Enemigo primordial
Capítulo 17
Roma era una ciudad impresionante. Grande, bella, hermosa, al menos desde lejos. Cuando uno se acercaba veía que los cientos de monumentos de la misma no estaban en su mejor momento, de hecho estaban por arreglar en muchos casos, con manchas por las muchas aves que surcaban el cielo de la ciudad a diario, además de la suciedad que las miríadas de turistas dejaban a su paso. Desde luego el civismo no era algo muy habitual allí, pero su objetivo no era la ciudad nueva. En cuanto bajaron del tren en el que habían viajado, se movieron por la estación tranquilamente, mientras hablaban entre ellos. No habían llegado a ver su versión antigua pero imaginaron que tan lejos no podían estar.
Sabían, por llamadas de Zia, que los demás ya estaban en plena misión en sus ciudades destino, justo como ellos, y que más sorpresas les habían deparado nada más llegar, así que no dudaban de que a ellos les fuera a pasar lo mismo. Durante el trayecto, Leo se quedó junto a Hearth para explicarle el funcionamiento de sus audífonos, y el elfo no daba crédito sobre ello, estaba muy ilusionado. Por su parte, Carter comentaba con Frank cómo harían para entrar, y Samuel, aunque escuchaba esa conversación, apenas prestaba atención, pues estaba atento a todo movimiento que hubiera a sus alrededores. Desde la visita sorpresa de Alimedes, y sabiendo que a los demás les había pasado lo mismo, no quería que les pillaran de nuevo con la guardia baja.
-Porque, vamos a ver, es un royo andar con esa movida de los signos, así que al menos con esto podrás oír nuestras voces, puede que hasta aprendas a hablar- comentó Leo.
El elfo suspiró, y movió sus manos. El griego tuvo que llamar a Frank para que sirviera de traductor, era el que más controlaba dentro de sus limitados conocimientos.
-Creo… sí… creo que ha dicho que no sabe si conservaría su magia con este aparato puesto- explicó.
Leo alzó una ceja sin entender- Creo que es porque los nórdicos tienen que renunciar a algo para poder hacer hechizos y cosas así- añadió.´
-No creo, no es como si estuviera recuperando de verdad su oído, la verdad- Leo se hundió de hombros y le tendió el aparato al elfo.
Este por lo menos lo guardó, más adelante lo revisaría bien y comprobaría si usarlo le venía bien o no. Sus poderes mágicos les eran muy útiles en su misión, y no quería perderlos por un error absurdo, aunque no tenía del todo claro que pudiera ser así, ya que se trataba de un aparato electrónico. Mientras pensaba en ello, salieron de la estación de trenes de Roma, tardaron poco gracias a los conocimientos de Frank y Leo. Entre uno y otro eran capaces de guiarse hasta la salida, donde pudieron ver varios puestos de guías, al verlos decidieron compraron unos mapas de la ciudad, el más completo, tenían que salir de la parte moderna e ir a la antigua. A saber dónde pudiera estar, esperaban poder encontrarla pronto. Pero desde luego el lugar rebosaba de magia, incluso en pleno centro podían ver revolotear algunas ninfas del viento que jugueteaban con los extranjeros, que veían como sus sombreros, gafas, gorras, y cualquier complemento que pudiera soltarse, salían volando por el aire, aunque se lo devolvían al rato entre risas, sin que los mortales se enteraran de nada, pues pensaban que eran ráfagas del viento estival.
No queriendo molestarlas no les preguntaron nada, pero no precisamente por falta de interés en que ellas les dijeran por dónde tenían que ir. Annabeth, que había estado por allí, podría saberlo pero no les dio tiempo a poder preguntarle antes de irse. De todas formas los demás tampoco sabían dónde estaban las ciudades a las que tenían que ir, por lo que no estaban en una situación especialmente desfavorable en comparación con los demás. Decidieron ir a las cercanías del Tíber, allí seguramente pudieran acercarse a la vieja Roma, o al menos descubrir por dónde estaría, aunque fuera aproximadamente. Tardaron una media hora larga en llegar, entre el tráfico de coches y el de personas por todos lados les costaba moverse, se notaba que estaban apurando los últimos rayos de sol para comprar, aunque eventualmente llegaron, y la verdad es que era un lugar precioso.
El suave calor del verano era apaciguado por la masa de agua, en ambos lados del río habían pequeños parterres, donde los árboles crecían a su gusto. Debajo de los mismos la gente descansaba, tumbada totalmente o de costado, tomando un bocadillo o bebiendo, y en general con un aspecto bastante relajado. Ninfas del aire jugaban por encima del río, sátiros tocaban sus flautas en las plazas aledañas, y dríades bailaban en torno a ellos. A ojos humanos se tratarían de grupos de música indie que ensayaban o que simplemente gustaban estar allí, practicando y divirtiéndose al mismo tiempo, y que aprovechaban para poder ganarse alguna moneda en el proceso.
-El río está hecho un desastre, fijaos…-murmuró Frank, señalando a las aguas. Tenían algunos restos sobre el agua, esta era turbia, y barcos iban y venían a lo largo del mismo.
-Mejor eso que tenerlo lleno de basura, ¿no? Y fíjate, ahí hay un barco recogiendo la basura- comentó Carter.
Efectivamente, varios operarios trabajaban en ello desde sus lanchas, usaban redes para atraer la basura, pero no se fijaron demasiado rato en ellos. Tenían que encontrar la vieja ciudad de Roma, así que fueron andando por la ribera, si tenían suerte podrían encontrarla rápidamente, pero no tenían demasiadas esperanzas de que fuera a pasar pronto, dadas las dimensiones de la ciudad. Al menos la temperatura, según iba anocheciendo, estaba bajando, pero el suave calor estival seguía manteniéndose presente, y la humedad del Tíber les hacía sudar, aunque poco a poco iba bajando.
Y sus estómagos comenzaron a rugir. Sí, durante el viaje en tren habían comido algo durante la partida de un juego de guerra entre Samuel y Alímedes, pero apenas habían metido nada a sus cuerpos desde entonces, y aquello fue a mediodía. Se morían de hambre, así que tendrían que comer algo antes de poder continuar, por lo que buscaron algún sitio donde cenar antes de continuar con las pesquisas, y de necesitarlo también preguntarían por algún lugar de descanso.
Por suerte, al ser una ciudad tan especialmente turística, había lugares de comida rápida por todas partes, así que entraron en un restaurante de pizzas. Estaba bastante lleno pero lograron hacerse un hueco en una mesa. Era una sala no demasiado grande, con mesas y sillas de madera para los comensales, techo de vigas bajas, paredes color tierra, suelo de ladrillo y fotos de motivos italianos, con la bandera de fondo y fotos de los dueños con varios famosos que visitaron su local. La barra tenía a gente también tomando cervezas, copas y refrescos, mientras varios grupos cenaban suculentas pizzas que a ellos se les hacía la boca agua sólo de verlas. Rápidamente llegó un joven muchacho hacia ellos, era rubio con los ojos marrones, y un gracioso mechón de pelo morado en su pelo en punta. Tenía un delantal blanco lleno de manchas, una camisa de manga corta negra y pantalones pitillos.
-¡Muy buena noche, señores! ¿Qué va a ser? ¡Tenemos boloñesa, cuatro quesos, jamón y queso, barbacoa, de la casa, hawaiana, y a gusto del cliente, esa última dos euros más, y como complemento tenemos agua, cerveza o refrescos!- habló muy rápido, se notaba que se sabía de memoria la carta.
-Pues… eh…- Carter miraba a los demás, no sabía muy bien qué pedir- Les puedo dar unos minutos para que se decidan, si quieren- el muchacho sonrió, y los demás asintieron.
Entendiendo, el chico simplemente se acercó a otras mesas a preguntar si necesitaban algo o retirar platos o vasos vacíos, mientras ellos se decidían. No tardaron demasiado, tenían tanta hambre que se pusieron de acuerdo en breve, y entonces Frank levantó la mano para pedir. Iban a pedir boloñesa por su intolerancia a la lactosa, y agua para beber. En cuanto llegó el camarero le dieron la comanda, y este la apuntó rápidamente. Les trajo el agua en seguida, y siguió trabajando activamente. Se dieron el lujo entonces de observar a su alrededor. Además de los turistas vieron a varios chicos disfrazados de soldados romanos. O eso pensaría alguien que no conociera bien la indumentaria. Frank se dio cuenta en seguida de que eran legionarios de verdad, que parecían llevarse especialmente bien con el chico que llevaba las mesas, pues de vez en cuando se acercaba y bromeaba con ellos. Puede que pudieran llevarles hasta la ciudad. Informó a los demás rápidamente.
-¿Tú confiarías en ellos, tío?- le preguntó Samuel, y él asintió. Leo estaba pensativo.
-Oye, siendo tú un pretor, ¿no tendrían que hacerte caso en todo? Podrías tirar de galones- bromeó, y Frank suspiró.
Hearth movió sus manos rápidamente, aún no llevaba lo que le había fabricado Leo. El romano leyó sus gestos concentrado, y tradujo- No me gustaría hablar de mi cargo antes de tiempo, la verdad…- comentó.
Carter le miró- No te sientas culpable, según tengo entendido te lo has ganado a pulso, ¿verdad?- a eso el romano no pudo más que asentir.
Samuel sonrió de medio lado- Pues entonces acércate a ellos y coméntales la situación. Te obedecerán en cuanto sepan tu rango, y si no te creen, les enseñas el tatuaje que tienes y bastará-
Había que reconocer que tenían razón. Pero él aún no se sentía preparado para el cargo, apenas llevaba unos meses en él, seguía poniéndose nervioso en el Campamento Júpiter con Reyna a su lado para ayudarle, más aun yendo él en solitario. En realidad, de los romanos del grupo, él era el de mayor rango. Los egipcios tenían claramente a Carter aunque fuera Zia la que al final tomaba las decisiones, siendo Magnus el del lado nórdico y Percy el del griego – en ese caso la que tomaba las decisiones era Annabeth, él lo que hacía era confirmar – así que tendría que demostrar el por qué había sido elegido. Y aquel era el momento adecuado. Pero antes deseaba cenar un poco, no quería acercarse con el estómago vacío, sólo por si acaso.
En cuanto llegó el chico con las pizzas, Carter le preguntó, con aparente interés, donde actuaban aquellos jóvenes que iban disfrazados, querían denotar que no tenían ni idea de que fueran romanos reales. Rio un poco ante la pregunta, y respondió amenamente.
-Pues son de un grupo de teatro, actúan de vez en cuando en la plaza de aquí cerca haciendo como que luchan, son bastante buenos. Ayer recrearon una batalla super chula de un tipo que luchó él sólo contra un montón de monstruos en un puente de Viena, no conocía esa leyenda la verdad- explicó.
Frank no dijo nada pero sus mejillas enrojecieron, y al ser tan blanco se le notó especialmente. Se giró y encaró a los demás, y les habló aprovechando que el otro se había ido.
-Yo diría que me conocen…- murmuró, y Leo se rio- Hombre, es que lo que hiciste en aquel puente fue espectacular, la bendición de Marte te sentó genial tío- comentó.
Hearth le preguntó por gestos en qué consistió aquello- Pues… te da fuerzas, te hace sentir seguro de ti mismo, de tus poderes… y te permite luchar muy muy bien. Sentí por primera vez que de verdad era hijo de Marte, que podía con todo, confié de verdad en mí mismo- explicó.
Suspiró entonces, mirando a Leo, y se giró a observar a aquel grupo. Eran un total de ocho, todos iban de legionarios salvo un par de oficiales, con las gladius al cinto, pelos desde castaño a negro, ojos pardos y piel morena, tenían en sus brazos tatuajes con sus años de servicio, parecían llevar bastantes años todos ellos. Se fijó en los tatuajes que tenían, pero no podía verlo desde allí, estaban demasiado lejos y había demasiadas interferencias. Se armó de valor, se levantó serio, y anduvo hacia ellos con cara seria y los puños apretados. En cuanto le vieron se callaron y uno de ellos se colocó a su altura.
-¿Sucede algo?- le preguntó, mientras se cruzaba de brazos. Frank le observó-
Ego Marcus Zhang, de praetoris Novae Romae, ¿estis dignioris officer in hanc catervam apellare vis?-el muchacho habló en un perfecto latín. (1)
El chico asintió, y se cuadró tímidamente, no querían dar un espectáculo y saludarse como normalmente lo harían, sería confuso todo.
-Sí señor, un honor señor. Siéntese con nosotros, por favor- Frank entonces se giró e invitó a los demás a acercarse.
Como una parte de ellos eran colegas del hijo del dueño juntaron sus mesas sin demasiados problemas, y se pusieron todos juntos. Una vez colocados, le pidieron con insistencia que les contaran como hizo para derrotar a aquel ejército de catoblepas, criaturas parecidas a vacas que de normal no eran agresivos pero que si te atrevías a tocar su comida se volvían criaturas peligrosas. Eran bestias peludas, con patas huesudas y olfatos largos que siempre llevaban al suelo, y eran capaces de emanar un veneno letal que casi mata a parte de los 7 cuando estuvieron en Venecia. Curiosamente esa era la ciudad que tenía más de esos seres, a los que los humanos confundían con perros callejeros, en el resto del territorio italiano no tenían esa densidad tan brutal. Y claramente esa proeza había sido conocida por los italianos, que le hacían obras de teatro al joven semidios, que se preguntaba cómo lo podían saber.
-Marte fue de ciudad en ciudad romana a dar fe de las hazañas de su hijo, quería que todos lo supieran, al menos en Italia. No sabemos si lo hizo en otras partes- le explicó el de mayor rango.
Debía tener cerca de veinte años, tenía doce líneas en su antebrazo, y un par de hoces cruzadas. El símbolo de Ceres.
-Me llamo Adriano Silva, por cierto, centurión de Romae, y líder de este escuadrón. Es un honor conocer a dos de los siete- tomó su cerveza entonces, y chocó sus vasos con los de los demás.
Frank se sonrojó un poco y Leo simplemente le restó importancia con un gesto- Vuestra fama os precede, y asumo que vuestros compañeros también deben ser importantes. Pero la pregunta es, ¿qué hacéis aquí, tan lejos de casa? No creo que vengáis de vacaciones- añadió entonces.
Samuel se inclinó sobre sí mismo, apoyándose en la mesa- Tenemos una misión importante, sí. ¿Te suenan los anillos de Urano?- le preguntó.
-Conozco al titán primordial, sí. Aprendemos toda la genealogía durante la instrucción- comentó Adriano- Pero no sabía que tuviera unos anillos, ¿son amuletos mágicos o algo así?- preguntó.
Carter habló entonces- Son armas muy poderosas, pero necesitamos los cinco para poder usarlos, y aquí está uno de ellos- afirmó- ¿Entonces uno de esos anillos está aquí cerca?- les preguntó.
Hearth asintió y movió rápidamente sus manos. Tuvieron que esperar a que le tradujeran- Creo… ¿has preguntado si ellos nos ayudarían?- le preguntó Carter, y el otro asintió.
-Os podemos llevar a la ciudad antigua, pero no tenemos ni idea de dónde puede estar ese anillo… no hay zonas de cuevas cercanas, ni centros mágicos. Lo único que se me ocurre es el Gran Museo, porque todo lo demás está en la ciudad moderna y te aseguro que ya se habría descubierto, con todas las obras que hay- comentó Adriano.
-Estoy seguro que la Niebla hubiera impedido que lo encontraran, así que realmente no estoy tan convencido de ello- comentó Leo, y Adriano suspiró.
Miró a sus soldados- ¿Vosotros habéis oído algo?- comentó, y todos negaron.
Llegó entonces el camarero a traerles las bebidas- Odd, tengo que hablar contigo un instante- el aludido le miró.
Adriano se retiró entonces un par de metros con él, le estuvo hablando unos segundos, y él asintió. Cuando terminaron, el oficial volvió con los demás, y se sentó de nuevo, y se acabó la cerveza, se limpió la boca con el brazo, y golpeó la mesa con los dedos.
-Señores, nuestro amigo os llevará a Roma, nosotros tenemos que hacer guardia y de paso ganarnos el dinero entreteniendo al personal. Ya le he dicho que os trate bien, podéis confiar en él- explicó.
-¿Es un semidios también?- preguntó Samuel, y Adriano asintió- Sí, es hijo de Apolo. Pero no es legionario, no quería tener nada que ver con ese mundo, no al menos por ahora. Espero poder convencerle- murmuró.
Carter le miró con interés. Adriano bajó la vista entonces y se levantó- Su turno termina en una hora, si queréis esperadle ahí fuera, nosotros nos vamos- dicho eso, sus legionarios le acompañaron en silencio.
Una vez pagada la cuenta salieron del establecimiento y Odd retiró lo que ensuciaron silbando, e incluso les dijo a los otros que si deseaban algo más con una amplia sonrisa, pero ellos negaron. Pasaron la hora hablando entre ellos mientras terminaban de cenar, y cuando acabó su turno, el muchacho se lo indicó antes de retirarse de la sala, al interior de las cocinas. Ellos salieron del local y le esperaron fueran, no salió hasta diez minutos después, sin el delantal y con su misma ropa impoluta.
-Me han dicho que os lleve a la ciudad vieja, ¿verdad?- comentó, y ellos asintieron- No la vimos durante el viaje de ida, así que no tenemos ni idea de cómo se llega, así que sería de gran ayuda eso, sí- comentó divertido Carter.
Odd asintió- Pues vamos entonces, está algo lejos- se puso a andar en la misma dirección que ellos pretendían seguir antes de parar a cenar.
Fueron andando sin hablar demasiado entre ellos, de hecho era Odd el que más comentaba. Les informaba no de los monumentos históricos, sino de las bromas que le había hecho a sus amigos, a ninfas, o a extranjeras con las que había coqueteado durante los viajes de estas por la ciudad, o de cómo había tenido que huir de algún monstruo. Eso último era lo que más pasaba, pero disfrutaba mucho de esa acción, la adrenalina le corría por el cuerpo mientras corría por su vida, lo que demostraba que algún punto de temeridad sí que tiene. A Frank eso le llamó la atención, ¿era por eso que no quería ir a la ciudad antigua? Aquel era el único caso que conocía que realmente disfrutara de ver peligrar su vida.
-Bueno, de algo se tiene que morir uno, ¿no?- respondió Odd cuando le preguntaron- Además, todo ese mundillo marcial… a mí no me va. Soy malo recibiendo órdenes- rio entonces.
Carter le miró pensativo- Pero no creo que sólo sea por eso, ¿verdad?. Odd no respondió hasta unos segundos- Exactamente. Pero ni Adri sabe las razones, y me gustaría que así siguiera- comentó.
No dijo nada más. Él hablaba mucho pero no contaba nada en realidad, así que respetaron aquello. Al rato volvió a seguir comentando las cosas, amenizando el trayecto, que ya se estaba alargando cerca de media hora. Eventualmente llegaron a un meandro del Tíber, se encontraron de frente con una explanada que llevaba a unos campos, se encontraban en uno de los límites de la ciudad. Habían dejado atrás las míticas colinas, y ya sólo quedaban algunos barrios a derecha e izquierda, con zonas de campo en la orilla opuesta de la que ellos estaban. Si se fijaban bien, a unos kilómetros, se encontraba la vieja ciudad de Roma. Se sorprendieron de que se encontrara tan lejos, y Odd respondió a aquello.
-Tuvieron que moverse. La Roma original se encuentra debajo de la moderna, como pasa con otras muchas ciudades viejas, pero en este caso se nota especialmente, porque entre otras cosas han montado otro Coliseo, otro gran foro, otro templo de Júpiter… la han recreado tras la caída del Imperio occidental- explicó.
-¿Por qué dices que en este caso se nota sobre todo?- preguntó, y Odd sonrió- Porque la ciudad nueva y vieja están a media hora en coche, en los otros casos están bastante más cerca. Creo que en este caso es para estar todos más seguros, pensad que era el centro del mundo en su día, y es atacada desde entonces casi a diario- aquello lo dijo casi como si nada.
-¿Los monstruos la asedian tan continuamente?- preguntó, y Odd asintió- Adriano podrá decir lo que quiera, pero la Roma moderna es infinitamente más segura que la vieja. Por eso estaban vigilando desde tan lejos- suspiró entonces.
Desde allí podían ver cohortes enteras moviéndose. No parecían en combate en esos momentos, pero sin duda estaban guardando la zona. Se encontraban formando a lo que Frank suponían serían unos cien metros de distancia, eso sería lo habitual al menos en el Campamento Júpiter. Anduvieron hacia allí entonces, se sorprendieron que por allí el Tíber casi fuera cristalino, se podían ver con facilidad los peces nadando por su curso, a las ninfas juguetear con el agua y bañándose bajo la luz de las estrellas, y el suave viento mover la superficie del río, creando algunas pequeñas olas. Desde luego daban ganas de meterse a dar un baño, pero tenían que cruzar y estando en plena digestión les llevaría demasiado tiempo aclimatarse a la temperatura del agua, así que buscaron una vía mejor.
No tuvieron que inspeccionar demasiado, pues había un puerto con varias barcas y que servía para poder moverse del lado mortal al lado mágico como quien cruza una frontera, aunque en ese caso no había que mostrar pasaporte alguno, lo que era una ventaja. No era una distancia muy larga pero servía para defender ese reducto bastante bien, la magia allí era extremadamente intensa y se podían ver los restos de monstruos que habían intentado cruzar a nado sin éxito alguno. Pero cuando intentaban entrar ejércitos enteros eventualmente acababan formándose puentes de piedras o de cuerpos que los demás monstruos sí podían atravesar de forma segura, así que tenían entrada libre a la explanada, que era tan amplia como varios campos de fútbol, suficiente para que dos grandes ejércitos pudieran luchar sin demasiados problemas. El suelo estaba quemado y terroso, apenas había plantas y estas eran meros tallos, sobre todo en la zona central, testigo de cruentas batallas cada año, de hecho, desde el agua, podía verse una estatua. Era de mármol blanco, perfectamente cuidada pese a todo, se trataba de una persona con el uniforme romano, la espada en alto y el escudo preparado, se encontraba delante de las puertas de la ciudad, como un soldado dispuesto a todo por defender aquel portón.
-La estatua en honor a los que defienden incansablemente Roma. Se juegan la vida a diario por protegerla, por eso siempre buscan gente para alistarse. Sólo Plutón sabe cuántos han muerto aquí- gruñó, mientras andaban por el sendero.
Como buenos romanos lo tenían todo bien comunicado por largos caminos de piedra con señales que indicaban enclaves importantes, desde templos cercanos a la propia ciudad, aunque era difícil perderse de camino a ella yendo por allí. No sólo cohortes defendían el enclave, también encontraron a dos guardias que recorrían la zona del muelle y sus cercanías, que en cuanto les vieron se acercaron rápidamente. Antes de que Odd pudiera decir nada, Frank se presentó.
-Soldados, me llamo Frank Zhang y soy pretor en nueva Roma. Solicito nos dejéis pasar, estamos en misión urgente- les mostró entonces su antebrazo y estos lo revisaron rápidamente, algo incrédulos.
-¿Nueva Roma? ¿Se refiere al Campamento en Estados unidos?- y el chico asintió. El soldado asintió entonces, y se rascó la nuca.
-Oye Claudio, ¿no deberíamos saludarle y cuadrarnos? Él es un superior- comentó su compañero, y este asintió.
Y así hicieron, provocando las vergüenzas en el otro- N-no hace falta, en serio, yo…- pero no pudo seguir.
Oyeron jaleo por allí cerca, y un potente estruendo. Segundos después un fuerte ruido seco, y de metal cayendo al suelo, inundó el ambiente. Aguzando la vista pudieron comprobar como una figura se alzaba sobre un montón de cuerpos que estaban tendidos en el suelo. Una cohorte entera acababa de ser derrotada. Y reconocieron a la figura enseguida, la habían visto a lo largo del día durante un buen rato, mientras jugaba a la guerra contra Samuel.
-Es Alímedes…- gruñó este, apretando los puños- A-acaba de derrotar a un montón de semidioses de una vez…- murmuró Carter.
Hearth negó entonces y señaló como varios de ellos se empezaban a levantar, algo aturdidos. La figura femenina de la cíclope había desaparecido tan pronto como había llegado, y aunque los soldados parecían confundidos simplemente se levantaron y se reunieron, comentando aquella cosa tan extraña que había pasado hacía unos instantes. Decidieron que tendrían que seguir adelante, no deseaban poner en más peligro aquel sitio, a saber lo que Alímedes tenía pensado, puede que incluso quisiera recrear la batalla que había tenido en la realidad contra Samuel, cosa que les horrorizaría y mucho.
-Tenemos que irnos, detener a esa tipa y recuperar el anillo cuanto antes- murmuró Samuel, y los demás asintieron.
Hearth parecía dudar un poco pero les siguió también, se colocó delante de ellos y movió sus manos rápidamente para expresarse. Frank tuvo que pedirle que lo hiciera más despacio para que pudieran entenderle, y una vez que captó el mensaje, se lo comunicó a los demás.
-Él cree que tendríamos que buscar cerca de la ciudad, o en la propia ciudad. Recordemos lo que dijo ese oficial, Adriano- les dijo, y el elfo asintió, sonriendo.
Notaron entonces que se había puesto el audífono que le había hecho Leo. No sabían cuando, probablemente durante el trayecto hacia allí. El nórdico les explicó que deseaba escuchar a Odd, y hubiera sido algo extraño colocarse de frente a él y andar de espaldas, así que se los colocó.
-Joder, me hubiera encantado ver cómo flipabas con todo el sonido de fondo…- murmuró Leo, mientras andaban hacia la ciudad.
Hearth sonrió un poco por eso y movió las manos un poco- Dice que más o menos se hacía a la idea de lo que puede ser, y le encantó- explicó Frank.
Odd les observó- Sois un grupo muy variopinto, la verdad- comentó- No te haces una idea- le respondió Carter.
-¿Cuál es vuestra misión, por cierto?- les preguntó el chico. Andaban despacio, curiosamente, pues en realidad tendrían que ir rápidamente.
Pero por alguna razón desconocida disfrutaban del paseo en compañía del carismático semidios- Tenemos que… bueno, impedir que el mundo se acabe, para variar- resumió Samuel. Odd asintió.
-No quiero meterme donde no me llaman, pero vuestro amigo no parece ser de por aquí- comentó, y señaló con el pulgar a Hearth.
-Exacto, en concreto es de un lugar llamado Elfheim- respondió divertido Carter, y el otro simplemente frunció el ceño.
-Elf… ¿Qué? ¿De qué hablas?- inquirió- Si quieres saber nos tendrás que contar por qué no quieres ir con Adriano- añadió Frank, entonces.
No le gustaba eso de él contarlo todo y que el otro no dijera nada, no era justo. Entendiendo aquello, y reconociéndolo, Odd hablo- roma es un lugar inseguro, y quiero estar cerca de mis padres. Aquí estoy mejor, y puedo protegerles. De alguna manera se lo debo, he hablado con muchos semidioses que eran infelices por haber dejado su familia, o incluso por haberla perdido por no saber defenderlos, o simplemente no la supieron valorar lo suficiente. Yo no deseo eso para mí- comentó.
A pesar de la gravedad de sus palabras se giró y les sonrió- ¿Me responderéis ahora, verdad?- preguntó.
Samuel suspiró entonces, y asintió- Pensé que… bueno, da igual- se rascó la nuca entonces- Tenemos que luchar contra algo peor que Gaia o los titanes. Nuestro enemigo ahora es Caos- Odd se sorprendió de eso.
-¿En serio?- las caras de los demás le demostraron que no andaban de broma, y eso a él le preocupó en cierta medida.
-¿Estáis buscando entonces algún arma?- preguntó, y se lo explicaron entonces- Creemos que tenemos que encontrar las grandes armas de cada mito para poder enfrentarnos contra ese ser, es la única manera. De hecho los dioses están más encima nuestra que nunca, se les nota asustados- oyeron una carcajada entonces.
El rubio parecía estar disfrutando de ello- ¿Los dioses, miedo? No te creo- comentó, se llevó una mano a la boca para intentar ahogar la risa.
Pero no logró demasiado con eso, simplemente opacar un poco el sonido- Ríete si quieres, pero es la verdad. Además, ¿viste la mujer de antes?- Odd asintió.
-Pues se trata de Alímedes, una cíclope hija del propio Urano y Gaia. Nos está poniendo a prueba, al parecer- comentó Carter.
Hearth movía sus manos animadamente, parecía contento- Hearth tiene razón, él podrí guiarnos hacia ese famoso Gran Museo, en teoría está dentro de la propia ciudad, ¿verdad?- preguntó, y el italiano asintió.
-Sí, pero no sé dónde exactamente, aunque me hago una idea. ¿Creéis que pueda estar allí?- preguntó. Samuel suspiró.
-Eso nos ha dicho tu amigo, es la única pista que tenemos por el momento- agregó.
Odd asintió, pensativo. Durante la conversación habían llegado a la ciudad, pero por seguridad no solían dejar entrar a nadie llegada la noche, políticas locales de protección, podrían ser monstruos disfrazados que habían logrado pasar las protecciones mágicas del Tíber. Como no podían pasar para buscar algún motel en el que dormir, y ya que la Roma moderna quedaba demasiado lejos, se decidieron por acampar en las cercanías de la zona boscosa, donde encontrarían yesca y algo de matorral para improvisar una cama. No tardaron demasiado en encontrar una zona segura, las protecciones mágicas de Roma, según Carter, formaban un círculo que abarcaban varios kilómetros, además del propio río, pero las mismas eran constantemente asediadas por monstruos enemigos.
-¿No decías que aquí siempre había batallas?- preguntó Samuel, con interés. El muchacho se relajó tumbándose apoyado en un árbol.
-Bueno, normalmente es así, pero, ¿ves ahora alguna batalla, o algún ejército de monstruos concentrarse?- le preguntó.
El chico alzó la vista. La luna brillante iluminaba toda la rivera, y lo único que veían eran las casas de la zona con las luces encendidas. Ni un monstruo a la vista, ni nada que se le pareciera remotamente.
-Pues eso. Relax chicos, aprovechemos que hoy no hay trifulca por aquí para descansar- dicho eso una amplia sonrisa apareció en su rostro, a la vez que cruzaba los brazos.
-¿Llegaste a cenar algo?- Carter se había sentado en el suelo, intentando colocarse en una zona más o menos acolchada.
Odd simplemente asintió, y abrió un ojo- ¿Por?- preguntó- Nos sorprende que sigas aquí, sólo tenías que guiarnos hasta la ciudad, es todo- comentó Frank.
Samuel en cierta manera entendía por qué permanecían allí. Cuando, días antes, se habían encontrado él y su grupo a aquel grupo tan variopinto, en un principio casi luchan entre ellos. Pero al ver que tenían buenas intenciones, y además, una misión que les involucraba a todos, y dado que podían ayudar, era lo correcto hacerlo. Seguramente aquel muchacho tuviera esa misma sensación. Sólo un héroe pensaría así. No hacía falta ser un semidiós o alguien especial, con poderes o habilidades de algún tipo. Simplemente el deseo de ayudar y la determinación de salir adelante. No lo iba a decir abiertamente, pero sentía cierta hermandad con aquella gente tan diferente a ellos, pero en el fondo tan parecidos. Todos habían tenido problemas con sus padres, o se sentían fuera de lugar, o simplemente no entendían su verdadera naturaleza. Y con ellos se sentía como se sintió al principio con los que ahora consideraba su familia.
-Me caéis bien, es todo. Además, me sorprende ver a gente tan diferente. No me llegasteis a explicar de dónde venía él- comentó.
Hearth suspiró entonces, moviendo sus manos con fluidez. Frank tradujo- Él viene del mundo de los dioses nórdicos, Thor, Odín, Frey, y todos esos- Odd se incorporó entonces, sorprendido.
-Yo soy un mago Egipcio, uso el poder de un dios concreto para mi magia, que es de combate sobre todo- explicó. Samuel fue el último en hablar- Y yo soy celta, hijo de Lugh, y líder de los celtas, al menos de los que están con ellos-
Odd parecía sorprendido, pero rápidamente se tumbó de nuevo- Bueno, si hay dioses romanos por ahí, ¿por qué no los iba a haber de otro tipo?- comentó simplemente.
Los demás se miraron, y simplemente se tumbaron también. El que más cómodo se sentía, más que nada por estar siempre durmiendo bajo las estrellas, era Samuel, que en seguida se durmió. Los demás les costó dormir, y ya que no podían se decidieron a hacer guardia sólo por si las moscas, siendo el primero Carter y el último Hearth, que también se durmió rápidamente, acurrucado como si fuera un gato sobre si mismo. Pese a su alta estatura podía hacerse un ovillo con facilidad, sentían cierta envidia de él en esos momentos, pero le dejaron descansar. Se les veía cansados, así que les permitieron descansar todo lo que gustaran, se lo habían ganado. Y quien sabe cuantas más veces podrían dormir a pierna suelta como ahora.
Y sin embargo, no pudieron descansar demasiado. De madrugada, un fuerte sonido les despertó, un cuerno retumbaba desde la vieja ciudad, alertando a todos, que se despertaron sobresaltados. Samuel se levantó tan deprisa que atravesó el fuego que tenían los demás delante de ellos, aunque no se llegó a chamuscar nada. Algo atontado aún, sacó su arma, y giró sobre si mismo, con los ojos encendidos y listo para luchar.
-¿Qué fue eso?- gruñó, al no ver a nadie fuera de los que ya estaban allí previamente. Estos también se habían levantado, y, asustados, miraban hacia la orilla que daba a la ciudad moderna. Cuando él se fijó en la misma, vio, aterrado, a centenares de monstruos agolparse en la rivera del Tíber. Un segundo toque, y comprobaron que las puertas de la vieja Roma se abrían, dejando pasar a centenares de legionarios, en perfecta formación, listos para defender su hogar, y probablemente también a sus familias. Decidido, Samuel comenzó a correr hacia ellos, y los demás le siguieron.
-¡Si ellos van a defender a los suyos, yo no puedo hacer más que intentar apoyarles y echarles una mano, y no estoy dispuesto a negociar eso!- gritó.
El fuego en él ardía. ¿Por qué se preocupaba tanto de gente a la que desconocía? Sencillamente por que entendía que, para ellos, defender su ciudad era importante. Y no por la ciudad en sí, sino por lo que esta representaba. Aquel era, dentro de lo que cabía, un lugar seguro, un punto donde podían estar con sus familias, amigos, parejas, y todas aquellas personas por las que se preocupaban. Y la iban a defender a muerte. Él podía entender eso, y cualquiera que deseara hacer eso se ganaba su respeto y apoyo, aunque fueran romanos, los mismos que siglos antes habían invadido su hogar. Pero de aquello distan miles de años, no tenía sentido mantener ese rencor tóxico del que no se lograba absolutamente nada.
Los demás le observaban con atención, iban detrás de él a una distancia prudencial, se mantenían cerca por si tenían que intervenir. Podían entender hasta cierto punto su forma de actuar, pero por sobre todos, Odd lo hacía. Los demás, si bien podían tener más problemas con la familia, como era el caso de Leo – cuya madre murió siendo él un niño y se echó la culpa de aquello hasta hacía muy poco – o el de Heart – cuyo tiránico padre le trató como a la basura por algo de lo que no tenía culpa, el ser sordo – al final del día tenían amigos a los que llamar familia, una cama caliente y comida más o menos asegurada, y, al final, dentro de todo lo malo, tenían alguien en quien confiar y que les protegerían.
En cambio, Samuel era errante con su pequeño grupo, vivían a la intemperie y rodeados de monstruos en todo momento, y aunque fueran una pequeña familia, estaban ellos solos. Literalmente. No había respaldo de ningún tipo, si algo salía mal estaban ellos solos. El padrastro de Aelita, un bendito, les ayudaba económicamente, pero ellos preferían ganarse el dinero al menos de forma honrada. De vez en cuando hacían trabajos rápidos a gente de la zona, que ya les conocían y sabían que eran de fiar haciendo chapuzas en casa, sacando a ladrones a patadas de los sitios, o desocupando parcelas. Mientras no se metieran en líos gordos podían ir y venir, pero siempre en una zona cercana. Eso es lo máximo a lo que podían llamar hogar o familia. Y lo iban a defender. Ver a esa gente, saber que se la jugaban a diario como lo hacían ellos, y que su paz era tan quebradiza como la suya, pese a las diferencias y a la aparente fortaleza de los romanos, le hizo empatizar con ellos, y decidirse a luchar a su lado.
Se acercaron corriendo a las huestes, que no pararon en ningún momento. Dos de los soldados de los laterales reconocieron al grupo, eran los mismos que se habían encontrado ellos horas antes, durante su recorrido de vigilancia. Oyendo el tumulto detrás suya, el oficial al mano de la cohorte, que no resultó ser otro más que Adriano, giró unos instantes su rostro a ver qué estaba pasando. Se sorprendió de ver allí al grupo, y ordenó la parada de la marcha. Se quitó el casco y saludó con el brazo en alto a Frank, que paró cuando llegó a su altura.
-¡Ave, pretor Zhang! ¡Es un honor verle, pero le invito a abandonar la línea de combate, señor, es peligroso!- dijo, mientras los demás soldados saludaban también.
Pero el aludido negó- Un buen oficial marcha con sus soldados. ¿Puedo saber qué pasa?- preguntó, mirando a la rivera.
-Nos atacan señor. Yo me…- oyeron entonces unas voces.
Eran los demás oficiales, que se acercaban. Eran todos jóvenes, de la edad de Adriano más o menos, centuriones todos ellos, y unos años de servicios parecidos a los del muchacho, que en cuanto vieron a Frank fruncieron algo el ceño.
-¿Y tú, quien eres?- preguntó uno, y Adriano le dio entonces un codazo- ¡Más respeto, Silva! ¡Es el pretor Frank Zhang, del que nos habló el gran Marte hace unos meses! ¿Te acuerdas, verdad, o ibas demasiado borracho ese día?- le espetó.
Este se cuadró entonces, al igual que los demás, y el chico solo rodó los ojos- ¿Quién está al mando de este ejército?- preguntó entonces.
-Yo, Bianca D'Allegro, centurión de la Décima. A sus órdenes, pretor Zhang- se estrecharon las manos entonces.
-¿No tenéis un pretor o qué?- inquirió este, y negaron- Hace tiempo que nadie se postula, hemos gobernado como hemos podido la ciudad, pero con los constantes ataques apenas hemos podido celebrar comicios, señor. Los tribunos de la plebe tampoco lo ponen fácil, quieren elegir a uno de ellos como pretor, por ahora se lo hemos impedido pero… tienen demasiado poder- explicó.
Frank lo entendía a la perfección. Claro que los demás no. Ya habría tiempo de explicar las razones, pensó el chico, los valores democráticos romanos eran algo diferentes a los que pudieran tener griegos o celtas. (2) Y sus costumbres también, pues aunque compartían muchas cosas con los griegos, había cambios. En cualquier caso ahí el que mandaba era Frank, que se organizó con los oficiales en una tienda improvisada en la parte de atrás, mientras los soldados preparaban las barricadas, que ya estaban a medio hacer en muchos casos por las constantes batallas, sólo tenían que tirar de cadenas en el suelo para levantarlas.
En la tienda colocaron un mapa del entorno, donde podían ver a sus fuerzas y los de los enemigos, que cada vez eran más numerosos. Samuel, nada más ver el mapa, le recordó a la batalla que había tenido antes con Alímedes. En aquel caso, la batalla había sido parecida a la del Campamento Mestizo, eso había dicho al menos Leo. Pero el lugar le recordaba, en cuanto a la orografía, a aquel lugar. Salvo el río era todo bastante parecido, así que se puso nervioso con aquello, aunque los romanos parecían extrañamente tranquilos.
Ellos confiaban en su número, coordinación y entrenamiento para enfrentar lo que fuera a venir, pero el celta tenía un presentimiento al respecto, así que salió de la tienda y contempló el ejército de monstruos que tenían delante, gracias a la luz lunar podía ver bastante bien la rivera, que estaba atestada de monstruos. Tubo que pedirle a Leo que viniera para ayudarle a identificar a todos aquellos seres, pues aunque algunos los conocía, otros le eran totalmente desconocidos. Veía centauros salvajes, medusas, había harpías, e incluso vio de lejos una especie de dragón sin alas muy chulo pero que daba miedo, y, entre todos ellos, apareció un gigante, y que identificaron en cuanto la vieron. Era Alímedes, y parecía la líder de aquel ejército. Se suponía que los cíclopes estaban con ellos, no contra ellos, aquello era muy extraño. Tenían que avisar a Zia, tenía que saberlo.
-Díselo también a Frank, él debe saberlo, ella es muy buena en estrategia- comentó, y Leo salió corriendo de allí.
La miró en silencio, cruzado de brazos, no entendía a qué jugaba. Era claro que tenían que estar preparados para poder pelear contra algo muy muy grande, Caos probablemente tuviera ejércitos así o más grandes aún, pero ellos contaban con que al menos no se unirían al enemigo. Esa traición de todas formas podía verse venir, pero suspiró. Tendrían que luchar contra lo que viniera, fuera lo que fuera. Y si tenían que enfrentarse contra todo un ejército de monstruos liderados por una cíclope primigenia, lo harían. Se alejó unos metros de la tienda, y se puso de rodillas en el suelo.
-Grot fuder Lugh, gif mis die foz to fait aur anemis- comenzó a murmurar unos rezos, y rebuscó entre sus cosas.
Sacó un poco de tinte azul que siempre llevaba encima, y mojó un poco sus dedos en el líquido, tras lo cual, se pasó los dos dedos por las mejillas, tintándolas. Suspiró, miró al cielo unos instantes, y se armó de valor. Había luchado cientos de veces junto a sus hermanos y hermanas, esperaba poder confiar en los otros igual que confiaba en los suyos, pero ya en cierta medida lo hacía. Se levantó, sacó su espada, y fue a la tienda serio, ayudaría en lo que hiciera falta.
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(1) Soy Frank Zhang, pretor de Nueva Roma, ¿eres el oficial de mayor rango del grupo?
(2) Los tribunos de la plebe eran una institución del derecho romano que permitía a la población una cuota de poder para defender sus intereses y evitar una posible arbitrariedad en las decisiones de los magistrados – jueces – romanos.
La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
