Nota importante:

Agradezco infinitamente a AdilPilarSilver por haber ayudado con este proyecto de regalo 3

Este fanfic está dedicado a una autora muy especial, la cual es una amiga muy querida.

De hecho este es su regalo por su cumpleaños. Sin mas...

¡Feliz cumpleaños, Shiki1221!

Espero te guste.


Capítulo uno:

La Criatura.

Konoha era un famoso pueblo mágico, que a pesar de ser una población pequeña, era reconocido por sus diversos puntos turísticos, sus paisajes alucinantes y sus monumentos históricos.

Para empezar, estaba dotado de una preciosa playa, que atraía a múltiples turistas, pues estos buscaban un escape de la monotonía de la ciudad. En este entorno pacífico y paradisíaco, se encontraba la solución contra el estrés pues las preocupaciones parecían disolverse entre la suave arena.

Algunos visitantes gustaban de descansar, mientras tomaban un baño de sol, desde la comodidad de una toalla extendida sobre la asperón. Los forasteros más dinámicos elegían participar en actividades acuáticas recreativas como el buceo, sky acuático o surf. Inclusive había personas que preferían jugar con las olas en la orilla o dar caminatas pacíficas acompañados de sus amigos o pareja.

Conjuntamente a la ribera del mar, por supuesto, se encontraba el puerto, un sitio atiborrado de embarcaciones marítimas de distintas envergaduras.

Las naves estaban ancladas y sujetas por sogas a los copiosos pilares del gran muelle, aún así con el movimiento del agua se oscilaban con gracia de un lado al otro. Era gracioso observar como las lanchas con motor, barcos pesqueros y camaroneros hasta yates de lujo o de vela se contoneaban al ritmo del mar, pese a ser objetos pesados en tierra.

Y donde hay un puerto no puede faltar el fastuoso faro. Aquella alta y blanca torre de vigilancia alumbraba con su fulgor el camino de los barcos y sus tripulantes. Por más que la tecnología en localización avanzara, los métodos tradicionales de orientación no se volvían obsoletos, ya que en mar se necesitaba de toda la ayuda posible. Por algo todavía existían los mapas, pese a que se contaba con sistemas GPS.

No obstante, el magnífico litoral marítimo no era el único panorama natural que encantaba al turista, también se encontraba otra atracción turística bastante popular. Esta se ubicaba al final del último asentamiento humano. Justo ahí se elevaba un

inmenso y frondoso bosque, el cual se extendía por varios acres hasta colindar con una serie de cadenas montañosas, las cuales regalaban unas vistas espectaculares, claro si se lograba conquistar sus cimas.

Con ese hábitat natural, tan fenomenal y deslumbrante, disponible para ser explorado para cualquier aventurero. Los amantes de las actividades al aire libre, les atraía enormemente dicha zona.

Todos el año se hacían presentes grupos de excursionistas, alpinistas, y hasta fotógrafos, que acudían incentivados por los increíbles paisajes,y el aire puro que el bosque y la montaña regalaban.

Eran de ese tipo de gente activa que optaban pasar su tiempo libre teniendo contacto con la naturaleza, mediante senderismo o campamentos, no les agradaba mantenerse pasivos en la playa.

Como pueblo rural, Konoha era afortunada, poseer dos centros turísticos, fue como sacarse la lotería. Por lo que la economía del lugar se sostenía mayormente por el turismo, y no tanto por la actividad pesquera, como en épocas pasadas.

Menma Uzumaki, un joven de cabellos rubios alborotados, y grandes ojos azules, todavía se dedicaba a la pesca, pero por mero pasatiempo. Su piel bronceada por el sol era muestra que, desde muy temprana edad, fue iniciado en este oficio. Aunque la familia Uzumaki practicó el escalpelo en el océano, fue más por tradición que por otra cosa, ya que se dedicaron en cuerpo y alma a cuidar del faro, labor que ya llevaba más de dos generaciones efectuándose.

Actualmente, Menma ostentaba el cargo de

centinela, con 20 años de edad. Su abuelo había logrado el puesto laboral a su misma edad. De modo que, no era raro que el joven de cabellos dorados tuviera dicho estatus.

La historia familiar de los Uzumaki fue sumamente complicada, plagada de eventos alegres y tristes. Por ejemplo, Menma se convirtió en huérfano al entrar en la adolescencia, obtuvo los conocimientos suficientes, de parte de su padre y abuelo en su niñez. Esto le facilitó abrirle las puertas laborales en barcos pesqueros, a pesar de ser sólo un chiquillo de 15 años, fue el único que camino que tuvo que seguir para suscistir.

En aquellos años vivió acompañado únicamente por su abuela, Mito Uzumaki, la cual se encargó de su crianza. La venerable señora administró las finanzas familiares, tomando como base el precario salario de su nieto pescador y la pequeña pensión que recibía por ser la viuda de un custodio del faro.

Aunque Menma sintió la pena de perder a la mayoría de sus seres queridos, abuelo y padres, todo en menos de una década, se mantuvo firme, pues tenía a su abuela a su lado. Una mujer mayor, con una fortaleza mental increíble, y un gran corazón, que nunca mostró ningún signo de debilidad, aun cuando estaba confinada a una silla de ruedas, debido a una afección que dejó a sus piernas discapacitadas.

Sin embargo, hace un año, luego de haber obtenido su actual puesto de trabajo, trágicamente las cosas cambiaron. Su último familiar con vida partió de este mundo. En consecuencia, siguió dedicándose a la caza marítima en sus tiempos libres, ya fuera bajo la órdenes de un capitán de algún barco pesquero o por su cuenta. Esto lo hacía únicamente por pasatiempo.

Actualmente su salario de cuidador del faro le alcanzaba perfectamente para vivir solo, solventando sus necesidades a la perfección. No obstante, persistía con esta rutina casual de pescador por pura nostalgia, buscando revivir esos días en donde le ayudaba económicamente a su abuela. Buenos tiempos, años maravillosos. Además estaba acostumbrado a salir a trabajar al mar.

Menma llegó a la playa desde su hogar, afortunadamente los turistas aún no abarrotaban el lugar. Era una oportunidad de oro, podría desplazarse con mayor libertad hasta destino, así no tendría que estar esquivando cuerpos humanos reposando sobre toallas o bien personas de pie tomando fotos con sus teléfonos móviles.

Empezó a dejar un rastro detrás de sí, creando una serie de pisadas, mientras caminaba por la superficie de la arena. El joven de cabellos rubios traía consigo una caña de pescar, que descansaba en su hombro izquierdo, una fiel compañera de trabajo; mientras en el otro hombro cargaba un bolso magnánimo cargado con su almuerzo y una cantimplora grande llena de agua. Simultáneamente, sujetaba con su mano derecha una bolsa llena de carnadas frescas.

No le tomó mucho tiempo abandonar la playa, entrando a la reserva natural llamadas "Las Catedrales", las cuales eran unas famosas formaciones rocosas.

Estos monumentos. magníficos creados por la madre naturaleza se situaban contiguas a la costa, de hecho era una extensión turística, ya que la arena poseía la misma capacidad de resistencia al agua y tráfico de visitantes. Sin embargo, se autorizaba sólo un cierto número de transeúntes, aunque el lugar se calificaba como un ecoturismo, se ponía mucha atención al deterioro a causa de la interacción humana con las paredes pétreas.

Por lo que, se buscaba controlar seriamente la afluencia de personas dentro de la reserva ecológica, todo con la finalidad de disminuir el riesgo de degradación en vista del turismo.

"Las Catedrales" se consideraban geoformas, en realidad eran acantilados que presentan una perforación, esta anomalía fue producto de procesos de erosión costera intensificados por el choque continuo de las olas y las sales marinas.

Por ese motivo

adquirieron esas formas exquisitas de colosales arcos y torres, cuya arquitectura recordaba a la expuesta en las iglesias católicas de antaño.

Esos arcos montañosos se elevaban a muchos metros del suelo, haciendo ver a los humanos como pequeñas hormigas. Sin duda eran los acantilados más extraordinarios que podrías admirar en tu vida, claro siempre y cuando hubiera marea baja.

El abuelo de Menma, Hashirama Senju, fue un experto en descubrir los secretos de "Las Catedrales". Conocía la playa como la palma de su mano, sabiendo cuales eran los puntos estratégicos estratégicos que aseguraban una pesca exitosa desde la orilla, si no se deseaba hacerse a la mar empleando una lancha.

Asimismo, también enseñó a su nieto diversos parajes, grutas y cuevas ocultas en lan pared de los despeñaderos. Estas geoformas eran comunes, puesto que a siempre en los acantilados existían rocas de menor dureza se desgastaba mucho más rápido que el resto de la estructura rocosa.

Obviamente el Uzumaki contaba con una especie de escondite personal, que no era otra cosa más que una cueva dentro de la zona restringida para los foráneos. Como es de imaginar, Hashirama fue quien le reveló la ubicación de ese sitio, ya que tiempo atrás fue su lugar favorito, ahí pasó los mejores años de su vida.

Gracias a todo este conocimiento heredado, fue que Menma sabía también donde se podía pescar con serenidad y en absoluta soledad, sin que algún turista lo fuera a molestar.

Y precisamente, el ojiazul ya se había escabullido con éxito más allá de la área restringida, aquel terreno se distinguía por las cercas improvisadas con varias sogas, que tenían anudadas banderas amarillas y un letrero de madera que rezaba en dos idiomas diferentes la advertencia.

En su opinión como pescador, sentarse en alguna roca alpina, te facilitaba la captura de peces pequeños, siempre y cuando hubiera marea baja, no te importara mojarte los pantalones cortos o tener un asiento incómodo y escabroso.

Aún con los inconvenientes que dicha actividad, valía la pena hacerlo, ya que la vista del océano era un deleite, además de recibir la brisa marina el la faz y percibir la sombra de esos majestuosos acantilados, cobijándote la espalda, era una experiencia gratificante.

Menma agradeció que la marea estuviera baja, así podría pasear por el largo arenal hasta encontrar un punto alto y adecuado. Revisó cada elevación pronunciada, hasta que por fin se desencantó por un montículo, cuya cúspide era plana, así que sería más cómodo tomar asiento ahí.

En sus jornadas de pesca, el chico priorizaba mucho el ambiente y el sitio donde se iba a sentar, ya que los entornos ruidosos y sin mucho espacio asustaban a los peces.

Afortunadamente, hoy era un día bonito, estaba soleado, las gaviotas gozaban de lo lindo su vuelo al tener un cielo despejado, soltando gritos de alegría. Por lo pronto, Uzumaki contaría únicamente con la compañía de estos seres vivos y el rugido controlado del mar, que acariciaba la ribera.

Se detuvo frente al margen de la costa, recibiendo en sus pies una caricia húmeda por parte de las olas, las cuales no dejaban de arribar, ya que el desplazamiento del agua era tranquilo. Se había detenido, con el fin de meditar alguna estrategia para nadar con seguridad hasta el montículo elegido, que se localizaba a unos cuantos metros, aunque la marea estaba tranquila, más valía no confiarse, pues el océano podría traicionarte, y poco importaba si eras un buena nadador o no.

Bajó el cierre de la acogedora chamarra que traía puesta. Dicha prenda era casi por completo de un color negro azabache, a excepción de tres franjas naranjas que decoraban las mangas. En cuanto se despidió de su primer pieza de ropa, quedó al descubierto un playera roja, sin mangas, que combinaba a la perfección con las bermudas azul oscuro, cuyo largo rozaba su rodilla.

Se retiró también la playera roja, manteniendo en su lugar únicamente unas bermudas celestes oscuras, las cuales no le importaba humedecerlas.

Expuso su bronceado torso tonificado, sin mucho exceso en su musculatura, pero eso si estaba bien definido. Su espalda era amplia, por ende sus pectorales eran macizos y estaban algo marcados, bajando por esa misma línea estaba el abdomen que era plano y definido, no tenía los músculos tan fuertemente delineados pero si se podían apreciar que estaban en forma; entretanto los hombros eran anchos acompañados con unos brazos desarrollados en musculatura, sobre todo en el área de los bíceps. Claramente era una muestra de que Menma tenía el cuidado y la disciplina de ejercitarse constantemente. Tal vez debido a su trabajo como vigilante 24/7, no quería ser presa fácil de algún delincuente fornido, que pensara tocar su puerta enmedio de la noche, abogando a su buena voluntad de ayudar a marineros, y terminara asaltándolo a puñetazos.

Algunas chicas del pueblo juzgaban las características físicas de Menma como un físico deseable, debido a que cumplía la típica fantasía de un marinero o pescador robusto que podría regalarte abrazos de oso con sus poderosos brazos.

El rubio dobló su ropa con cuidado, depositando tanto su chaqueta naranja como su playera roja en el interior de su bolso.

Meditó en que lo ideal era resguardar sus pertenencias, en alguna pequeña gruta, debajo de un arco pedregoso, existían muchos de estos puntos pro toda la pared rocosa. Podría estar en este momento solo, pero nunca se sabía si algún ladrón, o bromista, gustaba de tomar lo ajeno con la única intención de hacer daño.

Con sus cosas personales a salvo, dirigió sus pasos hacia su destino. Estaba a punto de entrar al agua y zambullirse, cuando vio, por el rabillo del ojo, un objeto envuelto en algas marinas, que fue depositado suavemente por la marea en la playa. Con cada nueva ola, aquella cosa era empujada más y más en la arena, fue ahí cuando parte de la plantas marinas, que habían ocultado características, se despejaron revelando una cola de pescado bastante larga.

Menma caminó con precaucion hasta donde había visto aquello, sospechaba que tal vez algún delfín o tiburón había quedado varado. Sucedía a menudo que barcos pesqueros golpeaban con sus hélices a seres marinos, condenándolos a escapar desesperadamente hasta la superficie.

Cuando se aproximó lo suficiente, se dio cuenta que no era un animal marino desamparado, como creyó al principio. Debido a que ningún delfín ni tiburón poseía brazos humanos ni una cola de pez, de un tono cerúleo, tan estilizada y elegante.

El joven pescador se movió rápidamente para socorrer a la criatura, la cual identificó inmediatamente como una sirena. En ese instante, a su mente acudieron las historias narradas por su abuela, Mito. Recordó todas las particularidades físicas que describió en sus relatos. Tenía el corazón a mil por hora, como era de esperarse, ya que la ficción se materializó en la realidad.

Se agachó frente al ente marino, quitándole el resto de las algas enredadas que rodeaban su cuerpo. Prontamente, una espalda humana unida a una cola de pescado de tonalidad azulina, fue evidente a simple vista. De hecho, específicamente en esa parte inferior, se apreciaban algunas heridas leves, ya que algunas escamas habían sido arrancadas, como si hubiera sido víctima de arañazos.

Los luceros oceánicos del Uzumaki se abrieron de par en par, cuando la doncella marina dio señales de vida, y empezó a levantarse gradualmente del suelo, su cara sucia por la arena quedó expuesta delante de aquel rescatista oportuno. A duras penas la criatura empleaba sus dos brazos extendidos, con el fin de sostener la parte superior de su cuerpo, la cual poseía una figura femenina.

Ahí, Menma comprendió la razón por la cual los marineros llamaban a las ninfas acuáticas como "El trofeo más precioso". Ahora que estaba vislumbrando por fin a ese ser mitológico, no daba crédito a lo que estaban presenciando en ese momento.

Por su parte, la legendaria nereida en cuanto tuvo contacto visual, con aquel humano desconocido, adoptó una expresión facial de asombro, permaneciendo en un estado de estupefacción. Se asemejaba a un ciervo que acabó en la carretera, en una noche lluviosa, que quedó shockeado debido a que fue iluminado por los faros de algún automóvil.

Los ojos del Uzumaki recuperaron su brillo, escapando del trance de la sorpresa inicial. Ahora podría destinar su atención completa a una inspección sensata y lógica de este alucinante acontecimiento viviente.

Descubrió el angelical rostro de esa sirena, era fino, de forma ovalada, era sumamente precioso y radiante. Poseía una piel lozana inmaculadamente blanca, tersa, y fresca, sin duda la juventud se desbordaba en cada centímetro de su faz.

Dentro de ese lienzo facial tan óptimo, destacaban unos ojos rasgados de un color negro intenso, que centellaban como dos luceros oscuros y profundos. Una nariz aguileña espléndida, unas mejillas que se habían ruborizado debido al esfuerzo que tuvo que realizar para escapar de sus captores, y por último estaba esos finos, suaves y levemente rosáceos.

Adicionalmente, sobresalían sus orejas puntiagudas, de un color azul verdoso, cuya morfología era semejante a los de otras criaturas míticas, como los elfos. No obstante, poseían una particularidad extra, estaban palmeadas. Se denominaban así, por la simple razón de que contaban con una membrana, la cual unía los tres cartílagos largos y afilados. Este tipo de oído, facilitaba la audición, y la captación de la vibraciones sonoras debajo del mar.

Acompañando a esas extravagantes orejas, se encontraba un sedoso, brillante y lacio cabello azabache que caía con delicadeza, como el velo de una cascada, por su cara, espalda y torso. Curiosamente, en virtud de aquella cabellera excepcional es que aquellas orejas se distinguían aún más.

De hecho, su rostro también se veía beneficiado, ya que era aún más atractivo gracias esa excelente cabello obsidiana. El cual descendía en mechones en punta, enmarcando a la perfección el contorno del semblante, cubriendo también la frente con un pequeño fleco.

Entretanto en la parte de atrás, la melena bajaba en forma de picos, asemejándose a la cresta de un halcón, hasta llegar al área de la nuca, desde ahí el pelo seguía el patrón de crecimiento normal.

El pescador bajó la mirada, llevando sus ojos zarcos al torso humano de la criatura. Vislumbró los pequeños y delgados hombros, donde algunas hebras obsidianas de cabello se asentaban sobre la piel desnuda.

Al proseguir su recorrido con su vista azulina, más allá de la región de las clavículas, descubrió lo que estimula la imaginación de todo hombre con sangre en las venas, y está era el busto.

Los senos eran de tamaño pequeño, es decir, disponían de poco volumen, plano en la parte superior y separado en el centro. A pesar de ello, y que los mechones de aquella melena oscura le llegaban hasta debajo de cintura, se alcanzaban a asomar unos pequeños pezones rosados

Aun cuando para algunos de hombres ese tipo de pecho le resultaba no muy atractivo, para el Uzumaki fue algo extraordinario de apreciar, ya que era la primera vez que divisaba a una fémina así.

Un sonrojo coronó las mejillas de Menma, desviando la vista por unos segundos. La estampa de la preciosa sirena se consagró gracias a que estaba empapada. Había cierta fascinación y morbo por admirarla en esas condiciones, se veía sensual.

Fue entonces que, un ataque de tos de parte de la oceánida cortó, con su cuchillo de la realidad, la atmósfera de ensoñación, que había envuelto a ambos seres.

La formidable ninfa del agua de repente se desplomó en la arena, continuando con su ataque de tos, mientras se llevaba una de las manos a la garganta, parecía como si se estuviera asfixiando con algo.

Ahí fue cuando todas las alertas de Menma se encendieron a la vez.

Rápidamente se agolparon en su cabeza recuerdos de su niñez, donde su familia le relataba que procedía cuando las criaturas marítimas de ese tipo quedaban varadas en la costa.

Según su abuela, la mayor conocedora de estos temas, como cualquier pez o mamífero acuático, si una sirena o tritón era arrastrado hasta la ribera, pasaría por un asalto violento de ahogamiento por falta de agua, medio mediante el cual tomaba el oxígeno que necesitaba para vivir. Al exponerse a la superficie, sus agallas se replegarían en automático contra los músculos de la costillas, privándole de su capacidad de respiración acostumbrada.

Aunque las sirenas y tritones se hallaban dotados de agallas y pulmones, teóricamente podrían aspirar el aire de la atmósfera o el disuelto en el agua, según conviniese, y vivir indiferentemente en la tierra o en el mar.

Sin embargo, existía un pequeño detalle.

Cuando una nereida emergía de su medio ambiente natural, únicamente podía sobrevivir en el por unos 10 minutos. Su período de vida era tan corto debido a su baja capacidad respiratoria, como los pulmones no eran requeridos para el proceso de respiración bajo el agua, ya que las agallas ejecutaban dicha tarea, básicamente los órganos no estaban en la una óptima forma.

De manera que era cuestión de vida o muerte activar los pulmones, antes de ese lapso de tiempo se cumpliera, de lo contrario se vendría un destino final muy desagradable.

El modo de poner en marcha dichos órganos era simple y sencillo, consistía en que un humano suministrara oxígeno mediante la respiración boca a boca.

Mientras la ninfa marina de hermosos cabellos azabache se removía en la arena, jadeando profundamente, caminando entre la delgada línea de la vida y la muerte. Menma pudo detectar un barco camaronero que se aproximaba la costa, aún los separaba varios nudos de distancia.

Aún desconocía si habían visto a la sirena mientras escapó, pero de lo que sí estaba seguro eran de las temible consecuencias si la descubrían.

Si bien no estaban en un espacio de desembarque, no era un obstáculo si la tripulación se decidía a señarla como un objetivo valioso.

Para nadie era un secreto que una gran cantidad de marineros creían aún en una vieja leyenda urbana, la cual pregonaba que si se consumía la carne de una sirena, la longevidad y buena salud estaba asegurada, incluso algunos aseguraban que ayudaba con el vigor sexual. Aunque las oceánidas tenían aspecto humano en la parte superior de sus cuerpos, los defensores de esta creencia popular marina, no las consideraban como seres humanos, así que no se calificaba como canibalismo.

Si le preguntaban a Menma su opinión acerca de esas creencias de viejos lobos de mar, sencillamente contestaría que eran puras patrañas. Su válidez era tan fidedigna como asegurar que consumir cierto pescado o marisco te brindaba ciertas ventajas exageradas. Cuando claramente la ciencia te golpeaba en la cara con pruebas innegables de que era una simple mentira, un placebo alimentado por la creencia popular.

Así que antes de que cualquier evento desafortunado sucediera, y con la urgencia de la situación, la prioridad más inmediata era moverse a un paraje seguro y luego estabilizar el estado de salud a la doncella acuática.

La estancia más segura sin duda era su hogar: el faro, ahí era el punto más alejado, fuera del alcance de cualquier navegante de alta mar. Sin embargo llegar hasta allá implicaba un alto riesgo de ser descubiertos. Tendría que atravesar toda la extensión del área turística, que juzgando por la posición del sol, ya habría uno que otro. Agregando el hecho de cómo ocultar a la sirena de la vista de los curiosos foráneos.

Descartó velozmente llevarla al faro, bajo ninguna posibilidad podría acudir ahí. Así que mejor pensar rápido en otra solución.

A prisa se le ocurrió una idea. Su mente le recordó oportunamente un sitio perfecto para esta crítica circunstancia, el cual cumplía con los requisitos como refugio personal. Era nasa más ni menos nada menos que aquella caverna que Hashirama Senju le mostró como su lugar favorito. Afortunadamente estaba a unos 200 metros.

Sin perder un minuto más, el rubio ayudó a incorporarse a la jadeante joven, sacando su maltrecho rostro de la arena, donde se revolcaba. La acomodó en sus brazos de tal forma que pudiese cargarla como si fuera una princesa, la cual estaba tan débil que no se resistió en lo absoluto. Uzumaki ignoraba que perdía y recuperaba el conocimiento debido a la falta de oxígeno.

La sirena era pesada, inclusive Menma pensó que era bastante más corpulenta que una mujer humana normal. Pesé a que sus brazos estaban en condiciones de cargar grandes pesos, como redes llenas de peces o sacos con vívires hasta el faro. Sin embargo ahora era diferente, sostener a un individuo mitad humano y mitad pez resultaba mucho más cansado.

Con toda la resistencia y fuerza que su cuerpo contenía en los músculos, Menma comenzó una carrera por el precario y estrecho camino, que se hallaba paralelo, a las rocas que decoraban la costa de la playa.

Gracias a la marea baja, se exponía la plataforma litoral, que era una porción expuesta del suelo de tipo rocosa, plana, que había sido erosionada por la acción de las olas y la arena. El muchacho de ojos celestes tenía muy presente que en ese sendero la humedad hacía resbaliza la superficie del suelo, así que no tardó mucho en derrapar en su prisa, recuperándose por pura suerte.

Sin embargo, pese a los riesgos de un accidente piso húmedo, era la decisión más sabia emplear el relieve costero que se levantaban en la plataforma litoral.

Esos montículos rocosos y de irregulares tamaño, que fungían como rompeolas o espigones naturales los ayudaría a pasar desapercibidos y no ser rastreados. No obstante,

Agradecía cobrar con estas elevaciones afiladas como ventaja hasta llegar al que consideraba su verdadero amparo. A pocos metros, se ubicaban otra sección de "Las Catedrales". Confiaba en que esos arcos escabrosos, labrados en la pared del acantilado, con sus robustas estructuras y sus sombras los protegerían.

Y así fue, en cuanto se los dos jóvenes se internaron en el interior de estas estructuras, se volvieron invisibles gracias a la protección del manto de este monumentos naturales titánicos.

Medidas cautelares perfectas, en caso de que algún miembro de la tripulación, de aquel barco camaronero, hubiera usado prismáticos para mirar la ribera y sus alrededores, como tarea habitual en la cubierta.

La luz natural que se filtraba entre los arcos cavernoso se intercalada con la oscuridad, iluminando y oscureciendo los rostros de ambos fugitivos. Con cada metro que Menma recorría entre los diferentes arcos, el estado de salud de la doncella marina se deterioraba rápidamente. Frente a los ojos del Uzumaki todo iba empeorando, hizo tripas y corazón a esto. Antes de caer en la desesperación, prefería actuar, si entraba en pánico no podría hacer nada.

Empezó a procurar que

la larga cola de pescado de su protegida no resultara herida con las afiladas rocas que se hallaban alineadas, como obeliscos a una corta distancia, y a las cuales debía rodear con cuidado. Aunque a veces era inevitable que varias escamas se levantaran debido al roce y el movimiento rápido.

El ojiazul juró que luego le ayudaría a curar esos raspones, su prioridad era perderse en la demarcación más profundo de la área restringida de "Las Catedrales".

Ninguna embarcación estaba autorizado para navegar por las aguas que colindaban con esa extensión del arenal. Debido a que era espacio marítimo protegido, ya que bajo las aguas había una gran barrera de coral, que debía ser protegida de la actividad marítima.

Conjuntamente a esto, el ingreso por tierra a este sector de "Las Catedrales" estaba casi prohibido en su totalidad, a causa de la inestabilidad propia de los arcos rocosos que se podían desmoronar en cualquier momento.

Después de 10 minutos de atravesar el pedregoso terreno, y llegar a duras penas con sus sandalias de palma al lugar ansiado, se dejó caer sobre la arena mojada, ya no le importaba que sus bermudas se humedecieran.

Estaba agradecido de haber arribado hasta ahí sin ningún percance grave, como una caída, y es que un simple resbalón tomaba demasiada importancia cuando se cargaba peso muerto.

Recuperó el aliento dando grandes bocanadas de aire, su respiración era tan agitada que sentía que se iba a desmayar ahí mismo por el agotamiento. Sin embargo, su fuerte voluntad de ayudar a esa bella dama del mar, lo obligaba a estar despierto para

reanudar su escape a su refugio.

Por su parte la sirena de hermosos ojos negros, ya no reaccionaba mucho, tenía su faz recargada en el pecho del pescador, sólo mantenía débilmente una de sus manos alrededor de su garganta, probablemente la sentía seca y apuntó de cerrarse.

-Listo, aquí estaremos a salvo-susurró Menma mientras depositaba a la sirena en el suelo, acariciándole el rostro con bondad en un acto reflejo. Podría estar mal darle cariño, pero fue involuntario.

Se golpeó sus mejillas con las palmas de sus manos, él no era ese tipo de hombre, no era el lugar ni el lugar para admirar la belleza femenina, de lo contrario esa vida se le esfumaría de las manos.

Sin previo aviso, se dispuso a practicarle los primeros días auxilios exclusivos para sirenas.

Para hacerlo correctamente, le tapó la nariz con una mano, estaba al corriente de como llenar los pulmones de aire. Con dulzura rodeó con sus labios la boca de la víctima y sopló lentamente.

Según su abuela, el tiempo que debería durar el soplo era de 2 segundos aproximadamente. Luego tendría que separarse para permitir que saliera el aire y volvería a soplar pasados 5 segundos.

Repitió el procedimiento una cuatro o cinco veces, hasta que por fin escuchó un ataque de tos positivo, ya no era por asfixia sino por que los pulmones por fin iniciaron su funcionamiento por primera vez.

Menma sabía la diferencia, ya que fue testigo, desde su niñez, de múltiples veces

en que los socorristas practicaban primeros auxilios a turistas desafortunados. Por lo tanto, fácilmente el Uzumaki podría equiparar a la reacción positiva del cuerpo de una víctima de ahogamiento.

El pecho de la oceánida empezó a subir y bajar rápidamente, tal como un bebé recién nacido lo hace, dando sus primeras bocanadas de aire, aferrándose a la vida con cada respiración.

Los luceros profundos y oscuros se abrieron levemente, apenas distinguiendo la figura gallarda de Menma Uzumaki, aunque en ese instante, la nereida no sabía su nombre. Parpadeó lentamente tratando de guardar la expresión cálida de aquel apuesto joven humano, esos gentiles ojos azules como el mar, eran tan bonitos que presentía que podía contemplarlos para siempre.

-Me alegro que hayas abierto los ojos-susurró el rubio aliviado, de que su maniobra de resucitación había funcionado a la perfección. Nada como la satisfacción de haber salvado una vida con éxito.

Empero, en un pestañeó la doncella acuática se desmayó. Este inesperado hecho, desconcertó completamente a Menma, inquietándolo en demasía. No podía ser posible que luego de tanto luchar para salvar a la sirena, todo fuera en vano. ¡No, eso no lo iba a hacer permitir!

De inmediato, se aproximó al pecho de la joven, acomodando su oído en esa parte, con el fin de escuchar si el corazón seguía trabajando. Afortunadamente, el órgano permanecía latiendo a un buen ritmo, no estaba agitado ni muy parsimonioso. Era la primer buena señal.

Luego, sobrevinó la revisión del segundo signo el compás de la respiración, eso se comprobaba al observar la oscilación del pecho. El muchacho de los ojos celestes levantó su rostro del área del corazón, notando como el pecho se meneaba arriba y abajo con suma calma. Otra buena señal.

El rubio estaba capacitado para distinguir cuando alguien se encontraba simplemente durmiendo, después de todo paso muchas semanas vigilando el estado de su abuela. Cuando su familiar cayó en cama, el médico del pueblo adiestró al joven a revisar los signos vitales, de manera manual y con instrumentos, para así poder darle los primeros resultados auxilios mientras el galeno llevaba.

Menma sonrió por las buenas noticias, por lo menos todo su lucha había válido la pena. El destino estaba del lado del pescador y la sirena, sonriéndoles por suerte.

Con el positivismo en alto y las fuerzas recobradas, Menma levantó a la sirena del suelo, primero apoyándola contra su pecho para sujetarla cómodamente con sus brazos; posteriormente se levantó con su preciada carga a salvo.

Condujó su vista hacia el camino que todavía le quedaba por atravesar hasta su refugio secreto. Calculaba que le tomaría unos 5 minutos arribar allá, depositar a la nereida en el seguro interior de aquella caverna y regresar por sus pertenecías que dejó ocultas en aquella gruta. Con su plan trazado, retomó su marcha, contemplando la cara tan pacífica y bonita que poseía ahora esa princesa marina. La cual dormía plácidamente, con la mejilla recargada en su pecho.

—Es tan bonita...—murmuró deslumbrado por aquella belleza entre sus brazos, a la par que andaba con paso más suave, ya no tenía much prisa, estaba muy alejado de cualquier barco y le había arrebato la vida de la pelinegra a la muerte.

Una joven de cabellos ébano abrió pesarozamente los párpados, dejando al descubierto aquellas gemas obsidiana, las cuales enfocaron rápidamente un techo rocoso encima de su cabeza.

Su mente tardó unos segundo en percatarse del ambiente que la rodeaba, tal vez el haber permanecido en ese estado de fatiga no la dejaba pensar con claridad. Una vez que sus cinco sentidos y su cerebro recuperaron su capacidad de advertir el mundo a su alrededor, pudo darse cuenta que ya no sentía sobre sí la resistencia, y temperatura baja incluso la gravedad y el peso del agua. De hecho, sentía su piel cálida, como si algo lo estuviera arropando, ahí descubrió que tenía encima una pieza de ropa humana.

Abrió los ojos ante el aterrador descubrimiento, como si aquella chaqueta fuera una amenaza la sujeto con todas sus fuerzas, lanzándola lejos de ella.

Un nuevo pavor inundó su ser al percatarse que ya no estaba debajo del mar, sino en la superficie, la tierra de los hombres, que gustaban de comer la carne de las hijas del océano.

Con la cara desencajada, pálida y temblando por la incertidumbre de estar en un lugar desconocido y estar en un peligro inminente, empezó a reunir la pocas fuerzas que le quedaban en el cuerpo. Cuando logró que sus brazos le respondieran de manera óptima, fue capaz de levantarse un poco, lo suficiente como para reparar en su condición corporal. Tenía encima del tren inferior de su cuerpo, a lo largo de la superficie de su cola de pez, estaban varios pedazos de tela mojadas, una técnica bien conocida para mantener fresca la carne, pero ella no lo sabía que eran simples toallas de baño para otro propósitos.

Le había costado un gran esfuerzo hacer esa simple actividad, incluso ahora estaba algo agitada su respiración, su pecho se balanceaba un poco más rápido. Una sensación diferente, que nunca antes había experimentado en su vida.

Fue ahí que la realidad le dio una bofetada, dándose cuenta de esta nueva característica de su cuerpo, estaba respirando por los pulmones. Llevó por instinto sus manos a los costados de su abdomen, buscando palmar los pliegues abiertos en su piel, donde deberían estar unas largas hendiduras que funcionaban como sus agallas. Sin embargo, unicamente encontró pequeños costurones en la zona, como si las "rendijas" en su piel se hubieran sellado con tejido cicatricial.

La cara de confusión de la sirena fue un poema a la tragedia y la angustia. Si sus agallas se habían plegado contra sus músculos, eso explicaría el motivo por el cual podría respirar por sus pulmones.

—Veo que ya te sientes mejor, pero no deberías levantarte tan pronto—recomendó una voz varonil, que recién entraba a la caverna y que se apresuró para estar al lado de la nereida, en cuanto notó que la chica se hallaba en un estado de confusión.

Con toda la cordialidad y suavidad posible, el joven pescador se agachó en cuclillas y acomodó a la doncella marina de nuevo en su lecho, una gran toalla de color naranja. La fémina posó su atención en esos ojos azules, lucían sinceros y preocupados, pero ¡No podía dejarse engañae tan fácil!

Posteriormente, Menma se incorporó y con urgencia volvió a colocar las toallas empapadas que había puesto encima de su cola, era importante sustentar la humedad de las escamas de esa región, sino se deshidrataría más rápido.

Después de finalizar su labor de cubrir la cola de pescado, el rubio se sentó en el suelo, aproximándose lo suficiente para comenzar

a acariciar aquellas hebras obsidianas, en un intento de relajar a la dueña y demostrar con actos que no le iba a hacer daño. Confiado en qué sus acciones hablarían más que sus palabras.

Los ojos negros de la sirena, perseguían cada una de los movimientos del humano, aunque estaba algo desconfiada. Cuando empezó a tocar su cabello, estaba preparada para algún golpe a traición o algo así, era muy común que los humanos fueran amables y luego mostraran su verdadera cara.

No obstante, un extraño olor familiar proveniente de ese apuesto rubio, le generó cierta placidez y seguridad. Confundida se dejó llevar por las caricias que le daba, si tan solo se acortara más la distancia que los dividía, podría confirmar sus sospechas.

Sintiendo la poderosa y curiosa mirada de la sirena encima suyo, el cuidador del faro, sintió esa necesidad de revelarse así mismo.

—No te dicho mi nombre, soy Menma Uzumaki—se presentó, pero se tapó la boca algo avergonzado, zobando su nuca—Ni sé porque te digo mi nombre, no puedes entenderme.

La ninfa acuática ladeó su rostro, estaba algo aturdida, confirmando lo dicho por Menma, pues al pertenecer a distintas especies la comunicación era imposible. Así que el ojiazul eligió mejor ir por su chaqueta la cual había sido arrojada lejos.

Sin embargo, sin que el Uzumaki lo supiera, la verdad era que por el contrario desde que su rescatista comenzó a hablarle, la jovencita comprendió cada palabra. Esto era raro. Así que la pelinegra eligió ver si esa "magia" funcionaba en ambas direcciones entre los interlocutores.

—Oye, si te entiendo, me llamo Sasuko, pero dime, ¿Qué quieres de mí? ¿Dónde estamos?—cuestionó algo desesperada, pero al no obtener respuestas inmediatas de Menma. Decidió cambiar de táctica—Pareces alguien gentil, te pido que me dejes ir, por favor. ¿Te gustan las perlas? te traeré muchas, lo juro, ¡no me comas!—suplicó con lágrimas en los ojos, encogiendo sus brazos sobre su pecho.

Pero desafortunadamente para la nereida, aunque gritara fuertemente su voz era muy débil y su lengua materna inentendible. Al caer en cuenta que el rubio no le daba una respuesta, un nuevo terror la asaltó, ahora si cualquier cosa podría sucederle.

—Estas temblando, debes de tener frío, tu parte humana no está acostumbrada al aire de la superficie—comentó Menma poniéndole de nuevo su chamarra oscura encima, advirtiendo que su protegida se había encogido del miedo, tal como un animal asustado—No llores, no te haré daño, lo juro—prometió sacudiendo sus manos, que habían adoptado una posición de rendición, con el propósito de que viera que no estaba ocultándole nada.

Para Sasuko era evidente que ese chaval no traiga consigo ningún tipo de arma blanca, pues traía el torso totalmente desnudo, y dudaba que dentro de ese pequeña pantalón corto que vestía pudiera guardar algo en sus bolsilos.

—¿Me tienes miedo?—preguntó el rubio, acortando las distancia entre él y la hija del mar, colocando con cautela sus manos en los pálidos hombros.

El contacto físico en ocasiones no era lo más adecuado cuando la otra persona sospechaba, dado que era una invasión a su espacio personal que podría ser malinterpretada como un ataque físico.

Pero, Menma se la iba a jugar, acomodó la chaqueta cubriendo la fría piel de la ninfa marina, con una actitud afable, aunque no compartieran la misma vida de comunicación, pronunció lo siguiente:

—Sabes, en cuanto recuperes la hidratación de tu extremidad inferior, te ayudaré a regresar a tu hogar—informó llevando su mano hasta la cabeza de la nereida, dándole cariño como si fuera una criatura vulnerable—Mira, por el lado izquierdo de esta curva hay una conexión con el mar—informó, señalando con su dedo aquella parte de la cual hablaba.

Los ojos negros de Sasuko fueron guiados por el señalamiento del humano, descubrirnos que efectivamente si había una gran vía libre conectada al profundo océano. No la había visto antes a causa del pánico de verse secuestrada, su sentido de observación fue anulado.

La doncella marina entonces concluyó que era cuestión de fe que depositará su confianza en quien decía ser su aliado. Pero, primero debía cerciorarse si ese aroma familiar se originaba de ese fornido y bronceado cuerpo humano.

Inesperadamente se lanzó a los brazos del Uzumaki, abrazándolo con sus delgados y blancos, los había deslizado debajo de las axilas del joven rubio, juntando completamente su torso femenino a ese tronco masculino.

Menma se detuvo en seco, aquella sirena no le dio tiempo a reaccionar, así que cuando menos pensó, ya la tenía regalándole un fuerte apretón. Pudo advertir la piel fría y suave que conformaban sus pequeños senos, incluso sintió los pezones erectos y redondeados. Un sonrojo brutal inundó el rostro del joven pescador, de hecho a puso tan rojo como un tomate, no podía evitarlo, sentir las cercanía de una chica lo ponía a mil por hora.

—Oye...¿Q-Qué te sucede?—balbuceó nervioso, y sumamente apenado con el reflejo de su cuerpo, que olvidó que las joven frente a él no empleaba su idioma.

Sasuko por su parte, respiró hondo en cuanto tuvo a un alcance próximo a ese rubio atractivo, su nariz prácticamente estaba pegada a la piel tostada y justo ahí fue cuando lo confirmó. Esa mezcla de sal marina y corales era tan distintiva que era imposible que algún ser humanos pudiera imitar eso con algún perfume artificial. Eso solamente incrementó el misterio acerca de la identidad de su salvador.

Menma repitió la pregunta al fijarse que fue ignorado por la hija del mar, se removió un poco, agarrando los hombros delgados, intentando que dejara de refugiarse en su pecho.

Con la ratificación positiva de sus suposiciones, vino la siguiente fase de su plan: descubrir el secreto tras el origen de Menma Uzumaki. Sasuko se despegó de la área donde había permanecido contigua, y sin perder ningún segundo, sujetó con sus sedosas manos el rostro del chaval, y en un ágil movimiento le plantó un inesperado beso en los labios.

El ojiazul se sobresaltó por el intempestivo asalto, quiso irse para atrás por instinto, pero la doncella no se lo permitió, al aprisionar su cabeza rubia enredando sus manos en aquellas hebras doradas, las cuales agarró con firmeza. Sasuko rozaba sus labios con cierta pasión, produciendo con sus caricias escalofríos en los labios contrarios.

Lentamente Menma fue cediendo, despegando sus labios para consentir el acceso a su boca. Sasuko aprovechó esta ventaja incitando con su lengua al joven para que profundizaran el toque. El ojiazul así lo hizo, rodeando con brazos la esbelta criatura frente a él.

Aun si aquel humano no hubiera sido tan cooperativo, la oceánida no le iba a aceptar que la rechazara o interrumpiera esta ceremonia tan especial, y es que con este besuqueo profundo estaba formando un "puente", con el cual mejoraría su comunicación. Por ende, una experiencia totalmente diferente a la del amor o atracción sexual.

El ósculo duro un minuto solamente, pues Sasuko no era buena regulando su respiración al besar, si con esta corta duración sintió que perdía el aliento, si hubiera prolongado más segundos se hubiese ahogado. No obstante, la fémina de cabellos ébano estaba super segura que el contacto que tuvieron sería suficiente para completar su intención.

Menma se cayó sobre su trasero en cuanto fue liberado de aquel besote, como era inexperto en este tipo de temas amorosos, su desempeño también fue pobre. Se maldijo no haber tomado la iniciativa y dominio en esta actividad tan íntima, había desperdiciado su primer beso. Pero que más podía hacer si no tenía experiencia y el acto fue tan súbito.

—Menma—llamó la sirena, con una voz amena todavía algo agitada, al menos agradecía que pudiera ya articular palabra correctamente. Claramente estaba recuperando parte de sus fuerzas, pues, era capaz de soportar el peso de la parte superior de su cuerpo usando sus brazos.

El Uzumaki se quedó boquiabierto al escuchar a aquella chica bonita repentinamente pronunció su nombre en un lenguaje humano perfectamente claro.

—Tú...estás...—musitó conmocionado, sus fanales azules temblaban por el hecho fantástico, no todo los días presenciabas algo como esto.

—Menma—repitió el nombre otra vez, con esa aterciopelada voz femenina que le provocaba al rubio una gran ternura y un escalofrío—Por favor, ayúdame a retornar al mar, te traeré cualquier tesoro que desees a cambio. Si realmente tus intenciones hacía mí son sinceras, apoyame.

Los ojos zarcos del cuidador del faro de abrieron en par en par, tanto por la impresión de oír a la sirena verbalizar oraciones completas que pudiera comprender, como por la petición agobiada, estaba abogando por su vida pero también por otra cosa. Algo grave había sucedido antes de llegara a la costa.