Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.
Respuesta a Review Anónimo:
Roxas Strife
Gracias por comentar. Y sí, esa es una idea interesante de explorar. ¿Se volvería como Kaiba o sería un "hermanito" rebelde? O tal vez sólo apagué sus sentimientos a fin de soportar lo que sería vivir bajo la presión de alguien como él. Eso sí, no creo que lo haga lidiar con Gozaburo.
Libro III
Capítulo 31
Bebé Vampiro
[Zombi/Efecto/OSCURIDAD/Nivel 3/ATK 700/DEF 1000]
Al final de la Battle Phase, si este turno esta carta destruyó un monstruo en batalla y lo mandó al Cementerio: puedes Invocar ese monstruo de Modo Especial a tu lado del Campo.
Los dos vampiros se separaron. Era claro que Erzsébet no quería apartarse de William. Había algo en la forma en la que lo miraba que me resultaba un tanto extraña. ¿Admiración? No, iba más allá de eso. Casi como… adoración. Sí, esa era la palabra que buscaba.
Erzsébet me miró con el disgusto apenas contenido cuando los ojos de William se desviaron hacia mí.
—Lo siento mucho, mi señor. He deshonrado al Clan de la Noche perdiendo contra un mortal de esa forma.
William negó con la cabeza.
—Jugaste muy bien, pero Kenichi tenía una mejor mano que tú.
Eso era cierto, yo mismo habría abierto de esa forma de tener esa mano inicial. Bueno, salvo por algunos detalles: no habría buscado todavía a «Dominio del Vampiro» teniendo a «Hechicero Vampiro» en la mano y sabiendo que lo enviaría al Cementerio para invocar al Familiar; en su lugar habría buscado «Deseo de Vampiro», ya que me servía tanto para poder hacer fácilmente XYZ de Rango 6 como para establecer otro Vampiro en mi Cementerio para usarlo en el siguiente turno. Por supuesto, también habría dejado un Enlace. No necesariamente el del Arquetipo, sino algo que me diera más negaciones, sólo para estar cubierto y no sufrir lo mismo que ella. De no ser por ese Tifón oportuno, seguramente habría frenado mi combo dejándome con un Campo expuesto y permitiendo que ella hiciera el OTK.
—Mi señor, ¿usted conoce a este mortal? —Había tal desprecio en su voz que me causo un escalofrío.
—Kenichi es mi socio.
El horror y la rabia se mostraron con toda su claridad en las facciones de Erzsébet. ¿Por qué una vampiresa que profesaba tal odio por los mortales estaba precisamente en el mundo de los humanos?
—¡Usted no puede!
William la hizo callar con un movimiento de su mano. El grito de la mujer hizo que el bebé, quien se había callado en cuanto el Dragón Zombi desapareció al terminar el duelo, comenzara a llorar de nuevo.
Erzsébet pasó a mi lado a gran velocidad. Levantó al niño y lo pegó contra su pecho, susurrando suavemente para calmarlo en un idioma desconocido para mí. Aunque, por el acento, podía decir que era de alguna parte de Europa del Este.
Sentí a William poner su mano en mi hombro. Me giré un poco y vi su sonrisa triste.
—Perdón por desaparecer. No voy a mentirte: quería ver como se desarrollaría este duelo.
Esto atrajo la atención de Erzsébet. Miró en nuestra dirección con un gesto de sorpresa, mientras arrullaba al Bebé Vampiro en sus brazos.
—¿Mi Señor? —preguntó con duda.
—Te lo dije: Kenichi es mi socio. El duelista a quien elegí para prestarle mi poder.
—Es un mortal. Además, miente…
Se calló de nuevo, al parecer por algún gesto de William.
—No negaré que esta es una misión un tanto personal para Kenichi. Sin embargo, es cierto que su Alteza, el Rey Supremo de la Oscuridad, desea saber que estaba pasando en esta isla.
Había conmoción en el rostro de Erzsébet.
—¿El Rey Supremo?
—Es real —respondió William con tal tono que no dejaba lugar a las dudas—. Piensas que yo te mentiría, mi querida Erzsébet. ¿Alguna vez te he mentido sobre algo?
Ella negó con la cabeza.
—Siempre pensé que era un mito. Todo lo que se cuenta de él… —Sacudió la cabeza—. Un mortal nacido de la misma Oscuridad. ¿Cómo puede ser eso posible?
—Hay muchas cosas que todavía no entiendes. Tu camino por la noche recién ha comenzado hace solamente unos pocos siglos.
Tuve razón: ella era más joven que William.
Repasé en mi mente todo lo que estaba aprendiendo: William y ella tenían una historia; la admiración y la reverencia que ella mostraba hacia él; además del hecho de que era mucho más joven, posiblemente miles de años más joven. También me llamó la atención el idioma que usó para calmar al bebé. Estaba seguro de que era un lenguaje europeo. De hecho, el acento me recordaba un poco al de Gary Oldman en su interpretación de Drácula en la película de Coppola.
Analizando bien sus facciones, la forma en la que estaba vestida (como una noble europea de alta cuna del siglo XVI o XVII), además de su nombre. El arte de su carta también era una pista importante: la posición en la que aparecía y el diseño en general estaba basado en uno de esos retratos de las damas de aquella época. En realidad, en el retrato de una condesa muy famosa; o más bien infame, cuyo nombre había pasado a la historia como Isabel o Elizabeth.
¿El idioma en que habló al bebé era húngaro?
—¡Eres la Condesa Erzsébet Báthory!
La conmoción atravesó las facciones de la mujer.
—¿Cómo…?
William soltó una pequeña carcajada.
—Mi querida Erzsébet, Kenichi posiblemente es uno de los mayores estudiosos de nuestra especie en este mundo.
Me sonrojé avergonzado.
—No me llamaría un «estudioso».
William me sonrió.
—Al menos de las leyendas que nos rodean.
—¿Qué puede saber sobre mí este mortal?
Abrí la boca, luego la cerré de nuevo y fruncí el ceño. Sentí de nuevo la mano de William sobre mi hombro. Me giré un poco y este asintió lentamente en mi dirección.
Tomé aire y entré en lo que Yubel llamaba «modo enciclopedia»:
—Condesa Erzsébet Báthory de Hungría, descendiente de una de las más nobles familias de Europa del Este, nació en la segunda mitad del siglo XVI. Se casó con Ferenc Nádasdy, quien adoptó su apellido al ser uno más distinguido que el suyo y fue llamado el Caballero Negro de Hungría por su fiereza en combate. Fue madre de cuatro hijos, tres niñas y un niño. Enviudó a los 44 años, momento en el cual comienza la leyenda de La Condesa Sangrienta. Hasta ahora, todavía conserva el récord de la asesina en serie más prolija de la historia. Las acusaciones que la llevaron a ser arrestada incluyen: brujería, satanismo y el haber torturado y asesinado a más de 600 mujeres jóvenes en su castillo, a quienes habría desangrado para bañarse en su sangre, ya que, supuestamente, así se mantenía joven.
Me giré para ver la expresión de William. Había una sonrisa satisfecha en su rostro. Miré a Erzsébet. Había dejado al bebé de vuelta en su cuna y ahora estaba temblando de rabia mientras me miraba como si fuera el peor de los gusanos.
—¡Sucias acusaciones sin fundamento! ¿Tortura? No había un solo noble en toda Europa que no castigase con tortura y azotes a los campesinos que estaban a su servicio. Esas son las formas en las que se nos educó.
—Eso está claro para cualquiera que haya estudiado historia universal —me defendí.
Ella pareció no escucharme. Al fin, William dijo algo en otro idioma. La mujer resopló y se calló.
—¿Puedo continuar?
William me indicó que lo hiciera asintiendo con la cabeza.
—Lo que conté es la leyenda negra —recalqué—. Luego están los hechos que sí pueden ser probados: como que Matías II, rey de Hungría, debía mucho a la familia Báthory. Lo cual, sumado a la posición estratégica de las tierras del matrimonio Báthory-Nádasdy, era una razón más que suficiente para que alguien como él quisiera desprestigiar y arrestar a una pobre viuda acusándola de actos impuros.
»Acusaciones que son por demás absurdas: ¿Cuántos litros de sangre se necesitan para llenar una tina y poder bañarte en ella? Tendrías que matar entre cuatro y seis jovencitas (considerando que las supuestas víctimas tenían entre trece y veinte años) para lograrlo. Cosa que al final no serviría de nada. A la velocidad de coagulación de la sangre humana, terminarías bañándote en gelatina.
»Sin contar la mentalidad religiosa de la época: mujer sola, con dinero, tierras y la astucia y el sentido común suficientes para administrarlas correctamente; además de ser más educada que el noventa por ciento de los príncipes de Europa (algunos de los cuales ni siquiera sabían escribir sus propios nombres, mucho menos hablar húngaro, latín y alemán): seguro es una bruja y hace pactos con Satanás.
»A pesar de lo anterior, la leyenda de la Condesa Sangrienta bañándose en la sangre de las doncellas y participando de aquelarres en los que se ve con el diablo, vende más que hablar de una mujer perseguida por un rey que no quería pagar sus deudas. Una leyenda que, por si fuera poco, está sustentada en un único testimonio de un monje Jesuita que ni siquiera estuvo allí; cuyas supuestas pruebas irrefutables son un diario secreto que jamás apareció y el presunto testimonio de trescientos testigos, siendo que en los archivos del juicio sólo se registraron trece, todos ellos habiendo confesado los presuntos crímenes cometidos en el castillo después de ser sometidos a tortura. Todos saben que un torturado aceptará hacer cualquier cosa con tal de que se detengan o incluso que lo dejen morir.
»Si me lo preguntan a mí, suena a mi viejo "amigo" el Pánico Satánico haciendo de las suyas desde tiempos inmemoriales. Si en Salem pudo hacer que un montón de gente, la cual sufrió intoxicación por comer pan de centeno contaminado con hongos, viera brujas por todas partes; que no iba a hacer que toda Europa, y luego el mundo, se tragara la historia de una supuesta bruja que se bañaba en sangre humana.
Hasta ahí todo era igual en este mundo y en el otro. El final era lo que cambiaba. En mi mundo anterior, Erzsébet Báthory fue condenada a ser emparedada. Es decir, fue encerrada en una de las habitaciones de su castillo, las ventanas y la puerta fueron tapiadas con ladrillos. Se le pasaba comida y agua por una única rendija tan pequeña que apenas sí sus manos cabían por ella. Allí murió, mientras Matías II se quedaba con todo, tras torturar y luego desterrar a los hijos de la familia, extinguiendo por siempre a la dinastía Báthory-Nádasdy.
En este mundo, Erzsébet Báthory fue juzgada, encontrada culpable y, antes de que se pudiera ejecutar la sentencia, desapareció. Viendo ahora al espíritu de duelo de Gracia del Vampiro, era fácil deducir qué pasó con ella: en algún momento William la había encontrado y tal vez la convirtió.
Miré a William. Él debió saber lo que pensaba, por qué al instante sonrió levemente y asintió.
—Erzsébet es mi cría —dijo. El pesar llenó su mirada—. Escuché sus llantos agónicos una noche. Un alma rota a la que habían despojado de todo cuanto poseía y amaba.
Podía entender eso: su familia desprestigiada, su nombre manchado por toda la historia, sus hijos torturados, despojados de todo derecho al título y exiliados a un país extranjero para morir en la miseria.
No es que albergue simpatía por los nobles de la vieja Europa, pero Erzsébet tenía razón en algo: esa fue la forma en que se criaron, el mundo en el que les tocó vivir, uno anterior a los derechos humanos y a las libertades civiles. La gente suele olvidar que no fue hasta la Ilustración (justo cuando el siglo XVIII estaba prácticamente en su recta final) que por fin un pensador francés dijo: «Oigan, como que esto de la esclavitud no es muy humanista que digamos». Eso casi doscientos años después de que ella hubiera muerto. Condenar la tortura y otros tratos similares tardó todavía más tiempo.
Erzsébet miró con reproche a su ¿padre? ¿Creador? ¿Sire? ¿Cuál era el término correcto? Bueno, ella se refería a William como «mi señor», Sire entonces.
—Lo siento —dije a Erzsébet—. Supongo que cualquier cosa que diga no significa nada, pero lamento que haya perdido a su familia. Nadie debería pasar por eso.
Ella apartó la mirada de mí para ver de nuevo a William.
—¿Por qué ayudar a un mortal?
—¿No lo sientes, Erzsébet? Se acerca una guerra.
Los ojos de la vampiresa brillaron como dos carbones al rojo vivo.
—Mi Señor, ¿por fin reclamará el trono de la Noche Eterna? ¿Ha llegado la hora de que el Dragón caiga?
—Eventualmente. Primero, debemos lidiar con la Luz de la Destrucción. Tenemos mucho de qué hablar. —William me miró. Seguro notó el cansancio en mí. Con mi suerte volveríamos al dormitorio a las cuatro de la mañana y eso me daría unas dos horas de sueño. Con suerte tres—. Por ahora, es mejor que nos retiremos. Kenichi necesita dormir, aunque sea un poco.
¿Un poco? Recién habíamos vuelto de las vacaciones y ya quería poder dormir hasta el mediodía.
Erzsébet miró a William con un gesto de conmoción.
—¡Mi Señor!
—No podemos irnos —dije—. No hemos resuelto nada.
Habíamos encontrado al bebé, me batí en duelo y gané contra… supongo que su madre. ¿Qué cambiaba eso? Si nos íbamos de allí el bebé seguiría llorando. Por otro lado, ahora sabía por qué sus llantos eran tan erráticos: a veces sólo el de un bebé queriendo saciar sus necesidades, otras uno desgarrador como si lo hubieran abandonado. Si Erzsébet estaba sola allí cuidando de él, significaba que tendría que dejarlo por su cuenta algunas noches. Esa misma noche fue así: puso una barrera en la cueva para protegerlo y luego fue a buscar su cena.
—Necesitas dormir… —me recordó William.
—Y el bebé seguirá llorando sin dejar que descanse bien, además de robar mi energía de duelo.
La misma sed de sangre que sentía cada vez que invocaba a uno de mis zombis más grandes llenó la habitación. William se interpuso entre mí y Erzsébet.
—¿Qué es lo que querías hacerle a mi hijo?
Confirmado que era su hijo.
—¡Nada! Pensé que era alguna carta que alguien había abandonado. En ese caso, sólo la llevaría conmigo. Si era un espíritu sin carta, bueno, igualmente lo haría en caso de que en verdad fuera un bebé. Ya luego podría obtener su carta para cuidarlo.
—Erzsébet, Kenichi no lastimaría a tu bebé.
Las palabras de William calmaron mejor a la furibunda madre que mi explicación.
—Él quería robarse a mi hijo.
—Quería darle un hogar.
Ella me fulminó con su mirada.
—¿Estás sola aquí? —le preguntó William—. Puedo decir que te ocultas. Cuando te llevé de este mundo hacia las Doce Dimensiones, juraste que nunca más volverías al mundo de los humanos. No estarías aquí si no fuera por eso.
Erzsébet guardó silencio, lo cual confirmó las palabras de William.
—¿Es por tu hijo? ¿Viniste hasta aquí para protegerlo?
—Ya me arrebataron cuatro hijos. No perderé a este también.
—Nadie va a quitártelo —le aseguró William.
Considerando la ilusión que había construido en ese lugar (porque esa casona victoriana dentro de una cueva tenía que ser por fuerza una ilusión), podía imaginar que llevaba un largo rato allí. Al menos varios meses antes de que yo llegara a la Academia. Era curioso, salvo lo que William hacía y el hecho de que el bebé robaba mi energía de duelo, no sabía de casos de más estudiantes que pasaran por lo mismo. No es que conociera a todos en la escuela, pero algo así tendría que notarse. Como cuando Cobra hizo lo mismo con esos brazaletes en la tercera temporada.
—¿Dijiste que había interrumpido tu cena? ¿Te alimentabas de la gente de esta Academia?
Como toda respuesta, resopló con burla claramente considerando que mi pregunta era una tontería. Una mirada de William la hizo responder:
—Iba a las islas cercanas. Hay muchas pequeñas aldeas de pescadores en los alrededores. No necesito mucha sangre.
—¡Espera! ¿Sangre?
Erzsébet me miró como si fuera un imbécil.
—Pensé que necesitabas energía de duelo como William, como todos los espíritus de duelo.
—¿William?
—Se refiere a mí.
La vampiresa miró a William con una extraña mezcla de sentimientos que no pude identificar del todo: sorpresa, alegría incluso un poco de miedo.
—Mi Señor, por fin ha recuperado su nombre.
William negó con la cabeza.
—Es el nombre que representa lo que soy ahora. —Se giró a verme—. Erzsébet es un caso particular. Su carta existe en las Doce Dimensiones, debido a que es mi cría, pero no en el mundo de los humanos. Mientras esto sea así, al volver a este mundo será tan física como cualquier otro ser que haya nacido aquí.
Ella agachó la cabeza, como si ese hecho le doliera.
—Oh… eso… Tiene sentido, supongo.
Aun así, me resultaba extraño. Si comenzaran a aparecer cadáveres desangrados en las islas cercanas, se sabría algo. Incluso cuando muchas de esas islas estaban aisladas del resto del archipiélago la mayor parte del tiempo, ese tipo de crímenes tendían a resaltar. Más aún en un país como Japón, dónde no era común ver esa clase de noticias.
—¿Qué hay del bebé? ¿Él también…?
William se acercó a Erzsébet y acarició la mata de cabello del bebé, quien aún estaba en los brazos de su madre.
—Es un espíritu de duelo puro.
Correcto. Era obvio, ya que su carta existía. De hecho, tenía una copia en mi carpeta.
William se apartó un poco de Erzsébet.
—Azumo que por eso no lo llevas contigo cuando sales. La energía de duelo de este lugar debe ser suficiente para mantenerlo.
Por mi parte, me quedé pensando en lo que podía significar el que tuviera una copia de su carta en mi carpeta.
—William, ¿crees que de alguna forma Bebé Vampiro…?
—Su nombre es Ferenc —gruñó Erzsébet.
¿Le puso el nombre de su esposo muerto? Un «¡zaz, en toda la boca!» a todos esos sitios sobre «vampiros reales» que sostenían como si fuera una verdad absoluta que la misma Condesa orquestó el asesinato de su esposo mediante magia negra o alguna clase de telepatía.
—Claro… ¿Es posible que Ferenc usara la copia de su carta para alimentarse de mi energía de duelo?
William lo pensó un momento.
—Lo es, sin embargo… —Negó con la cabeza—. Tendría que revisarla con detenimiento.
No pude reprimir un bostezo.
—Tenemos que irnos —me insistió William.
—Sólo una pregunta más —dije mirando a Erzsébet—. Dijo que interrumpimos su cena. ¿Acaso iba a drenar a alguien hasta…?
—Eres como ellos —me acusó—. Todo tu discurso ese sobre las supuestas pruebas falsas…
—Son cosas diferentes —repliqué—. Una cosa es las acusaciones, falsas o no, que haya recibido en vida. Otra lo que puede significar ser un vampiro. Quiero entender cómo funciona un vampiro humano: ¿drena por completo a sus víctimas como en la mayoría de la literatura moderna? O, por el contrario, ¿extrae sólo pequeños tragos debilitando a una víctima poco a poco, noche tras noche?
—Lo segundo —respondió William por ella—. Más o menos. Para crear toda esta ilusión necesita mucha más sangre que sólo un trago por noche.
—Muy bien, ¿cuánta sangre necesita? Es decir, ¿a cuánto equivale un trago?
William alzó una ceja, pero no dijo nada. Erzsébet me miró con suspicacia antes de responder:
—Una copa de vino.
Asentí. Saqué mi PDA y abrí el navegador web. Rápidamente busqué cuanta capacidad tenía una copa de vino. Resultaron ser doscientos quince mililitros. Luego busqué el tamaño de una unidad de sangre. La página del Banco Nacional de Sangre me dio la respuesta: unos quinientos mililitros. Una copa de sangre equivalía a menos de la mitad. Si el cuerpo recuperaba una unidad de sangre en veinticuatro horas, no debía haber problema.
—Una última pregunta, si te muerde un vampiro, ¿no hay efectos secundarios, más allá de la pérdida de sangre?
—No vas a convertirte en uno de nosotros —me aclaró William con tono divertido y sabiendo lo que pensaba hacer.
—Claro, de ser así, para la noche veintiuno desde la aparición del primero ya habría más de un millón. Suponiendo que fuera en la actualidad, para la noche treinta y tres nos superarían en número. A la siguiente noche: fin del juego, humanidad extinta.
Me arremangué la manga derecha de mi chaqueta. Miré a Erzsébet.
—No es mucho, pero creo que al menos puedo ofrecerle una copa como retribución por las molestias de esta noche.
Erzsébet me miró como si me hubiera vuelto loco. Luego miró a William, recibiendo un simple asentimiento de cabeza afirmativo. William sostuvo al bebé, Ferenc, en sus brazos. El bebé gorjeó feliz. Tal vez los brazos le resultaron familiares. En cierto sentido, William era su abuelo.
La vampiresa caminó en mi dirección con cierta desconfianza. Tomó mi antebrazo, sin apartar sus ojos color carmesí de los míos. Sus dedos eran duros como el acero, además estaban muy fríos, casi llegando a la temperatura del hielo, aunque no quemaban como uno. Alzó mi antebrazo, girándolo para poder ver las venas de mi muñeca, y se la llevó a la boca como si fuera a besarla.
Aspiré aire mientras pensaba: «será doloroso o…»
No tuve tiempo de terminar ese pensamiento. Sentí los pinchazos y un pequeño estallido de dolor. Luego… supongo que así se siente estar drogado. Pareció como si el mundo entero se deshiciera a mi alrededor. Hubo un momento de negrura absoluta, casi podía jurar que estaba flotando, como si ya nada importara: la vida, la muerte, la guerra contra la Luz. Sólo la sensación de libertad absoluta.
De pronto, el mundo volvió a aparecer, pero no era el mismo mundo. Vi las paredes de un viejo castillo, cubierto de tapices medievales con escenas de nobles practicando cacería, de caballeros ataviados con sus pesadas armaduras de placa de acero yendo a la guerra para enfrentarse a los turcos, escenas de justas y de bosques encantados con unicornios y otros seres fantásticos.
—Regresa —dijo una voz, que luego se hizo eco en las paredes del viejo castillo.
El mundo volvió a deshacerse, desapareciendo como un óleo recién pintado al que le arrojan un balde de agua. Al deslavarse lo que quedó no fue un lienzo, sino la vieja casa victoriana que ahora parecía mucho más nítida, con más detalles.
Estaba recostado en el suelo, con la cabeza en el regazo de alguien más. Una mano suave acarició mi cabello.
—Eres más idiota de lo que pensaba —me regañó Banshee del Necromundo.
Parpadeé en confusión.
Miré a Erzsébet. Estaba de pie relamiéndose los labios y con un gesto placentero.
—Así es como sabe la Oscuridad —susurró—. Podría hacerme adicta a esto.
William se acercó hacia mí y se arrodilló a mi lado.
—Lo siento, debí saber que esto pasaría. Tomó más sangre de la que le ofreciste.
Asentí, a pesar de que estaba demasiado aturdido como para procesar del todo lo que estaba diciéndome.
Erzsébet soltó un suspiro que hasta me pareció lascivo.
—Esta sangre, la Oscuridad en ella, creo que me mantendrá por días, tal vez semanas.
Me miró con sus ojos que parecían carbones incandescentes.
—Te quedo debiendo, pequeño mortal, así que voy a decirte lo que vi: el mundo de dónde vienes. Ahora veo porque conoces mi mazo y que no mentías al decir que lo habías jugado.
Eso no parecía mi «cambio»: obviamente yo ya sabía todo eso.
—Hay algo más, la vi, a la diosa que ató tu alma a este mundo.
Traté de levantarme, sólo conseguí que un mareo y un dolor de cabeza me golpearan devolviéndome al suelo. Banshee masculló algo que sonó como «idiota». Sentí a Zombino y Zombina abrazarse a mí.
—Tienes que saber esto —siguió Erzsébet—. La razón por la cual no quiere que recuerdes ningún nombre de quien hayas conocido en tu otra vida: es para que no ates cabos sueltos, para que no hagas conexiones y eventualmente descubras tu verdadero nombre.
Se arrodilló al otro lado de William y tomó mi mano izquierda entre las suyas.
—Pobre niño perdido. Los dioses han decidido convertirte en la marioneta de su juego. Te arrebataron todo lo que fuiste y tu propia identidad. Pero, si descubres tu nombre, tu verdadero nombre, entonces el juego terminará. Esa es la llave que abre el grillete con el que te mantienen atado a nuestro mundo.
Se llevó mis nudillos a la boca y los besó suavemente.
—Ahora puedo ver que te juzgué mal. Tu amor por los míos es real. Pero no viene de la literatura, las series y las películas, ni siquiera de tu pasión por el horror. Es algo más profundo, viejas heridas de otra vida. Antes de la que recuerdas.
Erzsébet se detuvo. Parecía como si aún estuviera saboreando mi sangre.
—La sangre tiene poder. Recorre nuestros cuerpos y los nutre, a la vez que se nutre ella misma de nuestra alma y de nuestros recuerdos, guardándolos. Y tu sangre guarda un secreto que va más allá del porqué los dioses de este mundo te eligieron para cargar este peso.
»"Doce libros falsos que al juntarse forman el verdadero". Eso es lo que me susurra tu sangre.
Sentí que mi boca se secaba. Mi estómago se convirtió en un agujero negro. Un miedo, el más poderoso de los miedos, amenazó con consumirme por completo y enviarme al abismo de la locura misma. Instintivamente, mi mano derecha se dirigió hacia mi mazo, todavía insertado en la ranura del disco de duelo. Eso hizo que parte del miedo se retirara.
Las palabras de Erzsébet resonaron en mi cabeza como un eco del pasado. ¿Dónde había escuchado eso?
El recuerdo de una conversación fluyó en mi mente:
—¿Puedo pasar? —dijo una voz, la voz de un amigo, uno al que no fui capaz de darle nombre ni rostro.
—Realmente no es un buen momento —le respondí.
—Puedo verlo. Estás hecho una mierda.
—He estado ocupado en un proyecto.
—¿Tan importante como para no dormir o siquiera darte un baño?
—Lo suficiente.
—Es por tu madre de nuevo —aseveró con tal convicción que se sintió como un golpe.
Un sentimiento de pesar absoluto me invadió, una vieja tristeza que se clavaba en mi alma como una espina purulenta. ¿Mi madre? De pronto lo supe: no Miyuki Satou, no la madre cuyo nombre no puedo recordar. Hablaba de la mujer que prefería pasar la noche de bar en bar con sus «novios» para no pensar en el hijo no deseado que la esperaba en casa.
—No, no esta vez.
—¡Por Dios! ¿No te habrás metido en las drogas?
—No se trata de eso —le respondí—. Aunque, sin duda, alguna de ellas podría ayudarme. Si pudiera conseguir una que eliminara la molesta necesidad de dormir... Desvelé secretos… Desvelé secretos más allá de la comprensión humana…
Agité la cabeza. No quería pensar en eso… Allí comenzó todo, de eso estaba seguro, y no quería recordar que era todo.
Erzsébet soltó mi mano.
—Necesito despistar a quienes nos persiguen, a mí y a mi pequeño Ferenc. Hasta ahora no podía alejarme mucho de la isla. Ha sido un miedo constante a que los sirvientes del Dragón nos encuentren y se lo lleven. ¿Puedo confiarte a mi hijo?
Asentí lentamente. Necesitaba algo que hacer, una tarea, aunque fuera cuidar del espíritu de un bebé vampiro. Lo que fuera con tal de no pensar en lo que los Doce Libros Falsos significaban realmente y cuál era mi relación con ellos.
Erzsébet sacó su mazo y lo puso en la mano de William.
—Mi señor, até mi propia existencia a este mazo. Sólo puede usarse dentro de la ilusión que creé en esta casa.
William asintió lentamente.
—Lo entiendo.
La mujer vampiro se inclinó y depositó un beso en la frente de su hijo.
—Adiós, mi pequeño Ferenc. Siempre te amaré.
Me incorporé lentamente y la vi alejarse. El viejo cliché se estaba cumpliendo, pero no se sentía para nada como algo divertido. Más bien era amargo, incómodo y doloroso. Sabía que nunca más vería a Erzsébet Báthory. Al menos no a la Erzsébet Báthory que había conocido esa noche.
- GX -
Tardé poco más de media hora en que el mareo bajara lo suficiente como para poder levantarme. William me ayudó a mantenerme de pie mientras caminábamos a la salida. Banshee cargaba al pequeño Ferenc haciendo lo posible para que no llorara.
—¿Qué quiso decir con que ató su existencia a su mazo?
William suspiró con tristeza.
—Creo la ilusión de esta casa para poder usar estas cartas en este mundo como si fueran las Doce Dimensiones. Para eso usó Magia de Ilusión. Además de eso, haciendo uso de Magia Demoniaca, ató su alma mortal al mazo. Como resultado, si sufriera lo que llamas muerte definitiva, la Ilusión desaparecerá y su alma quedara atada a este mazo permitiéndole existir en el Mundo Humano de forma física.
Me mordí el labio para contener el sentimiento desolador. Erzsébet sabía que no iba a regresar, por eso nos dejó un arma para que pudiéramos proteger a su hijo cuando los sirvientes del Dragón que mencionó nos atacaran.
Cuando salimos de la cueva el cielo comenzaba a aclararse. En todo caso, con lo agotado y lo mal que me sentía por la pérdida de sangre, pensé que lo mejor sería ir a la enfermería en lugar de al dormitorio o a mis clases.
William se detuvo en seco de tal forma que casi me caí. El bebé en brazos de Banshee comenzó a llorar de nuevo.
El sonido de un disco de duelo activándose me hizo sobresaltarme.
Alcé la mirada. De pie a unos metros de nosotros se encontraba la profesora Midori.
—Dejen ir a mi estudiante —ordenó con un tono imperioso cargado de amenaza.
Dado que William estaba sosteniéndome, era obvio que estaba usando la energía que le sobraba de La Noche de los Espíritus, por lo que ella debería poder verlo. El uso del plural, por otro lado…
—¿Puedes verme? —le preguntó Banshee.
—No voy a repetirlo de nuevo: dejen ir a mi estudiante.
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué ella…? ¿Pensaba que William iba a hacerme daño?
—Estoy bien —dije.
Claramente ella no lo creyó. Debía verme horrible: ojeroso, cansado, con la piel pálida, apenas con la fuerza suficiente para mantenerme en pie por mí mismo.
La profesora Midori entrecerró los ojos.
—Lo que sea que te hayan hecho… voy a sacarte a salvo de esto.
—Creo que no entiende nada de lo que pasa aquí —dijo Banshee con tono molesto—. Y está asustando mucho al bebé.
—Entiendo perfectamente lo que pasa. Sé muy bien lo que seres como ustedes hacen.
Había un tono de amargura impregnada con odio en sus palabras que me hizo estremecer. Era el odio de quien culpa cierto grupo completo por lo que unos pocos hicieron.
—¿Seres como nosotros? —la cuestionó Banshee.
«¡No estás ayudando!», quise gritarle.
La profesora tenía la mirada fija en ella. Sus ojos brillaban con una amenaza apenas velada. Si esa mirada pudiera matar…
—Está bien, profesora. Lo prometo. Ellos nunca me harían daño.
—Kenichi —dijo con voz más suave—. Te tienen engañado, nada bueno sale de estos seres. Mira lo que te han hecho.
Casi sonaba como un «amigo, date cuenta». Negué con la cabeza. Estaba sacando las cosas de contexto: los espíritus no me habían hecho esto. Bueno, en realidad sí, pero la mitad de lo que me pasaba fue por accidente o coincidencia. La otra mitad fue porque tuve la grandiosa idea de alimentar a un vampiro con mi sangre.
—Un poco irónico que digas eso, ¿no lo crees? —la cuestionó Banshee—. Cuando tienes a un ángel guardián que es «un ser» como nosotros.
—¿Qué tontería dices? —le espetó ella con un tono que casi parecía odio.
—Es cierto —confirmé.
En el momento que Banshee del Necromundo hablo sobre el ángel, una figura se manifestó detrás de la profesora Midori. Era un ángel vestido con una armadura negra, como si estuviera hecha de ébano (no la madera, sino el metal de The Elder Scrolls). Doce alas de plumas negras salían de su espalda. Sobre su cabeza había una aureola que más parecía una corona de espinas, ya que era roja y de ella salían pequeños haces de luz que casi parecían objetos punzocortantes.
Se trataba de Ángel Caído Lucifer, el monstruo Jefe del arquetipo que jugaba la profesora Midori.
La profesora se tensó un momento. Parecía estar luchando contra las ganas de girarse.
—No envuelvan a mi estudiante en sus mentiras —dijo.
Lucifer se permitió mostrar la tristeza en su rostro. No dijo nada, simplemente se quedó allí mirando a su duelista con una expresión de pesar absoluto.
—¡Lo está lastimando! —gritó Banshee—. ¿No se da cuenta? Negar que está allí, que la eligió como su socia y compañera no…
Banshee se calló al instante en que Lucifer negó con la cabeza en su dirección.
—¿Por qué no dices nada? —le espetó ella con una voz exasperada—. Negar la conexión que existe entre ustedes sólo los lastima a ambos.
—Banshee, por favor —le pedí.
El espíritu resopló con fastidio, pero me hizo caso y prefirió centrarse en consolar al bebé.
Miré a la profesora Midori de nuevo.
—Por favor, tiene que creerme, todo es un malentendido. Ninguno de ellos me haría daño.
—Kenichi, te secuestraron en medio de la noche y te trajeron a este lugar. No sé qué te hayan hecho. —Suspiró—. Pensé que sólo estabas durmiendo mal, pero ahora veo cuál es la causa.
Negué con la cabeza.
—No está entendiendo —dije—. «Señor de los Vampiros» ha sido mi espíritu acompañante desde el verano en que me mudé a ciudad Domino.
No iba a decirle el nombre de ninguno de mis monstruos. Los nombres tienen poder. Mientras la profesora fuera hostil hacia ellos, no merecía conocerlos.
Los ojos de la profesora Midori se abrieron con sorpresa.
—Es cierto, ambos me ayudaron a violar el toque de queda. Pero no fue un secuestro. La razón por la que no podía dormir era por el llanto de este bebé. Es un espíritu joven que estaba solo y abandonado y venimos a ayudarlo. —No iba a decirle sobre Erzsébet—. Ninguno de ellos tiene malas intenciones. Son mis compañeros y amigos.
—Kenichi, los espíritus mienten, todo el tiempo. ¿No has pensado que pudo ser una trampa?
Negué con la cabeza. Los prejuicios y el odio claramente tenían por completo nublada su mente. Algo debía haber pasado, si no a ella a alguien muy importante para ella. ¿Koyo? Acaso ella culpaba a los espíritus por lo que le hubiera pasado a su hermano.
—No entiendo —dijo Banshee con tono acusador—. Nos odias y aun así eres una duelista. Una con el suficiente talento y energía de duelo suficientes para tener un socio que está casi al nivel de los dioses.
—Soy duelista para proteger a las futuras generaciones de espíritus malignos como ustedes.
Abrí la boca para replicar cuando la presencia de alguien más llenó el bosque.
—¡Suficiente! —dijo una voz con un marcado acento italiano.
El profesor Chronos emergió desde una arboleda. Miró a la profesora Midori y luego a mí.
—Signore Satou, tiene muchas explicaciones que dar, ¿no cree? Violar el toque de queda es inadmisible.
—Profesor Chronos —lo interrumpió la profesora Midori—. ¿Puedes verlos?
—¿A quién? —cuestionó—. ¿A esos interesantes acompañantes que tiene el signore Satou? Sí, puedo verlos. Sin ofender, pero he visto otros más amenazantes.
—No hay ofensa —le respondió Banshee—. Vengo del Mundo Zombi. He visto cosas, cosas aterradoras, hasta para otros zombis.
—¡No entiendo! —estalló la profesora Midori—. ¿Cómo puedes dejar que esas cosas lastimen a nuestros estudiantes?
—¿Qué pruebas tienes de eso? —replicó Chronos—. Incluso los espíritus de duelo tienen derecho a la presunción de inocencia, ¿no crees?
La profesora Midori no pareció conforme, pero no dijo nada más.
—Llegué a mi límite —susurró William. Me ayudó a sentarme en el suelo y luego desapareció.
El profesor Chronos me miró y luego a la profesora Midori.
—Muy bien, este no es lugar para terminar esta discusión. Además, claramente el signore Satou necesita ir a la enfermería, ¿no crees?
Midori asintió. Ayudó al profesor Chronos a cargarme en su espalda para llevarme a ver a la profesora Ayukawa.
—Gracias —dije. Con lo mal que me sentía, dudaba que pudiera haber salido del bosque yo solo.
—No te relajes, jovencito —replicó el profesor—. Todavía estás en problemas. Francamente, a veces pienso que van a ser mi muerte. Sólo porque son adolescentes e ingresaron a la Academia de Duelos piensan que pueden arreglar estas cosas sin ayuda.
Resopló con enfado.
—Y estoy seguro de que el signore Judai está involucrado. También va a escucharme, ¿no crees?
Sólo esperaba no tener que enfrentar a los Chinos Calvos en un duelo Tag jugándome la expulsión de la Academia.
—Sólo tengo una pregunta: ¿cómo supieron que estaba aquí?
Chronos resopló como diciendo: ¿en serio?
—Signore Satou, ¿de verdad pensó que podía comenzar un duelo fuera de hora sin que nos diéramos cuenta?
Oh, claro. El disco de duelo de la Academia. ¿Ese duelo contó como duelo informal? Supongo que no, ya que no mostró estadísticas después del duelo. Aunque sí que debió registrarse en mi récord de alguna forma. O tal vez sólo envió una señal avisando que había iniciado un duelo luego del toque de queda, para después enviar mi ubicación a los profesores.
—¿Cuál de esos espíritus te desafió a un duelo? —Era claro que la profesora debía pensar que fue un juego de lo oscuro o algo así.
Estaba demasiado agotado como para pensar mi respuesta.
—Ninguno, fue una vampiresa. —El profesor Chronos se detuvo en seco y noté de inmediato que se había puesto rígido a causa del pánico—. No, no esa vampiresa.
Mis parpados se sentían demasiado pesados, así que me dejé arrastrar por el sueño.
