Disclaimer: Sengoku Otogi Zōshi InuYasha es propiedad de su creadora, la inigualable Rumiko Takahashi, Shōgakukan, Sunrise Studios y todas las demás compañías a las que ellos han otorgado licencia para su explotación comercial. Hago esto sólo por amor al arte.


Refugio

Sango no estaba del todo conforme con su elección de vestuario para aquel día.

Observó su reflejo en el espejo de cuerpo entero; de frente, de costado y luego dio media vuelta para inspeccionar el aspecto del conjunto desde atrás. Rodó los ojos exhausta, pensando que ya se había cambiado demasiadas veces y que no iba conseguir verse mejor jugando a la estilista con su limitado guardarropas.

Además, no quería que se le hiciera tarde por algo tan trivial como la ropa que usaría.

Normalmente, tenía bien definidos una serie de atuendos para su día a día (y para eventos especiales) que le permitían economizar tiempo y esfuerzo a la hora de elegir qué vestir. Sin embargo, ésta había probado ser una ocasión muy fuera de lo común, dado lo mucho que le había costado decidirse por el pantalón de mezclilla con efecto deslavado, los zapatos deportivos y la blusa rosada con cuello halter.

Y eso era porque nunca antes un chico de su escuela la había invitado a salir. Mucho menos alguien que iba un curso más arriba y le había declarado públicamente su admiración sin tapujos.

Sango se sonrojó de sólo recordar su apresurada confesión, mientras terminaba de aplicarse la sombra de ojos sobre sus párpados.

Takeda Kuranosuke demostró ser todo un personaje desde su llegada a la preparatoria en la que estudiaba. Era un muchacho alto, de hombros anchos y muy bien parecido. También se rumoreaba que provenía de una familia bastante adinerada, por lo que nadie se explicaba cómo era que había cambiado la exclusiva escuela privada de la que provenía para cursar su último año en una institución pública.

El misterio fue resuelto el día en que Sango lo conoció durante su hora de receso o, mejor dicho, el día en que él se reencontró deliberadamente con ella en la cafetería de la escuela, mientras tomaban el almuerzo.

«—Eres Taijiyama Sango, ¿no es así?—le preguntó con su voz de barítono».

Tras responder afirmativamente, la tomó por sorpresa con la frase que, hasta ese día en el presente, le subía los colores al rostro y la dejaba completamente desarmada:

«—Lo sabía. Sigues siendo tan hermosa como el primer día en que te vi».

Y así, frente a varios estudiantes que pululaban por ahí y con una sonrisa digna de un comercial de dentífrico, Kuranosuke le reveló su identidad como el pequeño señorito de la nariz sucia, a quien conociera cuando acompañaba a su padre en uno de sus trabajos. Cuando todavía lo ayudaba con su empresa de exterminación de plagas. Cuando todavía seguía en este mundo junto a ella y junto a su hermano menor.

Sango luchó por impedir que la tristeza se apoderara de ella en un momento como ése.

Con los nervios a flor de piel, tenía más que suficiente como para permitirse entrar en depresión por la ausencia de su padre. ¡Eran Kuranosuke y sus sentimientos lo que debía ocupar su mente un día como aquel! No era oportuno lamentarse por la tragedia que había transformado su vida un año atrás... A menos que quisiera ver su maquillaje arruinado y empezar de cero para no espantar a su cita.

—Diría que con esto bastará —murmuró dándose ánimos a sí misma, terminando de colocarse unos pendientes y un sencillo colgante para completar su look.

La muchacha retornó al espejo de cuerpo completo para evaluar su apariencia final.

La vaga idea de consultarle su opinión a Serina y a Suzuna cruzó por su cabeza, pero a fin de cuentas decidió dejar por fuera de ello a sus primas menores porque, conociéndolas como lo hacía, sólo conseguirían ponerla más incómoda si empezaban a hacerle preguntas sobre su cita.

Suspiró resignada, pensando que, era en momentos como ése en los cuales le agradaría tener alguna amiga de su edad con la cual pudiera conversar sobre ese tipo de cosas. Sin embargo, no se detuvo mucho tiempo en esa idea, sabiendo que era la principal responsable de su soledad una vez inició la preparatoria.

No se encontraba en su mejor momento para hacer amigas cuando terminó la secundaria y ocurrió lo de su padre. Tampoco ayudaba que se hubiera enlistado en clubes deportivos donde predominaban los varones antes que las mujeres.

Optó por dejar de mortificarse por su aspecto y empezó a caminar inquieta por su alcoba, preguntándose qué tendría planeado Kuranosuke para ella, si el dinero que le habían dejado sus tíos era suficiente y si había guardado todo lo necesario en su pequeño bolso.

Templó las sábanas de su cama, aunque ésta se encontraba perfectamente hecha; acomodó su ropa y sus cosméticos, aunque todo lo había dejado en su lugar; incluso se puso en la tarea de organizar sus trofeos de jūdō, gimnasia, kenpō y demás disciplinas atléticas en las que había participado; aunque casi nadie diferente a su familia entraba a su cuarto.

El timbre sonó y Sango entró en tensión, sabiendo perfectamente que se trataba de él.

—¡Hermana, te buscan! —fue el grito de Kohaku escaleras abajo.

Miró su reloj de pulsera, analizando que faltaban todavía treinta minutos para la hora acordada y que su cita había llegado temprano, por lo que era una fortuna que ella también estuviera lista.

Cuando salió de su habitación, no le extrañó ver a Serina y a Suzuna asomadas a la escalera para captar algún vistazo de cómo lucía su cita. Sango carraspeó para llamar la atención de sus curiosas primas y, gracias al cielo, ellas entendieron la indirecta cuando se devolvieron a sus habitaciones y simplemente le desearon buena suerte en su salida. Sólo entonces, ella relajó su postura y colocó su sonrisa más afable antes de empezar a bajar por las escaleras.

El rostro de Kuranosuke le sonrió tan pronto advirtió su presencia frente a él. Y, literalmente, era su rostro entero el que le sonreía, porque a Sango no le cabía la menor duda de que se alegraba de verla al detallar la emoción en sus facciones. El efecto se potenciaba todavía más si comparabas su deslumbrada expresión con el rostro melancólico de su hermano menor.

"Por todos los cielos… Esas son flores y ¿vino?" pensó abochornada al reparar en el bouquet y la botella que el muchacho traía entre sus brazos.

—Taijiyama-san, ¿cómo estás? Te ves… Increíble —la saludó él, tan galante como siempre.

Ella lamentaba no poder ofrecerle un cumplido equiparable por su apariencia pues, aunque Kuranosuke seguía siendo tan apuesto como de costumbre, el peinado con la raya en medio hacía que su cabeza se asemejara al trasero de un bebé, y eso era describirlo en términos muy amables.

—Gracias, Takeda-senpai. Ehm… ¡Viniste temprano! —exclamó ella, incómoda y sin saber qué decir.

—¡Sí! Disculpa. Es que no sabía cómo estaría el tráfico y… No quería llegar tarde —admitió él, ligeramente avergonzado—. Y… ¿Dónde están tus tíos? —preguntó casual, mirando a su alrededor.

—Tuvieron que salir por un asunto de negocios —se adelantó a decir Kohaku.

—Ah, ya veo… Bueno, traje esto para ellos —dijo, ofreciendo el vino y las flores en dirección a su hermano—. ¿Crees que podrías entregárselos en mi lugar, Kohaku-kun?

Al ver que su cita conocía el nombre de su hermano, supo que se habían hecho las respectivas presentaciones antes de su llegada. Algo que agradeció para evitar otro momento incómodo, ya que no estaba segura de cómo tomarían ambas partes el que Kuranosuke fuera presentado como su compañero de la escuela.

—Por supuesto que sí —respondió Kohaku, recibiendo las cosas—. Gracias por todo, es usted muy amable —concluyó el chico, todo formalidad.

—Gracias, Takeda-senpai. Pero no tenías por qué molestarte —añadió ella, apenada por aquella excesiva atención.

—Para nada, no es ninguna molestia. Tus tíos han cuidado de ti todo este tiempo, así que pensé que podría traer algo modesto para agradecerles.

"De modesto nada tiene" pensó ella en alusión al regalo. No tenía idea de vinos, pero el arreglo floral no se veía para nada barato con esas flores fuera de estación.

Aún así, se sintió muy complacida por el gesto tan considerado que él había tenido.

Kohaku los despidió, llevándose con él los presentes para sus tíos y ambos se pusieron en marcha hacia su auto. Kuranosuke le abrió la puerta que daba al asiento del copiloto de un moderno sedán. Un vehículo motorizado de verdad, conducido por un adolescente que apenas y le llevaba uno o dos años a lo sumo, y eso... La hizo sentir extrañamente adulta pese a sus 16 años de edad.

—Y… ¿Cuál es el plan para el día de hoy? —preguntó ella con interés, mientras se abrochaba el cinturón de seguridad.

—Tenía en mente que fuéramos al parque de diversiones —dijo el muchacho, arrancando el vehículo—. A mi padre le regalaron entradas y me pareció oír que hay una feria en curso en ese lugar.

La mención del parque de diversiones disparó toda clase de recuerdos nostálgicos desde la memoria de Sango. Todos ellos protagonizados por su padre, su hermano y ella en todo tipo de actividades al aire libre. Eran tiempos muy felices aquellos.

—Ya veo —comentó la muchacha, luchando por mantener en calma sus emociones—. ¿Van tú y tu familia muy seguido a ese parque?

—¿Quiénes? ¿Yo y mi padre? —él soltó una risa diáfana antes de afirmar—: ¡Nada de eso, Taijiyama-san! Mi padre es un hombre muy ocupado y apenas tiene tiempo libre para pasarlo conmigo y con mi madre —confesó sin una pizca de resentimiento—. Aunque dicho así, suena como si él fuera un hombre desprendido de su familia, cuando es todo lo contrario. Siempre ha hecho las maneras para que er… Taijiyama-san… ¿Te encuentras bien?

¡Menuda cara debía de estar poniendo para que el muchacho le preguntara aquello! Tratando con todas sus fuerzas de tragarse el nudo en su garganta, Sango se reprochó a sí misma el darle rienda suelta a sus emociones más intensas cuando su cita recién estaba por comenzar. Se suponía que había aceptado salir con él para distraerse de su desgracia, no para darle a Kuranosuke una mirada cercana a su abismo de tristeza y depresión.

—Sí, claro que sí. No es nada, no me prestes atención —dijo ella, intentando sonreír aunque le costara.

—Nada de eso, si te sientes mal tú sólo dímelo y yo… ¡Ah, rayos! —exclamó él de repente, llevándose una mano a la cabeza y dejando la otra sobre el volante— Es por todas esas menciones a mi padre y a mi vida familiar ¿cierto? ¡Pero qué idiota he sido! Conociendo tu situación…

—No tienes porqué disculparte. Yo fui la que… Ehh… Takeda-senpai —Sango paró en seco sus disculpas cuando observó el nuevo peinado accidental de su compañero— T-tu cabello... —le dijo señalando el extraño copete que se había formado en su cabeza al alborotar su engominado pelo.

Un ligero vistazo al retrovisor y Kuranosuke se dio cuenta de que había pasado de tener la apariencia del estereotípico ñoño de las computadoras a la de un pandillero de la década de los ochentas. Jadeó horrorizado y le pidió permiso para orillarse un minuto para arreglar el desastre.

Ella por su parte frunció los labios, aguantando las ganas de reír por el espectáculo, su decaído humor disperso como por arte de magia.

—¡Ya está! —exclamó triunfante, a la par que terminaba de peinarse con los dedos—. Y pensar que tardé horas decidiendo cómo debería llevar mi cabello para que acabara así.

Ahora lucía como una extraña mezcla entre Mamoru Chiba y el primer ministro japonés.

—¿Por qué decidiste peinarte así en primer lugar? —quiso saber ella, por pura curiosidad.

—¿Por qué la pregunta? ¿Se veía mal?

Sango no tenía el valor para decirle la verdad sin arriesgarse a que se le escapara alguna risilla imprudente. Kuranosuke sonrió condescendiente y se le vio un tanto abochornado cuando dijo:

—Mi madre y Uminasoke insistieron en que así me vería como alguien serio y de confianza frente a tus tíos. Supongo que no debí aceptar el consejo de alguien que se está quedando sin cabello...

Ella no pudo evitar reír ante su afirmación, disculpándose mentalmente con el señor Uminasoke, el amable conductor de los Takeda.

—Creo que te ves mucho mejor ahora —le dijo con el ánimo de hacerlo sentir mejor.

—¿En serio?

—Sí —afirmó con sinceridad.

Kuranosuke volvió a sonreírle, esta vez con una expresión indescifrable en su apuesto rostro. Nada de dientes perfectos o gestos nerviosos, sólo era él observándola con calidez, directo a los ojos. Ella tuvo que apartar la mirada ante el cosquilleo en su estómago y el calor en sus mejillas.

—Ahmm… Entonces… Será el parque de diversiones ¿cierto? —comentó rápidamente para redirigir su atención.

—Sólo si te encuentras cómoda con la idea.

Sango lo convenció de que no debía tomarle importancia a su pequeño quebranto emocional, y que el parque de diversiones era tan buena idea como cualquier otro sitio público en la ciudad. Total, los recuerdos de su padre en el mes de su aniversario de muerte afloraban desde donde menos se lo esperaba.

En poco tiempo, llegaron al aparcamiento de su destino. La fila para entrar era sólo moderadamente larga, pero estaba conformada mayormente por chicos y chicas de su edad, y no había tantas familias con niños pequeños, lo cual aceleró su llegada a la taquilla de ingreso.

—Buenas tardes. ¿Entrada para cuántos? —preguntó el encargado.

—Para dos, por favor —pidió Kuranosuke—. Tenemos estos pases de cortesía.

El encargado tomó los boletos que su cita le había ofrecido y procedió a verificar la legitimidad de los mismos. Luego, le echó un vistazo a ambos a través del vidrio y les explicó:

—Éstos son canjeables por brazaletes Gold, que incluyen acceso a todas las atracciones de tipo Aventura y un solo intento en los juegos de la feria. Pero, sólo por hoy, tenemos una promoción para parejas: Pueden adquirir el brazalete Platinum, con acceso a todas las atracciones del parque, por el mismo precio del brazalete Gold, pero el pago deberá ser en efectivo.

Viendo como Kuranosuke sacaba un poco demasiado entusiasmado su cartera para aprovechar la oferta de aquel empleado, Sango entró en pánico ante la mención intencional de la palabra parejas y el hecho de que los dos pudieran verse asociados con ese término.

—¡Espera! —exclamó más fuerte de lo deseado—. No creo que debamos desperdiciar los pases de cortesía, Takeda-senpai.

—No tiene importancia, puedo redimirlos en cualquier otra ocasión.

—Pero es que… Nosotros no somos una pareja —dijo ella, volteando a mirar al encargado en lugar de a su acompañante.

El hombre tras el cristal le devolvió la mirada, enarcando una ceja en aparente confusión. Fuera lo que fuera que se le estaba pasando por la cabeza, se sintió muy tonta al sobreactuar de esa forma por un detalle menor. Su rostro volvió a encenderse por la vergüenza.

—¿Me da por favor dos brazaletes Gold? Redimiendo los pases de cortesía, si no le molesta.

"Él es un buen chico..." pensó ella, incapaz de mirar a su compañero a la cara mientras completaba la transacción con las entradas.

No se merecía ninguna clase de desprecio de parte suya.

Cuando rebasaron el torniquete de la entrada, Kuranosuke comentó con aire despreocupado:

—Tenías razón. Era un desperdicio comprar los otros brazaletes sólo por aprovechar una promoción —y señalando algunos juegos en la zona de los niños más pequeños, completó—: Creo que me habría quedado atascado si intentaba montar en cualquiera de ésos.

Ella intentó reírle la broma, aunque no tuvo mucho éxito. Aquella sensación de culpabilidad retorciéndose con ahínco dentro su pecho, al notar lo mucho que se esforzaba por hacerla sentir a gusto.

Sango creyó que su ánimo se serenaría un poco al empezar a montar en todas aquellas atracciones mecánicas a las cuales tenían acceso. Le gustaba la adrenalina, el movimiento y las emociones fuertes desde que tenía uso de razón. Sin embargo, no estaba preparada para afrontar el tipo de sensaciones que la recorrieron cuando su cita empezó a tratarla exactamente como lo que era. Una chica. La chica que le gustaba. Y ella no podía fingir que no se daba cuenta, porque Kuranosuke se lo había dejado sumamente claro desde que sus caminos se volvieron a cruzar.

No se acostumbraba a que su corazón se acelerara cada vez que él se ofrecía a ayudarla a subir y bajar de los diferentes juegos. Se preguntaba si él creía que ella era una miedosa por lo frías y temblorosas que se ponían sus manos al tocar las suyas. Era dolorosamente consciente de cada uno de sus movimientos cuando tenían que sentarse el uno al lado del otro, o ella frente a él, y sus cuerpos se tocaban sin querer.

"No entiendo cómo no es este el brazalete para las parejas" se preguntó abochornada, mientras él dejaba de cubrirla con su ligero abrigo, en un intento fútil porque no se mojara a su paso por las atracciones de agua.

¿Siempre sería así de atento y caballeroso o sólo lo era con ella?

El aroma amaderado de su colonia flotaba en el ambiente cada vez que él se le acercaba por una razón u otra. Pero eso, lejos de desagradarle, la hacía sentir un tanto resguardada, protegida, como si se encontrara dentro de una especie de campo de fuerza creado por él.

¿Podría ser más contradictorio todo esto? Por un lado, se encontraba nerviosa, apenada y perdida frente a toda la atención con la que él la bañaba. Por el otro, le tranquilizaba la idea de que no la forzara a nada, que la dejara permanecer en silencio cuando sentía que no tenía nada bueno para decir y que le sonriera de esa manera tan reconfortante que tenía, como diciéndole que todo iba de maravilla.

No era cierto. Ella estaba compitiendo con ganas por el título a la peor cita del año. Pero entrada la tarde, y habiendo probado las atracciones más extremas, Sango empezó a disfrutar de la sensación de vacío en el estómago, la ingravidez de su cuerpo y el ritmo vivaz de las pulsaciones bajo su piel. Aun cuando sólo se encontraba en tierra firme y lo único que hacía era caminar con Kuranosuke a su lado hacia la plaza de comidas.

—¿Te estás divirtiendo, Taijiyama-san? —le preguntó él, mientras le tendía amablemente su pedido de hamburguesa y papas para la cena.

Sango le dio las gracias con una sonrisa tímida y le respondió con la verdad:

—Sí, lo estoy.

—Me alegra escucharlo —dijo después de tragar un bocado de su perro caliente—. Porque te veías algo inquieta cuando llegamos aquí.

Ella se sonrojó por millonésima vez y se apresuró a tragar para contestarle de inmediato:

—¡No! Yo… Uhmm, quiero decir, al principio sí estaba un poco intranquila. Pero ya estoy bien. En serio, me la estoy pasando bien.

Su compañero se mostró aliviado al escuchar sus palabras, y entonces, un silencio pesado cayó entre los dos mientras ingerían sus alimentos.

A Sango le hubiera gustado idear algún comentario ingenioso para hacerlo reír, o sacar algún tema de conversación interesante que les permitiera conocerse mejor. No obstante, su cerebro estaba seco de ideas para sostener cualquier tipo de plática que valiera la pena y, el único pensamiento coherente que se le venía a la mente al verlo comer era que se veía realmente lindo con la diadema de orejas de gato sobre su cabeza.

Casi lamentaba haberse quitado la que él le compró a juego, justo después de tomarse la foto para el recuerdo.

—Se me acaba de ocurrir algo loco de repente —anunció él, llamando su atención—. ¿Quieres escucharlo?

Ella asintió, bebiendo su soda.

—Como todavía no hemos utilizado nuestros pases en la feria, ¿qué te parece si hacemos una pequeña competencia con los juegos que hay por allá? —dijo, señalando sobre su hombro, en dirección a los puestos iluminados a la distancia.

La chica estaba por declinar su propuesta, anticipando que ello le traería un aluvión de recuerdos que la pondrían sentimental otra vez, pero él fue más rápido y la atajó diciendo:

—El ganador podrá pedirle al perdedor un deseo cualquiera, y éste no podrá negarse.

Se acabó la gaseosa en tiempo récord al escucharlo decir aquello, más que nada por la sonrisa pícara y el brillo travieso que iluminó sus ojos al instante. Tosió azorada y una alerta se disparó mientras intentaba discernir qué se proponía lograr con todo eso.

—No lo sé… N-no sabría qué pedir.

—Vamos, lo puedes pensar con calma. Será sólo por diversión.

—Pero es que yo...

—Sé lo habilidosa que puedes ser, Taijiyama-san.

—Gracias, pero es que no…

—¿De veras temes que yo te pueda ganar?

Él tenía toda la razón, porque le inquietaba lo que sea que pudiera pedirle si llegaba a vencerla. Pero algo dentro de ella se encendió, y murmuró que ésa era una posibilidad remota. Y la manera en que la hizo caer en cuenta de ello, tocó una fibra sensible dentro de su ser.

—No se trata de eso —afirmó con convicción.

—Sólo decía —comentó divertido—. Me contendría un poco contigo si tú me lo pidieras.

Sango pasó por alto el hecho de que estuviera coqueteando con ella. Lo alentó a que terminaran rápido de comer, para proceder a enseñarle cuán equivocado estaba si pretendía darle alguna ventaja en competencia. Cuanto antes fuera, mejor.

Fue bastante agresiva cuando lo superó con creces en la prueba del martillo de fuerza. Apenas y lo dejó agarrar algo en la piscina de los pececitos. Y ensartó todos sus aros en el primer intento. Él sólo consiguió vencerla en el tiro al blanco, y eso era porque demostró algún tipo de experiencia con el rifle.

—Mi padre practica el tiro deportivo. Menos mal y se me ha dado por acompañarlo de vez en cuando al club.

—Sí, menos mal —dijo ella burlona—. ¿Significa eso que ya has dejado de contenerte?

Kuranosuke se rió con ganas, recibiendo la pulla con gracia.

—¿Puedo escoger yo los siguientes juegos? Me gustaría conservar algo de dignidad.

Ella se encogió de hombros tranquila y lo dejó elegir.

La disputa estuvo apretada en el reto de las canicas (él fue muy listo al enfocarse en los agujeros que daban más puntos). Aceptó la derrota en el futbolito y en el pinball, puesto que nunca fueron de sus preferidos; pero donde realmente se sintió dolida por su victoria fue en el mini-baloncesto, donde él tenía una injusta ventaja porque era más alto y podía estirarse a recuperar la pelota antes que ella mientras bajaba por la pendiente.

—Y ahora parece que estamos empatados —dijo él, con evidente satisfacción.

A juzgar por su tono de voz, cualquiera podría creer que todo había sido parte de un elaborado plan. Ella aguzó su mirada café, lista para el contraataque.

—Todo o nada en la siguiente ronda. Y esta vez seré yo quien escoja el juego.

Él le observó con interés. Su boca no sonreía, pero sus ojos delataban lo mucho que le divertía su desafío.

—Mientras no sea nada de fuerza, me apunto.

Sango sonrió de medio lado y respondió:

—Parece que alguien conoce sus límites.

—Sí —confesó sencillamente—. Y parece también que realmente quiero ganar esta competencia.

Latidos acelerados, mejillas calientes y esa especie de vacío en su estómago dieron al traste con su recién ganada autoconfianza, cuando él se inclinó hacia ella para decirle aquello. Le costó un poco volver a centrarse en sus opciones para cerrar su pequeño duelo, aunque era incuestionable que no debía escatimar esfuerzos en evitar que él le ganara la contienda.

Tenía miedo de descubrir lo que deseaba pedirle, pero más miedo le daba pensar que no podía negarse a él.

Al final eligió la caseta con los dardos y los globos para estallar. Habían ganado tantos tickets en los juegos anteriores que no fue necesario comprar tiros adicionales para reventar la pared de globos frente a ellos. Tampoco le permitió a Kuranosuke abogar por un reto con puntajes en función de los colores de los globos. Fue una competencia puramente basada en puntería y agilidad, y Sango se concentró tanto en la victoria que al final del reto estaba jadeando, la gente a su alrededor la aplaudía y el encargado ni siquiera se molestó en anunciar la cantidad de globos reventados para declararla como la ganadora.

—¡Eso fue impresionante, Taijiyama-san! ¡Felicidades! —la alabó Kuranosuke con su sonrisa de estrella de cine, sin poder contenerse de tomarla de las manos.

Ella volvía a encontrarse un poco cohibida por sus ademanes, la atención de otros sobre ellos y por su propia sobreactuación con la competencia. Sin embargo, esta vez, en lugar de alejarse y buscar una salida a como diera lugar, ella respiró hondo y sonrió con alegría ante aquello que tenía enfrente. Un chico apuesto, que gustaba de ella, y que en una breve tarde había logrado despertar en su ser unas ganas de vivir que aproximadamente un año atrás había olvidado que existían.

Fue muy poco creativo de su parte pedir que le comprara un helado como recompensa por su espectacular victoria, y que se comprara uno para sí mismo como premio de consolación.

El cielo era un manto oscuro sin estrellas, opacadas todas por las luces incandescentes de la feria y las grandes atracciones del parque de diversiones. Fue el propio Kuranosuke quién le preguntó si tenía algún acuerdo con sus tíos sobre la hora a la que debía llegar a su casa esa noche.

—Está bien, mientras sea antes de las 10 —le dijo, muy consciente de que tenían todavía tiempo suficiente para tomárselo con calma.

Incluso así, él insistió en que se fueran encaminando hacia su auto, ya fuera para llegar a otro lugar más cercano al barrio donde vivía, o para evitar sorpresas con el tráfico a la salida del parque de diversiones. A Kuranosuke parecía disgustarle mucho la perspectiva de crear una mala impresión ante sus tíos, eso o llegar tarde a causa del tráfico, según podía inferir.

—Gracias por aceptar mi invitación, Taijiyama-san.

—No, gracias a ti por invitarme Takeda-senpai. Me lo he pasado muy bien.

Él le abrió la puerta del copiloto y ella se acomodó en su asiento, observándolo dar la vuelta con rapidez hasta ocupar su lugar frente al volante. Todavía llevaba puesta la diadema con orejas de gatito y no parecía percatarse de ello.

—¿Qué pasa? ¿Es otra vez mi cabello? —interrogó él de buen humor, supuso que por la forma en que se lo quedó mirando sin decirle nada al respecto.

—¿Puedo? —se aventuró a solicitar ella en un susurro, extendiendo vagamente sus manos en congruencia con su objetivo de sacarle de encima aquel adorno infantil.

Él muchacho la miró boquiabierto, probablemente sin entender la naturaleza de sus verdaderas intenciones. No obstante, asintió quedamente mientras la observaba estirar las manos hacia su cabeza.

Kuranosuke se inclinó hacia ella para facilitarle la tarea, y una vez más cerca de su rostro, sus ojos se cerraron en un gesto que gritaba a todo pulmón lo que hubiera querido pedir si la hubiera derrotado en la feria.

"Él es un buen chico" pensó fugazmente, con el rostro encendido.

No se merecía que dejara de cumplir su único deseo.


N/A: ¡No me arrepiento de nada! Excepto de que me quedó más largo de lo que quería. Esta antología consta de 7 one-shots que giran en torno a la temática romántica y las parejas... No me pregunten de donde salen las parejas, porque su elección no obedece a lógica alguna (excepto la del universo de fics no natos de Lady Minisa). Esta idea no hubiera visto la luz de no ser por el patrocinio del ya mítico foro ¡SIÉNTATE! en su topic "ᴍɪɴɪ-ʀᴇᴛᴏ • ROMANCE en el aire".

Si has llegado hasta aquí, infinitas gracias por leer ;D, y que Dios te acompañe.

PD: Si no sabes quién es Kuranosuke Takeda, creo que va siendo hora de que le des un repasito al anime. Psk, psk, episodio 78, just in case.