Enemigo primordial

Capítulo 27

El grupo formado por Jasón, William y sus compañeros avanzaban por el largo corredor que formaba el casco viejo de Folkestone. Beatrice les guio a paso ligero, sin detenerse en los puestos más allá de que viera alguna cosa por el rabillo del ojo que le pudiera interesar, pero estaban allí por una misión y el pretor romano se lo recordaba con la mirada cada vez que sentía tentaciones de ponerse a regatear con algún tendero para abaratar el precio de una especia, planta o ungüento. Y sin embargo ella se fijaba en los rostros y espaldas de los transeúntes, por si se encontraba con su amigo. Hasta que le vio, era un tipo de unos treinta, con el pelo rapado y sin barba.

-¡Harry!- chilló ella, para hacerse oír entre la multitud. Este se giró sorprendido, y sonrió algo al verla allí.

Esta le dio un fuerte apretón de manos cuando estuvo a su altura, sonriendo, mientras los demás se arremolinaban en torno a ellos dos. El hombre tenía una camisa azul con un pantalón deportivo negro, y con una bolsa de tela para comprar al hombro. Dentro de ella tenía que tener bastantes botes dado el suave tintineo que se podía escuchar si uno se fijaba suficiente.

-Me alegra verte de nuevo, Beatrice. Pero me da que no es por algo bueno…- murmuró, mientras se colocaba la bolsa.

Ella asintió, despacio- Por desgracia así es. Necesitamos que nos consigas unos documentos- a eso el otro asintió.

-Depende de cuales… ¡Bueno, pues vamos!- y se volvieron a mover.

En esa ocasión no fueron dando tumbos, claramente estaban siendo guiados por Harry, y que les llevó hasta un pequeño restaurante, y que al parecer él llevaba como cocinero y jefe del mismo. Era pequeño, de forma cuadrada y con el suelo de madera, con luces en el techo y ladrillos como paredes. Estas estaban pintadas de blanco, y de lado a lado en un tercio de la sala, una larga barra de madera alojaba a los parroquianos y que ya estaban bebiendo. La camarera saludó a su jefe mientras servía unas pintas de cerveza en jarras de casi un litro, usando grandes grifos de metal con las diferentes marcas del líquido. Además de alcoholes propios de los humanos, también tenían hidromiel y varios líquidos en forma de cremas y licores hechos con los conocimientos propios de los druidas. Aquel local era la muestra de la conjunción entre lo mágico y lo humano, cosa común en las ciudades europeas, donde ambos mundos convivían, se mezclaban y confundían.

-¿Tenéis hambre? Si queréis almorzar aquí seréis bienvenidos- comentaba el hombre, entrando.

Pero Jasón negó- No hace falta, en realidad tenemos algo de prisa- comentó, pero el otro negó.

-No hay que correr cuando de hacer documentos se trata, chico. Créeme, si creo saber qué es, tomará un tiempo- añadió. El aludido suspiró, Piper le dio un codazo divertida mientras Blizten se quitaba parte de la ropa que le tapaba, algo acalorado.

Decidieron juntar unas mesas, colocando varias sillas a su alrededor, sentándose en ellas animadamente. Se posicionaron de tal forma que estaban bastante mezclados, no habiendo diferenciación entre celtas y el grupo proveniente de américa. De hecho charlaban tranquilamente mientras esperaban a que volviera Harry con todo listo para llevar a cabo todo aquello, no tardando demasiado en aparecer por la sala, ya vestido de cocinero y con una mochila a la espalda.

-Entiendo que queréis pasar la frontera, ¿verdad?- comentó, mirando a los demás. Beatrice asintió, mientras le hacía hueco para que se sentara a su izquierda.

-Es complicado, porque aunque en Europa las fronteras son abiertas, no es así en todo el continente, y fuera del mismo las cosas se dificultan, sobre todo con según dónde, así que…- mientras hablaba rebuscaba dentro de la mochila.

La tenía encima de las piernas, y no se detuvo hasta encontrar algo, momento en que sonrió- ¡Ah, por fin! Es lo malo de tener algo sin casi fondo- rio, había llegado incluso a meter casi todo el brazo para poder llegar lo más hondo posible.

Cuando sacó la mano, en ella tenía un libro- ¿No podrás entonces hacernos pasaportes? Mierda…- gruñó Jason.

-Los semidioses de ahora estáis muy mal acostumbrados… ¿desde cuándo usamos esas cosas? Para eso tenemos la magia- les mostró un libro entonces.

-De mitos e historias celtas… ¿algún contacto tuyo?- preguntó interesada Electra, y Harry asintió.

-Lo malo de nuestro mundo es que es pequeño, no ha sobrevivido demasiado y nos mezclamos mucho con los romanos. Lo bueno es que nos conocemos entre todos- abrió entonces el libro.

En lugar de un texto mitológico al uso, era más bien un listado de nombres y localizaciones. Más propio de un libro de esos para saber el contacto de alguien y su trabajo que otra cosa, lo cual les pareció… curioso cuanto menos. Vieron que había abierto por la sección de troles, lo cual les llamó la atención.

-Tengo un conocido amigo de un primo lejano… que tiene una granja. Espero que os pueda ayudar- aquello no les gustó demasiado cómo sonó.

Sadie miró de refilón a William, sonreía de medio lado con un deje de diversión mientras Jasón ponía mala cara.

-Este es Piegrasiento, tiene una granja de hipogrifos y que os puede alquilar un carruaje para cruzar el estrecho- vieron la foto.

Era más feo que otra cosa, con una nariz puntiaguda, los dientes cada uno en una dirección, ojos verdes y pelo algo largo del color del fuego, con la piel blanca y uñas largas y bien perfiladas. Desde luego era bastante cantoso, su aspecto.

-Los troll tienen fama de ser algo rácanos y poco confiables, ¿podemos tener fe en que no nos estafará?- preguntó Kevin.

-En el peor de los casos caeríamos en agua, aunque claro, igual nos ahogamos por la fuerza del golpe…- murmuraba Bryan, mientras Richard ponía los ojos en blanco.

-Si lo hace no tendría negocio, chicos. Tiene una de las principales líneas de vuelo entre las islas, así que bien lo debe hacer- sin embargo, no parecía especialmente convencido.

En las páginas, como si fuera una web, se podían ver actualizados los comentarios de la gente, y el más agradable era decir que casi había vomitado por el fuerte olor a pie que había en los carros, o por la falta de higiene de los animales.

-¿Y es caro?- preguntó entonces Katherine, esperaba que al menos fuera barato. A eso el otro se hundió de hombros.

Dylan había apuntado en un papel la dirección y se la había entregado a Jasón, que la recibió, mientras el otro cerraba el libro con parsimonia.

-Supongo, pero no lo sé. Nunca he contratado sus servicios, pero es de confianza- comentó, y entonces se levantó, mientras Beatrice suspiraba y se cruzaba de brazos.

-Mejor eso que jugarnos tener que dar explicaciones a un poli y meternos en algún jaleo…- comentó Sadie entonces, mientras jugueteaba con su colgante.

-Por cierto, ¿qué vais a querer de comer? Os dije que os invitaba y la oferta sigue en pie- añadió afable Harry, mientras se giraba y le hacía una señal a la camarera.

Esta llegó al poco con varias hojas plastificadas, y que entregó a los del grupo, mientras el otro se dirigía a cocinas para trabajar. Se limitaron a mirarse entre ellos a la vez que se decidían sobre qué comer, preguntándose cómo un druida celta había acabado de cocinero en un restaurante allí. La pequeña ventana por la que veían el mundo de la magia y los mitos se resquebrajaba cada vez que conocían a alguien de otras culturas, que vivían aquello de formas muy diferentes a cómo lo hacían los romanos, griegos, egipcios o nórdicos.

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En la Roma antigua, por su parte, Frank ya estaba colocado delante del púlpito, colocando por décima vez los papeles con nerviosismo, haciendo tiempo hasta que la gente se acabara de colocar. En realidad ya estaban todos más que sentados desde hacía dos minutos, pero no se atrevía a acabar de hablar. Mientras escribía sus palabras lo tenía todo bastante claro, pero ahora… las cosas eran bastante diferentes. Miraba de reojo a los demás de vez en cuando, sudando en frío: Odd le alentaba con una sonrisa, Leo le levantaba el pulgar para darle ánimos; mientras Hearth le aplaudía un poco creyendo que ya hablaba pues sus labios temblaban un poco, con Carter y Samuel también preguntándose cuando tenía intención de arrancar a hablar.

Flavianna, que estaba para ese momento ya detrás de él, aprovechó que se le estaba moviendo demasiado la corona de laurel de oro para acercarse.

-Pretor Zhang, será mejor que comience a hablar de una vez…- le murmuró al oído, mientras este se aclaraba por cuarta vez la garganta.

Sabiendo que tendría que hacer de tripas corazón, y con la voz temblando ligeramente, comenzó a leer.

-Estos días he estado viajando desde Nueva Roma, en Estados Unidos, para llevar a cabo una nueva e importante misión junto a otros semidioses, héroes y magos de diversas culturas. Ayer por la noche, sin embargo, recordé lo que hizo y permite permanecer grande a la República de Roma: su ejército- se giró entonces y miró de soslayo a los centuriones.

Con un gesto les pidió levantarse, cosa que hicieron- Estos hombres y mujeres defienden nuestras casas y familias de los monstruos que amenazan nuestra paz. Ya me han informado de los problemas que vive la ciudad con ese extremo, así de las muchas muertes de compañeros y amigos semidioses- volvió a mirar al frente.

-Yo creo en el ejército. Me volví Pretor hace poco y aún hay muchas cuestiones que aún desconozco, pero sí he estado en los barracones junto a otros muchos legionarios. Además de haber participado activamente durante los eventos de la última gigantomaquia- suspiró entonces.

Miró a la audiencia, parecía estar aburriéndose, lo que le puso más nervioso de lo que ya estaba- Me… me pidieron tomar una decisión importante. Tengo que elegir al nuevo Pretor de Roma, pues yo no podré estar aquí de forma permanente por la misión que comenté antes… bueno, de hecho tengo que decidir a dos pretores, mis, mis disculpas…- comentó, se acababa de dar cuenta de ese error.

Flavianna le miró con sorpresa, mientras Adriano le daba un toque en el lateral del cuerpo, con diversión. Aquella era la norma romana, de hecho, tenía que haber dos pretores. Así se hacía en la época republicana, y de hecho lo ideal era tener precisamente dos en lugar de uno, para evitar que una sola persona tuviera tanto poder. Además, si uno moría o caía enfermo siempre quedaba otro para tomar decisiones, pudiendo cambiar aquello que fuera necesario para poder seguir adelante con el gobierno de la ciudad. De hecho así se hacía en Nueva Roma.

-A-además de la elección, también… eh… leeré el nuevo modelo de… sí, nuevo modelo de elección, para evitar que pueda haber nuevas… esto… sí, nuevos problemas de elección- se aclaró la garganta.

Iba por la mitad de la hoja, había añadido varias más en blanco para darle más empaque, ahora se arrepentía. Procedió entonces a explicar el sistema, mientras la gente empezaba a cabecear un poco por culpa del adormecimiento, y que iba a peor por culpa de lo ya de por sí aburrido discurso del otro.

-Entonces, con una mayoría de dos tercios en el Senado, más un posterior refrendo en la población, y que es vinculante y que supone la elección final, pues se evitaría volver a congelar la elección. Ehm…- viendo el panorama, y comprobando que ya había terminado pero que no podía terminar ahí el discurso, decidió hablar desde el corazón.

-Como he dicho… hay muchas cosas que aún no sé. Pero efectivamente, creo que estando unidos podremos llegar más lejos, pero no forzadamente. Si Roma llegó lejos fue gracias a cooperar, no obligando, sino por voluntad de los pueblos con los que se encontraba… aunque es verdad que la otra opción era morir a manos de nuestros soldados así que…- se acarició despacio la nuca.

Pero siguió hablando entonces- Creo que eso es lo más importante. Roma, la ciudad, ha sufrido mucho y he visto que en ningún momento se ha hablado de comunicarse con otras ciudades antiguas. Y ya no solo hablo de otras villas romanas; hablo de relaciones con otros pueblos, esta vez sin derramamientos de sangre. En eso nos queda por aprender de los mortales comunes: llevarse bien con los vecinos. Y eso… creo que lo sabrán hacer dos personas en concreto- se giró entonces sobre sí mismo.

Tomó la corona de laurel entonces, y se acercó a los centuriones mientras la partía con las manos. Le tendió una mitad a Flavianna y la otra a Adriano.

-Vosotros habéis liderado por más tiempo a estas tropas, sé que lo haréis bien pese a que apenas nos conocemos- ella se sonrojaba un poco mientras el otro la aceptaba con el saludo militar.

Por primera vez en todo el discurso los aplausos de Hearth – y que hasta entonces eran aleatorios – coincidieron con los del público, y que les había gustado bastante más sus improvisadas palabras que no el texto preparado. Y aunque fuera un honor, a la centurión no le acababa de gustar.

-Señor, yo soy una soldado, me gusta demasiado combatir, y…- comentaba ella, pero el otro le restó importancia.

-Para nosotros será un honor, Pretor Zhang- afirmaba Adriano, momento en el que se tomaron las manos para sellarlo.

Los miembros presentes del Senado, por el contrario, no estaban demasiado de acuerdo con la decisión, pero poco podían hacer contra la decisión de Frank, y que fue arropado por los demás centuriones. Sin embargo, Cornelio le dio un pellizco a Flavianna para que esta reaccionara un poco.

-¿Podremos hablar luego, por favor?- le pidió ésta a Frank, que se giró un poco cuando ella le tomó del brazo.

Se limitó a asentir, pues en esos momentos estaba centrado en hablar con varios de los Senadores que estaban por allí, y que habían preparado una fiesta posterior al discurso, como era habitual en la ciudad tras una gran victoria, para así celebrar el logro de derrotar a un gran ejercito enemigo. Y la de la noche anterior fue la más grande victoria que se recordara en bastante tiempo, habiendo salvado a la ciudad de ser arrasada, no sin muchas bajas.

Bajaron desde el estrado a tierra, dirigiéndose a la parte trasera de las columnas del fondo del Foro, en una gran plaza en la que había bastantes mesas repletas de viandas, jarras de cerveza, agua y vino, con las mismas decoraciones que engalanaba la zona. Como no podían ir a ningún lado hasta que no llegaran los de Atenas – al frente del cual estaba Amos – para continuar con su viaje, disfrutarían de aquella fiesta.

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Al mismo tiempo, el grupo de Lutecia, capitaneado por Annabeth, se dirigía ya a París. Ya no solo porque allí serían recogidos para dirigirse a Mérida; también tenían que ir a una dirección concreta en la ciudad, bueno, no en París como tal sino en una ciudad aledaña pero que entraba casi en el casco urbano de esta: Boulogne-Billancourt. Comprobaron usando el móvil de Waltz que les quedaba algo lejos, pero usando líneas de metro y bus podrían llegar pasada más o menos una hora y media, entre transbordos y esperas.

-Espero que valga la pena, lo que quiera que tengamos que ver aquí… pero es curioso, no es un museo o un parque, sino una casa… ¿creéis que allí vivirá alguien importante?- murmuró Hazel, a su lado Jeremy iba dirección a la parada de metro más cercana para ir hasta el centro.

-Es verdad. Pero viniendo de un dios, no me extraña que sea algo muy sorprendente…- comentó el muchacho, mientras se detenía un poco y, ayudado por Waltz, revisaba bien por dónde iban para no perderse.

Annabeth, mientras, miraba al cielo algo nerviosa. Desde hacía unos minutos se había nublado bastante, cosa que no le gustaba demasiado. Los días claros y despejados eran los mejores, pero si se empezaba a encapotar… mala señal.

-Por aquí- en ese momento cambiaron de dirección, y pasadas unas pocas calles – a las que llegaron desde el mismo campo, tras saltar un par de vallas y que hacían de separación entre el mundo humano y el mágico – se encontraron con la estación.

Esta era subterránea, en una plaza rodeada de edificios y algo metida en la civilización, al contrario que la parte más cercana a los campos aledaños, y que eran sobre todos descampados y casas bajas. Durante los primeros quinientos metros, de hecho, solo había casas residenciales y suburbios que no les gustaron demasiado, pero la presencia intimidante de Waltz impidió que nadie peligroso se les acercara en aquel trayecto, hasta que se volvieron a sentir seguros entre los edificios.

Una vez dentro del metro, con paredes de ladrillo y losas blancas y amarillas, entraron a la sección interna del edificio, al que accedieron usando tickets que permitían hacer en torno a 10 viajes pagando el módico precio de dos euros, cortesía de Jeremy. La otra opción era saltar por sobre los tornos, cosa complicada dado que había algún que otro guardia de seguridad, y ellos en esos momentos no les apetecía probar su capacidad de esprintar.

-Pues de aquí vamos hasta París centro, de allí a París Sur, y ya allí podremos coger un autobús e ir hasta Boulogne, a ver si tenemos suerte y no tenemos que esperar demasiado allí- comentaba Jeremy, según se sentaba.

-Perfecto, avisa en qué parada hay que bajar- Annabeth se colocó en frente, estando Hazel y Waltz con el chico, mientras Alex se quedaba a su lado, que había permanecido callada hasta entonces.

-¿No os parece raro, todo esto? Esa diosa dijo… ¿cómo era? Que era algo confidencial o algo así, eso tiene pinta de ser… importante, y no me gustan esas cosas- comentó, mientras se cruzaba de brazos.

-Pienso igual- comentó Hazel. Estaban solos en el vagón, por lo que no tenían que ir con cuidado al hablar. Era la primera parada, así que…

-Si es confidencial quiere decir que solo ella lo sabe, pero en teoría el otro que tiene que saberlo lo hará pronto, ¿no?- a esas palabras de Waltz, Jeremy asintió.

-Me hago a la idea de qué puede ser… otro hijo bastardo de Zeus- dijo Annabeth, mientras se acariciaba las manos, colocadas encima de sus piernas.

Sin embargo, Alex siguió adelante- Pero de ser así tiene que ser uno importante. ¿No decís siempre vosotros que ese dios tiene más hijos que pelos en la cabeza?- a eso la otra asintió.

Esa comparación le parecía tan acertada y graciosa que se la copió a Leo cuando la comentó. Obviamente le dio igual tener en frente a Jasón.

-Así es… eso quiere decir que debe ser extraordinario, ese hijo…- murmuró, pensativa.

Se quedó mirando al suelo, con la mirada perdida pero muy centrada en su línea de pensamiento, pasando a murmurar en voz alta según las ideas llegaban a su mente, para que los demás las escucharan.

-También… comentó que él está sometido al destino, así que… Puede que sea alguno que fue pronosticado por las hermanas del destino- chasqueando la lengua, posó su cabeza en la mano derecha.

-No sé, no sé…- estaban tan centrados que dieron un brinco en el asiento al escuchar la voz de la megafonía indicando que habían llegado a la siguiente parada.

Según se abrían las puertas del vagón entraron varias personas, lo cual impedía que pudieran hablar de esos temas con total libertad. En fin, en breve sabrían de qué se trataba todo aquello…

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Una vez que habían comido, Jasón esperaba nervioso a que los demás salieran de la tasca en la que habían recuperado fuerzas. Se encontraba fuera del establecimiento, cruzado de brazos y dejando que la luz de la tarde le diera en la piel, intentando relajarse pero sin demasiado éxito. Era el hijo de un dios de las tormentas, no de los días brillantes y soleados… capaz de incluso quemarse, dado que su piel era bastante blanca.

-¿Por qué tan nervioso, muchacho?- se giró al oír aquello, se trataba de Harry. Cargaba con un par de enormes bolsas de basura.

Desde donde estaban se escuchaba el ajetreo de los demás, riendo animadamente. El aludido se limitó a gruñir un poco y a fruncir el ceño.

-Estamos perdiendo el tiempo, aquí… no me malinterpretes, agradezco la invitación, pero tenemos una misión que cumplir- le explicó.

Sin embargo el otro le restó importancia con un suave gesto- En realidad lo entiendo. Pero de nada vale correr sin un plan, como romano deberías saberlo- le tendió una bolsa entonces.

Con sorpresa, Jasón se limitó a cogerla- En época romana, toda esta zona estaba bajo control de primero la república, luego del imperio. Pero durante la retirada del mismo, cuando cayó el lado Occidental allá por el final del Siglo V, hubo una gran matanza- mientras andaba, explicaba.

-Suele pasar, los soldados de un bando, viéndose derrotados, quisieron huir pero se encontraron con el mar en la retaguardia y los enemigos en el frente. Estos les impidieron toda huida, y acabaron con ellos. De haber tenido un líder fuerte, en cambio, podrían haber sobrevivido a aquello- tiraron entonces la basura.

Jasón asentía, despacio- Nos lo contaban durante la formación para oficialía, en Nueva Roma. Los celtas del frente eran desorganizados y anárquicos, pero tenían la fuerza de desear recuperar sus tierras. Los romanos, en cambio, no tenían nada por lo que luchar pese a ser una fuerza militar superior- respondió.

Harry asintió- ¿Por qué me cuentas algo que ya sé?- preguntó, serio. El otro se rio un poco.

-Piensa en ello. ¿Qué se gana teniendo prisas?- Jasón gruñó.

-Pero tampoco podemos caer en la complacencia, menos teniendo un plan poco consistente- el otro le miró.

-No hay plan B, cierto… y a vosotros os encanta tener todo un abecedario, por si las moscas- el muchacho asintió despacio.

-De todas formas, ¿por qué no nos quisiste ayudar dándonos los papeles? Beatrice parecía bastante convencida de que podías- Harry se detuvo unos segundos antes de continuar.

-Ya lo dije, no tiene sentido si luego vais a necesitar más y más para vuestros compañeros. Y con la magia podréis pasar fronteras enteras sin necesidad de correr riesgos innecesarios- le miró entonces.

-A los romanos os encantan las normas. ¿Tú qué harías si unos muchachos entran de mala manera a vuestro Campamento Júpiter?- Jasón iba a responder cuando entendió las razones.

-Para mí tiene sentido… además, y hasta donde yo sé, nunca nos pidieron algo así, ni a mi ni a ningún otro en la aventura contra Gaia- sin más, se limitó a volver a donde estaban los demás, volviendo al interior del bar.

El adulto se limitó a hacer lo mismo y continuar con sus labores hasta que, media hora más tarde, el grupo salió en dirección al desgastado coche, con el que irían hasta las cercanías de Folkestone, en una granja a unos cincuenta kilómetros de allí para conseguir el carro tirado por hipogrifos. Harry les despidió con la mano, tras lo que le dio un corto abrazo a Beatrice y por último un fuerte apretón de manos con William a modo de despedida. Jasón permanecía detrás de ellos, limitándose a un suave gesto para el otro, que se lo devolvió con una sonrisa divertida.

No tardaron demasiado en salir del casco antiguo, yendo en línea recta y esta vez sí, sin pararse ni a mirar los diferentes puestos de compra. Minutos más tarde, subieron las escaleras del alcantarillado que llevaba al mundo humano, apareciendo nuevamente en aquel descampado, dirigiéndose Beatrice la primera al coche para comprobar como estaba, repararlo, y así poder devolverlo como tocaba. O no, si total, seguramente ni volvieran de la misión…

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En París, Annabeth y los demás ya estaban andando por la principal estación de metro de la misma, cerca del área del Louvre, del ayuntamiento, y de numerosos edificios oficiales del gobierno francés. Ahora que estaban allí, y como punto de conexión con todas las líneas, tendrían que tomar la número 10 y que llevaba hasta las cercanías de la "frontera" entre ambas ciudades – el río Sena – luego tomar un autobús que les dejara cerca de una plaza para, en una caminata a lo largo de una avenida durante diez minutos, llegar a la casa indicada. (1)

-¿Cómo creéis que les va a los demás?- preguntó interesada Hazel.

Alex se hundió de hombros- Mientras no hayan muerto, genial…- murmuró.

Los demás sudaron algo en frío, Jeremy se rascó algo la nuca serio- Qué alegres, los nórdicos…- comentó, y la otra se hundió de hombros.

-Bueno, es indiferente. Aquí la única manera en que podemos ser contactados es que usen un mensaje de Iris o algo así, y aunque nos avisaran de algo, complicado poder ayudar. Centrémonos- pidió Annabeth, seria.

No tardaron demasiado en hacer los traspasos, y para cuando se quisieron dar cuenta, entre charla y charla, llegaron al barrio que les indicó Hestia. Se preocuparon al ver el humo de un incendio y las sirenas de policía resonar por todas partes justo en las inmediaciones del sitio al que se supone tenían que ir, aunque se relajaron algo al ver que todas las autoridades se iban. Eso les dejaría poder moverse sin tener que dar demasiadas explicaciones, lo que para un semidios era fundamental.

-¡Venga, vamos!- Hazel comenzó a correr en ese momento. Los demás la siguieron, la romana era veloz y se movía como el viento pero los otros le siguieron la pista, mientras ella seguía las directrices de Jeremy, que iba el último siguiendo el GPS del móvil.

De esa forma, se encontraron que, cruzando hacia una calle y tras pasar la esquina, una casa estaba semi derrumbada, aun ardiendo un poco… y como único testigo, un perro labrador que alzó la cabeza en cuanto les vio.

-Mierda… Quien estuviera aquí, ha muerto, me parece…- murmuró Jeremy, pero Annabeth negó.

-Si este perro está aquí, igual era del dueño…- comentaba ella, mientras se inclinaba.

Notó de inmediato que era una labrador, de edad media y bastante cariñosa ya que nada más verles les lamía la cara y manos, como si les conociera de toda la vida. Mientras ella se levantaba, la perra comenzó a ladrar animadamente y a empujarles con la cabeza, moviendo la cola y saltando como queriendo ir en una dirección.

-¿Se puede saber qué te pasa, bonita?- Hazel suponía que quería llevarles en una dirección… igual era en la que estaba su amo o ama.

-Aquí desde luego no hay mucho que hacer, ahora mismo…- gruñó Alex, Jeremy y Annaneth se habían acercado a los escombros para ver si podían ver algo, pero el fuego lo había consumido todo.

-Lo único que tengo claro es que o fue un accidente. Esta casa fue atacada, no creo que una casa moderna como esta tuviera una caldera de gas o que tuviera un cortocircuito. No hubiera ardido tan rápido en ese caso…- murmuró, mientras ponía los puños en jarras.

-¿Y quién ha podido hacerlo?- preguntó Hazel, interesada. Jeremy sin embargo negó.

-Ni idea. Sin saber quién vivía, es imposible descubrir nada más… ¡oye!- la perra, aún presente, seguía insistiendo en ir en una dirección concreta.

-¡Venga, tira!- Annabeth entonces le lanzó un palo requemado para que se entretuviera, pero esta no llegó a moverse.

-Definitivamente, esta perra tiene algo que mostrarnos…- y se comenzó a mover. Sin embargo, esta fue en dirección contraria, justo por donde ellos habían venido.

Mientras ellos salían corriendo detrás del animal, dándole la espalda a la casa, de la misma salió una sombra y que se movió a toda velocidad en dirección contraria, dando vueltas por el aire sin ser en ningún momento vista por los semidioses, aunque luego les adelantaría por el cielo.

No llegaron a cruzar la acera o girar la esquina; en su lugar, siguieron de frente por la calle, hasta que llegaron a lo que debía ser el Sena. Los adolescentes se miraron, aunque se cruzaron con otros perros durante el trayecto en ningún momento se descentró de su objetivo, aunque de vez en cuando bajaba la cabeza y olisqueaba el suelo. Pero en ningún momento abandonó la senda hasta llegar a la orilla del rio, donde se sentó sin más y ladró un poco, mirando hacia la otra orilla.

-Diría… que quiere que pasemos- murmuró Annabeth, acariciando su cabeza. El animal estornudó un poco, como si estuviera asintiendo.

Los demás se miraron, no les hacía demasiada gracia nadar por aquel rio. No tenía pinta de ser el agua más salubre… Hasta que Alex frunció algo el ceño.

-Ese bosque… es especial, fijaos bien- lo señaló en ese momento.

Si se fijaban, rezumaba algo de magia, sí, pero… no sabían de qué tipo era. Hasta que Hazel, más sabia en aquellos asuntos, se centró en el mismo.

-La Niebla es muy intensa a su alrededor… Puede que sea algún bosque sagrado o algo- explicó.

Annabeth clavó su mirada en sus primeras líneas de árboles, y, efectivamente, había algo sobrenatural en el mismo.

-No es una arboleda de Cernunnos, eso lo tengo claro…- comentó, mientras buscaba la manera de poder llegar hasta allí.

Vio a lo lejos un puente que podrían cruzar para poder llegar hasta la misma, pero la perra no parecía dispuesta a moverse de allí bajo ninguna circunstancia.

-Oye, si no te mueves te… no sé por qué te hablo como si fueras una persona…- gruñó Annabeth.

Se fijó entonces en que, en la orilla de enfrente y a unos veinte metros, había una persona que les saludaba. Ella pasó bastante de aquello, no queriendo perder más tiempo, hasta que un grito de sorpresa y los ladridos de la perra le asustaron, girándose de inmediato. Comprendió entonces las reacciones de los demás, y es que era difícil de creer: un muchacho corriendo sobre las aguas se acercaba.

-¡¿Quién eres?!- le chilló la rubia, sacando su daga y poniéndose en posición defensiva. De inmediato los demás lo hicieron igualmente.

Este se detuvo en ese instante, como si estuviera nervioso… y de pronto se hundió. Aquello fue raro porque era como si no lo deseara, o como si se hubiera dado cuenta de algo en aquellos momentos. Con dificultad, y bajo las atentas miradas de los demás, llegó hasta la orilla, en la que anduvo algo cansado y totalmente mojado.

-¿Quién eres y cómo podías andar en el agua?- Annabeth se sorprendió, era un muchacho de unos veintitantos, no era ningún crío.

-Me llamo Erik y… es algo difícil de explicar…- reconoció.

Quiso irse y ascender por la cuesta que llevaba hasta la calle, pero Hazel le tomó del antebrazo.

-Es de mala educación no responder… pero te dejaremos ir si nos dices quién vivía en esta dirección- le tendió el papel.

Erik la reconoció de inmediato, y en su rostro se notó. Al contrario que todos ellos, la perra parecía bastante contenta y de hecho movía la cola de lado a lado y con la boca abierta y casi sonriendo.

-Es… la mía. Joder…- sus ojos brillaron peligrosamente.

La perra entonces le lamió la mano y pasó su cabeza por la palma, cariñosamente- ¿El perro es tuyo? Parece reconocerte…- comentó Jeremy, Erik le miró. Sus ojos se llenaron de lágrimas al recordar el incidente, probablemente Poko hubiera muerto….

Pero esa perra en concreto, aún no conociéndola, sí que le era familiar… Cuando se lo hizo saber, Annabeth frunció el ceño, pensativa.

-¿Puedo saber quién atacó tu casa, al menos?- aún no sabía si decirle quién les mandaba, aunque algo mágico debía ser. No podías andar por encima del agua de otra forma.

-No me creerías si te lo dijera…- murmuró Erik, nuevamente esa respuesta… Hazel sonrió de medio lado.

-¿Un minotauro? ¿O un grupo de harpías? ¿Seres que en teoría solo aparecen en antiguos mitos, por un casual?- el otro se quedó en blanco, pero negó.

-De hecho… fue una mujer llamada Atenea…- murmuró.

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Mucho más tranquilo, Frank celebraba con los demás la elección de pretores, sentado en una mesa que presidía la plaza junto a Flavianna y Adriano, ella a su derecha y este a la izquierda. De pie y cerca de estos se encontraban sus compañeros y los otros centuriones, con los que charlaban amenamente.

-Es una pena que nuestra nueva y flamante pretora quiera irse de aquí a nada junto a vosotros- comentaba divertida Bianca, era la tercera copa de vino que bebía.

Carter se rascó la nuca, nervioso- ¿Segura?- y esta asintió. A su lado, Cornelio también lo hizo con vehemencia.

Sostenía una alita de pollo y hablaba según masticaba- ¡Ella siempre ha soñado con salir a ver mundo, seguro que ya se lo ha pedido al Pretor Zhang!- comentó.

De hecho ella no tardó demasiado en, efectivamente, comentarle aquellas impresiones- Señor, yo no valgo para dirigir una ciudad, no así. Soy una soldado, no política… Sea razonable y permíteme ir con usted, y así servir a mis dioses- pidió entonces.

El otro suspiró pesadamente- No lo hagas por los dioses… sino por Roma. La ciudad y sus habitantes- ella le miró con sorpresa.

-S-sí… Llevo desde los doce años luchando casi a diario por ellos, Pretor… Y pienso hacerlo hasta morir- le miró con intensidad directamente a los ojos.

-Y si la mejor forma de hacerlo es así… lo haré. Y si de paso puedo ver mundo, mejor- el otro frunció algo los labios.

Jasón en ese caso lo tendría claro. Lo primero era el deber y por tanto se tendría que quedar, era su obligación, además que ser pretor era todo un honor. Él, en cambio… no lo veía de ese modo. Se estaba haciendo un lío, cosa que la otra notó pues su expresión cambió de inmediato.

-D-disculpe, Pretor Zhang. Me he… extralimitado- murmuró ella, mientras volvía a su plato.

-En realidad, Pretora Rossi, dado su rango ahora puede hacer lo que considere por el bien de la ciudad. Y si eso incluye salir de sus fronteras para protegernos… no me puedo negar- comentó Adriano.

Esta le miró, agradecida, mientras Frank se limitaba a beber algo del agua, nervioso. Técnicamente era verdad eso, él ya no era su superior ni nada que se pareciera, así que… de hecho eran iguales en esos momentos en cuanto a rango, y junto a Jasón serían tres pretores romanos en el grupo.

-Solo, no mueras en el proceso. Necesito una mano amiga para enfrentarme a los dinosaurios del Senado- comentó divertido, y ella soltó una fuerte carcajada, divertida por el comentario.

Oyeron aplausos y se fijaron en que Hearths parecía estar haciendo magia, junto a Carter, para entretener a la gente. Cerca permanecían Samuel y Odd, mientras Leo andaba sentado por ahí, murmurando y con un lápiz en la mano, dibujando las más que seguras modificaciones que pretendía hacerle a la autocaravana con la que vendrían Amos y los demás. Usaba a modo de lienzo la hoja del discurso y las que estaban en blanco.

Según Carter, tardarían un par de horas en llegar por agua, así que seguramente aparecieran en el Tíber. Era una suerte, poder viajar así sin necesidad de andar dependiendo de más cosas. Ahora que volvían a estar juntos podrían desplazarse así de nuevo, lo que era una ventaja. Esperaba poder darles algo de la comida sobrante para entonces, aunque igual ya había volado todas las viandas para ese momento. Suspirando, Frank se limitó a disfrutar de la pequeña fiesta, pues sería de las últimas en poder hacerlo.

-La misión por ahora va bien. Hemos recuperado el anillo de Urano que estaba en Roma y en breve nos recogerá el grupo que fue hacia Atenas. Hay otros, en Emérita, Lutecia y Londinium, aunque la idea es ir hasta la primera para rescatar a una tal Bianca di Angelo- explicó.

-¿De dónde hay que sacarla?- preguntó Flavianna, con interés.

Frank se rascó la cabeza, nervioso- Del Inframundo, al parecer. Quieren… que vuelva o algo así, no sé. Los dioses son raros, ya sabéis- y tanto que lo sabían.

-Joder… ¿Y que tiene de especial esa Bianca para que le concedan tal honor?- comentó algo molesto Adriano, pero el otro no supo qué decir.

-No llegué a conocerla, pero conozco al hermano… debe estar muy mal ahora, son griegos- explicó.

-Es injusto, ¿por qué solo ella? Se me ocurren muchos buenos soldados que podrían realizar grandes hazañas- añadió la chica, a lo que Frank se limitó a suspirar y hundirse de hombros.

-Y a mí, pero es cosa de los dioses, todo esto…- murmuró. Pese a que su conversación era algo lúgubre en torno a ellos se vivía toda una fiesta en esos momentos.

Se levantó entonces con su copa- ¡Brindemos, por nuestro éxito!- exclamó entonces, alzándola y bebiendo del tirón, llamando así a la buena suerte.

Los demás hicieron lo mismo, celebrando, y aunque no supieran que se trataba de una petición por otra cosa totalmente diferente, lo hicieron con vehemencia y verdadero deseo de que todo saliera bien. Al final eso era lo importante… Tras beber, comprobó que Odd y Samuel se iban, acompañados por Cornelio. Seguramente ya hubiera llegado su transporte, por lo que Frank sonrió satisfecho, dejando a un lado la copa y estirándose.

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Samirah, por su parte, tenía su móvil en la mano. Deambulaba por los pasillos del hospital en el que Baldr trabajaba, siendo una con el viento y por tanto invisible al ojo humano. Ya había avisado a las demás valquirias que estaba en misión especial y que por tanto no podría volver hasta terminarla, mientras que a sus abuelos les comentó que tenía que ayudar a una compañera con los ejercicios de mates para el instituto. Solía colar y además esa chica la cubría habitualmente con las excusas, la verdad es que no se podía quejar de tener semejante amistad. A Amir, en cambio, le contó la verdad y este le propuso decirle a sus abuelos que habían estado juntos, cosa que había pasado con anterioridad y aunque sus abuelos lo reprobaban al principio, al final daban su brazo a torcer con aquellas cuestiones.

-Vaya…- vio que el dios había entrado a la sección de oncología infantil. Pero en lugar de entrar a donde estaban los niños, fue hacia un cuartito al fondo del pasillo, mientras saludada de lejos a los menores.

Ella esperó a que saliera de allí, cosa que no tardó en suceder. Se sorprendió al verle con pintas de payaso, literalmente: una peluca de colores, las mejillas con redondeles rojos y una nariz redonda, junto con una chaqueta de lunares muy colorida.

-¡Hola niños! ¡Soy el payaso Soren, yuju! ¡Vamos a pasarlo bien!- saltó al medio del pasillo, y los críos comenzaron a aplaudir.

Samirah ahogó una carcajada. Se entretuvo viéndole cantar y hacerles trucos de magia a los menores, y aunque estos ni sus familias pudieran verlo, de él emanaba una luz dorada que formaba una suerte de hondas y que iban en dirección a estos. Sin duda les estaba curando, seguramente sin saberlo de forma directa. Después de todo seguía siendo un dios, y no uno débil precisamente.

Era todo un hijo de Odín, y seguramente seguía siendo invulnerable a todo salvo al muérdago. No dispuesta a comprobarlo, se quedó por allí, intentando mantener el tipo mientras Baldr hacía el tonto para entretener a aquellos niños. Era un acto tan hermoso que hasta se le humedecieron los ojos en un par de ocasiones, por suerte para su salud el acto no duró demasiado, apenas veinte minutos de chistes, canciones y trucos con unos globos.

Una vez que terminó se quitó la ropa, la nariz falsa y la peluca, volvió a ponerse la bata, y salió corriendo dirección a urgencias, donde debía trabajar. Intentó descubrir cuantas horas llevaba trabajando, pero no tenía ni idea. Sería una compañera enfermera la que lo dijera, cuando coincidieron en un ascensor.

-¡Doctor Soren! ¿Aún aquí? ¿No estaba de tarde?- preguntó, este sonreía un poco.

-Y lo estoy, sí. Pero me toca guardia el fin de semana. Aunque este será el último del mes, el jefe de urgencias ya no quiere que haga más extras- comentó.

La mujer suspiró. Era de pelo negro pero de piel casi tan blanca como la del dios- No me extraña, si por ti fuera doblarías turnos cada día. Tienes que descansar- le dio un codazo entonces.

Baldr suspiró- ¿No… tienes una novia a la que atender, o novio o algo?- preguntó esta, entre divertida y esperando su respuesta.

Este puso una mirada algo nostálgica que a Samirah le dio hasta pena- Pues… en realidad… alguien hay, pero… cada vez que pienso en ello me duele algo la cabeza- reconoció.

La aludida sonrió de medio lado- Bueno, los males de amores suelen darlo. Cuando acabemos te invito a una cerveza, ¿vale?- en ese momento la puerta del ascensor se abrió, y la chica salió, mientras se despedía del otro, que también alzó la mano con esa intención.

Samirah le acompañó toda la tarde, viendo como usaba sus poderes de curación con cada enfermo que llegaba. Ella le observó hacerlo con la dedicación que los mitos relataban sobre él, desde luego era tan afable y bueno como se decía en las leyendas. Y pese a las muchas horas de trabajo – en las que llegó gente con lesiones deportivas, algún que otro con quemaduras y un par de personas con muchas contusiones por una colisión entre dos coches – el dios no parecía nada cansado.

Si fuera por él seguramente hubiera deseado seguir por la noche, pero efectivamente el jefe de urgencias, llegadas las ocho, le ordenó volver a casa de una vez, y no tuvo más opción que obedecer.

-Si necesitáis ayuda por una urgencia…- pero el hombre, un tipo de unos sesenta y pico años, le echó de allí con un gesto y empujándole un poco.

-Tira, anda- le dijo, mientras le sacaba del hospital, con Samirah por allí en todo momento, comprendiendo entonces por qué quería Nanna que no se acordara de nada.

Tras darle su equipo al otro, se limitó en ir a su piso dando un paseo por la calle. Su estómago gruñó, en realidad podría parar a desayunar sin problemas y luego ir a casa a descansar. En realidad el día acababa de empezar aunque el Sol no hubiera llegado a desaparecer plenamente hasta casi media noche para volver durante la madrugada, a eso de las cinco.

Llegó hasta una cafetería, donde se sentó en una silla de la terraza, siendo atendido bastante deprisa por un chico que atendía a la misma. Samirah se disponía a sentarse por allí cerca cuando apareció un hombre. Era pelirrojo, sus ojos verdes se posaron en seguida en los de Baldr, que le sonrió un poco. El extraño era delgado pero con el cuerpo algo fuerte, y se sentó en frente. La valquiria no sabía si intervenir o no.

-¿Le importa que me sienta con usted, caballero? No hay más mesas libres y me gustaría poder tomar algo- explicó, y Baldr, lejos de rechazarlo, aceptó gustoso.

Había algo en ese tipo que calmaba a Samirah, cosa inexplicable dado que jamás le había visto. Pero tenía un aura parecida a la de su protegido divino, así que… ¿Otro dios? ¿Un gigante de hielo disfrazado? Tendría que estar al cuidado, solo por si acaso. Peor si es que Nanna se acercaba hacia ellos con cara de pocos ánimos, bastante cabreada de hecho. Se mascaba la tragedia…

-¿Y no puede ir usted a otro sitio?- exclamaba ella, mientras se acercaba. El extraño la miró con una suave sonrisa.

-Podría, pero el caballero ya me lo permitió… sin embargo si iban a estar en una cita, no molestaré- Nanna frunció el ceño un poco, Baldr observaba todo sin comprender nada en absoluto, y el otro se levantaba.

-Sin embargo, me gustaría poder hablar con él más adelante… Espero que lo comprenda- pero la diosa negó.

-Está cansado, no creo que lo vaya a hacer pronto- afirmó. Pero el otro no dio su brazo a torcer.

-Pero en algún momento tendrá que salir, ¿verdad? En ese momento me gustaría que me venga a ver. Tenga- rebuscó en su chaqueta, y les mostró una tarjeta de visita.

En realidad eran dos, una la dejó en la mesa, y la otra… la otra se la tendió a Samirah, aprovechando que pasaba cerca de ella mientras se iba de allí. Obviamente la había visto, sabía lo que era y por ello le había dado la información. Pero Nanna estaba demasiado preocupada en guardar, arrugar y hasta romper la tarjeta de visita, con evidente frustración en la mirada.

-¿Nos… conocemos, señorita?- preguntaba Baldr, mientras la otra se iba de allí a toda prisa. Samirah suspiró apenada, desde luego el dios se había olvidado de todo.

Esperaba que los demás al menos tuvieran una misión más sencilla que la suya, que sin duda le iba a dar más de un dolor de cabeza. Se decidió a observar la dirección indicada. Glitnir, Svalbard… aquello estaba en medio del mar, al este del círculo polar ártico, y coincidía con el nombre del gran salón del Valhalla del hijo de Baldr y Nanna… Forseti, dios de la justicia.

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(1) Ruta inventada a fin de amenizar la lectura.

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!