Enemigo primordial
Capítulo 24
Una vez que cada grupo recuperó el anillo que correspondía, era el momento de volver a casa. Pero cada uno estaba en un lado de Europa y tenían que ir todos a una de las zonas más meridionales del continente, en concreto a Mérida, que pillaba bastante lejos a los que se encontraban en Atenas, más o menos igual que al grupo de Roma. De hecho y para no tener que andar pensando en qué hacer y cómo desplazarse, se pusieron de acuerdo para ir todos juntos, reagrupándose cada vez que llegaban a un sitio y así seguir una única ruta que comenzaba en Atenas, seguía por Roma, llegaba a Lyon, y bajaba hasta Mérida. Claro que para los de París, y en especial para los de Londres, quedaba llegar hasta la ciudad en la que comenzó su viaje por Europa, pero tenían tiempo hasta que los demás llegaban para reunirse.
-Voy a alquilar una autocaravana de esas grandes, y ya la usamos para todo el viaje. Estoy cansado de andar pensando cómo moverse- Amos lideraba la expedición.
-O mejor, la compro y la modificamos, seguro que Leo sabe hacer verdaderas virguerías- añadió, y Aurora y Marin rieron.
Mallory ayudaba a Patrick, que estaba aún algo cansado por la carrera hasta allí, algo por detrás de los otros tres. (1)
-Pues me parece la mejor idea, sinceramente- comentó la nórdica.
-Pero ya puede ser grande, si tenemos que entrar tanta gente- comentó Aurora, y a eso Amos asintió.
-Si, entre que compraré la más grande y los cambios que le hagan, debería ser suficiente- para ese momento ya andaban de vuelta a la Atenas moderna.
-¿Seguro? Tampoco vamos a arruinar a tu sobrino- Patrick sentía sus piernas arder aún por el esfuerzo.
-Que va, eso no será problema- afirmó Amos. Era él el que portaba el anillo en un colgante al cuello.
Este era realmente hermoso, pero no se lo había llegado a poner por respeto y porque le daba miedo usarlo, no fuera a ser una fuerza imposible de controlar. No por nada era el arma de un titán primordial y no se sabía qué características podía tener, pero en teoría debía ser extremadamente poderoso. Más si el mismísimo Urano había intervenido para saber si eran aptos o no para ello, y no una vez sólo pues en cada ciudad había luchado contra el grupo que había ido a verle.
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Por su parte, el grupo de Londres junto a sus nuevos compañeros celtas volvieron de la cueva en la que habían luchado contra Urano. Jasón iba por delante, portando el anillo y con William y Beatrice a su vera hablando animadamente, y detrás, los demás se habían congregado para también charlar entre ellos.
-¿Tantos sois? Guau…- murmuraba Katherine.
A su lado, Sadie asintió contenta- Sí, pero nos llevamos todos bastante bien- comentó.
Bryan bufó algo- Por ahora…- y Dylan le dio un codazo.
Electra rodó los ojos, mientras Blitzen, Sadie y Piper no entendían bien qué pasaba. Los hijos de Morrigan tenían un… humor bastante especial, seguramente del estilo al de los hijos de Hades. La egipcia era perfectamente consciente por tener de novio a Anubis, a veces sus bromas eran algo macabras a decir verdad.
-Qué alegres sois a veces, de verdad…- bromeó Richard, y su hermano Kevin se carcajeo, mientras el aludido corría tras ellos.
Por su parte, los líderes hablaban pero de temas más importantes. William, como líder, tenía que determinar quiénes se quedaban y quiénes se iban con los héroes que acababan de conocer, y si bien lo tenía claro no quería tomar la decisión tan pronto. Además desconocía si estarían todos preparados para ello, y eso Beatrice lo sospechaba.
-No hace falta que vengáis, no si os puede dar problemas- Jasón podía ser especialmente razonable, pese a ser romano, en esas cuestiones.
Como pretor entendía lo difícil que era gestionar grupos humanos, saber qué convenía más y en qué momentos al individuo y al grupo y poder tomar decisiones que favorecieran o al menos no perjudicaran demasiado a ambos se tornaba una tarea complicada y dura.
-Tenemos que hacerlo, no es una cuestión de desearlo o no. Es un deber- atajó William, serio.
-Nosotros… nuestra labor era defender el Anillo de Belenus, claramente estábamos engañados. Y aunque rondemos siempre, nunca estando en un solo sitio constantemente, siempre rodeábamos la misma zona precisamente para cumplir con esa misión. Ahora… ya no tenemos eso, podemos asentarnos- William giró su rostro un poco y contempló a los demás.
Estos hablaban con los demás alegremente, parecían felices. Eran una pequeña familia y no deseaba tener que romper aquello. Y de alguna forma a los nuevos les veía como otra familia, o al menos así lo parecía. A saber cómo eran los demás.
-Me gustaría eso para los míos… una vida normal. Si puedo quiero darles eso- Jasón podía entenderlo.
-Pero hasta que no hayamos derrotado a Caos no podrás darle nada a largo plazo. Y les veo demasiado motivados con entrar a combate como para que acepten tu orden- terció Beatrice.
El aludido la miró y suspiró, mientras Jasón sonreía con cierta diversión- No sé cómo lo haremos, entonces- el romano sacó las llaves del coche. Eventualmente y casi sin darse cuenta habían vuelto a donde lo tenían apar
Este no tenía hueco para tanta gente ni de broma pero tendrían que hacer algún apaño si es que todos querían entraran, ya que la opción de que Dylan fuera corriendo tras ellos transformado en caballo no era viable. La otra posibilidad, que era ir apretujados dentro, tampoco tenía visas de futuro dado que la policía les pararía de inmediato al ver que poco menos triplicaban las personas que podían ir en el interior de un turismo… era hora de usar la magia.
Cuando llegaron al vehículo, este estaba frío por pasar una noche a la intemperie pese a ser Verano, y por petición de la druida, sólo entraron ella y Jasón. Este arrancó el motor mientras ella observaba con atención el interior con bastante interés.
-Es de alquiler, ¿no?- preguntó ella, y el romano asintió.
Ella suspiró- Bueno, le aplicaré mi magia- ella esperaba que, una vez su magia perdiera efecto, volviera a un estado medianamente aceptable. Sólo si lo hacía podrían saberlo.
-Grot fuder Dagda, nane mis and jelk mis tu nane dis karrig vigar- murmuró, mientras usaba su magia. (2)
Oyeron cómo comenzaba a crujir el metal y romperse plástico, a la vez que el interior del turismo iba ensanchándose. El capó también creció a lo largo y ancho, mientras aparecían un par más de puertas y el aparato se alargaba varios metros ante la incrédula mirada de los demás, que contemplaron con estupor la aplicación de la magia celta en tecnología moderna. El motor se paró varias veces en el proceso y Jasón por puro instinto lo mantuvo en funcionamiento en todo momento, hasta que, unos treinta segundos más tarde, se encontraron con una suerte de limusina algo extraña pero funcional.
-Con permiso me echaré una siest…- Beatrice cayó al fondo del nuevo espacio interno, derrotada.
Los nuevos asientos, del mismo color que los originales, formaban una U en torno a una mesa central, estando delante de ellos el hueco para piloto y copiloto. No tenía lujo alguno pero tampoco lo necesitaban en un viaje que sería hasta el puerto, allí cruzarían de nuevo el Atlántico hasta el continente e irían con los de París hasta Lyon. De todas formas se darían prisa, a saber cuánto duraba la magia de ella y no era lo más adecuado morir aplastados por plástico, metal y fibra de algodón.
-Abrochaos los cinturones, partimos- Jasón como siempre tan centrado en la misión ni se paró en admirar los cambios, no así los demás, que según entraban iban comentando las modificaciones.
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Mientras, el grupo de Lutecia había vuelto al aire libre tras su contienda contra el titán, acompañados por una Laura que no se despegaba del brazo de Jeremy. Este estaba nervioso por las caricias de la romana, mientras Annabeth y Hazel la miraban con entre diversión y cierta vergüenza ajena, no así Waltz, que deseaba estar así con Sadie ahí mismo. Aelx por su parte revisaba el libro que había usado Laura para guiarles por los túneles de la antigua ciudad con bastante interés, más por ver los dibujos que por querer saber nada en especial.
-¡Alto ahí! ¡Deteneos!- un legionario apareció de pronto, habían salido por la misma alcantarilla por la que entraron y ahora estaban rodeados en ambos lados de la calle por un grupito de soldados, y que sin duda se habían pateado medio callejero para dar con ellos.
Alzaron sus manos todos menos Laura, que se interpuso entre el grupo y los legionarios, con toda la altivez que se espera de una oráculo.
-Gran Oráculo, será mejor que se aparte, estos peligrosos fugitivos…- pero la aludida detuvo aquella diatriba con un gesto.
-No será necesario que le trate así, soldado. Ellos no han hecho nada, los dioses me lo han dicho- este se quedó callado, dudando.
Antes de que pudieran decir nada el gobernador apareció por allí, seguido por los magistrados y que no traían cara de, precisamente, estar muy satisfechos.
-¡Todo esto es altamente irregular, Cornelio Silva!- le decía uno.
Este, que había envejecido diez años en cuestión de horas, sudaba en frío.
-Lo sé, lo sé, pero es una situación extraordinaria- se defendía este, se le notaba molesto igualmente.
-¡Se ha saltado todo el procedimiento, y encima ahora no se encuentra a los acusados! Si esto no fuera una ciudad libre yo…- y entonces uno de los soldados llegó ante ellos.
Pareció cuadrarse ante ellos, y les habló rápidamente, señalando al grupo en un momento determinado. Giraron sus rostros en ese instante y por un lado suspiraron de alivio, mientras que por otro se preguntaban qué era lo que había pasado y cómo iban a seguir adelante con todo el proceso. Lo que más les aliviaba era ver que la Oráculo parecía estar bastante bien de salud y que era casi lo principal. Eso, y terminar de una vez con el juicio. Sabedora de esas ideas, Laura se adelantó.
-Senador, magistrados- saludó ella. Cornelio en especial parecía agradecido por su presencia.
-Ustedes me pidieron colaborar en el proceso abierto contra Hazel Levesque y su grupo, y durante este tiempo obtuvimos esto- y les mostró entonces el anillo.
Deseosos de saber qué era lo que había pasado la dejaron seguir- Es el Anillo de Urano. Como Oráculo soy principal responsable de su seguridad y buen uso, para impedir que, como sabiamente comentaron durante el juicio, no sea utilizado de forma inadecuada. Me haré cargo del mismo durante el tiempo que permanezca fuera de los muros de Lutecia- aseguró.
-Pe-pero eso tendrá fuertes implicaciones electorales, yo no…- pero el presidente del tribunal le detuvo con un gesto recio.
-Ella es la Oráculo. Es el nexo de unión de los dioses con la ciudad, así que si ella considera que así se tienen que hacer las cosas, así se harán. Lo determinaremos en sentencia. ¡Flavio!- gritó entonces.
Los legionarios se movieron para llamar a su superior, y este llegó a los cinco minutos. Se cuadró ante los magistrados, y esperó órdenes.
-Escolta hasta el París moderno a la Oráculo, tiene un viaje que realizar- Cornelio apretaba los puños molesto.
-Se está usted saltando sus funciones, Máximo Cecilio- le avisó, pero este le miró con una ceja alzada.
-Así sabrá qué se siente cuando un político se pone a decidir quién es y quien no es culpable. Pasen buena jornada, Oráculo- y tras despedirse de los oficiales presentes, volvieron hacia el juzgado, protegidos por varios soldados.
Laura volvió entonces con los demás, sonriendo victoriosa y guardando de nuevo el objeto sagrado. Lo había portado hasta entonces pero la idea era que lo tuviera Hazel, que sin duda sería una mucho mejor protectora del mismo que ella.
-Bien, ¿nos vamos?- preguntó, sonriendo.
Flavio iba tras ella, mientras se rascaba un poco la nuca sin saber demasiado bien qué decir. A esas alturas había aprendido que era mejor hacer caso a los superiores y no decir nada en supuestos como aquel en el que se encontraba.
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Por su parte, el grupo que estaba en Roma aún se encontraba en el piso de Flaviana, que estaba preparando el almuerzo. Frank seguía dormido por el agotamiento por su combate contra una cíclope en el que se había jugado poco menos que la vida. Por suerte una intervención de Urano había permitido que no acabara muerto y enterrado durante su combate, pues había estado prácticamente a solas contra el monstruo pese a estar rodeado de gente mientras los demás recuperaban el anillo y se enfrentaban al titán. El objeto sagrado descansaba en un colgante en torno al cuello de Carter, que en esos momentos estaba de compra por la vieja Roma. Sólo habían dejado atrás a Hearthstone, que cuidaba del pretor mientras ellos estaban a aquellos menesteres y por casi orden de la oficial que les había acogido.
-Revisa la lista, Samuel- pidió Leo, Odd estaba empujando el carrito que llevaban.
Se encontraban en un mercado al aire libre pero que servía como súper a la antigua, ya que los puestos estaban colocados a lo largo de pasillos y en un área cerrada y bien delimitada. Y había de todo: pescados, carnes, frutas, verduras, frutos secos, algo de ropa, armerías… era bastante completo.
Este así hizo- Un pollo, dos kilos de tomate, queso, arroz y cuatro barras de pan- leyó, y comprobó que lo tenían todo.
-Ya puede hacer buena cantidad con todo esto, la verdad- comentó Odd, bostezando. La pelea de por la noche había pasado factura y no habían casi descansado.
-Es romana, seguro que cocina genial- comentó Carter, sonriendo.
-No te creas, los italianos solo saben hacer pasta y echarle muchos tomates- bromeó Samuel, y Odd le echó una mala mirada.
-No hables, no hables…- murmuró, y el otro soltó una carcajada.
No tardaron demasiado en pasar por caja y pagar con los denarios que la oficial les había dado, lo sobrante se lo guardó Carter y entre todos cargaron con los alimentos y fueron de vuelta al piso, a cuya puerta llamaron una vez llegaron minutos más tarde. Ya en el mismo procedieron a colocarlo todo mientras ella estaba a los fogones y con el elfo leyendo una revista al lado de Frank, que estaba incluso roncando.
-¿Cómo va el bello durmiente?- comentó Odd, tocando el hombro de Hearths. Este alzó el rostro algo asustado y les miró con los ojos muy abiertos, pero se relajó al ver quiénes eran.
Movió sus manos rápidamente y Leo creyó entender qué decía.
-Creo que está bien. Pero tardará aún en despertar- comentó, y el elfo asintió, se giró entonces y continuó con su lectura en silencio, concentrado.
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Amos entró en un concesionario según llegaron a Atenas. La suerte les sonrió y no tuvieron que ir demasiado lejos, pues como venían del campo estaban cerca del área industrial anexa a la capital griega, precisamente donde la mayoría de puntos de venta de vehículos se encontraban. Los adolescentes iban tras él en silencio, por ellos irían de vuelta usando un tren, o autobús o algo más sencillo, pero el adulto no parecía dispuesto a seguir así constantemente.
Por un lado lo entendían ya que era algo incomodo y dependían de que hubiera trayectos para ir a aquel sitio al que había que acceder, pero parecía ser un método más cómodo y sencillo para ellos. Claro que su mentalidad y la lógica que aplicaban era la de un adolescente. Amos jugaba en otra liga.
-Vaya ladrón, ese tipo…- murmuraba, habían entrado al primero que vieron y el comercial, en palabras del egipcio, era un saca cuartos sin honor alguno.
Entraron a otro que estaba justo en frente. Era igualmente una nave espaciosa, con muchos coches de diferentes gamas listos para ser vendidos. El logotipo de la marca estaba por todos lados y a lo largo de la estancia había paneles que ofrecía los diversos productos que vendían allí. Pero Amos no se dejó impresionar y fue directo a donde vio a los vendedores, y de hecho una de ellas se acercó. Era una mujer joven, de cerca de 30 años, pelo castaño y ojos café. Tenía, como no podía ser de otra forma, un traje con manoletinas y algo de maquillaje.
-Buenos días familia, ¿qué buscan?- preguntó, alegre. Amos miró por el concesionario y comenzó a hablar.
-Quería ver autocaravanas, ¿tienen?- preguntó, y la mujer asintió.
-Sí, pero tendría que ir a un apartado diferente, a un par de calles de aquí pero en este mismo polígono. Si quiere podemos ir ahora mismo y las ve- propuso la mujer, y el otro asintió.
-Perfecto. La esperamos fuera- sonrió afable, y, junto a los demás, salió al exterior.
-¿Tú crees realmente que pueden tener una para ahora mismo? No sé de estas cosas, pero igual nos la tienen que pedir o algo- comentó Marin, mientras se sentaba en la acera.
Patrick se quedó de pie, con los brazos cruzados, mientras Aurora observaba los pájaros volar por el cielo. Mallory tenía las manos en los bolsillos pero asintió por lo dicho por su compañera.
-En el mejor de los casos igual nos toca esperar una semana, no tiene demasiado sentido- pero Amos negó.
-Tranquilas, lo tengo controlado- aseguró.
Ellas se miraron con cierto interés, pero se mantuvieron en silencio a la espera de ver qué hacía el adulto. En poco tiempo vieron llegar a la chica del concesionario con unas llaves en la mano, cuando pasó cerca de ellos les indicó que la siguieran.
-Ya que somos bastantes iremos en una furgoneta, si les parece bien- indicó, y el grupo tuvo que asentir.
Ella les llevó a una pequeña furgoneta y a la que entraron todos sin demasiadas dificultades, pues era espaciosa. Pero no lo suficiente para entrar todos los que tenían que entrar para cuando estuvieran en Lyon. Una vez colocados en su sitio todos la mujer condujo por las calles de la zona industrial animadamente.
-Bueno, pues me llamo Adriana y seré vuestra vendedora, ¿Y ustedes? ¿Han pensado qué tipo de autocaravana quieren?- preguntó.
-Sí. Una lo más amplia y cómoda posible, la verdad es que no tenemos problema con el presupuesto- explicó él.
-¿Habría opción a tenerla para hoy, o mañana?- preguntó entonces, y la mujer se lo pensó.
-Depende de cual quieran adquirir, tenemos algo de stock pero no demasiado- explicó.
No tardaron mucho en llegar hasta su destino, donde bajaron. Adriana les llevó hacia el interior y les señaló dónde estaban las autocaravanas, encaminándose en esa dirección sorteando a clientes y comerciales.
-Tome- le tendió un panfleto donde venían las diferentes versiones de los vehículos que vendían, para que le echara un vistazo rápido mientras ella tomaba más papeles.
-Bueno, pues las más grandes son aquellas del fondo, están en torno a 150.000€ y son bastante espaciosas. Hueco para 10 personas, cocina, baño y un pequeño comedor, más los asientos de viaje. Igual es muy caro y…- pero Amos negó.
-Es perfecta, ¿la podemos ver por dentro?- Ni se inmutó cuando ella dio precio.
-Por supuesto- rebuscó en el llavero que portaba y se acercó a la puerta de entrada, que abrió y penetró al interior del vehículo.
Era de unos diez metros de largo y tres de ancho, con asientos grandes y amplios a lo largo de una mesa de madera que se elevaba del suelo con forma de U y, en frente, la cocinilla y una nevera que iba de arriba abajo. Al otro lado estaba un pequeño baño con ducha y retrete, y al fondo las camas donde poder descansar. Era un pisito de soltero con ruedas.
-Tiene todas las comodidades: teléfono, microondas, tele, nevera, aire acondicionado y radio, cuenta incluso con una tolda que permite comer fuera de necesitarlo- según avanzaba por el pasillo iba explicando.
-También tenemos un seguro a todo riesgo durante 4 años, asistencia en carretera y dos años de garantía gratis en nuestros talleres, y para todo lo que se pueda estropear- Amos ya estaba convencido, pero a los adolescentes les parecía demasiado gasto.
-Me encanta. Si le importa haré una llamada corta y confirmamos compra, ¿vale?- y Adriana asintió.
Salieron de la autocaravana y Amos sacó su móvil tranquilamente.
-Voy a llamar a Carter, para que no se asuste- y les guiñó un ojo a los demás entonces, que no sabían muy bien qué decir.
-Cuando nos vean aparecer con este armatoste van a flipar- comentó Mallory, y Marin se rio un poco.
-Pues a mí me mola, la verdad- comentó Aurora, y miró a Patrick.
-¿No crees?- le preguntó, y este asintió, sin saber muy bien qué más decir.
Por su parte el adulto llamaba a su sobrino- Carter, voy a hacer una compra cara pero necesaria- oyeron como este respondía.
-Pues 150.000. Pero te aseguro que te encantará. Sí, sí, todo a mi nombre. Sí, me hago cargo. Claro, te dejaré conducirla. Sí, con seguro a todo riesgo, claro. A ver, la podemos modificar, son 10 plazas pero Leo algo podrá hacer… Vale, pues la compro. Nos vemos- y colgó entonces.
Les sonrió y se acercó a Adriana, que estaba en una mesa sentada. Se colocó en frente a ella y comenzaron a hablar mientras los adolescentes esperaban fuera a que hicieran los trámites necesarios para la compra, preguntándose cuanto iba a durar aquel aparato, si es que llegaba hasta el final de la misión. Tendrían que hacerle muchas modificaciones para adaptarla a la naturaleza de la aventura que iban a vivir…
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Jasón conducía, con William de copiloto y los demás detrás y hablando en susurros por estar Beatrice tan agotada que dormitaba en el hombro de Katherine. Tenían música de fondo suave para no despertar a la druida y que el romano se pudiera concentrar en la carretera, aunque tampoco es que tuvieran demasiado que hablar, o fuerzas para hacerlo. El combate les había dejado exhaustos y en ese rato esperaban poder descansar un poco y, de paso, observar el hermoso paisaje de la campiña inglesa durante las siguientes dos horas hasta llegar a la ciudad portuaria donde comenzaba el túnel submarino que les llevaría de vuelta al continente.
-Espero que no me den muchos problemas cuando devolvamos el coche…- murmuró Jasón, y William le miró de reojo.
-No creo, y de todas formas la magia de ella durará varias horas, suficientes para poder llegar hasta nuestro objetivo. Ha podido perfeccionar ese tipo de poder con el tiempo, un día tuvimos que correr para poder salir de un pasadizo que amplió para que pudiéramos pasar y que de normal era demasiado estrecho- explicó.
Jasón sudó un poco en frío al pensar en lo que les podía pasar si en plena carretera el coche volvía a la normalidad, pero él parecía bastante seguro de que eso no iba a pasar.
-Para esta tarde-noche deberíamos estar en París con los demás, y juntos bajar hasta Lyon- comentó el romano, mientras se recolocaba un poco en el asiento.
-Eso sería lo ideal, pero no contemos con ello. Hay que estar siempre en lo peor- comentó Blizten, y los demás suspiraron.
-¿Desde cuando eres tan alegría de la huerta?- le preguntó Electra, y este bajó algo la mirada.
-No siempre tendremos tanta suerte, hay que tener eso en cuenta- explicó, y se cruzó de brazos un poco.
Los demás se quedaron en silencio, analizando sus palabras. En el fondo sabían que él tenía razón, pero siempre les gustaba poder animarse con aquellas cuestiones y así tener la moral más alta.
-Prefiero no llamar a la mala suerte mientras nos dure la buena. Ya habrá tiempo de pasarlo mal- comentó Jasón, estaban entrando en esos momentos en la carretera dirección a la costa.
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El grupo de Lutecia salía por las puertas de la ciudad. Del campamento cercano aparecieron unos soldados que, junto a Flavio, se quedaron detrás del grupo para escoltarles hasta la ciudad moderna y donde se encontrarían con los de Londinium. Irían andando por los caminos de tierra todos y cuando alcanzaran su objetivo se separarían y los legionarios volverían a sus hogares.
-¿Es necesario que vengan con nosotros?- preguntaba Jeremy, y Laura asintió, sonriendo.
-Claro cariño, ellos son mis protectores, pero no te pongas celoso. Pronto lo serás tú en exclusiva- aseguró ella.
Waltz iba justo detrás mirando los campos verdes de Francia sonriendo, nunca había visto un paisaje así en sus años de vida. Ni Anubis había presenciado algo cercano, y eso que había estado contemplando la rivera del Nilo durante siglos. Annabeth en cambio hablaba con preocupación con Hazel.
-Os espera una misión muy dura, ¿conoces el Inframundo?- preguntó la rubia, y la otra negó.
-Estuve allí como alma hasta que Nico me hizo resucitar, pero sólo estuve en los Asfódelos… ahora tendremos que ir hasta los Elíseos y en teoría debería ser fácil, pero… nunca lo es- afirmó.
Annabeth podía afirmar eso- Con la suerte que tenemos los semidioses seguro que acabamos en el Tártaro- añadió Hazel.
-No pienses en eso, no es bueno comerse la cabeza con algo así. Pero debes estar preparado para eso. ¿Sabes si Nico irá?- a eso la otra se hundió de brazos.
-En teoría sí. Pero le dolerá mucho- eso era evidente.
Él lo había pasado muy mal con la muerte de Bianca, pasó de ser un chico alegre al estereotipo de gótico triste y con peligros de acabar en una depresión. Ahora tenían que ir a sacarla del Inframundo justo cuando empezaba a recuperarse psicológicamente de aquel trauma, parecía cosa del destino. Literalmente así debía ser ya que estaban en una batalla por el futuro del mundo, y pese a ello entendían que si no quería venir era mejor no obligarle a nada. Por mucho que un dios se lo ordenara, Nico di Angelo haría lo que quisiera, como siempre.
-¡Ey, mirad eso!- Waltz señaló al frente.
Delante de ellos vieron cómo aparecía un resplandor que les obligó a apartar ligeramente la vista durante unos instantes hasta que el exceso de luz desapareció. Cuando aquello paso comprobaron que ante ellos había una mujer que Annabeth y Hazel reconocieron de inmediato.
-Hestia…- murmuraba la romana, y esta asintió.
-Habéis cumplido bien con esta misión, pero aún tenéis cosas que hacer en territorio europeo. La guadaña de Cronos sigue dividida en cinco fragmentos pero eso no es lo más importante- suspiró entonces.
-Las tejedoras del destino siempre aciertan. Tardarán más o menos, pero siempre lo hacen. Ni el rey del Olimpo se libra de esa ley, aunque haya hecho todo lo posible para ello- en su mano apareció un papel.
-Esto es extraoficial. Sólo yo soy consciente, pero pronto el principal interesado también- les sonrió entonces afablemente mientras le entregaba el documento a Jeremy.
-Decidle a Marin que la quiero- y desapareció de nuevo de allí. El rubio se giró a mirar a los demás y les tendió el papel.
-Es una dirección- comentó, y les mostró entonces la misma.
Y que llevaba a, precisamente, París. Que coincidencia, y viniendo de una deidad eso era lo último de lo que se trataba. Tenía muchísimo sentido y seguro que era algo totalmente buscado por parte de Hestia. Ya tenían algo que hacer en la ciudad mientras esperaban a que llegaban sus compañeros.
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La diosa no fue de primeras al Olimpo. De hecho apareció antes en una casita a las afueras de la capital francesa, donde vio a una mujer con un joven a su lado. Ella era de unos 40 años, con el pelo negro azabache y ojos verdosos, mientras el chico tenía la cabellera negra como el carbón y con pupilas del color de la tierra. Era delgado, cercano a la veintena y bastante apuesto. A Hestia le recordaba a su padre, y el bramido de un trueno le indicó que este acababa de llegar.
-¿Es en serio, Hestia?- Zeus apareció detrás de la mujer, que se giró.
Este parecía con cara de estar realmente rabioso. Rayos crepitaban en sus ojos y manos, y a cualquier otra divinidad le hubiera sido hasta intimidante. Pero no a su hermana mayor.
-Es en serio, Zeus. Esa mujer es Metis, y ese muchacho el hermano de mi sobrina Atenea- sonrió de medio lado mientras le veía a él jugar con un labrador enorme.
Parecía un muchacho normal y corriente, para nada un dios.
-¿La has ocultado a mis ojos, verdad?- preguntó, apenas conteniendo su ira. Hestia asintió.
-Si te hubieras enterado de su liberación tras el nacimiento de Atenea la hubieras devorado de nuevo, y eso no se podía permitir. Además, había un destino que cumplir- él se dejó de controlar en ese momento y la aventó contra un muro.
Ella frunció el rostro por la violencia de él, sus ojos brillaron como el fuego y su pelo se incendió. Zeus no parecía dispuesto a dejarla ir hasta que se paró segundos después.
-Eres una ramera traicionera…- gruñó, y la otra le miró con calma.
-Eres tú el que no controla sus instintos más primarios. Y el que no es capaz de cumplir con su palabra- eso le dolió directamente en el ego a Zeus. Y este no era pequeño precisamente.
-Tiene, ¿Cuántos? ¿Veinte? Joder, si es casi de la edad de Thalía…- murmuró, y Hestia asintió.
-Y desconoce su naturaleza, cree ser un humano más. Su madre le ha cuidado bien, y yo a ambos- Zeus frunció el ceño.
-Ya no podría devorarle, efectivamente… Cómo no me di cuenta de que…- y ella se rio.
-Mi amado hermanito…- ella le posó una mano suavemente en su hombro.
-Te quiero, pero eres un tonto a veces. Será mejor que vuelvas a casa, Hera debe estar poniéndose celosa ya- y Zeus rodó los ojos, molesto.
Esa era la segunda traición de Hestia en una semana, y eso que la divinidad más tranquila de todas no había hecho nada así hasta entonces. Claramente la había infravalorado.
-Cuando todo esto acabe, te tendré encadenada al cielo durante cien décadas…- gruñó él, y la otra asintió.
-Aceptaré el castigo que me impongas, Zeus. Pero en el fondo sabrás que llevaba la razón- pero antes de que ella pudiera decir nada él desapareció en un fuerte resplandor, dejando a la otra sola.
Ella suspiró un poco entonces, triste. Efectivamente amaba a Zeus, pero era su comportamiento en exclusiva lo que había provocado aquello. Ella sólo llevaba a cabo aquello que se debía hacer.
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Frank no despertó hasta mediodía, cuando el olor de la comida empezó a llenar el ambiente. Sus ojos se empezaron a abrir lentamente y un fuerte dolor le recorrió el cuerpo en ese instante, momento en que fue consciente de las múltiples contracturas y agujetas de las que sus músculos adolecían. Una batalla contra un cíclope no era sencilla, precisamente.
-¡Buenos días princesa!- Odd apareció ante su vista con una amplia sonrisa, y Leo poco después.
-Me duele todo…- murmuró, pretendía incorporarse pero apenas se podía mover.
Entre los otros dos le ayudaron a colocarse y apoyarse en el cabecera de la cama. Flaviana llegó minutos después con el delantal puesto, Carter y Hearths aún en la cocina cuidando de que la comida no se quemara en ese rato. Samuel se encontraba colocando la mesa para que todos comieran.
-Ave, pretor Zhang- la mujer se cuadró en ese instante.
-Ave, ave… ¿qué pasó? ¿Y la batalla?- le explicaron entonces la victoria y su espectacular combate contra Alímedes, con la que quedó en tablas.
Él no quería tener un segundo combate contra ella, de todas formas. Le valía con un digno empate.
-Vaya… voy a necesitar ambrosía si me quiero curar antes- y la centurión sonrió entonces.
-He hecho arroz con pollo a la ambrosía precisamente para usted, pretor. Será un honor para mí que sea el primero en probar mi gran plato- comentó, orgullosa.
A él no le acababan de gustar del todo que le agasajaran tanto, pero al final era lo que tenía el cargo de pretor.
-Hemos hablado de salir a ver la ciudad tras comer y que de paso presentes un evento para agradeceros por la participación en la batalla contra los monstruos- le explicó Odd, y Jasón suspiró pesadamente.
-No sé cómo me voy a mover, me duele todo- comentó él, pero Flaviana le restó importancia.
-Usted es pretor, sería un enorme honor… y de paso…- ella dudó, pero el muchacho entendió lo que quería decir.
Necesitaban de un pretor en Roma, como él y Reyna lo eran en Nueva Roma en América. Y si los políticos daban problemas, tendría que ser él el que decidiera. Ese era, como diría Percy, un marrón grande como la panza de un pegaso.
-¡Ya está hecho!- Carter apareció por la puerta con una olla humeante y fue directo a la mesa, donde Samuel colocó un paño para proteger la tela que servía de mantel del ardiente acero.
-¡Genial, me muero de hambre!- comentó Odd, y fue directo a la mesa. Flaviana tomó la mano de Frank y le ayudó a levantarse, tirando de su cuerpo y pasando el brazo de él por sus hombros.
Le llevó hasta la mesa y le posó en la silla principal, presidiendo la misma, para luego colocarse a su derecha. Los demás no tardaron demasiado en reunirse y sería Flaviana la que sirviera los platos, por supuesto reservando la mayor cantidad para Frank, cuyas mejillas se sonrojaron un poco por ello.
-Gra-gracias- murmuró él, y probó ligeramente la comida.
Sus papilas gustativas sintieron entonces un festival de sabores que le hicieron olvidar cualquier protocolo en la mesa y se puso a devorar. Como siempre el poder de la ambrosía se detectaba en aquel plato, que le recordó al agradable sabor del pollo laqueado que su madre a veces preparaba en días especiales, y que le devolvió a su casa de Canadá, cuando todo era mucho más sencillo y sólo se tenía que preocupar de cosas normales y corrientes.
-Me alegra que os guste mi plato- comentó ella, sonriendo un poco al ver como ninguno había alzado la cabeza del plato.
Odd hablaba pero ella no entendía palabra alguna. No le comprendió hasta que tragó- Está estupendo- y siguió comiendo, o mejor dicho, engullendo.
No tardaron demasiado en terminar, y Frank se sentía mucho mejor gracias a la ambrosía diluida en la salsa, pero en suficiente proporción para que pudiera curar su cuerpo y darle energía ya no solo por la magia en sí, sino también por aquella comida.
-¿A qué hora es el evento?- preguntó Frank, y la centurión se lo pensó unos instantes.
-Normalmente es ahora, algo después de mediodía- explicó.
-Suele ser breve pero te podrás explayar todo lo que desees- añadió la chica, que se levantó entonces.
Frank la imitó, para luego hacerlo los demás y retirar la mesa todos juntos. Todo mientras Odd seguía comiendo un poco más, teniendo Samuel que levantarle para que también ayudara un poco con aquello y no se "librara" de esa tarea. En poco tiempo lo recogieron todo y entre Faviana y Frank se pusieron a limpiar todo, pues sería de mala educación hacer que los invitados se pusieran a hacer esos menesteres cuando habían ayudado antes con las labores del hogar, así que se limitaron a sentarse en el sofá a la espera de que los otros dos acabaran.
-Mi tío Amos llamó antes, va a comprar una autocaravana para que vayamos todos, pero me parece que vas a tener que cambiarle cosas, Leo- este miró al egipcio con interés.
-¿Podré ponerle un lanzallamas en los faros y un lanzacohetes en el techo?- preguntó, casi como si le hiciera ilusión esas cosas.
-Eh… supongo, ¿por?- preguntó, y Leo sonrió de lado a lado.
-¡Genial!- y rebuscó por todas partes papel y lápiz para dibujar. Odd se colocó a su lado para ayudarle con los garabatos, y felices y juntos, comenzaron a maquinar el aparato que iban a fabricar.
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En una pequeña casita a las afueras de París vivía Metis. Ella ya no usaba ese nombre, en su lugar había pasado a ser Daria Erecterión, soltera y regente de una tienda de frutas local. Vivía sola en su vivienda unifamiliar de dos plantas salvo por la presencia de su hijo, Erik.
-Madre, prometo que me haré cargo del jardín, pero…- estaba jugando con su perro, un gran labrador de pelo marrón y muy cariñoso de nombre Poko.
-¿Pero?- le preguntó ella, con una ceja alzada. Había sido testigo de la pelea fuera de la casa pero había actuado como que no pasaba nada.
-Pero no me vendría mal que me dejaras usar el cortacésped- pero ella negó.
-Ese aparato es súper peligroso hijo, podrías cortarte un pie, o una mano- y él suspiró.
-No me pasará nada… y el señor Jean Pierre me enseñó a usarlo- y sin embargo ella parecía reacia a ello.
En realidad no correría peligro alguno. Lo más seguro es que de pasar algo la que acabara mal fuera la propia máquina, pero eso le haría plantearse preguntas, muchas de ellas incomodas y que ella no deseaba tener que responder. No dentro de poco, pues eventualmente él se daría cuenta de que no envejece, de que no se cansa… y un sinfín de cosas más propias de una deidad y que los seres humanos desconocían. Pero mientras pudiera darle esa vida, lo haría. Dejó de pensar en ello cuando vio entrar a Hestia, o mejor dicho, a la señora Margaret.
-¡Daria! ¡Ay que guapo esta mi Erik!- disfrazada de una anciana de 70 años Hestia se les podía acercar sin problemas de ser vista por ese metomentodo de Apolo.
El aludido se levantó con una sonrisa y se dejó abrazar por su "abuela", que le dio un beso en la mejilla. Como siempre, un suave olor a vainilla le llegó a la nariz y comprobó divertido que le tendía un billete de veinte en la mano, como si se tratara de un pase de alguna sustancia ilegal.
-¿Qué tal abuela?- le preguntó, y la anciana le sonrió, acariciando su mejilla.
-Tengo noticias, Daria. ¿Lo viste?- preguntó, y esta asintió. Su rostro se ensombreció en ese momento, cosa que preocupó a Erik.
-¿Qué viste, mamá?- preguntó, y la anciana les invitó a sentarse.
-Hay algo que debes saber- tomó la mano del joven entre las suyas y empezó a brillar con intensidad.
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De vuelta en América, Nico di Angelo estaba revisando por última vez su maleta. Poca cosa, algo de ropa limpia, ambrosía, un bocadillo para el viaje y su espada de acero estigio al cinturón convenientemente camuflada como un paraguas pequeño. Claro, no era lo mejor llevar un arma blanca en un vuelo transatlántico, a la gente le daría un algo de verle con algo así. Will Solace le miraba en silencio, cruzado de brazos a la salida de la cabaña de Hades en el campamento griego. El primero refunfuñaba en italiano toda clase de improperios, con cara de malos amigos y conteniendo las ganas de estrangular a alguien. Su pelo negro caía sobre su rostro como una cortina y sus ojos, de normal del color del café, estaban algo rojos por los llantos de hasta hace una hora.
-Cuídate, Nico- este se giró de pronto, y miró a su pareja. Se limitó a asentir.
-No me dejarías en paz si me pasara algo, eres más pesado que las vacas- murmuró, y el otro sonrió.
-Lo digo en serio- en ese momento acarició despacio su rostro, acercándose de pronto.
Se dieron un suave beso, y Nico cerró los ojos, mientras se fruncía su ceño.
-Les odio…- murmuró, y el rubio bajó su rostro.
-Lo sé… Pero al menos podrás verla de nuevo- y el otro tembló entre sus brazos.
-Me ha costado años superarlo… y ahora…- un suave gruñido salió del fondo de su pecho, y Will comprendió que había vuelto a romper a llorar.
Quirón apareció entonces por la puerta. Había envejecido un par de décadas más desde que los otros habían salido del campamento días antes, hasta la piel de su mitad caballo se veía afectada. Pero mantenía una sonrisa algo forzada para calmar ánimos.
-¿Listo?- preguntó. Arges ya estaba esperando fuera para llevarle hasta el aeropuerto que le llevara a Madrid, y de allí, a Emérita. Percy iría a por él, mientras los demás se quedaban allí a la espera de que se reunieran los demás.
-No, pero no hay más remedio- Nico se separó a los pocos segundos del pecho de Will, se limpió la cara con su manga, tomó su maleta, y salió con el director del Campamento.
Anduvieron en silencio hasta el coche, con ambos callados sin saber demasiado bien qué decir. Quirón se lo pensó durante un buen rato, y Nico, conociendo aquello, le miró de reojo un par de veces.
-¿Me quiere decir algo, director?- preguntó, y este acabó asintiendo.
-Tú mejor que nadie sabes que las cosas se pueden torcer en cualquier momento- comenzó. Se detuvo a unas pocas decenas de metros de Arges, que estaba apoyado y cruzado de brazos sobre el coche que usaban para ir hasta el aeropuerto.
Nico dejó al centauro seguir hablando- Has… madurado mucho en estos pocos años. Has crecido y aprendido más que muchos semidioses que llevan aquí el doble o más de tiempo, y no sé si eso es bueno o malo… pero sé que te irá bien- posó una mano en el hombro de él.
-No te dejes dominar de nuevo por tus emociones, y actúa con cabeza fría. Y sobre todo, sé comprensivo con tu hermana. Ella… no creo que haya pasado por los mismos cambios que tú- eso el muchacho podía entenderlo.
Las cosas se veían diferente cuando se era un alma y no un ser humano vivo. Se contempla todo de forma muy distinta, y seguramente sus experiencias lo fueran. En teoría ella había resucitado, pero claramente les habían engañado, una vez más. Nada nuevo, pero sentía bastantes ganas de darle un buen puñetazo al payaso de su padre. También esperaba, aunque dudaba, que Persefone se comportara.
-Haré lo que pueda, lo prometo. Cuidaré de mí y de mis hermanas. Incluida la romana hija de Proserpina- aseguró, y el anciano centauro asintió complacido.
Se dieron la mano por una última vez, y recorrió en solitario los últimos metros hasta llegar al coche, donde entró. Esperaba que el viaje fuera tranquilo…
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(1) De la misma manera que en un capítulo previo se me olvidó incluir a Jasón, en Atenas III incluí a Samuel sin estar él en ese grupo. Lamento la posible confusión.
(2) Gran padre Dagda, ayúdame y hazme hacer este coche más grande
La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
