Enemigo primordial
Capítulo 22
En la vieja ciudad de Roma, Frank Zhang actuaba como pretor en funciones junto con los oficiales romanos Bianca D'Allegro, centurión de la Décima Legión, Adriano Silva, también centurión de la Séptima, Cornelio Silva, de la Primera, y por último, Flaviana Rossi, de la Octava. Entre ellos cuatro se las arreglaban para mantener defendida la ciudad, mientras los políticos se tiraban los trastos a la cabeza en cada sesión del Senado local. Al parecer no paraban de discutir sobre cuestiones que, si bien podían ser importantes en ocasiones, al final devenían en tonterías. En una ocasión empezaron discutiendo sobre los Presupuestos, y acabaron hablando sobre si era buena idea poner dinero para cambiar una de las estatuas de Venus y restaurarla, que al parecer estaba algo abandonada y que ya no se usaba en los cultos para la diosa. Pretendían gastar n una sola estatua la mitad del dinero destinado para esos temas.
Y mientras decidían usar dinero público en cuestiones irrelevantes, tenían a los soldados de la ciudad sin apenas presupuesto para poder comer y armarse, lo que al final llevaba a deserciones o que la moral estuviera baja. Al final el trabajo de los oficiales era mantener los ánimos altos y tener a la tropa unida, cuando tendrían que ser los encargados de la defensa de la ciudad, de diseñar las estrategias, entrenamientos y métodos para defender por fuera y por dentro a los ciudadanos romanos. Y pese a sus muchas quejas no habían logrado convencerles de aumentar las dotaciones de defensa, incluso se habían manifestado frente al Senado para exigir más dinero, pero habían sido inútiles.
En definitiva, eran ellos los que más hacían por la ciudad, y esa madrugada no sería menos. Delante tenían un mapa al detalle de la zona, que se actualizaba mágicamente con las fuerzas tanto del ejército de monstruos, encabezado por la cíclope Alímedes; como por los soldados romanos, estando los oficiales destacados con sus rostros, incluido Frank. Los primeros estaban representados por estandartes negros, mientras que los legionarios contaban con el símbolo propio del ejército republicano, una águila dorada con las letras SPQR debajo de las mismas.
Si bien el ejercito enemigo era más numeroso, los romanos estaban mejor organizados, y tenían hechas barricadas a lo largo de la gran explanada delante de la ciudad, colocadas de tal manera que formaban varias líneas entrecortadas, y que al final creaban una suerte de segunda muralla, tras la que se parapetarían. Se organizaron en grupos de cien soldados, cada uno dirigido por uno de los oficiales, y con Frank al mando, siendo en total unos 500 legionarios más los arqueros, que eran otros 100. Los demás miembros de la misión para recuperar el Anillo – Leo, Carter, Hearth y Samuel – junto a Odd se dedicarían a buscar por la zona, lejos del combate.
No era una cuestión que les atañera a ellos de forma directa, y aunque habían insistido en ir, el orgullo romano era más fuerte, y hasta Odd defendió la postura de Frank de que fueran los legionarios los que defendieran la ciudad. Además, tenía preferencia recuperar el objeto sagrado, y aquella no era ni la primera ni la última vez que estarían solos, y cinco soldados no harían una gran diferencia. Lograron convencerle para que, en cuanto acabaran, pudieran ir a apoyar a sus compañeros en una batalla que tenía visas de ser realmente larga dados los números de ambos bandos.
En cuanto tomaron la decisión los cinco se movieron hacia la parte trasera de la ciudad, donde les dijeron que se encontraba un sitio susceptible de poder ser el lugar en el que se guardaba el Anillo de Urano. Al parecer se trataba de una pequeña isla en uno de los meandros del Tíber, con un pequeño bosquejo y un gran templo antiquísimo y rodeado de una magia antigua muy poderosa. Estaba a unos pocos kilómetros de la ciudad, tras los campos que se extendían al otro lado de la misma, y desde los que venían constantemente criaturas recién salidas del Tártaro. Según informes de exploradores, recorrían la rivera del Tíber hasta llegar a la entrada de Roma yendo por la orilla contraria, pues al parecer el lado que daba a esa parte era más estrecho y fácil de sortear. Estando ya en el frente, volvían a cruzar el río, y allí se concentraban como ejército.
De hecho es posible que aquella isla lugar fuera el centro de mando del ejército de Alímedes, así que si lograban su objetivo, podrían ayudar a los romanos luchando en la retaguardia enemiga, evitando el más que probable reemplazo de tropas. Pero primero tenían que llegar a aquella orilla, y luchar contra todo monstruo que se pusiera por delante, y sólo entonces, podrían ir con relativa seguridad hasta el templo. Corrieron agazapados hasta llegar al agua, protegidos por la maleza, y, antes de meterse en las aguas, guardaron sus pertenencias en el cinturón portaherramientas mágico de Leo, con el sonido de la batalla y los chillidos de los monstruos de fondo.
Poco a poco, se fueron metiendo en el Tíber y comenzaron a nadar hasta la otra orilla, a unos cincuenta metros de dónde estaban. Nada más entrar sintieron la magia del río analizando su cuerpo, como si buscara algún rastro de un monstruo peligros al que destruir. Hearths se asustó tanto que en cuanto metió el pie casi salió corriendo en dirección contraria, temiendo acabar allí sus días, pero Samuel le detuvo, tomándole de una muñeca, y apretando para darle confianza.
Aunque no pudiera entender lo que dijera con sus manos, y aunque el elfo no pudiera escucharle al no portar el audífono que le fabricó Leo, sí entendió lo que pretendía transmitirle, que era serenidad. Los otros tres esperaban, con el agua a la altura del pecho, algo nerviosos por lo que veían en el lado mortal de la rivera, que estaba bien iluminada por la luz lunar. Había centauros, gigantes, dracanaes – serpientes con busto femenino y ojos de reptil, con grandes garras – aves de Estinfalia, harpías, medusas, minotauros, e incluso había lestrigones y furias. Les superaban en número en 100 a 1, así que tenían todas las que perder, por poderosos que ellos fueran. Tendrían que ser inteligentes en aquella misión.
-Tendremos que dar un rodeo súper largo, atravesando la maleza, y rezar porque no nos huela ninguno de ellos…- murmuró Leo, mientras ayudaba a Hearths a entrar y llegar hasta donde estaban.
Se encontraban de rodillas, aún no cubría lo suficiente para que cubriera el cuerpo, así que tenían que estar así, más por seguridad que por gusto, pues si tenían una buena parte de su cuerpo bajo el agua sería más complicado que les pudieran ver, al tener menos superficie expuesta.
Samuel negó- Tardaríamos demasiado… necesitamos luchar contra ellos, no es una opción no hacerlo- dijo, tajante.
-¿Y con qué ejercito quieres luchar? Porque yo no lo veo- le reprochó Odd, que tampoco veía viable ir de frente.
El celta suspiró- Yo tampoco veo ninguno, pero si queremos evitar que Roma pueda acabar destruida, tenemos que impedir que este ejército se mueva a toda costa- explicó.
-Pensad que son demasiados, y aunque es un suicidio ir nosotros solos, tenemos que intentar algo-
Hearths comenzó a mover las manos rápidamente, para hablar- El elfo tiene razón, uno de nosotros tendría que ir a avisar a Frank de todo esto, seguro que le vendrá bien saberlo- comentó Carter, pensativo.
-¿Y quién va?- preguntó Leo, y Samuel alzó la mano.
-Iré yo. Mientras, intentad preparar trampas para todos estos monstruos. Leo, tú eras hijo de un dios arquitecto, ¿no?- y el chico asintió.
-Mi padre es el herrero de los dioses, así que… sí, se podría decir que sí, ha construido para ellos muchos artilugios- el celta sonrió.
-En ese caso, haced trampas y señaladlas en dirección a donde están los romanos, para que no caigan en ellas los soldados- dicho eso, salió del agua y comenzó a correr en dirección hacia Roma.
Los demás se reunieron, tenían que lograr hacer algo para poder llevar a los monstruos hacia su trampa, para lo cual tendrían que hacerles llegar a la explanada trasera de Roma, y estaba el problema de tener que hacerles cruzar el Tíber. Pensaron en medios para hacerlo, y Carter tuvo la idea más viable para hacerlo, que era hacer un puente de luz que llevara desde la isla del templo hasta el otro lado, donde podrían llevarles a una zona arbolada donde podrían colocar las trampas. Carter haría la magia para formar el puente, y serían los demás los que usaran una flecha cada uno para llevar la magia desde una orilla a la otra.
-¿En serio eso puede funcionar?- Odd no daba crédito a lo que oía.
Tenía en su mano un arco fabricado rápidamente por Leo, y unas flechas de energía, cortesía de Carter, y que parecía otro desde el instante en el que, al parecer, Horus le estaba en cierta medida poseyendo. No era exactamente así, de hecho era más bien una relación de igualdad y unión dentro de un mismo cuerpo, en el que ambos individuos tenían el mismo nivel de control, cosa sorprendente dado que una de las partes es un dios.
-Claro que lo hará, confía en mí- el chico entonces señaló hacia un lado de la isla.
-Dispararemos en esa dirección, es el lado más cercano a donde estamos, y desde allí mas monstruos podrán pasar a través del…- se quedó callado unos segundos.
-Sí… sí, ya lo sé… Ya, bueno, hay que reforzarlo, pero… sí, el elfo- miró entonces a Hearths.
Este llevaba de nuevo el audífono, y lo había escuchado todo, pese a estar de espaldas, por lo que se giró.
-¿Puedes usar tu magia rúnica para reforzar el puente que voy a crear?- este se lo pensó, y comenzó a mover las manos.
-Es verdad, ¿las magias de los dos mundos van a poder trabajar entre ellas? Es importante- comentó Leo, y Carter se hundió de hombros.
-Lo descubriremos ahora- comentó, y se prepararon para lanzar la magia para crear el puente de luz.
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Mientras, los romanos esperaban nerviosos tras las barricadas. Estas estaban excavadas en la tierra, con grandes estacas de madera bien afiladas y que se encontraban inclinadas lo suficiente para que casi cualquier cosa quedara atravesada en caso de caer sobre ellas. De esa manera se impedían cargas y obligaba al enemigo a tener que ir casi de uno en uno para atacar, haciendo que la superioridad numérica para poco sirviera, y permitiendo a los legionarios poder defenderse mejor y no sufrir tantas bajas. Mientras una parte de cada Legión esperaba allí, detrás de ellos se encontraban los arqueros, esperando pacientemente a la señal para disparar, agazapados para no ser vistos, de tal forma que la zona parecía no estar defendida en absoluto. Pero incluso con aquellas defensas extras aquella batalla iba a ser muy complicada.
Delante de ellos se agolpaba la caballería enemiga, formada por centauros con grandes lanzas de acero y con cuero protegiendo su cuerpo, cascos de hierro y grandes protecciones en patas y muslos, sus puntos más sensibles. Detrás, podían intuir a dracanaes, minotauros y gigantes, había harpías volando y dando vueltas por el cielo, y varias medusas con sus serpientes recogidas en coletas. También estaba por allí Alímedes dando órdenes a gritos, señalando en diferentes direcciones y dando indicaciones sobre qué hacer y no hacer, colocaciones, y estrategias.
Aunque estaba gritando no podían escucharla por estar demasiado lejos, pero no dejaba de moverse, alentando a los suyos, golpeando a los monstruos en el pecho para insuflarles valor, demostrando un gran liderazgo, al menos en apariencia. Con su magia creaba en torno a ellos una gran niebla, tan densa y húmeda que incluso desde allí le calaba los huesos a los semidioses, cuyos dientes empezaban a castañear por el miedo. Era el momento decisivo, dentro de poco iban a luchar, estuvieran preparados o no.
Cada Legión, formada por 50 soldados, estaba dividida de tal forma que 30 legionarios a pie estaban en grandes agujeros tras los postes, sólo sus cabezas salían a nivel de suelo. Detrás, unos veinte arqueros por grupo esperaban indicaciones, se encontraban arrodillados y procurando exponer la mínima superficie de su cuerpo a la vista enemiga. Los oficiales les habían colocado así para tener una sólida línea de defensa, para que pudieran atacar y volver rápido de ser necesario, sin dejar flancos libres por los que los monstruos pudieran pasar, dificultando su paso, aunque contaban con que en cualquier momento pudieran romper sus defensas y atravesarlas. Si tenía que pasar, preferían que fuera lo más tarde posible.
Una vez colocados los soldados, sus oficiales se colocaron junto a ellos, hablando casualmente con aquellos que tenían cerca, notándose así la cercanía entre ellos. Frank, siendo un desconocido en cierta medida, simplemente se estiró un poco, y se colocó junto con la Legión que le fue indicada, hablando con varios de los soldados, aunque no llegó a bajar a las zanjas, quedándose agachado junto a los arqueros.
-¡A mi señal, disparad flechas de fuego!- Frank alzó la voz para que todos los arqueros pudieran escucharle. Llevaba un arco y un carcaj bien cargado, con su gladius en la cintura, listo para la batalla.
La idea era simple, hacer que el enemigo se lanzara sin pensarlo, filtrar a cuanto más monstruos mejor en las barricadas, y enfrentar a los que lograran pasar entre todos y en buena formación, usando las protecciones mágicas a su favor. Gracias al Tíber esas tierras estaban defendidas por su misma magia, pues sus aguas llevaban regando aquellos campos desde hace siglos, cediéndole parte de su campo protector. Así, los ejércitos llegaban debilitados, pero igualmente se formaban auténticas carnicerías las noches de batalla. Frank esperaba que esa noche las cosas fueran algo mejor, y que los dioses, por una vez, les acompañaran, pero dadas las circunstancias no parecía ser así.
Usó unas antorchas con las que los soldados se iluminaban – colocadas en los laterales de las barricadas – y encendió la punta de una flecha, que se colocó en la boca. Los arqueros, apostados detrás de sus compañeros y protegidos por una línea de escudos, imitaron al pretor. Este, segundos después, cargó, esperó a que todos estuvieran listos, y, de un grito, se alzó y disparó. Una lluvia de fuego cayó sobre los monstruos enemigos, que chillaron y huyeron en bandada por las llamas; aquellos menos afortunados se desvanecían en polvo, mientras Alímedes gritaba para llamar al orden. Aprovecharon y lanzaron una segunda oleada, que si bien no fue tan efectiva como la anterior – pues los monstruos se habían separado bastante y había grandes huecos vacíos – sí logró el objetivo primario: hacer que se lanzaran contra ellos. En buena medida cargaron en dirección a los romanos, pero una parte importante también se fue hacia atrás, huyendo, teniendo que ir la cíclope detrás de ellos.
La carga la lideraron los centauros, que, lanza en mano, galoparon a toda velocidad contra ellos. Detrás venían varias dracanaes y los minotauros, todos con unas muy malas intenciones dados los chillidos y los mugidos que oían provenir de ellos. Frank tenía la mano derecha alzada, tenía el corazón latiendo a toda velocidad, por los nervios, sudando en frío, los demás arqueros seguían lanzando sus flechas de fuego, así seguirían hasta nueva orden, logrando derribar a varios monstruos durante la carga.
Para defenderse de esta no podía enviar demasiado pronto a los legionarios o serían presa fácil de los centauros, que les empalarían; ni tampoco debía mandarles demasiado tarde, cuando se hubieran reformado tras las barricadas y vuelto a juntarse, pues tampoco podrían defenderse bien ni de los propios centauros, ni de los que venían detrás. Sin embargo, contaban con el factor noche y con la gran iluminación general para que les impidiera ver bien y que así no pudieran esquivar las barricadas, para que se dieran de bruces con las mismas. Gracias a su formación sabía que había monstruos que se cegaban fácilmente por su excelente visión, más si cabe por las noches, por lo que usarían esa circunstancia a su favor.
Cuando vio que les quedaban apenas veinte metros, y por la velocidad que llevaban, ordenó que saltaran los legionarios de las zanjas, armas en mano, gritando. En cuanto salieron se colocaban en formación, al mismo tiempo que los monstruos se agolpaban en las barricadas, acabando unos cuantos destruidos. Avanzaron rápidamente junto a sus oficiales, y en menos de un minuto llegaron con los centauros, que se revolvieron como podían para poder luchar contra ellos, pero su gran tamaño dificultaba el movimiento, que era una gran desventaja en un espacio tan pequeño.
Al mismo tiempo, comenzaban a llegar minotauros y dracanaes junto a los gigantes, que, con sus grandes mazos, barrían con aliados y enemigos, mandándoles a volar contra los laterales o hacia el frente, y provocando grandes estragos. Los bóvidos, armados con grandes hachas, también eran peligrosos por su gran fuerza y fiereza, pues podían romper escudos y armaduras casi con sus propias manos. Por su parte, las mujeres serpientes atacaban directas al cuello, e intentaban usar sus cuerpos para estrangular a todo soldado que pudieran, pero esos efectos se minimizaban gracias a las formaciones romanas.
-¡Legionarios, en formación tortuga! ¡Vamos a acabar con estos malditos!- Frank, que permanecía unos metros detrás de primera línea para hacerse una idea de qué pasaba, corrió hacia el frente.
Colocó su arco en torno a su pecho, desenfundó su gladius, y el poder de Marte comenzó a correr por sus venas. Dio un gran salto hacia los centauros, aterrizando en la grupa de uno de ellos, le tomó de sus largas greñas, y le dio varios golpes en las costillas para que corriera. Comenzó entonces a galopar y cargar contra el ejército enemigo, usando a uno de sus propios soldados para ello, y con sus legiones detrás, formando y defendiéndose de las embestidas de los monstruos, usando lanzas y gladuis para atravesar a los rivales. Pese a ello no tardó en caer de la espalda del centauro, acabando en el suelo, teniendo que rodar para poder esquivar las patadas y coces del monstruo, que se sentía insultado por ello. Como no parecía dispuesto a dejar escapar a su presa le persiguió en pleno campo de batalla, con los demás luchando fieramente entre ellos, así que Frank se acabó transformando en un gran oso, agarrando las patas delanteras del centauro, y derribándole.
Mientras, los soldados luchaban contra las dracanaes, minotauros y gigantes. Las primeras usaban sus fuertes y afiladas garras para romper los escudos de los legionarios, mientras los segundos usaban grandes hachas de acero, con cotas de malla y protecciones en los hombros y piernas. La potencia de sus brazos era tal que tenían que ser detenidos por unos cuatro soldados, mientras un quinto era el que atravesaba su pecho con lanzas, mientras que varios soldados tenían que tomar a las dracanaes de su mitad serpiente para separarlas de aquellos pobres soldados que eran atrapadas por ellas. Pese a que en un principio todo parecía ir viento en popa para los legionarios, rápidamente los números de los monstruos, muy superiores a los de los romanos, cambiaron la balanza a su favor.
Cornelio Silva, a la izquierda, estaba luchando junto a diez de sus legionarios. Estaban asaltando a uno de los gigantes, que estaba rodeado por otros veinte soldados. Era la única manera para hacerlo, centrar grandes esfuerzos en derribar a uno sólo de ellos, que era capaz de acabar con muchos soldados de un solo golpe. Según avanzaba el combate se iba observando esa diferencia, y Frank comenzaba a pensar en retirarse tras las protecciones de las barricadas, cuando vio llegar corriendo, por el rabillo del ojo, a algo hacia él. Se giró rápidamente y se disponía a atacar, cuando comprobó que se trataba de Samuel, que llegaba empapado y oliendo a pez, cosa extraña, pero no se podía parar a eso.
-¿Ocurre algo?- preguntó, preocupado, mientras le veía. Parecía nervioso.
-Hemos encontrado, en vuestra retaguardia, a un ejército enorme de monstruos. Podrían llegar a hacer una pinza con los que tenéis por aquí- Frank gruñó entonces.
-Vamos a necesitar de un milagro para ganar…- murmuró, tenía que encontrar una solución.
-Hemos pensado en llevar a esos monstruos hacia trampas mágicas, usando un puente creado por Carter, creemos que es la única opción de que ganéis- Frank asintió.
-Hacedlo, es nuestra única opción-
Los legionarios empezaban a cansarse, y el ejército enemigo, si bien empezaba a sufrir muchas bajas, no tenía vistas de ir a ser derrotado pronto, debía haber algún tipo de reemplazo. La moral empezaba a bajar, y no iban a poder aguantar indefinidamente, tendrían que tomar medidas drásticas. Sin decir nada, Samuel desenvainó su espada, rebuscó entre sus ropas, y sacó una cantimplora, de la que bebió un largo trago, hasta acabar con su contenido.
-Vamos… allá…- su lengua se trababa y sus pasos eran algo torpes, pero su fuerza se había disparado, sus reflejos afilado, y su habilidad era mejor que nunca.
Se lanzó contra el enemigo como una fiera rabiosa, y detrás de él fue Frank, que no entendía muy bien qué acababa de pasar. El celta, veloz como una flecha, saltó contra un minotauro, le dio una potente patada en el cráneo, le derribó, y atravesó su espalda con su arma, placando a varias dracanaes una vez que aterrizó en el suelo, usando su cuerpo para llevarlas contra el suelo. El estupor entre los legionarios duró poco, pues rápidamente se unieron a Samuel para luchar, pues, al verle lanzarse él sólo contra el enemigo, decidieron seguirle. Frank se disponía a hacer lo mismo, cuando vio, al fondo de las tropas enemigas, a Alímedes. Y una idea suicida cruzó su mente, pero era la única opción que tenían para poder ganar a un ejército tan numeroso sin más bajas, que ya comenzaban a ser demasiadas para su gusto.
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Mientras, los demás ya habían creado el puente usando una combinación de magia egipcia y nórdica. Se trataba de una estructura de luz lunar, no demasiado brillante pero lo bastante sólida para resistir varias toneladas de peso fácilmente, y lo suficientemente amplio como para permitir el paso de un gran ejército a través del mismo, facilitando que los monstruos quisieran pasar por allí, ya que era una mejor opción que no ir en barco.
Tras colocar el puente, se dedicaron a trabajar en las trampas del bosque, procurando no ser vistos por el enemigo, que ya estaba al corriente del puente, e incluso alguno lo estaba cruzando para saber si era seguro. Estaban haciendo cepos de fuego usando las habilidades de Carter y Hearths para hacer que todos los enemigos posibles acabaran abrasados en las mismas, o acribillados con flechas de energía. O que como mínimo acabaran atrapados en grandes redes mágicas, y con las que ayudaba Leo, tejiendo todo lo rápido que podía.
Sin embargo apenas podían trabajar por miedo a ser atacados de improvisto, pues aunque Odd hacía de vigilante, no podía estar pendiente de todo momento de lo que pasaba.
-Ayudadme a extenderla entre estos matojos…- murmuró Carter, sostenía con cuidado la red recién tejida.
Junto a Leo la extendieron todo lo que pudieron, procurando no pisarla una vez colocada. Al mismo tiempo, Hearths iba de árbol en árbol haciendo pintadas con una tiza que le había prestado el griego, consistentes en runas mágicas que se activarían cuando un enemigo pasara frente a ellas, y le lanzaría un golpe mágico para debilitarle, creando así un campo de minas mágicas a lo largo del camino.
-Vamos demasiado lentos, tenemos que mover el culo a la de ya- Leo tenía razón, si querían lograr algo efectivo tendrían que ser más veloces.
Carter suspiró, necesitaban ayuda- Necesitaríamos que algunos romanos vinieran a…- Odd entonces llamó la atención de todos chasqueando los dedos.
Estos se le acercaron, nerviosos, y miraron en la dirección en la que él señaló. Las tropas enemigas comenzaban a moverse en dirección a donde ellos estaban, y deprisa. Si no se movían ya, se encontrarían delante con todo un ejército yendo a por ellos, así que o huían o se enfrentaban con ellos, en cuyo caso irían a una muerte casi segura. Sin mediar palabras, Carter se levantó entonces de donde estaba, y anduvo lentamente hacia los monstruos, con paso firme y lento, como si no tuviera miedo de ellos.
-¡¿Pero a dónde va?!- gruñó Leo, sin entenderle. Hearths le habló entonces en lengua de signos, y el otro suspiró.
-Pero aun teniendo a Horus, es una locura- Odd tuvo que asentir, así que se levantó también y fue con el otro.
Los otros dos suspiraron y tuvieron que seguir a sus compañeros, ya que ellos parecían tener la intención de ir directos a pelear contra el enemigo, pese a tener todas las de perder.
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Frank pegó un gran salto, sus brazos se transformaron en alas, sus piernas se acortaron y en sus pies aparecieron grandes garras, en su rostro un pico amarillo, y su cuerpo se vio recubierto de plumas marrones, pasando a ser en pocos segundos una imponente águila. Esquivó las flechas que volaban por el aire desde el lado romano, y se dirigió directo contra Alímedes, yendo con las garras por delante y a por la cara de la cíclope. Esta le vio llegar con sorpresa, y se intentó proteger el rostro con una mano, mientras dejaba de dar órdenes a voces.
-¡Maldito pajarraco, sal de aquí!- intentó golpearle pero sin éxito, pues Frank era más veloz, y, aleteando, subió hasta su cabeza, donde comenzó a picarle el cráneo.
Alímedes gritó, furiosa, e intentó agarrarle, casi lográndolo. Sabiendo que con eso apenas le haría daño, el chico se quiso transformar en algo más grande para poder hacerle daños más serios, pero ella fue más veloz, y pasó a ser niebla, haciendo que Frank tuviera que planear hasta el suelo para no acabar cayendo de golpe.
-Tienes valor, hijo de Marte…- él recuperó su aspecto humano, pero no por voluntad propia.
Ante él estaba la cíclope, sus manos estaban rodeadas de energía, y sus ojos brillaban un poco en color dorado.
-¡Enfréntate a mí, uno contra uno! ¡El que gane aquí, ganó la batalla!- y la mujer se empezó a reír entonces.
-¿Te das cuenta de quién soy, muchacho?- le preguntó, y el otro sólo se colocó en posición de combate, con su gladius al frente, y con su otro brazo colocado de tal forma que protegía su lateral.
La cíclope entonces también se preparó, y la batalla en torno a ellos se detuvo por los poderes de ella, que hizo que todos tuvieran que parar, obligándoles a mirarles.
-Vuestro pretor ha decidido jugársela, al parecer- comenzó.
-Ha decidido enfrentarse a mí, y quien gane, habrá ganado esta guerra- y los romanos vieron con sorpresa a su líder, que se había girado un poco
-Confiad en mí. Samuel, haz lo que ya sabes- tras lo cual encaró de nuevo a la cíclope.
Este asintió, y se acercó a Flaviana, que le reconoció enseguida como uno de los acompañantes del pretor, e indicó a los demás oficiales que fueran con ellos dos, pues debía tener algo importante que decir.
-Tenemos que ir… a retag-guardia, hay u-un ejerc-cito enorme- señaló entonces al otro lado de la ciudad.
-¿Vas borracho?- le preguntó Cornelio, y el aludido asintió.
-Sí- dijo simplemente, y entonces comenzó a andar en esa dirección.
-¿Y por qué deberíamos seguirte, si estás en ese estado en combate?- Samuel entonces se giró.
-Uso mi p-poder así, ¿vale? Haced l-lo que qu-queráis- y comenzó a correr a toda velocidad en dirección a donde estaban los demás.
Los cuatro centuriones tendrían que decidirse rápido, así que decidieron tomar a unos doscientos soldados, todos de la parte trasera de sus filas, y dos de ellos – Bianca y Cornelio – fueron con él, mientras los demás se quedaban por allí, a la espera de lo que pasaba en la batalla entre Frank y Alímedes.
Esta era feroz, con el semidios transformándose en grandes animales y cargando contra la cíclope, que le tomaba con sus fuertes brazos y le levantaba, momento en el que él volvía a forma humana, y, espada en mano, intentaba atravesar sus ojos y dejarla ciega, pero ella le daba un manotazo, o desaparecía en el aire, obligándole a tener que aterrizar dando una voltereta para no hacerse daño en la caída. En cuanto se levantaba, podía ver a la mujer ir a por él, con una esfera de energía, que se la lanzaba y le impactaba de lleno en el pecho, haciéndole caer. En ese momento el muchacho se quedaba adolorido, pero le quedaban bastantes fuerzas para poder girar sobre su espalda y esquivar a Alímedes, que saltaba sobre él, con las manos formando un martillo, y con la intención de machacarle. Pese a la diferencia d poder él parecía seguirle el ritmo gracias a la bendición de Marte, con la que podía luchar especialmente bien, y de la que se valía en momentos como ese, en los que necesitaba valor y determinación. No estaba dispuesto a permitir que más soldados valientes murieran ese día, por lo que pondría él mismo fin a esa matanza, estando dispuesto a dar su vida de ser necesario – aunque si no era imprescindible, mejor – para salvar a esos soldados, que tanto le recordaban a él hacía un año y pico.
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Samuel corría como el viento por los prados, sin cansarse cual caballo salvaje, oyendo detrás suya los pasos bien coordinados de los soldados de Roma, y que sin duda irían a ayudarles en la retaguardia, tal y como Frank había pedido, sucintamente, antes de ponerse a luchar contra la cíclope, en una gran demostración de valor. Por ello tendrían que darse prisa en ir hasta el templo y sacar de allí al Anillo de Urano, eso sería lo único que les permitiría poder salir de allí más o menos indemnes. No tardó demasiado en llegar hasta la entrada del bosque, donde podía escuchar mucho movimiento. Tenía la respiración entrecortada y su corazón latiendo a todo lo que daba, pero al estar en ese momento como berserker, su oído le permitía escuchar el tumulto que en su interior se desarrollaba.
-¿Es aquí?- al rato escuchó detrás suya a Bianca, que estaba sudando, así como Cornelio.
-Sí…- en ese rato, el efecto del alcohol se estaba reduciendo, así como sus poderes, pero ya había localizado el lugar del hipotético combate dentro de ese bosquejo.
-Aquí nuestro número no servirá de mucho, pero tampoco el de los monstruos, es un lugar perfecto para una emboscada- comentó la chica, y los otros dos asintieron.
-Os llevaré a donde están las trampas, seguro que allí podremos acabar con unos cuantos de esos malnacidos- y se internaron en el bosque.
Por su parte, efectivamente, Leo, Carter, Odd y Hearths estaban subidos a los árboles, en torno a la zona de trampas, y veían como los monstruos se movían por el bosque penosamente, por su número y tamaño muchas veces les costaba pasar por zonas especialmente difíciles, como en las cercanías de árboles especialmente grandes, a causa de las gordas y densas raíces. Centauros y minotauros iban por delante, con las dracanaes detrás, mientras las harpías iban por encima de nlos árboles, siendo los últimos los gigantes, que aún no habían entrado a la zona arbolada. No recorrieron más de veinte metros, cuando las trampas comenzaron a saltar, haciendo que grupos enteros o acabaran en redes, o acribillados por las flechas de energía, así como colgados bocabajo de unas grandes cuerdas.
Los chillidos de rabia de las bestias no tardaron en oírse, así que los cuatro saltaron y comenzaron a rematar a todo monstruo que pillaran, valiéndose de lo denso del bosque para ocultarse y protegerse de los demás, que asistían, atónitos, a aquella situación. Tenían que aprovechar esa situación lo máximo posible, por eso, Leo usaba su espada corta para saltar a los cuellos de las dracanae, mientras Carter, usando los poderes de Horus, usaba su khopesh para luchar contra los minotauros, que aunque se defendían hábilmente, no tenían demasiado que hacer contra un mago en sintonía con su dios, que cacareaba contento en la mente del muchacho, celebrando cada enemigo abatido.
Sin embargo, pronto se vieron rodeados. No de enemigos, sino de aliados, pues aparecieron junto a ellos los legionarios romanos, así como Samuel, que habían llegado apenas veinte minutos después de haberse ido, tiempo en el cual los compañeros de este habían terminado las trampas y habían intentado hacer que los monstruos tardaran más de lo normal en entrar, creando barreras mágicas para retrasarles y ganar tiempo. Ahora que tenían un ejército con ellos podrían luchar mucho mejor.
-¡Id a por el anillo, nosotros defendemos esta posición!- gritó Bianca, mientras Cornelio alentaba a los soldados.
Los aludidos asintieron y salieron corriendo, esquivando a los monstruos que intentaban detenerlos, que tenían que luchar contra un grupo de soldados romanos. Un minuto después salieron del bosque, y corrieron en dirección al puente para llegar hasta la isla. Una vez pisaron el mismo, levantaron detrás de ellos barreras mágicas tanto Hearths como Carter, y corrieron hasta cruzarlo, llegando así a su destino. Se encontraron con una isla totalmente vacía – todas las tropas estaban o en combate en el bosque o viendo como luchaban Frank y Alímedes. Se sorprendieron de saber que su compañero se atreviera a luchar contra un enemigo así de poderoso. En todo caso tendrían que darse prisa para dar con el Anillo cuanto antes.
Delante de ellos se alzaba el templo de Urano. Este era de mármol y con el mismo bien pintado en suelo y paredes con los símbolos griegos de los dioses del Olimpo, mostrando la batalla de los titanos contra Urano, representado como una criatura terrible que había que derrotar cuanto antes, así como otras muchas historias de los titanes, como la toma del monte Etna, la división del mundo, o el nacimiento de los primeros olímpicos. Pero no se detuvieron demasiado allí, si no se equivocaba tenía que haber una puerta al Tártaro y podría ser peligroso permanecer allí más tiempo de lo estrictamente necesario. Y sin embargo, no escuchaban nada de fondo que no fuera el silencio más absoluto, por lo que no parecía haber nada extraño. En todo caso, recorrieron el interior del edificio, bien iluminado, y fueron directos hacia una puerta dorada en el fondo del mismo, seguro que detrás había algo importante.
Abrieron el portón, y entonces ante ellos apareció una gran sala, casi sin decoración, y con una estatua de un individuo que parecía andar y que tenía la palma de la mano extendida, con el pelo al viento. En su pedestal parecía haber una pequeña puerta, que seguro debía ser la que unía ese lugar al Hades. Gruñeron, parecía cerca de abrirse, hasta que unos cuantos truenos retumbaron por allí, la estatua brilló en color dorado, y sus ojos se iluminaron de ese mismo color, momento en el cual una energía emanó de la misma, cayendo frente a ellos, y exhalando un poder brutal.
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Por su parte, el combate entre Frank y Alímedes se tornaba cada vez más espectacular. El chico saltaba por encima de ella cuando cargaba contra él, cayendo al suelo, y se lanzaba con su gladius preparada. Ella le evitaba desapareciendo en el aire, volviendo a aparecer detrás suya, y agarrándole por la espalda para que no se pudiera mover, atrapándole. En ese momento él se revolvía y se transformaba en un gran oso, haciendo que ella tuviera que soltarle por el aumento de tamaño del chico. Y sin embargo, y aunque parecían parejos, en realidad él lo estaba pasando mal para seguirle el ritmo. Los poderes de la cíclope eran muy superiores a los suyos, que casi estaba jugando con él.
-Te está costando, semidios- se burló ella, mientras le veía sudando y con la respiración entrecortada.
-A ti también, cíclope- le señaló entonces el brazo, y ella se lo miró. Las telas se habían cortado un poco, pero le restó importancia.
-Vas a perder, tus amigos van a morir ante Urano, y Roma arderá hoy mismo- afirmó ella, divertida, y en su mano creó una espada de energía.
Tuvo que taparse el rostro entonces, y notaron como el Sol comenzaba a salir por el Este, inundando con su luz toda la zona. Los monstruos se removieron en su sitio, algo nerviosos, mientras la cíclope simplemente giraba el rostro y encaraba a su rival.
-¿Seguimos, romano?- y este, como respuesta, se lanzó a por ella.
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Por su parte, los demás ya estaban luchando contra la criatura de pura energía, en una gran batalla campal. Estaba Carter el primero, luchando con los puños contra él, mientras Hearths iba directo a las puertas, junto a Leo, para intentar cerrarlas a como diera lugar, pues sus goznes estaban chirriando y las maderas que formaban la misma temblaban con fuerza. En cambio, Odd se había quedado en un rincón, no sabiendo muy bien qué hacer, hasta que vio como el egipcio salía volando por un puñetazo del titán. Por mucho que tuviera un dios de su lado, aquella entidad, que indiscutiblemente era Urano, era más fuerte.
-¡Ve a por el anillo, rápido!- gritó Carter, estaba adolorido y golpeado contra la pared, había provocado un pequeño agujero en la misma.
El aludido asintió, pero delante de él apareció Urano, con los brazos en cruz, impidiéndole pasar. Entonces Odd dio una voltereta entre sus piernas, esquivándolo, cosa que sorprendió al ser, pero no pudo seguirle por recibir un impacto por parte de Carter, que estaba envuelto por el avatar de Horus, dándole la misma altura que el titán, unos tres metros de altura. Aprovechándolo, el rubio se dirigió directo hacia la estatua, pasando cerca de los otros dos, con Samuel apretando las puertas como podía usando su espalda y tirando con las piernas, mientras Hearths escribía en la madera a toda prisa. No se detuvo pese a verles en una mala situación, así que se limitó a escalar rápidamente por la estatua, mientras el mismo titán, que luchaba contra Carter, desaparecía de entre los brazos de este y volvía a materializarse delante del romano.
-No te lo vas a llevar- su voz cavernosa retumbó en todo el templo, pero el chico fue más veloz, y en su mano ya tenía el objeto mágico.
El titán entonces se rodeó de su energía y desapareció de nuevo delante de él, formando un remolino a su alrededor, y que de disolvió en el aire, al mismo tiempo que una profunda risa se escuchaba por todas partes, seguida de lo que debían ser las últimas palabras del titán.
-Será mejor que corráis, vienen enemigos a visitaros- y en ese instante, las puertas del Tártaro, pese a todas las protecciones, dejaron pasar a varios minotauros.
Los héroes, cansados de la batalla, sólo atinaron a correr, mientras Carter permanecía atrás, y, aún envuelto por el poder de Horus, les echaba atrás unos cuantos metros, derribándoles. Hecho eso corrió con los demás, cerrando la puerta de oro una vez que todos pasaron, permitiéndose, sólo entonces, un descanso, cayendo al suelo, con la respiración entrecortada. Y se comenzaron a reír, sudando pero satisfechos, contemplando su recién adquirido tesoro, un anillo dorado muy hermoso y que tenía dibujados hermosos relieves en el mismo.
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Al mismo tiempo que ellos luchaban contra Urano, Frank empezaba a estar contra las cuerdas en su lucha contra Alímedes, mucho más poderosa que él, más fuerte, y, en general, mejor que él. Le estaba pasando por encima, su cuerpo se empezaba a llenar de moratones, magulladuras, y varios cortes por las afiladas uñas de ella, aunque los monstruos que les rodeaban también le propinaron algún que otro golpe o arañazo, cortesía de las dracanaes o los minotauros, que se reían con ganas cuando él acababa golpeados contra ellos.
El Sol además comenzaba a brillar con fuerza, calentando la tierra y el aire, dándole calor y haciendo que Frank comenzara a sudar más aún, por lo que tendría que darse prisa. Comenzaba a arrepentirse de su decisión, pero no podía echarse atrás, no ahora al menos. Decidido a ganar, se transformó en un gran elefante, y comenzó a cargar contra Alímedes cuando ella giró el rostro de pronto, en dirección a donde estaba el templo. Desapareció en el aire, por lo que el chico tuvo que detenerse para no aplastar a los monstruos que tenía delante. Se giró, y vio a la cíclope aparecer en frente de él, mientras andaba lentamente.
-Al parecer nuestros ejércitos están luchando, pero lo hacen a un par de kilómetros… no, ya no luchan, pero lucharon… oh, entiendo- sonrió de medio lado entonces.
-Enhorabuena, Frank Zhang, Paetror Romae. Has ganado. Habéis recuperado uno de los anillos de Urano… - el chico volvió a su forma humana, agotado.
La cíclope se dio cuenta pero no dijo nada- Es evidente que te he ganado, creo poder pedir mi premio, ¿no?- pero el otro negó.
-Aún no me has ganado, cíclope- hablaba más por orgullo que por pensarlo de verdad, en realidad se sabía derrotado, pero no podía ceder ante su legión.
-Ya, bueno…- la mujer entonces se dispuso a rematarle, cuando se oyeron varios truenos retumbar.
Ella alzó el rostro al cielo, y gruñó- ¡Fue él el que lo propuso!- gritó.
Pero el cielo volvió a retumbar, si cabe en esa ocasión con más violencia, tras lo cual ella bajó el rostro, molesta.
-¡Tienes suerte, semidios, de que Urano se haya ablandado!- lanzó una mirada furibunda a sus monstruos, y estos huyeron despavoridos, tras lo cual, tomó a Frank del pecho.
-Nos volveremos a ver… me caes bien, ¿sabes?- su rostro se relajó entonces, y él no supo decir muy bien nada coherente.
-Esta pelea aún no ha terminado… Querrás la revancha, y te la daré, pero quiero que entrenes, porque esto ha sido un pelín aburrido- le dejó caer al suelo, tras lo que se disolvió en el aire.
Frank aterrizó sin intentar siquiera caer bien, y según tocaba el suelo todos se acercaron al chico para felicitarle y comprobar si estaba bien, y aunque se encontraba más o menos bien, se encontraba exhausto, así que, una vez que todos le felicitaron, le pidió a Adriano que fuera a buscar a los demás, y pidió algún sitio para descansar un poco, tras lo cual perdió el conocimiento, estaba demasiado agotado para poder seguir despierto. Mientras volvían y no volvían, los legionarios llevaron al pretor hasta la casa de Flaviana, que ofreció su apartamento para que pudieran descansar allí. Era lo menos que podrían hacer por él, dado que se había arriesgado tanto por una ciudad que le era totalmente desconocida. Entraron rápidamente en la ciudad, atravesando una puerta lateral de madera por la cual sólo ellos podían pasar, tras la cual llegaron a una de las calles de la ciudad.
Estas eran empedradas, con grandes casas de madera y cristaleras, tejados bien protegidos con tejas rojas hechas de cerámica bien decoradas, flores en los alfeizares, y, en las plantas bajas, todo tipo de tiendas: bares, restaurantes, tiendas de ropa, armerías… Pero poco pudieron observar ya que llegaron muy deprisa a la casa de ella, que, por ser una oficial, tenía que estar cerca de la salida para ir rápidamente al campamento y, de ser necesario, luchar. Su casa estaba encima de una tienda de productos mágicos, en un apartamento en el primer piso, al que entraron rápidamente. Era pequeño, con un salón, baño, un par de cuartos y cocina, con suelo de madera, unas alfombras, paredes de piedra y con poca decoración, formado apenas por unas plantas, unas pocas fotos de la chica junto a sus compañeros en diferentes acampadas, y por las cortinas de las ventanas.
-Dejadle en esa cama, voy a buscar algo para taparle- ella abrió la puerta y permitió que los tres legionarios que cargaban con el pretor pudieran entrar, y les guio por la casa hasta uno de los cuartos.
Le acostaron en una cama algo pequeña, y le posaron con cuidado la cabeza. No parecía tener fiebre ni tener nada roto pero igualmente fueron con precaución, únicamente por cuidado. No tardó Flavianna en volver con una manta, y tapó al chico con una manta, para que no se enfriara demasiado. Pese a ser verano, podía destemplarse y enfermar.
-Bajad dos de vosotros a la entrada, los demás volverán eventualmente y querrán estar con su compañero. Tú, llama al galeno, a ver qué nos dice- los legionarios se cuadraron, y obedecieron.
Les dejaron a solas, la chica tomó una silla, y se colocó al lado de Frank para poder de alguna manera velar su sueño. No tardaron mucho tiempo en llegar primero el galeno y luego los compañeros del pretor. El primero determinó que lo único que le pasaba era un agotamiento absoluto, y lo único que estaba haciendo su cuerpo era pedir un pequeño descanso. Era un hombre viejo, calvo con algo de barba, al parecer era un legado de Apolo pero que no usaba poderes de ningún tipo, únicamente aparataje médico.
-¿Y para cuando despertaría?- Carter, que acababa de llegar con los demás apenas veinte minutos después, escuchaba al galeno darles indicaciones para cuidar de él.
-Para esta tarde-noche debería estar ya en pie, pero igualmente no debería hacer grandes esfuerzos hasta, como mínimo, mañana. Vigiladle, y si lo veis necesario me avisáis de nuevo- ellos suspiraron y Flavianna le acompañó hasta la salida.
Para ese momento ya era cerca de mediodía. No tenían nada mejor que hacer, y se disponían a ir a comprar algo para preparar la comida cuando recibieron una llamada de Iris.
-¡¿Hola?!- estaba justo delante del egipcio la imagen de varios de sus compañeros. Estaban Hazel, Blizten, Mallory y Percy, pero desconocía si ellos le podían ver a él.
Había tal barullo que apenas podía entender nada -¡Calma, chicos, calma!- la voz de Percy se impuso sobre las demás.
-¡Cambio de planes, en cuanto acabéis os venís todos a Emérita, hay que bajar varios al Inframundo a por Bianca Di Angello! ¿Oído? ¡Ordenes de arriba!- y de pronto se volvió a organizar toda una discusión en la que no entendían nada.
La llamada se colgó de pronto, pero era evidente que seguían hablando, aunque ellos no podrían saber de qué estaban hablando.
-No sabía que pudiera hacerse eso…- comentó la oficial, con sorpresa.
-Y de normal no se podría, supongo- comentó Leo.
-Tendremos que ir a partir de mañana, ¿no?- preguntó Odd entonces, y los demás le miraron con curiosidad.
-¿Te vas con ellos, Dela Robbia?- preguntó Flavianna, y este asintió.
-Es posible, sí… bueno, tendría que pedir permiso en casa, pero ya me las apañaré para ello-
-Me sorprendería que te dejaran, pero no estaría mal contar con alguien más- comentó Samuel, sonriendo de medio lado,
Se encontraban repartidos por la casa, sobre todo en uno de los sofás del salón.
-En ese caso, aprovecha y ve con ellos ahora, aunque me hubiera gustado contar contigo para mis legiones- dijo la centurión, se encontraba recostada en un sofá, descansando.
El aludido asintió y salió de allí. Los demás decidieron que, mientras unos iban a hacer la compra, los demás se arreglarían un poco con duchas y descansando un poco, apenas habían dormido esa noche y estaban faltos de energía y necesitarían descansar antes de poder continuar. Ahora que tenían esa jornada para poder restablecerse, aprovecharían y harían acopio de fuerzas para poder continuar adelante. Nunca se sabía cuando podrían tener otra parada en el camino.
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La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
