Enemigo primordial
Capítulo 25
Ya adquirida la autocaravana, el grupo de Atenas esperaba mientras la vendedora ultimaba los papeles y sacaban el aparato para poder seguir con su aventura. Habían logrado poder irse con ella ese mismo día gracias a ser un producto de lujo que al final no se vendía en demasiada cantidad y el jefe del concesionario no vio problemas en que así fuera. Total, el siguiente que pudiera estar interesado no vendría en un tiempo y daba tiempo de sobra para pedir a fábrica. Por ello se quedaron fuera del edificio, al cobijo de una sombra pues el calor estival apretaba con intensidad y no había muchos más sitios mejores en los que hacer tiempo hasta que la mujer viniera.
-Antes de salir pasaremos también a comprar víveres. No me gustaría necesitar parar demasiado más que para repostar y poco más- comentaba Amos.
-¿Por? No será por sitios donde descansar y comer algo- comentó Aurora, Patrick estaba de acuerdo con ella.
Marin estaba pensativa- Supongo que para evitar peligros. Un cíclope nos atacó en plena misión y una diosa se pudo colar en medio de nuestro viaje en tren- a eso el adulto asintió.
-Por lo que sé poco podríamos hacer contra eso, yo no me preocuparía por ello. Si quieren molestarnos lo harán, da igual lo que hagamos- saltó Mallory.
-Son unos pesados y constantemente tenemos que sacarles las castañas del fuego. Da igual que estemos muy liados o en peligro que ellos igualmente vienen a joder, así que… me da igual- añadió.
-Por molestos que sean, contra los dioses no tenemos que luchar. Contra los monstruos sí- comentó entonces Aurora.
Amos iba a habar cuando oyeron el fuerte rugido de un motor. Vieron como de una calle salía una autocaravana, en concreto la misma en la que habían estado hace unos minutos y que se dirigía hacia ellos. Según se acercaba comprobaron que a sus mandos estaba la mujer que les atendió, que detuvo el aparato en frente de ellos y apagó el motor. Abrió la puerta desde su asiento y descendió a tierra con las llaves en la mano y varios papeles.
-Bien, pues ya está todo preparado. Han tenido suerte y pueden irse con ella, sólo faltaría un seguro y que nosotros mismos podemos ofrecerles, sólo tendría usted que firmar por aquí- comentó.
Amos recibió todo aquello y miró por encima el contrato de seguros- ¿A todo riesgo?- a eso la otra asintió.
-¿Por cuantos años?- preguntó.
-Cinco más dos de mantenimiento con la casa- a eso el egipcio asintió y comenzó a rellenar.
-Están todos los datos correctos, números de cuenta y cantidades… bien…- murmuraba, la otra esperaba paciente mientras los adolescentes se aburrían.
-Aquí tiene- al terminar, el adulto le tendió los papeles a la mujer, que a su vez hizo lo mismo con las llaves.
-Disfrute de su adquisición, señor Kane, y tengan buen viaje- se despidió de ellos mientras les veía montar en el aparato, y, tras arrancar, salieron de allí a buen ritmo.
Amos no tardó en poner música en la radio y a silbar a su son, recolocando de vez en cuando su asiento adelante y atrás y moviendo los cristales para acomodarlo todo a su gusto.
-Perfecto, es perfecto todo esto. ¡Chicos, preparaos para en cuanto compremos ir derechitos a Roma!- apenas había recorrido un kilómetro y ya estaba encantado.
Los otros sonrieron un poco. Tenían que aprovechar los vientos favorables mientras los tuvieran, porque en cuanto acabaran… los iban a echar de menos.
-Veamos el GPS… ¡Patrick, ayúdame tú que sabrás más!- pidió, y este se acercó.
A la vez las chicas se sentaron al fondo y observaron como ellos se peleaban con el aparato hasta que lograron que funcionara, aunque ya era tarde. Marin había avistado un centro comercial por la ventana y había guiado a Amos, que condujo hacia allí directo y sin vacilar.
-¿Chicas, habéis pensado cosas para comprar?- a eso Aurora alzó una ceja.
-¿Teníamos que hacerlo?- preguntó, y a eso Amos asintió.
-Claro. Tenemos que trabajar en equipo- en ese momento estaban entrando a la zona de aparcamiento y se disponía a buscar un hueco libre.
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Tras la comida en la casa de Flavianna, el grupo de Roma se vistió de gala para acompañar a Frank en su discurso de la victoria. No tenían nada mejor que hacer hasta que no llegaran los demás y así le arropaban, pues tenía que tomar la difícil decisión de elegir a un Pretor para la ciudad ante la incapacidad de los senadores locales de elegir a uno. Los centuriones ya lo llevaban tiempo pidiendo y ahora que tenían a uno entre ellos no tenían intención de dejarle ir hasta que no eligiera a uno de ellos. Frank era consciente de ello y por eso se encerró en un cuarto con papel y lápiz para centrarse un poco, mientras los demás esperaban.
-El evento será a las cuatro, aún tiene tiempo…- murmuró Flavianna, mirando el reloj de pared.
El chico se había encerrado al poco de comer y desde entonces había estado a solas intentando hacer el discurso, solo saliendo para beber agua de vez en cuando. Se le veía nervioso por la enorme responsabilidad pero se la quedaba para él. Estaban viendo la tele de la chica, colocados en torno a la misma sentados en varios sillones a la espera de que el otro acabara.
-¿No es un poco marrón el que le habéis dado? Apenas os conoce y tiene que decidir cuál de vosotros va a ser Pretor- comentó entonces Samuel, cruzado de brazos.
La aludida frunció algo el ceño, Leo desvió la mirada mientras Carter bajaba la cabeza y Hearths ni se enteraba por estar demasiado centrado en las imágenes de la pantalla. Odd aguantó un poco la risa por su parte, divertido y con ganas de ver la reacción de ella. La misma no tardó en llegar.
-Llevamos mucho tiempo sin un líder. Los políticos quieren colocar cada uno al suyo y los centuriones nos hemos negado porque eso supondría que el ejército esté a sus órdenes, y eso no se puede consentir. Mejor… que sea otro Pretor el que elija al nuestro- murmuró.
El celta se rio un poco- No es bueno que los políticos metan mano a los militares, pero si es al revés todo está perfecto- la aludida le miró, molesta.
-Celta tenías que ser… no entendéis nada- Samuel iba a responder cuando apareció por allí Frank.
Todos se giraron en ese momento, este parecía algo nervioso y tenía un único papel en las manos, algo arrugado y con un texto escrito en el mismo. Pese a las circunstancias su caligrafía era perfecta, al menos desde donde estaban. Para todos fue sorprendente que hubiera escrito tan poco pero no debía ser fácil improvisar un discurso en tan poco tiempo y en teoría tampoco era un evento tan largo.
-Ya… ya estoy. ¿Tienes café? Estoy cansado- preguntó mirando a la centurión, y esta asintió.
Se levantó y cuando pasaba cerca del chico, este le pidió que se acercara. Le dio una instrucción en un murmullo y esta asintió, tras lo cual pasó a la cocina. Mientras él iba al sillón y se recostaba al lado de los demás, ella comenzó a preparar la bebida y a la vez pensaba en cómo le diría a los demás centuriones que vinieran… tendría que bajar al campamento para dar con ellos, y de paso ver el estado de las tropas. Quería verlos con sus propios ojos en lugar de oír a alguno de sus compañeros. Cuando hubo preparado la bebida salió al salón, donde le tendió la taza a su superior.
-Voy a salir a ver a mis hombres. En breve volveré y os llevaré hasta la ceremonia directamente- afirmó, y entonces tomó su arma y fue hasta su cuarto, donde se cambiaría.
Tampoco tenía mucho que hacer allí, pero quería prepararse mentalmente. La orden del Pretor había sido clara: reunir a los demás centuriones para que él les diera unas palabras antes del evento. Comprobó su armadura, estaba algo desgastada por el combate y necesitaría un arreglo pero por suerte aún podría defenderla en alguna batalla más. La había dejado en la cama junto con las demás piezas de protección, pero no usaría eso. Abrió su armario y sacó una capa morada con los ribetes dorados y que se colocó a la espalda, para luego tomar una armadura dorada y su espada. Se colocó primero el peto para luego ajustar las hombreras de la capa a la misma, tras lo cual se colocó el cinturón con la espada.
-¡Salgo!- exclamó, mientras pasaba al pasillo e iba directa a la puerta. Un grito afirmativo por parte de los demás le indicó que la habían escuchado.
Bajó las escaleras hasta la calle y se dirigió directa hacia el campamento, con el ceño algo fruncido y su capa ondeando al suave viento diurno, con el Sol iluminándola y con la espada brillando con el fulgor de Apolo. Algo le decía que esa calma iba a desaparecer de un momento a otro…
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Por su parte, Hestia había entrado con Erik y su tía Metis a la casa, con un chico totalmente sorprendido por lo que acababa de pasar. Su abuela había pasado a ser una mujer adulta de una belleza sobrenatural, con el pelo brillante y los ojos de un intenso marrón y no del apagado tono que siempre había mostrado hasta ese instante. Su madre no parecía sorprendida en absoluto por aquella apariencia nueva así que algo debía saber, pero no entendía absolutamente nada. Es por ello que pidió entrar a la casa y que le explicaran todo detenidamente y, sobre todo, que le dijeran porqué habían ocultado lo que fuera que estaban escondiendo.
-Lo que has visto es solo una muestra… sobrino- comenzó Hestia, se había sentado en un sillón del salón.
Este era algo amplio, con un gran sofá y un par de asientos individuales laterales, una gran tele y unas lámparas en el techo. Las paredes estaban cubiertas por grandes estanterías hasta arriba de toda clase de libros y el suelo cubierto por una alfombra que estaba en el centro de la sala y que llegaba a cubrir los asientos y la pequeña mesa que tenían delante.
-¿Muestra de qué?- preguntó, algo asustado.
-De mis poderes. ¿Conoces los mitos griegos?- preguntó Hestia, y Erik asintió.
-Sí, pero… no puede ser, me estás vacilando- murmuró, con una sonrisa nerviosa.
-Es decir, eso… eso es imposible, ¿verdad mamá? Esto debe ser un sueño…- gruñó, levantándose, y Metis se levantó entonces.
-Me temo que no lo es… Ella es Hestia, hijo. Diosa griega del hogar y el fuego sagrado. Yo… soy la titanide Metis- el otro se dejó caer al sofá.
Tenía mala cara, claramente no se creía nada y empezaba a enfadarse- ¿Crees que de no ser algo especial podría haber rejuvenecido décadas en instantes, muchacho?-
Hestia sonreía de medio lado, cruzada de brazos- Prueba a clavarme este cuchillo- en su mano apareció uno en ese instante.
El chico ni reaccionó, así que sería ella la que hiciera el movimiento. En un parpadeó se colocó frente a él y le hundió el arma en el estómago. Él dio un gemido, incrédulo y notando un fuerte latigazo de dolor que le hizo soltar un aullido… hasta que dejó de sentirlo. Sorprendido bajo su rostro y se encontró que, lejos de tener una terrible herida en el vientre, este estaba intacto. De hecho el que acabó mal fue el metal del cuchillo, pues se había doblado totalmente.
-¿Un humano corriente hubiera podido hacer esto? ¿O se estaría desangrando?- en ese momento intervino Metis.
-Suficiente, Hestia. Creo… que lo entendió- el chico se había sentado y tenía la cabeza agachada.
Alzó la vista, sus ojos estaban algo acuosos y su corazón latía a toda velocidad. Tragó saliva pesadamente y miró a su madre durante unos instantes.
-¿Recuerdas… cuando enfermé del estómago hace unos meses? ¿Cómo es eso posible, si soy un dios?- preguntó, serio.
Las dos mujeres se miraron, pero sería su madre la que le explicara. Tranquilamente se sentó a su vera y pasó su mano por la espalda de él en una suave caricia, comenzando a hablar con una voz suave y cálida. Más que como diosa estaba hablando como madre.
-Tu cuerpo te protegía de forma instintiva de lo más grave, pero… al no ser consciente de tu verdadera naturaleza no desataste todo tu poder. Ahora… es diferente- explicó ella.
Tomó sus manos delicadamente- ¿Y tú recuerdas cuando te caíste entre aquellas rocas? Estábamos jugando en un parque y había una zona de piedras aquí cerca- sonrió recordándolo.
Acariciaba las manos de él con los pulgares- Tú… siempre fuiste muy curioso y querías ver lo que había más allá pese a que ponía que no se pasara la valla, pero a ti eso te dio igual…- él asentía.
-Me tropecé y caí hasta el fondo, sí… No me pasó nada aquel día, pese a que me pude haber roto todo… joder…- murmuró.
Se dejó abrazar por la adulta. Aunque los tres presentes fueran dioses él seguía siendo su niño y ella su madre. Por siglos que tuviera siempre le vería así, era algo que no podía evitar. La otra asistió a aquello complacida, le sabía un chico inteligente y bueno gracias a haberle visto crecer durante todos aquellos años.
-Te preguntarás por qué ahora- comentó al rato Hestia, y él asintió.
Tomaron asiento de nuevo- Bien, esto será largo… Primero te tengo que contar la historia familiar. ¿Preparas té, Metis?- preguntó sonriendo y esta asintió.
Él se dispuso a ayudarla pero la otra se lo impidió tomándole del brazo- Estate quieto, anda. Hoy no tienes que ser buen anfitrión- este asintió algo sonrojado.
La otra volvió enseguida con varias tazas del humeante líquido, y entonces Hestia comenzó a relatar las historias de los viejos dioses griegos desde dentro, como jamás nadie las había contado, con una intensidad y vehemencia como Erik no había visto nunca ni en los mejores actores de las películas de Hollywood.
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Tras un buen rato conduciendo por las carreteras inglesas, el grupo de Jasón y los celtas de William habían llegado hasta las cercanías de Folkestone, ciudad en la que residía el túnel que conectaba la isla con el resto del continente y por el que tendrían que pasar para llegar hasta Calais, y, de ahí, a París. Entre paradas para descansar y tomar algo seguramente llegarían para la tarde a la capital gala pero al menos podrían comer en territorio francés. Mientras se acercaban a la ciudad Beatrice se despertó de pronto, abriendo los ojos de golpe e incorporándose inmediatamente.
-¡Joder Bea!- gritó Dylan, se habían dado un sonoro cabezazo por culpa de ella.
Las risas estallaron en cuanto aquello pasó, ella ni se había enterado por estar aún demasiado dormida para poder darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor.
-¿Me he dormido mucho?- preguntó, rascándose los ojos ligeramente.
-Estamos al lado de Folkestone, unas dos horitas- comentó Jasón, seguía al volante y William a su lado, que también cabeceaba.
-Te has echado una buena siesta, sí. La próxima vez igual no despiertas, esperemos que no sea así…- murmuró Bryan, y los demás suspiraron.
-Mierda- comentó Jasón de pronto, y todos le miraron con interés.
Estaban cruzando el anillo exterior que rodeaba el casco urbano y que permitía no tener que cruzar toda la ciudad hasta llegar a la zona que llevaba al eurotúnel. No había mucho tráfico, no más del que hay un día normal en esa zona tan transitada y que consistía en varios coches por carril, incluyendo motos y camiones que iban y venían del contienen hasta las islas.
-Que igual nos piden identificación, al venir no lo hicieron pero ahora igual sí. Hay mucha cola…- murmuró, empezaba a ponerse nervioso.
-Si tuvieran que ponerse a revisar los papeles de todos los coches que pasan por aquí tardarían mil años, tú tira sin miedo- le pidió Katherine, pero eso al romano no parecía convencerle.
-Así funcionan las fronteras, de hecho- aseguró, mientras tamborileaba.
-Vamos a movernos por muchos sitios, o eso creo. Y en algún momento nos lo van a pedir, salimos con tanta prisa que ni caí en ello- añadió, serio.
Chasqueó la lengua molesto, sintiéndose estúpido por semejante falta de previsión. Sin embargo Beatrice comenzó a pensar alternativas entonces, mientras se ponía a revisar en su móvil.
-¿Cómo llegasteis a Francia?- preguntó con curiosidad Kevin, y sería Sadie la que respondiera.
-En un barco mágico, atracamos en la costa de la Normandía francesa así que no necesitábamos nada de esas cosas. Y en teoría no las necesitaríamos tampoco ahora, salvo que nos toca pasar un control- explicó ella.
-Siempre que se pasa frontera hay que presentar papeles, es verdad…- murmuró Blizten, pensativo. Rebuscó entre sus prendas por los billetes del viaje de ida cuando recordó algo.
Se le iluminó la cara a Piper entonces- Podría convencerles con mi embrujahabla- saltó entonces, pero Jasón negó.
-No creo que valga… tendremos que usar algún truco o algo. Qué raro, que en Francia no nos dijeran nada- a esa reflexión de Electra Blizten suspiró.
-Fue mi madre, creo, ¿os acordáis? Ella nos dio los billetes. Aunque los compré en una maquina pero seguro que cuando metí mis datos ella nos los dio- explicó, los tenía delante y notó entonces la magia de ella, y a eso Jasón asintió.
-Pues dile a tu madre a ver si nos puede echar una mano con todo esto, porque creo que solo van a poder pasar los ingleses- comentó Jasón.
En ese momento volvió a intervenir Beatrice, que se había despertado un poco más tras el coscorrón con Dylan.
-No debería ser necesario, os recuerdo que tengo contactos gracias a las conferencias de druidas- los otros le miraron con sorpresa.
Comprendiendo que solo los de su clan iban a entender la referencia, ella se explicó- Los celtas de Inglaterra, Gales, Escocia e Irlanda nos juntamos cada año en cada una de las capitales antiguas para charlar y compartir impresiones. La última vez fue durante el anterior solsticio de verano, hace apenas una semana en el Londres moderno-
-¿Y qué nos pueden conseguir ellos?- preguntó con interés Piper, mientras la otra la miraba en silencio.
-Muchas cosas. A la mayoría de los druidas que van no les veo en todo el año salvo esos pocos días, aunque igualmente haces vínculos con ellos. Es imprescindible para poder aprender y ayudar a tu clan durante el resto del año- explicó.
-¿Dónde vive ese que te puede ayudar?- atajó Jasón, quería llegar antes a ese sitio, ya luego habría tiempo de charlar de otras cosas.
Ella le indicó la dirección y la pusieron en el GPS para poder llegar tras un buen rato intentando recordar y elegir al más adecuado y que estuviera relativamente cerca para no tener que desviarse demasiado. Una vez en ruta de nuevo se dedicó a explicar a los demás.
-Pues eso, nos juntamos una vez al año para hablar y compartir experiencias, hechizos… y de paso unir fuerzas. No sería la primera vez que de esas veces se unen dos grupos, o hay matrimonios- sonrió por ello.
-En Francia no hacemos eso, de que se junten los druidas de los grupos… o eso o Aelita no lo sabe, pero con Perseo dando por saco no me extrañaría que no se pudiera- explicó.
Los celtas miraron a los otros con sorpresa- Hace algo así como un año las Puertas de la Muerte, que conectan nuestro inframundo con la Tierra se quedaron sin guardián por culpa de la titánide Gaia en su intento de recuperar el control- comenzó Jasón.
Habían entrado a las cercanías de Folkestone para entonces- Es por eso que él y otros héroes y villanos del pasado volvieron a la vida. La mayoría han vuelto a su sitio, pero… él sigue molestando en la Galia. Creo que nos lo vamos a encontrar en nuestro viaje de vuelta, seguro- comentó.
Pero William no parecía impresionado- Si nos tenemos que enfrentar a él y a sus matones lo haremos, como siempre hemos hecho. No le tengo miedo- comentó, cruzándose de brazos con cierta suficiencia.
-Mejor, el miedo te atenaza y te hace débil- Electra le retaba con la mirada un poco, él se dio cuenta al mirar por el espejo retrovisor y coincidir con sus ojos.
Se abatió el silencio en el coche en ese momento, pero no era incómodo. Simplemente se dejaban guiar por la metálica voz de la IA del GPS y que les llevó por las calles de la localidad, recorriendo sus sinuosas calles y avenidas, con el sonido ambiente de fondo.
-Ya puedes dejar de seguir a esa máquina, yo te guío- comentó al rato Beatrice, inclinando su cuerpo un poco y apoyándose en los asientos delanteros.
Jasón asintió y simplemente se dejó guiar. Giraron en una esquina de una de las calles paralelas a la gran avenida principal hasta llegar a lo que parecía un callejón sin salida, donde aparcaron al lado de una farola y que estaba al límite de ser un aparcamiento valido dado que estaban al límite de la zona reservada a los residentes y con medio vehículo dentro de un descampado que había entre los edificios.
-Es aquí. Vamos- una vez que salieron todos del vehículo ya no tenía sentido seguir manteniendo la magia que lo hacía más grande, así que mientras se internaban en la zona de tierra este volvía a la normalidad con graves sonidos de metal comprimiéndose.
Beatrice les guio por el interior del mismo con bastante seguridad de por dónde iba. Este era la típica área descuidada de tierra y plantas, con algo de basura en los laterales rodeados por verjas de metal y alguna que otra jeringuilla de alguien que seguramente no se estaba poniendo una vacuna, precisamente. Pero ella ni se acercó a esas cosas y se limitó a avanzar hasta una boca de alcantarilla que estaba ahí, en medio de la nada y sin señalar siquiera.
-Pasad- pidió, mientras levantaba la tapa con ayuda de Dylan y William.
Un fuerte tufo emanó de la misma, pero… si ella lo decía tendría que ser así. Para demostrar que era de fiar sería ella la primera en pasar, seguida después por Katherine y tras ella todos los demás uno por uno hasta que Dylan, el último, cerró la tapa tras de sí. En el interior, el olor seguía siendo igual malo si no peor, pues era más intenso. Gracias a las luces internas de neón que adornaban las paredes podían ver a lo largo del túnel, que se extendía más allá de lo que daba su vista a ambos lados y al frente, aunque la druida no dudó en ir por la izquierda, seguida de los demás y que permanecían en todo momento con la boca y nariz protegidos por una mano para evitar las náuseas.
Sin embargo el hedor no tardó en ser sustituido por una ráfaga de aire fresco y las luces artificiales por antorchas hasta que, varios metros más allá, se encontraron con un giro a la derecha. En cuanto giraron la esquina vieron como la luz del sol iluminaba el túnel, y ya que los celtas fueron derechos en esa dirección los demás hicieron lo mismo. Según se acercaban oían el tumulto de gente ir y venir, y comprobaron que según se acercaban los puestos de vendedores de toda clase de artículos comenzaban a aparecer, incluidos los clientes, que pasaban de tienda en tienda. Y no se trataba de los puestos de un mercadillo precisamente: era toda una calle comercial que empezaba – o terminaba, según por dónde se viera – en el túnel y que se extendía varios centenares de metros hacia el exterior.
-Bienvenidos al casco viejo de Folkestone. Al viejo de verdad, no al que veríais en las páginas web o en las agencias de viaje- Beatrice se detuvo unos instantes y extendió los brazos, sonriendo.
-¿Aquí vive tu amigo? Mola…- murmuró Blizten. Electra, a su lado, miraba a todas partes algo nerviosa por el tumulto.
-Sí. A estas horas debe estar comprando para la comida. ¡Vamos!- pidió, y siguió andando a buen ritmo, seguida de los demás.
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Nico fue llevado hasta el aeropuerto por el gigante Argos, que como siempre no dijo absolutamente nada en todo el viaje desde Campamento Mestizo hasta el aeropuerto de Nueva York, en un tenso silencio solo roto por la música de fondo y los pitidos y los aullidos de los motores de los demás vehículos, pero eso a él le daba igual. Bianca, su amada Bianca y por la que había perdido el sueño y el apetito… la iba a volver a ver. Dudaba poder contenerse en el momento de sentarse en el avión, pues ese sería el instante en el que no había vuelta atrás: tendría que hacerlo, quisiera o no. Suspiró pesadamente, le hubiera gustado poder hablar con Hazel, pero ella estaba en esos momentos en París y con varias horas de diferencia, a saber si estaba despierta o qué estaba haciendo.
En ello pensaba cuando comprobó que se acercaban al aeropuerto internacional. Mientras se introducía en el mismo, por primera vez que él recordara escuchó al viejo Argos pronunciar palabras inteligibles.
-Buena suerte. Ojalá ella vuelva- musitó, simplemente.
El chico entendió que esas serían las únicas palabras que le diría nunca y que debía agradecerlas, así que se limitó a asentir y decidió que no comentaría nada por no importunarle. Minutos después llegaron al aparcamiento, donde él bajó del vehículo y tomó su equipaje, tras lo cual se encarriló directamente hasta el gran edificio de la terminal en la que tenía que embarcar. Tras entrar se dirigió a la zona de seguridad para que le cachearan y revisar que su billete estaba en regla y que podía entrar a la zona exclusiva para los que volaban, y entonces la vio. Y la reconoció de inmediato.
-Hola- masculló. Se había acercado a seguridad para pasar a través de ella rápidamente cuando se fijó en concreto en uno de los guardias.
En concreto en una mujer. Su pelo lacio marrón y sus ojos verdes, sumado a su suave aroma a cereales tostados, y sobre todo su aura divina la delataron de inmediato.
-Tú no me gustas y yo no te gusto, pero podemos llegar a un acuerdo temporal- la mujer actuaba como que revisaba su equipaje.
Perséfone iba disfrazada de agente de seguridad del aeropuerto, la verdad es que le quedaba bastante bien.
-La última vez que hablamos me transformaste en una plantucha- le increpó él, molesto.
Ella hizo como que no escuchó aquello y siguió- Hestia pensaba que era buena idea, y convenció a Hades. Pero podemos saltarnos las normas de juego, por una vez- ella le miró seria por unos segundos.
-El trato original es que ella volvería al Inframundo cuando todo pase. Puedo… lograr que ella quede con vida, si sobrevive hasta el final- aquello a Nico no le gustaba en absoluto.
-¿Qué quieres a cambio?- preguntó tajante. Siempre era así.
Siempre que un dios quería hacer un pacto con un humano las cosas salían mal. Todo se torcía cuando parecía que iban a ir bien, más cuando se trataba de los dioses del inframundo. Y si no que le preguntaran a Orfeo, que tuvo que ver cómo Eurídice era absorbida por Hades de nuevo cuando miró hacia atrás en su camino a la Tierra; o de cómo Sísifo fue condenado a uno de los castigos más crueles por querer pasar unos meses más con su esposa en su hogar.
-Protege a mi hija. Ella tiene que vivir, sí o sí. Si logras que llegue hasta el final… hablaré con Hades para que no la devuelva a los Elíseos- Nico apretó los puños.
-Protégela tú misma, eres una diosa pero no yo. Dejadnos vivir nuestra vida- gruñó, pasando simplemente por el arco metálico.
Ella frunció el ceño y apretó los labios, molesta. Tuvo deseos de atraparle y obligarle a aceptar, pero entonces no sería un trato valido.
Así que iría tras él. Le interceptó cuando él pasó como un torbellino por delante y le obligó a quedarse quieto para no formar un escándalo.
-No lo hago por capricho, aunque pueda parecerlo- él la miró con una ceja alzada.
-Ya, claro. No puedo asegurar mi supervivencia, como para encima asegurar la de otro- comentó.
-¡Sed realistas! ¡Los humanos morimos, punto! ¡Y no existen los finales felíces, esa mierda es sólo para las películas para niños pequeños!- exclamó, molesto.
Ella sintió ganas de abofetearle ahí mismo, pero se contuvo. Hades debía estar vigilante y no estaba dispuesta a tener que darle explicaciones. Además no era su estilo, realmente.
-No quiero un final feliz. Sólo que el mundo no arda, y para eso ella debe vivir. Pero tienes razón… ¿te sirve con enseñarle a usar sus poderes? Ella bajará al Inframundo contigo y con… la otra, no recuerdo su nombre, y…- fue interrumpida por Nico entonces.
-Se llama Hazel Levesque- le recriminó, y ella le restó importancia.
-Sí, vale… ¿Trato o no?- eso sí era más razonable. Por ello asintió.
Según pasaba por el arco de metales habló mientras la diosa le escuchaba atentamente a la vez que simulaba que revisaba su equipaje.
-Le enseñaré lo que pueda, aunque siendo centurión seguramente me tenga que enseñar ella a mí según qué- murmuró, y siguió adelante sin siquiera mirar a la otra.
Sin duda los dioses eran estúpidos, pero poco se podía hacer con ellos. Ella se limitó a desaparecer mientras él avanzaba por la terminal ya habiendo pasado el control de acceso. Revisó su billete y se dirigió hacia la puerta de embarque aún preguntándose porqué se lo pedía a él precisamente siendo un hijo de Hades. Seguramente por ser el que tenía más experiencia, ya que Hazel llevaba tan solo meses como semidiosa. E igualmente ella era poderosa gracias a poder usar no sólo los poderes de Hades, sino por ser capaz de usar así mismo La Niebla.
-En fin…- murmuró, se sentó en una de las sillas de plástico que había cada varias decenas de metros y al lado de los puestos de las aerolíneas y que revisaban los billetes antes de entrar.
Se limitó a acomodarse y sacó un libro para tranquilizarse antes de volar y de paso matar el rato entre que esperaba y se hacía la hora para despegar. Conociendo su suerte se le haría eterno pero al menos podría entretenerse algo durante el vuelo también.
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Por su parte, Amos ya estaba empujando el carrito de la compra por los pasillos del súper mercado con los adolescentes revoloteando por los pasillos buscando productos que se pudiera conservar bien, como latas, galletas, garrafas de agua y productos por lo general envasados. Nada fresco, eso fue lo que dijo el adulto pues no se sabía cuándo podrían volver a pasar por un sitio así para repostar víveres, por lo que harían una gran compra.
-Oye, ¿no habría que comprar algo de ropa interior de paso? Y cosas de mecánica, porque no sé si Leo en su bolsillo mágico puede sacar cualquier cosa, igual es necesario- comentaba Mallory, estaban dirigiéndose a la cola.
-Podemos pasar por un súper especializado, la verdad. Pero en teoría no deberíamos tener problemas en ese sentido- Amos suspiró.
En realidad lo más lógico era hacer eso que había dicho ella. Aprovechar que ahora tenían paz y poder prepararse para lo que viniera. A veces era mejor pecar de previsor que encontrarse ante un problema sin los medios para afrontarlo.
-Carter nos va a matar a este paso- se rio Marin, mientras Patrick andaba a su lado.
La chica era bastante guapa, la verdad. En cuanto pensó eso se sonrojó un poco y su corazón se aceleró ligeramente, pero quitó esos pensamientos de su cabeza en seguida. Ella se dio cuenta y le miró sin entender demasiado pero también se sonrojó tímidamente. Amos asistió a aquello con cara de diversión mientras Aurora lideraba la expedición y Mallory fruncía algo los labios.
-¿Pasamos a comprar cadenas para las ruedas, aceite de motor y esas cosas, o no?- preguntó la nórdica de pronto.
-Igual es buena idea preguntarle antes a Leo y que sea él el que decida. Además, tenemos prisa y cuanto antes vayamos dirección Roma mejor- comentó Amos.
Se rascó algo la perilla, pensativo- Además, como tendremos que salir de España en algún momento pasaremos cerca de su capital, donde tendremos de todo para comprar casi seguro- añadió.
Sin más se dirigieron hacia la línea de pago todos juntos ya habiendo decidido sobre aquel menester y con el carrito hasta arriba de comida y botellas y garrafas de agua. La ropa decidieron que pasarían cuando estuvieran todos juntos y lo más sencilla posible ya que lo más seguro es que acabara embarrada y ensangrentada, aunque esperaban que no tuvieran que llegar a esos extremos. Una vez pagada y colocada toda la compra en bolsas que cargaron entre todos en el carrito salieron con el mismo hasta el exterior, donde anduvieron hasta la autocaravana y que aprovisionaron mientras Amos dejaba el carrito en su sitio. Cuando hubo hecho eso volvió y comprobó que ya todos estaban acomodándose en sus sitios con una sonrisa.
-Avisad a los romanos que vamos para allá. Para esta noche deberíamos estar- aseguró entonces.
Puso el GPS en funcionamiento y seleccionó la ruta, comenzando así su viaje. Claro que ese tiempo de viaje a ellos no les cuadró.
-Pero si estamos a tomar por saco y en carretera vamos a tardar muchísimo- aseguró Patrick. Ahora que caían igual lo más inteligente hubiera sido ir en avión hasta Roma y en otro sitio comprar la autocaravana.
Pero Amos actuaba como si lo tuviera todo perfectamente preparado- Os aseguro que esta noche estaremos cenando con Frank y los demás- les dijo.
Cuando se fijaron en a dónde les llevaba se dieron cuenta de que iban hacia la costa de Atenas, a unos pocos kilómetros de allí. No entendían nada.
-¿Vamos a ir en ferry?- preguntó Mallory, creyendo saber por dónde iban las intenciones del adulto.
Este se hundió de hombros- Parecido. Pronto lo veréis- aseguró, misterioso.
-Se masca la tragedia…- murmuró Aurora, cruzándose de brazos y sacándole al otro una carcajada.
Sin más comenzó a conducir en la dirección que le daba el GPS, volviendo a las avenidas atenienses para luego dirigirse inmediatamente a las cercanías del puerto deportivo. Durante la corta travesía ellos observaban a Amos conducir tranquilamente, parecía bastante confiado con lo que hacía por lo que tenía que tener un plan sólido de actuación.
-Bien, hemos llegado- comentó mientras entraban a la zona del puerto deportivo.
Estaba al otro lado de donde estaban las nereidas pescando, en el extremo opuesto de la bahía de Atenas. Vieron muchos veleros colocados en sus respectivos muelles atados con grandes y gruesas cuerdas. Para acceder a los mismos tenían una larga pasarela de acero y piedra reforzada y que servía a modo de puente.
-Esta caravana no cabe en ninguno de estos barcos- comentó Patrick, podía ver desde allí la mayoría de naves y ninguna sobresalía lo suficiente para poder embarcar.
-Es que no vamos a montar en ninguno de estos. Observad- y entonces bajó a tierra.
Estaban en un aparcamiento cercano pero seguían pudiendo ver el agua desde donde estaban. El sol pegaba con fuerza y el cálido viento movía ligeramente las palmas de los árboles pero seguía haciendo bastante calor. Amos se acercó a un lateral del puerto y sacó un papiro. Los adolescentes le miraron con interés, y entonces comenzó a formular lo que Beatrice reconoció como magia. El documento brilló con intensidad mientras él seguía adelante y, llegado un momento, ante él apareció el símbolo de una embarcación y que brilló en un fuerte tono rojizo. Desapareció a los pocos segundos y entonces vieron como en el agua apareció una embarcación hecha de caña y junco, con una vela blanca en forma triangular.
-Carter o los nórdicos no son los únicos que cuentan con un barco mágico, chicos- aseguró sonriendo, y girándose.
Ellos lo vieron con interés. No era tan grande como la embarcación de Carter pero no estaba nada mal, al menos en cuanto a tamaño. Pero dudaban que pudiera sostener las varias toneladas de peso de la autocaravana sin acabar hundiéndose en el agua del Mediterráneo. O de la Duat, lo cual les preocupaba bastante más.
-¿Crees que de verdad va a caber? ¿Y cómo vas a pilotarla?- preguntó Aurora, impresionada.
Ella no tenía ni idea de que pudieran hacer esas cosas, incluso dudó por unos instantes sobre la seguridad de la embarcación antes de montar.
-Tal cual está es verdad que es complicado que pueda aguantar tanto peso. Por eso lo reduciré- procedió a sacar un nuevo papiro.
En ese caso dibujó un círculo que en un lado era más grande que en el otro y a su lado lo que intuyeron era un número egipcio. Anduvo despacio hasta el vehículo y se lo pegó en un lateral, momento en el cual comenzó a empequeñecer hasta ser del tamaño de un juguete de un niño. Sólo que no era ningún juguete.
-Lo bueno de nuestra magia es que es muy poderosa. Lo malo es que a veces es engorrosa…- murmuró, y la cogió en brazos.
Mallory le miró con diversión- ¿Y no podrías haber usado toda esta magia antes, Amos?- preguntó, pero este suspiró.
-Si te refieres a la barca, necesitas de agua para invocarla. Y prefería que Patrick aprendiera a usar su espada en el viaje de ida. En el resto de veces… la verdad, fuisteis impresionantes. Buen trabajo- le acarició la cabeza como si fuera una hija y la invitó a pasar a la embarcación.
Esta bufó algo molesta pero igualmente lo hizo, mientras la imitaban, siendo el último el propio Amos. Enseguida se colocó en el timón, compuesto por un gran palo que se introducía en el agua con una paleta para guiar el rumbo. Para acelerar necesitarían viento, pero ese no era problema para un barco como aquel. De hecho la vela se hinchó enseguida gracias a los poderosos vientos mágicos que impulsaron la embarcación hasta un vórtice generado justo enfrente de ellos. Al otro lado el cielo y el agua eran como una constelación, y todo a su alrededor brillaba y tenía un aspecto fantasmal e impresionante: habían llegado de nuevo a la Duat.
-Bien chicos, relajaos. El viaje durará unas horas pero es mejor esto a comernos casi un día de carretera- anunció, sentándose en su asiento.
Los demás le imitaron, quedándose en el suelo y hablando entre ellos. Amos sonrió satisfecho al ver aquello, parecía que poco a poco se irían uniendo.
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Flavianna no tardó demasiado en reunirse con el resto de oficiales y les comunicó la orden del Pretor Zhang, a la que tendrían que acudir quisieran o no. Lo que más les pedía el cuerpo era dormir pero era su obligación asistir, más si además iba a determinar quien sería el nuevo Pretor de Roma. Una vez que hicieron una revisión rápida de las bajas, la mayoría con heridas graves pero con vistas de recuperación y honrar a aquellos que no pudieron sobrevivir – y que fueron más de lo que estaban dispuestos a admitir – marcharon todos hacia la ciudad para asistir a la ceremonia.
-Voy a llevar al Pretor y a sus compañeros, nos veremos allí- dijo ella, mientras se despedía de estos. Se despidió de ellos con un gesto y anduvo hasta su apartamento, al que accedió tras abrir la puerta y subir por las escaleras.
Cuando entró al mismo les vio aún en el sofá, así que golpeó la madera con los nudillos para llamar la atención. Todos se giraron menos Hearths, pero hizo lo mismo cuando Odd posó su mano en el hombro del elfo, que saltó sobre su sitio algo sobresaltado.
-Nos vamos- dijo simplemente, y ellos se levantaron entonces, estirándose.
Frank fue el primero en salir, siendo la última la centurión, y que cerró la puerta tras de sí, bajando de nuevo las escaleras hasta la calle. Sin más les guio por la calle en dirección al lugar del evento. Este sería en la plaza principal, en el Foro. Tenía una escalinata en su fondo y que servía de escenario, con escaleras a los lados y seis columnas en el fondo con figuras de cada uno de los dioses mayores del Olimpo. Estaba decorado por una estatua ecuestre en su centro y largas hileras de tela roja y dorada con el símbolo de la legión estampado.
-Aquí es, Pretor. En media hora empezará el evento- le dijo Flavianna, este asintió algo nervioso.
Le escoltó hasta la tribuna, donde ya esperaban el presidente del Congreso local, los demás centuriones y varios políticos más. Todos pasados la treintena y que miraron al semidiós con cierta sorpresa, pero no llegaron a decirle nada más que un suave saludo y su enhorabuena al defender la ciudad. El chico notó que varios de los centuriones estaban molestos, incluso Odd que sin ser militar debía conocer mejor de qué iba el tema totalmente parecía algo contrariado. Frank simplemente se acercó a los oficiales, les saludó, y les pidió que se retiraran con él a un lado de las escalinatas.
-Seré breve- murmuró, no quería tardar demasiado y tampoco es que fuera a decir mucho.
Los centuriones le miraron con interés- Ya he decidido quién será Pretor. Daré un discurso y lo nombraré, espero que ellos lo acepten… Sigo pensando que esto lo tendríais que solucionar vosotros pero bueno- comentó, Beatrice suspiró.
-Sentimos meterle en este apuro, Pretor Zhang. Pero ya sabe como son a veces, quieren todo el poder que puedan y no paran hasta acumularlo, al menos que no lo acaparen todo- comentó.
Este suspiró- Es lo que tienen los galones, me temo. Espero acertar, os he visto en batalla, y… Para mí, lo mejor es que sea Pretor…- pero Cornelio le paró.
-No lo diga aún, señor. Que sea una sorpresa- y sonrió entonces. El aludido asintió, sorprendido, así que se limitó a ordenarles romper filas con un gesto.
Se despidieron entonces y Bianca D'Allegro le pidió a Flavianna y a Cornelio que fueran con ella mientras el hermano de este último, Adriano, conversaba con los políticos junto a Frank, que se había sentado en medio de estos. Los demás estaban en un tímido segundo plano tras los asientos.
-¿Sucede algo, Bianca?- le preguntó la otra algo nerviosa. Esta suspiró.
-Me tienen harta, estaban diciendo que esperaba que Frank les hiciera caso y eligieran a Octavio Meridio de Pretor. ¿Sabes a quién ha elegido?- pero esta negó.
-Ni idea… pero puede que no sea la única sorpresa de hoy, sobre a quien elige de Pretor- murmuró ella.
Cornelio la miró divertido- ¿Qué pasa, quieres irte con ellos de aventuras? No jodas, Rossi- le dijo, y ella le gruñó.
-¿Y qué, si quiero? Me he jugado la vida en entre estos muros desde los doce, y ahora tengo casi veinte años. Soy centurión desde aquella batalla al lado del Tíber en el que casi entran a la ciudad- les recordó.
-Serías buena pretora, sin duda- comentó Bianca, sonriendo, pero esta negó.
-No, ni de coña. Se lo cedería a Adriano, es el más listo- le miró entonces, parecía un político más, riendo con ellos.
Y sin embargo llevaba a la legión tatuada en la piel y corriendo en su sangre a todo lo que daba su cuerpo. Los demás asintieron, así era desde hacía años. Y si habían aguantado hasta ahora había sido en buena medida gracias a ser como él era. Estuvieron un rato hablando y haciendo tiempo mientras la plaza se iba llenando poco a poco con la gente, congregada ante la idea de finalmente tener un líder político proveniente del ejército y no sólo desde la aristocracia local y que permitiera una mejor defensa de la ciudad. Si era mejor opción, solo el tiempo lo diría…
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La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
