¡Aquí me presento con la siguiente parte de este capítulo cuádruple!
Sinceramente, no tengo nada para decir.
Solo espero que disfruten esta nueva parte, en donde por fin se tendrán algunas pistas del enemigo final.
Sin más dilación, comencemos.
¡Disfruta!
CAPÍTULO 42: EL CAOS Y LA CLARIDAD.
Bell salió de la tienda, solo para encontrarse con una vista un tanto llamativa, aunque muy esperada.
Phoebe estaba siendo sostenida por Thalía y Bianca para que no atacara a Afrodita, mientras que Percy se mantenía al margen de todo junto con Annabeth. Artemisa parecía tener una expresión de pocos amigos mientras se acercaba a la Diosa, y Zoe se unió a los dos expectantes. Bell volteó su rostro hacia el interior del campamento, viendo como Luke y Nico mantenían retenido a Grover, quien parecía no poder pensar con mucha claridad por culpa de sus instintos de sátiro sin importar que Afrodita no estuviera usando el efecto de sus poderes.
"¿Por qué te enojas?" Preguntó la Diosa, mientras le entregaba una mirada curiosa e inocente a la rastreadora. "Solo dije la verdad. Las mujeres que rechazan el amor y odian a los hombres son un completo desperdicio. No entiendo como puedes estar de acuerdo con alguien como Artemisa." Ahora Bell podía entender porque Phoebe estaba tan enojada. "Simplemente, las mujeres que no saben y no quieren amar, no son mujeres, no son nada." Concluiría, inclinándose de hombros, como si lo mencionado por ella fuera lo más común del mundo.
"¡Cállate!" Gruño Phoebe, forcejeando aun más con las dos mujeres que la estaban reteniendo. "¡No permitiré que insultes los valores de mis hermanas y de Lady Artemisa!" Escupió con gran veneno.
"¡Tranquilízate, solo le traerás más problemas a Lady Artemisa si le intentas hacer algo!" Exclamaría Thalía, en un intento de relajar la furia andante de Phoebe. Un intento que pareció resultar, ya que la rastreadora se relajaría un poco.
"Vienes a mi Dominio, vienes a mi campamento en mi presencia…" La Atención de todos se dirigió hacia Artemisa, quien no parecía nada contenta por lo que había escuchado. "¿Cómo te atreves a insultar a mis Cazadoras?" Las palabras de la Diosa sonaban tan rotundas como igual de peligrosas.
Afrodita ignoró completamente el enojo de Artemisa, ya que estaba acostumbrada a cruzar muchas miradas y conflictos con ella desde tiempos inmemorables.
Conflictos que, por lo general, Afrodita siempre salía ganando.
"No es que haya querido venir a este lugar lleno de seres que no tienen corazón." Declararía la Diosa, para luego fijar su mirada en Bell. "Solo vine porque quería hablar un par de cosas con él." Finalizó, señalando al albino.
Artemisa tan solo pondría las manos en sus caderas. "Muy bien." La respuesta rápida y positiva sorprendió incluso a la misma Afrodita. "Los tres hablaremos en mi tienda." La Diosa del Amor no parecía muy feliz ante sus últimas palabras.
"¡Pero…!" Afrodita intentó reusarse.
"Estás en MI territorio, por lo tanto, son MIS reglas." Artemisa la interrumpió, para luego entrecerrar ligeramente sus ojos. "Agradece que te estoy dejando hablar con él." Afrodita pareció refunfuñar algo por lo bajo con cierta molestia, pero aceptaría las condiciones.
Artemisa tan solo asintió, para luego fijar su mirada en Bell, haciéndole un pequeño gesto con su cabeza para que vuelva a su tienda.
Ambas Diosas comenzaron a caminar juntas, en donde las dos compartían una mirada ligeramente irritada, aunque se notaba mucho más en Artemisa.
"¿Por qué últimamente insistes en meterte en mi camino?" Susurró Afrodita con una sonrisa bastante frustrada en su rostro. "Si antes te preocupaba que lo corrompiera, déjame decirte que ahora yo…"
"Me da igual lo que tengas para decir." Artemisa la volvió a interrumpir, entregándole una mirada furtiva. "No dejaré que te acerques a él y punto." Afrodita entrecerraría los ojos ante lo escuchado. "Pero esa no es una decisión que pueda tomar por mí misma."
La Diosa del Amor se confundió un poco ante sus últimas palabras, para después entender que se refería a que Bell debería decidir qué hacer.
Una pequeña sonrisa apareció en el rostro de Artemisa.
Sabía que sería imposible perder, y si tienen suerte, ambos se sacarían a la molesta Diosa de encima de una vez por todas.
Artemisa se sentaría al lado de Bell, viendo como Afrodita se sentaba en frente de los dos, tomando el borde del futón.
"¿Y bien?" Artemisa alzó una ceja, indicando que comenzara a hablar.
Afrodita tan solo la miraría con cierto disgusto. "Preferiría hablar de esto en un lugar que estemos nosotras dos solos, pero supongo que ya no importa." Afirmó, inclinándose de hombros. Su mirada disgustada rápidamente cambió a una cubierta de felicidad y cariño, algo que extraño tanto a Bell como a Artemisa. "Cuando me liberaste de mi Matrimonio arreglado, tú dijiste que debería aprovechar mi libertad para comenzar a hacer las cosas bien. Que busque alguien que realmente me haga feliz, alguien con quien pueda sentirse completa, que me haga sentir como lo que realmente soy, una Diosa del Amor que busca tener algo de amor verdadero."
Bell tan solo asintió con una pequeña sonrisa. "Lo recuerdo, y me alegra que hayas decidido cambiar esa parte de ti. Sabía que tú no tenías toda la culpa de ser como eras." Bell se detuvo en ese punto, sabiendo que no debería llamarla puta otra vez, siendo que ahora realmente no era el momento, y tampoco había necesidad de hacerlo.
"¡Si, lo sé!" La Diosa asintió con gran felicidad tras ver la aprobación de Bell. "¡Después de todo lo que has hecho, yo creo que tu eres ese amor que necesito!"
La sonrisa de Bell decayó lentamente, mientras que Artemisa parecía estar haciendo todo lo posible para no mandarla a volar.
¡Ella quería robárselo justo en frente suya!
"Entiendo lo que quieres decir, pero no puedo aceptarlo…" Bell respondió rápidamente, logrando que la sonrisa de Afrodita desapareciera por completo. "Dije que buscaras a alguien, pero yo no soy el indicado." El albino comenzaría a frotarse el cabello, pensando en explicarlo de una manera que no sonara tan sospechosa. "Estoy enamorado de una mujer desde hace mucho tiempo, y me es imposible olvidarla." Tras escuchar esto último, Afrodita alzó una ceja.
"Pero pensé que no tenías pareja…" Declararía con una voz que sonaba muy deprimida.
"No la tengo." Respondió rápidamente, para luego alzar su mirada, pensando cuidadosamente sus próximas palabras. "Solo dejémoslo en que es un amor imposible. No me gusta hablar de ello." Afrodita pareció iluminarse como un farol de un segundo al otro, algo que tomaría por sorpresa a Bell.
"¡Entonces, solo tienes que darme una oportunidad!" Exclamó con una dulce sonrisa. "¡Puedo hacer que la olvides! ¡Te prometo que sanaré tu corazón y te haré sentir verdaderamente amado! ¡Sé que realmente me querrás si me das una chance!" Concluyó, uniendo sus manos por debajo de sus dos grandes senos.
Bell solo se frotaría el cabello con claro nerviosismo, sin saber como responder a esas palabras.
"Yo…" Justo cuando Bell estaba a punto de negarse, Artemisa saltó en defensa.
O más bien, en su propia defensa.
Ya se había hartado de que se le estén insinuando a su amante justo en frente de sus narices.
"Él ya dijo que no quiere hacerlo." La voz de Artemisa sonaría muy autoritaria, haciendo que Afrodita alzara una ceja. "Deja de insistir, solo lo estás molestando. De cualquier forma, sea el Rey de los Titanes o no, él mismo dijo que pertenecía a la Caza. Tanto como las mujeres no pueden tener una pareja, los hombres tampoco pueden." Afirmaría la Diosa, logrando que Afrodita la mirara con una expresión ligeramente molesta por un segundo.
De un segundo al otro, la expresión de la Diosa cambió de una molesta a una cubierta de regocijo, como si hubiera ganado una batalla muy difícil.
"Puede que tengas razón, pero él puede salir de la Caza si eso quiere. Después de todo, no cuentas con el suficiente poder como para retenerlo." Artemisa parecía querer argumentar cuando abrió su boca, pero rápidamente la cerró al saber que no podía espetar nada contra eso. "Dime, Bell…" Dijo la Diosa, ganándose la intención del mismo. "¿Qué es lo que más te agrada?" Preguntó Afrodita con una dulce sonrisa. "¿Quieres venir conmigo para ser feliz, amado y querido?" Afrodita fijó su mirada en Artemisa, haciendo que su mirada se oscureciera peligrosamente. "¿O prefieres estar en un lugar en donde no conocen el amor y la felicidad?" Artemisa tan solo pudo bajar la mirada mientras apretaba los dientes. "Solo mírala, ella ni siquiera sabe lo que es amar. Solo piensa en cazar y matar, como una verdadera salvaje."
Artemisa tan solo pudo bajar aun más su mirada mientras temblaba de impotencia.
Bell la miró con ligera empatía, sabiendo que ella no era de esa manera.
Después de todo, el amor no tiene solo un significado.
Se puede manifestar de muchas maneras diferentes, y no necesariamente tiene que presentarse como Afrodita siempre lo planteaba.
Tras ver la expresión derrotada de la Diosa, Afrodita optaría por una media sonrisa mientras se cruzaba de brazos, luciendo una pose victoriosa.
"Creo que alguien de aquí debería tomar una terapia…" Aunque las palabras de Afrodita fueron indirectas, se vio claramente a quien era dirigida esa afirmación.
Artemisa tan solo se encogió ante sus palabras. Le molestaba mucho sentir que ella tenía la razón, ya que nunca había amado a un hombre antes, y secretamente piensa que quizás Bell no pueda ser feliz con un noviazgo secreto.
Bell no pudo comprender del todo las dolencias de la Diosa, pero sabía a la perfección una cosa.
No iba a permitir que Afrodita se siguiera burlando de ella de una manera tan despiadada.
Había intentado ser buena con ella, pero ya no más.
"Si se refiere a usted, escuché que en Manhattan había un centro de rehabilitación para adictos sexuales." Afrodita ensanchó sus ojos a más no poder tras lo escuchado, mientras que Artemisa lo miró con gran sorpresa.
"¡¿Qué es lo que insinúas?!" Cuestionó la Diosa, claramente molesta ante lo escuchado.
"Yo no insinuó nada, solo digo hechos." Respondería mientras se inclinaba de hombros, ignorando el enfado creciente de la mujer.
"¡Para que sepas, no tendría nada que hacer en aquel lugar!" La Diosa se defendería rápidamente, ganándose un asentimiento por parte de Bell.
"En eso si que estamos de acuerdo." Respondería Bell, ganándose una sonrisa afilada por parte de la Diosa del Amor. "Te echarían en menos de cinco segundos por querer tirarte al instructor."
Afrodita lo miró con sus ojos bien abiertos mientras temblaba de ira. No podía creer que alguien la insultara tanto justo en frente de otra Diosa.
Aunque lo que más le molestaba, era que Bell había sido quien dijo todas esas cosas.
"¡Oye…!" Afrodita rugió con gran furia, solo para detenerse en seco tras ver la mirada de Bell.
"¿Todavía no terminaste?" Preguntaría, mientras sus ojos afilados reflejaban clara molestia. "Por si no te diste cuenta, nadie te quiere en este lugar. Especialmente, después de haber insultado de esa manera a alguien como Artemisa." Bell entrecerraría sus ojos, logrando que Afrodita se pusiera un poco tensa. "Para que sepas, el amor no solo gira alrededor del afecto que se tiene una pareja. Artemisa ama a todos los que componen su Caza, y nosotros la amamos a ella. Eso se conoce como amor familiar por si no lo sabías." Artemisa se sorprendería ligeramente ante sus palabras, y su mirada era prueba de ello. "Todas aquí desprenden una cantidad de amor, que me lograron sanar heridas cuando pensé que nunca se cerrarían." Para concluir, Bell apoyó su mano sobre el hombro de Artemisa, mirando a Afrodita con gran seriedad. "Para que lo sepas, ella sola contiene mucho más amor en su corazón, que todas las aventuras que tú has tenido a lo largo de toda tu vida."
Un pequeño rubor decoró el rostro de Artemisa mientras sentía como su pecho se calentaba. No entendía como siempre encontraba una forma de hacerla sentir tan bien…
Mientras tanto, la reacción de Afrodita era completamente opuesta. Ella no sabía si lucir molesta, regañada, humillada o triste.
"Después de lo que escuchaste, vuelvo a preguntarte…" Comentaría el albino, quitando su mano del hombro de Artemisa. "¿Todavía no terminaste?" Cuestionó, entrecerrando sus ojos con un brillo peligroso en ellos. "Porque te aviso que, si te vuelvas a meter con alguno de nosotros, te devolveré la humillación multiplicada 10 veces todas las veces que sea necesario."
En esta ocasión, Afrodita fue quien bajo su mirada con gran impotencia. Ella parecía querer decir algo, pero finalmente desapareció en un pequeño destello rosado, reusándose a seguir escuchando.
Después de que la Diosa desapareciera, Bell no pudo evitar dar un suspiro que no sabía que estaba conteniendo.
"Espero no tener que lidiar con ella nuevamente, es una molestia…" Pensó en sus adentros, solo para ensanchar ligeramente sus ojos cuando sintió como Artemisa lo abrazaba.
El abrazo fue tan fuerte que Bell no pudo evitar caer sobre el futón.
Artemisa se elevó sobre él, entregándole una sonrisa casi tan hermosa como su rostro.
"¡Gracias!"
Bell tan solo sonreiría, dándole un par de palmadas en la espalda.
"Ella no tenía derecho a decirte nada de eso." Fue la simple respuesta de Bell. "Además, entre nosotros…" El albino elevó un poco su rostro para susurrarle al oído. "Eres tan cariñosa, que eso no me deja duda de que eres mejor en el amor que ella, y estoy hablando en todos los aspectos del amor." Le susurró, logrando que Artemisa intensificara un poco más su sonrojo. "Eres tan linda." Finalizó, dándole un corto beso en su mejilla.
Bell se sentó sobre el futón mientras le daba unas pequeñas caricias en su espalda. Artemisa aun estaba sobre su regazo, parecía no querer separarse.
"Tengo que volver al Monte Otrís, y tú tienes que continuar con el entrenamiento de las Cazadoras." Bell rompería el cómodo silencio, separándose un poco de ella.
En un principio, Artemisa pareció algo triste ante la idea de separarse de él, pero rápidamente le entregó una sonrisa.
"Entonces, ¿nos veremos en mi tienda por la noche?" Preguntó la Diosa, logrando que Bell pestañeara con curiosidad.
"¿En tu tienda?"
"La última vez corrimos más peligro de lo que pensamos. Nadie llamará a mi tienda o entrará hasta que sean las primeras horas de la mañana, ya que se supone que debería de estar terminando mi labor con la Luna." Artemisa dio su punto, haciendo que Bell alzara su mirada.
"Supongo que poder dividir tu cuerpo trae muchas ventajas…" Pensó el albino en voz alta recibiendo un rápido asentimiento por parte de Artemisa.
"¡Entonces, nos vemos en la noche!"
Bell solo pudo sonreír ante el entusiasmo palpable de la Diosa.
Varías horas más tarde, en la noche…
"Los mayores problemas podrían surgir en el Amazonas. Es un bosque muy extenso, y lo más probable es que deberíamos internarnos en más de un país para limpiarlo por completo." Artemisa estaría señalando con su dedo a una gran cantidad de países que se encontraban en Sudamérica. "Deberíamos empezar con Brasil. Creo que esta expedición nos tomará alrededor de 2 meses." Artemisa alzaría su mirada, viéndose como Bell se encontraba en el otro extremo del mapa. "¿Qué te parece?" Preguntaría la Diosa, acomodándose.
Bell simplemente miraría el mapa, viendo como había diferentes países marcados con tinta. "Estaba pensando que quizás deberíamos dividirnos en dos grupos, y de esa forma no tardaríamos tanto…" Comentó el albino mientras se tomaba el mentón. "¿Cuánto tiempo crees que tardaran en regenerarse los monstruos?" Bell alzó si mirada, fijándola en la Diosa.
Artemisa se inclinaría de hombros. "No estaría tan segura. Puede haber un margen de 20 días a 40 días. Esa es la razón por la que tardaríamos bastante tiempo. Debemos asegurarnos de limpiar lo mejor posible las zonas."
"Lo entiendo, entonces la idea de formar dos grupos queda descartada…" Comentó Bell, para luego esbozar una pequeña sonrisa. "Creo que en 20 días estaría mucho más libre que ahora, así que podré hacer gran parte de la expedición junto a ustedes." Bell volvería a bajar su mirada, alzando una ceja. "Dejando de lado mi participación, tengo otra pregunta…" Artemisa lo miraría atentamente, indicando que procediera. "¿No sería mejor esperar los 40 días para exterminarlos a todos de una vez? Eso sería mucho más rápido. Y si lo que te preocupa es el peligro, simplemente podríamos manipular diferentes avisos para que nadie se acerque a la Amazonas en ese margen de tiempo." El albino dio su punto, logrando que una sonrisa muy imparcial decoraría el rostro de la Diosa, llamando la atención de Bell.
"Podemos controlar lo que hacen los mortales, pero no podemos llevarlo a un margen tan amplio. Es decir, podríamos hacer lo que tu dices, pero deberíamos repetir esos patrones en todo momento en una cantidad de tiempo predeterminado." Bell la miraría como si no hubiera entendido nada. "En resumidas cuentas, los mortales no son tontos. Algunos podrían llegar a atar los cavos. Para que te hagas una idea, es muy difícil mantenerlos alejados de la vida sobrenatural en todo momento, sin importar que hagamos nuestro mayor esfuerzo." Explicó la Diosa, para luego alzar una ceja. "¿Cómo crees que se originaron los Demonios o Fantasmas en la cultura general? En la actualidad hay muchos mentirosos, pero lo cierto es que a veces los mortales pueden sentir o ver cosas extrañas cuando no tenemos mucho cuidado y no los libramos del peligro." Explicó, para luego señalarse con una pequeña sonrisa. "Por eso tenemos el trabajo de limpiar las zonas de regeneración, antes de que los monstruos se crucen con los mortales."
"Para serte sincero, eso suena a un trabajo imposible." Comentó Bell, logrando que Artemisa asintiera.
"No podemos hacernos cargo de todos los monstruos, pero podemos reducir la tasa de peligro en gran medida. Ese es nuestro trabajo real." Explicaría la Diosa.
"Lo entiendo." Comentó Bell, para después mirar nuevamente el mapa. "Entonces, espero que Brasil sea un buen lugar para hospedarse."
"Genial." Artemisa asintió con una sonrisa. "Mañana les informaré a ellas. Pero, por el momento…" La sonrisa de la Diosa cambiaría a una un poco más traviesa. "Disfrutemos un poco, ¿no te parece?" Preguntaría mientras gateaba hasta donde se encontraba Bell.
Bell la atrapó en un fuerte abrazo cuando ella ya estaba encima suyo, para luego entregarle una sonrisa bastante similar al de la mujer.
"Creo que acabo de descubrir un nuevo lado tuyo, y no me desagrada." Comentaría el albino, para luego darle un corto beso en los labios.
"Ni siquiera yo sabía que podía ser así. Esto es toda tu culpa." Artemisa le presionaría un dedo fuertemente en el pecho, logrando que una sonrisa burlona decorara el rostro de Bell.
"Así que, ¿también fue mi culpa cuando me robaste un beso estando dormido?" La pregunta de Bell hizo que Artemisa se sobresaltara ligeramente, solo para que después mirara hacia otro lado mientras un gran sonrojo adornaba su rostro.
"… ¿Cómo te diste cuenta?" La pregunta de la Diosa llegó después de unos pocos segundos. Fue prácticamente un susurro, por lo que Bell apenas pudo escucharla.
"Bueno, en un principio no había sospechado nada. Solo me pareció extraño sentir como mis labios tenían un extraño sabor a frutas tropicales." Artemisa tan solo aumentó aun más su sonrojo tras escuchar eso. "Cuando te rescaté de Atlas no tuve tiempo de procesar tu beso en ninguna ocasión, ya que estábamos en medio de una guerra. Pero ahora, es diferente…" Concluiría con una sonrisa zorruna, logrando que Artemisa volteara aun más su rostro. "Nos hemos besado muchas veces, y estoy completamente seguro de que el sabor de tus labios es exactamente el mismo."
Artemisa no pudo evitar dar un suspiro al haber sido completamente descubierta.
"¡Bueno, lo reconozco! ¡Si, lo hice!" La Diosa volvió a mirar a Bell con una expresión seria, aunque el enorme rubor no ayudaba a mantener esa expresión. "En ese momento pensé que no tendría otra oportunidad, y me dolía tanto el pecho cada vez que pensaba en ti…" Artemisa no pudo evitar bajar su mirada con ligera tristeza. "Como estábamos los dos solos, sabia que nadie lo sabría a excepción de mí, así que…" Artemisa enterró su cabeza en el pecho, logrando que se presentara un silencio de unos pocos segundos, en donde Bell solo pudo mirarla con ligera empatía. "…Solo quería relajar ese dolor, aunque solo fuera por poco tiempo."
Artemisa sintió como una mano le acariciaba el cabello con mucho cariño, haciendo que esta alzara su rostro.
"Pero ahora estamos aquí." Explicaría Bell con calma. "Ya no necesitas contenerte…" Bell alzó el mentón de Artemisa con su mano, logrando que sus labios estuvieran a centímetros de tocarse. "…Y yo tampoco."
Después de esas palabras, ambos volvieron a besarse con más intensidad que la vez anterior.
Artemisa rodeó sus manos por detrás del cuello de Bell, mientras que el albino la tomaba del trasero y la alzaba rápidamente. Cuando él se levantó, ella enredó sus piernas alrededor de su cintura por puro instinto.
Sus labios permanecieron sellados hasta que llegaron al futón. Bell se arrojaría sobre él sin miramientos, haciendo que Artemisa terminara sobre él. Los labios de ambos finalmente se separaron, sin poder evitar jadear en silencio por la falta de aire.
"Te tomaré la palabra." Respondió Artemisa levemente agitaba mientras acariciaba el cabello de Bell. "Creo que te amo desde que comenzaste a desafiarme, pero no me di cuenta hasta que me salvaste de Atlas." Artemisa se sentaría sobre la cintura de Bell, sin poder evitar esbozar una sonrisa bastante subjetiva. "Para serte sincera, no se como lidiar con este sentimiento, ya que es completamente nuevo para mí. Lo único que sé, es que estuve soportando un inmenso dolor por todo el tiempo que estuve fingiendo…" Artemisa lo abrazaría fuertemente, ahuecando su rostro en el cuello de Bell. "Fingiendo que solo quería ser tu amiga." La Diosa alzó su rostro, mirándolo fijamente. "Pero ahora, ya no tengo que fingir nada." Una mirada un tanto atrevida cruzó por su rostro cuando tomó las dos mejillas de Bell con sus manos. "Quiero compensar todos esos meses que estuve pensando en ti con tanto deseo. Quiero sentir tus caricias. Quiero sentir tus labios. Quiero que me consientas de la mejor manera posible." Bell solo atinó a sonreír ante sus palabras.
"Solo lo haré, si tú también me consientes. Mi romance pasado ni siquiera tiene el derecho de llamarse de esa manera, así que yo también tengo mucha necesidad de ti." Comentaría Bell, viendo como Artemisa sonreía por sus palabras.
"Ella fue una tonta… y creo que debo agradecerle." Sus narices chocarían entre sí, al mismo tiempo que ambos cerraban sus ojos. "Después de todo, es gracias a ella que nosotros nos conocimos…"
"Solo puedo dar gracias a los Dioses por haberme otorgado este destino tan caprichoso." Respondió Bell con leve gracia.
"De nada." Artemisa contestaría con un tono divertido, para luego volver a sellar sus labios en un beso igual de apasionado que el anterior.
Ajenos a todo lo que estaba sucediendo en el espacio infinito, un problema comenzaba a crearse.
En un lugar tan extraño que parecía desafiar las leyes de la física. En un lugar que parecía estar tan cerca del cosmos, pero a la vez tan alejado.
Un sujeto de apariencia joven se encontraba flotando entre los enormes escombros que se encontraban en todo el sitio, flotando con total libertad.
Cuando el desconocido abrió sus ojos, se podía ver que estaban compuestos por el negro más profundo que se haya visto en cualquier mundo. Sus pupilas negras estaban decoradas con pequeños puntos blancos que se asemejaban a estrellas.
Era una mirada extraña, ya que parecía que podías ver el mismo cosmos con tal solo mirarlo a los ojos.
El sujeto giraría su rostro hacia una pequeña capsula de energía divina de color negro y blanco que fluctuaba de una manera muy rara, como si estuviera a punto de romperse.
"¿Ya han pasado diez mil años?" La voz del ser era bastante confusa, como si no tuviera un genero al que definir, aunque claramente su apariencia decía que era un hombre.
Su mirada parecía aburrida en todo momento, pero no puedo evitar ponerse ligeramente serio al final.
"Claridad…"
Al día siguiente…
"¿Por qué me mandaste a llamar?" Preguntaría Bell mientras se detenía en frente del trono de Zeus.
Su padre lo miró atentamente por unos pocos segundos, para luego sonreírle.
"¿Cómo te sientes?" Bell tan solo alzó una ceja ante tan extraña pregunta. "Ya sabes, a estas alturas, tu conversión a Dios debe de estar por llegar al final."
"Oh, sobre eso…" Bell cerraría y abriría su puño mientras pensaba con detenimiento. "No noto ninguna diferencia ahora mismo, pero cuando utilizo mis poderes heredados siento que mi cuerpo cambia radicalmente." Su mirada se volvió a posar en el Dios, esbozando una expresión seria. "No puedo decir cuanto falta para eso, pero estoy seguro de que está muy cerca."
"Házmelo saber cuando llegue el momento. Necesitaré hablar contigo." Aclararía el Dios con seriedad, indicando que no aceptaría un no como respuesta.
Bell simplemente asintió sin mediar palabra, para después ver como su padre se paraba de su trono y caminaba lentamente hacia él, para luego entregarle un pergamino que parecía ser bastante viejo.
"Necesito que lleves esto a la biblioteca de Atenea. Es un pergamino muy antiguo que fue creado en Creta." Comentaría el Dios. "Ella dijo que deberías leerlo, ya que dice un par de cosas interesantes que ni siquiera los Dioses saben."
"Un momento, ¿Cómo los humanos pueden saber algo que los Dioses no?" Cuestionaría el albino mientras veía el pergamino con gran atención.
"Es porque ese pergamino no fue creado por los mortales, supuestamente." La respuesta de Zeus hizo que el interés de Bell se disparara a las nubes. "Por cierto, no te molestes en buscar a Atenea." Agregó Zeus. "Después de acabar con Gaia, Ares y ella están discutiendo sobre el futuro de las guerras en el plano mortal." Bell no pudo evitar alzar una ceja ante esto.
"¿No crees que los humanos ya tuvieron bastantes guerras?" El cuestionamiento del albino solo hizo que Zeus se inclinara de hombros.
"Un mundo sin una pizca de mal sería perfecto." Contestó el Dios con simpleza. "El problema de lo perfecto, es que es muy aburrido." Zeus se cruzaría de brazos, esbozando un rostro serio. "Aún no lo entiendes porque no has vivido lo suficiente. Solo diré que el mal nunca puede sobrepasar al bien, y el bien no existiría si no fuera por el mal."
"Tienes razón, no puedo entenderlo." Respondería Bell mientras se frotaba el cabello. "Pero no puedo meterme en asuntos tan puntuales. Son sus Dominios, y pedirle que no hicieran más guerras sería muy frustrantes para ellos."
"Si te preocupas por el futuro de la humanidad, déjame decirte que ninguna guerra será tan critica como la Segunda Guerra Mundial. La humanidad nunca se autodestruirá." Comentó el Dios, para luego darle un rápido saludo a Bell. "Asegúrate de no mover nada de lugar, ya sabes cómo es ella."
"Lo tengo bien claro, créeme." Respondió con una pequeña risa, recordando todas las experiencias que contaba su amiga Titanide cuando se cruzaban en el Monte Otrís.
Bell abrió el pergamino mientras se adentraba por los pasillos del Olimpo, asombrándose cuando vio que era más grande de lo que pensaba.
Lo primero que distinguiría serían las imágenes hechas mediante una pintura bastante rustica, denotando su antigüedad. Después de eso, se fijó en la escritura, que parecía ser griego antiguo.
Las palabras y símbolos fueron rápidamente transformados por su cerebro, logrando poder leer el pergamino sin ningún problema.
Bell se fijó en la primera imagen, viendo como era completamente negra.
"Antes de la Tierra, existían las Estrellas. Antes de las Estrellas, existía la Oscuridad. Antes de la Oscuridad, existía La Nada. Antes de la Nada, existieron dos hermanos…"
Las imágenes parecían comenzar a moverse mientras continuaba el relato, retratando las palabras a la perfección.
"El hermano y la hermana vivieron muy felices durante los primeros años, divirtiéndose con sus propios poderes mientras cuidaban el uno del otro. Pero, pronto, el hermano y la hermana se aburrieron al no haber absolutamente nada, más que sus meras existencias. Para quitarse esa sensación de sus cuerpos, el hermano creo la Oscuridad. Al ver que la Oscuridad parecía estar tan vacía, la hermana creó las estrellas. Al ver que las Estrellas eran todas idénticas y carecían de vida, el hermano creó el Sol junto a unos planetas que lo rodeaban. No contentos con esto, los dos hermanos crearon una vida en determinado planeta a quien le otorgaron un inmenso poder. El hermano se presentó a su creación como el Caos, mientras que su hermana se presentó como la Claridad."
"Los hermanos parecían felices al ver como la vida comenzaba a desarrollarse en aquel planeta. Su creación trajo aun más creaciones, y a su vez, esas creaciones trajeron aún más creaciones. Pero, desafortunadamente…"
"La felicidad de los hermanos se transformó rápidamente en división y confrontación…"
"Las creaciones comenzaron a matarse entre sí, algo que la hermana no soportaba ver, a diferencia del hermano, quien parecía no afectarle."
"No pasó mucho tiempo para que la hermana se consumiera en ira tras ver como sus amadas creaciones se arrebataban la vida entre ellas. Por ese mismo motivo, la hermana decidió que lo mejor sería descender al planeta e imponer su control sobre sus creaciones para erradicar el mal."
"El hermano se enteró de esto, y lejos de estar de acuerdo con su hermana, los dos hermanos iniciaron una fuerte pelea de ideales. El hermano pensaba que el desorden y el mal hacían que la vida no sea lineal y aburrida, a diferencia de su hermana, la cual afirmaba que el mal era una plaga que debía erradicarse antes de que pudriera todo."
"La confrontación verbal rápidamente se transformó en una fuerte batalla entre los dos hermanos. Una batalla tan fuerte que pudo sentirse en aquel pequeño planeta."
"Como el combate estaba muy igualado, el hermano sacrificó la mitad de su poder para sellar a la hermana en una prisión de la que no saldría nunca más…"
"De esa manera, el nombre de Claridad fue desapareciendo a lo largo de los milenios, siendo solo recordada por su hermano…"
Bell no pudo evitar bajar el pergamino con una mirada cubierta de confusión en su rostro.
"¿Esto es verdad?" Se preguntó el albino, ensanchando ligeramente los ojos. "De ser así, el que escribió esto fue…" Bell dejaría el pergamino sobre la mesa, para después negar con su cabeza.
"No es posible." Se dijo a sí mismo, saliendo de la gran biblioteca.
En otro lugar…
Caos se colocó en uno de los escombros mientras veía atentamente como la capsula que mantenía presa a su hermana comenzaba a fluctuar más y más, hasta que finalmente se detuvo.
Un silencio tortuoso se presentó por unos pocos segundos…
La capsula comenzaría a contraerse de una forma muy extraña, hasta que finalmente iluminó todo de un color negro cuando explotó con gran fuerza. La luz negra rápidamente pasaría a una blanca, mientras los escombros cercanos eran desintegrados sin dejar rastro alguno.
Después de unos pocos segundos, el brillo y la explosión cesaron, haciendo que Caos descubriera su rostro lentamente.
"Esto será un dolor de cabeza…" Pensó Caos mientras daba un suspiro, viendo la hermosa figura que comenzaba a emerger entre el humo.
¡FINAL DE LA SEGUNDA PARTE!
