Enemigo primordial

Capítulo 32

Hazel no podía evitar poner una sonrisa de satisfacción en el rostro cuando cabalgaba, en especial cuando su montura era Arión. Le encantaba la hípica, y más con el caballo mágico, que solía increparle a todo lo que se encontrara por ir demasiado lento. Claro, cuando vas a más velocidad que el sonido, casi todo te parece que va despacio…

-¡Echaba de menos el viento en el rostro! -gritó, mientras se apretaba más contra su cuello- ¡Eres el mejor, Arión!

El animal relinchó, feliz, y siguió a toda velocidad por los Campos Asfódelos. A los pocos minutos, escucharon el sonido de un rayo caer en la lejanía, y supo que el combate debía haber llegado a su cénit. Y que algo grave tenía que estar pasando, eso, o Zeus había hecho acto de presencia, cosa que dudaba. Recordó entonces que Jamily tenía los poderes de su abuelo, que era el propio rey del Olimpo, puede que haya sido ella.

-¡Arión, hay que darse prisa! -le ordenó- ¡A toda velocidad!

Este bufó, algo molesto, y empezó a soltar improperios. Hazel rodó los ojos, le acarició la grupa, y sintió que todo el mundo a su alrededor se difuminaba más aún por la velocidad que llevaban. Gracias a estar conectada al animal no le pasaba nada, pero de no ser así, estaría bastante, bastante apurada. Aunque aquello no duró demasiado, pues al poco llegaron a lo que la chica entendió que era un río.

-Aunque por el tamaño, puede ser un océano…- murmuró, se extendía a la vista- ¿Y cómo cruzamos esto?

Se extendía más allá del horizonte, había puertos de madera a lo largo de la línea de costa, algunas aves de huesos graznaban por todas partes, y se veían barcos de pesca aquí y allá, ocupados por las almas de los difuntos.

-Estas gentes se dedican a llevar las vidas que tenían cuando aún respiraban -ella dio un chillido, y se giró-, los hay que pican piedra, otros construyen casas de humo, estos pescan… de vez en cuando me gusta verles.

Era su padre, Plutón. Llevaba una túnica color morado, una corona de laureles dorada, y unas sandalias de cuero bastante noble. Su pelo estaba ensortijado, y su piel ligeramente maquillada, lo que sorprendió a la menor, pero no llegó a comentar nada.

-¿Qué haces aquí? -inquirió ella- ¿Y Nico?

El dios suspiró un poco, y la miró de reojo.

-Están bien, tardarán en llegar.

Ella frunció algo el ceño.

-¿Qué les pasó?

-Perséfone -respondió, sin más-. Pero, como digo, ya está solucionado.

Ella no parecía muy convencida, pero asintió.

-¿Y cómo cruzo este mar? -preguntó- Tendría que usar un barco, o algo, porque me da que Arión pasa de cruzarlo…

Plutón asintió.

-Hace bien, en no querer -comentó-, estas aguas fueron bendecidas por Poseidón, aquí vienen los monstruos marinos cuando mueren, puedes imaginar qué bestias hay en sus profundidades.

Ella tragó saliva, entendiendo.

-Necesitaríamos al Argos II aquí, me parece…

Pero el otro negó.

-No será necesario -señaló hacia el fondo, entonces- Para ir, os puede acercar Caronte con su barca, a él nunca le atacan esos seres, reconocen a las autoridades del Inframundo, y él es una de ellas.

Hazel asintió. Mirando en esa dirección, vio al barquero esperar junto a uno de los puertos. Tenía la balsa a un lado, con la entidad sentada en el muelle, no se veía desde ahí lo que hacía, pero era como si estuviera fumando, o algo así.

-¿Y nos devolverá desde allí, o nos tendremos que buscar la vida?

No llegó a recibir respuesta, pues el dios se había ido. Dando por hecho que sería lo segundo, llevó a Arión en esa dirección, cabalgando suavemente. Esperaba que los demás no tardaran demasiado en llegar…

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Nico había corrido todo lo que sus piernas les permitían. Cargaba, junto a Augusto, con una muy debilitada Jamily, al menos al principio, pues con el correr del tiempo se fue recuperando. El esqueleto le ayudaba cargando con las piernas de ella, mientras el adolescente llevaba un buen ritmo, recorriendo los prados todo lo rápido que podía. Aunque poco podía hacer, sus poderes sobre las sombras allí eran peligrosos de usar, y no parecían tener a nadie en concreto persiguiéndoles, así que, cuando se sintió seguro, se detuvo.

-¡Vaya, a eso lo llamo yo vitalidad! -comentaba Augusto- Aunque nos hemos saltado muchas cosas, como el bar de las ánimas, las careras de caballos esqueletos, el criadero de harpías…

Nico ni le hizo caso, limitándose a centrarse en su medio hermana. La depositó con suavidad en el suelo, ella parecía bastante mareada.

-Se… me… pasará… -murmuraba- En cinco minutos seguimos…

El otro no parecía muy dispuesto, aun así.

-Te has esforzado demasiado, no hagas más el tonto.

Ella chasqueó la lengua.

-Sólo he usado magia, nada que otros no hagan, y…

Él negó con vehemencia.

-¡Has tirado un rayo en el Infierno! ¡¿Eres consciente de lo que eso supone?! -ella parpadeó, confusa- ¡Sólo Zeus ha hecho algo así!

-Ya, claro, y voy yo y me lo creo -ella se intentó levantar-, Nico, no nací ayer, ¿sabes?

El otro suspiró, molesto, pero la ayudó, dándole la mano, para auparla.

-Por eso estás tan cansada -explicó-, invocar tan lejos del cielo un rayo debe ser jodido.

Ella asintió, notó que su nariz sangraba un poco, incluso.

-Ya te digo… -gruñó, algo mareada- Pero insisto, no he hecho nada que otros semidioses no hayan hecho antes. Sigamos.

Sin más, ella se puso a andar, provocando los suspiros de Nico, que se limitó a seguirla. Notó entonces una ligera mancha en los labios de ella, de un suave tono naranja, y comprendió que había ingerido algo de ambrosía. Era imposible recuperarse tan deprisa de otra forma, pero ella jamás lo admitiría. Era una orgullosa oficial romana, y se notaba.

-¿Dónde está nuestra hermana?

A esa pregunta de Jamily, el otro negó.

-Se supone que ha ido dirección a Elíseos -señaló hacia el horizonte-, la vi cabalgando en Arión, en esa dirección.

Augusto intervino entonces.

-¿El caballo mitológico, hijo de Poseidón y Deméter?

-El mismo -respondió Nico, serio-, aunque nadie lo diría, con lo mal que habla…

-¿Es un dios también? -intervino Jamily- Porque podría sernos útil.

El chico gruñó.

-No sé si es un dios, o solo un puto caballo -gruñó-, ¿podemos dejar de hablar? No quiero llamar atenciones indeseadas…

Miró hacia atrás de reojo, intranquilo. Perséfone podía presentarse allí de nuevo en cualquier momento, y seguramente estuviera realmente cabreada. Suspirando, adelantó a los otros dos, y les fue guiando, mientras agradecía que el esqueleto no comentara absolutamente nada, teniendo siempre un ojo en la otra, por su se derrumbaba de sopetón, para ayudarla.

Ella, desde luego, era fuerte. Había sudado al inicio de la caminata, pero se acabó recuperando al poco, cuando bebió algo de agua, empezando a asimilar la ambrosía antes tomada, y que empezaba a hacer efectos más duraderos en ella.

Eso no le preocupaba tanto, como sí lo hacía la gran distancia hasta la frontera con Elíseos, y que a saber cómo podría cruzarla. En ello pensaba, cuando notó que el suelo bajo sus pies se movía más de lo que tocaba. De hecho, no debería de estar haciendo eso, aunque no le dio tiempo a reflexionar sobre eso. En unos instantes, acabó rodando por el suelo, con una criatura elevándose desde el suelo, una especie de serpiente gigante hecha de tierra.

-¡¿Pero qué es esto?!

Nico se alarmó con ese grito de Jamily.

-¡Pero si es Eréstomes, la guardiana de las arenas de Asfódelos!

Ese era Augusto, que corrió hacia la enorme criatura. Estaba formada, efectivamente, de arena, que se movía como si fueran corrientes de agua, sus ojos dorados eran brillantes, y sus dientes eran de obsidiana. Su cuerpo era largo, grueso como el cuerpo de un hombre, y bastante fuerte. Era una criatura, sin duda, temible.

-No conozco a esa criatura…

A Nico le pasaba igual, pero la bestia parecía amigable, al menos con Augusto. Cuando ellos se fueron a acercar, sin embargo, Eréstomes les enseñó los dientes, siseando, y moviendo su cola como si fuera un látigo.

-No parece que le caigáis bien, la verdad -comentó Augusto, pensativo-, aunque recuerdo que, en su día, yo tampoco…

Jamily chasqueó la lengua.

-¿Y cómo hiciste para caerle bien?

-Trayéndole monstruos del Tártaro, por supuesto -respondió-, le encantan, en concreto, las cabezas de hidras. Es algo sibarita, la verdad.

Los dos semidioses se miraron, no podían haber tenido mayor cambio de suerte.

-¿Cuánto tardaríamos en llegar hasta nuestro destino, sin este bicho?

Nico se lo pensó unos segundos antes de responder.

-Demasiado… -respondió- Pero ir hasta el Tártaro, buscar una hidra, matarla, y traerle a esta la comida…

Sonrió de medio lado, entonces, de forma algo siniestra. La otra le miró, algo dudosa, cuando le pidió que le entregara su mochila, en la que empezó a rebuscar, haciendo lo mismo en la suya.

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Lejos, en el Salón de Forseti, este se encontraba ya preparando, junto a su padre, el viaje de este, con una molesta Nanna, que tenía que aguantar que su marido fuera de viaje, mientras Samirah esperaba, sentada en el suelo. Jugueteaba con su hacha, entreteniéndose con ella, preguntándose cómo le iría a los demás, con los tres dioses detrás de ella, charlando. Precisamente, la diosa era la que daba las instrucciones.

-Deberías llevar esa espada, y no el hacha -señaló-, porque se te da mejor, querido.

-Madre, no hace falta que…

-¡Claro que hace falta! -le reprendió la mujer a Forseti- Tu padre es demasiado bueno, solo ha usado armas para cazar…

-Nanna, soy un dios, ¿recuerdas? -le sonrió él- Estaré bien, lo garantizo.

La mujer no sabía si creerle, o no. Pero deseaba hacerlo, esa era la verdad.

-Yo defenderé a su esposo, Lady Nanna -intervino Samirah-, bajo mi protección, estará a salvo.

La aludida suspiró.

-¿Ya has pensado cómo harás para convencer a tu padre y hermano?

Porque, efectivamente, necesitaban de Mjolnir, Gugnir, y Sumarbrander. Esas eran las grandes armas nórdicas, al menos contaban con una ya. Pero las otras dos… serían complicadas de obtener.

-No lo sé -reconoció Baldr-, Thor no suelta su martillo ni para ir al baño, y Odín usa su lanza incluso como rascador de espalda… y dudo que el argumento de que se acabaría el mundo de otra forma sirva.

Nanna negó.

-Por eso mismo -comentó-, yo que tú, ni lo intentaba, y me quedaría con tu esposa, y…

Antes de que ella pudiera seguir, una cinta apareció en su boca, acallándola. Gruñó, molesta, y miró rabiosa a su hijo, que se hundió de hombros.

-Ya sabes cuál fue mi sentencia antes -le recordó-, nada de impedir la misión de mi padre.

La diosa no pudo decir nada hasta que esos pensamientos dejaron su cabeza, varios unutos después, en los que se limitó a señalar cosas, para que Baldr introdujera en su bolsa de viaje.

-¿Cómo volveremos, señor? -Samirah reparó en ese detalle entonces- Porque tardaríamos demasiado en volver si usamos medios tradicionales.

Forseti intervino entonces.

-Con mi magia, podremos volver rápidamente -explicó-, esta isla mágica puede conectarse con cualquier parte, pero solo en un viaje de ida, si no se saben las runas adecuadas. Por eso es el lugar perfecto para mi Salón.

La valquiria asintió, comprendiendo al dios. Sin duda, era una idea brillante. Así nadie interferiría en los procesos, pues seguramente sólo el dios conociera las runas adecuadas. Bueno, él, y los abogados que vieron antes, o eso pensaba Samirah. En cualquier caso, estaba deseosa de volver con los demás, quería ayudarles… y de paso, intentaría contactar con su prometido. El pobre debía estar algo preocupado por ella.

-Mejor… -miró a Baldr- ¿Sabe al menos dónde están Odín y Thor? Dudo que permanezcan en Valhalla o Asgard.

Este asintió.

-Pienso igual, conociéndoles, estarán yendo de sitio en sitio -comentó-, pero, si tengo que apostar, seguro que están en Jotunheim.

La chica le miró con cierta sorpresa.

-¿Y para qué iban a estar en la tierra de los gigantes, amor?

Miró a Nanna, sonriendo.

-Si tienen que enfrentarse a Caos, es lo más seguro -explicó, mientras se colocaba la bolsa de viaje al hombro-, querrán entrenar, estarán oxidados por siglos de tranquilidad, y esa es la mejor zona para ello.

-Pero… En teoría, Thor siempre está defendiendo Midgar de los gigantes de hielo, ¿no? -preguntó Samirah- Entiendo que Odín lo haga, ¿pero Thor?

Baldr soltó una sonora carcajada, mientras Forseti bajaba algo la mirada, en realidad, pensaba como la adolescente.

-Eso decía para tener tranquilos a los humanos -explicó-, en realidad, era él mismo todo el rato, pocas veces eran ataques reales. Dudo que la dinámica haya acabado…

Los demás se miraron entre ellos, en el fondo… no les extrañaba especialmente, se dijeron. En especial a Samirah, que se preguntaba cómo seres así podían gobernar el mundo, si eran tan descuidados. Porque, encima, habían perdido sus armas, cada uno, varias veces a lo largo de la historia.

-En ese caso, deberíamos ir allí directamente, y que los demás vengan con nosotros más tarde -explicó Samirah-, la misión es más urgente.

Sin embargo, Baldr negó.

-No, necesitarán mi ayuda para llegar a Jotunheim -afirmó-, ten por seguro que habrán cerrado ese mundo, para poder estar allí tranquilos, y que sólo ellos puedan llegar hasta allí -explicó-, por eso, iremos con los demás, y cuando estemos todos, nos embarcaremos al reino de los gigantes.

Samirah se cuadró, y le hizo una suave reverencia, mientras el dios la miraba con cierta incomodidad, no acostumbrado a ese trato por parte de nadie. De hecho, no le gustaba en especial.

-N-no hace falta que te inclines de verdad… -murmuraba, mientras ella pretendía tomar su bolsa- Ni que lleves mi equipaje…

-Será un honor hacerlo, Lord Baldr -le respondía ella, sonriéndole-, ust-tú confía en mí.

Este no parecía demasiado convencido, pero Forseti estaba bastante contento por cómo se había resuelto todo. Nanna, por otro lado, miraba al suelo, triste, limitándose a abandonar la estancia, si siquiera despedirse. No podría hacerlo, no sin montar un espectáculo, y su honor se lo impediría. No delante de desconocidos, aunque fuera su heraldo. Pensaba en ello, cuando les vio desaparecer entre la niebla, y deseándoles buen viaje en su mente.

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En Asfódelos, Nico corría todo lo que podía, mientras Jamily se agarraba como podía al cuerpo de Eréstomes, y que perseguía al primero, que sostenía lo que simulaba ser u trozo de carne. En realidad, era un trozo de tela, recubierto por ambrosía, y con un potenciador del sabor de carne, y que debía oler bastante fuerte. Para obtenerlo, había pedido ese favor a Augusto, que podía moverse con más libertad por el Inframundo, aunque sólo podía moverse a sí mismo, no pudiendo llevar pasajeros, por así decirlo.

La idea era simple: llevarían a la criatura hasta el punto más cercano al Tártaro, usándola como montura, allí se la ganarían, y desde allí, viajarían hasta el límite con Elíseos. Era la única manera de hacerlo, sin tardar una eternidad entera en el proceso. Había corrido unos cien metros, cuando pudo hacerle un quiebro a la serpiente, y pudo sentarse encima de su cabeza, guiando a la bestia con el cebo que había preparado, usando la camiseta de Jamily a modo de extensión, para que estuviera a la vista de Eréstomes, y así guiarla.

-¡Esto es una idea de locos, Nico! -gritaba ella, intentando escalar hasta donde estaba él- ¡Nos vamos a matar, como nos caigamos!

El otro ni se inmutó.

-¡No pasará nada, además, así descansas de lo de antes!

La otra gruñó, y miró a Augusto. Este hacía algunos aspavientos, disfrutando del viaje, como si fuera un niño. Y, de hecho, era bastante espectacular. La serpiente de arena se movía muy deprisa por las llanuras, mucho más de lo que ellos harían a pie, y las vistas desde las alturas eran increíbles. Las almas desaparecían debajo del enorme cuerpo del animal, volviendo a aparecer justo después de pasar Eréstomes, que ni se inmutaba por su presencia. La criatura, de vez en cuando, se enroscaba en sí misma e intentaba dar un fuerte mordisco, aunque sin demasiado éxito, teniendo de vez en cuando Nico que volver a bajar, y repetir el proceso de saltar sobre la cabeza de la bestia.

-¡Qué divertido es viajar con semidioses, debo reconocerlo! -exclamaba Augusto, viendo como Nico esquivaba los mordiscos de la serpiente gigante- ¡Sois encantadores! ¿Verdad, Eréstomes?

La serpiente chasqueó la legua y emitió un suave gruñido, mientras giraba en torno a Nico, que sacó su espada en seguida, atento a los movimientos de la enorme bestia.

-¡¿Qué está haciendo?!

El esqueleto miró a Nico, y sus ojos brillaron algo, divertidos.

-Oh, desea comerte, porque piensa que le estás quitando su comida -explicó-, yo que tú, le daba ese trozo de tela, y esperaría que colara…

El otro gruñó, estaba rodeado por el cuerpo de la bestia, y aunque podría usar sus poderes, no sabía si afectarían a la serpiente, o si la potenciarían. Jamily, por su parte, estaba dispuesta a lanzarle un rayo de ser necesaria, o de enroscarla con sus lianas, pero el solo pensarlo le daban ciertas nauseas, y se le quitaba la idea de la cabeza.

-Maldita sea…

Y procedió a lanzar contra la boca de la bestia el trozo de tela, deseando que funcionara. Eréstomes abrió la boca, y tragó sin más, tras lo cual, le miró profundamente, directo a los ojos. Nico debía reconocer que aquella bestia brutal era impresionante.

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Hazel no tardó demasiado en llegar hasta donde estaba Caronte, junto a Arión. Estaba en el puerto 7.529.452, se encontraba amarrado por una cuerda, y con parte de su gran barca en tierra. Era de madera maciza, de color oscuro, con motivos de calaveras por todas partes, un único remo gigantesco, y multitud de asientos. Era algo diferente a la que usaba para cruzar el Estigia de lado a lado, dudaba que esa tuviera cañones de mano en los laterales, o un lanzallamas en la parte delantera.

-Tú debes ser Levesque, ¿verdad?

Caronte se incorporó, era alto como una torre, negro como la noche, de pelo rubio, y ojos de un suave tono morado, como todas las criaturas del submundo. Y lo primero que hizo, fue alargar la mano.

-El viaje tiene un precio, ¿verdad?

El otro sonrió.

-Claro, aunque nunca he transportado animales, no sé cuánto podría cobrarte…

-Arión es un dios, sería una falta de respeto a Poseidón y a Deméter pedir un pago -le reprendió-, y los demás somos hijos de los reyes del Inframundo, ¿le cobrarías a tus príncipes, mentecato?

Caronte la miró con cierta diversión.

-Vaya, vaya…

Ella, por primera vez, vaciló. Ella no era así, realmente, era sólo fachada, pero ahora dudaba de sus palabras.

-Tenemos una misión, impuesta por nuestros padres -aseguró-, el mismo Plutón me dio instrucciones precisas.

Caronte, entonces, se recostó en su asiento, y empezó a darle vueltas a su remo.

-¿Y?

-Que nos tienes que llevar.

-¿Y si no quiero?

-Te puntúo mal en DiosesReseñ -Caronte frunció el ceño, entonces, molesto- ¿Sabes? Escuché a mi padre quejarse de tus puntuaciones últimamente, al parecer te quiere reemplazar…

El otro la miró.

-¡No puede hacer eso! -exclamó- ¡Llevo sirviendo en este… antro, siglos!

Hazel se hundió de brazos.

-Bueno, puedes creerme o no… -murmuró- Te han puesto a caldo, en los comentarios.

Caronte sacó lo que parecía una tablet, con decoraciones de calaveras, y empezó a rebuscar, mientras gruñía. Ella, sin pedir permiso siquiera, empujó de las riendas de Arión, para que se metiera a la barca junto a ella.

.¡No puede ser, esto! -gruñó, al poco, el barquero- ¡Es indignante, con lo bien que hago mi servicio!

-¿Verdad? Pues si viajamos gratis, te pondremos cinco estrellas y un buen comentario.

Hazel le alargó la mano, entonces, y Caronte gruñó. Rebuscó entre sus prendas, y comprobó que, ese día, había hecho una buena caja. Además, ese viaje, en teoría, era gratis, así que…

-Sea, por esta vez… ¡Pero que los otros no tarden!

Ella asintió, y miró a la lejanía, expectante. No sabía cuánto tardarían, pero puede que esa fuera su única oportunidad de cruzar aquellas aguas, con un mínimo de seguridad…

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Mientras, Nico contempló como Eréstomes abría ligeramente la boca, y le mostraba los enormes colmillos. Ya se disponía a usar la espada, cuando la enorme serpiente le dio un suave empujón con la cabeza, tras lo que se colocó de tal forma que se pudiera sentar sobre su cuerpo. Él, algo indeciso, dudó unos segundos, hasta que Augusto le indicó con un gesto que todo era seguro.

-En realidad es un ser afable, aunque no lo parezca -explicó-, sólo hay que tratarla con mano izquierda…

Acarició la testa de Eréstomes, que se limitó a reptar de nuevo dirección a Elíseos, veloz pero sin hacer los amagos de antes de intentar devorarles. De hecho, en esa ocasión incluso ayudó a Jamily a llegar con los demás, moviendo su cuerpo lo justo para acercarla.

-¿Y… de qué la conoces?

A esa pregunta de Nico, Augusto se hundió de hombros.

-Cuando llegué por primera vez al Inframundo, fue el primer ser que conocí en Asfódelos -comentó-, eso fue hace miles de años. Aún Roma ni existía, Troya estaba empezando a crecer, y Atenas no era más que unas pocas granjas… en esa época fue cuando morí.

Alzó la cabeza al cielo, algo nostálgico, como so pretendiera ver las estrellas. Allí, era uno ficticio, pero servía para hacerse una idea. Jamily intervino entonces.

-Entonces os conocéis desde hace mucho.

Augusto asintió.

-Como digo, en esa ocasión la alimenté con los monstruos de Tártaro -explicó-, supongo que ya estaba alimentada, por eso aceptó sólo comer tela.

-O que no era tan sibarita como tú pensabas, y te esforzaste demasiado -bromeó Jamily-, aunque… fuiste muy valiente, ese día.

Nico, mientras se e recuperaba, miró hacia el horizonte unos segundos.

-El Tártaro es peligroso, pudiste quedarte allí, encerrado…

El esqueleto se hundió de hombros.

-Bueno, lo será para vosotros, los semidioses modernos -comentó-, en mis tiempos, éramos más fuertes, ¿sabes?

El chico le miró, entonces.

-¿A qué te refieres?

Dudaba que fuera el típico que decía "en mis tiempos éramos hombres de verdad, no como los de ahora", conoció a más de uno así en su juventud, durante los treinta.

-Los dioses, en mis tiempos, tenían hijos más fuertes, al heredar los poderes de sus ancestros -explicó-, ese era mi caso, como hijo de Hermes, tenía los poderes de Zeus y de mi madre, Maya, una ninfa del mar -miró sus manos-. Tenía los poderes de dos de los grandes dioses… y eso no se podía permitir…

-Te obligaron a vagar aquí para siempre, sólo… -murmuró Jamily- ¿Verdad?

Augusto asintió.

-Ni siquiera me llamo Augusto, realmente -comentó-, bueno, eso creo, ya no me acuerdo del real…

Los dos adolescentes se miraron. El viaje estaba a punto de terminar, a lo lejos veían un gran mar, la frontera con Elíseos. Pero la historia de ese afable esqueleto era demasiado interesante, también.

-¿Bebiste de las aguas del Lete?

A la pregunta de Nico, el otro negó.

-Fue el propio Zeus, el que me hizo olvidar… -explicó- Realmente solo quitó lo que le interesaba, lo demás lo dejó, imagino para que siempre recordara mi pecado… ser hijo de Hermes.

-Me pasa algo parecido a ti…

Augusto asintió.

-¡Y que lo digas, centurión! -respondió- ¡Menudo rayo le lanzaste a la reina Perséfone, digna de una hija de Júpiter!

-De hecho… soy hija de Perséfone…

-Oh… -los orbes de Augusto brillaron algo- De las pocas diosas que no hicieron el juramento… Interesante…

-Sí… y una perra, también…

A ese comentario de Nico, el esqueleto se rio con fuerza.

-Bueno, eso han comentado por ahí… -murmuró- Dicen que las hijas de Hades en realidad son de Zeus, ya sabes, le gusta copular con todo lo que se mueve…

-¿Te imaginas ser en secreto hija de Zeus, hermana?

Ante esa ocurrencia de Nico, la otra se desternilló, relajándose por primera vez. Nico, que jamás hacia bromas, se limitó a sonreír de soslayo, ahora todo parecía mejor con ella. Más relajada, la romana no se había dado ni cuenta que estaban en destino, hasta que comenzaron a escuchar tumulto. Y lo que vieron, no se lo hubieran creído de habérselo tenido que contar otra persona.

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Caronte no se caracterizaba por, precisamente, su paciencia. A los diez minutos ya le estaba insistiendo para marcharse, y Hazel se había negado de primeras, asegurando que aún era demasiado pronto. Pero el barquero realmente quería irse, y empezó a quitar la cuerda que sujetaba su barca al muelle, cosa que la adolescente intentaba impedir, sin demasiado éxito, encallando el esquife con oro, plata y diamantes, que emanaron incluso del agua gracias a los poderes de ella.

Llegó incluso a ordenar a Arión que se bajara, tomara las cuerdas con la boca, y se dedicara a tirar dirección contraria a lo que pretendía hacer Caronte. La entidad abrió su mano, y se disponía a lanzarle un ataque mágico, cuando Hazel extendió la Niebla en torno a ellos.

-¡Compórtate, Caronte! -le espetó ella- ¡O ya sabes qué haré!

-¡No entiendes nada, niña! -le replicó- ¡Si no nos damos prisa, no podremos pasar!

-¡¿A qué te refieres?!

El ser gruñó, mientras se pensaba si darle un golpe con el remo o no. Pero se contuvo, no le venía bien una mala crítica…

-Esta masa de agua gigante es parte de Océano, y está infestado de monstruos marinos de todos los lugares del Egeo, y más allá -respondió-, y, dentro de poco, habrá una marea de monstruos que cruce estas aguas, niña -ella tragó saliva-. ¿Lo entiendes ahora?

Hazel gruñó.

-Se suponía que tú podrías hacernos pasar de forma segura, ¿me mintió Plutón, entonces?

-Puedo hacerlo, pero no pienso jugarme el tipo por unos críos -amenazó-. Partimos ya.

La Niebla entonces les rodeó, con su brumosa apariencia habitual, y cambiando la percepción del mundo de todo aquel que estuviera dentro, a excepción de Hazel. Esperaba que afectara a Caronte, pero dudaba que pudiera estar así indefinidamente. Esperaba que los demás llegaran cuanto antes, y antes de que pudiera terminar esos pensamientos, vio pasar a su lado una cabeza de serpiente gigante.

-¿Qué…?

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Nico, Jamily y Augusto acabaron llegando hasta la zona cercana a Océano, en la separación entre Asfódelos y Elíseos. Eréstomes había reptado por las planicies del Inframundo hasta llegar a aquel lugar, y cuando estuvo lo bastante cerca, se colocó al lado del muelle en el que estaban Caronte y Hazel, colocándose al lado, incluso entrando en La Niebla creada por Hazel.

Sin embargo, según llegó la enorme serpiente, La Niebla se disipó, esparciéndose en el aire, como si no fuera prácticamente nada. La adolescente ya tenía en las manos su espada corta, cuando vio a los otros dos, y a Augusto, sobre el monstruo. Caronte, por otro lado, le golpeaba la cabeza con su remo, pretendiendo que se retirara, y dejara la barca libre.

-¡Baja, maldita bestia! -le gritaba- ¡Deja mi barca, que encima la acabo de encerar!

Eréstomes, entonces, se incorporó, y abrió sus mandíbulas a todo lo que daba, para entonces atacar a Caronte, que apenas pudo evitar que la inmensa serpiente se lo tragara, remo incluido, ante la incrédula mirada de los tres chicos, que comprobaron que, lejos de seguir cabreada, la serpiente se limitó a recostarse en el puerto, enroscándose sobre sí misma. Como si nada hubiera pasado.

-Y… ¿ahora qué hacemos? -se preguntó Hazel- Porque, en teoría, sólo él conocía el camino…

Augusto entonces se les acercó. Metió una de sus manos en la boca de la serpiente, y tiró con cierta fuerza. De entre los finos labios de la bestia, Augusto sacó un trozo de madera, totalmente envuelto en la saliva del monstruo. Lo tiró a un lado, e intentó rebuscar un poco más, pero, tras un minuto con su brazo completo ahí dentro, acabó desistiendo.

-Bueno, tendré que guiaros yo mismo… -murmuró- Porque vosotros no sabéis por dónde es, ¿correcto?

-¿Y tú si sabes, verdad?

A esa pregunta de Nico, el otro sonrió.

-No, pero recuerda de dónde vengo -le respondió-, montad a la barca, por favor.

Dando un golpe en el suelo con el remo, Eréstomes se alejó lo bastante para que ellos pudieran montar, incluido Arión, en la barca. Augusto fue el último en montar, todo suavemente el agua con sus falanges desnudas, y se remojó algo el cráneo. Sus ojos pasaron de ser orbes dorados a un suave tono plateado, y comenzó a remar hacia adelante.

-Pero… ¿no vamos a intentar salvar al barquero?

A la pregunta de Jamily, Nico negó.

-No se lo merece -comentó-, siendo un sirviente de Hades estará bien, aparecerá de nuevo pronto casi seguro…

-¿Y si no lo hace?

-Así igual tenemos a un barquero decente, y no un viejo rácano…

Hazel no pudo dejar de reír por la afirmación de su hermano. Sin darse cuenta, Augusto les había llevado por aquel mar infernal, siguiendo una corriente algo fuerte, y que les llevaba hacia el frente con bastante fuerza. No había viento, pero iban a la suficiente velocidad para que se les removiera un poco.

-Nos estabas contando antes tus orígenes…

A esas palabras de Jamily, Augusto se limitó a mover sus ojos un poco, aún remando.

-Cierto… puedo seguir, para amenizaros el viaje -comentó-, para eso me contratasteis, al final.

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Lejos, en los Campos Elíseos, una joven estaba sentada en el césped. Su cabello negro le caía por la espalda, llevaba un vestido ligeramente escotado, con sus ojos pardos mirando hacia el mar que bañaba aquella playa en la que estaba. Un pequeño tramo de arena la separaba de ella y el agua, de hecho sus pies tocaban la cálida arena, que era tostada por el sol constante de aquella dimensión sagrada.

Tenía entre sus manos una lira, pero hacía tiempo que la había dejado de tocar, y ahora solo estaba a la espera, mirando al horizonte, concentrada. De vez en cuando veía pasar un velero de recreo, pero ella no estaba buscando nada de eso. Estaba tan centrada, que se asustó algo al notar que alguien se colocaba a su lado.

-Lady Artemisa… -murmuró- ¿Qué hace aquí?

La diosa se limitó a sentarse, apoyada en una esterilla de lino. Tenía un vestido blanco níveo, gafas de aviador, y un sombrero de copa ancha para el Sol. Suspirando, se estiró, y se puso como si estuviera en un tranquilo día de playa.

-¿Realmente quieres volver a la vida, niña?

-¿Por qué la pregunta?

-Me preocupo de mis cazadoras.

-Igual que te preocupaste cuando morí, ¿verdad? -le espetó Bianca- Que ni te inmutaste, esa misma noche estuviste cazando jabalíes en Europa, ¿verdad?

Artemisa la miró con cierta molestia, pero, en el fondo, llevaba la razón. Y no podía hacerle nada, no si quería evitar la ira de Hades, y del resto del Olimpo. Ella, al parecer, era necesaria para esa misión… pero no pasaría nada de transformarla en cervatillo un rato, por su mala lengua. Chasqueó los dedos, y sus brazos y piernas se alargaron y estilizaron, su cara se alargó, su cuerpo empequeñeció, se llenó de pelo pardo, y sus orejas crecieron. Hizo un suave sonido de molestia, mientras corría y saltaba en torno a la diosa.

-Has sido tú, la que me faltó al respeto -le espetó Artemisa-, ¡eres una niñata, Bianca, no mereces resucitar!

La chica la quiso embestir, pero la adulta la esquivó fácilmente, le dio una suave patada en el trasero, y gruñó.

-Tienes suerte, de que no te pueda castigar apropiadamente -la diosa la tomó por el cuello, apretando con fuerza-, porque, de querer, me encantaría llevarte al Tártaro, perra traidora… -le sonrió- Sin embargo, estás bajo la protección de los demás.

Sus ojos brillaron, y la chica volvió a la normalidad, tenía mala cara.

-Yo ya no soy tu cazadora… ni lo volveré a ser, cuando reviva -afirmó-, fue un error abandonar así a mi hermano, por mi egoísmo…

La diosa chasqueó la lengua.

-Los hombres siempre iguales, ¿no aprendiste nada de tus compañeras? -le espetó Artemisa-, solo buscan o tus cuidados, o tu cuerpo, nada más. Aléjate de ellos.

La adolescente suspiró, en su momento no supo verlo, pero entre las cazadoras se decían unas cosas… no le gustaron, no cuando, tras morir, las reflexionó. Además, fue muy egoísta de su parte, efectivamente, hacer aquello, abandonando al pobre Nico. No se lo merecía, y ahora, esperaba poder compensarle.

Estaba tan centrada, que no se fijó en que la diosa miraba fijamente al horizonte, con el ceño fruncido, los labios apretados, y sus brazos cruzados, molesta.

-Ya vienen… -murmuró- Vaya, vaya, si viene esa romana… lleva tiempo negándose, a mi petición. Ya caerá.

Se giró sobre sí misma, miró con desdén a Bianca, y desapareció en el aire. Ella suspiró un poco, mientras su vista se movía en esa dirección, esperando verles llegar lo más pronto posible. Aunque, cuando vio que un haz de luz aparecía de pronto, se asustó un poco, preocupada por ellos. Se levantó, y sintió deseos de ir hacia allí, pero sería imposible…

( ) ( ) ( ) ( ) ( )

El grupo de la barca avanzó lentamente unas cuantas millas, hasta que estuvieron en mar abierto. Durante la travesía vieron gaviotas de esqueleto tomar peces, algún que otro hipocampo, varios tritones, y poco más. Pero, mientras remaba, Augusto les contaba.

-En este mar hay monstruos terribles, de tiempos antiguos, y de muchas culturas, chicos -explicó-, no solo seres del Egeo, como las hidras, los calamares gigantes, o las malvadas sirenas. También hay monstruos del norte, del este, y del oeste…

-¿Te refieres… a monstruos de otros mundos mitológicos?

A la pregunta de Hazel, el otro asintió.

-Sí, están los temibles witshar, del mundo nórdico, por ejemplo -señaló a un punto-, por ahí va uno, de hecho. (1)

Vieron una aleta blanca salir de entre las olas, para, segundos después, ver a una bestia enorme saltar desde el agua. Era blanca, majestuosa, de cuerpo largo y cilíndrico, dientes como sierras, ojos pardos, y forma de escualo, pero era bastante más grande que un tiburón habitual… además, este controlaba el agua que le rodeaba.

-¡Joder, ya entiendo por qué Caronte tenía tanta prisa! -exclamó Hazel- ¡Acelera, Augusto! ¡Acelera, por tu madre!

-¡No recuerdo a mi madre, pero seguro era alguien genial!

Sus ojos brillaron un poco, y notaron cómo la barca empezaba a tomar velocidad, impulsada por una fuerte corriente de superficie. Llegaron incluso a inclinarse, con la parte superior elevada del agua, como si estuvieran en una motora. Pero el witshar fue tras ellos igualmente, siguiéndoles desde cerca, comenzando a emitir un suave y profundo sonido. Augusto se rio entonces.

-¡Está llamando a sus amigos! -exclamó- ¡Esto será divertido!

En pocos minutos llegaron unos cuantos más, en total, tenían a unos cinco monstruos detrás. Y el jaleo hizo que llegaran más bestias, de hecho uno de los witshar, el más pequeño, huyó cuando apareció una serpiente marina del este, del tamaño de un autobús, y que para atacar, lanzaba fuertes descargas eléctricas por el cuerpo.

-¡Estamos jodidos, Augusto, tenemos que intentar perderles!

Nico, desde luego, estaba muy nerviosa. Jamily, en ese rato, intentó lanzarles algún rayo, pero se sentía demasiado cansada aún, y convocar a uno allí abajo la agotaría demasiado. Pensó en tomar más ambrosía, pero igual le sentaba mal la sustancia mágica. Hazel, por su parte, había intentado usar La Niebla, pero sin éxito alguno, pues esta quedaba atrás antes de que pudiera hacer efecto alguno. Y los poderes sobre los muertos de Nico allí no hacían nada, sólo quedaba Augusto, que parecía estar pasándoselo mejor de lo que cabría esperar… claro que él ya estaba más que muerto.

-¡Bueno, chicos, os noto nerviosos! -comentó, como si tal cosa- ¿Os dan miedo esos monstruos?

Ellos le miraron sin comprender, ¿estaba tan alejado de la realidad que no lo comprendía? También que llevaba muchos más años muerto que los que vivió, puede que ni se acordara… vieron entonces que levantaba las dos manos. En el cielo apareció una esfera de luz, y cayó contra los monstruos como si fuera un gran rayo, que iluminó ligeramente el ambiente, seguido de una explosión algo potente, que tiró a los adolescentes. Casi caen al agua, de hecho, incluso Hazel acabó con medio cuerpo en el agua, pero esta la devolvió a la barca según entró, sin en ningún momento perder velocidad. Sucedió todo en un parpadeo, y, cuando quisieron mirar atrás, sus perseguidores se habían ido.

Lo que sí vieron venir fue que la barca perdió velocidad, recuperando la anterior al inicio de la persecución, y que era bastante más tranquilo y ameno. Sorprendentemente, pese a ese enorme uso de energía mágica, Augusto parecía tan fresco como… bueno, todo lo que puedes parecer o estar siendo un cadáver andante.

-Dimestres -dijo, de pronto, el esqueleto-, así me llamaba, cuando vivía… Dimestres.

Se giró, y sonrió algo a los adolescentes, que le devolvieron el gesto. Desde luego, su guía era un personaje peculiar. No podrían haber tenido más suerte, y eso que a Nico, en un inicio, le irritaba. En ese momento, frunció algo el ceño.

-¿No nos irás a cobrar más por esta excursión extra larga, verdad?

Augusto negó suavemente.

-No, no sería bueno para mi negocio -comentó-, además, ya pagasteis, señores, ¿recuerdan? -a eso, ellos asintieron, e iban a responder, pero el otro siguió- De hecho, os tendría que pagar yo a vosotros, por… ayudarme a recordar.

Les sonrió ligeramente, y se dieron cuenta que parte de sus facciones habían vuelto a ser normales. Esa debía ser parte de la maldición, ser un esqueleto sin recuerdos, y, mientras iba recordando, recuperar su aspecto humano. Arión, entonces, soltó un suave resoplido, mientras miraba hacia Augusto, y que Hazel supo interpretar a la perfección.

-Al parecer… te conoce…

El aludido la miró con interés, y luego observó al caballo. Sus miradas se cruzaron por un segundo, y entonces el rostro del otro se desencajó algo.

-Entiendo… -murmuró- Arión, el hijo de Poseidón y Deméter… le conocí en una ocasión, en las cercanías de Tebas…

-¿Nos contarás la historia, verdad?

A la pregunta de Jamily, el esqueleto asintió, divertido.

-¡Por supuesto, si así lo desean!

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Artemisa había volado directa hasta el Monte Olimpo desde Elíseos directamente, ni se paró a visitar a su hermano, o a sus cazadoras. Tenía algo mucho más importante a lo que atender, y su interlocutor no era poca cosa, precisamente. Se trataba del mismo dios Zeus, que se encontraba en una mesa con un mapamundi junto a unas cuantas divinidades que a ella, personalmente, le eran totalmente indiferentes. Tenía una información que dar.

-Padre -le llamó ella-. Tengo información de los semidioses hijos de Hades.

Zeus se giró un instante, la miró, molesto, y le señaló en una dirección. Ella llevó su vista hasta una pluma y una hoja, y suspiró. No era la secretaria de nadie, menos aún de su padre, pero… tendría que pasar por el aro, por el momento.

Empezó a escribir, mientras escuchaba a escondidas la conversación entre los principales dioses, quería enterarse de aquello, esa era su oportunidad. Pero apenas pudo estar nada allí, pues Zeus la echó de mala manera al poco, sabiendo que ella quería escuchar de más.

-Padre, es urgente, de verdad -aseguró, cuando la tomó del brazo- ¡Están todos juntos ahora mismo!

El dios se detuvo en ese momento, y la miró de reojo.

-¿Segura? ¿Los cuatro?

-Pronto se reunirán con Bianca, padre.

El otro asintió.

-Bien, bien… -murmuró- Prepara a tus cazadoras, quiero que estén tras ellos en todo momento -ordenó-, y en cuanto terminen, matad a todos los bastardos de mis dos hermanos, estarán muy cansados por la lucha contra Caos, os será fácil.

La diosa asintió, y se inclinó un poco. Salió de allí rápidamente, dejando a su padre de nuevo con su tan importante reunión – como si fuera para tanto – y volvió con sus amazonas, tendrían que prepararlo todo. Fue directa a su templo entonces, donde tomaría todo lo necesario. Era de mármol bien pulido, limpio como una patena, y lleno de pieles de animales de todo tipo, así como cabezas de sus principales presas colgadas en la pared. Solo una estaba vacía, donde se veía el cielo nocturno de forma permanente, en concreto, la zona de Orión. Cada vez que pasaba por allí, a la diosa se le ponía una mirada algo triste…

Fue hasta su salón principal, y fue hasta el armero. Era una enorme estantería de madera de caoba bellamente ornamentada, con su arco de plata mágico, un escudo, varias espadas, y sus botas mágicas, con las que podía recorrer el cielo. Tenía también colocada allí su diadema, con la que podía hacerse invisible a los ojos de todos, y la guardó también. Esa sería su caza más espectacular.

-Cazar semidioses… el mayor honor de un dios… -murmuró, se miró en el reflejo de su escudo- Bianca Di Angelo… tú serás mi caza mayor esta vez…

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La chica vio, un par de horas después, que una barca de madera llegaba hasta la costa en la que estaba. Empezó a saltar, gritar y chillar, deseaba ser vista por ellos. Quería verles, abrazarles, darles incluso un beso si hacía falta, aunque apenas les conociera… y en especial, quería hacer todo eso con su querido hermano menor. Los demás le daban igual, pero ella sabía de sobra que allí estaría Nico. Él jamás fallaría a esa cita.

Esperó impaciente a que llegaran a tierra, de echo tenía medio cuerpo en el agua cuando llegaron a ella, recibiendo a su hermano con un fuerte abrazo, sollozos, y palabras en italiano, que ninguno de los presentes entendieron. El chico la levantó a pulso y la colocó sobre la barca, mientras seguían llorando. Los hermanos, reunidos de nuevo…

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(1) Monstruo inventado.

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!