Disclaimer: Yu-Gi-Oh! no me pertenece. Sólo esta historia llena de clichés y el OC.


Respuesta a Review Anónimo:

Black Demon

Mi plan para los duelos es que se mantengan en un nivel, como decirlo, «jugable». Es decir, aunque claro que los personajes obtendrán monstruos de todas las invocaciones (siempre y cuando vayan de acuerdo a sus mazos y estrategias), busco que haya gran variedad de jugadas y no sólo establecer campos negadores u ofensivos como se hace en el juego actual de nuestro mundo.

De hecho, mi plan es darles sólo el soporte de los arquetipos que ya juegan. Aunque sé que a muchos les gustaría ver demostraciones de poder con esos combos que usan quince cartas de Main Deck e invocan medio Extra Deck en un turno, no creo que eso vaya con la esencia de lo que es el anime (menos la era GX, incluso con soporte moderno). Por eso, salvo casos puntuales, me esfuerzo en que en mis duelos todos los participantes puedan jugar. A final de cuentas, de eso van los duelos en ese mundo. No descarto que haya algunos combos elaborados, pero a final de cuentas no quiero que los duelos sean meras demostraciones de poder bruto.

Más allá de la historia, creo que eso es lo que está matando a YGO en la actualidad. En los podcast de Visio Games se ha explicado ese punto de vista, y estoy de acuerdo con ellos: YGO se estancó porque ya no hay quien ponga alto a su Power Creep, que sigue creciendo sin control. A diferencia como pasa en Magic, en dónde todo cartón que obtengas tiene posibilidad de ser jugado en competitivo. Pero, bueno, este no es lugar para hablar de eso.

En cuestiones de las reglas de los Links, Pegasus se dio cuenta de esa «falla» de la Master Rule 4. Y, quizá porque él no vio el desarrollo poco a poco de todas las invocaciones, decidió crear por su cuenta y con su conocimiento del juego lo que nosotros llamamos Master Rule 2020. En su mundo, la Master Rule 4 Ver 2.0. De todas formas, limitar a los Péndulos en su mundo no tiene mucho sentido, porque ni siquiera tengo pensado que se vayan a ver muchos por allí. Es decir, no está Yuya para hacer mil y un invocaciones con Péndulos. Y de los arquetipos de GX, creo que sólo las Bestias de Cristal recibieron de estos.

Gracias por comentar.

Espero que disfruten del capítulo.


Libro III

Capítulo 36


Sólo Puede Haber Uno

[Carta de Trampa/Continua]

Cada jugador sólo puede controlar 1 monstruo de cada Tipo. Si un jugador controla 2 o más monstruos del mismo Tipo, debe mandar monstruos al Cementerio hasta que controle no más de 1 monstruo de cada Tipo.


En algún punto durante la noche, la Luz (tanto buena como mala) que poblaba mis sueños pareció disiparse, como si algo la hubiera espantado.

Me encontré caminando por un extenso pasillo de negrura absoluta y sofocante. Se sentía como la Oscuridad, pero una Oscuridad abrasiva y asfixiante, casi como si fuera la Luz de la Destrucción.

Mi única defensa contra esa oscuridad era una leve flama, la cual flotaba sobre la palma de mi mano, y cuyo resplandor no me permitía ver más de dos metros delante de mí, como si fuera la linterna de Silent Hill. De alguna forma, yo estaba creando y alimentando esa flama; de tal manera que me sentía como si fuera un maestro fuego de Avatar. Casi, ya que más que una manipulación del elemento puro, esa flama era generada y sostenida por magia.

Mis pasos resonaron en las piedras negras bajo mis pies, y se hicieron eco en los muros tallados en lo que parecía ser mármol negro, mientras continuaba con mi camino por ese pasillo que aparentaba ser infinito. Podía sentir el miedo deslizándose por mi estómago, urgiéndome a dar media vuelta y abandonar ese lugar. Seguí avanzando, contra todo sentido común. Había algo importante que debía hacer allí, algo que importaba más que cualquier necesidad de ponerme a salvo.

Me detuve cuando sentí a alguien o a algo observándome. La flama se apagó y las tinieblas me envolvieron de tal forma que se sentían como si fueran algo físico. Perdí el aliento, como si me estuviera ahogando en u mar de oscuridad.

Un haz de luz perforó las tinieblas. El pasillo se había ido y ahora cientos de esferas, como burbujas, me rodeaban. Las esferas se formaban y reventaban como si fuera una sustancia en el punto de ebullición. Pasado un rato, las burbujas comenzaron a reunirse en un sitio determinado, hasta formar una figura de aspecto humanoide. Cuando tomaron forma por completo, lo que había frente a mí era un ser vestido con túnica y capucha de color rojo. Alzó la cabeza en mi dirección, dejándome ver que un velo plateado cubría su rostro impidiéndome lo que se ocultaba detrás, esto para proteger a sus visitantes de su verdadero aspecto.

Sabía, tal vez de manera instintiva, que si llegara a ver su rostro sería el final de mi cordura.

—Hicimos un trato. No olvides tu misión.

Cerré los ojos y asentí con fuerza, aunque no era capaz de recordar cuál era esa misión con exactitud.

Él encontró El Séptimo

Eso no era bueno. Estaba en desventaja. El Cazador tenía cuatro: uno más que yo…

- GX -

Abrí los ojos cuando el sonido de la alarma del despertador inundó mis oídos.

Me quedé acostado en la cama un rato, tal vez durante media hora o incluso más, tratando de dar sentido a mi último sueño. ¿Fue realmente un sueño? Se sintió muy real, como si de verdad hubiera estado allí: en ese pasillo cubierto por la negrura infinita. Además, esas esferas en ebullición, la criatura encapuchada observándome a través de su velo tejido con hilos de plata… Todo se sentía tan real, de una forma que iba mucho más allá de los llamados sueños lucidos.

«El Cazador encontró el séptimo». ¿Se refería eso al séptimo de los doce libros que se suponía que debía encontrar? Eso era importante, aunque todavía no recordaba exactamente por qué era así. En todo caso, todavía quedaban cinco más en alguna parte. También estaba esa sensación de certeza absoluta de que yo tenía tres de esos libros. Sí era así, ¿qué había hecho con ellos? No creía que hubiera una forma de trasladar algo como eso de una vida a otra… A menos que los libros no fueran algo en esencia físicos.

«Hoy luces mejor que de costumbre…»

«El parásito que quiere devorar mi alma no fue tan insistente con las pesadillas la noche pasada».

«Eso es bueno, supongo».

—¡Kenichi!

El recuerdo se desvaneció cuando escuché la voz de Johan.

—¿Qué haces todavía en la cama? ¡Sabes que hoy es un día importante!

Me tallé el ojo derecho con el puño antes de incorporarme. Johan, desde la puerta de la habitación, me miraba con los brazos cruzados y un gesto que me recordó al de la tía Megumi cuando se me hacía tarde para ir a la escuela.

Consulté la hora en mi PDA. Eran casi las ocho, lo que me dejaba una hora para prepararme, desayunar y luego reunirme con el resto de los chicos en la entrada principal del edificio central para partir a la «excursión».

Haou ya no estaba en la habitación cuando me levanté. Ni siquiera estoy seguro de que él hubiera pasado la noche allí. Tenía sus formas de moverse fuera de los radares de los profesores: viajando a través de las mismas sombras. Su dominio sobre la Oscuridad Gentil me sorprendía a cada momento. A diferencia de Judai, Haou la manejaba como si fuera una extensión de su propio ser.

Cuando entré a la cafetería, casi todos los chicos habían terminado su desayuno. Por fortuna para mí, el domingo era el único día en que el horario del desayuno no era tan estricto, así que todavía alcancé algo de comida.

Me senté en la mesa de costumbre, en la cual sólo encontré a Sho, Johan y Daichi. Imaginé que el resto habían ido por las cosas que llevarían a la excursión.

La comida transcurrió en silencio, cada quien sumido en sus propios pensamientos. En mi caso, todavía tratando de descifrar el último sueño que tuve antes de despertar.

Esferas en ebullición que formaban a un ser encapuchado. Alguien, o algo, que tenía el suficiente poder como para haber ahuyentado a la Luz y, al menos por un momento, hacerme sentir como si no hubiera un velo cubriendo mis memorias sobre otras vidas. Además, había hablado de una misión, para posteriormente anunciarme que el Séptimo Libro había sido encontrado.

«Fuera de la mente, fuera de la realidad», repetí el mantra que había adoptado para no pensar en las cosas terribles a las que la misma Luz, y tal vez también la Oscuridad, temían.

Otra parte de mí me respondió:

«Sólo que estás olvidando un detalle: Él lo ve y lo conoce todo; en esta era, en las pasadas, en las que están por venir y en las que nunca podrán ser».

El miedo puro y duro se deslizó por mi estómago y de pronto todo el apetito que podría haber tenido se esfumó.

Esferas luminosas en constante ebullición… Un ser encapuchado, con un velo plateado que oculta su rostro, ya que este provoca la locura en aquellos que tengan la desgracia de verlo directamente… Un ser omnisciente…

La cita de un viejo relato lovecraftiano se formó en mi mente, casi como si hubiera sido grabada allí con fuego:

«Era Un-Uno-En-Todo y Un-Todo-En-Uno. No una criatura de la naturaleza o del continuo espacio-tiempo, sino un ser unido a la esencia de la existencia misma. Un ente que iba más allá de cualquier fantasía o ciencia conocida. Era, tal vez, lo que algunos cultos secretos de la Tierra han conocido como Yog-Sothoth…»

Si el ser en mis sueños (si es que eso fue de hecho un sueño) se trataba de Yog-Sothoth, entonces la criatura humanoide tenía que ser su avatar humano: Umr At-Tawil, El de la Vida Prolongada.

Según Lovecraft, en el relato «A través de las puertas de la Llave de Plata», Umr At-Tawil precedía la Puerta Suprema. Al llegar a él, mediante el uso de la susodicha Llave de Plata, era posible que tu más grande anhelo se cumpliera. Para ser un avatar de Yog-Sothoth, El Más Antiguo era un ser extrañamente comprensivo con aquellos que lo visitaban. Siempre y cuando no estuviera de mal humor, en cuyo caso levantaría su velo para hundir al desgraciado visitante en el más profundo foso de la locura.

Sobre su origen, bueno, había quienes decían que Umr At-Tawil fue un alto sacerdote de Yog-Sothoth quien, en recompensa por su servicio, fue convertido en ese ente de vida infinita. Ahora resguardaba la Puerta Suprema, la cual llevaba al plano de su Maestro. Esto lo convertía en una herramienta inmortal de los designios de quien podría ser considerado el más poderoso dios del panteón (esto si se considera a Azathoth como una fuerza del cosmos más que como una deidad en sí).

El hecho de que un ser como eso hablara de la existencia de un trato entre él y yo me sabía cómo a ceniza en la boca.

«Muchos se han acercado a Él para obtener sabiduría y conocimientos arcanos, y todos ellos han pagado un alto precio, pues la cruenta divinidad acabó por arrastrarlos a la locura».

Recordé al viejo hechicero Whateley, entregando a su propia hija en la cima de Sentinel Hill, para que Yog-Sothoth le engendrara dos hijos: uno que parecía humano hasta cierto punto, y otro que era más similar a su terrorífico padre. Hijos a través de los cuales, de no haber sido detenido, la deidad pudo haber entrado al mundo en el que se desarrollaban los relatos escritos por Lovecraft para destruirlo o saquearlo privándolo de su magia.

Tal era el nivel de los sacrificios que los adoradores de Yog-Sothoth eran capaces de llevar a cabo para ganar el favor de su dios.

Sin embargo, si de alguna forma en alguna vida pasada había conseguido acceder al lugar en donde mora Umr At-Tawil, eso sólo habría sido posible a través de la Llave de Plata. Como el cuento dejó en claro, se trataba de un artefacto mágico creado por Yog-Sothoth, el cual (con el conjuro correcto y la bendición de su creador) permitía a su poseedor moverse a voluntad a través del tiempo y el espacio; pudiendo incluso superar las barreras que separaban los distintos mundos y planos de existencia.

Yog-Sothoth no se consideraba como la encarnación misma del espacio-tiempo sin una razón. Se suponía que cada una de las esferas que conformaban su «sustancia» se correspondían a cada uno de los distintos mundos o universos existentes. Tal era la razón por la que muchos pensaban en él como la inteligencia extirpada a Azathoth a causa de la intervención de los Dioses Arquetípicos, esto como castigo tras una guerra de divinidades (la Gran Guerra Cósmica) que pudo o no suceder.

Sí según Derleth, pero algo que muchos conocedores creen Lovecraft jamás habría admitido como parte del canon.

«Por supuesto», pensé, «sí estas deidades son reales, entonces personas como Lovecraft y el resto de los escritores que se formaron a su sombra (y de las sombras de quienes estuvieron antes que él: Ambrose Bierce, Arthur Machen y Lord Dunsany), haciendo crecer su mitología con sus propios cuentos y relatos, eran como los profetas que se supone escribieron los libros del Antiguo Testamento».

En todo caso, cualesquiera que fuesen las implicaciones detrás de mi aparente relación con esas entidades, todo el asunto era más aterrador que cualquier cosa relacionada con la Luz de la Destrucción.

La Luz destruye la vida, pero es un ser con quien, tal vez, podrías razonar hasta cierto punto. Para estos seres, toda existencia además de ellos es menos que una hormiga.

Recordé las palabras de Haou cuando supo de la existencia de la representación de estos dioses (o al menos de unos pocos de ellos) dentro del Duelo: «No me importa que tan buenas cartas sean, o cuanto te haya gustado jugarlas, están prohibidas».

En realidad, no recordaba tener un gusto particular por esas cartas. En especial por «Dios Exterior Nyarla». Siendo sincero, esa carta me despertaba una sensación de aversión que iba más allá de lo razonable en el juego de cartas; entendiendo el «odio» que algunas personas tenían contra cartas o arquetipos específicos, generalmente por haber perdido mucho ante ellos, o porque eran la antítesis de su deck favorito, como lo es «Macrocosmos» y Cuidadores de Tumbas para los mazos zombi que me gusta jugar. Nyarla, al contrario que esas otras cartas, siempre me resultó desagradable en todo: tanto por su diseño como por su concepto.

—¡Kenichi! —La voz de Judai me hizo darme cuenta de que había perdido la noción del tiempo.

Parpadeé un par de veces.

—¿Estás bien? —me preguntó con un claro rastro de preocupación en la voz.

Sho y Johan me veían, al parecer igualmente preocupados por mí.

—Sí, sólo pensaba. Pasaron muchas cosas anoche —mentí. No estaba listo para hablar de mi sueño con Yog-Sothoth y lo que algo como eso podía implicar.

En todo caso, la presencia de dicha deidad no necesariamente significaba un peligro inminente. Después de todo, al menos unas pocas veces, su nombre fue empleado en conjuros que sirvieron para vencer a otras entidades, salvando a los protagonistas de esas historias. Su nombre, por ejemplo, formaba parte del conjuro empleado para vencer al brujo Joseph Curwen.

No pareció que Judai estuviera convencido de mis palabras, a juzgar por su ceño fruncido, pero tampoco trató de extraer más información.

—Tenemos diez minutos para alcanzar a los demás —nos recordó Sho.

No había comido casi nada, no obstante, aun así fui a entregar mi bandeja.

Me eché la mochila al hombro y nos dirigimos en silencio al punto de encuentro. Durante el camino no nos encontramos con nadie más. Lógico: era muy temprano para que alguien más, además de nosotros, anduviera por allí. La mayoría de los estudiantes preferían pasar las mañanas del único día libre de la semana relajándose en sus dormitorios, si no es que durmiendo hasta tarde.

Sho parecía sumido en sus pensamientos. Johan, en cambio, llevaba a Rubí en sus brazos. Por mi parte, trataba de no pensar demasiado en nada más allá de lo que teníamos que hacer ese día. Esa era la única «misión» que debía ocupar mi mente en esos momentos.

«Sin embargo, esa no es La Misión».

—Buenos días —nos saludó la alegre voz de Mokeo.

Alcé la mirada para verlo. Estaba sentado a la sombra de uno de los obeliscos que flanqueaban el camino que llevaba a las puertas del edificio principal.

Cerca de él, Junko le dedicó una mirada algo molesta. Parecía no haber dormido mucho la noche anterior. Supongo que pasó gran parte de su tiempo tratando de digerir toda la información que obtuvo: tanto del futuro como de su aparente pasado como Huscarle de Asuka.

No era la única. A diferencia de lo usual, casi nadie conversaba. Por el contrario, todos parecían sumidos en sus propios asuntos. Edo, por ejemplo, estaba recargado en otro de los obeliscos de la entrada, con los ojos cerrados y los brazos cruzados como si estuviera meditando algo.

Fubuki, por su parte, tenía que lidiar con las miradas furibundas de Rei, quien parecía todavía decidida a sacarle la identidad de la antigua prometida de Judai (¿o debería decir de Haou?).

Fujiwara parecía encontrar divertida esta actitud de Rei, aunque trataba de disimular el hecho, ocultando sus sonrisas. Ahora que lo veía bien, Fujiwara no parecía ser el chico solitario que eventualmente se alejó de todos, facilitando con esto su caída bajo la influencia de Darkness. Me pregunté si Fubuki tuvo algo que ver en eso. Con el conocimiento de lo que pasó antes, encuentro plausible que se haya esforzado para demostrarle a Fujiwara que no tenía por qué seguir ese camino.

Momoe parecía estar dispuesta a sumarse a la presión de Rei por saber la verdad, pero de momento se mantenía al lado de Asuka. Esta última, por cierto, miró a Judai por un momento, como si quisiera hacerle mil preguntas, supongo que sobre todo lo que se había contado el día anterior.

Daichi, en cambio, garabateaba algo en un cuaderno de bolsillo, imaginé que más cálculos. También miró a Judai, asintió en su dirección, y luego volvió a lo que hacía.

Busqué a Haou con la mirada, encontrándolo más apartado del resto, aunque con la mirada fija en el grupo, como si fuera una especie de vigilante. Esto me hizo preguntarme sí en realidad era algo normal para él hacer eso. Quizá lo hacía, ocultándose en las sombras, pero sin atreverse nunca a dejar que los demás lo notaran.

Él, en realidad, se preocupaba por todos genuinamente. Recordando lo que Judai le había dicho el día anterior, me quedó claro ese hecho, y también que de hecho era como si Haou estuviera siempre en ese «modo emo» en el que Judai se sumergió al comienzo de la cuarta temporada: «me alejo de ellos porque sólo les causo problemas y hago que estén en peligro».

Hayato y Kaiser, un poco alejados del resto, estaban revisando la lista para confirmar que todos estaban allí.

Por supuesto, faltaba Manjoume. Durante un momento pensé que no aparecería, a pesar de todo lo que se había dicho la noche anterior.

Cuando el profesor Daitokuji (vestido con un traje tipo explorador, adecuado para internarse en el bosque) y la profesora Midori aparecieron a las nueve de la mañana exactas, de verdad pensé que Jun no aparecería.

Sin embargo, justo cuando el profesor Daitokuji estaba por anunciar las indicaciones finales antes de irnos, Jun Manjoume por fin apareció. Los Ojama flotaban a su alrededor, al parecer comentando algo en voz baja, ya que Manjoume tenía una vena marcada en la frente lista para estallar.

Mi mirada se desvió hacia la profesora Midori. Noté que miraba a los Ojama con cierto grado de cautela, aunque no con la hostilidad abierta con la que había visto a William y a Banshee. Me di cuenta de que en realidad ella sí que estaba al tanto de la presencia constante de los espíritus de duelo a nuestro alrededor, pero al parecer su prejuicio era principalmente contra los más grandes. Aunque eso no necesariamente significaba que desconfiara de espíritus más pequeños como lo eran los hermanos Ojama.

De verdad tenía el presentimiento de que eso iba a ser un problema.

—Joven Manjoume, que sorpresa que se nos una —comentó el profesor Daitokuji con un tono de voz amable.

Jun chasqueó la lengua como toda respuesta.

Al profesor no pareció molestarle ese hecho, ya que se rio entre dientes y luego prosiguió con la explicación:

—Bueno, si no esperamos a nadie más, tal vez sea hora de movernos. Esperemos terminar hoy mismo. Recuerden son diez años de cartas desechadas.

—Cinco minutos —intervino la profesora Midori—. Tienen cinco minutos para revisar que tengan todo lo necesario. Luego podremos movernos.

Estaba más que preparado: mi disco de duelo, mi mazo, una mochila en la que cargaba mi almuerzo, repelente de insectos y cuatro cajas de cartón vacías para llenarlas con cartas. Originalmente, pensé en llevar carpetas, pero me di cuenta que eso reducía la cantidad de cartas que podía cargar. No sabía cuántas cartas habían sido arrojadas allí en la última década.

Me acerqué a Mokeo. En lugar de llevar su uniforme, llevaba ropa casual cómoda y un sombrero de paja. El bosque era lo suficientemente espeso como para que el sol fuera un problema, pero debía admitir que ese aspecto le quedaba bien para una excursión.

—¿No estás preocupado? —le pregunté—. Es decir, luego de todo lo que hablamos anoche…

—No. Más bien, no creo que preocuparme por esas cosas sirva de algo. De hecho, todo lo contrario: eso sólo me haría perder concentración. Si hay algo allí, algo que puede ser una amenaza para esta isla y sus habitantes, entonces voy a enfrentarlo. Esta isla es mi hogar.

Asentí con la cabeza.

—¿Qué hay de ti? Parece que algo te está molestando, algo lo suficientemente grande como para mantenerte distraído.

—Sólo fue un mal sueño.

Mokeo me miró por un momento, quizá esperando que dijera algo más. Al final, cuando fue claro que no lo haría, dijo:

—Los sueños son sólo sueños. No pueden lastimarte.

Normalmente, diría que eso era cierto. Pero haber soñado específicamente eso, con ese ser… Mucho antes de que Wes Craven aterrara a los adolescentes de todo el mundo con Freddy Krueger, Lovecraft ya nos había hablado de paisajes oníricos, de soñadores visitando ciudades de fantasía habitadas por criaturas terroríficas que (de no tener cuidado) podrían matarles en sus sueños y en la vida real. En sus relatos, los sueños no eran sólo eso, sino que se trataban de entradas a planos alternos en los que habitaban sus dioses terribles: Cthulhu anunciaba su despertar inundando los sueños de los artistas con imágenes de la perversa ciudad de R'lyeh; y como olvidar las pesadillas de Walter Gilman, instándole a ir hacia la Cámara del Vacío Final y firmar con su nombre en el Libro Negro para entregar su alma a Azathoth.

La profesora Midori y el profesor Daitokuji finalmente anunciaron que nos estábamos moviendo. Sus indicaciones finales fueron las que esperaba: mantenernos juntos, siempre en el sendero; no habría paradas hasta llegar al pozo y sería una caminata de al menos una hora.

Tras quince minutos de avanzar por lo que podría considerarse la calle principal (el único camino en la isla que no era de grava y el cual conectaba los muelles, los dormitorios oficiales y el edificio principal), nos adentramos por fin en el bosque a través de un sendero el cual claramente no había sido usado en un buen tiempo. En algunas partes la hierba estaba muy crecida, así que el profesor Daitokuji iba al frente demostrando su uso experto de un gran cuchillo para deshacerse de la maleza.

Por supuesto, al ser una isla tropical había mosquitos, así que constantemente se escuchaba el sonido de los aspersores cada vez que alguien se aplicaba un poco más de repelente, en especial por parte de Junko y Momoe. En cierto momento, me pregunté por cuantos pasos los protegía el repelente que habían traído.

«Debieron comprar del Máximo», pensé con ironía. Luego, suspiré mentalmente. Era triste hacer referencias a Pokémon en un mundo en el cual eras el único que las entendía.

Me pregunté si podría convencer a Pegasus o a Kaiba de invertir creando la franquicia. Luego descarté la idea: eso no sería Pokémon, ya que ellos no desaprovecharían la oportunidad de usar el concepto aplicándolo a los monstruos de duelo. ¿Por qué molestarse «creando» bichos que nadie conocía, cuando tenías a Kuriboh y al Bebé Dragón vendiendo tantos peluches como pikachu?

Volví a la realidad cuando el grupo de pronto se detuvo. El profesor Daitokuji se había quedado quieto, con su cuchillo alzado.

—¿Qué pasa? —preguntó la profesora Midori, quien venía al final del grupo, mientras caminaba hacia su colega abriéndose paso.

Miré a Judai y a Haou, ambos estaban serios. La mayoría debieron darse cuenta, porque estaban listos para activar sus discos de duelo ante la menor señal de problemas.

—Estén preparadas —les ordenó Asuka a Momoe y Junko.

Miré a ambas chicas, parecían confundidas, pero hicieron caso a Asuka.

Hubo un pequeño estruendo en el bosque, casi como si un trueno hubiera caído. Luego, como si de pronto hubiéramos quedado atrapados en un tornado, fuimos atrapados en una ráfaga de viento que nos arrancó del suelo. Cerré los ojos, pensando en que ese viento haría que nos estrelláramos en los árboles matándonos, pero eso nunca ocurrió. De hecho, salvo por el viento, no podía sentir nada más. La ventisca nos arrastró, o más bien nos succionó como si se tratase de un remolino o de un agujero negro, hacia algún punto delante de nosotros.

Con mucho trabajo, abrí los ojos sólo para ver que me estaba precipitando a gran velocidad al interior de un viejo pozo.

Por unos momentos todo estuvo negro, luego, sentí como caía pesadamente en el suelo. No se sintió como una gran altura, más bien fue como caerme de la cama.

Giré mi cabeza en todas direcciones, buscando a los demás, pero no encontré a nadie. Bueno, incluso si algún otro miembro del grupo hubiera estado allí, no habría podido verlo dado que el interior del pozo estaba completamente oscuro.

Un resplandor azul rompió la oscuridad cuando los fuegos fatuos de un fantasma comenzaron a iluminar el lugar como las antorchas a una vieja mina. Unos segundos más tarde, Banshee del Necromundo estaba de pie junto a mí. Por un momento me pareció ver genuina preocupación en su rostro, sin embargo, al instante resopló con molestia.

—¿A dónde nos has metido ahora? —me preguntó con desdén.

—A un viejo pozo, supongo —le respondí.

Por supuesto, lo que estaba a mi alrededor no parecía ser para nada el pozo que vi en el anime. Si bien estaba claro que se trataba de una excavación artificial en la roca de la isla, parecía ser un túnel mucho más largo y amplio, como para ser un pozo de agua. Más bien era como el túnel de una mina, o como las viejas catacumbas de ciudades como Roma o París.

Miré hacia atrás y hacia adelante, indeciso de que debía hacer. Suponía que la salida debía estar en alguna parte, pero el problema era que a ambas direcciones el túnel parecía ser exactamente lo mismo. ¿Cómo saber si al ir en tal o cual dirección estaba saliendo o adentrándome más?

—¿A dónde crees que deberíamos movernos?

Banshee frunció el ceño.

—¿De verdad me preguntas a mí?

Me encogí de hombros.

—Bueno, imagino que al ser un espíritu podrías buscar una salida…

—No puedo.

La miré con incredulidad.

—¿No te has dado cuenta? —me preguntó.

—¿Qué cosa…? ¡Auch!

Me sobé el hombro derecho luego de que Banshee me diera un puñetazo allí. No fue fuerte, pero me tomó por sorpresa. Además, me dejó una sensación de frío, como si en vez de su mano me hubiera tocado con un trozo de hielo. Imaginé que era una especie de frío cadavérico.

—¿Lo notaste?

—Pegas fuerte —murmuré, y luego agregué en voz alta—: Entonces, dentro de este lugar, tienes un cuerpo físico.

—Al menos no eres lento.

Pero eso todavía nos dejaba en un predicamento: ¿qué camino debíamos elegir?

—Supongo que habrá que dejarlo al azar —me dije en voz alta—. Cincuenta por ciento de probabilidades de elegir la dirección correcta.

—Eso sí es que la hay. Este tipo de lugares suelen ser como un laberinto.

Eso era cierto. Bueno, al menos no eran las Zonas Inferiores de las Tierras del Sueño, llenas de gugos, lívidos, dholes y gules. Por supuesto, eso no significaba que no hubiera otros peligros aquí. Estaba esa Luz que Haou sintió, y que podría apostar todo mi dinero y mi colección de juegos a que era la causa detrás de ese torbellino de viento que nos trajo aquí.

—Por eso digo que hay que dejarlo al azar —repetí.

—¿Algo tan importante?

—¿Tienes una mejor idea?

Me aseguré de que mi disco de duelo y mi mazo estuvieran funcionando. Luego revise el mapa de la Isla en mi PDA… sólo me mostró un enorme «sin señal» con letras rojas. Suspiré. Claro, era demasiado pedir que la señal de internet llegar hasta ese agujero en la tierra.

—Bueno, mejor nos movemos. Con suerte encontraremos a alguno de los otros.

Por qué ese era otro problema: nadie más del grupo parecía estar cerca.

Volví a mirar hacia atrás y hacia adelante, luego, sin darle más vueltas al asunto, comencé a caminar.

Banshee resopló, pero a final de cuentas comenzó a seguirme.

Claro, su presencia hacía que el lugar se sintiera gélido como un frigorífico industrial, y sus fuegos fatuos más que calentar sólo empeoraban esa sensación. De nuevo, era el frío cadavérico. Tendría suerte si no acababa resfriado luego de esa «excursión». Y pensar que Junko y Momoe creían que sólo sería un día de campo.

La predicción casi obvia del laberinto se cumplió: encontramos puntos en los que el túnel se ramificaba, así que tuvimos que detenernos y decidir por dónde seguir. También pasamos un par de cámaras más grandes, las cuales parecían claramente haber sido excavadas como si fueran habitaciones. ¿Los espíritus de duelo del pozo habían hecho esto? La verdad, ni siquiera estaba seguro de si lo que nos rodeaba era real. Bien podía ser una ilusión como la casa de Erzsébet en aquella cueva.

Por supuesto, no encontramos a ningún espíritu, al menos de momento.

Eventualmente, tras vagar por esos túneles por lo que pudo ser un par de horas, terminamos saliendo a una enorme cámara, la cual se sentía tan gélida como el aire que rodeaba a Banshee. La cámara tenía un alto techo que apenas si se podía distinguir. Cientos de llamas de fuegos fatuos flotaban allí como si fueran estrellas. Además, el suelo estaba cubierto por una espesa niebla, a través de la cual se vislumbraban lápidas de aspecto muy antiguo.

—¿Un cementerio?

—¡Qué aire tan rancio! —dijo Banshee, como quien se alegra por respirar el aire fresco y limpio de la mañana—. Es como estar de regreso al Necromundo.

—Supongo que esta es la parte en la que nos encierran en el cementerio —comenté con ironía.

Dicho eso, una reja que no habíamos visto al entrar, se cerró cubriendo el túnel por el que llegamos.

—Eres adivino.

—No, más bien me sé todos los clichés.

Las tumbas comenzaron a removerse. Allí estaban los zombis, o los esqueletos.

Resultaron ser estos últimos: de pronto nos vimos rodeados por cientos de esqueletos cubiertos con túnicas de color morado o azul oscuro. Era difícil distinguir el color exacto en las penumbras, en especial cuando la luminosidad de los fuegos fatuos es de color azul.

Era una lástima que este no era ese duelista Zombi a quien Bakura asesinó en el anime, ni sus amigos, disfrazados como le sucedió al grupo de Yugi durante el Reino de los Duelistas.

—¿Sirvientes de la Calavera? —preguntó Banshee malhumorada—. ¿De verdad creen que pueden conmigo?

—Son más que nosotros —le recordé. Además, si eran como los esqueletos clásicos de ese tipo de situaciones, derrotarlos no serviría, ya que lo más probable era que se volvieran a armar.

Ahora, siguiendo también los clichés, debía haber un jefe. O, mejor dicho, un Rey.

Activé mi disco de duelo.

—Sólo somos dos viajeros de paso —declaré—. Sé que entramos a su hogar sin permiso, pero, ya que son espíritus de duelo, supongo que aceptaran nuestro reto. Desafío a su Rey a un duelo por el permiso para pasar por su cementerio y por un guía que nos lleve a la salida de este mundo de regreso al mundo de los humanos.

A esas alturas, estaba seguro de que todo ese túnel no era precisamente algo que estaba en el mundo humano, aunque tampoco estaba seguro de que fuera el mundo de los espíritus. ¿Podría ser una especie de dimensión de bolsillo, como aquella en la que Kaibaman se enfrentó a Judai en el anime?

—¿Sabes que si pierdes te enterrarán vivo? —me preguntó Banshee con una ceja alzada.

—Sí, algo así supuse. ¿Recuerdas? Me sé todos los clichés. A veces siento que he estado en esto por un largo tiempo.

—Bueno, si acabas convertido en un zombi, podremos hacer las paces. Después de todo, en ese caso, necesitarás a alguien que te enseñe a vivir así.

—Gracias por la oferta —le respondí con sarcasmo.

Los esqueletos se hicieron a un lado. Los fuegos fatuos comenzaron a concentrarse en un lugar específico. Pronto, un Sirviente de la Calavera de gran tamaño se formó allí. No pude evitar notar su disco de duelo formado por huesos.

Movió su mandíbula, pero lo único que escuché fue como castañeaba sus dientes.

—Aceptó tu desafío —tradujo Banshee—. Si pierdes, dejará ir a los espíritus a los que «esclavizaste», y te quedaras aquí a servirlo.

—¡Yo no he esclavizado a ningún espíritu!

—Ellos piensan que sí —dijo Banshee—. Creo que son de esos espíritus que han decidido que los duelistas humanos son sólo eso: gente horrible que fuerza a los espíritus a luchar para ellos.

La niebla se disipó, dejando al descubierto lo que parecía ser el cuadro de tierra de una fosa común. No me sentí cómodo luchando sobre esta, pero no había más opción, de todas formas, todo el lugar era un cementerio. Preparé mi disco de duelo.

El Rey de los Sirvientes de la Calavera tomó el primer turno:

Una vez más, me sorprendí de que no robara carta en el primer turno. ¿Cómo era que los espíritus del duelo se adaptaban a los cambios de reglas del duelo que Pegasus iba introduciendo?

Su primera carta resultó ser «Elección Dolorosa». Me mostró tres copias de «Sirviente de la Calavera», una de «La Señora Espectro» y otro monstruo llamado «Espectroasador», la cual era en esencia un Sirviente de la Calavera que estaba asando dos trozos de carne.

—¿Qué carta es esa? —pregunté.

Como un usuario de arquetipos de zombis, conocía bien a los Espectros (aka, Sirviente de la Calavera), y estaba cien por ciento seguro de que jamás había visto a ese monstruo. El monstruo desconocido: era una handtrap que protegía a los monstruos de la destrucción, que además permitía buscar dos cartas de su arquetipo para añadirlas a la mano al ser enviada al Cementerio.

—«Espectroasador» —elegí.

—¿Estás de broma? —me cuestionó Banshee—. ¡Añadiste la carta más problemática a su mano!

—Bueno, tuve que sopesar los pros y contras de dejar que se añadiera una copia de sí mismo cuando iba a tener cuatro Sirvientes en su Cementerio.

Banshee no dijo nada más, sólo desvió su mirada de vuelta al Campo.

El Rey colocó cuatro cartas tapadas en sus Zonas de Magia y Trampa, dejando la handtrap en su mano.

Dejó un Campo sin monstruos, pero con cuatro cartas tapadas. Era momento de arriesgar.

—Es mi turno, robo. Activo la Carta Mágica «Entierro Insensato» para enviar a «Lobo de la Plaga» de mi Deck al Cementerio. Ahora, invoco normal a «Cráneo de Samurái». Esto me permite enviar un monstruo de mi Deck al Cementerio. Envío a «Gozuki» al Cementerio…

—Por supuesto —refunfuñó Banshee.

—… Por el efecto de «Gozuki» destierro a «Lobo de la Plaga» para invocar a «Desesperación de la Oscuridad» desde mi mano.

El Rey respondió a mi invocación activando «Monstruo Renacidóseo», una trampa continua que le permitió invocar a mi «Gozuki» a su campo en posición de defensa.

—¡Fase de Batalla! —continué.

Antes de eso, el Rey activó otra de sus cartas: «Sólo Puede Haber Uno». Era una trampa continua que restringía a los jugadores a controlar únicamente un monstruo de cada tipo en su Campo.

Dado que tenía dos monstruos de tipo Zombi, tuve que enviar uno al Cementerio. Elegí al «Cráneo de Samurái». A causa de que técnicamente no estaba siendo enviado por el efecto de su trampa, no pude activarlo al enviarlo de mi Campo al Cementerio. De todas formas, no podía controlar más de un monstruo Zombi al mismo tiempo mientras su trampa estuviera activada.

Proseguí con mi turno, aplastando a mi propio «Gozuki» con mi «Desesperación de la Oscuridad».

—Sé que no debería ser rencorosa, pero eso fue satisfactorio.

Decidí ignorar ese comentario de Banshee.

—Coloco tres cartas y con eso termino mi turno.

—¿De verdad? ¿Qué piensas hacer sin mano?

—¿Vas a criticar todo lo que haga?

—Sí.

Al menos era honesta.

El turno del Rey comenzó sin que ninguno de nosotros hubiera recibido daño.

Mi adversario robó carta. Luego, activó la Carta Mágica «Erupción Oscura» para añadir una de sus copias de «Sirviente de la Calavera» de su Cementerio a su mano. Encadené una de mis propias cartas, «Viaje Compartido»: por el resto del turno, cada vez que él añadiera una carta a su mano desde su Deck o Cementerio (excepto robando), yo robaría una carta.

Activó otra de sus cartas tapadas, resultando ser «Caridad Común». Robó dos cartas, luego desterró al «Sirviente de la Calavera» en su mano.

Por fin sucedió lo que esperaba: se invocó a sí mismo. Dado que tenía tres Sirvientes en su Cementerio («La Señora Espectro» se convertía en «Sirviente de la Calavera» mientras estuviera en el Cementerio), tenía un ataque de 3000 puntos.

Pasó a su Fase de Batalla. Atacó a mi monstruo, por lo que respondí activando «Colapso» para dividir el ataque de su monstruo a la mitad (1500). Él respondió encadenando la Carta de Trampa Continua «Barrera Espiritual». Ahora, mientras controlara a un monstruo, mi adversario no recibiría daño de batalla.

—Te aplicó un buen bloqueo allí.

—Me doy cuenta.

No contento con eso, activó a su «Espectroasador», descartándolo para evitar la destrucción de su clon en el Campo. Luego, por su otro efecto, añadió a «Espectrodilla» y a «Princesa Espectro» a su mano. Yo robé otra carta debido a «Viaje Compartido».

El Rey terminó su turno. El ataque de su clon volvió a la normalidad, esta vez 4000 debido a que, con «Espectroasador» en su Cementerio, ahora se consideraba que había cuatro Sirvientes allí.

—Es mi turno, robo. Activo «Atractivo de la Oscuridad». Robo dos cartas, y luego destierro un monstruo de Oscuridad en mi mano. Destierro a «Bebé Vampiro».

—¡Eres muy cruel! —me gritó Banshee.

—Sí, bueno, esto es un duelo: los recursos deben ser usados —le respondí exasperado por sus críticas.

Banshee me miró mal. Pensé en lo que podría implicar el destierro para un monstruo. ¿Sería como cuando las almas de Jonouchi y los otros caían en el Cementerio en ese Juego de lo Oscuro contra Bakura? De ser así, entendía por qué Banshee no querría que el bebé acabara allí. Tendría que disculparme por eso. Más tarde, ahora había que ganar el duelo.

—Invoco a «Getsu Fuhma» —declaré. Al ser de tipo Guerrero, era un movimiento legal a pesar de la restricción de «Sólo Puede Haber Uno».

Mi monstruo era una especie de Samurái con armadura de diseño un poco futurista, y de aspecto un tanto andrógino, con una larga cabellera color rojo fuego. Estaba rodeado por un aura mística y al llegar al campo hizo un sonido de molestia, imagino que debido a cuál es su origen: un guerrero que lucha contra zombis y demonios en un viejo juego de Konami.

—Claro, él —murmuró Banshee. Su presencia no parecía agradarle en lo más mínimo. Era entendible.

—Fase de Batalla.

Ordené a mi Samurái atacar al «Rey de los Sirvientes de la Calavera».

—De verdad que te has vuelto loco —gruñó Banshee.

Mi adversario respondió con otra handtrap: «Princesa Espectro». Al descartarla, reducía el Ataque y la Defensa de todos los monstruos en el Campo en 300 por cada uno de sus Niveles/Rangos.

—Activo mi Carta de Trampa —anuncié por mi parte—: «Waboku».

Gracias a eso, no recibiría daño y mi monstruo no sería destruido (a pesar de que el poder de mi monstruo se había reducido a sólo 500 de Ataque debido a «Princesa Espectro»). No podía decir lo mismo del clon de mi adversario, el cual se destruyó en cuanto terminó el Cálculo de Daño.

—«Getsu Fuhma» destruye a cualquier Zombi o Demonio con el que luche luego del cálculo de daño. Y, dado que tu clon se destruyó por efecto, no puedes resucitarlo mediante su propio efecto.

Vi por el rabillo del ojo como Banshee cruzó los brazos con molestia.

—Detesto a ese samurái —murmuró—. ¡No deberíamos estar forzados a convivir con él!

—Sí, como sea. Coloco dos cartas y con eso termino mi turno.

Volvió a ser el turno del Rey.

Robó carta y activó «Monstruo Renacido» para resucitar a su clon.

—Carta de Trampa —respondí—, «Agujero de Trampa Sin Fondo».

Mi adversario activó la última carta en su mano. Descartó a «Espectrodilla» para volver a invocar a su clon que había sido desterrado a causa del efecto de mi carta.

Entró a su Fase de Batalla, con un monstruo que ahora tenía 6000 de ataque. Estaba preparado. Activé mi segunda carta tapada: «Artilugio de Evacuación Compulsiva», con la cual devolví su monstruo a su mano.

En su siguiente Fase Principal, el Rey volvió a invocar a su clon, esta vez de modo normal. Con eso acabó su turno.

—Es mi turno, robo. Activo «Olla de la Codicia». —De verdad, si antes tuve dudas sobre la existencia de algo así como el Corazón de las Cartas, robos fortuitos como ese me hacían quedar convencido—. Activo la Carta Mágica «Toma Almas». Selecciono un monstruo de mi adversario: se destruye y entonces mi adversario gana 1000 puntos de vida.

Eso lo dejó con 5000.

—Invoco Normal a «Ácaro Marioneta». —Era un tipo Insecto, así que no estaba limitado por «Sólo Puede Haber Uno»—. ¡Fase de Batalla!

Mis tres monstruos sumaban 5500 de ataque, suficientes para acabar ese duelo.

Ataqué primero con «Ácaro Marioneta», de 1000 puntos de ataque; luego con «Getsu Fuhma», de 1700; y finalmente rematé con «Desesperación de la Oscuridad», cuyos 2800 puntos de ataque literalmente desarmaron a mi adversario.

Mientras sus Sirvientes corrían a armar de nuevo a su Rey, me giré para ver a Banshee.

—¿No te alegra que tenga monstruos en mi mazo que no sean necesariamente Zombis?

Banshee resopló con molestia.

Tal vez estaba siendo un poco cruel. Después de todo, como ella dijo antes, la estaba forzando a convivir con un monstruo que, en esencia, era su antítesis total.

Getsu Fuhma todavía estaba en el campo.

—Muchas gracias —le dije.

No lo había invocado en años, desde que dejé mi mazo de guerreros por completo de lado. Estaba en mi mazo actual gracias a que, debido a «Mundo Zombi», me era muy útil para deshacerme de monstruos molestos. Hoy demostró lo útil que era.

El samurái me miró con el ceño fruncido, mientras envainaba su katana. Luego, tras asentir de forma un poco rígida, desapareció.

Mi atención regresó al Rey, ahora por completo ensamblado.

—Ese fue un buen duelo, ahora voy a pedir el pago de la apuesta…

Antes de que pudiera decir nada más, o de que él me contestara, un resplandor de luz blanca envolvió el cementerio segándome por completo.

Me tallé los ojos tratando de recuperarme. Cuando por fin pude ver de nuevo, estaba en lo que parecía ser la habitación de un palacio medieval.

Sentada en un trono, había una mujer de cabellera verde y un vestido a juego. Sentado en su regazo, de una forma que me recordó a las representaciones de «La Piedad», se encontraba un inconsciente Johan. Las Bestias de Cristal no parecían estar con él.

La mujer pasó sus dedos por los cabellos de Johan en un gesto que me pareció muy maternal. Luego, alzó la mirada y me miró directamente al rostro.

—Bienvenido —me saludó con una voz que me recordó a la Princesa Daedra Meridia—. Te estaba esperando.