Los sueños son algo inconsciente de la mente… ¡No te preocupes! Es rara vez cuando ocurren en verdad.
Capitulo 1: ¡Debo estar soñando!
Primer Sueño
Era tarde. El día estaba llegando a su fin; la puesta del sol sobre la montaña regalaba un paisaje hermoso y lleno de matices anaranjados, mientras que el fresco viento despeinaba los cabellos del par de niños que, frente a frente, se observaban con intensidad. Había inquietud e incertidumbre, sin embargo, era la esperanza lo que más podía advertirse en la mirada color miel de ella. Aun si su expresión era seria y su lenguaje corporal apuntaba a un sentir defensivo, sus orbes brillaban ante las palabras de aquel jovencito de semblante tranquilo. Ninguno tendría más de diez años y aún así su poca edad no restaba importancia al momento.
—Entonces, ¿es una promesa? —Preguntó vacilante, sin despejar la vista de sus ojos café.
—Sí, lo es —Sonrió y le dedicó una de esas risitas, de esas que parecían decirle "todo estará bien".
El despertador sonó.
Abrió los ojos con pesadez para ubicar aun con vista borrosa la ubicación del molesto aparato. Y es que su inquietante chirrido sería capaz de molestar a cualquiera, pero no a Yoh Asakura. No estaba enfadado, el pobre era más sueño que persona y prueba de ello era su mano derecha que, con bastante torpeza, intentaba dar con el despertador hasta que por fin alcanzó el botón de apagado. El silenció reinó su habitación y él sonrió triunfal, completamente dispuesto a volver a dormir.
Claro que la intensión no le duró más allá de unos cinco minutos, pues justo como en la primera ocasión, el sonido de un segundo despertador impidió que abandonara el mundo consciente. Estaba vez si gruñó con cierta molestia, pero no era nada que pudiera solucionar y además tenía una mano adicional. Sin temor ni dudas, repitió su actuar y presionó el botón.
Yoh volvería a sonreír, cerraría los ojos y su mente comenzaría a recrear ese paisaje adornado por los rayos del sol, sentiría (oníricamente) que su cabello era despeinado por el viento y poco a poco la figura de su compañera terminaría de recrearse, pero entonces… sí, un tercer y último despertador hizo presencia y proclamó que el joven Asakura debía despertar de una vez por todas.
—Ya no me quedan más manos —Susurró en medio de un bostezo, resignado.
Conforme se dignaba a incorporarse y a silenciar el aparato, recordó con cierta gracia el día de su anterior cumpleaños. No recibió "buenos regalos", según él, porque ni su padre, ni su madre, ni su hermano mayor habían cumplido con su lista de deseos (que en realidad se focalizaba en una sola cosa: la discografía completa de Bob). Muy al contrario, cada uno le regaló un despertador: "es para que no te quedes dormido, Yoh", dijeron los tres con una inocente sonrisa.
Ya no había más que hacer, solo levantarse y alistarse para un nuevo día escolar. Lo primero que hizo fue darse una ducha y mientras el agua tibia humedecía su cuerpo, un escalofrío subió por su espalda hasta su cuerpo. En tanto, la sonrisa había abandonado su rostro para dar lugar a un gesto pensativo.
—De nuevo ese sueño —Murmuró.
Desde algunos meses atrás, Yoh frecuentaba ese mismo sueño y francamente no lograba hallarle explicación alguna. Una cosa era soñar que conocía a su cantante favorito, que los alienígenas invadían el planeta con pasos de baile increíbles, o inclusive que el profesor de Literatura anunciara un examen sorpresa apenas entrara al aula. Cada uno era particular y alocado a su manera, sin embargo, no se comparaba con el detalle ni con la sensación vívida que le evocaba estar frente a frente con esa desconocida. Era casi como reproducir antiguas memorias mientras se encontraba dormido. Pero eso tampoco tenía sentido.
Decidido a no darle más vueltas al asunto, terminó de asearse y salió del baño ya con su uniforme escolar colocado. A diferencia de Hao Asakura, quien portaba su ropa siempre prolija e impecable, Yoh acostumbraba llevar su camiseta sin abotonar permitiendo así dar un vistazo directo a su pecho y abdomen. ¿La razón? Era bastante sencilla: le daba calor y se sentía aprisionado. Plus, los profesores nunca le recriminaban nada y mientras no lo hicieran el menor de los gemelos no sacrificaría su comodidad. Tal vez sería un beneficio añadido, porque ese gesto tan simple lograba que muchas chicas tuvieran el ojo puesto sobre él. Era imposible negar que Yoh era tan guapo como su hermano y era aún más complicado negar que cada hermano era dueño de un atractivo único. Gemelos, sí, pero diferentes en un perfecto equilibrio.
La sorpresa invadió su rostro cuando su vista regresó el reloj: eran las 7:45 AM y eso significaba que…
— ¡Las clases empiezan en 15 minutos! —Gritó alarmado.
Corrió alarmado a ponerse los zapatos escolares, aunque lo hizo con mucha torpeza. Terminó cayéndose unas tres veces en un intento por colocarse los calcetines y el calzado mientras mediaba su peso de un pie a otro, dando vacilantes saltitos a lo largo de la habitación y el pasillo que guiaba hacia las escaleras. Habría entonces que añadir una caída extra, porque Yoh no fue capaz de ver el último escalón cuando llegó a la planta baja. No le tomó importancia y se dirigió a la cocina para tomar un pedazo de pan que tragó con dificultad. Una vez alimentó escuetamente su estómago, salió de la residencia Asakura. Si no ocurría ningún imprevisto, llegaría justo a tiempo para integrarse sin problemas. O en el peor de los casos, con un elegante retraso de cinco minutos.
Pero la vida no respetaba siempre los planes. Bastaron 20 segundos para que el castaño regresara a toda velocidad pues había olvidado un accesorio clave de todo alumno: su mochila. ¡Ahh, era tan distraído! Mientras corría y sus piernas ardían, consideró con suma seriedad recrear el ritual de cada noche de su hermano si es que eso pudiera garantizarle no pasar momentos tan estresantes como éste. Y la verdad era que preparar su uniforme y dejar su mochila en la entrada no eran nada del otro mundo, el detalle era que terminaba distrayéndose viendo las estrellas o escuchando a Bob, entonces caía dormido sin siquiera alistar nada para el día siguiente.
Oh, bueno, ya lo trabajaría.
Cuando Yoh llegó a la escuela el reloj marcaba las 8:17 AM y la primera clase ya había comenzado. Entonces decidió que el plan más sensato era faltar y presentarse hasta la siguiente materia. De cualquier forma, si apelaba a su lado responsable e intentaba entrar ahora, el gruñón profesor de Literatura le gritaría por su retraso, su irresponsabilidad, su incapacidad por tomar en serio su asignatura y hasta de lo que se iba a morir. Además, ¡estaba cansadísimo! Básicamente había corrido durante 10 calles sin parar, ¡ni siquiera en las avenidas! ¡Había esquivado autos, bicicletas y hasta una adorable abuelita! Tenía que reponer energías.
Y así lo haría.
Caminó hasta los jardines que adornaban la entrada principal y se dejó caer bajo la sombra de un frondoso árbol. Con la espalda recargada sobre el tronco, recuperó el aliento y se limpió el sudor del rostro. "De cualquier forma no había hecho la tarea", pensó sinvergüenza en un descarado intento por consolarse. Luego se dedicó a mirar los alrededores queriendo encontrar un rostro conocido, pero no había nadie de su clase. "Van a castigarme", reflexionó resignado para después soltar una nueva risita simplona. No había necesidad de preocuparse por el futuro.
Mientras los minutos transcurrían, el menor de los Asakura se dedicó a hacer una de sus cosas favoritas: observar. Observó alumnos de otros grados y clases, notando así la amplia variedad que albergaba la escuela preparatoria: el grupo de porristas era el más llamativo pues era liderado por tres jovencitas bastante atractivas, aunque muchos juraban que sus personalidades no eran del todo encantadoras. Sin embargo, ¿a quién le importaba una actitud pesada cuando Kanna, Marion y Matti eran tan generosas al pasearse con sus bonitos trajes y sus pompones? ¡A nadie! O esas eran las palabras que Yoh lograba recordar de sus compañeros. El trio de chicas avanzó sin verlo y pronto se perdió en dirección hacia las canchas deportivas. Entonces apareció otro grupo de estudiantes variados que, si lo pensaba, eran más afines a él. Un tanto más vagos y despreocupados. El tipo de adolescentes que solo se preocupaban por divertirse incluso si esa no fuese la idea principal de acudir a la escuela. Sonrió agradado al saberse implicado en cierto grupo urbano, sin embargo, su rostro se tensó apenas notó que la pandilla de Ryu también se adentraba en territorio escolar.
Ryu (o "Ryu con su Espada de Madera", como hacía llamarse) y sus muchachos no lucían de 15, ni de 16 ni tampoco de 17 años. Eran los que lucían más grandes y eso se debía a un simple motivo: eran recursadores. Estudiantes atrasados que por bajo desempeño no aprobaban sus grados e iban acumulando materias, pero que, sin embargo, tampoco tenían el interés por aprobarlas. Ello terminaba traduciéndose en un grupo de desobligados problemáticos que todos los días acudían a la escuela, se apropiaban de una zona y no permitían que absolutamente nadie pusiera un pie. Era su "lugar ideal", porque era el único sitio donde no los podían molestar y eran libres de actuar como quisieran. No había un alma en la escuela capaz de hacerles frente porque sabían que, de hacerlo, recibirían una paliza de toda la pandilla.
Yoh no compartía su visión, pero de alguna manera encontraba interesante cada matiz que podía hallarse simplemente con observar. Y habría continuado, hasta que sus pensamientos volvieron a su extraño e invariable sueño. Aunque, a decir verdad, no era tan invariable. Mismo sueño, distinta escena. No solo soñaba que hacía una promesa con alguien, sino que también pasaba tiempo con ese alguien. Lo único que tenía claro es que se trataba de una ella, pero su identidad seguía siendo un misterio y mientras más se forzaba a descubrir el origen de todo, un dolor punzante azotaba su cabeza.
Desde que se había marchado de la casa de su abuela en Izumo, no era capaz de recordar demasiadas cosas. No obstante, él sonreía y se decía a sí mismo que no era algo de lo cual preocuparse. Si no lo tenía guardado en su memoria seguramente sería porque no era algo importante. Serían solo recuerdos de su infancia o memorias donde Yohmei le obligaba a ir a pescar con él mientras Hao podía quedarse viendo televisión. Convencido de ello, restó importancia a su pasado y se dijo que todo era perfecto en su presente. Tenía amigos, sus días eran divertidos y aunque viviera únicamente con su hermano, le bastaba para vivir lo más relajado posible.
Sí, su vida no pintaba nada mal.
Estirándose y con alegría renovada, pudo identificar a lo lejos a cierto muchacho que destacaba por ser más bajito que el resto de la población estudiantil. Corría apurado por la entrada, desesperado por llegar al salón de clases.
—¡Manta!—Gritó al tiempo en que alzaba el brazo para llamar la atención del joven Oyamada, quien en automático lo ubicó a la distancia y le devolvió el gesto.
—¿Tampoco lograste llegar a clase, Yoh? —Cuestionó aliviado, acercándose al castaño.
—No, se me ha hecho tarde —Soltó una nueva risita y se encogió de hombros.
—¿Por qué te ríes? Ahora nos castigarán a ambos.
—Pues por eso mismo —Repuso sin la menor preocupación— Me anima bastante saber que no seré el único al que lancen a la hoguera.
Manta hizo una mueca de terror, no obstante, poco después de unió a la risa de su mejor amigo. Ése era el efecto de Yoh sobre los demás. No importaba cuán estresado, preocupado o molesto pudieras estar, la relajación y buena vibra del menor de los Asakura lograban contrarrestar tales emociones negativas.
Pero mientras Yoh y Manta decidían tomarse un bien merecido tiempo recreativo, algo interesante estaba sucediendo en el grupo "C" del tercer año escolar. Una nueva alumna había llegado y todos los chicos estaban maravillados ante su innegable belleza. Entre cuchicheos, miradas encantadas y suspiros agradados, el profesor azotó el borrador contra la pizarra.
—Silencio —Sonó imperioso, pero funcionó para calmar las aguas—. Ella ha llegado desde Estados Unidos y aunque no tiene demasiadas horas en la ciudad, ha insistido en unirse a nuestro grupo para iniciar el curso cuanto antes. —La estudiante nueva asintió y mostró una sonrisita que, en realidad, era planeada— Sean buenos con ella y denle la bienvenida.
— ¡Sí! —Exclamaron al unísono todos los muchachos con mucho más entusiasmo del esperado, mientras que las chicas no pudieron evitar cuestionarse si la nueva alumna sería un obstáculo para conseguir pareja para el baile de fin de año.
[…]
Por mutuo acuerdo, Yoh y Manta habían acordado reintegrarse a las clases en la segunda hora de la jornada, sin embargo, en realidad no lo cumplirían. De hecho, no tomarían ninguna materia ese día. La tentación fue mucha y ninguno tenía demasiadas ganas por sentarse en un pupitre por las siguientes seis horas… bueno, Manta sí, pero no tardó en aceptar la idea al dejarse influenciar por su amigo. No obstante, no lo harían solos y por eso ahora Oyamada se apresuraba a llegar al salón antes de que el siguiente profesor lo hiciera. ¿El plan? Reclutar al resto de sus amigos.
El salón se escuchaba bastante animado e incluso a Manta le pareció extraño ver una amplia bolita de estudiantes rodeando un pupitre, sobre todo porque los involucrados no dejaban de bombardear con preguntas a quien fuera que estuviese sentado ahí. No le dio importancia, después de todo, contaba con poco tiempo y debía convencer al resto del grupo. Yoh, por su parte, se mantenía bajo perfil en la puerta del salón vigilando que no hubiera moros en la costa.
—¡Manta! —Exclamó el más desastroso de los cuatro, Horokeu Usui, mejor conocido como "Horo Horo"—. ¿Dónde estabas? ¿Por qué no entraste a Lite? El profesor lo notó y dijo que se las cobraría en la siguiente clase.
—¡Lo sé, sabía que se molestaría! Pero se me hizo bastante tarde. La limosina de mi padre estaba dañada del motor, y como mi mamá usa la suya para irse compras, tuve que usar el autobús pero terminé tomando la ruta equivocada. Fue una gran travesía, no sabía que el transporte público fuese tan complicado de usar.
Horo Horo observó al menor impresionado, en serio, ¿tanto esfuerzo había significado para Manta tomar un autobús? ¡Él lo hacía todos los días!
—No te preocupes, Manta —Agregó Ren Tao, el más serio del grupo de amigos que además estudiaba en Japón mediante el programa de intercambio escolar. Él provenía de China y no se marcharía hasta completar los tres años de preparatoria lo cual sucedería en seis meses—. Te comprendo perfectamente, el día en que mi chofer no pueda traerme no sé lo que haré.
—¡Pero bueno, el chico sobrevivió y está aquí! —Interrumpió Horo Horo, sintiéndose superado entre dos adolescentes adinerados— Por cierto, ¿has visto al holgazán de Yoh?
—De eso venía a hablarles —Miró de reojo al castaño y volvió la atención al duo—. ¿Qué les parece si nos tomamos el día libre?
Manta no tuvo que decir más. Apenas pronunció dichas palabras, ambos chicos sonrieron, tomaron sus mochilas y salieron rápidamente del aula para encontrarse con un Yoh bastante sonriente. Lo que no notaron fue que la estudiante nueva, todavía acechada por seis diferentes chicos, había estado bastante pendiente de la conversación y su mirada terminó clavada en el joven Asakura.
[…]
¿Cuánta suerte podían tener? En el transcurso del día varios de sus compañeros les confirmaron que las clases resultaron bastante tranquilas y que, de hecho, ninguno de los profesores había dejado tarea. O al menos, no una muy laboriosa. ¡Era perfecto! Podían destinar el resto de su tiempo a pasearse por el campus, ir por aperitivos a la cafetería o simplemente quedarse acostados sobre el pasto. Y en cuanto algún prefecto o supervisor marchaba hacia su dirección, se iban corriendo a toda velocidad para esconderse entre los pasillos o los baños, lo primero que se les cruzase.
También disfrutaron viendo los partidos de futbol americano, aunque en realidad, la propuesta había nacido de Horo Horo porque justo al lado de las canchas deportivas el grupo de porristas practicaba su rutina. ¡Él soñaba con que alguna de esas preciosas mujeres se acercara a pedirle una cita! Inclusive declaraba que seguramente Matti estaba loca por él y no se atrevía a dar el primer paso, y aunque complementaba su hipótesis con una risa bastante animada, ésta paulatinamente se tornaba derrotada. Al final, el peliazul terminaba su fantasía murmurando en evidente depresión cuánto quería tener una novia.
Claro que las cosas no se quedaban desanimadas. Poco después el grupo planteaba cómo sería si Manta estuviese dentro del equipo de futbol, entonces Ren declaraba "No sería adecuado, podrían confundirlo con el balón" y las risas se reanudaban.
Yoh y compañía vivieron de esa manera su primer día libre de clases y cuando la jornada escolar concluyó, se encaminaron hacia la entrada principal dispuestos a prolongar el buen rato.
—Entonces, Yoh —Preguntó Horo Horo—, ¿te unes a que vaguemos sin rumbo por el resto de la tarde? ¡Podríamos encontrar chicas bellas si vamos al centro comercial!
—Estoy seguro que ninguna querría salir contigo —Espetó Ren, acomodándose el tirante de su mochila— ¿Cómo podrían fijarse en ti cuando yo estoy aquí?
Ahí se desencadenó una pelea verbal sobre quién era más guapo, y mientras más comentarios se añadían, el peinado en forma de pico de Tao incrementaba su tamaño. Sin embargo, aún si Ren y Horokeu parecían tener constantes diferencias, los cuatro eran muy buenos amigos e inclusive Yoh y Manta sabían que no tenían que preocuparse. Prueba de ella eran las sonrisas y risitas que soltaban viendo a los otros dos discutir.
Entonces las risas terminaron.
Yoh sintió que le tocaban por la espalda y aunque volteó totalmente relajado, sus mejillas se sonrojaron apenas observó a la chica que estaba detrás suyo. Su cabellera parecía oro líquido y llegaba debajo de sus hombros, su mirada color miel parecía leerle la mente, sus delicadas facciones le hacían lucir como una hermosa muñeca y su cuerpo, perfectamente contorneado por el uniforme escolar, brindaban al menor de los Asakura una imagen difícil de borrar. Ella era hermosa y tal impacto no pasó desapercibido para ella, sin embargo, no se inmutó. Lo observó con seriedad y seguridad.
—Hola.
—H-hola —Yoh sonrió enderezándose en automático— ¿Puedo ayudarte en algo?
—Depende. ¿Tú eres Yoh Asakura?
Se sorprendió. Yoh nunca había visto a esa preciosa chica, y ella sabía su nombre.
—Sí —Respondió nervioso y con el corazón palpitándole con rapidez. Sus amigos, en tanto, miraban la escena con curiosidad—. Yo soy Yoh Asakura.
—Muy bien —La rubia suspiró, dedicó una fría mirada al grupito de testigos y espetó:— ¿Y ustedes qué están mirando?
—¡Nada! —Exclamaron Manta, Horo Horo y Ren al unísono. Anda, ¿quién diablos era ella? ¿Y qué clase de poder tenía como para hacerles voltearse en un dos por tres? Se sentían intimidados, aunque no por eso menos intrigados. Incluso si no veían, sí que se dedicaron a escuchar con suma atención.
Una vez con los chismosos despejados, la joven devolvió su atención al castaño.
—Yoh Asakura —Dijo imponente—. Soy Kyoyama Anna y estoy aquí para que cumplas tu promesa.
El sonrojo de Yoh se incrementó de forma exponencial. No podía creer lo que estaba pasando, y además, ni siquiera tenía idea de lo que estaba ocurriendo. ¿Acaso la conocía? ¿Y de qué promesa hablaba?... ¿no sería la misma chica de sus sueños?... ¡No, no podía ser eso! Ya que era eso, un simple sueño, y un sueño es puro trabajo de la mente. No era como si su sueño fuese a materializarse en el mundo real.
¿O sí?
—¿Kyo-qué?
Fue lo único que pudo preguntar y no pudo pensar siquiera en la consecuencia, solo alcanzó a sentir un gran dolor en su mejilla derecha. Manta, Ren y Horo Horo se giraron apenas escucharon el impacto y observaron impresionados cómo su amigo caía al piso, completamente noqueado.
Era tarde. El día estaba llegando a su fin; la puesta del sol sobre la montaña regalaba un paisaje hermoso y lleno de matices anaranjados, mientras que el fresco viento despeinaba los cabellos del par de niños que, frente a frente, se observaban con intensidad. Había inquietud e incertidumbre, sin embargo, era la esperanza lo que más podía advertirse en la mirada color miel de ella. Aun si su expresión era seria y su lenguaje corporal apuntaba a un sentir defensivo, sus orbes brillaban ante las palabras de aquel jovencito de semblante tranquilo. Ninguno tendría más de diez años y aun así su poca edad no restaba importancia al momento.
—Entonces, ¿es una promesa? —Preguntó vacilante, sin despejar la vista de sus ojos café.
—Sí, lo es —Sonrió y le dedicó una de esas risitas, de esas que parecían decirle "todo estará bien"—. Cuando tengamos 18 años nos casaremos, ¡es una promesa!
Hola. (?)
La verdad no tengo idea si alguien recuerda esta historia pero si sí... ¡hola! (?)
Hace años que no continuaba este fic y tengo muchísimas ganas de hacerlo, pero antes de eso, he decidido re-escribir los tres primeros capítulos porque sinceramente, hubo cosas que necesitaban pulirse y tener mayor contexto. ¡Espero sea de su agrado! Y si hay alguno de los lectores viejitos, ¡gracias por volver a leer! Aunque el agradecimiento serio vendrá cuando lleguemos al contenido nuevo, es decir, el capítulo cuatro. :3
Como podrán ver, hay una promesa muy importante que Yoh ha hecho pero no parece estar muy seguro si en realidad lo ha hecho. Ya irán viendo cómo se desarrolla todo esto. Y uhh, es altamente probable que Hao tenga un buen protagónico, pero no quiero spoilear demasiado. También soy partidaria de los momentos graciosos, sin embargo, también es muy posible que conforme avance la historia vaya tornándose un poquito más drama (y yo amo el drama (?)).
Nos leemos en el próximo capítulo: "Entonces, ¿esto no es un sueño?"
