Enemigo primordial

Capítulo 26

Aquella mañana había amanecido con tormenta en el Monte Olimpo, cosa sorprendente ya que siempre estaba soleado en el hogar sagrado de los dioses. Sin embargo Zeus estaba bastante indignado, y se notaba por los nubarrones y rayos que hacían que toda la plaza que servía como preámbulo a los templos estuviera totalmente vacía, de hecho sólo los olímpicos estaban por allí en esos instantes. Se habían reunido en la sala del trono de Zeus, que había convocado a los doce, incluido a Hades, que apareció por el pórtico dorado.

Este observó a todos los presentes, sorprendido de haber sido convocado. La última vez fue en la gran crisis de identidad que tuvieron tiempo atrás, cuando sus personalidades griega y romana se difuminaban y se confundían entre sí, variando de una a otra sin poder controlar aquella situación. Y ahora que estaban en problemas nuevamente era convocado, para variar.

Vio que estaban ya Apolo y Artemisa a un lado, Atenea, Apolo y Hermes en el otro extremo de la sala, Afrodita mirándose a un espejo ya sentada, y a Deméter y Hera hablando entre ellas al fondo, mientras Dionisio se estaba echando la que debía ser la décima copa de vino. Echó en falta a Poseidón y a Hestia, y por supuesto al rey de reyes. Suspiró y fue directo hacia su asiento, a un lateral de donde estaban colocando los demás tronos dorados de cada deidad.

-Hades, ven un momento por favor- se paró en seco al oír la voz de su hermana Hera. Se giró despacio y la miró con cautela, para luego acercarse.

Ella pareció dudar unos instantes, mirando entonces a Deméter. Esta asintió, y entonces la otra procedió a hablar- Estate atento a Zeus. Esta… más furioso de lo habitual- murmuró.

El otro asintió- Me he dado cuenta. Su energía está disparada y lo llena todo… ¿Hestia está bien?- y Deméter asintió.

-Pero la reunión es por ella, ya sabes… No sé por qué, pero ha montado todo esto por ello- a eso Hades sólo suspiró.

Zeus sabía perfectamente que quitarle la divinidad a Hestia era algo que debía ser consensuado con todos los demás, pues si lo hacía por su cuenta lo más seguro es que acabara con revuelta interna. Todo aquello era una pantomima además, ya se sabía la decisión unánime de todos y era evidente que no se haría, pero tenía un sentido: hacer saber a todos de la mala praxis de la diosa. Hades se hacía una idea de cuales eran, pero prefería oír antes todos los alegatos, más cuando se trataba de su hermana mayor preferida.

Tras esa corta reunión, procedió a sentarse en su asiento, desde el cual tenía perfecta visión de lo que hacía Zeus al estar a un lateral del mismo, pudiéndole parar en cuanto hiciera algo fuera de lugar. Pensando en ello estaba cuando vio llegar a los dos que resaltaban: Poseidón, con su flamante tridente, escoltaba a una radiante Hestia que saludó a todos los presentes con su afable sonrisa de siempre. La tensión que se vivía hasta entonces en el palacio se disolvió, pero tan solo duró unos instantes; los truenos indicaron que el rey del Olimpo había llegado, apareciendo directamente en su trono y crepitando. Como siempre, demostrando su más que conocido por todos poder.

Esperó unos instantes a que todos se colocaran en su sitio, con Hera a su izquierda y Poseidón a la derecha, estando Hestia frente a todos, en pie. Apolo se removió incómodo, ya le hubiera gustado a él haber tenido ese trato por su padre.

-Me ahorraré formalismos. Estamos aquí para decidir si Hestia merece o no perder sus poderes divinos, por todas las acciones que ha llevado a cabo en este tiempo- se sentía humillado con todo aquello.

Él era el rey de reyes, podía hacer lo que se le antojara y sin dar explicaciones a nadie… los castigos previos a sus congéneres habían sido así, de hecho, pero con Hestia la cosa era totalmente diferente. Tendría que dejar a un lado su enorme ego y ser inteligente para no ponerse una soga al cuello y perder ese trono que llevaba tanto tiempo conservando y que no tenía intención alguna de ceder, no sin dar batalla previamente.

Sin más, se levantó- No sólo ha estado comunicándose con otros panteones, cosa que es exclusiva función mía como vuestro monarca- comenzó a andar tras los demás, a paso lento y firme.

Se paró justo detrás de Dionisio, y posó sus manos en los hombros del dios- También ha tomado decisiones vitales sin el permiso o confirmación del competente, por ejemplo en lo referente a la hija de Hades, Bianca D'Angelo, y que resucitará en pocas horas- miró al aludido entonces.

Este permanecía en silencio, observando como su hermano menor seguía adelante.

-Yendo aún más lejos, también ha dado información secreta a Iris y la ha transmitido a nuestros hijos, una que jamás deberían haber sabido, y que va en relación con sus poderes- se hizo un silencio incómodo.

Hestia permanecía con la cabeza gacha. Sabía que no debía interrumpirle- Pero esto no es lo peor… ¿Recordáis a mi primera esposa, Metis?- pasó entonces a estar tras Atenea.

Esta se puso nerviosa por la cercanía de su padre, asintiendo despacio. Retiró el lacio pelo de ella de sus hombros mientras hablaba.

-Bien, pues al parecer ya no la tengo en la cabeza… en su lugar anda suelta, y con un hijo- miró a Hera a los ojos.

Tenía el ceño fruncido, debía saber ya perfectamente a qué se refería- ¿El hijo que las Moiras pronosticaron que te quitaría el trono?- se atrevió a preguntar Poseidón.

Zeus asintió- Pensaba que era una mortal más, y ella debió creer lo mismo hasta que se quedó embarazada- Hades tamborileó entonces, serio.

-Se suponía que no íbamos a tener más hijos ninguno de los tres- se alzó entonces, y miró a sus dos hermanos.

El mediano bajó el rostro, pero el pequeño le sostuvo la mirada, desafiante- Y, lejos de cumplir, habéis tenido uno y dos semidioses cada uno, mientras yo sí mantuve mi palabra- se cruzó de brazos entonces.

-Igual sí nos vendría bien un cambio de monarca…- Zeus en ese instante sintió deseos de lanzarle un rayo al pecho.

Pero se contuvo, no era el momento y les necesitaba todo lo unido que aquel grupo de ególatras pudiera estar.

-Zeus- lo que este pudiera decir fue cortado por Hestia.

Estaba calmada, y le miraba directamente a los ojos. Este se giró y la miró, molesto, pero… tendría que escucharla. Aunque no quería, los demás sí y tendría que respetarlo a regañadientes.

-Si tengo que ser castigada, aceptaré aquello que se me imponga. Sólo pido que sea cuando todo haya acabado- Zeus frunció el ceño entonces.

Como siempre, ella se estaba haciendo la mártir. Odiaba cuando lo hacía, pero con aquello se había ganado, más si cabe, el corazón de las demás deidades. Incluso la fría Hera había olvidado por un momento la enésima infidelidad de su marido.

-Te quitaré la divinidad cuando Caos haya sido derrotado durante diez años… así aprenderás a no saltarte mi Ley- gruñó, molesto.

La aludida asintió entonces, pero no era lo último que tenía que decir- Pero antes, tenemos que hacernos a la idea de que esta será nuestra mayor batalla desde la Titanomaquia, y tu nuevo hijo será fundamental en todo esto- aquello sentó como un balde de agua fría.

Los demás la miraron serios- Los semidioses acaban de obtener los Anillos de Urano, como ya sabréis, la única arma de nuestro panteón que podría vencerle- Zeus gruñó.

-Y esa es otra, encima has liberado a nuestro abuelo justo cuando acabábamos de vencer a su madre y tío- aún recordaban la gran batalla contra los gigantes, Gea y Tártaro.

Hestia suspiró- Yo… reitero mi promesa de aceptar aquello que se me imponga, siempre y cuando a él no le pase nada. Es primordial- Zeus gruñó.

Sabía que, con lo que se acababa de decir allí, él carecía de toda credibilidad, pero por la paz interna tendría que jurarlo.

-No levantaré mi mano contra el bastardo- prometió entonces, y Hestia le miró.

-¿Por la Laguna Estigia?- y el dios gruñó.

-No fuerces tu suerte…- murmuró, cabreado, pero los demás dioses parecían estarlo pasando más o menos bien con aquello.

Cuando iba a hablar, un fogonazo les cegó unos instantes y una presencia se dejó notar en la sala central del Olimpo.

-Me sentó bien el viento en el rostro, definitivamente- oyeron una voz.

Se giraron inmediatamente, y vieron a Urano. Alto, bello y radiante como el Sol, sus ojos eran dorados, su pelo blanco y su bronceaba piel le daba un aspecto saludable a su rostro maduro y sabio. Los olímpicos le rodearon dispuestos a ir a por él, y sin embargo y lejos de amedrentarse, alzó una mano y les lanzó contra las paredes con su energía.

Cayeron como sacos al suelo, incapaces de defenderse de semejante poder e incluso con alguna herida en la piel que sanó inmediatamente, sin que el icor llegara a salir de sus cuerpos. Se sentían indignados por aquello, pero antes de que pudieran protestar, Urano habló.

-No vengo a quitarte el trono, bisnieto, ya lo tuve en su día y mi tiempo llegó a su fin. En su lugar, vengo a avisaros- se acercó a Zeus, estaba ya levantándose, con los rayos crepitando en su mano.

Tomó la mano del otro y le ayudó a incorporarse- Las hermanas del destino que pronosticaron mi final a manos de mis hijos han vuelto a hablar, últimamente tienen mucho trabajo por culpa de Caos- ante ellos apareció un pergamino.

El titán desapareció en el aire de nuevo. Su esencia se había vuelto a disolver en la atmósfera, como si jamás hubiera recuperado su esencia y volviera a ser uno con los vientos. Sin embargo los dioses seguían asustados – aunque jamás lo reconocieran – y observaron intimidados como Zeus se limitaba a tomar el papel.

Leyó lentamente, pronunciando cada sílaba pesadamente- El nuevo y el muerto reyes serán, tras caer sus ancestros en la batalla y sus padres fallar; el rey del este recuperará la virtud y su señor ascenderá al cielo por su luz; los dos en lucha se unirán contra el rival común, y la gran serpiente a su compañera en luz bañará por la mordedura del sur; la araña junto a los espíritus al celeste y a la guerra reconciliarán, los cuatro al supremo a su unidad devolverán- no entendió nada y eso era lo que más le molestaba.

-¡Malditas sean ellas y sus misterios! ¡Hermes!- gritó, rabioso. Su cuerpo crepitaba y su energía estaba estallando en esos momentos.

El aludido se le acercó, con una actitud sumisa para no enfurecer más a su padre- ¡Diles a esas estúpidas viejas que sean claras y nos digan qué va a pasar, su rey se lo ordena! ¡Y si se niegan, tienes permiso para hacerlas hablar!- este asintió, nervioso.

Salió corriendo de allí a toda la velocidad, impulsándose y provocando un fuerte estruendo al acelerar muchísimo en pocos instantes, agradeciendo ser el dios mensajero para poder salir de una sala en la que sabía perfectamente que habría un silencio tenso y que no deseaba tener que aguantar. Bajó por las grandes escaleras que llevaban hasta los templos inferiores, recorriéndolos en apenas unos pocos parpadeos y sin pararse a contemplarlos pues los tenía más vistos que a sus propios congéneres, tomando para bajar hasta la plaza varios atajos que ya conocía y así tardar lo mínimo posible, usando para ello corredores entre las grandes casas para así llegar hasta la parte baja. Ante él se abrió un portal que cruzó sin dudarlo, rodeado de su energía, y que se cerró en cuanto pasó a través del mismo.

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Los griegos no eran los únicos que se habían congregado aquel día. En el mundo nórdico las cosas estaban igualmente bastante revuelta, y los dioses Aesir y Vanir se encontraban en asamblea en un lugar neutral para todos ellos. Si bien hacía siglos que terminó su batalla, siempre que tenían que juntarse todos les gustaba hacerlo en sede imparcial, para evitar que nadie se pudiera quejar de favoritismo, y en aquella ocasión habían concertado estar en un bosque que se habían asegurado de dejar inhóspito para los mortales, que no se habían acercado en varias semanas, de hecho allí los únicos que quedaban eran los guardabosques.

Era la localización perfecta porque la gran cordillera de las Rocosas les recordaba bastante a su hogar original, y los bellos bosques a su falda les rememoraba a los de Noruega y Finlandia, en los que se solían perder mientras reían y luchaban entre sí. En concreto se verían en una explanada en la que unos troncos caídos servían a modo de asientos, siendo de hecho de los primeros en llegar el dios del verano, Frey.

-Te noto nervioso- se giró, aquella fue Freyja. Eran idénticos entre sí, solo que de diferentes sexos. Rubios de profundos ojos azules, eran dos gotas de agua.

-Se avecina algo malo, puedo sentirlo en el ambiente- la mujer alzó la vista.

Desde lejos pudieron ver los carruajes de los Aesir, encabezados por Odín y que venía cabalgando sobre Sleipnir. Ella se rio un poco, pero él no parecía estar de broma en absoluto, lo supo en cuanto le miró, estaba apretando los puños. Tenía el ceño algo fruncido y la mandíbula ligeramente echada adelante, estaba haciendo presión con la misma.

-El Caos se avecina… Ni Loki ni los jotuns, sino el propio Caos. Midgar misma lo nota- murmuró entonces Frey.

Mientras hablaban, otras deidades Vanir llegaron, como su padre Njord, Ran o Skadi, que ni siquiera miró al primero mientras la segunda la miraba con bastantes celos. No dispuestos a ponerse a discutir simplemente se limitaron a sentarse donde pudieran, no tardando los Aesir en llegar. Los carruajes de estos descendieron y se posaron en el suelo con bastante parsimonia, aunque a Thor sus dos cabras le dieron problemas hasta que logró convencerlas de que en esa ocasión no les haría nada y que no se las comería.

Odín vio aquello en silencio, junto a ellos vinieron Frigg, su esposa; la de Thor y que bajó inmediatamente, Sif; y los hijos de Odin: Hermodr, el más veloz de todos; Vidar dios de la venganza, la justicia y el silencio, e hijo de una giganta; y Bragi, dios de la poesía y también hijo de una giganta. Mientras conversaban entre ellos, y de entre los árboles, salieron dos hombres, uno tomado de la mano del otro y con una cinta en torno a los ojos.

-Estamos todos- dijo serio Odin. Aquellos eran Forseti y Hodr, los dos últimos que faltaban.

Ayudó al dios ciego a sentarse. Su pelo, largo del color de las avellanas, caía por su espalda y sus ojos blanquecinos estaban cada uno girado en una dirección, pero lo compensaba con su oído. Forseti, a su lado, era pelirrojo bastante recortado y de ojos verdes, mientras que Vidar los tenía pardos. A la derecha de ellos se colocaron Skaldi, Frey, Freyja, Njord, y Ran, cerrando el círculo Frigg, Thor, Sif y Bragi, de grandes ojos azules y rubio. Solo Hermodr y Odin estaban de pie.

-La situación es bastante grave, tanto es así que incluso los jotuns están nerviosos. Thor puede hablarnos de ello- este asintió, y se levantó.

Se aclaró la garganta y habló- Ya no quieren luchar contra mí, ni siquiera se acercan a las murallas de Asgard a preguntar, nada… Al principio hasta me preocupó, incluso me puse a buscarles, pero ni rastro- Skadi pidió turno de palabra alzando la mano.

Se incorporó entonces mientras el otro volvía a sentarse- La respuesta es sencilla. Se encuentran peleando, y no tienen tiempo para tus juegos, Thor. Ahora hay cosas bastante más importantes- este gruñó.

Sin embargo, ella no le dio tiempo a seguir- En todo caso, me gustaría recordar que Odín aquí presente nos debe una explicación a los Vanir sobre la misión a la que mandó a un muy reducido número de representantes de nuestro mundo para todo esto- el aludido suspiró, mientras la otra se sentaba seria.

-¿De verdad tengo que dar explicaciones?- preguntó, Frigg asentía con vehemencia, mientras Sif leía un libro no muy atenta y Freyja se observaba callada las uñas, mientras hablaba de aquello con su padre, que le daba consejos de belleza.

-Había que hacerlo rápido porque a Zeus le entraron las prisas y había que hacerlo todo para ayer, y pensé en quien podrían ser los más indicados- comenzó, andaba despacio en círculos.

-Así que me dije, ¿Quiénes pueden ser los indicados? Y entonces recordé al grupito que detuvo a Loki hace unos meses- mostró entonces la bellota en la que estaba encerrado. La llevaba siempre con él por si acaso.

-Una valkiria, de hecho, es la única de ellos que no fue de misión pero por su trabajo, que es de vital importancia para armar no solo a mi salón, Valhalla; también envían almas al tuyo, Freyja- esta asintió.

Skadi, sin embargo, no parecía muy convencida. Iba a hablar cuando Forseti alzó la mano, pidiendo hablar. Era raro cuando pedía turno, así que le dejarían expresarse.

-Un hijo mío también va en el grupo, así como un muchacho de Frey, un elfo, un enano descendiente de Freyja, una hija de Frigg, y una de Loki. Yo diría que solo quedaría un hijo o hija de Skadi, ¿no crees?- preguntó a esta última.

Ella asintió, pensativa- El Padre de Todos actuó conforme a lo que la situación requería. No podíamos reunirnos con tanta rapidez y decidió como señor de nuestro panteón, aunque le honra que haya querido informarnos, aunque sea tras ser convencido por su esposa- comentó.

Se cruzó de brazos- No estamos aquí todos los dioses. Los hay que nos dejaron en su momento, como mi hermano Baldr, o Sigyn, cuando se quedó cuidando de un maltrecho Loki al ser encadenado. Otros simplemente desaparecieron en el aire, olvidados por los hombres… me gustaría que, mientras estemos en esta situación, y en honor a aquellos que ya no están y a la paz que se firmó, no hubiera disputas internas- dicho aquello, se sentó de nuevo.

Hermodr suspiró- Bellas palabras, pero vacías, como siempre viniendo de ti- el aludido suspiró pesadamente, mientras los demás se limitaban a continuar con sus peleas habituales.

Comprobó que una sombra les sobrevolaba, y alzó la vista, encontrándose con una valquiria. Grandes alas emplumadas de un tono marrón brotaba de su espalda, con un casco alado y una armadura de bronce y plata, una espada al cinto y su bella figura engalanada con pulseras y aros en los brazos. Descendió lentamente mientras las deidades seguían a lo suyo, hasta que se posó frente a Odín y se inclinó respetuosa ante él, con un pergamino en la mano. Este, sorprendido pues no se la esperaba, tomó el documento y lo leyó en silencio, serio.

-Parece que las Nornas hablaron…- murmuró, pero la valkiria se atrevió a hablar.

Se fijaron en que llevaba un velo musulmán- En realidad es un trabajo conjunto entre ellas, las hermanas del destino griegas y… no sé cómo definirlo, era una especie de monje- murmuró.

Ella se sintió algo intimidada cuando vio como Odín la miraba directamente a los ojos- ¿De qué me suenas…?- murmuró, y Samirah suspiró.

-Yo… estuve en el grupo que detuvo a Loki, señor- murmuró, y el otro asintió, lentamente.

-Entiendo… Bueno, da igual, ¿dijiste un monje?- y la otra asintió.

Odin procedió a releer en silencio el pergamino, moviendo tan solo los labios. Thor, que se comenzaba a impacientar, se lo arrancó de las manos y comenzó a leerlo en voz alta.

Era el mismo que los griegos habían leído, tras la aparición por su hogar del titán Urano, cosa que Samirah procedió a contarles cuando le pidieron explicaciones.

-El dios griego Hermes llegó al Valhalla y os estuvo buscando, Padre de Todos, pero al no encontrarlos me pidió que te diera el mensaje en su lugar. No sé a dónde más pudo haber ido, pero sin duda estaba nervioso pues temblaba un poco- aseguró.

Este asintió, serio- Ya veo… Me reuniré con Zeus, la última vez que le vi estuve con Dagda, para asegurarnos que todo iba bien con nuestros héroes- con un gesto pidió a la chica que se fuera, no necesitando así más de sus servicios.

Freyja observó aquello con cierta indignación, al final del día ella era la reina de las valquirias, y aquella jovencita ni siquiera se había fijado en ella. Tendría que quejarse de aquello cuando fuera el momento, y que era en ese momento precisamente.

Ella alzó el vuelo en ese momento, desapareciendo entre las nubes mientras se rodeaba de una energía mística. Gracias a sus poderes podía usar cualquier nube para ir desde Asgard a Midgard, o desde un mundo a cualquiera de los otros ocho con independencia de a cual se quisiera desplazar. A decir verdad era una ventaja bastante grande, aunque por diversas cuestiones durante su aventura con Magnus no llegó a poder hacerlo. Pero mientras se dirigía de nuevo hacia el Valhalla para seguir con su labor, un ligero picor en la nuca le indicó que había algo que atender en la Tierra, así que voló a toda velocidad por los cielos, buscando aquello que llamaba la atención de su lado mágico. Desapareció en el aire y volvió a mostrarse de nuevo envuelta en nubes, pero supo que estaba en otro lugar por la escasez de luz y por el fresco viento que la rodeaba.

-¿Dónde estaré?- murmuró ella, estaba sobrevolando una gran ciudad portuaria.

Era una noche agradable a nivel del suelo aunque los había que usaban ropa larga mientras estaban yendo y viniendo por la calle, con el Sol algo bajo en el horizonte. Comprobó en un reloj local que eran más de las diez de la noche, lo cual sólo era posible muy al norte del planeta.

Se posó en un pequeño corredor, donde podría hacerse pasar por una turista sin ser vista por nadie, y procedió a salir al paseo marítimo, observando el mar del norte frente a ella. Sonrió un poco, desde luego se trataba de un paisaje impresionante y mágico, deseaba poder estar allí con Amir, con el que contraría nupcias pronto… y que desde hacía poco sabía su gran secreto. No dudó por ello en hacerse varias fotos con aquellas vistas privilegiadas, esperando que a él le gustara, así como a los demás. Se preguntó dónde estarían, hacía unos días que había abandonado al grupo por órdenes directas de Odín, teniendo que dejar la misión y volver a Valhalla casi el mismo día en el que llegaron a Europa, y no se pudo poner en contacto con ellos por sus obligaciones. Ahora hacía horas extras como valquiria por culpa de todo lo relacionado con Caos, y algo le decía que allí tendría trabajo que hacer. (1)

Anduvo por la calle atenta a cualquier cosa que pudiera llamar su atención o ser susceptible de posible misión para llevar a alguien al más allá, cuando se topó con un hospital. No tenía nada especial, se trataba de un centro de unas dos plantas y del que salían varias personas… aunque una le llamó la atención. Se trataba de un hombre alto, de piel clara y ojos castaños, con el pelo rubio bien recortado y algo de barba. Era delgado y tenía parte de su rostro con pintura blanca, se despedía afablemente de otros compañeros, que iban con ropa civil mientras el otro tenía ropas que le recordaban a las de un sanitario. Había algo en él que le era familiar a ella, pero no sabía el qué exactamente.

-Igual es solo cosa mía y no tengo razón en nada, pero me da que tengo que estar detrás suya…- murmuró.

Los escalofríos fueron a más cuando se giró y comprobó que una mujer la observaba desde una terraza cercana. No parecía amenazante, de hecho era menuda, de piel blanca como la leche, pelo negro… y ojos dorados. Sin duda una diosa, y le estaba indicando que viniera. Obediente fue hacia allí, cruzando el paso hasta el otro lado de la calle, y despacio se sentó al lado de la mujer. Tenía un simple vestido blanco, con unas pocas joyas en brazos y cuello.

-¿Cómo te llamas, valquiria?- preguntó, Samirah intentaba localizarla pero no era capaz de reconocer a aquella divinidad.

-Samirah, mi señora- la otra la miró en silencio.

-¿Por qué tapas tu cabello, Samirah? Tu rostro es hermoso, aunque… tu piel me recuerda más a los que vivían pasado el Rin, más que a alguien del norte- comentó, no había maldad en las palabras de ella.

Obviamente no podía decirle que era un tema cultural ya que se supone que era nórdica, pero… se tendría que inventar algo.

-Es… para que no me moleste durante el vuelo, señora- afirmó.

La otra asintió, parecía convencida- ¿De dónde eres? No pareces de Noruega- otra pregunta incómoda…

-Soy de América, señora- respondió, cortés. No estaba mintiendo en ninguna de las cosas, en realidad. Llevar el velo le ayudaba a no tener que estar quitándose el pelo en pleno vuelo de delante de los ojos.

-América… este mundo nuevo me da cada vez más vértigo- murmuró la diosa, y entonces suspiró un poco.

En sus manos apareció un broche dorado, y se lo mostró a Samirah. Era bastante bello, tenía dibujado un bello Sol con varias estrellas a su alrededor. Sin decir nada, se lo colocó en el pecho a la chica, que la miraba sin entender muy bien qué hacía, aunque no podría decir nada por respeto a la deidad. Mientras estaba en ello, fue hablando.

-Me llamo Nanna, la esposa de Baldr y diosa de las estrellas del cielo. Los dos morimos hace miles de años por culpa de las acciones de Loki, que logró descubrir la única debilidad de mi amado tras un hechizo de Frigg, por el cual todas las cosas de los 9 Reinos juraron jamás hacerle daño a mi amado dios- en su voz se notaba una tristeza tan profunda como los mares del norte. (2)

Pero el ligero temblor de sus palabras no hacía que parara- Nos tendió una trampa, e hizo que Hodr, el hermano ciego de Baldr, le disparara una flecha envuelta en muérdago, lo único que no había hecho el juramento. Me dio tanta pena aquello, que pedí morir junto a él cuando quemaron su barco en Asgard- en ese momento alzó la vista y miró a Samirah a los ojos.

-Ahora hemos vuelto. Sólo Hela sabe por qué nos devolvió al mundo de los vivos, en teoría sólo tras Ragnarok pasaría eso, no antes… pero no veo que el mundo haya cambiado especialmente- Samirah asintió despacio.

-Supongo por tu reacción que esto no se sabe en Asgard ni en Valhalla- y la muchacha volvió a afirmar con un suave cabeceo.

No se podía creer lo que estaba oyendo, ¿de verdad Baldr había vuelto? Eso se intentó cuando fue asesinado por su padre, de hecho fue Hermodr el que, cabalgando sobre Sleipnir, bajó hasta Helheim para hablar con la diosa de la muerte. Esta aceptó, bajo la condición de que todos los seres de los 9 Reinos lloraran su muerte, y así lo hicieron salvo una giganta, y que resultó ser Loki disfrazado. Es por ello que quedaría en Hel hasta el final de los días, pero algún error debía haber pues no estaban ni de lejos a las puertas de Ragnarok. De hecho lo lograron detener meses antes.

Nanna entonces suspiró- No lo digas, por favor. Mantén esta información oculta a los demás dioses- Samirah la miró con sorpresa.

Ella era una diosa, no necesitaba dar explicaciones, pero igualmente lo hizo- Ellos querrán que vuelva a Asgard, y conociendo a Loki querrá volverle a asesinar de nuevo, o le querrán enviar a luchar contra algún enemigo contra el que no se atreven, y… y…- Nanna casi lloró entonces.

Entonces contuvo las ganas, inspiró, y soltó aire. Recuperó casi de inmediato el porte regio que los de su naturaleza solían tener. Pero por cómo actuaba antes, Samirah entendía que ella no era una diosa más.

-Quiero que seas mi heraldo, valquiria. Protege a mi amado, impide que otros dioses se le puedan acercar. No te preocupes, le quité la memoria y no te dará problemas, se considera un humano más pero conserva su brillante espíritu… Le prefiero ignorante y feliz, que conocedor pero triste- aseguró.

La muchacha asintió. Era un deseo egoísta, y en teoría su único amo era Odín, pero… cuando un dios te pedía algo, tenías que hacerlo. Y con aquel broche en su pecho ahora era oficialmente una servidora de Nanna. Esta sonrió satisfecha cuando se alejó un poco y comprobó cómo le quedaba a la otra, y entonces alzó una mano. Había descubierto los restaurantes y le encantaba la idea, de hecho siempre iba al mismo y se quedaba sentada allí, disfrutando del sol y el calor veraniego.

-¡Soren, querido! ¡Ven, por favor!- exclamó. Llegó un camarero, era joven, de ojos celestes y pelo marrón, bastante guapo y que rondaría los treinta.

Sonrió a ambas- ¿Te pongo otra, Nanna?- pidió, y esta asintió.

-¿Tú que vas a querer, Samirah?- esta entonces negó un poco.

-N-no me apetece nada, la verdad…- murmuró, pero la diosa negó.

-Tráele otra cerveza, por favor. Y ya me cobras- ordenó. En sus manos hizo aparecer unas monedas y se las tendió, y que el hombre recibió gustoso.

-¿Le paga con monedas de oro, señora?- preguntó en un murmullo, y la diosa asintió.

-Yo pensaba que, como diosa, podría beber gratuitamente a modo de ofrenda hacia mí, pero al parecer las cosas ya no funcionan así. Lástima, los humanos han perdido las buenas costumbres… pero parece que viven mejor- sonrió entonces.

Desde luego, era una divinidad muy extraña… Y ahora tendría que explicarle a una diosa nórdica que ella creía en otro dios, y que por ello no podía beber alcohol. Con cualquier otra explicación seguramente se sintiera profundamente insultada y aquella era la menos mala de las excusas, y que además coincidía con la verdad.

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En Francia, Metis miraba por la ventana en silencio. No estaba presente pero sabía que en el Olimpo se debía estar fraguando algo importante, de no ser así Poseidón no hubiera venido a por Hestia horas antes, sino que hubiera sido Hermes el que le habría dado la comunicación. Pero, pese a no estar allí, sabía bien que el motivo de las iras de Zeus venían en buena medida por el muchacho que tenía sentado en el salón de la casa.

-¿Vendrán a por mí?- preguntó Erik. Se estaba mirando las manos algo nervioso, por lo que su madre se acercó a él.

Se colocó a su lado, y le abrazó por detrás de la espalda, llevando la cabeza del menor a su pecho, acomodándole y acariciando su cabello lentamente.

-Si se atreven, tendrán que enfrentarse al más poderoso de los dioses…- murmuró ella, el otro estaba temblando un poco.

No se había llegado a pelear nunca, ni siquiera lo había intentado. La vez que más ceca estuvo un profesor intervino antes de que hubiera algún golpe, cosa que Metis agradeció pues en ese momento aquel crío hubiera acabado malherido, o peor. Tenía claro que, ahora que lo sabía, él debía aprender a usar sus poderes, y aunque no lo deseaba, la mejor manera era ir de viaje con aquellos semidioses que tenían que pasar por las cercanías de París.

-Venga, vamos a preparar tus cosas para cuando ellos vengan- tomó su mano suavemente para que se levantara, cosa que él hizo.

Mientras ellos estaban a aquellas cuestiones, en el exterior estaba Atenea. Se había disfrazado como una anciana, sentada en un banco en frente de la casa en la que vivían los otros dos, vigilando bien sus movimientos. En su cabeza retumbaban las palabras de su padre cuando, minutos antes, le había ordenado dar muerte al muchacho por su peligrosidad. Y como buena hija, estaba dispuesta a llevar a cabo aquella orden, igual que siglos antes participó, por orden de su rey y progenitor, en la gigantomaquia. Igual que en muchas otras ocasiones protegió a diferentes hijos de Zeus de la ira de Hera.

-Nadie me suele tener en cuenta, piensa que me entretengo dibujando, o pensando o filosofando…- murmuraba ella, mientras se levantaba lentamente.

-Pero se les olvida que soy una diosa guerrera. Tan poderosa como Zeus- mientras andaba, recuperaba la juventud.

Sus ojos grises brillaban, su pelo pasaba del blanco al marrón, y su piel se tersaba. En una mano apareció su escudo, la égida; mientras en la otra se formaba una lanza dorada, y que empuñó con agilidad. Su hermano Ares había sido derrotado por un semidios, lo cual demostraba lo estúpido que podía llegar a ser. Ahora, ella se iba a enfrentar contra alguien bastante más poderoso, o eso se decía en su momento, lo que motivó a Zeus a devorar a Metis.

-¡IAAAAAH!- rodeada de sus poderes, lanzó su arma contra la casa, sabiendo que aquello la derribaría hasta dejarla en los cimientos.

Igual no era aquel el medio más justo o noble… pero ella era una diosa de la estrategia, no de la justicia. Y si tenía que cumplir una orden, lo haría. Los rayos crepitaron en lo alto del cielo, sin duda Zeus lo había visto y estaba celebrando el ataque de su hija. La lanza voló por el aire hasta atravesar la puerta, provocando la destrucción a su paso por la fuerza con la que fue arrojada, y desencadenando una fuerte explosión instantes después. Pero aquello no sería suficiente, ni mucho menos…

Un rayo de energía salió de la casa, yendo a toda velocidad contra ella, que interpuso su escudo para defenderse del mismo, y, extendiendo la otra mano, llamó a su arma para que volviera. De entre los escombros no sólo apareció su lanza; también Metis y el muchacho al que tenía que matar, este tenía una cara de espanto al sostener a su madre, que tenía múltiples heridas de las que brotaba icor dorado.

Atenea entonces volvió a cargar su brazo, envolviéndose de nuevo en sus poderes, y apuntó dispuesta a empalar a aquellos dos, pues si mataba a ambos los problemas del Olimpo serían bastante menos. Sabía perfectamente que el destino marcaba que el muchacho estaba destinado a reinar, pero el destino se podía cambiar si se era bueno tejiendo. Y ella era la mejor de todos en eso.

-¡DETENTE!- ella no se había fijado, pero de entre las llamas había emergido Hestia.

Tenía el rostro sereno, pese a que sin duda debía estar… cabreada. Pidió que nadie tocara al muchacho, y ella había hecho bastante más que eso. Su tía siempre había sido un cordero, y ahora este comenzaba a mostrar la fuerza de sus cuernos. Se acercó a los otros dos, y se interpuso delante de ellos, con cara de determinación.

-Tendrás que matarme antes a mí, jovencita- Atenea gruñó, molesta.

-Esto no va contigo, Hestia. Ese niño es un peligro para la estabilidad del Olimpo- pero la otra le corrigió de inmediato.

-Para la estabilidad del reinado de Zeus, querrás decir. Piénsalo, ni siquiera sabe usar sus poderes- la voz de la mayor era suave y calmada, pese a que en sus ojos se distinguía la llama del combate.

-Pero los aprenderá a usar. Y podría llegar a liderar un ejército contra nosotros, es mejor matar a la mala hierba ahora que aún se puede- Atenea no parecía dispuesta a abandonar la misión.

Corriendo a toda velocidad, se detuvo al lado de Metis, agachada, y se impulsó hacia arriba con las piernas, lanza por delante. Su filo estuvo a punto de atravesar el pecho de la titanide, pero su hermano se interpuso. Agarró la punta de la misma con sus manos desnudas y empujó hacia atrás, mientras ella lo hacía en dirección contraria, quedando empatados.

-¡¿Quién eres?! ¡¿Y por qué nos atacas?! ¡No te hemos hecho nada!- gritaba Erik.

No entendía las acciones de aquella mujer y que tanto se le parecía. Esta pareció fruncir algo el ceño, retiró la lanza y dio un salto atrás, tirando a un lado sus armas, que chocaron contra el suelo en un chasquido seco.

-Soy Atenea, diosa de la sabiduría, y aquella que te matará- en sus manos se formó una esfera de energía y que lanzó contra él.

El ataque, muy potente, llegó en un parpadeo hasta ellos, y les hubiera provocado fuertes daños de no haber sido detenido por una pared de fuego, levantada por Hestia. Entonces, fue envuelta ella y los otros dos por una gran llamarada, y que obligó a Atenea a taparse los ojos para evitar cegarse. Cuando volvió a mirar los tres habían desaparecido de allí, así que chasqueando a lengua, les buscó con su energía por los alrededores.

-Sé que sigues por aquí, tía…- murmuró, más para sí que para la otra.

Efectivamente, detrás de ella apareció Hestia, cruzada de brazos- No le busques más. Les he llevado a lugar seguro, a ambos- pero la más joven no parecía dispuesta a ceder ni un ápice.

-¿Qué ganas con esto, Hestia? Nada, más que un castigo peor del que ya de por sí te espera- sin embargo, la aludida negó.

-Gano proteger a mi familia. Pero vosotros… vosotros no lo entenderíais. Yo he protegido a los míos desde que estábamos en el vientre de Cronos… ¿Tu padre te ha contado cómo impedí que acabara desmenuzado por Tifón la primera vez?- la otra frunció el ceño, estaba desviando el tema.

-No eres la única que se preocupa por el Olimpo- le recriminó, pero la mayor ya estaba metida en contar la historia.

-Ya se habían lanzado todo lo que tenían, Zeus estaba extenuado y Tifón también, pero a este aún le quedaba un as bajo la manga… Tomó a mi hermano entre sus tentáculos y le estranguló, incluso llegó a dejarle sin aliento- en el fuego podía verse como se representaba aquella escena.

-Fue mi fuego lo que impidió que muriera. Y también fue aquello que nos ha mantenido unidos desde que su reinado empezó. Sé lo que hago, y tu hermano, Erik, no quiere gobernar. Aunque… diría que lo hará, lo desee o no- Atenea, durante ese rato, recuperó sus objetos divinos.

La égida pasó a ser un tatuaje en su brazo, mientras sostenía su lanza y la contemplaba. Habló en ese momento- No tengo nada en contra de la primera olímpica… pero no te vuelvas a cruzar en nuestro camino- sus ojos relampaguearon un poco, y desapareció en el aire.

Hestia miró al suelo, algo molesta consigo misma y con los demás dioses. No les entendía, ella sólo se esforzaba por ser una buena hermana o tía, en mantenerles a todos unidos… pero lo complicaban mucho, todo, siempre. Empezando con las constantes infidelidades de Zeus, siguiendo por las broncas de Ares, las bromas pesadas de Hermes, los chismorreos de Apolo… hasta Hades, que vivía en el Inframundo ajeno a todos los líos de sus parientes, se veía afectado por aquellas cuestiones y de vez en cuando le daba problemas. Cómo no acordarse de aquel año en el que se negaba en llevar a Perséfone al mundo de los vivos, provocando un cataclismo financiero en medio planeta cuando Deméter medio obligó a Hermes a fundir los activos de las bolsas mundiales…

Suspirando, observó la casa. De fondo oía las sirenas de policía, bomberos y emergencia. Sin duda los mortales habrían avisado de todo ese escándalo, así que tendría que hacer algo para que se fueran de allí cuanto antes y que no hubiera nadie para cuando llegaran los semidioses. De hecho una semidiosa de su sobrina estaba en el grupo, se preguntaba qué pensaría cuando viera que todo aquello había sido provocado por su madre.

-Señora, ¿sabe qué pasó? ¿Se encuentra bien?- alzó la vista entonces, y comprobó que unos agentes eran los primeros en llegar.

Ella les sonrió afablemente, y usó sus poderes- Todo va bien, corazón. Podéis marcharos, yo me encargo, ¿vale?- el agente parpadeó varias veces.

-Vale… avisaré a… los demás- se giró entonces, hablando por radio.

Comprobó contenta cómo los humanos hacían como si aquello no existía, la Niebla parecía querer ayudarla… o Hécate, muchas veces eran difíciles de distinguir. En todo caso decidió sentarse en uno de los restos del edificio, esperaría allí a que los adolescentes llegaran para indicarles dónde se encontraban. No estaban muy lejos, de hecho ni habían abandonado la zona, estando a unos pocos kilómetros, en las cercanías del río Sena.

Era lo mejor, Atenea seguramente estuviera recorriendo los cielos de media Europa, sin sospechar que pudieran estar en la misma ciudad en todo momento. Su sobrina era inteligente y sabia, pero Hestia era mayor. Y había escuchado cientos de veces sus historias, las suficientes para saber cómo pensaba y razonaba. Eso le había servido como ejemplo de qué hacer, aunque no duraría eternamente, y en cuanto pudieran, volverían a ser atacados. Por eso necesitaba del apoyo de otro dios para ello.

-Hestia, ¿tú lo sabías, verdad?- ella alzó el rostro, sorprendida.

Vio allí a Hera. Parecía triste, más que enfurecida. Cansada, se sentó a su lado, suspiró y cruzó sus piernas, regia. No llegó a mirar en ningún momento a su hermana, pero habló.

-¿Ese chico de verdad no sustituirá a Zeus?- preguntó. A eso la otra solo se hundió de hombros.

-El destino dice que será sustituido, y de alguna manera él es nuevo, pero de todo lo demás… no tengo ni idea- comentó.

Hera asintió, en silencio- Ya veo… En fin, si su supervivencia hace que el capullo de mi marido acabe mal, me alegraré de ello. Aunque sea un bastardo suyo y me den ganas de atravesar su pecho y arrancarle el corazón a él y a su madre… me contendré- Hestia sonrió con algo de nerviosismo.

-Me alegra oír eso… Tendré que alejarme de los demás durante un tiempo hasta que todo se calme, no creo poder pasar las tardes en el Olimpo como hasta ahora- su hermana asintió.

-Están todos muy nerviosos y Zeus estaría encantado de ensartarte con uno de sus truenos. Tendrás que pasar desapercibida, por tu bien- Hera se levantó entonces.

Se rodeó de su energía, y entonces la otra comenzó a transmutarse. Su cara se alargó y sus piernas y brazos se acortaron, así como su tórax, en su piel comenzó a crecer pelo, y su nariz se alargó. Pasó de ser una bella mujer a una labrador de color marrón y que tenía el pelaje bastante bien cuidado. Pero la diosa tomó la ceniza del suelo y pasó el polvo por la otra, ensuciándola así y dándole el aspecto de un animal solitario y de la calle. Comenzó a ladrar entonces algo molesta.

-Sí, sí… pero tienes que dar pena… Ya mujer, pero tú eres demasiado buena… Perfecto- sonrió satisfecha entonces.

Ahora parecía totalmente un animal callejero- Como lo hemos hecho con mi poder, no se notará que eres una diosa. Nadie sospechará de ti y podrás cuidar de tus queridos semidioses sin demasiados problemas, pero esta es toda la ayuda que te brindaré- aseguró.

Hestia olisqueó su mano y la lamió, agradecida. Hera la retiró algo asqueada, y desapareció de allí enfadada con su hermana, pero entendía que era necesario, dejando a solas a la otra, y que se limitó a sentarse en frente de la casa, tranquilamente, recostada y bostezando un poco. Se giró únicamente cuando vio llegar a un grupo de chavales y que reconoció inmediatamente, contenta y moviendo su cola de lado a lado.

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(1) Samirah aparecía en los primeros capítulos, pero me pasó por alto su presencia. Lamento este fallo, y espero que no pase de nuevo.

(2) De Nanna lo único que se sabe es que es la esposa de Baldr y que murió suicidándose cuando se tiró al barco en el que descansaba el cadáver de él cuando se le incineró. Por tanto, que sea diosa de las estrellas del cielo es una licencia artística.

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!