorcidas. Y me vi a mi mismo llevándolas a cabo. Se sentía como una película de terror, en la cual era consciente de lo que pasaba, pero era incapaz de controlar mis propias acciones. Como ser prisionero dentro de mi propia mente. En cierto sentido, era similar a esos momentos en que la Oscuridad tomaba el control, salvo que la Luz no dejaba espacio a la reflexión de lo que ocurría. Su voluntad debía ser la única, cualquier duda significaba dolor. Todo lo que consideraba impuro debía ser exterminado, pero la Luz no se ensuciaba sus propias manos. ¿Por qué hacerlo cuando podía usar las mías para ejecutar su «juicio» contra los impuros?
En mis sueños recorrí un camino de destrucción y tortura en el que nadie estaba a salvo, y era yo mismo el verdugo que castigaba en nombre de la Gloriosa Luz, mientras ella susurraba en mi mente como lo merecían y no debía sentirme culpable por lo que les ocurría.
El sueño llegó a su peor momento, el que finalmente me hizo despertar, cuando me vi a mi mismo sentado en la sala de mi casa, con los cadáveres de mis padres a mis pies. Yo sabía que los había asesinado, sacrificado más bien, pero no podía sentir remordimiento por eso. En el sueño veía sus muertes como una necesidad para que los planes de la Luz se completaran.
«Han cumplido su utilidad», susurró la Luz en mi oído, con una voz engañosamente dulce y afectiva, como la de una madre. «Soy la única familia que necesitas».
Y en el sueño, lo creí.
Desperté cubierto de sudor, con las lágrimas anegando mis ojos y empapando la almohada. Estaba viendo hacia la pared, dando la espalda a los gemelos. La habitación estaba en completo silencio, y envuelta en penumbras, salvo por una pantalla que simulaba ser una ventana. Considerando el tiempo que duró en bajar el elevador hacia el «centro de investigación» de Corporación Kaiba, estaba claro que nos encontrábamos a varias decenas de metros bajo tierra.
Me giré para ver el techo, todavía sentía mi corazón latiendo acelerado en mi pecho y los oídos me zumbaban.
Sentí como el colchón se movía, en una indicación clara de que alguien se había sentado en la orilla. Di un respingo y casi me caí de la cama. Por algún motivo, mi mente hizo clic en algo e irracionalmente pensé que había un fantasma en la habitación. Al menos antes de que dos ojos dorados me devolvieran la mirada.
—¿Pesadillas? —escuché preguntar a Yubel con un tono burlón.
El espíritu se encontraba recargado en la puerta de la habitación. Por la forma en que su silueta se recordaba contra las penumbras de la noche, sabía que tenía los brazos cruzados sobre su pecho. Sus tres ojos brillaban expectantes en medio de la oscuridad.
Volví mi atención de nuevo a la figura que se había sentado en la orilla de la cama.
Los ojos de Haou continuaban mirándome, con un deje de interés que no había notado en él antes, al menos no desde el día en que le revelé la mayoría de mis secretos. A la vez, tenía miedo de él. Mi mente no parecía poder deshacerse de la sensación de que no estaba viendo al Rey Supremo, sino a un fantasma.
—Permitiste que la Luz se acercara demasiado. —Habló en voz baja, pero en el silencio de la noche resonó con gran nitidez y claridad. O quizá era la misma oscuridad que nos envolvía lo que le ayudaba a que se escuchara con esa sonoridad perfecta. No sentí que me culpara por nada, pero de todas formas me hizo sentir mal.
—Yo no… —Me callé cuando Haou entrecerró los ojos.
—Lo hiciste —insistió—. No necesito excusas, quiero saber con exactitud: ¿qué te dijo? ¿Cuánto sabe?
Me mordí el labio. Podía escuchar a Judai roncando en la cama junto a la mía, dormido profundamente. Lo sabía, Judai no despertaría. De alguna forma entendí que Haou estaba usando su poder para mantenerlo así. En cierto sentido, era como si por primera vez estuviera a solas con él. Mis encuentros con el Rey Supremos siempre habían sido en presencia de Judai.
—Sabe que soy de otro mundo —le respondí. Mi voz salió más entrecortada de lo que pretendía. De forma instintiva sabía que estaba completamente indefenso ante el Heraldo de la Oscuridad—. Intentó usar eso para obtener información. Creo… creo que sólo pudo llegar a mis pensamientos más superficiales, aunque no por falta de intentos por ir más profundo.
Haou pareció pensar un momento en mis palabras.
—Continúa —me ordenó.
—Dijo que podía enviarme de regreso… a mi mundo…
Yubel resopló con fastidio, claramente acostumbrada a las tácticas de «disuasión» de la Luz de la Destrucción.
—Yo sabía que estaba mintiendo —les aclaré—. No puede ser tan fácil, ¿verdad?
Los ojos de Haou brillaron con algo que interpreté como diversión. Su tono al hablar lo confirmó:
—¿Importa? ¿Qué pasa si no hay un lugar al que regresar?
¿Qué significaba eso? ¿Acaso me estaba diciendo que la Luz podía ir a otros mundos y destruirlos como pretendía hacer con este?
—Estuviste más de una hora en contacto con la Luz —continuó Haou—. ¿Qué más sucedió en ese lapso de tiempo?
Hice a un lado la necesidad de preguntar el significado de sus palabras anteriores, y le conté lo que sucedió. Por un momento, pensé en guardarme los detalles sobre las visiones de ese mundo destruido que me mostró la Luz, pero al final decidí no hacerlo. Le conté todos los detalles que pude recordar sobre las visiones que me mostró. E incluso sobre su amenaza disfrazada de promesa del final: que algún día me arrodillaría ante ella.
Haou no interrumpió mi relato. Parecía analizar cada palabra, cada fibra de información por diminuta que fuera. Tuve que recordarme que el Rey Supremo había estado en guerra contra esa fuerza durante al menos cinco mil años. En ese tiempo, debía haber aprendido mucho sobre su enemigo, y la Luz debía saber también mucho sobre él.
Por lo que había visto en el anime, y según lo que Judai había dejado ver en su angustia por haber dejado a sus amigos a merced de la Luz, además de lo que la misma Luz me mostró en mis visiones, me quedó claro una cosa: jamás enfrentaba directamente a su némesis. Todos sus ataques contra su mayor enemigo parecían centrarse en poner en su contra a sus amigos y aliados.
Yubel lo dijo, y también Fubuki: atacó a los aliados del viejo reino de Judai, y luego usó a sus supervivientes, a Johan, para hacer caer el reino desde adentro. Y considerando su uso de la Sociedad de la Luz y de Yubel en el canon, estaba más que claro que la Luz era experta en manipular a otros para que hicieran lo que quería.
—¿Qué estabas soñando? —La pregunta me tomó por sorpresa.
Haou me miraba con un brillo en sus ojos que no me gustó nada.
—La Luz es buena infiltrándose en la mente. Ese dragón pudo haber usado el poder del «balance» para hacerla huir, pero la Luz no se iría sin dejar atrás algo que pueda usar en el futuro para apropiarse de la voluntad de su objetivo.
Sentí como si un cubo de hielo resbalara hacia mi estómago. ¿La voz en mis pesadillas era la misma Luz hablando conmigo?
—¿Qué te ha mostrado? —insistió.
—Muerte —respondí abatido.
Haou asintió en un gesto comprensivo, algo muy raro en él.
—En estos momentos continúa trabajando en debilitar tu mente —me explicó—, además de cortar tu conexión con la Oscuridad y atacar la magia del juramento intentando deshacerlo. En circunstancias normales no habría llegado tan lejos, pero permitimos que esos pequeños espíritus consumieran tu energía de duelo, dejándote vulnerable. La Oscuridad en tu alma no puede proteger tu mente al mismo tiempo que mantiene tu energía de duelo lo suficientemente alta para que seas funcional.
Mi temor sólo creció con esas palabras. Una parte de la Luz seguía dentro de mí. Algo lo suficientemente grande para afectarme. Si consideraba la forma en que la Luz se acercó a Yubel en el canon, lo más probable era que intentara retorcer mi mente hasta un punto donde podría manipular mis pensamientos con total libertad. Eso, o desarrollar una segunda personalidad que fuera más manipulable, como hizo con Saio.
—Únicamente hay una cosa que hacer —dijo Yubel con un deje de diversión cruel en la voz.
Haou simplemente asintió con la cabeza. Extendió la mano en mi dirección, posó sus dedos sobre mi frente, de la misma forma que aquel día en Corporación Kaiba, cuando «recuperó» la información sobre las cartas de mi mundo que la Oscuridad trajo junto con mi alma.
—Esto no será agradable —dijo sin remordimiento alguno en la voz.
Tragué saliva.
La sensación fue por completo diferente a la última vez: no se limitó a causarme náuseas y migraña, fue mucho peor. Se sentía como si mi cabeza fuera a partirse en dos. La presencia de la Oscuridad que había estado casi desaparecida por varias horas, retornó con la fuerza de un vendaval. La Oscuridad se extendió por mi cuerpo como metal al rojo vivo, buscando en cada rincón de mi mente y de mi organismo cualquier rastro de la Luz para expulsarlo o, mejor dicho, para destruirlo, casi como si fuera un torrente de anticuerpos buscando una infección.
Se sintieron como horas, y cuando Haou finalmente rompió el contacto, estaba jadeando, con mi cuerpo empapado en sudor y el fantasma del dolor todavía recorriendo mi cuerpo, provocándome espasmos.
No fui consciente de nada más, mientras me envolvía en las mantas lo mejor que podía, tratando de mitigar un frío que parecía ser causado por la fiebre. En algún punto, me quedé dormido de nuevo.
Desperté varias horas más tarde, cuando sentí que alguien me agitaba. Era Judai.
—¿Estás bien? —me preguntó con voz preocupada.
Asentí lentamente.
—Son casi las diez —dijo—. Has estado durmiendo por doce horas.
Me sentía tan agotado que para mí fue como si únicamente hubiera dormido un par de horas. Por fortuna, lo que fuera que Haou hizo (¿una especie de desintoxicación o exorcismo?), se deshizo por completo de las pesadillas.
—Todos te esperan para el almuerzo —me indicó Judai.
Asentí, me puse de pie y fui al armario. No me apetecía ir a almorzar en pijama, pero sería mejor que la ropa estuviera manchada por el sudor que traía. Para mi suerte, en el armario no sólo había pijamas, sino también varios conjuntos de sudadera y pants genéricos de color gris, de esos que normalmente se usan para ejercitar.
Judai me esperó mientras iba al baño, el cual estaba equipado con una pequeña ducha. Quince minutos más tarde, caminamos hacia el elevador, donde nos esperaba Bakura. Subimos un par de pisos hasta una cafetería muy similar a la que había en las instalaciones de la Academia de Duelos.
—¡Johan! —medio gritó Judai cuando salimos del ascensor y notamos al chico sentado en la cafetería junto con el abuelo y la tía Megumi.
Johan alzó la mirada hacia Judai y le sonrió.
Judai comenzó a correr hacia él, pero se detuvo a mitad del camino. Lo alcancé caminando con más tranquilidad y lo empujé amistosamente para que siguiera avanzando.
—No creo que él te culpe por lo que pasó —le dije—. No está en su naturaleza guardar rencor.
Judai me miró un momento, antes de asentir y seguir caminando.
—Oh, pequeño Kenichi, es bueno que te unas a nosotros —me llamó Pegasus. Estaba sentado en una mesa más distante, revisando algunas cosas en una laptop, mientras Mokuba, a su lado, le decía algunas cosas, antes de alzar la mirada y saludarme dando los buenos días.
Pegasus se puso de pie, cerrando el portátil frente a él, y luego caminó en mi dirección.
—Estos pequeños están impacientes por reunirse contigo —dijo al tiempo que me entregaba dos cartas.
Sentí la calidez reconocida de aquellas cartas habitadas por espíritus, y no pude evitar sonreír cuando vi a Zombino y Zombina, por fin impresos de forma oficial. Estaban en inglés, ya que fue el idioma en que escribí los textos de los bocetos.
En este mundo, al no haber una división del juego entre OCG y TCG, todas las cartas en cualquier idioma eran legales en cualquier parte del mundo. La ventaja de los discos de duelo era que traducían los hologramas al idioma en que su dueño los configuraba, así que no había problema en usar cartas en otro idioma. De hecho, todas las cartas de la Edición Alfa (incluyendo a los cuatro Dragones Blancos de Ojos Azules) estaban impresas en inglés, a diferencia de en el anime. Algo que hacía sentido, dado que Pegasus creó el juego en su idioma materno y pasaron al menos dos años antes de que se lanzara en otros idiomas.
—Noté que tachaste la última línea en la descripción de Zombino, así que decidí no imprimirla —explicó Pegasus—. Supongo que fue para no arruinar el Haiku.
—No en realidad. Esa parte me hace pensar que implica que nunca verá de nuevo a su hermana. Creo que eso es algo muy cruel.
Pegasus asintió y luego sonrió con tristeza.
—Sí, tienes mucha razón en eso.
—Muchas gracias. —Me incliné de forma respetuosa.
Pegasus restó importancia al hecho con un gesto de su mano, y luego volvió a terminar de trabajar en la laptop. Mokuba se había alejado un poco y hablaba por teléfono.
Fui a sentarme en la misma mesa que el abuelo, la tía Megumi, Johan y Judai. Me sentí feliz cuando vi que Johan había conseguido que Judai se relajara más, y ahora estaban hablando sobre si sería posible que las cosas se arreglaran a tiempo para ir a la presentación de las nuevas cartas del festival.
—Buenos días, abuelito, tía Megumi —saludé a los adultos.
—Oh, Kenny, Yugi nos dijo sobre lo que pasó ayer —dijo el abuelo.
—Ya estoy mejor. Sólo un poco agotado, eso es todo. Por cierto, acabo de recibir esto.
Les mostré las dos cartas que Pegasus recién me había dado. Judai hizo un sonido de emoción, que Johan no tardó en emular a su estilo particular.
—¡Estos son…! —exclamó el chico nórdico.
—Sí, los dos espíritus que han estado rondando por mi casa durante un par de años.
La tía Megumi miró un poco los diseños con el ceño fruncido.
—No acabo de decidir si son muñecos o una especie de monstruos como el de Frankenstein.
Me encogí de hombros.
—Creo que un poco de ambos.
Ella volvió a mirar las cartas con más detenimiento.
—Tengo una teoría sobre estos dos pequeños, pero no es nada agradable —dije—. Tal vez para otro momento, cuando los ánimos estén un poco mejor.
Judai, quien ya la había escuchado el día anterior, asintió de acuerdo.
Miré a mi alrededor. Bakura se había sentado en una mesa un poco apartada, en la cual se le había unido Mai, mientras que Jonouchi llegó al poco rato cargando tanta comida que no sé cómo es que mantuvo el equilibrio.
—Deberías comer algo —me dijo la tía Megumi.
—Sí, la verdad tengo mucha hambre.
—Tienen unos huevos estrellados muy buenos —sugirió Johan, luego se rascó la nuca en un gesto avergonzado—. Oh, lo siento, olvidé que no te gustan así.
—Creo que veré si sirven hamburguesas a esta hora —dije viendo el menú de la cafetería—. De verdad necesito algo que me dé más energía.
—Esa es buena idea —asintió el abuelo.
—Sí, en especial porque hay que probar esas nuevas cartas —agregó Judai.
Asentí con la cabeza, y luego me puse de pie para ir a pedir mi comida.
—Por cierto, ¿dónde está el tío Kouji?
El abuelo y la tía Megumi intercambiaron miradas de una forma que no me gustó mucho.
—Fue a buscar a tus padres —dijo ella.
Fruncí un poco el ceño, intuyendo algo más, pero Judai me arrastró para que me apresurara a comer y poder tener el duelo.
Los encargados de la cafetería dijeron que nos solían servir hamburguesas tan temprano, pero dado que éramos invitados, podían hacer una excepción si los esperábamos un poco más. Decidí entonces mejor tomar un desayuno tradicional japonés.
Volví a la mesa con Judai, quien pidió lo mismo, y comimos con tranquilidad mientras escuchábamos a Johan hablar sobre un nuevo combo que estaba ideando. El abuelo le dio algunos consejos, y Johan se apresuró a extender su mazo en la mesa, mientras el abuelo le daba más sugerencias sobre qué podría hacer.
Cuando terminamos de comer, decidimos usar la mesa para tener el duelo de la forma básica, ya que era mejor estar por allí para enterarnos de cualquier detalle que ocurriera con el asunto de Diva. Tras una ronda de duelos, el abuelo decidió unirse a nosotros. Una vez más terminó en un tres contra uno intentando vencer a su mazo Exodia.
—Casi lo logran, chicos —la voz de Jonouchi nos sorprendió—. Dejen que les dé algunos consejos.
—Únicamente si quieres volverlos duelistas tan mediocres como tú.
Jonouchi saltó furioso al instante cuando la voz burlona de Kaiba le cortó su momento de «mentor genial» para responderle con los insultos típicos. La tía Megumi soltó un suspiro resignado, al igual que Mai. Yugi, más que acostumbrado a esto, simplemente se dirigió hacia donde Bakura hablaba con Pegasus y Mokuba.
Me di cuenta de que Johan parecía más acostumbrado a esto. Supongo que lo normal, ya que Yugi había sido su mentor durante cuatro años, así que debía haber tenido más momentos para «disfrutar» del espectáculo. Judai miraba a los dos duelistas profesionales con curiosidad.
—Es como ver a Sho, Manjoume y Kenzan discutir por el desayuno —decidió tras un rato.
—¿Quién es Kenzan? —preguntó Johan extrañado.
Judai parpadeó un par de veces sin saber cómo responder.
—Alguien a quien conocimos una vez en un torneo —me apresure a decir.
La excusa rápida resultó ser un error.
—¿De verdad? Es curioso: he estado en casi todos los torneos a los que han ido. Y sólo conocimos a Manjoume hace menos de un mes.
Miré a Judai y él se encogió de hombros.
—Creo que deberíamos decirle —dije—. Ya metimos la pata hasta el fondo.
Judai asintió de acuerdo.
Aprovechamos que la mayoría de los adultos allí estaban dividiendo su atención entre ignorar la pelea de Jonouchi y Kaiba, y centrarse en sus propios asuntos, para escabullirnos.
Decidimos volver a la habitación que Mokuba nos había asignado a los gemelos y a mí. Eso me hizo pensar en algo más.
—¿Dónde está Haou? —Al instante me regañé a mí mismo cuando recordé lo que había pasado entre él y Johan dos días atrás.
—No lo sé —me respondió Judai con voz neutral—. Cuando desperté no estaba por ninguna parte. Pero Mokuba dijo que no me preocupara, todavía está por aquí.
Podía imaginarlo. Estábamos en una isla, una propiedad de Corporación Kaiba, era muy obvio que nadie iba a ninguna parte aquí sin que los hermanos Kaiba lo supieran, y no había forma de salir de la isla sin su permiso. Estaba seguro de que a Haou le debía molestar mucho eso, y quizá por eso estaba en algún lugar apartado sumido en sus propios pensamientos.
Llegamos a la habitación y nos sentamos en la cama de Judai. Johan en medio de nosotros.
—¿Qué es lo que quieren decirme?
Yubel apareció, recargándose en la puerta como la noche anterior. Yo miré a Judai esperando confirmación sobre qué debíamos decir a Johan. Con todo lo que había pasado, pensaba que tenía derecho a saber, pero no era algo que pudiera decidir por mí mismo.
—Descubrimos porque Haou... bueno, porque no le agradas —comenzó Judai.
Johan suspiró.
—Eso de que los traicione —respondió de mal humor—. No creen eso, ¿verdad?
Rubí apareció frente a Johan, saltó a su regazo y su dueño comenzó a rascarle detrás de las orejas.
—¿Crees en la reencarnación? —le pregunté para tantear un poco las aguas.
Johan me miró con curiosidad y algo de escepticismos. Como alguien a quien le gustaba leer sobre toda clase de rollos místicos y sobrenaturales, yo respetaba eso. Lo mejor con estos temas es siempre ser un poco escéptico, o más bien es lo más sano, aunque en este mundo había muchas cosas que gritaban «sobrenatural» por todas partes. Empezando por el espíritu similar a un gato que tenía enrollado sobre sus piernas.
—¿Hablas en serio?
—Yo recuerdo otra vida antes de esta —le confesé—. Y recuerdo haber muerto.
Johan me miró con una expresión aún más extraña que antes.
—Johan, ¿recuerdas cuando nos conocimos en el barco del señor Pegasus? —le preguntó Judai.
La mirada de Johan se giró hacia él.
—Nunca olvidaré ese día.
—Cuando nos conocimos, pensé que te había visto antes en otro lugar.
Johan desvió su mirada hacia Rubí. El pequeño carbunclo maulló con tristeza y lamió los dedos de su amo.
—Yo… pensé lo mismo. También cuando recibí las Bestias de Cristal del señor Pegasus. Fue… —Se calló un momento, como buscando las palabras—. ¿Nos habíamos visto antes? ¿De verdad nos conocimos en otra vida?
Volvió a mirar a Judai, y este asintió.
Johan desvió la mirada una vez más, de regreso al carbunclo en su regazo.
—Yo… ¿de verdad lo hice? ¿Traicioné a todos como dijo Haou?
—Sí —la confirmación vino por parte de Yubel.
Rubí maulló con un tono afligido que partía el corazón.
—No fue tu culpa —una voz masculina llenó la habitación.
Tigre Topacio estaba sentado sobre mi cama. Saltó al suelo, acercándose a Johan.
—La Luz te engañó y nosotros no fuimos capaces de ayudar a deshacer su control.
—¿La Luz?
Judai soltó el aire, y luego le contó a Johan todo sobre la Luz: como era parte de la razón por la que Kaiba e Yugi habían decidido que nos refugiáramos en esa isla. También la relación que había entre la Luz, él mismo y Haou: como estaban destinados a luchar entre sí para poder evitar la destrucción del mundo.
—Así que, Haou tiene razón en odiarme.
—¡No fue tu culpa! —se apresuró a decir Judai—. Yo… Todavía no puedo creer que tu hicieras algo así. Es decir…
—La Luz tiene una forma de meterse en tu mente y torcer tus pensamientos —dije con amargura—. Trató de convencerme para que asesinara a mis padres.
Entre más lo pensaba, menos entendía por qué la Luz quería eso de mí. Quizás sólo buscaba cómo quebrar mi mente. Además, la forma en la que actuaba, bueno, era casi como la voz del demonio que supuestamente forzó a Ronald DeFeo a asesinar a su familia en el caso de Amityville.
Sentí las miradas de horror de Judai y Johan sobre mí.
—Cuando la Luz habló conmigo, dejó una parte de sí misma atrás para corromperme lentamente. —Hice una mueca al recordar eso. Me daban ganas de vomitar de solo pensar en las cosas que la Luz me mostró en mis pesadillas, había tanta sangre en mis sueños…
—¿La Luz está…? —preguntó Judai.
—No —Yubel respondió por mí—. Haou se ocupó de ella.
Cerré los ojos en un gesto de dolor.
—No fue agradable, pero prefiero unas horas de eso a terminar como una más de sus marionetas.
Johan hizo un movimiento extraño con las manos.
—¿La Luz puede forzarte a hacer eso? —preguntó—. ¿Puede hacer que tú…?
—Si la Luz consigue infectar tu mente, puede retorcerla para obligarte a hacer lo que quiera —gruñó Yubel—. Hacer que te vuelvas contra quienes amas no sería un problema para ella. Lo peor es que no eres consciente de ello: juega con tu mente hasta el punto de convencerte de que haces lo correcto. Sus víctimas no saben que están siendo manipuladas si la Luz no quiere que lo sepan.
—¿Hay una forma de evitar que…?
—Creo que Dragón Arco Iris podría ayudar con eso —explicó Judai.
Tigre Topacio negó con la cabeza.
—Lo intentó, pero incluso con su gran poder, la Luz fue demasiado.
—Yubel nos lo dijo —le aclaré—. También nos dijo que Haou les dio algo de su poder para intentar recuperarlo.
—Lo hizo, sin embargo, no llegamos a tiempo —admitió con voz dolida—. Con nuestras formas avanzadas, conseguimos alcanzarlo, pero…
No me gustó el silencio.
—Yo… no sobreviví.
Yubel dejó su lugar en la puerta, caminó hasta Johan y lo abrazó de una forma que normalmente estaba reservada para Judai o Haou.
—No volverá a ocurrir —le prometió—. Esta vez funcionará, porque a diferencia de entonces sabes lo qué es la Luz y contamos con más poder.
—¿Cómo? —le preguntó Johan—. No tengo al Dragón Arco Iris. Dicen que la última vez lo tenía y, aun así…
—Sabemos dónde está —le dije—. Bueno, el señor Pegasus sabe dónde está. Eso creo. A menos que hayamos jodido la línea del tiempo tanto que…
No quería pensar en esa posibilidad.
Tigre Topacio me miró fijamente. Le sonreí y luego miré a Johan.
—Además, ¿qué me dicen de una versión más poderosa del Dragón Arco Iris?
—¿Más poderosa? —preguntó Johan sorprendido.
—¿Qué tan poderosa? —me cuestionó el tigre con suspicacia.
—Una fusión.
Entonces les conté sobre el «Supradragón Arco Iris».
—Jamás escuché de esa forma superior —dijo el Tigre—. ¿Es posible?
—No sería extraño —argumentó Yubel, quien había vuelto a apartarse, y ahora estaba sentada en la cama frente a nosotros—. Tardé siglos en aprender que podía transformarme en algo más parecido a un dragón. No descubrí que había una tercera forma hasta miles de años después.
—Y eso sin contar tu fusión con Neos —agregué por mi parte.
Yubel me miró un momento con interés.
—¡Oh, es cierto! —exclamó Judai, luego su ánimo se desinfló—. Si lo hubiera recordado antes la habría incluido en las cartas del concurso.
—No tuviste problemas para crearla en el… —me callé cuando recordé que Johan estaba allí.
Él parpadeó un par de veces.
—¿Dónde…?
—¡En mi duelo contra Darkness! —agregó Judai de inmediato—. Era… como la Luz, pero, lo contrario: en vez de destruir todo, únicamente quería enviar a todos a una dimensión donde olvidarían todo lo que eran.
—Un destino peor que la muerte —dije—. Las memorias lo son todo, sin ellas no significa nada vivir.
Johan asintió distraído, todavía acariciando a Rubí.
—Entonces, ¿deberíamos ir a hablar con el señor Pegasus? —nos preguntó—. Creo que cuanto antes mejor. No quiero que nada vuelva a ponerme contra mi familia.
—Cierto —admitió Judai.
Los espíritus desaparecieron y los tres nos pusimos de pie para ir en busca de Pegasus, esperando que todavía estuviera en la cafetería, cuando la puerta de la habitación se abrió.
Haou nos miró a los tres sin expresión alguna. Johan desvió la mirada, luego apretó los puños.
—Haou —dijo—. Yo… Lo siento…
—No me interesa escucharte —respondió mi maestro antes de dar media vuelta de nuevo.
—Por favor, no recuerdo lo que pasó, pero… Yubel, Kenichi, Judai, las bestias de cristal, muchos de quienes me importan me han dicho lo que hice. Así que yo, de verdad, lo siento.
Haou se detuvo, la tensión se podía notar en todo su cuerpo y la forma en la que la temperatura de la habitación comenzó a descender.
—¿Lo sientes? —preguntó con sarcasmo—. No eres siquiera consciente de todo lo que hiciste, y dices que lo sientes.
—Lo qué haya sido…
—Mi familia entera, Andersen. Todas las personas a quienes juré proteger en mi reino. Eso es lo que me arrebataste. Llegaste a nuestra puerta fingiendo ser un amigo, y una vez que relajamos nuestra guardia frente a ti…
No había escuchado su voz tan quebrada desde el día que revelé el destino de Yubel en el canon.
—Yo no… —susurró Johan.
—¿No qué? —siguió Haou, al tiempo que se giraba. Sus ojos dorados fulminaron a Johan con todo el odio que pudo reunir—. ¿No mataste a mi padre? ¿Dices que no provocaste el que tuviera escuchar los gritos de mi madre y de los guardias, mientras se quedaban atrás para que Yubel y los Héroes Elementales me sacaran del palacio en llamas?
—¿Un incendio? —preguntó Johan, estaba en el suelo, hundido en una nube de miseria. Su mano izquierda se dirigió hacia su brazo derecho, allí donde tenía una horrible cicatriz de quemadura que ocultaba bajo las mangas, la razón por la que nunca se lo veía usando nada que tuviera mangas cortas—. Entonces, debió ser el karma. Mamá y papá… —Un hipido interrumpió sus palabras—… También fue un incendio.
—Me alegra oír eso…
—¡Suficiente! —gritó Judai, sentí como su propia ira se filtraba en cada palabra—. ¡No me interesa lo que haya hecho! No tienes derecho a decirle esas cosas…
Haou estaba en shock. Miró a Judai como si lo hiciera por primera vez.
—Entiendo que no es algo fácil —siguió mi amigo—. Pero Johan estaba siendo manipulado por la Luz. Sabes lo que puede hacer. Hizo que Yubel, nuestro amado Yubel, se pusiera en nuestra contra. También vi morir, o al menos creía hacerlo, a mi familia. A nuestra familia. Kenzan, Asuka, Fubuki, Manjoume, Káiser, Edo… Creí haber tomado las vidas de Jim y O'Brian con mis propias manos. Pero, incluso con eso, jamás podría haber culpado a Yubel. Fue la Luz, e hizo lo mismo con Johan.
—Tú no sentiste eso…
—¡Lo hice! —interrumpió Judai—. Conozco ese dolor. Creo que por eso nacimos como dos entidades separadas, porque de alguna forma lo que hicieron Yugi, el señor Pegasus y el señor Kaiba me trajo aquí. Tal vez no podíamos existir como una sola entidad debido a las alteraciones que sufrió el tiempo, y por eso nacimos separados… Y tal vez por eso hay más enemigos: únicamente es el universo intentando equilibrar las fuerzas.
Judai respiró.
—No recuerdo como fue el pasado para mí. Lo que mis padres hicieron para borrar a Yubel dañó esos recuerdos de forma irreparable. Pero no importa, porque sé que nuestras almas no cambiaron. Johan se sacrificó por nosotros dos veces: para sacarnos de la dimensión del desierto y, años más tarde, para darnos una oportunidad de evacuar a los supervivientes de Neo Domino y Satélite. Y esa segunda vez, no sobrevivió.
Sentí la profunda tristeza detrás las palabras de Judai.
—Johan ahora sabe sobre la Luz, y tenemos una forma de evitar que vuelva a tener influencia sobre él.
Caminó unos cuantos pasos, hasta detenerse frente a su hermano. Tomó la mano derecha de su gemelo entre las suyas.
—No es fácil olvidar el rencor, en especial si has existido tanto tiempo con él. Pero, por favor, se supone que debemos ser los héroes. ¿Por qué dejar que esto nos consuma? La última vez, dejé que el dolor y el rencor tomaran el control de mi alma: el resultado fue «Súper Polimerización». Casi hice el trabajo sucio de la Luz. No hagamos eso de nuevo, por favor.
—Me pides que olvidé sus muertes…
—¡No! Te pido que dirijas tu furia al verdadero responsable. Johan sólo fue una herramienta, esas muertes fueron provocadas por la Luz.
—No puedo hacer eso. Es su rostro el que veo cada vez…
—Mi amor —susurró Yubel apareciendo detrás de Haou, sus alas los envolvieron, mientras lo abrazaba con su mano derecha y acariciaba sus cabellos con la izquierda—. Tú no estuviste allí hasta el final. Moriste antes de que la Luz, debilitada y herida, huyera dejando a Johan atrás. No lo viste tomar entre sus manos las gemas de su familia, completamente drenadas de toda energía, sabiendo que, incluso si viviera mil años, no volvería a verlos otra vez en esa vida. No viste el remordimiento en su rostro cuando se dio cuenta de todo lo que hizo.
Yubel cerró los ojos de nuevo para contener el dolor.
—No lo viste tomar la daga envenenada y atravesar su propio corazón.
Judai retrocedió ante las palabras de Yubel. Johan, en su lugar en el suelo, comenzó a negar una y otra vez con la cabeza, susurrando que eso no podía ser lo que ocurrió.
—Su alteza —habló Tigre Topacio.
Todas las bestias de cristal estaban allí, Mamut Ámbar tuvo que doblar sus patas para caber dentro de la habitación, pero la posición incómoda parecía no importarle.
—Entendemos su dolor y su furia —dijo Gato Amatista—. Y le agradecemos porque, a pesar de eso, nos dio el poder para intentar recuperar a Johan. Y, aunque pasamos cinco mil años de incertidumbre hasta saber si lo logramos o no, al final valió la pena todo el sacrificio.
—Johan ha sufrido suficiente, todos lo hemos hecho —agregó Pegaso Zafiro—. Por favor, es momento de detener esto.
Haou no miro a nadie. Se deshizo del agarre de Yubel y caminó en dirección a la cama que había ocupado la noche anterior.
—Largo —nos ordenó—. Todos, fuera de aquí.
—Kenichi, lleva a Johan a otro lugar —me pidió Judai.
Sin decir nada, ayudé a Johan a levantarse y lo saqué de allí.
- GX -
Luego de un par de horas explorando un poco las instalaciones para distraernos, dejé a Johan en compañía del abuelo y de la tía Megumi. Por mi parte, seguí explorando hasta que encontré un centro de entretenimiento que había en la isla. Dado que la empresa trabaja principalmente con videojuegos, juguetes electrónicos y toda clase de artículos dedicados al ocio, no era tan descabellado que hubiera algo así en la isla. Incluso había versiones prototipo de Terminales de Duelo y otros árcades, incluyendo un robot de duelo como el que Kaiba usó para probar a Obelisco en el anime.
Era el único allí a esa hora, ya que la mayoría de los empleados estaban fuera por la Golden Week, el lugar estaba trabajando con sólo el personal indispensable.
Acababa de probar el prototipo de una máquina de puzles, sintiéndome algo decepcionado, ya que los premios que tenía cargados todavía no eran los que anunciaba la carcasa.
—Te ves mucho mejor.
Me giré y sonreí al ver a William.
—Lo mismo digo. —No lo había visto aparecer tan nítido fuera del día de los espíritus en un largo tiempo.
—Esos pequeños ya tienen cartas.
—Sí —le confirmé—. ¿Sabías lo qué pasaba? Por lo que el Maestro Haou dijo anoche, asumo que él y Yubel sí que lo sabían.
William asintió de acuerdo.
—Pensaba que te haría más fuerte, supongo que su alteza pensó lo mismo. No creí que la Luz fuera a aparecer pronto. Cuando la sentí acercándose, mi conexión estaba muy débil así que no pude hacer nada, incluso con el Walpurgis tan cerca.
Negué con la cabeza.
—Está bien. Nadie pensó que atacaría tan pronto.
Me senté en una mesa que había en la sala.
—He estado pensando. Estoy seguro de que estos pequeños se unieron a mí en el museo del juguete. Tú…, ¿estabas conmigo desde antes de que tuviera tu carta?
William negó con la cabeza.
—Rondaba el edificio, no puedo negar eso. Uno de los niños de por allí tenía una copia de mi carta. La vendió hace poco, o la perdió. No lo sé.
—Entonces, ¿el maestro Haou, Judai y Yubel sabían que estabas allí?
—Es lo más probable. Nunca me molestaron y yo no los molesté a ellos. Su alteza no suele molestarse con los espíritus que vagan por el mundo humano a menos que sean una amenaza abierta.
—Ya veo. Pudiste haberte unido a ellos, o a ese otro chico que tenía tu carta.
—No. Él no era adecuado. Pero confieso que pensé en la posibilidad de unirme al príncipe Judai. Su presencia era intrigante. Y entonces, apareciste, y me di cuenta que podría valer la pena intentar crear un vínculo contigo. Tu energía de duelo es muy compatible con la nuestra, la de los no-muertos, quiero decir.
Alcé una ceja, intrigado por esas palabras.
—¿Cómo es eso?
—Al principio, pensé que no la tenías. Luego, me di cuenta de que era una chispa muy pequeña, oculta por la energía de duelo de otro duelista. Era tan baja, que no deberías estar vivo. Ahora es más grande, pero no lo suficiente. Si no fuera por la Oscuridad… No sé si la Luz se dio cuenta de esto, pero...
—Pude haber muerto de nuevo si el maestro Haou no hubiera restablecido mi conexión con su poder. —Fue aterrador pensar eso, y me hizo pensar si la Luz deseaba solamente tener mi conocimiento, y una vez que lo tuviera su plan era acabar conmigo.
—Lo siento. Debí decirte eso. Podrías haber buscado una solución antes de que algo así pasara.
—Imagino que pensaron que alimentar con mi energía de duelo a Zombino y Zombina era un entrenamiento similar a usar pesas.
Él asintió.
—Sí, debieron decirme. Pero al menos ahora todo pasó.
Me quedé pensando mientras veía mis cartas.
—¿Qué quieres decir con que el otro chico no era adecuado?
William caminó hasta estar detrás de mi espalda y colocó su mano en mi hombro.
—La energía de duelo de las personas cambia según lo que han vivido y sus personalidades. Ese niño era alguien vivaz, inquieto y que disfrutaba demasiado de la luz solar para ser adecuado para un espíritu no-muerto. Tú eres más como nosotros.
Otra persona tal vez se habría ofendido con eso. Yo sonreí. Oh, la de veces que fui víctima de bullying en secundaria por leer Drácula y los libros de Anne Rice. Pero, viniendo de William, el ser llamado casi un «vampiro» era como un cumplido.
Iba a decir algo más, cuando escuché un ruido en las cercanías. William desapareció. Giré la cabeza y vi a un chico, quizá uno o dos años mayor que yo, de pie en la entrada del salón de juegos.
Su piel era un pálido algo enfermizo, vestía lo que parecía ser un uniforme escolar y llevaba su larga cabellera de color azul oscuro, con un mechón plateado en su flequillo, suelta detrás de su espalda.
—Oh, perdón, no pensé que hubiera alguien aquí —se disculpó.
—No importa.
—¿Eres uno de los invitados del señor Kaiba?
Asentí confirmándolo.
—Es un placer conocerte, soy Takuma Saio.
Por supuesto, ya lo sabía. Aun así, hice el saludo de rigor japonés.
—Kenichi Satou, también es un placer conocerte.
Saio sonrió de forma enigmática.
—Oh, ya veo.
Caminó hasta donde estaba, se sentó frente a mí y colocó un mazo de tarot sobre la mesa.
—Dime, joven Satou, ¿crees en el destino?
