Enemigo primordial
Capítulo 15
Blitzen conducía tranquilamente por una carretera nacional, rumbo a la Londres moderna. Habían salido media hora antes de Folkestone, la ciudad portuaria en la que habían bajado del tren que conectaba bajo tierra la gran isla con el resto del continente europeo. Durante su travesía les visitó Taranis, y les dio una información bastante importante, y es que algunos de ellos guardaban más poder del que uno pudiera imaginar, heredado de sus abuelos y bisabuelos divinos. Tras salir, llamaron a Zia, que les confirmó que en el grupo de Emérita habían tenido un encontronazo igual, pues habían tenido la misma información por parte de Iris, diosa en la que podían confiar más dado que era gracias a ella que podían comunicarse como último recurso.
Electra oía a la chica cruzada de brazos, Piper parecía sorprendida con la revelación, Sadie escuchaba sin girarse pues el paisaje le era más interesante, y Blizten les observaba de vez en cuando usando el espejo retrovisor interno. Por suerte esa mañana había algunas nubes que tapaba el Sol lo suficiente para que el enano no tuviera que taparse tanto como para apenas ver. Además, ya estaba bajando por el horizonte así que podía llevar unas prendas más normales, no solo por no llamar la atención, también por el calor que hacia en la época estival. Al menos yendo al norte no sería demasiado agobiante para el enano, o eso deseaba él. En cualquier caso, durante ese rato de conducción se habían limitado a escuchar la radio y cortas conversaciones para comentar lo que pudieran ver. Estaban algo cansados y querían descansar.
-Llegaremos en breve, ¿habéis buscado algún sitio en el que poder dormir?- preguntó Blitzen, a lo que Electra respondió
-He pensado que podría ser interesante acampar. Pensad que Lugdunum estará cerca del Londres moderno, a mi me gustaría quedarme cerca- comentó.
Sadie no parecía muy convencida- Que pereza, dormir en la hierba…- murmuró – Piensa que tendremos que dormir en el campo más de lo que lo haremos en una cama- siguió Piper.
-Bueno, pero si podemos evitarlo mejor, ¿no?- dijo Sadie, pero Blitzen negó- Por experiencia es mejor estar alejados del mundo mortal, en caso de ataque tendrías dos preocupaciones: tus compañeros y los mortales. Si estas lejos de ellos, sólo te preocuparían los tuyos- explicó.
La egipcia solo rodó los ojos, pero suspiró, tendría que acostumbrarse a dormir bajo el cielo nocturno, aunque no le hiciera gracia. Pensando en ello, se puso a mirar hacia el horizonte, y pudo ver a lo lejos la brillante Londres, y en sus cercanías al río Támesis serpenteando por su recorrido. Algo más al norte, comprobó que otra ciudad, esta vez amurallada con altas paredes de roca, se alzaba. Habían encontrado la vieja Londinium, y había que reconocer que, desde allí, era bonita. Se parecía a Lugdunum en tanto que ambas estaban fortificadas y algo de humo se elevaba desde las chimeneas de las casas. Estas eran, al menos por lo que veía desde la carretera, de piedra y tablones de madera, pequeñas ventanas y techos con pendiente pronunciada, canalones al final de los mismos que llevaban el agua hasta el suelo. Para llegar hasta allí había un camino que discurría por la campiña hasta cruzar el río, siendo el único medio para llegar hasta la ciudad antigua. Podían ver de vez en cuando como el escudo mágico que defendía la ciudad brillaba como en oleadas muy suaves, que emanaban desde el suelo hasta lo más alto de la cúpula que formaba, rodeando todo Londinium y sus alrededores.
Cuando vieron un desvío lo tomaron, claramente llevaba hasta allí dado que era una estaca de madera y hierro que tenía escrito LONDINIVM grabado en el metal, y aunque varios mortales en sus coches y camiones pudieron verles ni se giraron o pararon en absoluto a verles. La Niebla debía ser muy potente por las cercanías. Según se acercaban al puente vieron que este estaba defendido por dos soldados romanos, que se cruzaron nada más llegar ellos, impidiendo el paso. Eran dos chicas, una de ellas rubia y la otra morena, de piel blanca y ojos oscuros en ambos casos, y fue la morena la que se acercó. Blitzen bajó el cristal de su puerta y se asomó por ella.
-Permiso de paso, caballero- pidió ella. Portaba una lanza de oro imperial, un escudo alto, y una gladius en su cintura. Llevaban ambas prendas de oficiales romanos.
-No tenemos, pero prometemos no hacer nada malo- Piper sonrió entonces un poco, su voz convenció incluso a Blizten de aquello.
La chica parpadeó un poco, se pasó los dedos por el puente de su nariz, y se irguió- Pasad, pero dense prisa antes de que cierren las puertas- dijo.
Blitzen miró de rejo a su compañera pero ni se lo pensó, así que movió el vehículo y avanzó por el puente de piedra. Ya cruzado, los demás le pidieron con la mirada a la chica por explicaciones. Ella suspiró, se trataba de un poder no muy común en los hijos de Afrodita, lo llamaban embrujahabla. Permitía convencer a alguien de prácticamente cualquier cosa, pero dependía de las emociones que uno le pusiera a la voz, y de su habilidad de convicción. En cualquier caso en esa ocasión había funcionado, pero tendrían que darse prisa e ir con cuidado, por si alguna de esas guardias les volvía a ver y pedían explicaciones. Era una de las desventajas de tener ese poder, que luego podía meterte en apuros, pero Piper estaba más que acostumbrada.
No tardaron demasiado en llegar hasta la ciudad, y a su alrededor pudieron ver zonas de casas cerca de campos de cultivo. Eran edificios insignificantes en relación con la ciudad, lo que explicaba que no lo vieran antes, pero eran verdaderamente hermosas. Parecían las típicas casas de campo de ladrillo pintadas de blanco, con grandes cristaleras, techos de teja marrón, plantas en los alfeizares, y grandes establos con animales. En las cercanías pudieron ver a familias volviendo de la ciudad moderna, y de los campos cercanos, donde cultivaban lo que desde allí parecía trigo y patata. También comprobaron que en algunas parcelas lo único que había era ganado de todo tipo, como ovejas, vacas o cerdos, y que eran recogidos por los pastores en sus rediles. Esa imagen idílica contrastaba con el humo que salía de las fábricas cercanas, aunque en ellas la vida también existía, pues sus trabajadores ya salían de allí rumbo a sus hogares. Se sorprendieron de ver a semidioses, o por lo menos a individuos del mundo sobrenatural, trabajando entre mortales. No es que fueran incompatibles ambos mundos, pero era curioso de ver, cuanto menos.
En cualquier caso, eventualmente llegaron a Londinium, pero decidieron no entrar en la ciudad, no por ahora. Dormirían fuera esa noche y se pondrían a buscar por los alrededores de la ciudad el lugar que guardaba el anillo de Urano. Por lógica suponían que estaría lejos del cielo, para evitar que este tuviera a su alcance su gran arma, pero a saber. En opinión de Electra y Sadie era lo mejor dado que seguramente nadie tuviera ni idea de dónde podía estar, así que tardarían menos en rebuscar. ¿Cómo? ¿Con qué objetos? De eso ya se preocuparían al día siguiente, en palabras de Sadie ella se encargaría, dado que era una maga instruida. Los demás no tenían ni idea de ella, ni Blitzen, que sí estaba más acostumbrado a esas cosas.
Dejaron el coche cerca de un descampado, sacaron sus bártulos, e improvisaron un mini campamento móvil. Estaban algo cansados por el viaje, pero se las ingeniaron para hacer una pequeña lumbre y se repartieron bolsas de patatas fritas y dulces que habían comprado antes de salir de Folkestone, que si bien no era lo mejor del mundo al menos podían llevarse algo al estómago. Electra, acostumbrada a aquello, comió más bien poco, y revisó con la vista sus alrededores. Sadie la contemplaba, sus ojos azules rebuscaban atentos entre la maleza colindante.
Se encontraban en una explanada, pero el suelo estaba despejado de toda cosa que pudiera prender por tratarse de cemento. Se trataba de un amplio aparcamiento cercano a un área industrial, pero en el interior de la parte protegida por el escudo mágico de Londinium. Debía ser una industria mágica del algún tipo, pero desconocían qué se podía fabricar, aunque no les importaba demasiado. Estaban hablando tranquilamente entre ellos, planificando por dónde irían a la mañana siguiente, cuando Electra se levantó de golpe y se tiró al suelo, cerca de las plantas. Los demás la miraron con sorpresa, y oyeron un crepitar eléctrico, olieron algo de carne quemada, y algo de humo salió de entre las manos de ella. La chica entonces se levantó, y victoriosa, les enseñó un conejo que tenía entre sus manos.
-¡Hoy cenamos conejo!- exclamó, y se sentó junto a los demás. Sadie miraba con tristeza al animal, y Piper prefería no observar como Electra iba cortando la carne.
Estaba orgullosa de su caza, pero cuando se dio cuenta de las caras de los demás se giró e hizo el proceso de despiece de espaldas, aunque sonrió divertida al oír como la chica egipcia vomitaba un poco. Tenían mucho que aprender de vivir en el campo, se dijo, y ella les pensaba enseñar. El único algo más animado era Blizten, que se sentó en sus cercanías y la observó tratar al animal. Observaba pensativo el proceso, pero no decía nada, hasta que ella sacó enteramente la piel del animal.
-¿Vas a utilizarla para algo?- preguntó, a lo que ella se hundió de hombros- Está por curtir, ¿lo sabes hacer?- preguntó, a lo que él asintió.
-Los enanos somos grandes artesanos, la mayoría con los metales. En mi caso soy un gran artesano de la piel y la moda, me parecería una grave falta de respeto no usar esa piel, la verdad- comentó.
Ella supuso que sería verdad así que simplemente se la tendió. Blitzen entonces la revisó atentamente, acariciando la piel con sus dedos, sintiendo cada fibra. Con eso podría hacer un bolso bastante mono y, sobre todo, eficaz, con el que guardar las cosas. La mochila que usaba era útil pero se estaba desgastando, además, que tuviera en todo el medio el logotipo del Hotel Valhalla no ayudaba. Le hubiera gustado llevar sus propias cosas, pero la falta de tiempo se lo impidió, así que ahora podría hacer algo mejor.
Electra acabó pronto de despiezar la caza, tras lo que insertó la carne en las espadas de los demás y les tendió las mismas, para que las pusieran al fuego y se cocinaran. El único que apenas prestó atención a eso fue el enano, que se dedicaba a trabajar la piel. La celta se sorprendía de su habilidad, no lo parecía. Aunque dada la elegancia con la que vestía, incluso para conducir un coche de alquiler, algo de esas cosas debía saber. Tardó poco en curtir toda la piel, y la estiró entonces en el aire, contemplándola.
-Te quedó bastante bien- comentó Piper, aunque Sadie parecía seguir mareada dado que se giró para no ver demasiado la pieza.
A la griega también le gustaba la moda aunque no lo reconociera, pero su herencia pesaba más que su orgullo. Comenzó a preguntarle sobre cómo iba a trenzar el hilo, si iba a tintarlo, con qué lo iba a tintar, de qué color, si tendría alguna cualidad mágica, su tamaño, la forma de los cordones, las cuerdas… Blizten se lo explicaba todo, pues pese a la rapidez de todo tenía una imagen mental bastante clara de lo que deseaba hacer, cosa importante en el mundo en el que él trabajaba. Suspiró entonces, ahora que estaba despegando su tienda tenía que dejarla en manos de un amigo suyo también modista, aunque no le gustara demasiado. La otra opción era volver a cerrar y no lo deseaba.
-Mañana al alba nos podríamos dividir en dos grupos, pero antes buscaré sitios especialmente mágicos- dijo Sadie, al final acabó mordisqueando su trozo de carne.
-¿Podrás hacerlo? Hay una ciudad aquí al lado que huele a magia, seguramente haya interferencias- comentó Piper.
La aludida asintió- Sí, no por nada me enseña la gran maga Isis- comentó, orgullosa.
Blitzen suspiró. La magia egipcia era muy diferente a la de los otros mundos, compleja pero a la vez muy orgánica. Odín mismo tuvo que sacrificar uno de sus ojos para aprender a usar la magia rúnica, y en cambio, la diosa Isis, ni sus estudiantes, parecían que tener que hacer esos grandes sacrificios. Les costaba, claro, y tenían que estudiar mucho, pero al menos no perdían miembros del cuerpo. La rubia, como adivinando sus pensamientos, habló.
-Es sólo una teoría, pero… Al final la magia es común a nuestros mundos. Para los griegos, es La Niebla, para vosotros en cambio se deben usar las runas y se tienen que sacrificar cosas para alcanzar el poder, y en mi mundo la magia se concentra en lugares y se puede aprender con la ayuda de un dios. Son solo facetas de una misma realidad- era un razonamiento interesante.
-En el caso celta la magia la hace Aelita. Ella es la única que puede, por ser su padre Dagda. Es la guía espiritual del grupo, al igual que Samuel es el líder, tiene que ser así por si uno llegara a faltar- explicó.
-¿Sólo un hijo de ese dios puede hacer magia?- preguntó con sorpresa Piper, a lo que Electra asintió.
-Hasta donde sabemos, solo sus hijos pueden. Bueno, en realidad la magia más potente. Los demás semidioses podemos usar nuestros poderes, yo por ejemplo lanzo rayos, o Jeremy, que puede brillar como una estrella, con poderes curativos incluidos- añadió.
-Mola, la verdad…- comentó Sadie, acabó lanzando los huesos a las brasas, que calentaban agradablemente sus cuerpos.
Pese al verano, allí hacía algo de fresco por las noches, pero se estaba bien bajo las estrellas del cielo. Si Urano podía ser algo mínimamente parecido, debía ser realmente poderoso. Los dioses eran entidades poderosas, para griegos, romanos, celtas y nórdicos eran seres terribles, egocéntricos y poderosos, criaturas que eran capaces de casi cualquier cosa, y antaño incluso se les creía los creadores de la totalidad de las cosas. Los egipcios en cambio eran casi que colegas de los dioses, al menos esa sensación les daba. No a lo mejor tanto, pero tenían una relación mucho más cercana, a decir verdad, cosa difícil en sus propios mundos.
En cualquier caso, de tener éxito, los dioses les deberían una buena, aunque Piper no estaba del todo convencida que se fueran a acordar en poco tiempo, dado que pasaron olímpicamente, nunca mejor dicho, de la petición de Percy de hace unos años, cuando pidió que las deidades del mundo grecorromano reconocieran a todos sus hijos mortales. Evidentemente no lo hicieron, así que lo más probable es que así pasara de nuevo.
-Deberíamos hacer un orden de guardias, por cierto- comentó al rato Electra, tras un buen rato de silencio.
Los demás asintieron, era lo mejor. Estuvieron hablando para decidir cómo lo harían sin ser conscientes de que eran observados desde las sombras. Se trataba de un grupo de jóvenes, eran tres chicos. Tenían en la piel de sus caras algo de tinte azul, con algo de protección en sus cuerpos en la zona del pecho, estómago, brazos y la parte interna de sus piernas. En la cadera tenía sus espadas, y en su izquierda contaban con un escudo de cuero.
-Tenía razón, ese cíclope…- comentó uno. Detrás de ellos apareció una figura. Se trataba de un hombre alto, con el pelo decorado con huesos, sus ojos dorados brillaban un poco en la oscuridad, en contraste con su piel morena por el Sol, sus fuertes brazos estaban cruzados sobre su tripa, algo grande, pero sus extremidades inferiores también tenían aspecto de ser muy poderosas. Medía unos tres metros de altura, y tenía una cota de malla protegiendo su pecho y piernas. Parecía satisfecho con el descubrimiento de los muchachos.
-¿Dudabas de mí, acaso?- preguntó, a lo que el líder de los otros dos asintió- Ni siquiera eres de mi mundo, Elatreo- le dijo.
El aludido rio un poco, su suave voz contrastaba con su aspecto intimidante- Pero te he dicho la verdad, muchacho, ¿no es eso suficiente?- se colocó a su lado entonces, teniendo un tamaño más humano.
Pasó a medir algo menos de metro ochenta, como el chico. Le observó más de cerca, su pelo negro largo estaba colocado por una pequeña diadema metálica con un rubí. Sus ojos pardos eran nobles pero determinados en proteger a los suyos, y una sonrisa pícara solía adornar su rostro. Tenía que serlo, para poder sobrevivir en su mundo. Como buen líder celta, él cuidaba de los demás de su grupo, aunque por suerte para ellos podían vivir en paz con la ciudad romana, de no haber podido la guerra hubiera acabado con ellos, pues en número era muy inferior al de los otros, de diez a uno la mayoría del año.
-¿Me recuerdas por qué tenemos que luchar contra ellos?- preguntó. El cíclope señaló a una chica rubia.
-Ella es hija de Taranis. Y esta con esos extranjeros, de hecho, una de ellas es griega- añadió, señalando a otra de las chicas. Esta era morena, y curiosamente tenía una especie de pluma en su cabello.
-Y lo más importante: os quieren quitar el Anillo de Belenus, y eso, como líder, no puedes permitirlo- comentó.
El chico frunció el ceño. Que estuvieran por allí en realidad le era indiferente, le parecía bien, de hecho, no era alguien territorial en ese sentido. Lo que sí le molestaba era que tuvieran la intención de robar algo para ellos sagrado, y eso no pensaba permitirlo. Elatreo sonrió complacido, la trampa estaba hecha. Pronto estarían peleando entre ellos, si esos semidioses eran lo suficientemente poderosos como para poder vencerles, serían dignos de luchar contra él. Ya tenía pensado tomar la forma de un semidios celta para combatirlos directamente, no podía negar que en cierta medida estaba deseando poder hacerlo. Miró al líder local, y colocó la mano en su hombro.
-Haz sentir orgulloso a tu padre, William Dumbar- añadió.
El aludido asintió, se levantó, y ordenó a los otros dos que le siguieran. Estos, obedientes, así hicieron, y se movieron rápidamente por aquel bosquejo que tan bien conocían. Había un pequeño camino que llevaba a una región del mismo con protecciones mágicas hechas por la druida de su grupo, y que contaban con un total de siete personas. Tres de ellos eran los que iban hacia su pequeño campamento, estando los otros cuatro protegiendo el mismo. Entre los mismos estaba la druida del grupo, la pareja de William, hija de Dagda. En cierta medida ella era la que sostenía el grupo antes de su llegada varios años antes. William tenía siete años cuando se los encontró, y fue acogido por el grupo. Ayudaba que la mayoría tenía una edad similar, el mayor tenía poco más de diez años, y era el líder del grupo en esos tiempos.
Ese chico enseñaba a los demás los valores celtas y les ayudaba e inspiraba, hasta que, en un día de caza, fueron atacados por unos monstruos. Lucharon ferozmente y lograron derrotarlos, enviándoles de nuevo al infierno del que salían, pero a cambio, tuvieron que volver casi a rastras a su campamento, por aquel entonces en las cercanías de Inverness, a las orillas del lago Ness. Beatrice, la curandera y druida, solo pudo sosegarle antes de que Morrigan, diosa de la muerte, se lo llevara. Siguiendo la tradición había que elegir un nuevo líder y para ello consultaron a los dioses, en una asamblea en la que Beatrice sirvió como nexo. Esa era la única ocasión en la que tuvieron un contacto más o menos cercano con ellos, y rápidamente determinaron que sería William el nuevo líder.
Este se sorprendió por la elección, no era alguien especialmente fuerte o poderoso, ni era el más hábil o inteligente. Sin embargo la decisión estaba tomada, ahora él sería el nuevo jefe de aquel grupo de pictos. Y como tal tendría que defenderlos y ayudarles en todo lo posible, y eso incluía defender los símbolos de su mundo, entre otros, el Anillo de Belenus. Como dios del Sol y la luz, tenía una gran relación con esos elementos. Y uno de sus atributos era su poderoso anillo, que lo guardaba en las cercanías de Londinium, en un viejo templo. William no estaba dispuesto a dejárselo quitar por esa gente, y había trazado un plan en su mente. Cuando llegaron a su aldea, se lo contó a los demás.
Estos estaban en torno al fuego, hablando, con unos cuencos a sus lados. Se levantaron en cuanto vieron llegar a los demás, y les hicieron hueco en torno a la lumbre. Había dos mujeres, una Beatrice. Ella tenía el pelo negro y grandes ojos negros, con las orejas algo en punta, y marcas azules en sus mejillas. Tenía un emblema: un caldero hecho de plata, colgando de su cuerpo. Llevaba una camisa corta blanca y unos vaqueros con zapatillas de correr. A su lado, una segunda chica, esta vez pelirroja de ojos azulados, descansaba. En su caso era hija del propio Belenus, así que al enterarse enfureció. Tenía un arco a su espalda en todo momento, uno mágico hecho por Beatrice de regalo que podía disparar en cualquier momento y sin falla. Ella se llamaba Katherine Stones, como la mayoría de allí era gaélica.
Los otros dos chicos eran gemelos, tenían el pelo cobrizo algo largo, hasta los hombros. No tenían muy claro de quien podían ser hijos, pero intuían que de Cernnunos dado su especial relación con la naturaleza y los animales. Eran excelentes cazadores y podían hablar con los animales, con quienes en algunos casos hasta habían hecho amistad. No parecían demasiado conformes con luchar.
-Will, se realista, ¿quién además de nuestro grupo podría saber que el anillo está aquí?- le decía uno. Era Richard O'river, su hermano Kevin le solía apoyar en esas cuestiones.
Pero el aludido negó- Me da igual, iremos todos a defender el templo, si se acercan y no están dispuestos a irse les echaremos a patadas. Tenemos la superioridad numérica y conocemos mejor el entorno, no podrán ganarnos- aseguró.
-¡Estoy de acuerdo! No podemos permitirlo- exclamó Katherine, sus ojos flamearon un poco.
William sonrió. Beatrice habló entonces- El poder de ese Anillo no debe caer en manos de nadie más que del dios. Seguro que él envió a ese ser, el cíclope, para ayudarnos- explicó.
-¿No hubiera sido mejor que hubiera mandado a un elfo para eso? Digo, nunca he oído hablar de esos seres antes- comentó uno de los chicos que había ido con William.
Se trataba de Bryan Star, se trataba de un hijo de Morrigan, tenía la piel muy claro y profundos ojos negros. Solía vestir de negro, pero como nota de color llevaba un pequeño colgante de un cuervo rojo, símbolo de su madre. A su lado se encontraba Dylan Sinclair, hijo de Epona, diosa de los caballos y los ríos. Era el más alto, rubio de ojos claro, pero era rápido como el viento cuando corría, tenía tatuado un caballo en su brazo derecho y siempre tenía zanahorias en su chaleco. Era mejor no preguntarle por qué, no solía decirlo, pero ellos sabían que le tranquilizaba.
-Los dioses actúan de formas extrañas, chicos. Nunca se sabe qué desean, y sus medios son… raros. Procuro leer su voluntad siempre que puedo, pero es muy difícil. De todas formas no veo por qué nos mentiría. Pero tampoco tenía por qué ayudarnos a nada- Beatrice tomó su bastón.
Era una larga vara de roble con una gema en su punta. Estaba bien tallado y decorado, pero era lo bastante macizo como para poder golpear con fuerza con él. Lo apretó, estaba algo nerviosa.
-Yo creo que Will tiene razón. Esta noche, aprovechando que hace buen tiempo, nos deberíamos mover hacia allí. Si pasados varios días no atacan, y si sabemos que no han venido con malas, podremos estar tranquilos- explicó.
Miró a Dylan, y este asintió, divertido- Puedo transformarme en potrillo y vigilarles, claro- aseguró.
La chica sonrió por ello- Que los dioses nos acompañen, pues. ¿Empezamos, William?- preguntó ella, solemne.
Este asintió, y se movieron por su pequeño campamento. Bryan apagó el fuego, mientras Richard y Kevin se dedicaban a recoger las tiendas. Katherine, por su parte, iba quitando restos de pisadas que pudieran indicar que por allí había vivido gente hasta hacía poco, y William recogía las pertenencias de cada uno en sus bolsas. No eran demasiadas cosas, pero lo suficiente para vivir cómodamente incluso dada su situación de semidioses en un mundo peligroso como era aquel en el que vivían.
Beatrice, por su parte, tenía la tarea más importante: proteger el camino por el que se iban a mover. Nunca se sabía lo que podía saber, y menos por la noche. Sus preocupaciones no eran innecesarias, dado que hacía poco habían sido atacados por un grupo de lobos salvajes, dirigidos por elfos oscuros, los sídhe. Estos eran seres humanoides, de piel oscura como la noche y ojos dorados, largas melenas y cuerpos esveltos y ágiles. Y expertos hechiceros, mejores que muchos humanos, eran verdaderamente temibles. Por poco no salen muertos de aquella ocasión, así que toda preocupación era poca. En cualquier caso, algo dentro de ella le decía que todo iba a cambiar en algún momento cercano, pero no sabía si para bien o para mal. Y tenía la sensación de que aquel grupo de extraños iba a ser el culpable, esperaba no tener que arrepentirse.
No tardaron demasiado en recogerlo todo, y con sus mochilas y bártulos a la espalda, Beatrice guio el camino hacia el templo. Ella conocía bien el camino y conocía los posibles peligros y trampas, así que evitaron todas sin demasiados problemas. Desde luego nadie ganaba en precavidos a los celtas, pues esquivaron por lo menos cuatro, que iban desde flechas disparadas desde la nada a estacas que salían desde el suelo. Tras cruzar el pequeño bosque, alcanzaron una zona de cuevas. De una de ellas emanaba algo de magia, Beatrice podía verla fácilmente emanar de su interior, aunque los demás no eran capaces. Su interior era laberíntico, la magia defendía ese lugar para más inri, y estaba también protegido por elfos de la luz, sídhes áureos de pelo dorado y ojos de ese mismo color, adoradores de Belenus y con poderes sobre el fuego y la luz. Eran seres que habían estado allí desde hacía siglos, de hecho, desde que el dios dejó allí el objeto místico.
Acamparon en la entrada, siendo rodeados por los sídhes cuando tocaron suelo sagrado. Estos parecían amenazantes con sus espadas y lanzas de luz, pero Beatrice les habló rápidamente.
-Dut wary, men freds, we jat wak tu estaremnet jer fur sum diys. We sar jer tu protet dier Belenus rin- uno de aquellos seres reaccionó a esas palabras y asintió, volviendo al interior de la cueva.
-Les he dicho que no se preocuparan, que nos íbamos a quedar aquí para proteger el Anillo de Belenus- explicó ante la mirada de los demás.
-¿Y te creyeron así, sin más?- preguntó Kevin, y ella miró por unos segundo a la cueva, y luego respondió.
-Ellos saben quienes soy, he venido más veces antes y hablé con ellos varias veces. Sólo hablan la lengua antigua, pero como no conocían a vosotros se preocuparon algo- comentó.
William asintió- Bien, vamos a prepararnos. Estoy algo cansado y me gustaría poder echarme un rato-
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A la mañana siguiente, el primero en despertar fue Blitzen. Piper, que fue la última en hacer guardia, estaba de pie mirando al horizonte, el Sol estaba a tres dedos por encima del horizonte, así que debían ser las ocho de la mañana, aproximadamente. Ella le observó y saludó afablemente, a lo que él respondió.
-¿Descansaste?- preguntó ella, a lo que el enano asintió. Al estar bajo un árbol podía estar fuera de los rayos solares, al menos por ahora. Rebuscó en su mochila por algo que llevarse a la boca, y sacó unas galletas saladas.
Ella comió algunas de ellas tras ofrecerle Blizten, esperando a que los demás despertaran, cosa que por la luz creciente pasó poco después. No tardaron demasiado en comer algo rápido, y se movieron hacia el río, en el que bebieron y lavaron la cara. Les sentó bien el frescor, que les despertó totalmente, y les permitió aclarar la mente antes de partir. Como había comentado, Sadie se dedicó durante las últimas tres horas a desentrañar la magia de la zona, y localizó una gran área a unos pocos kilómetros al norte de la ciudad vieja, así que irían allí a investigar, esa era su mejor opción ya que no conocían las cercanías.
Anduvieron por la cercanía de la rivera, hasta que alcanzaron la linde de un bosque. Desde allí veían manadas de ciervos y jabalíes, pájaros volando y un grupo de caballos. Los potros les observaban con interés, y jugueteaban cerca de ellos, como si no tuvieran miedo alguno de ellos, cosa curiosa. En cualquier caso entraron a la zona arbolada, y caminaron entre los árboles con cierta dificultad por culpa de las grandes raíces que cruzaban el suelo. Pipe observó que Sadie parecía algo nerviosa y observaba en todas direcciones constantemente, como un conejillo asustado. Y ella no era la única, pues Electra y Blizten también lo observaron.
-¿Algo anda mal o qué?- le preguntó la celta, a lo que Sadie asintió lentamente, pero estaba algo dudosa.
-Bueno, es… diferente, noto muchísima magia, pero me pone nerviosa… es como si estuviera a la defensiva- explicó.
Los demás se miraron. No parecía haber ninguna trampa, pero Electra de pronto se paró, a los cincuenta metros de entrar en el bosquejo. Dio una voz para que los demás la imitaran, y se quedó quieta en su sitio.
-Es una trampa…. ¡Joder, no sé dónde están los disparadores!- exclamó. Piper observó con atención el suelo.
Al no ver nada, se decidió a agacharse poco a poco para cambiar la dirección por la que la luz entraba a su ojo, pero era complicado poder colocarse tan abajo. Electra además tenía el corazón casi en la boca por aquello, estaba casi a punto de gritar cuando ella fue capaz de ver las finas líneas de hilo que estaba colocada a unos metros por delante de ellos. Se sorprendió de que Electra pudiera reconocer aquello de forma tan clara y estando a una distancia considerable dadas las circunstancias.
Al no ver nada, se decidió a agacharse poco a poco para cambiar la dirección por la que la luz entraba a su ojo, pero era complicado poder colocarse tan abajo. Electra además tenía el corazón casi en la boca por aquello, estaba casi a punto de gritar cuando ella fue capaz de ver las finas líneas de hilo que estaba colocada a unos metros por delante de ellos. Se sorprendió de que Electra pudiera reconocer aquello de forma tan clara y estando a una distancia considerable dadas las circunstancias.
Tras indicar la posición del hilo, Electra lanzó una ligera descarga al mismo, haciendo que ardiera en toda su extensión, y ella corrió en una de esas direcciones rápidamente. Con un gesto le pidió a Sadie hacer lo mismo en el otro lado, y ambas se perdieron en lo frondoso de la vegetación.
-¡Eh, esperad!- gritó Blizten, pero Electra simplemente respondió sin siquiera girarse- ¡Esperadnos ahí, no os mováis!- por la fuerza de su voz estaba muy cerca, además, se veía el movimiento de los arbustos en los que ella estaba agachada.
Estuvo así más o menos un par de minutos, hasta que se levantó de nuevo. Tenía en su mano unas cuerdas y un cuchillo en su boca. Se colocó las cuerdas al hombro y volvió a enfundar su arma en la cintura, y se acercó a los demás. Claramente había eliminado una trampa, o al menos una parte de la misma. Sadie no tardó mucho en volver, aunque en su caso no había visto nada más que aquel fino hilo atado al tronco de un arco.
-Un poco más y hubiéramos sido acribillados a flechas…- murmuró Electra, tirando las cuerdas. Se giró al oír algo moverse, y vieron como se acercaba un grupo de caballos, el mismo que habían visto poco antes.
La celta se quedó mirando a uno de los potrillos en especial, con el ceño fruncido. Fue entonces que le dio un codazo a Sadie para que le prestara más atención, y esta hizo caso a aquello. Se sorprendió de comprobar que de este emanaba algo de magia.
-Entiendo…- murmuró, e indicó a los demás que se movieran poco a poco a su alrededor. El animal correteaba cerca de su madre, pero pronto comprobó que estaba siendo rodeado.
Intentó huir corriendo a toda velocidad por el espacio entre Blitzen y Piper, pero ambos se lanzaron a pararle, y si bien no lograron tomarlo sí le estorbaron lo suficiente para que Electra pudiera tomarle por el cuello y derribarle. En condiciones normales la madre hubiera atacado rápidamente para defender a su potro, pero ninguna yegua actuó así, de hecho hacía rato que se habían perdido en la espesura. El animal berreó y berreó, pero entre los cuatro le derribaron.
-A mí no me engañas, hijo de Epona- gruñó Electra, cansándose por el esfuerzo. Sentía en sus brazos la cálida piel del animal, su sudor, y la potencia de sus músculos y articulaciones.
Su corazón latía con fuerza y la sangre discurría por su cuerpo a toda velocidad por la adrenalina, pero eventualmente se calmó. El morro del potro se fue acortando, sus cascos se fueron transformando en manos y pies, sus orejas se acortaban, su pelo se acortaba y volvía menos denso, y su pecho se volvía humano. Resultaba estar desnudo pero Blizten le colocó deprisa una tela para cubrir su cuerpo, al menos lo suficiente para que no se vieran partes demasiado personales. Al final resultó ser útil la tela de conejo que había hecho la noche anterior.
-¿Por qué nos espiabas?- preguntó Piper seria, mientras le sostenía.
Le miraba directamente a los ojos, pero el chico no llegó a responder hasta unos segundos más tarde- ¿A qué venís aquí?- preguntó de vuelta.
Electra, molesta, le levantó- ¡Aquí las preguntas las hacemos nosotros!- exclamó, agarrándolo con algo de violencia.
Pese a ser el otro más alto y corpulento era pudo hacer eso con relativa facilidad, y estaba a punto de llevarle contra un árbol cuando Sadie la paró, tomándola del hombro.
-Si nos hubiera querido atacar lo hubiera podido hacer, ¿no crees?- preguntó. Pero a la otra eso no le valía totalmente.
-Nos estaba espiando, en ningún caso nos hubiera atacado- reclamó la otra, seria.
-Vuestra amiga tiene razón- comentó el extraño- Sólo os quería vigilar, por seguridad- añadió.
-¿Seguridad para qué?- preguntó Blizten- Habla del Anillo de Urano, seguro- dijo Sadie.
El chico parecía confundido- ¿Qué? No, es el anillo de Belenus, obviamente- dijo- Y no pensamos dejaros robarlo- añadió rápidamente.
-Es evidente que alguien se está equivocando aquí- comentó Blizten, cruzándose de brazos.
El celta bajó el rostro unos segundos, se revolvió, y dio un puñetazo en la boca del estómago de Electra, y, volviéndose a transformar en potro, salió corriendo por el bosque. Rápidamente se levantaron y le persiguieron, no estaban dispuestos a dejarle ir tan fácilmente. Pero siendo un potro, conociendo mejor la zona, y bastante más veloz, le acabaron perdiendo rápidamente. Electra gruñó algo molesta, y golpeó una piedra con el pie, irritada. Los demás aparecieron tras ella a los pocos segundos, y Sadie le iba a preguntar algo cuando vieron aparecer lo último que deseaban ver: un cíclope.
Este era alto, de piel oscura y ojos dorados, algo rechoncho pero de aspecto fuerte y poderoso. Tenía algunos huesos decorando su melena negra, y la magia desprendía de su ser constantemente. Su rostro era hermoso, claramente estaba usando su magia para ocultar su verdadera apariencia, había que reconocer que era un buen detalle.
-Que interesante… No me esperaba todo esto, la verdad- comentó. Se sentó cómodamente en un tronco caído cercano, como si no fuera con él la prisa que los chicos tenían.
-Sé breve, cíclope, no tenemos todo el día- exclamó Electra, molesta. El aludido la miró con diversión.
-Los semidioses modernos no tenéis respeto por las formas…- comentó, parecía bastante relajado, pese a la que se avecinaba.
Electra se estaba impacientando, pero el cíclope habló rápidamente- El grupo celta del que habéis atrapado está a medio kilómetro al norte, a la entrada de una serie de cuevas. Tendréis que convencerles de que os dejen pasar, no hay otra manera- explicó.
-Difícil lo veo, la verdad- dijo Sadie- Ahora esto está muy complicado, gracias en parte a ti. No nos ponéis las cosas fáciles- añadió.
Elatreo se rio un poco- Bueno, no lo he decidido yo esto, pero eso es lo de menos. Los demás grupos tampoco lo están teniendo fácil. Además, os recuerdo que teníais que buscar a un joven en este mundo- les dijo.
Ellos se miraron, estaban tan centrados en el anillo de Urano que se habían olvidado de todo aquello, lo cual era negativo. Supusieron que aquel semidios estaría en ese grupo, esperaban que no fuera aquel hijo de Epona que habían intentado capturar anteriormente. Si esto fuera así tendrían problemas, bueno, los iban a tener en cualquier caso en realidad. Pero harían frente a los mismos, como siempre habían hecho.
-¿Algo más que nos quieras contar? Sobre trampas, enemigos nuevos o algo, no sé, por saber más que nada- preguntó Electra, a lo que Elatreo se rio de nuevo, y simplemente se levantó.
Sin decir nada se disolvió en el aire, y simplemente les dejó a solas. El grupo se molestó por aquello, pero poco podían hacer en realidad. Siguieron las indicaciones del cíclope, y siguieron andando, con cuidado de las posibles trampas que pudieran encontrar. Si las había habido antes, nada indicaba que no fueran ha haber más, y así fue, pues vieron en varias ocasiones más finas hebras de hilo de pesca, en cuyos extremos tenían letales trampas. Sin duda el área estaba defendida, más según se adentraban en el bosque. Varias acabaron saltando, y no tuvieron que lamentar más que cortes y magulladuras, que hubo que atender rápidamente para evitar posibles complicaciones. Eventualmente llegaron a una zona algo más despejada, donde pudieron comprobar que hasta hacía poco allí hubo un grupo humano. Puede que fueran los restos de un campamento móvil del que aquel celta de antes era miembro, pero no podían asegurarlo totalmente. Electra observaba la tierra y podía más o menos asegurar dónde hubo tiendas, objetos, y demás. Y lo más importante: por donde se habían movido.
-No sé como haces para verlos, pero es genial- comentó Blizten, mientras observaba a la chica casi tirada en el suelo, mirando atentamente la tierra y grava del suelo.
-Apenas se notan las huellas, las borraron bien antes de irse… pero se intuye que fueron por allí. Yo iría en esa dirección- señaló entonces la dirección, hacia el norte.
Sadie además corroboró aquello, pues notaba magia viniendo desde esa dirección, además de una naturaleza parecida a la que había sentido horas antes mientras estaban los demás descansando.
Caminaron en esa dirección, guiados por las dos chicas, y alcanzaron una nueva zona limpia de vegetación, y que conducía a un gran prado, que se extendía a muchos kilómetros a la redonda. Podían ver carreteras a un lado y a otro, con muchos coches, camiones, motos y demás circulando en ambas direcciones. Cerca de allí también habían más campos de cultivos de trigo, cebada y algunas frutas, pero sobre todo había cereales. Al otro lado de la ciudad podían ver la zona industrial, de la que emanaban en algunos puntos gases nocivos. Era bastante contraste, pero no tenían tiempo para ello. Andaban despacio, atentos a todo lo que se moviera. Al ser hierba alta por donde se movían, de vez en cuando saltaban conejos o aves que descansaban en el suelo, y salían volando a toda prisa a su paso.
Vieron a lo lejos, efectivamente, una zona de cuevas. Había unas cinco de ellas, y delante de las mismas, una pequeña zona empedrada y que servía de antesala a aquella área. Era evidente que por allí había gente, dado la pequeña hoguera que aún tenía fuego, alimento cerca de la misma, y tiendas de campaña y zonas de acampada para que pudieran vivir con más o menos comodidad para ello. Sadie podía notar la magia recorriendo aquella zona, el pelo de su nuca se había erizado bastante desde que habían llegado a esa zona, estaba intranquila.
De un momento a otro, y como salidos de la nada, aparecieron ante ellos unos seres humanoides. Eran altos, de pelo y piel dorados, con armaduras de ese mismo color, y espadas, escudos y lanzas de luz. Hablaban en una extraña lengua, pero Electra, gracias a ser celta, podía entenderles, aunque fuera inconscientemente. Solo Aelita podía hablar esa lengua fluidamente y de forma consciente.
-Lif dis mig naw- pese a no saber qué estaban diciendo seguía siendo amenazante su voz. Era poderosa, sobrenatural, resonaba por todos lados, como si la propia naturaleza quisiera darle la razón.
Comprendieron además que no les querían ahí al verse cada vez más rodeados por aquellos seres.
-Sídhe, belef mis, we sar jer und pys- Electra hablaba casi como por inercia- ¿Qué les has dicho?- murmuró Blizten.
-Que venimos en son de paz… creo- murmuró.
Aquella criatura iba a seguir hablando cuando se giró al oír unos pasos. Vieron a una chica de pelo negro y ojos castaños sosteniendo un callado. Con un gesto de su cabeza les indicó irse, pero antes de que desapareciera, habló en aquella extraña lengua antigua.
-Estaremnet klos, jat und kas- la criatura asintió, parecía de acuerdo con eso, y entonces sí desapareció junto con los demás compañeros.
La joven entonces se cruzó de brazos, y les miró con seriedad- Será mejor que habléis y me digáis qué pretendéis con el Anillo de Belenus. Tenéis suerte de que no mande a los sídhe a por vosotros por lo que le habéis hecho a Dylan- exclamó.
Los chicos se miraron, había mucho que explicar y poco tiempo que perder…
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La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
