Enemigo primordial

Capítulo 33

Nico y Bianca permanecieron abrazados y sollozando en el hombro del otro un rato indefinido, durante el cual, Augusto se dedicó a tocar la arena de la playa con sus huesudos dedos, a varios metros de allí, mientras Arión era alimentado por Hazel, con Jamily observando el proceso con cierto interés. Y aunque no quería romper el bello momento entre hermanos, había que volver en algún momento, y Perséfone debía seguir bastante cabreada. Le había lanzado un rayo hacía una hora a lo sumo, seguro que ya estaba más que recuperada, y con muchas ganas de cobrar venganza.

-¿Piensas que deberíamos irnos ya, no?

A esas palabras de Hazel, la otra asintió.

-Pero no quiero romper su reencuentro…

Seguían totalmente pegados, mientras se murmuraban al oído en lo que, suponían, era italiano. No tenían pinta de ir a terminar temprano, precisamente, pero tenían a Augusto para amenizar la espera.

-¿Vas recuperando tus recuerdos, entonces?

Hazel miró al esqueleto, que, poco a poco, se iba cubriendo de piel, asintiendo. Tenía un aspecto lúgubre y siniestro, pero su tan afable voz le quitaba todo aspecto terrorífico que pudiera tener.

-¡Sí! -dijo- Poco a poco la maldición de Zeus va desapareciendo. Creo… que ha sido con vuestra presencia, la verdad.

Ellas la miraron con interés.

-¿A qué te refieres?

El otro parpadeó un poco.

-¿No sabíais que los poderes de los semidioses se ven potenciados cuando se encuentra rodeado de otros semidioses? -preguntó- Por eso se os junta en determinadas zonas, para que saquéis más fuerza de vuestro interior, y por eso en el pasado se nos mantenía por separado, para que no supusiéramos una mayor amenaza.

-Los dioses, como siempre, ocultando información… -murmuró Jamily- ¿Sabías que Hestia ha tenido una hija, en nuestra época? Está esperando al otro lado de las puertas de la Casa de Hades.

Augusto la miró con interés.

-Debe ser realmente poderosa… -comentó- Es la nieta de Cronos, y bisnieta del titán Urano. Sus poderes sobre el fuego no deberían tenerle nada de envidia a los del dios Hefesto.

Las dos chicas se miraron antes de responder.

-Tengo entendido que, efectivamente, controla ese elemento -respondió Jamily-, pero no creo que lleguen a tanto…

El esqueleto se rio un poco.

-Bueno, si yo le di miedo a Zeus, a ella le puede pasar lo mismo -comentó-, guardaos de los olímpicos, son seres profundamente rencorosos y ávidos de poder.

-No hace falta que lo jures -oyeron, y se giraron-. Antes de que llegarais, vino Artemisa a verme, y pretendía que me uniera de nuevo a ella.

Nico frunció el ceño, molesto, apretando la mano de ella con fuerza.

-Y Perséfone, que nos intentó matar antes -gruñó-, vámonos de aquí cuanto antes, no quiero estar más de lo estrictamente necesario.

Arión relinchó en ese momento, pero Hazel rodó los ojos, molesta.

-No, Arión, no vamos a montar todos sobre ti -el animal volvió a hacer ruidos-, no, iremos en la barca, estamos los mismos de antes, más Bianca.

La aludida se acercó al animal, e intentó tocar su frente, pero este casi le muerde la mano. Ella se echó atrás, asustada, mientras Hazel reñía a su montura, que seguía soltando improperios que sólo esta última entendía.

-Es algo… bueno, territorial y desconfiado -comentaba la chica-, sólo me deja tocarle o montarle a mí, es mi amigo.

-Digno de las leyendas, sin dudas -comentó Augusto, acercándose a la barca-. Será mejor que volvamos, ahora que podemos, los monstruos deben estar descansando tras ese rayo que lancé antes.

Bianca le miró con sorpresa.

-¿Cómo lo hiciste?

-Hay mucho que explicar, hermana… -murmuró Nico, mientras se encaminaban a la barca- Te pondré al día durante el viaje de vuelta.

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En Oslo, Badlr había insistido en parar por una tienda de comestibles para hacerse de algunas bolsas de comida, bebidas y cosas básicas para el viaje. Aunque llegar a donde estaban los demás era sencillo, pues podrían llegar en pocas horas entre coches y avión, no así cuando tuvieran que ir hasta el mundo de los gigantes, Jotunheim. Allí, tendrían que viajar a pie, con lo peligroso que era aquel lugar. Ya no solo por sus habitantes, también el clima era bastante malo para los humanos, así como las criaturas mágicas que se podrían encontrar.

-Bien, agua, refrescos en botella, galletas, y unas cuantas latas grandes que se pueden calentar al fuego -murmuraba el dios-, tenemos que pasar por un sitio donde nos den pedernales y algo para encender mejor, ¿cómo los llamaste?

Samirah respondió en el acto.

-Mecheros, señor -respondió-, pero también necesitaremos ropa de abrigo, ¿no?

El otro asintió, estaban en uno de los pasillos, mientras hacía inventario del carrito.

-En Jotunheim hace mucho frío -respondió-, a mí no me afectaría por ser un dios, pero a vosotros sí… pero la ropa moderna va por tallas, ¿verdad?

-Efectivamente.

-¿Y conoces las de todos?

A eso, Samirah tuvo que negar. Así que Baldr resopló algo. Hasta que se le iluminó la cara.

-¿Tenemos enanos en el grupo, verdad?

-Se llama Blizten, sí -entendiendo por dónde iba, ella sonrió-. Es un experto tejedor, ha hecho diseños muy bonitos.

-Curioso… -murmuró- Normalmente los suyos hacen armas, no prendas…

La otra se encogió de hombros, mientras avanzaban, ya dirección a una de las cajas.

-Nuestro elfo es sordomudo y usa las manos para comunicarse -continuó-, como quería usar la magia, tuvo que ceder algo… y fue eso, por así decirlo.

-Igual que mi padre sacrificó un ojo para ver las runas sí -Baldr sonrió algo- ¿Cómo decías que se pagaría todo esto?

-El Hotel Valhalla debería pagar -comentó ella, rebuscando entre sus cosas-, eso, o les convences para no pagar.

Pero el otro negó con vehemencia.

-¡Nunca! -le espetó- Lo pagaré con oro, seguro que lo aceptan…

Estuvo palpándose la ropa, pero ella le detuvo antes, mientras llegaban hasta la cola, en la que se colocaron los últimos. Delante sólo había dos personas y con poca cosa, así que les atenderían pronto. En cuanto pasaron por caja, el cajero les indicó un precio, y Samirah pagó con un pequeño objeto de plástico, ni siquiera tenía monedas en la mano, lo que sorprendió al dios, que luego le preguntaría al respecto.

-Es una tarjeta de crédito -explicó-. Con ella puedes pagar sin necesidad de tener el dinero en la mano, aunque se te quita de lo que tengas guardado. Es bastante cómodo…

Baldr negó un poco.

-Prefiero el dinero en la mano… -murmuró- En fin, ¿y ahora qué?

Iban cargando con las bolsas, ya fuera del establecimiento, así que irían al apartamento en el que, hasta entonces, había estado viviendo. Desde allí, buscarían la manera de llegar hasta los demás. Quedaba cerca de donde estaban, a unos quince minutos de paseo tranquilo, así que fueron andando tranquilamente, mientras ella le explicaba más cosas del mundo moderno. Aunque sabía bastante, algunas cosas seguían sin quedarle claras, así que le iba resolviendo las dudas que tenía.

-Bueno, la gente últimamente está muy preocupada con cosas que antes… pues eran irrelevantes -explicaba-, de hecho, favorecen mucho a minorías o formas de pensar que miren más por el grupo.

Baldr asentía, con interés. Estaban entrando ya en el ascensor.

-¿Y eso qué te parece?

-A mí con que me dejen en paz y permitan llevar mi vida… me vale -respondió-, lástima que la mayoría de veces no sea así…

Suspirando, salieron del aparato tras llegar al piso, y el dios abrió la puerta, permitiendo a la otra entrar. Ya dentro del apartamento, colocaron las cosas en la nevera, y comenzaron a decidir la forma de ir.

-Podríamos ir a través del Valhalla -explicaba ella-, es lo más fácil, y así se conoce la noticia de su vuelta, puede que así saquemos a Odín y Thor de su viaje de entrenamiento, asumiendo que estén en eso.

Baldr asintió, pensativo.

-Seguro que están allí, preparándose -afirmó-, pero no sé si debería dejarme ver por allí. Mi madre, Frigg, no creo que me dejara ir de nuevo por los mundos…

-Su-tu madre se entristeció mucho cuando falleciste en la época mitológica, la verdad -recordó ella-, de hecho, fue la que ordenó que todos lloraran tu muerte, para que Hell te devolviera a la vida.

El otro asintió.

-Exacto, no quiero que se entere de nuevo hasta que no esté en Jotunheim -suspiró-, me gustaría decírselo ya, pero sé que, si lo hago, me encerraría en Asgard, para evitar que nada me hiriera de nuevo… Hablando de eso.

Se acercó entonces a la cocina, tomó un cuchillo, extendió su brazo, y empezó a pasar su filo por la piel. Ella le miró con pavor, hasta que vio que el metal del filo se empezaba a romper, abollándose y quedando totalmente quebrado y lleno de irregularidades. Fue probando uno por uno, hasta que sólo le quedaron dos o tres. Suspiró un poco.

-Sigo siendo invulnerable… -murmuró, mirando a Samirah- ¿Me dejas tu espada de valquiria? Por favor.

Le tendió la mano, y ella, suspirando, le dio su hacha. El otro la miró con cierta sorpresa, pero la aceptó. Su acero, forjado en el Valhalla, era especial, mágico. Si eso tampoco le hería, implicaría que, definitivamente, seguía teniendo la protección de su madre. Luego cayó en una cuestión.

-Uno de tus amigos… dijiste que portaba a Sumarbrander, ¿verdad? -preguntó- La espada de Frey.

Ella asintió.

-Se llama Magnus -comentó ella-. De hecho es el hijo de Frey. Llamamos a la espada Jack.

El otro la miró con cierta diversión.

-¿Y a Sumarbrander le gustó ese… apodo?

-Se lo puso a sí mismo, casi -murmuró Samirah-. De todas formas, están bastante unidos, aunque de alguna forma se separarán, y acabará en las manos de Surt.

Baldr asintió, pensativo.

-Me gustará conocerle -miró por la ventana de reojo-, iremos en avión, ¿no?

Sin embargo, la otra le miró con cierta sorpresa.

-¿Pretendes pasar por la aduana con toda esa comida?

-¿Y por qué no?

-Hay mucha seguridad en los aviones -explicó ella-. Tendremos que facturar la maleta, la revisarán, y como vean algo que no les gusta lo requisarán, y puede que nos llamen la atención.

-Entiendo… -Baldr sonrió algo-, viajaremos usando a Yggdrasil, pues.

-¿El árbol de los mundos? -preguntó- La última vez que fuimos, una ardilla gigante casi nos devora.

El dios se rio con cierta diversión.

-Eso es porque no levaste unas bellotas para Ratatosk -comentó-. Tuvisteis suerte de que ese día el halcón Vedrfölnir estaba dormitando entre las hojas de la copa, porque os hubiera dado problemas.

-Si la ardilla es grande como un coche, ese halcón debe ser…

-Creo que los llamáis helicópteros -comentó-. Esos aparatos que pueden volar en vertical y tienen una rueda en lo alto que gira sobre sí misma.

Samirah asintió, y se estremeció un poco. Pero el otro parecía tranquilo con la idea.

-Son sólo los guardianes del árbol, no nos harán nada mientras no hagamos nada -explicó-. Suelen merodear cerca de la entrada a Asgard y Jotunheim, así que no deberíamos tener problemas con ellos.

-¿Suelen? ¿Es que les conoces?

El dios no llegó a responder, y se limitó a preparar una bolsa con todo lo necesario para el viaje. Ella se preguntó, entonces, como harían para llegar hasta el árbol mágico, pues debía haber, necesariamente, una puerta cercana. Recordó entonces que él y su esposa, Nanna, habían vuelto desde Helheim, el mundo de los muertos, puede que hubiera…

-¿Has caído ya?

Ella asintió, pensativa.

-Ascenderás por el árbol desde el acceso al reino de Hel hasta Midgard, y desde allí, nos lanzaremos a tierra… podemos caer en cualquier parte.

Pero el otro negó.

-La magia del árbol nos llevará allá donde queramos, o debamos, estar -explicó, mientras llenaba la bolsa de viaje-. Nos llevarás volando a través de las ramas, aunque tendrás que evitar las fauces del dragón Nídhöggr, aunque conmigo no se atreverá.

Ella se estremeció.

-¿No se supone que Heimdall le impide mordisquear las raíces de Yggdrasil?

El otro asintió.

-Tú lo has dicho, se supone, y también que estaría vigilando Bifrost -golpeó la mesa con el puño-, pero en lugar de eso, está todo el día mirando a la nada, con ese cacharro en la mano, sacándose lo que llaman fotos…

El tranquilo dios Baldr, por fin mostrando su genio. Suspirando, miró a la otra con cierta vergüenza, y siguió con su trabajo. Samirah le miró, pensativa, y se decidió a hablar.

-No sé si le hablé de la profecía que nos está guiando -dijo, llamando su atención-, el principio decía El nuevo y el muerto reyes serán, tras caer sus ancestros en la batalla y sus padres fallar… Puede que el muerto sea usted.

Pero Baldr negó.

-Se supone que yo no resucito hasta Ragnarok, lleva siendo así desde hace más de mil años -le espetó-, no digas tonterías…

-Pero, ¿quién más puede ser? -hablaba ella-, es…

Pero el otro la cortó, limitándose a darle una bolsa, ya llena, mientras él seguía llenando una segunda. Tenían de todo ya, entre lo comprado de comer y la ropa, así que solo tenían que salir. Baldr recordaba perfectamente dónde apareció, desnudo, junto a Nanna. Era un bosque cerca de una granja, a cincuenta kilómetros de Oslo. La anciana que vivía por allí les ayudó bastante, y les consiguió algo de ropa, comida, y un lugar en el que comer. A partir de ahí, sería su esposa la encargada de darle una vida más o menos falsa, pero ahora llevaría a culmen su destino.

-Iremos volando, ¿nos podrás acercar? -preguntó él, ya bajando por el ascensor-, yo te indico.

-¿No… podríamos ir hasta allí así? -preguntó de pronto ella- Digo, ir volando hasta donde están los demás…

Pero Baldr negó.

-Llamaríamos la atención de los seres del cielo, y otras valquirias podrían vernos -respondió-, iremos cerca del suelo, o, mejor, a caballo, hasta el bosque.

La chica suspiró un poco, y asintió. Aunque no quisiera, tendría que adaptarse a lo que dijera el dios. Acabarían yendo así, estaba bastante segura de ello, pero no sabía de dónde sacarían las monturas.

-Prefiero transformarme en un pájaro e ir aleteando cerca de los edificios -respondió ella-,Us-tú puedes, verdad?

Baldr suspiró, y asintió.

-Usa tu magia para guardar nuestras provisiones, y adelante.

Siguiendo la orden, ella empequeñeció las bolsas, así como sus armas, y pasó a ser una paloma, siendo imitada por Baldr. Este, pensaba Samirah, debía creer que todas las valquirias podían, o al menos la de su época, pero en realidad esa habilidad veía por ser hija de Loki, no de ser una valquiria. Se lo tendría que decir, tenía que hacerlo.

-¿Te sucede algo, Samirah?

-Estaba… pensando.

-¿En?

-Mi padre… -murmuró ella- El divino, digo…

-Eres hija de Loki, ¿no?

Ella le miró, con sorpresa. Ya para ese momento sobrevolaban Oslo, guiados por Baldr, para llegar hasta el bosque. Llegarían en media hora, o cerca.

-S-sí…

Y se quedaron en silencio, aunque el otro no parecía molesto en absoluto. De hecho se dedicó a contar sus aventuras, cuando no era más que un joven dios que poco sabía de la vida, cuando iba a cazar osos con Thor y Sif, o cuando ayudaba a las parturientas, o sus aventuras con Frey, Freiya y Skvasir, cuando aún Odín no le había vuelto hidromiel.

Entre estos temas llegaron finalmente a aquel bosque, un rato más tarde. No tuvieron mayores problemas, más allá de algún halcón que se les quedaba mirando un par de segundos más de lo normal, pero con los que no tuvieron altercado alguno, hasta que llegaron a las cercanías del bosque, en medio del campo, lejos de las miradas humanas. Descendieron, y según tomaban tierra, volvieron a tener forma humana.

-Bien, dame las bolsas -dijo él-. Cargaré con ellas.

-Pero…

-Insisto -murmuró él, sonriendo- Soy el dios aquí, y un hombre.

Sin más, tomó los equipajes de las manos de ella, y se las puso al hombro, mientras se introducía en el bosque. Ella sonrió un poco, era un verdadero caballero, aunque se supone que era ella la sirviente, pero suponía que así era él.

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Durante el viaje en barca, Bianca hizo bastantes preguntas, sobre todo y especialmente al final de cómo había avanzado la vida en los Campamentos. Se sentía mal por su hermano pequeño, pero ya poco podía hacer al respecto, a decir verdad. También por los demás semidioses, que se habían enfrentado a tantas cosas sin que ella estuviera presente, por las pobres jóvenes que habían aceptado ir con Artemisa…

-Espero que al menos, tras esto, la situación mejore…

Su hermano suspiró.

-En realidad, poco o nada lo hará -murmuró-. Tras ganar a Cronos en Manhattan se suponía que nos reconocerían a todos, pero no fue el caso. Y tras derrotar a Gaia en Atenas, tampoco hubo diferencia alguna…

-Eso siempre, chicos -comentó entonces Augusto-, nunca os fieis de ellos, mirad cómo acabé yo.

Señalándose a sí mismo, se rio un poco. Su sentido del humor sin duda… era algo particular.

-Hablando de dioses -dijo Jamily-, ¿Cómo nos aseguraremos que nos dejarán salir de aquí, sin que nos traten de matar? En especial a mí.

-Deberíamos buscar una salida no oficial cercana a la costa… -murmuró Hazel- Seguro que, entre los salientes de este mar, hay algo.

Augusto asintió, mientras señalaba en una dirección, hacia una zona con colinas.

-Por allí hay una serie de cuevas, con largos túneles, que forman una salida natural -explicó-. Podremos aprovecharlas, aunque a saber por dónde salimos, tendríamos que usar magia para que nos lleve a donde queremos en concreto.

-De eso me encargo yo -dijo Nico-, tú llévanos a esas cuevas, por favor.

El esqueleto, sintiéndose útil, sonrió. Su cuerpo iba recuperando aspecto humano según, al parecer, volvía a tener sus recuerdos de cuando vivía. Fueron navegando hasta llegar a la orilla, sin sufrir un solo ataque, donde desembarcaron. Según pisaron la arena, una sensación de alivio les embargó, sabiendo que poco más podría pasarles, o eso deseaban, pero pronto abandonaron la playa, entrando a los campos Asfódelos como tal, formado por tierra, césped negro y algún que otro árbol. Aunque no entrarían demasiado en ellos, sólo siguieron la línea de costa hasta llegar a los montículos, donde vieron grandes hendiduras en sus laterales, iluminados estos por fuegos fatuos.

-Es aquí, chicos -murmuró Augusto-, serán laberínticos, id con cuidado para no quedaros atrás y…

Iba a seguir cuando oyeron un relincho, para ver una estela dorada desaparecer por el horizonte. Hazel, que iba la última, se limitó a suspirar un poco, cansada.

-A Arión no le gusta los espacios cerrados…

Limitándose a encogerse de hombros, los demás entraron a los pasillos. Eran idénticos a los de la Casa de Hades de Mérida, así que se limitaron a recorrer los angostos pasillos, esperando encontrar una fórmula parecida a la del antro por el que entraron. Era verdaderamente laberíntico, pero, de alguna forma, Augusto era capaz de orientarse en su interior. Apenas recorrió cincuenta metros, cuando ya supo por dónde se iba, y les dirigió, raudo y sin dudar, por los corredores, hasta llegar a una plazoleta. Era bastante amplia, con baldosas y ladrillos púrpura, fuegos fatuos iluminando, y un enorme portón de hierro estigio justo delante de ellos. Un segundo esqueleto estaba sentado en una mesa, junto a un buen montón de papeles, con una pluma de ave del Estínfalo en la mano.

-¡Patricio Severo Regulus! -gritó Augusto- ¡A mis brazos, Patri!

-¡Augusto Remulo Berilio! -exclamó el otro- ¡A mis brazos, Augu!

Y se fundieron en un amasijo de húmeros, radios y clavículas, aunque Patricio se dio cuenta de inmediato de un detalle.

-Oye… tienes carne de nuevo… -murmuró- ¿Tienes fiebre, estás bien?

-Mejor que nunca, mi querido Asterión, el Argonauta -le saludó, sonriendo- Hijo de Anfilón y Antígona, y por tanto, nieto de Zeus.

El aludido le miró con sorpresa.

-¿C-cómo?

-¡Lo que oyes! -le dio- Gracias a estos jóvenes, he ido recuperando poco a poco la memoria, y mis poderes de semidios.

-D-Dimestres… -murmuró Asterión, en cuyo rostro se formó algo de piel- El hijo de Hermes…

-El mismo -miró a los otros chicos- ¿Me harás el favor de dejarles pasar al mundo de los vivos?

Asterión les miró, con interés.

-Lo son todos, salvo la joven -comentó-, aunque me comunicaron desde arriba que una tal Bianca Di Angelo volvería a la vida, de forma excepcional.

La aludida dio un paso al frente, y miró al esqueleto. Sus ojos, dos orbes flameantes como los de Augusto, la miraron con marcado interés.

-Entiendo… En ese caso, podréis pasar -dijo Asterión, mientras se acercaba a su mesa-. Pero, Augusto, no sé si tú podrás pasar…

El otro negó.

-Tengo que ir hasta una Casa de Hades, me dieron ese trabajo -explicó-, así que realmente tengo que salir del Inframundo, no pertenezco aquí.

El otro sonrió un poco, poco a poco su cuerpo iba adquiriendo aspecto humano.

-Propio de un hijo de Hermes -comentó-, siempre buscando la manera de salirse con la suya- dijo.

El otro se rio, y entonces, procedieron a pasar las puertas, tomando los tiradores de calaveras de las enormes placas de acero, y abriendo poco a poco el portal. En cuanto pudieron cruzar, atravesaron dirección hacia el reino de los vivos, mientras Asterión contemplaba las luces violetas que emanaban del portal, junto con fuegos fatuos, cerrando inmediatamente, evitando que nada más pudiera salir de allí.

Formaba parte de los protectores de las muchas puertas del Hades, Augusto era otro de ellos, unos permanecían en el Inframundo, mientras otros custodiaban las Casas. Los segundos, realmente, no pertenecían al mundo de los muertos, pues no estaban vivos, pero tampoco habían fallecido. Eran no muertos, reanimados por el poder de Hades para cumplir sus designios, aunque eran independientes de este. En teoría, claro.

Pensaba en ello Augusto, cuando volvieron hasta las catacumbas de la Casa de Hades de Emérita. Tocó las paredes con interés, y sonrió ligeramente. Mientras recuperaba sus recuerdos, volvía poco a poco a adquirir un aspecto humano, y, había que decirlo, el proceso se aceleraba con el pasar del tiempo. Su rostro ya era completamente humano, y su cuerpo empezaba a adquirir volumen, aunque lentamente.

-Hemos vuelto…

En apenas diez minutos, habían vuelto hasta la sala de entrada, donde seguía todo tal cual lo habían dejado, horas antes. O ellos creían haber tardado horas, los tiempos en el Inframundo funcionaban de forma diferente al de la Tierra. Iban a salir, cuando escucharon el sonido de replicar de monedas, así que se giraron. Vieron a Augusto, con un saquito con monedas, y se las devolvió a Jamily, que las recibió.

-Esto, por devolverme la memoria -dijo-. Es lo mejor que puedo hacer.

Las puertas, entonces, se abrieron, y la luz del Sol iluminó la estancia, llenándola con su luminosidad, y dejando ver que ya era la tarde, pues los rayos eran sobre todo dorados. Sus estómagos rugieron de golpe, y, suspirando, salieron hacia el mundo de los vivos…

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Mientras, Samirah y Baldr habían llegado hasta una pequeña cabaña, habiendo cruzado unos cien metros del sendero del bosque, donde una anciana tejía junto a sus dos gatos. Era francamente adorable, tenía el pelo gris bien arreglado, vestía una camisa de manga larga, vaqueros, sandalias, y estaba preparando unas telas de color rojo. Los animales, según ellos se acercaron, corrieron hasta Baldr, que tomó a uno de ellos en brazos, mientras se dejaba lamer por el animal, llamando la atención de la anciana.

-¡Ah, querido! -comentó- ¡Has vuelto para verme! ¡Y te veo bien acompañado!

El otro asintió.

-Te presento a mi amiga, Samirah -la presentó-, esta agradable señora es Vanari Skolmerson.

La chica la saludó, afable, y la mujer le devolvió el gesto.

-Veo que a Syadi y Stadi le caes bien, señorita Samirah -dijo Vanari, viendo cómo los animales se restregaban con las piernas de ella-. Esa es buena señal.

-Señora Skolmerson, iré al lugar donde me encontró -explicó él-. Tenga cuidado, y no se acerque allí, ni avise a nadie, ¿de acuerdo?

Ella le miró con interés.

-¡Oh, pero es un lugar peligroso! -exclamó- Además, seguro que a su esposa esto no le parece bien.

Baldr asintió.

-Lo sé, y sí, ella no está especialmente contenta con esto… -murmuró- Pero debo hacerlo.

La anciana asintió, y entonces se levantó, tranquilamente, e indicó a los otros dos que entraran a su casa. Esta, de madera, tenía un solo piso, bien amueblada con una despensa, frigorífico, una tele, sofá, una radio, y un botiquín a la vista. El cuarto de la mujer estaba al fondo, junto al baño, y en el centro del salón tenía el bebedero para sus mascotas, una cama con manta para ellos, y un rifle en lo alto del dintel de la puerta. Nunca se sabía cuándo se iba a necesitar…

-Bienvenidos a mi casa, chicos -dijo ella-. Bueno, bienvenida Samirah, Tomatson ya ha estado aquí.

La aludida asintió, claro, la mujer no podía saber que estaba ante un dios nórdico resucitado. La mujer apareció, instantes después, junto a un par de jerséis de lana con un reno con la nariz redonda y roja, junto a una bolsita de viaje.

-Quería mandaros esto por correo, a ti y a tu esposa, pero supongo que ya os lo puedo dar, querido -dijo ella-, es un regalo, acéptalo.

Baldr tomó los presentes, con cierta vergüenza, pero agradecido. Samirah, por su parte, le sonrió a la agradable anciana, que les despidió desde el dintel, con una sonrisa, mientras se recostaba sobre una de las maderas. En cuanto llegaron al sendero, una ligera lágrima apareció en el ojo de la mujer, que se la retiró con el dedo, mientras un halo brillante la cubría. Creció en altura, su pelo pasó a ser rojo, y sus ojos se encendieron de juventud. Frigg suspiró pesadamente, mientras veía como el otro se alejaba a paso lento pero firme.

-Ojalá estas vez no te pase nada… -murmuró, sus gatos también adquirieron su tamaño usual, y se sentaron a su lado- Lo prometiste, Odin…

El dios apareció detrás de ella, con su único ojo mirándola. Tenía puesta su armadura, con la lanza Gugnir en la mano. Dudo en si posar una mano en el hombro de la otra, pero se abstuvo a ello.

-Yo… debo volver a Jotunheim con nuestro hijo -respondió, simplemente-. Baldr estará bien, sigue con la protección mágica de tu hechizo.

Ella ni se giró.

-¿Fuiste tú, el que ordenó que resucitara?

Pero Odín negó.

-Fueron las Nornas, las que bajaron a Hell, y le dieron la indicación a la diosa Hela -explicó-, no sé qué le prometerían para que accediera, puede que simplemente la amenazaran con un destino horrible…

Desapareció en el aire, y la mujer, suspirando, recuperó el aspecto mortal que hasta entonces había tenido. Acarició la cabeza de uno de sus gatos, que se rascó con la palma de la mano de ella, y procedió a seguirla, recuperando el tamaño natural de uno normal.

Mientras, los otros dos ya andaban por los senderos del bosque, cada vez más espeso, profundo y oscuro, con los sonidos de fondo de los animales, y el tacto de las plantas y helechos en las manos y piernas de ellos. Siguieron, hasta una zona con una caverna, justo debajo de un gigantesco roble, cuya tronco, ancho como varias personas una al lado de la otra, se elevaba unos quince metros, con una copa amplia y frondosa, y cuyas raíces servían como puerta de la caverna.

-Salimos de aquí… debe ser un pasadizo a Hell, por eso no quería que aquella mujer viniera -aseguró-, aunque nuestro destino es subiendo por este árbol…

Samirah observó su copa, y se fijó en una ligera luz, no natural, que venía del mismo.

-Es una de las raíces de Yggdrasil, bueno, una punta secundaria de una de sus raíces -afirmó el dios-. Subiremos por el hasta llegar al árbol del mundo, y entonces, iremos a la parte de Midgar.

-Me sorprende que haya aquí un pasadizo a Helheim -murmuró Samirah-, pensaba que en Midgar sólo había entradas a, precisamente, Midgar.

Pero el dios negó un poco, mientras buscaban una forma de subir.

-Es lo más común, pero a veces, hay puntos comunes -afirmó-. Si en lugar de subir, bajáramos, llegaríamos hasta el reino de Hela, pero sinceramente, no tengo demasiadas ganas…

Se enganchó a una rama, y procedió a levantar su cuerpo, mientras Samirah escalaba por otra parte. En breve subieron hasta la copa, y observaron el portal que llevaba hasta Yggdrasil. De la mano, se internaron en el mismo, preguntándose qué se encontrarían allí. Bueno, lo sabían ya, pero deseaban no tener que enfrentarse a nada demasiado serio.

Según pasaron, aparecieron en una de las enormes raíces del árbol del mundo, con bruma por todos lados, y el fuerte y desagradable olor del dragón Nidhöggr, que se enroscaba en torno a la raíz, era tan enorme que se le veía desde donde estaba. Era negro, de ojos púrpura y con un gran aliento de llamas, mordía con ganas, pero no llegaba a avanzar demasiado. Como estaba hacia la derecha, decidieron ir a la izquierda, esperando así poder subir.

Escalaron a paso ligero, con la valquiria volando cerca del dios en todo momento, que, si bien podría transformarse para poder volar también, prefería hacerlo así. Según él, no llamaría tanto la atención, y entrenaría algo los músculos. Los iban a necesitar en la tierra de los gigantes, al parecer. Samirah debía reconocer que era alguien aguerrido, decidido y bastante agradable, merecía sin duda la pena.

Viajar así era, sin duda, mucho más sencillo. Baldr avanzaba muy deprisa, se notaba que era un dios, cuando tuvo que ir con Magnus, Blitzen y Hearts tardó mucho más, pero ahora en apenas tres cuartos de hora había llegado a la primera sección de la parte de Midgar, saltando de rama en rama, y aterrizando sin demasiadas dificultades. Sin embargo, el dios se sentó al borde de una de ellas, y ella, con interés, se colocó a su lado.

-¿Sucede algo?

-Estaba pensando, es todo… -murmuró- ¿Cómo se supone que les convenceré?

Ella se encogió de hombros, no sabiendo muy bien qué decir.

-Tampoco lo tengo claro…

Baldr sonrió algo.

-Loki seguro que podría… -dijo- Siempre fue el más listo.

-Y un capullo.

Ella bajó el rostro, entonces, le había salido de lo más profundo. Pero el otro no parecía molesto por ello.

-Ya… ¿Sabes dónde está?

-Encerrado en una bellota, logramos evitar que sucediera Ragnarök -respondió-, y dudo que le dejen salir en una larga temporada…

-Entiendo… No cuentes con que nos ayuden -añadió, al rato, Baldr- Creo… que la mujer de antes era mi madre, Frigg, que nos echó una mano desde las sombras.

-¿Por qué iban a no hacerlo?

-Los dioses somos así.

Sin añadir nada más, se levantó, y la ayudó a ella a incorporarse, con una sonrisa. Tomándola por la espalda, miró un poco hacia el fondo.

-Bien, ahora bajaremos dejándonos caer -dijo-, no sé si alguna vez lo has hecho.

Ella suspiró.

-Normalmente vuelo, para ir a los sitios… -comentó- Si me entra miedo, es posible que de forma natural comience a volar, sin desearlo, y…

Antes de que ella pudiera decir nada, el otro la tomó de los brazos, y saltó hacia el vacío. Un largo chillido salió del fondo de su garganta, mientras el dios sólo se reía un poco, atravesando como un rayo el mar de nubes de Yggdrasil, yendo directos hacia Midgard, o eso esperaba Samirah, que también pensaba con todas sus fuerzas que aterrizaran junto a los demás.

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En Emérita ya era casi por la noche, el Sol estaba a punto de descender por el cielo, cuando las puertas de la Casa de Hades se abrieron de par en par. A la vez, un meteoro descendía desde el cielo, cayendo al agua del embalse de Proserpina. El grupo de héroes se sorprendió por todo aquello, pues en los últimos días todo había estado súper tranquilo, no teniendo que hacer absolutamente nada en jornadas enteras… y de pronto, toda calma había desaparecido en una explosión de locura.

Percy fue directo hacia el agua, como buen socorrista, y se lanzó hacia aquello que había llegado, pues vieron que era alguien chillando. Los demás se quedaron mirando al extraño edificio, y comprobaron que los tres adolescentes que habían ido al Inframundo estaban de vuelta, e iban acompañados…

-Bianca… -murmuró Annabeth, mientras se acercaba- Eres tú…

Se fueron acercando los griegos del grupo, que se quedaron mirando a la chica, y que se les acercó rápidamente, abrazándose a ellos. Los demás, si bien observaron aquello con cierto interés, rápidamente posaron su vista en el esqueleto.

-Hemos descubierto algo importante, respecto a Augusto -decía Nico-, tenemos mucho de lo que hablar esta noche.

Amos iba a hablar, cuando escucharon que Percy volvía junto a Samirah, y a un hombre joven. Estaban totalmente empapados, pero parecían satisfechos, al menos hasta que ella se dio cuenta que se marcaban totalmente sus curvas, así que se refugió tras el hombre, que se estaba retirando la ropa. Anubis le miró con interés, mientras olisqueaba el aire con cierto interés.

-¿Quién es ese tío? -preguntó con interés Flavianna, mientras se cruzaba de brazos- Parece importante…

Antes de que nadie pudiera comentar nada, Magnus se vio arrastrado por su colgante, Jack, que le empujaba con vigorosidad. Tuvo que ser ayudado por Mallory y Blitzen, la primera sujetándole y el segundo retirando la cadena, liberando a la espada mágica y permitiendo que volara lo que quisiera.

Jack tiró al recién llegado al suelo, mientras el otro se reía un poco, acabando de nuevo en el agua, mientras la espada giraba a su alrededor, con la runa de Frey brillando en su hoja, yendo a toda velocidad en torno a su pecho.

-¡Me alegra verte de nuevo, Sumarbrander!

La espada desde luego estaba en el mismo estado.

-¡Has vuelto, Baldr, cuántos siglos sin verte!

Los demás se les acercó con interés. Finalmente había llegado aquel dios que, primero murió, y ahora caminaba de nuevo entre los vivos. Sin embargo, no tenía pinta esa de ser la última sorpresa.

-Por cierto, ¿qué hace Augusto aquí, con nosotros?

Esa pregunta de Aelita era bastante pertinente, a decir verdad. Sería el propio esqueleto el que respondiera.

-De hecho mi verdadero nombre no es Augusto, pero prefiero que sigáis llamándome así, demasiados siglos ya -comentó-, mi verdadero nombre es Dimestres, hijo de Hermes.

Los demás se miraron, no les sonaba en absoluto, así que tendrían que hacer alguna que otra llamada, al Campamento Mestizo en concreto. Sin embargo, Annabeth ya estaba revisando entre sus cosas, con unas muy interesadas Aurora y Flavianna, junto con Jeremy y Anubis, mientras los egipcios se dedicaban a charlar animadamente con Baldr.

Desde luego, era un grupo bastante unido, notó Amos, mientras se acercaba a las puertas de la Casa y las cerraba. Sí, había muchas cosas de las que hablar, pero tenían la noche por delante. Y seguramente alguno de los del grupo ya tuviera en mente cual sería el siguiente destino de la misión, seguramente algún lugar del mundo nórdico. Si bien él los desconocía, esperaba poder estar listos para ello, de alguna forma.

Aún de cháchara, se sentaron en torno al fuego, estaba casi todo listo ya, así que sólo quedaba cenar. Se habían organizado bien: tiendas de campaña formando grupos, con una pequeña empalizada rodeándoles, y con sillas y mantas colocadas en torno a unas fogatas. Habían comprado comida de todo tipo para todos los presentes, aunque los celtas habían cazado y pescado un par de piezas en esos ratos, así que tenían cosas que comer.

Juntaron, además, todas las viandas que habían traído Samirah y Baldr, y pudieron cenar bastantes todos ellos, charlando animadamente entre ellos, bajo las estrellas, en la que puede que fuera una de las últimas noches tranquilas que tendrían durante la misión. No fue hasta que terminaron, cuando ya estaban recogiendo los platos y cubiertos de plástico para tirarlos luego, que decidieron que era el momento de hablar de la misión de nuevo.

-Para los que no lo sepan, este hombre es Baldr, un antiguo dios nórdico -comenzó Samirah, señalando al aludido-. Murió hace miles de años a manos de mi padre, Loki, aunque ahora ha resucitado, y…

Alex levantó la mano en ese instante, la mujer suspiró, y le indicó que hablara.

-No nos guardes rencor, tío -pidió esta-, pero se supone que, efectivamente, tendrías que seguir muerto. ¿Has hecho algún trato chungo o algo?

Magnus suspiró, mientras se rascaba nervioso el brazo. Mallory, antes de que nadie más hablara, intervino.

-Eso es lo de menos ahora mismo -dijo ella, seria-, porque ahora, tenemos a otro dios más, que es este chico, Erik.

El aludido se levantó, mientras Mallory seguía hablando.

-Es un hijo de Zeus y Metis, hermano de Atenea, y, en potencia, el dios más poderoso de su panteón… -suspiró algo- Así que esto no es tan raro, dado que él no tendría ni que existir.

Hubo un ligero silencio, con algo de tensión en el aire, hasta que Zia se atrevió a intervenir.

-Se supone que nada de nuestro mundo debería existir, y aquí estamos -dijo ella, seria-, si están aquí, por algo debe ser. Ya nos enteraremos de su parte en todo esto, ¿no dijisteis que vuestras profecías eran siempre muy enigmáticas, y no se comprendían hasta prácticamente el final?

Eso era verdad, y además, habían cumplido con la primera parte de la misión ya, recuperar los anillos de Urano. La cuestión ahora, y dada la aparición de Baldr, era llegar hasta el mundo nórdico, y tomar las grandes armas de ese mundo. Para aquello, el dios tenía una idea bastante interesante.

-Thor y Odín estarán en Jotunheim entrenando -dijo-, iremos allí y les convenceré para que me den sus armas. ¿Tenéis alguna forma mágica de viajar largas distancias?

William intervino.

-Precisamente esta gente, los egipcios, tienen un barco que les lleva a cualquier masa de agua -decía-, mola bastante.

-Perfecto, porque, para poder ir allí, tendremos que viajar por algunas zonas de mar… algo peligrosas -murmuró Magnus-, aún recuerdo cuando tuvimos que usar a Jormungandr para impresionar a Ran…

-¿Y que ella os dejara pasar? -preguntó- Supongo que la diosa Skadi también os daría algún problema por allí.

El otro asintió.

-En fin, tenemos que movernos rápido, antes de que se vayan de allí, ¿no? -preguntó Jeremy, entonces, estirándose-, dudo que estén allí mucho tiempo…

-Pienso igual, la verdad, además, se moverán mucho y a menudo, para evitar ser atacados por demasiados gigantes -respondió Baldr-, de hecho, no me sorprendería que fueran también a por los gigantes de fuego.

-En todo caso, creo que es evidente que usaremos nuestro barco -dijo Amos, sonriendo-, y en tierra, usaremos la autocaravana. Leo ha estado trabajando a destajo con Jeremy, Mallory y Ulrich para ayudarle, la tienen prácticamente lista ya.

El primero se levantó, sonriendo, y se acercó a un lateral. Junto a Beatrice, retiraron una gran manta blanca que cubría un aparato enorme, y destaparon el aparato. En esencia, por fuera no parecía muy diferente más allá de ser un par de metros más larga, pero rezumaba magia por todas partes, era tan evidente que hasta los que no tenían ni idea de aquello podían sentirlo con bastante claridad.

-¡Os haré un tour, aunque aviso, será largo!

Abrió la puerta, con los honores de Carter, que sonreía, y les fue indicando cómo era el aparato por dentro. Había dibujados glifos por paredes, techo y suelo, con la parte del conductor y copiloto ampliada, sillones cómodos y una mejora en dirección y para conducción. Avanzaron en dirección a la parte media, y se fijaron en que era bastante más grande por dentro que por fuera, pues parecía el vestíbulo de una casa: tenía varios sillones-cama, frigoríficos y una cocina completa, habiendo más adelante varios dormitorios con camas en columnas una encima de otras, mientras otras tantas se ocultaban en las paredes.

-Pero lo mejor viene ahora… ¡la armería!

Efectivamente, tenían armas mágicas de todos los mundos con los que ahora estaban, y que muy amablemente ayudó a forjar Blizten junto a Katherine, Kebin y Bryan. Había espadas, arcos con flechas, escudos, lanzas, dagas… desde luego tenían para tener preparado un ejército completo.

-Tenemos también una despensa hasta arriba de cosas, y huecos libres para que se nos puedan unir más gente, porque seguro que pasará -murmuró Leo, orgulloso-. Tranquilos, pagó Carter.

Este suspiró, y los demás se rieron un poco, venía bien tenía ayuda económica en aquellos momentos. Estaban bastante preparados, más que otras veces, cosa sorprendente. Siempre iban a la aventura, siempre se les liaba de alguna manera o tenían alguna complicación… y esa vez, por ahora, no parecían tener demasiadas.

-Podríamos salir mañana por la mañana, la verdad -comentó entonces Amos-, ¿os parece bien?

Los demás asintieron, conformes. Miró a Augusto, este parecía mirar todo con bastante interés.

-¿Tú vendrás, entonces?

El aludido se giró, y le sonrió un poco.

-Tengo cuentas pendientes con mi padre y mi abuelo, la verdad… -murmuró- Pero me da miedo poneros en el punto de mira del Olimpo.

-Ya lo estamos, por mi culpa… -murmuró Erik- Así que por una razón más, no debería pasar nada.

El otro asintió, pensativo, y asintió, despacio.

-Miradlo por el lado bueno, yo no necesito comer o dormir -dijo-, ¡soy todo ventajas, señores!

Y soltaron otra carcajada más. Esperaban que no fuera la última, pero nunca se sabía en una misión así.

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Lejos, en Jotunheim, Thor estaba ya comiendo de los restos de una de sus cabras, mientras se calentaba al fuego, observando sus llamas en silencio, perdido en sus pensamientos. Estaba tan centrado, que dio un pequeño respingo cuando sintió a su padre sentarse a su lado, al que miró, con cierta molestia.

-¿Dónde estabas? Te iba a dejar algo de carne, pero tardabas mucho…

El otro suspiró, arrancó un trozo de pata, y se limitó a comer en un silencio que poco duró.

-Estaba viendo a Frigg -murmuró-. Baldr ha resucitado…

Thor se atragantó, entonces, nervioso.

-¿Cómo?

-Lo has escuchado bien. Eso rompe el equilibrio, y lo sabes… -su único ojo brilló un poco- Ya sabes cual es mi postura, ¿no?

Thor asintió, despacio.

-Pero… ninguno de nosotros podría acabar con él, padre.

-¿Piensas en soltar a Loki de nuevo? -preguntó Odín, serio- Es peligroso, hijo, y ya mató a Baldr en su día. Además, apoyaría al Caos primordial casi seguro.

El otro se rascó la cabeza, algo nervioso.

-¿Entonces? ¿Qué propones?

-Bueno… por aquí hay mucho muérdago -dijo el mayor-, pule a Mjolnir con el, y se lo lanzarás directo al pecho, ¿entendido?

El otro no parecía demasiado convencido, pero acabó asintiendo.

-Con lo que lloramos su muerte… y ahora me pides que lo mate…

-¡Pues es lo que hay! -gritó Odín, incorporándose de golpe- ¡Lo harás, Thor, o lo haré yo mismo! ¡Y Frigg no puede enterarse, o querrá matarme!

-Pero, padre, puede sernos de gran ayuda, y…

-Quiere quitarnos nuestras armas, hijo -le espetó-, quiere usarlas para ir a por Caos, ¿te imaginas quedarte de nuevo sin Mjolnir? ¿O lo que pasaría si perdiera a Gugnir?

El otro frunció el ceño, con fuerza, y asintió, despacio. Sabiendo que le había convencido, el otro se sentó de nuevo, y procedió a comer, mientras el frío viento les envolvía.

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(1)

La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.

Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!