Capítulo 2
La chica morena que lo observaba alzó ambas cejas en modo de sorpresa, él también la imitó, solo que alzó una. Seguramente su actitud no se debía al pago en efectivo de aquella habitación doble, ni mucho menos que presentara una identificación falsa (algo que para esa joven pasó por inadvertido). Sino más bien se debía a la mujer que tenía inconsciente sobre sus hombros tal y como si fuese un costal de carga.
Tal vez esperaba una explicación. Tal vez no y de hecho no estaba en la obligación de hacerlo. Pero algo dentro de él le decía que lo hiciera.
― Mí no…― … tuvo que tragar con dificultad – novia bebió mucho.
Fue su única respuesta y esperaba que eso bastara, escuchó un ligero ronquido por parte de la mujer que dormía sobre su hombro, pero no comentó nada al respecto. Aunque al decir verdad estaba más al pendiente por que creyeran en su mentira y tal vez funcionó, pues la mujer asintió entregándole de inmediato la tarjeta que daba acceso a la habitación.
― Gracias. – respondió con una amplia sonrisa.
Acto seguido se agachó y tomó un maletín de tela y fue directo a la habitación asignada.
La recepcionista se quedó asombrada por la excelente habilidad del hombre.
Lo primero que hizo fue dejar sin ningún cuidado a la mujer sobre la cama. Tardaría un par de horas más en desaparecer el efecto. Pero mientras la observaba ahí, inconsciente, ajena a todo lo que pasaba a su alrededor se cuestionaba una y otra vez el por qué la había utilizado como escudo.
Arrastró una silla y tomó asiento.
¡Que imbécil había sido!
Si quería comprobar su inocencia esa no era la mejor forma de hacer las cosas. Tal vez se sentía culpable porque por poco y la arrollaba cuando en un intento de huir terminó por chocar su vehículo en una pequeña tienda.
¡Oh si! ¡Su maldito Mustang!
Ese que tanto lo cuidaba con mucho recelo, pero estaba seguro de que no lo extrañaría del todo.
Escuchó suspirar a la mujer y vio como esta buscaba una almohada y se abrazaba a ella. Entonces fue tras ella y le quitó los zapatos para que durmiera más cómoda. Entonces se permitió observarla detenidamente. Era bonita y la verdad se hubiera sentido culpable si la hubiese atropellado.
Se pasó las manos por su larga melena y se deshizo de la coleta. Su cabello platinado cayó libremente por ambos lados de sus hombros. Y el silenció se vino interrumpido por su móvil. Un teléfono especial con el cual no podía ser localizado, así que por consiguiente era seguro.
― Tienes un minuto – fue lo único que le respondió a la persona del otro lado.
― Inuyasha, no hagas esto más difícil. Tsubaki me ha pedido tu cabeza.
Esbozó una sonrisa sarcástica mientras dejaba sin cuidado el maletín negro sobre una pequeña mesa de madera redonda.
― ¡Una lástima, porque no estoy dispuesto a dártela en bandeja de plata para que luego vayas y se la entregues a ella!
Abrió el maletín, que estaba repleto de armas y municiones. Comenzaba a analizar el estado de una de ellas.
― Al menos deja ir a la chica.
― No
― Si no lo haces, Tsubaki será capaz de involucrarla contigo y será peor. No sólo buscara tu cabeza sino la de ella también.
Observó a la joven, que ahora estaba del otro lado de la cama con la misma alomada abrazada y esbozaba una sonrisa, ignorando todo lo que pasaba a su alrededor. El efecto del sedante duraría hasta aproximadamente al día siguiente.
― Tu minuto acabó, Ranma.
― Es…..
Y sin darle tiempo a que contestara terminó la llamada abruptamente.
Buscó un vaso de agua y se sirvió un poco de agua de la llave, no confiaba mucho en las botellitas que daba el hotel. Salió al balcón y contempló la noche. Sus ojos dorados resplandecían bajo las luces de Roma y sus únicos pensamientos estaban dirigidos en una persona en particular.
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El aroma a café recién echo despertó mis instintos y de repente mi estomagó crujió de hambre. Tal vez no me vendría mal un vaso de jugo de naranja recién hecho con unos huevos y tocino y dos rebanadas de pan tostado. Si, sé que debería cuidar la línea y más en mi edad, pero al diablo con el estereotipo. Yo como lo que deseo y punto.
Estiré todo el cuerpo mientras una sonrisa boba se escapaba entre mis labios. Había tenido el sueño más loco. Soñaba que había estado en un minisúper y un loco entraba a secuestrarme. Dios, ese si que fue el sueño más extraño.
Pero un momento, yo no tomó café y, además, el colchón de mi cama tenía un ligero resorte, este estaba demasiado cómoda. Abrí los ojos de golpe y la luz del sol aturdió mi vista tan solo por unos momentos. Fruncí el cejo, esa no era mi habitación, las paredes eran blancas con diversos cuadros imitando a alguna obra. Todo lo que había ahí era sumamente elegante incluso podría pensar que hasta el piso costaba más que mi modesto ático.
Me incorporé y por un instante sentí un ligero mareo. ¿Había bebido hasta perder el conocimiento? Y si eso había sido, porque carajo Akane lo había permitido.
Bueno, al menos llevaba mi ropa. Pero al ver por la ventana algo hizo que todas mis señales de alarma se dispararan. En el instante que mis pies tocaron el piso casi pierdo el equilibrio así que tuve que apoyar mis manos por toda la pared hasta llegar al balcón y lo que vi me dejo con la boca abierta.
En ese instante la puerta del tocador se abrió y me aparte del balcón. Era el Henry Cavil versión pelo plateado. Ya no llevaba sus gafas de aviador por lo que se podían ver sus ojos en todo su esplendor.
Eran dorados.
― Veo que ya despertó. – anunció sin dirigirme la mirada.
Lo vi tomar asiento en una mesa redonda donde descansaba un perfecto desayuno. Se me abrió el apetito, pero mi orgullo podía más. Aunque ese jugo de naranja se viera fresco y exquisito (algo que mi garganta seca hubiese agradecido) yo necesitaba una respuesta y ese hombre me la daría.
Abrí la boca, después la cerré para de nuevo volverla abrir.
― ¿Dónde estamos? – esa pregunta sonó a algo más que eso, tal vez a una exigencia.
― Eso de allá – el individuó señaló la ventana – Es Roma.
¿Italia?
¿Cómo había llegado a Roma sin mis papeles?
Traté de formular algo coherente, pero era incapaz. El tipo que me secuestró no solo me había drogado, sino que me había traído a Italia. ¿Se habría aprovechado de mí?
― No te habrás….
Se lo insinué, pero tal parece que ese comentario le fue de lo más gracioso porque estalló en una sonora risa.
Bueno, al menos alguien se reía.
― No se preocupe por eso. Su integridad esta intacta conmigo. Será mejor que tome asiento, el desayuno acaba de llegar.
A pesar de lo deliciosa que estaba la comida y efectivamente, mi garganta había agradecido ese fresco jugo de naranja, mi mente no dejaba de darle vueltas a todo ese asunto. De pronto fruncí el cejo al ver la cana bailando en frente de mis narices. No tuve más remedio que aportarla. Si la arrancaba del cuero cabelludo tal vez se duplicaría.
¡Todo por una estúpida cana!
No pude encontrar mi móvil por toda la habitación. Debo suponer que mi secuestrador tenía algo que ver. Ajuste más mi mirada hacía él. Parecía como si yo no estuviera en frente de él, pues estaba leyendo un periódico.
― ¿Cómo fue que llegué aquí?
Rompí el silencio que se había generado entre ambos. Por más guapo que fuese no le daba derecho a secuestrarme y traerme hasta Italia. Seguramente necesitaba un rehén para salir del lío que armó en el super. Debía ser alguien peligroso, alguien con muchas influencias para escapar del país.
Se limitó a verme y prosiguió con su lectura. Por cierto, el periódico estaba en italiano.
Tal vez no escuchó bien mi pregunta y por eso no entendió. Así que aclaré mi garganta y volví a preguntar de manera clara y despacio, para que escuchara mejor.
― ¿Cómo llegué aquí? – esperé su respuesta.
Me volvió a ignorar.
Esta vez tomé una rebanada de pan y se la aventé para llamar su atención, pero todo sucedió de manera rápida. Pues la rebanada parecía rodar como en cámara lenta y antes de terminara estampada en su mejilla, sus reflejos fueron más rápidos y la pescó en el aire.
Bueno, al menos no se estampó en su cara, pero si pude llamar su atención. Porque sus ojos dorados se posaron en mi de tal manara que fruncía el cejo.
― Con la comida no se juega señorita ¿No le han enseñado modales?
Me levanté de golpe. ¡Al carajo con los modales!
― ¿Y me lo dice el tipo que me secuestro? ¿El tipo que ni siquiera se digna a darme una explicación?
Lo vi doblar el periódico para prestarme toda la atención. Mientras descaradamente se llevaba la rebanada de pan a la boca. Podía ver como incluso evitaba reírse. ¡El muy maldito se estaba burlando de mí!
― ¡El tipo que casi me mata en aquella tienda!
Dejó la rebanada de pan sobre un platito de porcelana blanco. Luego tomó una servilleta de tela y se limpió los labios y luego las manos.
― En primer lugar – levantó un dedo – No intenté matarla. Que usted estuviera en el lugar y hora incorrecta no es mi problema.
Alcé una ceja.
¿Cómo no va a ser mi problema?
― ¡Uyuyuy! – levanté los brazos en señal de perdón – Disculpé por haber ido a esa hora a la farmacia. Tal vez me hubiera pasado el itinerario de con cual se iba a estrellar.
Lo vi arquear una ceja.
― ¿No era tienda?
¿Se estaba burlando de mí? Me estaba dando la impresión de que ese sujeto en realidad lo estaba haciendo.
― ¿Va a comer o no? Porque la verdad detesto que la comida se desperdicie.
Me crucé de brazos, esta batalla era mía.
― No pienso hacerlo hasta tener respuestas.
― Bien.
Asintió posteriormente dobló su periódico y después se puso de pie con tremenda elegancia. Hasta ahora fue consciente de la camisa gris de algodón que llevaba y como esta se pegaba a su cuerpo.
¡Podían verse hasta sus cuadros!
Luego tomó su chamarra de cuero y se la pasó por los hombros.
― Solo le diré que entre menos involucrada este mas segura estará.
Y dicho esto salió de la habitación.
Me crucé de brazos y me desplomé en una silla. Mientras tomaba la rebanada de pan y le daba una mordida.
¿Cómo que entre menos sepa?
Si el hombre me había involucrado involuntariamente en lo que sea que anduviera. Lo peor es que no tenía ni móvil para llamarle a Akane. Seguramente estaba preocupada por mí.
Entonces observé el teléfono que estaba en una mesita. Tal vez si pedía en la recepción que hicieran una llamada a larga distancia así podría comunicarme con ella y que me ayudara a salir de esto.
Total, el tipo "pectorales Cavil" había pagado la habitación. Que tanto sería el costo de una llamadita.
― Lo siento señorita, la habitación no cuenta con ese servicio.
Me dijo una vez más la recepcionista. ¿Cómo que un hotel no tenía para hacer llamadas de larga distancia?
― Por favor, en verdad necesito hacer esa llamada – supliqué.
― Una vez más le repito. La habitación no cuenta con ese servicio. Tendría que bajar a recepción a realizarla.
Bueno, si tenía que hacer eso claro que lo haría. Lo malo es que no tenía ni una triste moneda para hacerlo y ni modo pedir que lo cargaran a la habitación.
Frustrada me dejé caer sobre la cama pensando en cual sería mi siguiente pasó para contactar a Akane.
¿Ir al consulado y decir que un idiota me había secuestrado, drogado y trasladado a Italia?
Abrí los ojos de golpe y me incorporé en la cama.
No sonaba descabellado, probablemente ellos me ayudarían y podría regresar sana y salva a mi país.
Salí de la habitación de puntitas, como si con eso no fuera a despertar a todos los huéspedes. Bajé a recepción y le pregunté muy amable a la señorita por el consulado (si, la misma que no quiso acceder a mi petición).
Sonreí al escuchar que el consulado no estaba muy retirado de ahí, solo era salir todo derecho, pasar tres cuadras, dar vuelta a mano izquierda y al fondo estaba el consulado.
Por fin podía saborear mi libertad en cuanto apareció frente a mi aquel edificio, sonrisa que se borró de inmediato cuando antes de dar un paso más alguien me tomaba del brazo y me apartaba de ahí. Lejos de mis opciones para regresar sana y salva a casa.
El secuestrador me llevó a un callejón, donde solo se escuchaban risas y el claxon de los carros que pasaban.
Sus ojos dorados me vieron, yo los vi y me mordí el labio.
― ¡¿Se puede saber que carajos esta haciendo?! – me preguntó y parecía muy molesto.
― ¿No es obvio?
Estaba demasiado cerca de mí. Mas de lo normal y olía exquisito. Estaba agitado, como si hubiera recorrido un 10k en tan sólo unos minutos.
― Intento regresar a casa – lo aparté de un empujón – Yo no debería estar aquí.
― En eso estamos de acuerdo – asintió, doblando las rodillas para recuperar su aliento – Solo que si regresan es probable que la maten sin antes pisar el país.
¿Cómo que me matarían antes?
Y una vez más todo se me nubló y perdí la conciencia en sus brazos o eso me pareció.
