No supo si fue el viento que volvía a agitar con gracia su cabellera, si fueron las hojas cayendo de los árboles, si fueron las farolas encendiéndose una a una, o si fue el reflejo de la luna sobre el lago. Fue todo al mismo tiempo. Fue mágico. Fue… familiar. Fue una sensación extraña y cálida que poco a poco inundó su pecho, que le provocó un nuevo acelere en su corazón y que le hizo volver atrás, a la noche estrellada de sus sueños.


Capítulo 5: Primeros pasos

Cargaba un humor de los mil demonios y no se molestaba en esconderlo. ¿Y qué si eso hizo que una de sus admiradoras se arrepintiera de saludarle? No le importaba, le daba exactamente igual. Hao Asakura tenía asuntos más importantes en los cuales focalizar su atención, como por ejemplo, el sospechoso lazo que su gemelo parecía compartir con su próxima conquista: Anna Kyoyama.

¿Cómo podía creer lo contrario? Él no era ningún estúpido y hasta el momento tenía dos pruebas que no hacían más que hacerle pensar y pensar. Primero, ambos desaparecieron una noche completa sin ningún rastro; y segundo, ambos aparecieron en la escuela con una pinta imposible de negar: habían pasado la noche juntos. No se habían acostado, de eso estaba más que seguro. Yoh no sería capaz de ir más allá con una chica que apenas conocía y en definitiva Anna no tenía ese brillo especial que indicaba haber gozado de una noche con final feliz.

Aquello le brindaba cierta paz, sin embargo, Hao no dejaba de intentar atar cabos. ¿A dónde se habían ido y por qué parecía que la brecha que los ponía en la categoría de "conocidos que no se quieren conocer" ahora se percibía inexistente? El mayor de los hermanos pudo notarlo con una simple mirada: Yoh lucía más relajado al lado de la rubia y Anna ya no parecía tener ira contenida. Si antes era capaz de notar sus ganas por darle una paliza, esas ya no estaban ahí. Se habían esfumado. ¡Eso era una clara alerta roja!

Lo peor de todo es que ninguno de los dos dijo algo que los delatara. Cuando abordó a Yoh a través de mensajes de texto, el ingrato mencionó (después de un elegante retraso de dos horas) que tras quedarse dormido en su salón y no hallar transporte a casa, decidió pasar la noche en casa de Manta y no pudo avisarle al tener el teléfono descargado. Eso sonaba bastante convincente y le creería de forma ciega, de no ser por la terrible coincidencia con Anna. A ella le preguntó de forma casual durante el almuerzo, luego de charlar sobre algunas tareas y del cómo se sentía siendo la alumna nueva. Fue discreto y precavido, sin embargo, toda la información que obtuvo fue que la secretaria de asuntos escolares la retuvo con papeleo y que, como salió tan tarde, creyó que era más conveniente pagar la noche en un hotel. También sonaba convincente, especialmente si provenía de una chica tan responsable y educada como Anna.

—¡Pero algo no cuadra! —Sentado sobre su asiento, Hao llevó sus manos a su cabello y masajeó su cabeza.

—¿Qué es lo que no cuadra?

Ah, le habían escuchado. Era su culpa por pensar en voz alta pero afortunadamente el receptor de su queja era alguien de su total agrado. Con una sonrisa bastante cortés, Lyserg Diethel terminaba de llegar al aula con su cabello bien peinado y su uniforme perfectamente planchado y limpio. Tanta pulcritud y atención hacia su imagen personal le daba puntos extras con sus profesores, además de uno que otro suspiro de sus compañeras de grupo, pero nada de eso representaba una amenaza para el mayor de los Asakura. Lyserg era un príncipe inglés, pero Hao era un rey que no tenía problemas con compartir su reinado siempre que sus intereses estuvieran diferenciados.

—¿No me dirás? Tal vez pueda ayudarte. —Insistió con amabilidad mientras observaba el rostro de su mejor amigo. No necesitaba de un segundo vistazo para entender que no era de sus mejores días.

—Dudo que puedas —Espetó entonces Hao, relajándose y sonriendo de forma arrogante—. Tiene que ver con mujeres y tú no sabes mucho de eso.

A pesar de la indirecta pasivo-agresiva, Lyserg no se inmutó. Estaba acostumbrado a su humor y sabía cómo defenderse.

—¿El "Gran Hao" con problemas de mujeres? Eso sí que es una sorpresa —Soltó una suave risa y para matar el tiempo comenzó a sacar su cuaderno y lapicera.

—No tengo problemas con mujeres —Respondió de mala gana, tallando su sien con la mano— Estoy intrigado por una, más bien.

—¿Y eso desde cuándo eso ha sido un problema?

—Que al parecer Yoh también está involucrado, Sherlock. Hay información que no me está diciendo.

Eso atrajo la atención de Diethel. En sus tres años de preparatoria no había coincidido con el hermano menor de Hao, pero si algo sabia gracias a su amistad con él, es que Yoh no era exactamente material de seductor irresistible. Era más bien torpe e ingenuo cuando se trataba de hablar con chicas, incluso si no eran bonitas. Que ahora él tuviese una conexión directa con la próxima amante de Hao era interesante.

—¿Crees que pueda sacarte ventaja?

Hao rio, incrédulo.

—¿Bromeas? Hablamos de mi hermano, simplemente hay algo que no cuadra y no me gusta nada, pero lo descubriré.

—Te creo —Extendió su mano para darle una palmada en el hombro en señal de apoyo—. ¿Estás buscando expandir tu récord?

—Digamos que estoy en la cumbre de mi récord, Lyserg, ¿entiendes eso?

—Supongo —¿Sinceramente? No lo comprendía del todo. Diethel no tenía un historial llamativo de novias, de hecho, su listado de citas se reducía a cero. Solo existía una joven que le robaba el corazón pero era tan prohibida que estaba más que resignado a no tenerla nunca. Así que no, Lyserg no entendía el ímpetu de su amigo por ser el máximo conquistador, pero intentaba ponerse en su lugar. No siempre le resultaba—. Debo decir que me sorprende, pensé que Marion sería la última.

Hao volvió a reír, esta vez de forma burlona. No le importaba que la rubia estuviera ubicada tres filas hacia la derecha, junto a Kanna y Matilda.

—Marion fue fantástica —Asintió mientras recordaba los tiempos compartidos con la rubia. La sonrisa se extendió conforme su mente volvía a visualizar sus curvas y muecas en la intimidad. Sin duda alguna, Phauna estaba en un puesto privilegiado pero…— Pero perdí en el interés cuando se volvió accesible.

—¿Y no crees que esto te cause problemas con ella? Recuerdo que no tomó muy bien la ruptura.

Aunque Lyserg sonreía, su gesto era más bien penoso. Bastaba con abrir su baúl de recuerdos y volver en el tiempo, exactamente tres semanas atrás. Fue un lunes en la mañana cuando Hao se dispuso a terminar su relación con Marion; no solo habían durado poco más de siete días, sino que también el rompimiento sucedió en plena entrada al instituto. El mayor de los Asakura le había esperado pacientemente y en cuanto la vio llegar, sin temor ni vergüenza de los ojos curiosos, le dijo que las cosas no funcionaban, que terminaban y que era definitivo.

Por supuesto, resultó un escándalo. Phauna no lo podía creer y a pesar de que las lágrimas se acumularon en sus bonitos ojos color esmeralda, ninguna recorrió sus mejillas. Se encargó de no agrandar tal humillación, pero vaya que las lenguas no demoraron ni media hora en divulgar un chisme de ese calibre. Hao Asakura volvía a ser el soltero codiciado, y Marion, ahogando sus propias emociones ante los señalamientos y susurros, expresó a sus amigas que era un error, que él se arrepentiría y le pediría volver.

No pasó, todavía no pasaba y seguramente no pasaría. No con Hao fijando su atención en la nueva estudiante y así como la noticia de la ruptura había viajado en tiempo récord, seguramente ella ya estaba al tanto de la nueva fijación de su exnovio.

—Para nada —Respondió el castaño, trayendo a Lyserg de vuelta al presente—. Lo nuestro terminó hace… ¿cuánto? ¿Tres meses?

—Tres semanas —Corrigió, de buen humor.

—Es lo mismo, ella no tendría que meterse en mis asuntos —Para ese momento la puerta se abrió y el profesor de Biología entró al aula. Con ello el resto de los alumnos ocuparon sus asientos y sacaron sus libretas y bolígrafos—. Y en caso de que lo hiciera —Agregó en voz baja, mientras ajustaba su coleta—, sé cómo mantenerla callada.

Porque un booty-call siempre funcionaba con chicas como Marion Phauna.


—No entiendo por qué tienes que venir conmigo.

Ren sonaba bastante irritado pero sus motivos estaban más que justificados. La clase comenzaría en menos de 10 minutos y estaban al otro lado del campus, afuera del salón de Jeanne Maiden. A su lado, con una sonrisa socarrona, se hallaba Horo Horo con cero intensiones de marcharse. Bajo la excusa de querer conocer a su novia, había acompañado al chino hasta el salón que correspondía a la clase del grupo B, no obstante, la susodicha todavía no se encontraba en el aula.

—Ya te lo dije —Comentó Usui, dándole una efusiva palmada en la espalda a su amigo—. Es tiempo de que nos presentes a tu novia, además, podría tener a alguna amiga guapa.

¡Lo sabía! Horokeu no estaba ahí para entablar lazos con su novia, sino que quería aprovechar el viaje para tener un acercamiento con las chicas del grupo vecino. Qué tramposo. De cualquier forma, no era como si Ren Tao accediera a quedar en ridículo ante la desesperación romántica de uno de sus mejores amigos. Accedería a presentarle formalmente a Jeanne, ¿pero dejarle pedir nombres, teléfonos y referencias? Ni loco.

—¿Qué te hace pensar que querrían salir contigo?

Con tal comentario, acompañado de una sonrisa cínica, Horo Horo se congeló en su sitio y recordó todos los rechazos que había experimentado en su corta vida, incluido el intento de saludo con Matilda Matisse en primer año.

—¡Ah, pues, los impresionaré con mi apariencia!

Ren rio y negó con la cabeza. Estuvo con responderle aún más mordaz, sin embargo, justo al final del pasillo aparecía la delicada figura de su novia. Caminaba grácilmente, con su larga cabellera dejando un sutil aroma a fresia. A su lado caminaba Tamiko Kurobe quien no era tan llamativa como la francesa, pero nadie podría negar que era linda.

Excepto, tal vez, Horo Horo. Tamiko abrió los ojos en sorpresa al ver a su secreto enamorado en la puerta de su aula en turno, no obstante, él ni siquiera mostró una reacción diferente a la que ya tenía. Aun así, con nerviosismo le dio un golpecito a Jeanne con el codo, para indicarle que "ya sabía quién" estaba a menos de 30 metros de distancia.

Y luego a 20 metros.

Y luego a 10 metros.

Y luego…

—¡Ren! —Con infantil efusividad, Jeanne se lanzó a los brazos de su novio provocando que sus mejillas se sonrojaran repentinamente. Esa imagen fue todo un poema para Horokeu quien guardaría dicha escena en su mente para burlarse de él—. ¿Estabas esperándome?

Ren asintió, nervioso, pero tan orgulloso como él mismo que se esforzaba por mantener un gesto neutro.

—Quería confirmar si almorzaríamos juntos hoy —Pretendió sonar indiferente, pero vaya que la sangre le hervía al sentir sobre su persona la pícara mirada de su amigo.

—Por supuesto —Sonriente, abrazó su brazo y recargó su cabeza sobre el hombro ajeno— Aunque podías haberme mandado un mensaje.

Tal declaración solo elevó el calor de sus mejillas. Necesitaba recordarse encontrarse con su novia a solas, fuera de ojos chismosos que pudieran presenciar las reacciones que una chica como ella podían darle. Suspirando con cansancio, Tao posó su mano sobre su cabeza y disfrutó la sedosidad de su cabello al tacto, mientras tanto, Tamiko fingía aclararse la garganta para llamar la atención.

O más bien, pedir apoyo a su amiga.

—Oh, ¡cierto! —Separándose de su novio, Jeanne tomó de la mano a Damuko y la acercó aún más con los chicos—. ¿Ya conocían a Tamiko? Casi siempre está conmigo y Pilika.

Ren fue el primero en corresponder a la presentación, de forma seria y bastante política, mientras que Horo Horo tardó unos cuantos segundos porque luego de la demostración melosa de cariño, sus ojos habían viajado al interior del salón en búsqueda de una chica linda. Damuko le veía con tanta ilusión pero en esos instantes ella era invisible para él.

—¡Es un gusto! Supongo que desde ahora seremos todos amigos —Pero fingió que la indiferencia del chico no le afectaba. Tao, que había descubierto la distracción de Horo Horo, le jaló del brazo y volvió a suspirar.

—¡Ah, sí, hola! —Dijo de manera atropellada sin entender bien el contexto de la charla.

Esa fue la primera vez, en sus tres años escolares, que Horokeu Usui observaba a Tamiko Kurobe. No obstante, y para desgracia de la joven, ella le parecía bastante común y sin nada que destacara de su apariencia. Su cabello era negro, a los hombros, y el suéter over size que usaba no la favorecía en nada. Lo único bonito eran sus expresivos ojos azules que brillaban más de la cuenta por algún raro y desconocido motivo, pero al final de cuentas, era promedio. Justo como el 90% del resto de las chicas.

—¿Tú eres Horo Horo? — Sonó nerviosa y se preguntó a sí misma si su entusiasmo era muy evidente.

—Eh, sí.

En medio de esa presentación ligeramente incómoda, el chino se alejó un par de metros y le indicó a Jeanne que se acercara a él. Una vez alejados de los otros dos, Ren se inclinó hacia la francesa y susurró con discreción:

—¿Has descubierto algo?

Ella negó.

—Tamao hará su primer acercamiento hoy.


La noche era bastante fresca pero se encargó de llevar una manta extra por si acaso. Resultó gracioso cómo intentó guardarla en su mochila de viaje y luego verle escapar a plena mitad de la noche, en espera de que Kino no lo descubriera. Al final, la misión fue un éxito y estaba ahí. Con ella.

Yoh sonreía ampliamente con los ojos puestos en el amplio cielo lleno de estrellas. La manta descansaba sobre los hombros de ambos, provocando con ello una cercanía forzada que resultaba agradable. Mágica. Pero ella seguía callada y las facciones de su rostro denotaban inseguridad. Él no quería presionarla con preguntas o comentarios, así que se dedicó a observar las constelaciones, soltar alguna oración acorde y señalar con su dedo apenas encontró una estrella fugaz.

¡Pide un deseo!

El castaño cerró los ojos, sonrió ampliamente y pidió el suyo: "quiero protegerla de todo". Después abrió los ojos y la observó con ilusión, sin embargo, se encontró una vez más con el conflicto, la inseguridad y la incertidumbre reflejándose en sus bonitos ojos color miel.

¿Estás preguntándote si fue buena idea venir? —Cuestionó con amabilidad, en un susurro tranquilo acompañado de una mirada comprensiva. Yoh entendía que ella había dado un enorme paso y, de hecho, era casi un milagro tenerla ahí, a su lado, en esa noche. Sabía que no podía reprocharle ni mucho menos juzgarle.

No fue buena idea venir.

Ella bajó los ojos y abrazó sus rodillas. Percibía el arrepentimiento en su voz y de ser más valiente, o quizá más tonto, se hubiese animado a pasar su brazo por encima de sus hombros, no obstante, todo lo que pudo hacer fue volver a mirar el cielo. La luna brillaba mucho.

Pero viniste porque querías hacerlo —Continuó hablando suave y pudo notar por el rabillo del ojo que ella asentía lentamente—. No te preocupes, todo saldrá bien, te llevaré de regreso a casa antes del amanecer. No sabrá nada.

No supo si eso la tranquilizó o si acrecentó su propia tensión, pero si algo esperaba es que al menos disfrutara un poco de la velada. Si esa noche lograba sacarle una sonrisa, aunque fuese mínima, él estaría dado por satisfecho. Entonces sintió un suave movimiento sobre su espalda, como si le empujaran levemente y luego reanudaran la acción. No era ella puesto que seguía a su lado, distraída con las estrellas. Yoh quiso no darle importancia hasta que el movimiento fue más constante y más fuerte.

Frunció, cerró los ojos con fuerza intentando contenerse y…

—… y estos serán todos los temas que vendrán en el examen de la siguiente semana, ¿alguna duda?

… y ya no estaba viendo las estrellas durante la madrugada con ella, sino que estaba en plena clase de Física y la mano que lo empujaba desde atrás era la de Anna Kyoyama. No era un movimiento brusco y tampoco daba la impresión que quería hacerle caer de su asiento o hacerlo enojar, ¡todo lo contrario! Parecía que ella quería ayudarle a despertarse antes de que el profesor notara que estaba durmiendo en clase. Por enésima vez en la semana.

Se enderezó, fingió tomar apuntes y Anna dejó de tocar su espalda. El roce de sus manos contra su cuerpo fue una extraña sensación que por algún motivo le era familiar, pero no quiso ahondar demasiado en sus paranoias. Después de todo, no la conocía… aunque había prometido hacer el esfuerzo por recordar, o cuando menos, conocerla de cero.

El gran problema es que habían transcurrido tres días desde dicho acercamiento y nada ocurría. No es que Anna fuese difícil o mantuviera la barrera defensiva, sino que, más bien, Yoh no tenía idea de cómo comenzar. ¿Cómo conocería a una chica cuando sus habilidades sociales se cerraban hacia sus amigos, su hermano y sus padres? No quería decirlo en voz alta pero estaba intimidado y cada vez que tenía la intención de hablar con ella, las palabras simplemente no salían y se sentía nervioso. Era una prueba a la que nunca se había enfrentado, y sin embargo, muy internamente comprendía que esa falta de acción podía repercutir.

La campana sonó e Yoh soltó un suspiro al tiempo en que la figura de Anna pasaba a su lado. Seguramente iría a reunirse con su hermano para almorzar y eso también complicaba sus planes. Era difícil iniciar un acercamiento en casa dado que, de una semana a otra, Hao había decidido ser más hogareño y mantenerse cerca. El camino hacia el instituto tampoco era privado; el Asakura mayor dejó de marcharse por su cuenta y animosamente caminaba con ellos a pesar de que mantenían horarios distintos, ¿y qué decir del momento de regresar? La situación no era muy diferente, Hao siempre encontraba el modo de unirse. Y no es que Yoh detestara convivir con su hermano porque bajo otro panorama esa súbita integración sería genial, era solo que eliminaba cualquier oportunidad de estar solo con Anna.

Básicamente, sus propias clases, el fugaz cambio de aula y uno que otro encuentro rápido en los pasillos de la escuela, eran los únicos momentos donde Yoh podía acceder libremente a ella. Y no lo aprovechaba porque no tenía idea de cómo hacerlo.

—Luces pensativo.

La voz de Manta atrajo de atención y ese fue el momento donde descubrió que eran los últimos en el salón.

—¿Todo bien, Yoh? —Con una sonrisa preocupada, el rubio trató de leer el rostro de su amigo pero no tuvo buenos resultados. Asakura forzó una risa y negó con la cabeza, ¿cómo podría confesar que de un momento a otro tenía problemas sobre chicas?

—Es que no dormí bien.

—Tú nunca duermes bien —Horo Horo le dio un golpe en la cabeza— ¿Es que tienes mucha vida nocturna o qué?

—Déjalo —Intervino Tao, dirigiéndose hacia la salida—. Yoh está en su derecho de guardarse para sí mismo si tiene una doble vida luego de las 22:00.

—¡Pero no tengo…!

—No me importa, los veo luego.

—¡Cierto, cierto! ¡Tienes ooootra cita! ¡Cuidado con esas manos! —La voz burlona de Horokeu causó eco en el salón y Ren, como últimamente hacía, contuvo su enojo, ignoró su sonrojo y salió marchó al encuentro con Jeanne lo antes posible.

Al menos uno del grupo de amigos sabía cómo relacionarse con una mujer.


Él era atento, sonreía con galantería y buscaba complacerla en todo momento. Llevaba su bandeja de comida y era habitual encontrar ahí un empaque de jugo de manzana, suponía que era su bebida favorita. Le acercaba la silla, le ayudaba a levantarse y podía jurar que el tono de voz que le dedicaba era inclusive aún más suave. Seductora. Se trataba de un coqueteo imposible de negar y del cual toda la escuela ya era testigo.

Ella era poco expresiva, reservada y no parecía impresionada con las atenciones del castaño. Asentía, sus labios murmuraban un par de oraciones y se dedicaba a su almuerzo. Aceptaba el juego de manzana con agrado, sin embargo, la distancia que mantenía de él era evidente. No quería acórtala demasiado, parecía cordial, política. No lo entendía. Era el centro de atención del chico más deseado de todo el campus y no cedía a su encanto.

¿Por qué? No era como si quisiera verlos juntos pero no lograba comprender la lógica de esos eventos. No existía, ¿por qué se resistía? ¿Y por qué él insistía tanto?

Sentía enojo.

No, más que enojo, era rabia cada vez que Hao Asakura miraba de esa manera a Anna Kyoyama. Era la mirada que le había dedicado tiempo atrás cuando era ella su único interés. Era la mirada que le dedicó antes de su primer beso y era la mirada con la que pasaron a ser más que inocentes novios.

No quería verlos. Detestaba hacerlo. Quería arrebatarles ese jugo de manzana y verterlo sobre la cabellera no tan rubia de la estudiante nueva. Quería decirle a Hao que era un intento patético de reemplazarla y quería decirle a Anna que él solo jugaría con ella, que perdía su tiempo y que mejor se largara.

Aun así, tales pensamientos se quedaban resguardados en su mente. Acumulándolos tan celosamente que era imposible adivinar que detrás de ese bonito rostro de muñeca se contenía una tormenta. Hacía el esfuerzo lo mejor que podía, no deseaba terminar en la oficina del director y condenar su tiempo libre a castigos aburridos, sin embargo, verlos cruzar el jardín la alteró por completo. Cambiaban la rutina; ya no era la cafetería, era anunciar por la escuela entera que estaban siendo cercanos.

Y Anna aún llevaba en la mano ese maldito jugo de manzana.

—Mari.

¿Por qué manzana? ¿Importaba? No, no importaba. Aunque la realidad le gritaba que sí, sí importaba e importaba muchísimo porque cuando Hao era su novio jamás le llevó nada durante sus almuerzos. Ni siquiera una goma de mascar de su sabor favorito.

—¿Mari?

Es más, ni siquiera pasaban juntos cada almuerzo. En su casi mes de noviazgo, Hao solía contactarla por SMS para decirle que comería con sus amigos pero que podrían verse de regreso a casa. Eso lo cumplía, con un peligroso desvío hacia su habitación. ¿Ya se habría acostado con ella?

—¿Marion?

Imposible. No estaría pegado a ella como chicle, ése no era su modus operandi. Él lograba el objetivo y desaparecía, se lo sabía por completo porque estuvo enterada de los rumores antes de caer bajo sus encantos varoniles. La diferencia fue que le pidió noviazgo; eso la puso en una jerarquía mucho mayor al resto de las chicas y pensó que había logrado atrapar su corazón. Qué equivocada estuvo.

—¡MARION!

La voz molesta de Kanna rompió su abstracción y se vio obligada a deshacer el contacto visual con la pareja, misma que se había acomodado en una banca debajo de un árbol. No estaba contenta y era evidente al juzgar por su mueca, sin embargo, no dijo nada. Caminó hasta el resto del grupo, sujetó sus pompones y se alineó donde debería ir.

—¿Qué diablos te pasa, Marion? —Agregó la mayor, cruzándose de brazos.

—Nada.

—No te creo —Kanna se acercó lo suficiente para examinar su rostro pero Marion se mantuvo firme. No dijo nada por mucho que las esmeraldas de sus ojos contuvieran desagrado absoluto—. Si hay algo que te impida concentrarte en la práctica de hoy, mejor tómate el día.

—Tonterías —Bufó, apretando el agarre a sus pompones—. Mari está lista.

Bismarch rodó los ojos, susurró un "como sea" y regresó a su posición en el grupo de porristas. Siendo la líder le correspondía ubicarse en el centro y hasta delante de todas las filas. Era bastante admirada a pesar de no tener una personalidad encantadora, de hecho, era esa actitud de chica mala la que en conjunto con su aparente indiferencia le brindaba un aire seductor que no pasaba desapercibido. Se rumoraba que inclusive Ryu Umemiya cayó cautivado ante su fortaleza y dominancia, sin embargo, lo que elevaba su reputación era su serio compromiso con el equipo de animadoras.

Era su último año en preparatoria y quería dejar un legado que ninguna otra capitana pudiese superar.

Ese legado corría peligro si Marion Phauna no se enfocaba en el momento.

—Empezaremos con la rutina A-15, la hemos practicado las últimas dos semanas, no quiero errores.

Las chicas afirmaron al unísono y Kanna comenzó la cuenta regresiva de siempre: tres, dos, uno. Pompones comenzaron a agitarse al compás de la porra que las chicas cantaban con gran coordinación vocal y que se acompañaba de la ocasional unión de sus palmas. Cada uno de sus movimientos estaba perfectamente alineado al de su compañera cercana, y en conjunto lograban recrear una tabla rítmica enérgica y femenina, pero que conservaba elegancia. Era como ver el baile de un cisne y Kanna estaba orgullosa de su creación, especialmente del toque final: una pirámide de tres pisos a la cual la animadora elegida debería llegar con un gran salto.

Esa animadora era Marion.

Y no estaba nerviosa, habían practicado la acrobacia infinidad de veces y justo como decía su líder, no tendría que haber errores. Sabía qué tenía qué hacer, en qué momento y bajo qué serie de movimientos. La italiana tenía memorizado que debía posicionarse al final mientras las demás recreaban la pirámide, luego debería acomodarse para realizar una vuelta de carro, girar tres veces y completar el recorrido dando un salto que la catapultaría hasta la espalda de Mattilda, justo en la cima de la montaña humana.

¡Lo sabía, era tan exacto que no había pierde! Además, tenía la gran ventaja de ser ligera y de complexión menuda.

Pero cometió un desliz que estuvo fuera de sus capacidades como porrista. Justo cuando se impulsó para dar la vuelta de carro, su exnovio apareció en su campo de visión paseando con Anna Kyoyama. Tuvo al par apenas a unos 10 metros de distancia; lo suficientemente lejos para evitar que interfieran con la práctica, pero demasiado cerca como para presenciar la expresión del Asakura viendo a Anna. Estaba fascinado por ella. No había duda.

No la había.

La turbación de Marion condenó el final de la rutina de Kanna al ser incapaz de saltar a tiempo, mucho menos de detenerse para impedir el impacto contra sus compañeras y causar el derrumbe de la agrupación. Las chicas cayeron una encima de la otra y la que se llevó el peor golpe fue la propia Phauna. Con un fuerte quejido evidenció salir lesionada, ¿y cómo no? Si terminó por soportar el peso de cuatro de sus compañeras encima de su pierna.

—¡Marion!

Kanna, como buena líder, fue la primera en gritar su nombre y en acercarse con rapidez. Ayudó a levantar a las afectadas y luego se hincó al lado de la menor para ver el área afectada. No era una fractura; no había señal de un hueso fuera de lugar, pero al juzgar por la hinchazón, el enrojecimiento y la mueca de dolor en Marion, podía tratarse de una lesión importante.

—¡No toques! —Exclamó tras ver que su líder pretendía tocar su tobillo.

—¡Pero tengo que revisar!

—¡No, no me toques! —Marion intentó alejarse pero al querer hacerlo sintió una fuerte punzada que recorrió toda su extremidad. Chilló y maldijo internamente a todo mundo. Al equipo, a la práctica, a Kanna que no dejaba de tocar su pierna, a Anna Kyoyama y al estúpido de Hao Asakura que muy sinvergüenza se había quedado parado, observando su humillación.

—Tenemos que llevarla a la enfermería —Anunció la mayor al resto del equipo. Todas parecían preocupadas por Marion.

—Alertaré a la enfermera —Dijo Matti para luego salir corriendo hacia el edificio.

Mientras Kanna daba indicaciones en torno al resto de la práctica y sobre quienes irían con Marion a la enfermería, no pudo evitar que un muy específico pensamiento apareciera en su cabeza: si Phauna obtenía una incapacidad iba a necesitar conseguir un reemplazo antes del último partido. Y rápido.


—Ahm…

Estaba tan nerviosa que el corazón golpeaba su pecho a mil por hora, y sin embargo, ahí estaba Tamao Tamamura acompañada de un temblor discreto en los labios, manos sudorosas y con un caos mental relacionado a la misión que le habían encomendado. ¿Cómo se había metido en algo cómo eso? Recordaba haberse negando efusivamente tras la propuesta de Jeanne, pero era débil y terminó por decirle que sí a los ojos de cachorro que la francesa le había dedicado. ¿Qué se le iba a hacer? Ella era una de sus mejores amigas y a un nivel mucho más personal, Tamao tenía problemas con saber decir que no.

De cualquier forma, detestaba la idea de ser quien debiera ofrecer una mano amiga; no porque fuese poco amigable o sus aspiraciones sociales apuntaran más al aislamiento, sino porque la rubia que estaba ubicada a un par de metros de distancia era intimidante. No olvidaba la manera en que Yoh se vio condicionado a su actitud, a sus palabras y a su mirada. Era como un preso con una invisible cadena que lo amarraba a Kyoyama.

No lograba entender por qué él se dejaba o por qué no expresaba ni una sola queja, y quizá, muy inconscientemente, había aceptado la misión para descubrir ese motivo. Para saber qué figuraba Anna en la vida de Yoh, el chico que tanto adoraba. Claro que todo sería más fácil si fuese una chica más segura, con mayor autoestima y menos timidez.

—Ahm, yo…

Y también, con un tono de voz más alto.

—¿S-señorita Anna? —Preguntó sonoramente, cerrando los ojos a causa de su vergüenza. Funcionó, Anna interrumpió su búsqueda en el librero para ladear la vista hacia ella.

—¿Sí? —Rápidamente arqueó la ceja al notar que la chica se moría de los nervios, y más que eso, era evidente que estaba en una intensa lucha interna por no salir corriendo—. ¿Te encuentras bien?

—¡S-si, estoy perfectamente! —En realidad no lo estaba, pero eran detalles que no diría en voz alta. Abrió los ojos y avanzó con torpeza hacia la rubia hasta quedar a una respetuosa distancia de un metro. Ahora recordaba que estaban en la biblioteca y debía mantener un volumen apropiado—. Y-yo… lamento mucho molestarla, es que…

—¿Tamao Tamamura, cierto? —La interrumpió y eso la alertó, provocándole un saltito. Conocía su nombre—. No es necesario que me hables de usted, tenemos la misma edad —Con gesto indiferente, Anna regresó la mirada hacia los tomos que yacían frente a ella. Buscaba uno en especial.

—¡Lo siento, lo siento! —Comenzó a alternar su peso entre un pie y otro, dando como resultado un bailecito ansioso—. Y-yo… q-quería invitarte a unirte conmigo. Con mis amigas, e-e decir, Dios mío…

Anna notó que Tamao parecía tener problemas con sus propias palabras. Suspiró, sacó un libro del estante y tras verificar rápidamente su título, regresó la vista hacia la pelirrosa.

—No te molestes, Tamao.

—¿Eh? —Eso no estaba en el guion mental que había preparado para prevenirse de todas las posibles respuestas—. No-no, es que, sé que eres nueva y siempre te veo sola… e-entonces pensé que sería agradable invitarte a mi grupo de amigas, no son demasiadas pero… son buenas chicas —Tragó pesado, sobre todo cuando la rubia dio un paso hacia ella—. ¡P-podríamos enseñarte la escuela! Y también puedes comer con nosotras en la cafetería…

—Te lo agradezco —Anna comenzó a caminar en su dirección, pasando al lado de Tamamura. Hombro con hombro, apenas en un roce—, pero no estoy interesada. Es un lindo gesto, pero sin ánimos de ofender, estoy bien sola.

Por supuesto, porque Anna no estaba en ese instituto para formar amistades ni mucho menos por auténtico interés en el plan educativo. No le importaba quedarse sola el resto del año escolar ni tampoco hacer los proyectos finales por su cuenta. Estaba acostumbrada y su perfeccionismo también le hacía razonar que si buscaba la excelencia, ella misma tendría que hacerlo.

No quería amigas.

No quería relacionarse de más.

No quería crear recuerdos con más personas de las estrictamente necesarias porque, si nada salía bien al final, el marcharse de Tokio tendría un sentimiento demasiado amargo. Y no lo quería. Era complicarse de a gratis.

Kyoyama siguió su camino hasta el final del pasillo y Tamao se quedó estática, congelada ante un rechazo que sin duda no había esperado. En sus ejercicios de imaginación y preparación mental, creyó que Anna aceptaría porque aún poseía la vulnerabilidad de ser la chica nueva y la integración en un grupo era vital. O eso le había dicho Jeanne. Ahora estaba ahí, en medio del solitario pasillo con un plan no consolidado y sin la valentía para regresar y decir que había fracasado en su misión.

La tarea de integrar a Anna en su círculo requería un plan B.


Manta quedó descartado casi en automático. No es que lo menospreciara pero sabía cuán enfocado estaba en sus estudios como para saber algo del tema, además, nunca le había visto en compañía de una chica que no fuera Mannoko o la hermana de Horo Horo. Era simple y no necesitaba ser un genio para llegar a una conclusión: Oyamada quedaba fuera de la ecuación en la resolución de su problema.

Después pensó en Horokeu, sin embargo, la respuesta fue muy parecida a la de su mejor amigo rubio. Tal vez Usui no fuese el más aplicado en sus estudios académicos pero tampoco era un galán de telenovela que dejara sin habla a la chica que quisiera. De hecho, sus planes de conquista solían acabar mal y él terminaba deprimiéndose por no lograr conseguir una novia.

Luego pensó en su hermano. Hao era popular con la población femenina y solía verle por los pasillos con diferentes chicas, si a ello se sumaba que a veces llevaba compañía a casa, había evidencia suficiente para saber que él era el más indicado para ayudarle. El problema era que Hao también estaba enfocado en la misma chica y dudaba fuese a soltarle información sin conocer su identidad. Apenas supiera que se trataba de Anna, cerraría toda posibilidad.

Eso lo llevó a su última opción: Ren. Tao no era el chico más abierto del grupo pero tenía una gran ventaja al ser el único que de forma oficial tenía una novia. Y no cualquiera, sino una novia tan delicada y femenina como Jeanne Maiden. Él debía saber cosas o cuando menos tener algún truco bajo la manga para entablar una conversación casual bajo cualquier situación, así que estaba decidido. Era él el elegido. ¿Qué podía ser lo peor? ¿Qué se negara a hablar los detalles sobre cómo le habló por primera vez a Jeanne? ¿Qué se sonrojara y se enojara? ¿Qué le gritara y lo dejara abandonado como el chico explosivo que es?

Fuese como fuese, tenía que internarlo. No podía perder más tiempo.

Asakura eligió el trayecto a la última clase como el momento ideal para hacer su pregunta, aprovechando que Anna había sido la primera en ir hacia allá y que Horo Horo y Manta se habían desviado del camino para hacerle unas cuantas preguntas al profesor de la anterior materia. Estaría a solas con Ren hasta llegar al aula.

Se sintió nervioso, ¿cómo podía decirlo sin sonar extraño? Hasta el propio Yoh comprendía que necesitar repentinamente consejos de ese estilo era inusual, sobre todo porque en toda su vida de preparatoriana nunca tuvo ese interés. Solo fluía dejándose llevar día a día, sobreviviendo a las clases y pasando divertidos momentos con sus amigos, ¿pero mujeres? Ni siquiera se inmutaba cuando Tamao le llevaba el almuerzo ni tampoco cuando supo que podía llevar una cita al baile escolar de fin de cursos.

—Si vas a decirme algo, solo hazlo —Ren se le adelantó soltando tal oración de muy mala gana— Llevas mirándome desde que salimos de clase, es obvio que tienes algo que decir. Hazlo rápido.

El chino podía ser intuitivo pero también bastante directo. Muchos lo podrían considerar grosero y en exceso arrogante, sin embargo, el castaño no se impresionaba ante él. A decir verdad, le dejaba una sensación cálida que Ren lo conociera tan bien como para saber qué quería decirle algo. Por otro lado, se veía obligado a hablar y eso aumentaba su tensión.

—Ya que lo dices así —Intentó sonar casual, mantuvo la sonrisa relajada y llevó una mano hacia su nuca para rascarse—. En realidad, estaba preguntándome si podrías contarme sobre tus inicios con Maiden.

Ren se detuvo en seco y aunque no miraba a Yoh, cualquiera que le conociera lo suficiente podría afirmar que un rubor había aparecido en sus blancas mejillas. Eso era bastante divertido de ver en alguien como él, sobre todo porque Tao pretendía mantener a raya sus emociones. Buscaba ser reservado sobre qué sentía pero su cuerpo decidía manifestarlo en momentos poco apropiados.

—¿Para qué quieres saber eso? —La tensión muscular en Ren se hizo más evidente.

—Ah, bueno… —Yoh, en contraparte, aumentó la velocidad al rascarse la nuca—. Eres un gran amigo y creí que sería importante saberlo —No era del todo mentira, pero no representaba el motivo real.

—Hay cosas que prefiero mantener en privado.

—Vamos, Ren, no puede ser tan malo —Le animó—. Todos nos sorprendimos cuando te vimos con Maiden y estoy seguro que si yo, o Manta, o Horo Horo, hubiésemos conseguido una cita lo habríamos mencionado, al menos para darnos ánimos.

Tao miró al castaño por primera vez en esa secuencia de eventos. Su rubor había descendido y eso era un alivio, no obstante, su mirada expresaba duda y desconfianza ante la insistencia del Asakura. Comprendía que haber ocultado a Jeanne por varias semanas no era algo muy honesto de su parte, y claro, en definitiva no dudaba que sus amigos habrían anunciado un suceso tan importante como una cita. Sin embargo, los motivos de Ren estaban más que justificados: Yoh era un vago, Manta un ratón de biblioteca y Horokeu un pervertido. Ni de broma habría considerado presentarlos de buenas primeras ante una chica tan educada como Jeanne Maiden, no cuando buscaba dar una buena impresión y ser tomado en serio como el mejor de los prospectos.

—Que quede entre tú y yo, Yoh —Anunció por fin, cediendo.

—¡Por supuesto!

Yoh sonó más entusiasmado de lo normal, o mejor dicho, más de lo que un chico esperaría ante la víspera de la historia de cómo cortejó a su actual pareja. Aun así, Ren no quería entrar en detalles ni cuestionar el porqué de su insistente curiosidad, ya de por si era vergonzoso y extraño tener ese tipo de charlas siendo varones.

—Pues bien —Reanudando su andar, el chino comenzó su anécdota como quien no quiere la cosa. No miró a su amigo, simplemente supuso que Yoh estaría a su lado caminando—. Todo comenzó a finales del segundo grado. Jeanne y yo compartimos el club de… Poesía.

¿Ren hacía poemas? ¡Eso era nuevo!

Yoh pudo percibir que su mejor amigo estaba avergonzado ya que había hecho una incómoda pausa. Sus hombros nuevamente lucían retraídos y podía jurar que su respiración se había vuelto lenta, como si se obligase a sí mismo a calmarse. Confesar aquello estaba siendo un gran esfuerzo para Ren Tao e Yoh valoraba mucho que estuviese abriéndose ante él a pesar de sus propios conflictos internos.

—No me fije en ella hasta ese momento —Continuó—, es decir, sí, la había visto. Jeanne siempre me pareció una chica muy bonita, de las más sobresalientes del instituto tanto por belleza como por intelecto, pero no fue hasta que escuché su poesía cuando la vi de verdad. Fue cuando me di cuenta que Jeanne era más que un rostro bonito. A partir de eso comencé a verla, a notar varios de sus hábitos. A descubrir cómo actuaba, quién era ella. Sin que pudiera evitarlo, me vi… ehm…

El castaño abrió más los ojos, expectante ante la historia de Ren. No lo había notado pero se encontraba bastante atento al relato, jamás habría imaginado al pelinegro formando parte del club de Poesía ni mucho menos que la flecha de Cupido hubiese dado en el blanco en forma de verso. Era curioso, e inesperado, pero eran matices que gustaba descubrir en sus amigos. Ren podía verse rudo e indiferente en su exterior, sin embargo, su corazón era sensible. Yoh comenzaba a ver que se complementaba con Maiden.

—¿Te viste…?

Ren suspiró, cansado.

—Me vi escribiéndole una carta.

—¿Una carta?

—¡Sí, Yoh, una carta! —Ren comenzaba a perder la paciencia—. Una carta donde le expresaba querer conocerla porque estaba interesado en ella, ¿de acuerdo? Tardó en responderla una semana, pero me dijo que sí y a partir de ese momento comenzamos a vernos luego de clases, al terminar el club. Ninguno de ustedes supo porque nunca se quedan tan tarde, a excepción de Manta.

—¿Y Manta nunca los vio?

—Para nada, nunca nos lo encontramos por el instituto. No me sorprende de cualquier manera, suele encerrarse en la biblioteca para estudiar.

Eso era cierto.

—Vaya… gracias, Ren —Dijo Yoh, apreciando el gesto de sinceridad. Para ese momento ambos chicos llegaban al aula y el tiempo para charlar se terminaba. La campana ya había sonado y a la distancia se visualizaba al profesor en turno. En menos de un par de minutos comenzaría la clase—. No te preocupes, no lo comentaré con los demás —Apoyó su mano sobre el hombro de Tao, en clara señal de apoyo—. Espero que tú y Maiden puedan estar juntos mucho tiempo.

Las mejillas de Ren volvieron a colorearse, no obstante, Yoh no fue capaz de presenciarlo. Había comenzado a adentrarse al salón para buscar su asiento, encontrándose con la figura de Anna en el proceso. Ella estaba sentada junto a la ventana y con la vista fija en un libro. Estaba leyendo; no sabría decir si era lectura personal o si se debía a alguna tarea, pero verla tan concentrada en su lectura era una imagen bastante bonita. Los rayos de sol destacaban aún más su cabellera rubia y enfatizaban su tez blanca. Era como ver un ángel.

Pensó en el relato de Ren: una carta. Dejando de lado que tampoco esperó que fuese el tipo de chico que escribiría una carta para confesarse a una chica, Yoh no estaba seguro sobre si esa táctica le serviría por igual. Punto a) él ya hablaba con Anna, o lo intentaba; punto b) él no estaba enamorado de Anna, ¿una carta sería entonces lo más sensato?; punto c) ¿qué le diría en esa carta? Un "Hola, Anna, perdóname por no hablarte en estos días, podemos comenzar a hacerlo por papel".

No, no, no. No podía hacer eso. Sería como retroceder cinco pasos tras haber avanzado tres. Con un suspiro cansado, Yoh terminó por avanzar hasta su asiento y enterró el rostro entre el pupitre y sus brazos. No pretendía dormir, pero vaya que se sentía frustrado. ¿Cómo podía ser tan difícil hablarle a una chica? No le ocurría con Tamao ni cuando cruzaba palabras con Pilika. Pero Anna no era ninguna de las dos y por algún motivo su mente se quedaba en blanco.

Con la llegada del profesor y el anuncio de abrir el libro de Geografía en la página 185, Asakura sacó su material y con ello una hoja de papel y un bolígrafo. No sabía por qué lo hacía estando tan seguro de que no resultaría y que era un plan carente de sentido, pero mientras la tiza resonaba en el pizarrón, él comenzó a escribir. Primero una oración que posteriormente borró, luego un par de palabras más que terminó tachando, y después terminó con un escrito de una cuartilla detallando su sentir respecto a Anna. El cuánto sentía no cumplir con una promesa tan básica, como conocerse más, pero también sus deseos por enmendarlo y cumplir con su palabra. Que se esforzaría a partir de ese día y que si quería, podrían ver vídeos musicales en casa si es que Hao no intervenía. Que conocía una heladería cerca del instituto donde vendían un delicioso helado de naranja. Que realmente deseaba saber quién era ella.

Al toque de la campana y con ello el anuncio del fin del día escolar, Yoh observó la hoja y tragó pesado. Estaba lista, pero ahora venía el verdadero reto: entregársela sin morir en el intento.


No le gustaba la idea pero no tenía opción.

Conforme caminaba por los pasillos escolares en su búsqueda, todavía podía replicar en su mente los gritos de Marion Phauna diciéndole que estaba loca, que su posición en el equipo de porristas era irremplazable y que en cuestión de un par de días estaría como nueva. Claro que la enfermera negó sus palabras e indicó que como mínimo necesitaría un mes de reposo absoluto, eso significaba cero prácticas y cero acrobacias. Necesitaría vendaje, revisiones semanales y de ser necesario, el apoyo de una muleta debido a la dislocación que había sufrido en su tobillo.

Kanna lo entendía perfecto, pero justo como había predicho, no tenía tiempo para esperar la recuperación de una porrista cuya ubicación en la rutina era clave. Necesitaba una sustituta en excelente condición física, de buena talla y buen atractivo. Y la necesitaba para ese mismo día.

—¿Tienes a alguien en mente? —Escuchó a Matilda con agitación en su voz, le había alcanzado tras salir a paso veloz.

Tampoco había aguantado los gritos frenéticos de Marion e inclusive sentía lástima por Asakura Hao, quien había sido obligado por Kanna a llevar a la rubia hasta la enfermería, y por supuesto, la única persona que involuntariamente se había quedado a hacerle compañía.

—No exactamente —Respondió malhumorada—. Si tienes alguna sugerencia, soy toda oídos.

Matti hizo un mohín.

—A ver… ¿Pilika Usui? Es linda y va en nuestro grado.

—Ni hablar —Dijo Kanna de inmediato—. Su hermano es un pervertido, no lo quiero husmeando en nuestras prácticas.

—Ah, es cierto —Hizo una mueca incómoda tras recordar el intento de saludo que había intentado dirigirle. Para muchos podría considerarse un evento gracioso pero para Matisse fue una escena patética—. ¿Y Tamiko Kurobe? Tiene la talla de Marion.

—No me convence —Se detuvo apenas llegaron al final del pasillo. Frente a ambas se ubicaba una amplia ventana que daba vista a los jardines donde varios grupos de estudiantes se encontraban sentados en diversos grupitos, entre ellos, el que correspondía a Pilika y Damuko—. Tiene la cara, pero es bastante promedio.

—Sí… —Coincidió Matti, observándola a la distancia. En definitiva la ropa over size no la favorecía en lo absoluto—. ¿Y… Tamamura?

—¿Bromeas? —Kanna tuvo que reprimir una sonora risa porque no podía creer lo que estaba escuchando—. Ella es aún más promedio que Kurobe, además, ni siquiera puede alzar la voz sin sufrir un colapso nervioso. Aún recuerdo que por su culpa el discurso de inicio de curso duró milenios, no dejaba de balbucear y de revisar sus notas —Bufó, volteándose para dejar posada su espalda contra la pared—, ¿y pretendes que Tamamura realice el salto de Marion? No quiero lidiar con una chica en coma.

Mattilda no pudo debatir al respecto y se sintió presionada puesto que se le acababan las opciones, sin embargo, las candidatas restantes que llegaban a su mente tampoco parecían pasar los filtros de Kanna Bismarch. Jeanne Maiden cumplía en belleza y en talla, pero era demasiado… "perfecta". Era más del tipo que sería presidenta de la clase y no una animadora que agitara pompones, realizara vueltas de carro y portara faldas por encima de la rodilla. El resto de las chicas de su curso no destacaban tanto, tenían complexiones más grandes o poseían uno que otro "detalle estético" que su líder no aprobaría. Era indispensable contar con cierto estándar de atractivo físico, eran porristas.

La pelinaranja hizo un gesto pensativo y llevó su dedo índice a su barbilla, enfatizando su ardua concentración. Kanna, en cambio, llevó su mano a su frente y la masajeó mientras internamente pedía a gritos un cigarrillo.

—Mhm….

—Mhm…

Ambas cerraron los ojos, fruncieron, suspiraron y volvieron a mirarse, rendidas. No había nadie más. No existía un posible reemplazo. La rutina sería un fracaso y pasarían a la historia como la peor generación de animadoras de todas las escuelas preparatorias de todo Tokio.

Entonces la vieron.

Apenas a metro y medio de distancia, caminaba con paso firme y confiado mientras que sus orbes color miel se mantenían fijos en el camino. No miraba al suelo y no bajaba la mirada si uno que otro ojo ajeno se atrevía a observarla. Tenía plena seguridad en sí misma y su figura tampoco estaba mal, de hecho, era parecida a la de Marion. Quizá unos cuántos centímetros más baja, pero su cintura era envidiable, sus piernas se percibían lisas y torneadas, y su rostro era fino, delicado, de rasgos extranjeros. Si no portase el uniforme escolar podría suponer que se trataba de una modelo visitando el instituto.

Kanna y Mattilda intercambiaron miradas y supieron aun sin palabras que tenían la misma idea.

—¿Qué me dices de la chica nueva?

Kanna asintió sin pensarlo, ella era perfecta. Tenía a su reemplazo.

—Andando.

Era el momento decisivo: ahora o nunca. No podía perder más tiempo y reclutarla lo más pronto posible era indispensable, especialmente antes de que Marion pudiera enterarse que a menos de media hora ya tenían a una candidata para desempeñar su papel. Peor sería para ella el saber que ese mismo reemplazo era la chica que odiaba tanto, pero esos eran detalles insignificantes. Al menos, para Kanna y Mattilda, quienes ni siquiera estaban al tanto de esa rivalidad unilateral.

—¡Hey! —Exclamó la mayor, llamando la atención de Anna Kyoyama—. Necesito hablar contigo.

Anna arqueó la ceja y se detuvo en medio del pasillo. Era la primera vez que observaba a ese par de chicas y por algún motivo sospechaba que lo que tenían para decirle no iba a gustarle en lo más mínimo.

—¿Ah, sí? ¿Sobre qué? —Quiso ser directa; las clases habían terminado y deseaba regresar a la residencia Asakura para adelantar algunas tareas.

—Quiero que seas parte de mi equipo —Dijo, correspondiendo a su forma de hablar libre de rodeos—. Soy Kanna Bismarch, líder del equipo de porristas, seguro me has visto o escuchado de mí.

La verdad era que no y tampoco era como si le importara saber quiénes pertenecían a la población popular escolar, pero no dijo nada. Le brindó el beneficio de la duda, reacomodó el tirante de su mochila sobre el hombro y le dedicó una mirada expectante. Kanna se inquietó al no recibir una respuesta entusiasta, así que siguió hablando.

—Cumples con todos los requisitos que busco en una animadora y necesito de tu talento para completar las presentaciones de los próximos partidos.

—Es una oportunidad increíble —Completó Matti poniendo emoción en su voz, en clara labor de convencimiento—. Y Kanna es grandiosa, sus rutinas son complejas y dejan a todos boquiabiertos.

—Te daríamos el uniforme —Que en realidad sería el de Marion; nimiedades—, y nos reuniríamos de 11:00am a 13:00pm todos los lunes, miércoles y viernes para practicar en las canchas deportivas. Las sesiones se enfocan en fuerza y resistencia pero dudo que sea un problema. Me parece que tienes buena condición física.

Anna se sintió sobre-examinada cuando la líder de las porristas miró su cuerpo de arriba a abajo. Estaba acostumbrada a ser vista por los varones y a lidiar con rechazos, comentarios pasados de tono e intentos sosos de coqueteo, pero nunca había sido juzgada de esa manera y mucho menos por una mujer. Estaba siendo evaluada para un puesto que no había solicitado y que le daba lo mismo.

—Y bueno, lo mejor es que seríamos tus amigas —Agregó nuevamente Matti con una sonrisa nerviosa.

Ah, ¿qué le había picado a la gente ese día? Era la segunda vez que le ofrecían integrarse a un grupo y sinceramente le parecía algo humillante más que benevolente. Era como si le tuviesen lástima por ser la estudiante nueva y Anna no necesitaba de la falsa modestia. Quería que la dejaran en paz, con sus cosas, con sus pensamientos y con su propia manera de hacer las cosas.

—Se los agradezco —Respondió al fin, provocando que los ojos de Kanna y Mattilda se abrirán de más; expectantes y seguros de la respuesta que tanto querían escuchar—, pero no estoy interesada en ser animadora.

Dando media vuelta, Kyoyama retomó su andar y giró hacia la derecha, hacia las primeras escaleras que aparecieron en el trayecto. Solo debía bajar dos pisos, salir del recinto y no saber nada de nadie más.

Pero no tenía tanta suerte.

—¡Oye, espera! —La voz de Kanna se escuchó más y más cerca, así como las pisadas de su súbdita pelinaranja—. ¿¡Te das cuenta de lo que estás rechazando!? ¡Más de la mitad de las chicas de esta escuela querrían ser una porrista y estar en mi equipo! ¡Y yo te lo ofrezco sin siquiera pedirte una prueba de aptitud!

—Supongo que me hace sentir halagada —Respondió Anna sin verlas, con voz reservada y una expresión neutra—, pero mi respuesta es la misma. No tengo ningún interés en agitar pompones.

—¡Pero necesitamos que estés en el equipo! —Chilló Matti.

—¿Porque su compañera se lastimó? —Inquirió, llegando al primer piso y continuando con su descenso hacia la planta baja.

El temple de Kyoyama tomaba por sorpresa a Kanna y Mattilda, especialmente porque no habían prestado atención a ese importante detalle: Anna estuvo presente durante la escena trágica, al lado de Hao, y se hubo marchado sin decir una palabra luego de que halaran de ambos brazos al Asakura para ayudar a una dramática Marion que prohibía todo contacto físico debido al dolor en su pierna.

—¡A-aparte! —Exclamó la líder de inmediato, negándose a perder la oportunidad— ¡Íbamos a ofrecerte el puesto aun con Marion en el equipo!

Mentirita blanca.

—¿Eh? ¿En serio? Pero si nunca nos comentaste nad—

—¡Joder, cállate, Matilda!

Anna suspiró y mentalmente contó hasta el número cinco, como si eso fuese suficiente para reponer su paciencia. Simplemente no lo entendía. Desde el primer momento en que puso un pie dentro de esa escuela había sido blanco directo que atenciones e invitaciones que no quería en lo absoluto. Hasta era irónico porque la única persona de la cual esperaría una atención especial pasaba de ella con una actitud vaga y despreocupada, pero ¿qué podía hacer? Nada. No se rebajaría a buscarle y a exigirle contacto. Esa tarea no quedaba en ella, pero diablos, cuánto deseaba un solo día de tranquilidad donde no fuese acechada por personas que no le importaban para nada.

Con una mueca de pocos amigos logró hacerse paso hasta la planta baja, entonces caminó por el largo pasillo hasta finalmente atravesar el acceso que conectaba hacia la puerta principal. ¿Lo malo? Continuaba acompañada de las porristas que seguían vociferando un montón de palabras que ya no alcanzaban sus oídos. Había dejado de prestarles atención.

—¡Kyoyama! ¿¡Me estás escuchando!?

Aunque siempre era complicado suprimir la existencia de una persona cuya insistencia se le asemejaba a la de un molesto mosquito. Se le estaba agotando la paciencia más no deseaba montar una escena que atrajera más atención indeseada. Entonces se detuvo, observó hacia los alrededores y pensó en una estrategia. No era como si pretendiera salir corriendo o como si buscara un objeto que pudiese usar a modo de intimidación, como un bate. Para nada, lo que pasaba por la mente de Anna era un tanto… inesperado, sobre todo porque sería algo atípico en ella.

Pero a tiempos desesperados, medidas desesperadas.

—¡Kyoyama! —Exclamó una vez más Kanna, alcanzándola y haciéndole frente—. No aceptaré un no por respuesta, serás parte del equipo.

—¿Por qué motivo querría ser una porrista? —Cuestionó suspirando conforme su mirada se fijaba en los jardines, específicamente en los grupos de estudiantes que estaban sentados sobre el pasto.

—Dios mío, ¿es que no fui clara? Es una oportunidad única —La mayor se exasperó y a los pocos segundos Mattilda se puso a su lado dispuesta a hacerle segunda.

—¡Y seremos tus amigas! —Dijo insistente—. ¿Esa no es suficiente razón para unirte al equipo?

—¿Por qué sería razón suficiente? —Anna sonaba tan desinteresada que les parecía ofensivo y de no necesitar urgentemente un reemplazo ya habrían abandonado la misión, pero no podían permitirse eso. La rubia, en cambio, descartó mentalmente un par de opciones y ladeó el rostro hacia el lado izquierdo. Le pareció ver una figura conocida.

—¿¡Es que no lo entiendes o qué!? —Kanna subía más y más la voz—. Eres nueva, ¿no? No le hablas a nadie y nadie te habla, más que nosotras. Y nosotras somos populares, formamos parte de la élite de esta escuela.

—Tenemos muchos admiradores y los profesores nos permiten saltarnos algunas clases por las prácticas, también nos invitan a todas las fiestas y recibimos regalos de chicos lindos.

Kyoyama arqueó la ceja tras escuchar a "porrista número dos", nombre que le había asignado en su cabeza. Cada cosa que decían para intentar convencerla lograba el efecto contrario pero, afortunadamente, podía poner en marcha su plan. Solo esperaba que le siguieran el juego.

—No me interesa —Repitió tajante, viéndolas por primera vez desde que se le pusieron en frente—. Y si tienen la suficiente comprensión mental no hará falta que lo repita por milésima vez —Con un aire de arrogancia, las rodeó y emprendió camino hacia su izquierda—. Además…

No completó su oración, al menos no de forma instantánea.

Justo como predijo, Kanna y Mattilda la siguieron dispuestas a continuar la batalla con más motivos por los cuales ser animadora era una oportunidad única en la vida. Pudo escucharlas vociferar y Anna volvió a ignorarlas. No hubo contacto visual y su andar se mantuvo recto y seguro hacia el objetivo que tenía fijado.

—Ya no estés desanimada…

Y mientras la distancia se rompía, poco a poco otro tipo de charla comenzaba a inundar su sentido del oído.

—Es que fue como si hubiese sido invisible…

—¡Te dije que mi hermano era un tonto!

Ellas todavía no distinguían su presencia pero pronto lo harían. Faltaba poco, apenas unos cuatro metros de distancia.

—No te preocupes, haremos algo. Tiene que verte, ¡eres muy linda!

Y luego tres metros.

—¿Y si no lo hace?

—¡Te buscaremos otro chico! —Añadió una voz masculina.

—¡Pero a mí me gusta él!

Y luego dos metros.

—¿¡Además qué, Kyoyama!?

A un metro de distancia, la voz de Kanna Bismarch atrajo la atención de Tamiko Kurobe, Jeanne Maiden, Pilika Usui, Chocolove McDonell y Tamao Tamamura. Ver a Anna a tan solo unos cuantos pasos de su sesión de estudio era algo que no habían esperado y podía verse reflejada la sorpresa en sus rostros, especialmente en los de Jeanne y Tamao. La pelirrosa no entendía qué estaba sucediendo y se sintió intimidada cuando la francesa la miró con intriga, ¿no se suponía que Anna había rechazado su oferta?

—Además —Dijo la rubia, firme y en voz alta, sin ladear el cuerpo hacia las animadoras. Continuaba su discurso con cierta petulancia—, ya tengo amigas. Ofrézcanle su oferta a alguien más.

Sin más que agregar, Anna miró a Tamao y buscó sentarse frente a ella, entre Tamiko y Pilika. Su porte se mantuvo altivo por mucho que por dentro sí sintiera una ligera marea nerviosa. Era reservada y el tema de las amistades nunca le importó demasiado, pero estaba ahí y ya había anunciado públicamente a qué grupo elegía pertenecer. Sería humillante levantarse e irse sin dar explicaciones.

Luego de ver la escena, Kanna hizo sus manos puños, dio una patada sobre el suelo y regresó furiosa hacia el instituto seguida de una alarmada Mattilda, quien seguramente sospechaba que los próximos minutos estarían llenos de maldiciones y del humo de un cigarrillo sabor a menta. Anna, por su lado, apenas percibió que se habían marchado, suspiró relajada y aligeró la intensión de su mirada. Tamao estaba inquieta y podría jurar que su cuerpo era dominado por un discreto temblor mientras que el resto de su compañía no sabía qué decir ni cómo actuar. Es más, Damuko, Pilika y Chocolove ni siquiera habían visto a Anna una sola vez. Era una desconocida invadiendo su círculo.

Era un incómodo silencio que debía arreglarse.

—Acepto tu ofrecimiento, Tamao —Dijo al fin, con cordialidad—. Me gustaría… ser su amiga.

Chocolove miró a todas con una expresión incrédula, ¡oootra chica se integraba!

Tamiko no pudo evitar compararse con la belleza de Anna, especialmente luego del implícito rechazo de Horo Horo.

Pilika arqueó la ceja y con la mirada buscó una explicación en Tamao.

Tamao se sobresaltó, comenzó a explicar que Anna era nueva en su salón y que le había ofrecido su amistad en la biblioteca.

Jeanne sujetó con ambas manos la diestra de Kyoyama, le dio la bienvenida con entusiasmo y le sonrió dulzura. Kyoyama estaba finalmente donde quería: primera parte del plan, lista.


Disfrutaba ver el cielo pintado de naranja, era una sensación de calma diferente a la que obtenía cuando el azul era la tonalidad que se alzaba más allá en lo alto. Quizá era psicología del color o un claro referente de su predilección por las cosas anaranjadas, pero lo relajaba y le provocaba ponerse los audífonos para escuchar su pista favorita del último álbum de Bob.

Caminaba por la acera, dispuesto a irse a casa. Luego de la última clase perdió el rastro de sus amigos, más no era algo que le tomara por sorpresa. Si bien solían ser inseparables la mayor parte de las veces, existían ocasiones donde cada uno tomaba caminos distintos, justo como ese viernes. Ren había quedado con Jeanne de pasar el resto de la tarde juntos y al parecer tenían una reservación en una cafetería popular, Manta debía acudir a su curso de preparación para la universidad y Horo Horo debía reunirse con Pilika para hacer algunas compras para la despensa.

Era el único sin compromisos, al parecer.

Tan típico de él.

Con una escueta sonrisa, Yoh se permitió adentrarse en el mar de emociones que solo la música de Bob podía ofrecerle. Era mágico cómo su andar y el movimiento de su cabeza se condicionaban al ritmo de su canción favorita y por un instante el resto quedaba en segundo plano: adiós a las preocupaciones derivadas de profesores, proyectos sin terminar y tareas acumuladas. Una semana más llegaba a su fin y podría destinar dos fantásticos días al descanso haciendo lo que más disfrutaba: escuchar su música favorita. Tal vez se reuniría con Manta el sábado para ir a la tienda de discos o quizá vería a Horokeu el domingo, recién recordaba que hace no demasiado tiempo el peliazul le había prometido enseñarle skateboarding.

El tiempo lo diría, prefería que la misma espontaneidad de la vida le sorprendiera. Mientras tanto, su único encomendado era llegar a casa, preparar la cena y aguardar por una noche pacífica en compañía de su hermano y de…

—¿Anna?

La femenina figura de Kyoyama apareció en su rango de visión a unos cuantos metros de distancia. Estaba en la calle siguiente y totalmente sola. Eso le pareció raro ya que generalmente Hao buscaba acompañarla de la residencia a la escuela y viceversa, sin embargo, no había rastro de él. Aún con la voz de Bob cantándole al oído, Yoh encendió la pantalla de su celular y buscó algún aviso de su hermano mayor, cualquier cosa que le indicara su paradero o la mención sobre si iba a llegar tarde a casa. No encontró nada: ni un mensaje, ni una llamada pérdida, nada. Eso le pareció aún más inusual ya que si bien Hao era bastante independiente y quien más disfrutaba de los "viernes sociales", solía avisar.

Pensó que debía estar en una situación muy demandante.

A los segundos reflexionó que muy seguramente estaba aplicando una especie de karma inducido por lo ocurrido hace un par de días, cuando no llegó a dormir y no tuvo la consideración de notificarlo.

Por algún motivo, la segunda opción le parecía mucho más cercana a la realidad.

Con una sonrisa más discreta, actuó en un súbito impulso y se acercó a Anna. Era como si sus pies tuviesen decisión propia, o mejor dicho, como si ella tuviese un imán que lo atrajera de forma inconsciente. Para cuando Yoh pudo darse cuenta y activar todas sus alarmas internas, estaba a dos pasos de diferencia y de sus labios escapaba una vez más su nombre. Suave y claro, pero lo suficiente sonoro para llamar su atención.

Apenas sus miradas se encontraron, él se quedó en blanco. ¿Qué debía decirle ahora? ¿Por qué se le había acercado luego de nulos avances en su relación? Además, ¡seguía en el limbo de sus indecisiones! Todavía se cuestionaba cómo comenzar una charla con ella de forma natural, como lo haría con sus mejores amigos. Ahora su corazón palpitaba de forma acelerada, su boca se entreabría sin saber qué palabras soltar y podría jurar que el tono de su piel comenzaba a empalidecer. Todo mientras la canción seguía reproduciéndose y la voz de Bob cantando al amor conformaba una extraña manera de ambientar la situación.

Y Anna ahí, tan serena y observándole con esos bonitos ojos enigmáticos. El viento ondeaba con ligereza su cabello, enmarcando sus delicadas facciones y haciendo un encantador contraste con la blancura de su tez. Era tan bonita. De hecho, Anna hacía un match perfecto con su canción favorita.

—Parece que viste un fantasma.

Incluso su voz lo era, a pesar de que le hablase de forma directa y sin aparente tacto. Era curioso y por un momento pensó que aún si Anna lo mandaba al diablo, a sus oídos sonaría como algo melodioso. Tal vez seguía sugestionado por todo el asunto de los sueños, o quizá la música estaba influyendo sus pensamientos, o probablemente solo fueran sus auténticas creencias en torno a la rubia. Quién sabe, Yoh estaba tan confundido que no era capaz de afirmarlo.

Todavía.

Pero vaya, ¿qué estaba pensando? ¡Debía responder algo en vez de lucir como un... raro!

—¡Hola! —Dijo por fin, alzando su mano a modo de saludo y sacándose los audífonos con la mano restante. Bob se había esfumado y su sentido del oído se inundaba de ruidos urbanos—. ¿Vas… hacia la casa?

—¿A dónde más iría?

El nerviosismo del castaño comenzó a crecer ante la lógica de su respuesta, en serio, ¿cómo podía ser tan idiota al preguntar algo tan obvio?... aunque, si lo cuestionaba muy detenidamente, no sería raro que una chica como Anna tuviese planes un viernes luego de clases, ¿verdad? Era cuestión de tiempo para que Hao la invitara o para que hiciera un grupo estable de amigos.

Tampoco supo responderse si eso lo inquietaba o si le alegraba.

—¿Y Hao?

—Le perdí de vista en el almuerzo. Al parecer está ocupado.

¿Ocupado? Yoh parpadeó unas cuantas veces intentando procesar la información pero sin el valor suficiente para indagar más. La incógnita sobre su hermano mayor seguía sin resolverse, pero con Anna frente a él, suponía que podía dejarlo pasar.

—¿Puedo caminar contigo?

—Si eso quieres.

Tan fría como práctica, Anna dio media vuelta y retomó su andar. Yoh se apresuró de inmediato para seguirle el paso, acomodando su mochila en el proceso. Ya no caminaba tan seguro como cuando era Bob su compañero de viaje, por el contrario, podía vérsele un tanto torpe y con movimientos corporales algo robóticos. Vacilación y duda eran buenos adjetivos para describirlo porque si bien iba hombro a hombro junto a Anna, era como un libro en blanco.

No obstante, también descubrió que ese caminar silencioso era agradable. Poco a poco la sensación incómoda fue desapareciendo, su postura se relajó y se dejó ser. Ya no fue necesario repetirse internamente que dijera algo, un "lo que fuera", porque dejó de creerlo necesario. Las palabras no eran requeridas en ese momento y reflexionó que muy pocas veces se había sentido así con alguien; sin palabras, sin el compromiso de mantener una charla, sin una necesidad de decir cualquier tontería. Ni siquiera con Manta.

Era extraño, e incluso si su mirada se aventuraba a buscar la ajena, ya no encontraba reproche.

Reproche que merecía bastante considerando que no estaba cumpliendo su palabra. Ahh, ¿por qué se sentía como un deja-vú? La culpa apareció y recordó su escrito. Con nerviosismo renovado, metió la mano en su mochila y buscó la carta escondida entre sus cuadernos, sin embargo, la rubia se le adelantó.

—¿La gente de tu escuela siempre es tan… "incluyentes"?

—¿Incluyentes?

—Desde que llegué han estado invitándome mucho — ¡Lo sabía! Sabía que era cuestión de tiempo para que Anna terminara integrada en algún grupo—. A estudiar, a salir luego de clases, a almorzar, a ser porrista…

Pero eso era demasiado a tan solo una semana de su llegada.

—¿De veras? —Yoh alzó las cejas— No tenía ni idea… pero supongo que simplemente quieren ser amables contigo, aunque es común recibir estudiantes de intercambio muchos saben cuán difícil puede ser integrarte cuando no conoces a nadie. Nosotros lo vivimos en primer grado cuando llegó Ren, aunque bueno, a él no le ofrecieron ser animador.

Yoh soltó una risita que Anna no correspondió. De hecho, ella continuaba con la vista fija en el camino.

—¿No te ha gustado la atención? —Preguntó cauteloso, algo le decía que ante un comentario incorrecto perdería todo avance con la rubia.

—No.

Pero, ¿cómo apostar por una interacción más natural cuando Kyoyama se cerraba de esa manera?

¿Y cómo Yoh podía llegar a comprender que su súbita actitud cortante se debía a él mismo? Anna recibía constantemente atenciones que no necesitaba y se le acercaba gente que ni siquiera le era del más mínimo interés, pero esperaba la consideración de un muchacho en especial. El detalle era que ese chico tenía la cabeza en las nubes, no sabía ni cómo decirle "hola" sin balbucear y ni siquiera la recordaba.

En momentos como ese, se cuestionaba si la respuesta dada aquella noche era la correcta. Si debía esperar que algo cambiara, que al concluir los seis meses restantes algo cambiara en la mirada del menor de los Asakura.

La rubia suspiró al tiempo en que ambos se detuvieron en un cruce de calle. Al frente estaba el parque central de Tokio y atravesarlo era la manera más rápida de llegar a casa.

—Lamento que no lo estés pasando bien —Sonaba apenado—. Si quieres podemos almorzar juntos, de esa manera no te lo ofrecería nadie más.

Anna miró a Yoh, ajena al fuerte bombeo del cual su corazón estaba siendo víctima. No sabía si era una invitación auténtica o si era otra clase de falsa empatía; la razón le dictaba no hacerse ilusiones pero su parte más emocional iluminaba la esperanza en su interior, impidiéndole morir del todo. Porque tal vez Yoh Asakura de verdad querría estar junto a ella.

—Además, estoy seguro de que la pasarás bien con nosotros. Horo Horo es bastante divertido.

Entonces confirmó que debía guiarse por su lado racional.

—No te molestes, Yoh —Con el semáforo brindando la señal de paso, Anna cruzó la calle y él le siguió por detrás—. De cualquier forma… ya elegí un grupo de "amigos".

Alzó las cejas, sorprendido y sin saber qué más decir. Había creído que aceptaría su oferta, o en el peor de los casos la rechazaría para estar sola o con Hao, pero nunca pensó que se decantaría por personas de las cuales ni siquiera estaba enterado.

—¿En serio? —Volviendo a colocarse a su lado, ambos se adentraron al parque. Pasar de los grises a los verdes fue un cambio de escenario agradable, así como también el canto de las aves representaba un buen soundtrack. Era otro tipo de paz—. ¡Eso es bueno, Anna! Me alegra que estés haciendo amigos. Tal vez un día podamos juntarnos todos.

Anna hizo una mueca, ¿es que debía recordarle que no le gustaban las multitudes?

Muy probablemente sí.

—Preferiría que no, no me gusta estar en medio de tanta gente. Y esto es temporal, en unos meses estaré lejos de aquí, así que no es necesario.

Fue el turno de Yoh de hacer una mueca. A veces olvidaba que la estadía de Anna tenía fecha de caducidad, lo cual era curioso si recordaba que justo ese lunes se había encontrado deseando no volver a verla. Ese pensamiento aumentó la carga de culpa porque los días pasarían y pasarían hasta llegar al fin de cursos, cosa que hacía aparecer un reloj en su mente cuya cuenta regresiva también le condecía un tiempo límite. Y ya había desperdiciado dos días.

Anna notó su silencio y pensó que Asakura se había incomodado. Le molestó, por supuesto, pero al mismo tiempo recordó que ya no haría esfuerzo alguno. Así que llevó su vista hacia el cielo y volvió a hablar con expresión neutra. Como si nada, como si la vagues e indiferencia de Yoh ya no representaran nada para ella.

—¿En qué lugar podría conseguir un libro sobre física y astronomía? —Él la miró, saliendo de su hilo de pensamientos—. Para el proyecto de Ciencias —aclaró—, busqué en la biblioteca del instituto, pero la información es básica. Logré sacar algunas referencias que me sirvieran durante clases pero no es suficiente. ¿En dónde podría conseguir algo más avanzado?

"La Biblioteca Central de Tokio", fue lo primero que llegó a su mente. Si Anna quería documentación avanzada, ése sería el sitio adecuado y quedaba a unos 30 minutos de la residencia. Pero por más que tenía la respuesta en la punta de la lengua, no fue capaz de expresarla. Sentía que algo faltaba. Tenía esa sensación interna de querer aportar más y no limitarse a decirle donde buscar y ya.

Demoró demasiado en responder.

Más no fue un actuar premeditado. Yoh no había musitado palabra alguna en un intento por darle un plus, sin embargo, su prolongado silencio fue malinterpretado por Anna, quien pensó que simplemente le había ignorado. Y eso por supuesto que le molestó. Al diablo Asakura. Al diablo sus esfuerzos que no eran esfuerzos. Al diablo todo intento de cordialidad porque era clarísimo que de él no vendría nada más que una sonrisa idiota, unos ojos perdidos y comentarios desorientados.

Ajena al verdadero motivo, soltó un suspiro cansado y bastante obvio. Cerró los ojos, recitó un mantra en su cabeza para serenarse y con evidente desagrado en la voz, le dijo:

—Olvídalo, le preguntaré a tu hermano.

Y aceleró el paso hasta marcar una diferencia de dos metros. Ya no quería estar con Yoh ni permitirle acompañarla hasta la casa que compartían más por necesidad que por gusto. El castaño abrió más los ojos y sus cejas se arquearon acompañando la gran sorpresa de ver a Kyoyama actuar así de un momento a otro, ¿es que acaso todas las chicas eran así? ¿O es que únicamente Anna tenía esa forma de actuar tan difícil de leer? ¡A veces no decía ni hacia nada, y se molestaba!

No la entendía por más que quería.

Con un suspiro cansado, dejó caer los hombros y avanzó detrás suyo, a paso lento y sin la intensión de alcanzarla. Se sentía vencido y sin mucho que hacer. Así se mantuvieron durante algunos minutos hasta que el lago indicó que su travesía por el parque estaba por llegar a su fin, serían apenas unos 10 minutos en lo que cruzaban el puente y tomaban el sendero hacia la salida más cercana. Eso era bueno pues pronto llegaran a la casa podrían pretender que el otro no existía, al menos hasta la cena. No era un plan que le encantara pero ¿qué más podía hacer?

No tardó mucho en averiguarlo.

Algo ocurrió, no supo si fue el viento que volvía a agitar con gracia la cabellera de la chica, o si fueron las hojas cayendo de los árboles que de repente creaban una escena salida de manga shoujo, o si fueron las farolas encendiéndose una a una, o si fue el reflejo de la luna sobre el lago. Luna adornada entre vaporosas nubes que Anna observaba desde el puente, con la vista alta y dirigida hacia el cielo anaranjado.

Fue todo al mismo tiempo. Fue mágico. Fue… familiar.

Se quedó inmóvil, con la vista perdida en la femenina. Anna todavía no lo veía y eso realmente no importaba, todo lo que Yoh deseaba ver estaba ahí, en ese par de luceros color ámbar. Fue una sensación extraña y cálida que poco a poco inundó su pecho, que le provocó un nuevo acelere en su corazón y que le hizo volver atrás, a la noche estrellada de sus sueños. Sintió un escalofrió ante el paralelismo de Anna con la pequeña niña que solía visitarlo cada noche, misma que, como la mujer que estaba a unos metros de distancia, observó alguna vez con fijación las maravillas astrológicas que el cielo podía ofrecer.

La única diferencia es que Anna no miraba la luna con miedo e incertidumbre, había una emoción distinta ahí. Melancolía fue la primera palabra que llegó a su mente, pero también añoranza.

Por un breve instante Yoh también miró la luna y fue más que suficiente para saber cómo arreglarlo.

Corrió hasta ella, captando su atención con el sonido de sus pisadas sobre la madera. Kyoyama rompió la conexión con la luna y observó desprevenida al muchacho de la sonrisa despreocupada. ¡Cómo odiaba esa sonrisa! Pero cuánto más afirmaba esa sentencia, más se hallaba adorándola en secreto. Era débil ante esa curvatura en sus labios, ante el brillo en su mirada y ante esos hoyuelos que se dibujaban en sus mejillas. Y sabía que eso sería su fin, que debía ser más fuerte y fría por su propio bien.

—¡El planetario!

La voz de Yoh resonó con entusiasmo infantil apenas se detuvo frente a ella, entonces fue su turno de arquear las cejas. ¿A qué venía eso?

—Me preguntaste donde podrías conseguir información avanzada sobre física y astronomía —Explicó aún sonriente—, y primero pensé en la Biblioteca Central de Tokio, pero es mejor el planetario, hay maquetas y funciones en tercera dimensión sobre lo que te puedas imaginar, ¡es como estar en el espacio! —Hizo una pausa para respirar y antes de que Anna pudiera añadir algo, agregó:— Y si buscas libros, también tiene una biblioteca concentrada únicamente en esos temas.

—Gracias… —La verdad es que era más de lo que hubiese esperado y no sabía bien qué decir, de hecho, esperaba que su rotor no evidenciara la sorpresa que se negaba a desaparecer—. Entonces… iré al planetario.

—Podemos ir juntos, Anna —Propuso firme, con una seguridad que asombró al mismo Yoh.

Pero más asombro fue verla fruncir, dudosa.

—¿Para que pueda reírme de lo gracioso que es tu amigo Horo Horo?

—¡No! —Se apresuró a decir, negando con la cabeza una y otra vez—. ¡Nosotros dos! ¡Podemos ir mañana o el domingo!

Un nuevo silencio nació. Yoh no podría creer que estaba ofreciéndole ir juntos, a solas, a lo que bien podría ser una cita y su rostro manifestaba su falta de experiencia al sonrojarse. Anna, por su parte, continuaba en el valle de la duda porque de un momento a otro su ex prometido estaba bastante propositivo. No sabía si creerle o si decirle que sí sin realmente esperar algo, después de todo, Yoh luego podría olvidarlo. Como su promesa.

—Anna…

Oh, no, no de nuevo esa voz llamando su nombre.

No esa mirada de cachorrito.

No ese semblante que parecía decirle que era capaz de morir por ella.

—Sé que estos días no he cumplido mucho mi palabra —Comenzó apenado y rascando su nuca. Su mirada viajó entonces a sus pies, nervioso—, y no quiero que pienses que me he olvidado, ¿vale? No lo he hecho. Es solo que… es difícil porque todo esto es bastante repentino y no estoy acostumbrado a estas cosas.

De haber sido más honesto y más valiente, habría especificado que "estas cosas" se referían a tomar la iniciativa con una chica.

—Por eso vayamos juntos al planetario —Más fue sabio porque decidió usar esa valentía en reafirmar su propuesta, esta vez subiendo la vista para acudir al encuentro entre sus miradas. Ignoró su rubor, el golpeteó de su corazón y la sensación de tener su cuerpo congelado—. Sin Hao —Aclaró, por las dudas—, eso puede ser difícil porque vivimos juntos pero podemos escaparnos cuando esté duchándose. O durmiendo, quizá ni siquiera llegue esta noche, pero ya nos arreglaremos. —Asintió, queriendo darle confianza y en un acto aún más osado, dio un paso hacia delante. Anna tragó pesado ante su determinación— ¿Qué me dices? Podemos entrar a las salas que quieras y cargaré tu bolso cuando te canses. Luego podemos ir a comer un helado, cerca de ahí hay un local que tiene muchos sabores. O si no quieres, podemos ir a comer. Lo que tú quieras, Anna.

No lo entendía.

En serio que no lo entendía por más que quería.

Pero la atención estaba ahí. Finalmente ahí. Y era la única de verdad le importaba. Así que, aunque sus alarmas se encendieran y su razón le gritara pensar con frialdad, fue débil. Tal como predicó antes del discurso del chico. Eligió el camino que convertía la chispa de esperanza en una pequeña llama a pesar de que más del 50% de su raciocinio le dictaba que podía sufrir después.

Pero, ¿qué tanto podía lastimar un momento efímero con quien había deseado casarse a los 10 años?

—Bien —Musitó calma, controlando las emociones que decidía manifestar frente a él. Una cosa era su emoción interna y otra lo que a él le permitía ver—. Mañana, entonces.

Con la sonrisa de Yoh extendiéndose, Anna volvió el cuerpo hacia el camino y retomó su andar una vez más. Su corazón también latía y un discreto rubor visitaba su rostro, afortunadamente le había dado la espalda a tiempo.

Con Anna llegando al final del puente, el castaño inhaló y exhaló un par veces. Quería volver a ser dueño de su cuerpo antes de correr detrás suyo por tercera vez en esa tarde de viernes. Sin embargo, aunque el nerviosismo se negara a abandonar su cuerpo y su estómago cosquilleaba ante su primera invitación a una chica, se sentía contento. Había logrado un avance con Anna.

Y no necesitó la carta.


¡Hooola! Ha pasado un tiempo, ¿verdad? Pido perdón (?) pero la vida de adulto responsable me recorta mucho el tiempo, jaja. Pero aquí estamos, después de algunos meses hemos llegado finalmente al quinto capítulo. Pasaron varias cositas y quizá si no estuvo full focused en Yoh y en Anna, sí hubo situaciones que conllevaron a nuestro desenlace. ¿Qué les parece? Espero no odien mucho a Yoh, está bien perdido pero luego hará méritos, lo prometo.

Agradecimientos super especiales a Guest, Annasak2, Guest y a hbunny1307. And also, a super extra thanks to TheTsundereWife for reading this story even if it's in another language! I hope you like this chapter!

Nos vemos en el capítulo seis con la cita en el planetario. :3