Enemigo primordial
Capítulo 37
El grupo montó en el campamento base en Midgard un enorme horno industrial, cuyo fuego brillaba con la intensidad del Sol. Habían juntado mucho carbón y madera, y habían colocado todos los anillos en un solo sitio, cerca del enano Blizten, y que se había dedicado a observar aquel fuego, en un silencio sepultar tan atronador que ponía nerviosos a todos. Seguía sin ver bien el plan de Hearths de potenciarse con magia usando a Mimir. Ya una vez lo habían hecho y había acabado mal, ahora a saber qué iba a pedir a cambio. Sin embargo era la única forma de poder entrar a Asgard, tener una magia similar a la de Odín, el Allfather, pero en especial para moverse y salir de allí cuando tuvieran sus objetos de deseo, las armas nórdicas.
Y por supuesto, recuperar a sus compañeros. Los einherjar del grupo, Magnus, Alex, Mallory, Patrick, TJ y Medionacido estaban con los aesir. No por gusto, es que habían sido obligados a ello. Samirah, como valquiria, también estaba bajo el poder del dios, sin embargo, era la subordinada también de, por un lado, Freyja por ser la reina de las suyas; y por otro, de Nanna, como la protectora de su marido Baldr. Precisamente ella estaba de guardia, pues estaban no sólo al pendiente del enemigo norteño. Las cazadoras de artemisa iban también a por ellos, pero en su caso iban en especial tras Erik.
-Somos especialistas en ganarnos enemigos… -murmuraba ella, para sí- No sé ni cómo saldremos de esta.
Se encontraba a solas, mientras los demás descansaban un poco. Al otro lado del campamento estaba, en esas mismas circunstancias, William, con las manos tras el cuerpo. Más acostumbrados que ellos a la constante vigía, aquellos celtas parecían en su salsa, puede que les viniera bien la presencia de ellos. Si habían tenido sus asperezas con los primeros celtas que tuvieron delante, en especial por Aelita – cuya animadversión a los americanos era evidente – habían resultado ser de bastante ayuda. Habían aprendido de ellos, y al revés. Ese campamento era la muestra palpable de los conocimientos de todos aquellos pueblos ahí reunidos.
El interior estaba tan ordenado como una ciudad romana, con normas claras y concisas. Las murallas habían sido construidas siguiendo los métodos nórdicos y celtas, y el sistema de vigilancia era una mezcla entre los métodos griegos y romanos, en una mixtura entre todos ellos. Era la demostración de que podía hacerse, puede que todo mejorara una vez que aquella aventura terminara. Quería que el mundo que apareciera tras derrotar a Caos fuera mejor de aquel en el que caminaban ahora, pero dudaba que aquello pudiera pasar.
Esa misma línea de pensamiento la había transitado durante su aventura contra Loki. Y las cosas siguieron igual, o peor, que antes. Salvaron al mundo, sí, pero este no mejoró. Tampoco es que la gente en general se enterara de nada, incluso en el mundo mágico tuvo poca repercusión fuera del Hotel Valhalla. Ser un héroe… era algo poco reconocido, cansado y letal. Y ellos al menos estaban más o menos acostumbrados, pero otros muchos venían de ser, por hacer una analogía, del mundo civil. Era como meter a un muchacho en pleno combate sin recibir instrucción alguna.
Y el primero que le llegaba a la mente en esa situación era Erik. El joven, pese a ser un dios, estaba muy perdido en aquel mundo. Y aunque era ayudado por Anubis y Baldr, por supuesto por todos los demás pero en especial por ellos, seguía estando sin rumbo en aquel entorno tan diferente al que estaba acostumbrado. Precisamente él estaba de reunión con Skadi, tomando la tercera jarra de hidromiel en el castillo helado de ella en Jotunheim.
Las cazadoras habían sido expulsadas por la diosa cuando Antares, nuevamente, comenzó a increparla por no hacerlas caso y pasar de ellas. Insultada, la divinidad las echó a patadas del lugar, rugiendo como una leona y soltando una ventisca desde las manos. El chico, impresionado, dio un respingo en el sitio y se quiso echar atrás, pero Skadi, cuando le encaró, volvía a poner una suave sonrisa en el rostro.
-¿Por dónde íbamos?
-Me estabas contando cómo cazaste aquel oso ciervo gigante con solo un trozo de madera y dos metros de cuerda…
Y la diosa se dedicó, efectivamente, a contar aquella anécdota. Y otras muchas, a medida que iban bebiendo ambos se soltaban, riendo a carcajadas por los comentarios chistosos del otro. Los demás jotuns de aquel lugar se habían marchado hacía rato, sólo quedaban ellos dos, y estaban especialmente cerca en aquellos momentos, casi ni sabían qué jarra era del otro.
-Bueno, Erik -comentaba ella-, entonces vais a ir a patearle el culo al abuelo, ¿no?
-Más o menos, sí -respondió, dando un largo trago-. No sé cómo se hará, pero necesitamos esas armas, o el mundo se irá a la mierda, y no quiero eso…
Skadi le sonrió un poco.
-Las murallas de Asgard fueron construidas por un gigante, Fredstordmir, junto a su caballo gigante Svadilfari -explicó ella-, él siempre fue un gran amigo mío, hasta que el gilipollas de Thor se lo cargó al saber que era un gigante. (1)
La diosa puso mala cara entonces, recordando aquel acontecimiento. Ya estaba conociendo al que más tarde sería su marido, Njord, pero su matrimonio duraría poco. Él prefería la playa y era una diva, ella era más de montaña y toda una guerrera. Estaban destinados a no poder estar juntos, y mira que se intentó, pero simplemente era imposible. Todo por la paz, se decía a menudo a sí misma, y ese mismo mensaje se lo repetían Frigg y Freyja cuando charlaban juntas. Artemisa, en cambio, se solía mofar de ella por su mala decisión. ¿A quién se le ocurría elegir esposo mirando los pies?
-Tú eres la prueba de que ambos mundos pueden convivir, eres una aesir y una jotun a la vez, ¿verdad?
Ella le sonrió de medio lado.
-No sólo eres guapo, también listo -se echó hacia adelante, mirándole-, el tema es que los dioses mataron a mi padre, y yo me quería vengar. En secreto amaba a Baldr, me hubiera gustado ser su esposa, pero elegí mal y al final acabé con el dios del mar, Njord, digamos que nuestra relación fue… tormentosa, fue durante un concurso para elegir marido que le elegí -El otro asintió, sin embargo, ella siguió hablando-. Luego me fui aquí a vivir, sabiendo que los dos grupos de dioses vivían ya en paz y que sólo quedaba la guerra contra los gigantes, esperaba que esta situación se mantuviera constante, pero… veo que no.
-Es difícil, la verdad, no creo que se reconcilien pronto…
-Crees bien, querido -ella tomó su mano-, me recuerdas a Baldr, la verdad. ¿Tienes novia?
Y el otro se sonrojó un poco. Cuando iba a responder, mientras ella se le acercaba, un intenso viento hizo abrir las puertas de la sala donde estaban. Poniendo mala cara, Skadi miró con irritación cómo una mujer de largo pelo pardo y fieros ojos plateados, armada con una larga lanza llena de sangre y un poderoso escudo, llegaba hasta ellos.
-¡Dame a mi presa, noruega, y no levantaré mi mano contra ti!
-Me temo que no.
Skadi se había levantado, y sus ojos azules brillaron suavemente, mientras en su mano aparecía una segunda lanza. Atenea, de mala gana, tiraba su escudo al suelo, y se ponía en posición de combate.
-No puedes derrotarla… -murmuraba Erik- Ella es tan poderosa como el rey del Olimpo, y no sé si…
-Cariño, una diosecilla sureña no puede con una diosa del invierno del norte -Skadi puso cara de suficiencia-, mátame también si tienes huevos, Atenea.
La otra ni se lo pensó, y atacó con toda la violencia de la que disponía. Las dos se enzarzarían en un combate que Erik no estaba seguro si quería ver, pero el mensaje era claro. Le estaban comprando tiempo para poder escapar, y si la otra era tan orgullosa de no querer ayuda de nadie era su problema, ellos aprovecharían esa soberbia y la vencerían. Puede que no en fuerza bruta, pero sí en lo que más le iba a doler a la otra, que era ser derrotada en el campo intelectual. Dándose cuenta de aquello, la diosa se revolvió sobre sí misma y lanzó una bola de luz contra el chico, que acabó volando por el aire golpeándose contra la pared del lado contrario de la enorme sala.
Sin embargo, antes de que pudiera seguir golpeándole, Atenea tuvo que detener una fuerte ventisca por parte de Skadi, en torno a la cual habían aparecido varios osos gigantes hechos de una energía azulada, misma que desprendía la diosa. Una sonrisa de suficiencia adornaba su rostro, mientras el fuego de la mirada de Atenea se iba apagando lentamente. Se sabía no sólo en desventaja numérica, también que estaba en territorio enemigo, y que allí sus poderes eran menores. Lejos de casa y de la zona de control grecorromana, la deidad sabía que sólo podía llevar a cabo una escaramuza rápida y contundente.
Por eso, y armándose de valor, lanzó su lanza directa al pecho de la otra, que esquivó el ataque con algo de dificultad, lanzando a sus bestias contra la otra. Dio un alto salto para evitar el embiste de los osos de energía, que atravesaron una de las paredes laterales, y sin embargo notó que algo se enganchaba a su pie izquierdo. Antes de poder reaccionar se encontró en el suelo, con el intenso olor de la carne quemada llegando a su nariz, y el icor dorado manchando el suelo de aquel castillo helado.
Se levantó con dificultad, mientras la herida se curaba ahí mismo, mirando directamente a Erik, que tenía entre sus manos una larga cadena de energía centelleante, con un poco de rojez en el rostro. El chico desde luego era poderoso, si es que podía herirla de semejante manera. Se llevó una mano a la herida, casi cicatrizada ya, mientras se levantaba con ayuda de su lanza, extendiendo la otra mano cuando estuvo totalmente erguida, queriendo recuperar su escudo. Aquella batalla se esperaba complicada…
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Mientras estaban con aquel combate en Jotunheim, de vuelta a Midgard Blizten trabajaba el metal de los anillos, usaba uno de sus martillos, golpeando el metal incandescente con intensidad y trabajando concentrado, preguntándose si aquello serviría. Había tardado dos horas en hacer que se fundiera, la magia griega que desprendían eran enormes, y aunque al principio el cielo se encapotó, rápidamente volvió a brillar el Sol.
Se dedicó desde ese momento a trabajar el material, bastante concentrado en lo suyo, mientras sudaba un poco por el intenso calor. Llevaba su malla metálica para protegerse de la radiación y el calor, y para evitar hacerse daño. Como siempre bien conjuntado con una máscara de forjador, en su mono marrón llevaba varias herramientas más. Unos grandes alicates, varias lanzas térmicas, una barra para poder modificar el acero, y unos cuantos gramos de plata y platino, quería hacerlos perfectos.
A su alrededor, se habían acabado congregando todos los demás, observando cómo se comenzaba a formar una única pieza cuando todos los materiales se habían unido en una sola amalgama dorada. Incluso así desprendía un intenso poder aquel objeto, Beatrice podía notarlo perfectamente, tuvo que detener un par de veces al enano, junto a Amos, Zia y Carter, para que no saliera volando por la intensa energía. El material fue tomando forma según golpeaba y hacía que se moviera a lo largo de los surcos que formaba el diseño hecho por el enano, aconsejado por varios del grupo.
Formaría un único colgante mágico, que se enroscaría en torno al cuello de su usuario, adaptándose a su tamaño gracias a contener, entre otras cosas, el aliento de un ave, el rocío de la mañana, y el viento del norte. Según se acercaba al final los truenos retumbaron en el cielo, comenzó a hacer un intenso viento, y el Sol iba y venía de forma constante, con las estrellas tintineando con intensidad, a veces hasta la Vía Láctea era distinguible entre las nubes. El espectáculo apenas pudo ser disfrutado, dado que comenzaron a escuchar el sonido de motores.
-Creo que vamos a recibir la visita de un viejo amigo…
Annabeth había subido en un momento dado a la parte superior de las murallas, catalejo en mano, junto a Jeremy y William. Oteando el horizonte vio llegar antes a aquel grupo y se habían dedicado a preparar las defensas mientras los demás estaban entretenidos viendo trabajar a Blizten. El único, junto al enano, que ni se había enterado fue Hearths, demasiado ensimismado con ello, además de andar pensando en quienes llevar a ver a Mimir. Por eso, cuando supo que iban a ser atacados entró en pánico, no sabiendo qué hacer, hasta que vio a varios grupos ya apostados y armados.
-¿Quién se supone que viene?
-Perseo, aquel que nos enseñó sobre la existencia de los anillos que andas uniendo -Jamily suspiró pesadamente-, yo me quedaré aquí, protegiéndote, junto a Nico, Bianca y Augusto.
El enano frunció suavemente los labios.
-Pensaba que se llamaba de otra forma…
El tintineo del metal no les sacaba del foco en su tarea en lo más mínimo. La aludida se rascó la nuca, preguntándose cómo diría aquello.
-En fin, estarás a salvo, me aseguraré de ello, Perseo no podrá atacarte ni…
Mientras hablaban, el convoy se detuvo a las puetas amuralladas del campamento. Un total de dos coches y una furgoneta negra, con una corona de laurel dorada, y un par de hombres armados con armas de fuego en las manos. Del vehículo más grande se desprendía una intensa magia, no así de los turismo, que parecían totalmente normales. Del primero salió un hombre de aspecto maduro. Ojos pardos y algo de barba, tenía el pelo corto y alguna que otra cicatriz en sus desnudos brazos, con una espada de bronce celestial en la cintura y protecciones plateadas. Contrastaba bastante con el aspecto de sus soldados, que era totalmente moderno. De hecho, el héroe ni tenía un arma de fuego encima, parecía más un soldado antiguo que alguien del presente… claro que murió hacía siglos, y había vuelto gracias a que las Puertas de Hades se abrieron de par en par.
-Diría que es un placer veros de nuevo, pero sería mentir -comentó Perseo, mientras se acercaba hacia la muralla -, prometí que os encontraría, y eso hice.
-Te ha costado, varios días de hecho -le espetó Percy, mientras se cruzaba de brazos-, llegas tarde por cierto, ya hemos logrado el objetivo y…
Fue detenido por Jasón, cuando le dio un fuerte golpe en el costado para que se callara. El otro se limitó a sonreír suavemente, se colocó a una distancia prudencial, sólo deteniéndose cuando se vio amenazado por algunos arqueros del grupo, liderados por Frank, y que apuntaron hacia él. Sabían que las armas de fuego de los otros eran más potentes y precisas, y que con un solo disparo podrían matarles, pero tenían que jugar sus cartas con sabiduría. Las protecciones mágicas de Beatrice, Aelita y Zia, de todas formas, deberían protegerles de ellas. Esas fueron sus palabras, esperaban no tener que arrepentirse de aquello.
-Ya sé que tenéis los anillos, que sois muchos, y que incluso Aurora está con vosotros -apretó algo las manos entonces-, de hecho, incluso sé que hay más dioses entre vosotros, pero nada de eso es importante -llevó su mirada hacia Aelita-. Me envía Rea, quiere hablar con vosotros.
-Que venga ella, es una diosa, ¿no? -comentó Annabeth- Ella sabe que estamos de misión importante y que no nos podemos desviar.
-Yo seré el puente entre vosotros y la diosa.
Los chicos se miraron. Era claramente una trampa, quería entrar hasta allí. La razón la desconocían, puede que quisiera robarles, o abrir sus puertas mientras dormían para que el enemigo entrara durante la noche. Sin embargo, era él sólo, con una sola espada, y no parecía especialmente poderosa. Él, sin embargo, era Perseo. El héroe griego que venció a Medusa usando la Égida de Atenea, y, portando las sandalias de Hermes, recorrió el mundo para derrotar al tirano rey de su polis. Era alguien astuto y tenaz, un enemigo a tener en cuenta… y especialmente, un buen siervo de los dioses. Eso era lo que más les preocupaba, pues ellos querían ver muerto a Erik.
Por eso, los que estaban allí colocados se reunieron en una asamblea improvisada, agachados y con caras de circunstancia, sin saber demasiado bien si aquello era una buena idea o no. Tenían que decidirse rápido sobre qué hacer, pues el otro podría llegar a impacientarse, y la historia que traía no era convincente tampoco.
-Sé que miente, pero… -Percy suspiró pesadamente- Puede que nos venga bien que hable, igual se le escapa algo.
-Es evidente que miente -añadió Jasón-. No quiero que entre, si nos tiene que decir algo, que lo haga fuera.
Flavianna suspiró algo.
-Sé que es un líder mafioso en la región de Galia, ¿qué tiene contra vosotros? -preguntó- Igual si lo descubrimos podemos lograr saber sus intenciones.
-Quiere poder, y para ello es capaz de todo -intervino Aurora-, tuve que poner a salvo a unos niños por su culpa, ha tomado el mundo mágico de toda esa zona, y con el beneplácito de la titanide Rea.
Los otros se miraron, desde luego no le caía nada bien. Antes de que nadie pudiera comentar algo más, Annabeth se levantó. Se dirigió hacia la zona exterior de la muralla, y encaró al mítico héroe.
-¿Te apetecería un duelo de esgrima, Perseo? -le retó- Tú contra mí, quien pierda deberá contarle la verdad al otro.
-Bajo juramento de la Laguna, por supuesto.
-Y ante dos pretores y varios centuriones, sí.
Perseo sonrió, y mientras se acercaba a la puerta de entrada, una de sus manos se movía hacia el mango de su arma.
-Acepto.
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Mientras, Erik debía reconocer que las diosas guerreras eran verdaderamente temibles. La sala en la que discurría el combate aguantaba bastante bien los poderes de las dos, pero los golpes empezaban a hacer mella en ambas, cuyos rostros comenzaban a tener algún que otro moretón, con pequeños cortes en mejillas y labios que mostraban el icor de ambas. Como las armas se habían demostrado inútiles, pues la lanza de Atenea no era capaz de traspasar las pieles y escudos de energía de Skadi; y las espadas heladas de la norteña no eran capaces de mellar el escudo de la otra, acabaron haciendo una especie de combate de boxeo mezclado con otras artes marciales.
Los puños iban y venían de lado a lado, cargados de energía, mientras las defensas seguían altas en un primer punto. Y aunque la diferencia de poder era abismal en términos absolutos, una estaba en terreno amigo, la otra muy lejos de casa, y la nórdica tenía más dotes en el cuerpo a cuerpo que no la otra, que no tenía ese ámbito tan entrenado. Erik se había dedicado a observar aquello, buscando el mejor momento para actuar, ya sabiendo cómo podía detener a Atenea. Ni sabía cómo lo había hecho, sólo que era capaz, y lo iba a intentar de nuevo. ¿Qué podía perder? Observó a ambas darse auténticos derechazos al rostro e hígado, bufando y soltando suaves gemidos de vez en cuando, mientras recorrían la sala en aquella danza veloz, y cuyo ritmo no tenían problema alguno en seguir. Alguna que otra patada a la cabeza se empezó a ver al minuto, con enganches e intentos de mordisco en un momento dado, peleando entre ellas como dos fieras, hasta que el muchacho vio la oportunidad.
Atenea había logrado llevar contra el suelo a Skadi tras engancharla por el pecho, haciéndole un placaje y derribando a la diosa, que se cubrió el rostro con los brazos, procurando defenderse como podía de los puñetazos de la otra, así que en ese momento la energía de Erik envolvió a su hermana, a la que lanzó un lazo hecho con su magia, arrastrándola con bastante fuerza hasta una columna cercana. En torno a esta comenzó a dar vueltas hasta que estrelló su cabeza contra el hielo y la roca. Notó que la cuerda la ataba con fuerza contra la columna, haciendo un buen nudo justo al otro lado de donde ella tenía las manos, con una Skadi bastante sorprendida por la finura y a la vez fuerza del mismo.
-Estuve mucho tiempo en campamentos de verano y me enseñaron a hacer nudos marineros, le costará salir…
-¡Os voy a matar a los dos, cuando estemos en terreno neutral acabaré con vosotros, putos perros!
Pasando de la otra, Skadi besó suavemente la mejilla de Erik, que se sonrojó un poco. Tomó la mano del otro, se abrazó al otro, y fueron saliendo de allí a buen ritmo.
-No escuches a esa malfollada, guapo, y volvamos a Midgard para ir con tus amigos.
-¡YO NO SOY UNA MALFOLLADA, BRUJA! ¡TE VOY A…!
En torno a la boca de Atenea apareció una mascara de hielo, creada por Skadi, que le impidió hablar. Algo más tranquila, la norteña sacó al otro de allí, dirigiéndose hasta las caballerizas, pero que no albergaba caballos. Era un edificio de piedra y hielo, con paja y grandes troncos y ramas de pinos a modo de techo, y paredes internas del mismo material que las externas. El suelo estaba cubierto por grandes cúmulos de pasto, y varios ejemplares de oso ciervos gigantes. Efectivamente, su cuerpo era corto y poderoso, pero su rostro era más propio del de un ciervo, aunque tenían grandes colmillos y bellas astas del color de la tierra. Eran grandes y con púas, con la parte superior ligeramente redondeada.
-Normalmente cabalgo sobre el lomo de caballos gigantes, pero estas nobles bestias son más… apropiadas para este momento.
-¿Por?
Skadi sonrió un poco, le aupó a la grupa del más grande, y luego subió ella. Le dio un suave golpe con el talón en la pata delantera derecha, y el animal comenzó a moverse. Transformado en un viento helado, corrió rápidamente como si fuera, efectivamente, una suave brisa fría, sólo pasando a una forma física cuando se impulsaba y tocaba el suelo, hasta que tomó más altura y pudo acelerar en el propio viento, mientras los otros dos se reían y divertían con aquella experiencia, con aún la hidromiel recorriendo sus cuerpos y modificando suavemente su comportamiento. El otro se había abrazado en torno al cuerpo de la diosa, que sonreía cuando él acariciaba su estómago, con su melena al viento dirección a Midgard.
Había notado una presencia bastante reconocible en su morada, pero poco le importaba. Sabía que en la situación en la que estaban tendría que abandonar su fortaleza tarde o temprano, pero no tenía nada que llevarse que no llevara consigo casi a todas partes. Su cuerno de llamada, su espada de hielo, y varias prendas de ropa y un escudo de acero jotun, con eso ella lo tenía todo. Aquella criatura entró al castillo de Skadi, recorrió sus pasillos como si los conociera perfectamente, y llegó hasta la sala del trono, donde Atenea seguía revolviéndose para poder liberarse de sus ataduras.
-Dudo que puedas liberarte, ese nudo parece los mismos que me hicieron en su día…
Ella le miró, cabreada, a pesar de permanecer lejos de la vista de cualquiera ella le podía ver perfectamente. Era un hombre rubio, de ojos verdosos y la cara con una fea cicatriz en el rostro. Sin embargo seguía siendo un hombre bastante apuesto, si quisiera podría quitarse esa cicatriz, pero era conocido por gustarle esa marca, le recordaba su postura ante la vida. Ella sólo pudo hablar cuando le retiró el hielo del rostro.
-Diría que es un gusto verte, Loki, pero estoy en una situación… -ella gruñó- Bueno, ya ves que está complicada.
El otro se limitó a acercarse al nudo, y de un suave gesto lo deshizo, liberando a la diosa, que casi cayó de bruces contra el suelo. Se levantó, concentrándose y espirando hondo, frunciendo suavemente el ceño en el proceso.
-Te preguntarás cómo me he liberado… en realidad fue mi hermano, Odín, el que lo hizo -la otra abrió un ojo por eso-. No adrede, por supuesto, pero lo hizo. Me deben estar buscando ahora.
-Y querrás mi protección por liberarme, ¿verdad?
Loki asintió, despacio. Echó atrás la cuerda, empujándola con el pie, mientras ella se estiraba un poco. Aún le dolía algo el cuerpo.
-Creo que es justo. A cambio, además, puedo ayudarte a dar con… bueno, lo que quieras que andes buscando por estas tierras.
Ella frunció algo el ceño.
-A uno de mis hermanos, pero no le conoces -le mostró una imagen de él-, debe morir, es un peligro para el Olimpo, ¿puedo contar contigo?
-Soy un experto en matar dioses, ¿recuerdas?
Atenea puso una sonrisa de medio lado, y se guardó de nuevo la foto.
-Lo sé -le tendió la mano, brillando-, tenemos un trato, pues.
Y Loki le devolvió el gesto, su mano también emitía un ligero resplandor. En cuanto se juntaron hubo una explosión de luz, sellando así el pacto entre ambos. Ahora eran compañeros de misión, e irían juntos.
-Están mis hermanastros, Apolo y Artemisa, también en esto.
-¿Y los demás?
Por primera vez en ese rato, en ella apareció un gesto de casi tristeza, pero lo retiró rápido. Sin llegar a responder anduvo dirección a la salida, y el otro supo que no era el momento de preguntar.
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Mientras, en la entrada del campamento, Perseo se había tenido que detener para ser cacheado, así como un par de los soldados armados que trajo consigo. Una de las demandas de ellos era tener aliados ahí dentro, aceptaban el combate contra Annabeth pero querían un mínimo de seguridad. Por su parte, los jóvenes estaban dispuestos a ello, pero tendrían que usar armas blancas, no de fuego, todo eso se habló justo antes de entrar, con todos en alerta por una posible traición de ellos. Aquello era observado desde la retaguardia por Antares, rodeada por varios de sus lobos y algunas cazadoras.
-Ojalá mate a todos esos semidioses… -murmuró ella- Menos a Thalia, esa zorra traidora es mía…
-Nadia también está con ellos, y Bianca -comentaba una de ellas-, Lady le gustaría tenerlas también para ella, como al resto de hijos de Poseidón y Hades.
La comandante puso mala cara, y le tendió el catalejo a su compañera. La última vez que vio a su señora le dejó bien claro quién mandaba, aún le dolía algo el cuello por la presión que la diosa ejerció sobre su cuello. Fue tan brutal como lo era ella con sus subordinadas, y no podía negar lo apetecible que a veces le era.
Sin embargo, tuvo que dejar de pensar en ello. Perseo había, finalmente, entrado hasta el interior del campamento, rodeado por un lado por los semidioses del grupo, y por el otro por varios de sus hombres. Habían hecho un espacio bastante amplio en el que podrían llevar a cabo su combate a espadas, usarían espadas de media longitud, hechas de bronce celestial, sin escudos, y por supuesto sin ayudas. Ella era una semidiosa pero sin poderes especiales más allá de ser algo más ágil y habilidosa, cosa que él compensaba con su más que amplia experiencia. Era un hijo de Zeus, pero no podría usar sus rayos, dudaban que pudiera, o eso querían decirse.
Estaban uno frente al otro, espada en mano y en posición de combate. No habían comenzado y ya estaban peleando por ver quién empezaría, pues aquella decisión era fundamental dado el estilo de combate que sería. Por supuesto sin usar magia alguna, ni medicina que pudiera curarles más deprisa, sólo podían usar sus habilidades humanas… y por ello Annabeth fue la primera en correr hasta el otro.
Le lanzó un primer tajo que Perseo detuvo con un rápido movimiento, con suaves gestos se defendió de los siguientes envites por derecha e izquierda, para luego ser él el que atacara, directamente hacia el lateral de Annabeth. Ella dio un salto en la dirección contraria, interponiendo su metal en el camino del acero del hombre, que le dio un fuerte puñetazo en el rostro, casi derribándola. Giró en el suelo para no ser ensartada por Perseo, que dio un paso atrás defendiéndose cuando ella lanzó un tajo hacia arriba dispuesta a rajar su estómago.
Apenas rompiendo a sudar en ese momento, Annabeth se llevó una mano a su cinturón, para, segundos después, tomar su arma con las dos manos. Esa vez fue Perseo el que comenzó el ataque, sus movimientos eran rápidos y certeros, sin embargo ella los fue deteniendo uno por uno, no sin esfuerzos por la superior fuerza del adulto, pero eventualmente le soltó una patada directa a la rodilla de él, que se resintió y echó atrás. Sintió un intenso dolor en el hombro al notar un puñal clavado en esa zona, en lugar de la espada de ella, que seguía en su diestra.
Ella soltó un bufido de dolor al notar la tierra que el otro le tiró a la cara, sólo escuchando el alarido de Perseo cuando se sacó el arma del hombro, que tiró al suelo. Lejos de estar derrotado, el héroe fue directo a por ella, que le hizo un placaje directo a su pecho, sacándole el aire, recibiendo un derechazo en la mejilla, y esa vez sí, acabando en el suelo. Annabeth no dudo tampoco en pretender clavar su espada en el otro, pero también procedió a rodar sobre sí, levantándose a unos metros, y volviendo a la posición inicial.
Siguieron así un buen rato, entre ataques y defensas, provocándose algún que otro corte lo largo del cuerpo, momento en que la roja sangre comenzaba a manchar el suelo. Era en esos ratos en los que la mayor edad y fuerza de Perseo se comenzaban a notar, convirtiéndose en una desventaja mayor aún para la joven, que empezaba a pensar que igual tantas opciones de ganar ese combate no tenía. Pero no se iba a rendir, no cuando tenía algo tan importante con lo que cumplir en aquellos momentos.
Necesitaban que Perseo contara la verdad, y un juramento por la Estigia era lo más importante y sagrado de su mundo. Y si él no creía en asuntos divinos como era ese, sí que lo haría en los castigos que las Furias le infligirían en caso de no cumplir con lo pactado. El más herido en esos momentos era él, de hecho su brazo izquierdo, cuyo hombro había sido el afectado por su puñal, llevaba un rato sin moverlo. Ella también tenía varios tajos, pero ninguno que impidiera tanto sus gestos, así que puede que fuera el momento de jugársela.
Se acercó corriendo hacia su puñal, Perseo corrió hacia ella para detenerla, pero la adolescente rodó antes de ser atrapada, y, de un rápido movimiento, incrustó el metal en una de las rodillas del otro, que chilló del dolor, cayendo al suelo de culo mientras lágrimas salían de sus ojos por la intensidad del sufrimiento.
-Diría que… ha acabado… la pelea…
Annabeth sudaba mucho, tenía el pelo totalmente mojado y la camisa se ceñía a su cuerpo, su rostro estaba algo enrojecido y sus músculos pedían un descanso. Perseo no estaba mejor, sus hombres se le acercaron alarmados, pero antes de que pudieran sacarle de allí, los magos del grupo se congregaron para poder curarle de alguna manera. Pese a ser alguien poderoso, necesitaría de bastante ambrosía para poder curarse, y por un lado no querían gastarla toda en él, y por el otro tampoco sabían si podría aceptarla. En todo caso, mientras la magia curativa de ellos le envolvía, Perseo abrió los ojos, y unas chispas salieron de las puntas de sus dedos.
En un abrir y cerrar de ojos, un intenso rayo cayó sobre el campamento, electrocutando a varios de los presentes, con una nube de tormenta justo encima de ellos. Antes de que más pudieran caer, Jasón y Carter movieron las nubes de allí, mientras Nico le impedía moverse más de lo necesario. Le colocaron entre Jamily, Ulrich y Odd unas cuerdas en las manos, y le sacaron de allí, teniendo los demás que enfrentarse contra los guardias que habían traído, que viéndose tan superados, huyeron como alma que llevaba el diablo, dirigiéndose directamente hacia el bosque.
-Maldito traidor… -murmuraba Annabeth, mientras se sentaba en el suelo, adolorida.
Recibió de Katherine un buen trago de ambrosía, a su lado Dylan se quedaba armado, no sea que a alguien le diera por acercarse demasiado.
-Era algo bastante previsible, pero había que intentarlo -comentaba, mientras se acercaba, Hazel-, creo que se dejó ganar, para poder atacar desde la espalda.
La aludida asintió, era algo que se creería, a decir verdad. Hundió la cabeza entre sus piernas, pensativa, procediendo a comerse la cabeza como siempre hacía, cuando sintió una mano en su hombro. Esperando que fuera Percy, gruñó.
-No quiero hablar, sesos de alga…
-En ese caso sólo escúchame -ese no era Percy, se dijo ella-, levántate, anda.
Cuando obedeció a esa persona, se encontró de frente con Thalia. Ella le sonreía un poco, y la abrazó por detrás, alejándola de todo aquel jaleo. Y que fue a más cuando el viento de aquella zona se empezó a arremolinar, mientras de lejos veían a un animal muy raro, y encima de ellos a dos personas, y que una reconocieron como a Erik, parecía estárselo pasando de maravilla. Y mientras todo eso pasaba, Blizten se había dedicado a hacer su labor, con un muy atento elfo en todo momento al pendiente de lo que sucedía. No apartó su mirada del fuego y el metal en ningún momento, casi ni pestañeaba, pero no estaba cansado. No en aquel momento, que estaba bastante acelerado por las ganas, de hecho.
En un momento dado, y temblando un poco, el enano comenzó a sacar del fuego el nuevo objeto, y, con cuidado y mucho celo, lo metió en un cubo de agua, que empezó a humear con bastante fuerza. Hearth empezó a aplaudir entonces, satisfecho, mientras daba saltitos. Por su parte, Blizten murmuraba cosas en una mezcla entre nórdico y lengua enana, frunciendo los labios y con cara de concentración, chorretones de sudor le cruzaban la cara pero no podía detenerse, no en ese momento crucial.
Cuando estuvo lo bastante enfriado, sacó el molde del agua, y con cuidado, sacó la pieza del mismo, y le terminó de colocar unas pequeñas piedras de bisutería, para que fuera más hermosa aún. Observó su creación con una sonrisa, se trataba de una cadena dorada con decoraciones negras y rojas, sus propiedades harían que se quedara enroscada en torno al cuello del portador, adaptándose a su tamaño, y sólo este podría quitárselo gracias al pegamento que une las almas de los enamorados, ingrediente importante en cuestiones así. Tenía, efectivamente, piedras brillantes para hacerlo más hermoso, le hubiera añadido alguna piedra preciosa pero eso puede que hubiera reducido su magia.
-Bueno, ha quedado… bonita, diría… -murmuró el enano, entre sus manos estaba ya esa cadena- ¿Te gustaría probártelo, Hearthstone?
Este asintió, contento, y se recogió el pelo, mientras se dejaba colocar aquel objeto por el enano. Se extendió para poder pasar sin problemas en torno a la cabeza del elfo, y encogió para quedarse pegado al cuello de este, pero sin molestar o incomodar, descansando delicadamente en sus clavículas.
-Me queda bien, ¿no? -Y Blizten abrió mucho los ojos. El elfo le miró con cierta sorpresa- ¿Pasa algo?
-Ha-has hablado, bueno, no tú, eh…
Cada vez que eso sucedía, el collar brillaba suavemente. El poder del mismo engullía al elfo, que se miraba las manos con cierto interés, se sentía mejor que nunca. Iba a volver a hablar cuando una enorme sombra cayó sobre él, resultó ser un gran oso ciervo, y sobre el mismo, Erik acompañado de nada más y nada menos que una sonriente y bastante despeinada Skadi, bastante agarrada a él.
-¡Os presento a una tía genial, se llama Skadi, diosa del invierno!
Ella les sonrió algo, y entonces posó su vista en ellos dos, viendo entonces a Samirah. Les reconoció, y entonces buscó con la mirada a los demás semidioses, pero no estaban allí. Suspiró un poco, cuando llegó Amos, al ser el único adulto supuso que era el líder. Se fijó en Anubis, al que sonrió, pero seguía prefiriendo a Erik, el otro parecía… demasiado niño.
-Encantado, soy Amos Kane, mago egipcio, y… el adulto responsable en esta misión.
Ella le estrechó la mano, mientras sujetaba con firmeza las riendas de su montura.
-Como él dice, me llamo Skadi, vengo a echaros una mano con vuestra misión -miró a Hearths-, parece que este elfo rezuma una magia extranjera muy potente, imagino que será el enviado, ¿verdad?
El elfo, leyendo sus labios, asintió.
-Así es, me llamo Hearthstone -suspiró algo-. Hasta ahora era mudo, pero… al parecer ahora puedo llevar mis pensamientos al exterior.
Los demás del grupo, sorprendidos, se fueron aglomerando por la zona, escuchando con sorpresa la voz interna del elfo. Ahor sería más sencillo comunicarse con él, sin ninguna duda.
-Y también es sordo, y creo que así sigue -comentó Samirah-, en fin, iré con él y con el enano hasta Asgard, necesitamos las armas de Odín y Thor.
La gigante asintió, despacio. Miró a la valquiria, pensativa.
-¿Conoces el Valhalla?
La aludida suspiró algo.
-Ella no, pero yo sí.
Ella se sorprendió de escuchar esa voz, y sonrió al ver allí a Baldr. Había vuelto de poner orden en el exterior, extendió las manos para recibir el abrazo de ella sonriendo, que le levantó como si fuera un muñeco de trapo. La diferencia de altura era hasta chistosa.
-¡Eran verdad los rumores de tu vuelta, pequeño aesir!
El otro se rio un poco, mientras ella le devolvía a tierra. Le arregló algo el pelo, sonriendo, y procedió a tener una postura un poco más seria, el momento lo ameritaba.
-Me temo que Loki también ha vuelto a escena -comentó ella-, hace poco me tuve que enfrentar con una sureña, una tal Atenea, y este apuesto dios le venció -señaló, orgullosa, a Erik, que se sonrojó-. Mientras volvíamos pude sentirle entrar a mi morada, seguro que la ha liberado también.
El otro puso algo de mala cara, y suspiró suavemente.
-Lo imaginaba, pero no nos podemos detener por él -comentó-, Odín se ha vuelto loco, ha perdido el juicio, no nos quiere dar sus armas para enfrentar al Caos…
-Lo sé, es algo propio de él, ser un paranoico… -se cruzó de brazos- Valquiria, supongo que no podrás hacernos pasar por las fronteras de los mundos sin que revisen tu identidad y que te vean como una traidora, ¿verdad?
-Así es, y usted, como diosa, podría entrar pero no sé cómo hacer para pasar desapercibido y…
Antes de que ella pudiera acabar, Skadi la cortó.
-Yo tampoco puedo entrar, no soy una aesir, sino vanir -comentó ella-, tengo vetado ese reino desde que me exilié a mi misma en Jotunheim, así que habrá que ir a través de Yggdrasil, ¿lo habéis usado ya?
-Por desgracia, en varias ocasiones -reconoció Blizten-, pues nada, habrá que prepararse para volver a ver a esa malita ardilla asesina…
Skadi se rio suavemente, habiendo terminado la reunión ahora podrían descansar un poco. Se prepararían y comenzarían a moverse cuanto antes, pero le preocupaba que Atenea, y con compañía en esa ocasión, volviera a la carga. Por eso, fue directa hacia el exterior del campamento.
-Soy diosa de la caza y el invierno, así que sé cómo vivir en lugares agrestes -comentaba ella, seria-, son lugares que rebosan de magia, y ahora este lugar está bajo mi protección.
Sus ojos brillaron en un suave tono azul, y en torno a aquella zona empezó a nacer una densa niebla. Ellos podían ver a través de la misma con claridad, sin embargo, las cazadoras que les rodeaban parecían estar bastante perdidas, desde allí incluso se escuchaban los alaridos violentos de Antares, muy molesta.
-Apolo y Artemisa deben estar por la zona e intentarán eliminar esta niebla mágica, pero no podrán -comentó-, no es agua en el ambiente, sino mi magia nórdica, y ellos no pueden hacer demasiado contra ella -miró a Erik-, si tú la potencias, ni Odín podrá eliminarla.
-Yo… jamás he hecho algo así.
Ella le sonrió de medio lado.
-Cariño, has herido a Atenea con una cuerda mágica, seguro que podrás hacerlo.
Le tomó con delicadeza desde atrás, haciéndole elevar los brazos, mientras le hablaba al oído. Cerró las puertas tras ellos con algo de su viento para no ser vistos, y, con un suave ronroneo, le empezó a dar instrucciones.
-Siente tu magia recorrer tu cuerpo, desde el estómago hasta la punta de los dedos -le decía, sonrió al ver chisporrotear unas suaves luces doradas-, y haz tu voluntad, desea que esta niebla nunca pueda ser removida, y que sirva de puente entre otros lugares.
Erik se concentró en ello, mientras sentía, efectivamente, todo eso suceder. En ocasiones anteriores había notado un tirón, muy intenso y poco agradable, ahora era una sensación dulce y suave, como la voz de Skadi. Poco a poco brilló, y la propia sustancia ante ellos cambió su naturaleza. La diosa sonrió, satisfecha, y besó la mejilla del otro con cariño, acariciando su tripa.
-Lo has hecho genial, guapo -le dijo, sonriendo-, volvamos dentro, antes de que nos echen de menos…
El otro asintió, sonrojado, mientras tomaba la mano de ella. Se preguntaba como esa diosa, tan poderosa y bella, se había fijado en él. Claro, su anterior pretendiente era Baldr y este ya estaba casado, y él era joven y estaba aprendiendo de sus nuevos poderes divinos, y… sus pensamientos se cortaron cuando ella le besó suavemente en los labios, acercándole a ella. Le guiñó suavemente un ojo, y le tiró dentro del campamento, silbando suavemente, la misión ahora estaba clara. Ella le prepararía, junto a los demás, para ser un gran dios. Puede que una mano femenina en aquello fuera necesaria, después de todo estaba rodeado de tíos, ¿quién mejor que ella para ello?
Suspiró, comenzaba a notar la presencia de otras deidades queriendo entrar, pero aquellas protecciones se lo estaban impidiendo. Sólo alguien a quién ellos le darían la bienvenida podría entrar, cuando sintió que, precisamente, la niebla dejaba a entrar a alguien. Se trataba de un hombre joven, con una camiseta de manga corta blanca, falda de ese mismo color, un casco plateado con alas, un caduceo, y unas deportivas también aladas, con un fajo en la cintura.
-Tú debes ser… Hermes, ¿verdad?
El aludido asintió.
-Lady Skadi, solicito permiso para entrar en tu terreno sangrado -le tendió un rollo-, Lady Hera y Lady Metis quieren hablar con estos jóvenes, y yo también.
Ella alzo una ceja, sin llegar a desenrollar el papel. Suspirando, el otro extendió sus brazos.
-Estoy desarmado y su niebla de protección me ha dejado pasar, ¿no es eso suficiente?
Ella suspiró y asintió, permitiéndole entrar. Si había algún problema le sepultaría bajo un mar de hielo, antes de que pudiera tocar a su Erik. Y la primera en recibir al dios fue la labrador del muchacho, Laika, que saltó sobre el otro a lamer su rostro.
-¡Ay, disculpala, es que…!
Erik sacó de ahí a la perra, que ladraba animada mientras movía la cola. Hermes la miró durante unos segundos, y en su rostro apareció una suave sonrisa, dirigiéndose entonces a donde estaban los demás. Había cosas que contar.
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(1) El nombre del caballo es el real, sin embargo,
La mitología celta aquí incluida es bastante compleja aunque poco ha sobrevivido hasta nuestros días, aquí se da una visión algo simplificada que, con el tiempo, se irá perfilando.
Hasta aquí el capítulo de hoy, espero que os haya gustado, y que apoyéis este fanfic. Ni Percy Jackson ni ninguno de los personajes de las sagas de Rick Riordan me pertenecen. ¡Dicho esto, que la inspiración os acompañe!
