Subir los escalones hasta la Bóveda de las Doncellas nunca es tarea difícil a pesar de la pesada armadura, reluciente para orgullo del Rey –o del Príncipe, puesto que el Rey no se preocupa por la higiene, piensa Arthur con el corazón acelerado al recordar a Rhaegar. No obstante, a Arthur le da mala espina ese día y es que no hay razón alguna para que él sea llamado a la habitación de la Princesa.

Sin embargo, sabe de lo que se trata. Mientras sube la escalinata, piensa en regresar a la Torre de la Espada Blanca o incluso al patio a buscar alguien con quien entrenar durante un rato. Iría a por Jaime Lannister, el prometedor joven que ansía seguir sus pasos, mas su ego se lo impide. Sabe que de seguir su camino encontrará a la Princesa como tantas veces y aunque preferiría no verla ese día sigue el camino hasta ella.

No hay nadie que anuncie su llegada. Las sospechas de Arthur se tornan ciertas. Se debate, pensando en un centenar de razones para no entrar y una sóla razón para hacerlo.

Rhaegar, piensa Arthur al tiempo que sus nudillos chocan tres veces contra la pesada puerta de roble de la habitación de Elia. Es la única que habita la Bóveda y, en el silencio, el golpeteo a la puerta reverbera.

La Princesa abre la puerta ella misma. Arthur entra, e inmediatamente nota las cortinas corridas y la cama bien hecha. No es la primera vez que acude así, pero no le deja de sorprender lo poco espontáneo que resulta la cita.

Elia le abraza por la espalda y Arthur cierra los ojos. Siente un cosquilleo en el abdomen, un ansia que no se detiene a pesar de saber lo erróneo de la situación. La Princesa respira en su cuello mientras sus manos buscan las de él.

—¿Cómo es que llevas armadura, Arthur?— ella pregunta con una sonrisa claramente definida en la voz. Alguna vez, años atrás, esa sonrisa lo fue todo para Arthur. En ocasiones desea volver a esos tiempos sencillos, sobre todo cuando Elia es tan feliz ante el prospecto de sus visitas—. Tardaré en deshacerme de ella.

Él rie, y se pregunta por qué finje estar nervioso. —Supuse que querría pasear por el Castillo, Princesa. Como Guardia Real, ¿qué mejor manera de protegerla que con completa armadura?

Elia hace eco de su risa. Arthur se gira para contemplarla. Con los ojos brillantes con pasión y la sonrisa iluminándole el rostro, Elia es la mujer ideal para cualquier hombre.

Excepto para mi, él piensa mientras finge una sonrisa que Elia acepta.

Le ayuda a quitarse la armadura, comenzando con la capa blanca que ha manchado ya tantas veces sin que nadie lo vea. Bueno, a excepción de Oswell pero el murciélago no hablará. Arthur y ella se demoran en la tarea; Elia juguetea mientras le ayuda, llenándose de risitas al rozar su piel cuando le quita el guardabrazo y luego el peto.

—Tantas veces nos hemos tenido— dice ella, impetuosa y llena de deseo que Arthur no corresponde. La culpa lo carcome y desea quererla de la misma manera que ella a él—, y me sigues pareciendo inalcanzable.

La ironía produce una honesta carcajada en él que ella toma como inocente juego. Enamorados de alguien inalcanzable, ambos se centran en el momento. Los suaves besos de Elia le producen inquietud, y para cuando han terminado y su armadura y ropa está regada en el suelo, Arthur siente que puede engañarla una vez más.

—Te deseo tanto— le dice él, mezclando besos y suaves mordidas a sus labios y cuello. Las palabras la excitan; Arthur siente el arrebato de deseo en ella y las refleja. Se siente un espejo, dándole la ilusión de sentimientos correspondidos cuando no hay más que frialdad dirigida a ella. Pero es mejor que esperar por Rhaegar.

Se detiene en cuanto piensa en él. Ella, ingenua, cree que ha logrado llevarle al clímax y que él lo intenta detener.

—No tengas miedo— Elia le susurra al oído, presionando besos que se pierden en lo impersonal que resulta la situación para Arthur. Por más que sus manos sientan la humedad entre las piernas de Elia y que ella le aliente, guiándole con manos delicadas, Arthur duda—. Rhaegar me visita más que nunca y ustedes se parecen tanto.

Ironía nuevamente. Él la obedece, disfrutando las sensaciones que le produce penetrarla. A sus oídos llegan gemidos que se asemejan a la música del arpa de Rhaegar. Se siente culpable al gozar del cuerpo de la esposa de su amigo, de la esposa de su Príncipe al que ansía hacer cantar para él y ya.

Elia grita de placer. Distrae a Arthur de todo pensamiento de Rhaegar lo suficiente para perderse en el momento. Bajo ella, la cama de plumas se mece con los movimientos de ambos antes de que Elia se quede quieta, sumida en un placer que le recorre el cuerpo con calidez.

Arthur continúa, egoísta. Quiere alcanzar el placer propio a pesar de los gestos de dolor de ella. La embiste con fuerza, cada vez más rápido mientras sus manos se aferran a la piel cálida como Dorne. Termina con un gemido, ante el cual Elia sonríe complacida.

Él se rueda en la cama. La respiración de ella se sincroniza con la de él y Arthur cierra los ojos, negando con la cabeza.

—¿Tanto te ha gustado? No han sido más que unos cuantos minutos pero me has llevado al cielo, Arthur.

Hay en su voz una satisfacción que hace sentir culpa a Arthur. No quiere herir a Elia, aún menos cuando ella, aún desnuda y con un sonrojo en las mejillas, se sube en él sentándose entre sus piernas y abdomen, dándole a Arthur una vista perfecta de su cuerpo.

—Eres...— comienza a decir Elia con una mirada que dice lo que sus labios no pueden. A Arthur le duele el corazón y desea sentir lo mismo.

En cambio, le sonríe y se sienta con cuidado para no dejarla caer. Le toma de la cintura con gentileza, la agresividad de hace unos minutos olvidada, y la besa. Se deleita en el sabor a naranja de sangre –que siempre encuentra en sus labios– por unos segundos antes de separarse de ella. Respira con soltura una vez que lo hace y ella se aparta de él, vistiéndose con el mismo vestido de seda roja que usaba al llegar él.

—¿Desea algo más, Princesa?— Arthur le pregunta una vez que tiene puesta la capa otra vez, rompiendo el cómodo silencio entre ellos—. Tal vez que la escolte a los jardínes o a visitar al Príncipe Aegon o a la Princesa Rhaenys.

No obstante, Elia le sorprende con su decisión.

—Me enteré que hoy preside la corte Rhaegar— ella dice con una sonrisa maquiavélica—. Llévame a verle, Arthur.

Antes de que Arthur pueda responder, una voz que hace acelerar su corazón habla.

—Si me quieres ver, aquí estoy— dice Rhaegar desde la puerta con ojos fríos y voz dura. Arthur palidece, mas no puede hablar. Está paralizado y no sabe si es miedo ante lo que puede pasar con Elia, vergüenza ante lo que presencia Rhaegar, o profundo pánico ante la posibilidad de que Rhaegar le deteste por acostarse con su esposa.

—¡Rhaegar!— se sorprende Elia y avanza hasta él con el vestido a medio poner. Sin embargo los ojos de Rhaegar la ignoran y su cuerpo se mantiene rígido ante el suplicante contacto de ella, que lo toma de los brazos como queriendo prevenir que Rhaegar camine –ataque– a Arthur.

No la ama tanto, Princesa, piensa Arthur cínicamente mientras se para, erguido, frente a Rhaegar con intención de aceptar lo que su Príncipe decrete.

—Yo lo convencí— Elia insiste antes de que alguno de los hombres hable, y les mira a ambos esperando ver una reacción. Por instantes, Arthur divisa en ella –de reojo– una cara que demuestra su necesidad de verlos competir por ella.

Lo siento, Elia, él piensa, pero en mí no encontrarás a un hombre que luche por ti.

—Vete, Arthur— habla, por fin, Rhaegar con una mirada de odio infinito que Arthur quiere olvidar. Siente la impetuosa necesidad de desviar la mirada en señal de vergüenza o suplicar de la misma forma –o más intensamente– que la Princesa hace.

En cuanto Rhaegar habla, Arthur siente un nudo en la garganta que le quema con el fuego que el Rey emplea como campeón en cada juicio, y siente que la sangre se le va a los pies. Asiente, sin embargo sabe que tan pronto pueda buscará a su amigo, al Príncipe que ha traicionado cuando lo que más desea es su afecto.

—Arthur— susurra la lastimera voz de Elia cuando él recoge su espada y sale de la habitación con pasos firmes y cabeza erguida.

Una vez afuera, Rhaegar cierra de un portazo la habitación no sin antes lanzar a Arthur una mirada de decepción. Antes de marcharse escucha los sollozos de Elia y el poderoso silencio de Rhaegar.