DIA 11: PRIMERA VEZ (NO SEXUAL)
11.- Desafortunados
Finral x Vanessa
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¿Acaso se podía ser más desafortunado?
Era su primer día en el trabajo, y se le había asignado el turno nocturno. Decir que estaba asustado era poco, siempre había sido un chico bastante cobarde, rara vez actuaba por impulso a menos que la situación lo ameritase. Sacaba fuerzas de quién sabe dónde y afrontaba el problema.
Y tal parece que sí quería conservar su primer trabajo oficial, tendrían que guardarse ese miedo absurdo y salir.
Se ajustó la chaqueta de su uniforme y sin más preámbulo tomó asiento en el piloto del taxi y lo echó a andar.
Deseaba con todas sus fuerzas que la noche fuera tranquila. Transitó lentamente por las calles que ya conocía, antes de dirigirse hasta la zona del centro, donde todo era más brillante debido a la cantidad de bares y centros nocturnos abiertos.
Entonces un disturbio llamó su atención. Afuera de un viejo local, varias personas estaban reunidas en un círculo presenciando algo.
― No te detengas… no te detengas… ― Se dijo mentalmente, una gota de sudor resbaló por su sien.
No quería problemas, era su primer día. Y tampoco quería llevar de viaje a delincuentes o lo que sea que estuviera sucediendo ahí.
― ¡ERES UN MALDITO ASQUEROSO! ―
Una joven de cabello rosado, se lanzó al hombre frente a ella con intenciones de atacarlo, y de ser posible arrancarle los ojos con sus propias uñas.
― ¡Maldita perra! ― gritó el otro alzando su mano y empleando toda su fuerza para abofetear a la joven, derribándola al suelo.
― ¡VANESSA! ― Gritaron las chicas del lugar, intentando sostenerla. Muchas de ellas estaban al borde del llanto.
El enorme sujeto, se limpió la mejilla, donde Vanessa le había rasguñado minutos antes. Y después le escupió. ― Aprende tu lugar, basura ―
Estaba aturdida y su mejilla pronto se hincharía. El sabor a metal le indicó que su boca empezó a sangrar, tosió y las chicas a su lado se asustaron al ver esas manchas rojizas.
― Por favor Vanessa-Neesan, detente ― Suplicó una peli castaña, quien traía su vestido roto, su labio hinchado y el cabello revuelto. ― No vale la pena… ―
― ¿Cómo… cómo dices eso, Natalie? ― Cuestionó bajito, admirando el rostro de la más joven. Verla en ese estado encendió su furia de nuevo. El cerdo de su jefe había intentado propasarse con ella; como la mayor siempre había cuidado de sus compañeras, aun a costa de su propia vida, se enfrentaba a la bestia que tenía cómo patrón.
Más chica había tenido muchos tropiezos, discutía con su madre todos los días. Abandonó su hogar muy pronto y los errores sólo venían llegando uno tras otro.
Vanessa Enoteca era una mujer desafortunada, pero por eso no permitiría que las chicas que confiaban en ella y que la veían como una hermana mayor se sintieran defraudadas de la vida, como ella alguna vez se sintió.
Y menos por Yamato Irui, el hombre que le destruyó los sueños y al que le vendió el alma en ese asqueroso bar, con un sueldo miserable de mesera. En aquel entonces suplicó por un héroe, que nunca llegó, se fundió en miedo y siguió viviendo.
El mencionado empezó a tronarse los nudillos. ― Entonces… ¿Estás lista para disculparte, Vanessa? ―
― ¡JAMÁS, INFELIZ! ―
Todas pegaron un grito cuando Yamato jaló a la mayor para tenerla más cerca. ― ¿Qué dices, mocosa ingrata? ― La sacudió.
― ¡PERRO INFELIZ DE MIERDA! ―
Se echó a reír. ― ¿Te crees valiente, eh? ― Le jaló el cabello un par de veces, Vanessa resistió mordiéndose los labios. Y después la volvió a dejar caer al suelo. ― ¡Todas ustedes! ― Las chicas se pegaron unas a otras, temblorosas lo miraron. ― Será mejor que aprendan, qué es lo que pasa cuando quieren pasarse de listas… ― Se quitó el cinturón y alzó su mano para tomar impulso y que el latigazo fuera bastante eficiente.
La peli rosa se cubrió con el ante brazo. Era mejor a que marcara su rostro.
Sonrió satisfecho. Total, siempre ganaba.
La piel del cinturón impactó.
La sonrisa de Yamato cambió a confusión al igual que la de las chicas del fondo, quienes sólo dejaron salir una exclamación ahogada.
Vanessa se descubrió el rostro al no sentir ningún golpe y sus ojos se abrieron con asombro. Unas gotas de sangre llamaron su atención, un chico castaño le daba la espalda.
― ¡ES SUFICIENTE! ― Exclamó Finral totalmente furioso, su ante brazo sangraba luego de recibir aquel latigazo. ― Eres un ser despreciable… ¿CÓMO TE ATREVES, BASTARDO? ― Y con la adrenalina a mil se lanzó a él tirándole un buen derechazo.
Pudo escuchar el sonido de sus propios huesos de la muñeca rompiéndose, a penas y la cabeza del tipo se hizo de lado, pero no importaba, sólo quería desquitar la rabia que sentía quemar su interior.
― Otro insecto qué se cree hombre… ― Musitó, limpiándose un hilo de sangre.
Vanessa se asustó y abrazó a Finral por detrás para alejarlo. ― Por favor, basta… ― Murmuró bajito contra la espalda masculina.
El castaño temblaba de rabia, pero las palabras de la joven de apoco lo apaciguaron. El sonido de las sirenas de las patrullas de policía llamó la atención de los presentes.
― ¡Corran, niñas! ― Ordenó Vanessa, todas asintieron y despavoridas huyeron.
― Suertudas… ― Masculló. ― Esto no termina Vanessa Enoteca… ― Extendió su mano y la hizo puño en señal de atrapar algo y después digirió su mirada fría al chico. ― Y a ti… espero verte muy pronto ―
Finral quería liberarse, a pesar de tener las de perder, sentía que no podía dejar las cosas así. Pero la peli rosa tembló contra sí.
― Por favor… ―
Ese simple susurro cayó como anestesia en su interior. Se giró y por primera vez se miraron a los ojos, dándose cuenta que su color era el mismo. Un bello y brillante púrpura.
― Vámonos ― La tomó de la mano con toda la delicadez posible y se la llevó consigo hasta su taxi.
El hombre sólo los vio alejarse con una sonrisa. Ya tendría oportunidad de vengarse.
Como todo un caballero, abrió la puerta del copiloto permitiéndole a la joven ingresar primero, rápidamente ingresó a su lado. Un silencio se apoderó de ambos.
Leves sollozos de parte de ella le partieron el alma al castaño. Durante todo ese tiempo había sido tan valiente, esperaba alguna vez llegar a ser como ella.
Por ahora, sólo le importaba mantenerla a salvo. No le preguntó nada y simplemente le tendió la chaqueta de su uniforme. Ese vestido, era muy bonito, pero no eran circunstancias para puntualizar ese hecho.
La peli rosa tomó la chaqueta y la colocó encima de sus hombros. Sus lágrimas resbalaban suavemente por sus mejillas, mezclándose con la sangre. Hablando de eso, giró su mirada, el joven había echado a andar el vehículo y sobre el volante pudo observar manchas rojizas.
― Gracias… ―
Finral sonrió asintiendo. ― Me alegra haber llegado a tiempo, Vanessa ―
Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero después recordó que en más de una ocasión todos estuvieron diciendo su nombre. Su mirada cambió a curiosidad y entonces el giró hacia ella sonriéndole tranquilamente.
― Soy Finral, Finral Roulacase ― Y volvió de nuevo su atención al camino.
― Finral… ― Murmuró bajito y después imitó su acción de ver al frente. ― Es un bonito nombre ― Pensó.
Con la vista fija en el camino que tenían al frente, Finral conducía su taxi y Vanessa se dejaba llevar. ¿Hacia dónde? Quién sabe, sólo esperaban seguir juntos hasta entonces.
Esa fue la primera vez que se vieron, pero fue suficiente para cambiar el desafortunado destino que ambos habían llevado hasta ahora.
