Enemigo primordial
Capítulo 21
La comitiva avanzó rápidamente por las calles de Lutecia en dirección al enclave en el que se desarrollaría el juicio al grupo, acusado por tentativa de robo de uno de los objetos sagrados de la ciudad, el Anillo de Urano. El Gobernador de la ciudad, Cornelio Silva, desconocía su aspecto, si estaba en la ciudad, e incluso si semejante objeto siquiera existía, todo por la palabra de la cíclope Arges, que le había convencido de su culpabilidad.
Para el grupo lo peor no era que pensaran que pretendían robarles un objeto místico, sino que creyeran más a una cíclope que a ellos, de los que dos habían formado parte de la profecía de los Siete. Y además, los cinco anillos, incluido el que estaba allí, eran exclusivamente del titán Urano, que de hecho estaba dispuesto a entregárselos siempre que cumplieran unas condiciones que, por cierto, desconocían por el estúpido secretismo propio de los inmortales. (1)
El mismo les ponía muy nerviosos pues jamás sabían de qué podría tratarse cada vez que contactaban con ellos, y en esos momentos en los que tanto se jugaban, les parecía bastante absurdo el estar siempre guardando un secreto que podría ser importante. Les podía ir la vida en ello, literalmente, saber dónde estaban los Anillos exactamente, quien podría ponerles problemas durante las misiones, para viajar a través del mundo podrían facilitar las cosas… pero nada de eso iba a pasar seguramente.
Claro que todo eso tendrían que explicarlo durante el juicio al que se enfrentarían. Por desgracia para ellos no tenían a un especialista en la materia a su lado, pues la cíclope se había ocupado personalmente de que tuvieran que ser ellos mismos los que se sacaran las castañas del fuego, y ninguno de ellos tenía ni idea de siquiera por dónde empezar.
La que más podía saber era Hazel, que al ser oficial romana sabía de Derecho Romano, el que se aplicaría en aquel proceso, así que sería ella la que hablara por los demás. Les habían colocado en filas de a dos, con Annabeth y la propia Hazel las primeras, luego Jeremy y Alex, y por último, Waltz, todos ellos con unos grilletes y flanqueados por soldados romanos, y Flavio a la cabeza, guiando al grupo.
No tardaron demasiado en llegar hasta los juzgados, donde esperaba Cornelio Silva, y junto a él, tres hombres viejos y unos cuantos oficiales, centuriones seguramente a juzgar con los galones que portaban en sus pechos. Los ancianos debían ser los jueces del tribunal, tenían todos la cabellera ya canosa – aquellos que la conservaban, porque uno estaba totalmente calvo – con una toga blanca y tela roja en los hombros, portaban un anillo dorado en el dedo anular de la mano derecha. Los oficiales iban de gala, con una armadura bien lustrada de un suave tono dorado, falda de cuero y sandalias, con una gladius en la cintura. Eran los encargados de la defensa del recinto, y estaban presentes en cada proceso penal, para asegurar que el reo no intentaba escapar.
Flavio se cuadró, y junto a él todos sus soldados, ante la presencia de los superiores. Hazel, obviamente, también lo hizo y saludó con la mano alzada a sus iguales a modo de respeto, y se adelantó ante el gesto de Cornelio, que estaba en una mini reunión con el que parecía el presidente del tribunal.
-Buenos días a ambos, ¿es usted Hazel Levesque?- preguntó, y ella asintió, cruzándose de brazos. Antes de salir les habían tomado los datos.
-¿Representará a su grupo, en base al artículo 4 del Libro III?- Hazel volvió a asentir- Bien, vamos entonces- y se comenzaron a mover.
La chica volvió a su sitio, junto a Annabeth, y les condujeron por el interior del edificio. Este era austero, con altas paredes de piedra cincelada, arcos en la parte superior, y mármol en el suelo con la imagen de los dioses romanos, con una estatua de Júpiter presidiendo la entrada, rayo en mano. En los laterales había varios despachos, dedicados a los administrativos, a los fiscales, procuradores, y jueces, respectivamente. Precisamente del despacho de los segundos salió una mujer algo mayor con unos cuantos papeles y enfiló el pasillo del fondo a toda prisa, casi corriendo. Hazel frunció algo el labio, eso dificultaría todo bastante. Su compañera se fijó en ese detalle y se puso algo nerviosa, por primera vez en mucho tiempo no tenía la situación bajo un mínimo control. (2)
No tardaron demasiado en llegar hasta la sala dónde harían el juicio. Esta era amplia, al aire libre pero con toldos de tela roja a modo de techo, con columnas a los lados y varias filas de asientos de madera para los que fueran a presenciar el proceso. En frente, la mesa del tribunal; a la derecha, la acusación y por tanto la fiscalía; y a la izquierda, los acusados, es decir, el grupo. Se fueron colocando cada uno en su sitio, mientras iba apareciendo el público, muchos de ellos debían tener la edad de los del grupo, estudiantes lo más seguro. Y por supuesto también estaba por allí Arges, que se les acercó. Alzó los brazos como si quisiera abrazarles, pero no llegó a hacerlo.
-¿Listos?- preguntó con una sonrisa de diversión. Annabeth le lanzó una mirada de odio, Jeremy ni se giró, Hazel le sonrió mostrando los dientes y con el símbolo de la victoria, y Alex y Waltz estaban más atentos a su conversación que a la cíclope.
-Nos iría mejor de no tener que pasar por esto, pero…- la romana se hundió de hombros, y Arges se rio con ganas.
-Estando todas las partes implicadas presentes, y con el permiso de Júpiter Máximo, doy por iniciada la sesión- el presidente se había levantado para hablar, e indicó a Hazel que hiciera lo mismo.
-Presidente, Tribunal, pienso demostrar no sólo que no es nuestra intención tomar nada de la ciudad de Lutecia, sino que además, este proceso no ha cumplido los plazos establecidos para el peritaje de pruebas, testificación, y por indefensión de la parte acusada, al no haberse pedido en ningún momento por nuestra parte la no actuación de letrado- afirmó.
Annabeth la miró con interés, no sabía que se pudiera hacer eso. La propia Hazel dudaba, pero lo recordaba de sus clases express tras su ascenso a centurión con Reyna, que aseguraba que todo oficial debía saber de, entre otras cosas, Derecho Romano. Ella sí que era experta, hubiera estado muy bien poder contar con su ayuda, pero no sería posible. El presidente del tribunal suspiró, asintió, y miró a la fiscal, que también se levantó.
-No sólo es notoria su voluntad de robar el objeto en cuestión haciendo uso de la violencia, tal y como el Gobernador de Lugdunum nos indicó por mensaje Iris- la mujer mostró entonces unos papeles.
En ellos se veía a los chicos la vez que ayudaron a Aurora y su escapada de Lyon, con las tropas de Perseo detrás de ellos. Ninguno de ellos dijo nada, Hazel les hizo saber que era mejor no decir nada llevando un dedo a los labios.
-Además de poder decir que tienen un historial tumultuoso, también se puede afirmar que sus razones para poder llevarse el anillo son, por lo menos, dudosas. No hay contrato ni orden de un superior que justifique la acción, ni tampoco parece haber un mandato divino, ni ninguna otra razón que legitime el acto de llevarse el anillo de la ciudad-
El tribunal asintió, pero su presidente no dejó que la fiscal hablara demasiado más, ordenando que volviera a tomar asiento y que le diera su turno de palabra a la adolescente.
-Como dije en mi primera intervención, no se han respetado los plazos de presentación de prueba, que recuerdo debe hacerse en el plazo de, como mucho, 24 horas antes de a fecha del juicio. En nuestro caso, no ha pasado siquiera ese tiempo desde que llegamos a la ciudad, por lo que se tendría que haber celebrado, como fecha más próxima, mañana- comenzó.
-De aquí mi razonamiento para la indefensión, pues no hemos podido presentar prueba por falta de tiempo, además de no habernos avisados de tal cuestión- el juez intervino entonces.
-Señorita, su representante nos afirmó que no iban a presentar prueba alguna, y por eso todo el proceso se aceleró- explicó.
-No tenemos contrato alguno con un letrado, señor- el aludido la miró con sorpresa- La cíclope, Arges, engañó a todos los presentes, se hizo pasar por quien no era y habló en nuestro nombre sin la capacidad para ello- añadió.
-Continúe- pidió el presidente, y ella así hizo.
-Por último, y en relación con los testigos, estos es necesario identificarlos y pedir su presencia en el proceso, y, como con las pruebas periciales, se tiene un plazo de hasta 24 horas antes del juicio, cuando este será oral, como es el caso-
Mostró unas hojas más- Todo viene en la legislación, Libro Tercero, artículo del Capítulo I- se sentó entonces.
Annabeth, a su lado, chocó el puño con ella- Nada mal…- susurró, pero Hazel negó. Aquello acababa de empezar.
-Me centraré en el dolo necesario para robar el Anillo. El mismo, si bien no se sabe dónde está, es un objeto de un valor indiscutiblemente elevado, y de un gran poder. ¿Qué nos puede impedir pensar que les interesa vendérselo a alguien, o usarlo para sus fines?- y los jueces la miraron con interés. (3)
-Según los mitos, con esos anillos Urano derrotó a todos sus enemigos, y logró controlar a todo el mundo. Sólo cayó cuando su hijo Cronos le traicionó y le tendió en una trampa junto a su madre y hermanos- comenzó a narrar.
-Si tenían el poder de tener contra las cuerdas a los titanes, hecatónquiros y cíclopes, aquel que porte uno solo de ellos debería poder hacer cosas increíbles, más allá de los poderes ordinarios de cualquier semidios. No deben caer nunca en manos de nadie, y menos ún en la de unos adolescentes cuyos nombres, salvo los de los presentes, conocemos-
Hazel frunció el ceño, y uno de los jueces intervino- No está demostrando nada, fiscal-
Esta asintió- Demuestro así que son objetos de gran poder. ¿Tienen ellos un motivo justificado para querer semejante poder? Si lo tienen no lo han dicho, pero es evidente que no pueden tener buenos fines- aseguró.
Alex, dando por hecho de que aquello era como en un juicio de la tele americana, quiso saltar y decir que aquello era falso, que "protesto señoría" y demás clichés, pero Waltz la paró en seco ante un gesto de Hazel, que exigió que no hicieran nada extraño.
-Supongamos también que es verdad que no tienen contrato con la letrada que les iba a representar… ¿por qué esta iba a jugarse su prestigio profesional y mentir sobre la voluntad de sus representados? ¿No será, acaso, que sí renunciaron a la asistencia jurídica, y que ahora se arrepienten?- añadió.
Pero no se iba a quedar ahí- También se afirma que no se han cumplido los plazos legales. Bien, hay jurisprudencia, ya no de tribunales de otras ciudades, sino de este mismo tribunal, que permiten alargar los plazos en caso de urgente necesidad a las 12 horas previas al proceso para presentar prueba, y este se presentó precisamente como de naturaleza urgente- Hazel se puso a rebuscar.
-Si se pregunta usted si se debía notificar, se hizo a la letrada de cuyos servicios ustedes decidieron renunciar, artículo 14- se sentó entonces la fiscal.
Los tres jueces se levantaron entonces, y el presidente se iba a poner a hablar, cuando ante Hazel apareció una imagen. Esta estaba algo borrosa pero era evidente que se trataba de un mensaje Iris, aparecieron en la misma Percy, Mallory, Blitzen y Carter, aunque a este no se le llegaba a ver. La imagen parpadeó unos instantes pero acabó estabilizándose, y había un barullo de voces y gritos bastante importante.
-Señorita Levesque, no puede recibir mensajes Iris durante el juicio- ella se giró al oír al presidente del tribunal, pero ella negó.
-Es importante señor- aseguró, no había entendido nada de lo que los demás pudieran decir, pero los demás sí prestaban atención.
-¡Cambio de planes, en cuanto acabéis os venís todos a Emérita, hay que bajar varios al Inframundo a por Bianca Di Angello! ¿Oído? ¡Ordenes de arriba!- esa era la voz de Percy.
Y se escuchó en toda la sala. Annabeth fue la primera en reaccionar- ¡¿Cómo?! ¿Otra vez? ¡Me niego!- exclamó, cruzándose de brazos.
-Van a tener que explicar todo esto, es… irregular, cuanto menos- comentó uno de los jueces, con el ceño fruncido.
-Señor, esto es muy importante, tenemos que encontrar ese anillo lo antes posible, nosotros…- pero el aludido negó.
-Antes hay que determinar su culpabilidad o inocencia sobre este asunto, que no es baladí precisamente- el juez más a la izquierda no parecía contento mientras hablaba, ella suspiró y asintió un poco.
-Dada la naturaleza de la afirmación que acabamos de oír… puede que necesitemos más tiempo, o al menos más pruebas para poder impartir una sentencia justa- tamborileó con los dedos.
-Con el permiso del tribunal, solicito la intervención del Oráculo. Salvar a alguien del Inframundo no es algo que se pueda tomar a la ligera, y el joven que habló afirmó que era algo que venía de arriba- eso sorprendió a los chicos, por ser la fiscal quien lo pidió.
Jeremy se removió algo incomodo por todo aquello, mientras Alex bostezaba, aburrida. Waltz en cambio estaba muy interesado con todo aquello- Han tenido suerte, jóvenes- declaró entonces el presidente del tribunal.
Oyeron entonces como Zia gritaba a través de la llamada de Iris- ¡Escuchadme un segundo, haced el favor!- chasqueó varias veces los dedos. No parecía estar siendo una llamada especialmente clara.
Se empezaron a oír murmullos de desaprobación, aunque rápidamente fueron acallados por el presidente, que exigió silencio dando un golpe seco en la mesa con la mano. Lo del mazo de madera al parecer es más mito que realidad.
-A ver, nos hemos enterado ahora de eso, creemos que lo mejor es que vayan Nico, Jamily y Hazel, los demás esperaremos aquí. Son los que mejor se desenvolverían, los demás sólo seríamos lastre. En cuanto consigáis el anillo, venís hacia Emérita, nosotros os esperamos aquí. ¿Entendido?- y se armó un revuelo.
Intentaron llamar al orden, hasta tuvieron que intervenir los legionarios porque hubo gente que se levantó de su asiento movidos por la indignación, pero tras un par de minutos las aguas volvieron a su cauce y se pudo continuar con normalidad. Dentro de todo lo normal que era que un oráculo participara en un juicio penal, que era, siendo muy generoso, extraordinariamente extraño. De hecho casi ni se acordaban de la última vez que se requirió de su presencia, pues los asuntos de los hombres y los de los dioses iban por cauces diferentes.
Este no tardó demasiado en llegar pues se mandó a un jinete a que le avisara, se trataba de una muchacha de unos 17 años, rubia, tenía los ojos de un azul claro, llevaba una camisa larga de color blanca y con una falda de ese mismo color. Por respeto todos se levantaron ante su paso, ella tenía una forma de caminar que demostraba que se creía mejor que los demás, se pensaba la más importante y era altiva y arrogante, y ni miró a nadie… salvo a Jeremy. Se quedó embobada durante unos segundos mirándole, pero se giró antes de que nadie más se diera cuenta.
-¿Qué debo preguntar a los dioses que sea tan importante para que me tenga que ir de una ceremonia al dios Apolo y a su hermana, Selene?- estaba cruzado de brazos.
Parecía molesta. Por primera vez el presidente del tribunal mostró una actitud de ligera sumisión- Queremos saber si estos jóvenes dicen la verdad en relación con dos misiones que tienen pendiente, una en relación a una anillo, y la otra con una visita al Inframundo- ella le miró con evidente sorpresa en el rostro.
Asintió en seguida, y se colocó en un asiento- Los dioses… no creo que respondan, están muy nerviosos últimamente… incluso en una situación normal dudo que…- Arges intervino entonces.
Hasta ese momento había permanecido en las sombras, pero al parecer había decidido salir de las tinieblas en las que estaba, y dar la cara de forma directa por primera vez. Puede que tuviera un aspecto humano en un primer vistazo, pero emanaba un poder sobrenatural que reconocería hasta el más necio como de alguien muy poderoso. Dio unos pasos al frente y su estatura aumentó a sus naturales seis metros, por lo que rozaba las telas que formaban el techo. Sin embargo mantuvo el rostro humano, para no asustar demasiado. Las proporciones se mantuvieron igualmente, seguía siendo incluso hermosa si alguien que acabara de llegar la viera.
-No será necesario que molestéis a los dioses- aseguró- Cornelio Silva- su voz bramó y el aludido se levantó de su sitio, se encontraba en primera línea, en el lado más a la izquierda.
-Permite que estos niños se muevan libremente por estas tierras, que no tengan problemas en encontrar el Anillo del titán Urano- pero no parecía demasiado convencidos de sus palabras.
Se dio un ligero golpe en la frente, de forma teatral, y mostró su verdadero rostro, con un único gran ojo en su frente, nariz fina y labios carnosos, con el pelo ensortijado y bien cuidado.
-Claro, qué tonta soy, soy una cíclope… jamás confiaríais en mi…- comentó, con cierta diversión- Puede que al final sí que haya que molestar a algún dios…- recuperó entonces un rostro humano.
Sus ojos brillaron un poco, y Cornelio le suplicó que no hacía falta, que él les permitiría poder ir a donde quisieran para desplazarse sin problema alguno. E incluso juró que no tendrían más problemas con la justicia, cosa que molestó a los jueces del tribunal y a la fiscal, por que aquel era su trabajo. Por supuesto ellos le dijeron que se retractara inmediatamente, comenzando así una discusión bastante fuerte. Con aquella pelea entre dos de los poderes de la ciudad, al que se sumó el ejército dado que los centuriones presentes se pusieron a mediar, los cinco jóvenes se miraron sin saber muy bien qué decir.
-¿Nos vamos? El Gobernador nos ha dado permiso, yo lo haría- comentó Alex, mientras observaba con diversión la escena.
Arges se había ido, en el fondo agradecían su intervención porque tenían un problema bastante grave con aquel juicio. Este se podría haber alargado durante varios días entre que se deciden y no se deciden, recursos, pedir más pruebas, documentación, cuestiones prejudiciales… En fin, todo un jaleo para el cual ellos no tenían ni tiempo ni ganas, pese a tener dos semanas de plazo para poder llevar a cabo la misión, el saber que tenían que ir cuanto antes a Emérita les demostraba que no podían tardar demasiado, más si, como es el caso, no sabían muy bien cuando se alzaría Gaia. Hazel en especial estaba bastante aliviada con aquello.
-El problema es como pongan al ejército de la ciudad contra nosotros… por muy elegidos que seamos no podemos contra doscientos soldados- comentó Jeremy.
-Además de guapo, listo… que buen ojo tengo- se giraron al oír esa voz. Se trataba de la oráculo- Me llamo Laura Gauthier, encantada, ¿cómo te llamas tú?- le preguntó, se sentó a su lado sin siquiera pedir permiso. Él se echó atrás en cuanto vio las intenciones de ella, que se aproximaba según hablaba.
-¿Nos ayudarás?- preguntó Waltz, sonriendo.
-Con el beneplácito de la oráculo de la ciudad, la verdad es que tendríamos bastante a nuestro favor- comentó Annabeth.
Esta se lo pensó- ¿Es verdad lo que decís?- preguntó tras unos segundos, y ellos asintieron.
-Los dioses… como siempre sin decir nada… en fin, por extraño que os pueda parecer, os creo- ellos la miraron con sorpresa.
-Les conozco bien, les gusta andar con secretismos y hacerse los interesantes… pero hay algo que les gusta más, y es conservar el poder- se levantó de su posición entonces.
-Sólo se han mostrado tan reservados durante la batalla contra Cronos, y en la guerra contra Gaia, hace unos meses. Así que se debe estar cociendo algo importante- le tendió la mano a Jeremy.
Este la tomó con algo de reserva, y ella tiró del muchacho, levantándole, y acercándole peligrosamente a su rostro. El celta se sonrojó, mientras la oráculo sonreía perniciosamente, Waltz atendía con interés, Alex pasaba, y Annabeth y Hazel discutían entre ellas si era buena idea confiar así de una desconocida.
-Te recuerdo que tenemos a nuestro lado a unos celtas que conocemos desde hace, ¿dos días?- pero la hija de Atenea no estaba muy por la labor.
-Sí, pero es una oráculo… Ya tenemos a esa celta, a Aelita, como contacto de los dioses, y de necesitarlo tenemos a la mismísima sacerdotisa de Delfos, no necesitamos más-
Hazel suspiró- Bueno, al menos que nos ayude aquí, y si se porta, pues que se una, y si nos la lía pues no se une y ya está-
Annabeth asintió- Me parece bien… pero tendré un ojo sobre ella en todo momento- la otra se rio.
Si no confiaba en ella era por ser una arrogante. No hacía falta ser detective para darse cuenta que se creía Hera en cuerpo humano, y ese tipo de personas a Annabeth no le gustaban, sólo daban problemas. Y por su físico se notaba que no había tomado una espada, escudo, lanza, cuchillo, o siquiera una daga en su vida. Vale, estaba delgada, pero no tenía fibra, sus manos no tenían ni un rasguño, y estaba demasiado arreglada como para que fuera creíble que salía alguna vez de misión. Cosa normal si se trataba de la oráculo de la ciudad. Era una de las personas más importantes de toda la zona, no podían perder a alguien tan importante a manos de un monstruo aleatorio en una misión fácil cerca de Lutecia.
Si fuera mínimamente responsable, en cuanto acabaran su labor por allí ella se quedaría en Lutecia y no iría a ningún lado, pues su trabajo para la ciudad era fundamental. Era ella la que contactaba con los dioses, que hablaban con ella y le transmitían las novedades, y la que preguntaba en nombre de todo aquel que tuviera algo que saber sobre los dioses. Si se iba, dejaría a toda la zona sin un servicio esencial en el mundo mágico en el que vivían, lo que no diría nada bueno de ella. En eso pensaba cuando decidieron irse, la pelea se estaba estancando en asuntos de competencia sobre quien decidiría sobre su destino y aquello tenía pinta de irse a alargar más de lo deseable, por lo que salieron entre las columnas más cercanas sin que nadie les parara. Estar metidos en una fuerte discusión era lo que tenía.
Por si acaso, y para que no hubiera demasiados peligros, Hazel invocó a La Niebla, y un aura dorada la rodeó mientras usaba su magia. Una ligera neblina les rodeó, dificultando para todo aquel que viera en su dirección el poder atisbarles, dándoles dolor de cabeza y nublando su vista de intentarlo. Esa era la única manera de irse sin que nadie intentara detenerles, ya que el guardia que más lejos estaba debía estar a cinco metros de ellos, aunque estuviera más atento a evitar un altercado que a ellos.
Rodeados de la neblina mágica, y obedeciendo las palabras de la romana, se movieron sin movimientos bruscos, lentamente y con confianza, como quien iba a la panadería, sin miedo ni titubeos. Era la mejor forma, y, tal y como ella predijo, salieron entre las columnas sin problema alguno, reuniéndose de nuevo en la parte exterior, y comenzando a andar con Laura al frente, ya que era la única que conocía los entresijos de la ciudad.
-No me puedo creer que haya sido tan sencillo…- murmuró Alex, habían llegado a una plaza tras recorrer la calle que era paralela a los juzgados.
Tenía una hermosa fuente central, con críos jugando con las ninfas del agua, unos chicos tocando la guitarra dándole ambiente a esa zona, y con numerosas terrazas llenas de gente tomando el desayuno. Ya a esas horas, cerca de las diez, el calor comenzaba a apretar pero igualmente los locales salían a disfrutar del buen ambiente, ajenos al problemón que se les venía encima, pero era preferible que así fuera. No darían problemas de ningún tipo ni les preguntarían nada n absoluto, dejándoles hacer sin problemas lo que necesitaran.
Pasaron a través de la plaza, irían en dirección hacia el templo en el que Laura trabajaba e incluso vivía, porque muchas noches dormía allí por acabar a altas horas de la madrugada, y por eso tenía un colchón en la sala del Oráculo, junto a unas mantas para taparse. Conocía las instalaciones perfectamente, y las mismas contaban con una biblioteca pequeña donde guardaban un registro completo de las predicciones hechas por los anteriores oráculos, así como información de las zonas mágicas y los objetos sagrados de la ciudad, a modo de recopilación. Debía haber unos veinte libros en total en una estantería de la sala donde Laura realizaba su labor diaria, y, de haber información sobre el Anillo de Urano, debía estar allí por necesidad. Lo ideal es que ella conociera todos esos libros, pero era inviable aprenderlo todo, para eso tenía o los libros o una pequeña base de datos en el ordenador de sobremesa del templo, aunque este era más lento que hecho adrede. Al final siempre se recurría a los manuscritos, y, gracias a la voluntad de los dioses, se solía encontrar la información necesario. Eso al menos aseguraba la chica, aunque los demás no la creyeran demasiado.
Fueron caminando por las calles a paso lento y firme, no querían dar señales de que tenían prisa o que estaban yendo a buscarles, era lo primero que uno tenía que saber siendo semidios: mejor pedir perdón que pedir permiso. ¿Les habían dado permiso para irse? No, se lo habían dado a ellos mismos, así que se limitaron a deambular lentamente. Las calles estaban empedradas, las casas eran de piedra hasta medio metro de altura, siendo los dos metros siguientes de madera. De ese mismo material era el segundo piso de los inmuebles, siendo los techos de pizarra, contaban con ventanas pequeñas y chimeneas, y tenían bellas decoraciones en la fachada hechas con pintura, estando la madera tallada. Era una ciudad muy bonita, desde luego, aunque tenía una cierta mezcla entre temáticas medievales – como eran las casas, que muy romanas no parecían – y temáticas latinas, que se veía en la decoración de la ciudad y en los edificios oficiales.
Tras recorrer unas pocas calles, llegaron al templo del oráculo local. Este era modesto, como lo era el palacio del Gobernador y en general toda la ciudad, pero igualmente, se trataba de un edificio hermoso. Estaba hecho de mármol en el exterior, con las estatuas de Apolo, Minerva y Vesta como dioses principales del edificio, a quienes estaban consagrado el edificio. De hecho en el centro de la entrada, en una plaza bien iluminada por la luz solar, una gran pira estaba ornamentada para la diosa del hogar, creada en su honor y mantenida siempre encendida por los sacerdotes. En concreto era trabajo de Laura – como sacerdotisa principal – procurar que esas llamas jamás se apagaran, así como dirigir los sacrificios y dar cuenta de toda profecía que tuviera al Gobernador Silva, con quien tenía línea directa.
Era una de las ventajas de ser uno de los poderes de la ciudad. Gracias a ella entraron al templo como quien entraba por su casa. Por dentro había mármol y piedra cincelada, contando en los muros con la historia de la ciudad, desde su fundación en época romana, las invasiones que sufrió por parte de los pueblos europeos de más allá del Rin, y su historia medieval. Era como un resumen de lo que habían conocido entre esos muros, y al parecer, la siguiente parte era más espectacular, pero estaba fuera del acceso público dado que era la parte en la que ella y los demás sacerdotes vivían. En condiciones normales no podrían entrar, pero ella les haría el favor. O mejor dicho, se lo haría a Jeremy, pues comentó que sólo él podría entrar, lo que molestó a los demás, sobre todo a Annabeth.
-¿Entiendes la importancia de todo esto, Laura?- le decía, apretando los puños
-Porque diría que no- añadió Hazel.
La otra simplemente se hundió de hombros- Claro que lo hago. Pero no puedo meter a demasiada gente, bastante excepción estoy haciendo con él- tomó su mano y sin más fue hacia el interior de la sala del Oráculo.
Los demás tuvieron que esperar en la entrada, sentados en unos bancos de madera que había en torno a la pila central, que estaba colocada bajo un tragaluz desde la que se tenía acceso directo al cielo. Se encontraba en una plaza central rodeada de algunas columnas. Pero si la parte pública era hermosa, la privada no se quedaba atrás. Jeremy hubiera jurado que incluso lo era más.
El suelo estaba hecho de mármol, así como las paredes, pero no estaba frío en absoluto. De hecho se podría ir descalzo incluso en las frías noches de invierno, o eso decía la chica. Las paredes, efectivamente, contaba la historia de la ciudad a partir del Renacimiento hasta la época moderna, y aún quedaba pared por decorar, destacando la defensa de la ciudad ante los ejércitos de monstruos durante el último año, y que coincidió con la lucha contra Cronos en primer lugar, y después la de Gaia. Los soldados de las ciudades colindantes se habían juntado para defenderse entre todas, creando así a una única fuerza de protección, y que tuvo serias dificultades en algunos momentos puntuales del conflicto.
-Bienvenido a mi templo, Jeremy- le dijo ella, casi al oído, y él se estremeció.
-Oye, yo…- le comentó, y ella le miró con interés.
-Te-tengo pareja, y…- pero la chica se rio.
-Bueno, no me importa compartir…- él se iba echando atrás, mientras ella se aproximaba cada vez más.
La sala era más o menos amplia. En su centro estaba el altar que ella usaba para hablar con los dioses, con telas y cojines desperdigados en el mismo, y con escaleras en sus laterales para subir. Pequeñas candelas a lo largo de la estancia la iluminaban bastante bien, junto a una pequeña luz artificial en los laterales, con una estantería en uno de los lados, donde se encontraban los libros que habían ido a buscar. En su pequeña persecución, él andaba hacia atrás en esa dirección, hasta dar con su espalda en la madera de la misma, lo que provocó que uno de los volúmenes cayera al suelo. Este era de cuero, parecía antiquísimo y era rojo, con letras negras que se leían algo mal, al menos la de la portada.
Él se agachó a recogerlo, mientras ella rodaba los ojos, le había aprisionado entre ella y la pared. Cuando se levantó se encontró con ella en frente, se estaba insinuando tanto que más que eso parecía estar pidiendo a voces un beso. Pero él, efectivamente, ya estaba junto a Aelita.
-¿Qué tienes aquí?- lejos de lo que se esperaba, ella se apartó un poco, con una sonrisa divertida, mientras revisaba el libro.
-N-no sé, se cayó simplemente- respondió. Ella le guiñó un ojo.
-Luego hablaremos, tú y yo- le dio un suave golpe con el tomo en el hombro.
- Esto debe ser cosa de los dioses, vamos con los demás- dijo ella. Se movió en dirección a dónde estaban los demás, con un Jeremy algo confundido.
Estos se levantaron en cuanto les vieron llegar, estaban cruzados de brazos- Aquí puede que haya información- Laura le tendió el libro a Hazel.
-¿Un libro de mapas?- en cuanto lo abrió, vio lo que sin duda debía ser el callejero de Lutecia, el correspondiente al 741 D.C.
-Sin dudas, los dioses ayudaron a que lo encontráramos, ya que cuando él se chocó sin querer con la estantería, se cayó- explicó.
-Mucho confías en ellos…- murmuró Alex, y ella rodó los ojos.
.Hablo con ellos a diario, ¿sabes? Confío en ellos- se sorprendieron al oír eso.
-La mayoría afirma que apenas hablan con ellos… creo que les he caído en gracia, por eso creo en los dioses, en su palabra, y confío en que guíen nuestro destino con sabiduría-
Annabeth suspiró. Sintió ganas de advertirle que no se fiara de ellos, pero… de nada serviría. No sería capaz de convencerla de lo contrario, sería casi imposible hacerle ver la verdadera naturaleza de los dioses. No se podía uno fiar de ellos bajo ningún concepto, y menos aún cederle tu destino de una forma tan… sumisa. Cada quien debía forjar su sino y no depender de nadie para que lo creara. Bueno, técnicamente las Moiras ya lo habían decidido todo desde el primer momento, pero a ella le gustaba pensar que podía cambiar las pequeñas cosas, y que eso era suficiente para el cambio real. En todo caso no iba a discutir con ella en ese momento, sería contraproducente. Estaba segura que, si iba con ellos, la propia muchacha se daría cuenta de la cruda verdad al respecto de los dioses.
Ojearon el libro hasta dar con un mapa en concreto. Aparecía una zona boscosa cercana a Lutecia, con el río Sena recorriendo el papel desde la esquina superior derecha a la inferior izquierda, en una de las orillas se podía ver unos montículos, mientras que al otro lado se encontraba la ciudad y la arboleda. Fijándose bien, Hazel se encontró con que, en la parte de los montes, se podían ver un polígono irregular de cuatro lados, aunque las líneas que formaban su contorno eran discontinuas y estaban algo difuminadas. Seguramente por estar aquella estructura bajo tierra.
-Está aquí cerca, todo esto… iba a pescar por esta área de pequeña- comentó ella, y guardó el libro entre sus prendas, y sin más salió de allí.
Ellos no estaban nada seguro. Aquello podría no ser nada, no tenían pista alguna fiable de que fuera así, pero ella parecía totalmente convencida de que los dioses la estaban guiando en la dirección adecuada, y nada ni nadie la convencería de lo contrario. Y ya que se estaba jugando bastante con aquello… al menos corresponderían e irían con ella. Si se tenían que meter a la boca del lobo, que fueran todos juntos. Dieron unos pasos más veloces para alcanzarla, y anduvieron en silencio hasta salir del templo. Pero lejos de andar por las calles, ella hizo un quiebro repentino y se metió en un callejón lateral tras recorrer el extremo derecho de la plaza.
-Nos deben estar buscando a estas alturas- comentó Laura, cuando la miraron con sorpresa.
Estaba abriendo una tapa de alcantarilla de la que salió un olor que les recordó a las heces de los pegasos a Annabeth y Hazel. A Waltz en cambio le recordó a su hogar, así que ni se tapó la nariz, no como sus compañeros, que sí tuvieron que ahogar alguna que otra arcada. Ella hizo de tripas corazón, exhaló, y se preparó para poder bajar a lo largo de la escalera de mano que llevaba hacia las galerías subterráneas, que servían a modo de alcantarillado. No tardaron en bajar todos, y cerraron la tapa tras ellos, haciendo que nadie que no les hubiera visto pudiera saber dónde estaban.
Usaron a modo de iluminación un fuego fatuo creado por Waltz, y que les permitió ver el nuevo mapa que estaba usando para orientarse Laura, así como varios metros de galería por delante de ellos. Este era, que apropiado, el que mostraba el recorrido laberíntico de la red de túneles que había bajo Lutecia y al rededores. Comenzaban a pensar que los dioses les estaban ayudando realmente.
-¿Cuáles son las probabilidades de que en un libro venga todo lo que necesitamos para movernos?- comentó en un murmullo Annabeth.
Habían comenzado a moverse segundos antes, tras orientarse la rubia y encaminarse en la que intuía era la dirección correcta. Todo bajo la atenta mirada de la hija de Atenea, que se sentía en cierta medida desplazada como la "lista" del grupo, pues era ella normalmente la que hacía estas cosas. Decir que sentía celos en voz alta sería imposible pues era demasiado orgullosa, pero estaba cabreada. Y aun así odiaba sentirse así, sobre todo por la posibilidad de perder la concentración en el peor momento, en pleno combate. Hazel, dándose cuenta de eso, y conociéndola mejor que los demás, la tomó suavemente de la mano y la apretó, haciendo que la otra se girara. Le pidió con un gesto que anduviera algo más despacio para poder tener algo más de intimidad, y poder hablar.
-¿Estás bien?- le preguntó la romana. Delante estaban Waltz y Alex, y algo más allá lideraban la comitiva Laura y Jeremy.
La otra suspiró- Sí, pero… nos estamos fiando demasiado de ella a mi gusto…- murmuró, y la otra se hundió de hombros.
-¿Y con los celtas no estamos haciendo lo mismo?- a eso Annabeth sólo pudo asentir.
-La veo demasiado orgullosa… como lo era yo antes. Creía ser la mejor, la más lista, la mejor con la espada, con las artes…- la otra la miró.
-¿Cuándo te diste cuenta de que no era así?- preguntó, y Annabeth se lo pensó antes de responder.
-Creo… que nunca dejaré a un lado ese orgullo que tengo, es mi defecto fatídico, de hecho- explicó, y Hazel asintió.
-Pero lo controlas, al menos- y sonrió de medio, de vez en cuando seguía dejándose llevar por el ego y afirmaba poder hacerlo mejor que los propios dioses.
Aunque tampoco es que fuera muy difícil, siendo realistas. Los dioses no eran los mejores gobernantes, precisamente, y siempre que había algún problema algo más serio recurrían a sus vástagos mortales. Como cuando Hermes perdió su caduceo, que tuvieron que ir ellos a recuperarlo. O la vez que robaron el rayo de Zeus, ya podría haberse movido él mismo a eso, tan poderoso que era. Pero cualquiera le decía eso al dios, con lo orgulloso que era. En todo caso, eran ellos los que tenían que hacer el trabajo sucio, quisieran o no. Por ello les costaba entender la confianza que ella tenía en los dioses, ni siquiera Rachel, siendo la oráculo de Delfos, confiaba demasiado en ellos. Laura parecía ser la excepción a la regla.
-Estamos cerca, ¿lo notáis?- tras casi una hora recorriendo aquel laberinto habían pasado por varios cruces, y Laura no había dudado en ninguno de ellos.
En ese momento un suave viento movía los fuegos fatuos de Anubis, hacía un rato que estaban moviéndose y mostrando la dirección de las corrientes, y que venían desde el fondo del corredor. Sin embargo no veían luz alguna, no al menos desde donde ellos venían. De hecho no tardaron mucho más en recorrer el pasillo en su totalidad y llegar a una cueva. Se encontraban en el fondo de la estancia, si uno subía una empinada cuesta podía llegar a una entrada de roca y mármol. Hazel podía notar una enorme magia por allí, y cómo los túneles se bifurcaban bajo sus pies, sobre ellos, y en los laterales de la sala en la que ellos estaban.
-¿Y ahora, por dónde?- preguntó Annabeth, cruzada de brazos. Laura revisaba el mapa en silencio, de vez en cuando alzaba la cabeza.
Removió las hojas varias veces, yendo adelante y hacia atrás a lo largo del documento, mientras los demás esperaban. No tardó demasiado en guardar el libro de nuevo, y suspiró un poco.
-Como imaginaba, a partir de aquí no hay nada- comentó.
-Si estamos realmente en un lugar tan antiquísimo como un templo de Urano, sin duda no creo que haya demasiados planos o mapas del mismo-
El resto se miró, no demasiado convencidos de lo que ella decía. Sin embargo la oráculo no les dio tiempo para poder decir nada pues empezó a andar como si tal cosa, esperando que sus pies, de forma natural, la llevaran al lugar al que ella quería llegar. Su confianza era incluso contagiosa, pues la empezaron a seguir sin siquiera intentar orientarse, pese a que la lógica les dijera que tendrían que usar los poderes de Hazel para encontrar el camino, además de usar algún tipo de tinte o marca para resaltar los lugares por los que ya han pasado en caso de volver, y, sin embargo, no hicieron nada de todo eso. Simplemente se dedicaron a seguir a la joven, que andaba como si se tratara de un lugar que conociera a la perfección.
No pasó demasiado tiempo hasta que hubo una bajada pronunciada, no demasiado larga, y que les llevó a una zona más apartada aún de donde ellos ya estaban. Y sin embargo, pese a haber ido cuesta abajo, se encontraron con una zona al aire libre. De hecho había a lo largo de la semicircunferencia que formaba esa estancia había varias columnas de mármol, habiendo un altar en el centro. Encima del mismo había una estatua de un hombre que estaba en posición de andar, teniendo su brazo derecho extendido y con la palma hacia arriba. Contaba con una estructura muscular bastante bien definida, y su pelo revuelto estaba al viento, era sin duda la de un dios.
En cuanto dieron unos pasos dentro de aquella zona todo tembló, varios rayos cayeron sobre la estatua, y vieron delante de ellos a un hombre imponente. Físicamente era idéntico al de la estatua, y emanaba de él un poder enorme. Un halo de luz le rodeó, en sus manos se formaron rayos, y se los lanzó. Tuvieron que saltar, esquivando como pudieron aquel fulminante golpe, pero la energía estática igualmente les hizo daño. Empezó así un combate que ellos seguramente no podrían ganar, no sin usar todos sus poderes de la forma más inteliente. Y Annabeth rápidamente les empezó a dar instrucciones.
-¡Hazel, la Niebla!- se giró y miró a Waltz- ¡Tú y Anubis sois los más poderosos, retenedle como podáis!-
Y entonces se acercó a Alex, corriendo, que estaba tras una roca, observando como los demás se ponían en movimiento. Jeremy, al otro lado, estaba concentrándose, y bajo la ropa comenzaba a brillar.
-Bien, es fácil- comenzó- Vas a crear una distracción. Quiero que esa cosa vaya detrás de ti, mientras, yo iré a por el Anillo. Con suerte podremos derrotarle-
-Dudo que podáis- Laura también estaba allí- Ese es sin duda el titán Urano, era invencible- explicó.
Annabeth sonrió de medio lado- Ya derrotamos los griegos y romanos a Tártaro y a Gaia, creo que podremos contra él-
Y se pusieron a llevar a cabo el plan. Alex salió escopetada y gritando, moviendo los brazos con intensidad. En seguida Jeremy se levantó como un resorte y brilló como el Sol, haciendo que Urano se tapara algo la vista, momento en que el Waltz le tomó de una de las piernas – era tan alto como la estatua, que debía ser de unos tres metros – mientras Hazel, usando sus poderes mágicos, se había aproximado mucho al tesoro que estaba protegiendo.
Mientras Annabeth iba hacia su destino se fijo en ese detalle, y como su compañera estaba más cerca, decidió cambiar de rumbo de pronto, y fue a por la otra pierna del titán, que forcejeó con ellos para evitar que le derribaran, lanzando energía. Esta les dio de lleno en la espalda, quemando su piel y provocándoles un daño atroz, así como a todos aquellos a los que les dio con sus poderes, que eran la totalidad del grupo salvo Hazel, que al estar detrás, no la vio. Viendo que sus amigos lo pasaban mal, se dio prisa en subir por la estatua, y tomó el anillo, estirando el brazo.
-¡Lo tengo, lo tengo!- gritó, victoriosa, mientras todos los demás se retorcían y con su cuerpo humeando.
Urano se giró entonces, y sonrió de medio lado. Sin decir más, desapareció de allí, dejándoles solos. Ella tuvo que bajar y ayudar a los demás, tendrían que usar bastante ambrosía o hidromiel para curarles, dados los poderes del titán. Tendrían que detenerse unos minutos antes de poder decir nada. Pese a ser una batalla de apenas unos minutos esta había sido extenuante.
-Joder… que fuerte era…- murmuró Waltz, estaba sudando un poco. Annabeth asintió.
-Y ahora a Emérita, ¿no?- comentó Laura- Espero que tengáis buen viaje- añadió.
Hazel miró a la griega unos segundos, y después a los demás- Si quieres venir…- comentó, y ella sonrió.
-Puede… aunque tengo muchas labores- comentó, pero la otra le restó importancia.
-Lo has hecho bien, guiándonos… y con la tecnología actual puedes hablar con los demás- explicó.
Y se tomaron la mano en señal de asentimiento.
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(1) Por un error, se confundió la Lyon antigua (Lugdunum) con la París antigua (Lutecia), llamando a ambas de la misma manera. Subido este capítulo, se cambiarán los anteriores para mantener la coherencia. Disculpen las molestias.
(2) En el Derecho Romano no existía la figura del fiscal. En la época actual, su función más conocida es la de acusación en casos penales, pero también actúa en casos civiles. En ese caso, su función radica en la búsqueda de la verdad en el proceso, queriendo así hacer justicia.
(3) El dolo supone la voluntad de, en este caso, robar. Supondría, en general, actuar de mala fe.
La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
