Enemigo primordial

Capítulo 31

Nada más dar unos pasos en el interior de la Casa de Hades unos fuegos fatuos iluminaron la estancia. Vieron un esqueleto acercarse a ellos con una bandeja llena de pastas y unas copas de vino, cubierto por una capa negra y con solo los ligamentos uniendo sus articulaciones, sin más señal de "vida" que dos orbes brillantes en sus cuencas.

-¡Más clientes, sensacional! -exclamó- Veo que los muchachos de antes os hablaron bien de mis habilidades como guía…

Nico y Hazel se miraron sin entender demasiado, asumieron que hablaba de sus compañeros, cuando bajaron a por el anillo de Urano horas antes.

-Así es, Augusto -comentó Jamily-, nos gustaría bajar hasta la entrada al Hades, si pudiera ser.

El esqueleto asintió ligeramente.

-¡Por supuesto, vayan comiendo las pastas y bebiendo del vino, por favor! -se fijó mejor en Jamily- ¿Usted vino antes, verdad?

La aludida confirmó suavemente, y el esqueleto dio unas suaves palmas.

-¡Genial, me alegro que repita!

Ellos así hicieron mientras su interlocutor esperaba pacientemente con las manos tras el cuerpo y un atisbo de felicidad en su inexpresivo rostro, al menos eso mostraban sus ojos.

-¿Tendré que firmar de nuevo aquellos papeles? -preguntó Jamily-, ¿O no es necesario?

Augusto negó.

-Usted no, los demás sí -comentó-, ¡En breve estaremos bajando!

Nico suspiró algo.

-Queremos bajar al Inframundo por orden expresa de los dioses -explicó-, ¿Podrás ayudarnos en eso o te quedarás a las puertas?

Augusto se lo pensó un poco.

-Bueno, en realidad mi trabajo es hacer de guía de estas grutas… -musitó, mientras se acariciaba el mentón- Tendría que preguntar sobre eso a mi jefe…

Hazel le miró con curiosidad

-¿Y quién es tu jefe?

-Tánatos, por supuesto.

Ella sudó en frío, así como Nico. Jamily se dio cuenta de ese detalle, y entonces recordó que ella venía de resucitar antes de la guerra contra Gaia, cuando las Puertas de la Muerte quedaron abiertas. Ella era, por así decirlo, la sustitución de Bianca para el chico, y ahora iban a salvarla… se preguntaba como él se aguantaba las ganas de darle un bofetón a los dioses, en su lugar ella lo haría.

-No será necesario molestarle -apuntó Nico-, conozco estos sitios y sé guiarme, soy un hijo de Hades, ¿sabes?

Augusto le miró con cierta suspicacia, pero asintió afablemente.

-Insisto, si me da unos instantes lo dejaré todo preparado para poder acompañarles.

Sin más se dio la vuelta y salió por la puerta, mientras los tres chicos suspiraban un poco, preguntándose qué hacer en esos momentos, si esperarle o ir por libre…

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Amos contemplaba cómo los chicos del grupo trabajan a destajo para terminar a buena hora el campamento, mientras procuraban montar una buena empalizada por si llegaban monstruos al olor de tantos semidioses juntos y esperaban que Annabeth, Leo y Marin volvieran de la compra. Esperaba que a los demás les fuera bien durante su travesía… y escuchó cómo la puerta de la Casa de Hades se abría.

Se giró y comprobó que aparecía un esqueleto, que se le acercó mientras tatareaba un poco, el hombre frunció algo el ceño en ese momento, iba a hablar cuando escuchó la voz de Zia.

-¡Pero si es Augusto! -exclamó- Antes nos ayudó con la prueba de Urano, ¿qué hace aquí fuera?

-¡Buenas noches, señorita Zia! -saludó- Venía a pedir que alguien me sustituyera para poder bajar con los nuevos clientes hasta el Inframundo! Necesito que alguien me cuide el negocio, ¿saben?

-¿Cómo?

-¡Pues sí, los nuevos clientes quieren que les guíe también por el Inframundo! -exclamó Augusto- Y como ustedes comprenderán no quiero que se lleven una mala experiencia.

Amos se adelantó entonces, y le tendió la mano.

-Amos Moses, mago de Egipto -se presentó-, para mí será un placer.

El tacto de los huesitos de la mano del esqueleto era algo desagradable pero tenía que hacerse para sellar el trato, así que… Y como no tenían nada mejor que hacer en unas cuantas horas, o incluso días, así harían. Recordó entonces el problema de Samirah, aquel dios nórdico y su necesario viaje al norte, igual se había comprometido demasiado deprisa…

-¡Perfecto! -el esqueleto le tendió un llavero- Con esto podrá abrir y cerrar las puertas, ¡nos veremos en unas horas!

En ese momento se dio la vuelta y volvió por donde vino, entrando de nuevo al edificio sin mucho más bombo. Los adolescentes entonces se limitaron a seguir con los preparativos, esperando que todo fuera bien, aunque les hubiera gustado despedirse de los tres, aunque eso solo lo hubiera hecho más complicado.

Además, al parecer Nico no era dado a las cosas emotivas, Hazel estaba demasiado mentalizada para la misión como para descentrarla, y Jamily… simplemente quería ver por primera vez a su madre en carne y hueso.

-Ojalá les vaya bien… -murmuró Amos- Hablaré con los demás en cuanto acabemos de montar todo, hay que organizarse.

Se cruzó de brazos y observó cómo los últimos rayos de Sol bajaban por el horizonte, se fijó en que Anubis dejaba de atender a lo que hacía, colocando unas colchas en el suelo para poder dormir más o menos cómodamente.

-Ya van hacia el otro mundo…

Aelita, cerca de él, le miró con cierto interés. Era un grupo variopinto, les había juzgado mal en un inicio y no había sido del todo justa tratándoles como lo hizo… suspirando, pensó que la mejor forma para poder compensarles sería combatiendo a su lado durante esa aventura.

-¿Les irá bien?

Anubis la miró, le sonrió suavemente y asintió.

-Son tres semidioses del Inframundo, no creo que tengan problemas.

-Podrías haber ido con ellos… -comentó entonces Flavianna, mientras inspeccionaba que todo estuviera bien- Al final, tú eres un dios de la muerte también.

El aludido rodó los ojos y suspiró.

-Ese es Osiris, yo lo soy de las tumbas, señorita.

La chica le miró con sorpresa, había oído que los egipcios tenían dioses para casi todo, pero no creía que fuera tan literal… Mientras, Anubis posó su vista en Erik, que atendía las brasas de la barbacoa para que cogieran la bastante temperatura para cocinar en ellas. Se incorporó y se le acercó, con una suave sonrisa.

-¿Podremos hablar?

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Los tres adolescentes junto con Augusto anduvieron por los angostos pasillos del interior de la Casa de Hades, estaban en las cercanías de las puertas al Inframundo y el hedor a muerte comenzaba a hacerse cada vez más notable. Los fuegos fatuos también perdían brillo y el suave fresco del interior del edificio iba pasando a un frío cada vez más intenso. Por la tensión de la vez anterior no se había percatado de aquello, pero era algo que tenía sentido, al mundo subterráneo no llegaba la luz de Apolo, así que era un lugar húmedo y frío. Nico lo había recorrido varias veces pero incluso él estaba algo nervioso por la misión.

-Hemos llegado -murmuró Augusto-. A partir de este portal llegaremos al Hades. ¿Listos?

Los tres asintieron, siendo el esqueleto el primero en cruzar.

-A partir de aquí, no miraré atrás -afirmó Nico-, no voy a perder esta oportunidad de recuperar a Bianca…

Hazel le miró y suspiró.

-Todo irá bien y no tendremos que dejar atrás a nadie -comentó ella-, no pienso hacerlo, desde luego.

Jamily asintió.

-Sin duda, yo por otra parte no pienso ser la damisela en apuros -añadió-, venga, vamos allá. Tenemos una misión que cumplir.

Se cuadró ante un superior imaginario, y avanzó con paso firme a través de las puertas del Hades, seguida rápidamente por los otros dos, dejando atrás el mundo de los vivos y entrando al de los muertos junto a dos nuevos… se podría decir que hermanos. Tras esa aventura desde luego lo serían sin duda.

En cuanto cruzaron se encontraron con los Campos Asfódelos. Interminables por todos lados, se extendían hasta donde llegaba la vista y más allá, grandes árboles formaban bosques aquí y allá, la hierba era gris y almas vagaban sin rumbo fijo. Un lugar realmente tétrico, pero peores eran las vistas en Tártaro.

-Tenemos que llegar al palacio de Hades -dijo Nico-, solo desde allí podremos llegar con seguridad a Elíseos, donde está… ella.

Se pusieron a andar sin más en esa dirección, aunque no estuvieron en silencio en absoluto. De hecho Augusto rápidamente comenzó a explicar cosas, se habían olvidado incluso de su presencia pues durante todo el trayecto por los corredores del la Casa no había abierto la boca.

-¡A la derecha, los Campos Asfódelos! -decía con alegría- ¡Y a la izquierda, también los Asfódelos!

Andaba por delante de los demás, charloteando con ganas mientras pasaba entre las almas sin demasiado cuidado. Los otros se miraban con cierta vergüenza por su forma de actuar para con los muertos, claro que él lo era también realmente…

-¡Por allí, si miran a lo lejos y le echan algo de imaginación verán las fosas del Tártaro! -se giró sobre sí mismo- ¡Y si fuéramos por allá durante un par de jornadas alcanzaríamos el palacio de Tánatos e Hipnos, los dioses gemelos!

Estaban en una gran explanada, con almas por todas partes. Tenían los rostros de hombres, mujeres y niños totalmente apáticos, con un aspecto fantasmal y que ni se inmutaban cuando pasaban cerca más allá de mirarles de refilón, sólo se paraban algo más si pasaban muy cerca Nico y Hazel, olían su esencia y debían reconocerlo, eso pensó Jamily cuando vio que de ella incluso se alejaban.

-Hueles a vida, es normal.

Esas palabras de Nico la sorprendieron.

-Pensé que la anhelarían…

Pero el chico negó.

-De hecho su destino es estar aquí hasta el final -explicó-, solo los habitantes de Elíseos pueden renacer, y no todos quieren. Estos pobres estarán aquí y sin ni siquiera acordarse quiénes fueron en vida…

Parecía molesto con aquello, pero sólo Hades decidía sobre esas cosas. Perséfone al final por muy reina que fuera realmente no gobernaba como tal, o eso creía Jamily. Se miró las manos entonces, pensativa.

-Estaba pensando… -murmuró- ¿Qué harás cuando esta misión termine?

Seguían andando, llevaban poco allí pero se sentía como si hubieran estado bastante tiempo andando por esos caminos tan siniestros.

-No lo sé -reconoció Nico-, pero entiendo que Bianca se quedará con vosotros, por algo que aún no sé…

Gruñó algo y los muertos se alejaron a paso ligero, tomó el mango de su espada y lo apretó con ganas, estaba molesto y su energía brilló ligeramente en torno a él. Hazel le puso una mano el hombro y le sonrió afablemente.

-Tranquilo… -pidió- Saldremos juntos de esta.

El chico chasqueó la lengua y avanzó rápidamente. La otra suspiró, y Jamily se colocó a su vera, la miró sin comprender demasiado, pero la otra negó suavemente.

-Tiene que ser él el que nos lo cuente.

-Ya, pero me gustaría saber… -Jamily suspiró- Sigamos.

No tardaron demasiado en ver a lo lejos el palacio de Hades. Era amplio e imponente, con grandes almenas y grupos de harpías volando en torno a los mismos, gárgolas a modo de decoración, y bella piedra negra y obsidiana como material básico de la construcción. Era… hermoso a su manera, con cuarzo y piedras preciosas que lo hacían brillar desde lejos.

-¡El castillo del señor Hades! -Augusto sonrió y se puso los puños en jarras- ¿Les gustaría visitarlo por dentro?

Nico, que estaba el que más cerca, pasó de él y se dirigió directo, su ritmo comenzaba a alterarse. Tanto era así que de la tierra emergió un caballo esqueleto, saltó sobre su grupa, y cabalgó a todo lo que el animal podía en esa dirección, dejando a los demás significativamente por detrás, y que ni pudieron gritar su nombre para llamar la atención del chico.

-¡Vaya, a eso lo llamo yo prisas!

Las chicas no hicieron demasiado caso de Augusto, que comenzaron a correr.

-Maldita sea… -gruñó Jamily- ¿Para qué tantas prisas de pronto?

Hazel chasqueó la lengua.

-Supongo que quiere llevar a la práctica lo que todos pensamos de nuestros progenitores divinos…

Sin más siguieron al otro, esperando que en los minutos que ellas tardaran él no hiciera ninguna estupidez. La última vez que se encontró con Perséfone, Nico acabó transformado en una planta, a saber qué le hacía en esta ocasión, que estaba bastante menos… diplomático de lo habitual por las prisas.

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Nico descendió de un salto de la montura, que se deshizo en un fuerte sonido de los huesos al caer al suelo, y comenzó a aporrear la puerta con ganas con el puño, gritando incluso.

-¡Abrid, maldita sea, abrid!

Los goznes giraron con un fuerte chirrido y penetró al castillo con los puños cerrados y la respiración agitada. Iría directo a la sala del trono, allí seguro que estaría su padre y le pediría explicaciones, y de paso le preguntaría dónde estaba, cómo llegar… En ello pensaba cuando vio por los pasillos a uno de los siervos de su padre, el mayordomo, que se le acercó con parsimonia.

-Sé por dónde se va -atajó él-, no te molestes.

Sin embargo, aunque echó a andar hacia la sala, fue seguido igualmente por aquella alma, que se quedó a unos metros de la puerta del área del trono, al que sólo entraría él. Era una zona amplia, con grandes cristaleras y hermosos vitrales, destacando el rosetón del fondo, y que iluminaba los tronos de Hades y Perséfone, en lo alto de una escalera y con estandartes a ambos lados.

De hecho estos estaban revisando una documentación en esos momentos, ni se dieron cuenta que él estaba allí hasta que carraspeó con fuerza y dejaba caer su espada de hierro estigio, que provocó un buen estruendo. Ella le miró con molestia mientras él suspiraba un poco.

-¿Qué haces aquí? -le increpó ella- ¿Y mi hija?

Hades rodó los ojos, mientras Nico fruncía el ceño.

-Vengo a pedir explicaciones sobre Bianca -le espetó-, Jamily está bien, está fuerza con Hazel. Les pedí que se quedaran fuera de esto, es entre vosotros y yo.

Hades gruñó algo.

-Soy tu padre, y un dios -le recordó, con un tono algo peligroso-. Trátame con respeto, chico.

Nico se mordió la lengua, estuvo a punto de soltarle algo de lo que seguramente se pudiera arrepentir.

-Sólo quiero saber dónde exactamente está Bianca -respondió-, para no poner en riesgo a nadie, padre…

Este suspiró, aunque sería Perséfone la que respondiera.

-Me alegra que recuerdes mi petición -comentó-, me gustaría ver a mi hija, para ponerla a prueba. ¡Sebas!

En ese momento entró el mayordomo. Nico chasqueó la lengua, pero aún no le habían respondido a nada.

-Ya sabes dónde está, en los Elíseos -le dijo Hades-, el sitio concreto… bueno, a saber…

-Nos sería más sencilla una ubicación… menos genérica.

-Es todo lo que podemos decirte, niño -le espetó de pronto Perséfone-, Sebas, ve a por mi hija, está fuera.

Mientras el mayordomo se iba, el chico buscó en la poca paciencia que le quedaba un atisbo de diplomacia.

-Por otro lado, nos gustaría saber qué será de ella después de esto.

Sin embargo, Hades tenía otra pregunta que hacerle.

-¿Dónde está ese hijo bastardo de Zeus, por cierto? -preguntó- El hermano de Atenea.

Nico gruñó algo, apretando los puños, pero respondió.

-No lo sé -mintió-, ni sabía que había uno…

El dios le miró pensativo, no sabía si creerle. Se rascó despacio el mentón, no tardó demasiado en volver su mayordomo con dos adolescentes. A la más baja la reconoció al instante, la otra debía ser la bastarda humana de su esposa. Frunció algo el ceño, pero se limitó a suspirar.

-¡Hija! ¡Qué guapa! -Perséfone casi salió corriendo hacia Jamily, a la que tomó en brazos, apretándola contra ella- Espero que Nico te haya enseñado bien, por aquí anda…

Sin esperar a que ella dijera nada, la tomó de la mano y se la llevó de allí dirección a ninguno sabía dónde, dejando a los otros tres a solas. En cuanto salieron, Hades miró a ambos a los ojos, que pusieron mala cara.

-Investigad sobre el bastardo de Zeus con Metis -ordenó-, de alguna forma ha podido pasar desapercibido hasta ahora, creemos que con ayuda de Hestia…

Hazel miró de refilón a Nico, se tendrían que hacer los suecos con su padre. Se limitaron a asentir entonces.

-¿Algo más, padre? -preguntó Hazel- Haremos lo que nos pida.

El dios brilló un poco entonces en un tono morado, y sus ropas pasaron de ser una toga blancuzca a una violeta con una corona de laureles.

-No realmente -se levantó entonces- Acercaos.

Ellos así hicieron, ante Plutón apareció una mesa de mármol negro con un mapa tallado. Debía ser del Inframundo, en cuanto el dios colocó las manos por encima un área se resaltó un poco, y entonces se agrandó.

-Estos son los Elíseos -explicó-, una basta llanura de hierva verde, árboles y riachuelos con flores. Es el lugar favorito de Perséfone.

-Es bastante amplio… -murmuró Nico- Casi… inabarcable…

-No realmente -comentó Plutón, rebuscó entre sus ropas y sacó una manzana hecha de puro oro- Hazel, convocarás a Arión y le darás este alimento para agasajarle.

Ella le miró con sorpresa.

-P-pero moriría sí…

El otro negó.

-Es inmortal, estará bien -le recordó-, sólo así podréis recorrer las interminables extensiones. Nosotros estamos demasiado ocupados para eso…

A Nico eso le olía mal, ¿por qué eran tan amables de pronto? Era demasiado extraño… sin embargo no dijo nada, luego le explicaría a las otras dos, no se podían fiar de nadie más que de los otros dos mortales, y por supuesto de Bianca. Sin más, se despidieron con una reverencia de su padre y salieron de allí a paso firme, no se miraron hasta que salieron del castillo.

Cuando Nico iba a hablar, escucharon un fuerte grito, se miraron nerviosos, esa era Jamily, parecía en apuros… salieron corriendo dirección a un lateral de la mansión de Hades, había un gran invernadero, debían estar allí.

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Jamily seguía a Perséfone por los pasillos del castillo hasta llegar a un corredor en el exterior. Tenía columnas negras a los lados, algunas estaban rotas mientras otras permanecían intactas, con parterres por todas partes. Eran la única nota de color en todo el Inframundo, a la chica le pareció un lugar bastante bello. Su madre sonrió entonces.

-La verdad, dentro de todo lo que hay por aquí, este es mi lugar favorito junto a Elíseos -reconoció-. Espero que mi pequeño jardín te agrade…

La otra suspiró.

-Madre, yo no…

La otra le cortó con un suave gesto. Sin darse cuenta habían llegado a una especie de invernadero, desde fuera no se podía ver el interior pero ella intuía que debía haber bastante vida vegetal ahí dentro.

-Entremos.

La diosa hizo aparecer una llave dorada en la mano, que introdujo en la cerradura. Esta hizo un suave sonido metálico y las puertas se abrieron, con los goznes chirriando suavemente. En cuanto entraron las luces se encendieron y se encontraron con un pequeño pero hermoso bosque, con rosas, amapolas, lotos, y todo tipo de especies de flores. Jamily no las conocía, pero según las veía le venían a la cabeza sus nombres, características, significados, usos…

-Este es mi pequeño paraíso… -murmuró- Cuando no estoy en Elíseos estoy aquí, espero que sea de tu agrado.

-No creo que me lo estés enseñando solo para agradarme…

La diosa suspiró un poco, pero asintió.

-Quiero que me hagas un favor -empezó-, llevo siglos queriendo poder librarme de las cadenas del Inframundo, pero para ello tengo que hacer un poderoso hechizo.

Jamily la miró seria, esperaba que fuera directa, pero no tanto.

-Necesitaré tu sangre, gracias a mi estás ligada al Inframundo, este lugar te reconoce -mientras hablaba recogía frutas y flores varias-, y tu magia es especialmente fuerte aquí, rodeada tanto de los Asfódelos como de vegetación.

-¿Cuál es tu idea, madre?

-Sencillo, pero es más fácil verlo que explicarlo.

En la mano de la diosa apareció una daga dorada. De pronto, unas lianas tomaron los brazos y piernas de la adolescente, que se vio de improvisto levantada en el aire y sujetada en el aire, con su madre colocándose justo en frente de ella. Parecía un par de metros más alta de lo que había sido hasta un par de segundos.

-¡SUELTAME! -chilló Jamily, mientras forcejeaba- ¡BÁJAME, NO PUEDES HACERME ESTO!

Perséfone posó una mano en el rostro de su hija, mientras acariciaba suavemente sus mejillas y los labios de la adolescente, mirándola con una mezcla rara de sensaciones.

-Yo tampoco estoy orgullosa de esto, querida… -murmuró la adulta-Pero es lo necesario, ¡quiero ser libre! ¡Y ahora tengo la oportunidad, Hestia lo comprenderá!

Colocó la hoja en la tripa de ella, la tomó desde los hombros, y atravesó el abdomen de la adolescente, emanando sangre casi al instante. Un fuerte chillido de dolor salió de la boca de ella, aunque la diosa la paró pronto. Tomó un cántaro y recuperó toda la sangre que pudo, y en cuanto estuvo lleno posó la mano en la tripa de su hija y cerro la herida, pero ella ya estaba seminconsciente.

-Están viniendo…- murmuró Perséfone- ¡Harpías, detenedles!

En cuanto dio esa orden un grupo de esos monstruos descendió desde los cielos y volaron dirección a Nico y Hazel, que ya corrían a auxiliar a su media hermana. Todo debía salir bien…

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Samirah se encontraba sentada junto a Forseti, el dios estaba bastante tranquilo entre ella y Vatir, que estaba de pie mientras exponía sus argumentos. Al otro lado de la sala, Nanna cuchicheaba a veces con la ninfa que le servía de abogada, con el hijo de ambos, Forseti, entre medias y con cara de concentración, escuchando atentamente sus palabras.

-Y por todo ello, considero que Lady Nanna, aquí presente, debiera pagarle a mi defendido, Lord Baldr, la cantidad estipulada de 1200 jarras de hidromiel.

En cuanto termino se sentó, Forseti se rascó la cabeza pensativo y miró a la bancada contraria.

-Bien, es el turno de la representante de la diosa Nanna, la ninfa Karen Vainamoien.

La aludida se levantó. Era una mujer alta, de pelo dorado y ojos de un intenso azul celeste. Su voz, aunque melodiosa, temblaba ligeramente. Vitar se mofó en silencio, recolocándose en su sitio y cruzándose de brazos con una sonrisa de satisfacción. Parecía ya conocerla…

-Por nuestra parte, Na -se corrió a sí misma-. Lady Nanna plantea acción contra Lord Baldr por incumplimiento de obligación de matrimonio, por engaño y por desobediencia a su esposa.

Se aclaró la garganta y comenzó a exponer su punto, mientras Vatir asentía y de vez en cuando anotaba algo en sus papeles, mientras refunfuñaba, con los otros dos mirando sus acciones con cierto interés. En teoría aquello estaba ganado, pero a saber…

-Bien, dichas las intenciones de las partes, pasemos ahora a las pruebas -Forseti dio un suave golpe en la mesa con su mazo-. Empezaremos por el letrado Vatir.

Este se levantó de nuevo, se alisó el traje, aclaró su garganta, y saltó al estrado con sus papeles en la mano. Se detuvo a pensar unos segundos antes de hablar, y comenzó dirigiéndose hacia la diosa Nanna, que le miro con aburrimiento.

-Comencemos con la salida de ambos de Hell -comentó-, pues por todos es sabido que ambos debían estar muertos desde hacía siglos, y sin embargo aquí están los dos.

Forseti se echó hacia adelante con interés. Karen por su parte le habló en susurros a su clienta.

-Tenemos un pequeño problema, él lleva razón, y…

Pero la diosa intervino entonces.

-Tú sigue -le ordenó-, y defiende nuestra posición.

La ninfa suspiró, y se centró en lo que decía Vatir, que permanecía en el sitio y de vez en cuando dejaba un papel en la mesa, avanzando en su argumentación.

-… y ahora paso a por qué Lady Nanna no solo ha engañado a Lord Baldr, incluso le forzó a quedarse en un sitio, tengo los contratos aquí a modo de prueba.

Forseti carraspeó un poco.

-Todo lo que usted comenta va por ese sentido, que hubo un engaño.

Vatir asintió.

-En realidad, eso podemos considerar que es inmoral pero no ilegal, espero que sea consciente.

Nanna sonrió con suficiencia, Baldr suspiró un poco y Samirah se puso algo nervioso.

-Lo soy perfectamente -afirmó el enano-, por eso he añadido el hecho de que Lady obligó a Lord a quedarse en un sitio mediante engaños, iba a eso ahora.

Karen se levantó de sopetón.

-¡Protesto, señoría! -exclamó- ¡En ningún momento este era el sentido del juicio!

-Protesta aceptada, ¿algo a decir, letrado Vatir?

Este gruñó un poco, rebuscó entre sus papeles indignado, y encaró a Nanna.

-Puedo probar todas y cada una de mis afirmaciones -se acercó entonces a Forseti, y le tendió unos documentos-, estos son los contratos de alquiler y de trabajo de Lord Baldr, fíjese quien firma.

Forseti los revisó con atención, no tardando demasiado en ver de qué se trataba.

-Está firmado por Lady Nanna en nombre de Lord Baldr, sí.

Vatir asintió con vehemencia.

-¡Efectivamente! -señaló a Samirah- ¡Y también tengo la palabra de ella! ¡Joven, acércate!

Ella se levantó, aunque se amilanó algo cuando sintió sobre ella la férrea mirada de la diosa, que la fulminó con los ojos. A Forseti eso no le pasó desapercibido, pero no comentó nada, limitándose a aceptar la intervención de Samirah.

-Señorita Al-Abbas, ¿jura declarar únicamente la verdad? -preguntó el dios-, de incumplir el juramento podría recibir una sanción por ello.

-Juro.

Con un suave gesto, Forseti dio la indicación de que comenzaran a prepararse para aquel menester, y luego miró a Nanna.

-Letrada Karen, ¿le gustaría contrargumentar o pasarán directamente al interrogatorio de Al-Abbas?

La ninfa iba a hablar cuando la diosa intervino, poniéndose de pie como un resorte.

-La interrogaré yo misma -comentó-, ven, Samirah.

Sus ojos brillaron un poco y la valquiria se levantó de golpe, con sus orbes iluminados con el mismo tono que los de la diosa. Forseti frunció el ceño un poco, e iba a chasquear los dedos cuando Baldr le indicó con un gesto que no la detuviera en ningún momento. Quería ver hasta dónde llegaba la diosa.

-Como valquiria eres sirvienta de Odín, y también MÍ heraldo -comenzó Nanna-, y sin embargo me desobedeciste, mortal.

La diosa avanzó despacio hacia ella, y se puso a su altura. Samirah le sacaba media cabeza de altura pero la otra podía ser intimidante cuando quería.

-Sí, tengo el colgante que usted me dio -en la palma de la joven apareció el símbolo de la diosa-, siempre estaré a sus órdenes.

Nanna gruñó.

-¡¿Entonces por qué me traicionas!?

La energía de la deidad se expandió por la sala, pero no llegó a provocar ningún destrozo. La magia de Forseti allí lo impidió, nadie podía hacer nada que el otro no quisiera, y con un ligero golpe con el mazo hizo que la otra se calmara.

-Madre, esto no tiene nada que ver con lo que estamos hablando.

La aludida le miró molesta, mientras apretaba los puños. Suspirando se intentó relajar, se sentó en la mesa, y con un hilo de voz, comenzó a hablar.

-Dejémonos de farsas… -murmuró- No quería que Baldr fuera a ningún sitio, sí, y también estoy furiosa con esa maldita valquiria.

Miró a Samirah con rabia, que dio un paso atrás, nerviosa.

-Se-señora, yo…

-Parece que estamos llegando a algo -intervino Forseti, que se levantó-, Vatir, Karen, podéis marcharos ya.

Los dos letrados le miraron con sorpresa, pero asintieron. Recogieron sus cosas, y entonces desaparecieron en el aire. Baldr entonces se movió por primera vez, y se acercó a las dos mujeres, haciendo su hijo exactamente lo mismo.

-Creo que la situación aquí está clara -comentó Forseti-, mis padres resucitaron, mi madre no quería volver a ver sufrir a padre, y le dejó en un entorno seguro… pero sin libertad.

Nanna gruñó y se cruzó de brazos.

-Sí, eso mismo pasó, y no me arrepiento -afirmó-, de no ser por esta maldita valquiria hubiera salido todo bien…

Sin embargo, Forseti negó.

-Me temo que no, madre -la tomó suavemente de la mano, hizo lo mismo con Baldr-, habéis estado fuera de contexto demasiado tiempo, venid.

Samirah se quedó atrás hasta que este último la llamó. Allá a donde fuera le gustaría que la joven le acompañara, le era bastante agradable su presencia y era una buena aliada, así que le acompañaría. Y de paso Nanna estaría cómoda dado que esa era la orden que le había dado en un inicio.

-Tomaremos algo mientras hablamos -comentó Forseti-, y de paso determinaré qué sucederá con vosotros, padres.

-¡Te recuerdo que eres mi hijo, jovencito! -exclamó Nanna- ¡Esa no es forma de tratar a una madre!

Sin embargo el aludido negó con cierta diversión.

-Ante mi ha declarado Odín mismo, madre -comentó-, ya no soy ese joven que recordabas, aquí soy yo el que imparte justicia.

Samirah debía reconocer que era bastante impresionante. Se preguntaba qué pensaría Patrick de él, y de paso los demás nórdicos. Esperaba que pudieran llegar pronto. Entraron a una parte diferente de Glitnir, llegando a la parte más privada del salón del dios, con un corredor mágico que les permitía ir a cualquier parte, desde las cocinas del palacio, o a la piscina, o a su cuarto personal. Forseti posó su mano en la única puerta, se quedó en silencio unos segundos, y se abrió entonces con un suave chasquido.

-Pasad, por favor.

Estos entraron, y se encontraron con una sala del té, con una neverita llena de bebidas y una mesa baja con unos taburetes que parecían bastante cómodos. Se sentaron en torno a la tabla, y ante ellos apareció la bebida que deseaban tomar en esos momentos. Forseti encabezaba la misma, y comenzó a hablar.

-Permitidme que os ponga al día, por favor…

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En el Inframundo, Nico y Hazel corrían ya dirección hacia el pequeño invernadero cuando vieron aparecer a las harpías. Estas descendieron desde las almenas y se lanzaron a por ellos con las garras por delante, con sus picos dispuestos a triturar sus cuerpos. Pese a ser hijos de Hades una orden divina era superior a lo que pudieran tener ellos de cercanía con esos seres, aunque ellos ni cayeron en aquello. El chico sacó su espada de hierro estigio mientras ella dejaba a buen recaudo la manzana dorada y preparó su gladius de oro imperial.

-Corre a Elíseos, yo me quedo aquí -dijo de improviso Nico-, convoca a tu caballo mágico y corre.

Ella le miró de refilón, no demasiado convencida de ese plan, pero al ver su expresión ella asintió. Salió corriendo, un par de harpías fueron tras ella mientras las demás iban a por su hermano, que les tiró unas piedras para llamar todo lo posible su atención y cabrearlas para que solo se centraran en él.

-¡Venid a por mí, hijas de puta!

En cuanto se fijaron en él volaron hacia él con la intención de acabar con él, que se defendía con su espada de acero estigio, con la que hizo estallar a dos de ellas de un solo tajo. Las demás no sería tan sencillo… claro que ellas serían el plato sencillo a comparación con Perséfone, que apareció por allí instantes después.

-Nico di Angelo, pequeño bastardo… -murmuró, mientras sus ojos brillaban- Voy a disfrutar bastante con todo esto…

Vio con temor un pequeño rastro de sangre en sus labios, intentó mirar tras la deidad y comprobó que Jamily se estaba deshaciendo de alguna forma de las lianas que la ataban, con su energía brillando un poco. La diosa no se debía estar dando cuenta pues ni siquiera se giró ni hizo aspaviento alguno sobre aquello.

-Mátame si quieres, sería mejor que esta mierda de vida, Perséfone.

Ella se rio divertida, de todos los hijos de Hades este era el peor con diferencia, no le aguantaba, además del más arrogante y estúpido. Le tenía bastantes ganas, no podía hacerle nada realmente grave por ser el hijo de su marido y encima la reina del Inframundo… hasta ahora.

-Será un placer, bastardo -le comenzó a levantar del suelo desde el cuello-, ahora que ya no estoy ligada a este antro de mierda puedo acabar contigo tranquilamente…

El otro le miró con miedo, empezó a toser por la falta de aire y la vista le empezaba a fallar, pero a su nariz empezó a llegar un suave olor a humedad bastante característico. Se fijo en que la otra muchacha aparecía desde atrás, parecía bien pero un peligroso crepitar salía de ella, su energía parecía brillar en un tono dorado y su respiración estaba entrecortad. Le recordaba peligrosamente a Jasón…

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Mientras sus hermanos llegaban, Jamily observaba sin entender demasiado qué hacía Perséfone. Esta había tomado su sangre, juntó el líquido con varias flores, echó unos huesos, y comenzó a rezar en lo que la chica intuyó era griego antiguo, y cuando terminó, hizo aparecer una granada en su mano. La remojó totalmente y se la comenzó a comer con ansias, tardando apenas unos segundos en comer.

Un ligero temblor sucedió entonces y unas cadenas que aparecieron en las muñecas de ella se rompieron y desvanecieron en el aire, Jamily aprovechó ese momento para desatar un poco aquellas malditas lianas ya que la deidad parecía demasiado ocupada con aquella macabra ceremonia. Sudaba en frío y aunque había perdido sangre sentía que sus poderes se habían fortalecido por alguna cosa que no comprendía, pero en esos momentos le daba igual, tenía que salir de allí cuanto antes.

-Ahora serás tú la que quede aquí encerrada, niña -comentó de pronto Perséfone-, pues para liberar a alguien del Inframundo, otro debe tomar su lugar… y serás tú.

Se giró cuando escuchó ruido de combate en el exterior, frunció el ceño y salió, encontrándose el panorama de Nico peleándose a solas con unas harpías. La otra bastarda se había ido dejando al otro completamente vendido, cobardes… Sonrió de medio lado y se fue acercando.

-Maldita zorra… -gruñó Jamily, dejándose caer hasta el suelo- Pretende que me quede aquí con ella, pero no sé cómo…

Buscó algo que le pudiera servir, dudaba que sólo su espada de oro imperial sirviera contra una deidad. Encontró entonces unas granadas, habían brotado justo donde unas gotas de la sangre mágica de la que usó la otra para hacer el ritual, así que tomo varias. En ese momento sus ojos chisporrotearon un poco, y un ligero olor a humedad le comenzó a llegar.

-Así que quieres irte… bien…

Fue andando a paso lento hacia el exterior. Sus poderes manaban desde su cuerpo, un aura entre negra y verduzca la rodeaba pero estaba en harmonía, hasta que pasó a ser totalmente dorada. En su mano comenzó a surgir electricidad estática, tomó su espada entonces y en su punta empezó a acumularse la electricidad, que eventualmente formó una esfera azulada.

-¡Nico agáchate!

Todo pasó muy deprisa entonces. Un relámpago salió del cuerpo de Jamily, que vino acompañado del lanzamiento de su espada directa contra el pecho de la diosa. Sin embargo esta tomó la espada con su mano desnuda, pero cayó de bruces al suelo cuando tocó el metal, de hecho Perséfone soltó un fuerte chillido cuando notó cómo la electricidad del rayo de la adolescente recorrer su cuerpo, cayendo fulminada.

-Ostias… -murmuró Nico- ¿Desde cuándo…?

Se calló cuando la otra acabó de rodillas en el suelo, así que corrió hacia ella preocupado, ayudándola a levantarse. Recordó que cerca de ellos estaban las harpías, pero parecían asustadas con lo que acababan de ver. No por nada su diosa acababa de ser… se podía decir que derrotada, realmente se recuperaría en breve y estaría bastante cabreada, así que se irían inmediatamente aprovechando que aún podían.

No eran conscientes de que Hades observaba toda la escena con el ceño fruncido. No podía castigar a la adolescente, no era hija suya y dudaba sobre si su esposa aceptaría que otra deidad que no fuera ella la pusiera en su sitio. Desde luego él no dejaría pasar algo así. Notaba además la rotura del vínculo de ella con el Inframundo, ¿cómo iba a lograr que ella se volviera a unir con su reino? No podía obligarla, no sería justo…

-Los mortales son sorprendentes… -murmuró- Zeus tenía razón con ellos y su miedo…

Sonrió de medio lado cuando comprobó que Nico le metía en la boca a Perséfone unas piezas de granada, las justa para mantener a la diosa de nuevo atada al Inframundo. Cuando comprobó que se habían alejado apareció al lado de su esposa con su aura negra de siempre, inclinándose sobre ella y observando cómo abría los ojos con algo de mala cara.

-Te pasaste de lista, querida -comentó el dios-, ¿de verdad creías poder escapar de mi reino, de desligarte de él?

Ella frunció los labios cabreada.

-Lo había logrado… -murmuró- Los hechizos de Hécate son muy potentes, deberías saberlo mejor que nadie.

El otro suspiró molesto, y la tomó en brazos entonces, la otra se dejó hacer sin más interés que el otro estuviera contento.

-Te odio… -murmuró Perséfone- Si pudiera te lanzaba el mismo rayo que mi cría.

-Yo también te quiero, Kore.

La aludida puso mala cara mientras de reojo comprobaba que los dos adolescentes se alejaban penosamente. Nico cargaba con Jamily a sus espaldas, que respiraba con algo de dificultad, un esqueleto avanzaba en torno a ellos. Tenía bastante mérito convocar un rayo en el Inframundo, ningún hijo de Zeus lo había hecho antes, ni siquiera Hércules durante sus doce pruebas. Y ella lo había hecho, pero esa proeza le pasó factura: tenía una de las palmas de la mano quemadas, su energía estaba por los suelos y apenas articulaba palabra.

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Hazel corría por los Asfódelos todo lo que podía, cuando escuchó un trueno retumbar en la lejanía sintió que estaban en un buen lío. La única capaz de hacer algo así era su prima, Jamily, y eso debió drenar sus energías. Estaban en una situación bastante mala, la misión se había ido a la mierda en cuestión de minutos, y si no se ponían las pilas acabarían bastante mal. A esa distancia no sabía si la estarían siguiendo, se encontraba en medio de los Campos y no tenía punto de referencia alguno más allá de millones de almas por todas partes y que ni se paraban a mirarla.

-Voy a necesitarte, Arión… -murmuró ella- Tengo una rica y deliciosa manzana de 20 kilates para ti, amiguito…

Canturreó el nombre del animal y le juraba cantidades ingentes de oro. Escuchó el suave replicar de los cascos de un caballo, luego un relincho, y el agradable olor del animal llegó hasta ella. Notó que algo la empujaba desde la espalda, ella rio y se dio la vuelta entonces, encontrándose de frente con el caballo mágico.

-Te necesito, campeón -le tendió la manzana-, me tienes que llevar a Elíseos hermano, ¿podrás?

El animal relinchó,

-¡No hace falta ser tan desagradable, Arión! -rodó los ojos cuando la criatura respondió- ¿Lo harás o no?

Sin más, el caballo colocó su cabeza entre las piernas de ella, la levantó con facilidad, y la dejó caer por su cuello hasta la grupa. Se levantó en dos patas, relinchó con ganas, y comenzó a correr a toda velocidad sin un rumbo fijo. No sabía por dónde quedaban los Elíseos, pero le daba igual, simplemente correría hacia adelante sin mayor problemas, siempre había eso y hasta ahora le había ido bien, así que…

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Nanna observaba en silencio su hidromiel. Escuchaba de fondo a Forseti explicar todo lo ocurrido a lo largo de los siglos, estaba algo molesta por lo hecho por los humano durante todo el tiempo que estuvieron en Hell, de hecho estaba incluso cabreada con Baldr por lo tranquilo que estaba, como si no le importara aquello. Pero sabía de sobra que realmente estaba triste, pero le gustaría que mostrara más el cómo se sentía por dentro.

-Durante este tiempo es verdad que han aprendido bastante y han logrado cosas increíbles, ahí están los aviones o los móviles por ejemplo -explicaba Forseti-, incluso curan enfermedades que ni nosotros conocíamos, lo han hecho muy bien.

-¿Y todo esto qué tiene que ver con nosotros, hijo?

Suspirando por las palabras de Nanna, el otro se explicó.

-Que todos estos logros podrían desaparecer por la culpa de Caos.

Baldr intervino entonces.

-Eso oí, pero no entiendo a qué os referís con eso.

Forseti dio unos suaves golpes en la mesa antes de seguir, dio un largo sorbo a su hidromiel y entonces procedió a hablar.

-Todos los panteones se han unido para luchar contra Caos -explicó-. No contra Loki, los gigantes de hielo, los hecatónquiros, los demonios o similares… contra el Caos, con mayúsculas.

Samirah suspiró.

-Si me permiten… -cuando recibió el permiso del dueño del salón, ella procedió- No sabemos cómo se ha levantado, pero lo está haciendo, y debemos estar juntos. Y vamos a necesitar todo lo que tengamos a nuestra disposición, eso incluye las grandes armas de nuestro mundo.

Baldr sonrió de medio lado entonces.

-¿De verdad Thor va a ceder a Mjolnir, Odin a Gugnir, o Frey su espada?

Forseti negó entonces, pero le señaló.

-De por sí eso sería imposible, por supuesto -comentó-, pero tú podrías lograrlo, padre. Eres el único que lograría algo así.

El aludido suspiró un poco.

-Confiáis demasiado en mi… -murmuró, mientras bebía un largo trago a su bebida- Solo soy un dios más, ni siquiera soy importante en todo esto…

Los otros tres le miraron pero negaron en ese momento, no estaban de acuerdo con esa visión. De hecho se lo hicieron saber rápidamente, en especial Nanna.

-No digas tonterías, pero tampoco te creas que estoy contenta con todo esto… -murmuró ella- No me gustaría que te pasara nada por culpa de los demás.

Samirah miró a ambos entonces.

-Bajo mi protección no le pasará nada -aseguró-. Como dijo Lady Nanna, hice el juramento de lealtad, Baldr no sufrirá ningún daño mientras yo respire.

Forseti intervino entonces.

-Me complace todo esto, ¿a ti, madre? -antes de que esta pudiera decir nada, el otro dio un golpe en la mesa- Por ello decreto que Samirah Al-Abbas cumpla su función como protectora de Baldr, que este lleve a cabo su función en la lucha contra las fuerzas del Caos primordial, y que Lady Nanna no podrá intervenir en contra de estas órdenes.

Cuando terminó de hablar un brillo blanco apareció y se extendió por todas partes, afectando a todo lo que había a su alrededor y llenando de magia la zona y a los presentes, que se sintieron bastante livianos en ese momento.

-La luz de Forseti, sin duda tienes mi sangre… -murmuró Baldr, sonriendo- Gracias.

El aludido asintió, y se abrazó a su padre. Nanna se iba a retirar pero su hijo la tomó por la cadera y la acercó a ellos dos, mientras Samirah se alejaba tranquilamente dirección al exterior, al final las cosas habían acabado más o menos bien por ese lado…

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(1)

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!