Enemigo primordial
Capítulo 23
El grupo de Atenas siguió por la nave a la nereida, de nombre Daria: una mujer joven, de pelo negro y largo, ojos plata y pecas cubriendo el puente de la nariz; les llevaba a un buen ritmo de zancada gracias a ser de casi metro ochenta, además de poder moverse con agilidad pese a la ropa de trabajo, que cómoda no tenía pinta de sr. Tenía camisa blanca de manga corta con una pechera naranja con tirantes, pantalones amplios del mismo color y guantes grises. La lonja en la que trabajaba era enorme, con grandes cámaras frigoríficas al fondo, habiendo en la zona media grandes mostradores hasta arriba de hielo en las que descansaban los peces que traían cada madrugada del mar. Se veía a la legua que eran frescos pues aún coleaban algunos de ellos, así que debía ser desde hace poco que los tenían allí, lo que explicaría que hubiera tantísimos gatos a la entrada. Seguramente el género que no vendían en el día se los tiraban a los animales para que pudieran comer, práctica que repetirían en muchos establecimientos y que mantenía bien alimentados a los felinos, que no tenían pinta de pasar demasiada hambre.
Una suave música pop se escuchaba de fondo y la temperatura del interior era baja, perfecta para tener bien conservada la pesca de ese día. Era lo suficiente para poder generar vaho con el aliento, aunque gracias a ir andando deprisa no pasarían frío. Se fijaron en que en un lateral había unas gradas y una gran pantalla, Amos imaginó que se trataba de un televisor para poder hacer las ventas de pescado y las pujas por los lotes. Debajo de la tele se encontraba una gran plataforma de madera con una barandilla de acero y que tenía forma circular, como si fuera un ring. De hecho parecía más aquello que no una elevación que permitiera a alguien poder hablar desde la palestra. No pasó mucho tiempo hasta que Daria habló por primera vez desde que entraron.
-Os llevaré con nuestra reina, Anfitrite, ella sabrá qué hacer con vosotros- comentó.
-¿La esposa de Poseidón? ¿Esa Anfitrite?- preguntó Marin, algo nerviosa.
La otra se detuvo y giró su rostro unos instantes- ¿Quién si no?- y siguió andando.
Ellos se miraron algo nerviosos. Según pasaban delante de las demás nereidas, estas les miraban con entre curiosidad y algo de malicia, como si no les quisieran allí por alguna razón, pero no se atrevían a hacer o decir nada en su contra. Cargaban con grandes cajas de hielo y pescado, los colocaban en grandes cajas frigoríficas hasta llenarlas y las acercaban a los puestos de venta, para guardarlos allí e ir recargando los cajones según se vaciaran. Y durante ese proceso cuchicheaban entre ellas, y acabaron siguiendo la comitiva a lo largo de la nave hasta llegar a su fondo, donde la reina estaba trabajando junto a unas cuantas nereidas más, arreglando las redes de pesca que usaban. Estaban colocadas de tal forma que estaban en semicírculo, con la reina en uno de los laterales.
-Mi señora- la nereida se inclinó ante Anfitrite.
Ella estaba sentada sobre una canasta. Tenía el pelo negro recogido en una coleta, su piel era morena y sus ojos eran negros como el azabache, y como todas sus hermanas tenía una belleza sobrenatural, pero la suya era superior. Seguramente por ello el rey griego de los mares se había fijado en ella, pero cayeron entonces en qué estaba haciendo allí, cuando en teoría su palacio estaba en lo profundo del Atlántico. Por respeto no preguntarían nada, pero ella se adelantó.
-Habéis tardado bastante, pensaba que llegaríais antes. ¿Los dioses no os estaban metiendo prisas?- preguntó, levantándose.
Amos se adelantó un poco y tomó la palabra.
-Hemos viajado desde Estados Unidos, mi señora. Hace solo unos días que sabemos cuál es esta primera misión- ella bajó unos segundos la mirada, pensativa.
-Haces bien en dar por hecho que esto no va a terminar cuando tengáis los Anillos de Urano, es solo el primer paso- dejó caer la red entonces.
Observó a Mallory, Marin, Samuel y Patrick, mientras daba una media vuelta en torno a ellos.
-¿Tan pocos?- preguntó, y Amos negó.
-Solo somos una parte del grupo. Los demás están en otras ciudades- explicó, y ella asintió.
-Entiendo… ¿Jackson está entre vosotros, verdad?- preguntó, y ellos confirmaron con un movimiento de la cabeza.
-Ya veo… seguidme. Tenemos que hablar. Y las demás, a trabajar- ordenó, y ellas obedecieron tras formarse, mientras el grupo pasaba a ser guiados por la reina.
Ella tiró los guantes y depositó los enseres de costura en la caja que usaba a modo de silla y que tomó una de sus compañeras para continuar con el proceso, tras lo que se puso a andar hacia el otro extremo de la nave. Los demás fueron tras ella hasta el exterior, de cara al mar Mediterráneo. El viento salado les dio en el rostro de lleno, el salitre inundó sus pulmones, y el pelo de ellos se enrosco por las corrientes de aire, salvo el de Anfitrite, que suspiró ante la vista de su reino. Cerró la puerta tras de sí cuando todos pasaron, y se apoyó en la pared blanca. Alrededor de ellos había un montón de aperos de pesca, desde redes, sedales, cañas, arpones… pero la reina no les hizo demasiado caso. Simplemente les pidió que se colocaran de frente a ella.
-¿Ya habéis tomado alguno de los Anillos?- preguntó, y ellos no supieron muy bien qué decir.
-No, bueno, no lo sabemos. Tras separarnos no hemos hablado en más de un día, así que…- explicó Mallory.
Anfitrite asintió, pensativa- Bien, porque es importante que sepáis que Urano no quiere que sus anillos caigan en malas manos. Bastante con que haya cedido a entregarlos-
El grupo la miró con sorpresa, pero ella pidió con un gesto que la dejaran hablar.
-Quiere probar vuestra valía, sus Anillos no son poca cosa y… digamos que ya cometió el error de fiarse demasiado. Normalmente esto lo haría un cíclope, pero no pienso dejar que uno de esos malnacidos pisen suelo heleno, y menos el de la capital. Seré yo misma la que os ponga a prueba-
Amos entonces habló- ¿Y cuál será esa prueba?- Anfitrite sonrió de medio lado.
-¿Conocéis los Juegos Olímpicos? Los antiguos, los de verdad. No esa tontería que se hace ahora- al ver que negaban la ninfa suspiró.
-En ellos, una de las pruebas era la lucha. Haremos algo así. Está todo preparado, venid conmigo- como no podían hacer otra cosa, obedecieron.
Volvieron a entrar en la nave. Las ninfas se habían movido de los puestos hasta el pequeño coliseo que tenían, y ya estaban colocadas para ver el espectáculo. Sólo los puestos del centro de la línea baja estaba libre, y que se reservaban para su reina y los invitados, que se movieron en esa dirección tras entrar. La música de fondo había pasado de pop a rock para animar el ambiente, que iba a más con los cuchicheos – que pasaron a gritos – de las ninfas, caldeando los ánimos grupales cada vez más. Sin embargo no fueron hacia allí de forma directa, sino que les llevó en primer lugar a un lateral, donde esperaban tres ninfas. Una de ellas era algo más alta que las otras dos, tenía el pelo negro y profundos ojos azules, era delgada pero tenía el cuerpo fuerte al contrario que sus compañeras, que eran algo más bajitas y sin tanta fuerza física, al menos en apariencia.
-Esta es Pelopé, la ninfa contra la que… tú lucharas- la reina entonces señaló a Patrick, que tragó saliva.
Los demás se iban a quejar pero Anfitrite no parecía dispuesta a discutir sobre aquel asunto, por lo que tuvieron que irse junto a ella a la posición que ocuparían en las gradas, no sin antes darle ánimos al chico, que se había quedado en blanco y apenas escuchó los últimos consejos de Mallory y Aurora, mientras Samuel le alzaba el pulgar para insuflarle ánimos. Mientras ellos se iban, Patrick, terriblemente asustado, era ayudado por una de las ninfas a colocarse las protecciones. Con torpeza se colocaba las mismas para que no le hicieran daño, pero eran rápidamente recolocadas en su sitio por la ninfa, que le miraba con cierta diversión. Había que reconocer que era guapa, ojos verdes y pelo castaño claro, con largos dedos y nariz aguileña, seguía oliendo a pescado fresco pero no era un olor desagradable para él.
-¿Tu primer combate?- le preguntó ella, le estaba colocando por tercera vez las protecciones del pecho. Él sólo asintió.
-No te pongas nervioso, y recuerda: el lado que pincha lejos de tu cuerpo- Patrick suspiró, entendía a qué venía la broma, pero… de poco ayudaba.
Apenas sabía usar la espada y el escudo al mismo tiempo, ni mucho menos coordinar sus brazos para poder hacerlo con una mínima eficacia. Las clases con Mallory durante el viaje habían ayudado pero no tenían pinta de ir a ser suficientes.
-Tranquilo, no creo que te llegue a pasar nada… espero. Eres un semidios, ¿no? Tus poderes te ayudaran- aseguró.
Mientras hablaban, Pelopé escuchaba todo con interés. En realidad ella no era una ninfa, de hecho era la cíclope Brontes. Se había internado ese día entre aquellas entidades, con el permiso de Anfitrite, para comprobar la valía de todos ellos y en especial, las habilidades con la espada del nuevo. Por eso la reina había elegido de forma concreta a Patrick, que nada tenía de ser casual. Sonrió pensando en lo bien que se lo iba a pasar con el adolescente, estaba algo oxidada pero no creía tener problemas ni aunque todas las ninfas a la vez se le echaran encima. En ello pensaba cuando fueron llevados, minutos después, hacia la zona de combate. Allí ya esperaba la juez que anunciaba los nombres de los luchadores como si se tratara de un combate de boxeo al más puro estilo años 80, con un micrófono que venía desde el techo incluido.
-¡A MI IZQUIERDA, UNO SETENTA, PESO MEDIANO Y RECIÉN LLEGADO DESDE VALHALLA… PATRIIIIIIICK BELPOIS!- el chico bajó el rostro nervioso al oír los silbidos y algún aplauso que dio por hecho que venía desde sus compañeros.
-¡A MI DERECHA, UNO OCHENTA, PESO MEDIO Y ACABADA DE SALIR DEL TÁRTARO… BROOOOOONTES!- la aludida alzó los brazos como si fuera una estrella de aquello y estuviera más que acostumbrada.
En la grada el grupo se miró entre ellos con cierto miedo, ahí estaba la cíclope que les había avisado que llegaría Iris horas antes cuando aún estaban en el tren que les llevó hasta allí. Y estaba claro que sus intenciones eran ponerles a prueba de alguna forma, seguramente a través del combate con Patrick.
-Que hija de puta…- esa frase le salió del alma a Mallory, que apretaba los puños.
-Madre mía, si parece un pollito asustado ahí abajo- murmuró Marin, mientras giraba el rostro.
Sin embargo Aurora parecía bastante tranquila, Samuel no sabía muy bien en qué posición estar por los nervios, y en el caso de Amos, este se inclinaba hacia adelante con la cara algo tapada por la mano, sin saber muy bien qué decir. Sería la chica la que hablara.
-Confiad en él, lleva poco entrenando pero creo que si le han elegido a él por algo debe ser- explicó.
Los demás la miraron con sorpresa pero la dejaron poder seguir- Me da que quieren darle valor, y la única manera de que gane experiencia y confianza en él mismo es que se enfrente a un enemigo él sólo… suelen hacer estas mierdas, los dioses- explicó.
Por su parte, el semidios nórdico empezaba a sudar en frío. El corazón le latía con fuerza bajo la piel y su boca estaba reseca, sostenía la espada con dificultad más por el sudor de las manos que por su peso, y aún no habían comenzado a pelear cuando se colocó en una posición defensiva, con las piernas flexionadas y el escudo intentando proteger su cuerpo todo lo que podía. Este era redondeado y con un pequeño semicírculo en una parte de la circunferencia y que permitiría que por allí pasara la madera de una lanza. Tenía la letra alfa mayúscula pintada en todo su centro, y en cuanto a la espada, esta era de bronce celestial y acero y ligeramente redondeada en su parte superior.
-¡EL COMBATE EMPIEZA EN 3,2,1… YA!- la ninfa entonces se apartó de un salto de entre ellos dos, y Brontes se lanzó a por él.
Rompió su defensa con varios golpes de escudo, placándole con el mismo y provocando que cayera pesadamente al suelo, obligándole a tener que pararla con la espada. Sus movimientos no eran extraordinariamente veloces pero desde la perspectiva de él eran certeros y potentes, obligando al muchacho a usar toda su fuerza para ello. Desde las gradas se escuchaba los gritos de ánimo a la cíclope – curioso dado que no era una de las ninfas y ambas especies nunca se habían relacionado especialmente entre ellas – mientras que sólo el grupo de Amos, Samuel, Marin, Mallory y Aurora apoyaban a Patrick, gritándole indicaciones que lo más seguro es que con todo aquel escándalo pudiera oír.
-¡A la derecha, a la derecha!- chillaba la nórdica mientras saltaba en su sitio.
-Ay que le mata…- la griega tenía que apartar la vista cuando Patrick daba un salto a un lado mientras luchaban.
Pero Aurora veía cómo claramente Brontes le echaba contra las barandillas de la zona de combate para acorralarle y ver como reaccionaba. Le estaba enseñando a pelear a las brava y se notaba, de querer matarle ya podría haberlo hecho. Claro que eso era más fácil pensarlo que afirmarlo por la violencia de los golpes de la cíclope, que no parecía estar conteniéndose en los ataques. En todo caso él estaba empezando a acostumbrarse pues ahora no ponía cara de susto en cada envite de ella, a la vez que estaba iniciando ataques cuando veía la oportunidad. Llevaban un combate de tres minutos cuando delante de Mallory apareció una neblina, y empezaron a aparecer las imágenes de varios de sus compañeros, una por cada grupo que se había formado para la misión.
-¡Ya puede ser importante, estamos liados!- exclamó ella, sentándose.
Aurora, a su lado, siguió en su lugar animando a Patrick, mientras Amos seguía con la cara tapada y Samuel prefería atender a la conversación.
Apenas podían oír las voces de sus compañeros porque las ninfas no dejaban de gritar pero se centró en ello como pudo.
-¡Calma, chicos, calma!- reconoció la voz de Percy en ese momento, o al menos ellos pensaban que debía ser él.
Debía tener algo importante que decir ya que parecía algo nervioso- ¡Cambio de planes, en cuanto acabéis os venís todos a Emérita, hay que bajar varios al Inframundo a por Bianca Di Angello! ¿Oído? ¡Ordenes de arriba!- y si ya poco podía oír con los gritos de fondo, la cosa se puso peor aún.
-Ostia, ¿lo dice en serio?- Samuel estaba bastante sorprendido por las palabras de él.
-Pues eso parece, pero están cacareando como gallinas y estas no ayudan- Mallory miró con molestia a las ninfas que tenían detrás.
Anfitrite, que se encontraba a un par de puestos de ellas, les miró de reojo. Tendría que hablar con ellos de ese tema. Pero aún tenían que hablar una cosa más. Percy se empezaba a impacientar y alzó la voz, chasqueando los dedos.
-¡Escuchadme un segundo, haced el favor!- Mallory rodó los ojos.
-¡Sería más fácil si dejarais de parlotear como preñadas!- gritó la nórdica, molesta, girándose y encarando a varias ninfas, que le sacaron la lengua para enfadarla más.
-A ver, nos hemos enterado ahora de eso, creemos que lo mejor es que vayan Nico, Jamily y Hazel, los demás esperaremos aquí. Son los que mejor se desenvolverían, los demás sólo seríamos lastre. En cuanto consigáis el anillo, venís hacia Emérita, nosotros os esperamos aquí. ¿Entendido?- los demás empezaron a asentir y a decir que sí.
Segundos después desapareció el mensaje Iris. Iban a comentar lo que acababan de descubrir, cuando vieron como la reina de las ninfas se les acercaba.
-¿Me permitís?- preguntó, más por cortesía que por pedir permiso realmente.
Ellos le hicieron un hueco entre ellos mientras de reojo seguían viendo el combate. Patrick estaba sudando y parecía cansado, pero empezaba a combatir cada vez mejor. Sus movimientos, aunque no eran muy veloces, al menos sí eran cada vez más precisos y certeros con los mismos, pudiendo hacer cortes laterales cada vez con más facilidad, y defendiéndose como podía de los ataques de la cíclope. Pero era hora de pasar a algo más, porque estaba empezando a ver que se estaba acostumbrando, y eso no podía ser. Desconocía qué poderes podría tener él, así que era hora de saberlo. Tiró a un lado su escudo y espada, y en sus manos hizo aparecer dos esferas de energía que lanzó contra él.
-¡Oye, eso no estaba en las condiciones!- gritó Patrick, nervioso.
-¿Qué condiciones, muchacho?- preguntó ella divertida, y se las lanzó.
Fueron a toda velocidad hacia él, golpeando su cuerpo y quemando algo su piel, provocándole un fuerte daño, por el cual dio un chillido. Sin embargo Brontes no parecía dispuesta a ceder de ninguna manera, y preparó dos esferas de energía más, e iba a lanzarlas cuando vio que él colocaba su espada por delante. Se dispuso a moverse cuando ella lanzó las esferas cuando le dio un tirón y cayó al suelo, adolorido, siendo un blanco fácil para la cíclope, que le lanzó las esferas de energía igualmente contra el cuerpo, provocándole más quemaduras en la espalda.
-Vaya héroe de pacotilla…- murmuró, mientras se agachaba a verle.
El chico luchaba por levantarse, y ella notó que poco a poco se rodeaba de su energía, tendría que presionarle algo más para que pudiera liberar todo su poder, o al menos que lo mostrara de una vez. Decidida a eso, y con una sonrisa en la cara, cargó con todo contra él, mientras recuperaba su forma original. Delante de todos apareció una enorme cíclope, de más de seis metros de alto y figura esbelta y poderosa, moviéndose con cientos de kilos de fuerza pura. Cualquiera con dos dedos de frente se hubiera apartado, pero Patrick se quedó paralizado. Una luz dorada de pronto le rodeó, y de forma mecánica, alzó un brazo.
-¡Alto!- no supo cómo, pero un fuerte grito salió del fondo de su pecho, con una autoridad difícil de poder dejar pasar.
Brontes se quedó paralizada en el sitio, no por voluntad propia sino por una fuerza que no supo identificar. Y no era la única: todo a su alrededor se quedó paralizado en el sitio, incluso las ninfas que aplaudían se habían quedado congeladas en el sitio, pero igualmente podían mover sus cabezas para saber qué estaba pasando. Duró apenas unos instantes hasta que el semidios cayó al suelo desplomado, casi sin energía, devolviendo a todos a su movimiento.
-Me parece que es suficiente, ¿no crees?- Anfitrite había levantado la voz, y se estaba acercando ya.
La cíclope se giró entonces y asintió, para luego desaparecer en el aire sin que nadie pudiera pararla. Las ninfas empezaron a aplaudir y a silbar según los del grupo corría a socorrer a Patrick, siendo Aurora la primera en llegar en tan sólo un parpadeo. Levantó su torso con cuidado y posó dos dedos en la base de su cuello, comprobando aliviada que tenía aún pulso. No pudo decir mucho más, pues sería la reina la que hablara.
-Diría que la habéis complacido, pero yo no me la jugaría demasiado- comentó ella, mientras con un gesto ordenaba a dos enfermeras acercarse.
-¡Paso, paso!- estas se acercaron rápidamente dándoles codazos a Samuel, Mallory, Marin y Amos, que apenas pudieron ver a Patrick con tanta gente delante.
La tercera estaba algo molesta por tener él tantas chicas rodeándole, pero se quitó esa idea de la cabeza enseguida cuando oyeron su tos, mientras las dos ninfas sostenían una botella con un líquido dorado en su interior, sin duda ambrosía. Estaba claro que, sabiéndose usar, podía llegar a ser muy útil. En ello pensaban cuando Anfitrite siguió hablando, no muy dispuesta a esperar.
-Será mejor que os deis prisa. Nosotras cuidaremos de vuestro compañero, pero vosotros no os podéis permitir perder tiempo. Id a las afueras, al antiguo Partenón. Allí está el templo de Urano, a veinte kilómetros de la antigua Atenas- explicó.
Se miraron entre ellos, no tenían todas consigo sobre si debían dejarle sólo allí. Más si su propia reina les había engañado en su cara y sin inmutarse. Casi como adivinándolo, ella bajó el rostro unos instantes, y luego siguió hablando.
-Confiad en mí. Soy la primera interesada en que todo esto acabe. Además, tengo más preocupaciones pendientes que me gustaría poder resolver cuanto antes. ¿No os habéis planteado qué hago aquí y no en el mar?-
Eso era verdad. Ella era la esposa de Poseidón, y sin embargo parecía llevar allí ya un tiempo junto a sus nereidas. La mujer dudó unos segundos, y suspiró pesadamente.
-Digamos que mi matrimonio no pasa por el mejor momento, aunque esa no sea ninguna novedad. Pensad también que si me interesara vuestra muerte no me hubiera interpuesto entre vosotros y Brontes, Muchas veces se dice más con las acciones que con las palabras- explicó.
No estando dispuesta a seguir hablando más con ellos, ayudó a sus ninfas a portar a Patrick para que pudiera descansar, y aunque el chico no parecía demasiado dispuesto a quedarse a solas con ellas, las nereidas podían llegar a ser bastante convincentes cuando querían. Y sin embargo Samuel insistió en que se quedaría por allí por si acaso, aunque prometió no interponerse ni molestar, todo antes de que Marin pudiera ofrecerse. No se fiaba de las nereidas pero sí de Samuel, ya podría acercarse a él más adelante.
No pudiendo hacer mucho más allí, los demás se decidieron a ir hacia donde les había indicado Anfitrite, hacia el antiguo templo de Urano. Tendrían que recorrer el camino de vuelta que les había llevado desde la antigua ciudad de Atenas hasta allí y desviarse por un camino hacia el Partenón antiguo, zona que seguramente estuviera bien defendida y protegida por magia y toda suerte de criaturas terribles que no estaban dispuestos a saludar ni ahora ni nunca. Pero no les quedaba más remedio, así que en cuanto salieron de la nave, y una vez cruzado el ejército de gatos que se empezaban a impacientar, tomaron primero unas calles, para luego comenzar con los caminos de Tierra hasta, eventualmente, llegar a una intersección. Era el inicio de la tarde y hacía bastante calor y humedad pero al menos podían andar sin estar excesivamente bañados en sudor.
-¿Listas? Nos espera una buena pelea- comentó Amos.
Mallory sonrió de medio lado- Nací preparada- comentó, mientras posaba sus manos en las dagas que tenía.
Aurora se limitó a asentir y Marin no parecía demasiado convencida pero también lo hizo. La romana entonces se acarició algo la barbilla, pensativa.
-Puedo acercarme a toda velocidad para hacer reconocimiento y ver lo que hay, como hice al llegar. ¿Os parece?- preguntó, pero Amos negó.
-No, fíjate en el suelo. Es muy arenoso, provocarías una buena polvareda corriendo y te verían venir sin problemas. Iremos andando normal y nos agazaparemos entre las matas de hierba al llegar- ella asintió ante sus palabras.
Fijándose, así era. El suelo era sobre todo piedrecitas y tierra suelta, si algo muy veloz lo cruzaba efectivamente generaría una larga estela visible desde lejos y a ellos eso no les interesaba. De hecho lo mejor para ellos era pasar todo lo inadvertidos que pudieran hasta poder llegar allí donde estuvieran los monstruos, esquivarlos, y entrar al templo de Urano. Recorrieron el camino entre viñedos y encinas hasta empezar a divisar un montículo coronado por varios templos antiquísimos pero que, curiosamente, no estaban en ruinas. De hecho estaban en perfecto estado de revista, al menos desde allí, como si hubieran estado siendo conservados desde siempre. Y a la vista apenas había monstruos, no muchos más de los que de normal había en la campiña del sur de Europa. Progresivamente también comprobaron que empezaba a dibujarse un camino de piedra que conducía hacia allí, y que la mala hierba no crecía tanto en las cercanías del complejo. Sea cual fuera la causa, aquel sitio tenía vida humana habitual a lo largo del año, y no sabían si eso era bueno o no.
-¿No dijo aquel político en Atenas que había un templo que ni sabían de quien era, y que estaba solo?- preguntó Marin entonces.
-Puede ser perfectamente posible o que haya mentido, o que hablara por hablar. Siendo político apuesto más por lo segundo. Aun así pronto lo sabremos- comentó Amos.
Las demás se decidieron a seguir adelante sin comentar nada más, tendrían que ahorrar energías para lo que viniera. Aunque a primera vista no pareciera ser necesario no se podía descartar que en algún momento pudieran ser atacados por parte de un ejército escondido o por alguna criatura solitaria. Pero nadie les asaltó hasta que llegaron a la entrada del recinto, donde esperaban un par de guardias, dos soldados atenienses con un escudo y una espada de bronce celestial con un casco emplumado y algunas protecciones en el cuerpo. Parecían algo aburridos, se fijaron en que estaban hablando entre ellos con los escudos apoyados en las columnas que estaban en los laterales del camino de tierra. Se pusieron firmes en cuanto les vieron, mientras uno se colocaba en medio y el otro se acercaba.
-¡Alto! No pueden pasar, no es horario de visita a los templos- dijo, firme.
Amos suspiró- No tenemos tiempo para esperar, me temo…- murmuró, y rebuscó entre sus ropas.
Pero sacó las manos en un veloz movimiento, y en sus palmas se dibujó un símbolo egipcio, parecido a una espiga. Instantes después unas enredaderas asieron los cuerpos de los guardias, que no pudieron hacer nada para liberarse. Sin más, el mago avanzó entre ellos en silencio, seguido de las otras tres. Tanto Aurora como Mallory tenían ya preparadas sus armas para luchar, pero evidentemente no era necesario. Incluso antes de poder pedir auxilio o dar la voz de alarma, una de las ramas se introducían en las bocas de ellos, impidiendo que pudieran hacer nada peligroso para el grupo.
-Recuérdame no cabrearte- comentó divertida Mallory, justo detrás del adulto.
-No me suele pasar, de todas formas. Pero no podíamos ponernos a luchar delante de unos templos, además de dar mala imagen podríamos enfadar a alguien a quien es mejor no molestar, o peor, que hubieran dado la alerta, en cuyo caso hubiera caído sobre nosotros una lluvia de espadas que difícilmente podríamos detener. Es mejor ser silenciosos en casa ajena- explicó.
Sin más, pasaron al interior del recinto. Por las horas que eran no había ni un alma, lo que era ideal para ellos, que no querían ser vistos ni oídos. Entre ellos y la zona de templos había una suave pendiente que se extendía unos doscientos metros, pero ese no era su destino, pues querían revisar la base de la colina en la que estaban. Era la única opción que se les ocurría, habiendo ya una zona sagrada no tenía sentido que hubiera más templos en otra zona por mucho que fueran muy antiguos, descontando los de la ciudad de Atenas. Las zonas mágicas solían funcionar de esa manera, y esa no tenía por qué ser diferente. Y sin embargo, apenas recorrieron unas decenas de metros cuando Brontes se apareció ante ellos.
-Bueno chiquis, ¿listas para la última prueba?- conservaba su imponente estatura de seis metros pero igualmente la rodearon todos los héroes.
-¿El nórdico y el celta no han venido? Lástima… aunque el vikingo es algo debilucho, me parece a mí- comentó ella, mientras se cruzaba de brazos.
-¿Qué quieres ahora? No nos dais más que problemas- gruñó Aurora, con su espada lista.
Su energía la rodeaba un poco y estaba dispuesta a lanzarse a toda velocidad contra la cíclope y hacerle un buen corte en el pescuezo, ahora que la tenía a su alcance. Y sin embargo no se atrevía a actuar la primera, la cíclope tenía una mirada intimidante que le provocaba un escalofrío por todo el cuerpo.
-No vais a encontrar el templo salvo con mi ayuda, pero si queréis os dejo a vuestro aire- amenazó entonces con irse y Mallory se interpuso en su camino.
Tenía sus dagas preparadas para actuar- De aquí no te vas sin que nos lo digas- sin embargo, Marin intervino.
-No hace falta la violencia. Ya nos han dicho que debemos confiar en ellos, porque quieren tanto como nosotros que Caos no triunfe- Brontes miró a la chica a los ojos.
Vio el fuego de su madre, Hestia, en sus ojos. Pero no era uno de guerra, al contrario, su llama era la del hogar. Como su madre, era muy dada a unir a la gente en vez de separarla, como era el caso en el que estaban.
-¿Nos guiarás entonces a donde está el antiguo templo?- pidió, y Brontes asintió.
Señaló en dirección a la colina, en su parte inferior izquierda- Tendréis que excavar un poco, pero en ese lado, tres metros dentro de la colina, está el templo- aseguró.
Sin que pudieran preguntarle nada más desapareció de nuevo en el aire, ni Aurora pudo pararla cuando saltó sobre ella a toda velocidad, cayendo al suelo a unos cuantos metros, y rodando un poco para frenarse.
-¡Si siguen haciéndose los interesantes les mandaré a hacer puñetas!- gritó, golpeando el suelo.
-Eso ahora da igual, vamos al templo y a conseguir el anillo- dijo Amos entonces, andando en esa dirección rápidamente.
Las chicas se miraron. Debía ser por su mentalidad, que creyera tanto en ellos. Y eso que se trataban de cíclopes, enemigos habituales de los semidioses, les costaba hasta teniendo la palabra de Hestia e Iris, nada sospechosas de colaborar con el enemigo. Pero era la forma de pensar más habitual y la que más permitía sobrevivir a los semidioses: desconfiar de los extraños, más si eran monstruos.
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Por su parte, Patrick se encontraba tumbado en la camilla improvisada, estaba en un lateral de la nave y con una manta por encima para no enfriarse. Se encontraba bien atendido por varias ninfas – atentamente vigiladas desde lejos por Samuel, que permanecía fuera – y que se limitaban a darle un poco de ambrosía en los labios y dejarle descansar, hasta que, media hora después de los demás salir, abrió los ojos de golpe y se levantó, con el corazón palpitando con fuerza en su pecho.
-¿Dónde estoy?- preguntó, mirando a su alrededor, y vio a una de las ninfas, que le sonrió.
-Tus amigos han salido ya, pero aquí podrás descansar algo más, si lo necesitas- le aseguró, tomando su mano.
El chico se sonrojó pero negó- ¿Dónde está el templo?- le preguntó entonces el chico.
Una vez que le dio las instrucciones él se levantó, tomó sus cosas y se disponía a ir con su compañero cuando llegó Anfitrite, que le detuvo tomándole del brazo.
-Antes de irte- ella parecía algo nerviosa.
-Una recomendación: entrena esos poderes. No había visto nunca a nadie parar así a un cíclope salvo a unos pocos, y créeme, os será útil- él asintió.
-Y… dile a Percy Jackson que Poseidón no es el único dios del mar, pero todos tienen poderes similares. Y huelen a aquellos que son sus semejantes, y no hay nada que les moleste más que eso- aseguró.
El chico asintió entonces, y entonces salió de la nave. La reina de las ninfas por su parte volvió a sus labores, mientras suspiraba. Su odio por el hijo bastardo de su marido no podía cegarla de la misión principal… aunque no estaba segura de que fuera igual con otras diosas o entidades mitológicas. Aunque eso le daba igual realmente.
-¿Qué te dijo Anfitrite?- le preguntó Samuel con interés, y el otro le contó lo que habían hablado como pudo.
El celta parecía no entender demasiado el asunto así que se limitó a ponerse a andar – despacio para que el otro pudiera seguirle – mientras Patrick también reflexionaba sobre el asunto. Le era un poco extraño que le diera esos consejos y no sabía si tenérselos en cuenta, pero ahora no tenía eso en la cabeza, sino el llegar cuanto antes hasta donde estaban los demás. Comenzaron a correr por las calles para poder alcanzarles, el nórdico dudaba poder aguantar corriendo tantísimo tiempo y distancia, su condición física no era la mejor ni siquiera ahora – que tenía el mejor físico de su vida – y, efectivamente, le comenzó a doler el lateral de su cuerpo tras doscientos metros de correr, con la respiración agitada y sudando. Y aún quedaba un buen trecho, se tendría que esforzar y darse prisa.
-Tomémoslo con calma, ya les alcanzaremos- le indicó Samuel, ayudándole a descansar sobre una pared.
El aludido asintió, sudando algo- Será mejor, sí…- murmuró, tras lo cual se pusieron a andar tranquilamente.
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Por suerte para el grupo, no tuvieron que ponerse a mover kilos y kilos de tierra. En cuanto se acercaron a la zona indicada por Brontes, un enorme temblor sacudió la zona, y las paredes de la colina se abrieron formando la entrada de un estrecho corredor. Del mismo notaron que salía un fuerte viento y bastante humedad, tuvieron que taparse nariz y boca para no notar el fuerte olor a cerrado que de allí salía, era como si aquello hubiera estado sin ventilar mucho tiempo. No tardaron en caer en la cuenta que literalmente eso fue lo que pasó, pero igualmente era curioso que nadie hubiera tratado de tocar antes aquella sección de la colina para cualquier cosa, desde luego no había señal alguna de movimiento reciente.
-Las paredes son homogéneas, fijaos…- murmuró Amos- Aquí no ha entrado nadie desde hace mucho…- suspiró pesadamente.
Estaban tan solo unos pasos dentro del pasillo, iluminando su interior con las linternas que tenían. Y mientras, Mallory se dedicaba a hacer un poco de fuego para prender unas antorchas, con Marin observando atenta. Se preguntaba si ella sería capaz de hacer fuego, en teoría sí dado que su madre era diosa del fuego del hogar, pero… nunca antes lo había intentado. Y no sabía si era buena idea ponerse ahora, cuando tenían que moverse rápido. Aquello era cosa de Amos, que las apremió porque a saber cuánto duraba abierta la entrada. Y nada les decía que fuera a permanecer ahí el pasillo una vez que se cerrara, igual era mágica y desaparecía y perdían la posibilidad de entrar.
-Eres muy hábil…- murmuraba Marin, Mallory había colocado la yesca al lado de la roca de encendido y estaba soplando en ella.
Usaría un mechero pero no tenían uno accesible y así era más rápido, ella prefería hacer las cosas a la antigua usanza pues se le daba mejor.
-Tú también podrías serlo, si lo entrenaras. La próxima vez el fuego lo haces tú- aseguró la nórdica, mientras observaba orgullosa como empezaba a brotar el fuego en la hierba que había preparado como combustible.
En seguida la levantó entre sus manos y fue con Aurora, que había estado buscado unos grandes troncos de madera, los cuales encendieron a modo de antorchas.
-¿Preparados? Id con las armas preparadas, nunca se sabe qué nos vamos a encontrar- afirmó Amos, y entró el primero.
Detrás, y en ese orden, Aurora, Marin y Mallory, con sus espadas y dagas en orden para hacer frente a lo que fuera necesario. De hecho la primera había propuesto ir delante pero el adulto se negó, ella había alegado su súper velocidad pero el adulto le recordó que en un lugar angosto no valía de nada ser veloz. Además de caer en una trampa no podrían sacarla, lo que llevó a la romana a aceptar que, en esa ocasión, sus poderes no servían. De todas formas no parecía ser demasiado laberintico aquel lugar pues notaban una suave brisa venir desde el fondo, y ellos iban a seguirla. Con el pasar de los metros no sólo sintieron el viento, también notaron olor a plantas, un suave aroma a rosas y jazmines.
-¿Un prado?- Mallory había dicho en voz alta lo que todos estaban pensando.
No tardarían mucho en descubrirlo. Apenas unos diez metros más adelante, notaron como empezaba una pendiente ascendente, y al final de la misma, podían ver la luz exterior. Y pese a todo algo dentro de ellos les decía que aquel túnel no era uno natural, su sexto sentido mágico se lo gritaba a viva voz cada vez que avanzaban un paso. A lo que no hicieron caso es a la idea de que era una trampa. Seguramente lo fuera, pero no tenían más opción que entrar a ella hasta el final.
De forma automática apretaron las empuñaduras de sus armas, y pisaron si cabía con más cuidado aún, intentando no rozar más de lo imprescindible las paredes por el peligro de hacer saltar trampas desde las mismas, no sería la primera vez que algo así pasaba. Sin embargo nada de eso pasó en todo el tramo que quedaba, de hecho incluso apenas se cegaron por el Sol del exterior tras salir, permitiéndoles contemplar el lugar al que habían llegado desde el primer momento. Y era sencillamente precioso: un gran prado florado con algunos ciervos pastando, y algunas piedras blancas lisas a lo largo del mismo tiradas de tal forma que al principio parecían estar colocadas sin un orden, pero que si uno se fijaba en realidad formaban una letra omega. Encima de las mismas, unas columnas dóricas se elevaban en el aire imponentes, y, en el centro de la línea curva que formaban, un hombre.
-No me jodas, ¿ese es Urano?- Marin asintió a las palabras de Mallory.
De alguna manera le reconocía. Era alto, de piel morena y pelo largo blanco y ondeando al viento, con una toga y un cuerpo fuerte y esbelto, propio de un dios. Sus ojos dorados centelleaban desde allí, que les fulminaron cuando notó su presencia. En un parpadeo apareció delante de ellos. Eran de unos tres metros de alto, y su apariencia era terriblemente intimidante.
-Por fin os puedo ver de forma directa… hasta ahora sólo me podía manifestar un poco ante vuestros compañeros, pero ahora puedo mostrarme de una forma más plena-
El titán se estiró un poco. El grupo ni intentó atacarle, no se atrevían. Entonces, se retiró el anillo del dedo, se lo colocó en una palma, y este desapareció en el aire. Apareció de nuevo encima del pedestal en el que él estaba hasta entonces, y encaró de nuevo a los chicos.
-Bien. Señor, señoritas, esto es muy sencillo- comenzó.
Giró su mano, y vieron como los ciervos salían corriendo, el Sol desaparecía del cielo, y un suave temblor se dejó sentir en toda la zona, pero no era sólo el suelo. Hasta el aire parecía estar sufriendo el mismo proceso, pues el viento se empezó a arremolinar. El propio universo incluso parecía estar sometiéndose a la voluntad del titán, pues si la bóveda celeste brillaba era porque las estrellas iluminaban bastante. La Vía Láctea incluso estaba más hermosa que nunca ante ellos.
-Tendréis que tomar mi anillo, pero al contrario que vuestros compañeros, no tendréis que luchar contra mí realmente, pero sí competiréis conmigo- la voz del titán les sacó de la impresión que tenían con aquel espectáculo.
-¿Y de qué será la competición?- preguntó Aurora, mientras se cruzaba de brazos.
No le gustaba demasiado por dónde iba- Una carrera, por supuesto. He alterado el espacio y el tiempo en esta zona, para que podamos competir tranquilamente- aseguró.
-¿Y qué te impide no cambiar las reglas de golpe a tu favor?- le inquirió Mallory, y el titán sonrió de medio lado con suficiencia.
-Tendréis que fiaros de mi buena fe- respondió simplemente, y ellos rodaron los ojos.
-Puedo mataros de un chasquido de dedos. Podría convertiros en polvo de estrellas y que el viento esparza vuestros restos- su voz se había tornado algo oscura.
-Igual que podría haber matado a todos y cada uno de vuestros amigos. Una parte de mi lo deseaba, y me gritaba recuperar el trono que me quitaron de forma ilegítima… podría acabar con todo el Olimpo yo sólo, y devolverle a Gaia y Tártaro sus reinos….- ellos le miraron con miedo.
Pero Urano negó- Pero no lo he hecho, y si se puede y no se hace, es que no se desea. No seáis estúpidos y pensad un poco, porque os encontraréis con muchos seres peores que los cíclopes- ellos fruncieron el ceño pero le dejaron hablar.
-Y ellos, también pudieron haberos matado y de hecho seguro que querían hacerlo, pero por mi orden no lo han hecho, y eso es porque quiero que tengáis mis anillos. Pero antes debéis estar listos- se giró entonces hacia la dirección del anillo.
-La verdad, me habéis sorprendido… en unos días habéis logrado recuperar casi todos mis anillos, sólo os queda ese. Por eso he podido recuperar mi poder, con todas las partes de mi esencia diseminadas por las tierras romanas apenas podía hacer nada, pero ahora soy completo finalmente y puedo mostrarme totalmente- se estiró entonces un poco.
-¿Listos para la carrera, entonces?- preguntó, y estuvieran listos o no, comenzó a correr – o más bien volar – a través del prado.
Aurora no dudó y corrió a toda velocidad, provocando una polvareda tras ella, y Marin y Mllory iban a ir tras ella cuando Amos las paró.
-Creo que no ha dicho que tengamos que correr- comentó, y entonces sacó un papiro.
Ellas vieron como usaba su magia, y abría ante ellos una puerta mágica en una pared lateral del corredor del que habían salido. El mago lo cruzó sin siquiera pensárselo, seguido por las dos adolescentes, que lo hicieron con algo más de recelo. Por su parte, Aurora, gracias a su súper velocidad, podía seguirle el ritmo al titán, que volaba a un buen ritmo y, sin embargo, ella notaba que no se estaba esforzando. A la chica en cambio le estaba costando mantener una velocidad constante pero no iba a ceder ante él, como semidiosa no se iba a dejar intimidar aunque su fuero interno le chillaba no cabrear a la entidad. Pero si quería defender su mundo y a sus niños – como ella les llamaba – tenía que ganarle. Desconocía si los demás les seguían desde atrás, o si habían tenido una mejor idea, pero a ese ritmo no iban a lograr nada, y menos si ante ella el propio espacio se curvaba. Maravillas de la relatividad, a esa velocidad veía las cosas a cámara lenta.
-¡Estas haciendo que el campo se doble, Urano! ¿¡A qué juegas!?- gritó. A ella misma y a Urano les vía normalmente, lógico si ambos iban a la misma velocidad.
Este no respondió, pero igualmente se rio. Notó como el egipcio intentaba abrir un portal para poder llegar antes al anillo, y durante unos segundos se planteó si permitirlo. La verdad es que era una jugada inteligente, si no podían ganarle en velocidad lo harían con astucia. Pero la prueba final no podía ser tan fácil. Llevó la salida del portal justo delante de Aurora, que vio como delante de ella aparecían Amos, Mallory y Marin, a los que tuvo que esquivar dando un salto justo en frente de ellos, que cayeron al suelo por la explosión de aire que provocó su movimiento.
-¡Mierda!- gritó Amos, le dolían los oídos por aquello, y comprobó que las otras dos estaban bien antes de levantarse, rodeados por una pequeña nube de polvo.
Vieron como Aurora seguía en su estela, estando Urano justo encima de ella, y que pasó al ataque: de su cuerpo salieron rayos y bolas de fuego, que ella tuvo que evadir como pudo para no ser derribada y acabar con algo roto por culpa del cambio demasiado brusco. Marin, viendo aquello desde lejos, y comprobando que empezaban a dar vueltas concéntricas a unos doscientos metros de ellos, decidió ayudar a su compañera.
-¡Mallory, Amos, separaos! Voy a intentar algo- los aludidos la miraron sin entender.
Si ella tenía poderes de fuego, lo sabría ahora. Extendió sus manos y se concentró, rezando porque llamas salieran de sus palmas, pero nada pasó. Volvió a extender sus brazos, y nada. Se sentía molesta consigo misma, incapaz de usar ningún poder, y sobre todo, impotencia por no ser capaz de ayudar. Amos sin embargo sí podía, y entendiendo de alguna manera la idea de la menor, usó su magia. Un símbolo egipcio apareció ante él, y del mismo brotó una fuerte llamarada que fue directa hacia Urano. Este ni la intentó esquivar, simplemente se dejó rodear de las flamas, que antes de impactar en él dieron varias vueltas a su alrededor, pero en cuanto le tocaron, sintieron un fuerte temblor que les derribó contra el suelo. Libre de aquella prisión física, ella pudo correr en apenas unos instantes llegar hasta la plataforma en la que el anillo estaba. Urano, que se había elevado en el aire tras librarse del ataque del mago, cayó en picado directo hacia ella, pero fue detenido por una nueva llamarada, que en esa ocasión le desvió lo suficiente para que cayera al suelo a unos metros de donde la adolescente ya tenía en sus manos el objeto sagrado.
-¡Joder Marin, casi la calcinas!- Mallory fue la que habló, mientras corría hacia donde ella estaba.
Aurora se encontraba tirada en el suelo, boceando y con el anillo en el pecho. La aludida bajó el rostro apesadumbrada, iba detrás de la nórdica, con Amos al final, que le costaba mantener el ritmo.
-¿Estás bien tía?- le preguntó la griega cuando llegó hasta ella.
Del cráter que había cerca salió un humeante Urano, que se alzó de entre el polvo y las rocas como si tal cosa, y se acercó lentamente hacia ellos, mientras aplaudía lentamente. Pero no llegó a decir nada, pues apareció una enorme llama ante ellos, que descendió desde el cielo. Este poco a poco volvía a la normalidad.
-Mi nieta, Hestia… no te he llegado a conocer- murmuró el titán, mientras ella le observaba.
-Tampoco tengo el gusto, abuelo Urano. Pero agradezco tu ayuda en todo esto- miró entonces a los del grupo, momento en el que él desapareció de allí.
-Habéis hecho un gran trabajo… estoy orgullosa, hija- ella, que estaba sentada en el suelo por el cansancio, ni llegó a asentir, pero agradecía sus palabras.
-Buena parte de mi cometido ha terminado, pero… seguiré pendiente de vosotros. Ahora tenéis una gran misión por delante, Hades y Perséfone os lo pondrán fácil, al menos su parte- y sin más, desapareció en el aire.
Sin mediar palabra alguna decidieron que descansarían allí un rato, no tenían cuerpo para seguir y Patrick le tenían localizado con las ninfas, y en todo caso y si venía le verían en el camino de vuelta. Pero esa tarde iban a descansar, se lo habían ganado a pulso. La primera parte de la aventura había terminado, pero apenas había empezado aquel viaje y que llevaba a su combate contra las fuerzas de Caos. No sabían lo que pasaría más adelante, pero tenían claro que lo harían juntos.
-Oye, Marin…- la aludida se giró al oír la voz de Amos. Esta se giró, y sonrió cuando él le levantó el pulgar a modo de aprobación.
Media hora más tarde, y algo más relajados, vieron como por allí aparecían Samuel y Patrick, que parecía en un mejor estado. Estos fueron en su dirección, esperando que hubieran tenido éxito en la misión, pues la información que tenían que darles era importante.
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La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
