Enemigo primordial
Capítulo 16
Lugdunum había que reconocer que era una ciudad bonita. Los muros eran de piedra bien cincelada, como siempre hacían ellos no tenía una argamasa a modo de pegamento, sino que las rocas estaban colocadas de tal manera que se quedaban juntas sin necesidad de una unión, su mera forma lo permitía. Las casas eran de madera y ladrillo, con techos de paja y pequeñas ventanas, en su alto tenía chimeneas de las que emanaban humo, señal de vida en su interior. Siendo guiados por varios soldados romanos en dirección al palacio del Gobernador, vieron que la ciudad, pese a ser antigua, tenía agua corriente y luz eléctrica, que contrastaba con el mercado que tenían en plena calle un grupo de sátiros y de comerciantes, y que vendían a voz en grito sus mercancías, que iban desde comida a productos de cosmética, joyas y especias.
Y sin embargo apenas se pararon a observar nada, pues fueron bastante deprisa hacia su destino. Durante el trayecto pudieron comprobar que había más tecnología de la que aparentaba en esa ciudad, pues avistaron teléfonos móviles, linternas, cajas frigoríficas en los puestos, además de luces eléctricas y relojes, tiendas de libros, e incluso una herboristería donde además de plantas medicinales también tenían medicación moderna. No era algo demasiado sorprendente para Jeremy, acostumbrado a ver ese tipo de ciudades, al menos desde lejos. No así para Annabeth, que se sorprendía de ver allí a gente usar aparatos que en el Campamento Mestizo están prohibidos por atraer monstruos de todo tipo.
Supuso que las defensas de la ciudad eran mejores que las de su hogar, lo que le resultó casi insultante, dado que ellos en teoría eran los único semidioses griegos. Y desde hacía un año más o menos sabía que ni de lejos lo eran, y desde luego tampoco eran los mejor preparados. Al fin y al cabo ella venía de un campamento de verano para adolescentes, pero en sus pensamientos seguía la misma idea yendo y viniendo, ¿por qué sus defensas eran tan evidentemente inferiores? ¿Acaso eran considerados menos por los dioses? Seguro que lo mismo pensaban los romanos, pero en esos momentos Hazel parecía más preocupada en verlo, mirarlo y olerlo todo antes que pensar nada. Se le acercó disimuladamente, estando rodeados por soldados no podía hacer mucho más.
-¿Te fías de ellos?- preguntó la rubia, a lo que la otra negó- No, pero no tenemos más opción. Como oficial de alto rango debo presentarme ante mi superior si este me llama, lo que no sé es cómo es posible que sepa que estamos aquí con tanta antelación, es casi como si se lo hubiera chivado alguien…- comentó.
-Coincido. ¿Sabes quién es el jefe de por aquí? Creo…- antes de que Annabeth terminara uno de los soldados le ordenó alejarse.
-¡Menos cuchicheos!- exclamó, y Hazel se detuvo en seco- ¿Estamos detenidos acaso, soldado?- le preguntó.
Este la miró- Le recuerdo que vamos a ver al gobernador de la ciudad, no al funcionario de justicia- le dijo ella.
El chico miró de reojo a su compañero, dudando- Es… el procedimiento habitual aquí- se justificó.
Hazel parecía dudar- ¿El procedimiento habitual incluye tratar a unos visitantes extranjeros, altos dignatarios de América para más inri, como si fuéramos delincuentes? Me sorprende de una civitas tan noble como esta, a decir verdad- cuando ella se ponía seria lo hacía con todas sus consecuencias.
Fue entonces que el que lideraba el grupo se acercó a los demás. No tenía su gladius sacada, pero sí estaba con la mano posada en su mango. Era el mayor, debía tener unos 20 años, los demás soldados tendrían algo menos de 15. Y teniendo a una oficial cabreada con ellos no ayudaba.
-Pongamos las cosas claras: el gobernador de Lugdunum sabe de vuestras intenciones. Desde Lyon, Perseo nos comunicó que eráis un grupo que deseaba robar uno de los bienes más valiosos de la ciudad, y por supuesto no vamos a permitirlo- dio un vistazo detrás de ellos y asintió.
Los guardias que estaban detrás les pusieron unas esposas en sus muñecas y comenzaron a moverles de nuevo, esta vez sin tanta libertad de movimiento como tenían. En ese momento se dieron cuenta de que, efectivamente, esa siempre fue su intención: meterles en la ciudad, en una zona concurrida, de la que no podían escapar.
Tendrían que estar tranquilos y no hacer trucos extraños, no deseaban poner en peligro a nadie y no estaban tampoco en condiciones de luchar. Y pese a estar presa Hazel seguía con la cabeza alta y el paso firme. El nerviosismo que llevaba por dentro no se le notaba, y tenía las manos sobre su regazo, una por encima de la otra, y con una palma abierta. Sin embargo, Jeremy estaba nervioso y no dejaba de mirar a todos lados, como un conejillo asustado.
Alex andaba con algo de tensión, ella podría salir de allí volando transformada en pajarillo, pero en cuanto lo intentara seguro la acribillaban a flechas o lanzas, y aunque lograra escapar, no sabría donde buscar a los demás o si siquiera pudiera acercarse. Waltz era el que más a su alrededor miraba, estaba bastante interesado en todo lo que veía, incluso husmeaba el aire de vez en cuando, rasgo típico de Anubis que el chico acababa imitando. Lo quería ver, oír y oler todo, no quería perderse detalle alguno, quería tomar la totalidad de aquella cultura.
Por su parte, Annabeth andaba tranquila, analizando todo a su alrededor, e intentando memorizar el camino que seguían, lo más lógico era que siguieran el camino más rápido, y de hecho probablemente así fuera pues tardaron unos veinte minutos, y eso que andaban por la mitad de varios mercados callejeros, aunque en ningún momento fueron detenidos por nadie. Ni siquiera fueron detenidos por grupitos de soldados, que en cuanto veían la cara del que iba al frente o se les quitaba toda gana de preguntar a dónde iban, o simplemente se apartaban para dejar paso. Estaba claro que pese a no ser un oficial nombrado, era el que más mandaba allí. Debía ser la mano derecha del gobernador de la ciudad, quien fuera que se tratara.
-En unos minutos llegaremos ante el Gobernador de Lugdunum, tendréis que explicaros ante él, y será mejor que no le intentéis mentir. Podrá parecer anciano, pero es el más vigoroso de la ciudad- el legionario que les guiaba se giró entonces.
Se colocó ante Hazel- Espero, mi centurión, que tenga una buena explicación para él, no me gustaría tener que tomar medidas duras contra la que creo es una de los 7- comentó.
Ella le miró con sorpresa- ¿Conoces lo que pasó?- preguntó, a lo que este asintió- En ese caso sabrás que no somos meros ladrones, de no ser por nosotros ahora el planeta entero sería un secarral- exclamó.
Pero el otro negó- No lo niego, centurión, pero Perseo fue muy explícito: aunque sean parte de los 7 héroes que derrotaron a Gaia, no debemos fiarnos tampoco. Y nos fiamos de Perseo especialmente- el muchacho simplemente se giró.
A esas alturas ya habían llegado hasta las cercanías de palacio. Era no demasiado grande, de hecho era pequeño en relación con el de Lyonn, pero lo compensaba con lo bonito que era: era de piedra cincelada, con el suelo de madera de roble en el interior y noble mármol en la entrada principal, tejado de ladrillo, y ventanales con cristales. Decorando tenía estatuas de sus dioses principales: Júpiter, Juno, Neptuno, Ceres, Plutón, y Vesta. Se cuadraron a la mitad de las mismas, la entrada era muy hermosa, casi parecía un templo importante más que la casa de un gobernador romano moderno. En lo alto había una cúpula decorada con frescos, en las pinturas se veía todos los eventos de la Titanomaquia, desde el nacimiento de Vesta hasta la victoria de los olímpicos.
-¿Estos son los jóvenes, Flavio?- una voz reverberó. Se trataba de la de alguien anciano, era una masculina y algo potente, pero se le notaba la edad.
-Sí, mi señor. Están aquí, como usted mandó- respondió. Apareció entonces el individuo.
Era, efectivamente, mayor: tenía el pelo canoso y los ojos negros, piel clara y barba densa pero bien cuidada, algo de tripa, y contaba con una toga blanca, aunque debajo llevaba un polo verde y unos pantalones vaqueros con zapatos. Ando con algo de cojera hasta ellos, y les contempló.
-Mi nombre es Cornelio Silva, Gobernador de Lugdunum y profesor en la academia local de química, legado de Minerva. ¿Son ustedes los muchachos de los que me avisó Perseo?- preguntó.
Hazel miró de reojo a los demás, al ser ella la única romana, tenía más experiencia que ellos. Por ello dio un paso al frente, e hizo el saludo militar.
-Hazel Levesque, centurión e hija de Plutón. Efectivamente nos reunimos con el gobernador Perseo de Lyonn, pero cualquier cosa que le haya dicho sobre nosotros es falso, mi señor. Venimos a por el Anillo de Urano en misión urgente, puede comprobarlo de manos de la misma Ops- explicó.
El hombre la miró con interés, y luego dirigió su mirada a Flavio- Vamos a mi despacho, esto me lo tendrás que explicar mejor, joven- murmuró.
El aludido asintió, e indicó a sus hombres que escoltaran a los chicos. Avanzaron rápidamente por el palacio, y pasaron por una puerta de madera, abandonando la entrada, y pasando al área interna, donde el suelo pasaba a madera. Estaba bien iluminado, aunque parecía en esas estancias más una casa que un palacio, pues los techos no eran especialmente altos, apenas dos metros y medio, con pasillos de cinco metros, y alfombras decorando el suelo, eran rojas con decoraciones blancas. Seguían habiendo bustos romanos, aunque en ese caso no parecían de emperadores o dioses, y tenían nombres escritos en sus bases, ellos supusieron que se trataban de los antiguos gobernadores de Lugdunum. Llegaron eventualmente a un despacho no demasiado grande, con la piel de un lobo decorado en suelo, con cortinas de seda y una mesa de madera bien decorada y con una silla cómoda de buena piel. Tenía sobre el escritorio un ordenador de sobremesa, papeles, un membrete para sellar, una impresora, y toda clase de material de oficina. Se sentó en su silla, mientras los demás estaban en pie a un par de metros.
-¿Habéis dicho Anillo de Urano?- preguntó, a lo que ella asintió- Los romanos lo llamaríamos Caelus, pero sí, señor- respondió Hazel.
-Entiendo que eres la líder de tu grupo, o por lo menos su representante ante nosotros- comentó Cornelio, a lo que ella asintió.
-Soy la única romana. Me acompaña una semidiosa griega, una nórdica, un celta, y… un egipcio, señor- explicó- Venimos desde América todos menos el celta, que es galo- añadió ella. Waltz la observó con cierta diversión, pero no dijo nada al respecto.
El hombre asintió- Tengo buenas fuentes que me indican que no sois los únicos en haber cruzado esta región, Galia. Otros grupos han sido avistados, todos en dirección a cada capital de las regiones del viejo imperio, ¿son vuestros compañeros?- Hazel asintió.
-¿Por qué debería de fiarme de vosotros, y no de Perseo? Él ha demostrado ser un buen líder… algo duro, curioso pese a ser de origen griego, pero eso no le deslegitima-
La chica se lo pensó- Señor, juro por la gran loba que no te estamos mintiendo. ¿Qué ganamos haciéndolo? Ya sabrá como son los dioses, si aseguras que han hecho algo tienes que demostrarlo o su ira sería terrible, y no habríamos venido desde tan lejos para nada, ¿no cree?- Cornelio se puso en una pose pensativa.
Le dolía algo la cabeza, se llevó los dedos al puente de la nariz, algo confuso. Sus sueños… jamás le mentían, y le habían dado una señal inequívoca: no fiarse de ellos. Se había agudizado cuando recibió el mensaje de su compañero, Perseo, avisando que eran peligrosos y querían robar algo de vital importancia de la ciudad. Y fue peor cuando recibió aquella visita…. No deseaba recordarla, a decir verdad.
-Piénselo. Si tiene dudas, puede consultar con el oráculo y preguntarle directamente- señaló Hazel.
Sin embargo, él no estaba nada convencido de ellos. Por detrás, e invisible a los ojos de los semidioses, apareció una alta figura. Se trataba de una mujer de piel bronceada, alta como un roble y pelo negro como el carbón, con ojos dorados. Tenía bellas decoraciones en su cabello y ropa, aunque se trataba de unos pocos aros de oro y plata en sus brazos y muslos, teniendo en exclusiva una toga. Se difuminaba en la Niebla, y aunque Hazel le miró a los ojos unos instantes pero rápidamente la desvió con el ceño mínimamente fruncido, así que sabía que no había sido visto. Waltz sin embargo sí le miró con más interés, pero la entidad no parecía darse cuenta de ello, o aparentaba que no lo hacía.
-Te lo dije, mi buen Cornelio, ellos mienten, ¿ves?- le susurró al oído- Arges la cíclope nunca miente, te recuerdo…- el aludido sólo alzó su rostro, y habló.
-En cualquier caso, y aunque dijeras la verdad, no saldrás de esta ciudad con el Anillo. No sé dónde está, ni que aspecto tiene, o siquiera si está aquí realmente. Pero es mi deber, como Gobernador, impedir que tal arma caiga en las malos de unos cualquiera. ¿Quién me dice que no la queréis usar para algo maligno?- se levantó entonces.
En sus ojos vieron algo de luz dorada, pero fue durante unos segundos- ¡Guardias!- llamó entonces.
Aparecieron varios soldados en la sala, armados con lanzas y gladius, eran en total una veintena. No sabían de dónde habían salido ya que no vieron a nadie durante su camino por el palacio, así que seguramente ya estaban avisados de aquello y estaban a la espera, listos para actuar en el momento idóneo. Tomaron a los chicos por la espalda, les colocaron los brazos a la espalda, y les colocaron unas esposas. Anubis no entendía como se atrevían a aquello, y se disponía a romperlas cuando Hazel le dio un codazo. Él la miró entonces con sorpresa, más cuando él podría liberarse y por lo menos escapar, pero ella se lo impidió con una orden silenciosa. El gobernador fue testigo de ello, pero no dijo nada; simplemente hizo un gesto para que se los llevaran de allí en dirección a las celdas. Anduvieron rápidamente por los pasillos hasta llegar a la salida, las celdas debían estar en algún lugar ajeno al palacio, cosa sorprendente. Durante todo el trayecto por el interior de palacio no hubo intercambio de palabras por la tensión del ambiente, pero en cuanto salieron a la calle, Flavio habló.
-Os vamos a llevar a las celdas, allí podréis hablar con un abogado al que tenéis derecho, bien de oficio bien contratado, él o ella os explicará las razones de la detención y las horas del juicio- explicó.
-Estáis cometiendo un error, Flavio- le dijo Hazel- Nosotros no queremos robar nada, habla con Rea si quieres- Annabeth intervino por primera vez.
-Si quisiéramos huir ya lo habríamos hecho, a decir verdad- comentó Anubis entonces, Jeremy le pisó el pie y Alex le dio un fuerte codazo en el lateral, pero el romano la había escuchado.
Flavio parecía molesto, frunció el ceño pero gruñó y siguió hablando- No seáis tan orgullosos, puede que fuerais parte de los 7, pero incluso vosotros estáis por debajo de la ley de Júpiter. Por vuestro bien os recomiendo callar-
Les llevó en silencio sepulcral hacia las celdas, que se encontraban en un cuartel de piedra. No era muy alto, tenía apenas dos plantas de altura y pequeños ventanitas que servía a modo de tragaluz. Una vez dentro comprobaron que era parecida a una comisaría moderna, al menos a Jeremy le recordó aquello. Estaba acostumbrado a entrar en ellas habitualmente, por desgracia. El suelo y techo era de madera, tenía una recepción donde esperaba una chica que servía a modo de agente a la entrada. Tenía en su mesa un ordenador de sobremesa, y con una pantalla a su lado en la que tecleaba. Ella estaba trabajando en ello cuando les vio aparecer por allí. Se levantó de inmediato y se retiró el casco, se cuadró, y esperó a que su superior hablara.
-Samantha, lleva a estos chicos a una celda, les quiero por separada. Y avisa a los del juzgado, tendremos juicio esta tarde noche, espero- explicó él.
La chica asintió, y salió de su puesto. Llevaba una pechera y una falda de cuero, aunque debajo tenía ropa normal: una camisa de manga corta color blanco, unos vaqueros negros y deportivas. Ella les escoltó hasta varias celdas, y encerró a Alex con Jeremy, a Hazel con Waltz, y a Annabeth en una independiente. Todas las celdas eran iguales, tenían una cama con un lavamanos y un espejo para lavarse la cara, aunque esperaban no tener que usarlo en ningún momento. La chica, tras cerrar las puertas, se dirigió de nuevo a su puesto por unos instantes, hasta que regresó al poco, con una lanza. Estaba apoyada contra la pared en perfecto silencio, con la mirada perdida al frente. Aprovechando, Annabeth comenzó a mover sus manos para quitarse las esposas. Hazel era testigo de aquello, así como Waltz, pues estaban justo de frente. En la celda anexa a donde estaba la griega se encontraban Alex y Jeremy, que no podían verlo, pero un gesto de la romana les sirvió para poder saber qué estaba haciendo.
Alex, aprovechando su habilidad para transformarse, se convirtió en una culebrilla y se quitó las esposas con total facilidad, aunque a Jeremy le costaba. Samantha escuchó el suave replicar del metal cuando, al caer sobre la cama, entrechocaron. Rápidamente se movió, y como Alex no tuvo tiempo de volver a su forma humana de nuevo, la otra la vio en pleno proceso. De la impresión dejó caer su lanza, pero actuó rápidamente: pegó un grito de aviso, abrió la puerta, y se lanzó contra Alex, inmovilizándola con una velocidad pasmosa. La tiró contra la pared, la agarró de las muñecas, y presionó contra la pared. A los pocos segundos, y antes de que Jeremy pudiera salir de allí apareció otro guardia, grande como un armario, se colocó delante de la puerta en silencio, con los brazos cruzados.
-La habéis cagado pero bien- comentó el chico, observando. Samantha le había colocado de nuevo las esposas a Alex, pero la sacó durante unos instantes.
La dejó bajo el cuidado de su compañero en silencio, se acercó a su mesa, y rebuscó en los cajones, de los que sacó un nuevo juego de esposas, que eran ligeramente diferentes. Tenían el contorno en vez de plateado de color azulado, Hazel reconocía que en ellas había una especie de mineral, pero no lo reconocía. Sin embargo algo dentro de ella le dio la información necesaria.
-Están hechas de un material especial, que corta la magia de raíz…- murmuró. La chica la miró y asintió.
-Fallo mío no tomar precauciones. Dile a Flavio que venga cuanto antes el abogado de oficio, antes de que la líen más. Casi me dan pena- comentó ella.
El otro asintió y llevó de nuevo a su sitio al muchacho, que se sentó en la cama junto a Alex, que ya tenía esas esposas de nuevo en sus muñecas. Intentaba usar su magia para convertirse en algo pero le era imposible. Hazel se levantó entonces, seria, y colocó sus manos de tal manera que les pedía paciencia. Alex no entendía porqué pedía eso ahora, pero tuvo que obedecer ya que estaba bien vigilada por el guardia romano, que no le quitaba ojo de encima.
-Oye, qué pasa, ¿tengo monos en la cara o qué?- exclamó entonces la nórdica, mirando con diversión al otro.
Este se revolvió un poco nervioso, y giró la cara, pero no abandonó su puesto. Estuvieron en esa tensión ambiental durante cerca de media hora, hasta que apareció por allí un individuo, una mujer. Y en cuanto la vio Waltz la reconoció al instante, pues era idéntica a la entidad que vio justo detrás de Cornelio anteriormente. Ella le guiñó un ojo mientras el carcelero abría sus celdas y les sacó de allí en dirección a un pequeño habitáculo al extremo trasero de la zona donde estaban encerrados. Tenía una ventana lateral con unas cortinas rojas, una mesa con ordenador y varios grandes cajones con muchísimos papeles, informes sellados, certificados, sentencias, pruebas… Y coronando la sala había una balanza en la pared del fondo, estaba pintada en color oro, y era sostenida por la diosa justicia. En cuanto se sentó en su silla, el soldado cerró la puerta, y Waltz se acercó a ella, y con una agresividad poco común en él, la agarró de la camisa y la llevó contra la pared. Los demás apenas tuvieron tiempo para reaccionar y pararle, el dios podía ser muy veloz.
-¡¿Quién eres?!- gruñó molesto, pero la mujer no parecía asustada- No eres humana, tampoco una diosa, pero tienes poderes, hueles a sobrenatural- continuó.
-Sabía que no podría engañar a tus ojos, Anubis- comentó, sus ojos brillaron un poco, los de él brillaron del mismo color mínimamente, y la soltó suavemente- Me llamo Arges, espero que me reconozcáis- comentó, sentándose de nuevo.
Annabeth asintió- Eres un cíclope. Bueno, una, por lo que veo- pero Arges le restó importancia- A nosotros esas pamplinas no se nos aplica. Pero vamos a lo importante- se inclinó sobre la mesa, apoyando su cuerpo sobre sus codos.
-He convencido al gobernador de Lugdunum de vuestra intencionalidad de llevaros el Anillo que se guarda en las cercanías de la ciudad, le he convencido de que es obligación suya defenderlo por ser el líder político de esta región. En palabras sencillas, tenéis un buen problema- explicó.
Annabeth apretó los puños- ¿Por qué nos pones tantas complicaciones?- gruñó- No contentos con mandarnos a una guerra suicida ahora nos pones en contra de toda una maldita ciudad, ¿en qué cojones estáis pensando, eh?- tuvo que apretar su mandíbula para no seguir maldiciendo.
-En que tenéis que ser los adecuados. Quiero ver vuestra labia. O vuestra capacidad de correr deprisa, según se dé. Buena suerte- se dispuso a levantarse, pero Waltz la detuvo.
Hazel se colocó delante de ella- Nos tienes que dar más explicaciones, Arges, por que esto es muy raro- le dijo.
La otra se lo pensó unos segundos- No tengo por qué. ¿Se os ha dado alguna vez explicación de algo? Lo haréis y punto, no os queda otra, y no es mi problema, sino el vuestro- se levantó entonces seria.
Apartó a los chicos suavemente, pese a su aspecto menudo era muy fuerte y había podido mover a Waltz y a Hazel fácilmente, y se dispuso a salir por la puerta. Pero antes de salir, con la mano ya en la manilla, se giró durante unos segundos- Idos acostumbrando a estas situaciones. Pensé que ya lo estaríais, pero veo que no. Qué decepción…- salió de allí entonces.
Annabeth no sabía muy bien qué decir o hacer, pero Hazel sí. Salió detrás de ella, y ordenó con un gesto que los demás la imitaran. Y así hicieron, salieron todos en fila, y fueron de nuevo a sus celdas. Mientras recorrían esos pocos metros y eran de nuevo encerrados, Arges habló en alto.
-el juicio será mañana por la mañana temprano, a las 8:30 de la mañana. Dormiréis aquí y seréis llevados a los juzgados por vuestros guardias, recordad lo que os estuve contando- ellos la miraron en silencio.
Asintieron ante esa información, y observaron como ella salía de allí, escoltada por el guardia, que se quedaba fuera de la zona de celdas, pero protegiendo la salida en todo momento para que no sintieran el deseo de intentar escapar de nuevo, no al menos por la salida normal. Aprovechando que no estaban siendo vigilados de forma tan contundente como antes, Hazel aprovechó para acercarse a los barrotes, y animó a los demás a que hicieran lo mismo.
-¿Me oís?- murmuró, subiendo la voz lo justo para que sus amigos pudieran oír, pero no tanto como para ser escuchada por los guardas.
Ellos respondieron alzando el pulgar- Esta noche nos escapamos. Arges claramente nos ha invitado a eso- explicó.
-Pues ya me dirás como, estoy sin poderes- dijo Alex, mostrando sus esposas. Por mucho que intentaba usar sus poderes no era capaz.
-Puede, pero tenemos a todo un dios de nuestro lado- Annabeth miró a Waltz entonces- Él seguro nos puede sacar de aquí fácilmente de un chasquido- añadió Hazel.
Este suspiró- Sí, puedo hacerlo. Pero Arges puede que sepa de mi naturaleza, ¿y si es una trampa y os llevo a algún lugar horrible?- preguntó- Quiero decir, decíais que los cíclopes son grandes magos, ¿no? A saber a dónde nos puede llevar sin darnos cuenta siquiera-
Alex reflexionó sobre eso unos instantes- Los gigantes de hielo de mi mundo también son unos tramposos, a Magnus y a mi nos engañaron y mucho en una ocasión, lo han hecho incluso con algunos dioses- contó, pero luego se hundió de hombros.
-Aunque Thor tampoco es el ejemplo de inteligencia ideal- añadió poco después. Annabeth sin embargo confiaba en las habilidades de su compañero.
-Es un cíclope, no un dios. ¿Que son poderosos? Sí, sin duda, pero no tanto, y aquí el compañero es bastante viejo, ¿no?- preguntó, no sabía su edad exacta pero imaginaba que era muy viejo.
-Pues… tendré unos… ¿7.000?- el chic estaba pensativo, Annabeth tenía que reconocer que era mono estando así.
-Pues puedes ser igual o más viejo que nuestros dioses más antiguos, así que yo no me preocuparía de ser engañado- Annabeth no parecía dispuesta a seguir hablando sobre esa cuestión.
Miró a Hazel entonces- ¿Podrías hacerte un mapa mental de lo que hay debajo nuestra, Hazel?- le preguntó, a lo que la aludida asintió.
Colocó sus manos en el suelo, y se concentró. Los demás tenían que permanecer en silencio para que ella pudiera usar sus poderes adecuadamente, aunque tardó poco tiempo.
-Hay sobre todo tierra y los cimientos de las casas. Está muy compacta, no sé si podré hacer túneles seguros, la verdad, pero puedo intentarlo como segundo medio de escape, si Anubis no es capaz de sacarnos de aquí- iba a seguir pero Aelx intervino.
-Lo suyo es que antes me quitarais esto, ¿no creéis?- alzó sus manos entonces, mostrando sus dos muñecas, aún coartadas por las esposas.
Jeremy suspiró un poco, y habló por primera vez desde que estaban allí- Yo creo que no podremos escapar de aquí. Pensadlo, como bien ha dicho Waltz, dudo que Arges nos dejara ir así de fácil. Aquí viven semidioses, y nuestros guardias creo que no están ni en el edificio, dudo que tomen esas medidas si no están muy seguros que de aquí no podemos salir-
Las palabras del galo cayeron con todo su peso sobre los demás- Creo que lo mejor es dormir aquí, he dormido varias veces en comisarías, más de lo que me gustaría. Más nos valdría pasar por el aro…- murmuró.
Hazel suspiró. Al estar sentada de cuclillas al lado de las rejas se estaba cansando de la posición- No perdemos nada por intentarlo. ¿A qué hora nos darán algo de cenar?- preguntó entonces.
El chico suspiró- En un rato, supongo. No deberían tardar demasiado- respondió Jeremy entonces.
-Bien, pues cenamos y nos vamos. Ya mucho tiempo hemos perdido aquí- Annabeth se levantó entonces y se dejó caer en la cama cual larga era.
Efectivamente, tras un rato estando allí apareció el chico de antes con unas bandejas, llevaban unos bocadillos con un zumo para tomar algo sencillo. No se habían complicado mucho, eran dos panes con jamón y unas lonchas de queso, siendo el zumo de manzana y uva. Jeremy lo devoró todo rápidamente, y tras acabar, se estiró sobre la cama. A su lado, Alex se quedó en el extremo de la misma, mientras observaba de reojo al chico en silencio.
-¿Te pasa algo? Desde que hemos llegado has estado muy callado- el chico suspiró- No es nada- dijo.
Pero ella no se lo creyó- No me mientas- pidió, y se colocó a su lado. Él la miró serio, se incorporó- ¿Por qué tendría que mentirte?- preguntó. No entendía por qué lo hacía.
Ella respiró hondo- No lo sé, dímelo tú- el chico simplemente se giró sobre su cuerpo para darle la espalda.
-Entiendo que no quieras hablar. Pero pase lo que pase, soluciónalo pronto. Es necesario para poder seguir adelante- comentó ella.
El chico no dijo nada, pero sabía que ella llevaba bastante razón. El problema que tenía era que no gustaba estar tan rodeado de romanos. Podía estar con algunos, pero tantos era demasiado para su gusto. Sabía que no era justo, Hazel por ejemplo le caía bien, pero desde el momento en el que le pusieron unas cadenas en sus muñecas, como era normal, todo su poco gusto a lo romano salió de nuevo. Suspiró, tendría que dejar a un lado esas diferencias si quería poder salir de allí con los demás. Para ir más lejos, además, a él le gustaba dormir fuera, odiaba estar tumbado en una cama tanto rato. Amaba sentir la hierba bajo su ropa, el fresco aire del campo, y el tenue brillo de las lejanas estrellas. Y por supuesto ver el amanecer, la salida del sol desde el este era algo que siempre le había gustado bastante. Y ese día sería de los primeros en los que no podía hacerlo.
Suspiró un poco, y se giró de nuevo. Tenía delante a Alex, también tumbada, y le miró a los ojos. Él se sonrojó un poco, la única con la que había estado en esa posición únicamente con su compañera celta, Aelita. Podía notar el aliento de la nórdica en sus mejillas.
-No te gusta estar aquí, ¿verdad?- le preguntó ella entonces, y el no pudo más que asentir- A mí tampoco, pero esta madrugada, si todo va bien, lo haremos. Descansa- dicho eso, se giró de nuevo, poniéndose de espaldas a él.
Pasaron un par de horas en las que apenas pasó nada. Estar tirados en los catres no ayudaba a que pasara algo, pero necesitaban descansar de todo el viaje, además de todo el movimiento que había habido desde que llegaron a las inmediaciones de París. Y es que desde que ellos habían llegado se habían encontrado primero con Elatreo, con el que lucharon, y ahora con un segundo cíclope, Arges, que les había metido en una buena trampa a todos ellos. Ni siquiera habían tenido la oportunidad de comer, se había pasado la hora cuando tuvieron que moverse a través del campo y defenderse del ataque de Elatreo. Si su hermana era igual de poderosa, y nada indicaba lo contrario, lo tendrían difícil, incluso con Waltz cerca. Annabeth comenzaba a pensar que el hecho de que él no había tenido tanta experiencia en combate como se pudiera imaginar, pero ya no tenía mucho sentido. Estaban de misión y ella tenía la intención de salir adelante. La vez que acabó en el Tártaro ella daba por segura su muerte pero ahí estaba, viva y en plena forma, así que esperaba que tan mal las cosas no fueran a ir. Pensando en ello y en como le iría a los demás apenas descansó pese a tener los ojos cerrados, y no los abrió hasta que el suave movimiento de Hazel la despertó.
-¿Ya…?- murmuró, levantándose. Estaba adormilada pero un par de golpes en las mejillas la espabiló.
Su compañera asintió, y le hizo a Waltz una señal afirmativa. Este se concentró, sus ojos brillaron un poco, y a los demás les rodeó un humo negro. Intentó sacarles de allí usando sus poderes, desaparecieron de allí y la intención era aparecer en unos árboles cercanos a la ciudad, pero en realidad volvieron a aparecer en la celda. Anubis frunció el ceño y lo intentó de nuevo, con exactamente los mismos resultados, es decir, volver y volver siempre al punto de partida. Estaba siendo infructífero, y al tercer intento se dio por perdido. Se dejó caer en su cama, apesadumbrado, con las manos en la cara. Jeremy, en la celda de en frente, suspiró, y levantó un pulgar, a modo de al menos darle ánimos.
Era el turno del plan B, es decir, que Hazel abriera la tierra bajo ellos, e intentar salir usando pasillos subterráneos que dieran hasta la zona exterior de las murallas, y salir corriendo rápidamente. Se concentró, y la tierra se resquebrajó debajo de ellos. Un sonido gutural resonó, era lo malo de ese plan: era menos sigiloso que el otro, pero no había otra manera. Pudieron oír como de pronto comenzaban a llegar soldados armados para ver que pasaba, cosa que se notaba por el replicar del metal al moverse, además de los gritos de no entender qué estaba pasando. Apresurada, Hazel hizo que la tierra se abriera lo suficiente para que pudieran pasar, y en cuanto entraron, la tierra se cerró tras ellos. En ese momento, aparecieron los guardias, y también la carcelera, que tenía la misma o peor cara de sueño de la que tenía Annabeth. Pero no parecía nerviosa.
-En seguida volverán…- murmuró, mirando las paredes. Las mismas brillaron un poco, tenían escritos un par de hechizos de protección en latín, redactados hacía mucho por hijos de Hécate, para evitar cosas como aquellas, las huidas.
En el subterráneo, ya todos juntos de nuevo, Hazel notaba la magia de la zona, y eso a ella le molestaba, no le gustaba sentirla tanto en el ambiente. Usaba sus poderes para crear y cerrar los túneles por los que avanzaban, y a ella le parecía que andaban en línea recta, pero Jeremy se paró de pronto. Estaba sudando, parecía tener mala cara, pero habló.
-Creo que estamos andando en círculos…- murmuró, Annabeth le miró- Estas agobiado… ¿te sientes bien?- le preguntó, pero él le restó importancia a su estado.
-Me sentiré mejor cuando estemos fuera, pero insisto, andamos en círculos. Lo noto- murmuró.
Hazel gruñó- Tenemos que movernos, la bolsa de oxígeno se acabará igualmente hagamos lo que hagamos, así que avancemos-
Eso era de vital importancia, el aire. Si se agotaba antes de llegar a zona abierta estaban muertos, literalmente. Normalmente eso se solucionaba dejando la entrada abierta y que los túneles se pudieran airear, pero no era ese el caso, pues no querían ser seguidos. Y por eso había que mantener la calma, andar despacio, y no usar en ningún momento nada parecido al fuego, en su lugar se guiaban usando una linterna que llevaban. Anduvieron por los túneles varios minutos más, el aire se estaba viciando y tenían que respirar aire fresco o si no se desmayarían, y Hazel era consciente de eso. Alex, durante buena parte del trayecto transformada en serpiente, con una mucho menor necesidad de oxígeno que un humano. Gracias a Anubis se había podido quitar sus esposas, la verdad es que el dios se las pudo haber quitado en cualquier momento pero había que guardar las apariencias. Se detuvieron cuando la romana se quedó quieta, concentrada. Movió su mano, y el techo comenzó a moverse, para poco después aparecer un tragaluz del que entró aire limpio, aunque no hubiera luz de ningún tipo.
-¿Salimos ya? Puede que estemos ya bajo el cielo, según mis cálculos así debería ser- murmuró Hazel, a lo que los demás asintieron.
Ella se concentró, ensanchó el túnel, y preparó una rampa delante de ellos, de la que comenzaron a salir. Aparecieron en una sala cerrada, sin iluminar, pero entraba la luz de las estrellas desde fuera, a través de una ventana. Tras ayudarse entre ellos a salir, Hazel cerró tras de si la tierra, parecía cansada. Tragó saliva, estaba sudando algo por el esfuerzo, así que se sentó en el suelo, a su lado Jeremy ni estaba mucho mejor, respiraba con algo de dificultad pero podría estar peor, desde su perspectiva. Annabeth se puso delante de ellos, estaba seria.
-Antes decías que andábamos en círculos, ¿por eso tardamos tanto, Hazel?- preguntó la chica, a lo que la otra asintió.
-He notado… mucha magia a nuestro alrededor. Y eso no me convence, no sé donde hemos aparecido, pero… creo que ni hemos salido del edificio- comentó ella.
De pronto se encendieron las luces, y dieron un respingo. Aparecieron por la puerta de enfrente varios soldados, llevaban unas gladius en sus manos y unos escudos, sus armaduras puestas, e incluso unas pistolas en la cintura. Se colocaron en torno a ellos con una velocidad pasmosa, y entre ellos apareció Cornelio y Flavio, que estaban cruzados de brazos.
-Me temo que esto solo irá en su contra. Sólo un culpable querría huir de esta manera, hemos avisado también a vuestra abogada, imagino que os informará de la nueva situación- comentó el mayor.
Se giró entonces- Flavio, ponlos bajo arresto total, mañana a primera hora llévalos directamente ante los juzgados tú y varios hombres más- pidió- Ponedle a todos las esposas especiales, no quiero que lo intenten de nuevo. Informad luego al tribunal también de esta cuestión- añadió.
El muchacho asintió, le hizo el saludo militar, y se los llevaron esposados de allí a buen ritmo. Les devolvieron a sus celdas, esta vez por separado uno en cada una, y les dejaron con las luces encendidas. Querían ver cual era su resistencia mental a la falta de sueño, e iban a saberlo esa misma noche no dejándoles dormir en ningún momento. Hazel estaba sentada en su cama, con la espalda apoyada contra la pared, los ojos cerrados y las manos en su regazo, pero no dormía, no era capaz. Los demás estaban tirados en sus camas pero tampoco dormían, bien por el exceso de luz como Annabeth o Waltz, o por el nerviosismo, como Jeremy y Alex. Ella, por su parte, intentaba recordar lo aprendido en el curso rápido que le había impartido Reyna y Jamily cuando fue ascendida meses antes a centurión. Entre otras cosas, le habían enseñado algunas leyes romanas, y las estaba intentando recordar, concentrándose como podía en aquello. Estuvo así durante horas, no sabía si los demás habían descansado pero ella estaba dispuesta a dejar de dormir con tal de poder defender mejor a sus amistades, ya que Arges no parecía muy dispuesta a defenderles de ninguna manera. Desde luego no podía fiarse de ella, o no debían al menos. Sólo abrió los ojos en el momento de oír que alguien entraba, horas después, de nuevo a la zona de celdas. Se trataba de Flavio y varios de sus hombres, perfectamente uniformados. Pasaron delante de todas las celdas sin decir nada y se colocaron ante la de Hazel. Le hicieron el saludo romano, y ella se levantó en silencio, con la cara alta y los pies juntos.
-Con arreglo al procedimiento legal dispuesto por el Codex Iustinianus, artículo 90, Libro Tercero, Capítulo XXVIII, del proceso penal, primero se hablará con el oficial insubordinado antes de con los demás. ¿algo a declarar?- preguntó Flavio. (1)
-Que somos inocentes y la detención es improcedente al no haber prueba de delito alguno, sanción administrativa, ni ninguna de las otras prerrogativas existentes- dijo ella, seria.
El muchacho la miró con algo de sorpresa, pero respondió inmediatamente, casi como si fuera algo automático que se supiera de memoria.
-Se les retuvo preventivamente por la sospecha cierta de robo con fuerza en las cosas de uno de los bienes públicos de la villa, párrafo cuarto del artículo 33 del Libro Quinto, Capítulo VI del Codex- respondió.
Ella suspiró- Esa figura no es compatible con el caso dado, nuestro desconocimiento del lugar donde se deposita objeto en cuestión impide cualquier posible plan para forzar cualquier puerta, cerradura o análogo- dijo.
Flavio la miró durante unos segundos- Las explicaciones oportunas podrá comunicárselas al tribunal que les juzgará, ahora procederé a hacer lo mismo con el resto de sus compañeros, como se indica en el artículo 90 del Libro III- dicho eso, el muchacho se cuadró ante ella y salió de allí.
Ella observó el proceso completo, iba celda por celda repitiendo exactamente lo mismo, y aunque los demás no entendían de qué estaba hablando, a él eso no le parecía importar demasiado, pues simplemente les informaba e iba a la siguiente. Incluso Annabeth estaba sorprendida, pero tuvo que callar. Una vez que terminó, se dispuso a salir de las celdas, no sin antes rellenar una serie de papeles en silencio. Durante ese rato apareció por allí Arges, tenía ya puesta una toga roja con unas sandalias y unas carpetas con folios en su mano, con un bolso en su otro brazo donde tenía más papeles.
-Cualquiera pensaría que eres una abogada de verdad, la verdad… buen disfraz- comentó mordaz Alex.
Ya para ese momento estaban a solas, de nuevo en el despacho de ella. La aludida la miró con diversión- Gracias, la verdad me hace algo de ilusión. Pero esto es solo para el procedimiento, os aviso que lo tendréis duro. ¿en qué sentido? No me gusta hacer spoilers- se rio un poco entonces.
-Parece que te diviertes, ¿eh?- Waltz gruñó- ¿Eras tú la que impedía que pudiéramos escapar?- preguntó, a lo que Arges asintió.
-Así es, me divertí bastante con vosotros. Quería probaros y si os ibais antes de tiempo no podría comprobar vuestras habilidades, y eso no podía consentirse. En cuanto yo salga por esa puerta, os llevarán ante el tribunal y estaréis por vuestra cuenta, yo sólo estaré observando- explicó.
Jeremy frunció el ceño- ¿No tendremos defensa?- preguntó, y ella sonrió divertida- Habéis renunciado a defensa letrada, ¿no lo sabíais?- preguntó.
-¡Eso es imposible, lo han tenido que denegar!- Hazel la agarró de la camisa en un arrebato, pero la otra negó.
La separó fácilmente, se atusó la camisa, y empujo a la chica con molestia- Oye, no te pases, guapa. Pareceré una mujer humana, pero soy un ser inmortal y muy poderosa, no juegues conmigo- por primera vez parecía amenazante.
Pero calmó su rostro al poco- Ya os lo he dicho, os toca defenderos por vuestra cuenta. Yo estaré presente en todo momento, pero estaréis a solas. Suerte- se levantó en un silencio incómodo, y salió de allí.
Se cruzó con Flavio, le tendió una carpeta, hablaron unos segundos, y ella se marchó, pero el chico se acercó, y como siempre, se cuadró.
-Vamos al tribunal- dijo simplemente, y les invitó a salir. Fuera, ya en la calle, eran esperados por varios legionarios, que se colocaron en formación en torno a ellos para por un lado protegerlos, y por otro lado que no pudieran escapar.
-Alea iacta est, la suerte está echada…- murmuró Hazel, les estaban poniendo las esposas. Annabeth, a su lado, sonrió con sorna- Necesitaremos más que eso esta vez… ¿controlas de derecho romano?- preguntó.
-¿Es una broma?- le inquirió- Entiendo entonces que sí. Tú habla, yo te haré una señal en el momento adecuado- le pidió, y Hazel frunció algo el ceño.
-¿Cuál es el plan?- le preguntó, pero ella no llegó a responder plenamente- Estabas tan centrada que ni nos oíste durante la noche, pero no te preocupes, los demás saben qué hacer- eso no le quitaba plenamente sus preocupaciones pero tendría que valer, se dijo ella.
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(1) El Código de Justiniano fue un texto legal en el que por primera vez se compilaba la totalidad del derecho romano existente hasta la fecha. En realidad sólo hablaba de cuestiones de la vida privada de la gente, pero aquí se extenderá por cuestiones de guion.
La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
