*Nota del autor: Antes que nada, quiero agradecer a los usuarios J0nas Nagera y regamers10, quienes indirectamente me inspiraron a escribir este segmento en particular.
J0nas Nagera: Digamos que él sabrá de donde saqué lo que vendrá a continuación. Lamentablemente no puedo decir más, salvo que parte de el crédito es para ti, colega. Tú sabrás porque. Saludos :-D
regamers10: En si, esto es una respuesta a cierto comentario que me haz hecho varias veces por mensaje privado. Cuando lo leas sabrás exactamente a que me refiero... Mua ja ja ja ja ja ja... :-D
Sinceramente espero que ustedes dos, mis queridos amigos y colegas, y por su puesto también todo aquel que esté leyendo esto, disfruten con esta nueva secuencia musical tanto como yo al escribirla :3
Rico pastel a la Clincoln McCloud
–Oh... Los bebés adoran poner manteca, los bebés la ponen en rico...
–¡Pie!
–Eso fue muy Lindo, Clyde –felicitó Lincoln a su mejor amigo.
Luego de esto rompió la cuarta pared para dirigirse al espectador.
–Clyde y yo tenemos una semana para iniciar un negocio exitoso para la clase. Entonces vamos a vender pie de chocolate casero.
–Nunca lo hemos hecho –comentó el otro–, ¿pero que tan difícil puede ser? Todos aman el pie de chocolate. Mi nana dice que si no lo hacen no confíes en ellos.
–¡¿Qué?!
Lincoln frunció el ceño tras abrir la alacena y no encontrar nada más que:
–Envolturas vacías, debí saberlo.
–Yo no fui –se excusó Clyde en su defensa–, estuve contigo todo el tiempo.
–Lo sé, Clyde –afirmó Lincoln–, fueron mis hermanas. Todos sabemos que son choco-holicas.
–¿Pero que vamos a hacer? Ya preparé ochenta y cuatro cortezas de pie.
–Remplazaremos el chocolate con algo igualmente delicioso.
–Supongo que no hay de otra... Rayos, no puedo creer que tus hermanas nos hicieran esto.
Igualmente molesto, su amigo peliblanco revolvió las envolturas vacías, a ver si de casualidad las chicas habían dejado algo. Pronto se alegró al confirmar que así fue.
–No te apures, Clyde, mira, aquí dejaron unas seis barras.
–Que bueno, pero no creo que nos sirvan de mucho. Con ese poco de chocolate, a lo sumo, nos alcanza para hornear un pie y medio, tal vez dos.
–En ese caso démoselo a mis hermanas –sugirió Lincoln encogiéndose de hombros–. ¿Qué otra cosa podríamos hacer?
Desconcertado, Clyde enarcó una ceja y se rascó la cabeza sumamente confundido.
–Mmm... Pero estas barras no alcanzarán para todas... –comentó su amigo de blancos cabellos como si nada–. ¡Ya sé! Usémoslas para prepararles algo muy... Delicioso.
–Espera un segundo –protestó Clyde–. ¿Vas a premiarlas después de que se comieron todo nuestro chocolate? ¿El que pagamos con nuestro dinero?
–Pues claro.
El peliblanco, entonces, le guiñó un ojo a su amigo de color, quien, ipso facto, sonrió maliciosamente al acabar de entender exactamente a que se refería.
–Ah... Muy bien, hagámoslo.
Aprovechando que estaban solos en la casa Loud, los dos se pusieron manos a la obra. Clyde despejó el mesón. Lincoln, en cambio, subió a su habitación, y al poco rato regresó con un maletín negro asegurado con doble llave. En este ya tenía preparado de antemano todo lo demás que iba a necesitar para una ocasión como esta.
Acto seguido, lo puso encima de la mesa y entre los dos desaseguraron el cerrojo con la llave que colgaba del cuello de cada uno. Luego de abrirlo, Lincoln sacó un cuaderno de color verde, con un peculiar dibujo de una calavera con dos huesos cruzados impreso en la portada; el cual abrió y procedió a hojearlo.
–Vamos a ver... Mmm... Aquí lo tengo... ¿Brownies mortales?
–Si –asintió Clyde.
–¿Bombones fulminantes?
–No está mal.
–Galletas con chocochispas al curare.
–Nha, muy clásico.
–Pensemos algo original.
–Bueno.
–Ya sé. ¿Qué tal... Pastel de chocolate selva negra al arsénico?
Los dos intercambiaron un par de miradas maliciosas y se echaron a reír.
–¡Mua ja ja ja ja ja ja...!
Una vez escogieron el delicioso postre de chocolate que iban a preparar, Lincoln empezó por ir a asegurar todas las puertas y ventanas de la casa y correr las cortinas. Clyde, por su lado, se adelantó en alistar la harina, la leche, los huevos, el polvo para hornear y todo lo que fueran a necesitar.
Al regresar a la cocina, Lincoln paró una olla en la estufa y se puso a hojear el recetario con el dibujo de la calavera. A su lado, Clyde procedió a mezclar los ingredientes en un bol para preparar la masa.
Y así, entre alegres y maliciosos canturreos, Lincoln se ocupó de preparar el betún del pastel, para lo cual iba a disponer de varias cosas que tenía guardadas en el maletín negro.
–Pon en una olla la estricnina,
la calientas hasta hervir,
le añadimos parafina,
y la empiezas a batir...
(Ja ja).
–Cincuenta veces en sentido de las manecillas del reloj, y otras cincuenta veces en sentido contrario –le recordó Clyde–, no lo olvides.
Lincoln asintió con la cabeza esbozando una grata sonrisa antes de seguir cantando lo que decía el recetario sobre como preparar el betún.
–Disfrazamos el olor,
con opio y cicuta macerados,
y para darle buen sabor...
–¿Usamos cafe granulado?
Lincoln se palmeó la frente y alzó los brazos.
–¡No!
Clyde sonrió y se encogió de hombros.
–Oh, bueno...
En breve, el brebaje del betún empezó a burbujear y despedir un aroma que se extendió hasta la sala. Lugar donde fue percibido por Walt que dormitaba tranquilamente en su jaula.
Al instante, el pobre pajarillo abrió sus ojos, quedando aturdido y mareado; sus plumas se erizaron y desprendieron todas de su piel. Por ultimo, giró quedando colgado de cabeza, se desprendió de su percha y cayó desmayado sobre el piso de su jaula.
Mientras tanto, Lincoln terminó de atenuar el olor del brebaje con unas flores de loto que se diluyeron como pastillas efervescentes al contacto. Luego añadió los chocolates sobrantes del proyecto que le echaron a perder sus hermanas por golosas.
–El chocolate fundé ya.
Mezcla bien hasta espesar,
con aceite de ricino,
dos cucharadas bastarán...
–Añade una más para que nos de suerte –sugirió Clyde.
A lo que su amigo asintió con otra grata sonrisa antes de seguir cocinando y cantando.
–Liquido destapacaños,
lo vaciamos en la cazuela,
de chorrito en chorrito...
–¿Y una pizca de canela?
Lincoln se palmeó la frente y alzó los brazos.
–¡No!
Clyde sonrió y se encogió de hombros.
–Oh, bueno...
Cuando terminó de mezclar el brebaje, el chico de blancos cabellos rió pícaramente al sacar el cucharón de metal que estuvo usando para revolver, puesto que la mitad que hundió en el chocolate fundido se había derretido toda, como si fuera un insignificante pico de hielo.
Después bajó la llama y dejó que el betún hirviese un poco. Hasta mientras volvió a buscar en su maletín y sacó un vaso grande con una red incorporada encima.
Luego se puso un par de guantes desechables y sacó un frasco con la tapa agujereada, en el que tenía encerrada a una serpiente negra. Lo destapó y, con mucho cuidado, agarró al animal por el pescuezo para poder ordeñarla correctamente.
–El veneno de una cobra,
en un vaso hay que cernir.
Con jugo hay que endulzar,
de unas tres naranjas exprimir...
–No hace falta –opinó Clyde–. Yo creo que con una sola será suficiente.
Su amigo concordó con él y asintió con otra grata sonrisa.
Acto seguido agarró un cuchillo de cortar carne y lo usó para decapitar a la pobre serpiente, cuyo cuerpo y cabeza cercenada se diluyeron posteriormente hasta los huesos en el chocolate fundido, luego de que los arrojara indiferentemente a la olla.
Después que la masa ganara consistencia y Clyde la distribuyera en cuatro moldes iguales, de igual forma Lincoln repartió el contenido del vaso con veneno en cantidades iguales en cada molde y revolvió la mezcla con una cuchara.
–Lo mezclamos con la masa,
aquí en los moldes del pastel,
y antes de meter al horno...
–¿Unas gotas de LSD?
Lincoln se palmeó la frente y alzó los brazos.
–¡No!... ¡Digo si!
Clyde le pasó el frasquito que sacó del maletín y se echó a reír.
–Ja, sabía que sería una buena idea.
En cuanto tuvieron todo listo, Lincoln y Clyde metieron los moldes con la masa venenosa en el horno y se pusieron a bailar alegremente en la cocina mientras esperaban.
¡Ding!
–¡LISTO!
–Mmm... Está quedando... "De-li-ci-oso".
Al cabo de unos cuarenta y cinco minutos a una hora, sacaron del horno unos apetitosos y esponjosos bollos con los que armaron un pastel de cuatro pisos; lo embetunaron con el corrosivo brebaje, que ya no apestaba y en su lugar despedía un aroma más apetitoso; le espolvorearon azúcar impalpable mezclada con veneno para ratas echo a base de arsénico en la parte de arriba y, por ultimo, lo adornaron con unas fresas, que por fuera se veían rojas y jugosas, pero por dentro estaban infestadas de gusanos.
Una vez terminaron su obra culinaria, el par de amigos celebraron cantando en coro:
–El pastel listo ya está,
ahora sólo hay que esperar,
las chicas pronto llegarán,
ni una migaja dejarán...
–Buen...
–canturreó Lincoln en solitario.
–Provecho...
–le siguió Clyde.
–A las diez...
–corearon los dos en perfecta sincronía.
–(Budibi dabidubi dibidididudau...)
–tarareó el albino para dar por finalizada esta canción, a lo que su amigo de color añadió un simpático:
–(Yeah)
Más tarde, ese día, Lincoln y Clyde trataban de pensar en un nuevo negocio para su proyecto escolar, puesto que remplazar el chocolate faltante de los pies con sal y vinagre había resultado en un total fracaso, y qué no decir lo mal que les fue cuando intentaron construir casas para aves.
En eso, Luan entró a la casa vistiendo su traje de payasa. En sus manos llevaba un gran fajo de billetes, cosa que captó la atención de ambos chicos.
–Noventa y ocho, noventa y nueve...
–¡Wow! ¿De dónde sacaste ese dinero, Luan? –le preguntó Lincoln.
–¿Vendiste risas? –sugirió Clyde.
–¿Vender risas? –rió la joven comediante–. Es un placer dar esas gratis. Esto es por vender animales de globos. Observen...
Con varios agraciados movimientos, la muchacha infló un globo largo y lo usó para armar un perro, ante lo cual Lincoln y Clyde sonrieron maravillados, pues creían haber hallado la solución a su predicamento.
–Venderemos animales de globos –exclamaron contentos al mismo tiempo–, ¿qué tan difícil puede ser?
–Oigan... –Luan olfateó el aire y se relamió los labios–. ¿Qué huele tan bien?
–Oh, es un pastel de chocolate que acabamos de hornear –le avisó Lincoln–. Lo llamamos: Rico pastel a la Clincoln McCloud.
–¿No quieres un pedazo? –le ofreció Clyde.
–Uy, si, yo quiero pastel.
FIN
